El «altermundialismo»: una trampa ideológica para el proletariado

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«No se cambia un equipo que gana», suelen decir los
especialistas deportivos. En el fondo, los embustes burgueses para
impedir que la clase obrera desarrolle su conciencia
revolucionaria siguen siendo del mismo tipo, pues deben hacer
frente a las mismas necesidades. Han sido, tradicionalmente, los
partidos de izquierda, socialdemócratas y estalinistas, los
transmisores de esos embustes que sirven para ocultar la quiebra
histórica del modo de producción capitalista, para
proponer alternativas falsas a la clase obrera, para minar
cualquiera perspectiva que se abra ante sus luchas.

Son esos partidos los que han sido ampliamente solicitados a
finales de los años 60 cuando la crisis actual empezó
a desplegarse y sobre todo cuando el proletariado mundial volvió
a salir al escenario de la historia, tras cuatro décadas de
contrarrevolución (la gran huelga de mayo de 1968 en
Francia, el «otoño caliente» italiano de 1969,
etc.). Ante el impetuoso auge de las luchas proletarias, los
partidos de Izquierda empezaron a proponer «alternativas»
de gobierno con la pretensión de que iban a responder a las
aspiraciones de la clase obrera. Uno de los temas de esa
«alternativa» era que el Estado debía estar
mucho más presente en una economía cuyas
convulsiones, iniciadas en 1967 al finalizar la reconstrucción
posterior a la Segunda Guerra mundial, se iban incrementando sin
cesar. Según esos partidos, los obreros debían
moderar sus luchas, incluso renunciar a ellas, y expresar en el
terreno electoral su voluntad de cambio, permitiendo a esos
partidos alcanzar el gobierno para llevar a cabo una política
favorable a los intereses de los trabajadores. Desde entonces, los
partidos de izquierdas, especialmente la socialdemocracia pero
también los partidos llamados «comunistas» como
en Francia, han participado en numerosos gobiernos para aplicar
una vez en ellos, no, ni mucho menos, una política de
defensa de los trabajadores sino de gestión de la crisis y
de ataque a sus condiciones de vida. El desmoronamiento a finales
de los años 80 del bloque del Este y de los regímenes
supuestamente «socialistas» fue un duro golpe a los
partidos que se reivindicaban de esos regímenes, los
partidos «comunistas», los cuales perdieron gran parte
de la influencia que tenían en la clase obrera.

Y así, ahora que frente la agravación de la
crisis del capitalismo, la clase obrera se ve impulsada a volver a
los caminos de la lucha, a la vez que en su seno está
volviendo a encenderse la llama de la reflexión sobre los
retos de la situación actual de la sociedad, los partidos
que representaban tradicionalmente la defensa del capitalismo en
las filas obreras sufren un desprestigio considerable que les
impide ocupar el lugar que ocuparon en otros tiempos. Por eso no
son la avanzadilla de las grandes maniobras destinadas a desviar
el descontento y los interrogantes de la clase obrera. Y es el
movimiento altermundialista el que, por ahora, está en
primera fila, y eso que lo único que hace es recuperar lo
esencial de los temas que, en el pasado, tanto juego le dieron a
la Izquierda. Es, por lo demás, esto último lo que
explica que esos mismo partidos (singularmente los «comunistas»)
anden chapoteando en las charcas del movimiento altermundialista,
por muy discretos y hasta «críticos» que sean,
permitiendo así que ese movimiento aparezca como algo
verdaderamente «novedoso» [1]
y no desprestigiado de entrada.

Esta notable convergencia entre las mistificaciones de la
«vieja izquierda» y las del altermundialismo, puede
ponerse de relieve en torno a unos cuantos de los temas centrales
de éste.

 

Los mismos perros con distintos collares

Para dar un bosquejo de los grandes temas de la corriente
altermundialista vamos a apoyarnos en los escritos de ATTAC, que
aparece como el «teórico» principal de esa
corriente.

Esta organización (ATTAC: Asociación para el
impuesto de las transacciones financieras y de ayuda a los
ciudadanos) nació oficialmente en junio de 1998, tras una
serie de contactos en torno a un editorial de Ignacio Ramonet,
director del mensual francés le Monde diplomatique
de diciembre de 1997. Para ilustrar el éxito del movimiento
altermundialista, ATTAC tenía ya más de 30 000
miembros a finales del 2000. Hay, entre ellos, más de 1000
personas morales (sindicatos, asociaciones, asambleas locales),
unos cien diputados franceses, muchos funcionarios, sobre todo
profesores, y cantidad de famosos, políticos o artistas,
organizados en unos 250 comités locales.

Ese poderoso instrumento ideológico se creó sobre
la idea de la «tasa Tobin», del nombre del premio
Nobel de economía, James Tobin, para quien un impuesto de
0,05% en las transacciones de cambio de divisas permitiría
su regulación, evitando los excesos de la especulación.
Para ATTAC, ese impuesto permitiría, sobre todo, recoger
fondos que luego se dedicarían al desarrollo de los países
más pobres [2].

¿Por qué ese impuesto? Precisamente para, a la
vez, frenar y sacar provecho (lo cual es de lo más
contradictorio: ¿cómo querer que desaparezca algo de
lo que se saca provecho?) de esas transacciones de cambio, y más
en general financieras, símbolo de esa globalización
de la economía que, grosso modo, hace más ricos los
ricos y más pobres a los pobres.

El punto de partida del análisis de la sociedad actual
que hace ATTAC es éste:

«La globalización financiera agrava la
inseguridad económica y las desigualdades sociales. Elude y
minimiza lo escogido por los pueblos, las instituciones
democráticas y los Estados soberanos a cuyo cargo está
el interés general. Les sustituye lógicas
estrictamente especulativas que no expresan más que los
intereses de las empresas transnacionales y de los mercados
financieros»
[3].

¿Qué origen tiene, según ATTAC, esta
evolución económica? Estas son las respuestas:

«Uno de los hechos notables del final del siglo XX ha
sido el auge de las finanzas de la economía mundial: es el
proceso de globalización financiera, resultado de la opción
política impuesta por los gobiernos de los países
miembros del G7».

La explicación del cambio habido a finales del siglo XX
se da más lejos:

«En el marco del compromiso «fordista»[4]
, que funcionó hasta los años 1970, los dirigentes
concluían acuerdos con los asalariados, organizando un
reparto de las ganancias de productividad en el seno de la
empresa, lo cual permitió mantener el reparto del valor
añadido. El advenimiento del capitalismo accionarial
rubrica el final de ese régimen. El modelo tradicional,
llamado «stakeholder», que considera la empresa como
una comunidad de intereses entre sus tres asociados ha dejado el
sitio a un nuevo modelo, llamado «shareholder», que da
primacía absoluta a los intereses de los accionistas
poseedores del capital-acciones, es decir de los fondos propios de
lasempresas»
[5]
. Además: «El objetivo prioritario de las empresas
cotizadas en Bolsa es «crear valor accionarial»
(shareholder value), o sea, hacer que suban la cotización
de sus acciones para generar plusvalías, aumentando así
la riqueza de sus accionistas»
[6]
.

También, según los altermundialistas, la nueva
opción de los gobiernos de los países del G7 ha
acarreado una transformación de las empresas. Las
multinacionales o las grandes instituciones financieras, al haber
dejado de sacar sus ganancias de la producción de
mercancías, «presionan a las empresas para que
repartan el máximo de dividendos en detrimento de unas
inversiones productivas con rendimiento diferido».

No vamos a multiplicar aquí las citas del movimiento
altermundialista. Las expuestas bastan para poner de relieve tres
cosas:

– que ese movimiento no ha descubierto nada;

– el carácter perfectamente burgués de su
ideología;

– el peligro que acarrean para la clase obrera las ideas
de que es portador el movimiento altermundialista.

De este modo, las «transnacionales» que hoy se
habrían liberado de la autoridad de los Estados se parecen
mucho a las «multinacionales» estigmatizadas por los
partidos de Izquierda en los años 70 por ese mismo pecado.
En realidad, esas «multinacionales» o
«transnacionales» tienen una «nacionalidad»
y es la de sus accionarios mayoritarios. En realidad, esas
multinacionales son la mayoría de las veces grandes
empresas de los estados más poderosos, empezando por
Estados Unidos y son los instrumentos, junto a los medios
militares y los diplomáticos, de la política
imperialista de esos Estados. Y cuando tal o cual Estado nacional
(como el de una «republica bananera») está
sometido a las órdenes de tal o cual gran «multinacional»,
eso no es más que la expresión de la sumisión
imperialista de ese Estado a la gran potencia de la que depende la
multinacional.

Ya en los años 70, la izquierda exigía «más
Estado» para limitar el poder de esos «monstruos
modernos» y garantizar un reparto más «equitativo»
de las riquezas producidas. ATTAC y compañía no han
inventado nada. Pero sobre todo es importante subrayar aquí
la gran mentira que contiene esa idea: el Estado nunca ha sido un
instrumento de defensa de los intereses de los explotados. Es
básicamente un instrumento de preservación del orden
social existente y, por lo tanto, de defensa de los intereses de
la clase dominante y explotadora. En algunas circunstancias, y
para asumir mejor su función, el Estado podrá
oponerse a tal o cual sector de esa clase. Así ocurrió
en los albores del capitalismo cuando el gobierno inglés
estableció reglas para limitar la intensidad de la
explotación de los obreros, especialmente de los niños.
Algunos capitalistas fueron perjudicados, pero esa medida debía
permitir que la fuerza de trabajo, que es la creadora de toda la
riqueza del capitalismo, no fuera destruida a gran escala antes de
haber alcanzado la edad adulta. De igual modo, cuando el Estado
hitleriano perseguía cuando no liquidaba a algunos sectores
de la burguesía (los burgueses judíos o los
burgueses «demócratas»), eso, evidentemente, no
tenía nada que ver con no se sabe qué defensa de los
explotados.

El Estado del Bienestar es básicamente un mito destinado
a que los explotados acepten que siga la explotación
capitalista y se perpetúe la dominación burguesa.
Cuando la situación económica se agrava, el Estado,
de «izquierdas» o de «derechas» está
obligado a quitarse la careta: es el órgano que decreta el
bloqueo de los salarios, el que ordena los cortes en los
«presupuestos sociales», los gastos de salud, los
subsidios de desempleo y las pensiones por jubilación. Es
también el Estado, mediante sus fuerzas represivas, el que
acude con sus porras y granadas lacrimógenas, sus
detenciones y sus balas si llega el caso, para hacer entrar en
razón a los obreros que se nieguen a aceptar los
sacrificios que se les quiere imponer.

En realidad, detrás de las ilusiones que los
altermundialistas, siguiendo la tradición de la Izquierda
clásica, intentan sembrar a propósito de las
«multinacionales» y del Estado defensor de los
intereses de los «oprimidos», subyace la idea de que
podría existir un»buen capitalismo» que habría
que oponer al «mal capitalismo».

Esa idea alcanza el no va más en la caricatura y la
ridiculez cuando ATTAC «descubre» que desde ahora la
motivación principal de los capitalistas sería sacar
ganancias, adornando ese «descubrimiento» con toda una
palabrería rimbombante sobre la diferencia entre los
«stakeholders» y los «shareholders». Hace
ya francamente muchos lustros que los capitalistas invierten para
extraer ganancias. Bueno, en realidad, es lo que siempre han hecho
desde que el capitalismo existe.

En cuanto a las «lógicas estrictamente
especulativas» que se deberían a «la
globalización financiera», tampoco han estado
esperando a no se sabe qué reunión del G7 de estos
últimos años o a que llegara al poder Margaret
Thatcher y su amigo Reagan. La especulación es casi tan
vieja como la economía capitalista. Ya a mediados del siglo
XIX, Marx dejó claro que cuando se acerca una nueva crisis
de sobreproducción, los capitalistas tienen tendencia a
preferir la compra de valores especulativos a las inversiones en
lo productivo. En efecto, de manera muy pragmática, los
burgueses han comprendido que si los mercados están
saturados, las mercancías producidas gracias a las máquinas
compradas a lo mejor no se vendían, impidiendo así
tanto la obtención de la plusvalía en ellas
contenida (gracias a la explotación de los obreros que han
hecho funcionar esas máquinas) como el reembolso del
capital avanzado. Por eso decía Marx que las crisis
comerciales parecían ser resultado de la especulación
cuando en realidad eran su signo anunciador. De igual modo, los
movimientos especulativos que hoy observamos plasman la crisis
general del capitalismo, y en ningún modo son el resultado
de la falta de civismo de este o aquel grupo de capitalistas.

Más allá, sin embargo, de lo estúpido y
risible que sea el «análisis científico «
de los «peritos» de la altermundialización, hay
una idea que los defensores del capitalismo han utilizado desde
hace mucho tiempo para impedir que la clase obrera se oriente
hacia su perspectiva revolucionaria. Ya Proudhon, el socialista
pequeño burgués de mediados del XIX, intentó
distinguir lo «bueno» de lo «malo» del
capitalismo. Se trataba para los obreros de apoyarse en «lo
bueno» para así proponer una especie de «comercio
equitativo» y de autogestión de la industria (las
cooperativas).

Más tarde, toda la corriente reformista en el movimiento
obrero, por ejemplo su «teórico» principal,
Bernstein, intentó defender la capacidad del capitalismo (a
condición de que éste esté obligado por una
presión de la clase obrera en el marco de las instituciones
burguesas, como los parlamentos) para ir satisfaciendo cada vez
más los intereses de los explotados. Las luchas de la clase
obrera debían pues servir para que triunfaran los «buenos»
capitalistas contra los «malos», los cuales, por
egoísmo o miopía, se oponían a esa volución
«positiva» de la economía capitalista.

Hoy, ATTAC y sus amigos nos proponen volver al «compromiso
fordista» que prevalecía antes de la llegada de esos
brutales y desalmados del «todo para la finanza», que
«preservaría el reparto del valor añadido»
entre trabajadores y capitalistas. Así, la corriente
altermundialista hace una contribución de primer orden al
arsenal de embustes de la burguesía:

– al hacer creer que el capitalismo tendría los
medios de volver atrás en sus ataques contra la clase
obrera, cuando éstos, en realidad, son resultado de una
crisis que el sistema es incapaz de superar;

– dando a entender que hoy podría haber un terreno
de entendimiento posible, un «compromiso» entre
trabajo y capital.

En resumen, llaman a los obreros no a combatir el modo de
producción capitalista, responsable de la agravación
de su explotación, de su miseria y del conjunto de la
barbarie que se desencadena actualmente en el mundo, sino a
movilizarse en defensa de una variante quimérica de ese
sistema. O sea, a renunciar a la defensa de sus intereses y a
capitular ante los de su mortal enemigo, la burguesía.

Puede entonces entenderse perfectamente por qué esa
clase, por mucho que algunos de sus sectores critiquen las ideas
altermundialistas, ostenta la mayor indulgencia hacia ese
movimiento y lo promueve.

La denuncia firme del movimiento altermundialista como algo de
esencia burguesa, la intervención más amplia posible
contra unas ideas peligrosas, son prioridades para todos aquellos
elementos del proletariado conscientes de que el único
mundo hoy posible es el comunismo, y que éste solo podrá
construirse resueltamente en contra de la burguesía y todas
sus ideologías mistificadoras, cuyo último engendro
es el altermundialismo. Y como tal, hay que combatirlo con la
misma determinación que a la socialdemocracia o al
estalinismo.

Günter

(Parte de artículo aparecido en la Revista
Internacional
N° 116, primer trimestre 2004)Here is some
text

1
Cabe señalar que entre los temas preferidos del
altermundialismo, hay uno que no pertenece a la tradición de
los partidos de izquierda clásicos: el tema ecológico.
Eso se debe sobre todo a que la ecología es algo
relativamente reciente, mientras que los partidos tradicionales de
izquierda basan su ideología en referencias más
antiguas (aunque siempre de actualidad para mistificar a los
obreros). De todos modos, la Izquierda tradicional ha establecido en
casi todos los países alianzas estratégicas con la
corriente que ha hecho de la ecología su principal
especialidad, los Verdes. Así es en el principal país
europeo, Alemania.

2
Hay que decir que James Tobin se desolidarizó del uso que
querían hacer los altermundialistas de su receta. A quienes
creen que luchan contra el capitalismo con sus cartuchos, el premio
Nobel de la economía capitalista nunca ha ocultado que él
está A FAVOR del capitalismo.

3
«Plataforma de ATTAC», adoptada por la Asamblea
constitutiva del 3 de junio de 1998, en Tout sur ATTAC 2002, p. 22.

4
Ese término se refiere a las tesis de Henry Ford I, fundador
de una de las mayores multinacionales de hoy, el cual, tras la
Primera Guerra mundial defendía la idea de que los
capitalista tenían el mayor interés en pagar buenos
salarios a los obreros para así ampliar el mercado para las
mercancías producidas. Por eso, a los obreros de Ford se les
incitaba a comprar unos coches en cuya fabricación habían
participado. Esas tesis, que podían parecer «realistas»
en períodos de «prosperidad» y que además
podían, en cierto modo, favorecer la «paz social»
en las factorías del «buen rey Henry», se
derritieron como nieve al sol, cuando la «Gran depresión»
de los años 30 cayó sobre Estados Unidos y el resto
del mundo (NDLR).

5«Licenciements
de convenance boursière : les règles du jeu du
capitalisme actionnarial» (Despidos y conveniencia bursátil:
las reglas del juego de capitalismo accionarial), Paris, 2/05/2001,
en Tout sur ATTAC 2002, pp. 132-134

6Tout
sur ATTAC 2002, p. 137.

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