«Revueltas sociales»: Falso camino en la lucha proletaria

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Desde fines de los años 80, con la aceleración de
la crisis y las dificultades de la clase obrera para reconocer su
ser y sus capacidades, las revueltas desesperadas de poblaciones
sometidas al hambre y a la miseria atroz se repiten continuamente:
Argelia (1988), Venezuela, Argentina, Nigeria, Jordania (1989),
Costa de Marfil, Gabón (1990). Pero si esto pareciera que
es un fenómeno de las regiones «subdesarrolladas»,
es una equivocación, hay que recordar que en 1992 en Los
Ángeles, una de las grandes ciudades de los EUA, se
vivieron saqueos e incendios de locales comerciales... Estos
acontecimientos que muestran la desesperación de una masa
«interclasista», formada lo mismo por desclazados,
núcleos sociales depauperados (por ejemplo campesinos),
sectores pequeño burgueses e incluso por trabajadores
arrastrados por esta ola ciega, ha sido reivindicado y promovido
por los llamados «altermundialistas» como una forma de
lucha contra el sistema, sin embargo son expresiones estériles,
sin perspectiva de futuro que nada pueden contra el sistema, por
el contrario son usadas por éste.

Argentina en 2001 y octubre de 2003 en Bolivia, bajo diferentes
circunstancias vuelven a ser testigos de violentas protestas donde
la clase obrera queda ahogada en la masa amorfa e interclasista de
«luchas ciudadanizadas». Por todo ello, estas
expresiones desesperadas deben de ser objeto de refle­xión
en la clase obrera y es obligación de los revolucionarios
exponer de manera abierta elementos que permitan la clarificación,
sin asumir una actitud de desprecio a los hechos y a los que
participan, sino de crítica, una crítica que prepara
a la clase obrera, en tanto impulsa a sacar las lecciones y a
preparar los combates futuros.

 

Las revueltas: una expresión de la
descomposición capitalista

Si buscamos las causas de estas desesperadas expresiones, las
encontraremos en las terribles condiciones de miseria, de
explotación y de hambre a las que son arrojados millones de
habitantes de regiones enteras del planeta. El capitalismo lleva a
la pauperización acelerada de amplias masas de la
población, a las cuales ya no es siquiera capaz de integrar
como asalariados. En varios países de América Latina
el campo está casi quebrado, quedando en el abandono la
población que realizaba ahí sus actividades,
transformándose diversas regiones en verdaderos «pueblos
fantasma» (como sucede en regiones de Brasil y México).
Pero estos acontecimientos no son resultado de la aplicación
incorrecta de los planes económicos de Instituciones como
el FMI, la OCDE, etc., como lo presenta el aparato de izquierda
del capital (entre ellos, por supuesto los «altermundialistas»),
tampoco es producto de la «mala gestión» de tal
o cual gobierno, esto es producto de la decadencia del sistema
capitalista, de la quiebra de un sistema que no expresa un avance
progresista para la humanidad, sino la conduce a la devastación
y la catástrofe. En este escenario, y ante el avance de una
fase en la que la burguesía guarda dificultades para
mantener su dominio, pero también el proletariado expone
dificultades para reconocer su esencia re­volucionaria, la
revuelta desesperada de masas «interclasitas» se
vuelve una expresión casi cotidiana, de frente a la cual la
clase obrera debe de reflexionar, en primer lugar para no dejarse
arrastrar en aventuras de ese tipo, y en seguida para impulsar su
conciencia y la confianza en sus propias fuerzas. Pero para
analizar estos fenómenos, sería una falsa
alternativa el plantearse el «apoyo o rechazo» de
estas expresiones, no se trata de glorificar o condenar, se trata
de comprender y traducir esta comprensión en posiciones
políticas que le ayuden a conducir a esas masas
desesperadas por el camino de una verdadera subversión de
las terribles condiciones de existencia actual.

 

El proletariado, única clase capaz
de cambiar el mundo

Desde que se hundió el bloque del Este, es decir desde
que cayó el muro de Berlín, la burguesía se
empeña más que nunca en hacer parecer al estalinismo
como el comunismo con el fin de poder hacer desatar su campaña
sobre la «muerte del comunismo», incluso no faltaron
los ideó­logos del capital que «teorizaron»
no sólo del «fin de la historia», sino también
del «fin de la clase obrera como sujeto histórico del
cambio». Estas «sesudas deducciones» son
apoyadas por toda suerte de sociólogos, que en realidad no
hacen sino reeditar lo planteado hace años por modernistas
como Castoriadis, o intelectuales como Marcuse. Una clase como la
burguesía es de ideas decrépitas y no produce
«novedades», sólo sabe recocer los hilvanes del
pasado. Para el marxismo, el proletariado es la única clase
que puede cambiar al mundo, no como una visión idílica
o mesiánica, sino como expresión de la materialidad
de esta clase que la convierte en la primera que es al mismo
tiempo explotada y revolucionaria, en tanto es una clase que no
busca mantener la explotación o alguna forma de propiedad,
ni aún siquiera busca su perpetuación como clase,
por el contrario niega su esencia, en tanto busca la eliminación
de las clases sociales, por ello al lograr su emancipación
libe­ra al conjunto de la humanidad. Pero lo que constituye la
fuerza decisiva del proletariado es su organización y su
conciencia, de manera que no actúa como una clase ciega,
perdida en el inmediatismo y el odio, por el contrario su accionar
en tanto re­volucionario constituye una práctica
conciente que se alimenta de la experiencia del pasado, pero
manteniendo la mirada en el futuro.

La práctica revolucionaria del proletariado, es pues,
producto de su organización y conciencia clara del futuro,
por el contrario los saqueos y revueltas llevadas a cabo por masas
interclasistas, enceguecidas por el odio y llevadas por el
inmediatismo carecen de futuro, y por tanto son impotentes ante el
capitalismo.

Es un viejo lugar común el encontrar posiciones
políticas que identifican la revuelta desesperada con una
acción revolucionaria, no obstante esto es una visión
activista, sin principios, que apoya «todo lo que se mueve»,
y que es muy defendido por todo el izquierdismo en sus variantes
estalinistas, maoístas y trotskistas; más aún,
algunos anarquistas definirán como «revolucionario»
aquellas manifestaciones sociales que se expresen «violentamente».

Aunque la necesidad es lo que lleva a las masas depauperadas a
la revuelta, al estar desconectadas de una visión de
verdadera transformación y por tanto de futuro, quedan
atrapadas en los límites del mismo capital, no es raro por
ello que la burguesía aproveche estas revueltas, desatando,
a través de ellas, sus propias campañas ideológicas
contra la clase obrera:

- polarizando a la sociedad y sumiendo el descontento en
mistificaciones marginalistas tales como el «racismo»,
la lucha «contra el mal gobierno» o contra
privatizaciones,

- impulsando el sentimiento de impotencia y desesperanza de la
clase obrera, empujándola a «confiar en el Estado
democrático»,

- promoviendo el interclasismo, con el fin de impedir una
respuesta proletaria y por tanto verdaderamente revolucionaria.

Este especto lo hemos visto repetirse en Argentina y Bolivia [1].
Después de ver las revueltas interclasistas en 2001 en
Argentina, y de haber visto un desfile de presidentes en unas
cuantas semanas (expuesto por la misma burguesía como
triunfo de los «piqueteros»), la clase dominante se
regocija con unas elecciones presidenciales masivas y
«ejemplares», mostrando cómo esas revueltas no
hicieron sino fortalecer al aparato estatal. De igual manera las
imágenes de la revuelta en Bolivia, por la «defensa
de la industria nacional del gas», dieron vuelta al mundo y
los gritos de la burguesía cuando «cae el presidente
de Lozada» era: «un triunfo del pueblo», sin
embargo la miseria continúa, pero los reconfortan con el
veneno de que para que el capitalismo funcione mejor, basta con
otorgar la participación a los «ciudadanos» en
las decisiones políticas... como se ve la revuelta no es
una experiencia que la clase obrera pueda recobrar para su
combate.

 

La clase obrera y su responsabilidad ante
las masas pauperizadas y marginadas del planeta

En la Revista Internacional Nº 63 señalábamos:
«En estas revueltas los obreros participan, efectivamente,
pero no agrupados como clase, sino confundidos como individuos que
se suman a las masas hambrientas». En efecto, el hecho de
que haya obreros presentes físicamente en una revuelta no
le da, automáticamente, el carácter proletario. Eso
sería tan absurdo como afirmar que los sindicatos son
organizaciones proletarias porque en ellas se aglutina a los
trabajadores... La clase obrera desarro­lla sus luchas en su
combate contra la degradación de sus condiciones de vida
(desempleo, salario, jubilación...), ese combate se
desarrolla a nivel histórico y conoce diferentes fases en
que se va enfrentando al Estado y sus instrumentos de dominio
(sindicatos, partidos, izquierdistas...), en ese avance va
forjando su organización y conciencia.

Este combate es una expresión colectiva, donde el
interés de cada uno es, al mismo tiempo el interés
de todos, cada huelga, cada lucha es el eslabón de un
combate histórico, con un pasado, un presente y un futuro,
con el que se van forjando las cadenas solidarias de clase.
Contrariamente, en la revuelta y el saqueo lo que impera es la
salvaguarda del interés individual y su falta de
recuperación de experiencias y perspectiva de futuro, hace
de estas simples explosiones tan espectaculares como efímeras...

No obstante que las masas marginadas suelen ser usadas por la
burguesía, empujándolas a las revueltas ciegas, el
proletariado tiene la obligación histórica de atraer
a los explotados y marginados por el capital, para que asuman el
proyecto revolucionario de la clase obrera, haciendo ver que esa
fuerza lanzada en un avance ciego, no sólo es estéril
y sin futuro, sino además una fuerza aprisionada por la
clase dominante.

Daniel/ diciembre-2003

1
En Argentina, donde se han presentado este tipo de manifestaciones,
que el izquierdismo (y por desgracia también grupos
revolucionarios) las han calificado de «grandes acciones del
proletariado», se ha manifestado una voz que avanza en un
proceso de clarificación: el «Núcleo Comunista
Internacional», que al tomar postura sobre los sucesos de
octubre pasado en Bolivia, simplifica claramente lo que representan
las revueltas: «Los acontecimientos de Bolivia guardan un gran
paralelismo con la Argentina en el año 2001, donde el
proletariado se encontró subsumido no sólo con las
consignas de la pequeña burguesía, sino también,
que dichos ‘movimientos populares’ tenían, en el
caso argentino, y tienen en el caso boliviano, un signo bastante
reaccionario, al plantear la reconstrucción de la nación
o expulsar a los ‘gringos’... y es por ello, -señalan
más adelante- que es un grave error confundir lo que es una
revuelta social con un horizonte político estrecho, con una
lucha proletaria anticapitalista».

Situación nacional: 

Geografía: