Milei en Argentina, Kast en Chile, Keiko Fujimori en Perú, Noboa en Ecuador, De la Espriella en Colombia, Bukele en El Salvador, Nasry Asfura en Honduras y, quizá mañana, Bolsonaro hijo en Brasil: el populismo se propaga como una epidemia en América Latina. Tras Europa, con el Brexit y el auge de N. Farage y su Reform UK en el Reino Unido, el Frente Nacional de Le Pen y Bardella en Francia, la AfD en Alemania o incluso Geert Wilders en los Países Bajos, y sobre todo tras Estados Unidos con los dos mandatos de Trump, ahora le toca el turno a América Latina de enfrentarse a una oleada populista que pone fin a la influencia ejercida desde principios del siglo XXI por la izquierda del capital. Este auge de fracciones agitadoras no puede explicarse únicamente desde la perspectiva de la división entre izquierda y derecha; es la expresión por excelencia del grado de putrefacción alcanzado por este sistema de explotación que no ofrece más perspectivas que más sufrimiento, barbarie y caos.
Es cierto que la dinámica de pudrimiento de las estructuras políticas y sociales, bajo la presión de la crisis del modo de producción capitalista, lleva ya varias décadas extendiéndose por la región. En países como México, Colombia, Ecuador o Venezuela, los cárteles ejercen un dominio territorial sobre ciertas regiones, principalmente allí donde se encuentran los puntos neurálgicos para sus actividades criminales, siempre, por supuesto, con la complicidad de las autoridades, ya que el propio Estado no duda en llevarse su parte de este lucrativo pastel1. Esta putrefacción de las estructuras estatales es irreversible bajo el capitalismo, particularmente en su período de descomposición, y las mafias de América Latina no son en absoluto una especificidad «cultural» de la región ni una simple «anomalía criminal». En todo el mundo, una corrupción increíble crece y prospera en el aparato político y los escándalos se multiplican en la mayoría de los países. La delincuencia, la inseguridad y la violencia urbana se disparan, y en ellas se ven cada vez más envueltos los niños que, cada vez más, se convierten también en víctimas de la prostitución. La droga se está convirtiendo hoy en día en un fenómeno de masas, que contribuye de manera decisiva a la corrupción de los Estados y las instituciones financieras: «Todas estas manifestaciones de la putrefacción social que hoy, a una escala sin precedentes en la historia, invaden todos los poros de la sociedad humana, solo pueden expresar una cosa: no sólo la dislocación de la sociedad burguesa, sino también la aniquilación de todo principio de vida colectiva en el seno de una sociedad que se ve privada del más mínimo proyecto, de la más mínima perspectiva, incluso a corto plazo, incluso la más ilusoria»2.
Desde hace ya algunos años, estas bandas también se entrometen en el proceso electoral recurriendo a la corrupción financiera, a las ventajas indebidas y a las amenazas. Las elecciones son ahora escenario de asesinatos de candidatos, de chantajes y de un uso partidista de las redes sociales, mientras que el Estado está infiltrado por estos grupos mafiosos. El auge del populismo en América Latina no hará más que exacerbar aún más las luchas entre fracciones y desestabilizar aún más las estructuras políticas de los distintos países: «(…) la ola populista obliga a un número cada vez mayor de Estados a enfrentarse a fracciones burguesas caracterizadas por la irracionalidad, la variabilidad y la imprevisibilidad. El populismo constituye, así, la expresión más caricaturesca de una sociedad cada vez más marcada por la descomposición del modo de producción capitalista»3.
La intensificación de los enfrentamientos entre fracciones burguesas
Desde el «socialismo bolivariano» en Venezuela y el «Movimiento al Socialismo» en Bolivia hasta las «políticas progresistas» de Petro en Colombia y de Lula en Brasil, la izquierda del capital ha dominado el panorama político latinoamericano durante dos décadas (2000-2020) y ha difundido la ilusión de una mejora de la situación social. El impacto de la crisis financiera internacional de 2008, agravado por la pandemia del COVID-19 y las guerras de Ucrania e Irán, que han sumido a la región en la peor recesión desde hace un siglo, ha acentuado la degradación de las condiciones de vida (el 32% de la población corre el riesgo de caer en la pobreza; hoy en día, el 25 % ya se encuentra en esa situación). La inestabilidad y la creciente inseguridad, así como el aumento de la corrupción -especialmente en las administraciones de izquierda- han alimentado la desilusión con respecto a los proyectos «democráticos progresistas» en la región, sin que por ello los partidos «tradicionales» de derecha se hayan beneficiado realmente de ello. El auge de los candidatos populistas en numerosos países del subcontinente pone de manifiesto que el rechazo a los «partidos tradicionales» o a las «élites en el poder» es fruto de un sentimiento de exasperación, de descontento de ciertas fracciones de la burguesía y la pequeña burguesía ante la impotencia del aparato político tradicional de la burguesía para hacer frente a la crisis, pero esta reacción ruidosa y vandálica no podrá sino desembocar en la exacerbación de las luchas entre fracciones burguesas y, en consecuencia, en una mayor fragmentación del sistema político: «Esta efervescencia histórica se manifiesta, en particular, en una tendencia creciente a la indisciplina, a las divisiones, al “sálvese quien pueda” y, en fin, a la exacerbación de las luchas fraccionales en el seno del aparato político». Este terreno fértil ha proporcionado el caldo de cultivo ideal para el surgimiento de fracciones burguesas con una retórica cada vez más irracional, capaces de sacar partido de las ideas y los sentimientos más repugnantes, de bandas que destrozan las relaciones políticas, con el objetivo de impulsar sus propios intereses a toda costa, en detrimento de los intereses del capital nacional» (Cómo se organiza la burguesía, Revista Internacional 172, 2024).
Si bien el populismo latinoamericano reviste múltiples facetas, -desde el populismo libertario de Milei al populismo securitario de Bukele y su autocracia carcelaria, o incluso la xenofobia de Keiko Fujimori o de Kast, nostálgico de la era de Pinochet-, en sus diferentes expresiones, con mayor o menor relevancia, encontramos una serie de características destacadas de los movimientos populistas que existen en otros lugares:
• El desprecio hacia las «élites» políticas y sociales constituye un primer denominador común. Se ataca especialmente a las fracciones burguesas que han gestionado el Estado en las últimas décadas. Así, el populismo de Milei opone el «pueblo puro» a la élite gobernante, a la que ha popularizado con el término despectivo de «la casta». En Perú, Keiko Fujimori sigue una línea similar al oponer los supuestos «defensores del orden» y del pueblo a las élites intelectuales, a la izquierda radical y a las instituciones existentes.
• La exaltación de la figura emblemática del jefe, que se presenta a sí mismo como un líder providencial, teatralizando su ruptura con los códigos desgastados de la política burguesa tradicional, es otra dimensión del populismo latinoamericano: están, por ejemplo, Milei, el hombre de la motosierra, o Bukele en El Salvador, que se presenta como el «dictador más guay (genial) del mundo». Esta instrumentalización de la nostalgia por un «líder con mano dura», capaz de resolver las crisis liberándose sin escrúpulos de las trabas institucionales, también la explota Keiko Fujimori, que saca partido de forma oportunista del recuerdo de su padre Alberto Fujimori, el vencedor, según la propaganda del terrorismo de «Sendero Luminoso», o es explotada por Kast en Chile, cuando expresa su nostalgia por la era de Pinochet.
• El odio hacia un Estado acusado de «oprimir» la libertad de empresa sirve de justificación para una campaña masiva de desregulación económica y social. Según Milei, el Estado no es más que una organización criminal. Ante ello, esgrime la promesa engañosa de dolarizar la economía y «hacer estallar» el Banco Central para erradicar la inflación. Esta retórica delirante se traduce en una cura de austeridad brutal, o en la que se despoja al aparato gubernamental mediante medidas de privatización masivas y mediante la supresión de la mayoría de los ministerios sociales e incluso de algunos ministerios de competencia estatal, medidas que se presentan como una respuesta decisiva a la crisis. Además de la disolución de decenas de organismos gubernamentales e institutos públicos y del despido de decenas de miles de funcionarios para mantener un superávit presupuestario estricto, ha reducido a la mitad el número de ministerios (de 18 a 9). Este frenesí destructor del aparato del Estado no es un caso aislado: así, Bukele suprimió nada más llegar al poder cinco ministerios; en Ecuador, Noboa también redujo a la mitad el número de sus ministerios (de 20 a 10), mientras que, en Colombia, De la Espriella aboga por una reducción del 40 % del aparato del Estado.
• La búsqueda de chivos expiatorios ante la crisis, la descomposición social y la inseguridad, constituye un componente fundamental de la política populista. La burguesía achaca su propio fracaso a los sectores más vulnerables del proletariado, en particular a los migrantes venezolanos, cubanos o haitianos que huyen de la miseria absoluta de sus países de origen. En Chile, Kast, durante su campaña electoral, señaló directamente a los inmigrantes como responsables del desempleo, del deterioro de los servicios públicos y del empeoramiento general de las condiciones de vida, prometiendo la expulsión masiva de 330,000 personas. En Perú, Keiko Fujimori ha convertido esta equiparación y las promesas de expulsiones masivas, en el eje central de su propaganda. En Ecuador, Daniel Noboa criminaliza de hecho los flujos migratorios procedentes de Colombia y Venezuela, presentándolos como meros vectores de infiltración de las bandas transnacionales. En Colombia, De la Espriella se apoya en un nacionalismo xenófobo bajo el lema «Colombia para los colombianos», ordenando amplias operaciones policiales en Barranquilla y Medellín para localizar y deportar a las personas indocumentadas. Asociar mecánicamente la inmigración con la delincuencia urbana constituye una dimensión sistemática del discurso populista.
Aunque estas fracciones populistas forman parte, fundamentalmente de la burguesía y su enfoque se inscribe plenamente en el capitalismo, su retórica perturbadora, sus incesantes provocaciones y su política irracional hacen que la gestión del capital por parte del Estado y el control de su juego político sean aún más inestables: «La agitación en el seno de las fracciones más «racionales» de la burguesía ante la irrupción de estas organizaciones refleja una inquietud real. Aunque los populistas sean, fundamentalmente, «de los suyos» y su retórica xenófoba y retrógrada constituya, en realidad, un concentrado nauseabundo de la ideología burguesa (individualismo, nacionalismo, dominación mediante la violencia…), el acceso de los partidos populistas -y de sus dirigentes, totalmente irracionales e incompetentes- a la cabeza de los Estados no puede sino complicar aún más la gestión de los intereses de cada capital nacional y agravar el caos que ya se extiende a escala planetaria»4.
Los procónsules del neomonroeísmo
Pero lo que une por encima de todo a estos líderes populistas es el hecho de ser secuaces de Washington y, más concretamente, del populismo trumpista y de su movimiento MAGA. De hecho, Milei, Noboa y De la Espriella mantienen una cercanía personal con Trump y el movimiento que le rodea; además, los dos últimos también poseen la nacionalidad estadounidense.
América Latina se ha considerado durante mucho tiempo el patio trasero de Estados Unidos, pero el auge de China a través del desarrollo de las «nuevas rutas de la seda» (Iniciativa de la Franja y la Ruta) ha abierto un nuevo escenario para la región, que ha logrado seducir a importantes fracciones de la burguesía de algunos países, en particular Perú, Brasil, Chile y Argentina. Sin embargo, este desarrollo de las relaciones comerciales con China ha intensificado los enfrentamientos internos entre fracciones burguesas y, sobre todo, ha generado conflictos con la antigua potencia dominante, mientras que la lucha por el control del litio, las tierras raras y otros minerales se está convirtiendo en una depredación sin precedentes del medio ambiente natural. La región se encuentra, por tanto, dividida entre su «subordinación» a Estados Unidos y el interés pragmático de una asociación con China, un dilema al que no se había enfrentado anteriormente.
Ante esta situación, la administración Trump ha puesto en marcha una política de una brutalidad extrema: «Tras años de negligencia, Estados Unidos reafirmará y hará respetar la doctrina Monroe con el fin de restablecer la preeminencia estadounidense en el hemisferio occidental y proteger nuestro territorio nacional, así como nuestro acceso a zonas geográficas clave en toda la región. Impediremos que los competidores ajenos al hemisferio desplieguen fuerzas u otras capacidades amenazantes, así como que posean o controlen activos de importancia estratégica vital dentro de nuestro hemisferio. Este «corolario de Trump» a la doctrina Monroe constituye un restablecimiento, impregnado de sentido común y eficacia, de la potencia y de las prioridades estadounidenses, en coherencia con los intereses de seguridad de Estados Unidos. (Estrategia de Seguridad Nacional, noviembre de 2025).
La imposición del neomonroeísmo no puede ser más explícita: América Latina es un «coto privado» de Estados Unidos bajo el pretexto del hipócrita lema «América para los americanos». En consecuencia, Trump no duda en imponer a sus candidatos populistas en las elecciones de los distintos países:
• mediante apoyo técnico y financiero a las sombras de campañas de mercadeo político, a través de la segmentación de la audiencia, redes de bots (tareas automatizadas) con cientos de miles de cuentas, sondeos engañosos, encuestas clandestinas sobre la oposición, manipulaciones mediante inteligencia artificial, llevadas a cabo por redes opacas equipadas y respaldadas financieramente por el movimiento MAGA y la Administración Trump5;
• mediante amenazas y chantajes explícitos sobre el mantenimiento o la supresión de la ayuda estadounidense a los países y la concesión, en caso de victoria del «buen» candidato, de préstamos estadounidenses masivos, como ha ocurrido recientemente en Honduras o en Colombia para imponer la victoria del «buen» candidato Asfura o De la Espriella.
Asimismo, estos líderes populistas de América Latina, producto directo del «apoyo» de Trump, se apresuraron a unirse al «Shield of the Americas» (El Escudo de las Américas), una alianza fundada por la administración Trump en marzo de 2026. Los signatarios se comprometen a compartir información y a coordinar operaciones policiales y militares para desmantelar los cárteles de la droga y las bandas transnacionales. En realidad, se trata fundamentalmente de una herramienta de influencia geopolítica para reafirmar la hegemonía estadounidense (en la línea de la doctrina Monroe) y frenar la creciente influencia económica y política de China en la región.
Un campo minado para la clase trabajadora de la región
La irrupción de fracciones populistas al frente de numerosos Estados latinoamericanos conduce, por tanto, a una política de desmantelamiento del Estado y de denigración de las élites políticas, de vasallaje hacia Trump, a medidas de seguridad que implican expulsiones masivas y tensiones en las fronteras, y a un baño de sangre social. Pero lo que caracteriza aún más la llegada al poder de estas fracciones vandálicas son los escándalos de enriquecimiento ilícito y corrupción que las salpican desde los primeros meses de su mandato: Ya se trate del clan Milei, enredado en malversaciones de fondos públicos y tráficos especulativos; de la dinastía Noboa, vinculada a las redes del narcotráfico mundial; o de figuras sumamente polémicas como De la Espriella y Fujimori, formadas en la escuela del narcotráfico, el paramilitarismo, la financiación ilegal y el blanqueo de dinero; su sórdida codicia que no tiene nada que envidiar a la de las tan denostadas «élites», ilustra la podredumbre de un modo de producción sin perspectivas. Esto no hará, sino que los enfrentamientos entre fracciones burguesas en estos países sean aún más abyectos y violentos, y acelerará la caída en la descomposición.
La fragmentación de los aparatos políticos de la burguesía y la exacerbación de las luchas fraccionales en su seno no implican en modo alguno que se abra una oportunidad para el proletariado. Al contrario, el peligro sería que los trabajadores se dejaran arrastrar al terreno de sus explotadores al tomar partido por una u otra fracción de la burguesía. Por otra parte, la burguesía «liberal» y la izquierda del espectro político del Capital ya se disponen a instrumentalizar la irracionalidad, la brutalidad y la corrupción de los gobiernos populistas para intensificar las campañas en defensa de los «logros democráticos pisoteados por los populistas». Además, enarbolando la bandera de la tradición «antiyanqui», estas fracciones de izquierda pretenden desviar a la clase obrera hacia el terreno podrido del nacionalismo y del «antiimperialismo». Apoyar a un sector de la burguesía contra otro, o defender el Estado democrático capitalista con el pretexto de que sería un «mal menor», constituye un suicidio político para el proletariado.
Ante la agitación que sacude a la burguesía en los países latinoamericanos, la clase obrera debe librar la lucha en su propio terreno de clase, oponiéndose a los terribles ataques que lanzan los gobiernos -tanto populistas como «progresistas»- contra sus condiciones de vida y de trabajo. Para ello, debe inspirarse en el ejemplo de las luchas del proletariado de los países centrales, en particular de la clase obrera de Europa, los batallones más experimentados del proletariado mundial, donde se conserva la memoria de las batallas pasadas, así como las lecciones acumuladas a lo largo de los años.
Ante la crisis global de un modo de producción moribundo, los trabajadores de América Latina no constituyen una entidad aislada, sino un componente indisociable del ejército mundial de los explotados. La revolución proletaria será mundial o no será.
F - R (20.10.26)
1 Dos ejemplos: para frenar la criminalidad en El Salvador, el presidente Bukele celebró acuerdos secretos con las bandas (maras) que controlaban el país, y el negocio familiar del presidente populista de Ecuador, Noboa, “Noboa Trading”, está vinculado al tráfico de drogas hacia Europa.
2 Tesis. Descomposición: la fase final de la decadencia capitalista Revista Internacional 107
5 Véase 'La Derecha Diario' de Negre y Cerimedo. Fernando Cerimedo fue encarcelado recientemente en Bolivia; este personaje turbio era el 'operador de MAGA' en América Latina, un antiguo asesor de Milei, Noboa y De la Espriella, y recientemente había estado tomando las decisiones en Bolivia, lo que le llevó a cometer excesos (como el intento de asesinar a su exnovia), que es la causa de su situación actual.