1. Desde hace un mes y medio, el Estado ordena a sus «robocops» que nos golpeen con macanas, nos lancen gases lacrimógenos y nos disparen con el objetivo de que nos rindamos. Ojos reventados, manos arrancadas, mandíbulas destrozadas. Los medios de información, a las órdenes del Estado, no dejan de mostrar repetidamente los basureros en llamas y los escaparates destrozados para desacreditarnos. Los prefectos prohíben las manifestaciones. El Parlamento aprueba leyes que criminalizan las reuniones. Las comisarías mantienen a los detenidos en custodia, los tribunales los envían directamente a la cárcel. ¿Aún no es suficiente? Entonces, el Estado recurre a milicias de extrema derecha para agredir a los manifestantes con el beneplácito de los agentes antidisturbios.
Este terror no es en absoluto una particularidad francesa. En Italia, los días 17 y 18 de octubre, hubo varios cientos de heridos. El 24 de octubre, se desplegaron 500 soldados en Milán. En Alemania, se recurrió a la Bundeswehr (el ejército alemán) en el distrito de Mitte en Berlín. En Bélgica, se impuso el toque de queda y la prohibición de reunirse en grupos de más de tres personas en las calles de Lieja. Pero nada sirve: cuanto más nos golpean, más numerosos somos, más unidos y solidarios estamos.
2. ¡La represión es internacional porque nuestro movimiento es internacional!
En todo el mundo, especialmente entre la juventud obrera, crecen la misma ira, la misma combatividad y la misma reflexión. En Alemania, una movilización contra el regreso del servicio militar obligatorio y los colosales gastos militares, en detrimento de la salud, la educación y los servicios sociales. En Italia, consignas como «hagamos como en Francia» contra la militarización y la austeridad. En Grecia, la denuncia de la misma escasez en la educación, de los mismos problemas de vivienda. En Atenas, pancartas que expresan las mismas esperanzas: «El mundo es nuestro». En España y Portugal, asambleas masivas en las plazas contra la subida de los precios de la vivienda. En Austria, una protesta contra el costo de los estudios. Un nivel tal de combatividad y conciencia, a escala internacional, no tiene precedentes desde mayo del 68. El clima social mundial está cambiando.
3. La pregunta que se plantea hoy a la clase obrera es: ¿cómo extender el movimiento? Una cosa es segura: no podemos contar con los sindicatos. Desde el inicio del movimiento, el 17 de septiembre, están haciendo todo lo posible para que nada cambie en los lugares de trabajo. Hace más de un mes, habían programado esta jornada de acción del 5 de noviembre, tras las vacaciones escolares, con la esperanza de que para entonces el movimiento se hubiera agotado. Hoy, obligada por la magnitud de la lucha, la CGT (Confederación General de Trabajo) convoca una huelga general en los programas de televisión, pero no hace absolutamente nada en las empresas para movilizar a los trabajadores. En cuanto a este 5 de noviembre: una jornada de acción sindical consistente en un desfile de trabajadores unos detrás de los otros, separados y diferenciados bajo la pancarta de su empresa, de su sector, de su sindicato. Es lo contrario de la unidad. Entonces, ¿cómo actuar? Los alumnos de secundaria/bachillerato y otros estudiantes en lucha muestran el camino a toda la clase obrera, al ser capaces de organizar asambleas generales soberanas, auto organizadas y abiertas a todos (estudiantes de nivel medio y superior y trabajadores). Estas asambleas generales siguen siendo el verdadero pulmón del movimiento, el lugar donde se debaten colectivamente los objetivos y los medios de la lucha. Asambleas generales que funcionen con mandatos, capaces de definir consignas comunes y abiertas, como la de la «lucha contra la precariedad». Asambleas generales capaces de decidir las acciones que hay que llevar a cabo colectivamente para extender el movimiento a toda la clase obrera: proponiendo volantes, asambleas generales conjuntas, delegaciones para difundir el mensaje en las estaciones, para reunirse con los trabajadores, para acudir a los lugares donde se concentran e intentar convencerlos de que se sumen a la lucha.
4. Este movimiento internacional señala el rechazo de la clase obrera a ver cómo la humanidad se hunde cada vez más en la guerra y la miseria. «Capitalismo = Ningún futuro» se lee en algunas pancartas. Pero este movimiento es también la prueba práctica de que existe, en germen, una fuerza capaz de luchar por otra sociedad: la clase trabajadora. Estas asambleas generales rechazan la lógica de la ganancia, de la competencia, de la explotación, del militarismo. Saben evitar la trampa de la confrontación estéril con las fuerzas del orden
y de la violencia ciega. Y todas defienden la solidaridad entre sectores, entre generaciones, con los indocumentados, los que no tienen acceso a la universidad, los desempleados y los sin techo. En resumen: aunque todavía de forma embrionaria, estas asambleas generales revelan la posibilidad de otra sociedad mundial. Una sociedad en la que estas asambleas, relacionadas entre sí a escala internacional, se conviertan en espacios permanentes de debate y toma de decisiones. Vemos que es posible otra forma de organizarse socialmente. Evidentemente, se trata de un camino muy largo, de varias décadas de luchas, un camino que estará marcado por algunas victorias y numerosas derrotas. Pero la clase obrera mundial acaba de dar algunos pasos en esa dirección. Para burlarnos del señor Macron, (y los dirigentes de la burguesía de los demás países) podríamos decir: «¡Estamos en Marcha!»
¡El futuro pertenece a la lucha de clases!
¡Proletarios de todos los países, uníos!
Corriente Comunista Internacional
2 de noviembre de 2026