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Con este primer número comienza la publicación de la Revista Internacional de nuestra Corriente Comunista Internacional.
La necesidad de una publicación de este tipo quedó clara para todos los grupos que componen nuestra Corriente durante los largos debates que precedieron y prepararon la Conferencia Internacional de principios de este año. Al tomar la decisión de publicar la misma revista en inglés, francés y español, la Conferencia no sólo dio un paso decisivo en el proceso de unificación de nuestra Corriente, sino que sentó las bases para el necesario reagrupamiento de los revolucionarios.
La concentración de las débiles fuerzas revolucionarias dispersas por el mundo es hoy, en este período de crisis general, lleno de convulsiones y agitación social, una de las tareas más urgentes y difíciles a las que se enfrentan los revolucionarios. Esta tarea sólo puede llevarse a cabo situándose desde el principio en el plano internacional. Esta preocupación está en el centro de las preocupaciones de nuestra corriente. Es a esta preocupación a la que también responde nuestra Revista, y al lanzarla pretendemos que sea un instrumento, un polo de reagrupamiento internacional de los revolucionarios.
La Revista será necesariamente, en primer lugar, la expresión del esfuerzo teórico de nuestra Corriente, porque sólo este esfuerzo teórico, en una coherencia de posiciones políticas y de orientación general, puede servir de base y asegurar la primera condición para el reagrupamiento y la intervención real de los revolucionarios.
Manteniendo su carácter de órgano de investigación y discusión indispensable para el esclarecimiento de los problemas que enfrenta el movimiento obrero, no tenemos la intención de convertirlo en una revista de marxología tan querida por los distinguidos académicos. Nuestra Revista será ante todo un arma de combate sólidamente anclada en las posiciones fundamentales de clase, las posiciones marxistas revolucionarias, adquiridas a través y en la experiencia de la lucha histórica de la clase contra todas las tendencias "izquierdistas", confusionistas, "innovadoras" (desde Marcuse a la Invariancia y sus sucesores) tan extendidas hoy en día, y que obstruyen gravemente el camino de la reanudación de las luchas del proletariado y obstaculizan el esfuerzo hacia la reconstitución de la organización revolucionaria de la clase.
No pretendemos poseer un Programa totalmente acabado. Somos perfectamente conscientes de nuestras carencias, que sólo pueden ser superadas por el esfuerzo incesante de los revolucionarios para lograr una mayor comprensión y coherencia en el curso del desarrollo de la lucha de clases y sus experiencias.
A este esfuerzo, que pretendemos llevar a cabo a través de nuestra Revista, invitamos también a los grupos revolucionarios que no forman parte organizativamente de nuestra Corriente Internacional, pero que comparten nuestras preocupaciones, a sumarse multiplicando y estrechando los contactos, la correspondencia y, eventualmente, enviando críticas, textos y artículos de debate que la Revista publicará en la medida de lo posible.
Algunos piensan que se trata de una decisión precipitada. No lo es. La gente nos conoce lo suficientemente bien como para saber que no somos como esos activistas acérrimos, cuya actividad se basa únicamente en un voluntarismo desenfrenado y efímero. Pero es igualmente necesario rechazar enérgicamente toda tendencia a formar "pequeños círculos" que se contentan con reunirse y, como mínimo, publicar de vez en cuando papelitos destinados mucho más a su propia satisfacción que a un deseo de participar e intervenir en la lucha política de la clase obrera. Hay que luchar sin tregua contra este espíritu localista y estrecho de pequeñas y seguras sectas familiares. Sólo el grupo que comprende la función militante en la clase y la asume efectivamente puede considerarse revolucionario.
Contra los que no hacen más que denigrar la noción de militante, desde los situacionistas de ayer hasta la invariancia en todas sus gamas de hoy, sólo tenemos un poco de desprecio y mucha indiferencia para oponerles. Cada uno ocupa su lugar: unos en la lucha, otros al margen, y eso está bien.
Dejamos con gusto a los manifestantes desilusionados de la pequeña burguesía en decadencia el placer de rascarse el ombligo. Para nosotros, militantes, luchadores de clase, la Revista es un arma de crítica que prepara el paso a la crítica por las armas.
Este primer número está enteramente dedicado a los principales textos de debate de la Conferencia Internacional. No es posible incluir todos los textos en este número, que ya es demasiado voluminoso. Los debates planteados están lejos de terminar; continuarán en los próximos números, que se publicarán trimestralmente. Por el momento, es imposible asegurar una publicación más frecuente. Esto se compensará en parte con los folletos en varios idiomas que tenemos previsto publicar.
¡Hemos dado un gran paso ¡
A todos los revolucionarios les pedimos su apoyo activo.
Corriente Comunista Internacional
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Durante varios años, Révolution Internationale (Francia), Internationalism (EE.UU.) y World Revolution (Inglaterra) han estado organizando reuniones y conferencias internacionales con el fin de desarrollar la discusión política sobre las perspectivas de la lucha y hacer posible una mayor comprensión de las posiciones de clase en la actualidad. Este año, además de los grupos mencionados, dos nuevos grupos de nuestra corriente asistieron a la Conferencia Internacional: Acción Proletaria (España) y Rivoluzione Internazionale (Italia). También pudo asistir una delegación de Internacionalismo, el grupo de nuestra Corriente en Venezuela. Esta conferencia se centró en la necesidad de organizar la intervención y la capacidad de los revolucionarios para actuar dotados de un marco internacional.
Incluso cuando nuestra corriente consistía en sólo uno o dos grupos en diferentes países (al final del período de reacción y al comienzo del nuevo período que se abre en 1968), la naturaleza de la lucha proletaria y las posiciones de clase que defendíamos, nos impusieron una coherencia política internacional. Hoy, ante el agravamiento de la crisis y el auge de las luchas, esta unidad política fundamental y años de trabajo conjunto, nos han permitido crear un marco organizativo internacional para nuestra corriente, que nos permite concentrar nuestros esfuerzos en varios países.
En el contexto de la confusión política actual y dadas las fuerzas muy débiles de los revolucionarios, creemos que es muy importante insistir en la necesidad, más apremiante en periodos de luchas crecientes, de realizar un trabajo de reagrupamiento de los revolucionarios. Por esta razón, hemos invitado a los grupos cuyas posiciones políticas los acercan a nuestra corriente: Pour une Intervention Communiste (Francia), Revolutionary Workers' Group (EE.UU.), Revolutionary Perspectives (Gran Bretaña), a participar en nuestra conferencia. La confrontación de ideas entre los grupos de nuestra corriente y estos que han sido invitados, ha ayudado a clarificar los análisis y orientaciones defendidas por los diferentes grupos frente a las tareas políticas actuales.
Durante los largos años del período de reconstrucción de la posguerra, los marxistas revolucionarios repitieron que el sistema capitalista, que había entrado en su período de decadencia desde la Primera Guerra Mundial, "prosperó" temporalmente solo gracias a los diversos paliativos de la reconstrucción, las medidas estatales, la economía de armas y que a pesar de esas medidas las contradicciones internas del sistema estallarán sin remedio en una crisis abierta aún más profunda que la de 1929. Hoy, la crisis ya no es un misterio para nadie y la realidad del sistema en bancarrota ha barrido del escenario a los burgueses exaltados y a los marxólogos eruditos como “Socialismo o Barbarie” que aseguraban llegado "el final de las crisis", la "superación del marxismo" o como Marcuse, proclamando “el aburguesamiento del proletariado”. Nuestra corriente ha estado analizando durante 7 años las vicisitudes de la crisis que va profundizándose: en este curso general, el año 1974 marcó un deterioro cualitativo y cuantitativo de la situación económica del capitalismo (tanto en el Este como en Occidente) y mostró el carácter efímero y engañoso de la reactivación de 1972.
La inflación, el desempleo, las crisis monetarias y las guerras comerciales, la caída del mercado de valores y las tasas de decrecimiento de las economías avanzadas, son signos de la crisis general de sobreproducción y de la saturación del mercado que está socavando el sistema capitalista mundial desde sus cimientos.
A diferencia de 1929, el capitalismo de hoy intenta en la medida de lo posible mitigar los efectos de la crisis a través de las estructuras estatales. Pero, a pesar de la intensificación de las rivalidades interimperialistas (como lo demuestra la continua guerra en Indochina, los enfrentamientos en Medio Oriente y Chipre) y el fortalecimiento de los bloques imperialistas y que el curso hacia la guerra es inherente en las crisis económicas del capitalismo decadente, hoy no puede imponérsenos una guerra generalizada, dado que la combatividad de la clase obrera continúa manteniéndose y desarrollándose. En la conferencia, los grupos de nuestra corriente elaboraron la perspectiva defendida en nuestra prensa, a saber, que la lucha de la clase obrera se intensificará en resistencia a la crisis y volverá a ponernos ante la alternativa histórica de “socialismo o barbarie”, después de 50 años de repliegue a causa de la contrarrevolución.
La burguesía atraviesa un período de convulsiones y profundas crisis políticas. En una situación así, busca presentar su máscara de "izquierda" que le permite reclutar mejor a la clase trabajadora, ya sea a través del Partido Laborista y el "contrato social" en Inglaterra, los partidos socialdemócratas en Alemania y en otros lugares, o el PS y el PC en Portugal, y pronto en España e Italia y los intentos para conseguirlo también en Francia. En la crisis actual, una de las armas más peligrosas de la clase capitalista es su capacidad para desarmar a la clase obrera mediante las “radicales” mistificaciones de las fracciones de "izquierda" de la burguesía. Económicamente, todas las fracciones de la burguesía serán inducidas a abogar, de una manera u otra, por medidas de estatalización para fortalecer el capital nacional. Pero políticamente, especialmente en áreas donde la crisis ya está golpeando duramente, son sus partidos de izquierda los que la burguesía necesita para poder llamar a la unidad nacional y al trabajo gratis los domingos. Estos partidos tendrán su lugar en el sol capitalista (ya sea en el gobierno o en una oposición "constructiva"), porque todavía pueden, junto a los sindicatos, encuadrar a la clase obrera y su lucha en apoyo del capital nacional.
Frente a este análisis, nos pareció que el PIC subestima el peso de las mistificaciones de la “izquierda” sobre la clase obrera, cuando mantiene que estas mistificaciones ya no tienen efecto. Por el contrario, creemos que una comprensión más objetiva de la situación nos muestra que actualmente el "antifascismo" y la "unidad nacional" aún están lejos de agotar su capacidad mistificadora. Aunque la clase muestra una creciente combatividad, no podemos subestimar el margen de maniobra de la clase enemiga. La burguesía ya no puede resistir en ciertos países, como España o Portugal, solamente con la represión de la derecha, sino que necesita recurrir a la izquierda, que demostrará ser mucho más efectiva, en estos y otros países, para la mistificación y masacre de los trabajadores.
La lucha de clases surge hoy como resistencia al deterioro de las condiciones de vida que produce la crisis y que se impone a la clase obrera. Es por esta razón que nuestra corriente ha rechazado el análisis del RWG que decía que las luchas "reivindicativas" son actualmente un callejón sin salida para la clase. Por el contrario, en un período de crisis y luchas crecientes, las llamadas luchas "reivindicativas" forman parte de todo un proceso de maduración de la conciencia, la combatividad y la capacidad organizativa de la clase. Los revolucionarios deben analizar el desarrollo de estas luchas y contribuir a su generalización y al desarrollo de una conciencia más clara de los objetivos históricos de la clase. Al rechazar las maniobras trotskistas que anclan a la clase en las demandas parciales y las mistificaciones de un capitalismo decadente, los revolucionarios no deben rechazar al mismo tiempo el potencial de desbordamiento y superación que contienen las luchas actuales.
El análisis de la crisis y su evolución determina en gran medida las perspectivas que los revolucionarios ven para el desarrollo de la lucha de clases. En la conferencia internacional, nuestra corriente defendió la tesis de que la profunda crisis del sistema se está desarrollando de manera relativamente lenta, aunque con agravaciones repentinas, a modo de dientes de sierra, pero en un curso cada vez más profundo. La lucha de clases se manifiesta de manera esporádica y episódica, mostrando todo un período de maduración de la conciencia, con importantes enfrentamientos entre el proletariado y la clase capitalista. Este análisis no fue completamente compartido por los otros grupos presentes en la conferencia. "RP", basándose en otras explicaciones económicas (rechazo de la teoría luxemburguista) ve la crisis como un largo proceso bastante lejano; para ellos, la lucha de clases está estrictamente determinada por los datos económicos y dado que la crisis catastrófica está lejos, un llamamiento a la generalización de las luchas actuales es solo voluntarismo. El "PIC", por su parte, cree ver ya que la crisis económica terminará en forma de peligro inmediato de guerra mundial (lanzando un "grito de alarma" sobre los recientes acontecimientos diplomáticos en Oriente Medio) o el de enfrentamientos de clase capaces de decidir la evolución de la historia actual. Hemos criticado estos dos casos de exageración señalando el hecho de que los revolucionarios deben ser capaces de analizar una situación contingente dentro de un período general, sin caer en una subestimación o sobreestimación que conduzca a caer en el vacío o a permanecer al margen de la realidad actual de la crisis y la lucha de clases.
Todavía no ha llegado el momento de embarcarse en un trabajo de agitación y los intentos del PIC que propone campañas (ver en nuestra revista Révolution Internationale) fuera de toda finalidad práctica, entre otras propuestas, no han encontrado mucha respuesta. Por otro lado, tras los informes de actividad de las diferentes secciones de nuestra corriente y de otros grupos, los camaradas de la corriente han señalado la necesidad de ampliar nuestro trabajo de intervención y publicación en todos los países, de una manera más organizada y sistemática. Sobre todo, asumiendo colectivamente la responsabilidad política de la intervención en países donde la corriente aún no tiene un grupo organizado, mediante la orientación de la publicación de periódicos en los países donde esto fuera posible. Para nosotros, es inútil plantear la cuestión de la intervención como una abstracción: a favor o en contra. La voluntad de actuar es la base misma de cualquier formación revolucionaria. No se trata de hablar de boquilla de la palabra "intervención" sin abordar la situación objetiva precisa, descuidando la necesidad misma de darnos los medios para intervenir mediante la organización de los revolucionarios a escala internacional. Debemos ver que el alcance de la intervención de los revolucionarios puede variar según las necesidades de la situación, pero no todos los gritos de intervención pueden llenar el vacío. La cuestión del nivel de intervención es un problema de análisis y apreciación del momento, mientras que la cuestión de la organización es un principio del movimiento obrero, un fundamento sin el cual cualquier posición revolucionaria sigue siendo letra muerta. Es por esta razón que rechazamos la propuesta de Acción Proletaria de plantear la cuestión de la intervención como una cuestión que debería prioritaria ante la necesidad de organizarse.
El trabajo militante es, por definición, un trabajo colectivo: no son los individuos los que asumen la responsabilidad personal dentro de la clase, sino los grupos basados en un cuerpo de ideas que están llamados a responder a la tarea de los revolucionarios: ayudar a la clarificación y la generalización de la conciencia de clase. En la conferencia internacional como en nuestras revistas, insistimos en la necesidad de comprender las razones de la aparición de grupos dentro de la clase y las responsabilidades que se derivan de ella. Tras 50 años de contrarrevolución, se produce la ruptura completa de toda continuidad orgánica en el movimiento obrero: la cuestión de la organización sigue siendo una de las más difíciles de asimilar por los nuevos elementos.
Un grupo revolucionario se basa fundamentalmente en posiciones de clase y el trabajo en grupos separados sólo puede justificarse por una divergencia de principios. Lejos de idealizar o querer perpetuar el estado actual de dispersión de esfuerzos, los revolucionarios en nuestro período de luchas crecientes deben ser capaces de distinguir cuestiones secundarias de interpretación o análisis de cuestiones de principio, y poner toda su fuerza en el esfuerzo de reagruparse en torno a posiciones de principio superando las tendencias a defender su "tienda" y su "libertad" de aislamiento.
Desde los debates de la 1ª Internacional, se ha convertido en una adquisición del marxismo que la organización de los revolucionarios debe tender hacia una centralización de los esfuerzos: Frente a los bakuninistas y las falsas teorías del federalismo pequeñoburgués, los marxistas han defendido la necesidad de la centralización internacional del trabajo militante: solo hemos querido traer al día este debate, para diferenciar la idea de la centralización de las desviaciones leninistas (centralismo democrático) y de las bordiguistas (centralismo orgánico). Queríamos insistir en la necesidad de un marco organizativo coherente para el trabajo de los revolucionarios, contrariamente a las diversas teorías de los grupos "anti- grupo", de los "libertarios" y otras fórmulas anarquistas actualmente en boga. El RWG era bastante escéptico sobre el esfuerzo por organizar una corriente internacional; este grupo, además de las diferencias secundarias que nos separan, parece estar traumatizado por las aberraciones de la contrarrevolución (especialmente el trotskismo) sobre la cuestión de la organización. Al querer huir de la contrarrevolución y optar por su contrario, los militantes corren el riesgo de caer en una idealización de la fragmentación y confusión actuales del medio revolucionario y nunca ser capaces de superar los errores y los fetiches organizativos del pasado de una manera positiva, mediante la contribución a su continuidad histórica.
Si observamos el desarrollo del movimiento proletario en la historia, vemos que la formación del partido de clase se produce tras el surgimiento de períodos de luchas. Hoy, en que la lucha se desarrolla a través de la resistencia a la crisis económica, la formación de los núcleos del futuro partido está siguiendo un camino de lenta maduración. El esfuerzo de nuestra corriente por constituirse como un polo de reagrupamiento en torno a posiciones de clase es parte de un proceso que va hacia la formación del partido en el momento de intensas y generalizadas luchas. No pretendemos ser el "partido" y tenemos cuidado de no sobreestimar el alcance de nuestros esfuerzos organizativos en el período actual. Sin embargo, el partido de mañana no surgirá un buen día de la nada; por el contrario, la experiencia nos muestra que la coherencia política sirve como polo esencial de reagrupamiento para los elementos revolucionarios del proletariado en el momento de los acontecimientos decisivos.
El reagrupamiento de los revolucionarios tiene lugar en torno a las fronteras de clase y los principios básicos de la perspectiva revolucionaria; cuestiones políticas secundarias no pueden obstaculizar un proceso general hacia la concentración de fuerzas, frente a las exigencias de la situación presente y futura. Aquellos que están a favor de una agrupación "en teoría" y en palabras, pero más bien para un futuro lejano, mientras elevan las cuestiones secundarias al mismo nivel que las fronteras de clase para justificar sus resistencias o su confusión, solo retrasan el proceso y hacen de obstáculo a la necesaria toma de conciencia.
Creemos que hoy es esencial dar el primer paso hacia una mayor organización internacional de revolucionarios y de traducir nuestro internacionalismo en términos organizativos para solidificar nuestro trabajo. Esto es lo que la conferencia se ha fijado como su tarea principal. La conferencia internacional de este año se destaca de las otras en que hemos querido que los militantes fueran más conscientes de los medios necesarios para garantizar la discusión sobre la organización y la situación actual mediante la consolidación de los lazos políticos y los fundamentos teóricos de nuestra corriente.
No pudimos abordar en la conferencia, por falta de tiempo, la cuestión del período de transición, que actualmente se está debatiendo en la corriente. Pero pensamos que era importante publicar aquí los documentos preparados para la conferencia sobre este tema. El lector podrá ver que esta cuestión teórica está lejos de estar resuelta tanto dentro de la corriente como en el movimiento obrero en general. Sin embargo, este debate ofrece un gran interés, incluso estando sin terminar, para los revolucionarios que están tratando de trazar las líneas generales para la orientación del movimiento del mañana.
La conferencia terminó su trabajo con la formación de la Corriente Comunista Internacional (que incluye Révolution Internationale, World Revolution, Internationalism, Internacionalismo, Acción Proletaria y Rivoluzione Internazionale), y por la decisión de publicar una Revista Internacional. en inglés, francés y español para difundir y desarrollar mejor las posiciones de nuestra corriente.
JA, por la Corriente Comunista Internacional.
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La conferencia de enero 1975 se fijó, entre otros objetivos, la tarea de organizar y centralizar, a nivel internacional, las actividades de los distintos grupos de la corriente internacional.
Este acto fue conscientemente concebido como un paso hacia la formación de una organización internacional completa.
Para entender su importancia, hay que responder a tres preguntas principales:
1. ¿Por qué una organización política internacional?
2. ¿Por qué emprender un proceso de este tipo ahora?
3. ¿Cómo debe concebirse el papel de la CCI en el proceso de construcción del partido mundial del proletariado?
I
La organización política es un ÓRGANO de la CLASE, generado por ella para cumplir una función específica: permitir el desarrollo de su conciencia de clase. La organización política no trae esta conciencia desde "fuera"; ni crea el proceso de toma de conciencia. Por el contrario, es un PRODUCTO de este proceso como instrumento indispensable para su desarrollo. Podríamos decir que la organización política es tan necesaria para el desarrollo colectivo de la conciencia de clase como la expresión oral y escrita para el desarrollo del pensamiento individual.
Se pueden distinguir dos tareas principales en la función general de la organización política del proletariado:
1. El análisis permanente de la realidad social para definir los intereses históricos del proletariado (apropiación de la experiencia histórica de la clase y definición de la posición proletaria ante cada situación concreta). Esta es la tarea de la elaboración constante del Programa Comunista, es decir, de la definición de los objetivos y medios de la lucha histórica de la clase obrera.
2. Intervención en el seno de la clase para que asuma conscientemente su programa histórico y se dote de los medios de su tarea revolucionaria.
II
El proletariado crea su organización política a su imagen y semejanza.
La clase obrera no es la única clase que existe a nivel internacional. En todos los países se puede encontrar a la burguesía y a las distintas clases campesinas. Pero el proletariado es la única clase que puede organizarse y actuar COLECTIVAMENTE a nivel internacional porque es la única clase que no tiene intereses nacionales. Su emancipación sólo es posible si es mundial.
Por eso su organización política tiende inevitablemente a ser CENTRALIZADA e INTERNACIONAL.
Ya se trate de su tarea de análisis político o de su intervención, la organización política proletaria se enfrenta a una realidad mundial. Su carácter centralizado e internacional no es el resultado de una exigencia ética o moral, sino una condición NECESARIA de su eficacia y, por tanto, de su EXISTENCIA.
III
El carácter internacional de la organización política proletaria se afirma a lo largo de la historia del movimiento obrero: ya en 1848, la Liga de los Comunistas, con su lema: "Proletarios de todos los países, uníos. Los proletarios no tienen patria" proclamó su carácter de organización internacional. A partir de 1864, las organizaciones políticas adoptan la forma de "Internacionales". Hasta el triunfo de la contrarrevolución estalinista y el "socialismo en un solo país", sólo el colapso de la Segunda Internacional interrumpió realmente esta continuidad internacionalista.
La Segunda Internacional, al corresponder al período de estabilidad de las grandes potencias industriales, sufre inevitablemente, en su internacionalismo, el confinamiento de las luchas proletarias en el marco de las reformas, el horizonte de la lucha proletaria sufre objetivamente un estrechamiento nacionalista. Así que la traición a la Segunda Internacional no fue un fenómeno aislado e inesperado. Fue la peor consecuencia de 30 años de confinamiento de las luchas obreras en los marcos nacionales. De hecho, desde sus primeros años, la Segunda Internacional marcó un retroceso en el campo del internacionalismo en relación con el Primera Internacional. El parlamentarismo, el sindicalismo, la constitución de las grandes partidos de masas, en definitiva, toda la orientación del movimiento obrero hacia las luchas por las reformas, contribuyó a la fragmentación del movimiento obrero mundial según las líneas nacionales. La tarea revolucionaria del proletariado sólo puede concebirse y realizarse a escala internacional. De lo contrario, sólo es una utopía. Pero, como el capital existe dividido en naciones, las luchas por la conquista de las reformas (cuando eran posibles) no requerían un terreno internacional para triunfar. No fue el capital mundial el que decidió conceder tal o cual mejora al proletariado de tal o cual nación. Fue en cada país, y en su lucha contra su propia burguesía nacional, donde los trabajadores consiguieron imponer sus reivindicaciones.
EL INTERNACIONALISMO PROLETARIO NO ES UN DESEO MORAL NI UN IDEAL ABSTRACTO, SINO UNA NECESIDAD QUE LE IMPONE LA NATURALEZA DE SU TAREA REVOLUCIONARIA.
Por eso, la Primera Guerra Mundial, al marcar la inviabilidad histórica de los marcos nacionales y la colocación de la tarea revolucionaria proletaria en el orden del día, tuvo que conducir a la más enérgica reafirmación del internacionalismo proletario en el movimiento obrero, tras la quiebra de la Segunda Internacional. Esto es lo que hicieron primero Zimerwald y Kienthal; es lo que impuso la constitución de la nueva internacional: la Internacional Comunista en 1919.
La Tercera Internacional se fundó al principio de la "era de la revolución socialista" y su primera característica fue inevitablemente su internacionalismo intransigente. Su fracaso estuvo marcado por su incapacidad para seguir asumiendo este internacionalismo. Esto se cristalizó en la adopción bajo la égida del estalinismo de la teoría del socialismo en un solo país en 1926.
Desde entonces, no es casualidad que la palabra internacionalista se encuentre siempre en los nombres de las principales reacciones organizadas contra la contrarrevolución estalinista. La decadencia capitalista es sinónimo de poner en la agenda la revolución proletaria y la REVOLUCIÓN PROLETARIA es sinónimo de INTERNACIONALISMO.
IV
Si las organizaciones políticas proletarias siempre han afirmado su carácter internacional, hoy esta afirmación es más que nunca la PRIMERA CONDICIÓN de una organización proletaria.
Es así como debemos entender la importancia y el profundo significado del esfuerzo internacionalista de nuestra corriente.
I
Cuando observamos la evolución de nuestra corriente internacional no podemos dejar de sorprendernos por la debilidad de nuestra importancia numérica. En el pasado, incluso en circunstancias especialmente desfavorables, las organizaciones internacionales eran, de un modo u otro, la culminación de diversas actividades nacionales. Si observamos nuestra corriente, vemos la tendencia contraria: la existencia internacional aparece más como punto de partida de las actividades nacionales que como resultado de ellas. Todos los grupos de la corriente se han concebido a sí mismos como parte de una corriente internacional incluso antes de haber publicado el primer número de su publicación nacional.
Se pueden destacar dos razones principales para este estado de cosas:
- la ruptura orgánica producida por 50 años de contrarrevolución que, por el debilitamiento que ha provocado en el movimiento revolucionario, obliga a los revolucionarios, desde el inicio de la reanudación de las luchas de clase, a concentrar sus débiles fuerzas para cumplir su tarea;
- la desaparición definitiva, tras 50 años de decadencia capitalista, de cualquier ilusión sobre las posibilidades de una acción verdaderamente nacional.
Si el punto de partida de nuestra corriente fue la actividad internacional, es, por tanto, en primer lugar, porque es la expresión concreta de una situación histórica particular.
II
No estamos improvisando esta actividad internacional unitaria. Este proceso existe desde el principio de los diferentes grupos de la corriente. De hecho, sólo asumimos conscientemente este proceso al pasar de la etapa de una cierta espontaneidad pasiva y anárquica con respecto a las condiciones objetivas del trabajo revolucionario a la de una organización consciente que crea para sí misma por su propia voluntad las condiciones óptimas para el desarrollo de este proceso.
En la base de toda actividad colectiva está la espontaneidad (reacciones no premeditadas a condiciones objetivas y comunes). El paso a la organización es en sí mismo un producto espontáneo de esta actividad, pero la organización es, sin embargo, una SUPERACIÓN (no una negación) de la espontaneidad. Al igual que en la actividad colectiva de la clase en su conjunto, en la actividad de los revolucionarios, la organización crea las condiciones para:
1° la toma de conciencia de las condiciones para que este proceso tenga lugar:
2° se crean así los medios para actuar consciente y voluntariamente en el desarrollo de este proceso.
Esto es lo que estamos haciendo al crear un Buró Internacional y al avanzar hacia la constitución de la organización completa.
III
La ruptura orgánica que ha sufrido el movimiento revolucionario desde la última oleada de los años 20 pesa sobre los revolucionarios no sólo por las dificultades que inevitablemente experimentan para recuperar las adquisiciones de las luchas pasadas, sino también por la influencia demasiado importante que ha tomado en sus filas la visión estudiantil pequeñoburguesa. El movimiento estudiantil, que tan espectacularmente marcó las primeras manifestaciones de la entrada en crisis del capitalismo y la reanudación de la lucha proletaria, sigue envenenando a los jóvenes grupos revolucionarios con su concepción del mundo (no podía ser de otra manera).
Una de las principales manifestaciones de esta debilidad se concreta en los problemas de organización. Todos los defectos del mundo académico suelen pesar en el mundo de los revolucionarios: dificultad para concebir el pensamiento teórico como un reflejo del mundo concreto dividido en clases antagónicas (lo que se traduce en todo tipo de celos con respecto al "propio" pensamiento de lo que uno cree que es una capilla teórica que pretende salvaguardar como tesis académica); dificultad para captar la actividad teórica como un momento de la actividad general y un instrumento de la misma; dificultad para comprender la importancia de la actividad práctica, de la actividad conscientemente organizada, en definitiva, incapacidad para hacer suyo el viejo lema marxista en toda su profundidad e implicaciones: "los filósofos sólo han interpretado el mundo, ahora se trata de transformarlo".
Esta incomprensión se expresa, por ejemplo, en las críticas que elementos como los de la tendencia "ex-LO" de RI han podido formular en el pasado con respecto a nuestra corriente.
Para estos elementos, nuestra corriente internacional sería una invención artificial y el esfuerzo organizativo para constituirla puro voluntarismo. Los argumentos a favor de esta postura pueden resumirse, en general, en dos ideas:
1- Habría "voluntarismo" porque hay una voluntad de construir una organización, mientras que ésta sólo puede ser un producto natural de un proceso objetivo independiente de la voluntad de los pocos individuos de la corriente.
2- Habría "artificialidad" porque las luchas de la clase aún no han dado el "salto cualitativo" que transformaría las luchas "reivindicativas" en luchas "revolucionarias", "comunistas".
Detrás de estas dos ideas que suenan “marxistas” se esconde una total incapacidad para asumir el fundamento esencial del marxismo: la voluntad de actuar conscientemente para la transformación revolucionaria del mundo.
Contra toda corriente idealista, el marxismo afirma la insuficiencia de la voluntad humana; los hombres no transforman el mundo cuando les da la gana. La realización de cualquier voluntad subjetiva depende de la existencia de condiciones objetivas favorables, efectivamente independientes de esa voluntad. Pero nada es más contrario al marxismo que transformar la insuficiencia de la voluntad en una negación de la voluntad misma. Esto sería identificar al marxismo con su principal antagonista filosófico: el positivismo empirista y fatalista. El marxismo sólo critica el voluntarismo para afirmar mejor la IMPORTANCIA DE LA VOLUNTAD. Al afirmar la necesidad de condiciones objetivas para la concreción de la voluntad humana, el marxismo subraya sobre todo el carácter necesario de esta voluntad.
La idea de que una organización revolucionaria se construye VOLUNTARIAMENTE, CONSCIENTEMENTE, CON PREMEDITACIÓN, lejos de ser una idea voluntarista, es por el contrario uno de los resultados concretos de toda la praxis marxista.
Comprender la necesidad de condiciones objetivas para comenzar a construir el partido revolucionario no significa que esta organización sea un producto automático de estas condiciones. Se trata de comprender la importancia de la voluntad subjetiva en el momento en que estas condiciones se dan históricamente.
Consideremos ahora la acusación de artificialidad.
Según nuestros "antiorganizacionistas", las condiciones objetivas que presiden el inicio del proceso de construcción del partido revolucionario no son otras que el comienzo de la lucha abiertamente revolucionaria del proletariado; la destrucción del Estado capitalista, e incluso el establecimiento de relaciones de producción comunistas.
El partido revolucionario no es un órgano decorativo que embellece el cuadro que presenta el estallido espontáneo de una lucha revolucionaria. Por el contrario, es un elemento vital y poderoso de esta lucha, un instrumento indispensable de la clase. Si la revolución rusa es la prueba positiva del carácter indispensable de este instrumento, la revolución alemana es la prueba negativa. El fracaso de la tendencia de Rosa Luxemburgo en comprender la necesidad de comenzar la construcción del partido ANTES de los primeros estallidos de la lucha revolucionaria ha pesado mucho en el desarrollo de los acontecimientos.
Comprender la naturaleza del INSTRUMENTO INDISPENSABLE del Partido para la lucha revolucionaria es comprender la necesidad de actuar en vista de su constitución tan pronto como las condiciones de una confrontación revolucionaria comiencen a madurar.
En efecto, no comprender la importancia de la construcción de la organización política mundial del proletariado mientras maduran las condiciones de una confrontación revolucionaria es no comprender la importancia del papel de esta organización.
No existe un índice infalible para medir el aumento de la lucha de clases. En determinadas circunstancias, incluso la disminución del número de horas de huelga puede ocultar una maduración de la conciencia revolucionaria. Sin embargo, hoy tenemos dos pistas que nos permiten estar seguros de que hemos entrado en un curso revolucionario desde 1968:
1- La profundización cada vez más acelerada de la crisis.
2- La existencia de una combatividad intacta en la clase obrera mundial que manifiesta el hecho de que, como la burguesía puede cada vez menos seguir gobernando como antes, el proletariado puede y vivirá cada vez menos como antes. Es decir, las condiciones para una situación revolucionaria están madurando irremediablemente.
En estas condiciones, el trabajo de construcción de la organización política no es un deseo artificial, sino una necesidad IMPERATIVA.
Para los revolucionarios, el peligro actual no es ir por delante sino por detrás.
I
Para comprender la importancia y el sentido de lo que estamos haciendo al constituir un Buró Internacional, tenemos que plantear el problema de la relación entre la corriente internacional y cualquier grupo que surja con posiciones de clase.
Hemos dicho a menudo que una de las tareas de los revolucionarios es constituir un polo de reagrupación de la vanguardia proletaria. Hoy debemos comprender que tenemos que constituir el eje, el "esqueleto" del futuro partido mundial del proletariado.
II
DESDE UN PUNTO DE VISTA TEÓRICO, porque recoge lo esencial de la experiencia histórica del proletariado, la plataforma de la corriente constituye el punto de encuentro de cualquier grupo que se sitúe en el terreno de la lucha histórica del proletariado.
- Al contrario de lo que afirmaba la ex- tendencia de LO en uno de sus textos, no hay "varias coherencias posibles" para englobar las posiciones de clase. En definitiva, la coherencia teórica no es una cuestión de silogismo, ni de pura lógica en el razonamiento. Es la expresión de una coherencia objetiva material que es ÚNICA: la de la práctica de la clase.
- Porque sintetiza esta experiencia práctica, nuestra plataforma es el único marco posible para la actividad de una organización revolucionaria.
III
DESDE EL PUNTO DE VISTA ORGANIZATIVO. Bordiga subrayó con razón que el Partido, lejos de ser sólo una doctrina, era también una VOLUNTAD. Esta voluntad no es una ilusión o un deseo "sincero". Es una determinación perseverante para la intervención revolucionaria. Y, como hemos visto, esta intervención es sinónimo de organización y, por tanto, de experiencia organizativa.
- Hay una ADQUISICIÓN ORGANIZATIVA igual que hay una ADQUISICIÓN TEÓRICA, y ambas se condicionan mutuamente.
- La actividad organizativa no es un fenómeno inmediato, que se dé de inmediato, de forma espontánea. Es el resultado de una experiencia y una conciencia que no se confunden con la de uno o varios individuos. Resulta únicamente de una PRAXIS colectiva, que es tanto más rica y compleja de adquirir cuanto más colectiva sea.
- Por eso, en la época en que había grandes organizaciones revolucionarias, una escisión era un acontecimiento que se dudaba de producir durante mucho tiempo.
La continuidad orgánica que unía a las organizaciones revolucionarias desde 1847 no era una simple "tradición" o un hecho casual. Expresó, como reflejo de la continuidad de la lucha proletaria, la necesidad de preservar el acervo organizativo que posee la organización política proletaria.
- Por eso, las organizaciones internacionales del proletariado se han constituido siempre en torno a un eje, en torno a una corriente que no sólo defendía de la manera más coherente las conquistas teóricas del proletariado, sino que también poseía la suficiente experiencia práctica y organizativa para servir de pilar a la nueva organización.
- Este papel fue desempeñado por la corriente de Marx y Engels para la 1ª Internacional, por la socialdemocracia para la 2ª Internacional, por el Partido Bolchevique para la 3ª Internacional.
- Si el movimiento obrero no hubiera experimentado la ruptura de 60 años que lo separa hoy de la Internacional Comunista, probablemente habría sido la "izquierda" de esta última ("izquierda italiana", "izquierda alemana") la que hubiera asumido esta vez esta tarea. Desde el punto de vista de las posiciones políticas, no cabe duda de que la próxima Internacional será una continuación de esta izquierda; pero desde el punto de vista organizativo, este eje está aún por construir.
- Desde la reciente reanudación de las luchas de clase, nuestra corriente internacional ha asumido una práctica organizativa con las posiciones de clase del proletariado. Es decir, su praxis se ha convertido, con todas sus debilidades y errores, en patrimonio de la lucha proletaria. La corriente ha creado así una nueva fuente de continuidad orgánica, al ser la única organización que ha asegurado una CONTINUIDAD en su práctica en el marco de las posiciones de clase.
IV
- la corriente internacional que hoy da un paso hacia su centralización debe, por tanto, y puede, considerar como su tarea esencial, la de constituir este eje, indispensable para la formación de la próxima Internacional, el Partido Mundial del Proletariado.
- Ver en esta declaración pura megalomanía no es modestia sino irresponsabilidad. La corriente internacional se suicidaría si no fuera capaz de asumir, en toda su magnitud, lo que objetivamente es.
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Los textos que publicamos aquí forman parte de las ponencias presentadas en la conferencia internacional. Los tres primeros son informes preparados para la conferencia, los otros fueron contribuciones escritas a la discusión. No tuvimos tiempo de presentar el “Informe sobre el período de transición”, ni de debatirlo, en la propia conferencia, pero decidimos publicar estos textos inmediatamente para continuar el debate abierto sobre este tema. Nuestra corriente no ha llegado a una homogeneidad sobre esta compleja cuestión y, en cualquier caso, a diferencia de otros grupos (incluyendo Perspectivas Revolucionarias), creemos que no corresponde a los revolucionarios crear fronteras de clase donde, la ausencia de experiencia de la clase no ha permitido que ella misma se expresara. Si bien algunos elementos revolucionarios son incapaces de asumir sus tareas en la situación actual, ya se están posicionando en términos absolutos en un tema tan complejo como el del período de transición. Creemos que sería preferible publicar estos textos para contribuir a la clarificación sin pretender resolver todos los problemas. También publicamos aquí una contribución de Perspectivas Revolucionarias sobre el período de transición -extractos elegidos por ellos de un texto más largo- que muestra sus diferencias con algunos de nuestros camaradas sobre este tema.
"¡Nace una nueva era! La época de la disolución del capitalismo, de su desintegración interna. La época de la revolución comunista del proletariado". (Plataforma de la Internacional Comunista, 4 de marzo de 1919)
Casi 54 años después de haber sido pronunciadas, estas palabras resuenan de nuevo con fuerza y amenazan al capitalismo mundial. El capitalismo decadente, que suda sangre y barro por todos sus poros, vuelve a ser acusado una vez más por toda la humanidad. ¿Los acusadores? Millones de proletarios masacrados durante dos generaciones por el capital, sumados a todos los que han perecido desde el comienzo del capitalismo; todos están allí, silenciosos y severos, son la clase obrera internacional. ¿La sentencia? Se ha pronunciado desde el principio cuando el proletariado naciente se levantó contra la explotación capitalista. Se encuentra en los intentos de Babeuf, Blanqui, la Liga de los Comunistas, que preparaban al proletariado para el asalto final. Tambien constituye el trabajo de la Primera, Segunda y Tercera Internacional. Y también es el trabajo de clarificación que la Izquierda Comunista nos dejó como legado. El acusado está condenado: la sentencia de muerte, de momento, simplemente se ha aplazado; ¡la humanidad ya no puede tolerar más retrasos!
Los últimos años han confirmado el análisis que nuestra corriente comenzó a hacer en 1967/68, y sobre la base de la crisis histórica y del desarrollo actual de la crisis.
De manera concreta, los últimos doce meses son la prueba irrefutable de las perspectivas que nuestros camaradas estadounidenses presentaron en la conferencia de hace un año. Las perspectivas que Internacionalismo esbozó para nuestra corriente incluían tres alternativas principales para la crisis del capitalismo, y es posible que las tres se desarrollen al mismo tiempo, aunque cada una de ellas a escala diferente, más o menos grande. Fue la tentativa de culpar de la crisis a otros estados capitalistas, o a los sectores más débiles del capital (incluyendo la pequeña burguesía y el campesinado) y por supuesto al proletariado.
No entraremos aquí en los detalles específicos de las manifestaciones de la crisis (lo que requeriría una presentación sistemática, nación por nación; la excelente serie de artículos publicados en los últimos números de Revolución Internacional es un ejemplo de cómo debemos lidiar con estos problemas). Aquí queremos destacar los principales aspectos de la crisis coyuntural de la actualidad, en otras palabras, trazar las tendencias generales para colocar la crisis en una perspectiva histórica totalmente vinculada al nivel de la lucha de clases internacional.
Con la saturación de los mercados que condena al capitalismo para siempre a ciclos de creciente barbarie, es de manera objetiva y material que la perspectiva de la revolución comunista se presenta como necesidad para la humanidad. Si bien es cierto que ha sido posible durante 60 años, el fracaso de los intentos comunistas pasados de derrocar al capital supone que la continuidad del capitalismo solo es posible mediante ciclos de crisis, guerras y reconstrucciones.
El mayor "boom" del capitalismo, la reconstrucción que resultó de la enorme destrucción y auto canibalización que el capitalismo realizó entre 1939/45, duró más de 20 años. Pero un "boom" en tiempos de decadencia es como hinchar a la fuerza un cuerpo vacío. Entre 1848 y 1873, la producción industrial mundial aumentó 3,5 veces. El PNB ha aumentado en un promedio del 5% (algunos países, como Japón, el doble). Sin embargo, con este crecimiento no se pudo contener el aumento de la inflación mundial, y los precios en Gran Bretaña hoy en día son aproximadamente 7,5 veces más altos que en 1945. Además, las economías de los países del Tercer Mundo no han hecho más que empeorar, y esta parte enorme del capitalismo mundial, se hunde año tras año en un abismo de deuda, desempleo, militarismo, despotismo y pobreza.
Desde los años 60, la crisis se ha manifestado en colapsos monetarios y con la reciente aparición de la inflación galopante (las dos son características de casi todos los países industriales). El sistema monetario internacional adoptado en los Acuerdos de Bretton Woods en 1944, que establecía tipos de cambio fijos frente al dólar y el precio del oro, está ahora relegado al olvido. Los grandes druidas del Fondo Monetario Internacional están dirigiendo ahora todos sus esfuerzos con el único objetivo de garantizar que no llegue una epidemia como resultado de las muertes inevitables que marcarán el futuro inmediato. ¡Una tarea desesperada! No hay red capaz de resistir el colapso del coloso capitalista. La inflación conduce inevitablemente a la recesión, a las bancarrotas, las quiebras, los despidos y el continuo recorte de sus ganancias. Estos son los aspectos inevitables del sistema capitalista de producción de hoy, y son sólo momentos del ataque permanente que el capitalismo decadente está librando contra la clase obrera mundial. La continuidad de la espiral inflacionaria sólo puede terminar con la parálisis de todo el mercado mundial y con un colapso internacional, cuyas consecuencias teme la burguesía.
Aunque el período 1972/73 parecía marcar un equilibrio relativo de la economía mundial, en realidad sólo ha sido una breve pausa para las grandes potencias imperialistas a expensas de sus rivales más débiles. La intensificación de las guerras comerciales no declaradas, las devaluaciones de precios y la lenta desintegración de las uniones aduaneras demuestran que este período fue solo un intento, de los países capitalistas más avanzados, de alcanzar un cierto grado de equilibrio antes de la llegada de un deterioro cada vez peor, a escala internacional. Antes 1914 y ahora 1975, anuncian un colapso aún más catastrófico, y sobre todo el final del período de prosperidad experimentado por algunas capitales nacionales durante los últimos dos años.
Hoy en día, la economía mundial está sumida en una profunda recesión. En 1974 el crecimiento no hizo más que reducirse y el comercio internacional desacelerarse. El PNB de EE. UU. cayó un 2% en el 73 y sigue cayendo. El de Gran Bretaña se está estancando y el de Japón ha registrado un descenso del 3%. En muchos países el pánico está creciendo por la caída de muchas pequeñas y medianas empresas. En Gran Bretaña es una enfermedad crónica que afecta incluso a grandes empresas, incluso multinacionales (empresas de transporte, navieras, automóviles, etc.). Sectores clave como la construcción, la construcción, las aerolíneas, la electrónica, la automoción, los textiles, las máquinas herramienta y el acero en la actualidad se enfrentan a dificultades cada vez mayores. El aumento de los precios del petróleo se sumó a los problemas insolubles de la recesión del capitalismo, agregando un déficit general de 60 mil millones de dólares a la balanza de pagos, en un solo año. A través de los vacilantes mecanismos del FMI, los "druidas" del capital están tratando de "reciclar" algunas de las ganancias provenientes de los países productores de petróleo, como si tales medidas "deflacionarias" pudieran servir para otra cosa diferente que la de llevar el petróleo a una espiral inflacionaria. Las deudas de las empresas industriales se han duplicado desde 1965 y, desde 1970, las tasas de crecimiento de los países capitalistas han disminuido constantemente o han mostrado claramente su naturaleza de creación artificial de demanda que se convierte en déficit. Las previsiones para 1975 no van más allá de una escasa tasa de crecimiento anual del 1,9% para los países de la OCDE (incluidos los Estados Unidos).
Aunque la situación es crítica para el capitalismo mundial, diferentes mecanismos de intervención del Estado han ayudado a disminuir la crisis al generalizar inmediatamente estas medidas, ante las peores consecuencias (como los despidos masivos). Esto se ha logrado a través de subsidios -en ocasiones de forma masiva- y la financiación de déficits a través del endeudamiento en el sistema bancario. Estos mecanismos son absolutamente incapaces de permitir realizar toda la plusvalía general que el capital necesita acumular. La única fuente que puede ofrecer tales ingresos son los ataques a la clase mediante programas de austeridad (como congelaciones salariales, recortes en los servicios sociales, impuestos, etc.). Todos estos procesos, que son sólo medidas destinadas a poner parches de urgencia, intensifican la crisis, ya sea trasladándola al terreno político (es decir, que se exprese en la lucha de clases) o acelerando el torbellino inflacionario, que ahora es imparable. Todos los mecanismos habituales puestos en marcha por el capitalismo para "detener" la crisis constituyen la continuación lógica de la lucha desesperada que el capitalismo decadente ha estado librando contra su propia descomposición desde principios de siglo. Sobre esta cuestión ya hemos escrito anteriormente:
"Las causas profundas de la crisis actual se encuentran en el estancamiento histórico en el que se encuentra el modo de producción capitalista desde la Primera Guerra Mundial: las grandes potencias capitalistas han dividido el mundo por completo y ya no hay mercados suficientes para permitir la expansión del capital; de ahora en adelante, en ausencia de una revolución proletaria victoriosa, única alternativa real a la crisis, el sistema sobrevive gracias al ciclo recurrente de crisis-guerra reconstrucción, nueva crisis, otra guerra, etc." (Sobreproducción e inflación, RI n°6).
Cuando el actual ministro de agricultura de los Estados Unidos informó recientemente sobre la crisis en la agricultura americana, admitió: "La única manera que tenemos para mantener la producción agrícola total de este país, es tener un mercado de exportación poderoso. No podemos consumir dentro del país toda la producción de nuestra agricultura". Este fiel perro guardián ladró, por una vez, honestamente, al igual que todos sus colegas alemanes, japoneses, ingleses, rusos o franceses. Todos los capitales nacionales de cualquier parte del mundo están tratando de introducirse en los mercados de las demás. Como sucedía con el rey Midas, están llenos de oro, ¡pero no pueden comer ni siquiera un trozo de pan! La necesidad de realización de la plusvalía no es posible satisfacerla. Al mismo tiempo, los dirigentes rusos han buscado los tratados nacionales que les resultan más favorables[1] para penetrar en los mercados estadounidenses y adquirir lo que les falta (tecnología, créditos, etc.) con el fin de aumentar su propia capacidad productiva y competitividad en el mercado mundial. Del mismo modo, los sectores del capital estadounidense que comprenden el lamentable estado de su capital nacional están buscando desesperadamente penetrar en los mercados rusos. Estos intentos acaban siempre y en todas partes, como la insaciabilidad de Midas; este pobre hombre era solo un dueño de esclavos, ¡estos capitalistas, por su parte, son verdaderos vampiros! Habiendo sangrado a sus víctimas hasta la última gota, corren hacia otras víctimas, ¡solo para darse cuenta de que otros habían llegado a la escena antes que ellos!
La coyuntural crisis actual contiene un factor importante, inherente al capitalismo decadente: la tendencia hacia el capitalismo de Estado. El colapso y la crisis de 1929 fue un colapso catastrófico que tuvo lugar después de años de estancamiento y de vanos intentos de recuperación de los países capitalistas avanzados, a pesar de un significativo crecimiento en los años anteriores al 14. La tendencia hacia el capitalismo de Estado ya presente en el 29 no estaba todavía lo suficientemente desarrollada como para servir de amortiguador de las crisis globales.
Tras la Segunda Guerra Mundial, la tendencia hacia el capitalismo de Estado fue adoptada consciente y deliberadamente por muchos gobiernos capitalistas, si bien en realidad al ser una tendencia implícita del capitalismo decadente, de una u otra manera se hizo patente en todos los países. La economía del despilfarro mediante la producción de medios inútiles para la producción o el consumo (armamentos, etc.) y financiada en gran medida por el gasto inflacionario, osea por la deuda, se consideraba una solución a muchos problemas de estancamiento y sobreproducción. La producción estructural de este tipo de mercancías, o más precisamente el consumo improductivo y dilapidación de plusvalía, se convirtió en una característica económica innegable después de 1945, siendo uno de los instrumentos fundamentales que estaba en la base de la llamada "prosperidad" del período de posguerra. Los países destruidos por la guerra que tuvieron recuperaciones "milagrosas" (Alemania, Italia, Japón), fue posible porque permitió a los vencedores, reconstruir y reorganizar un mercado mundial destruido y despedazado por la guerra. El mercado mundial volvía a dar un impulso a la vida por medio de la destrucción y de 55 millones de víctimas. Otro efecto del periodo (quizás de menor importancia) fue el que muchos autoproclamados "Apóstoles" abandonaron definitivamente el terreno marxista para creer en este "milagro" de la recuperación y proclamar el "fin" de las crisis económicas. De hecho, este "prejuicio" fue una bendición para la sociología burguesa, todo está bien cuando bien termina. Pero muy pocos milagros parecen sobrevivir a los primeros ataques de las crisis crecientes. El ritmo y la intensidad de la crisis actual parecen confirmar los análisis que nuestra tendencia hizo hace 9 años. El "boom" de los años de posguerra ha terminado, dijimos, y el sistema capitalista mundial está entrando en un largo período de crisis que se desarrollará aún más. Los puntos de referencia (en estrecha relación entre sí) que nos habían servido para evaluar el ritmo de la crisis aparecen de forma simultánea y mucho más intensa:
1° - La caída masiva del comercio internacional
2° - Guerras comerciales ("dumping", etc.) entre capitales nacionales
3° - Medidas proteccionistas y colapso de las uniones aduaneras
4° - La vuelta a la autarquía
5° - La disminución de la producción
6° - El considerable aumento del desempleo
7° - Los ataques a los salarios reales de los trabajadores y a su nivel de vida
En ocasiones, la convergencia de varios de estos puntos puede provocar una depresión importante en algunos países, como Inglaterra, Italia, Portugal o España. Es una posibilidad que no negamos. Sin embargo, aunque tal desastre sacude irreparablemente la economía mundial (la inversión británica y las actividades comerciales en el extranjero solo representan 20 mil millones de dólares), el sistema capitalista mundial aún puede mantenerse, siempre y cuando se garantice un mínimo de producción en algunos países avanzados como los Estados Unidos, Alemania, Japón o los países del Este. Estas cuestiones obviamente tienden a afectar a todo el sistema capitalista, y las crisis de hoy son inevitablemente crisis globales. Pero por las razones que hemos esbozado anteriormente, tenemos razones para creer que la crisis se extenderá, con convulsiones, en dientes de sierra, pero su movimiento se parecerá más al movimiento de rebote de una pelota que a una caída repentina e inesperada. Incluso el colapso de una economía nacional no significaría necesariamente que todos los capitalistas en bancarrota se suicidarían, como dijo Rosa Luxemburgo en un contexto ligeramente diferente. Para que tal cosa suceda, la personificación del capital nacional, el Estado, tendría que ser destruido: y sólo podrá ser destruido por el proletariado revolucionario.
A nivel político, las consecuencias de la crisis son explosivas y van muy lejos. A medida que la crisis se profundice, la clase capitalista mundial avivará las llamas de la guerra. Las "pequeñas" guerras interminables de los últimos 25 años continuarán (Vietnam, Camboya, Chipre, India, Medio Oriente, etc.). Sin embargo, a medida que la descomposición crónica del Tercer Mundo se extiende a los centros del capitalismo en tiempos de crisis, la llamada a la guerra se fusiona con estos otros dos gritos de guerra de la burguesía: ¡AUSTERIDAD y EXPORTACIÓN, EXPORTACIÓN! Este ataque a la clase obrera significa que la burguesía está tratando de hacer que el proletariado pague el solo toda la crisis, con su sudor y sus lágrimas. En tales condiciones, el nivel de vida de la clase trabajadora, ya brutalmente disminuido por la inflación, se reducirá aún más por la austeridad y el esfuerzo para que sean posibles las exportaciones. La desmoralización psicológica provocada por la perspectiva de la guerra contribuye a fragmentar diferentes sectores del proletariado y los prepara para aceptar una economía de guerra, con todas las consecuencias que implica para la futura revolución proletaria. La burguesía sabe que la única solución a sus crisis es tener un proletariado derrotado, un proletariado incapaz de resistir los ciclos infernales del capitalismo decadente. Que sea incapaz de resistir la intensificación sistemática de la tasa de explotación, el aumento considerable del desempleo, como es el caso de Inglaterra, Alemania, los Estados Unidos, etc. También estamos tratando de aplicar otras medidas draconianas, como los recortes salariales "voluntarios", la semana de tres días, semanas enteras de desempleo técnico, la expulsión de trabajadores "extranjeros", el aumento de la velocidad de la cadencia de los ciclos, los frenos a los servicios sociales. No es necesario decir que estas medidas son glorificadas diariamente en los "medios" burgueses (prensa, televisión, periódicos, etc.).
Pero, a pesar de su severidad, estas medidas no son nada comparadas con lo que la burguesía todavía tiene pendientes para nosotros. No hay crimen, ni monstruosidad, ni mentira, ni engaño que haga retroceder a la clase capitalista en su campaña contra su enemigo mortal: el proletariado. Si la burguesía, en esta etapa, no se atreve a masacrar al proletariado, es porque duda y tiene miedo. El proletariado, este gigante que despierta, sale del período de reconstrucción sin ser derrotado, y proyecta la imagen de una clase que no tiene nada que perder y un mundo que ganar. La lucha será larga y a escala mundial antes de que la burguesía pueda imponer su solución capitalista definitiva: una nueva guerra mundial.
Esto explica la vacilación mostrada por ciertos sectores de la burguesía en sus relaciones con el proletariado. Algunos, asustados por los peligros del desempleo masivo provocado por una recesión creciente, están tratando de aumentar la demanda de los consumidores recortando los impuestos individuales (Ford ha propuesto eliminar 16 millones de dólares en impuestos) o restaurando las armas de vieja producción. Pero todas estas medidas "antiinflacionarias" terminan agravando el peso de la inflación y, en última instancia, solo aceleran la tendencia a la baja. Ante la disminución de la producción que acompaña a la inflación galopante, e incapaz de reducir la caída de su tasa de ganancia, dada la ausencia de un mercado, la burguesía finalmente se verá obligada a enfrentarse al proletariado en una lucha a muerte.
Pero la burguesía también aumentó la confianza en sí misma tras el "boom" de la posguerra. Los tópicos autosatisfechos de Daniel Bells, Bookchins y Cardan sobre un capitalismo "moderno" libre de crisis, tienen sus raíces en el estiércol del período de crecimiento y reconstrucción. Aferrada al Estado, este aparato que supervisó directamente el período de reconstrucción, y cuyas técnicas de intervención se han perfeccionado en 60 años de decadencia, la burguesía puede perder la confianza que tenía durante el período de reconstrucción, incluso puede entrar en pánico y desesperarse, pero aun así no sería derrotada. Mientras pueda contar con las mistificaciones de la "unidad nacional", la confianza en sí misma puede permanecer intacta. Pero las relaciones de clase tienden a endurecerse en tiempos de crisis y a adquirir un carácter irreconciliable.
En tales condiciones, el Estado debe aparecer como "imparcial", para poder mistificar en mejores condiciones a la clase obrera. Las intervenciones estatales en esos momentos deben mitigar los insolubles callejones sin salida tanto políticos como sociales que la burguesía tiene que enfrentar; el Estado debe dar la impresión de que actúa en nombre de "todos", patrones, pequeñoburgueses y trabajadores. Debe dar la apariencia de poseer los nobles atributos de un "árbitro" y así obtener la legitimidad necesaria para aplastar a la clase obrera y mantener las relaciones de producción existentes.
Las fracciones de izquierda del capital (estalinistas, socialdemócratas, los sindicatos y sus partidarios "críticos" trotskistas, maoístas o anarquistas) se preparan para asumir esta tarea, para asumir el papel de guardianes del Estado. Son los únicos que pueden hacerse pasar por representantes de la clase obrera, de los "débiles", de los "pobres". Esto es debido a que la clase obrera no está derrotada por lo que debe ser persuadida para aceptar recortes salariales y otras medidas, que sólo la izquierda puede constituir un medio real de introducir una mayor centralización estatal, nacionalizaciones y despotismo, como lo demuestran los ejemplos del Chile de Allende o Portugal.
En un capitalismo decadente, la tendencia es hacia las crisis y la guerra, y no hay fuerza en la sociedad que pueda poner fin al ciclo asesino de la barbarie, excepto el proletariado. A primera vista, parece que, en el futuro inmediato, la guerra es el único camino que puede salvar a la burguesía. El hecho de que el proletariado no tenga una organización permanente de masas podría ser una señal de que está indefenso contra la tormenta del chovinismo que precede a una nueva guerra mundial. Pero la burguesía sabe que esto no es cierto. Sabe a través de sus sindicatos que el proletariado sigue siendo una clase revolucionaria a pesar de la ausencia de una organización proletaria de masas. Los sindicatos conocen este hecho básico desde hace mucho tiempo, y su papel es cortar de raíz cualquier movimiento obrero autónomo. En cualquier movilización autónoma del proletariado, creen ver que apunta a la hidra de la revolución. ¡Y este es el principal obstáculo para los designios criminales de la burguesía! Antes de que la burguesía pueda movilizarse con éxito para la guerra, la clase obrera debe ser derrotada. Hasta entonces, hay que tener mucho cuidado. De hecho, a la burguesía le resulta difícil movilizar al proletariado detrás de consignas de "austeridad" y "vayamos todos juntos". Políticamente, los fascistas y los antifascistas no han tenido más éxito que la policía del capital. Las nuevas ideologías que crea el capitalismo parecen encontrar una resonancia estable en las filas de la pequeña burguesía, pero no en la clase obrera. No es casualidad que ideologías reaccionarias como el crecimiento cero, la xenofobia, la liberación sexual y sus contrapartes (como el fortalecimiento del matrimonio y "menos sexo"), así como otras, parezcan estar concentradas la mayor parte del tiempo entre las capas pequeñoburguesas. Hoy está claro que ya no hay una sola manera de justificar racionalmente ante el proletariado la continuación de las relaciones sociales capitalistas.
El hecho de que la clase obrera no tenga hoy una organización de masas permanente tiene varias consecuencias. La clase obrera no está encuadrada mediante las enormes organizaciones reformistas de su pasado como fue el caso en 14-23. Por lo tanto, las lecciones del período actual pueden ser asimiladas más rápidamente de lo que fue posible durante y después de la Primera Guerra Mundial. La conciencia de que sólo las soluciones comunistas pueden dar sentido a las luchas salariales y a las luchas por las condiciones de vida pueden aparecer de manera más aguda y clara, dado que cualquier "victoria" económica es inmediatamente asimilada por la crisis, dejando a los trabajadores en la misma situación, previa a la “victoria”, o incluso peor. Como dijo Marx, la humanidad sólo plantea los problemas que puede resolver. Si el proletariado se enfrenta a la crisis sin una organización reformista de masas de carácter permanente, que condiciona su autonomía, este hecho tiene necesariamente aspectos positivos.
Mientras la crisis no se haya profundizado hasta el punto de enfrentarse inevitablemente al derrocamiento revolucionario del capitalismo, mientras todo el proletariado no plantee la revolución como su objetivo inmediato, todas las instituciones temporales que surgen de la lucha de clases (comités de huelga, asambleas generales) son inevitablemente integradas o recuperadas por el capital, cuando intentan convertirse en organizaciones permanentes. Este es un proceso objetivo inevitable, una de las características de la decadencia del capitalismo. La clase obrera tarde o temprano se enfrentará al hecho de que cualquier comité de huelga, cualquier "comisión obrera", en la actualidad tiende a convertirse en un órgano de capital. Los trabajadores de Barcelona y del norte de España parecen conscientes de este hecho. En Inglaterra, miles de trabajadores sospechan casi instintivamente de los comités de huelga dominados por delegados sindicales. En los Estados Unidos, los trabajadores toleran a los líderes sindicales de izquierda o radicales, pero solo los tontos podrían ver en esta tolerancia una lealtad permanente al sindicalismo, o una consecuencia de las luchas salariales.
Los trabajadores luchan cada día, y más aún en los momentos de crisis, porque el proletariado como clase no sea integrado en el capitalismo. Esto es así porque el proletariado es una clase explotada y es la única clase productiva en la sociedad capitalista. En consecuencia, el proletariado sólo puede luchar para afirmarse contra las condiciones intolerables que el capitalismo le obliga a soportar. No importa lo que el proletariado piensa de sí mismo en lo inmediato. lo importante es lo que es, su condición de clase histórica revolucionaria. Y es la objetividad de esta realidad la que hará posible la toma de conciencia comunista de la clase obrera. No importa que los modernistas se rían de esto. Por su parte, el proletariado no tiene otro camino que tomar, ni otro camino de aprendizaje que el trazado por el “Calvario” de la sociedad burguesa.
El proletariado necesita el tiempo que le ofrece los períodos de crisis para poder luchar y comprender su posición en la sociedad mundial. Este entendimiento no puede llegar de repente a toda la clase. La clase tendrá que desarrollar combates, en muchas ocasiones durante el próximo período, y muchas veces tendrá que retirarse y retroceder, aparentemente derrotada. Pero al final, ningún muro puede resistir los continuos asaltos de la ola proletaria, y mucho menos cuando el muro se desintegra por sí solo. Pero mientras el proletariado combate dado el carácter permanente de la crisis, la burguesía usará todas sus cartas para hundirlo en la confusión para desbaratar y derrotar los esfuerzos de la clase obrera. El destino de la humanidad depende del resultado final de esta confrontación. Mientras tanto la burguesía tendrá que hacer, obligatoriamente, todo lo posible para debilitar las tendencias proletarias dirigidas hacia su reagrupamiento mundial. El proletariado fortalecerá la capacidad de establecer una continuidad directa en su lucha, a pesar de todas las divisiones y mistificaciones de los sindicatos, la izquierda, los gobiernos, etc. No hay organización capitalista que pueda resistir una ola casi continua de huelgas y autoactividad del proletariado sin inmutarse y darse cuenta del peligro que la lucha del proletariado supone para ella. Así, la clase en su conjunto comenzará a reapropiarse de la lucha comunista y profundizará su conciencia global en las confrontaciones reales. El tiempo de las acciones masivas de la clase continuará, y tendrá en su haber más y más lecciones aprendidas. Esto no debe descuidarse, ya que las únicas armas del arsenal proletario son su conciencia y su capacidad de organizarse de forma autónoma.
Los comunistas sólo pueden aprovechar para el proletariado las cuestiones que se presentan debido a la profundización de la crisis. La posibilidad de la revolución comunista aparece una vez más a nivel coyuntural como expresión de la decadencia histórica de la sociedad burguesa. Nuestras tareas serán necesariamente más amplias y complejas y el proceso hacia la formación del partido se acelerará directamente como resultado de nuestra actividad actual. El desarrollo gradual de la crisis en este período también nos permitirá reagruparnos mejor, galvanizar nuestras fuerzas a nivel internacional. La tendencia indiscutible de los grupos comunistas de hoy es ante todo buscar un reagrupamiento internacional de fuerzas. Los agrupamientos a nivel internacional no son etapas formales previas a una verdadera constitución internacional. Formalizar el curso del reagrupamiento de esta manera en un esquema estéril y localista significaría volver a las concepciones socialdemócratas de las "secciones nacionales" y otros gradualismos de izquierda. Sólo a nivel mundial podemos llevar a cabo nuestro trabajo preparatorio, profundizar nuestra comprensión teórica y defender nuestra plataforma en las luchas de la clase obrera.
Nuestra corriente se encontrará cada vez más confrontada de manera sistemática con una inmensa cantidad de trabajo de carácter organizativo, para contribuir a la formación y fortalecimiento de futuros grupos comunistas. En estrecha colaboración con ellos, nuestra corriente tendrá que ser capaz de intervenir con más cohesión y de forma internacional en todos los acontecimientos que se vayan a presentar en el próximo periodo. Pero nuestra función específica ya no es "organizar técnicamente" huelgas u otras acciones de clase, sino enfatizar paciente y enérgicamente, lo más claramente posible, las implicaciones de la lucha autónoma del proletariado y la necesidad de la revolución comunista. Estamos aquí para defender las conquistas programáticas de todo el movimiento obrero y esta tarea sólo puede ser profundizada por el trabajo militante y unido dondequiera que la clase manifieste una movilización por sus propios intereses y cuando estos intereses se vean directamente amenazados por los ataques del capital.
Las perspectivas que “Révolution Internationale” había presentado para nuestra corriente en enero de 1974 no tenían en cuenta de este aspecto primordial, el autor no veía claramente nuestras necesidades organizativas y minimizaba así su importancia. Esto se puede atribuir a la relativa inmadurez de nuestra corriente, con respecto a las implicaciones concretas de nuestra actividad, tanto con respecto la clase como respecto a nosotros mismos. Hoy podemos examinar la cuestión del reagrupamiento y el partido sobre una base más sólida. Para nosotros, un acuerdo programático debe ir acompañado de un acuerdo organizativo, de una perspectiva de “actividad” al interior de un marco de reagrupamiento mundial. Debemos evitar y distanciarnos a los "activistas" que quieren “intervenir" sin tener una comprensión clara de lo que es un trabajo de reagrupamiento mundial. La construcción de una corriente comunista internacional es un calvario amargo para tales activistas. El acuerdo sobre este punto debe demostrarse con hechos y actitudes, no sólo con palabras. Nuestra corriente ya se ha encontrado con muchas sectas que, como los centristas de ayer, son "en principio" una agrupación comunista (un sentimiento encomiable como lo es un acuerdo "de principio" sobre la fraternidad entre los hombres o la justicia eterna), pero solo lo son de manera formal. En la práctica, estas sectas sabotean la agrupación o cualquier movimiento significativo en esa dirección, invocando puntos secundarios o trivialidades que las diferencian de nosotros.
Así como a nuestra corriente no se interesa por los modernistas que anuncian a la clase obrera su integración en el capital, tampoco necesitamos confusionistas que, en la práctica, solo promueven la desmoralización y la dispersión localista. Es producto de nuestra evolución si nuestra Conferencia no invita a tales elementos. El proceso de reagrupamiento comenzó en el 70, pero nuestra corriente ya ha servido de polarización para muchos grupos o tendencias que después, en su mayoría, se han desmoronado organizativa y teóricamente. En estos se incluyen grupos surgidos en ruptura con S o B, diletantes del género Barrot, y de similares “iluminados” del modernismo. Hoy, nuestra corriente ya ha recorrido un largo camino, y podemos estar seguros de que, en muchos aspectos, el camino por delante será cada vez más difícil. Pero con respecto al período pasado de aclaración de las cuestiones teóricas esenciales y básicas, podemos concluir que este período está llegando a su fin. El espectáculo de las sectas "ultraizquierdistas" de hoy, hundiéndose en el modernismo y el olvido de las adquisiones, es una confirmación trágica pero inevitable de este pronóstico.
REVOLUCIÓN INTERNACIONAL
Enero de 1975
[1]Es decir: acuerdos preferenciales para la exportación a los Estados Unidos
Artículo publicado en nuestra primera Revista Internacional (1975) donde se abordan los problemas del periodo de transición del capitalismo al comunismo iniciado por la Revolución Proletaria Mundial. El tema del periodo de transición exige la mayor prudencia. La cantidad de cuestiones que se plantean es enorme, pero sobre todo la novedad y la complejidad de los problemas que se plantearán al proletariado impiden que se elaboren de antemano los planes de la sociedad futura. Marx se negaba ya a "dar recetas para las cazuelas del porvenir" y Rosa Luxemburgo insistía en que "solo tenemos postes indicadores, y son esencialmente negativos".
Claro está que la experiencia histórica de la clase (la Comuna de 1871, 1905, 1917-23) y la de la contrarrevolución nos dan luces sobre esos problemas, pero no por eso podemos pretender resolverlos de antemano. Lo que podemos hacer es ver el marco general en el que se plantean.
El estancamiento del modo asiático no permitió por ejemplo su superación hacia otro modo de producción. La antigua Grecia no conoció las condiciones históricas para superar el esclavismo, como tampoco el Egipto antiguo.
Decadencia solo significa el agotamiento del antiguo modo de producción social. Transición significa aparición de fuerzas y nuevas condiciones que permitan sobrepasar la antigua sociedad y resolver sus contradicciones.
Para poder hacer resaltar el carácter del periodo de transición del capitalismo al comunismo y lo que lo distingue de todos los que le han precedido, hemos de apoyarnos en una idea fundamental: un periodo de transición se define por la nueva sociedad que va a nacer y es en cierto sentido una muestra o anticipo de ella. Es entonces necesario poner de relieve las diferencias fundamentales que distinguen la sociedad comunista de las demás.
El periodo de transición hacia el comunismo está impregnado constantemente por la sociedad en la que nace, o sea, está impregnado por la prehistoria de la humanidad y también por la sociedad de la que el período de transición es portador, o sea, por la historia nueva de la sociedad humana. Eso es lo que distingue el período de transición hacia el comunismo de todos los periodos de transición anteriores.
A) Los periodos de transición anteriores
Hasta ahora, los periodos de transición tuvieron en común el haberse desarrollado en el corazón mismo de la antigua sociedad. El reconocimiento y la proclamación definitiva de la nueva sociedad, sancionado por el salto de la revolución, viene al cabo de un proceso transitorio. Eso por dos razones:
B) El periodo de transición hacia el comunismo
C) Lo que distingue el periodo de transición hacia el comunismo
En consecuencia se pueden sacar unas conclusiones:
«La conquista del poder político se ha vuelto el primer deber de la clase obrera» (Marx, "Llamamiento inaugural de la AIT").
a) La generalización mundial de la revolución es la condición previa a la apertura del periodo de transición. De esta generalización depende toda la cuestión de las medidas económicas y sociales, guardémonos de hablar de "socializaciones", aisladas en un país, una región, una fábrica o cualquier grupo de hombres. Aun después del primer triunfo del proletariado, el capitalismo sigue su resistencia con la guerra civil. Durante ese periodo, todo depende de la destrucción de la fuerza del capitalismo. Ese primer objetivo condiciona la evolución hacia el futuro.
b) Una única clase es portadora del comunismo: el proletariado. Otras pueden estar implicadas en la lucha que lleva el proletariado contra el capitalismo, pero como clases no pueden ser protagonistas o portadoras del comunismo. Por eso hemos de subrayar un elemento esencial: la necesidad que tiene el proletariado de no confundirse ni disolverse entre las demás clases. Durante el periodo de transición, en tanto que clase revolucionaria históricamente responsable de la tarea de crear una sociedad sin clases, el proletariado solo puede asumirla afirmándose como clase autónoma y políticamente dominante de la sociedad. Él solo tiene un programa del comunismo que intenta realizar y para ello ha de conservar en sus manos toda la fuerza política y toda la fuerza armada: tiene el monopolio de las armas.
Para llevarlo a cabo, se organiza en estructuras organizadas, los Consejos Obreros basados en las fábricas, y el Partido revolucionario.
La dictadura del proletariado puede entonces resumirse así:
c) ¿Cuales son las relaciones del proletariado con las demás clases de la sociedad?
Aunque la clase obrera tenga la obligación de tomar en cuenta a esas clases en la vida económica y administrativa, no deberá darles la posibilidad de una organización autónoma (prensa, partido, etc.). Esas clases y capas sociales numerosas tendrán que ser integradas en un sistema de administración soviético territorial. Sus miembros se integrarán en la sociedad como ciudadanos, no como clases.
d) La sociedad transitoria sigue siendo una sociedad dividida en clases y, como tal, hace surgir necesariamente esa institución propia de todas las sociedades divididas en clases: el Estado.
Con todas las amputaciones y medidas de precaución que se han de imponer a esa institución (funcionarios elegidos y revocables, sueldos iguales a los de los obreros, unificación entre legislativo y ejecutivo, etc.) y que reducen ese Estado a ser un semi-Estado, nunca se ha de perder de vista su carácter histórico anticomunista y por lo tanto antiproletario, esencialmente conservador: el Estado sigue siendo el guardián del statu quo.
Si reconocemos la inevitabilidad de esa institución que el proletariado tendrá que utilizar como un mal necesario, tanto para acabar con la resistencia de la clase capitalista derrocada como para preservar un marco administrativo y político unido a una sociedad que sigue desgarrada por intereses de clases, hemos de rechazar categóricamente la idea de transformar ese Estado en bandera y motor del comunismo. Ese Estado sigue siendo esencialmente un órgano de conservación del statu quo y un freno para el comunismo. No hemos entonces de identificarlo al comunismo ni a la clase que lo lleva en sí, el proletariado. Por definición, el proletariado es la clase más dinámica de la historia puesto que conlleva la desaparición de todas las clases en su lucha por su propia emancipación. Por ello, aun utilizando el Estado, el proletariado expresa su dictadura no a través de él, sino sobre él. Por ello igualmente, el proletariado no ha de reconocer el menor derecho a esa institución de intervenir por la violencia en la clase obrera ni a arbitrar las discusiones de los organismos de la clase, consejos y partido revolucionario.
e) En el terreno económico, el periodo de transición consiste en ser una política económica (y no una economía política) del proletariado con vistas a acelerar el proceso de socialización universal de la producción y de la distribución. Ese programa del comunismo integral a todos sus niveles, aun siendo la meta afirmada y buscada por la clase obrera, aun estará durante el periodo de transición limitado en su realización por las condiciones inmediatas, coyunturales, contingentes, que no se pueden ignorar so pena de caer en un voluntarismo utópico. El proletariado intentará inmediatamente conquistar un máximo de realizaciones posibles reconociendo también la necesidad de concesiones inevitables que tendrá que soportar. Dos escollos amenazan esa política:
Sin tener la pretensión de hacer un plan detallado de esas medidas, podemos ya prever las líneas generales:
M.C. 1975
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La necesidad que empuja a los comunistas a luchar por la máxima claridad y coherencia con respecto a las tareas revolucionarias del proletariado se deriva de la naturaleza única de la revolución proletaria. Mientras que la revolución burguesa (Gran Bretaña, Francia, etc.) constituyó, fundamentalmente, la coronación política de la dominación económica burguesa sobre la sociedad que se había extendido paulatina y firmemente sobre los vestigios de la decadente sociedad feudal, el proletariado no detenta ningún poder económico dentro del capitalismo y, en el período de decadencia, ninguna organización permanente propia. Las únicas armas que puede utilizar son su conciencia de clase y su capacidad para organizar su propia actividad revolucionaria. Y una vez arrebatado el poder de manos de la burguesía, se abre ante ella la inmensa tarea de construir conscientemente un nuevo orden social.
La sociedad capitalista, como todas las sociedades de clases, creció independientemente de la voluntad de los hombres, a través de un lento proceso "inconsciente", regido por leyes y fuerzas que no estaban sujetas al control humano. Y la revolución burguesa simplemente asumió la tarea de expulsar las superestructuras feudales que impedían la generalización de estas leyes. Hoy, es la naturaleza misma de estas leyes, su carácter ciego, anárquico y mercantil, lo que amenaza con llevar a la ruina a la civilización humana. Pero a pesar del carácter aparentemente inmutable de estas leyes, ellas son, en última instancia, sólo la expresión de las relaciones sociales que los hombres han creado. La revolución proletaria significa un asalto sistemático a las relaciones sociales existentes ligadas a las leyes despiadadas del capital. Sólo puede ser un asalto consciente porque es precisamente el carácter inconsciente y descontrolado del capital lo que la revolución trata de destruir; y el sistema social que el proletariado construirá sobre las ruinas del capitalismo constituye la primera sociedad en la que el género humano ejercerá un control racional y consciente sobre las fuerzas productivas y sobre toda la actividad social humana.
Lo que obliga al proletariado a confrontar y destruir las relaciones sociales del capital -trabajo asalariado, producción generalizada de mercancías- es que éstas han entrado en conflicto abierto con las fuerzas productivas, ya sean las necesidades materiales del proletariado o las fuerzas productivas de la sociedad humana en su conjunto. La decadencia de las relaciones sociales que dominan al proletariado lo lleva a darse como primera tarea, en nuestro tiempo, la destrucción de estas relaciones y la instauración de otras nuevas. Por lo tanto, su tarea no consiste en reformar, reorganizar o gobernar el capital, sino en liquidarlo para siempre. La decadencia significa simplemente que las fuerzas productivas ya no pueden desarrollarse en interés de la humanidad mientras permanezcan bajo el yugo del capital, y que el verdadero desarrollo sólo puede tener lugar en las relaciones de producción comunistas.
El materialismo histórico no deja lugar a un modo de producción transitorio entre el capitalismo y el comunismo.
“De lo que aquí se trata no es de una sociedad comunista que se ha desarrollado sobre su propia base, sino, al contrario, de una que acaba de salir precisamente de la sociedad capitalista y que, por tanto, presenta todavía en todos sus aspectos, en el económico, en el moral y en el intelectual, el sello de la vieja sociedad de la que nació”. (Marx, Crítica del Programa de Gotha).
Estamos ante un período de transición en el que el comunismo emerge, en los violentos dolores del parto, de la sociedad capitalista, un comunismo en constante lucha contra los vestigios de la vieja sociedad, un comunismo que se esfuerza constantemente por desarrollar sus propios fundamentos, los fundamentos de una etapa más avanzada del comunismo, del reinado de la libertad, de la sociedad sin clases.
Pero el movimiento hacia la abolición de las clases es un movimiento dirigido conscientemente, y la conciencia que lo guía hacia su meta final pertenece a una sola clase comunista, el proletariado. El comunismo no es un simple impulso inconsciente cuyo fin es la negación de las relaciones de mercado, y que descubriría, por casualidad, que el Estado capitalista es su guardián, que debe ser destruido para alcanzar el comunismo. El comunismo es un movimiento del proletariado que establece un programa político; este programa reconoce claramente de antemano en el Estado burgués al defensor de las relaciones sociales capitalistas; este programa defiende sistemáticamente que la destrucción del poder político de la burguesía es un requisito previo para la transformación comunista. En esto, la revolución proletaria se desarrolla según un patrón contrario al de la revolución burguesa: la revolución social emprendida por el proletariado sólo puede despegar después de la conquista política del poder por la clase obrera. Dado que el capital es una relación global, la revolución comunista sólo puede desarrollarse a escala mundial. La naturaleza global del proletariado y de la burguesía hace que la toma del poder por parte de los trabajadores de un país lleve a una guerra civil mundial contra la burguesía. Hasta que ella sea victoriosa; hasta que el proletariado no haya conquistado el poder en todo el mundo, no podemos hablar realmente de un período de transición, mucho menos de una transformación comunista.
Durante el período de la guerra civil mundial, la producción, aun cuando esté bajo la dirección del proletariado, no es una producción centrada principalmente en las necesidades humanas, que será el sello distintivo de la producción comunista. Durante este período, la producción, como todo lo demás, está subordinada a las necesidades de la guerra civil, a la imperiosa necesidad de extender y afianzar la revolución internacional. Incluso si el proletariado puede eliminar muchas de las características formales de las relaciones capitalistas, mientras se arma y produce para la guerra civil, uno no podría llamar comunismo puro y simple a una economía orientada a la guerra. Mientras exista el capitalismo en alguna parte del mundo, sus leyes seguirán determinando el contenido real de las relaciones de producción en todas partes.
Incluso si el proletariado de un país se deshace de la forma de trabajo asalariado y comienza a racionar todo lo que produce, sin ningún tipo de intermediario monetario, el ritmo de producción y distribución en este bastión proletario sigue estando a merced de la dominación capital global, de la ley del valor global. Al menor reflujo del movimiento revolucionario, estas medidas serían rápidamente socavadas y comenzarían a regresar a las relaciones salariales capitalistas en toda su brutalidad, sin que los proletarios dejaran de ser parte de la clase explotada. Pretender que es posible crear islas de comunismo cuando la burguesía todavía tiene el poder a escala mundial es intentar mistificar a la clase obrera y desviarla de su tarea fundamental: la eliminación total del poder burgués.
Esto no significa, sin embargo, que, en su lucha por el poder político, el proletariado se abstenga de tomar medidas económicas cuyo objetivo sea socavar el poder del capital. Menos aún que el proletariado tiene que apoderarse de la economía capitalista y utilizarla para sus propios fines. Así como la Comuna de París demostró que el proletariado no puede tomar el control de la maquinaria estatal capitalista, la revolución rusa reveló que es imposible que la clase obrera se mantenga indefinidamente "a la cabeza" de una economía capitalista. En última instancia, esto significa que el proletariado debe emprender un proceso de destrucción del capital global si quiere conservar el poder en alguna parte, pero que este proceso comienza en el acto: la clase obrera debe ser consciente de que su lucha contra el capital tiene lugar en todos los niveles (aunque no sea uniforme) porque el capital es una relación social global.
Tan pronto como el proletariado haya tomado el poder en un lugar, se verá obligado a emprender el asalto a las relaciones capitalistas de producción, primero para luchar contra la organización global del capital, segundo para facilitar la dirección política de la zona que controla, tercero para sentar las bases de una transformación social mucho más desarrollada que seguirá a la guerra civil. La expropiación de la burguesía en un lugar producirá efectos profundamente desintegradores en todo el capital mundial si se lleva a cabo en un centro importante del capitalismo, y esto, en consecuencia, profundizará la lucha de clases mundial; el proletariado tendrá que utilizar todas las armas económicas que tiene a su disposición. Considerando la segunda razón (que no es menos importante), es imposible imaginar la unificación y la hegemonía del proletariado si no emprende un asalto radical a todas las divisiones y complejidades impuestas por la división capitalista del trabajo. El poder político de los trabajadores dependerá de su capacidad para simplificar y racionalizar el proceso de producción y distribución, y esta cuestión no es secundaria. Esta racionalización es imposible en una economía totalmente dominada por las relaciones de mercado. Uno de los principales motores que empuja al proletariado a producir valores de uso, y que ese método de producción se adapta mucho mejor a las tareas que tiene que afrontar durante la crisis revolucionaria -como el armamento general de los trabajadores, la urgencia de racionar los suministros, la dirección centralizada del aparato productivo, etc. Al final, mientras la revolución sea globalmente victoriosa, estas medidas rudimentarias de socialización pueden encontrar continuidad en la verdadera reorganización positiva de la producción, que tiene lugar después de la victoria, en la medida en que contribuyen a neutralizar y arruinar la dominación de las relaciones mercantiles, disminuyendo así las tareas "negativas" del proletariado durante el período de transición.
La profundidad de la extensión de estas medidas dependerá del equilibrio de fuerzas en una situación dada, pero se puede esperar que sean más extensas donde el capitalismo ya ha hecho posible avanzar en el proceso de socialización material. Entonces la colectivización de los medios de producción seguramente irá mucho más rápida en los sectores donde el proletariado está más concentrado -en las grandes fábricas, las minas, los muelles, etc. Así mismo, la socialización del consumo se dará mucho más fácilmente en áreas parcialmente socializadas: el transporte, la vivienda, el gas, la electricidad y otros sectores podrán operar gratuitamente casi de inmediato, sólo con sujeción a la totalidad de las reservas controladas por los trabajadores. La colectivización de estos servicios invadiría profundamente el sistema salarial. Al igual que con la distribución directa de artículos de consumo individuales, la abolición total de las formas monetarias, es difícil decir hasta dónde puede llegar este proceso mientras la revolución permanezca confinada a una región. Pero podemos decir que la forma salarial debe ser atacada al máximo, y no hay duda de que los trabajadores no estarán dispuestos a pagarse a sí mismos en salarios, una vez que hayan tomado el poder. Para ser más concretos, estamos a favor de las medidas que tienden a regular la producción y la distribución en términos sociales, colectivos (medidas como el racionamiento, y la obligación universal de trabajar como exigían los Consejos Obreros) más que por medidas que requieran el cálculo de cada contribución de la persona al trabajo social. El sistema de bonos en función del tiempo de trabajo tendería a dividir a los trabajadores capaces de trabajar de los que no lo están (situación que muy bien podría extenderse en un período de crisis revolucionaria mundial) y además podría crear una brecha entre los proletarios y otros estratos sociales, dificultando el proceso de integración social. Este sistema requeriría una enorme supervisión burocrática del trabajo de cada trabajador, y degeneraría mucho más fácilmente en salarios monetarios en un momento de reflujo de la revolución (estos retrocesos pueden darse tanto durante la guerra civil como durante el mismo período de transición).
Un sistema de racionamiento bajo el control de los Consejos Obreros se prestaría mucho más fácilmente a una regulación democrática de todos los recursos de un bastión proletario, y fomentaría sentimientos de solidaridad dentro de la clase. Pero no nos hagamos ilusiones: este sistema, como ningún otro, no puede representar una "garantía" contra el retorno a la esclavitud asalariada en su forma más cruda. Básicamente, la sumisión al tiempo, a la escasez, a la presión de las relaciones mercantiles globales todavía existe: simplemente es apoyada por todo el bastión proletario como una especie de trabajo asalariado colectivo. Cualquier sistema temporal de distribución permanece expuesto a los peligros de la burocratización y la degeneración mientras existan las relaciones mercantiles, y las relaciones mercantiles (incluida la fuerza de trabajo como mercancía) no pueden desaparecer totalmente hasta que las clases hayan dejado de existir, porque la perpetuación de las clases significa la perpetuación del intercambio. De ninguna manera puede afirmarse que tal método de distribución, durante las primeras etapas de la revolución, o durante el mismo período de transición, sigue el principio de "a cada uno según sus necesidades", que no puede completarse sino en muy poco tiempo. etapa avanzada del comunismo.
El asalto a la forma del salario va de la mano con el asalto a la división capitalista del trabajo. Ante todo, las divisiones que el capital impone en las mismas filas del proletariado deben ser denunciadas y combatidas sin piedad. Las divisiones entre calificados y no calificados, hombres y mujeres, entre sectores proletarios, ocupados y desocupados, deben ser combatidas dentro de los órganos de masas de la clase, como única forma de cimentar la unidad de la combatividad obrera.
Asimismo, el proletariado, desde un principio, pone en marcha un proceso de integración a sus filas de las demás capas sociales, comenzando por las capas semiproletarias que habrán demostrado su capacidad para apoyar el movimiento revolucionario de los trabajadores. Podemos vislumbrar la integración rápida de ciertas capas que ya han demostrado su capacidad para luchar colectivamente contra su explotación, por ejemplo, grandes sectores de enfermeras y trabajadores de cuello blanco.
Pero debemos insistir en el hecho de que todas estas usurpaciones de las relaciones mercantiles y de la división capitalista del trabajo son, de hecho, sólo medios para llegar a una meta a la que deben estar estrictamente subordinadas: la extensión de la revolución mundial. Si bien no rehúye la tarea de atacar desde el principio las relaciones mercantiles, el proletariado debe ver qué ilusión y qué trampa encierra la idea de crear islas de comunismo en una u otra región. Aunque comienza a integrar en sus filas a las clases no explotadoras, el proletariado debe estar constantemente en guardia contra toda dilución en capas que no pueden, en su conjunto, compartir los objetivos comunistas de la clase obrera, y que pueden constituir una peligrosa quinta columna en sus filas ante los primeros signos de retroceso de la ola revolucionaria. La unificación de los trabajadores en todo el mundo debe tener prioridad sobre los intentos de comenzar a realizar la comunidad humana. Todos estos intentos de socialización son en realidad solo medidas para llenar vacíos, para responder a ciertas situaciones urgentes. Pueden ser parte del asalto a las relaciones de mercado, pero de ninguna manera representan la "abolición" de todas las categorías capitalistas. La superación real y positiva de estas relaciones de mercado sólo podrá hacerse después de la abolición mundial de la burguesía, después de la construcción de la dictadura del proletariado internacional. Es aquí donde el período de transición propiamente hablando comienza.
No podemos detenernos aquí en las tareas que el proletariado deberá realizar durante este período. Sólo podemos destacarlos brevemente para insistir en la inmensidad del proyecto proletario. Liberando a las fuerzas productivas de las cadenas del capital, liquidando el sistema de trabajo asalariado, las fronteras nacionales, el mercado mundial, el proletariado deberá establecer un sistema mundial de producción y distribución organizado con el único fin de satisfacer las necesidades humanas. Tendrá que encaminar el nuevo sistema productivo hacia la restauración y el renacimiento de un mundo asolado por décadas de decadencia capitalista y guerra civil revolucionaria. Alimentar y vestir a las áreas pobres del mundo, eliminar la contaminación y la producción innecesaria, reorganizar la infraestructura industrial global, combatir las innumerables alienaciones legadas por el capitalismo, que abundan tanto en el trabajo como en la vida social en su conjunto, eso son simplemente las primeras tareas. Estas son solo las condiciones necesarias para la construcción de una nueva civilización, una nueva cultura, una nueva humanidad cuyo esplendor difícilmente se puede imaginar de este lado del capitalismo, y que no se puede contemplar, principalmente, solo en términos negativos: la eliminación de la antagonismo entre economía y sociedad, entre trabajo y ocio, entre individuo y sociedad, entre hombre y naturaleza, etc. Y mientras el proletariado sienta las bases de esta nueva forma de vida, debe integrar progresivamente a toda la humanidad en sus filas, en el trabajo asociado, creando así la comunidad humana sin clases, no sin tener cuidado de no "abolirse a sí misma". demasiado rápido, sin asegurar que ya no exista la menor posibilidad de volver a la relación mercantil generalizada, y por lo tanto al capitalismo. El período de transición será el terreno de una lucha titánica por mantener un movimiento irreversible hacia la comunidad humana contra los restos de la vieja sociedad.
Aquellos que pintan el período de transición como una etapa sin problemas que el proletariado puede superar rápidamente, se están preparando para decepcionarse no solo a ellos mismos, sino a la clase en su conjunto. No sabemos cuánto durará este período. Lo que sí sabemos es que planteará problemas de una naturaleza y de una importancia sin precedentes en la historia de la humanidad, que la tarea que deberá realizar el proletariado es mayor que en cualquier otro tiempo, y pensar que esa tarea puede hacerse en un día es, en el mejor de los casos, una utopía y, en el peor, una mistificación reaccionaria. De lo que podemos estar seguros es que el período de transición no permitirá que el proletariado o la transformación social se estanquen.
Cualquier interrupción en la revolucionarización de la producción social significaría el peligro inmediato de un retorno al capitalismo y, por lo tanto, en última instancia, a la barbarie. En ningún momento el proletariado podrá dormirse en sus laureles y esperar a que el comunismo llegue por sí solo. O el proletariado lucha por un mayor grado de comunismo, en un constante estado de movimiento basado él mismo en la generalización de las relaciones comunistas, o bien se encuentra en la situación de una clase explotada, movilizada para alguna catástrofe final.
Es obvio precisar que los revolucionarios no pueden definir de antemano las formas organizativas precisas que utilizará el proletariado para llevar a cabo la transformación comunista. Es imposible prever completamente los diversos problemas organizativos y prácticos que la clase obrera tendrá que enfrentar en todo el mundo, problemas que en última instancia solo serán resueltos por la clase misma en su lucha revolucionaria. La creatividad que manifestará la clase será ciertamente superior a sus manifestaciones anteriores, y superará todos los vaticinios que hoy puedan hacer los revolucionarios.
Sin embargo, los revolucionarios de ninguna manera pueden eludir la discusión de la cuestión de las formas y estructuras de la dictadura del proletariado. Hacerlo equivaldría a negar toda la experiencia de la clase revolucionaria en nuestro tiempo, una experiencia que ha permitido extraer ciertas lecciones que el proletariado no puede darse el lujo de ignorar. Olvidar estas lecciones, especialmente la de Rusia, es dejar la puerta abierta a la repetición de los errores del pasado. No es casualidad que la "izquierda" capitalista (estalinistas, trotskistas, etc.) es incapaz de analizar los errores del pasado o definir un programa claro para lo que ellos llaman "revolución". Detrás de esta ambigüedad, esta renuencia a “planificar en detalle”, se esconde una posición de clase que luego se opondrá a la actividad revolucionaria autónoma de la clase obrera. Estos izquierdistas "prácticos", "realistas", suelen ocultarse tras la frecuente reticencia de Marx a especular sobre las formas organizativas de la dictadura del proletariado. Pero esta resistencia fue un reflejo de su tiempo, de un tiempo donde aún no existían las condiciones materiales necesarias para la revolución comunista.
Cualquier predicción que Marx o Engels pudieran hacer sobre la forma de la dictadura del proletariado estaba determinada por la madurez de la clase, por la forma en que se presentaba como una fuerza capaz de tomar en sus propias manos la dirección de la sociedad. Pero en el período ascendente del capitalismo, cuando el proletariado todavía estaba restringido y sin forma, la posibilidad de tomar el poder era extremadamente limitada y el poder no podría haberse mantenido en este período de todos modos. Sin embargo, había suficientes experiencias de levantamientos proletarios para que Marx pudiera definir ciertos puntos esenciales sobre la naturaleza del poder proletario. Debido a que se basaron en el método del materialismo histórico, pudieron aprender de sus experiencias y reconsiderar ciertas concepciones fundamentales sobre la naturaleza de la toma del poder por parte de la clase obrera. Es así como la experiencia de la insurrección de 1848 y más aún de la Comuna de París de 1871, los llevó a abandonar la perspectiva elaborada en el Manifiesto Comunista, perspectiva según la cual el proletariado debía organizarse para apoderarse de la. máquina del Estado burgués. Después de esta experiencia, quedó claro que el proletariado solo podía destruir esta máquina y construir sus propios órganos de poder, los únicos que podían servir a los objetivos comunistas.
Al extraer esta lección, Marx y Engels perseguían la tarea comunista fundamental de apoyar el programa político proletario sobre la única base de las experiencias históricas de la clase, y ésta sigue siendo la única manera de desarrollar el programa comunista hoy. Pero hoy vivimos en una época de decadencia del capitalismo y por tanto de posibilidad de revolución social proletaria, y podemos y debemos sacar las consecuencias de la experiencia de la clase en nuestro tiempo, particularmente de la gran ola revolucionaria de 1917- 1923, especialmente con respecto a la tarea de elaborar los puntos de organización de este programa, que era imposible para Marx y Engels.
Engels describe la Comuna como la forma misma de la dictadura del proletariado. Marx lo llama "la forma política de la emancipación social del trabajo". Pero mientras la Comuna da lecciones que siguen siendo válidas (necesidad de destruir el Estado burgués, armar a los trabajadores, asegurar el control directo de los delegados, etc.), no puede ser considerada hoy como modelo de dictadura. La Comuna era la expresión de una joven clase obrera que no sólo no era una clase mundial, sino que incluso en los centros urbanos del capitalismo estaba fragmentada y aún no del todo diferenciada de otras clases urbanas como la pequeña burguesía. Este hecho se reflejó claramente en la Comuna. A pesar de su aspiración a una "república social universal", la Comuna no pudo expandirse a escala mundial. Los miembros de los órganos centrales de la Comuna eran tanto jacobinos como proudhonianos o comunistas, y su base electoral se limitaba a las murallas de París, según el sistema de sufragio universal: no había una representación claramente proletaria o industrial. Además, y sobre todo, la Comuna no podría haber emprendido una transformación socialista porque las fuerzas productivas no estaban suficientemente desarrolladas para poner en el orden del día tanto la posibilidad como la necesidad inmediata del comunismo. Al final del período ascendente del capitalismo, la extensión del capitalismo a nivel mundial, así como su concentración, ya habían hecho caer en desuso muchos hechos característicos de la Comuna. Sin embargo, ningún revolucionario de la década de 1890 y principios de 1900 pudo llegar a una visión clara de la posible superación de la Comuna, modelo de dictadura del proletariado, y las perspectivas que expresaron sobre el tema fueron necesariamente vagas.
Fue la experiencia concreta de la clase misma la que iba a dar una respuesta al problema. Así, en Rusia en 1905 y 1917, y a lo largo de la oleada revolucionaria que siguió en otros países, el Soviet o Consejo Obrero apareció como el órgano combativo de la lucha revolucionaria. Los Consejos, asambleas de delegados electos y revocables de los sectores industriales, fueron ante todo la expresión de la organización colectiva del proletariado unificado en su propio terreno de clase y aparecieron, así como una forma de poder proletario más desarrollada que la de la Comuna de París. Tan pronto como la unión mundial de consejos obreros apareció como el objetivo inmediato de la revolución proletaria, la consigna "todo el poder a los soviets" marcó una frontera de clase entre las organizaciones proletarias y las organizaciones burguesas. Ninguna organización proletaria podría ya rechazar el poder soviético como forma de dictadura del proletariado. Desde entonces, todos los movimientos insurreccionales de la clase, desde China en 1927 hasta Hungría en 1956, han tendido a expresarse en forma de organización en Consejos y, a pesar de toda la debilidad de estos movimientos, nada ha cambiado fundamentalmente en la lucha de clase que pudiera justificar que los Consejos no aparezcan en la próxima oleada revolucionaria como forma concreta de organización del proletariado.
Ahora somos asaltados por una multitud de modernistas e "innovadores" (Invariance, Negation, Communismen) que pretenden que los Consejos Obreros solo reproducen la división capitalista del trabajo y que, por lo tanto, no son instrumentos apropiados para una revolución comunista que definen como el derrocamiento inmediato de todas las categorías de la sociedad capitalista. El punto de vista de clase de estas tendencias delata el carácter no dialéctico y antimarxista de su concepción de la revolución. Para ellos, la clase obrera es sólo una fracción del capitalismo que sólo puede formar parte del "sujeto revolucionario" o del "movimiento comunista" negándose inmediatamente en una "humanidad" universal.
La visión marxista de la revolución, en cambio, sólo puede ser la del proletariado afirmándose como la única clase comunista antes de integrar a toda la humanidad al trabajo asociado, acabando así con su propia existencia como clase separada. Los Consejos Obreros son los instrumentos idóneos para la autoafirmación del proletariado frente al resto de la sociedad, tanto para el proceso de integración de los demás estratos sociales a las filas del proletariado, como para la creación de una comunidad humana. Sólo cuando se realice definitivamente esta comunidad, desaparecerán los Consejos Obreros. Conectados, de ciudad en ciudad en todo el mundo, los Consejos Obreros serán responsables de las tareas militares, económicas e ideológicas de la guerra civil y de dirigir la transformación económica en el período de transición. En este período, los Consejos ampliarán constantemente su base social a medida que integren más y más a la humanidad en las relaciones de producción comunistas.
Pero afirmar la necesidad de la forma de consejo de ninguna manera impide que los revolucionarios de hoy critiquen los movimientos precedentes de los consejos, o las tendencias políticas producidas o inspiradas por estos movimientos. Esta crítica es absolutamente indispensable si la clase obrera quiere evitar repetir los errores del pasado; y sólo puede basarse en las amargas lecciones que el proletariado ha sacado de sus luchas más combativas de la época.
En Rusia y en todas partes, en el pasado, se aceptaba que la dictadura del proletariado se ejercía por medio del partido comunista, constituyendo este último el "gobierno", una vez que tenía la mayoría en los soviets, como en los parlamentos burgueses. Además, los delegados de los soviets fueron elegidos de las listas de los partidos, y no de las asambleas de trabajadores donde serían elegidos y encomendados para llevar a cabo las decisiones (y a menudo los delegados no provenían de las fábricas, sino que eran representantes de los partidos o sindicatos). Este hecho en sí era una concesión directa a las formas burguesas de representación y parlamentarismo, y tendía a dejar el poder en manos de "expertos" en política, más que en la masa de trabajadores mismos; pero lo que es aún más grave es la idea de que el partido ejerce el poder y no la clase en su conjunto (una idea del movimiento obrero de la época); esta idea se convirtió en portador directo de la contrarrevolución y fue utilizada por el partido bolchevique en degeneración para justificar sus ataques contra el conjunto de la clase tras la quiebra de la ola revolucionaria. La identificación del poder del partido con la dictadura del proletariado revistió a los bolcheviques con un adorno ideológico que rápidamente sirvió de tapadera a la propia dictadura del capital. La experiencia rusa ha refutado definitivamente la vieja idea socialdemócrata de que es el partido el que representa y organiza a la clase.
En los soviets del futuro, las decisiones más importantes relativas a la dirección de la revolución deben discutirse y elaborarse plenamente en las asambleas generales masivas en las fábricas y otros lugares de trabajo, de modo que los delegados de los soviets sirvan esencialmente para centralizar y llevar a cabo las decisiones de estas asambleas. Estos delegados serán a menudo miembros del partido o de otras fracciones, pero serán elegidos en tanto que trabajadores y no como representantes de ningún partido. Puede ser que en algún momento la mayoría de los delegados sean miembros del Partido Comunista, pero esto en sí mismo no es peligroso, mientras el proletariado en su conjunto participe activamente en sus órganos unitarios de clase y los controle. En última instancia, esto sólo puede garantizarse mediante la radicalización y la energía de los propios trabajadores, mediante el éxito de la transformación revolucionaria en sus manos; pero habrá que tomar ciertas medidas formales para protegerse del peligro de que se forme una élite burocrática en torno al partido o a cualquier organismo.
Entre estas medidas, la revocabilidad constante de los delegados, la rotación de tareas administrativas, la igualdad de acceso de los delegados y cualquier otro trabajador a los valores de uso, y en particular, la separación completa del partido de las funciones "estatales" de los consejos. Así, por ejemplo, son los consejos obreros los que controlan las armas y se encargan de la represión de los elementos contrarrevolucionarios, y no una parte o comisión particular del partido.
El futuro partido comunista no tendrá más armas que su propia claridad teórica y su compromiso político con el programa comunista. No puede buscar el poder por sí mismo, sino que debe luchar dentro de la clase por la aplicación del programa comunista. En ningún caso puede obligar a la clase en su conjunto a poner en práctica este programa, como tampoco lo puede poner en práctica él mismo, porque el comunismo es creado sólo por la actividad consciente de la clase en su conjunto. El partido sólo puede tratar de convencer a la clase en su conjunto de la justeza de sus análisis a través del proceso de discusión y educación activa que se lleva a cabo en las asambleas y consejos de clase, y denunciará sin piedad cualquier tendencia autoproclamada revolucionaria que quiera a asumir la tarea de organizar la clase y sustituir al sujeto revolucionario.
Cualquiera que sea la situación revolucionaria futura, tendremos a los herederos de la contrarrevolución rusa, trotskistas, estalinistas y otros para reclamar la subordinación de los consejos obreros a un partido-estado todopoderoso que oriente y eduque a la masa amorfa de trabajadores y centralizar el capital en sus manos. Los comunistas tendrán que permanecer dentro de su clase y luchar contra estos puntos de vista con uñas y dientes. Pero la amarga experiencia del capitalismo de Estado del proletariado en Rusia y en otros lugares, y su experiencia de la naturaleza reaccionaria de las nacionalizaciones en general, bien puede hacer que la clase sea mucho más reacia a los llamamientos a la nacionalización de lo que fue en los momentos revolucionarios del pasado. Pero no hay duda de que la burguesía encontrará otros gritos de guerra para tratar de vincular a los trabajadores al Estado burgués y a las relaciones de producción capitalistas; una de las más perniciosas podría ser la consigna de "autogestión obrera"; puede encontrar un eco en las mistificaciones corporativistas localistas y sindicalistas que existen en la clase. Experiencias pasadas han proporcionado muchos ejemplos de esto. En Italia, en Alemania, durante la primera gran oleada revolucionaria, hubo una fuerte tendencia entre los trabajadores a simplemente encerrarse en sus fábricas y tratar de administrar "su fábrica" sobre una base corporativista, para traer de vuelta la organización de consejos a nivel de cada fábrica en lugar de crear órganos específicamente destinados a la reagrupación y centralización de los esfuerzos revolucionarios de todos los trabajadores.
Hoy ya se presenta la idea de la autogestión como último recurso ante la crisis del capitalismo y son muchas las fracciones de izquierda del capital desde los socialdemócratas hasta los trotskistas y varios libertarios que abogan por “consejos obreros” emasculados. La ventaja de tal consigna para la burguesía es que sirve para llevar al proletariado a participar activamente en su propia explotación y aplastamiento sin cuestionar el poder del Estado capitalista, ni las relaciones mercantiles de producción. Así fue como la república burguesa española pudo recuperar muchos casos de autogestión y ponerlos al servicio de su esfuerzo bélico contra su rival capitalista, la facción franquista[1].
El aislamiento de los trabajadores en los "consejos" integrados por simples unidades productivas sólo mantiene las divisiones impuestas por el capitalismo y conduce a la derrota segura de la clase (Ver Cardan: Sobre el contenido del socialismo y los consejos obreros y las bases económicas de la autogestión de la sociedad, como modelo perfecto de derrota).
Tales métodos de organización desvían a los trabajadores de su objetivo principal de destruir el Estado capitalista, y permiten así al Estado relanzar su ofensiva contra una clase obrera fragmentada. Sirven así para perpetuar la ilusión de las "empresas autónomas" y del socialismo consistente en el libre intercambio entre colectivos de trabajadores, mientras que la verdadera socialización de la producción exige la abolición de las empresas autónomas como tales y el sometimiento de todo el aparato productivo a la dirección consciente de la sociedad, sin la intermediación del intercambio[2].
Desde el momento en que la clase obrera comienza a tomar el aparato productivo (y la toma de las fábricas debe ser vista como un momento de insurrección), comienza a emprender la lucha para someter la producción a las necesidades humanas. Esto implica no sólo la producción de valores de uso, sino también profundas transformaciones en la organización del trabajo, de modo que la propia actividad productiva tienda a convertirse en parte del consumo en el sentido más amplio. Habrá que tomar inmediatamente algunas medidas en este sentido, como la reducción de la jornada laboral (según las necesidades de la revolución), la rotación de las tareas y la eliminación de las relaciones jerárquicas dentro de la fábrica mediante la participación igualitaria de todos los trabajadores calificados y no calificados, manuales y técnicos, hombres y mujeres, en las asambleas y comités de la fábrica. Pero la mistificación de la autogestión no se limita a la idea de unidades de producción "autónomas". Puede extenderse al ámbito nacional, si se imagina a los consejos de trabajadores planificando conjuntamente la acumulación "democrática" del capital nacional. También puede asociarse con el ideal de un bastión "comunista" autosuficiente que intentaría abolir formalmente el trabajo asalariado y el comercio en un solo país, una ilusión en la que se entretenían muchos comunistas de consejo en los años 20 y 30, y que reaparece de nuevo en diversas formas en las ideas de los "innovadores" del marxismo que llaman a la creación inmediata de la "comunidad humana". Todas estas ideologías están vinculadas por un rechazo común a la necesidad de que el proletariado destruya el Estado burgués a escala mundial antes de poder emprender una verdadera socialización. Contra todas estas confusiones hay que afirmar que los Consejos Obreros son ante todo órganos de poder político que deben servir para unificar a los trabajadores no sólo para la administración de la economía sino para la conquista del poder a escala mundial.
La conquista internacional del poder por la clase obrera es sólo el comienzo de la revolución social: En el período de transición, los consejos obreros son los medios empleados por el proletariado para llevar a cabo la transformación comunista de la sociedad. Si los consejos obreros se convierten en un fin en sí mismos, esto simplemente significa que el proceso de revolución social se ha detenido y que estamos asistiendo al comienzo de un retorno al capitalismo. Si bien los Consejos Obreros son los instrumentos positivos de la abolición de la esclavitud asalariada y de la producción de mercancías, pueden convertirse en el sobre vacío en el que se asiente una nueva burguesía para explotar a la clase obrera.
No puede haber garantía, ni en el período de transición ni en el período mismo de la insurrección revolucionaria, de la continuidad del proceso revolucionario hasta el triunfo del comunismo. La mejor voluntad de las minorías revolucionarias no puede bastar para impedir la degeneración de la revolución que depende de un cambio material en el equilibrio de poder entre las clases. Entre el momento en que los Consejos son revolucionarios y el momento en que se han convertido definitivamente en apéndices del capital, hay un equilibrio inestable en el que todavía es posible reformar los Consejos desde dentro: pero esta es sólo una posibilidad relativamente limitada. Si este intento fracasa, los revolucionarios deben abandonar los Consejos y llamar a la formación de nuevos Consejos en oposición a los antiguos, en otras palabras, a una segunda revolución[3]. En este sentido, tenemos el ejemplo de las pequeñas facciones comunistas en Rusia que se negaron a colaborar con los Soviets muertos de los primeros años de la década de los 20, y llamaron al derrocamiento del Estado "bolchevique" (ver Grupo Obrero de Miasnikov en 23) - o la de la izquierda alemana que abandonó las organizaciones reformistas de fábrica frente a las sórdidas maquinaciones del KPD y los partidos socialdemócratas.
El problema del estado en el período de transición y sus relaciones con el proletariado es tan complejo que debemos tratar esta cuestión por separado, aunque está muy relacionada con las lecciones extraídas de revoluciones anteriores, sobre la forma de la dictadura del proletariado y el papel de los Consejos Obreros.
Mientras existan las clases, no podemos hablar de la abolición del Estado. El Estado sigue existiendo durante el período de transición, porque aún existen clases cuyos intereses directos no pueden conciliarse: por un lado el proletariado comunista, por otro las demás clases, vestigios del capitalismo, que no pueden tener ningún interés material en el comunización de la sociedad (campesinos, pequeña burguesía urbana, profesiones liberales) como escribe Engels en El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado: "El Estado no es en modo alguno un poder impuesto a la sociedad desde fuera... Es un producto de la sociedad en un cierto nivel de desarrollo es un reconocimiento de que la sociedad ha entrado en contradicciones insolubles, que "es prisionera de antagonismos incompatibles, que es incapaz de resolver. Pero para que estos antagonismos, estas clases en conflicto con los intereses económicos, no se consuman a sí mismos y con ellos a toda la sociedad en una lucha estéril, surge la necesidad de un poder aparentemente por encima de la sociedad para moderar el conflicto, para mantenerlo dentro de los límites del "orden"; y este poder, que surge de la sociedad, pero que se sitúa por encima de ella, y así tiende constantemente a preservarse, es el Estado.
Es importante no reducir el fenómeno del Estado a una simple conspiración de la clase dominante para retener el poder. El Estado nunca ha actuado por voluntad exclusiva de una clase dominante, sino que ha sido la emanación de la sociedad de clases en general, y por este hecho se ha convertido en el instrumento de la clase dominante.
“El Estado surge de la necesidad de contener los antagonismos de clase, pero al mismo tiempo que surge en medio del conflicto entre estas clases, la regla es que debe ser el Estado de la clase más poderosa, de la clase que domina económicamente y que, por mediación del Estado, asegura la dominación política" (ibid.).
En el período de transición comunista, inevitablemente surgirá el Estado, para evitar que los antagonismos de clase destrocen esta sociedad híbrida. El proletariado, como clase dominante, utilizará el Estado para mantener su poder y defender los logros de la transformación comunista que está consiguiendo. Lo cierto es que este Estado será diferente de todos los Estados del pasado. Por primera vez, la nueva clase dominante no "hereda" la vieja maquinaria estatal para utilizarla para sus propios fines, sino que derroca, destruye, aniquila el Estado burgués y construye sistemáticamente sus propios órganos de poder. Y esto porque el proletariado es la primera clase explotada de la historia en ser revolucionaria y no puede ser una clase explotadora. Así, no utiliza el Estado para explotar a las otras clases, sino para defender una transformación social que destruirá para siempre la explotación, que abolirá todos los antagonismos sociales y conducirá así a la desaparición del Estado. El proletariado no puede ser una clase económicamente dominante. Su dominación sólo puede ser política.
En los escritos de Marx, Engels, Lenin y muchos otros, se encuentra a menudo la idea de que en el período de transición "el Estado no puede ser otra cosa que la dictadura revolucionaria del proletariado, que el Estado es el proletariado armado" organizado como clase dominante", y que este Estado "proletario" ya no es un Estado en el sentido antiguo de la palabra. Pero un análisis más profundo de la naturaleza del Estado, basado en las críticas al Estado de Marx y Engels, y sobre la experiencia histórica de la clase, lleva a la conclusión de que el Estado de la revolución es otra cosa que el proletariado armado, que el proletariado y el Estado no son idénticos.
Veamos las principales razones que nos permiten afirmar esto.
1.- En el mismo período insurreccional, el período de la guerra civil revolucionaria, las perspectivas elaboradas por Marx, Engels y Lenin, pueden conservar cierto valor. En esta fase, la tarea principal de la clase obrera, de la dictadura del proletariado que se expresa en los Consejos Obreros, es precisamente una función "estatal": la eliminación violenta del enemigo de clase, la burguesía. Al comienzo de la insurrección, cuando la masa de los trabajadores toma las armas y el asalto revolucionario contra la burguesía está en su apogeo, los delegados de los Consejos Obreros funcionan sólo como instrumento de la voluntad de clase. Hay entonces poco o ningún conflicto entre las asambleas de base de los trabajadores y los cuerpos centrales que ellos eligen. Entonces es fácil identificar el proletariado armado y el Estado. Pero incluso en esta fase, es peligroso hacer una identificación así. Si la oleada revolucionaria encuentra serios obstáculos o entorpece la acción de los delegados obreros encargados de tratar con el mundo exterior, (ya sean los campesinos quienes proveen los alimentos o los Estados capitalistas dispuestos a intercambiar con el poder obrero)[4], será necesario recurrir a ciertos compromisos como pedir a los trabajadores que trabajen más o reducir su ración. Los delegados comenzarán entonces a aparecer como agentes externos a los trabajadores, como funcionarios del Estado en el sentido antiguo de la palabra, como elementos situados por encima de los trabajadores y contra ellos.
En esta etapa, los delegados de los trabajadores y los organismos centrales están a medio camino entre ser los negociadores entre los trabajadores y el capital mundial, y convertirse definitivamente en los agentes del capital mundial y en consecuencia de la contrarrevolución capitalista dentro del bastión proletario, como fue el caso con los bolcheviques en Rusia. El equilibrio entre los dos es inestable. Lo único que puede inclinar la balanza a favor de los trabajadores es una mayor extensión de la revolución mundial, ofreciendo un nuevo espacio a los trabajadores rodeados de capital y al sector socializado que han creado.
La instauración de medidas formales no es suficiente para evitar que se produzca esta degeneración, ya que es la consecuencia directa de las presiones del mercado mundial. Pero de todos modos es esencial que los trabajadores estén preparados para tal eventualidad, de modo que puedan hacer todo lo que esté a su alcance para combatirla. Por eso es importante que el proletariado no se identifique con el Estado, ni siquiera con el aparato que pone en marcha para mediar entre las clases no explotadoras y el bastión proletario, ni con los órganos centrales encargados de las relaciones con el exterior, o a cualquier otra institución, porque siempre existe la posibilidad de que una institución, aunque sea creada por la clase obrera, se integre al capital, mientras que la clase obrera misma no puede nunca ser integrada, nunca puede convertirse en contrarrevolucionaria .
Identificar al proletariado con el Estado, como hicieron los bolcheviques, conduce en un momento de reflujo, a la situación desastrosa en la que el Estado, como "encarnación" de la clase obrera, puede hacer cualquier cosa para mantener su poder, mientras que la clase obrera como un todo permanece indefenso. Así fue como Trotsky declaró que los trabajadores no tenían derecho a la huelga contra "su" propio Estado, y que la masacre del levantamiento de Kronstadt podía estar justificada ya que cualquier rebelión contra el "Estado obrero" sólo podía ser contrarrevolucionaria. Es cierto que estos hechos no se debieron únicamente a la identificación de la clase obrera con el Estado, sino también al retroceso material de la revolución mundial. Sin embargo, esta mistificación ideológica sirvió para desarmar a los trabajadores ante la degeneración de la revolución. En el futuro, la autonomía y la iniciativa de la clase obrera frente a los órganos centrales deberán ser aseguradas y reforzadas con medidas positivas, tales como la renuncia a todos los métodos violentos dentro del proletariado, otorgando el derecho de huelga a los trabajadores, a las asambleas de base la posesión de sus propios medios de comunicación y propaganda (prensa, etc.), y sobre todo la posesión de armas por parte de los trabajadores, en las fábricas y en los barrios, para que puedan resistir cualquier incursión de la burocracia, si es necesario.
No invocamos estas medidas de precaución por falta de confianza en la capacidad del proletariado para extender la lucha y socializar la producción, únicas garantías contra la degeneración, sino porque el proletariado debe estar preparado para cualquier eventualidad y no exponerse a las decepciones de falsas promesas como "todo estará bien". La revolución tendrá pocas posibilidades de resistir los obstáculos si el proletariado no está preparado para enfrentarlos.
2.- Contrariamente a ciertas predicciones de Marx, la revolución socialista no ocurrirá en un mundo donde la gran mayoría de la población sea proletaria. Si este fuera el caso, quizás uno podría imaginar que el Estado desaparecería casi inmediatamente después de la destrucción de la burguesía. Pero una de las principales consecuencias de la decadencia del capitalismo es que no ha podido integrar directamente a la mayoría de la humanidad en las relaciones sociales capitalistas, aunque la haya sometido enteramente a las leyes tiránicas del capital.
El proletariado es sólo una minoría de la población a escala mundial. El problema que plantea este hecho a la revolución proletaria no puede desaparecer por la magia de las invocaciones de los situacionistas u otros “modernistas”, que incluyen en el proletariado a todos aquellos que se sienten “alienados”, o sin control sobre sus vidas. Hay razones materiales que hacen del proletariado la única clase comunista: su naturaleza de asociados a nivel mundial, su lugar en el centro de la producción capitalista, la conciencia histórica que le viene de la lucha de clases. Es el hecho de que las demás capas o clases no tengan estas características lo que hace necesaria la dictadura del proletariado, y la afirmación que hace de sus fines comunistas, frente a todas las demás capas de la sociedad. En el proceso mismo de conquista del poder, el proletariado se encontrará confrontado con una enorme masa de estratos no proletarios, no burgueses, que pueden tener un papel que desempeñar en la lucha contra la burguesía, que posiblemente apoyen al proletariado, pero no puede, como clase, tener ningún interés en el comunismo.
Querer prescindir del período de transición, integrando inmediatamente a todos los demás estratos en el proletariado, es una idea que es una fantasía desesperada o un intento consciente de socavar la autonomía de la clase. La tarea es tan enorme que no se puede realizar en un día, ni siquiera dando un golpe. Y cualquier intento en esta dirección no terminaría en la disolución de las otras clases en el proletariado, sino en la disolución del proletariado en el "pueblo" místico del radicalismo burgués. Tales intentos diluirían la fuerza del proletariado haciendo imposible cualquier autonomía de acción. La primera condición de esta autonomía es que la integración se realice en términos proletarios, y esté sujeta a la extensión de la revolución mundial.
Asimismo, querer dar a estas capas una representación igualitaria en los Consejos Obreros, sin haberlas disuelto como capas, es decir, sin haberlas transformado en trabajadores, debilitaría definitivamente la autonomía de la clase obrera. A lo sumo, el proletariado puede permitir que estas capas o clases se sienten en órganos de poder paralelos, análogos a los Consejos Obreros.
Al mismo tiempo, la clase obrera no puede contentarse con actuar mediante la represión contra estas clases y privarlas de todos los medios de expresión. El ejemplo de Rusia, donde el proletariado se vio obligado durante todo el período del "comunismo de guerra" a una guerra civil contra el campesinado, atestigua elocuentemente la imposibilidad para el proletariado de imponer su voluntad al resto de la sociedad por la sola fuerza armada. Tal proyecto representaría un terrible derroche de vidas y energías revolucionarias, y seguramente contribuiría al fracaso de la revolución. La única guerra civil que no se puede evitar es la que se debe librar contra la burguesía. La violencia contra otras clases sólo debe utilizarse como último recurso. Además, el proletariado, en la producción y distribución comunista, tendrá que contar no sólo con sus propias necesidades sino con las de toda la sociedad, lo que significa que serán necesarias instituciones sociales adaptadas a la expresión de las necesidades de todos.
Entonces el proletariado tendrá que permitir que el resto de la población (excluyendo a la burguesía) se organice y forme organismos que puedan representar sus necesidades ante los Consejos Obreros. Sin embargo, la clase obrera no permitirá que estos otros estratos se organicen específicamente como clases con intereses económicos especiales. Así como estos otros estratos sólo son llevados al trabajo asociado como INDIVIDUOS, el proletariado sólo les puede permitir expresarse como individuos dentro de la sociedad civil. Esto implica que los órganos representativos a través de los cuales se expresan, a diferencia de los Consejos obreros, se basan en unidades territoriales y formas de organización. Es decir, por ejemplo, en el campo, las asambleas de las aldeas pueden enviar delegados a los consejos de distrito rurales y regionales; y en los pueblos, las asambleas de vecinos podían enviar representantes a los cabildos comunales. Es importante señalar que los obreros (como representantes de los barrios obreros) estarán presentes dentro de estos órganos, y que habrá que tomar medidas para llevar a cabo la dominación proletaria, incluso dentro de estos órganos. Por lo tanto, los consejos obreros deben insistir en que los delegados de la clase obrera tengan el voto preponderante, que los distritos obreros tengan sus propias unidades de milicia y que sean los delegados comunales de la clase obrera los que lleven a cabo la mayor parte del enlace y la discusión con los consejos obreros.
La existencia misma de estos órganos en contacto regular con los consejos obreros crea constantemente formas estatales en el sentido entendido por Engels más arriba, cualquiera que sea el nombre que se dé a tal aparato. Por esta razón, el Estado en el período de transición está vinculado a los Consejos Obreros y al conjunto del proletariado armado, pero no es idéntico a ellos. Porque, como dice Engels, el Estado no es sólo un instrumento de violencia y represión, (función que esperemos se reduzca al mínimo tras la derrota de la burguesía); es también un instrumento de mediación entre las clases, un instrumento para contener la lucha de clases dentro de los límites necesarios para la supervivencia de la sociedad. Esto no implica en absoluto que el Estado pueda ser "neutral" o "estar por encima de las clases" (aunque a menudo pueda parecerlo). Las mediaciones y negociaciones llevadas a cabo bajo el control del Estado siempre se hacen en interés de la clase dominante, siempre sirven para perpetuar su dominación. El Estado en el período de transición debe ser utilizado como un instrumento de la clase obrera.
El proletariado no comparte el poder con ninguna otra capa o clase. Deberá apropiarse del monopolio del poder político y militar, lo que significa concretamente que los trabajadores deberán tener el monopolio de las armas, el poder de decisión supremo sobre todas las propuestas de cualquier órgano negociador, un máximo de representación en todos los cuerpos estatales, etc. El proletariado deberá mantener una vigilancia constante hacia este Estado para que este instrumento, que surgió de la necesidad de impedir la ruptura de la sociedad de transición, quede en manos de la clase obrera y no se convierta en el representante de los intereses de otras clases, el instrumento de otras clases contra el proletariado. Mientras existan las clases, mientras haya intercambio y división del trabajo social, el Estado se mantiene. Pero también, como cualquier otro Estado, tiende, en palabras de Engels, a "auto conservarse", a convertirse en un poder por encima de la sociedad, y por tanto por encima del proletariado.
La única manera que tiene el proletariado de evitar que esto suceda es comprometerse en un proceso continuo de transformación social, poner en marcha cada vez más medidas tendientes a socavar las bases materiales de las otras clases, integrarlas en las relaciones de producción comunistas. Pero antes de que ya no haya una clase, el proletariado sólo puede dominar los órganos que han surgido durante el período de transición comprendiendo claramente su naturaleza y su función. Usamos el término "Estado" para caracterizar este aparato destinado a servir como mediador entre las clases en el período de transición, en un contexto de dominación política del proletariado. La palabra en sí es de poca importancia. Lo importante es no confundir este aparato con los Consejos Obreros, organismos autónomos cuya función y esencia no son compromisos y negociaciones, sino revolución social permanente.
3.- Esto nos lleva a nuestro último punto. La naturaleza misma del estado es ser una fuerza conservadora, un legado de milenios de sociedad de clases. Su función misma es preservar las relaciones sociales existentes, mantener el equilibrio de fuerzas entre las clases, en una palabra, el statu quo. Pero, como dijimos, el proletariado no puede apegarse a un statu quo. Todo lo que no sea un movimiento hacia el comunismo es un retorno al capitalismo. Abandonado a sí mismo, el Estado no se "desvanecerá" por sí mismo, sino que, por el contrario, tenderá a conservarse, incluso a reforzar su dominio sobre la vida social. El Estado sólo desaparece si el proletariado es capaz de llevar más allá la transformación social, hasta la integración de todas las clases en la comunidad humana. El establecimiento de esta comunidad socava los fundamentos sociales del Estado: "el antagonismo irreductible de clases", una enfermedad social cuyo único remedio es la abolición de las clases.
Sólo el proletariado contiene en sí mismo las bases de las relaciones sociales comunistas, sólo el proletariado es capaz de emprender la transformación comunista. El Estado puede, en el mejor de los casos, ayudar a preservar los logros de esta transformación (y en el peor, entorpecerla), pero no puede, como Estado, hacerse cargo de esta transformación. Es el movimiento social de todo el proletariado que, a través de su propia actividad creadora, aniquila la dominación del fetichismo de la mercancía y construye nuevas relaciones entre los seres humanos.
El movimiento obrero, desde Marx y Engels hasta Lenin e incluso las Izquierdas Comunistas, ha estado marcado por la confusión de que el control estatal de los medios de producción tiene algo que ver con el comunismo, que estatización = socialización. Como escribe Engels en el Anti-Dühring:
"El proletariado toma el poder estatal y transforma en primer lugar los medios de producción en propiedad del Estado. Pero al hacerlo pone fin a su existencia como proletariado, a cualquier diferencia o antagonismo de clase. También pone fin al Estado en tanto que Estado”.
Marx y Engels pudieron establecer tales perspectivas, a pesar de sus análisis contradictorios (y profundos) sobre la imposibilidad para el proletariado de utilizar el Estado en aras de la libertad, porque vivían en un período de ascenso del capitalismo. En efecto, en este período dominado por la anarquía del capitalismo "privado", las crisis de sobreproducción dentro de las fronteras nacionales, la organización de la producción por el Estado, incluso un Estado nacional, podría aparecer como un modo de organización económica sumamente superior. Los fundadores del socialismo científico nunca escaparon por completo a la idea de una transformación socialista que podría tener lugar dentro de una economía nacional, o de una nacionalización que podría ser un "puente" al socialismo o incluso un equivalente a la socialización misma. Estas ilusiones y confusiones impregnaron la socialdemocracia y las tendencias comunistas que rompieron con ella después de 1914, y sólo fueron expulsadas del movimiento comunista por la experiencia rusa, la crisis de sobreproducción global del capital, la tendencia general hacia el estado capitalista apto para la decadencia. Pero las confusiones que quedan sobre la nacionalización que tendría "algo socialista" siguen siendo una mistificación que pesa como un peso muerto sobre la clase obrera, y debe ser combatida con energía por los comunistas.
Hoy, los revolucionarios pueden decir que la propiedad estatal sigue siendo propiedad privada mientras los productores sean desposeídos, que la estatalización de los medios de producción no pone fin ni al proletariado, ni a los antagonismos de clase, ni al Estado, y que las perspectivas de Engels no se han verificado. Ni la nacionalización, ni la estatalización por parte de un Estado, incluso de un Estado mundial, en el período de transición será un paso hacia la propiedad social que, en cierto sentido, equivale a la abolición de la propia propiedad. Al expropiar a la burguesía, el proletariado no instituye ninguna propiedad privada, ni siquiera "proletaria". No existe una "economía proletaria" en la que los medios de producción sean propiedad privada de los trabajadores únicamente. El proletariado, al tomar el poder, socializa la producción: esto significa que los medios de producción y distribución tienden a convertirse en "propiedad" de toda la sociedad. El proletariado es "dueño" de esta propiedad en el período de transición, en interés de la comunidad humana cuyos fundamentos sienta. No es una propiedad propia, porque por definición el proletariado es una clase sin propiedades. El proceso de socialización de la sociedad se logra a condición de que el proletariado integre la sociedad consigo mismo, haciéndose uno con la comunidad humana comunista, una humanidad social que nacerá a la vida por primera vez. Una vez más, el proletariado utilizará el Estado para regular la realización de este proceso, pero el proceso en sí no sólo tiene lugar independientemente del Estado, sino que participa activamente en la desaparición del Estado.
Los comunistas no somos "partidarios" del Estado. Tampoco la tildamos de encarnación del mal, como hacen los anarquistas. Al analizar los orígenes históricos del Estado, no hacemos más que reconocer la inevitabilidad de las formas de Estado que surgen en el período de transición y, al reconocerlo, ayudamos a la clase a prepararse para su misión histórica. LA CONSTRUCCIÓN DE UNA SOCIEDAD SIN CLASES, Y ASÍ LIBERARSE PARA SIEMPRE DE LAS GARRAS DEL ESTADO.
WORLD REVOLUTION.
Este texto expresa la visión de World Revolution, en su conjunto, pero no es un programa terminado ni una "solución" a los problemas del período de transición; la discusión sobre el período de transición debe permanecer abierta entre los revolucionarios, dentro de un marco que delimite las fronteras de clase. Sólo puede ser resuelto concretamente por la actividad revolucionaria de toda la clase. De ello se deduce que dentro de este marco pueden existir diferentes concepciones y definiciones del Estado en una tendencia revolucionaria coherente.
Las fronteras de clase en la cuestión del Estado son los siguientes:
1.- La necesidad de destruir completamente el Estado burgués a escala mundial.
2.- La necesidad de la dictadura del proletariado:
3.- El proletariado es la única clase revolucionaria,
4.- La autonomía del proletariado es una condición necesaria para la revolución comunista,
5.- El proletariado no comparte el poder con ninguna otra clase. Tiene el monopolio del poder político y militar.
6.- El poder es ejercido por todo el proletariado, organizado en Consejos y no por el partido.
7.- Toda relación de fuerza, toda violencia al interior del campo proletario debe de ser rechazada. La clase en su conjunto debe tener derecho a la huelga, derecho a portar armas, a tener plena libertad de expresión, etc.
8.- La dictadura del proletariado debe hacer efectivo el contenido social de la revolución: abolición del trabajo asalariado, producción mercantil, clases y construcción de la comunidad humana mundial.
[1] No hay que olvidar, sin embargo, el carácter burocrático y estatista de la mayor parte de la llamada colectivización llevada a cabo bajo los auspicios de la CNT anarquista, y la hostilidad de ésta hacia cualquier movimiento independiente por parte de la clase, como lo atestigua la colaboración de la CNT con la república cuando ésta llegó a pedir a los trabajadores por la fuerza de las armas la entrega de la Central Telefónica en 1937. De hecho, todos los intentos de los trabajadores de "gestionar" el capital terminan necesariamente en el despotismo normal de la producción capitalista sobre el conjunto de la sociedad y sobre cada fábrica. El llamado "capitalismo obrero" es imposible. Ver nuestro libro 1936: FRANCO Y LA REPUBLICA MASACRAN AL PROLETARIADO https://es.internationalism.org/cci/200602/539/espana-1936-franco-y-la-republica-masacran-al-proletariado [16]; El mito de las colectividades anarquistas https://es.internationalism.org/cci/200602/755/3el-mito-de-las-colectividades-anarquistas [17] y Correspondencia con «Nuevo Proyecto Histórico»: Sobre la autogestión https://es.internationalism.org/cci-online/200601/383/correspondencia-con-nuevo-proyecto-historico-sobre-la-autogestion [18]
[2] Esto no significa que los trabajadores revolucionarios tendrán que tolerar a capataces o a regímenes despóticos dentro de la fábrica. A lo largo del proceso revolucionario, los comités de fábrica elegidos y responsables ante la asamblea general de fábrica estarán a cargo del funcionamiento cotidiano de la fábrica. Además, los planes generales de producción a que se referirán los comités de fábrica, serán decididos por los consejos obreros integrados por delegados y por tanto por la clase obrera en su conjunto
[3] Ver nuestra Serie ¿Qué son los Consejos Obreros? https://es.internationalism.org/revista-internacional/201002/2769/que-son-los-consejos-obreros-i [19] ; https://es.internationalism.org/revista-internacional/201005/2865/que-son-los-consejos-obreros-2-parte-de-febrero-a-julio-de-1917-re [20] ; https://es.internationalism.org/revista-internacional/201008/2910/que-son-los-consejos-obreros-iii-la-revolucion-de-1917-de-julio-a- [21] ; https://es.internationalism.org/revista-internacional/201012/3004/que-son-los-consejos-obreros-iv-1917-21-los-soviets-tratan-de-ejer [22] y https://es.internationalism.org/revista-internacional/201104/3086/que-son-los-consejos-obreros-v-los-soviets-ante-la-cuestion-del-es [23]
[4] No nos oponemos por principio a ningún comercio o compromiso entre el proletariado y otras clases no explotadoras durante la guerra civil, ni siquiera entre bastiones proletarios y sectores de la burguesía mundial, si es necesario. Pero debemos aclarar los siguientes puntos:
1) El proletariado debe saber distinguir entre los compromisos impuestos por una situación difícil, y aquellos que son una capitulación abierta perteneciente a la traición de clase. Debe ser consciente del peligro de cualquier compromiso y tomar medidas para contrarrestarlo. Cualquier intento de establecer o institucionalizar un intercambio permanente con la burguesía es una ruptura de los límites de clase, una traición a la guerra civil. Véase por ejemplo el tratado de Rapallo que firmaron los bolcheviques en 1922
2) En las zonas controladas por los Consejos Obreros, surge un Estado que tiene la tarea de servir de intermediario entre el proletariado y las demás clases explotadoras (cf. todos los Congresos Rusos de Consejos de obreros, campesinos, soldados, después del 17 Véase también a continuación). Pero el proletariado no puede utilizar este Estado como mediador con su irreductible enemigo de clase: la burguesía. Cualquier negociación táctica con actores burgueses fuera del bastión proletario es tarea directa de los consejos obreros únicamente, y debe ser estrictamente supervisada por la clase obrera en su conjunto y sus asambleas generales
Enlaces
[1] https://es.internationalism.org/files/es/introduccion_rint_1.pdf
[2] https://es.internationalism.org/tag/vida-de-la-cci/congresos-de-la-cci
[3] https://es.internationalism.org/tag/desarrollo-de-la-conciencia-y-la-organizacion-proletaria/corriente-comunista-internacional
[4] https://es.internationalism.org/files/es/balancedeunaconferenciarint1_es.pdf
[5] https://es.internationalism.org/tag/corrientes-politicas-y-referencias/izquierda-comunista
[6] https://es.internationalism.org/tag/2/39/la-organizacion-revolucionaria
[7] https://es.internationalism.org/files/es/informe_sobre_la_cuestion_organizativa_de_nuestra_corriente_internacional.pdf
[8] https://es.internationalism.org/tag/21/516/cuestiones-de-organizacion
[9] https://es.internationalism.org/files/es/rint1situacion1975_es.pdf
[10] https://es.internationalism.org/tag/noticias-y-actualidad/lucha-de-clases
[11] https://es.internationalism.org/tag/noticias-y-actualidad/crisis-economica
[12] https://es.internationalism.org/tag/21/488/el-estado-en-el-periodo-de-transicion-del-capitalismo-al-comunismo
[13] https://es.internationalism.org/tag/2/38/la-dictadura-del-proletariado
[14] https://es.internationalism.org/tag/3/42/comunismo
[15] https://es.internationalism.org/files/es/la_revolucion_proletaria.pdf
[16] https://es.internationalism.org/cci/200602/539/espana-1936-franco-y-la-republica-masacran-al-proletariado
[17] https://es.internationalism.org/cci/200602/755/3el-mito-de-las-colectividades-anarquistas
[18] https://es.internationalism.org/cci-online/200601/383/correspondencia-con-nuevo-proyecto-historico-sobre-la-autogestion
[19] https://es.internationalism.org/revista-internacional/201002/2769/que-son-los-consejos-obreros-i
[20] https://es.internationalism.org/revista-internacional/201005/2865/que-son-los-consejos-obreros-2-parte-de-febrero-a-julio-de-1917-re
[21] https://es.internationalism.org/revista-internacional/201008/2910/que-son-los-consejos-obreros-iii-la-revolucion-de-1917-de-julio-a-
[22] https://es.internationalism.org/revista-internacional/201012/3004/que-son-los-consejos-obreros-iv-1917-21-los-soviets-tratan-de-ejer
[23] https://es.internationalism.org/revista-internacional/201104/3086/que-son-los-consejos-obreros-v-los-soviets-ante-la-cuestion-del-es