La lucha de las organizaciones revolucionarias contra la provocación y la calumnia

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Mucho peor que la provocación en sí misma es la sospecha, la desconfianza que pueden instalarse en la organización cuando sus miembros sienten ser los blancos de la provocación. Esto es tanto más grave porque –a excepción del caso único que fue la publicación de los archivos del Okhrana tras la revolución rusa de 19171– los revolucionarios no tienen obviamente los medios de buscar pruebas en los archivos de la policía, y la propia policía hace lo imposible para borrar todas las pistas y proteger a los verdaderos espías. En última instancia, la policía incluso no necesita actuar, sólo ha de dejar instalarse la desconfianza y la sospecha para recoger los frutos: la parálisis, o incluso el estallido de la organización revolucionaria. 

Desde sus orígenes, el movimiento obrero ha tenido que hacer frente a la represión desencadenada por la burguesía. Sin embargo, sería un serio error, una expresión de ingenuidad, creer que tal represión solo toma la forma de represión física directa contra las huelgas o los levantamientos obreros.

La revolución proletaria es la primera en la historia en la que su éxito depende de la conciencia revolucionaria de la clase sobre sus propios objetivos, sobre sus propios fines de combate contra el capitalismo: la sociedad comunista. De forma inevitable, bajo las condiciones de la sociedad capitalista, esta conciencia histórica se desarrolla de manera desigual. Esta es la razón por la que la conciencia revolucionaria se cristaliza inicialmente en las organizaciones políticas de la vanguardia proletaria.

La provocación policial dentro de las organizaciones revolucionarias

Es una ironía de la historia el que a menudo la burguesía ha mostrado una mayor visión que las propias masas de la clase obrera del papel crucial de las organizaciones revolucionarias. La clase dominante ha seguido con particular atención a las organizaciones políticas que defienden la necesidad de la revolución comunista, incluso en periodos en que estas constituían una minoría ínfima, en la mayoría de los casos completamente desconocidas para la vasta mayoría de la clase obrera. Esto es verdad sea cual sea el régimen político del momento. Podemos dar dos ejemplos que nos conciernen directamente:

  • Una parte importante de nuestro libro sobre la Izquierda Comunista Italiana1 pudimos escribirla a partir de los archivos de la policía secreta del régimen de Mussolini, la cual mantuvo un espía dentro del pequeñísimo grupo que publicaba BILAN en los años 30

  • En los comienzos del grupo que se convertiría en la sección en Francia de la CCI –Révolution Internationale- nos enteramos a través de un agente policial arrepentido que nuestro grupo estaba siendo seguido por la policía.

Solamente una vez en la historia los métodos de la policía política han podido ser examinados de forma exhaustiva por los revolucionarios: tras la revolución de octubre de 1917 en Rusia cuando los archivos de la policía secreta del Zarismo, la Okhrana2 cayeron en las manos de los bolcheviques.

Fue utilizando estos archivos como Víctor Serge pudo escribir su libro Lo que todo revolucionario debe saber acerca de la represión3, el cual sigue siendo una muy valiosa exposición de los métodos policiales. Como Serge escribe, la Okhrana constituyó «el prototipo de la moderna policía política». Sin embargo, como vamos a ver a continuación, la provocación policial no nació con la Okhrana y los revolucionarios no esperaron al libro de Serge para comprender que ellos eran objetivo del interés policial.

¿Cuál es el propósito del interés policial? Este no se limita al simple espionaje, ni a la represión y destrucción de las organizaciones revolucionarias. La burguesía y su policía política saben muy bien que las organizaciones políticas del proletariado no se han generado en las cabezas de los individuos que las componen sino que brotan de las condiciones mismas de la lucha de clases, de la oposición permanente entre la clase obrera y la sociedad capitalista.

No es ninguna casualidad el que la figura del agente provocador haya sido siempre aborrecida por el movimiento obrero, tanto en sus organizaciones políticas como en los órganos que la clase hace surgir en el curso de sus luchas (Asambleas Generales, Comités de Huelga etc.). Desde sus mismos comienzos, las organizaciones políticas de la clase obrera han intentado defenderse por sí mismas contra la actividad de los agentes provocadores. Así, en 1795, en los Estatutos de la London Corresponding Society (Sociedad de Correspondencia de Londres, una de las primeras organizaciones políticas de la clase obrera), podemos encontrar la regla siguiente: «Las personas que pretendan interferir el orden, con la pretensión de mostrar entusiasmo, valor, o con cualquier otro motivo, deben considerarse sospechosas. Una actitud ruidosa raras veces es un signo de valor, y el entusiasmo extremado es a menudo una forma de encubrir la traición»4

En el mismo sentido, la Liga de los Comunistas (para la que Marx escribió el famoso Manifiesto Comunista en 1848) declaró en su artículo 42: «los miembros expulsados o suspendidos, así como las personas sobre quienes recaigan sospechas, deberán ser vigilados y neutralizados para la salvaguardia de la Liga. Todas sus maquinaciones serán puestas inmediatamente en conocimiento de la comuna a la que afecten»5

Sin embargo, la efectividad de la provocación policial tiene sus límites. Como Víctor Serge pone de manifiesto: «La provocación nunca puede anular sino a individuos o a grupos y que es casi impotente contra el movimiento revolucionario en su conjunto. Hemos visto cómo un agente provocador se encargaba de hacer entrar a Rusia (en 1912) propaganda bolchevique; cómo otro (Malinovsky) pronunciaba en la Duma discursos redactados por Lenin (…) Si un folleto propagandístico es divulgado por un agente secreto o por un devoto militante, los resultados son siempre los mismos: lo esencial es que sea leído (…) Cuando el agente secreto Malinovsky hace oír en la Duma la voz de Lenin, el ministro del Interior hacia mal en regocijarse por el éxito de su agente pagado. La importancia que la palabra de Lenin tiene para el país no puede compararse con la que pueda tener la voz de un miserable» (ver nota 3).

La sospecha: una plaga para la salud moral de las organizaciones revolucionarias

Mucho peor que la provocación en sí misma es la sospecha, la desconfianza que pueden instalarse en la organización cuando sus miembros sienten ser los blancos de la provocación. Esto es tanto más grave porque –a excepción del caso único que fue la publicación de los archivos del Okhrana tras la revolución rusa de 1917– los revolucionarios no tienen obviamente los medios de buscar pruebas en los archivos de la policía, y la propia policía hace lo imposible para borrar todas las pistas y proteger a los verdaderos espías. En última instancia, la policía incluso no necesita actuar, sólo ha de dejar instalarse la desconfianza y la sospecha para recoger los frutos: la parálisis, o incluso el estallido de la organización revolucionaria. El libro de Thompson nos da un ejemplo contundente de esta parálisis que afecta el London Corresponding Society: «En 1794 se acusó (equivocadamente) a un tal Jones, de Tottenham, de ser un espía, debido a sus violentas propuestas que, se afirmaba, tenían el “objetivo de comprometer a la Sociedad”. Jones (según informaba Groves, el verdadero confidente, con un toque irónico) se lamentaba de que “si un ciudadano hacía una propuesta que parecía fogoso de algún modo, se le consideraba un espía que el gobierno hubiese enviado para infiltrarse entre ellos. Si un ciudadano se sentaba en un rincón y no decía nada estaba observando sus procedimientos para poder informar mejor acerca de ellos… los ciudadanos no sabían cómo comportarse» (ver nota 4).

Si la desconfianza en su seno es un factor de parálisis y desagregación de una organización proletaria, la sospecha es una carga terrible y a veces insoportable para el militante individual (Serge cita ejemplos de militantes que se suicidaron, o cometieron actos desesperados, porque no pudieron lavarse de una sospecha injustificada). Un militante comunista se coloca en oposición a toda la sociedad burguesa y a los atributos de ésta. Es marginado por la sociedad, en el mejor de los casos señalado con el dedo por toda la máquina de la propaganda burguesa como un iluminado, en el peor como un criminal sangriento. Puede ser acorralado impunemente como un animal que se debe matar. Para llevar la cabeza bien alta, el militante comunista no solo debe mantener una convicción inquebrantable en la causa histórica del proletariado, en el futuro de la humanidad, en la necesidad y la posibilidad de una revolución comunista, sino que también debe preservar su honor de militante, el respeto y la confianza de sus camaradas de combate. No hay peor vergüenza para un militante comunista que ser considerado como un traidor. La sospecha es fácil de sembrar, terriblemente difícil de borrar. Por eso tienen el deber los militantes comunistas de defender su dignidad frente a las sospechas y a la calumnia, así como la organización tiene la responsabilidad de no tolerar en su seno este veneno que destruye su unidad y la solidaridad entre camaradas.

No es por casualidad si en 1860, Karl Marx publicó su denuncia de Karl Vogt, un espía a sueldo de Napoleón III que había acusado a Marx de ser un agente de la policía6. Los comentaristas burgueses “bien intencionados” ven a menudo en este texto una debilidad de Marx, una distracción de su obra “filosófica” para combatir un individuo despreciable, y consideran que el texto –con su atención meticulosa a los detalles más lamentables de la actividad de Vogt– ilustra un ejemplo “del autoritarismo” de Marx que no habría soportado la contradicción. Es no entender nada de la acción de Marx, que odiaba hablar de sí mismo o de sus asuntos personales en público, pero que se vio obligado a dedicar un año entero a este trabajo indispensable con el fin de defender a la vez tanto su honor personal de revolucionario como también y sobre todo el del movimiento del que formaba parte.

Victor Serge tenía mucha razón cuando escribía: «Es tradicional: ¡los enemigos de la acción, los cobardes, los cómodos, los oportunistas, gustosos toman su artillería de las cloacas! La sospecha y la calumnia les sirven para desacreditar revolucionarios. Y así seguirá siendo»

Los revolucionarios del pasado entendían bien el peligro de la sospecha incontrolada en la organización, como lo prueban ya los estatutos de la Liga de los Justos, antecesora de la Liga de los Comunistas (este proyecto de los estatutos está fechado en enero de 1843): «Si alguien quiere quejarse de personas o cuestiones que pertenecen a la Liga, debe hacerlo abiertamente en la reunión [de la sección]. Serán excluidos los difamadores» (Apartado 9).

Hacia finales del siglo XIX se precisa esta posición básica. No basta con excluir al detractor, es necesario encontrar el medio de tratar las posibles acusaciones sin que perjudiquen a la organización cuando resultan infundadas. Este método del movimiento obrero se preconiza en los estatutos de la sección berlinesa del partido socialdemócrata alemán, que declaraba en 1882 (cuando el partido trabajaba en la ilegalidad): «Cada militante –incluso si se trata de un camarada bien conocido– tiene el deber de mantener la discreción sobre los temas discutidos en la organización –sea cual sea la materia. Si un camarada oye una acusación por parte de otro camarada, tiene en primer lugar el deber de tratarla confidencialmente, y lo debe exigir también del camarada que lo informó de la acusación; debe establecer las razones de la acusación, y saber quien está en su origen (…) Debe informar al secretario [de la sección], que ha de clarificar la cuestión mediante una confrontación con el acusado y el acusador (...) Cualquier otra acción, como, por ejemplo, sembrar la sospecha sin pruebas certificadas por los secretarios [es decir, los responsables de la sección] causará daños importantes. Puesto que camarada que no se atiene al procedimiento descrito más arriba corre el riesgo de ser considerado como una persona que trabaja para la policía”7.

Está claro que en las condiciones de ilegalidad de aquél entonces, los revolucionarios estaban preocupados cotidianamente por el peligro de la infiltración de la policía en sus filas. Pero la sospecha en la organización no era sistemáticamente la obra de la policía, podía nacer sin la menor provocación. Incluso cuando estas acusaciones se lanzan con las mejores intenciones de proteger la organización, la desconfianza que suscitan puede ser aún más peligrosa para la salud de la organización y para la seguridad de los propios militantes, que la verdadera provocación. Es lo que Víctor Serge pone de relieve: «Se murmuran acusaciones, luego se dicen en voz alta, generalmente no se pueden aclarar. De ahí resultan males en cierto sentido peores que los que podría ocasionar la misma provocación. (…) Este mal, la sospecha y la desconfianza entre nosotros, sólo puede ser limitado y aislado por un gran esfuerzo de voluntad. Se debe impedir –y ésta es condición previa de toda lucha victoriosa contra la verdadera provocación, que al acusar calumniosamente a un militante "hace el juego"– que nadie sea acusado a la ligera, e impedir además que una acusación formulada contra un revolucionario sea simplemente aceptada sin discusión. Cada vez que un hombre sea siquiera rozado por una sospecha, un jurado formado por camaradas deberá determinar si se trata de una acusación fundada o de una calumnia. Son simples reglas que se deberán observar con inflexible rigor si se quiere preservar la salud moral de las organizaciones revolucionarias»

En esta primera parte, intentamos demostrar:

  • en primer lugar, que la provocación policial existe desde el principio del movimiento obrero, y que su objetivo ha sido a menudo destruir la organización de los revolucionarios sembrando la desconfianza en su seno;
  • en segundo lugar, que la desconfianza en el seno de la organización no es inevitablemente el trabajo de la policía, sino que puede venir de simples acusaciones infundadas;
  • en tercer lugar, que los revolucionarios siempre han considerado tales acusaciones tan peligrosas para la salud de sus organizaciones como si fueran hechas por la policía;
  • y por fin, que las organizaciones revolucionarias tuvieron un método para tratar estas acusaciones. Este método consiste sobre todo en circunscribirlos en un marco organizativo conveniente, con el fin de evitar que la desconfianza se propague de manera incontrolada, como un virus, a través de la organización. Es este método, heredado del movimiento obrero, que la CCI se ha esforzado siempre de adoptar ante acusaciones o sospechas sobre sus militantes.

La organización comunista no tiene lugar “natural” en la sociedad burguesa, es al contrario un cuerpo extraño en esta sociedad. El antagonismo entre los principios comunistas y la ideología burguesa no solo actúan fuera de la organización, sino también dentro. La infiltración de esta ideología extraña al proletariado puede manifestarse a través de las posiciones políticas oportunistas que puede predicar una parte de la organización, pero también y de forma mucho más insidiosa por comportamientos individuales tomados de la clase dominante (o a algunas capas sociales sin porvenir históricos) y diametralmente opuestos al comportamiento que debe ser el de un militante comunista.

La calumnia: un arma para desacreditar a las organizaciones revolucionarias

La CCI siempre ha puesto de relieve que la cuestión del comportamiento político de los militantes es una cuestión íntimamente relacionada con los principios de la clase portadora del comunismo. Contra el veneno de la desconfianza y la sospecha, reafirmamos que «Teniendo en cuenta que las relaciones que se establecen entre las diferentes partes militantes de la organización arrastran consigo, necesariamente, los estigmas de la sociedad capitalista, la organización de los revolucionarios no puede constituir un islote de relaciones comunistas dentro de este sistema. Sin embargo no puede existir en contradicción con el objetivo perseguido, por lo que debe apoyarse necesariamente sobre la solidaridad y la mutua confianza que son unos de los signos de pertenencia a una organización de la clase portadora del comunismo» (Plataforma de la CCI, punto 168). Ya, nuestros estatutos hacen hincapié en el hecho de que el comportamiento de un militante no puede estar en contradicción con el objetivo para el cual combatimos, y que los debates en la organización «se lleven a cabo con el mayor rigor posible, pero guardándose de los ataques personales que no deben sustituir, en modo alguno, a la argumentación política coherente». Olvidar estas normas de comportamiento, dejarse agarrar por el espíritu de competencia inoculado por la sociedad capitalista puede conducir a los militantes muy lejos del terreno del debate entre comunistas, hasta llevarlos en algunas circunstancias (por ejemplo cuando han estado en minoría y no tenían argumentos en el debate) a emprender campañas de calumnia contra sus camaradas, vistos como adversarios a combatir.

La utilización de campañas de calumnia contra militantes en las organizaciones revolucionarias jalonó la historia del movimiento obrero desde sus orígenes. Basta con recordarse las calumnias de Bakunin contra Marx en la AIT, acusándolo de ser un “dictador” (debido a que era… ¡judío y alemán!), o las vertidas después del congreso de 1903 del POSDR por los mencheviques contra Lenin, acusado de querer “hacer reinar el terror en el partido como Robespierre”. Se puede también citar el caso extremo de las campañas de denigración contra Rosa Luxemburg, emprendidas por elementos oportunistas del partido socialdemócrata alemán que iban a traicionar los principios de la clase obrera en 1914. Así pues, se acusó a Rosa Luxemburg en los pasillos del partido de tener costumbres de “libertina” (e incluso de ser un agente de la policía zarista, el Okhrana) por estos militantes que, unos años más tarde, iban a organizar en enero de 1919 su asesinato: el “perro sangriento” Noske y sus cómplices Ebert y Scheidemann.

Para tomar un último ejemplo, nuestros antecesores de la Izquierda Comunista de Francia tuvieron que hacer frente también a la calumnia en la organización, como se puede ver en esta Resolución adoptada en la conferencia del GCF de julio de 1945: «Aprobando la Resolución de la asamblea general del 16 de junio que registraba la ruptura de estos elementos con la organización, la conferencia (...) se eleva muy especialmente contra la baja campaña de calumnia que se ha convertido en el arma preferida de estos elementos contra la organización y contra los militantes individualmente. Al recurrir a tales métodos, estos elementos, ilustrando al mismo tiempo dicha política, crean una atmósfera envenenada introduciendo la sospecha, la amenaza de pogromos (según su propia expresión), el gansterismo, y perpetúan así la tradición infame que hasta ahora era el atributo del estalinismo. Considerando urgente poner un término, de no permitir a la calumnia remplazar a los debates políticos en las relaciones entre militantes revolucionarios, la conferencia decide dirigirse a los grupos revolucionarios pidiéndoles instituir un tribunal de honor, pronunciándose sobre la moralidad revolucionaria de los militantes calumniados, y prohibir el derecho de existencia en las filas del proletariado a la calumnia o a los calumniadores»

Así pues, nuestra organización, al rechazar de sus filas la calumnia y a los calumniadores, se sitúa plenamente en la continuidad del combate de los revolucionarios del pasado por la defensa de la organización ante todas las tentativas destinadas a destruirla. La calumnia no sólo no tiene ningún derecho de existir en las filas del proletariado, sino que sigue siendo una de las armas preferidas de la burguesía para desacreditar las organizaciones comunistas y sembrar la desconfianza generalizada hacia las posiciones que defienden. Basta para convencerse citar, por ejemplo, las campañas de calumnias dirigidas contra Lenin (acusado por el Gobierno Kerenski de ser un agente del Kaiser y del imperialismo alemán) para desacreditar al Partido Bolchevique en vísperas de la Revolución Rusa, y las que se dirigieron contra Trotski (acusado por el estalinismo de ser un agente de Hitler y el fascismo) para menospreciar cualquier combate contra el estalinismo en los años 30.

El combate contra la calumnia no es únicamente una necesidad vital para los militantes y la organización a la cual pertenecen. Se refiere a todas las organizaciones del movimiento comunista. Es por eso que, ante este tipo de comportamiento destructor que hace el juego y favorece el trabajo del Estado burgués, la CCI tiene el deber de poner en guardia el conjunto del medio político proletario. «Cuando se ponen de relieve tales comportamientos, es el deber de la organización tomar medidas no sólo en favor de su propia seguridad, sino también en favor de la seguridad de las demás organizaciones comunistas» (Revista Internacional no 33, “Informe sobre la estructura y el funcionamiento de la organización”9).

CCI, 21 de febrero de 2003

1 Se puede obtener dicho libro en su traducción en España escribiendo a nuestra dirección mail: [email protected]

2 Okhrana son la siglas correspondientes a –en ruso- Departamento de Protección de la Seguridad Pública y del Orden, organismo secreto fundado por el régimen del Zar en 1880.

4 Citado en el libro de E.P. Thompson, La formación de la clase obrera en Inglaterra, tomo II capítulo 14.2 página 58, edición española.

5 Citado en el libro De la Liga de los Justos a la Liga de los Comunistas, página 70, edición española en Roca 1973.

6 Ver el libro titulado Señor Vogt, traducción en español aparecida en Editorial ZYX, 1974

7 Citado por Fricke, History of the German Workers' Movement, 1869-1