Revista Internacional nº 23 octubre - diciembre 1980
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Presentado en el 4º Congreso de Revolución Internacional, sección de la C.C.I. en Francia, el informe que publicamos aquí intenta identificar los primeros pasos del proletariado en la reanudación internacional de las luchas obreras.
Este informe está concebido en tres partes:
La razón por la que este informe fue concebido de esta manera fue que sentimos que permitía un enfoque global y dinámico de la lucha de clases y los problemas que plantea.
El desarrollo de las luchas obreras en Polonia parece confirmar este método de análisis y el contenido del informe. En efecto:
Antes de dejar que el lector juzgue por sí mismo, hay que precisar que este informe se ha dado sobre todo la tarea de poner de relieve el aspecto dinámico y positivo de la reanudación actual, sin intentar analizar la forma en que la burguesía intenta oponerse a ella (sobre todo con la actitud opositora de la izquierda).
La evolución de la lucha de clases, en sus formas y en su contenido, es siempre la expresión de los cambios y la evolución de las condiciones en las que se desarrolla. Cada acontecimiento que enfrenta al mundo del trabajo con el capital puede revelar, según la situación, tal o cual aspecto prometedor de un movimiento subterráneo que está madurando o, por el contrario, las últimas sacudidas de un movimiento que se está agotando. Por lo tanto, no se puede tratar la lucha de clases y su evolución sin considerar las condiciones que la preceden.
Por estas razones, es necesario examinar, en una primera parte, la evolución de las condiciones sociales generales en relación con la lucha de clases antes de considerar, en una segunda parte, los aspectos destacados de su evolución, su dinámica en los dos últimos años y las perspectivas que abre.
Debemos considerar los determinantes sociales de la situación actual desde sus diferentes ángulos: económico, político y de la sociedad en su conjunto.
La acentuación y generalización de la crisis económica está desarrollando las condiciones para la lucha de clases hoy. La tendencia a la igualación en el descenso y el estancamiento que caracteriza el destino de las naciones burguesas en el período de decadencia se exacerba en este período de crisis aguda. A diferencia de diez años atrás, todos los países están afectados por la crisis y los "modelos de desarrollo" alemán, japonés, estadounidense para los países desarrollados, coreano, iraní, brasileño para los países subdesarrollados, han sido equiparados al rango de los otros.
Dentro de cada economía nacional, también hay cada vez menos sectores industriales que ejerzan de locomotora para el conjunto. Las esperanzas que la burguesía podía poner en el desarrollo de unos en detrimento de otros, demasiado anacrónicas y poco rentables, se están derrumbando. Todos los sectores de la producción tienden a verse afectados.
Todos los trabajadores también. El fantasma de los despidos y el desempleo, la caída del nivel de vida, la perspectiva de un empeoramiento de las condiciones de vida cada vez más intolerable ya no es prerrogativa de ciertos sectores. Las dificultades de algunos se están convirtiendo en las dificultades de todos. Esta tendencia a la unificación, por la crisis, de las condiciones de existencia del proletariado desarrolla las condiciones para la generalización de sus luchas.
La profundización y generalización de la crisis económica constituye un aspecto fundamental de las condiciones necesarias para la generalización de las luchas en el período actual.
Pero otro aspecto de esta realidad, no menos fundamental para el desarrollo de estas condiciones, radica en el hecho de que la crisis económica se presenta hoy en día sin perspectiva, sin otra salida que la guerra, a la conciencia de las diferentes clases.
El lenguaje de "reestructuración", de "participación", de "autogestión" que la burguesía ha mantenido durante diez años ha dado paso a un lenguaje de austeridad. Ya no hablamos del "final del túnel". El final del túnel para la burguesía hoy es la guerra, y ella lo dice.
Así que nos tiene un "lenguaje de la verdad". Pero la verdad burguesa no siempre es buena para contarla, especialmente a los explotados.
Que la burguesía indica abiertamente que su sistema está en bancarrota, que no tiene nada más que proponer que la carnicería imperialista, contribuye a crear las condiciones para que el proletariado encuentre el camino de su alternativa histórica al sistema capitalista, a nivel político.
Todas las perspectivas ilusorias planteadas en los últimos diez años, y que la propia burguesía creía que eran soluciones, tienden a desvanecerse.
Así, la catastrófica situación económica del capitalismo, la conciencia que las diferentes clases tienen de él y las reacciones que determina en la clase obrera se encuentran y traducen en el plano político, no solo en cuanto a la lucha entre las diferentes fracciones de la burguesía (crisis política), sino sobre todo por la ausencia de una alternativa histórica a la lucha de clases.
El desgaste de la "izquierda gobernante", que había dominado la perspectiva social en los años anteriores, es un factor determinante de esta falta de alternativa. Por eso hemos asistido a la reorientación de la izquierda en la oposición, en los principales países europeos, frente y contra el desarrollo de la lucha de clases.
Sin embargo, en el plano político, la izquierda no puede presentar hoy en día su propia perspectiva. Su función consiste sobre todo en minimizar los riesgos de la situación. Frente al lenguaje de la "verdad" de los gobiernos en el poder, intenta “esconder las cartas”. Dice que esta verdad –la perspectiva de la guerra– es una mentira, pero tiene pocas mentiras que ofrecer como verdad. Por lo tanto, no es tanto en el campo de la perspectiva política donde la izquierda cumplirá actualmente su función anti -obrera, sino directamente en el campo de la lucha de clases.
Esencial y fundamentalmente, esta ausencia de alternativa política está hoy en el centro de la crisis política de la burguesía; desde este punto de vista, la posición de la izquierda en la oposición refleja una posición y una situación de debilidad para sí misma y para toda la burguesía.
En el plano social, el desarrollo de las condiciones en las que se desarrolla la lucha de clases se expresa y se funda en la posición del Estado en y con respecto a la sociedad. Tanto más cuanto que el Estado tiende, en el período de decadencia, a gobernar toda la vida social y a establecer su dominio sobre todas sus expresiones.
Si examinamos rápidamente la situación actual del Estado, podemos ver, en los efectos de la crisis y la respuesta de la burguesía para hacerle frente –con los diversos planes económicos de los últimos años–, que estos han tenido gravísimas consecuencias en el estado de sus finanzas, cuyos déficits alcanzan proporciones cada vez mayores y son, además, una de las principales fuentes de la inflación. Solo se ha aumentado el presupuesto del ejército y de la policía; para el resto –lo que la burguesía llama "presupuestos sociales"–, que en realidad forman parte de los salarios de los que es responsable el Estado, se han reducido fuertemente a la vez que han aumentado las cargas sociales.
En el mismo momento en que se ve obligado a ejercer la represión y desarrollar la militarización de la vida social, la sacudida económica del Estado debilita su poder ideológico y la apariencia "social" del Estado del Capitalismo de Estado tiende a desaparecer, dejando cada vez más a la vista su realidad como guardián del orden capitalista.
La posición en la que se encuentra el Estado hoy en día deja la puerta abierta a la expresión de las contradicciones que roen la sociedad, las que dividen las clases sociales y se expresan en la desobediencia al Estado, la revuelta y la lucha del proletariado.
Frente a este proceso, el Estado tiende a reforzar cada vez más su carácter represivo para evitar que salgan a la luz sus contradicciones. Por no hablar de los países subdesarrollados en los que la respuesta del Estado a estas contradicciones se refleja en masacres cada vez más frecuentes de las poblaciones, trabajadores, campesinos (masacre de trabajadores en la India, masacres en Irán, repetidos asesinatos en Turquía, Túnez, Ecuador, etc.), en los países desarrollados y hasta ahora con un rostro "democrático", el Estado se ve cada vez más obligado a proponer solo su "justicia" policial y de clase como respuesta a cualquier expresión social.
Las leyes elaboradas por todos los gobiernos de Europa en la actualidad, "antiterroristas" en Italia, "anti autónomas", "antidisturbios" en Francia, las prácticas judiciales de "delitos in fraganti", las muertes en enfrentamientos como en Córcega, Jussieu, Miami, los heridos en Bristol, Plogoff, los tanques blindados en las calles de Ámsterdam contra los "ocupas", esta es la respuesta de los Estados "democráticos" a las contradicciones de la sociedad.
En esta situación, también tienden a desaparecer las ilusiones que se habían mantenido sobre la posibilidad de cambio en el marco de las instituciones existentes y la "legalidad".
Pero el fortalecimiento de la represión estatal no es una expresión de la fuerza del Estado sino un fortalecimiento formal. En ausencia de perspectivas económicas y políticas, en ausencia de un alistamiento ideológico de la población detrás de los objetivos del Estado, la exacerbación de su represión expresa su debilidad.
Por otra parte, el fracaso del sistema no solo empeora las condiciones de vida de la clase obrera, sino que acelera el desarrollo de miles de desempleados excluidos de la vida económica, arroja al pavimento a miles de campesinos, empobrece a todos los estratos y clases sociales intermedias y determina una creciente revuelta de los estratos no explotadores contra el orden social existente. En los dos últimos años se ha producido un desarrollo acelerado de revueltas de poblaciones enteras (Irán, Nicaragua, El Salvador), movimientos campesinos, disturbios en los países desarrollados (Bristol, Miami, Plogoff) y revueltas estudiantiles (Jussieu en Francia, Corea, Sudáfrica).
El desarrollo del descontento social y la revuelta en la sociedad es una de las condiciones en las que se desarrolla la lucha de la clase obrera, una condición de la revolución proletaria. En efecto, los movimientos contra el orden social existente participan por una parte en el proceso de aislamiento del Estado y constituyen, por otra parte, el contexto social en el que el proletariado se desenvuelve y hacia el que se dirige como única fuerza capaz de presentar una alternativa.
No es solo contra la burguesía que el proletariado hace la revolución, sino que es frente al conjunto de la sociedad que puede abrir un nuevo camino y es frente a ella que desarrolla su conciencia.
Así pues, con el desarrollo de estos factores:
Pero dentro de las condiciones generales, el paso de la izquierda a la oposición responde a la necesidad de la burguesía de impedir que tal proceso tenga lugar. Incluso antes de que la reanudación de las luchas hubiera tomado una forma clara, la burguesía, armada con sus termómetros sindicales y sus "expertos laborales", comprendió la situación. En este sentido, y contrariamente al período anterior de luchas en el que el proletariado había sorprendido al mundo por su resurgimiento en la escena histórica, la burguesía conoce hoy el peligro de la lucha de clases y se ha preparado para ello.
Desde el punto de vista de la burguesía, el paso de la izquierda a la oposición no se corresponde con un plan maquiavélico y planificado de antemano. La influencia y la audiencia de los partidos de izquierda y sobre todo de los sindicatos se debilitan peligrosamente a lo largo de este período de lucha por el poder o de "responsabilidad" hacia los poderes establecidos (desindicalización, pérdida de influencia y “hemorragia” de afiliados son los signos reveladores de este debilitamiento), estos últimos se han visto obligados a adoptar otra posición para no perder lo que es la base de su realidad y su fuerza: el control de la clase obrera.
Aunque están haciendo de todo y seguirán en esta vía para "recuperar su prestigio" en la oposición tomando la "cabeza" en las luchas, también se están desgastando en la oposición porque la lucha de clases no es su verdadero terreno. Por eso dijimos más arriba que la posición de la oposición de la izquierda era una posición de debilidad; es el empuje de la lucha de clases lo que determina su actual posición de oposición y "radicalización verbal".
En nuestro trabajo dentro de la lucha del proletariado, y por lo tanto al enfrentar el problema de la izquierda en la oposición, debemos tener en cuenta este doble aspecto. Por un lado, obstaculiza el desarrollo de la lucha de clases, y, por otro lado, es una posición de debilidad debido al agotamiento del marco ideológico de la burguesía. En todo caso, la izquierda tendrá que vivir y trabajar para sabotear la lucha de clases con esta contradicción que se desarrollará necesariamente con la evolución de las luchas y que la desgastará de manera más radical que la carrera por el poder.
Después de haber examinado las condiciones objetivas de la lucha de clases en la actualidad, debemos tratar de evaluar el contenido de las luchas que hemos visto desarrollarse. Pero todavía es necesario recordar rápidamente las características generales de las luchas en el período de decadencia, las dinámicas que las animan y lo que la experiencia del proletariado nos ha enseñado.
1. A diferencia del siglo XIX, el proletariado ya no puede constituirse en fuerza frente a la sociedad sin cuestionar directamente a la propia sociedad. Mientras que en la época anterior el proletariado podía desarrollar sus luchas de manera limitada y hacer ceder el capital sin sacudir a toda la sociedad, el carácter obsoleto y decadente del capitalismo y la exacerbación de sus contradicciones en períodos de crisis aguda ya no pueden apoyar la constitución de una fuerza antagónica en su seno. Las luchas del proletariado solo pueden acentuar la crisis de la sociedad y plantear la cuestión de la sociedad misma.
Los objetivos del movimiento, de cuestionar las condiciones de la existencia, se extienden al cuestionamiento de esta misma existencia; las formas de lucha, de resistencia parcial y localizada de fracciones de la clase obrera, se extienden a la clase obrera en su conjunto. El desarrollo de la lucha requiere la participación masiva de la clase obrera.
2. A diferencia del movimiento obrero del siglo pasado, que, a pesar del carácter siempre clasista de la lucha de clases, pudo desarrollarse progresivamente en la sociedad, donde cada lucha de clases parcial reforzó la conciencia y la creciente unión de los trabajadores en sus organizaciones de masas, las luchas de hoy tienen un carácter explosivo, preparado e imprevisto.
A pesar de su carácter frontal y explosivo, el desarrollo de los movimientos de masas es un proceso y obedece a una lógica que constituye la dinámica de la lucha de clases, que se desarrolla a través de varios momentos de lucha, aunque no estén necesariamente vinculados entre sí de manera evidente.
Es completamente erróneo concebir la huelga de masas como un acto único, como una acción aislada. La huelga de masas es más bien la denominación, el concepto unificador de todo un período de años, quizás de decenios, de la lucha de clases.
Rosa Luxemburgo. Huelgas de Masas, Partido y Sindicatos[1]
Es en este marco, teniendo en cuenta las leyes generales y las características del movimiento revolucionario en la actualidad, podemos y debemos mirar los elementos que nos aporta la práctica de la clase en sus últimas luchas.
Hoy estamos en el comienzo de un proceso que llevará al desarrollo de huelgas de masas; un proceso en el que la clase encontrará la manera de constituir una fuerza que regenerará la sociedad liberándola de sus cadenas capitalistas.
Por eso, hemos de poner mucha atención para identificar, en este momento, en las luchas, los elementos dinámicos, portadores de posibilidades inmediatas, para participar con todas nuestras fuerzas y capacidades en la marcha histórica del proletariado hacia el futuro.
En el curso de estas últimas luchas, por embrionarias que sean, la actividad de la clase obrera ha planteado ya muchos problemas, muchos más de los que ha resuelto y no puede resolver en el futuro inmediato. Pero el hecho de que se hayan planteado en la práctica ya es un paso adelante en el movimiento. Se puede enumerar en bloque un cierto número de ellas que, si están todas vinculadas en y por el proceso de afirmación revolucionaria de la clase, aparecen todavía como elementos aislados, sin dar necesariamente una orientación clara en las luchas actuales:
En todas estas cuestiones, los trabajadores se han encontrado con las artimañas sindicales, en sus múltiples formas, de punta a punta, y con el espíritu sindicalista que todavía pesa sobre sus conciencias; han tenido que ir más allá de ellos, pasarlos por alto, enfrentarse a ellos, y muy a menudo se han dejado atrapar por ellos.
Si todos estos aspectos, estas preguntas, surgidas de la lucha, que encontrarán su respuesta en la lucha misma, no podemos contentarnos con generalidades esperando su resolución. Contrariamente a "Por una intervención comunista" que, en Longwy y Denain, pedían a la clase obrera inscribir la "abolición del trabajo asalariado" como su bandera; contrariamente al "Grupo Comunista Internacionalista" para el que la cuestión de la hora (¡y a cualquier hora!) en la cual las luchas deben consagrase en las luchas por la "confrontación"; a diferencia de "Fomento Obrero Revolucionario" que propugna la "insurrección", y a la "Communist Workers Organisation"[2] que "espera" que las masas rompan con los sindicatos (¿y se unan al partido?) para interesarse en ellos, debemos examinar concretamente las necesidades y posibilidades de la lucha actual, así como los peligros actuales que les esperan, si queremos participar activamente en su desarrollo. En la víspera del levantamiento, los problemas cruciales inmediatos no serán los mismos que hoy. Pero hoy, en el comienzo mismo de un proceso frágil, necesitamos observar cuidadosamente los diferentes aspectos de las luchas, por débiles y pequeños que sean, para entender en cada momento dónde está el proceso, cómo se está desarrollando, dónde está el futuro inmediato del movimiento, cuál es su potencial, y hacer nuestra contribución.
Nos limitaremos a estudiar algunos de los puntos entre los mencionados anteriormente, que nos parecen dominantes en la actualidad.
Una de las primeras cuestiones que plantea la lucha es la de su eficacia inmediata en relación con la burguesía y su Estado. Si tomamos el ejemplo de tres situaciones diferentes en las que sus trabajadores se encuentran en la producción, podemos ver que todos se enfrentan a este problema.
Además, en los movimientos que la clase obrera ha dirigido en los últimos meses, ha vuelto a experimentar la dificultad de imponer una presión económica que haga efectiva su lucha. Las reservas que dispone la burguesía, el alto tecnicismo del capital y su corolario, una fuerza de trabajo limitada, la organización mundial del capital, el control y la centralización económica por parte del Estado, en resumen el poder del capital en relación con el trabajo en el terreno económico, hacen que las huelgas en una fábrica, o incluso en una rama de la industria, tengan un efecto muy limitado.
Todo esto no es nuevo y es la expresión del Capitalismo de Estado y la militarización de la vida económica impuesta por la decadencia del sistema y reforzada por la crisis aguda actual. Pero lo que es "nuevo" en las luchas de los últimos meses es que la conciencia de esta situación ha sido el estímulo, la principal fuerza que ha empujado a los trabajadores a buscar otros caminos, a extender sus luchas.
En Gran Bretaña, los obreros pronto se dieron cuenta de que bloquear el tráfico de acero en los puertos, instalaciones de almacenamiento, etc., era prácticamente imposible de lograr y que había que encontrar otra manera para imponerse. Fue entonces cuando buscaron dirigir su movimiento hacia la búsqueda de la solidaridad activa de otros trabajadores.
En Francia, la lucha de los trabajadores de la industria siderúrgica se llevó a cabo contra los despidos. En este caso, más que en otros, la presión económica no podía tener ningún peso sobre la burguesía, y los obreros se dieron cuenta de ello desde el principio. En ningún momento se declararon en huelga, y fue en las calles donde emprendieron la lucha. Cuando la CGT, en Denain, propuso la ocupación de la fábrica, fue abucheada por los trabajadores.
En Rotterdam, el problema de la extensión del movimiento surgió al principio de la huelga. Los obreros hicieron varios intentos de extender el movimiento (llamando a los otros trabajadores portuarios a la huelga) y cuando, después de tres semanas de huelga, quisieron ir a buscar a los otros obreros al puerto, fue entonces cuando el Estado envió a la policía, expresando así claramente que ahí era donde estaba el peligro de esta lucha.
En estas luchas, la clase obrera comenzó a darse cuenta de la limitación objetiva del terreno categorial y estrictamente económico, terreno en el que la relación de fuerzas solo puede ser favorable a la burguesía. Si el proletariado apenas ha comenzado a vislumbrar la cuestión, la acentuación de la crisis económica y con ella, por un lado, el aumento de los despidos y, por otro, el esfuerzo rentabilización y militarización de los sectores clave de la economía, empujará cada vez más a la clase obrera a encontrar nuevos caminos y, atacando la fuerza del capital por todas partes, a transformarla en debilidad.
En la resolución que el CCI adoptó sobre los temas del desempleo y la lucha de clases, señalamos que "si los desempleados han perdido el terreno de la fábrica, han ganado el terreno de la calle al mismo tiempo". Las luchas del año pasado contra los despidos en la industria del acero confirmaron esta tesis.
Estas luchas nos han demostrado que la lucha contra los despidos en el "terreno de la calle" es un terreno muy propio para el desarrollo general de la lucha, su extensión y unificación, sobre todo porque el terreno de la calle va más allá de la fábrica y la corporación, que es el terreno privilegiado para el trabajo sindical.
Esta experiencia debe servir como guía e ilustración del lugar que la lucha de los desempleados puede ocupar mañana. En efecto, en una situación general de desarrollo de las luchas, la lucha de los desempleados, por estar de hecho libre de obstáculos corporativos y sectoriales y solo puede tener lugar en el "terreno de la calle", desempeñará necesariamente un papel importante en la extensión y unificación de la lucha de los trabajadores y será mucho más difícil de controlar y supervisar por los sindicatos.
Desde que hemos tenido nuestras discusiones sobre los temas del desempleo y la lucha de clases, el lento desarrollo de la crisis no nos ha dado la oportunidad de ver desarrollarse una lucha de desempleados, excepto en Irán. A pesar de la poca información a la que podríamos referirnos, todavía podemos argumentar que la cuestión del desempleo ha sido, en primer lugar, un tema central en la lucha de los trabajadores en Irán y, en segundo lugar, que ha sido una fuerza impulsora y unificadora.
Por todas estas razones, por lo tanto, en la actual situación de desarrollo extremadamente grave de la crisis y el consiguiente desempleo, no debemos disminuir nuestra atención a este asunto. Por el contrario, hay que prestar especial atención a su desarrollo, a las reacciones que provoca en la clase obrera y al modo en que la izquierda y los sindicatos intentan y tratarán de desactivar la bomba social que constituye.
Tan pronto como la clase obrera entra en lucha, en un sector u otro, surge la cuestión de la solidaridad, como una necesidad y exigencia.
En Francia, en los primeros ataques de los trabajadores de Longwy y Denain, contra los gobiernos locales –llamadas prefecturas–, las oficinas fiscales, los bancos, las cámaras patronales, y sobre todo en los primeros ataques a las comisarías en respuesta a los actos de represión de la policía, la solidaridad directa y espontánea de los otros obreros, los desempleados e incluso la población se realizó en la acción.
En Gran Bretaña, a pesar del estricto marco impuesto inicialmente por los sindicatos a la huelga y de las formas de lucha de los trabajadores del acero (piquetes para bloquear el tráfico de acero), los obreros expresaron su propia combatividad y orientación en sus intentos de dirigir la lucha hacia otros trabajadores, para buscar su solidaridad activa. Aunque los sindicatos consiguieron mantener el control de la expansión limitándola al marco corporativista que dominaban, fue bajo la presión de los trabajadores que buscaban su propio camino que lo hicieron, contra la oposición de las burocracias sindicales salientes, y esto es donde el peso y la fuerza del movimiento residió en Gran Bretaña, a pesar de todas las trampas cuidadosamente puestas por la burguesía.
En las dos luchas que tuvieron su propia organización, fuera de los sindicatos, en Rotterdam y en Sonacotra en Francia, se planteó constantemente el problema de la solidaridad. Desde el principio, como ya se ha mencionado, el comité de huelga de Rotterdam se preocupó por la extensión del movimiento y la solidaridad de otros trabajadores, que surgió, de forma embrionaria, en Ámsterdam. Durante toda la lucha de Sonacotra, la cuestión de la solidaridad de los trabajadores franceses estuvo en el centro de las preocupaciones del comité de coordinación. Los eslóganes dominantes de todas las manifestaciones de inmigrantes eran: "¡franceses, inmigrantes, mismos patrones, misma lucha!”; "Trabajadores franceses, inmigrantes: ¡solidaridad!".
Este esfuerzo de la clase obrera por buscar la solidaridad es una manifestación muy positiva de las luchas actuales y de los pasos que está empezando a dar para tomar conciencia de su naturaleza fundamentalmente unida por los mismos intereses.
Sin embargo, este esfuerzo, aún frágil, se enfrenta a muchos obstáculos. El primero es, por supuesto, el nivel general de la lucha de clases. Aunque la solidaridad es un acto voluntario y consciente, requiere, sin embargo, un desarrollo general de la combatividad y de las luchas obreras. Los trabajadores inmigrantes en Francia, por otra parte, han tenido la amarga experiencia de esto a lo largo del período de reflujo de la lucha de clases. Dicho esto, otro obstáculo para el desarrollo de la solidaridad obrera es una concepción confusa de la solidaridad, concepción que pesa tanto más en la conciencia del proletariado porque se refiere a la "solidaridad obrera" tal como se podía lograr en las luchas del siglo pasado.
Mientras que en el siglo XIX la solidaridad de la clase obrera podía expresarse en el apoyo material y financiero de las huelgas, a través de los fondos de huelga organizados por los sindicatos y que permitían a los trabajadores resistir hasta que los patrones cedían, hoy, como hemos visto anteriormente, la presión económica de la clase ya no puede ser ejercida en el marco de una fábrica o incluso de una rama de la industria. Hoy en día, muchos trabajadores han experimentado largas huelgas que, a pesar del apoyo material y la "popularización" organizada por los sindicatos, no solo no hicieron ceder a la burguesía, sino que condujeron a la desmoralización en el aislamiento.
Mientras que fundamentalmente, la búsqueda de la solidaridad de la clase obrera en lucha hoy en día se impone a través de la necesidad de romper el aislamiento, la burguesía trata de desviar esta orientación, cuando la lucha contiene demasiados peligros y potencialidades con respecto a su poder, utilizando la necesidad de solidaridad en su propio beneficio. Así, en Brasil, los trabajadores han pagado el precio del "apoyo" que les dieron la burguesía y los sacerdotes que, en nombre de ese apoyo, consiguieron encerrarlos en sus iglesias y desviar el movimiento a su propio terreno, el de la "democracia" (sindicalismo libre) y de la nación. De la misma manera, en Francia, pocas huelgas han tenido un "apoyo" tan masivo y "amplio" de todos los poderes establecidos, desde Chirac hasta la prensa, como la de los trabajadores de limpieza del metro: todos han puesto su dinero en nombre de la solidaridad, para llevar al aislamiento completo de los trabajadores.
La concepción burguesa de la solidaridad es la solidaridad de las clases, la unión de todos los ciudadanos detrás de una sola bandera, una "causa" en nombre de la cual se sacrifican por un momento los intereses particulares y divergentes. La solidaridad de la clase obrera es la solidaridad de clase: son sus intereses comunes los que los trabajadores logran en cualquier acción de solidaridad. Para la burguesía, la solidaridad es una noción moral; para la clase obrera, es su práctica.
Por las características de la lucha de clases en el período de la decadencia, la solidaridad de la clase obrera de hoy, la única forma en que puede expresarse, es a través de la solidaridad activa que significa, esencialmente, la participación de otros sectores en la lucha, la extensión de la lucha. La solidaridad es tanto un factor activo como un producto de la unificación de las luchas.
La cuestión sindical es la piedra de toque del futuro de la lucha de clases actual. Más que en la represión directa y brutal, es en la mistificación y desviación sindical donde residirá la ofensiva burguesa contra la clase obrera, paso previo a una represión posterior. Es en todos los frentes que la izquierda y los sindicatos atacarán la lucha de clases: aislamiento, desviación, provocación, etc.
La liberación de la camisa de fuerza sindical está lejos, por el momento, de expresarse de manera clara, sobre todo en los países donde tienen una larga tradición histórica, como Gran Bretaña. Si en Francia el movimiento de Longwy y Denain comenzó con excesos sindicales, si en Italia la CGIL, por todas sus acciones abiertamente anti -obreras, está particularmente desacreditada y los movimientos, como el de los trabajadores de los hospitales, tuvieron lugar directamente contra ella, el esclarecimiento de la cuestión sindical en la conciencia de los trabajadores requiere un mayor desarrollo de las luchas.
Es fundamentalmente correcto decir que la cuestión sindical es un asunto crucial, el brazo armado de la burguesía en las filas del proletariado, y mientras los sindicatos organicen las luchas y las mantengan en su seno, constituyen el obstáculo más poderoso para cualquier desarrollo ulterior.
Esta verdad general es indispensable reconocerla para poder contribuir verdaderamente al desarrollo de la lucha de clases y a la conciencia del proletariado, y en este sentido la resistencia de muchos grupos revolucionarios a reconocer esta cuestión es un obstáculo para el cumplimiento de su función.
Pero este reconocimiento general no es suficiente. Los trabajadores no responderán a la pregunta del sindicato siguiendo un razonamiento teórico, general, sino confrontándolo en la práctica. Y es en esta práctica donde debemos examinar cómo surge y cómo podemos contribuir a su verdadera aclaración. Repetir, como lo hacen el CWO, el FOR y el PIC, que los sindicatos son anti -obreros y que deben deshacerse de ellos, no arroja mucha luz sobre la forma concreta en que la clase obrera va a lograrlo. Siempre se puede magnificar el futuro y exorcizar los sindicatos en la imaginación, pero no explica el presente, y el camino del presente al futuro.
La presencia de los sindicatos en una lucha no significa que la lucha haya terminado. Contrariamente a lo que el FOR, el PIC o el CWO pueden pensar, detrás de la marcha sobre París convocada por la CGT, en los movimientos de huelga en Gran Bretaña y a pesar del control sindical sobre el movimiento, la clase obrera fue capaz de ejercer un verdadero empuje de clase y la lucha contenía potencialidades sin que aún rompiera con el marco sindical. Pero este impulso se expresa, de manera positiva, en otro lugar, y eso es lo que debemos ser capaces de reconocer.
La ruptura con el terreno sindical es una condición constante para un desarrollo real de la lucha, pero no es un "objetivo" de la misma. Su objetivo es su refuerzo que obedece a sus propias necesidades:
Y es precisamente cuando trata de responder a sus propias necesidades que la lucha puede realmente plantear la cuestión de la ruptura del sindicato.
En el centro de la dinámica de la lucha de clases, la cuestión de la extensión del movimiento a todos los estratos del proletariado más allá de las categorías y corporaciones, así como la cuestión de la autonomía y la autoorganización están indisolublemente ligadas.
Que una clase explotada, dominada económica e ideológicamente, intimidada y humillada diariamente, tome su lucha en sus manos, la organice y la dirija colectivamente constituye precisamente el primer acto revolucionario, pero esto es imposible sin la unidad de la clase más allá de las divisiones que el capitalismo determina.
Desde las primeras oleadas que anunciaron el período revolucionario de 1905, Rosa Luxemburgo expuso las características de masa de estos movimientos y llegó a la conclusión de que "no es la huelga de masas la que produce la revolución, sino la revolución la que produce la huelga de masas". Lenin, por otra parte, sacó la otra faceta de las enseñanzas de este período diciendo de los Consejos Obreros, que surgieron de estos movimientos, eran "la forma definitiva de la dictadura del proletariado".
Basándonos en la experiencia pasada, debemos plantear en las luchas actuales la unidad de estos dos aspectos que constituyen la autoorganización y la extensión de las luchas. En la medida en que los sindicatos pueden y serán cada vez menos capaces de oponerse abiertamente a las luchas de los trabajadores en todos sus aspectos, y aún menos capaces de mantener la iniciativa y la cabeza de cualquier lucha que surja repentinamente, uno de los aspectos esenciales de su trabajo de sabotaje será atacar y obstaculizar a la clase obrera en los aspectos más débiles de los movimientos. Así, en un caso, hará todo lo posible para impedir la extensión y la unificación de las luchas; en otro, impedir la autoorganización, el poder soberano de las asambleas generales, y esto porque solo la unidad de estos dos aspectos de la lucha permitirá a la clase obrera echar profundas raíces en el terreno de su práctica revolucionaria.
En este trabajo de sabotaje, el "sindicalismo de base" será el arma de los sindicatos en las luchas por venir. Y esta arma es tanto más perniciosa ya que parece adaptarse, en todo momento, a las necesidades del movimiento, responder a sus iniciativas y, en definitiva, expresar el propio movimiento. Su flexibilidad, su capacidad de adaptación, puede hacer que adopte nuevas formas que no esperábamos y en las que no se incluirá la palabra "sindicato".
El peligro del sindicalismo no solo reside en la forma sindical, sino también en su espíritu. El espíritu sindical pesa en la conciencia de los trabajadores, tanto como un peso del pasado como una mistificación del presente. Por lo tanto, debemos estar particularmente atentos a este peligro y detectar cómo se expresa en formas que parecen ser obreras. Las conferencias de los trabajadores portuarios extra -sindicales o los intentos del comité de huelga de Rotterdam de pedir solidaridad financiera nos han mostrado cómo el espíritu, las concepciones sindicales pueden pesar en las expresiones vivas de las luchas actuales.
El "vacío social" dejado por el fin de la perspectiva electoral y la "izquierda en el poder", ante el profundo descontento de la clase obrera, exacerbado por la aplicación de los planes de austeridad, explica en gran medida que de todas las luchas que hemos visto desplegar, en los dos últimos años, las de Longwy y Denain son las que más han avanzado y las que mejor han planteado los problemas de la lucha.
La radicalidad de estas luchas fue a la vez producto del fin de la perspectiva electoral y, como reacción, aceleró el paso de la izquierda y los sindicatos a la oposición.
Desde entonces y en diferentes países, hemos tomado conciencia del freno y del peso que la izquierda y los sindicatos en la oposición representan para el desarrollo de la lucha (y también para nuestra intervención).
Pero la situación actual, que la izquierda y los sindicatos parecen controlar bien, no debe llevarnos, a pesar de las dificultades que los trabajadores encuentran en sus luchas, a asimilar el período actual al período de regresión de los años pasados. Estamos en una fase en la que, después de haber vuelto al camino de la lucha, la clase obrera está de alguna manera digiriendo y experimentando la izquierda en la oposición.
La lucha de clases se ha reanudado a escala mundial; desde Irán hasta los Estados Unidos, desde Brasil hasta Corea, desde Suecia hasta la India, desde España hasta Turquía, las luchas del proletariado se han multiplicado en los últimos dos años.
En los países subdesarrollados, con la terrible profundización de la crisis, el reclutamiento de la "Liberación Nacional" tiende a disminuir. Tan pronto como Rhodesia (Zimbabwe) obtuvo su "independencia" y "autodeterminación de los negros", se produjeron huelgas para aumentar los salarios. A los ojos de toda América Latina, el mito del "hombre nuevo de Cuba" acaba de sufrir un último golpe mortal con el éxodo de la población. Las ilusiones sobre la Liberación Nacional que hicieron el apogeo de los izquierdistas y movilizaron la revuelta de la juventud de los años 60 en los países avanzados a los gritos de "Castro, Ho Chi Min y Che Guevara" han terminado.
En los países subdesarrollados se han desarrollado movimientos que contienen la ruptura con la ideología nacionalista de la guerra. En Irán, el enorme movimiento que llevó a la caída del Sha, en el que el proletariado ocupó un lugar decisivo, no se embarcó detrás de la bandera nacionalista de Jomeini y Bani Sadr. Las manifestaciones en las que las consignas decían: "Guardianes de la Revolución de Savak" son una expresión muy clara de esto. En Corea, este cerco interimperialista entre los dos bloques, los movimientos de los estudiantes y sobre todo de los trabajadores dan la espalda al "interés nacional" que quieren imponerles.
La no inscripción del proletariado detrás del proyecto de la nación y la guerra se expresa en zonas donde la guerra no se ha detenido en 30 años.
En ese contexto mundial, y ante la ausencia de fracciones de la burguesía de los países desarrollados que movilicen a la población y obtengan un consenso nacional, el bombo de los gobiernos sobre la Tercera Guerra Mundial puede convertirse en su contrario.
En efecto, la burguesía en el pasado no movilizó al proletariado para la guerra simplemente anunciando la guerra. Por el contrario, la socialdemocracia antes de la Primera Guerra Mundial la desarmó detrás de las banderas del pacifismo. Antes de la Segunda Guerra Mundial, el consenso nacional se construyó en torno al antifascismo, y la clase obrera no era consciente de que la Guerra de Etiopía y luego la Guerra de España eran momentos preparatorios para la Guerra Mundial.
Hoy, la burguesía, que no tiene nada más que proponer, busca presentar la guerra como un hecho ineludible, inscrito en la historia de la humanidad, con la esperanza de hacerla aceptar acostumbrando a la gente a la idea. Todo el mundo sabe que Afganistán es un paso hacia una tercera guerra mundial.
El nivel y el desarrollo de la lucha de clases se expresa en las propias luchas, y también en los grupos que surgen y manifiestan el esfuerzo de la conciencia de clase.
Hoy, la recuperación sigue siendo lenta y difícil. Contrariamente a la primera ola de luchas de hace diez años, que reavivó la idea de la revolución en la sociedad, esta perspectiva sigue siendo hoy, subyacente y no se expresa tan abiertamente como lo fue en su momento, cuando surgieron multitud de grupos que defendían una orientación revolucionaria. Pero el movimiento revolucionario de la época estaba fuertemente marcado por las inferencias pequeñoburguesas de la revuelta estudiantil, que se expresaba en todas las variantes de activismo, de obrerismo, de modernismo, que hemos conocido y que tenían en común una concepción fácil de la revolución.
Tales influencias e ilusiones tienen cada vez menos espacio hoy en día en el emergente movimiento proletario. La reflexión que comienza a tener lugar en la clase obrera se expresa en parte en los grupos y círculos que han surgido en Italia y que se desarrollarán desde las profundidades de la propia clase obrera.
El proceso de desarrollo de un medio revolucionario será más lento y difícil que hace diez años, a imagen del movimiento mismo, pero también será más profundo y estará más arraigado en la práctica de la clase obrera. Por eso una de nuestras orientaciones esenciales es estar atentos y abiertos a sus primeras manifestaciones, sean cuales sean sus confusiones.
Junio, 1980.
[1]Rosa Luxemburgo, Huelga de Masas, Partido y Sindicato (Madrid: Fundación Federico Engels, 2003), 53, https://www.marxists.org/espanol/luxem/06Huelgademasaspartidoysindicatos... [2].
[2] De estos grupos el primero ya desapareció hace mucho tiempo; el segundo, el GCI, tomó rápidamente un carácter parásito. Ver ¿Para qué sirve el GCI? https://es.internationalism.org/revista-internacional/200602/516/para-que-sirve-el-grupo-comunista-internacionalista-gci [3] ;FOR, en cambio, así como la CWO, son grupos proletarios, el primero ya desaparecido y el segundo integrado en la TCI.
La Tercera Conferencia Internacional de grupos de la Izquierda Comunista quedó varada en un banco de arena, formalmente a causa de la cuestión del Partido. No cabe duda que esa explicación fue tan solo un pretexto. La verdad es que desde la Segunda Conferencia "Battaglia Comunista" y el "Communist Workers Organisation" estaban inquietos, y desde luego más preocupados por los intereses inmediatos de su grupo -lo que es característico de aquellos grupos contaminados por el sectarismo- que por la
La Tercera Conferencia Internacional de grupos de la Izquierda Comunista quedó varada en un banco de arena, formalmente a causa de la cuestión del Partido. No cabe duda que esa explicación fue tan solo un pretexto. La verdad es que desde la Segunda Conferencia "Battaglia Comunista" y el "Communist Workers Organisation" estaban inquietos, y desde luego más preocupados por los intereses inmediatos de su grupo -lo que es característico de aquellos grupos contaminados por el sectarismo- que por la importancia que pueden tener, en el actual período de auge de la lucha de la clase obrera, las Conferencias internacionales de grupos comunistas; haciendo incluso todo lo posible para hacerlas fracasar.
Puede que esta situación complazca a los bordiguistas del "P. C. Internacional" que han insistido siempre en que no se puede esperar nada bueno de las conferencias entre grupos comunistas, sobre todo cuando existe, desde 1943, el Partido Internacional Único; es decir, su pequeño grupo. En total acuerdo lógico con ellos mismos, los bordiguistas, consideran que son el único grupo comunista del mundo. Siempre "lógicos" con su postulado, según el cual el "Programa" de la revolución comunista quedó definido en 1848 por Marx y desde entonces no se le puede cambiar ni una coma y afirmando además que el partido es único (como Dios) y monolítico (como el partido de Stalin)[1], los bordiguistas rechazan toda discusión y exigen, pura y simplemente, la adhesión individual a su Partido por parte de todos aquellos que quieren militar por el comunismo.
"Battaglia Comunista" (B. C.) parece más abierto a la discusión. Pero es más apariencia que realidad. Para B. C. la discusión no es una confrontación de posiciones sino la exigencia de ser reconocido como el partido VERDADERO, como el único habilitado para hablar en nombre de la Izquierda Italiana. Battaglia, como "Programa Comunista", no comprende el proceso de reagrupamiento de los grupos comunistas, dispersos por la presión de 50 años de contrarrevolución; proceso que comienza con el auge de la lucha de clase del proletariado y se desarrolla sobre la base de un nuevo examen crítico de las posiciones que fueron enunciadas, durante la última ola revolucionaria y la experiencia ulterior, de modo que permitieran superar tanto la inmadurez como los errores de antaño, y precisar una coherencia teórico-política capaz de dar mayor cohesión y unidad a un futuro partido comunista internacional.
Este artículo no tiene como objetivo volver a hablar de las incomprensiones de los numerosos "herederos" de lo que fue la corriente Izquierda Comunista respecto al inevitable proceso del reagrupamiento de las fuerzas comunistas y del lugar que ocupan en éste las Conferencias internacionales. Ya hemos tratado ese tema en numerosos artículos de nuestra prensa y, en particular, en el último número de la Revista Internacional. Nos limitaremos aquí a una cuestión concreta, pero de gran importancia: la cuestión del partido: su función, el lugar que ocupa en el desarrollo de la lucha del proletariado contra la burguesía y el sistema capitalista,...
EL COSEJISMO Y EL PARTIDO:
DIVERGENCIAS REALES Y FALSAS DIVERGENCIAS
Para poder avanzar en la discusión sobre el partido, ante todo hay que saber y querer establecer correctamente el marco del debate. El método más improductivo de llevar a cabo un debate es recurrir a la deslealtad y borrar los marcos distintivos, definitorios, de lo que se denomina consejismo y de quiénes son los partidarios convencidos de la necesidad del partido. Agitando a tontas y a locas el espantajo del consejismo contra todos aquellos que no comparten la concepción bolchevique del partido -y sobre todo la caricatura exagerada que de él hacen los bordiguistas-, se mantiene y desarrolla la confusión, tanto sobre lo que es el Consejismo como sobre la misma noción de partido.
El movimiento consejista surge en los tormentosos años de la oleada revolucionaria que siguió a la Primera guerra mundial. Comparte con la Izquierda Comunista (excepto la de Italia) la idea fundamental de que el movimiento sindical, tal y como existe, no sólo ha dejado de ser una organización de defensa de la clase obrera, sino que la estructura misma de la organización sindical no se corresponde con las necesidades de la lucha del proletariado en el nuevo período histórico que se abre con la guerra y que plantea y pone al orden del día la revolución comunista. Las tareas que se imponen a la clase obrera en este nuevo periodo exigen un nuevo tipo de organización que no esté basado en criterios particulares, individuales, profesionales, corporativistas y estrictamente de defensa económica sino que sea realmente unitario, abierto a la actividad dinámica de toda la clase, que no separe la defensa de sus intereses económicos inmediatos de su meta histórica: emancipación de la clase obrera y destrucción del capitalismo. Tal organización no puede ser otra que los Consejos de fábrica, coordinados y centralizados.
Lo que separa a los Consejistas de la Izquierda Comunista es que los primeros no sólo niegan toda utilidad a la existencia de un partido político, sino que consideran la existencia de todo partido como nociva para la lucha de clases. Los consejistas preconizaban la disolución de los partidos dentro de la organización unitaria: Los Consejos. Este punto fue lo que les separó de la Izquierda Comunista y les condujo a romper con el KAPD.
En sí, el Consejismo representa una actualización del anarco-sindicalismo de antes de la guerra. Si el anarcosindicalismo era una reacción epidérmica contra el electoralismo y el oportunismo de la socialdemocracia, el Consejismo es una reacción contra las tendencias ultra-partidistas en la organización comunista; tendencias que comienzan identificando y confundiendo la dictadura del proletariado con la dictadura del partido y terminan sustituyendo, pura y simplemente, la una por la otra.
Los ultra-partidistas o neo-bolcheviques esquivan la crítica de sus concepciones ultra-leninistas insistiendo firmemente en que la corriente Consejista proviene de una escisión de la Izquierda Comunista -en Alemania en particular-. Esta apreciación, que según ellos mancha para siempre la Izquierda Comunista (excepto la de Italia) con el pecado original del consejismo, es su principal argumento.
Este argumento tiene tanto valor como el que pueda tener reprochar a la Izquierda revolucionaria haber militado en las filas de la Segunda Internacional antes de la guerra; y no es menos estúpido que acusar a los bolcheviques de haber "engendrado" al estalinismo.
La Izquierda Comunista no es, por más que piensen y digan los ultra-partidistas, el seno materno del consejismo; porque de lo que se alimenta el consejismo es de concepciones erróneas, de la imagen que dan, ciertos revolucionarios, del partido y de la relación de éste con la Clase. Las aberraciones de unos alimentan y refuerzan las aberraciones de los otros y viceversa.
Cuando los bordiguistas nos acusan de consejismo, para justificar su causa, recurren a la polémica fácil y no responden coherentemente a la crítica que nosotros hacemos de sus aberraciones. En vez de hacer el esfuerzo de responder con argumentos les es, claro está, más fácil recurrir al método de "Si quieres matar a tu perro, di que tiene la rabia". Tal método, que consiste en inventar cualquier cosa y atribuírsela al adversario, puede ser eficaz momentáneamente pero resulta completamente ineficaz y negativo a largo plazo. No hace más que enredar la discusión, en vez de clarificarla y aclarar las posiciones de unos y otros.
Cuando Battaglia Communista, por ejemplo, critica al consejismo en una Conferencia de grupos comunistas, parece que haya que despachar la cuestión diciendo: ¡No pasa nada, los compañeros le están buscando los tres pies al gato! Pero cuando B. C. atribuye a la CCI lo de "consejista" para justificar su sabotaje de la Conferencia, se pregunta uno ¿qué se debe pensar de un grupo como B. C. a quién le costó diez años darse cuenta de que discutía con un grupo... consejista -y eso después de haber organizado durante cuatro años Conferencias Internacionales con él? Pues, en su poca perspicacia organizativa y en su escaso olfato político. Con el cuento del "consejismo de la CCI", B. C. en vez de convencer no hace más que desacreditarse a sí misma como grupo político serio y responsable.
No tenemos la intención de exculparnos aquí de la acusación de consejismo. Eso le toca demostrarlo a nuestros contradictores. Basta con conocer un poco la prensa de los grupos de la CCI, y en particular su Plataforma política, para saber que hemos rechazado y combatido siempre las aberraciones del consejismo.
¿No es cómico oír el mismo reproche por parte de CWO (Communist Workers Organisation) -con quien mantuvimos largos meses de discusión para convencerles de que su análisis de la Revolución rusa como revolución burguesa y del Partido bolchevique como partido burgués eran falsas; y a quien hubo que tirar de las orejas para sacarles del pantano modernista de Solidarity? Tras su permanencia en el ultra-anti-partidismo, la CWO se convierte ahora al ultra-partidismo y combate contra las concepciones de la CCI referentes al partido.
Dejemos a un lado todas esas tonterías sobre el consejismo de la CCI[2] y veamos las divergencias reales que nos separan en lo referente a la manera de concebir el Partido.
LA NATURALEZA DEL PARTIDO
Bastante les costó a muchos grupos deshacerse claramente de la tesis de Kautsky, adoptada y defendida por Lenin en "¿Qué hacer?". La tesis afirma que la lucha de clase del proletariado y la conciencia socialista emanan de dos premisas absolutamente diferentes. Según esa tesis: la clase obrera no puede elaborar más que una conciencia "trade unionista", es decir, limitada a la lucha por sus reivindicaciones económicas inmediatas en marco del capitalismo; la conciencia socialista del proletariado, la de la emancipación histórica de la clase, no puede ser obra sino de intelectuales que se interesan por los problemas sociales. De ahí resultaría, por deducción lógica formal, que el partido es la organización de esos intelectuales radicales que se dan como tarea: "APORTAR ESA CONCIENCIA A LA CLASE OBRERA". Tenemos así: no solamente un ser separado de su conciencia, un cuerpo separado de su espíritu; sino también un espíritu sin cuerpo, realizado en sí mismo. En fin, un galimatías. Una visión idealista del mundo proveniente de los neohegelianos, que Marx y Engels atacaron implacablemente en sendas obras: "La Sagrada Familia" y "La Ideología Alemana".
Con el Trotski del "Informe de la Delegación Siberiana"[3], con Rosa Luxemburgo y tantos otros revolucionarios, la CCI rechaza categóricamente esa teoría que no tiene nada que ver con el marxismo; en realidad lo contradice. El mismo Lenin reconoció públicamente diez años después que sobre ese punto había exagerado demasiado y se había dejado llevar por la polémica en contra del economicismo. Todas las contorsiones del PCInt (Programa) y todas las piruetas "dialécticas" del PCInt (B. C.) para justificar la teoría de Kautsky (y afirmar su "fidelidad" a Lenin) les conduce solamente a enredarse cada vez más en afirmaciones totalmente contradictorias. Ningún anatema contra el espontaneísmo, ni los exorcismos contra el "consejismo" pueden salvarles de la obligación de pronunciarse de una vez por todas acerca de ese punto fundamental. No se trata de una controversia entre leninismo y consejismo sino entre marxismo y kautskismo[4].
Las implicaciones políticas a las que lleva esa teoría son mucho más graves que los aspectos filosóficos y metodológicos: convierte al proletariado en una simple categoría económica. Muy al contrario, Marx reconoce en éste a una clase histórica que lleva en sí la solución de todas las contradicciones en que está atrapada la humanidad, con toda la sucesión de sociedades divididas en clases en la que ha estado prisionera.
¡Y es precisamente a la clase que contiene en su naturaleza la emancipación de toda la humanidad, junto con la suya propia, a quién se le niega la capacidad de tomar conciencia, en la lucha de clases, de sí misma y de su misión en la historia! Sólo ven en el proletariado sus aspectos heterogéneos y no ven que es la clase más homogénea, la más "socializada", la más concentrada y más numerosa de la historia. Ignoran el hecho de que es la clase menos alienada por los intereses de propiedad privada y que su miseria es, más que la suya propia, la miseria acumulada por toda la humanidad. No comprenden que es la primera clase de la historia capaz de tener una conciencia verdaderamente global y no alienada. Y es desde esa ignorancia y esa incomprensión de la naturaleza de la clase obrera desde donde pretenden "inyectarle la conciencia", precisamente a la clase de la conciencia... Esa teoría no es otra cosa que el producto de mentes megalómanas, de la intelectualidad pequeño burguesa.
¿Y el partido? ¿Y el programa comunista? Al contrario que para Kautsky y para Lenin, mal que les pese o no les guste a los bordiguistas de todo tipo, el partido y el programa comunista no son para nosotros ninguna revelación misteriosa sino, muy simplemente, el producto de la existencia, de la vida y de la actividad de la clase; y compartimos, sin temor a parecer espontaneístas, la crítica de R. Luxemburgo, la cual contrapone a la fórmula de Lenin: "el partido al servicio del proletariado", la de "el partido de clase". En otras palabras, un organismo segregado por la clase para responder a sus necesidades. El partido no es un Mesías delegado por la Historia al proletariado para salvarlo, sino un órgano que la clase se da en su lucha histórica contra el orden capitalista.
La discusión no va de saber si el partido es o no un factor de la toma de conciencia. Ese debate sólo tiene razón de ser en el enfrentamiento con los anarquistas o los consejistas, pero no entre grupos que se reclaman de la Izquierda Comunista. Seamos claros: si B. C. insiste tanto en debatir a ese nivel, es únicamente para no dar respuesta al problema de la naturaleza del partido: de qué y de quién es producto. La repetición obstinada de B. C. sobre el "partido-factor" aparece como lo que es: una escapatoria para no reconocer que, ante todo, el partido es un producto de la clase y que su existencia, al igual que su evolución están determinadas por la existencia y la evolución de la clase obrera.
Los bordiguistas "ortodoxos" de Programma no necesitan recurrir a los sofismas (llamados "dialécticos") de Battaglia y proclaman abiertamente que la clase no existe más que por obra y gracia del Partido. Si se les hace caso: la existencia del partido determina la existencia de la clase. Según ellos, el partido existe desde el "Manifiesto Comunista": antes de esa fecha no había partido y por consiguiente no había proletariado. Podemos admitir que así sea, pero entonces ese partido tendría la milagrosa virtud de hacerse invisible puesto que, según ellos, no ha dejado de existir desde 1848. Si vemos la historia, hay que reconocer que los hechos no concuerdan con sus postulados. La "Liga de los Comunistas" existió... cuatro años; La Primera Internacional... diez años; la Segunda Internacional quince y la Tercera ocho años, y eso contando con generosidad. O sea, en total, 37 años de 132. ¿Qué le paso al Partido durante cerca de un siglo? Esta pregunta no molesta a nuestros bordiguistas que se han inventado una teoría: la del "Partido real"/"Partido formal". Según esa "teoría", el partido "formal" es el hábito exterior, material visible, que puede desaparecer; pero el partido "real", espíritu puro, sigue existiendo, no se sabe bien dónde, invisible.
Aventura semejante le habría ocurrido al propio partido bordiguista, el cual (contando generosamente también) habría desaparecido desde 1927 hasta 1945 (¡justo el tiempo en que Bordiga estuvo durmiendo!) ¡Y son esos disparates vergonzosos lo que nos presentan como si fuera la quintaesencia del marxismo restaurado! En cuanto al "programa acabado e invariante" y el "partido histórico real" están hoy encarnados en cuatro partidos (!) todos P. C. Int. y que se proclaman todos monolíticos; todos grandes y meritorios espadachines que combaten... ¡el consejismo! Es difícil, muy difícil discutir seriamente con partidos de ese estilo.
Los bordiguistas creen poder apoyar su concepción del partido en citas de Marx y Engels que extraen arbitrariamente de su contexto. Al hacerlo, cometen tremendos abusos contra el fondo y el espíritu que animan la obra de esos grandes pensadores y fundadores del socialismo científico[5].
Es lo que sucede con la tan traída y llevada frase del Manifiesto Comunista: "La organización del proletariado en clase y por lo tanto en partido político". Sin querer hacer una exégesis sobre la validez literaria de la traducción[6], basta con leer todo el capítulo de donde se entresaca esa frase para convencerse de que no tiene nada que ver con la interpretación que le dan los bordiguistas al transformar la locución "por lo tanto" en una condición previa para la existencia de la clase; cuando para Marx significa: un resultado del proceso de la lucha de la clase obrera.
Lo que preocupa a Marx y a Engels en El Manifiesto es la necesidad ineludible de que la clase obrera se organice, y no la organización del partido en particular. El manifiesto trata de manera muy vaga el problema de la organización de un partido preciso. Tanto es así que hasta llegan a proclamar que "los comunistas no forman un partido distinto, opuesto a los demás partidos obreros" y a terminar el Manifiesto no con el llamamiento a la formación de un partido comunista, sino con: "¡Proletarios de todos los países, uníos!".
Se pueden citar centenares de páginas en donde Marx y Engels enfocan la organización bajo el ángulo de la organización general de la clase a quien atribuyen no sólo la función de defensa de los intereses inmediatos, económicos, sino igualmente el cumplimiento de la finalidad histórica del proletariado: la destrucción del capitalismo y la instauración de una sociedad sin clases.
Citemos solamente el siguiente extracto de una carta de Marx a Bolte del 23 de Noviembre de 1871:
"El movimiento político de la clase obrera tiene como objetivo, desde luego, la conquista del poder político por la clase obrera, y para eso es necesario, naturalmente, una organización de la clase obrera que tenga cierto grado de desarrollo previo, formada y hecha crecer en las luchas económicas de la misma clase.
Pero, por otra parte, cada movimiento en el cual la clase obrera se oponga como clase a las clases dominantes y trate de doblegarlas ejerciendo una presión desde el exterior, es un movimiento político. Por ejemplo, tratar de arrancar a capitalistas individuales, en una sola fábrica o un solo ramo industrial, por medio de huelgas etc., una reducción del tiempo de trabajo, es un movimiento puramente económico; en cambio, el movimiento que trata de obtener la ley de la jornada de 8 horas, etc., es un movimiento político. Y es de esa manera cómo de todos los movimientos económicos aislados de los obreros surge, en todas partes, un movimiento de la clase para hacer triunfar sus intereses de manera general, de forma que tenga fuerza de presión social general".
Marx añade:
"Si esos movimientos suponen cierta organización previa, son también, por su lado, "medios de desarrollar esa organización".
Todo ese movimiento se desarrolla sin la varita mágica del Partido. Hablando de la organización, Marx trata aquí de la Asociación Internacional de Trabajadores (la Primera Internacional) en la cual los partidos propiamente políticos, como el de Bebel y Liebknecht en Alemania, son una parte más, entre otras. Es esa Internacional, la organización general de todos los obreros, a la que Marx considera: "constitución del proletariado en partido político, indispensable para asegurar el triunfo de la revolución social y de su meta final, la abolición de las clases"
Es tan evidente, que el texto continúa con las siguientes palabras: " (...) que es necesario que la unión de las fuerzas de la clase obrera que se ha realizado por las luchas económicas, sirva igualmente de palanca para la gran masa de la clase en su lucha contra el poder de sus explotadores".
Resolución de la Conferencia de Londres de la A.I.T. de Septiembre de 1871 "que recuerda a los miembros de la Internacional que, en el estado actual de luchas de la clase obrera, su actividad económica y su actividad política están inseparablemente ligadas".
Comparemos estos textos de Marx con algunas afirmaciones de los bordiguistas y compañía: "Mientras existan clases, será imposible, tanto a las clases como a los individuos, obtener conscientemente algún resultado. Solamente el partido lo puede" (Trabajo de grupo, nº 3. Pág. 38. Marzo-Abril de 1957). ¿De dónde le viene esa virtud "solamente al partido"? y ¿por qué exclusivamente a él?
"Ahora bien, el proletariado no es clase sino en la medida en que se agrupa tras un programa, es decir, un conjunto de reglas de acción determinadas por una explicación general y definitiva del problema propio de la clase y de la meta que debe alcanzar para resolverlo. Sin ese programa su experiencia no supera el aspecto más estrecho de la miseria que le impone su condición". (Trabajo de grupo, nº 4. Pág. 10. Mayo-Junio de 1957)[7]
¿De dónde le vienen esas "reglas de acción" que constituyen "el programa"? Según los bordiguistas ese programa no puede en absoluto provenir de la experiencia de la lucha de la clase obrera, por la sencilla razón de que esa "experiencia no supera el aspecto más estrecho de la miseria que le impone su condición". Entonces ¿de dónde le llega o puede llegarle al proletariado la conciencia de su ser? Los neobolcheviques contestan: "a través de una explicación general y definitiva del problema propio de la clase". Los bordiguistas no sólo afirman que por "su condición" la clase es absolutamente incapaz de "superar el aspecto más estrecho de la miseria"; aún más categóricamente pretenden que el ser mismo, el proletariado, no es clase y no puede tener existencia como tal, sin la primera condición: que exista previamente un Programma...: "una explicación general y definitiva" alrededor de la cual pueda agruparse para convertirse en clase.
Que hay de común entre esta visión y la de Marx, para quien:
"Las condiciones económicas primero transformaron a las masas del país en trabajadores. La dominación del capital le dio a esa masa una situación común, unos intereses comunes. Así pues, esa masa es ya una clase ante el capital pero no todavía para sí misma. En la lucha de la que hemos señalado sólo algunas de las fases, ésta masa se reúne y se constituye en clase para sí misma. Los intereses que defiende se transforman en intereses de clase. Pero la lucha de clase contra clase es una lucha política". Esto, después de haber afirmado unos renglones más arriba: "En esa lucha, verdadera guerra civil, se reúnen y se desarrollan todos los elementos necesarios para una batalla venidera. Cuando alcanza ese punto, la asociación adquiere un carácter político". ("Miseria de la Filosofía. Capítulo II, punto 5: ‘Huelgas y coaliciones'")
Allí donde los bordiguistas, con Proudhon, sólo ven "la miseria" en la condición de la clase, nosotros vemos, con Marx, una clase en movimiento, que pasa de la resistencia a la coalición, de la coalición a la asociación, y de la lucha en un principio económica, a la lucha política por la abolición de la sociedad de clases. De igual modo, podemos firmar y hacer nuestro este otro pensamiento de Marx: "Se han hecho muchas investigaciones para describir las diferentes fases históricas que la burguesía ha recorrido... Pero cuando se trata de informar exactamente sobre las huelgas, de las coaliciones y las demás formas con las que los proletarios efectúan ante nuestros ojos su organización como clase, un temor real se apodera de unos, y otros exhiben un desprecio trascendental".
Lo que caracteriza a "neos" y "ultras" que se dicen "leninistas" es su profundo desprecio de la clase, de su movimiento real y de sus potencialidades. Es su profunda falta de confianza en la clase y en sus capacidades lo que les lleva a adoptar una postura que les dé seguridad: un nuevo Mesías; lo que son ellos mismos. Así transforman su propio sentimiento de inseguridad en un complejo de superioridad que raya en megalomanía.
PAPEL Y FUNCION DEL PARTIDO EN LA CLASE
Si el partido es un órgano producido por el cuerpo de la clase obrera, es necesariamente también un factor activo en la vida de la clase. Si es la manifestación del proceso de toma de conciencia de la lucha de la clase, tiene como principal función la de contribuir en ese proceso de toma de conciencia y ser el crisol indispensable de la elaboración teórica y programática, función para lo cual lo ha engendrado la clase. En la medida en que la clase proletaria en la sociedad capitalista en la que vive, no puede eludir ni la presión ni las trabas que impiden su homogeneización, el partido es el instrumento de su homogeneización; en la medida en que la ideología burguesa dominante obstaculiza y pesa como una losa en la toma de conciencia de la clase, el partido es el órgano encargado de destruir esas trabas, el antídoto contra las ideologías y mistificaciones de la clase enemiga que envenenan sin cesar el cerebro del proletariado. El alcance de su función evoluciona necesariamente con los cambios que ocurren en la sociedad y con la relación de fuerzas cambiantes entre proletariado y burguesía. Por ejemplo, si al principio de la existencia de la clase es un factor decisivo y directo de la organización del proletariado, esa tarea disminuye para el partido a medida que la clase se desarrolla, adquiere una larga experiencia y alcanza una madurez mayor. Si los partidos jugaron un papel preponderante en el nacimiento y el desarrollo de las organizaciones sindicales, no fue igual en la organización de los Consejos, que se hizo antes de que el partido comprendiese ese fenómeno, y, en parte, en contra de la voluntad explícita del partido.
Así pues, el partido no vive independientemente de la clase; crece y se desarrolla con el desarrollo de la misma; sufre la presión y la penetración en su seno de influencias de la clase enemiga. En el caso de una derrota grave de la clase, puede degenerar, pasarse al enemigo o desaparecer momentáneamente. Lo que es una constante es la necesidad que tiene el proletariado de ese órgano que le es indispensable. Como a una araña a la que se le destruye su tela, la clase sigue segregando los elementos para volver a constituir ese órgano que le sigue siendo necesario. Ese es el proceso de formación continua del partido.
El partido no es la única sede de la conciencia de la clase, como pretenden exageradamente que lo sea los epígonos que se autoproclaman leninistas. Tampoco es infalible ni invulnerable. Toda la historia del movimiento obrero lo atestigua, como también demuestra que la clase en su conjunto acumula experiencias y las asimila directamente. El reciente y formidable movimiento de la clase obrera en Polonia atestigua su capacidad admirable de acumular y asimilar sus experiencias de 1970 y 1976, de superarlas y eso a pesar de la cruel ausencia de un partido. La Comuna de París es otro ejemplo de las capacidades inmensas de la conciencia de la clase. Esto no le resta nada al papel del partido cuya actividad eficaz es una de las principales condiciones de la victoria final del proletariado. Una condición principal pero no única. El partido es el lugar principal para la elaboración de la teoría (no el único); eso no quiere decir que haya que considerarlo como un cuerpo independiente exterior a la clase. Es un órgano, la parte del todo que es la clase.
Cómo todo órgano encargado de una función específica dentro de un todo, el partido puede cumplir esa función bien o mal. Por ser parte de un cuerpo total vivo que es la clase y por ser él mismo un órgano vivo, está sujeto a flaquezas debidas a causas externas o a un mal funcionamiento propio. No es un cuerpo inmóvil, sentado encima de un programa acabado de una vez por todas e invariante; necesita estar constantemente atento y trabajar sobre sí mismo, tratar de darse los mejores medios de mantenimiento y desarrollo. En vez de exaltar en él al restaurador y conservador de museos, como lo hacen los neo-bolcheviques, tenemos que estar atentos ante una enfermedad particular que le acecha (y contra la cual R. Luxemburgo, en su lucha contra el "marxismo ortodoxo" de antes de 1914; Lenin, en lucha contra "los viejos bolcheviques" cuando regresó a Rusia en 1917 y Trotski en "Las elecciones de Octubre" pusieron en guardia a los revolucionarios): su tendencia al conservadurismo. El que no exista ninguna garantía ni receta previa es una razón de más para estar atento. El síntoma de esa enfermedad se manifiesta en la fidelidad estricta a la letra en vez de al método vivo del marxismo.
El partido acusa flaquezas, no sólo por el peso del pasado y su tendencia al conservadurismo, sino también porque se encuentra frente a situaciones nuevas, a problemas nuevos. Nada permite afirmar que, ante situaciones nunca vistas en el pasado, pueda dar siempre y enseguida una respuesta justa. La historia lo demuestra ampliamente: el partido puede equivocarse. Es más, las consecuencias de sus errores pueden ser muy graves y alterar mucho la relación existente entre la clase y él. El Partido bolchevique en el poder cometió bastantes errores y la Internacional Comunista lo mismo. Por eso el partido no puede pretender estar siempre en posesión de la verdad ni tratar de imponer a la clase su dirección y sus decisiones, utilizando todos los medios a su alcance, incluida la violencia. No es un "dirigente por derecho divino".
El partido no es un espíritu puro, una conciencia absoluta e infalible ante la cual la clase sólo puede y debe inclinarse. Es un cuerpo político, una fuerza material que actúa en la clase, que es responsable ante ella y a quien tiene siempre que rendir cuentas.
La CWO ironiza sobre el "miedo" que tendría la CCI del "mito" (sic) del "el peligro de sustitucionismo", en estos términos: «Al ser el partido la parte más consciente de la clase, ésta debe confiar en él, de manera que sea el partido quien tome con toda naturalidad y automáticamente el poder y lo ejerza». ¡Todo es muy sencillo para la CWO! ¡No hay razón para complicarse la vida con "mitos" sobre "sustitucionismos"!
Ante esto se pregunta uno ¿por qué Marx escribió "La guerra civil en Francia" -en donde insistía acerca de las medidas que tomó la Comuna de París para poder tener siempre controlados a quienes había delegado para realizar funciones públicas; y entre aquellas la más importante: "la posibilidad de ser revocado en cualquier momento"? ¿Será que Marx y Engels fueron consejistas antes de tiempo?
La CWO no se da cuenta de la diferencia que existe entre un delegado elegido y revocable y la delegación de todo el poder a un partido; que no es ni más ni menos que la diferencia que separa el funcionamiento del proletariado del de las estructuras burguesas. En el primer caso se trata de que una persona, encargada de la ejecución de una tarea, es responsable en todo momento ante aquellos que la delegaron y, por lo tanto, revocable; en el segundo caso se trata de delegar el poder, todo el poder, a un cuerpo político sobre el que no se tiene ningún control: sus miembros son responsables ante su partido, únicamente ante él. La CWO ve en nuestra preocupación por el peligro de sustitucionismo un simple formalismo; en realidad, el peor formalismo, es decir, el peor engaño: hacer creer que se ha cambiado algo al cambiar simplemente el nombre; por ejemplo, el de Comité central del partido por el de Comité ejecutivo de los consejos. Es, la clase quien controla directamente cada uno de sus delegados y no abandona ese control en otro, aunque sea su partido de clase.
El partido proletario no es, como los partidos burgueses, candidato al poder del Estado, un partido estatal. Su función no puede ser administrar el Estado, lo cual puede alterar su relación con la clase -relación que consiste en orientarla políticamente- convirtiéndola en una relación de fuerza. Al convertirse en un administrador del Estado, el partido cambiará imperceptiblemente su papel para convertirse en un partido de funcionarios; con todo lo que eso implica como tendencia a la burocratización. El caso Bolchevique es ejemplar al respecto.
Pero ese punto corresponde a otra investigación: la de la relación entre partido y Estado en el período de transición. Aquí hemos querido limitarnos a demostrar cómo, so pretexto de acabar con el consejismo, se llega al error de sobrevalorar exageradamente el papel y la función del partido. Se llega simplemente a una caricatura en la que se hace del partido una élite de derecho divino.
M. C.
[1] La historia del movimiento obrero no conoce ningún ejemplo de tal partido monolítico
[2] Recordemos, para terminar de una vez por todas con esas "críticas" inventadas de todo tipo, que en la exigencia de criterios políticos para participar en las Conferencias -que propusimos desde el principio-, figura el reconocimiento de la necesidad del partido. En la carta que enviamos al PCInt. (Battaglia Comunista), como preparación de la Primera Conferencia, el 15/7/76 escribíamos: "Los criterios políticos de participación a tal encuentro tienen que ser estrictamente delimitados por: ./... 6.- afirmación de que la "emancipación de la clase obrera será obra de la clase obrera misma y que eso implica la necesidad de que haya una organización de los revolucionarios de la clase." Igualmente, en el "Proyecto de Resolución sobre las tareas de los comunistas" que presentamos en la Conferencia el 11/11/78, escribíamos: "La organización de los revolucionarios es un órgano esencial de la lucha del proletariado, tanto antes como después de la insurrección y de la toma del poder; sin ella, sin el partido proletario, porque sería una expresión de inmadurez de su toma de conciencia, la clase obrera no puede realizar su tarea histórica: destruir el sistema capitalista y edificar el comunismo."
Y si la Segunda Conferencia demostró que existían divergencias sobre el papel y la función del partido, también aceptó unánimemente el "reconocimiento de la necesidad histórica del partido" como criterio de adhesión y participación a las futuras conferencias
[3] "Informe de la delegación siberiana", redactado por Trotski en 1904, y en donde critica a Lenin por su concepto sustitucionista del partido
[4]Ya va siendo hora de que borremos de nuestro vocabulario esta terminología de "leninismo" y "antileninismo", tras la que se oculta cualquier cosa y que no quiere decir nada. Lenin fue una gran figura del movimiento obrero y su aporte es enorme. No por eso fue infalible, y sus errores pesaron muy fuertemente en el proletariado. No se puede aceptar al Lenin de Kronstadt porque existió el Lenin de Octubre y viceversa
[5] Es decir, de un método científico y no, según la fórmula de Battaglia, de una ciencia marxista que no existe
[6] En la edición francesa de "La Pleiade", M. Rubel traduce ese pasaje de la manera siguiente: "esa organización de proletarios en clase y, consecuentemente, en partido político", traducción seguramente más fiel al pensamiento real de Marx que aparece en todo ese capítulo de "El Manifiesto"
[7] Revista teórica del PCInt. (Programa Comunista). Traducido por nosotros
"La huelga de masas no se fabrica artificialmente, ni se decide y propaga en una atmósfera inmaterial.
Es un fenómeno histórico que, en un determinado momento, resulta de una situación social que a su vez es consecuencia de una necesidad".
(Rosa Luxemburg, "Huelga de masas, Partido y Sindicatos").
Se ha abierto en la historia una brecha que ya no se volverá a cerrar ante los ojos del mundo entero, la clase obrera de Polonia ha salido del terreno vedado del Este para incorporarse a la lucha de clase de todos los obreros. Como en la Rusia de 1905, este movimiento ha surgido de las capas más profundas del proletariado, su carácter de clase salta a la vista. Por su amplitud, por su dimensión histórica, por su voz resueltamente obrera, la huelga de masas en Polonia es el acontecimiento más importante desde el resurgimiento de la lucha de clases en 1967/68.
El impacto de este movimiento rebasó mucho los jalones aún titubeantes del Mayo del 68 en Francia. Cuando se produjo aquel gran estallido que señalaba el fin del período de la contrarrevolución y el principio de un nuevo periodo de convulsiones sociales, el potencial del movimiento obrero seguía siendo incierto. En lugar de la clase obrera, hablaban otros, como los estudiantes por ejemplo, que sentían en sus vísceras el desmoronamiento de todos los valores de una sociedad que acusaba las primeras sacudidas de las crisis, sacudidas frente a las que no podían aportar soluciones. En el Este, la Checoslovaquia del 68 reflejaba la imagen de la época: un movimiento en el que la clase obrera no llevaba la voz cantante, un movimiento nacionalista dominado por una fracción del Partido que detentaba el poder, una "Primavera de Praga" de "reivindicaciones democráticas" sin el menor futuro. Aunque el movimiento de Polonia de 1970 daría pruebas de una mayor madurez del proletariado, no por ello dejó de ser poco conocido y limitado.
Hoy, por el contrario, la crisis económica del sistema es una realidad cotidiana que los obreros padecen en su propia carne, con lo que los acontecimientos de Polonia 1980 adquieren una dimensión muy distinta: el país entero está abrazado por el fuego de una huelga de masas, por la autoorganización generalizada de los obreros. El protagonista ha sido la clase obrera y se ha rebasado al ámbito de la simple defensa económica para situarse en el terreno social, y esto a pesar de las flaquezas. Al reaccionar así ante los efectos de la crisis económica, los obreros de Polonia han hecho la demostración palpable de que sólo hay un mundo -todos los gobiernos del mundo, sea cual sea su máscara ideológica, están atascados en la crisis, exigen el sacrificio de los explotados. Ninguna prueba mejor que Polonia 80 Para demostrar que el mundo no está dividido en dos sistemas diferentes, sino que el capitalismo, bajo una u otra forma, reina en todo el mundo gracias a la explotación de los trabajadores. Las huelgas de Polonia asestan un tremendo golpe irreversible a la credibilidad que para la clase podrían tener los mitos estalinistas o proestalinistas, los mitos sobre los "estados obreros" o el "socialismo" del Este.
Cada vez que los obreros en lucha se revuelvan contra las cadenas ideológicas y físicas del estalinismo, se recordará la voz obrera de Gdansk. Y la brecha seguirá ensanchándose. Los acontecimientos de Polonia solo pueden comprenderse en el contesto de la crisis del capitalismo (véase en este número el artículo sobre "La crisis en los países del Este") y como parte integrante del resurgimiento internacional de las luchas obreras.
En el Oeste, la lucha de clases ha surgido con mayor vigor desde hace unos años, confirmando la combatividad intacta de la clase obrera: la huelga de la siderurgia en Gran Bretaña, la lucha de los estibadores en Rotterdam, Longwy-Denain en Francia, los combates en Brasil son los ejemplos más notables.
En el Este, los recientes acontecimientos forman parte de toda una agitación obrera que se desarrolla desde hace varios meses, particularmente la huelga general que paralizó la ciudad de Lublin en Polonia en Julio de 1980 y las recientes huelgas en la URSS (la de los conductores de autobuses en Togliattigrado, apoyada por los obreros de las fábricas de automóvil). Estos acontecimientos desmienten, categóricamente a todos aquellos que propagan el mito de que la clase obrera está irremediablemente aplastada en el Este, donde toda lucha de clases sería imposible. .
Se ven hoy signos innegables de que existe una reacción generalizada cada vez más aguda a las manifestaciones de la crisis mundial. A este respecto, las huelgas de Polonia suponen un paso inmenso para la reanudación internacional de la lucha proletaria, para la demostración de esta unidad fundamental de la condición y de la solución de la clase obrera. ES EL NACIMIENTO DE NUESTRA FUERZA.
El que el resurgimiento internacional de las luchas de la clase obrera tenga su punto culminante en un país del Este es algo que tiene un significado muy particular para el proletariado. Este acaba de vivir un período en el que: la burguesía occidental no ha cesado de agitar machaconamente el espectro de la guerra que vendría del bloque del Este, que es el único "belicista" frente al bloque del Oeste "pacífico".
Sobre este punto, el proletariado polaco ha dado una magnífica lección desmintiendo irrefutablemente la patraña de un bloque guerrero, homogéneo y unido contra el que habría que movilizarse, en una gran amalgama de clases, para evitar que vuelva a producirse un nuevo Afganistán. Al rebelarse, el proletariado polaco le ha aguado la fiesta a la burguesía que se empeñaba en presentar como única posible, la alternativa de un campo imperialista contra otro. Los obreros de Polonia han vuelto a situar en primer plano la única verdadera alternativa que rebasa cualquier frontera nacional: OBREROS CONTRA PATRONOS, PROLETARIADO CONTRA CAPITAL. La burguesía de todos los países ha percibido esta amenaza obrera frente a la lucha de clases que tiende a romper la estructura de la sociedad capitalista, poniendo al descubierto el antagonismo proletariado-burguesía, la clase capitalista -en el momento álgido- ha dado pruebas de una especie de solidaridad internacional que sólo asombra a las mentes poco despiertas. Al contrario de Hungría o, incluso de Checoslovaquia, movimientos que la burguesía occidental aprovechó para intentar ganar un nuevo punto de apoyo, hemos visto esta vez el aleccionador espectáculo de todos los gobiernos del mundo -tanto del Este como del Oeste- cada uno con su "cubo de agua" para apagar el fuego obrero: los créditos que concede el Occidente a Polonia mediante la presión ejercida sobre los bancos alemanes y sobre el Fondo Monetario Internacional, el dinero enviado por los sindicatos occidentales o los créditos otorgados por la URSS. Ahí están todos, reunidos en torno a la "madre enferma" procurando por todos los medios que la colosal deuda de Polonia no le impida repartir algunas migajas a la clase obrera para poder calmar el movimiento. Todos tienen el mismo objetivo: mantener el status frente al peligro proletario y su tendencia a extenderse como mancha de aceite... No podemos conocer todos los detalles de la diplomacia secreta, pero las cartas "personales" de Giscard y Schmidt a Gierek, de Presidente a Presidente; las llamadas telefónicas, las consultas Carter-Breznev, muestran las preocupaciones comunes que han creado los obreros polacos en su enemigo de clase.
Desde este punto de vista, los acontecimientos de Polonia no hacen más que confirmar una ley histórica fundamental de este mundo dividido en clases antagónicas. Cuando los motines de los marineros de Alemania en 1918, guiados por el ejemplo de la revolución rusa, aterrorizaron a la burguesía de ambos lados de las trincheras, ésta se vio obligada a parar la guerra para no correr el riesgo de un desmoronamiento de todo el sistema. Asimismo, la lucha decidida y organizada de los obreros de Polonia contra la austeridad, aunque no haya sido insurreccional, ha postergado provisionalmente el problema de los conflictos interimperialistas para colocar la cuestión social en primer plano. Estos factores interimperialistas no desaparecen y sólo son apartados provisionalmente, porque la presión de la clase obrera es aún esporádica y no lo bastante madura como para permitir un enfrentamiento decisivo. Pero estos acontecimientos constituyen la prueba más clara de que el potencial de resistencia de la clase obrera representa hoy el único freno eficaz a la guerra. Los acontecimientos de Polonia demuestran que sólo la solidaridad proletaria en la lucha puede hacer retroceder las amenazas de guerra, al contrario de lo que claman la izquierda y otros sobre la supuesta necesidad de vencer primero al campo imperialista que se halla enfrente ("el enemigo Nº 1) para entablar la lucha después (recordemos la matraca organizada en torno a la guerra del Vietnam en los años 60).
Una enseñanza de este movimiento que no se podrá olvidar es que la lucha obrera puede hacer retroceder a la burguesía a escala internacional y nacional y establecer una relación de fuerzas que le sea favorable. La clase obrera no se encuentra desprovista de todo ante la fuerza represiva de su explotador, puede paralizar la mano de la represión mediante la generalización rápida del movimiento.
Resulta claro que los obreros de Polonia han sacado muchas lecciones de sus experiencias precedentes de 1956, 70 y 76. Pero, al revés de estas luchas y, concretamente, de las de Gdansk, Gdynia y Sczecin en 1970 que se caracterizaron sobre todo por los tumultos callejeros, la lucha de 1980 ha evitado conscientemente los enfrentamientos prematuros. No han dejado muertos. Se han dado cuenta de que su fuerza estriba ante todo en la generalización de la lucha, en la organización de la solidaridad.
No se trata de oponer "la calle" a "la fábrica", pues ambas forman parte de la lucha de la clase obrera, pero hay que comprender que "la calle" (ya se trate de manifestaciones o de enfrentamientos) y "la ocupación de la fábrica" como lugar de referencia y no como "cárcel" sólo serán medios eficaces para la lucha si la clase toma el combate en sus propias manos generalizando la lucha por encima de las divisiones del trabajo en categorías y organizándose con mucha decisión. En ello estriba nuestra fuerza, y no en una exaltación mórbida de la violencia por la violencia. Al contrario de los situacionistas, con sus consignas de "quemar y saquear los supermercados" o de los bordiguistas con su "terror rojo" de visionarios, la lucha ha franqueado hoy una etapa al superar la fase de las explosiones de cólera. Pero esto no significa que los obreros polacos se hayan vuelto pacifistas bajo la presión del KOR. En Gdansk, Szczecin y en otras partes los obreros organizaron inmediatamente grupos de defensa contra toda posible represión. Han sabido juzgar cuáles eran las armas adecuadas a su lucha en el momento actual. Está claro que no hay receta que sirva para cualquier circunstancia, pero ha quedado demostrado igualmente que lo que paralizó el Estado fue la extensión rápida del movimiento.
Mucho se ha hablado del peligro "de los tanques rusos". En realidad, los ejércitos rusos nunca intervinieron directamente en Polonia, ya sea en Poznan en 1956 o durante los movimientos del 70 y del 76. Esto no quiere decir que el Estado ruso no enviará en última instancia lo equivalente de los "marines" americanos si hay el menor riesgo de que el régimen se vaya a pique.
Pero hoy no estamos en plena "guerra fría" (como en Alemania del Este en 1953) donde la burguesía tenía las manos libres frente a un levantamiento aislado. Tampoco se trata de una insurrección históricamente prematura y rápidamente sofocada (como ocurrió en Hungría en 1956), ni de un movimiento nacionalista que tendía a abrirse hacia el bloque rival (Checoslovaquia 1968). La lucha de los obreros en Polonia 1980 se sitúa en una época de desarrollo del movimiento obrero en todos los países, tanto al Este como al Oeste. Y pese a la situación militar y estratégica de Polonia, el Estado ruso ha de ser sumamente prudente. No se podía hacer frente a la lucha desde un principio con una matanza de obreros. No se olvide que en 1970, en Polonia, lo que desencadenó la generalización inmediata de las luchas fue precisamente la respuesta a las primeras represiones brutales. Frente a un movimiento obrero de la índole del 1980, la burguesía ha cedido; la clase obrera ha tomado conciencia de su fuerza, tomando confianza en sí misma.
Partiendo de las mismas causas que provocan los movimientos obreros de huelga, la rebelión contra las condiciones de vida, los obreros polacos movilizados en un principio contra la penuria y el alza de precios de los productos alimenticios, especialmente la carne, extendieron el movimiento mediante huelgas de solidaridad, rehusando las exhortaciones del gobierno a negociar fábrica por fábrica, sector por sector, eludiendo así la trampa en la que tantas veces ha caído la lucha obrera en estos últimos años. Por encima, pues, de las particularidades de los ataques del capitalismo contra la clase obrera (aquí, despidos masivos, inflación; allá, racionamiento de los bienes de consumo, inflación igualmente), los mismos problemas fundamentales se presentan al conjunto del proletariado, cualesquiera que sean las modalidades de la austeridad, sea cual sea la burguesía nacional que tenga enfrente. La lucha de los obreros polacos sólo servirá verdaderamente a sus hermanos de clase si se asimilan paulatinamente todas estas enseñanzas.
En 1979, en Francia, los obreros siderúrgicos se movilizaron espontánea y violentamente contra el Estado capitalista que acababa de decretar una serie de despidos. Los sindicatos han tardado seis meses en atajar las posibilidades de expresión del movimiento -interrumpiendo las huelgas en la región parisina, concretamente- y en obligarlos a pasar por el aro capitalista y legalista de la negociación de los despidos. Los obstáculos que se encontró la clase obrera y que permitieron a la burguesía desmovilizar su combatividad para llevar a cabo sus planes fueron: la organización de la lucha que quedó en manos de los órganos de base de los sindicatos, la extensión que se redujo al sector siderúrgico y la violencia obrera que fue canalizada bajo la forma de "golpes de mano" nacionalistas[1].
En 1980, en Gran Bretaña, los sindicatos de base -los shop-stewards- tomaron la iniciativa de los comités de huelga bajo la presión general de los obreros. Cuando se perfilaban en el horizonte despidos masivos (más de 40000), las reivindicaciones se limitaron a los aumentos de salario; cuando otros sectores de la clase obrera estaban dispuestos a moverse, se sofocó la "generalización" reduciendo el movimiento a la siderurgia privada, menos combativa. Tres meses se necesitaron, sin embargo, para conseguir desmovilizar a los obreros... los tres meses que la burguesía necesitaba para dar salida a sus reservas.
En estas huelgas, la clase obrera experimenta su fuerza, pero también lo que significan como callejón sin salida, el corporativismo y la especialización de sus reivindicaciones por sector o por fábrica, de lo estéril que es la "organización" sindical. El movimiento en Polonia, por lo masivo, por lo rápido de su extensión por encima de categorías y regiones, confirma no sólo la necesidad sino la posibilidad también de que se generalice y se organice por sí misma la lucha yendo más lejos que las veces anteriores y dando una respuesta a las experiencias pasadas.
Los sindicalistas de toda calaña nos afirman que "sin sindicatos no hay lucha posible, sin sindicatos, la clase obrera está atomizada". Y resulta que los obreros polacos aportan un categórico mentís a esas patrañas. Los obreros, en Polonia, nunca antes habían sido tan fuertes, porque esta vez poseían sus propias organizaciones nacidas de la lucha, con delegados elegidos y revocables en todo momento. Sólo cuando se pusieron a confiar en las quimeras de los sindicatos libres fue cuando acabaron por entrar en el corsé del orden capitalista reconociendo el papel supremo del Estado, del partido en el Estado y del Pacto de Varsovia (Acuerdos de Gdansk). Los acontecimientos de Polonia nos dan muestras del potencial que contienen todas las luchas actuales y que desbordarían si no existieran esos amortiguadores sociales que son los sindicatos y los partidos de la "democracia" burguesa.
"La huelga de masas es un océano de fenómenos siempre nuevos y fluctuantes... A veces se divide en una infinita red de arroyuelos, otras, surge de la tierra cual vivo manantial, y otras veces se pierde en el subsuelo" (Luxemburg Rosa.- "Huelga de masas, Partido y Sindicatos")
La debilidad económica del capitalismo del Este le obliga a llevar una política de bestial austeridad contra la clase obrera. Y como no tiene paliativos para diferir gradualmente los efectos de la crisis sobre la clase obrera, día a día, paquete por paquete, industria por industria como así lo ha hecho hasta ahora la burguesía occidental, la burguesía del Este, al no poder seguir eternamente haciendo trampas con la ley del valor, ha provocado la rebelión contra ella y su política dirigista, del descontento acumulado de los obreros. La rigidez del capitalismo de Estado del Este lleva al aparato a fijar los precios alimenticios, y al aumentarlos de repente, bajando de golpe y porrazo el nivel de vida de la clase obrera, el Estado polaco provocó una respuesta obrera homogénea contra él, a pesar de las diferencias de sueldo que el régimen mantiene según los sectores profesionales. La unidad de la burguesía tras su Estado en el Este es también una realidad política y económica en el Oeste, a pesar del montón de patronos privados en sectores aparentemente separados. En realidad, todo lo que la rigidez del sistema estalinista hace más evidente y más fácil de entender también lo será en el Oeste con las duras experiencias a que van a someter a la clase obrera. Los acontecimientos de Polonia forman parte de esa experiencia. El auténtico rostro de la decadencia del sistema capitalista aparecerá, por todas partes, tras la careta "democrática y liberal".
El 1° de Julio de 1980, a resultas de fuertes aumentos del precio de la carne, estallan huelgas en Ursus, en las cercanías de Varsovia, en la fábrica de tractores que había sido el centro del enfrentamiento con el poder en junio de 1976; Y también en Tczew, en la región de Gdansk. En Ursus, los obreros se organizan en asambleas generales, redactan una lista de reivindicaciones y eligen un comité de huelga. Aguantan ante la amenaza de despidos y de represión y paran varias veces para mantener el movimiento.
Entre el 3 de Julio y el 10, la agitación prosigue en Varsovia (fábricas de material eléctrico, imprenta), en las factorías de aviones de Swidnick, en las automovilísticas de Zeran, en Lodz, en Gdansk...Por todas partes, los obreros forman comités de huelga. Las reivindicaciones son de aumentos de sueldo y para que se anulen las alzas de precios. El gobierno promete aumentos: el 10 % de media, en algunos casos el 20 %, aumentos que son acordados a los huelguistas y no tanto a los no huelguistas para así frenar el movimiento...
A mediados de mes, la huelga llega a la ciudad de Lublin. Los ferroviarios y los de transportes primero y luego todas las industrias de la localidad paran el trabajo. Las reivindicaciones son: elecciones libres en los sindicatos, seguridad con garantías para los huelguistas, fuera policía de las fábricas, aumentos salariales.
El trabajo se reanuda en algunas regiones, pero también estallan nuevas huelgas. Krasnik, la fundición de Skolawa Wola, la ciudad de Cheim cercana a la frontera con Rusia y Wroclaw son afectadas por huelgas durante el mes de Julio. La sección K-1 de los astilleros de Gdansk se para, y también el complejo siderúrgico de Huta en Varsovia. Por todas partes, las autoridades ceden aceptando aumentos salariales. Según el "Financial Times", el gobierno agenció, durante el mes de Julio, un fondo de 4 mil millones de zlotys para pagar los aumentos. Las oficinas estatales son obligadas a proporcionar inmediatamente carne "de primera" a las fábricas que están paradas. Hacia finales de mes, el movimiento parece estar en reflujo y el gobierno se cree que lo ha frenado negociando fábrica por fábrica. Y se engaña.
La explosión está, en realidad, madurando como así lo demuestra la huelga de basureros de Varsovia que dura una semana a principios de Agosto. El 14 de Agosto, el despido de una militante de los Sindicatos libres, provoca la explosión de una huelga en los astilleros "Lenín" de Gdansk. La asamblea general hace una lista de 11 reivindicaciones; las propuestas se discuten y se votan. La asamblea decide la elección de un comité de huelga que se compromete con las reivindicaciones: reintegro de militantes, aumento de subsidios familiares, aumento de sueldos en 2.000 Z1. (el salario medio es de 3.000 a 4500 Zl), disolución de los sindicatos oficiales, supresión de privilegios de la policía y los burócratas, construcción de un monumento a los obreros muertos por la milicia en 1970, la publicación inmediata de informes verídicos sobre la huelga.
La dirección cede en cuanto a la vuelta de Anna Walentinowisz y de Lech Walesa así como en lo de construir un monumento. El Comité de Huelga da cuenta de su mandato ante los obreros por la tarde y los informa sobre las propuestas de la dirección. La Asamblea decide que se forme una milicia obrera; las bebidas alcohólicas son recogidas. Hay una nueva negociación con la dirección. Los obreros instalan un sistema de altavoces para que todos puedan seguir las discusiones y pronto se instala un sistema para que los obreros reunidos en Asamblea puedan hacerse oír en el salón de negociaciones. Hay obreros que se apoderan del micro para dar precisiones sobre lo que exigen. Durante la mayor parte de la huelga, hasta el día antes de la firma del compromiso, miles de obreros intervienen desde fuera para exhortar, aprobar o desaprobar las discusiones del Comité de huelga, Todos los obreros despedidos del astillero desde 1970 pueden volver a sus puestos. La dirección cede sobre los aumentos y da garantías para la seguridad de los huelguistas.
El 15 de Agosto, la huelga general paraliza la región de Gdansk. Los astilleros "Comuna de Paris" de Gdynia paran. Los obreros ocupan los locales y obtienen 2.100 zl de aumento inmediato. Pero se niegan a volver al trabajo, pues "también Gdansk tiene que ganar". El movimiento en Gdansk está en un momento fluctuante; hay delegados de taller que dudan en ir más lejos y proponen que se acepten las propuestas de la dirección. Pero vienen obreros de otras fábricas de Gdansk y Gdynia y los convencen de que se mantengan solidarios. Se pide la elección de nuevos delegados más capaces de expresar el sentir general. Los obreros venidos de todas partes forman en Gdansk un Comité Interempresas en la noche del 15 de Agosto y elaboran una lista de 21 reivindicaciones.
El Comité de huelga tiene 400 miembros, 2 representantes por fábrica: días después serán 800 y luego 1.000. Las delegaciones van y vienen entre sus empresas y el Comité de huelga central, grabando casetes para dar cuenta de la discusión. Los Comités de huelga de cada fábrica se encargan de las reivindicaciones particulares y se coordinan entre sí. El Comité de los astilleros "Lenín" está formado por 12 obreros, uno por taller, elegidos a mano alzada tras debate. Dos de ellos son mandados al Comité de huelga central Interempresas y rinden cuentas de todo lo ocurrido dos veces por día.
El 18 de Agosto, el gobierno corta el teléfono de Gdansk. El Comité de huelga nombra una Mesa (Presidencia) en la que predominan los partidarios de los sindicatos libres y de la oposición. Las 21 reivindicaciones difundidas el 16 de Agosto empiezan con la petición de que se reconozca a los sindicatos libres e independientes v el derecho de huelga. Y lo que antes era el punto 2º de los 21, ocupa ahora el 7º lugar, o sea, los 2.000 zl para todos.
El 18 de Agosto, en la zona de Gdansk-Gdynia-Sopot, hay 75 empresas paralizadas y 100.000 huelguistas; hay movimientos en Szcecin y en Tarnow (esta ciudad está a 80 Km. al sur de Cracovia). El Comité de huelga organiza los abastecimientos; hay empresas de electricidad y alimentación que siguen trabajando a petición del comité de huelga. Las negociaciones se estancan y el gobierno se niega a discutir con el Comité interempresas. Los días siguientes llegan noticias de huelgas en Elblag, en Tczew, en Kolobrzeg y otras ciudades. Se calcula que hay 300.000 obreros en huelga el 20 de Agosto. El boletín del Comité de huelga de los astilleros "Lenín", "Solidaridad", es ya diario y obreros impresores ayudan a publicar octavillas y folletos.
El 26 de Agosto los obreros se muestran prudentes ante las promesas del gobierno e indiferentes a los discursos de Gicrek. Y se niegan a negociar mientras las líneas telefónicas sigan cortadas en Gdansk.
El 27 de Agosto el gobierno otorga salvo conductos a disidentes para que puedan trasladarse a Gdansk junto a los huelguistas y servirles de "expertos" y poder calmar ese mundo al revés en que se ha transformado la zona. El gobierno acepta negociar con la Mesa del Comité de Huelga central y reconoce el derecho de huelga. Hay negociaciones paralelas en Szczecin, en la frontera con la República Democrática Alemana. El cardenal Wyszynski lanza un llamamiento para que cese la huelga, del cual la televisión deja ver amplios extractos. Los huelguistas, por su parte, mandan delegaciones por el país entero para pedir solidaridad.
El 28, las huelgas se extienden, alcanzando las minas de cobre y carbón de Silesia, en donde están los obreros mejor pagados del país. Los mineros, antes incluso de hacer la lista de exigencias precisas, declaran que dejarán de trabajar inmediatamente "si alguien toca a los de Gdansk" y se ponen en huelga por "las reivindicaciones de Gdansk". 30 fábricas están en huelga en Wroclaw, en Poznam (las fábricas en donde empezó el movimiento de 1956), en las fundiciones de Nowa Huta. En Rzeszois la huelga se está desarrollando. Se forman comités interempresas por región. Ursus manda delegados a Gdansk. En pleno auge de la generalización, Walesa va y declara: "No queremos que las huelgas se extiendan porque acabarían por llevar el país al borde del abismo. Necesitamos calma para llevar a cabo las negociaciones". Las negociaciones entre la Mesa y el Gobierno se vuelven cosa privada. Los altavoces se "averían" cada vez más a menudo en los astilleros. El 29 de Agosto, las discusiones técnicas entre el gobierno y la Mesa del Comité llegan a un compromiso: los obreros tendrán sindicatos libres a condición de que acepten:
El acuerdo se firma el 31 de Agosto en Szczecin y en Gdansk. El gobierno reconoce los sindicatos "autogestionados", pues como dice su portavoz "la nación y el Estado necesitan una clase obrera bien organizada y consciente". Dos días después, los quince miembros de la mesa dimiten en las empresas en que trabajaban y se convierten en permanentes de los nuevos sindicatos. Luego, se verán obligados a matizar sus posiciones cuando se anuncia que tendrán sueldos de 8000 zl. Esta información será desmentida ante el descontento de los obreros.
Se necesitaron varios días para que los acuerdos quedaran firmados. Las declaraciones de muchos obreros de Gdnask muestran que desconfían o que están claramente decepcionados. Algunos, cuando se enteran de que el acuerdo no les aporta más que la mitad de los aumentos ya obtenidos el 16 de Agosto, gritan: "Walesa, nos has vendido", y muchos obreros están en total desacuerdo con el punto que reconoce el papel del Partido y del Estado.
La huelga de las minas de carbón, Alta Silesia y de las de cobre duran hasta el 3 de Septiembre, para que los acuerdos de Gdansk se extiendan a todo el país. Durante el mes de Septiembre siguen las huelgas: en Kielce, en Bialystok con las obreras de las fábricas de hilados de algodón, en el ramo textil, en las minas de sal de Silesia, en los transportes de Katowice. Un movimiento como el de este verano no se para así como así, de golpe. Los obreros intentan generalizar lo que les parece adquirido, y resistir a la caída de la lucha. Como se sabe, Kania fue a visitar los astilleros de Gdynia antes incluso que los de Gdansk, porque los obreros de aquí habían sido los más radicales. De esas discusiones, así como de las de cientos de otros lugares, no hay ni palabra en la prensa. Tendremos que esperar para poder medir la amplitud y la riqueza real que va mucho más lejos que una cronología limitada a unos cuantos puntos.
Los acontecimientos de Polonia se inscriben en la marcha difícil hacia la emancipación de la clase obrera, con la huelga de masas, la creatividad de millones de obreros, la reflexión y la conciencia como algo concreto, la solidaridad. Para todos nosotros, estos obreros han podido, durante bastante tiempo, respirar el aire de la emancipación, vivir la solidaridad, sentir el viento de la historia. Esta clase obrera tan despreciada y humillada está enseñando la vía a todos aquellos que confusamente esperan poder destrozar la cárcel que es el mundo burgués, uniéndose a lo único que aún está vivo en esta sociedad moribunda: la fuerza consciente de los obreros. A los que creen que enmiendan los errores del Lenin de "¿Qué hacer?", en donde éste afirma que la conciencia de clase es algo que viene de fuera de la clase obrera, diciendo como ,el PCInt -bordiguista-, que la clase ni siquiera existe sin el Partido, los obreros de Polonia les dan un nuevo mentís.
En Polonia, como en todas partes y más que en otras partes, la clase obrera debe ser un hervidero de discusiones. En su seno se deben estar cristalizando círculos políticos que acabarán engendrando organizaciones revolucionarias. A medida que se va desarrollando, la lucha plantea a la clase, con mayor fuerza, los problemas básicos de su combate histórico, cuyas respuestas son la razón de ser de las organizaciones revolucionarias. La huelga de los obreros de Polonia ilustra una vez más que las organizaciones no son una condición previa a las luchas sino que sólo se desarrollan verdaderamente como expresión de una clase que existe y que actúa antes que ellas si es preciso.
¿Cómo organizarse?, ¿cómo luchar?, ¿qué reivindicaciones plantear?, ¿qué negociación se puede llevar a cabo? A todas esas preguntas que se plantean en todas las luchas obreras, la experiencia y el valor de los obreros de Polonia son una enorme riqueza para el movimiento de la clase entero.
"La tradición de todas las generaciones muertas pesa terriblemente en los cerebros de los vivos. E incluso cuando éstos parecen ocupados en transformarse a sí mismos y a sus cosas, en crear algo totalmente nuevo, es precisamente entonces, en esas épocas de crisis revolucionarias, cuando invocan, con temor, los espíritus del pasado, poniéndose sus nombres, tomando sus consignas, sus hábitos y costumbres..." (Marx, "El 18 Brumario de Luis Bonaparte")
Cuando las primeras huelgas de masas de 1905, a los obreros les costó tiempo y esfuerzos para encontrar su propia vía de clase. En Rusia, empezaron desfilando y echándose a la calle detrás del cura Gapón y de los iconos de la iglesia ortodoxa ("iglesia conservadora de explotados") y no siguiendo las consignas de los socialdemócratas. Pero al cabo de seis meses, los iconos se habían transformado en banderas rojas. No sabemos el ritmo con que hoy maduran las luchas, pero sabemos que el proceso ya está iniciado. Cuando los obreros de Silesia se arrodillan ante la imagen de Santa Bárbara o cuando los de Gdansk reivindican la misa, por un lado están soportando el peso de las tradiciones y, por otro, expresan una especie de resistencia a la desolación de la vida moderna, una nostalgia desplazada, porque "se echan atrás una y otra vez ante la inmensidad de sus propias metas" (Marx, Idem). Pero ese envoltorio erróneo de sus aspiraciones, la iglesia, no es un envoltorio neutral, sino que es uno de los mayores pilares del nacionalismo, como así se ha podido comprobar tanto en Brasil como en Polonia. La iglesia ya ha aparecido sin tapujos ante los obreros más combativos; lo primero que hizo en su primera toma de postura legal desde hace 30 años fue llamar "al orden" y a la "vuelta al trabajo". Es una trampa que habrá .que destruir.
Algunos cortos de vista sólo verán en Polonia a obreros arrodillados o entonando el himno nacional. Pero la historia se juzga con algo más que instantáneas fotográficas. Los escépticos no ven la dinámica del movimiento que lo va a llevar más lejos. Los obreros se quitarán de encima los trapos nacionales y las imágenes. No caigamos en el tipo de explicaciones del PCInt (Programa Comunista), Battaglia Comunista y demás, los cuales en Mayo del 68 en Francia, sólo vieron cosas de estudiantes. Si los revolucionarios son incapaces de describir la realidad, si no aparece ésta de manera clara y diáfana, no estarán nunca a la altura de un trabajo como el de Marx, el cual, ya en el joven proletariado de 1848 veía el gigante de la historia.
Es indiscutible que en Polonia, la acción de los disidentes ha tenido desde 1976 una influencia en el movimiento obrero, sobre todo en los puertos bálticos. Resulta difícil valorar con exactitud el peso que tienen, pero parece ser que la revista "Robotnik" saca 20000 ejemplares creando por tanto un medio obrero a su alrededor. Hay a menudo obreros combativos que son recuperados por el movimiento de sindicatos libres para protestar contra la represión en los lugares de trabajo. La oposición católica, los reformadores y los intelectuales patriotas son tolerados por el régimen desde que éste se ha dado cuenta de que podían ser necesarios para quitarle ímpetu a los embates obreros de los últimos años. El KOR (Comité Social de Autodefensa) ha dejado muy claros sus fines: "La economía del país está en descomposición. Sólo un inmenso esfuerzo por parte de todos, esfuerzo acompañado de una reforma profunda, puede salvarla. Sanear la economía exigirá sacrificios. Protestar contra el alza de precios sería un serio golpe al funcionamiento de la economía. Nuestra tarea en tanto que oposición consiste en transformar las reivindicaciones económicas en políticas" (Kurón).
Cierto es que la dimensión política le es absolutamente indispensable a las luchas obreras. Las huelgas de masas plasman perfectamente esa unidad de lo económico y lo político de la lucha. Y es ahí en donde el KOR juega con las aspiraciones obreras de politizar los combates. Cuando el KOR habla de "política", cuando los Kurón y demás "expertos" venidos a Gdansk para las negociaciones hablan de "politizar", lo único que hacen es vaciar el contenido de clase de la lucha, para aparecer ellos, con el apoyo obrero, como oposición leal de la patria polaca. Para salvar la economía patria, los obreros perdieron más de la mitad de sus reivindicaciones económicas. Así se ve como la oposición, un ala de la burguesía polaca que quiere que existan estructuras más aptas para que los obreros acepten los sacrificios, "para que aparezcan interlocutores válidos". Pero, en su gran mayoría, ni la burguesía polaca, ni la rusa, están dispuestas a aceptar en su totalidad las tesis de la oposición, de tal modo que la situación sigue abierta, sobre todo si los nuevos sindicatos no son integrados rápidamente en el aparato estatal.
Tantos y tantos años de contrarrevolución han desorientado de tal modo la clase obrera que le resulta difícil permanecer en su terreno de clase. En Polonia, la clase obrera ha abierto una formidable brecha en las estructuras estalinianas, pero, para ello, se ha puesto "ropas" del pasado, reivindicando sindicatos libres, duros y de verdad como los del siglo pasado. En el ánimo de los trabajadores, esos sindicatos deberán plasmar el derecho a autoorganizarse, a defenderse Pero resulta que esas ropas están roídas y podridas, son una trampa que puede volverse contra la clase obrera. Para obtener el derecho a organizarse en sindicatos libres, hubo que reconocer, en las 21 condiciones de Gdansk, el Estado polaco, el poder del Partido y el Pacto de Varsovia. Y esto no se hizo así como así, de balde.
En nuestra época de decadencia del capitalismo, los sindicatos son parte integrante de la máquina estatal, ya sean como los de Polonia, ya tengan "tradición" del pasado. Todas las fuerzas de la burguesía están ya reagrupándose alrededor de los sindicatos libres; algunos miembros del comité de huelga se convierten en permanentes; con sus normas de funcionamiento, se está fabricando un nuevo corsé para los obreros. En los acuerdos de Gdansk está el compromiso de aumentar la productividad. Con la ayuda ofrecida por la principal central sindical norteamericana, la AFL-CIO, la burguesía internacional aporta su cuerda en las ataduras que quieren ponerle al gigante proletario.
La situación en Polonia no ha vuelto a sus cauces. El hervidero obrero es un notable freno a la instalación o renovación de la nueva maquinaria estatal. Pero las ilusiones se pagarán caras.
Los sindicatos libres no son un trampolín para saltar más lejos, sino un obstáculo que la combatividad obrera tendrá que rebasar. Es una verdadera encerrona. Los más combativos de los obreros ya se enteraron de lo que son cuando abuchearon los acuerdos de Gdansk. Pero no son éstos los que el movimiento hace salir por ahora, sino más bien los confusos, los más católicos, etc. Walesa es una expresión y símbolo de esa fase, y se verá obligado a doblegarse o será eliminado.
En el siglo XX únicamente la vigilancia y la movilización obrera pueden hacer que avancen los intereses de la clase. Es una verdad difícil de tragar la de que cualquier órgano permanente será inevitablemente absorbido por la maquinaria estatal, en el Este como en el Oeste, como ocurrió con los Comités obreros de 1969 en Italia, integrados en la constitución sindical ahora, como ocurre con cualquier intento de "sindicalismo de base".
En el siglo XX, haya estabilidad capitalista, o poder proletario, sólo en períodos de luchas prerrevolucionarios pueden formarse órganos permanentes del poder proletario, los Consejos Obreros, porque defienden los intereses inmediatos de la clase integrándolos en la cuestión, política, del poder. Fuera de las épocas de formación de Consejos, no puede haber organización permanente de lucha.
Hoy la putrefacción del sistema capitalista se acelera y la clase obrera aprovecha todas las experiencias de lucha y de maduración de las condiciones para la revuelta. Contrariamente a 1905, no tiene frente a sí a un régimen senil y enfermo como el zarismo en Rusia; los trabajadores se enfrentan por todas partes con un enemigo más sutil y sanguinario si cabe, el capitalismo de Estado.
La burguesía va a procurar sacar lecciones de lo ocurrido este verano en Polonia a su manera, claro está, pues no puede dejar que la realidad hable por su cuenta. La ideología burguesa va a intentar recuperar los movimientos de clase dando "una explicación oficial", una versión distorsionada destinada a desviar la atención de los demás obreros del mundo, los va a chupar hasta los tuétanos para intentar quitarles el jugo, Así, en el Este lo harán para demostrar que hay que doblegarse "razonablemente" ante las exigencias de austeridad del COMECON. En el Oeste, con la matraca de que los obreros polacos lo único que quieren es "libertades democráticas que tan felices hacen a los obreros de este "paraíso" occidental...
Los acontecimientos de Polonia no son ni la revolución ni una revolución fallida. Por su dinámica propia, aunque hubo una relación de fuerzas favorable al proletariado, no llegó a la fase insurreccional, lo cual hubiera sido por lo demás algo prematuro, teniendo en cuenta la situación actual del proletariado mundial. Todo un período de maduración de la internacionalización de las luchas es necesario al proletariado antes de que la revolución pueda estar al orden del día.
Y les toca a los revolucionarios denunciar las momias del pasado, las encerronas en que, puede encontrarse metida la lucha. Mientras que todos los agentes del capital, las derechas, los PC, los trotskistas, toda la izquierda y los izquierdistas, los vendedores de "derechos humanos" y demás se dedican a aplaudir lo que no son sino trabas de la conciencia de clase, a los revolucionarios les incumbe denunciarlas como tales, mostrando el camino para sortearlas.
Las luchas de Polonia 1980 son un esbozo para el porvenir, del cual contienen todas las potencialidades y promesas. A todos los escépticos, para quienes, por ejemplo, mayo del 68 no fue nada, para quienes ninguna lucha tiene porvenir, a los denigradores de profesión incluso dentro de las filas revolucionarias, el viento llegado de Polonia a lo mejor va a despertarlos. La historia camina hacia enfrentamientos de clase, la contrarrevolución se terminó y sólo con la valentía y la esperanza de los obreros de Polonia se puede luchar eficazmente.
Procurando entender y sacar todas las enseñanzas de esta lucha histórica (el capitalismo de Estado y la crisis económica mundial en el Este como en el Oeste, la ignominia "democrática" y la farsa electoralista, la integración de los sindicatos en el Estado, la creatividad y la autoorganización de la clase en la extensión de sus luchas, etc.) es el único modo como los combatientes de la clase obrera podrán decir cuando, en el futuro, vayan más lejos todavía. "todos somos obreros de Gdansk".
J. A.
25 de Septiembre de 1980
[1] Ver nuestro artículo Longwy - Denain nos marcan el camino en Revista Internacional nº 17, https://es.internationalism.org/node/2129 [9]
"La tradición de todas las generaciones muertas pesa terriblemente en los cerebros de los vivos e incluso cuando éstos parecen ocupados en transformarse a sí mismos y a sus cosas, crear algo totalmente nuevo, es precisamente entonces, en esas épocas de crisis revolucionarias, cuando, invocan, con temor, los espíritus del pasado, poniéndose sus nombres, tomando sus consignas, sus hábitos y costumbres..."
(Marx - El 18 Brumario de Luis Bonaparte)
En el presente período de reanudación histórica de las luchas del proletariado, no sólo se enfrenta éste con todo el peso de la ideología segregada directamente y a menudo de modo deliberado por la clase burguesa, sino también con todo el peso de las tradiciones de sus propias experiencias pasadas. La clase obrera, para llegar a su emancipación, tiene absoluta necesidad de asimilar estas experiencias; sólo así se forjará las armas para el enfrentamiento decisivo que acabará con el capitalismo. Sin embargo, corre el peligro de confundir lecciones de la experiencia y tradición muerta, de no saber distinguir lo que, en las luchas del pasado, en sus métodos y en sus medios, aún sigue vivo, lo que tenía un carácter permanente y universal, de lo que pertenece de modo definitivo a ese pasado, que sólo era circunstancial y temporal.
Como lo subrayó a menudo Marx, este peligro amenazaba a la clase obrera de su tiempo: la del siglo pasado. En una sociedad en rápida evolución, el proletariado ha arrastrado consigo, durante mucho tiempo la carga de las viejas tradiciones de sus orígenes, los vestigios de las sociedades gremiales, los de la epopeya de Babeuf o de sus luchas junto a la burguesía contra el feudalismo. Así es como la tradición de secta, conspirativa o republicana de antes de 1848 sigue marcando la Primera Internacional fundada en 1864. Sin embargo, a pesar de sus rápidas mutaciones, esa época se sitúa en una misma fase de la vida de la sociedad: la del período ascendente del modo de producción capitalista. Ese período determina para las luchas de la clase obrera condiciones muy específicas: la posibilidad de sacar mejoras reales y duraderas en sus condiciones de vida de un capitalismo próspero, pero la imposibilidad de destruir este sistema por el hecho mismo de su prosperidad.
La unidad de este marco da a las diferentes etapas del movimiento obrero del siglo XIX un carácter continuo; los métodos y los instrumentos de la lucha de la clase se elaboran y se perfeccionan progresivamente, particularmente la organización sindical. En cada una de estas etapas, las similitudes con la etapa anterior son mayores que las diferencias. En estas condiciones la tradición no pesa demasiado en los obreros de aquel tiempo: para una gran parte de ellos, el pasado muestra el camino a seguir.
Pero está situación cambia radicalmente al iniciarse el siglo 20, la mayoría de los instrumentos que la clase ha ido forjando durante decenios ya no le sirven para nada; peor, se vuelven contra ella y se hacen armas del capital. Así pasó con los sindicatos, los grandes partidos de masas, la participación a las elecciones y al Parlamento. Y eso porque el capitalismo entró en una fase totalmente diferente de su evolución: la de su decadencia. Por consiguiente, el marco de la lucha proletaria se halla completamente trastornado; desde entonces la lucha por mejoras progresivas y duraderas en el seno de la sociedad pierde su significado. No sólo ya no puede conceder nada un sistema capitalista con el agua al cuello, sino que sus convulsiones ponen en entredicho cantidad de conquistas proletarias del pasado. Frente a este sistema moribundo, la única verdadera conquista que puede obtener el proletariado es destruirlo.
Es la primera guerra mundial la que marca esa ruptura: entre los dos períodos de vida del capitalismo. Los revolucionarios, toman esa conciencia de la entrada del sistema en su fase de declive.
"Ha nacido una nueva época. La época de la disgregación del capitalismo, de su derrumbamiento interno. La época de la revolución comunista del proletariado" proclama en 1919 la Internacional Comunista en su plataforma. Sin embargo, en su mayoría, los revolucionarios siguen estando marcados por las tradiciones del pasado. A pesar de su inmensa contribución, la Tercera Internacional resulta incapaz de llevar a cabo lo que sus análisis mismos implican. Frente a la traición de los sindicatos no propone destruirlos sino reconstruirlos. Incluso tras haber comprobado "que las reformas parlamentarias han perdido toda importancia práctica para las clases laboriosas" y que "el centro de gravedad de la vida política ha salido completa y definitivamente fuera del Parlamento" (Tesis del 2° congreso), sigue sin embargo preconizando la Internacional. Comunista, la participación en esta institución.
Así se confirma de modo magistral la constatación que hizo Marx en 1852. Pero también de modo trágico. Tras haber producido en 1914 la desbandada del proletariado frente a la guerra imperialista, el peso del pasado es el principal responsable del fracaso de la oleada revolucionaria que empezó en 1917 y de la terrible contrarrevolución que siguió durante más de medio siglo.
Si ya era una desventaja para las luchas del pasado: la "tradición de todas las generaciones muertas" es un enemigo aún más temible para las luchas de nuestra época. En tanto que condición para la victoria, incumbe al proletariado arrancarse los viejos harapos que se le pegan a la piel con el fin de poder vestir el traje adecuado para las necesidades que la "nueva época" del capitalismo impone a su lucha. Le incumbe entender bien las diferencias que separan el período ascendente de la sociedad capitalista y su período de decadencia, tanto desde el punto de vista del capital como de los métodos y los fines de su propia lucha.
Período Ascendente del Capitalismo
Una de las características del siglo XIX es, la formación de nuevas naciones (Alemania, Italia, etc...) o la lucha encarnizada por formarse (Polonia, Hungría, etc...). No es esto únicamente un hecho fortuito, sino que corresponde al impulso por parte de la economía capitalista en pleno desarrollo que halla en la nación el marco más apropiado para su desarrollo. En esa época, la independencia nacional tiene verdadero sentido; acompaña al desarrollo de las fuerzas productivas y a la destrucción de los imperios feudales (Rusia, Austria), baluartes de la reacción.
Período de Decadencia del Capitalismo
En el siglo XX, la nación se ha vuelto un marco demasiado estrecho para contener las fuerzas productivas. Del mismo modo que las relaciones de producción capitalistas, se ha vuelto un verdadero corsé que impide su desarrollo. Por otra parte, la independencia nacional se ha vuelto un engaño desde el momento en que el interés de cada capital nacional le obliga a integrarse en uno de los dos grandes bloques imperialistas y por consiguiente renunciar a esta independencia. Las supuestas "independencias nacionales" del siglo XX se concretan en el paso de los países de una zona de influencia a otra.
I. Período ascendente del capitalismo
Uno de los fenómenos típicos de la fase ascendente del capitalismo consiste en el desarrollo desigual según los países y las condiciones históricas particulares que tuvo cada cual. Los países más desarrollados enseñan el camino a los países cuyo retraso no es necesariamente una desventaja insuperable. Al contrario, existe para estos la posibilidad de alcanzar y hasta superar a los primeros.
Esta es incluso una regla casi general:
En el marco general de este prodigioso ascenso, el aumento de la producción industrial adquirió en los diferentes países interesados proporciones muy variables. En los Estados industriales europeos más avanzados antes de 1860 es donde se nota durante el siguiente período el crecimiento menos rápido.
La producción inglesa sólo se triplicó, la producción francesa se multiplicó por cuatro, mientras que la producción alemana pasó de uno a seis y en los EEUU, la producción de 1913 fue más de doce veces superior a la de 1860. Estas diferencias de ritmos provocaron el derrumbamiento total de la jerarquía de las potencias industriales entre 1860 y 1913.
Hacia 1880, Inglaterra perdió el primer lugar en la producción mundial, en favor de EEUU. Al mismo tiempo Alemania rebasa a Francia. Hacia 1890, Inglaterra, adelantada por Alemania, retrocede al tercer puesto (Fritz Sternberg, "El conflicto del siglo").
En el mismo período, otro país alcanza el rango de potencia industrial moderna: Japón, mientras que Rusia tiene un proceso de industrialización, muy rápido pero que será frenado por la entrada del capitalismo en su fase de decadencia.
Esta aptitud para los países atrasados de recuperar su retraso proviene de las razones siguientes:
II. Período decadente del capitalismo
El período de decadencia del capitalismo se caracteriza por la imposibilidad de cualquier surgimiento de nuevas naciones industrializadas. Los países que no han logrado su "despegue" industrial antes de la 1ra guerra mundial se ven condenados a quedarse estancados en el subdesarrollo total; o a mantenerse en un estado de atraso crónico respecto de los países, "que tienen la sartén por el mango". Así ocurre con grandes naciones como India o China cuya "independencia nacional" o hasta la pretendida "revolución" (es decir la instauración de un draconiano capitalismo de Estado) no permiten la salida del subdesarrollo y de la escasez. Ni siquiera la URSS escapa a la regla, los sacrificios terribles impuestos al campesinado y sobre todo a la clase obrera de este país, el uso masivo de un trabajo prácticamente gratuito en los campos de concentración, la planificación y el monopolio del comercio exterior presentados por los trotskistas como "grandes conquistas obreras" y como indicio de "la abolición del capitalismo", el saqueo económico sistemático de los países de su bloque de Europa Central, todas estas medidas no han sido suficientes a la URSS para acceder al pelotón de los países plenamente industrializados para hacer desaparecer dentro de sus fronteras las imborrables marcas del subdesarrollo y del atraso (ver el artículo sobre "la crisis capitalista en los países del Este" en este número).
Esta incapacidad de surgimiento de, nuevas grandes unidades capitalistas se plasma, entre otras cosas, en que las seis mayores potencias industriales (USA, Japón Rusia, Alemania, Francia, Inglaterra) ya lo eran (aunque en orden diferente) en vísperas de la 1ª guerra mundial.
Esta incapacidad por parte de los países subdesarrollados para ponerse al nivel de los países más avanzados se explica por lo siguiente:
LAS RELACIONES ENTRE EL ESTADO Y LA SOCIEDAD CIVIL
I. Período ascendente del capitalismo
En el período ascendente del capitalismo, existe una separación muy clara entre la política, -dominio reservado a los especialistas de la función estatal- y lo económico que sigue siendo asunto del capital y de los capitalistas privados. En esa época el Estado, aunque ya trataba de ponerse por encima de la sociedad, sigue estando ampliamente dominado por grupos de intereses y por fracciones del capital que se expresan en gran parte a nivel legislativo. Este aún domina claramente al ejecutivo: el sistema parlamentario, la democracia representativa es una realidad, un terreno en el que se enfrentan los diferentes grupos de interés.
Al tener el Estado a cargo suyo el mantenimiento del orden social en beneficio del sistema capitalista se producen reformas a favor de la mano de obra, contra los excesos bárbaros de la explotación obrera de la que son responsables los apetitos insaciables de los capitalistas privados ("Decreto de las 10 horas" en Gran Bretaña, así como las leyes que limitan el trabajo de los niños, etc...).
II. Período decadente del capitalismo
El período de decadencia del capitalismo se caracteriza por la absorción de la sociedad civil por el Estado. Por esto el legislativo, cuya función inicial es la de representar a la sociedad pierde toda su importancia frente al ejecutivo que constituye la cumbre de la pirámide estatal.
Este período conoce una unificación de lo político y de lo económico, volviéndose el Estado la principal fuerza en la economía nacional y su verdadera dirección.
Sea a través de una integración gradual (economía mixta) o de un cambio repentino (economía enteramente estatalizada), el Estado deja de ser un órgano de delegación de los capitalistas y de los grupos de intereses, para volverse capitalista colectivo, sometiendo a todos los grupos de intereses particulares a su imperio.
El Estado, como unidad realizada del capital nacional, defiende los intereses de éste tanto dentro del bloque al que pertenece como en contra del bloque antagonista. Del mismo modo, toma directamente a cargo suyo el asegurar la explotación y la sumisión de la clase obrera.
I. Período ascendente del capitalismo
En el siglo XIX, la guerra tiene, en general, la función de asegurar a cada nación capitalista una unidad y una extensión territorial necesaria para su desarrollo. En este sentido, a pesar de las calamidades que lleva consigo, es un momento de la naturaleza progresiva del capital.
Así pues, por su naturaleza misma, las guerras están limitadas a 2 o 3 países por lo general limítrofes y tienen las siguientes características:
La guerra franco-alemana es un ejemplo típico de este tipo de guerra:
En lo que se refiere a las guerras coloniales, su meta es la conquista de nuevos mercados y de reservas de materias primas. Son resultado de una competencia entre países capitalistas, a causa de sus necesidades de expansión, para el reparto de nuevas zonas del mundo. Por consiguiente, se integran en el marco de la expansión del conjunto del capitalismo y del desarrol1o de las fuerzas productivas mundiales.
II. Período decadente del capitalismo
En un período en el, que ya no se trata de la formación de unidades nacionales viables, en el que la independencia formal de nuevos países proviene esencialmente de las relaciones entre las grandes potencias imperialistas, las guerras ya no son el resultado de las necesidades económicas del desarrollo de las fuerzas productivas de la sociedad, sino, esencialmente, de causas políticas: la relación de fuerzas entre los bloques. Han dejado de se "nacionales" como en el siglo XIX para volverse imperialistas. Ya no son momentos de la expansión del modo de producción capitalista, sino la expresión de la imposibilidad de su expansión.
No consisten en un reparto del mundo, sino en un continuo reparto de éste, en una situación en la que un bloque de países, ya no puede desarrollar la valorización de su capital, sino únicamente mantenerla a expensas de los países del bloque adverso con el resultado final de la degradación de la totalidad del capital mundial.
Las guerras son guerras generalizadas al conjunto del mundo y tienen como consecuencia enormes destrucciones de totalidad de la economía mundial yendo así hacia la barbarie generalizada.
Como la de 1870, las guerras de 1914 y de 1939 oponen a Francia y a Alemania, pero ya de entrada resaltan las diferencias existentes entre la naturaleza de las guerras del siglo XIX y la de las guerras del siglo XX:
De ningún modo son las guerras del siglo XX "curas de juventud" (como algunos lo pretenden), sólo son convulsiones de un sistema moribundo.
I. En un mundo con desarrollo desigual, con mercados internos desiguales, las crisis están marcadas por el desarrollo desigual de las fuerzas productivas en los diferentes países y en los diferentes ramos de producción.
Son la manifestación de que el mercado interno se halla saturado y necesita ampliarse de nuevo. Por consiguiente son periódicas (cada 7 a 10 años -duración aproximada de la amortización del capital fijo) y se resuelve con la apertura de nuevos mercados.
De ahí que tengan las crisis las siguientes características:
Así, por ejemplo:
4.- No se generalizan a todos los ramos: es esencialmente la industria del algodón la que soporta las crisis de 1825 y de 1830.Más tarde aunque los textiles también tienen crisis, la metalurgia y los ferrocarriles tienden a ser los sectores más afectados (particularmente en 1873). Igualmente, no resulta extraño ver ramos industriales con importantes "boom", mientras la recesión afecta a otros ramos.
5.- Desembocan en un nuevo impulso industrial (las cifras de crecimiento que da Sternberg más arriba son significativas a este respecto).
6.- No plantean crisis políticas del sistema, y, menos aún, el estallido de una revolución proletaria.
Sobre este último punto, resulta necesario constatar el error que hizo Marx, después de la experiencia de 1847-48, cuando escribió en 1850:
"Una nueva revolución solo era posible tras una nueva crisis. Pero resulta tan segura como ésta". (Neue Rheinische Zeitung).
Su error no está en reconocer la necesidad de una crisis del capitalismo para que sea posible la revolución, ni en haber anunciado que una nueva crisis iba a venir (la de 1857 es mucho más violenta aún que la de 1847) sino en la idea de que las crisis de esa época ya eran crisis mortales del sistema. Más tarde, Marx rectificó evidentemente este error, y es precisamente porque sabe que las condiciones objetivas no están maduras por lo que se enfrenta en la AIT con los anarquistas que quieren quemar etapas, y que el 9 de septiembre de 1870, pone en guardia a los obreros parisinos contra "todo intento de derribar al nuevo gobierno... (lo que) resultaría una locura desesperada" (Segundo llamamiento del Consejo General de la AIT sobre la Guerra Franco-alemana. Hoy en día, se ha de ser anarquista o bordiguista para imaginarse que "la revolución es posible en todo momento" o que sus condiciones materiales ya existían en 1848 o en 1871.
II. Desde el principio del siglo 20, el mercado es ya internacional y unificado. Los mercados internos han perdido parte de su importancia (particularmente por la eliminación de los sectores precapitalistas). En estas condiciones, las crisis no son la manifestación de mercados provisionalmente demasiado limitados, sino de la ausencia de cualquiera posibilidad de su ampliación mundial. De esto proviene su carácter de crisis generalizadas y permanentes.
Las coyunturas no están determinadas por la relación entre la capacidad de producción y el tamaño del mercado existente en un momento dado, sino causas esencialmente políticas, o sea el ciclo guerra-destrucción-reconstrucción-crisis. En este marco no son de ningún modo los problemas de amortización del capital los que determinan la duración de las fases del desarrollo económico sino, en gran parte la amplitud de las destrucciones sufridas durante la guerra anterior. Así se puede comprender que la duración de la expansión de la reconstrucción sea 2 veces más larga (17 años) tras la segunda guerra mundial que tras la primera (7 años).
Al contrario del siglo pasado caracterizado por el "laissez-faire" (dejar hacer), la amplitud de las recesiones en el siglo XX está limitada por medidas artificiales instauradas por los Estados y sus instituciones de investigación para retrasar la crisis general. Así ocurre con las guerras localizadas, con el desarrollo de los armamentos y de la economía de guerra, con el uso sistemático de la máquina de billetes y de la venta a plazos, con el endeudamiento generalizado, con toda una serie de medidas políticas que tienden a romper con el estricto funcionamiento económico del capitalismo.
En este marco, la crisis del siglo 20 tiene las siguientes características:
Mientras que en el siglo XIX, la máquina económica se impulsaba de nuevo por sus propias fuerzas, al terminar cada crisis, las crisis del siglo XX desde un punto de vista capitalista, no tienen solución sino en la guerra generalizada. Al ser estertores de un sistema moribundo, las crisis plantean al Proletariado la necesidad y la posibilidad de la revolución comunista.
El siglo XX es claramente "la era de las guerras y de las revoluciones" como lo indicaba, cuando se fundó, la Internacional Comunista.
La lucha de clases
I. Las formas que toma la lucha de clase en el siglo XIX se determinan a la vez por las características del capital de esa época y por las de la clase obrera misma:
En la clase obrera, se pueden observar las características siguientes:
II. La lucha de clases, en el capitalismo decadente, está determinada, desde el punto de vista del Capital, por las siguientes características
Por parte obrera, se pueden notar los rasgos siguientes:
I.- La organización de los revolucionarios, producto de la clase y de su lucha, es una organización minoritaria constituida sobre un programa. Su función comprende:
En cuanto a esto último, adquiere, en el siglo XIX una función de iniciación y de organización activa de los órganos unitarios, económicos de la clase a partir de cierto grado de desarrollo de los organismos embrionarios producidos por la lucha anterior.
Por ser ésta su función, y dado el contexto del período, la posibilidad de reformas y la tendencia a la propagación de ilusiones reformistas en el seno de la clase, la organización de los revolucionarios (los partidos de la Segunda Internacional) está también ella, marcada por el reformismo, y acaba echando por la borda el objetivo final revolucionario en favor de reformas inmediatas, llegando a considerar como tarea prácticamente única (el economicismo) la de mantener y desarrollar las organizaciones económicas (los sindicatos).
Sólo una minoría, dentro de la organización revolucionaria resistirá contra esa evolución y defenderá la integridad del programa histórico de la revolución socialista. Pero, a la vez una parte de esa minoría, por reacción contra la evolución reformista, tiende a desarrollar conceptos extraños al proletariado según los cuales el partido es el único sitio donde está la conciencia de clase, el poseedor de un programa terminado y cuya función sería (siguiendo el esquema de la burguesía y de sus partidos), la de "representar" a la clase, la de ser, por derecho propio e1 llamado a ser el órgano decisorio de aquélla y, en particular, para la toma del poder. Esta concepción, el sustitucionismo, si bien es la de la mayoría de los elementos de la Izquierda Revolucionaria de la Segunda Internacional, tiene en Lenin a su principal teórico ("¿Qué hacer?", "Un paso adelante, dos pasos atrás").
II. En el período de decadencia del capitalismo, la organización de los revolucionarios guarda las características generales del período anterior con lo nuevo de que la defensa de los intereses inmediatos ya no se puede separar de la meta final ya al orden del día de la historia desde entonces.
Y al contrario, según esto último, pierde la función de organizar la clase, que sólo puede ser obra de la clase misma en lucha, desembocando en un tipo de organización nueva, a la vez económica -y de defensa inmediata- y política, orientándose hacia la toma del poder: los Consejos Obreros.
Tomando a cuenta propia la vieja divisa del movimiento obrero: "la emancipación de los trabajadores será obra de los trabajadores mismos", no puede sino combatir toda concepción sustitucionista en tanto que concepción relacionada con una visión burguesa de la revolución. En tanto que organización, la minoría revolucionaria, no tiene a cargo elaborar previamente una plataforma de reivindicaciones inmediatas para movilizar a la clase. Tiene, en cambio, la posibilidad de mostrarse como el participante en las luchas más decidido, de propagar una orientación general denunciando los agentes y los ideólogos de la burguesía en el seno de la clase. En la lucha, insiste en la necesidad de la generalización, única vía que lleva a su término ineluctable: la revolución. La organización de revolucionarios no es ni espectadora ni la "recadera" de los obreros.
Su función es estimular la aparición de círculos o de grupos obreros y trabajar en su seno. Y para esto debe considerarlos como semillas que madurarán en la clase para darse la organización unitaria acabada: Los Consejos
A causa de la naturaleza de esos círculos, la organización de revolucionarios debe luchar contra cualquier intento de crearlos artificialmente, contra todo intento de transformarlos en correa de transmisión de partidos, o en embriones de consejos u otros organismos político-económicos lo cual no es sino paralizar el proceso de maduración de la conciencia y de la organización unitaria de la clase. Esos círculos sólo tienen valor y sólo cumplirán con su función, importante pero transitoria si evitan quedar encerrados en sí mismos con plataformas a medio hacer, si se mantiene como lugar de encuentro abierto a todos los obreros interesados por los problemas de nuestra clase.
Para terminar, en la situación de gran dispersión de los revolucionarios, tras un período de contrarrevolución que tanto ha pesado sobre el proletariado, la organización de revolucionarios tiene la tarea de trabajar activamente en el desarrollo de un medio político internacionalmente, organizar debates y discusiones que abran el camino hacia el proceso de formación del partido político internacional de la clase obrera.
Conclusiones
La más profunda contrarrevolución de la historia del movimiento obrero ha sido una dura prueba para la organización de los revolucionarios misma. Sólo han podido sobrevivir las corrientes que, contra viento y marea, han sabido mantener los principios básicos del programa comunista. Sin embargo, esta actitud indispensable, la desconfianza para con todas las "ideas nuevas" que, por lo general, eran el vehículo del abandono del terreno de la clase bajo la presión de la ideología burguesa triunfante, ha impedido a menudo a los revolucionarios comprender claramente los cambios ocurridos en la vida del capitalismo y en la lucha de la clase obrera. La forma más caricaturesca de este fenómeno está en la concepción que considera como "invariantes" las posiciones de clase, para la cual el programa comunista que "surgió de una vez para siempre en 1848, no necesita ser modificado en nada".
Aunque es cierto que, tiene que evitar constantemente concepciones modernistas que a menudo, lo único que hacen es proponer mercancías viejas en un nuevo envase, la organización de los revolucionarios, para estar a la altura de las tareas para las cuales ha surgido en la clase, ha de ser capaz de entender estos cambios en la vida de la sociedad y las implicaciones que tienen sobre la actividad de la clase y de su vanguardia comunista.
Frente al carácter manifiestamente reaccionario de todas las naciones, debe ésta combatir todo apoyo a los movimientos llamados "de independencia nacional". Frente al carácter imperialista de todas las guerras, debe denunciar toda participación en ellas bajo cualquier pretexto. Frente a la absorción por el Estado de la sociedad civil, frente a la imposibilidad de verdaderas reformas del capitalismo, ha de combatir toda participación en los Parlamentos y las mascaradas electorales.
Frente a las nuevas condiciones económicas, sociales y políticas, en las que se sitúa la lucha de la clase hoy en día, la organización de los revolucionarios debe combatir toda ilusión en la clase sobre la posibilidad de hacer revivir organizaciones que sólo pueden ser obstáculos en su lucha -los sindicatos- y proponer los métodos y modo de organización de las luchas ya experimentados por la clase cuando la primera oleada revolucionaria de este siglo: la huelga de masa, las asambleas generales, la unidad de lo político y de lo económico, los consejos obreros.
Y por fin, para ser capaz de cumplir totalmente con su papel de estímulo de las luchas, de orientación hacia su solución revolucionaria, la organización de los comunista ha de renunciar a tareas que ya no le incumben, las de "organizar" o de "representar" a la clase. Los revolucionarios que pretenden que "nada ha cambiado desde el siglo pasado" tienden a querer dar al proletariado el comportamiento de Babín ese personaje de un cuento de Tolstoi que repetía ante cualquier encuentro nuevo lo que le habían dicho que tenía que decir para el anterior, de tal modo que acababa siempre recibiendo una buena paliza. A los parroquianos de una iglesia, les echaba el discurso que tendría que haberle echado ante el Diablo y al oso le hablaba como si fuera un ermitaño. Y el infeliz Babín pagó su estupidez con la vida.
La "reactualización" de las posiciones y del papel de los revolucionarios no es en absoluto un "abandono" o una "revisión" del marxismo sino al contrario una verdadera lealtad a lo que constituye su esencia. Fue esta capacidad de comprender, contra los mencheviques las nuevas condiciones de la lucha y las exigencias que de ellas resultaban para el programa, lo que permitió a Lenin y a los bolcheviques contribuir activamente y de modo decisivo a la revolución de Octubre 17.
También R. Luxemburgo tiene ese mismo punto de vista revolucionario cuando escribe en 1906 contra los "ortodoxos" de su partido; "si bien es verdad que la revolución rusa obliga a revisar fundamenta1mente el viejo punto de vista marxista respecto de la huelga de masas, sólo el marxismo, sin embargo, con sus métodos y sus puntos de vista generales gana también esta partida con una: nueva forma".
Links
[1] https://es.internationalism.org/files/es/_la_lucha_de_clases_internacional.pdf
[2] https://www.marxists.org/espanol/luxem/06Huelgademasaspartidoysindicatos_0.pdf
[3] https://es.internationalism.org/revista-internacional/200602/516/para-que-sirve-el-grupo-comunista-internacionalista-gci
[4] https://es.internationalism.org/en/tag/2/29/la-lucha-del-proletariado
[5] https://es.internationalism.org/en/tag/21/490/fraccion-y-partido
[6] https://es.internationalism.org/en/tag/corrientes-politicas-y-referencias/bordiguismo
[7] https://es.internationalism.org/en/tag/2/40/la-conciencia-de-clase
[8] https://es.internationalism.org/en/tag/3/51/partido-y-fraccion
[9] https://es.internationalism.org/revista-internacional/200712/2129/francia-longwy-y-denain-nos-marcan-el-camino
[10] https://es.internationalism.org/en/tag/21/543/las-luchas-en-polonia-de-los-80
[11] https://es.internationalism.org/en/tag/historia-del-movimiento-obrero/1980-huelga-de-masas-en-polonia
[12] https://es.internationalism.org/en/tag/21/534/la-decadencia-del-capitalismo-varios
[13] https://es.internationalism.org/en/tag/2/25/la-decadencia-del-capitalismo