La crisis en torno al estrecho de Ormuz y sus consecuencias económicas mundiales revelan, una vez más, el callejón sin salida al que el capitalismo arrastra a toda la humanidad. La guerra que devasta Oriente Medio desde febrero de 2026 se inscribe en una dinámica de colapso acelerado del orden capitalista mundial[1], una dinámica en la que cada manifestación de la descomposición del sistema capitalista (guerras incontrolables, crisis medioambientales, populismo, etc.) repercute en los demás ámbitos, incluido el económico, que durante mucho tiempo pudo ser preservado de un modo u otro, gracias a respuestas relativamente coordinadas de la burguesía a nivel internacional (como la emisión masiva de dinero por parte de los bancos centrales tras la crisis de 2008) y a la existencia de sólidas instituciones económicas internacionales.
La expresión más palpable de esta infinita espiral hacia el abismo radica en la forma en que las burguesías de las grandes potencias, en sus intentos desesperados por salvarse individualmente, arrastran a toda la economía mundial hacia una crisis que incluso los propios expertos de la burguesía reconocen como sin precedentes.
Una crisis económica engendrada por un sistema en quiebra
Desde los orígenes del movimiento obrero, los límites del capitalismo se identificaron en la incapacidad del modo de producción capitalista para dar salida a toda su producción en su propio seno. La sobreproducción crónica de mercancías solo puede compensarse con la conquista de nuevos mercados que terminan integrándose en la esfera capitalista contribuyendo, así, a aumentar la cantidad de mercancías. Viene entonces el recurso al endeudamiento: primero como factor de aceleración de la expansión capitalista, aunque inevitablemente evoluciona hacia un entrampamiento generalizado de salidas «virtuales» a la sobreproducción que solo pueden financiarse con nuevos endeudamientos.
El nivel actual de sobreproducción y endeudamiento carece de precedentes y no deja de crecer. La globalización que, desde la década de 1980, representó una organización de la producción para apaciguar provisionalmente las tensiones derivadas de las veleidades proteccionistas inherentes al capitalismo en crisis, y para abrir nuevos mercados en particular en la zona asiática, también está alcanzando sus límites. El mercado interior chino, especialmente, se agota cada vez más, lo que empuja a China a exportar hacia otros mercados ya asfixiados por la sobreproducción.
En este contexto, y bajo la presión del «sálvese quien pueda» característico del capitalismo en descomposición, las grandes potencias tienden a retomar el proteccionismo y a iniciar la desorganización de las cadenas de producción globalizadas. El ejemplo más caricaturesco es, sin duda, la política de aranceles aduaneros de Trump, supuestamente destinada a proteger y hacer prosperar la economía estadounidense, especialmente su industria manufacturera. Pero Europa no se queda atrás con su política de «preferencia europea» para «hacer a las empresas chinas lo que China hace a las empresas europeas desde hace veinte años», por citar las palabras de la Comisión Europea recogidas en su ley de aceleración industrial[2]. Este impulso proteccionista no es el capricho de un dirigente aislado, sino una estrategia generalizada y desesperada; por ejemplo, de los europeos para intentar contrarrestar la estrategia igualmente desesperada de China por compensar la atonía de su mercado interno.
Sin embargo, todas estas políticas no hacen más que agravar la sobreproducción mundial al fragmentarla y concebir las respuestas únicamente desde las fronteras nacionales, lo que empuja a guerras comerciales abiertas en todos los frentes que, a su vez, alimentan las tensiones y el militarismo que generan una multiplicación de conflictos bélicos sin salida. Conducen igualmente al desmantelamiento de los últimos instrumentos de regulación de la economía mundial: la Organización Mundial del Comercio, el Fondo Monetario Internacional, los acuerdos comerciales multilaterales, los mecanismos de coordinación de los bancos centrales... Todo esto se va erosionando progresivamente abriendo la puerta a un «sálvese quien pueda» descontrolado y a una ausencia de gestión coordinada de la crisis, que aboca, por ejemplo, a que los bancos centrales de todo el mundo se enfrenten a una «combinación difícil de circunstancias»[3] que los obliga a buscar alternativas entre dos opciones ineficaces: subir los tipos de interés[4] para contener la inflación o bajarlos para apoyar el crecimiento. En un mundo capitalista en decadencia, estas herramientas de gestión de crisis se han vuelto, en el mejor de los casos, ineficaces y, en el peor, contraproducentes.
El proteccionismo defendido por Trump es, por tanto, cualquier cosa menos una solución a la crisis. Genera, por el contrario, una incertidumbre nunca antes vista. Como señala la revista World Economics Journal: «la incertidumbre provocada por las tasas aduaneras especialmente problemática tanto para los inversores como para las empresas. Así, los efectos indirectos parecen ser mucho más graves que los efectos directos. Al hecho de que las guerras comerciales aumentan la incertidumbre, debe sumarse el deterioro de las relaciones entre Estados Unidos y los demás países, y al daño a la reputación de Estados Unidos como socio económico. Tampoco resuelven totalmente los problemas que el presidente Trump pretendía solucionar, a saber, el pleno empleo y una mayor actividad manufacturera»[5].
Cualquier intento aislado de un Estado capitalista por resolver la crisis con sus propios medios no hace más que profundizar la crisis a escala mundial. Esta es la ley fundamental de este periodo. La política de Trump (aranceles, restricciones migratorias, desmantelamiento de los presupuestos de investigación y salud) no es una política de recuperación económica. Es una política suicida: mina las bases mismas de la reproducción capitalista estadounidense, notablemente a través de la explosión del desempleo, en aras de una supervivencia a corto plazo que solo pospone y amplifica el desenlace de la catástrofe.
Sin embargo, no toda la burguesía adopta la política del avestruz ante esta situación, ni ve únicamente aspectos positivos a una floreciente economía propia acantonada tras un muro que le separase de un mundo en quiebra. Un economista como Richard Bookstaber, exfuncionario del Tesoro estadounidense y que predijo la crisis de las hipotecas “subprime” en 2008, es escuchado y citado por la prensa de todo el mundo cuando augura una crisis probablemente aún más grave[6]. Su lógica es clara: hoy en día cuando la interconexión de las economías es máxima - al contrario de lo que sugieren las políticas proteccionistas – y cuando los flujos financieros se sustentan en una infraestructura física frágil, los riesgos geopolíticos extremos la hacen aún más vulnerable. Los centros de datos, que son vehículos indispensables de la finanzas mundiales, dependen de recursos físicos muy disputados (agua, redes eléctricas, tierras raras, cadenas de suministro). También le preocupa el auge del crédito privado: desde la crisis de 2008, el crédito está en manos de entidades no bancarias, como los fondos de inversión, cuya fragilidad reside en «la opacidad de la valoración de sus activos y su concentración en un número reducido de prestatarios, especialmente los gigantes tecnológicos»[7].
La guerra en Oriente Medio asesta el golpe de gracia
Este era ya el panorama alarmante que se perfilaba antes de que el primer misil cayera sobre Irán. Como formuló el New York Times: «La guerra que se extiende en Irán ha propinado un golpe impactante a una economía mundial que ya había sido castigada por el colapso del orden comercial internacional, la guerra en Ucrania y la caótica formulación de políticas del presidente Trump»[8]. La decisión de Trump de atacar a Irán (un país que puede controlar el acceso al estrecho de Ormuz, por donde transita aproximadamente el 15% del suministro mundial de petróleo) no responde a ninguna lógica económica racional, ni siquiera desde el punto de vista de los intereses a largo plazo del capitalismo estadounidense.
Sin embargo, el cierre del estrecho de Ormuz por parte de Irán tiene consecuencias que van mucho más allá del mercado petrolero. La desorganización de las cadenas de suministro mundiales, ya debilitadas por la pandemia de 2020, la guerra en Ucrania y la ofensiva proteccionista estadounidense, entra en una nueva fase de aun mayor perturbación. El desajuste es global y muy concreto: desde el inicio de la guerra, en Kansas, los compradores de viviendas vieron cómo los tipos hipotecarios a treinta años superaban el 6%; en el oeste de la India, familias en duelo descubrían que los crematorios de gas habían cerrado; en Hanói, las gasolineras se quedaban sin combustible; en Kenia, los productores de té temían que sus exportaciones hacia Irán se pudrieran en los muelles[9]. Es todo un sistema arrastrado hacia lo desconocido lo que convierte a esta guerra en un acontecimiento histórico.
Un acontecimiento histórico también porque sus efectos perdurarán mucho más allá del propio conflicto. En primer lugar, la desorganización del transporte marítimo y aéreo: la inseguridad en las rutas de navegación del golfo Pérsico y sus alrededores, la congestión de los puertos, especialmente en China, la imposibilidad de desplegar a corto plazo infraestructuras terrestres alternativas y la imposibilidad de que las nuevas rutas árticas - en el punto de mira de las potencias del hemisferio norte – sean una opción de forma inmediata.
Y también los riesgos para la agricultura mundial dada la interrupción de los suministros de fertilizantes. Qatar, cuya principal instalación de exportación de gas natural licuado fue cerrada tras un ataque con drones, es también un productor clave de materias primas para la industria de fertilizantes. El aumento del coste de los fertilizantes (ya perceptible desde la invasión de Ucrania en 2022) se traslada directamente a los costes de producción agrícola a nivel mundial, amenazando la seguridad alimentaria de los países más pobres. Es más, la producción agrícola se verá directamente afectada con el riesgo que supone a medio y largo plazo para la seguridad alimentaria en todo el planeta.
Por último, cabe destacar la desaceleración, e incluso el bloqueo, de las inversiones en numerosos sectores debido a la imprevisibilidad inédita de una política estadounidense cuyos objetivos cambian de un día para otro. La incertidumbre estructural generada por la política de Trump, primero con los aranceles y luego con la guerra —con un dirigente estadounidense capaz de retroceder parcialmente ante la presión de los mercados o recurrir a la mentira más descarada antes de embarcarse en nuevas políticas igual de inciertas—, destruye los fundamentos mismos de la confianza de los inversores.
La dependencia de la economía capitalista de los recursos energéticos es una constante desde la aparición de la electricidad en la producción. El carbón y luego el petróleo dominaron durante mucho tiempo la producción de electricidad. Aunque hoy lo sean en menor medida, el petróleo y el gas siguen siendo indispensables para el transporte, un aspecto central en la economía globalizada, por lo que la dependencia de los hidrocarburos representa más una fragilidad que en una oportunidad de negocio. Al cerrar el estrecho de Ormuz, Irán, siguiendo una lógica puramente suicida de «si yo caigo, que caigan todos conmigo», ha tomado conciencia de que posee un arma de represalia fundamental contra la economía mundial. Y tal amenaza pesará a largo plazo, si no es para siempre. Como señala The Economist: «incluso cuando la guerra termine, el mundo habrá cambiado. El nuevo líder supremo iraní, Mojtaba Khamenei, sabe ahora que los precios de la energía son el punto débil de Estados Unidos. En Ucrania, que ha probado sistemas de defensa contra drones, circulan aparatos de tipo iraní. No se prevé que las tropas estadounidenses ocupen Irán para poner fin a estos lanzamientos. Estados Unidos no tiene la capacidad de defender todos los petroleros, ni aunque les proporcione un seguro barato. Las perturbaciones en los mercados energéticos se repetirán al ritmo de las tensiones geopolíticas, sobre todo si Irán concluye que necesita un arma nuclear para garantizar su seguridad».[10]
La profunda caída de la producción de hidrocarburos comporta, además. el riesgo de una crisis bursátil debido a su importancia en el desarrollo de la Inteligencia Artificial: «el helio necesario para la producción de semiconductores proviene de la región afectada por la guerra, y muchas fábricas asiáticas funcionan gracias a la energía procedente de hidrocarburos importados. Además, las condiciones del transporte marítimo en Asia se tensan cada día más, especialmente en Singapur, que es el mayor puerto de reabastecimiento del mundo, pero también productor del 10% de los chips mundiales y del 20% de los equipos de fabricación. [...] Elementos todos ellos capaces de pinchar de golpe la burbuja de la que se han beneficiado empresas como OpenAI y Nvidia al otro lado del Atlántico, y de desencadenar un crac bursátil» [11].
La crisis económica acelera la destrucción del medio ambiente
A todo esto hay que añadir la aceleración de los desastres ecológicos, en particular en la región afectada por el conflicto. En tres semanas de guerra, el Observatorio de Conflictos y Medio Ambiente registró más de 300 incidentes con riesgos medioambientales. Los más impactantes fueron provocados por los bombardeos en las instalaciones de hidrocarburos en Irán, que sumieron a la capital, Teherán, en la oscuridad y en una nube de partículas finas y tóxicas (una ciudad ya muy afectada por la contaminación del aire), al tiempo que contaminaron los sistemas de agua potable y los acuíferos del país de forma duradera. Así lo reporta el IRIS (Instituto de Relaciones Internacionales y Estratégicas) que precisa: «los conflictos armados pueden actuar como aceleradores de la degradación ambiental: incendios industriales, contaminación de suelos, contaminación marítima o daños a los recursos hídricos amplifican las presiones ecológicas ya existentes», convirtiendo a la guerra en «un factor de crisis ecológica en sí mismo»[12].
Más aún: uno de los recursos estratégicos del conflicto sigue siendo el agua, un bien escaso en la región, hasta el punto de que las crecientes necesidades de la industria, pero también del turismo en los países del golfo, deben cubrirse sobre todo produciendo agua desalinizada. Pero estas instalaciones han sido blanco de misiles iraníes y Estados Unidos continúa amenazando con arrasar por completo estas infraestructuras en Irán, con el riesgo que eso supone de que estas regiones queden inhabitables a largo plazo.
Y esto viene a sumarse al desastre medioambiental que el capitalismo ya ha infligido al planeta. La destrucción ecológica está inscrita en la lógica misma de un sistema que valoriza el capital sin consideración por el entorno, a pesar de que esta destrucción ambiental constituye una amenaza directa y duradera para la producción capitalista. La guerra en Oriente Medio es una nueva y aterradora ilustración de esta irracionalidad.
No caben dudas sobre la persistencia a largo plazo de los efectos de esta guerra en la economía capitalista. Como escribe The Economist: «Es difícil predecir cómo terminará esta crisis. Pero incluso si los países adoptan las políticas correctas, ya está claro que la guerra ha hecho que la economía mundial sea menos próspera, más volátil y más difícil de gobernar»[13].
La clase obrera, primera víctima de la crisis
La inmersión del capitalismo en una nueva e inédita crisis multifactorial obligará a la burguesía a buscar soluciones a costa de la fuerza de trabajo. Es la clase obrera la que ya paga las consecuencias de la descomposición del capitalismo, y será ella la que pague aún más esta aceleración brutal de la decadencia del sistema, hasta que encuentre el camino hacia una confrontación decisiva con este sistema de explotación y miseria. El New York Times enumera: «el precio de la gasolina en el surtidor se ve afectado. Pero también el precio de los alimentos, los medicamentos, los pasajes de avión, la electricidad, el aceite de cocina, los semiconductores y mucho más»[14].
Las promesas auguradas por la política del «America First» de Trump habían fracasado. Sin desarrollo de la industria manufacturera mediante el proteccionismo, y sin pleno empleo como resultado de su política migratoria, lo cierto es que la primera potencia mundial se enfrenta ahora a una crisis sin precedentes y a una explosión del desempleo. Las potencias europeas y asiáticas tampoco se salvan: se prevé que el crecimiento en Europa, como poco se desacelere y vaya acompañado de una nueva subida de la inflación. En China, cuyo crecimiento depende fundamentalmente del superávit comercial, la ralentización del transporte y la escasez de hidrocarburos pesarán sobre un crecimiento que ya experimenta una fuerte desaceleración, con efectos inevitables en el empleo y el poder adquisitivo.
A esto se sumará sobre todo (y ya está en marcha) el fortalecimiento de la economía de guerra que, desde 2022, representa el esfuerzo central de las grandes potencias. Los presupuestos militares, que ya registran fuertes aumentos, absorben cada vez más recursos financieros.
La clase obrera va a sufrir ataques cada vez más frecuentes y severos en sus condiciones de vida y de trabajo, con una inflación que devorará los salarios y una aceleración de los ritmos de producción para hacer frente al «esfuerzo nacional de guerra». Esto constituye innegablemente el terreno de cultivo para unas condiciones objetivas encaminadas al desarrollo de una respuesta de la clase obrera y de sus luchas.
Sin embargo, la burguesía es consciente de ello y movilizará todos los medios a su alcance para obstaculizar el desarrollo de la conciencia de la clase obrera. Sabe que el estallido de la guerra provoca siempre un momento de conmoción y temor. Desde ya, el aumento de los precios de la gasolina y el esperado en el gas tienden a generar reflejos de repliegue individualista. El desempleo masivo, que ya está presente en Estados Unidos y amenaza cada vez más a Europa, tiene asimismo efectos nocivos sobre la necesaria unidad del proletariado. Finalmente, la crisis no afecta solo a la clase obrera, sino a toda la sociedad, con posibles reacciones en forma de disturbios o revueltas interclasistas, como las que vivió Francia con la crisis de los Chalecos Amarillos a finales de 2018, un movimiento motivado también por el alza del precio de los carburantes e iniciado por la pequeña burguesía y pequeños empresarios del sector del transporte por carretera.
Pero aunque la crisis afecte a toda la sociedad, es la clase obrera la que se ve más atacada, ya que se encuentra en el núcleo de la producción capitalista. Será a ella a la que más se le exija el esfuerzo de guerra, la que perderá sus empleos a una escala mucho mayor ante la ralentización de la economía, la que verá su poder adquisitivo diluirse frente a la inflación y la que más sufrirá la escasez de medicamentos, la crisis alimentaria, el coste insoportable de la calefacción, etc.
GD, abril de 2026.
[1] Véase en particular nuestro Informe sobre la crisis económica en la Revista Internacional 174 (2025). En francés
[2] Les Echos, 4 de marzo de 2026.
[3] The New York Times, 12 de marzo de 2026.
[4] El precio al que los bancos compran divisas a los bancos centrales.
[5] The World Economics Journal, abril-mayo de 2026.
[6] The New York Times, 16 de marzo de 2026.
[7] Le Monde,, 20 de marzo de 2026.
[8] The New York Times, 16 de marzo de 2026.
[9] Ibid.
[10] The Economist, 14 de marzo de 2026.
[11] Challenges, 2 de abril de 2026.
[12] La guerre en Iran : un conflit aux conséquences environnementales et sanitaires durables (La guerra en Irán: un conflicto con consecuencias ambientales y sanitarias duraderas).
[13] The Economist, 14 de marzo de 2026.
[14] The New York Times, 12 de marzo de 2026.