Crisis económica: Bajada a los infiernos

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La última recesión de 2000-2001 ha puesto en muy mal lugar a todas las elucubraciones teóricas a propósito de la pretendida “tercera revolución industrial” basada en el microprocesador y las nuevas tecnologías de la información, del mismo modo el hundimiento de la bolsa ha reducido a la nada todas las divagaciones sobre el advenimiento de un “capitalismo patrimonial” que suplantaría el salariado por el accionariado participativo (¡)... enésima versión del gastado mito de un “capitalismo popular” donde cada obrero se transformaría en “pequeño propietario” por la posesión de algunas acciones de “su” empresa.

Desde entonces, Estados Unidos ha logrado contener la amplitud de la recesión mientras que Europa se enfanga en una coyuntura sombría. Se nos explica machaconamente que los resortes de la recuperación americana residirían en la gran importancia en EEUU de esa famosa “nueva economía” y en una mayor desregulación y flexibilidad del mercado de trabajo. Y, al contrario, el letargo de la recuperación europea se explicaría por el retraso crónico en esos dos campos en el viejo continente. Para remediarlo, la política de la Unión Europea se fijó como objetivo la llamada “estrategia de Lisboa” para instaurar, de aquí a 2010, “la economía del conocimiento más competitiva y más dinámica del mundo”. Así podemos leer en las “directivas para el empleo”, definidas por la Comisión Europea, y a las que hace referencia la nueva constitución, que los estados deben reformar “las condiciones demasiado restrictivas de la legislación en materia de empleo que afectan la dinámica del mercado de trabajo” y promover la “diversidad de modalidades en términos de contratos de trabajo, sobre todo en materia de tiempos de trabajo”. Rápidamente, la burguesía trata de pasar página y presentarnos la última recesión y el hundimiento de la bolsa como un contratiempo en el camino del crecimiento y de la competitividad. Y nos vuelve a prometer un porvenir mejor... mediante algunos sacrificios suplementarios que los trabajadores deberán consentir para disfrutar del paraíso en la tierra. Más allá de las prescripciones para tratar de aumentar la austeridad, la realidad está muy alejada de esos discursos como lo demuestra este artículo apoyándose en las estadísticas oficiales de la burguesía analizadas en un marco marxista. La última parte de este artículo está dedicada a la refutación del método de análisis de la crisis desarrollado por otra organización revolucionaria, Battaglia Communista.

La crisis de un sistema

La última recesión no ha sido ni mucho menos algo accidental. Es la sexta que ha sufrido la economía capitalista desde finales de los años sesenta (gráfico nº1).

Las recesiones de 1967, 1970-1971, 1974-1975, 1980-1982, 1991-1993 y 2001-02 tuvieron una tendencia a ser cada vez más largas y profundas y esto en un contexto de declive constante de la tasa de crecimiento medio de la economía mundial, década tras década. No son simples contratiempos en el camino del desarrollo de “la economía más competitiva y dinámica del mundo” sino que representan otras tantas etapas del lento pero inexorable descenso a los infiernos que llevan al modo de producción capitalista a la quiebra. En efecto, a pesar de todos los discursos triunfantes sobre la “nueva economía”, la liberación de los mercados, la ampliación de Europa, la revolución tecnológica, la mundialización, así como los infundios mediáticos recurrentes a propósito de las hazañas de los pretendidos países emergentes, de la apertura de los mercados de los países del Este, del desarrollo del sudeste asiático y de China... la tasa de crecimiento del Producto interior bruto mundial por habitante no ha hecho más que decrecer década tras década [1].

Ciertamente, al mirar algunos indicadores como el paro, la tasa de crecimiento, la cuota de ganancia o el comercio internacional, la crisis actual está lejos del hundimiento conocido por la economía capitalista mundial en los años 1930, y su ritmo es mucho más lento. Desde entonces, y particularmente después de la Segunda Guerra Mundial, las economías de todos los países pasaron progresivamente bajo un control directo e indirecto muy importante y muy omnipresente de los estados. A esto se unió la instauración de un control económico en cada bloque imperialista (mediante la puesta en marcha de organismos como el FMI por el bloque occidental y el COMECON por el bloque del Este) [2]. Con la desaparición de los bloques, dichas instituciones internacionales desaparecieron o perdieron su influencia en el plano político sin por ello dejar, para algunas de ellas, de desempeñar cierto papel en el plano económico. Esta “organización” de la producción capitalista ha permitido durante las últimas décadas dominar mucho mejor que durante los años treinta las contradicciones del sistema, y ello explica la actual lentitud de la crisis. Pero paliar los efectos de las contradicciones no quiere decir resolverlas.

Recuperaciones cada vez menos vigorosas

La evolución económica actual no es un yoyó donde los ciclos de bajada y alza serían indispensables para su desarrollo sino que está inscrita en una tendencia global al declive, ciertamente lenta y progresiva a causa de la intervención reguladora del Estado y de las instituciones internacionales, pero no menos irreversible.

Ése es el caso de la recuperación estadounidense tan alabada y mostrada como ejemplo: Estados Unidos ha tratado de limitar la amplitud de su recesión, pero al precio de nuevos desequilibrios que no harán más que profundizar la próxima recesión y cuyos efectos serán todavía más dramáticos para la clase obrera y todos los explotados de la Tierra. No ir más allá de constatar la existencia de recuperaciones económicas después de cada recesión sería puro empirismo que no nos haría avanzar ni una pulgada para comprender por qué la tasa de crecimiento de la economía mundial no ha hecho más que bajar desde finales de los años 60. La evolución de la situación económica después de esta época, que refleja las contradicciones fundamentales del capitalismo, consiste en una sucesión de recesiones y de recuperaciones, siendo estas últimas cada vez más frágiles en sus fundamentos. En efecto, sobre la recuperación que se está desarrollando en Estados Unidos después de la recesión de los años 2000-2001, comprobamos que está esencialmente basada en tres factores de lo más aleatorio: 1) el crecimiento rápido e importante del déficit presupuestario; 2) una recuperación del consumo que se apoya en un endeudamiento creciente, la anulación del ahorro nacional y la financiación exterior; 3) una espectacular bajada de los tipos de interés que anuncia una inestabilidad creciente de los mercados financieros internacionales.

1) Una profundización récord del déficit presupuestario

Desde finales de los años 60, se ha comprobado claramente (gráfico nº 2) que las recesiones de 1967, 1970, 1974-75 y 1980-82 son cada vez más profundas (línea discontinua: tasa de crecimiento del PIB de EEUU), mientras que las de 1991 y 2001aparecen con menor amplitud y separadas por fases más largas de recuperación (1983-1990 y 1992-1999).¿Tendríamos los primeros efectos del advenimiento de esta nueva economía que algunos se deleitan en señalar? ¿Asistiríamos a un cambio de tendencia que ha comenzado en la economía más avanzada del mundo y que debería generalizarse a todos los países copiando las recetas americanas? Es esto lo que tenemos que examinar.

Constatar la existencia de recuperaciones, aunque de menor amplitud, nos hace avanzar poco, si no examinamos los resortes subyacentes. Para hacerlo tenemos que comparar la evolución del déficit público del Estado norteamericano (línea plena en el gráfico 2) con la del crecimiento y constatar igualmente que no solamente cada fase de recuperación está precedida por un déficit público importante, sino que éste último tiene cada vez mayor amplitud y duración. Desde entonces, tanto las fases más largas de recuperación a lo largo de los años 1980 y 1990 como la atenuación relativa de las recesiones se explican ante todo por la amplitud del déficit público y su mantenimiento a un alto nivel. La recuperación después de la recesión de 2000-2001 no se sale de esta regla. Sin un déficit público de la amplitud y la rapidez del aumento que ha alcanzado récords históricos, el “crecimiento” americano rozaría la deflación. La bajada de impuestos (esencialmente para las rentas altas), combinada con los gastos militares, ha ocasionado al presupuesto un déficit que alcanza el 3,5 %, y eso que había obtenido un excedente de 2,4 % en 2000. Además, las prioridades definidas para 2005, contrariamente a las promesas de la campaña presidencial, se deberían traducir en una agravación de ese déficit, teniendo en cuenta el aumento en los gastos en armamento y en seguridad y las sustanciales bajadas de impuestos para los más ricos [3]. Algunas medidas para contener este déficit se traducirán en todavía más austeridad para los explotados ya que está previsto bajar los gastos destinados a los más pobres [4].

Por todo esto tenemos que acabar con el mito de un cambio de tendencia que habría comenzado en Estados Unidos. Las tasas de crecimiento por década, después de la caída que comenzó a finales de los años 1960, se mantuvieron estables alrededor del 3%, es decir a un nivel inferior a las de las décadas precedentes. Y no serán las dos centésimas de porcentaje (¡) de más del período 1990-1999 comparado con 1980-1989 lo que podría dar validez a un cambio de tendencia (gráfico 3).


Vemos entonces claramente que la idea del comienzo de una nueva fase de crecimiento inaugurado por los Estados Unidos no es más que un mito de la propaganda de la burguesía. Ese mito queda ya desmentido por los resultados obtenidos por Europa, y eso que en los años 1980 ésta había alcanzado a la primera economía del mundo [5]. La mejoría de la economía de EEUU no viene, por consiguiente, de su mayor eficacia en la llamada “nueva economía”, sino que es el resultado de un muy clásico endeudamiento colosal de todos los actores económicos que, por añadidura, son financiados esencialmente por los capitales procedentes del resto del mundo. El crecimiento del déficit público y de otros parámetros es la base de la recuperación de la economía americana que vamos ahora a analizar.

2) Una recuperación del consumo por el endeudamiento

Una de las razones de la diferencia de crecimiento más elevado en Estados Unidos reside en el apoyo al consumo de las familias favorecido por las medidas siguientes:

  la espectacular bajada de impuestos que ha permitido mantener el consumo de los ricos, al costa de una degradación suplementaria del presupuesto federal;

  el descenso del tipo de interés que ha pasado del 6,5% de principios de 2001 al 1% en 2004 y de la tasa de ahorro (gráfico 4), que ha tenido como efecto propulsar el endeudamiento de las familias a niveles sin precedentes (gráfico 5) y originar el comienzo de la burbuja especulativa en el mercado inmobiliario (gráfico 6).

Tal dinamismo en el consumo de las familias origina tres problemas: un endeudamiento creciente de éstas con la amenaza de un crac inmobiliario; un déficit comercial creciente frente al resto del mundo: 5,7 % del PIB de USA en 2004 (o sea más de 1 % del PIB mundial) contra 4,8% en 2003, y un reparto de la renta cada vez más desigual [6].

Como lo muestra el gráfico 4, las familias ahorraban el 8 ó 9 % de su renta, impuestos deducidos, a principios de los años 1980. Después, esa tasa empezó una caída regular hasta alrededor del 2 %. Ese consumo está en la base del déficit exterior creciente de Estados Unidos. Este país importa cada vez más bienes y servicios del resto del mundo en relación con lo que vende al extranjero. Proseguir con esta frenética trayectoria, en la que es el resto del mundo el que da cada vez más créditos a Estados Unidos, es posible porque los extranjeros que reciben los dólares gracias al exceso de importaciones de EE.UU. en relación con sus exportaciones, los invierten en los mercados financieros norteamericanos en lugar de exigir su conversión en otras divisas. Este mecanismo ha hinchado la deuda bruta de Estados Unidos frente al resto del mundo pasando de 20 % de su PIB en 1980 a 90 % en 2003, batiendo así un récord establecido hace ciento diez años [7] Una deuda así frente al resto del mundo debilita las ganancias del capital americano, pues éste debe financiar los intereses de aquélla. La única cuestión es saber cuánto tiempo podrá soportarlo la economía norteamericana.

Además, ese endeudamiento de las familias de EEUU se inscribe en una tendencia al incremento del endeudamiento total de la economía norteamericana que toma proporciones gigantescas ya que se eleva a más del 300 % del PIB en 2002 (gráfico 7), en realidad 360 % si se añade la deuda federal bruta. Esto significa concretamente que para devolver esta deuda habría que trabajar más de tres años gratuitamente. Esto concreta muy bien lo que dijimos anteriormente, es decir que argumentar diciendo que las recesiones son menos profundas y las fases de recuperación más largas desde comienzos de los años 1980, para así probar que habría una nueva tendencia al crecimiento basado en una “tercera revolución industrial”, no tiene ningún sentido porque tales afirmaciones no se basan en un crecimiento “sano”, sino cada vez más artificial.

3) Una disminución de los tipos de interés permite una devaluación competitiva del dólar

En fin, el tercer factor de la recuperación americana reside en la bajada progresiva de los tipos de interés del 6,5 % a comienzos de 2001 al 1 % a mediados de 2004, permitiendo así sostener el mercado interior y llevar una política de deflación competitiva del dólar en el mercado internacional.

Estos bajos tipos de interés han estimulado el endeudamiento (sobre todo el crédito hipotecario que está muy barato) y permiten que el consumo y el mercado de la vivienda mantengan la actividad económica y los gastos a pesar del retroceso del empleo durante la recesión. Así, la parte del consumo de las familias norteamericanas en el Producto interior bruto que oscilaba alrededor del 62 % entre los años 1950 y 1980, aumentó regularmente desde entonces hasta superar el 70 % a comienzos del siglo xxi.

Por otra parte, la respuesta al déficit comercial de EEUU es la considerable bajada del dólar (40 % más o menos) en relación con las divisas no alineadas con la moneda dominante, principalmente el Euro (y en parte el Yen). Así el crecimiento de la economía de EEUU se realiza sobre los hombros del resto del mundo y a crédito porque es financiado por las entradas de capitales procedentes del extranjero, permitido todo ello por la posición hegemónica de Estados Unidos. En efecto, cualquier otro país que se encontrase en la misma situación, estaría obligado a tener unos tipos de interés suficientemente elevados para atraer capitales.

La dinámica económica después de finales de los años 60

Hemos visto que la recuperación después de la recesión de 2001 es todavía más frágil que todas las precedentes. Se inserta en efecto en una sucesión de recesiones que cristalizan la tendencia al declive constante de las tasas de crecimiento, década tras década, desde finales de los años 1960. Para comprender esta tendencia al declive de las tasas de crecimiento, y en particular su carácter irreversible, tenemos que volver sobre los factores que la explican.

Con el agotamiento de la dinámica impulsada al finalizar la Segunda Guerra mundial, cuando las economías europeas y japonesa reconstruidas inundan el mundo con productos sobrantes (en relación con los mercados solventes), se produce un freno en el crecimiento de la productividad del trabajo desde mediados de los años 1960 para Estados Unidos y al comienzo de los años 1970 para Europa (gráfico 8).

Como los incrementos de productividad son el principal factor endógeno que permite contrarrestar la tendencia decreciente de la cuota o tasa de ganancia, el cese de esos incrementos presionan a la baja sobre la cuota de ganancia y también sobre las demás variables fundamentales de la economía capitalista que son sobre todo la tasa de acumulación [8] y el crecimiento económico [9]. El gráfico 9 nos muestra claramente esta caída de la cuota de ganancia desde mediados de los años 60 para Estados Unidos y a comienzos de los años 1970 en Europa hasta 1981-82.

Como ilustra claramente ese gráfico, la baja de la cuota de ganancia se invirtió a comienzos de los años 1980 para orientarse después resueltamente al alza. La cuestión fundamental entonces es determinar la causa de este cambio de tendencia, porque la cuota de ganancia es una variable sintética que está determinada por numerosos parámetros que se pueden resumir en los tres siguientes: la tasa de plusvalía, la composición orgánica de capital y la productividad del trabajo <!--[if [10]. Resumiendo y yendo a lo esencial, el capitalismo puede escapar a la tendencia decreciente de su cuota de ganancia ya sea “por arriba”, por la vía de un crecimiento de la productividad del trabajo, ya sea “por abajo”, por la vía de la austeridad ejercida sobre los asalariados. Y se observa claramente, gracias a los datos presentados en este artículo, que la subida de la cuota de ganancia no se debe a nuevos incrementos de la productividad que engendren una baja en la extensión de la composición orgánica del capital debido a una “tercera revolución industrial basada en el microprocesador” (la famosa nueva economía), sino que se debe a la austeridad salarial (directa o indirecta) y al incremento del desempleo (gráficos 10, 11 y 12).

A partir de ahí, lo que es fundamental percibir en la situación actual es que a pesar de una rentabilidad recuperada desde hace un cuarto de siglo en las empresas (gráfico 9), ni la acumulación (gráfico 12), ni la productividad (gráfico 8), ni el crecimiento (gráfico 1) han respondido: todas estas variables fundamentales han quedado debilitadas. Por lo tanto, normalmente, en los períodos históricos durante los cuales la cuota de ganancia aumenta, la tasa de acumulación y también la productividad y el crecimiento igualmente tiran al alza. Hay que plantearse, pues, la pregunta fundamental siguiente: ¿por qué, a pesar de una cuota de ganancia restaurada y orientada al alza, la acumulación de capital y el crecimiento económico no la siguen?

Esta respuesta fue dada por Marx en todos sus trabajos de crítica de la economía política y más particularmente en El Capital cuando anunció su tesis central postulando la independencia entre la producción y el mercado: “En efecto, el mercado y la producción son dos factores independientes, la extensión de uno no corresponde forzosamente al incremento del otro” (Marx, Economía II) [11]; “Las condiciones de explotación inmediata y las de su realización no son idénticas. No se diferencian solamente por el tiempo y el lugar, teóricamente tampoco están unidas” (Marx, El Capital, libro IIIº, tomo 1) [12]. Esto significa que la producción no crea su propio mercado (al contrario, una saturación del mercado tendrá necesariamente un impacto en la producción que entonces será limitada voluntariamente por los capitalistas para tratar de evitar la ruina total). En otras palabras, la razón fundamental por la que el capitalismo se encuentra en una situación en la que la rentabilidad de sus empresas ha sido restablecida pero sin que la productividad, la inversión, la tasa de acumulación e incluso el crecimiento le sigan, hay que buscarla en la insuficiencia de los mercados solventes.

Es también esa insuficiencia de los mercados solventes lo que está en la base de la llamada tendencia a la “financiarización de la economía”. En efecto, si las ganancias abundantes ya no son reinvertidas, no es por una falta de rentabilidad del capital invertido (según la lógica de quienes explican la crisis por el único mecanismo de la tendencia decreciente de la cuota de ganancia) sino por una falta de mercados suficientes. Esto se encuentra bien ilustrado por el gráfico 12 que muestra que a pesar del aumento de ganancias (la tasa de margen mide la relación entre ganancia y valor añadido) consecutivo al aumento de la austeridad, la tasa de inversión continúa declinando (y también correlativamente el crecimiento económico) explicando además el aumento de la tasa de desempleo y de ganancia no reinvertida que es entonces distribuida en rentas financieras [13]. En Estados Unidos, las rentas financieras (intereses y dividendos, sin tener en cuenta las ganancias del capital) representaban, una media del 10 % de la renta total de las familias entre 1952 y 1979 pero aumentaron progresivamente entre 1980 y 2003 para llegar al 17 %.

El capitalismo no puede controlar los efectos de sus contradicciones que lo empujan al día de su desenlace. No las puede resolver, y las hace más explosivas. La crisis actual, pone en evidencia, día tras día, la impotencia de la organización y de las políticas económicas puestas en marcha desde los años 1930 y de la Segunda Guerra mundial, que anuncia una mucho mayor gravedad del nivel a que han llegado las contradicciones del sistema que en todas las crisis anteriores.

Otro análisis de la crisis, el de Battaglia Communista

Hemos visto, hasta aquí, que los discursos y las explicaciones de la burguesía no sólo no valen un céntimo sino que no son sino puras mistificaciones para enmascarar el fracaso histórico de su sistema. Desgraciadamente, ciertos grupos políticos revolucionarios asumen –vo­lun­tariamente o no– esas concepciones; unas veces las oficiales y en otros casos las de los izquierdistas o las de los altermundialistas. Nos limitaremos aquí a tratar los análisis producidos por Battaglia communista (BC) [14].

De entrada queremos advertir que todo lo que hemos venido exponiendo en este artículo desmiente el fundamento del “análisis” de la crisis presentado por esa organización, en lo que se refiere tanto a la idea de una “tercera revolución industrial”, idea que incluso parece retomada de los manuales de propaganda de la burguesía, como a sus análisis acerca de la “financiarización parasitaria” del capitalismo y de la “recomposición de la clase obrera” –sacados de los opúsculos izquierdistas y altermundialistas [15]. En efecto, Battaglia communista cree firmemente que el capitalismo está en plena tercera revolución industrial marcada por el microprocesador” y que se encuentra en una “reestructuración de su aparato productivo” y en una “consiguiente disolución de su precedente composición de la clase [obrera] lo que le permitiría “una amplia capacidad de resistencia a la crisis del ciclo de acumulación[16]. Todas esas zarandajas nos obligan a hacer ciertas acotaciones:

1) De entrada, si el capitalismo estuviese realmente en plena “revolución industrial”, como pretende Battaglia communista, deberíamos al menos – y eso por definición- presenciar un rebrote de la productividad del trabajo. Y eso es, desde luego, lo que BC se imagina, puesto que afirma, sin cortarse en ­absoluto y sin verificación empírica, que “la profunda reestructuración del aparato productivo ha traído consigo un ­aumento vertiginoso de la productividad”, análisis en el que se reafirma en el úl­ti­mo número de su revista teórica diciendo: “… una revolución industrial, procesos de producción que siempre tienen como consecuencia el aumento de la productividad del trabajo…” [17]. Ahora bien, nosotros hemos mostrado que la realidad en materia de productividad es inversa al farol que se tira la propaganda burguesa y que recoge Battaglia communista. Esta organización parece no haberse dado cuenta de que hace más de treinta y cinco años que el crecimiento de la productividad del trabajo baja en picado, estancándose incluso; a pesar de que hayamos visto fluctuaciones de bajo nivel durante los años 1980 (gráfico 8) [18].

2) Hemos visto también que, para esta organización “la tercera revolución basada en el microprocesador” es tan potente que ha “generado vertiginosos incrementos de las ganancias por productividad” permitiendo así “disminuir el incremento de la composición orgánica del capital”. Pues bien, cualquiera que examine, aunque sea por encima, la realidad de la dinámica de las cuotas de ganancia constatará que la recesión de los años 2000-2001 en Estados Unidos estuvo precedida –desde 1997– por un giro coyuntural a la baja (gráfico 9) [19], especialmente porque esta “nueva economía” se tradujo en una fuerte sobrecarga de capitales; es decir, en un incremento de la composición orgánica y no en una disminución como afirma Battaglia [20]. Sin duda, las nuevas tecnologías han permitido ciertos incrementos en la productividad [21] pero no han sido suficientes para compensar el coste de las inversiones, ni han supuesto una baja apreciable de su precio relativo; lo que ha pesado finalmente en la composición orgánica del capital y –desde 1997– ha invertido a la baja la cuota de ganancia en los Estados Unidos. Este punto es importante puesto que en él se pone fin a las ilusiones acerca de la capacidad del capitalismo para librarse de sus leyes fundamentales. Las nuevas tecnologías no son el instrumento mágico que permitirá acumular capital gratuitamente.

3) Además, si la productividad del trabajo conociese realmente un “incremento vertiginoso” entonces (para quien sabe leer a Marx) la cuota de ganancia se orientaría al alza. Eso viene a ser lo que Battaglia communista nos sugiere, evitando no obstante decirlo explícitamente, cuando afirma que “… a diferencia de las revoluciones industriales que la han precedido (…) la basada en el microprocesador (…) ha reducido también el coste de las innovaciones, en realidad el coste del capital constante, con lo que disminuye a la vez el incremento de la composición orgánica del capital” [22]. Como se puede constatar, BC en su argumentación no deduce como resultado un aumento de la cuota de ganancia. Ha ol­vi­­da­do que “si la productividad se incrementa más rápidamente que la composición del capital entonces la cuota de ganancia no baja; al contrario, va a aumentar”; como escribió su organización hermana, la CWO, hace ya cierto tiempo (Revolutionary Perspectives nº 16, antigua serie, “Guerras y acumulación”). Battaglia Communista prefiere púdicamente hablar de “disminución del incremento de la composición orgánica” consecutivo “al crecimiento vertiginoso de la productividad que sigue a la revolución industrial basada en el microprocesador” antes que de crecimiento de la cuota de ganancia. ¿Por qué hace tales contorsiones con el lenguaje? ¿Por qué enmascara ciertas realidades económicas a los ojos de sus lectores? Simplemente, porque reconocer tal implicación a partir de su particular observación –sea ésta acertada o equivocada– de la evolución de la productividad del trabajo, pondría en un aprieto su sempiterno dogma de que el único origen de la crisis es la tendencia decreciente de la cuota de ganancia. En efecto, esta organización no desaprovecha jamás una ocasión para reafirmar su inoxidable credo en el que se mantiene que la cuota de ganancia ¡se orienta siempre a la baja! Hasta tal punto está preocupada por “comprender el mundo”, al margen de los esquemas pretendidamente abstractos de la CCI, que Battaglia communista parece no haberse dado cuenta de que, desde hace más de un cuarto de siglo, ¡la cuota de ganancia está resueltamente orientada al alza! y no a la baja (gráfico nº 9), como BC sigue afirmando. Esta ceguera, de unos 28 años, tiene una única explicación: que no se puede continuar hablándole al proletariado de crisis del capitalismo sin cuestionar el dogma de que sólo la tendencia decreciente de la cuota de ganancia explicaría las crisis, cuando en realidad dicha cuata está en alza desde principios de los años 1980.

4) El que el capitalismo sobreviva no quiere decir que vaya adelante, por medio de una “revolución industrial” o con “nuevos prodigiosos superávits de productividad”, como pretende Battaglia communista; sino que va hacia atrás, a base de reducciones drásticas de la masa salarial, de empujar al mundo a la miseria y a la vez limitando, con esas medidas, buena parte de sus propios mercados. Cualquiera que analice atentamente los resortes que empujan al alza las cuotas de ganancia, desde hace más de un cuarto de siglo, constatará que ese empuje no se debe tanto “al crecimiento vertiginoso de las ganancias por la productividad” ni a “la disminución del incremento de la composición orgánica”, sino a un ataque sin precedentes a la capacidad adquisitiva de la clase obrera, a una austeridad desbocada, como podemos ver en las gráficos 10 y 12.

La configuración actual del capitalismo es pues un desmentido formal a todos aquellos que hacen del mecanismo de la “tendencia decreciente de la cuota de ganancia” la explicación única de la crisis económica. ¿Cómo se va a entender la crisis cuando hace más de veinticinco años que la cuota de ganancia está orientada al alza? Si la crisis perdura todavía, pese a la recuperación de la rentabilidad por las empresas, es porque éstas han dejado de ampliar su producción como lo hacían antes, a causa de la restricción y, por lo tanto, la insuficiencia de mercados solventes. Lo cual se puede apreciar en las anémicas inversiones y en el débil crecimiento. Esto, Battaglia communista es incapaz de entenderlo pues este grupo no sólo no ha asimilado nunca la tesis fundamental de Marx de la independencia entre la producción y el mercado (ver lo dicho antes), sino que además la ha cambiado por una idea absurda de que es únicamente la simple dinámica –al alza o a la baja– de la cuota de ganancia lo que determina el desarrollo o la contracción de los mercados [23].

Tras tantos patinazos, que revelan una incomprensión de nociones más que elementales del marxismo, no nos queda más remedio que reiterarle a Battaglia communista nuestro mejor consejo: empápense de pe a pa de los conceptos económicos marxistas antes de jugar a profesores y excomulgadores contra la CCI. Propia de una virgen asustada, la reciente decisión de esta organización de no respondernos, se toma en el momento oportuno parapetando tras ella su evidente incapacidad para hacer una crítica política de nuestra argumentación [24].

Battaglia insiste en que, para contrariar los “esquemas abstractos” de la CCI que se situarían “fuera del materialismo histórico”, ha “… estudiado la gestión de la crisis en Occidente, tanto en sus aspectos financieros como en el aspecto de la reestructuración engendrada por la ola de la revolución del microprocesador[25]. No obstante, nosotros hemos visto que “el estudio” de Battaglia no es sino una descolorida copia de las teorías izquierdistas y altermundialistas sobre el “parasitismo de la renta financiera[26]. Copia que es además totalmente incoherente y contradictoria, consecuencia lógica del deficiente dominio de los conceptos económicos marxistas que pretende manipular. Conceptos que, o bien no los entiende o los transforma a su antojo. Es el caso de la tesis de Marx sobre la independencia entre la producción y el mercado la cual, por el arte de birlibirloque de la dialéctica battagliana, se transforma en ley de la estricta dependencia entre “…el ciclo económico y el proceso de valorización que vuelve “solvente” o “insolvente” el mercado” (op. citada). De las contribuciones críticas que pretenden restablecer la visión marxista, frente a las pretendidas visiones idealistas de la CCI, se espera algo mejor que una colección de necedades.

Conclusión

Sobre las principales cuestiones del análisis económico, Battaglia communista cae sistemáticamente en la trampa de la simple apariencia de los hechos en sí mismos, en lugar de buscar y comprender su esencia partiendo del método marxista de análisis. Hemos podido constatar que Battaglia communista da por ciertos los discursos de la burguesía sobre la existencia de una tercera revolución industrial basándose simplemente en la apariencia empírica de algunas novedades tecnológicas en el sector de la microelectrónica y de la información, por muy espectaculares que sean [27]. y que deduce de ellos, de manera puramente especulativa, unas “ganancias vertiginosas por productividad” y una “reducción del coste del capital constante, reduciéndose así el incremento de la composición orgánica”. Por el contrario un riguroso análisis marxista de los fundamentos que rigen la dinámica de la economía capitalista (el mercado, las cuotas de ganancia, las tasas de plusvalía, la composición orgánica del capital, la productividad del trabajo, etc.) nos ha permitido entender no solamente que detrás de todos esos discursos no hay nada y que son, en esencia, una exageración mediática, sino que además la realidad va totalmente a la inversa del discurso que sostiene la burguesía y que como un eco lo repite Battaglia communista.

Comprender la crisis no es un ejercicio académico sino esencialmente militante. Como nos enseña Engels “la tarea de la ciencia económica (…) es, sobre todo, exponer con claridad las anomalías sociales que tienen lugar ante nuestros ojos, como consecuencias necesarias del modo de producción existente; pero también y a la vez, como señales de su eminente disolución y, en descubrir, en el seno de esa forma de movimiento económico que se disgrega, los elementos de la futura, de la nueva organización de la producción y del intercambio que eliminará dichos males”. Eso puede hacerse con tanta más claridad solamente cuando, el modo de producción en cuestión ha recorrido ya un buen trozo de su rama descendente, cuando se está medio sobreviviendo a sí mismo, cuando han desaparecido en gran parte las condiciones de su existencia y su sucesor está ya llamando a la puerta...” [28]. Tal es el sentido y el alcance del trabajo de los revolucionarios en el campo del análisis económico. Éste permite deducir no sólo el contexto en que se produce la evolución de la relación de fuerzas entre las clases, sino además algunas de sus grandes resoluciones, ya que desde que el capitalismo entra en su fase de decadencia, están puestas las bases materiales y las (potencialmente) subjetivas para que el proletariado encuentre las circunstancias y las razones para acometer la insurrección. Eso es lo que la CCI se esfuerza en mostrar a través de todos sus análisis, mientras que Battaglia communista, al haber abandonado el concepto de decadencia [29] y aferrarse a una visión academicista y monocausal de la crisis, comienza a olvidarse de hacerlo. Su “ciencia económica” no le sirve a BC para mostrar las “anomalías sociales” ni las “señales de la inminente disolución” del capitalismo, como nos exhortaban a hacerlo los fundadores del marxismo, sino para arropar la prosa izquierdista y altermundialista acerca de las “capacidades de supervivencia del capitalismo”, con el manto de la “financiarización del sistema”, de la “recomposición del proletariado”, del gastado tópico de las “transformaciones fundamentales del capitalismo”, seguida de la pretendida “tercera revolución industrial basada en el microprocesador” y las nuevas tecnologías, etc.

Hoy, Battaglia communista está completamente desorientada y no sabe muy bien qué defender ante la clase obrera: ¿El modo de producción capitalista está, sí o no, en decadencia [30]? ¿Es el modo de producción o la formación social capitalista lo que está en decadencia ([31])? ¿Está el capitalismo “en crisis desde hace casi más de treinta años[32]? O por el contrario ¿Está en una “tercera revolución industrial caracterizada por el microprocesador” generadora de “un aumento vertiginoso de la productivi­dad[33]? ¿Está la cuota de ganancia orientada al alza, como lo atestiguan todos los datos estadísticos? O, como repite BC, ¿sigue como siempre a la baja –baja que habría llegado a un punto tal que el capitalismo deberá multiplicar las guerras por el mundo para evitar su quiebra [34]?. ¿Se encuentra el capitalismo en un callejón sin salida? O más bien, ¿dispone de una “amplia capacidad de resistencia” por la vía de una “tercera revolución industrial[35], de una “solución” a su crisis por el camino de la guerra? “La solución guerrera se muestra como el principal medio para resolver los problemas de valorización del capital” contesta el BIPR a esta pregunta en su plataforma. Estas son unas de las preguntas fundamentales para orientarse en la situación presente y sobre las que BCplanea y a las cuales es incapaz de aportar una respuesta clara al proletariado.

C.C.
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[1] No tenemos sitio aquí para tratar el caso de China y de India con los que tanta tabarra nos dan. Los trataremos en el próximo número de esta Revista.

[2] Instituciones existentes al nivel de bloque, esos organismos eran ante todo la expresión de una relación de fuerzas basada en la potencia económica pero sobre todo militar a favor de los países que encabezaban esos bloques, o sea Estados Unidos y la URSS.

[3] 70% de las reducciones fiscales favorecen a las rentas más elevadas (20%).

[4] Van a reducir los bonos alimenticios distribuidos a las familias de ingresos bajos, privando a 300,000 persona de esa ayuda: el presupuesto de ayuda social para los niños se ha bloqueado por cinco años y han reducido el presupuesto de cobertura médica para los más desfavorecidos.

[5] En 1950, el conjunto de las economías de Alemania, de Francia y de Japón representaba el 45% de la de EEUU. En los años 70 alcanzaban el 80% para bajar al 70% en el año 2000.

[6] En vísperas de la Segunda Guerra mundial, el 1 % más pudiente de las familias de EE.UU. recibía en torno al 26 % de la renta total del país. En unos cuantos años, al final de las hostilidades, ese porcentaje bajó a 8 % en el que se mantuvo hasta principios de los 80 y entonces subió para volver a estar en los niveles de aquella época (Piketty T, Saez E., 2003, “Income Inequality in the United States, 1913-1998”, The Quaterly Journal of Economics, vol. CXVIII, nº 1, pp. 139).

[7] La deuda neta, que tiene en cuenta las rentas obtenidas de los activos de EE.UU. en el resto del mundo, lo ilustra muy bien, pues de haber sido negativa hasta 1985 (o sea que las rentas de los activos de EE.UU. en el resto del mundo eran superiores a las rentas obtenidas por los activos extranjeros en EE.UU.) se ha vuelto positiva, alcanzando el 40 % del PIB en 2003 (o sea que las rentas obtenidas por los activos extranjeros en EE.UU. se han vuelto muy superiores a los activos estadounidenses en el extranjero).

[8] La tasa de acumulación del capital es la inversión de capital fijo comparado con las reservas de éste.

[9] Ver también nuestro artículo “La crisis económica certifica la quiebra de las relaciones de producción capitalista” en la Revista internacional nº 115.

[10] Esos tres parámetros pueden descomponerse y están determinados por la evolución de la duración del trabajo, del salario real, del grado de mecanización de la producción, del valor de los medios de producción y de consumo y de la productividad del capital.

[12] Marx, Capital, Vol. 3, Ch. 15 ‘Exposition of the Internal Contradictions of the Law’, Section 1: General, http://www.marxists.org/archive/marx/works/1894-c3/ch15.htm

[13] Así pues, la realidad se ha encargado de desmentir mil veces el teorema –repetido hoy, a pesar de todo, hasta la náusea – del canciller socialdemócrata alemán Helmut Schmidt: “Las ganancias de hoy son las inversiones de mañana y los empleos de pasado mañana”. Ganancias sí hay, pero de inversiones y empleos nada…

[14] En otra ocasión –en el marco de nuestros artículos de seguimiento de la crisis–, trataremos de otros análisis que tienen lugar en el pequeño medio academicista y parásito. También lo haremos en nuestra serie sobre “La teoría de la decadencia en el centro del materialismo histórico”.

[15]Los ganancias sacadas de la especulación son de tal importancia que no sólo son atractivas para las empresas clásicas sino también para muchas otras, entre ellas, las aseguradoras o los fondos de pensiones, de los cuales Enron es un formidable ejemplo (…) La especulación representa para la burguesía el medio complementario, por no decir el principal, de apropiarse la plusvalía (…) Una regla se impone, fijar en el 15 % el objetivo mínimo de rentabilidad para los capitales invertidos en las empresas (…) La acumulación de los ganancias financieras y especulativas alimenta un proceso de eliminación de industrias que acarrea paro y miseria en todo el planeta” (BIPR en Bilan et Perspectives nº 4, p.6-7).

[16] “La larga resistencia que el capital occidental ha opuesto a la crisis del ciclo de acumulación (o a la actualización de la tendencia decreciente de la cuota de ganancia) le ha evitado hasta ahora el hundimiento en picado que sí ha castigado al capitalismo de Estado del imperio soviético. Cuatro factores fundamentales han hecho posible tal resistencia: (1) la sofisticación de los controles financieros a nivel internacional; (2) una reestructuración profunda del aparato productivo que ha hecho posible un aumento vertiginoso de la productividad (…); (3) la consecuente disolución de su precedente composición de clase, con la desaparición de tareas y de roles ya caducos y la aparición de nuevas tareas, de nuevas funciones y de nuevas figuras proletarias (…) La reestructuración del aparato productivo ha llegado al mismo tiempo que lo que nosotros podemos definir como la tercera revolución industrial vivida por el capitalismo. (…) La tercera revolución industrial está marcada por el microprocesador…” (Prometeo nº 8, deciembre 2003: “Proyecto de tesis del BIPR sobre la clase obrera en el periodo actual y sus perspectivas”).

[17] Prometeo nº 10, diciembre 2004: “Decadencia, descomposición, productos de la confusión”.

[18] La progresión algo más rápida de la productividad en los Estados Unidos durante la segunda mitad de los años 1990 (que permitió un incremento acelerado de los índices de acumulación que ha ayudado a sostener la economía americana) no desmiente para nada su permanente declinar desde finales de los años 1960 (gráfico 8). Volveremos a tratar de esto, más extensamente, en próximos artículos. Señalemos, no obstante, que este fenómeno es básico en la casi ­inexistencia de creación de empleo, contrariamente a lo sucedido en precedentes reactivaciones; que esta reactivación de la productividad es ligera, que la duda persiste en lo que se refiere a la permanencia en el tiempo de esas ganancias debidas a la productividad y que la esperanza de su difusión a otras economías dominantes está casi excluido. Es más, si en los Estados Unidos un ordenador se cuenta como capital, en Europa, en cambio, se le considera como bien de consumo intermedio. Por eso, las estadísticas estadounidenses tienen la tendencia a sobrestimar el PIB (y en consecuencia la productividad) en relación a las estadísticas europeas ya que incluyen la depreciación del capital. Cuando se corrige ese detalle y el efecto de la ampliación de la jornada de trabajo, se constata que las diferencias en las ganancias por productividad se reducen fuertemente entre Europa (1,4 %) y los Estados Unidos (1,8 %) para el periodo 1996-2001, ganancias que están siempre muy lejos del 5 % (Europa) y 6 % (USA) en los años 1950 a 1960.

[19] Este giro es coyuntural, hay que tener presente que las tasas de ganancia empiezan a recuperar su orientación al alza a mediados de 2001 y han vuelto a su nivel de 1997 a finales de 2003. Esta recuperación se ha logrado por medio de una gestión muy afinada del empleo –se ha hablado de “recuperación sin empleo”– e igualmente por los medios clásicos de restablecimiento de las tasas de plusvalía, tales como la ampliación de la jornada de trabajo o el bloqueo de los salarios facilitado por el débil dinamismo del mercado de trabajo. El receso que sufrieron las tasas de acumulación como consecuencia de la recesión, ha permitido igualmente aligerar el peso de la composición orgánica del capital sobre la rentabilidad.

[20] Para un análisis, en un lenguaje al menos algo serio, de este proceso leer el artículo de P. Artus “Karl Marx is back” publicado en Flash nº 2002-04 (disponible en Internet) y su libro La nouvelle économie en la colección Repères-La Découverte nº 303, del que reproducimos un pasaje al final de este artículo.

[21] Precisemos “que ha sido mostrado por numerosos estudios que, sin las prácticas de flexibilidad, la introducción de la “nueva economía” no mejoraría la eficacia de las empresas” (P Artus, op. citada).

[22] Prometeo nº10, diciembre 2004, “Decadencia, descomposición, productos de la confusión”.

[23] “[Para la CCI ] esta contradicción, producción de la plusvalía y su realización, aparece como una sobreproducción de mercancías y, por tanto, como causa de la saturación del mercado; la cual a su vez se opone al proceso de acumulación, lo que pone al sistema en su conjunto en la imposibilidad de compensar la caída de la cuota de ganancia. En realidad [para Battaglia] el proceso es inverso. (…) Es el ciclo económico y el proceso de valorización los que hacen “solvente” o “insolvente” el mercado. Por tanto, son las leyes contradictorias que regulan el proceso de acumulación, las que pueden llegar a explicar la “crisis del mercado” (Texto de presentación de Battaglia communista en la primera conferencia de grupos de la Izquierda comunista).

[24] “… hemos declarado que ya no estamos interesados en cualquier debate/confrontación con la CCI (…) Si continúan siendo ésas, y lo son, las bases teóricas de la CCI, las razones por las que hemos decidido no perder más tiempo, papel y tinta para discutir con ellos deben quedar claras” (Prometeo nº10, “Decadencia, descomposición, productos de la confusión”) y “Estamos fatigados de discutir de nada cuando tenemos que trabajar para tratar de comprender lo que pasa en el mun­do” (Página Web del BIPR (http://www.ibrp.org), “Respuesta a las acusaciones estúpidas de una organización en vías de degeneración”).

[25] Prometeo nº 10, diciembre 2004, “Decadencia, descomposición, productos de la confusión.”

[26] Lean igualmente nuestro artículo en Revista internacional nº 115, 4º trimestre 2003, “La crisis: señal de la quiebra…”

[27] Para más detalles sobre este farol llamado revolución industrial, lean nuestro artículo sobre la crisis en la Revista internacional nº 115 del que citamos aquí un pasaje: “La “revolución tecnológica” sólo existe en los discursos de las campañas burguesas y en la imaginación de quienes se las tragan. Esa constatación empírica de la reducción de la productividad (del progreso técnico y de la organización del trabajo) sin interrupción desde los años 60, contradice la imagen mediática, aunque esté bien incrustada en las mentes, de un cambio tecnológico creciente, de una nueva revolución industrial de la que hoy estarían preñados la informática, las telecomunicaciones, Internet y los multimedia. ¿Cómo explicar la fuerza de esa patraña que pone la realidad patas arriba en nuestras mentes?

Antes que nada, hay que recordar que los progresos de productividad tras la Segunda Guerra mundial fueron mucho más espectaculares que los que nos presentan actualmente como “nueva economía”. (…) Desde los sesenta, la productividad no ha hecho sino disminuir. (…) Además, se cultiva permanentemente esta confusión: la de una relación directa entre la aparición de nuevos bienes de consumo y los progresos de la productividad. El flujo de innovaciones, la multiplicación de novedades por extraordinarias que sean como bienes de consumo (DVD, GSM, Internet, etc.), no pueden tapar lo que está ocurriendo con la productividad. Progreso de la productividad significa capacidad para ahorrar en los recursos requeridos para la producción de un bien o de un servicio. La expresión “progreso técnico” debe siempre entenderse en el sentido de progreso de las técnicas de producción y/o de organización, desde el estricto enfoque de la capacidad para ahorrar en los recursos usados en la fabricación de un bien o en la prestación de un servicio. Por impresionantes que sean, los progresos de lo digital (o numérico) no se plasman en progresos significativos de la productividad en el seno del proceso de producción. Ahí radica todo el bluff de la ‘nueva economía’”.

[28] F. Engels, El Anti-Dühring (Sección II. I, Objeto y método)

[29] Leer nuestra serie de artículos “La teoría de la decadencia en la médula del materialismo histórico” iniciada en la Revista internacional nº 118.

[30] Ésa es la razón por la que Battaglia communista ha anunciado en el nº 8 de su revista teórica un gran estudio sobre la cuestión de la decadencia: “... el objetivo de nuestra investigación será verificar si el capitalismo ha agotado su desarrollo de las fuerzas productivas y, si eso es cierto, en qué medida y sobre todo por qué” (Prometeo nº 8, serie VI, diciembre 2003, “Por una definición del concepto de decadencia”).

[31] “Estamos pues, ciertamente confrontados a una forma tal de aumento de la barbarie de la formación social, de sus relaciones sociales, políticas y civiles y, verdaderamente –a partir de los años 90–, a un retroceso en la relación capital/trabajo (con el retorno, al modo del más puro estilo manchesteriano, de la búsqueda de plusvalía absoluta, además de la de plusvalía relativa) pero esta “decadencia” no concierne al modo de producción capitalista sino más bien a su formación social en el ciclo actual de acumulación capitalista, en crisis desde hace algo de más 30 años” (Prometeo nº 10, “Decadencia, descomposición, productos de la confusión”). Nosotros volveremos en un próximo número de Revista internacional a tratar sobre esta elucubración teórica de Battaglia communista consistente en pretender que ¡únicamente la “formación social capitalista” está en decadencia y no el modo de producción capitalista! Señalemos, no obstante, que en la cita de Engels reproducida arriba, lo mismo que en todos los escritos de Marx y Engels (cf. nuestro artículo en la Revista internacional nº 118) ellos hablan siempre y claramente de decadencia del modo de producción capitalista y no de decadencia de la formación social capitalista.

[32] “… el ciclo actual de acumulación capitalista ¡en crisis desde algo más de 30 años!” (Prometeo nº10, diciembre 2004, “Decadencia, descomposición, productos de la confusión”).

[33] Prometeo nº 8, diciembre2003, “Proyecto de tesis del BIPR sobre la clase obrera en el periodo actual y sus perspectivas”.

[34] “Según la crítica marxista de la economía política, existe una relación muy estrecha entre la crisis del ciclo de acumulación de capital y la guerra, debida al hecho de que en un cierto momento de todo ciclo de acumulación, a causa de la tendencia decreciente de la cuota media de ganancia, se determina una verdadera sobre-acumulación de capital cuya destrucción, por medio de la guerra, se hace necesaria para reemprender un nuevo ciclo de acumulación” (Traducción nuestra, Prometeo nº 8, diciembre 2003 “La guerra que falta”).

[35] “La larga resistencia del capital occidental a la crisis del ciclo de acumulación (o a la actualización de la tendencia decreciente de las cuota de ganancia) ha evitado hasta ahora el desplome…” (“Prometeo nº 8, diciembre 2003, “Proyecto de tesis del BIPR sobre la clase obrera en el periodo actual y sus perspectivas”).

Appendix

Sobre el camelo de la nueva revolución industrial

Para permitirle al lector juzgar mejor si existe realmente “una tercera revolución tecnológica basada en el microprocesador”, como pretende Battaglia communista, reproducimos aquí algunos pasajes significativos del libro de P. Arthus (obra citada en nota) sobre la nueva economía, en el que se utilizan ampliamente herramientas del análisis marxista: “La nueva economía ha acelerado el crecimiento desde 1992 hasta 2000 en relación con la parte de capital utilizado que ella misma ha exigido, pero sin aumentar la productividad global de los factores (el progreso técnico global). En ese sentido, la nueva economía difiere claramente de otros descubrimientos tecnológicos del pasado, como la electricidad. (…) Paradójicamente, podría uno incluso preguntarse si la nueva economía existe realmente. Estamos efectivamente ante una “agitación” (…) No se trata de negarlo, sino de preguntarse si estamos en presencia de un verdadero ciclo tecnológico. Es decir, de una aceleración duradera del progreso técnico y del crecimiento incluso después de que el esfuerzo inversor haya cesado. (…) El sector de la nueva economía (telecomunicaciones, Internet, fabricación de ordenadores y soportes informáticos...) representa el 8 % del total de la economía americana; pero aunque su crecimiento es rápido no llega a incentivar el crecimiento del conjunto de Estados Unidos en más de un 0,3 % anual. En el resto de la economía (el 92 %), el crecimiento de la productividad global de los factores (es decir, el crecimiento de la productividad que es posible para un capital y un trabajo dados –el progreso técnico puro) no se ha acelerado mucho en los años 1990. Se observa, es cierto, un enorme esfuerzo de inversión de las empresas por incorporar las nuevas tecnologías a su capital productivo, y es esencialmente ese esfuerzo de inversión el que provoca el suplemento de crecimiento tanto desde el lado de la demanda (la inversión aumenta rápidamente), como desde el de la oferta (el stock de capital productivo aumenta en más de un 6 % anual en volumen). Insisto, esta situación no es sostenible a largo plazo. (…) Para que haya realmente ciclo tecnológico será necesario que en un momento dado la acumulación de capital produzca una aceleración del crecimiento de la productividad global de los factores y por tanto, que pueda haber crecimiento más rápido, espontáneamente, sin que el capital productivo continúe incrementándose más rápidamente que el PIB (*). Algunos sugieren que la nueva economía no existe, que Internet no es una innovación tecnológica a la altura de los grandes inventos del pasado (la electricidad, el automóvil, el teléfono, el motor de vapor,…). Una de las razones podría ser que las nuevas tecnologías de la información al sustituir a las antiguas tecnologías las reemplazan pero no son verdaderamente el producto radicalmente nuevo que provoca un suplemento neto de demanda y de oferta; otra es que los costes de instalación, de funcionamiento, de gestión de estas nuevas tecnologías son importantes, superiores a lo que aportan. (…) Las incertidumbres que, con motivo de la nueva economía, están evocadas aquí han sido evidentemente reforzadas por la recesión y la crisis financiera del periodo 2001-2002. Se ha demostrado claramente que hubo un exceso de inversión a finales de los años 90, que la rentabilidad de las empresas no ha mejorado sustancialmente porque hayan invertido en nuevas tecnologías…” (p. 4-8).

(*) Exactamente en eso está la diferencia entre una verdadera revolución industrial y el epifenómeno actual de la nueva economía. Si Battaglia communista fuese capaz de leer a Marx lo habría entendido hace tiempo.