Antigua Yougoslavia
Ante la anarquía y el caos crecientes característicos de las relaciones burguesas a nivel internacional desde que se hundió el bloque del Este hace ya seis años, asistimos hoy a una fortísima presión por parte de Estados Unidos (EE.UU.) para reafirmar su liderazgo amenazado y su papel de gendarme del “nuevo orden mundial”, como ya lo hicieron cuando la guerra del Golfo. Entre las manifestaciones más significativas de tal presión, el cercano Oriente sigue siendo un terreno predilecto para las maniobras de la burguesía norteamericana. Ésta se aprovecha tanto de la fuerte tutela que ejerce sobre un Estado israelí aislado en la zona (y que por lo tanto no tiene más remedio que de seguir sus órdenes al pie de la letra) como de la situación de dependencia de un Arafat en postura muy incómoda, para acelerar el proceso de la “pax americana” y consolidar su control y dominio sobre esta área estratégica esencial, sometida como nunca a convulsiones.
El régimen debilitado de Sadam Hussein también es uno de los blancos favoritos de las maniobras de Washington. La burguesía norteamericana se prepara para incrementar su presión militar sobre el “matarife de Bagdad” ahora que alguna que otra rata huye del barco para refugiarse en Jordania (otra de las bases sólidas de los intereses norteamericanos en Oriente medio), y en particular dos de los yernos de Sadam, uno de los cuales era responsable de los programas militares irakíes. Esta adhesión permite a EE.UU. refrescar el recuerdo de su demostración de fuerza durante la guerra del Golfo y justificar el refuerzo de tropas norteamericanas basadas en la frontera con Kuwait, volviendo también a hacer correr rumores sobre arsenales bacteriológicos y preparativos de invasión de Kuwait y Arabia Saudí por parte de Irak. Sin embargo, la principal reafirmación de tal presión sigue siendo, tras tres años de fracasos, el restablecimiento espectacular de la situación de Estados Unidos en la antigua Yugoslavia, área central de conflictos en que la primera potencia imperialista mundial no puede permitirse estar ausente.
De hecho, la multiplicación y amplitud creciente de ese tipo de operaciones de policía no son sino la expresión de una huida ciega hacia la militarización por parte del sistema capitalista como un todo y de su hundimiento en la barbarie guerrera.
La realidad desmiente contundentemente el cuento que dice que la guerra y la barbarie desencadenadas en la ex Yugoslavia desde hace cuatro años no serían sino un vulgar asunto de enfrentamientos interétnicos entre pandillas nacionalistas. La cantidad de ataques aéreos contra las zonas serbias en torno a Sarajevo y demás “zonas de seguridad” (casi 3500 “acciones” durante los doce días de la operación llamada “Deliberate Force”) hace que esta operación sea la mayor intervención militar de la OTAN desde que se creó en 1949.
Han sido las mismas potencias las que han estado manejando los peones unos contra otros en el tablero de ajedrez yugoslavo. Baste con considerar quién forma parte del “grupo de contacto” que pretende encontrar los medios para acabar el conflicto (EE.UU., Alemania, Rusia, Gran Bretaña y Francia) para darse cuenta de que está compuesto por las primeras potencias imperialistas del planeta, exceptuando a Japón y China demasiado alejados de la zona de conflicto.
Como ya hemos puesto de relieve: «fue Alemania, animando a Eslovenia y a Croacia a proclamarse independientes de la antigua confederación yugoslava, la que provocó el estallido del país, desempeñando un papel primordial en el inicio de la guerra en 1991. Frente al empuje del imperialismo alemán, fueron las otras cuatro grandes potencias las que apoyaron y animaron al gobierno de Belgrado a llevar a cabo una contraofensiva. (...) particularmente mortífera». Son «Francia y Gran Bretaña, con la tapadera de la ONU, [quienes] enviaron entonces los contingentes más importantes de cascos azules, los cuales, con el pretexto de impedir los enfrentamientos, lo único que han hecho es dedicarse sistemáticamente a mantener el statu quo a favor del ejército serbio. En 1992, el gobierno de Estados Unidos se pronunció a favor de la independencia de Bosnia-Herzegovina, apoyando a la parte musulmana de esta región en una guerra contra el ejército croata (también apoyado por Alemania) y el serbio (apoyado por Gran Bretaña, Francia y Rusia). En 1994, la administración de Clinton logró imponer un acuerdo de constitución de una federación entre Bosnia y Croacia contra Serbia y, al final de año, bajo la dirección del ex presidente Carter, obtuvo la firma de una tregua entre Bosnia y Serbia. (...) Sin embargo, a pesar de todas las negociaciones en las que aparece claramente la pugna entre las grandes potencias, no se alcanza el menor acuerdo. Lo que no podrá ser obtenido con la negociación, lo será por la fuerza militar. (...) La invasión de una parte de la Eslavonia occidental por Croacia, a principios del mes de mayo, así como la reanudación de los combates en diferentes puntos del frente (...); el inicio, en el mismo momento, de una ofensiva del ejército bosnio (...) Está claro que estas acciones han sido emprendidas con el acuerdo y a iniciativa de los gobiernos americano y alemán» ([1]). La reacción del campo adverso no es menos significativa de la intervención de las demás potencias.
En el texto citado ya desarrollamos ampliamente tanto el sentido como el contenido de las maniobras franco-británicas de común acuerdo con las fuerzas serbias, que se concretaron en la creación de la FFR y la expedición sobre el terreno de las tropas de ambas potencias bajo su propia bandera nacional. Al ser una operación de sabotaje de las fuerzas de la OTAN, esta maniobra ha sido una contundente afrenta para la potencia imperialista que pretende desempeñar el papel de gendarme del mundo.
Estados Unidos tenía que pegar muy fuerte para restablecer la situación a su favor, y para esto ha utilizado la población civil con un cinismo comparable al de sus adversarios. Todos esos bandidos imperialistas se combaten unos a otros con camarillas eslavas interpuestas, procurando mantener la sórdida defensa de sus intereses particulares respectivos a costa de las poblaciones utilizadas como rehenes permanentes, víctimas de los ajustes de cuentas de aquéllos.
Efectivamente, son las grandes potencias las verdaderas responsables de las masacres y del éxodo que desde 1991 ha precipitado a más de cuatro millones y medio de refugiados en interminables filas de hombres, mujeres, ancianos y niños despavoridos por los caminos, huyendo de una zona de combate a otra. Son las grandes potencias imperialistas las que, a causa de sus sangrientas rivalidades imperialistas, cada una por su lado, han animado a cometer las sucias faenas de “limpieza” y “purificación étnica” llevadas a cabo por las pandillas nacionalistas rivales en el terreno.
Y así fue como la Unprofor, apoyada por Francia y Gran Brataña, dio permiso para que los serbios de Bosnia eliminaran las «bolsas» de Srebrenica y Zepa en julio de 1995. Mientras ambas potencias polarizaban la atención sobre su “misión de protección” en Gorazde y Sarajevo, la Unprofor ayudaba a los serbios a vaciar aquellos enclaves de sus ocupantes. Nunca hubiese sido posible la expulsión de los refugiados sin esa ayuda. De hecho, la “protección” de los enclaves por la ONU permitió a los serbios concentrar su esfuerzo militar en las zonas de enfrentamiento más vitales. Y para que los enclaves pudiesen ser recuperados por las fuerzas serbias en el momento oportuno, la ONU desarmó previamente a las poblaciones en nombre de su “misión por la paz”. El propio gobierno bosnio fue cómplice de esos crímenes, demostrando lo poco que le importa su carne de cañon al haber amontonado a las poblaciones refugiadas dentro de las zonas de combate.
La burguesía norteamericana ha recurrido a esos mismos métodos sucios. Así es como EE.UU., para justificar la ofensiva croata en la Krajina, inundó los medios de comunicación durante el ataque con fotos tomadas por satélite que mostraban tierra recién movida, lo que suponía la existencia de hacinamientos de cadáveres dejados por las tropas serbias en la región de Srebrenica. También fueron imágenes horrorosas de la matanza cometida por un obús en el mercado de Sarajevo lo que justificó la réplica de la OTAN. El pretexto de la respuesta militar es claro como el agua clara: es efectivamente bastante improbable que Karadzic esté tan loco como para exponerse a represalias brutales al disparar obuses que ocasionaron 37 muertos y unos cien heridos en el mercado de Sarajevo. Cuando se sabe que los tiros vinieron precisamente de la misma línea de frente que separa los ejércitos serbio y bosnio (ambos campos se han echado mutuamente la culpa de la matanza), está permitido suponer que se trataba de una “provocación”. Una operación como la que desencadenó la OTAN con sus bombardeos no puede improvisarse y venía demasiado a punto para servir los intereses de Washington; no sería la primera vez que la primera potencia imperialista haya organizado ese tipo de montaje escénico. Puede recordarse, por ejemplo, que el presidente Lyndon Johnson pretextó el ataque de dos naves norteamericanas por un buque vietnamita del norte para emprender la guerra del Vietnam; años después se supo que tal ataque era un cuento y que la operación la había montado totalmente el Pentágono. Es un ejemplo perfecto de los métodos gangsteriles de las grandes potencias que fabrican pretextos de arriba abajo para justificar sus acciones.
Para EE.UU. se trataba de dar cumplida respuesta a las provocaciones franco-británicas, cuyas pretensiones de aguafiestas arrogantes y su creciente ardor guerrero se hacían cada vez más intolerables, mediante otras maniobras, otras trampas que demostraran su capacidad imperialista superior, su verdadera supremacía militar.
Enfrentada a su fracaso y al atasco de la situación en Bosnia durante tres años, la burguesía norteamericana estaba ante la necesidad de reafirmar su liderazgo a escala mundial. No era admisible para la primera potencia mundial, tras haber apostado por apoyar a la fracción musulmana que se ha revelado como la más débil, quedar fuera de juego en un conflicto primordial, en suelo europeo, uno de los más cruciales para afirmar su hegemonía.
Sin embargo, EEUU está ante una dificultad mayor que pone en evidencia la debilidad fundamental de su situación en Yugoslavia. El recurrir a cambios sucesivos de táctica, que se han plasmado en 1991 en el apoyo a Serbia, en 1992 a Bosnia y en 1994 a Croacia (a condición de que este país colaborara con las fuerzas bosnias), demuestra que no disponen de aliados fijos en la región.
Durante un primer tiempo, EE.UU. se ha visto obligado a apoyarse en la fracción más fuerte, Croacia, abandonando a su aliado de ayer, Bosnia, para poder salir del callejón sin salida en el que se encontraba, volverse a situar en el centro del juego imperialista y conservar un papel de primer orden. Washington ha utilizado la fracción croato-musulmana y la confederación de ésta con Croacia que había supervisado durante la primavera del 94. Su papel y el apoyo logístico del Pentágono han sido determinantes para el éxito de la guerra “relámpago” de tres días del ejército croata en la Krajina (gracias a la localización precisa por satélite de las posiciones serbias). EE.UU. ha sido, por lo demás, el único país en saludar públicamente el triunfo de la ofensiva croata. De este modo, se comprueba que la ofensiva croata en la Krajina fue preparada largo tiempo de antemano, organizada y dirigida con maestría a la vez por Alemania y por Estados Unidos. Pues, para ello, la burguesía norteamericana ha tenido que pactar paradójicamente con el «diablo», con su más peligroso gran adversario imperialista, Alemania, favoreciendo los intereses que le son de verdad más antagónicos.
La creación de un verdadero ejército croata (100000 hombres para ocupar la Krajina) ha estado fuertemente apoyada por Alemania, que ha actuado de forma discreta y eficaz, en particular suministrando material militar pesado procedente de la antigua Alemania del Este, a través de Hungría. La reconquista de la Krajina es un éxito y un paso adelante indiscutible para Alemania. Ha permitido, ante todo, a la burguesía germánica dar un gran paso hacia su objetivo estratégico esencial: tener acceso a los puertos dálmatas en toda la costa adriática, que le dan una salida hacia las aguas profundas del Mediterráneo. La liberación de la Krajina, y en particular de Knin, también abre a Croacia y a su aliado alemán una red ferroviaria y de carreteras entre el sur y el norte de Dalmacia. A la burguesía alemana tanto como a la croata también les interesaba eliminar la amenaza serbia sobre el enclave de Bihac, desde donde se puede cerrar el paso a toda la costa dálmata.
Al derrotar por primera vez a las tropas serbias ([2]), se debilitaba sobre todo a las potencias de segunda fila, a Francia y a Gran Bretaña, ridiculizando a la FFR y poniendo en evidencia su lamentable inutilidad, cuando se ocupaba de abrir sin resultado una estrecha vía de acceso hacia Sarajevo mientras el ariete croata derrumbaba la fortaleza serbia en la Krajina. Arrinconada en el monte Igman en una ridícula defensa de Sarajevo, no solo quedó momentáneamente desprestigiada en el ruedo internacional sino también para los propios serbios, de lo cual ha sacado provecho el otro rival, Rusia, la cual desde entonces se ha confirmado para los serbios como su mejor y más firme aliado.
La réplica de la burguesía norteamericana recuerda el guión de la guerra del Golfo. Aunque dirigido contra las posiciones serbias, el bombardeo intensivo de la OTAN era sobre todo un mensaje de reafirmación de la supremacía norteamericana directamente dirigido a las demás grandes potencias. Para EEUU era necesario acabar con todas las estratagemas guerreras ([3]) y todas las artimañas diplomáticas con Serbia de la pareja franco-inglesa.
Sin embargo, al pasar a la segunda fase de su iniciativa, Estados Unidos corría una vez más el riesgo de desprestigiarse. El plan de paz en que ha desembocado la ofensiva de la Krajina aparecía como una “traición abierta de la causa bosnia”, al confirmar el desmembramiento del territorio bosnio con el 49 % de las conquistas militares para los serbios y el 51 % para la confederación croato-bosnia, reparto que deja de hecho al resto de Bosnia como una especie de protectorado de Croacia. Semejante plan, verdadera puñalada trapera de sus aliados, no podía sino provocar la hostilidad del presidente bosnio Izetbegovic. Mientras el emisario norteamericano negociaba directamente en Belgrado, saltando por encima de Francia y Gran Bretaña, únicos interlocutores acreditados por Serbia entre las potencias occidentales desde hace tres años, fue con el mayor descaro por parte de los aliados de Milosevic ([4]) como ambas potencias creyeron poder aprovecharse de la ocasión para intentar ponerle la zancadilla a EE.UU., presentándose como las grandes e indefectibles defensoras de la causa bosnia y de la población asediada de Sarajevo ([5]). Así es como el gobierno francés intentó presentarse como un aliado incondicional de Izetbegovic recibiéndolo en París. Pero eso fue caer en la trampa montada por EE.UU. para darles una lección magistral a aquellas dos potencias. Aprovechándose del pretexto dado por los obuses disparados sobre el mercado de Sarajevo, Estados Unidos movilizó inmediatamente las fuerzas de la OTAN, poniendo a la pareja franco-británica entre la espada y la pared declarándoles muy probablemente en sustancia: “¿Quieren ayudar a los bosnios? ¡Estupendo! Nosotros también. Entonces han de seguirnos, porque somos los únicos en poder hacerlo, los únicos en tener los medios de imponer una relación de fuerzas eficaz contra los Serbios. Lo hemos demostrado al realizar en tres días el desenclave de la zona de Bihac, reconquistando la Krajina, lo que no habéis sido capaces de cumplir en tres años. Lo vamos a verificar una vez más liberando Sarajevo de la tenaza serbia, lo que vuestra FFR tampoco ha sido capaz de cumplir. Si os echáis atrás, si no nos seguís, será la demostración de que no sois más que unos fanfarrones, unos chillones incapaces, y perderéis todo el crédito que os queda en el ruedo internacional”. Este chantaje no dejó la menor salida a la pareja franco-británica que acabó participando en las operaciones de bombardeo contra sus aliados serbios y volviendo a poner a la FFR bajo el patrocinio directo de la OTAN. Aún evitando no causar pérdidas irreparables a sus aliados serbios, cada una de esas dos potencias reaccionó entonces a su manera. Mientras Gran Bretaña se hizo muy discreta, Francia no pudo evitar hacer el papelón de matón militarista, e intenta ahora presentarse, dedicándose a la escalada verbal antiserbia, como el más resuelto partidario de la fuerza, el mejor teniente de EE.UU. y el aliado más indispensable de Bosnia. Esas fanfarronadas, llegando incluso a dárselas de ser el principal artífice del «plan de paz», no logran ocultar que el gobierno francés ha tenido que achantarse y ponerse en su sitio.
De hecho, en la segunda parte de la operación, Estados Unidos ha actuado por cuenta propia obligando a todos sus competidores imperialistas a doblegarse a su voluntad. La aviación alemana ha participado por vez primera en una acción de la OTAN, pero ha sido a regañadientes. Ante el hecho consumado de la acción norteamericana en solitario, a la burguesía alemana no le quedaba otra solución que integrarse en una acción que no le sirve para nada en sus proyectos. E igualmente Rusia, principal apoyo de los serbios, a pesar de sus ruidosas protestas y sus espectaculares ademanes (petición de convocatoria el Consejo de seguridad de la ONU) contra la continuación de los bombardeos de la OTAN, ha sido totalmente impotente ante una situación que le ha sido impuesta.
Con esta acción, Estados Unidos ha marcado un tanto importante. Ha logrado reafirmar su supremacía imperialista haciendo ver su superioridad militar aplastante. Ha demostrado una vez más que la fuerza de su diplomacia se basa en la fuerza de sus armas. Ha demostrado que es el único capaz de imponer una verdadera negociación pues es el único capaz de poner en la balanza de las discusiones la amenaza de sus armas, de su impresionante arsenal.
Lo que esta situación confirma es que, en la lógica imperialista, la única fuerza real es la militar. Cuando el gendarme interviene, lo hace golpeando todavía más fuerte que las demás potencias imperialistas. Esta ofensiva se enfrenta, sin embargo, a una serie de obstáculos. La fuerza de disuasión de la OTAN es una pálida imitación de la guerra del Golfo:
- La eficacia de los bombardeos aéreos es limitada, lo cual ha permitido a las tropas serbias enterrar sin muchas pérdidas la mayor parte de su artillería. En la guerra moderna la aviación es un arma decisiva, pero ella sola no puede ganar una guerra. El uso de carros blindados y de la infantería sigue siendo indispensable.
- La estrategia americana misma es limitada: Estados Unidos no tiene el más mínimo interés en aniquilar las fuerzas serbias en una guerra total. Para EE.UU., el potencial militar de Serbia debe mantenerse para que un día pueda ser utilizado contra Croacia, en la óptica de su antagonismo fundamental con Alemania. Además una guerra a ultranza contra Serbia acarrearía el riesgo de envenenar las relaciones con Rusia y poner en entredicho su alianza privilegiada con el gobierno de Yeltsin.
Esos límites favorecen las maniobras de sabotaje de los «aliados», obligados por la fuerza a comprometerse en los bombardeos americanos. Ya han aparecido esas maniobras justo cuatro días después del acuerdo de Ginebra, acuerdo que debería haber sido el broche de la habilidad diplomática estadounidense.
La burguesía francesa se puso en primera línea de quienes exigían el cese de los bombardeos de la OTAN «para que los serbios pudieran evacuar sus armas pesadas», y eso que el ultimátum de EE.UU. exigía precisamente lo contrario: el cese de los bombardeos exigía la retirada previa de las armas pesadas de los alrededores de Sarajevo. Y mientras que Estados Unidos pretendía ir más lejos en la presión sobre los serbios de Bosnia, bombardeando el cuartel general de Karadzic en Pale, la Unprofor ponía trabas, oponiéndose a los bombardeos con «objetivos civiles» ([6]).
Los acuerdos de Ginebra firmados en 8 de septiembre por los beligerantes, bajo la batuta de la burguesía estadounidense y en presencia de todos los miembros del «grupo de contacto» no son, ni mucho menos, un «primer paso hacia la paz» como lo ha afirmado el diplomático americano Holbrooke. Lo único que esos acuerdos hacen es sancionar una relación de fuerzas en un momento dado. De hecho, es un paso más hacia un desencadenamiento de una barbarie cuyas atrocidades van a seguir pagando las poblaciones locales.
Como ocurrió cuando la guerra del Golfo, los media se dedican a propalar el cínico infundio de una guerra limpia, de «bombardeos quirúrgicos». ¡Siniestra patraña!. Pasarán meses, sino años, antes de que pueda desvelarse la amplitud y el horror que para las poblaciones locales han sido las nuevas matanzas perpetradas por las naciones más «democráticas» y «civilizadas».
En su mutuo enfrentamiento, cada gran potencia, tan asquerosamente una como la demás, nutre su propaganda belicista sobre Yugoslavia. En Alemania se evocan, en virulentas campañas antiserbias, las atrocidades cometidas por los guerrilleros chechniks. En Francia, en medio de una odiosa campaña belicista de geometría variable, una vez no se pierde la ocasión de recordar lo que hicieron los ustachis croatas junto a los nazis durante la IIª Guerra mundial, otra vez se evoca la locura sanguinaria de los serbios de Bosnia y de vez en cuando se vilipendia el fanatismo musulmán de los combatientes bosnios. Y así en otros países según el campo que se apoya.
El hipócrita concierto internacional de plañideras e intelectuales de todo pelaje que no han cesado de hacer vibrar la cuerda humanitaria exigiendo «armas para Bosnia» sólo ha servido y sigue sirviendo para que la población occidental dé su acuerdo a la política imperialista de su burguesía nacional. Pueden ahora estar contentos esos lacayos de la burguesía gracias a los bombardeos de la OTAN. Esos centinelas del humanismo han sido el refuerzo indispensable de las campañas televisivas con sus imágenes de las más horribles matanzas de la población civil. Esos pretendidos defensores de quienes sufren no son otra cosa sino vulgares banderines de enganche para la guerra; son los alistadores más peligrosos de la burguesía. Son de la misma calaña que los antifascistas de 1936 que enrolaban a los obreros para la guerra de España. La historia ha demostrado su función verdadera, la de abastecedores en carne de cañón en la preparación de la guerra imperialista.
La situación actual es un verdadero fulminante que puede provocar un mayor incendio de los Balcanes. Con la intervención de la OTAN, nunca antes se habían concentrado y acumulado tantas máquinas mortíferas en el territorio yugoslavo. La perspectiva actual es la del enfrentamiento directo entre los ejércitos serbios y croatas y no ya únicamente de milicias más o menos regulares.
Prueba de ello es la continuación de las operaciones militares por los ejércitos croatas, serbios y bosnios. Los acuerdos de Ginebra y sus consecuencias no harán sino caldear las tensiones entre los beligerantes. Cada uno de ellos va a intentar sacar la mayor tajada de la nueva situación:
- aunque el objetivo de los bombardeos masivos y mortíferos de la OTAN era acallar las ambiciones de las fuerzas serbias, éstas van a intentar resistir al retroceso preparándose ya a arreglar a su manera el destino de los enclaves de Sarajevo y Gorazde y del pasillo de Brcko;
- los nacionalistas croatas, animados por sus éxitos militares anteriores, apoyados por Alemania, van a intentar afirmar sus pretensiones para reconquistar la rica Eslavonia oriental, comarca situada junto a Serbia;
- las fuerzas bosnias lo van a intentar todo por no ser las víctimas propiciatorias del «plan de paz», prosiguiendo su ofensiva actual hacia el norte de Bosnia, la región serbia de Banja Luka.
La llegada de refugiados de todo tipo y a todas partes crea una situación de gran peligro que puede arrastrar a otras zonas, como Kosovo y Macedonia sobre todo, a la hoguera belicista, pero también a otras naciones europeas, desde Albania a Rumania, pasando por Hungría.
Como una bola de nieve, la situación conlleva una mayor implicación imperialista de las grandes potencias europeas, incluidos algunos países próximos de gran importancia estratégica como Turquía o Italia sobre todo ([7]).
Francia y Gran Bretaña, potencias por ahora reducidas al papel de alabarderos de teatro, van a dedicarse a poner múltiples trabas a los demás protagonistas, especialmente a Estados Unidos ([8]).
Se ha dado un nuevo paso en la escalada de la barbarie. Lo que presentan como una tendencia hacia el arreglo del conflicto es, al contrario, hacia desórdenes bélicos cada día más mortíferos en la antigua Yugoslavia. Y todo ello supervisado firmemente por las grandes potencias. Lo que se confirma es la acentuación de la tendencia a que cada cual arrime el ascua a su sardina, la dinámica de «cada cual a la suya» que predomina desde que se disolvieron los bloques imperialistas. Lo que también se expresa es una aceleración de la dinámica imperialista y la huida ciega en el aventurismo bélico.
La proliferación, el desarrollo multiforme de todas esas aventuras bélicas es el fruto podrido de la descomposición del capitalismo. Ocurre como con las metástasis de un cáncer generalizado: destruyen primero los órganos más débiles de la sociedad, allí donde el proletariado no tiene los medios a su alcance para oponerse a la infame histeria del nacionalismo. La burguesía de los países avanzados intenta sacar provecho del embrollo yugoslavo, del velo «humanitario» con el que encubre su acción para crear una atmósfera de unión sagrada. Para la clase obrera debe quedar claro que no tiene que escoger ni dejarse arrastrar hacia semejante ciénaga.
Los proletarios de los países centrales deben tomar conciencia de la responsabilidad principal de las grandes potencias, de la de su propia burguesía en el desencadenamiento de esta barbarie guerrera, de que se trata de un ajuste de cuentas entre bandidos imperialistas. Esa toma de conciencia es una condición indispensable para comprender sus propias responsabilidades históricas. Es la misma burguesía la que, por un lado, empuja a las poblaciones a exterminarse mutuamente y, por otro, precipita a la clase obrera en el desempleo, la miseria o al umbral insoportable de la explotación. Por eso, únicamente el desarrollo de las luchas obreras en su propio terreno de clase, en el terreno del internacionalismo proletario podrá ser el muro de contención a la vez contra los ataques de la burguesía y contra sus aventuras militares.
CB
14 de septiembre de 1995
[1] Revista internacional, nº 82, III-1995, «Cuanto más hablan de paz las grandes potencias, más siembran la guerra».
[2] Milosevic prefirió dejar el ejército croata asediar la Krajina sin mover un dedo, para así intentar negociar con EEUU el enclave de Gorazde y, sobre todo, negociar el cese de las sanciones económicas que pesan sobre Belgrado.
[3] Además del simulacro de «rapto» de soldados y observadores de la ONU, operación montada por Francia y Gran Bretaña con la complicidad de Serbia a primeros de junio, se ha de interpretar el bombardeo francés, en julio, sobre Pale, feudo de los serbios de Bosnia como represalia puramente teatral, para así ocultar la acción verdadera de la FFR, y esto es manifiesto cuando se sabe que los bombardeos no alcanzaron ningún objetivo estratégico y no entorpecieron en nada las operaciones militares serbias. En cambio, sí que sirvieron de pretexto para justificar el golpe de fuerza serbio sobre los enclaves de Srebrenica y Zepa.
[4] La pareja franco-británica se ha puesto del lado de Milosevic en un intento de explotar las disensiones que han surgido en el campo de los serbios de Bosnia : su apoyo abierto al general Mladic contra el “presidente” Karadzic y la presión que han ejercido sobre éste no tenían otro sentido sino el de darle a entender que los verdaderos adversarios de Serbia ya no eran los bosnios sino los croatas.
[5] Un hecho edificante: fue un periódico inglés, The Times, el que sacó a la luz, durante la conferencia de Londres, la existencia del famoso dibujo del croata Tudjman según el cual el territorio bosnio quedaba repartido entre Serbia y Croacia, desatándose así el furor de la parte bosnia.
[6] Como decía el periódico francés Le Monde del 14 de septiembre con delicado eufemismo: «Las fuerzas de la ONU, formadas esencialmente por tropas francesas, tienen la sensación de que, día tras día, se les van de las manos las operaciones en provecho de la OTAN. Es cierto que la Alianza Atlántica está llevando a cabo bombardeos aéreos sobre objetivos en decisión conjunta con la ONU. Pero los detalles de las operaciones son planificadas por las bases de la OTAN en Italia y por el Pentágono. El uso, el domingo pasado, de misiles Tomahawk contra instalaciones serbias en la región de Banja Luka (sin consultar previamente a la ONU ni a los demás gobiernos de las potencias asociadas a los bombardeos, NDLR) no ha hecho sino incrementar los temores [de aquéllas fuerzas]».
[7] Es significativo ver a Italia exigiendo una parte más importante en la gestión del conflicto bosnio y negarse a aceptar en su territorio, en donde están instaladas las bases de la OTAN, a los cazas furtivos F-117 americanos, protestando así contra su exclusión del «grupo de contacto» y de los organismos de decisión de la OTAN.
[8] Ante todo, para ser capaz de replicar a la ofensiva estadounidense al nivel apropiado para no quedar excluido de la zona, la actual pareja franco-británica deberá meterse todavía más en el engranaje militar.
50 años después
Con el cincuentenario de las bombas sobre Hiroshima y Nagasaki, la burguesía ha alcanzado una nueva cumbre de cinismo y de ignominia. El no va más de la barbarie no fue cometido por un dictador o un loco sanguinario, sino por la tan virtuosa democracia americana. Para justificar tan monstruoso crimen, toda la burguesía mundial ha repetido la innoble patraña ya usada en la época de los esos siniestros acontecimientos: la bomba se habría utilizado para abreviar y limitar los sufrimientos causados por la continuación de la guerra con Japón. La burguesía estadounidense ha llevado su cinismo hasta el extremo de editar un sello postal de aniversario en el cual reza: «Las bombas atómicas aceleraron el final de la guerra. Agosto de 1945». Aunque en Japón este aniversario haya sido, claro está, una ocasión suplementaria para expresar la oposición a su ex padrino americano, el Primer ministro ha aportado sin embargo su valioso grano de arena a esa mentira de la bomba necesaria para que triunfaran la paz y la democracia, presentado, por vez primera, las excusas de Japón por todos los crímenes cometidos durante la IIª Guerra mundial. Y es así como vencedores y vencidos se encuentran unidos para desarrollar una campaña repugnante para con ella justificar uno de los mayores crímenes de la historia.
La justificación de Hiroshima y Nagasaki: una burda mentira
Las dos bombas atómicas lanzadas sobre Japón en agosto del 45 hicieron, en total, 522 000 víctimas. En los años 50 y 60, aparecerían innumerables cánceres de pulmón y de tiroides y todavía hoy, los efectos de las radiaciones siguen cobrándose víctimas: baste decir que hay diez veces más leucemias en Hiroshima que en el resto de Japón.
Para justificar semejante crimen e intentar dar una respuesta a la legítima preocupación provocada por el horror de la explosión de las bombas y de sus consecuencias, Truman, el presidente americano que había ordenado el holocausto nuclear, junto con su cómplice Winston Churchill, dio unas explicaciones tan cínicas como mentirosas. Según ellos, el empleo del arma atómica habría salvado un millón de vidas más o menos, las pérdidas que habría acarreado la invasión de Japón por las tropas de EEUU. O sea, contra las evidencias, las bombas que arrasaron Hiroshima y Nagasaki, y que hoy, cincuenta años después, siguen haciendo su oficio de muerte, serían bombas... pacifistas. Esa mentira, tan retorcida y odiosa, es incluso desmentida por numerosos estudios históricos procedentes de la propia burguesía...
Observando la situación militar de Japón en el momento de la capitulación de Alemania (mayo del 45), se comprueba que aquel país está ya totalmente vencido. La aviación, arma esencial en la IIª Guerra mundial está diezmada, reducida a unos cuantos aparatos pilotados por un puñado de adolescentes tan fanáticos como inexperimentados. La marina, tanto la mercante como la militar está prácticamente destruida. La defensa antiaérea ya no es más que un inmenso colador, lo cual explica que los B 29 US hubieran podido ejecutar miles de incesantes bombardeos durante la primavera del 45 sin casi ninguna pérdida. Eso, ¡el propio Churchill lo afirma en el tomo 12 de sus memorias!
Un estudio de los servicios secretos de EEUU de 1945, publicado por el New York Times en 1989, revela que: «Consciente de la derrota, el Emperador del Japón había decidido desde el 20 de junio de 1945 que cesara toda hostilidad y que, a partir del 11 de julio, se entablaran negociaciones para el cese de las hostilidades» ([1]).
Aún estando al corriente de esa realidad, Truman, tras haber sido informado del éxito del primer tiro experimental nuclear en el desierto de Nuevo México en julio de 1945 ([2]) y en el mismo momento en que se está celebrando la conferencia de Postdam entre él mismo, Churchill y Stalin ([3]), decide utilizar el arma atómica contra las ciudades japonesas. El que semejante decisión no tuviera nada que ver con la voluntad de acelerar el fin de la guerra con Japón también está acreditado por una conversación entre el físico Leo Szilard, uno de los «padres» de la bomba, y el secretario de Estado americano para la Guerra, J. Byrnes. Éste le contesta a aquél, el cual estaba preocupado por los peligros del uso del arma atómica, que él «no pretendía que fuera necesario el uso de la bomba para ganar la guerra. Su idea era que la posesión y el uso de la bomba haría a Rusia más manejable» ([4]).
Y por si hicieran falta más argumentos, dejemos la palabra a algunos de los más altos mandos del propio ejército americano. Para el almirante W. Leahy, jefe de estado mayor, «los japoneses ya estaban derrotados y listos para capitular. El uso de esa arma bárbara no contribuyó en nada en nuestro combate contra el Japón» ([5]). Esa misma opinión era compartida por Eisenhower.
La tesis de que el arma atómica se usó para forzar la capitulación de Japón y hacer que cesara así la carnicería es totalmente absurda. Es una mentira fabricada de arriba abajo por la propaganda guerrera de la burguesía. Es uno de los mejores ejemplos del lavado de cerebro con que la burguesía justificó ideológicamente la mayor matanza de la historia, o sea la guerra de 1939 a 1945, y también la preparación ideológica de la guerra fría.
Cabe subrayar que, sean cuales sean los estados de ánimo de algunos miembros de la clase dominante, ante el uso de un arma tan aterradora como lo es la bomba nuclear, la decisión del presidente Truman no fue ni mucho menos la de un loco o un individuo aislado. Fue la consecuencia de una lógica implacable, la del imperialismo, y esta lógica es la de la muerte y la destrucción de la humanidad para que sobreviva una clase, la burguesía, enfrentada a la crisis histórica de su sistema de explotación y a su decadencia irreversible.
Desmintiendo la montaña de patrañas repetidas desde 1945 sobre la pretendida victoria de la democracia como sinónimo de paz, nada más terminarse la segunda carnicería imperialista ya se está diseñando la nueva línea de enfrentamiento imperialista que va ensangrentar el planeta. Del mismo modo que en el tratado de Versalles de 1919 estaba ya inscrita inevitablemente una nueva guerra mundial, Yalta contenía ya la gran fractura imperialista entre el gran vencedor de 1945, Estados Unidos, y su challenger ruso. Rusia, potencia económica de segundo orden, pudo acceder, gracias a la IIª Guerra mundial, a un rango imperialista de dimensión mundial, lo cual era necesariamente una amenaza para la superpotencia americana. Desde la primavera de 1945, la URSS utiliza su fuerza militar para formar un bloque en el este de Europa. Lo único que en Yalta se hizo fue confirmar la relación de fuerzas existente entre los principales tiburones imperialistas, que habían salido vencedores de la mayor matanza de la historia. Lo que una relación de fuerzas había instaurado, otra podría deshacerlo. De modo que en el ve rano de 1945, lo que de verdad se le plantea al Estado norteamericano no es ni mucho menos el hacer que Japón se rinda lo antes posible como dicen los manuales escolares, sino, ante todo, oponerse y frenar el empuje imperialista del «gran aliado ruso».
W. Churchill, el verdadero dirigente de la IIª Guerra mundial en el bando de los «Aliados», tomó rápidamente conciencia del nuevo frente que se estaba abriendo y no cesará de exhortar a Estados Unidos para que tome medidas. Escribe en sus memorias: «Cuando más cerca está el final de una guerra llevada a cabo por una coalición, más importancia toman los aspectos políticos. En Washington sobre todo deberían haber tenido más amplias y lejanas vistas... La destrucción de la potencia militar de Alemania había provocado una transformación radical de las relaciones entre la Rusia comunista y las democracias occidentales. Habían perdido el enemigo común que era prácticamente lo único que las unía». Y concluye diciendo que: «La Rusia soviética se había convertido en enemigo mortal para el mundo libre y había que crear sin retraso un nuevo frente para cerrarle el paso. En Europa ese frente debería encontrarse lo más al Este posible» ([6]). Difícil ser más claro. Con esas palabras, Churchill analiza con mucha lucidez que, cuando todavía no ha terminado la IIª Guerra mundial, ya está iniciándose una nueva guerra.
Desde la primavera de 1945, Churchill lo hace todo por oponerse a los avances del ejército ruso en Europa del Este (en Polonia, en Checoslovaquia, en Yugoslavia, etc.). Procura con obstinación que el nuevo presidente de EEUU, Truman, adopte sus análisis. Éste, después de algunas vacilaciones ([7]) adoptará totalmente la tesis de Churchill de que «la amenaza soviética ya había sustituido al enemigo nazi» (Ibíd.).
Se entiende así perfectamente el apoyo total que Churchill y su gobierno dieron a la decisión de Truman de que se ejecutaran los bombardeos atómicos en las ciudades japonesas. Churchill escribía el 22 de julio de 1945: «[con la bomba] poseemos algo que restablecerá el equilibrio con los rusos. El secreto de este explosivo y la capacidad para utilizarlo modificarán totalmente un equilibrio diplomático que iba a la deriva desde la derrota de Alemania». Las muertes, en medio de atroces sufrimientos, de miles y miles de seres humanos parecen dejarle de piedra a ese «gran defensor del mundo libre», a ese «salvador de la democracia».
Cuando se enteró de la noticia de la explosión de Hiroshima, Churchill... se puso a dar brincos de alegría y uno de sus consejeros, lord Alan Brooke da incluso la precisión de que «Churchill quedó entusiasmado y ya se imaginaba capaz de eliminar todos los centros industriales de Rusia y todas las zonas de fuerte concentración de población» ([8]). ¡Así pensaba aquel gran defensor de la civilización y de los valores humanistas al término de una carnicería que había costado 50 millones de muertos!.
El holocausto nuclear que cayó sobre Japón en agosto de 1945, esa manifestación de la barbarie absoluta en que se ha convertido la guerra en la decadencia del capitalismo, no fue cometida por la «blanca y pura democracia» norteamericana para limitar los sufrimientos causados por la continuación de la guerra con Japón, como tampoco correspondía a una necesidad militar. Su verdadero objetivo era dirigir un mensaje de terror a la URSS para forzarla a limitar sus pretensiones imperialistas y aceptar las condiciones de la «pax americana».
Y más concretamente, se trababa de dar a entender a la URSS, la cual, conforme a los acuerdos de Yalta, declaraba en ese mismo momento la guerra a Japón, que le estaba totalmente prohibida la participación en la ocupación de este país, al contrario de lo que se había hecho en Alemania. Y para que el mensaje fuera lo bastante vehemente, EEUU lanzó una segunda bomba sobre una ciudad de menor importancia, Nagasaki, en la cual la explosión aniquiló su principal barrio obrero. Fue ésa la razón de la negativa de Truman a adoptar la opinión de sus consejeros que pensaban que la explosión de la bomba nuclear en una zona poco poblada de Japón habría sido suficiente para obligar a este país a capitular. En la lógica asesina del imperialismo, la vitrificación nuclear de dos ciudades era necesaria para intimidar a Stalin, para enfriar las ambiciones imperialistas del ya ex-aliado soviético.
¿Qué lecciones debe sacar la clase obrera de esa tragedia tan espantosa y de la repugnante utilización que la burguesía hizo y sigue haciendo de ella?
En primer lugar, que ese desencadenamiento insoportable de la barbarie capitalista es todo menos una fatalidad ante la que la humanidad sería la víctima impotente. La organización científica de semejante salvajada sólo fue posible porque el proletariado había sido derrotado a escala mundial por la contrarrevolución más bestial e implacable de toda su historia. Destrozado por el terror estalinista y fascista, totalmente desorientado por la enorme y monstruosa mentira de la identificación del estalinismo al comunismo, acabó dejándose alistar en la trampa mortal de la defensa de la democracia gracias a la complicidad tan activa como insustituible de los estalinistas. Y eso hasta acabar convertido en un montón gigantesco de carne de cañón que la burguesía pudo usar a su gusto. Hoy, por muchas que sean las dificultades que el proletariado tiene para profundizar en su combate, la situación es muy diferente. En las grandes concentraciones proletarias, lo que está al orden del día, en efecto, no es, como durante los años 30, la unión sagrada con los explotadores, sino la ampliación y la profundización de la lucha de clases.
En contra de la gran mentira desarrollada hasta el empacho por la burguesía, la cual presenta la guerra interimperialista de 1939-45 como una guerra entre dos «sistemas», fascista el uno y democrático el otro, los cincuenta millones de víctimas de la atroz carnicería lo fueron del sistema capitalista como un todo. La barbarie, los crímenes contra la humanidad no fueron especialidad del campo fascista únicamente. Los pretendidos «defensores de la civilización» reunidos tras los estandartes de la Democracia, o sea los «Aliados» tienen en las manos tanta sangre como las «potencias del Eje» y si bien el diluvio de fuego nuclear de agosto de 1945 fue de una atrocidad innombrable, no es sino uno de los numerosos crímenes perpetrados a lo largo de la guerra por esos siniestros campeones de la democracia ([9]).
El horror de Hiroshima significa también el inicio de une nuevo período en el hundimiento del capitalismo en su decadencia. La guerra permanente es desde entonces el modo de vida cotidiano del capitalismo. Si el tratado de Versalles anunciaba la siguiente guerra mundial, la bomba sobre Hiroshima marcaba el comienzo real de lo que se llamaría «guerra fría» entre los Estados Unidos y la URSS y que iba a llenar de sangre y fuego todos los rincones del planeta durante más 40 años. Por eso es por lo que después de 1945, y contrariamente a lo que había ocurrido después de 1918, no hubo el más mínimo desarme, sino, al contrario, un incremento gigantesco de los gastos militares por parte de todos los vencedores del conflicto; la URSS, a partir de 1949 tendrá su bomba atómica. En esas condiciones, el conjunto de la economía, bajo la dirección del capitalismo de Estado (sean cuales sean las formas adoptadas por éste), se pone al servicio de la guerra. Y en esto también, al contrario del período que siguió al primer conflicto mundial, el capitalismo de Estado va a reforzarse continuamente y por todas partes sobre la sociedad entera. Pues únicamente el Estado puede movilizar los enormes recursos necesarios para desarrollar, entre otros, el arsenal nuclear. Así el proyecto Manhattan fue el primero de una funesta y larga serie que llevaría a la más descabellada y gigantesca carrera de armamentos de la historia.
1945 no fue la apertura de una nueva era de paz, sino todo lo contrario, lo fue de un nuevo período de barbarie agudizada por la amenaza constante de una destrucción nuclear del planeta. Si hoy Hiroshima y Nagasaki siguen obsesionando la memoria de la humanidad, es porque simbolizan, y cuán trágicamente, cómo y por qué el mantenimiento del capitalismo decadente es una amenaza directa incluso para la supervivencia de la especie humana. Esa terrible espada de Damocles encima de la cabeza de la humanidad da al proletariado, única fuerza capaz de oponerse realmente a la barbarie guerrera del capitalismo, una inmensa responsabilidad. Pues, aunque esa amenaza se haya alejado momentáneamente con el final de los bloques ruso y americano, esa responsabilidad sigue siendo la misma y el proletariado en ningún caso deberá bajar la guardia. En efecto, la guerra sigue estando hoy tan o más presente que nunca, ya sea en África, en Asia, en los confines de la ex URSS, o en el cruel conflicto, que al desgarrar la antigua Yugoslavia, ha vuelto a traer la guerra a Europa por primera vez desde 1945 ([10]). Basta con tomar conciencia del empeño de la burguesía en justificar el empleo de la bomba en agosto del 45 para comprender que cuando Clinton afirma que «si hubiera que volverlo a hacer lo volveríamos a hacer» ([11]), lo único que está expresando es el sentir de toda la clase burguesa a la que pertenece. Tras los discursos hipócritas sobre el peligro de la proliferación nuclear, cada Estado lo hace todo por poseer armas nucleares o perfeccionar el arsenal que ya posee. Es más, las investigaciones para miniaturizar el arma atómica y por lo tanto banalizar su uso no cesan de multiplicarse. Como dice el periódico francés Libération del 5 de agosto de 1995 «Las reflexiones de los estados mayores occidentales sobre la respuesta llamada “del fuerte al demente” están volviendo a poner en la mesa la posibilidad de un uso táctico, limitado, del arma nuclear. Después de lo de Hiroshima, el paso al acto se había vuelto tabú. Después de la guerra fría, el tabú se tambalea».
El horror del uso del arma nuclear no es pues algo que pertenezca a un pasado lejano, sino que, al contrario, es el futuro que el capitalismo en descomposición prepara para la humanidad si el proletariado le dejara hacer. La descomposición ni suprime ni atenúa la presencia de la guerra. Lo que hace es, al contrario, hacerla más peligrosa e incontrolable en medio del caos y del reino de «todos contra todos» que propicia la descomposición. Por todas partes se ve a las grandes potencias imperialistas fomentando el caos para defender sus sórdidos intereses imperialistas y podemos estar seguros de que si la clase obrera no se opone a sus acciones criminales, aquéllas no vacilarán en utilizar todas las armas de las que disponen, desde las bombas de fragmentación (empleadas a profusión contra Irak) hasta las armas químicas y nucleares. Frente a la única perspectiva que «ofrece» el capitalismo en descomposición, la destrucción trozo a trozo del planeta y de sus habitantes, el proletariado no deberá ceder ni a los cantos de sirenas del pacifismo, ni a las de la defensa de la democracia en cuyo nombre quedaron vitrificadas las ciudades de Hiroshima y Nagasaki. Debe, al contrario, mantenerse firme en su terreno de clase, el de la lucha contra el sistema de explotación y de muerte que es el capitalismo. La clase obrera no debe albergar sentimientos de impotencia ante el espectáculo de los horrores, de las atrocidades presentes y pasadas que hoy los medios de comunicación exhiben con complacencia servil mediante imágenes de archivo de la guerra mundial o con las televisivas de las guerras actuales. Es eso lo que precisamente está buscando la burguesía: aterrorizar a los proletarios, transmitirles la idea que contra eso nada puede hacerse, que el Estado capitalista, con sus enormes medios de destrucción, es, de todas, el más fuerte, que sólo él es capaz de traer la paz puesto que sólo él manda en la guerra. El panorama de barbarie sin fin que el capitalismo está desarrollando debe, al contrario, servir a la clase obrera para reforzar en sus luchas, su conciencia y su voluntad de acabar con el sistema.
RN
24 de agosto de 1995
[1] Le Monde diplomatique, agosto de 1990.
[2] Para la puesta a punto de la bomba atómica, el Estado americano movilizó todos los recursos de la ciencia poniéndolos al servicio de los ejércitos. Se dedicaron dos mil millones de dólares de entonces al proyecto “Manhattan”, que había sido decidido por el gran «humanista» Roosevelt. Todas las universidades del país aportaron su concurso. En él participaron directa o indirectamente los físicos más grandes, desde Einstein hasta Oppenheimer. Seis premios Nobel trabajaron en la elaboración de la bomba. Esa enorme movilización de todos los recursos científicos para la guerra es un rasgo general de la decadencia del capitalismo. El capitalismo de Estado, ya sea abiertamente totalitario ya sea el adornado con los oropeles democráticos, coloniza y militariza toda la ciencia. Bajo su reinado, ésta sólo se desarrolla y vive por y para la guerra. Y desde 1945, eso no ha cesado de incrementarse.
[3] La meta esencial de esta conferencia, para Churchill esencialmente que fue su principal instigador, era de manifestarle a la URSS de Stalin que debía limitar sus ambiciones imperialistas, que había límites que no debía sobrepasar.
[4] Le Monde diplomatique, agosto de 1990.
[5] Ídem.
[6] Memorias, tomo 12, mayo de 1945.
[7] Durante toda la primavera de 1945, Churchill no parará de echar pestes contra lo que el llama la flojera americana ante el avance por todo el Este de Europa de las tropas rusas. Si bien las vacilaciones del gobierno norteamericano para enfrentarse a los apetitos imperialistas del Estado ruso expresaba la relativa inexperiencia de la burguesía estadounidense en su traje nuevo de superpotencia mundial, mientras que la británica poseía une experiencia secular en ese plano, también era expresión de intenciones ocultas no tan amistosas respecto al «hermano» británico. El que Gran Bretaña saliera de la guerra muy debilitada y que sus posiciones en Europa fueran amenazadas por el «oso ruso» la haría más dócil ante las órdenes que el Tío Sam no iba a tardar en imponer, incluso a sus más próximos aliados. Es un ejemplo más de las relaciones «francas y armoniosas» que reinan entre los diferentes tiburones imperialistas.
[8] Le Monde diplomatique, agosto de 1990.
[9] Véase Revista internacional, nº 66, «Las matanzas y los crímenes de las grandes democracias».
[10] Después de 1945, la burguesía ha presentado la «guerra fría» como una guerra entre dos sistemas diferentes: la democracia frente al comunismo totalitario. Esta mentira ha seguido desorientando gravemente a la clase obrera, a la vez que se ocultaba la naturaleza clásica y sórdidamente imperialista de la nueva guerra que enfrentaba a los aliados de ayer. En cierto modo, la burguesía ha vuelto a servir el mismo plato en 1989 clamando que con la «caída del comunismo» la paz iba a reinar por fin. Desde entonces, desde el Golfo hasta Yugoslavia, hemos podido comprobar lo que valían las promesas de los Bush, Gorbachov et demás.
[11] Libération, 11 de abril de 1995.
Friedrich Engels
«El 5 de Agosto de 1985 falleció en Londres Federico Engels. Después de su amigo Carlos Marx (fallecido en 1883), [...] Marx y Engels fueron los primeros en demostrar que la clase obrera con sus reivindicaciones surge necesariamente del sistema económico actual, que, con la burguesía, crea inevitablemente y organiza al proletariado. Demostraron que la humanidad se verá liberada de las calamidades que la azotan no por los esfuerzos bien intencionados de algunas que otras nobles personalidades, sino por medio de la lucha de clase del proletariado organizado. Marx y Engels fueron los primeros en dejar sentado en sus obras científicas que el socialismo no es una invención de soñadores, sino la meta final y el resultado inevitable del desarrollo de las fuerzas productivas dentro de la sociedad contemporánea».
Con estas lineas Lenin comenzaba, un mes después de la muerte del compañero de Marx, una corta biografía de uno de los mejores militantes del combate comunista.
Engels, nacido en Barmen en 1820 en la provincia renana de Prusia, es en efecto un ejemplo de militante dedicado en vida y obra al combate de la clase obrera. Nacido en el seno de una familia de industriales podría haber vivido rica y confortablemente sin tener que preocuparse del combate político. Sin embargo, como Marx y tantos otros jóvenes estudiantes en rebelión contra la miseria del mundo en el que vivían, muy joven adquirió una madurez política excepcional en contacto con la lucha de los obreros en Inglaterra, Francia y después en Alemania. En el período en el que el proletariado se constituía en clase, y empezaba a desarrollar su combate político era inevitable que atrajera a un cierto número de intelectuales a sus filas.
Engels fue siempre modesto en cuanto a su trayectoria individual, saludando siempre la considerable aportación realizada por su amigo Marx. Sin embargo, con apenas 25 años, fue un precursor. Fue testigo en Inglaterra de la catastrófica marcha de la industrialización y de la pauperización. Percibió al mismo tiempo las potencialidades y las debilidades del movimiento obrero balbuceante (el Cartismo). Tomó conciencia de que el «enigma de la historia» residía en ese proletariado despreciado y desconocido. Asistía a los mítines obreros en Manchester donde vio a los proletarios combatir de frente al cristianismo e intentar ocuparse de su futuro.
En 1844, Engels escribió un artículo, «Contribución a la crítica de la economía política» para los Anales franco-alemanes, revista publicada en común en Paris por Arnold Ruge, un joven demócrata, y por Marx que, en aquellos momentos, se situaba aún en el terreno de la lucha por la conquista de la democracia contra el absolutismo prusiano. Fue este escrito el que abrió los ojos a Marx sobre la naturaleza profunda de la economía capitalista. Después, la obra de Engels, La Condición de la clase trabajadora en Inglaterra, publicado en 1845 se convertiría en un libro de referencia para toda una generación de revolucionarios. Como escribió Lenin, Engels fue por tanto el primero en declarar que el proletariado «no es solamente» una clase que sufre, sino que la situación económica intolerable en la que se encuentra la empuja irresistiblemente adelante, obligándola a luchar por su emancipación final. Dos años más tarde, fue también Engels el que redactó en forma de cuestionario Los Principios del comunismo que sirvieron de armazón a la redacción del mundialmente conocido Manifiesto comunista firmado por Marx y Engels.
De hecho, lo esencial de la inmensa contribución que Engels ha aportado al movimiento obrero es el fruto de una estrecha colaboración con Marx, y viceversa. Marx y Engels se conocieron realmente en Paris durante el verano de 1844. Se inició entonces un trabajo en común de toda una vida, una rara confianza recíproca, que no se basaba simplemente en una amistad fuera de lo común, sino que se cimentaba en una comunión de ideas, una convicción compartida del papel histórico del proletariado y un combate constante por el espíritu de partido, por ganar a cada vez más elementos al combate revolucionario. Juntos, desde su encuentro, Marx y Engels superaron rápidamente sus visiones filosóficas del mundo para dedicarse a ese acontecimiento sin precedente en la historia, el desarrollo de una clase, el proletariado, a la vez explotada y revolucionaria. Una clase que a diferencia de todas las demás tiene la capacidad de adquirir una clara «conciencia de clase» para deshacerse de los prejuicios y automistificaciones que pesaban sobre las clases revolucionarias del pasado tales como la burguesía. De esta reflexión común surgieron dos libros: La Sagrada familia publicado en 1844 y La Ideología alemana escrito entre 1844 y 1846 y publicado ya en el siglo XX. En estos libros Marx y Engels saldaron cuentas con las concepciones filosóficas de los «jóvenes hegelianos», sus primeros compañeros de combate, aquellos que no pudieron superar una visión burguesa o pequeño burguesa del mundo. Al mismo tiempo desarrollaron una visión materialista del mundo que rompía con el idealismo (que consideraba que «son las ideas las que gobiernan el mundo») y también con el materialismo vulgar que no reconocía ningún papel a la conciencia. Por su parte Marx y Engels consideraban que «cuando la teoría se adueña de las masas, se convierte en una fuerza material». Tanto es así que los dos amigos, totalmente convencidos de esta unidad entre el ser y la conciencia, no van a separar nunca el combate teórico del proletariado de su combate práctico, ni su propia participación en esas dos formas de lucha.
En efecto, contrariamente a la imagen que la burguesía ha dado a menudo de ellos, Marx y Engels nunca fueron «sabios de escritorio», fuera de las realidades y de los combates prácticos. En 1847, el Manifiesto que redactaron juntos se llamaba en realidad Manifiesto del Partido comunista y sirvió de programa a la Liga de los comunistas, organización que se preparaba a tomar parte en los combates de clase que se anunciaban. En 1848, cuando estalla toda una serie de revoluciones burguesas en el continente europeo, Marx y Engels participan activamente, contribuyendo en la eclosión de las condiciones que permitieran el desarrollo económico y político del proletariado. Una vez en Alemania, publican un diario, La Nueva gaceta renana que se convierte en un instrumento de combate. Más concretamente aún, Engels se alista en las tropas revolucionarias que luchan en el país de Bade.
Tras el fracaso y la derrota de esta oleada revolucionaria europea, su participación en la misma supondrá para Engels, y también para Marx, el ser perseguidos por todas las policías del continente, hecho que les obligará a exiliarse en Inglaterra. Marx se instala definitivamente en Londres, mientras que Engels va a trabajar hasta 1870 en la fábrica de su familia en Manchester. El exilio no paralizó en modo alguno la participación de ambos en los combates de clase. Su actividad prosiguió en el seno de la Liga de los comunistas hasta 1852, fecha en la que, para evitar que ésta degenerara tras el reflujo de las luchas, ambos se pronunciaron por su disolución.
En 1864, cuando se constituye, al calor de una reanudación internacional de los combates obreros, la Asociación internacional de los trabajadores (AIT), ambos participaron activamente en ella. Marx es miembro del Consejo general de la AIT y Engels se asocia en 1870 en cuanto puede liberarse de su trabajo en Manchester. Es un momento crucial en la vida de la Internacional y codo con codo ambos militantes participan activamente en los combates de aquélla: la Comuna de Paris en 1871, la solidaridad con los refugiados después de la derrota de ésta (en el seno del Consejo general es Engels el que organiza la ayuda material a los comuneros emigrados a Londres) y sobre todo la defensa de la AIT contra las intrigas de la Alianza de la democracia socialista animada por Bakunin. Marx y Engels estuvieron presentes, en septiembre de 1872, en el Congreso de la Haya que hizo frente a las intrigas de la Alianza, y será Engels quien redacte la mayor parte del Informe encargado por el Congreso al Consejo general sobre las intrigas bakuninistas.
El aplastamiento de la Comuna fue un terrible hachazo para el proletariado europeo y la AIT, la «vieja Internacional» como la llamaron desde entonces Marx y Engels, se extinguirá en 1876. Los dos compañeros no abandonaron, tampoco entonces, el combate político. Siguieron de muy cerca la actividad de todos los partidos socialistas que se constituyeron y desarrollaron en la mayor parte de los países de Europa, actividad que Engels prosiguió de forma enérgica tras la muerte de Marx en 1883. Prestaron una atención particular al movimiento que se desarrollaba en Alemania y que se había convertido en el faro mundial del proletariado. En tal sentido, intervinieron para combatir todas las confusiones que pesaban sobre el Partido socialdemócrata, como lo demuestra la Crítica del programa de Ghota (escrito por Marx en 1875) y la Crítica del programa de Erfurt (Engels, 1891).
Engels, al igual que Marx, fue ante todo un militante del proletariado, parte activa de los diferentes combates por él librados. Hacia el final de su vida, Engels confesaba que no había nada más apasionante que el combate de propaganda militante, evocando en particular su alegría por colaborar en la prensa cotidiana en la ilegalidad, con la Nueva gaceta renana en 1848, y después con el Sozialdemocrat en los años 1880, cuando el partido sufría la dura ley de Bismark contra los socialistas.
La colaboración de Engels y Marx fue particularmente fecunda: incluso alejados el uno del otro, o cuando sus organizaciones se habían disuelto, ellos siempre continuaron luchando, rodeados de compañeros fieles y desarrollando un trabajo de fracción indispensable en los períodos de reflujo, manteniendo esa actividad de minoría gracias a una enorme correspondencia.
Gracias a esta colaboración se deben las obras teóricas mayores redactadas tanto por Engels como por Marx. Los escritos por Engels son resultado, en gran medida, del intercambio permanente de ideas y de reflexiones que mantenía con Marx. Tal es el caso, en particular, del Anti-Düring (publicado en 1878 y que se hizo instrumento esencial para la formación de muchos militantes socialistas en Alemania) y del Origen de la familia, la propiedad privada y el Estado (1884) que expone de manera muy precisa la concepción comunista del Estado sobre la que se basaron posteriormente los revolucionarios (en especial Lenin en su obra El Estado y la revolución. Incluso Ludwig Feuerbach y el fin de la filosofía clásica alemana publicado tras la muerte de Marx, sólo pudo ser escrito como consecuencia de la reflexión que desde su juventud habían puesto en común los dos amigos.
Recíprocamente, sin la contribución de Engels, la gran obra de Marx, el Capital, jamás habría visto la luz. Como hemos visto más arriba, fue Engels quien, en 1844 hizo comprender a Marx, la necesidad de desarrollar una crítica de la economía política. Después, todos los avances, todas las hipótesis contenidas en El Capital serían objeto de largas correspondencias; Engels, por ejemplo, al estar directamente implicado en el funcionamiento de una empresa capitalista, pudo aportar elementos de primera mano sobre ese funcionamiento. En el mismo sentido, el apoyo y los consejos permanentes de Engels contribuyeron decisivamente a que el primer libro de la obra apareciera en 1867. En fin, cuando Marx dejó tras su muerte una masa considerables de notas y trabajos, fue Engels quien les dio forma para hacer de ellos los libros II y III de El Capital (publicados en 1885 y 1894).
Así, Engels, cuya única pretensión era la de ser un «segundo violín», ha dejado sin embargo al proletariado una obra a la vez profunda y de gran legibilidad. Pero sobre todo hizo posible también, tras la muerte de Marx, que permaneciera el legado del «espíritu de Partido», una experiencia y unos principios organizativos que tienen un valor de continuidad y que se transmitieron hasta la IIIª Internacional.
Engels había participado en la fundación de la Liga de los comunistas en 1847 y, después, en de la AIT en 1864. Tras la disolución de la Iª Internacional, Engels desempeñó un importante papel en el mantenimiento de los principios para la reconstrucción de la IIª Internacional, a la que jamás negó su contribución y consejos. Aunque estimó prematura la fundación de esta nueva Internacional, no por ello dejó de combatir la reaparición de intrigantes como Lassalle o la reemergencia del oportunismo anarquizante, y por ello puso todo su peso para vencer al oportunismo en el Congreso internacional de fundación celebrado en Paris en 1889. De hecho, hasta su muerte, Engels se implicó decididamente en la lucha contra el oportunismo emergente sobre todo en la socialdemocracia alemana, contra la la influencia pusilánime de la pequeña burguesía, contra el elemento anarquista destructor de toda vida organizativa y contra el ala reformista seducida cada vez más por los cantos de sirena de la ideología burguesa.
A finales del siglo pasado la burguesía toleró el desarrollo del sufragio universal. El número de diputados elegidos, en particular en Alemania, dio una impresión de fuerza en el marco de la legalidad a los elementos oportunistas y reformistas del Partido. La historiografía burguesa y los enemigos del marxismo intentan utilizar los escritos de Engels, en particular el prefacio escrito en 1895 como introducción a los escritos de Marx sobre La Lucha de clases en Francia, para hacernos creer que el viejo militante se habría convertido en un pacifista reformista que consideraba caduco el tiempo de las revoluciones ([1]). Es cierto que esta introducción contenía fórmulas falsas ([2]), pero no es menos cierto que el texto publicado como introducción no tenía nada que ver con el original escrito por Engels. De hecho, esta famosa introducción fue retocada por Kautsky para evitar persecuciones judiciales; después, volvió a retocarse, siendo esta vez expurgada a fondo por Wilheim Liebknecht. Engels escribió a Kautsky para expresarle enérgicamente su indignación al encontrar en el Vorwärts (órgano de prensa de la Socialdemocracia) una introducción que le hacía «aparecer como un partidario a toda costa de la legalidad» (carta del 1º de abril de 1895). Dos días después, se quejaba también a Paul Lafargue diciéndole: «Liebknecht acaba de hacerme una buena jugarreta. Ha recogido, desde mi introducción hasta los artículos de Marx sobre la Francia de 1848-1850, todo lo que le sirve para apoyar la táctica a toda costa pacífica y no violenta que tanto le gusta predicar desde hace algún tiempo».
A pesar de las múltiples advertencias, la sumisión al oportunismo de los Berstein, Kaustky y compañía iba a desembocar en la explosión de IIª Internacional en 1914 ante la oleada socialpatriota. Pero esa Internacional fue verdaderamente un lugar del combate revolucionario contrariamente a lo que afirman los modernos narradores de la historia a la manera del GCI ([3]). Sus adquisiciones políticas, en particular el internacionalismo que había afirmado en sus Congresos (en particular en los de 1907 en Stuttgart y en 1912 en Bâle), y sus principios programáticos en materia de organización (defensa de la centralización, combate contra los arrivistas e intrigantes de todo tipo...) no se perdieron para el ala Izquierda de lo que quedó de la Internacional de Engels, ya que Lenin, Luxemburg, Pannekoek y Bordiga, entre otros, recogieron enérgicamente el estandarte que tan apasionadamente había defendido el viejo militante hasta el final de sus días.
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La hija de Marx, Eleanor, en un artículo que le había pedido una revista socialista alemana en el 70 cumpleaños de Engels, rindió merecido homenaje al hombre y al militante, destacando uno de los rasgos políticos que hicieron de Engels un destacado luchador, un verdadero militante de Partido:
«Hay una sola cosa que Engels no perdona jamás, la falsedad. Un hombre que no es sincero consigo mismo, más aún, que no es fiel a su Partido no encontrará ninguna piedad en Engels. Para él esto es una falta imperdonable... Engels, que es el hombre más exacto del mundo, tiene como nadie un sentimiento muy estricto del deber y sobre todo de la disciplina hacia el Partido, lo que en modo alguno tiene que ver con el puritanismo. Nadie como él es capaz de comprenderlo todo y por lo tanto, nadie como él es capaz de disculpar fácilmente nuestras pequeñas debilidades».
Al volver a publicar este texto, la prensa socialista de la época (número de agosto de 1885 del Devenir social) saludaba la memoria del gran combatiente recién fallecido:
«Ha muerto un hombre que se ha mantenido voluntariamente en un segundo plano, pudiendo estar en el primero. La idea, su idea, se ha levantado, viva, más viva que nunca, desafiando todos los ataques, gracias a las armas que él, junto con Marx, han contribuido a forjar. No oiremos nunca más el ruido del martillo de este valeroso forjador sobre el yunque; el buen obrero ha caído; el martillo escapa de sus potentes manos al suelo y ahí quedará quizás durante tiempo; pero las armas que ha forjado están ahí, sólidas y relucientes. Aunque ya no podrá forjar nuevas armas, lo que al menos, podemos y debemos hacer es no dejar que se oxiden las que nos ha dejado; y, con esta condición, esas armas nos harán obtener la victoria para las que han sido fabricadas».
F. Médéric
[1] La historiografía burguesa no es la única que intenta hacernos creer que existió una degradación política de Engels hacia el final de su vida. Nuestros «marxistólogos» modernos al estilo de Maximilien Rubel tratan a Engels a la vez de deformador e idólatra de Marx. Todas estas difamaciones tienen por objeto silenciar la voz de Engels, por lo que representa real y profundamente: la fidelidad al combate revolucionario.
[2] Rosa Luxemburg, en el momento de la fundación del Partido comunista de Alemania el 31 de diciembre de 1918, criticó con razón estas fórmulas de Engels señalando concretamente en qué medida habían sido «pan bendito» para los reformistas y su labor de degradación del marxismo. Pero al mismo tiempo precisaba lo siguiente: «Engels no vivió el tiempo suficiente para poder ver los resultados, las consecuencias prácticas de la utilización que hicieron de su prefacio... Pero estoy completamente segura de lo siguiente: cuando se conocen las obras de Marx y Engels, cuando se conoce el espíritu revolucionario vivo, auténtico, inalterable que se desprende de sus escritos, de todas sus lecciones, podemos estar seguros de que Engels habría sido el primero en protestar contra los excesos del parlamentarismo puro y simple... Engels e incluso Marx, si hubiera vivido, habrían sido los primeros en rebelarse violentamente contra esos excesos, en detener, en frenar brutalmente el vehículo para impedir que se empantanara en el barrizal» (Rosa Luxemburgo, «Discurso sobre el Programa»). En aquellos momentos, Rosa no sabía que Engels sí había protestado enérgicamente a propósito de su Prefacio. Por otra parte, para todos aquellos que se complacen en oponer a Engels contra Marx, debemos señalarles que el mismo Marx emitió opiniones que fueron ampliamente utilizadas por los reformistas. Por ejemplo, menos de dos años después de la Comuna, Marx declaraba: «(...) nosotros no negamos que existen países como Norteamérica, Inglaterra, y si yo conociera bien sus instituciones, podría añadir Holanda, en los que los trabajadores pueden llegar a su objetivo por medios pacíficos» (Discurso en el mitin de clausura del Congreso de la Haya. Todos los revolucionarios, incluso los más grandes han podido cometer errores. Si bien es normal que los falsificadores socialdemócratas, estalinistas y trotskistas eleven a dogma esos errores de forma interesada, incumbe a los comunistas saber reconocerlos inspirándose en la globalidad de la obra de sus predecesores.
[3] Sobre la defensa del carácter proletario de la IIª Internacional ver nuestro artículo «La continuidad de las organizaciones políticas del proletariado: la naturaleza de clase de la social-democracia», en Revista internacional, nº 50.
Este tercer artículo tratará de las luchas revolucionarias en Alemania de 1918-19 ([1]). Aborda uno de los problemas más delicados del combate proletario: las condiciones y la oportunidad de la insurrección. La experiencia alemana, por negativa que fuera, es una fuente muy rica de enseñanzas para los combates revolucionarios del mañana.
En noviembre de 1918 la clase obrera se subleva y obliga a la burguesía en Alemania a poner fin a la guerra. Para evitar que se radicalizara el movimiento y se repitiera «lo de Rusia», la clase capitalista usa al SPD ([2]) dentro de las luchas, como punta de lanza contra la clase obrera. Gracias a una política de sabotaje muy hábil, el SPD con la ayuda de los sindicatos, lo hace todo para minar la fuerza de los consejos obreros.
Ante el desarrollo explosivo del movimiento, al ver que por todas partes se amotinaban los soldados y se ponían del lado de los obreros insurrectos, a la burguesía le era imposible hacer una política de represión inmediata. Tenía primero que actuar políticamente contra la clase obrera para después conseguir la victoria militar. Ya tratamos en detalle en nuestra Revista internacional nº 82 el sabotaje político llevado a cabo por la burguesía. Vamos ahora a tratar sobre su acción contra la insurrección obrera.
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Los preparativos para una acción militar ya habían sido hechos desde el primer día. Y no son los partidos de la derecha de la burguesía los que organizan la represión, sino el que todavía aparece como «el gran partido del proletariado», el SPD, y eso en colaboración estrecha con el ejército. Son esos «demócratas» tan adulados quienes entran en acción en primera línea de defensa del capitalismo. Son ellos quienes aparecen como el baluarte más eficaz del Capital. El SPD empieza organizando sistemáticamente Cuerpos francos, pues las tropas regulares, al estar infectadas por el «virus de las luchas obreras», obedecen cada día menos al gobierno burgués. Así, unidades de voluntarios, que se benefician de sueldos extras, van a servir de auxiliares represivos.
Justo un mes después del inicio de las luchas, el SPD da la orden a sus esbirros de entrar por la fuerza en los locales del periódico de Spartakus, Die Rote Fahne. Son detenidos K. Liebknecht, R. Luxemburg y otros espartaquistas, pero también algunos miembros del Consejo ejecutivo de Berlín. Simultáneamente, tropas leales al gobierno atacan una manifestación de soldados desmovilizados y desertores; matan a catorce manifestantes. Varias fábricas se ponen en huelga el 7 de diciembre en señal de protesta; por todas partes se organizan asambleas generales en las fábricas. El 8 de diciembre se produce por primera vez una manifestación de obreros y de soldados en armas que reúne a más de 150000 participantes. En ciudades del Ruhr, como en Mülheim, los obreros y los soldados detienen a los patronos de la industria.
Frente a las provocaciones del gobierno, los revolucionarios evitan empujar a la clase obrera a la insurrección inmediata, animándola a movilizarse masivamente. Los espartaquistas concluyen que, en efecto, las condiciones necesarias para derribar al gobierno burgués no están todavía reunidas sobre todo en lo que a las propias capacidades de la clase obrera se refiere ([3]).
El Congreso nacional de consejos que se desarrolla a mediados de diciembre de 1918 ilustra bien esa situación de inmadurez. La burguesía va a sacar provecho de ella (ver el artículo precedente en la Revista internacional nº 82). En ese Congreso, los delegados deciden someter sus decisiones a una Asamblea nacional que habrá que elegir. Y simultáneamente se instaura un «Consejo central» (Zentralrat) formado exclusivamente por miembros del SPD, los cuales pretenden hablar en nombre de los consejos de obreros y de soldados de Alemania. Después de ese Congreso, la burguesía se da cuenta de que puede utilizar inmediatamente la debilidad política de la clase obrera organizando una segunda provocación militar: los cuerpos francos y las tropas gubernamentales pasan a la ofensiva el 24 de diciembre. Matan a once marineros y a varios soldados. Otra vez surge de las filas obreras un sentimiento de gran indignación. Los obreros de la Sociedad de motores Daimler y de otras muchas fábricas berlinesas exigen la formación de una Guardia roja. El 25 de diciembre se organizan grandes manifestaciones de réplica a aquel ataque. El gobierno se ve obligado a retroceder. El desprestigio creciente que se apodera del gobierno hace que el USPD ([4]) que formaba parte de él, se retire.
La burguesía no por eso alivia la presión. Sigue queriendo proceder al desarme del proletariado en Berlín y se prepara para asestarle un golpe decisivo.
El SPD, para levantar la población contra el movimiento de la clase obrera, se hace el portavoz de una infame y poderosa campaña de calumnias contra los revolucionarios, llegando incluso a hacer llamamientos a asesinar a espartaquistas: «¿Queréis la paz? Pues entonces cada uno debe hacer de tal modo que se acabe la tiranía de la gente de Spartakus. ¿Queréis la libertad? ¡Acabad entonces con esos haraganes armados de Liebknecht!. ¿Queréis la hambruna?. Seguid entonces a Liebknecht. ¿Queréis ser los esclavos de la Entente?. ¡Liebknecht se ocupa de ello!. ¡Abajo la dictadura de los anarquistas de Spartakus! ¡Sólo la violencia podrá oponerse a la violencia brutal de esa pandilla de criminales!» (Hoja de la Corporación municipal del Gran Berlín, 29/12/1918).
«Las artimañas vergonzosas de Liebknecht y de Rosa Luxemburgo manchan la revolución y ponen en peligro todas sus conquistas. Las masas no deben seguir tolerando que esos tiranos y sus partidarios paralicen las instancias de la República. (...) Con mentiras, calumnias y violencia es como echarán abajo cualquier obstáculo que se atreva a oponérseles.
¡Hemos hecho la revolución para poner fin a la guerra!. ¡Spartakus quiere una nueva revolución para comenzar una nueva guerra!» (Hoja del SPD, enero de 1919).
A finales de diciembre, el grupo Spartakus abandona el USPD y se unifica con los IKD ([5]) para formar el KPD. La clase obrera va a poseer así un Partido comunista nacido en pleno movimiento y que va ser, de entrada, el blanco de los ataques del SPD, principal defensor del capital.
Para el KPD lo indispensable para oponerse a esa táctica del capital es la actividad de las masas obreras más amplias. «Tras la primera fase de la revolución, la fase de la lucha esencialmente política, se abre la de la lucha reforzada, intensa y principalmente económica» (R. Luxemburg en el Congreso de fundación del KPD). El gobierno del SPD «No podrá apagar las llamas de la lucha de clase económica» (ídem). Por eso, el capital, y a su cabeza el SPD, va a hacerlo todo por impedir toda extensión de las luchas en ese terreno, provocando levantamientos armados de obreros para acabar reprimiéndolos. Se trata para el capital de debilitar, en un primer tiempo, el movimiento en su centro, o sea Berlín, para después atacar al resto de la clase obrera.
En enero, la burguesía reorganiza las tropas acuarteladas en Berlín. En total, concentra a más de 80 000 soldados en torno a la ciudad, 10 000 de entre los cuales forman parte de las tropas de choque. A principios del mes, lanza una nueva provocación contra los obreros para así incitarlos al enfrentamiento militar. El 4 de enero, en efecto, el gobierno burgués dimite al jefe de la policía de Berlín, Eichhorn. Esto es inmediatamente vivido como una provocación por la clase obrera. En la noche del 4 de enero, los «hombres de confianza revolucionarios» ([6]) organizan una reunión en la que participan Liebknecht y Pieck en nombre del KPD, que ha sido fundado algunos días antes. Se funda un «Comité revolucionario provisional» que se apoya en el círculo de «hombres de confianza revolucionarios». Pero al mismo tiempo, el Comité ejecutivo de los consejos de Berlín (Vollzugsrat) y el Comité central (Zentralrat) nombrado por el congreso nacional de consejos –dominados ambos por el SPD– siguen existiendo y actuando en el seno de la clase obrera.
El Comité de acción revolucionaria convoca a una reunión de protesta para el domingo 5 de enero. Unos 150 000 obreros acuden a ella después de haberse manifestado ante la sede de la prefectura de policía. Por la noche del 5 de enero, algunos manifestantes ocupan los locales del periódico del SPD Vorwärts y otras sedes editoriales. Estas acciones han sido probablemente suscitadas por agentes provocadores; en todo caso, se producen sin que el Comité, que no tiene conocimiento de ellas, las haya decidido.
Las condiciones para el derrocamiento del gobierno no están reunidas y eso es lo que pone de relieve el KPD en una octavilla de los primeros días de enero:
«Si los obreros de Berlín disolvieran hoy la Asamblea nacional, si mandaran a la cárcel a los Ebert y Scheidemann, mientras que los obreros del Ruhr, de la Alta Silesia y los obreros agrícolas de las comarcas al este del Elba siguieran sin moverse, los capitalistas tendrían la posibilidad de someter Berlín de inmediato, encerrándolo en el hambre. La ofensiva de la clase obrera contra la burguesía, el combate por la toma del poder por los consejos obreros debe ser obra de todo el pueblo trabajador de todo el país. Únicamente la lucha de los obreros de las ciudades y del campo, en todo lugar y en todo momento, acelerándose e incrementándose, a condición de que se transforme en una poderosa marea que atraviese toda Alemania con su mayor fuerza, únicamente la oleada iniciada por las víctimas de la explotación y de la opresión, que anegue todo el país, podrá hacer estallar el gobierno del capitalismo, dispersar la Asamblea nacional e instaurar sobre sus ruinas el poder de la clase obrera que conducirá al proletariado a la victoria total en su lucha futura contra la burguesía. (...)
¡Obreros y obreras, soldados y marineros! ¡Convocad por doquier asambleas y esclareced a las masas sobre el camelo de la Asamblea nacional. En cada taller, en cada unidad de tropa, en cada ciudad, examinad si vuestro consejo de obreros y de soldados ha sido elegido de verdad, si no alberga en su seno a representantes del sistema capitalista, a traidores a la clase obrera tales como los secuaces de Scheidemann, o a elementos inconsistentes o vacilantes como los Independientes. Convenced entonces a los obreros para que elijan a comunistas. (...) Allí donde poseéis la mayoría en los consejos obreros, estableced inmediatamente vínculos con los demás consejos obreros de la región (...) Si se realiza un programa así (...) la Alemania de la república de los consejos, junto a la república de los consejos de obreros rusos, arrastrará a los obreros de Inglaterra, de Francia, de Italia tras los estandartes de la revolución...». Este análisis demuestra que el KPD ve claramente que el derrocamiento de la clase capitalista no es todavía posible en lo inmediato y que la insurrección no está aún al orden del día.
Después de la gigantesca manifestación de masas del 5 de enero, en esa misma noche se organiza una sesión de los «hombre de confianza», en la que participan delegados del KPD y del USPD así como representantes de las tropas de la guarnición. Impresionados por la poderosa manifestación de la tarde, los asistentes eligen un Comité de acción (Aktionsauschu) de 33 miembros, a cuya cabeza son nombrados Ledebour de presidente, Scholze por los «hombres de confianza revolucionarios» y K. Liebknecht por el KPD. Se decide para el día siguiente 6 de enero una huelga general y una nueva manifestación.
El Comité de acción reparte una octavilla de llamamiento a la insurrección con la consigna: «¡Luchemos por el poder del proletariado revolucionario! ¡Abajo el gobierno Ebert-Scheidemann!»
Vienen soldados a proclamar su solidaridad con el Comité de acción. Una delegación de ellos asegura que se pondrá del lado de la revolución en cuanto se declare la destitución del actual gobierno Ebert-Scheidemann. En estas, K. Liebknecht por el KPD, Scholze por los «hombres de confianza revolucionarios» firman un decreto por el que proclaman esa destitución y la toma a cargo de los asuntos gubernamentales por un comité revolucionario. El 6 de enero, medio millón de personas se manifiestan por las calles. En todos los barrios de la capital se producen manifestaciones y reuniones; los obreros del Gran Berlín reclaman armas. El KPD exige el armamento del proletariado y el desarme de los contrarrevolucionarios. El Comité de acción da la consigna «¡Abajo el gobierno!», pero no toma ninguna iniciativa seria para llevar a cabo esa orientación. Ninguna tropa de combate es organizada en las fábricas, ni un conato se lleva a cabo para apoderarse de los asuntos del Estado y paralizar al antiguo gobierno. El Comité de acción no sólo no tiene ningún plan de acción, sino que incluso, el 6 de enero, es él mismo emplazado por soldados de la marina para que abandone el edificio que le sirve de sede... ¡y lo hace!
Las masas obreras en manifestación esperan directivas por las calles mientras los dirigentes se reúnen en el mayor desconcierto. Mientras la dirección del proletariado permanece expectante, vacila, sin plan alguno, el gobierno dirigido por el SPD, por su parte, se recupera del golpe causado por la primera ofensiva obrera. De todas partes acuden en su ayuda fuerzas diversas. El SPD llama a huelgas y manifestaciones de apoyo al gobierno. Una encarnizada y pérfida campaña es lanzada contra los comunistas: «Allí donde reina Spartakus quedan abolidas toda libertad y seguridad individuales. Los peligros más graves se ciernen sobre el pueblo alemán y especialmente sobre la clase obrera alemana. Nosotros no queremos seguir dejándonos atemorizar más tiempo por esos criminales de espíritu descarriado. El orden debe ser restablecido de una vez por todas en Berlín y la construcción pacífica de una nueva Alemania revolucionaria debe ser garantizada. Os invitamos a cesar el trabajo en protesta contra las brutalidades de las pandillas espartaquistas y a reuniros inmediatamente ante la sede del gobierno del Reich (...)
No debemos buscar descanso hasta que el orden no esté restablecido en Berlín y mientras el disfrute de las conquistas revolucionarias no esté garantizado para todo el pueblo alemán. ¡Abajo los asesinos y los criminales! ¡Viva la república socialista!» (Comité ejecutivo del SPD, 6 de enero de 1919).
La célula de trabajo de los estudiantes berlineses escribe: «Vosotros, ciudadanos, salid de vuestras casas y uníos a los socialistas mayoritarios! ¡La mayor urgencia es necesaria!» (hoja del 7-8 de enero de 1919).
Por su parte, Noske declara cínicamente el 11 de enero: «El gobierno del Reich me ha entregado el mando de los soldados republicanos. Un obrero se encuentra pues a la cabeza de las fuerzas de la República socialista. Vosotros me conocéis, a mí y mi pasado en el Partido. Me comprometo a que no se derrame sangre inútil. Quiero sanear, no aniquilar. La unidad de la clase obrera debe hacerse contra Spartakus para que el socialismo y la democracia no se hundan».
El Comité central (Zentralrat) «nombrado» por el Congreso nacional de consejos y sobre todo controlado por el SPD, proclama: «...una pequeña minoría aspira a la instauración de una tiranía brutal. Las acciones criminales de bandas armadas que hacen peligrar todas las conquistas de la revolución, nos obligan a conferir plenos poderes extraordinarios al gobierno del Reich para que así el orden (...) quede restablecido en Berlín. Todas las divergencias de opinión deben desvanecerse ante el objetivo (...) de preservar el conjunto del pueblo trabajador de una nueva y terrible desgracia. Es deber de todos los consejos de obreros y de soldados apoyarnos en nuestra acción, a nosotros y al gobierno del Reich, por todos los medios (...)» (Edición especial del Vorwärts, 6 de enero de 1919).
Así, es en nombre de la revolución y de los intereses del proletariado como el SPD (con sus cómplices) se prepara para aplastar a los revolucionarios del KPD. Con la más rastrera doblez llama a los consejos para se pongan tras el gobierno y actúen contra lo que aquél llama «bandas armadas». El SPD alista incluso una sección militar que recibe las armas en los cuarteles y Noske recibe el mando de las tropas de represión: «Se necesita un perro sangriento y yo no me echo atrás ante tal responsabilidad».
Desde el 6 de enero se producen combates aislados. Mientras el gobierno no cesa de acumular tropas en torno a Berlín, por la noche del 6 se reúne el Ejecutivo de consejos de Berlín. Éste, dominado por el SPD y el USPD, propone al Comité de acción revolucionaria negociaciones entre los «hombres de confianza revolucionarios» y el gobierno, a cuyo derrocamiento acaba de llamar precisamente el Comité revolucionario. El Ejecutivo de consejos hace el papel de «conciliador» proponiendo conciliar lo inconciliable. Esta actitud desorienta a los obreros y sobre todo a los soldados ya vacilantes. Y es así como los marineros deciden adoptar una política de «neutralidad». En situaciones de enfrentamiento directo entre las clases, la menor indecisión puede llevar rápidamente a la clase obrera a una pérdida de confianza y a adoptar una actitud de desconfianza hacia las organizaciones políticas. El SPD, que juega esa baza, contribuye a debilitar dramáticamente al proletariado. Y simultáneamente, por medio de agentes provocadores (lo cual quedará demostrado más tarde), jalea a los obreros para el enfrentamiento. Y es así como el 7 de enero, éstos ocupan por la fuerza los locales de varios periódicos.
Ante esta situación, la dirección del KPD, contrariamente al Comité de acción revolucionaria, tiene una posición muy clara: basándose en un análisis de la situación hecho en su Congreso de fundación, considera prematura la insurrección.
El 8 de enero Die Rote Fahne escribe: «Se trata hoy de proceder a la reelección de consejos de obreros y de soldados, de representantes del Ejecutivo de consejos de Berlín, con la consigna: ¡fuera los Ebert y sus secuaces!. Se trata hoy de sacar las lecciones de las ocho últimas semanas en los consejos de obreros y de soldados que correspondan a las concepciones, a los objetivos y a las aspiraciones de las masas. Se trata en una palabra de batir a los Ebert-Scheidemann en el seno de lo que son los cimientos mismos de la revolución, es decir, los consejos de obreros y de soldados. Después, y sólo después, las masas de Berlín y también de todo el Reich tendrán en los consejos de obreros y de soldados a verdaderos órganos revolucionarios que les proporcionarán, en todos los momentos decisivos, verdaderos dirigentes, verdaderos centros para la acción, para las luchas y la victoria.»
Los espartaquistas llaman así a la clase obrera a reforzarse primero a nivel de los consejos, desarrollando sus luchas en su propio terreno de clase, en las fábricas, desalojando de ellas a los Ebert, Scheidemann y compañía. Mediante la intensificación de su presión, a través de los consejos, podrá la clase dar un nuevo impulso a su movimiento para después lanzarse a la batalla de la toma del poder político.
Ese mismo día, Rosa Luxemburg y Leo Jogisches critican violentamente la consigna de derrocamiento inmediato del gobierno, lanzado por el Comité de acción, pero también y sobre todo el hecho de que éste, con su actitud vacilante incluso capituladora, demostró ser incapaz de dirigir el movimiento de la clase obrera. Más en particular, criticaban a K. Liebknecht que actuara por cuenta propia, dejándose llevar por su entusiasmo y su impaciencia, en lugar de rendir cuentas a la dirección del Partido y basarse en el programa y los análisis del KPD.
Esta situación demuestra que no es el programa ni los análisis políticos de la situación lo que se echa en falta, sino la capacidad del partido, como organización, para desempeñar su papel de dirección política del proletariado. Fundado unos cuantos días antes, el KPD no tiene la influencia en la clase y todavía menos la solidez y la cohesión que poseía, por ejemplo, el partido bolchevique un año antes en Rusia. La inmadurez del Partido comunista en Alemania explica la dispersión existente en sus filas, dispersión que va a serle un pesado y dramático lastre en los acontecimientos sucesivos.
En la noche del 8 al 9 de enero, las tropas gubernamentales se lanzan al asalto. El Comité de acción, que sigue siendo incapaz de analizar correctamente la relación de fuerzas, anima a actuar contra el gobierno: «¡Huelga general!, ¡A las armas!, ¡No queda otra alternativa!¡Debemos combatir hasta el último!». Muchos obreros siguen el llamamiento, pero una vez más, siguen esperando directivas precisas del Comité. En vano. No se hace nada por organizar a las masas, nada para incitar a la confraternización entre obreros revolucionarios y soldados...Y es así como las tropas gubernamentales entran en Berlín y libran combate por la calle a los obreros armados. Matan o hieren a muchos de éstos en enfrentamientos que, de manera dispersa, tienen lugar en diferentes barrios de Berlín. El 13 de enero la dirección del USPD proclama el final de la huelga general y el 15 de enero Rosa Luxemburg y Karl Liebknecht son asesinados por los esbirros del régimen dirigido por los socialdemócratas. La campaña criminal lanzada por el SPD con la consigna «¡Matad a Liebknecht!» ha concluido con gran éxito para la burguesía. El KPD pierde entonces a sus dirigentes más importantes.
Mientras que el KPD recién formado ha analizado correctamente la relación de fuerzas y ha advertido contra una insurrección prematura, resultado de una provocación del enemigo, el Comité de acción dominado por los «hombres de confianza revolucionarios» valora erróneamente la situación. Es falsificar la historia hablar de una pretendida «semana de Spartakus». Al contrario, los espartaquistas se pronunciaron contra todo tipo de precipitaciones. La ruptura de la disciplina de partido por parte de Liebknecht y de Pieck es, en fin de cuentas, la prueba por la contraria. Es la actitud precipitada de los «hombres de confianza revolucionarios», ardientes de impaciencia y faltos de reflexión, lo que va a originar la sangrienta derrota. El KPD, por su parte, no tiene en ese momento las fuerzas suficientes para retener el movimiento tal como los bolcheviques habían logrado hacerlo en julio de 1917. Como así lo reconocerá el socialdemócrata Ernst, nuevo prefecto de policía en sustitución del dimitido Eichorn, «Todo el éxito de la gente de Spartakus era imposible desde el principio, habida cuenta de que gracias a nuestros preparativos los habíamos obligado a actuar prematuramente. Sus cartas quedaron al descubierto antes de lo que ellos deseaban y por ello estábamos en condiciones de combatir contra ellos.»
La burguesía, tras los éxitos militares, comprende inmediatamente que debe aumentar su ventaja. Y lanza una campaña de represión sangrienta en la que miles de obreros berlineses y de comunistas son asesinados, torturados y encarcelados. El asesinato de Rosa Luxemburg y Karl Liebknecht no son una excepción, sino que plasman a la perfección la determinación bestial de la burguesía cuando se trata de eliminar a sus enemigos mortales, los revolucionarios.
El 19 de enero triunfa la «democracia»: tendrán lugar las elecciones a la Asamblea nacional. Bajo la presión de las luchas obreras, el gobierno, entre tanto, se ha trasladado a Weimar. Así nace la república de Weimar, sobre un montón de cadáveres de obreros.
Sobre esta cuestión de la insurrección, el KPD se apoya claramente en las posiciones del marxismo y especialmente en lo que había escrito Engels tras la experiencia de las luchas de 1848:
«La insurrección es un arte. Es una ecuación con datos de lo más incierto, cuyos valores pueden cambiar en cualquier momento; las fuerzas del adversario tienen de su parte todas las ventajas de la organización, de la disciplina y de la autoridad; en cuanto uno no es capaz de oponerse a ellas en posición de fuerte superioridad, está derrotado y aniquilado. Segundo, desde que uno se ha metido por el camino de la insurrección, debe actuar con la mayor determinación y pasar a la ofensiva. La defensiva es la muerte de toda insurrección armada; se ha perdido incluso antes de haber entablado combate con el enemigo. Pon a tu adversario en falso mientras sus fuerzas estén dispersas; haz de tal modo que obtengas cotidianamente nuevas victorias por muy pequeñas que sean; conserva la supremacía moral que te ha proporcionado la primera victoria del levantamiento; atrae a los elementos vacilantes que siguen siempre el ímpetu del más fuerte y se ponen siempre del lado más seguro; obliga a tus enemigos a la retirada antes de que puedan reunir sus fuerzas contra ti...» (Revolución y contrarrevolución en Alemania).
Los espartaquistas utilizan, sobre la cuestión de la insurrección, los mismos métodos que Lenin en abril de 1917:
«Para poder triunfar, la insurrección no debe apoyarse en una conjuración, ni en un partido, sino en la clase más avanzada. Esto en primer lugar. En segundo lugar, debe apoyarse en el auge revolucionario del pueblo. Y en tercer lugar, la insurrección debe apoyarse en aquel momento de viraje en la historia de la revolución ascensional en la que la actividad de la vanguardia del pueblo sea mayor, en que mayores sean las vacilaciones en la filas de los enemigos y en las filas de los amigos débiles, a medias, indecisos, de la revolución. Estas tres condiciones, previas al planteamiento del problema de la insurrección, son las que precisamente distinguen el marxismo del blanquismo» («Carta al comité central del POSDR», septiembre de 1917).
¿Y cómo se plantea ese problema fundamental en enero de 1919?
La posición del KPD en su congreso de fundación es que la clase no está todavía madura para la insurrección. En efecto, después de un movimiento dominado al principio por los soldados, es necesario un nuevo impulso procedente de las fábricas, de las asambleas y de las manifestaciones. Es la condición para que la clase adquiera, en su movimiento, más fuerza y más confianza en sí misma. Es la condición para que la insurrección no pertenezca a una minoría, un asunto de unos cuantos desesperados e impacientes, sino, al contrario, que pueda apoyarse en el «ímpetu revolucionario» de la inmensa mayoría de los obreros.
Además, en enero, los consejos obreros no ejercen un doble poder real, pues el SPD ha conseguido sabotearlos desde dentro. Como decíamos en el número anterior de esta Revista, el Congreso nacional de consejos de mediados de diciembre fue una victoria para la burguesía y por desgracia no ha habido desde entonces ningún estímulo nuevo para revivificar los consejos. La valoración del KPD del movimiento de la clase y de la relación de fuerzas es perfectamente lúcido y realista.
Para algunos, es el partido el que toma el poder. Hay que explicar entonces cómo una organización revolucionaria, por muy fuerte que sea, podría tomar el poder cuando la gran mayoría de la clase obrera no ha desarrollado todavía suficientemente su conciencia de clase, vacila y oscila, cuando todavía no ha sido capaz de dotarse de consejos obreros lo bastante poderosos como para oponerse al poder de la burguesía. Un posición como ésa, la de creer que es un partido el que toma el poder, significa que se desconocen las características fundamentales de la revolución proletaria y de la insurrección que Lenin ponía de relieve: «la insurrección no debe apoyarse en una conjuración, ni en un partido, sino en la clase más avanzada». Incluso en octubre de 1917, los bolcheviques tenían el mayor interés en que no fuera el partido bolchevique quien tomara el poder, sino el Soviet de Petrogrado.
La insurrección proletaria no puede ser «decretada desde arriba». Es, al contrario, una acción consciente de las masas, las cuales deben antes desarrollar su propia iniciativa y el control de sus luchas. Sólo así podrán ser discutidas y seguidas las directivas y las orientaciones dadas por los consejos y el partido.
La insurrección proletaria no puede ser una intentona golpista, como pretenden hacérnoslo creer los ideólogos burgueses. Es la obra del conjunto de la clase obrera. Para quitarse de encima el yugo del capitalismo, no basta con la voluntad de unos cuantos, por mucho que sean los elementos más clarividentes y determinados de la clase obrera. «(...) el proletariado insurgente sólo puede contar con su número, su cohesión, sus dirigentes, y su estado mayor» (Trotski, Historia de la Revolución rusa, «El arte de la insurrección»).
Ese grado de madurez no había sido alcanzado en enero, en la clase obrera de Alemania.
El KPD es consciente en ese momento que su responsabilidad esencial es animar al fortalecimiento de la clase obrera y en particular al desarrollo de su conciencia de igual modo que lo había hecho antes Lenin en Rusia, en sus Tesis de Abril:
«Aparentemente, esto [la necesaria labor crítica por el Partido comunista contra la “embriaguez pequeñoburguesa”] “no es más” que una labor de mera propaganda. Pero, en realidad, es la labor revolucionaria más práctica, pues es imposible impulsar una revolución [se trata, claro está, de la Revolución de febrero del 17, NDLR] que se ha estancado, que se ahoga en frases y se dedica a “marcar el paso sin moverse del sitio”, no por obstáculos exteriores, no porque la burguesía emplee contra ella la violencia (...), sino por la inconciencia confiada de las masas.
Sólo luchando contra esa inconciencia confiada (...) podremos desembarazarnos del desenfreno de frases revolucionarias imperante e impulsar de verdad tanto la conciencia del proletariado como la conciencia de las masas, la iniciativa local, audaz y resuelta (...)» (Lenin, «Las tareas del proletariado en nuestra revolución», 28 de mayo de 1917).
Cuando se alcanza el punto de ebullición, el partido debe justamente «en el momento oportuno suspender la insurrección que sube», para permitir que la clase pase al acto insurreccional en el mejor momento. El proletariado debe sentir que tiene «por encima de él a una dirección perspicaz, firme y audaz» en la forma del partido (Trotski, Historia de la Revolución rusa, «El arte de la insurrección»).
Pero, a diferencia de los bolcheviques en julio de 1917, el KPD, en enero de 1919, no posee todavía el suficiente peso para poder influir decisivamente en el transcurso de las luchas. No basta con que el partido tenga una posición justa. También es necesario que tenga una influencia importante en la clase. Y no será el movimiento insurgente prematuro de Berlín y menos todavía la derrota sangrienta que le siguió lo que va a permitir que esa influencia se incremente. Al contrario, la burguesía logra debilitar trágicamente la vanguardia revolucionaria, eliminando a sus mejores militantes y, además, prohibiendo su principal herramienta de intervención en la clase, Die Rote Fahne. En un momento en el que la intervención más amplia del partido era absolutamente indispensable, el KPD se encuentra, durante largas semanas, sin su órgano de prensa.
Durante esas semanas, a nivel internacional, la clase obrera de varios países, se enfrenta al capital. Mientras que en Rusia la ofensiva de los ejércitos blancos contrarrevolucionarios se refuerza contra el poder obrero, en los «países vencedores» el final de la guerra produce cierta tregua en el frente social. En Inglaterra y Francia hay toda una serie de huelgas, pero las luchas no toman la misma orientación radical que en Rusia y en Alemania. Las luchas en Alemania y en Europa central permanecen relativamente aisladas de las de los demás centros industriales europeos. En marzo, los obreros de Hungría establecen una república de consejos, rápidamente aplastada en la sangre por las tropas contrarrevolucionarias, gracias, también allí, a la hábil labor de la socialdemocracia del país.
En Berlín, después de haber derrotado la insurrección obrera, la burguesía prosigue una política con vistas a disolver los consejos de soldados para crear un ejército destinado a la guerra civil. Además, acomete la labor de desarme total del proletariado. La combatividad obrera sigue manifestándose, sin embargo, por todo el país. El centro de gravedad del combate, durante los meses siguientes, va a desplazarse por Alemania. En casi todas las grandes ciudades van a producirse enfrentamientos muy violentos entre burguesía y proletariado, pero, por desgracia, aislados unos de otros.
Bremen en enero...
El 10 de enero, por solidaridad con los obreros berlineses, el consejo de obreros y de soldados de Breme proclama la instauración de la República de consejos. Decide la expulsión de los miembros del SPD de su seno, decide que se arme a los obreros y se desarme a los elementos contrarrevolucionarios. Nombra un gobierno de consejos responsable ante él. El 4 de febrero, el gobierno del Reich reúne tropas en torno a Bremen y pasa a la ofensiva contra la ciudad insurgente, que había quedado aislada. Ese mismo día, Bremen cae en manos de los perros sangrientos.
El Ruhr en febrero...
En el Ruhr, la mayor concentración obrera, la combatividad no ha cesado de expresarse desde el final de la guerra. Ya antes de la guerra, había habido, en 1912, una larga oleada de huelgas. En julio del 16, en enero del 17, en enero del 18, en agosto del 18, los obreros reaccionan contra la guerra con importantes movimientos de lucha. En noviembre de 1918, los consejos de obreros y de soldados están, en su mayoría, bajo influencia del SPD. A partir de enero y febrero del 19, estallan numerosas huelgas salvajes. Los mineros en lucha acuden a los pozos vecinos para extender y unificar el movimiento. A menudo se producen encontronazos violentos de obreros en lucha contra los consejos todavía dominados por miembros del SPD. El KPD interviene:
«La toma del poder por el proletariado y la realización del socialismo presuponen que la gran mayoría del proletariado haya alcanzado la voluntad de ejercer la dictadura. No pensamos nosotros que haya llegado ese momento. Creemos que el desarrollo en las próximas semanas y meses hará madurar en el proletariado entero la convicción de que sólo mediante su dictadura alcanzará su salvación. El gobierno Ebert-Scheidemann acecha la menor ocasión para ahogar en sangre ese desarrollo. Como en Berlín, como en Bremen, va a intentar apagar uno por uno los focos de la revolución, para evitar así la revolución general. El proletariado tiene el deber de hacer fracasar esas provocaciones, evitando ofrecerse voluntariamente en sacrificio a los verdugos en levantamientos armados. Se trata sobre todo, hasta el momento de la toma del poder, de izar al más alto grado la energía revolucionaria de las masas con manifestaciones, reuniones, propaganda, agitación y organización, ganarse a las masas en proporciones cada vez mayores y preparar los ánimos para cuando llegue la hora. Sobre todo, por todas partes, hay que fomentar la reelección de consejos obreros con una consigna:
¡Fuera de los consejos los Ebert-Scheidemann!
¡Fuera los verdugos!.»
(Llamada de la Central del KPD del 3 de febrero por la reelección de consejos obreros)
El 6 de febrero, se reúnen 109 delegados de consejos y exigen la socialización de los medios de producción. Tras esta reivindicación está la comprensión creciente por los obreros de que el control de los medios de producción no debe quedar en manos del capital. Pero mientras el proletariado no posea el poder político, mientras no haya derribado el gobierno burgués, aquella reivindicación puede volverse contra él. Todas las medidas de socialización hechas sin disponer del poder político, no son sólo un engañabobos, sino incluso un medio del que puede echar mano la clase dominante para estrangular las luchas. Por eso el SPD promete una ley de socialización que prevé una «participación» y un seudocontrol por la clase obrera sobre el Estado. «Los consejos obreros son constitucionalmente reconocidos como representación de intereses y de participación económica; están integrados en la Constitución. Su elección y sus prerrogativas serán reglamentadas por una ley especial que será de efecto inmediato.»
Se prevé que los consejos se transformen en «comités de empresa» (Betribräte) y que tengan la función de participar en el proceso económico mediante la cogestión. El objetivo principal de esta propuesta es desvirtuar los consejos e integrarlos en el Estado. Dejan así de ser órganos de doble poder contra el Estado burgués para transformarse en su contrario, órganos al servicio de la regulación de la producción capitalista. Además, esa mistificación cultiva la ilusión de la transformación inmediata de la economía en «su propia fábrica» y así los obreros se ven encerrados en una lucha local y específica en lugar de involucrarse en un movimiento de extensión y de unificación del combate. Esta táctica, utilizada por primera vez por la burguesía en Alemania, queda ilustrada en unas cuantas ocupaciones de fábrica. En las luchas en Italia de 1919-1920 será aplicada por la clase dominante con gran éxito.
A partir del 10 de febrero, las tropas responsables de las matanzas de Bremen y de Berlín avanzan hacia el Ruhr. Los consejos de obreros y de soldados de la cuenca entera deciden la huelga general llamando a la lucha armada contra los cuerpos francos. Por todas partes se oye la consigna «¡Salgamos de las fábricas!». Hay una gran cantidad de enfrentamientos armados que se producen con el mismo esquema. La ira de los obreros es tal que los locales del SPD suelen ser atacados, como el 22 de febrero en Mülheim-Ruhr en donde es ametrallada una reunión socialdemócrata. En Gelsenkirchen, Dortmund, Bochum, Duisburgo, Oberhausen, Wuppertal, Mülheim-Ruhr y Düsseldorf hay miles de obreros en armas. Pero también aquí, como en Berlín, falla la organización del movimiento, no hay dirección unida que oriente la fuerza de la clase obrera, mientras que el Estado capitalista, con el SPD a su cabeza, actúa de manera organizada y centralizada.
Hasta el 20 de febrero, 150 000 obreros están en huelga. El 25, se decide la reanudación del trabajo y la lucha armada queda suspendida. Puede entonces la burguesía dar rienda suelta a la represión y los cuerpos francos se van apoderando del Ruhr población por población. Sin embargo, a primeros de abril se reanuda una nueva oleada de huelgas: el primero de abril hay 150 000 huelguistas, el 10, 300 000 y a finales de mes vuelve a descender a 130 000. A mediados de abril la represión y la caza de comunistas vuelven a desencadenarse. El restablecimiento del orden en el Ruhr se ha vuelto prioritario para la burguesía, pues, simultáneamente, hay importantes masas obreras que se han puesto en huelga en Brunswick, Berlín, Francfort, Dantzig y en Alemania central.
Alemania central en febrero-marzo...
A finales de febrero, en el momento en que en el Ruhr se está terminando el movimiento, aplastado por el ejército, entra en escena el proletariado de la Alemania central. Mientras que en el Ruhr, el movimiento se ha limitado a los sectores del carbón y del acero, aquí, el movimiento concierne a todos los obreros, de la industria y del transporte. En casi todas las ciudades y en las grandes empresas, los obreros se unen al movimiento.
El 24 de febrero se proclama la huelga general. Los consejos de obreros y de soldados lanzan inmediatamente un llamamiento a los de Berlín por la unificación del movimiento. Una vez más, el KPD pone en guardia contra toda acción precipitada: «Mientras la revolución no tenga sus órganos centrales de acción, debemos oponer la acción de organización de los consejos que se está desarrollando localmente en mil sitios diferentes» (Hoja de la Central del KPD). Se trata de reforzar la presión a partir de las fábricas, intensificar las luchas económicas y renovar los consejos. No se formula ninguna consigna por el derrocamiento del gobierno.
Gracias a un acuerdo sobre la socialización, la burguesía consigue, también ahí, quebrar el movimiento. Se reanuda el trabajo el 6 y 7 de marzo. Y de nuevo, se organiza la misma acción común entre el ejército y el SPD: «Para todas las operaciones militares (...) es conveniente tomar contacto con los miembros dirigentes del SPD fieles al gobierno» (Märecker, dirigente militar de la represión en Alemania central). Al haber desbordado la oleada de huelgas hacia Sajonia, Turingia y Anhalt, los esbirros de la burguesía ejercen su represión hasta el mes de mayo.
Berlín, de nuevo, en marzo...
El movimiento en el Ruhr y en Alemania central está llegando a su fin, pero el proletariado de Berlín vuelve a la lucha el 3 de marzo. Sus principales orientaciones son: fortalecer los consejos de obreros y de soldados, liberar a todos los presos políticos, formar una guardia obrera revolucionaria y establecer contactos con Rusia. La degradación rápida de la situación después de la guerra, la estampida de los precios, el incremento del desempleo masivo tras la desmovilización, todo ello anima a los obreros a desarrollar sus luchas reivindicativas. En Berlín, los comunistas reclaman nuevas elecciones a los consejos obreros para acentuar la presión sobre el gobierno. La dirección del KPD de la circunscripción del Gran Berlín escribe: «¿Creéis alcanzar vuestros objetivos revolucionarios gracias al voto? (...) Si queréis que la revolución progrese, comprometed todas vuestras fuerzas en el trabajo dentro de los consejos de obreros y de soldados. Actuad de tal modo que se conviertan en verdaderos instrumentos de la revolución. Y organizad nuevas elecciones a los consejos de obreros y de soldados».
El SPD, por su parte, se pronuncia contra esa consigna. Una vez más, se dedica a sabotear el movimiento en el plano político, pero también, como hemos de ver, mediante la represión. Cuando los obreros berlineses se ponen en huelga a principios de marzo, el consejo ejecutivo compuesto de delegados del SPD y del USPD toma la dirección de la huelga. El KPD, en cambio, se niega a ocupar un escaño en el consejo: «Aceptar a los representantes de esa política en el comité de huelga es traicionar la huelga general y la revolución».
Como hoy lo hacen los socialistas, los estalinistas y demás representantes de la izquierda del capital, el SPD consiguió entonces apoderarse del comité de huelga gracias a la credulidad de una parte de los obreros, pero sobre todo merced a toda una serie de maniobras, chanchullos y engaños. Es para no tener las manos atadas por lo que los espartaquistas se niegan, en ese momento, a sentarse junto a esos verdugos de la clase obrera.
El gobierno prohíbe Die Rote Fahne, mientras que el SPD, claro está, puede perfectamente imprimir su periódico. De este modo, los contrarrevolucionarios pueden intensificar su propaganda repugnante mientras que los revolucionarios están amordazados. Antes de la prohibición, Die Rote Fahne pone en guardia a los obreros: «¡Cesad el trabajo! Quedaos por ahora en las fábricas. Reuníos en las fábricas. Convenced a los vacilantes y a los que se quedan atrás. No os dejéis arrastrar a tiroteos inútiles, que es lo único que está esperando Noske para hacer que vuelva a correr la sangre».
Rápidamente, en efecto, la burguesía suscita saqueos, gracias a sus agentes provocadores, que sirven de justificación oficial a la entrada en juego del ejército. Los soldados de Noske destrozan en primerísimo lugar los locales de la redacción de Die Rote Fahne. Vuelven a meter en la cárcel a los principales miembros del KPD. Fusilan a Leo Jogisches. Es precisamente porque Die Rote Fahne ha advertido a la clase obrera contra las provocaciones de la burguesía por lo que es el objetivo inmediato de las tropas contrarrevolucionarias.
La represión en Berlín se inicia el 4 de marzo. Unos 1200 obreros son pasados por las armas. Durante varias semanas, el Spree, río de Berlín, va dejando cadáveres en sus orillas. Se detiene a cualquier persona que lleve un retrato de Karl o de Rosa. Y volvemos a repetir lo dicho anteriormente en estos artículos: no eran fascistas los responsables de esa represión sangrienta, sino el SPD.
El 6 de marzo, la huelga general es quebrada en Alemania central, y la de Berlín se termina el 8. También hay luchas importantes durante esas mismas semanas en Sajonia, en Bade y en Baviera, luchas importantes pero nunca se logró establecer vínculos entre esos diferentes movimientos.
La república de consejos de Baviera en abril de 1919
También en Baviera se ha puesto a luchar la clase obrera. El 7 de abril, el SPD y el USPD intentando «volver a ganarse las masas con una acción seudorevolucionaria» (Levine) proclaman la República de consejos. Como en enero en Berlín, el KPD se da cuenta de que la relación de fuerzas no es favorable a los obreros y toma posición contra la instauración de tal República. Los comunistas de Baviera llaman a los obreros a elegir un «consejo verdaderamente revolucionario» con el objetivo de instaurar una verdadera República de consejos comunista. El 13 de abril, E. Levine es elegido a la cabeza de un nuevo gobierno que toma, en los planos económico, político y militar, medidas enérgicas contra la burguesía. A pesar de ello, esta iniciativa es un grave error de los revolucionarios de Baviera, los cuales actúan en contra de los análisis y las orientaciones del Partido.
El movimiento, mantenido en el mayor aislamiento del resto de Alemania, va a conocer una contraofensiva de envergadura por parte de la burguesía. Munich padece hambre y hay 100 000 soldados concentrados en sus alrededores. El 27 de abril, el Consejo ejecutivo de Munich es derribado. Una vez más golpea el brazo de la represión sangrienta. Fusilan a miles de obreros. A otros los ametrallan en los combates. Los comunistas son perseguidos y Levine es condenado a muerte.
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A las generaciones actuales de proletarios les cuesta mucho imaginar lo que significó la poderosa oleada de huelgas casi simultáneas en las grandes concentraciones del capitalismo y la enorme presión que el movimiento ejerció sobre la clase dominante.
En su movimiento revolucionario en Alemania, la clase obrera demostró que fue capaz, frente a una de las burguesías más experimentadas, establecer una relación de fuerzas que hubiera podido llevar a la destrucción del capitalismo. Esta experiencia demuestra que el movimiento revolucionario no era algo reservado para el proletariado de los «países atrasados» como Rusia, sino que involucró masivamente a los obreros del país más industrialmente desarrollado de entonces.
Pero la oleada revolucionaria, de enero a abril de 1919, se desarrolló en la mayor dispersión. Las mismas fuerzas, pero concentradas y unidas, habrían sido suficientes para derribar el poder burgués. Pero se desperdigaron, logrando así el gobierno enfrentarlas e irlas aniquilando una tras otra. La acción del gobierno, desde enero en Berlín, había decapitado y acabó quebrando el ímpetu de la revolución.
Richar Müller, uno de los dirigentes de los «hombres de confianza revolucionaros», los cuales se caracterizaron durante largo tiempo por sus vacilaciones, tuvo que reconocer: «Si la represión de las luchas de enero en Berlín no se hubiera producido, el movimiento habría adquirido más empuje en otros lugares durante la primavera y la cuestión del poder se habría planteado con más precisión y con todo su alcance. Pero la provocación militar había minado el movimiento. La acción de enero había dado argumentos para las campañas de calumnias, el acoso y la creación de una atmósfera de guerra civil».
Sin aquella derrota, el proletariado de Berlín hubiera podido apoyar oportunamente las luchas que se extendieron por otras regiones de Alemania. Y al revés, el debilitamiento del batallón central de la revolución permitió a las fuerzas del capital pasar a la ofensiva y arrastrar por todas partes a los obreros hacia enfrentamientos militares prematuros y dispersos. La clase obrera, en efecto, no consiguió construir un movimiento amplio, unido y centralizado. No fue capaz de instaurar un doble poder en todo el país gracias al fortalecimiento de los consejos y a su centralización. Sólo una relación de fuerzas así permitirá lanzarse a una acción insurgente, la cual exige la mayor convicción y coordinación. Y esta dinámica sólo puede desarrollarse con la intervención clara y decidida de un partido político dentro del movimiento. Así el proletariado podrá salir vencedor de su combate histórico.
La derrota de la revolución en Alemania durante los primeros meses del año 1919 no sólo se debió a la habilidad de la burguesía local. Fue también el resultado de la acción concertada de la clase capitalista internacional.
Mientras que la clase obrera en Alemania lucha en la dispersión, los obreros en Hungría, en marzo, se yerguen contra el capital en enfrentamientos revolucionarios. El 21 de marzo se proclama en Hungría la República de consejos, pero acaba siendo aplastada en verano por las tropas contrarrevolucionarias.
La clase capitalista internacional se mantuvo unida tras la burguesía alemana. Mientras que durante los 4 años anteriores, esas burguesías se habían lanzado a mutuo degüello de la manera más bestial, ahora se unían para enfrentarse a la clase obrera, como así lo puso claramente de relieve Lenin cuando decía que lo habían hecho todo por «entendérselas con los conciliadores alemanes para ahogar la revolución alemana» (Informe del Comité central para el IXº Congreso del PCR). Es ésa una lección que la clase obrera deberá retener: cada vez que ponga en peligro el capitalismo, frente a ella no va a encontrar a una clase dominante dividida, sino a las fuerzas del capital unidas internacionalmente.
Pero si el proletariado en Alemania hubiera tomado el poder, el frente capitalista habría quedado fuertemente resquebrajado y la revolución rusa no se habría quedado aislada.
Cuando se funda en Moscú la IIIª Internacional en marzo de 1919, en pleno desarrollo todavía de las luchas en Alemania, esa perspectiva parece estar al alcance de la mano para todos los comunistas. Pero la derrota obrera en Alemania va a ser el inicio del declive de la oleada revolucionaria internacional y, muy especialmente, el de la revolución rusa. Fue la acción de la burguesía, con el SPD de cabeza de puente, lo que va permitir mantener aislada a la revolución bolchevique, provocando una degeneración que acabaría, más tarde, en el parto del capitalismo de Estado estalinista.
DV
[1] Ver en los dos números precedentes de esta Revista los artículos: «Los revolucionarios en Alemania durante la Iª Guerra mundial» y «Los inicios de la revolución».
[2] Partido socialdemócrata de Alemania, el mayor partido obrero antes de 1914, año en el cual su dirección, grupo parlamentario y direcciones sindicales en cabeza, traicionó todos los compromisos internacionalistas del partido pasándose con armas y equipo del lado de su burguesía nacional como banderín de enganche para la carnicería imperialista.
[3] La Communist Workers Organisation (CWO) demostró en 1980 hasta dónde puede llegar la actitud irresponsable de una organización revolucionaria sin análisis claros. En el momento de las luchas de masas en Polonia, la CWO llamó nada menos que a la revolución ¡ya! («Revolution now»).
[4] Partido socialista independiente de Alemania, escisión «centrista» del SPD. El USPD rechaza los aspectos más abiertamente burgueses del SPD, sin por ello situarse en las posiciones revolucionarias de los comunistas internacionalistas. La Liga Spartakus se integró en él en 1917 para extender su influencia entre los trabajadores, cada día más asqueados por la política del SPD.
[5] Comunistas internacionalistas de Alemania. Antes del 23 de noviembre de 1918 se llamaban Socialistas internacionalistas de Alemania. En esa fecha, en Bremen, cambiaron el término Socialista por el de Comunista en su nombre. Menos numerosos e influyentes que los espartaquistas, comparten con éstos el mismo espíritu internacionalista revolucionario. Miembros de la Izquieda zimmerwaldiana, están muy vinculados con la Izquierda comunista internacional, especialmente la holandesa (Pannekoek y Gorter están entre sus teóricos antes de la guerra) y la rusa (Radek trabaja en sus filas). Su posición de rechazo de los sindicatos y del parlamentarismo será mayoritaria en el congreso de constitución del KPD, contra la posición de Rosa Luxemburg.
[6] Los «hombres de confianza revolucionarios», Revolutionnäre Obleute (RO) eran sobre todo delegados sindicales elegidos en las fábricas que habían roto con las direcciones social-patriotas de las centrales sindicales. Son el producto directo de la resistencia de la clase obrera contra la guerra y contra la traición de los partidos obreros y de los sindicatos. Por desgracia, la rebelión contra la dirección sindical, los lleva a menudo a desconfiar de la idea de centralización y a desarrollar un enfoque demasiado localista y hasta «fabriquista». Siempre se quedarán cortos cuando se trate de problemas de política general, siendo así una presa fácil para la política del USPD.
En la International Communist Review nº 13, el BIPR respondió a nuestro artículo de polémica “El concepto del BIPR sobre la decadencia del capitalismo” aparecido en el nº 79 de nuestra Revista internacional. En la Revista internacional nº 82 publicamos la 1ª parte de este artículo demostrando las implicaciones negativas que tiene la concepción del BIPR sobre la guerra imperialista como medio de devaluación de capital y reanudación de los ciclos de acumulación. En esta segunda parte vamos a analizar la teoría económica que sustenta esta concepción: la teoría de la tendencia a la baja de tasa de ganancia.
Los economistas burgueses, desde los clásicos (Smith, Ricardo, etc.), se apoyan en dos dogmas intangibles:
- Primero, el obrero es un ciudadano libre que vende su fuerza de trabajo a cambio de un salario. El salario es su participación en la renta social a igual título que el beneficio con el que se remunera al empresario.
- Segundo, el capitalismo es un sistema eterno. Sus crisis son temporales o coyunturales, debidas a desproporciones entre las distintas ramas productivas, a desequilibrios en la distribución o una mala gestión. Sin embargo, a la larga, el capitalismo no tiene problemas de realización de las mercancías: la producción encuentra siempre su mercado, alcanzándose el equilibrio entre la oferta (producción) y la demanda (consumo).
Marx combatió a muerte esos dogmas de la economía burguesa. Demostró que el capitalismo no era un sistema eterno: “en el curso de su desarrollo, las fuerzas productivas de la sociedad entran en contradicción con las relaciones de producción existentes, o, lo cual no es sino su expresión jurídica, con las relaciones de propiedad en cuyo interior se habían movido hasta entonces. De formas de desarrollo de las fuerzas productivas que eran, estas relaciones se convierten en trabas de esas fuerzas. Entonces se abre una era de revolución social” (Marx, Prólogo de la contribución a la crítica de la economía política). Ese período de crisis histórica, de decadencia irreversible del capitalismo, se abrió con la Iª Guerra mundial. Desde entonces, aplastado el intento revolucionario mundial del proletariado en 1917-23, la supervivencia del capitalismo está costando a la humanidad océanos de sangre (100 millones de muertos en guerras imperialistas entre 1914-68), sudor (incremento brutal de la explotación de la clase obrera) y lágrimas (el terror del paro, las barbaries de todo tipo, la deshumanización de las relaciones sociales).
Sin embargo, este análisis fundamental, patrimonio común de la Izquierda comunista, no es explicado de la misma manera dentro del actual medio político revolucionario: existen dos teorías para explicar la decadencia del capitalismo, la teoría de la tendencia a la baja de la tasa de ganancia y la que se ha dado en llamar la “teoría de los mercados” basada esencialmente en la contribución de Rosa Luxemburgo.
El BIPR se adhiere a la primera teoría mientras que nosotros nos decantamos por la segunda ([1]). Para que la polémica sobre ambas teorías sea fructífera es necesario basarla en una comprensión de la evolución del debate dentro del movimiento marxista.
Marx vivió la época de apogeo del capitalismo. Pese a que entonces no se planteaba con el dramatismo que hoy tiene la crisis histórica del sistema, fue capaz de ver en las crisis cíclicas que periódicamente lo sacudían, una manifestación de sus contradicciones y un anuncio de las convulsiones que lo llevarían a la ruina.
“Marx señalaba que había dos contradicciones básicas en el proceso de acumulación capitalista. Estas contradicciones explicaban las crisis cíclicas de crecimiento por las que pasó el capitalismo en el siglo XIX. En un momento dado, impulsarían el declive histórico del capitalismo, precipitándolo en una crisis mortal que pondría la revolución comunista a la orden del día. Estas dos contradicciones eran la tendencia decreciente de la cuota de ganancia, dada la inevitabilidad de una composición orgánica del capital cada vez más alta, y el problema de la superproducción, o sea, la enfermedad innata del capitalismo de producir más de lo que el mercado puede absorber” ([2]).
Como luego veremos, “aunque Marx presentó el marco en el cual los dos fenómenos se conectaban íntimamente, nunca completó su examen del capitalismo. Por eso en sus diferentes escritos se da más o menos énfasis a uno u otro fenómeno como la causa básica de la crisis... El carácter inacabado de este aspecto crucial del pensamiento de Marx es lo que ha llevado a la controversia sobre las bases económicas de la decadencia capitalista en el movimiento obrero. Pero, como ya hemos dicho, esto no se debe a la incapacidad personal de Marx de terminar el Capital, sino a las limitaciones del período histórico en el que vivió” (2).
A finales del siglo pasado, las condiciones del capitalismo empezaron a cambiar: el imperialismo como política de rapiña y enfrentamiento entre potencias se desarrollaba a pasos agigantados, por otro lado, el capitalismo mostraba crecientes signos de enfermedad (inflación, aumento de la explotación) que ponían un fuerte contrapunto a un crecimiento y una prosperidad ininterrumpidos desde la década de 1870. En ese contexto apareció dentro de la IIª Internacional una corriente oportunista que ponía en cuestión la tesis marxista del derrumbe del capitalismo y apostaba por un tránsito gradual al socialismo a través de sucesivas reformas de un capitalismo que estaría “aminorando sus contradicciones”. Los teóricos de esta corriente concentraron su artillería precisamente contra la segunda de las contradicciones señaladas por Marx: la tendencia a la sobreproducción. Así, Bernstein decía: “Marx se contradice al reconocer que la causa última de las crisis es la limitación del consumo de las masas. En realidad, la teoría de Marx sobre las crisis no difiere en mucho al subconsumismo de Rodbertus” ([3]).
En 1902, Tugan-Baranowski, un revisionista ruso, arremetió contra la teoría de Marx sobre la crisis del capitalismo negando que éste pudiera tener un problema de mercado y señalando que las crisis se producen por “desproporcionalidad” entre sus diversos sectores.
Tugan-Baranowski iba aún más lejos que sus colegas revisionistas alemanes (Berstein, Schmidt, Vollmar, etc.). Retrocedía a los dogmas de la economía burguesa, concretamente volvía a las ideas de Say (ampliamente criticadas por Marx) basadas en la tesis de que “el capitalismo no tiene ningún problema de realización más allá de algunos trastornos coyunturales” ([4]). Hubo una respuesta muy firme en la IIª Internacional por parte de Kautski, que entonces todavía se situaba en las filas revolucionarias: “Los capitalistas y los obreros por ellos explotados ofrecen un mercado que aumenta con el crecimiento de la riqueza de los primeros y del número de los segundos, pero no tan aprisa como la acumulación del capital y la productividad del trabajo. Este mercado, sin embargo, no es, por sí solo, suficiente para los medios de consumo creados por la gran industria capitalista. Esta debe buscar un mercado suplementario fuera de su campo, en las profesiones y naciones que no producen aún en forma capitalista. ... Este mercado suplementario no posee ni con mucho, la elasticidad y capacidad de extensión del proceso de producción capitalista... Tal es en breves rasgos la teoría de la crisis fundada por Marx y, en cuanto sabemos, aceptada en general por los marxistas ortodoxos” ([5]).
Sin embargo, la polémica se radicalizó cuando Rosa Luxemburgo publicó La Acumulación de capital. En este libro, Rosa Luxemburgo trataba de explicar el desarrollo vertiginoso del imperialismo y la crisis cada vez más profunda del capitalismo. En el libro demostraba que el capitalismo se desarrolla históricamente extendiendo a regiones o sectores precapitalistas sus relaciones de producción basadas en el trabajo asalariado y que alcanza sus límites históricos cuando estas abarcan todo el planeta. A partir de entonces dejan de existir territorios nuevos que correspondan a las necesidades de expansión que impone el crecimiento de productividad del trabajo y de la composición orgánica del capital: “De este modo, mediante este intercambio con sociedades y países no capitalistas, el capitalismo va extendiéndose más y más, acumulando capitales a costa suya, al mismo tiempo que los corroe y desplaza para suplantarlos. Pero cuantos más países capitalistas se lanzan a esa caza de zonas no capitalistas susceptibles de ser conquistadas por los movimientos de expansión del capital, más aguda y rabiosa se hace la concurrencia entre los capitales, transformando esta cruzada de expansión en la escena mundial en toda una cadena de catástrofes económicas y políticas, crisis mundiales y revoluciones” ([6]).
Los críticos de Rosa Luxemburgo negaban que el capitalismo tuviera un problema de realización, es decir, olvidaban esa contradicción del sistema que Marx había afirmado encarnizadamente contra los economistas burgueses y que constituía la base de “la teoría de la crisis fundada por Marx” como había recordado unos años antes Kautski contra el revisionista Tugan-Baranowski.
Los contradictores de Rosa Luxemburgo se erigían en defensores “ortodoxos e incondicionales” de Marx y, muy particularmente, de sus esquemas sobre la reproducción ampliada presentados en el tomo II de el Capital. Es decir, desvirtuaban el pensamiento de Marx exagerando un pasaje de su obra ([7]). Sus argumentos fueron muy variados: Eckstein decía que no había problema de realización porque las tablas de la reproducción ampliada de Marx explicaban “perfectamente” que no había ninguna parte de la producción no vendida. Hilferding resucitó la teoría de la “proporcionalidad entre los sectores” diciendo que las crisis se debían a la anarquía de la producción y que la tendencia del capitalismo a la concentración aminoraría esa anarquía y por tanto las crisis. Finalmente, Bauer dijo que Rosa Luxemburgo había señalado un problema real pero que éste tenía solución bajo el capitalismo: la acumulación seguía el crecimiento de la población.
En ese periodo solo un redactor de un periódico socialista local, opuso a Rosa Luxemburgo la teoría de la tendencia a la baja de la tasa de ganancia. A su objeción ésta respondió así: “O bien, queda el consuelo, un tanto nebuloso, de un modesto ‘experto’ del Dresdener Volkszeitung, el cual después de haber aniquilado totalmente mi libro, declara que el capitalismo perecerá finalmente ‘por el descenso de la cuota de beneficio’. No sé como el buen hombre se imaginará la cosa. Si es que en un momento determinado, la clase capitalista, desesperada ante la escasez de los beneficios, se agotará colectivamente, o si declarará que, para tan míseros negocios, no vale la pena molestarse y entregará las llaves al proletariado. Sea de esto lo que fuere, el consuelo se evapora con sólo una afirmación de Marx: por la observación de que ‘para los grandes capitales, el descenso de la cuota de ganancia se compensa por la masa’. Por consiguiente, queda aún tiempo para que sobrevenga, por este camino, el rendimiento del capitalista; algo así como lo que queda hasta la extinción del Sol” ([8]).
Lenin y los bolcheviques no participaron en esta polémica ([9]). Es cierto que Lenin había combatido la teoría de los populistas sobre los mercados, una teoría subconsumista continuadora de los errores de Sismondi. Sin embargo, Lenin jamás negó el problema de los mercados: en su análisis del problema del imperialismo, aunque se apoye principalmente en la teoría de Hilferding sobre la concentración en el capital financiero ([10]), no deja de reconocer que aquel surge bajo la presión de la saturación general del mercado mundial. Así, en El imperialismo fase superior del capitalismo, respondiendo a Kautski, subraya que “lo característico del imperialismo es precisamente la tendencia a la anexión no sólo de las regiones agrarias, sino incluso de las más industriales, pues, la división ya terminada del mundo, obliga, al proceder a un nuevo reparto, a alargar la mano hacia toda clase de territorios”.
En la IIIª Internacional en degeneración, Bujarin en el libro El imperialismo y la acumulación de capital atacó las tesis de Rosa Luxemburgo en el contexto del desarrollo de una teoría que abrirá las puertas al triunfo del estalinismo: la teoría de la “estabilización” del capitalismo (que presuponía la tesis revisionista de que podía superar las crisis) y la “necesidad” de que la URSS “coexista” por un tiempo prolongado con el sistema capitalista. La crítica fundamental de Bujarin a Rosa Luxemburgo es que ésta se habría limitado a privilegiar la contradicción referida al mercado olvidando todas las demás, entre ellas, la teoría de la tendencia a la baja de la tasa de ganancia ([11]).
A finales de los años 20 y principios de los 30, “Paul Mattick, perteneciente a los comunistas de los consejos americanos, recogió las críticas de Henryk Grossman contra Rosa Luxemburgo. Grossman sostenía que la crisis permanente del capitalismo aparece cuando la composición orgánica del capital alcanza tal magnitud que hay cada vez menos plusvalía para alimentar el proceso de acumulación. Esta idea básica, aunque elaborada en ciertos aspectos nuevos, la defienden hoy en día grupos revolucionarios como CWO, Battaglia Comunista y algunos grupos surgidos en Escandinavia” ([12]).
Debe quedar claro que la contradicción que sufre el capitalismo respecto a la realización de la plusvalía juega un papel fundamental en la teoría marxista de la crisis y que las tendencias revisionistas atacan con particular saña esa tesis. El BIPR pretende lo contrario. Así, en su Respuesta nos dice que: “Para Marx las fuentes de toda auténtica crisis se encuentran dentro del sistema capitalista mismo, dentro de las relaciones entre capitalistas y trabajadores. El la presenta a veces como una crisis creada por la capacidad limitada de los trabajadores para consumir el producto de su propio trabajo ... El continuaba añadiendo que esto no era por la sobreproducción ‘per se’ ... Y Marx continuaba explicando que estas se producen por la caída de la tasa de ganancia ... La crisis devalúa capital y permite un nuevo ciclo de acumulación”([13]). Su seguridad es tal que se permiten añadir que “Los ‘esquemáticos ciclos de la acumulación’ en los cuales somos felices de estar prisioneros, ocurren exactamente tal y como Marx había dicho” ([14]).
Es una deformación del pensamiento de Marx decir que éste explica la crisis histórica del capital únicamente por la teoría de la tendencia a la baja de la tasa de ganancia. Por 3 razones fundamentales:
1. Marx puso el énfasis en las dos contradicciones (baja de la tasa de ganancia y sobreproducción):
2. En segundo lugar, Marx estableció el conjunto de causas que contrarrestan la tendencia a la baja de la tasa de ganancia: en el capítulo XIV del libro IIIº de el Capital analiza las 6 causas que contrarrestan esa tendencia: aumento del grado de explotación del trabajo, reducción del salario por debajo de su valor, reducción del coste del capital constante, la superpoblación relativa, el comercio exterior, el aumento del capital-acciones.
3. Finalmente, en contra de lo que piensan el BIPR, Marx no vio la devaluación de capitales como el único medio que tiene el capitalismo para remontar las crisis, insistiendo una y otra vez en el otro medio: la conquista de nuevos mercados:
“¿Cómo vence esta crisis la burguesía?. De una parte, por la destrucción obligada de una masa de fuerzas productivas; de otra, por la conquista de nuevos mercados y la explotación más intensa de los antiguos” ([23]).
“La producción capitalista es una fase económica de transición llena de contradicciones internas que sólo se desarrollan y se hacen perceptibles en el transcurso de su propia evolución. Esta tendencia a crearse un mercado y anularlo al propio tiempo es justamente una de tales contradicciones. Otra contradicción es la ‘situación sin salida’ a que conduce, y que en un país sin mercado exterior como Rusia, sobreviene antes que en países que se hallan más o menos capacitados para competir en el mercado mundial. Sin embargo, en estos últimos países, esta situación aparentemente sin salida, se remedia con las medidas heroicas de la política comercial; esto es, en la apertura violenta de nuevos mercados. El último mercado nuevo que se ha abierto de este modo el comercio inglés y que se ha manifestado apto para animar temporalmente dicho comercio es China” ([24]).
Sin embargo, el BIPR nos da otro argumento “de peso”: “como hemos puntualizado antes, esta teoría (se refieren a la de Rosa Luxemburgo) reduce a un sinsentido el Capital de Marx ya que éste desarrolló su análisis asumiendo un sistema capitalista cerrado que está exento de ‘terceros compradores’ (y sin embargo fue capaz de encontrar el mecanismo de la crisis)” ([25]).
Es totalmente cierto que Marx señaló que “la introducción del comercio exterior en el análisis del valor de los productos anualmente reproducidos no puede crear sino confusión, sin aportar ningún elemento nuevo ya sea al problema ya sea a su solución” ([26]). Es verdad que en el capítulo final del libro 2º, Marx, tratando de comprender los mecanismos de la reproducción ampliada del capitalismo, afirma que debe prescindirse de “elementos exteriores”, que debe suponerse que no hay más que capitalistas y trabajadores, y partiendo de estos supuestos elabora las tablas de reproducción ampliada del capital. Estas famosas tablas han servido de “biblia” a los revisionistas para “demostrar” que “las manifestaciones de Marx en el 2º volumen de El Capital bastaban para explicar y agotar el fenómeno de la acumulación y que en estas páginas se demostraba de forma palmaria, por medio de esquemas, que el capital podía expansionarse de un modo excelente y la producción extenderse sin necesidad de que existiese en el mundo más producción que la capitalista, que ésta tenía en sí misma su propio mercado y que solo mi rematada ignorancia e incapacidad para comprender lo que es el ABC de los esquemas marxistas me podía haber llevado a ver aquí semejante problema” ([27]).
Es absurdo pretender que la explicación de las crisis capitalistas está encerrada en las famosas tablas de la acumulación. El centro de la crítica de Rosa Luxemburgo es precisamente el supuesto sobre el que se elabora: “la realización de la plusvalía para fines de acumulación es un problema insoluble para una sociedad que conste únicamente de capitalistas y obreros” ([28]). Partiendo de ahí, demuestra su inconsistencia: “¿Para quién producen los capitalistas lo que ellos no consumen; aquello de lo que ‘se privan’, es decir, lo que acumulan? No puede ser para el sustento de un ejército cada vez mayor de obreros, ya que en régimen capitalista el consumo de los trabajadores es una consecuencia de la acumulación; nunca su medio ni su fin... ¿Quién realiza pues la plusvalía que crece constantemente? El esquema responde: los capitalistas mismos y sólo ellos ([29]). ¿Y qué hacen con su plusvalía creciente? El esquema responde la utilizan para ampliar más y más su producción. Estos capitalistas son fanáticos de la producción por si misma, hacen construir nuevas máquinas para construir con ellas, a su vez, nuevas máquinas. Pero lo que de este modo resultará no es una acumulación de capital, sino una producción creciente de medios de producción sin fin alguno y es menester la osadía de Tugan-Baranowski para suponer que este carrusel incesante, en el espacio vacío, puede ser un fiel espejo teórico de la realidad capitalista y una verdadera consecuencia de la doctrina marxista” ([30]).
Por ello concluye que “Marx ha expuesto muy detallada y claramente su propio concepción del curso característico de la acumulación capitalista en toda su obra, particularmente en el tomo 3º. Y basta ahondar en esta concepción para percibir que el esquema inserto al final del 2º tomo es insuficiente. Si se examina el esquema de la reproducción ampliada, desde el punto de vista de la teoría de Marx, se halla, necesariamente, que se encuentra en varios aspectos en contradicción con ella” ([31]).
El capitalismo depende para su desarrollo histórico de un medio ambiente pre-capitalista con el cual establece una relación que comprende de forma indisociable tres elementos: intercambio (adquisición de materias primas a cambio de productos manufacturados), destrucción de esas formas sociales (aniquilación de la economía natural de subsistencia, separación de campesinos y artesanos de sus medios de trabajo) e integración en la producción capitalista (desarrollo del trabajo asalariado y del conjunto de instituciones capitalistas).
Esa relación de intercambio-destrucción-integración abarca el largo proceso de formación (siglos XVI-XVIII), apogeo (siglo XIX) y decadencia (siglo XX) del sistema capitalista y constituye una necesidad vital para el conjunto de sus relaciones de producción “el proceso de acumulación del capital está ligado por sus relaciones de valor y materiales: capital constante, capital variable y plusvalía, a formas de producción no capitalista. La acumulación de capital no puede ser expuesta bajo el supuesto de del dominio exclusivo y absoluto de la forma de producción capitalista, ya que, sin los medios no capitalistas, es inconcebible en cualquier sentido” ([32]).
Para Battaglia Comunista este proceso histórico que se desarrolla a nivel del mercado mundial no es otra cosa que el espejo de un proceso mucho más profundo: “aunque se parta del mercado y de las contradicciones que en él se manifiestan (producción-distribución, desequilibrio entre demanda y oferta) hay que volver a los mecanismos que regulan la acumulación para tener una visión más correcta del problema. El capitalismo en tanto que unidad productiva-distributiva impone que consideremos lo que ocurre en el mercado como una consecuencia de la maduración de las contradicciones que están en la base de las relaciones de producción y no al contrario. Es el ciclo económico y la necesidad de la valorización del capital lo que condiciona el mercado. Es solamente partiendo de las leyes contradictorias que regulan el proceso de acumulación como es posible explicar las leyes del mercado” ([33]).
La realización de la plusvalía, el famoso “salto mortal de la mercancía” que decía Marx, constituiría la “superficie” del fenómeno, la “caja de resonancia” de las contradicciones de la acumulación. Esta visión con aires de “profundidad” no encierra otra cosa que un profundo idealismo: las “leyes del mercado” serían el resultado “externo” de las leyes “internas” del proceso de acumulación.
Esa no es la visión de Marx, para quien los dos momentos de la producción capitalista (la producción y la realización) no son el reflejo el uno del otro, sino dos partes inseparables de la unidad global que es la evolución histórica del capitalismo: “la mercancía entra en el proceso de circulación no solamente como un valor de uso particular, por ejemplo, una tonelada de hierro, sino también como un valor de uso a un precio determinado, supongamos una onza de oro. Este precio que es, por una parte, el exponente del ‘quantum’ de tiempo de trabajo contenido en el hierro, es decir, de su magnitud de valor, expresa al mismo tiempo el buen deseo que tiene el hierro de convertirse en oro... Si no resulta esa transubstanciación, la tonelada de hierro no solamente deja de ser mercancía, sino también producto, pues precisamente es mercancía porque constituye un no-valor de uso para su poseedor, o dicho de otro modo, porque su trabajo no es trabajo real sino en cuanto es trabajo útil para los demás ... La misión del hierro o de su poseedor, consiste pues, en descubrir en el mundo de las mercancías el lugar en donde el hierro atrae al oro. Esta dificultad, el ‘salto mortal’ de la mercancía, queda vencida si la venta se efectúa realmente” ([34]).
Toda tentativa de separar la producción de la realización impide comprender el movimiento histórico del capitalismo que lo lleva a su apogeo (formación del mercado mundial) y su crisis histórica (saturación crónica del mercado mundial):
“Los capitalistas se ven forzados a explotar a una escala cada vez mayor los gigantescos medios de producción ya existentes... A medida que crece la masa de producción y, por tanto, la necesidad de mercados más extensos, el mercado mundial va reduciéndose más y más, y quedan cada vez menos mercados nuevos que explotar, pues cada crisis anterior somete al comercio mundial un mercado no conquistado todavía o que el comercio sólo explotaba superficialmente” ([35]).
Únicamente en el marco de esa unidad se puede integrar coherentemente la tendencia a la elevación continua de la productividad del trabajo: “El capital no consiste en que el trabajo acumulado sirva al trabajo vivo como medio para una nueva producción. Consiste en que el trabajo vivo sirva al trabajo acumulado como medio para conservar y aumentar el valor de cambio” ([36]).
Cuando Lenin estudia el desarrollo del capitalismo en Rusia procede con el mismo método: “Lo importante es que el capitalismo no puede subsistir y desarrollarse sin una ampliación constante de su esfera de dominio, sin colonizar nuevos piases y enrolar a los países viejos no capitalistas en el torbellino de la economía mundial. Y esta peculiaridad del capitalismo se ha manifestado y se sigue manifestando con enorme fuerza en la Rusia posterior a la Reforma” ([37]).
Los compañeros del BIPR piensan, sin embargo, que Rosa Luxemburgo se empeñaba en buscar causas “externas” a la crisis del capitalismo: “inicialmente Luxemburgo apoyaba la idea de que la causa de la crisis debía ser buscada en las relaciones de valor inherentes al modo de producción capitalista mismo ... Pero la lucha contra el revisionismo dentro de la social-democracia alemana parece que la condujo en 1913 a buscar otra teoría económica con la cual contrarrestar el aserto revisionista de que la tendencia a la baja de la tasa de ganancia no era válida. En la Acumulacion de capital concluyó que había una grieta en el análisis de Marx y decidió que la causa de la crisis capitalista es exterior a las relaciones capitalistas” ([38]).
Los revisionistas echaban en cara a Rosa Luxemburgo haber planteado un problema inexistente ya que, según ellos, las tablas de la reproducción ampliada de Marx “demostraban” que toda la plusvalía se realizaba al interior del capitalismo. El BIPR no recurre a esas tablas pero su método viene a ser el mismo: para ellos Marx con su esquema de los ciclos de la acumulación habría dado la solución. El capitalismo va produciendo y desarrollándose hasta que cae la tasa de ganancia y entonces el bloqueo de la producción que ocasiona esta tendencia se resuelve “objetivamente” por una depreciación masiva de capitales. Tras esta depreciación, la tasa de ganancia se restaura, el proceso vuelve a empezar y así sucesivamente. Es verdad que el BIPR admite que históricamente la evolución es, debido al aumento de la composición orgánica del capital y a la tendencia a la concentración y centralización del capital, mucho más complicada: con el siglo XX ese proceso de concentración, hace que las necesarias devaluaciones de capital ya no puedan limitarse a medios estrictamente económicos (cierre de fábricas y despido de obreros) sino que requieran enormes destrucciones realizadas por la guerra mundial (ver la 1ª parte de este artículo).
Esta explicación es, en el mejor de los casos, una descripción de los movimientos de coyuntura del capital pero no permite comprender el movimiento global, histórico, del capitalismo. Con ella tenemos un termómetro no muy fiable (hemos explicado, siguiendo a Marx, la causas contrarrestantes de la ley) de las convulsiones y la marcha del capitalismo pero no se comprende, ni siquiera se empieza a plantear, el porqué, la causa profunda de la enfermedad. Con el agravante ([39]) de que en la decadencia la acumulación está profundamente bloqueada y sus mecanismos (incluida por tanto la tendencia a la baja de la tasa de ganancia) han sido alterados y pervertidos por la intervención masiva del Estado.
El BIPR nos recuerda que para Marx las causas de la crisis son internas al capitalismo.
¿Quiere el BIPR algo “más interno” al capitalismo que la necesidad imperiosa que tiene de ampliar constantemente la producción más allá de los límites del mercado?. El capitalismo no tiene como fin la satisfacción de necesidades de consumo (al contrario del feudalismo que tenía como fin satisfacer las necesidades de consumo de nobles y curas). Tampoco es un sistema de producción simple de mercancías (formas que podían verse en la Antigüedad o hasta cierto punto en los siglos XIV-XV). Su fin la producción de una plusvalía cada vez mayor a partir de las relaciones de valor basadas en el trabajo asalariado. Esto le obliga a buscar constantemente nuevos mercados: ¿para qué? ¿para establecer un régimen de intercambio simple de mercancías? ¿para la rapiña y la obtención de esclavos?. No, aunque esas formas han acompañado el desarrollo del capitalismo, no constituyen su esencia interna, la cual reside en su necesidad de extender más y más las relaciones de producción basadas en el trabajo asalariado: “El capital, por desgracia para él, no puede hacer comercio con clientes no capitalistas sin arruinarlos. Ya sea vendiéndoles bienes de consumo, ya vendiéndoles bienes de producción, destruye automáticamente el equilibrio precario de toda economía pre-capitalista. Introducir vestidos baratos, implantar el ferrocarril, instalar una fábrica, bastan para destruir toda la vieja organización económica. El capitalista ama a sus clientes precapitalistas como el ogro a los niños: devorándolos. El trabajador de las economías precapitalistas que ha tenido la desgracia de verse afectado por el comercio con los capitalistas sabe que, tarde o temprano, acabará en el mejor de los casos, proletarizado por el capital, y, en el peor -y es cada día lo más frecuente desde que el capitalismo se hunde en la decadencia- en la miseria y en la indigencia” ([40]).
En el período ascendente, en el siglo XIX, este problema de la realización parecía secundario en la medida en que el capitalismo encontraba constantemente nuevas áreas precapitalistas para integrar en su esfera y por tanto vender sus mercancías. Sin embargo, el problema de la realización ha pasado a ser decisivo en el siglo XX donde los territorios precapitalistas son cada vez menos significativos en proporción a sus necesidades de expansión. Por eso decimos que la teoría de Rosa Luxemburgo “proporciona una explicación para las condiciones históricas que determinan concretamente la irrupción de las crisis permanente del sistema: cuanto más integra el capitalismo en su esfera de influencia las áreas no capitalistas, cuanto más crea un mundo a su propia imagen, menos capacidad tiene de extender el mercado y de encontrar nuevas salidas para la realización de la porción de plusvalía que no pueden realizar ni los capitalistas ni el proletariado. La incapacidad del sistema para expandirse como en el pasado abre paso a la nueva época del imperialismo y las guerras imperialistas, marcando el fin de la misión históricamente progresista del capitalismo y la amenaza para la humanidad de hundirse en la barbarie” ([41]).
Nosotros no negamos la tendencia a la baja de la tasa de ganancia, vemos su operatividad en función de una visión histórica de la evolución del capitalismo. Este está golpeado por toda una serie de contradicciones, la contradicción entre el carácter social de la producción y el carácter privado de su apropiación, entre el aumento incesante de la productividad del trabajo y la disminución proporcional del trabajo vivo, la mencionada tendencia a la baja de la tasa de ganancia... Pero estas contradicciones pudieron ser un estimulante al desarrollo del capitalismo en tanto este tuviera posibilidades de extender su sistema de producción a escala mundial. Cuando el capitalismo llega sus límites históricos, esas contradicciones de estimulantes que eran, se convierten en pesadas trabas, en factores que aceleran las dificultades y convulsiones del sistema.
El BIPR nos hace una objeción realmente chocante “Si los mercados estaban ya saturados en 1913, si todos las salidas pre-capitalistas estaban exhaustas y no podían ser creadas otras nuevas (salvo un viaje a Marte). Si el capitalismo ha ido mucho más lejos en el nivel de crecimiento que el ciclo precedente ¿como es posible hacerlo todo esto para la teoría de Luxemburgo?” ([42]).
Cuando en nuestro artículo de polémica de la Revista internacional nº 79 pusimos en evidencia la naturaleza y la composición del “crecimiento económico” experimentado tras la IIª Guerra mundial, el BIPR nos lo critica en su “Respuesta” dando a entender que ha habido un “verdadero crecimiento del capitalismo en la decadencia” y cara a nuestro defensa de las posiciones de Rosa Luxemburgo dicen “ya hemos visto como resuelve la CCI el dilema: negando empíricamente que ha habido un real crecimiento” ([43]).
No podemos repetir aquí un análisis de la naturaleza del “crecimiento” desde 1945. Invitamos al BIPR a leer el artículo “El modo de vida del capitalismo en la decadencia” en la Revista internacional nº 56 que deja claro que “las tasas de crecimiento después de 1945 (las más altas de la historia del capitalismo) han sido un sobresalto de crecimiento drogado, huida ciega hacia adelante de un sistema con el agua al cuello. Los medios puestos en práctica (créditos a mansalva, intervencionismo estatal, producción militar siempre en aumento, gastos improductivos, etc.) para realizar ese crecimiento han llegado a su estancamiento”. Lo que queremos abordar es algo elemental para el marxismo: el crecimiento cuantitativo de la producción no significa necesariamente desarrollo del capitalismo.
El problema crónico, sin salida, que tiene el capitalismo en la decadencia es la ausencia de mercados nuevos que estén a la altura del crecimiento que impone a la producción el aumento constante de la productividad del trabajo y de la composición orgánica del capital. Este incremento constante agrava todavía más el problema de la sobreproducción ya que la proporción de trabajo acumulado (capital constante) es cada vez mayor en relación al trabajo vivo (capital variable, medios de vida de los obreros).
Toda la historia de la supervivencia del capitalismo en el siglo XX tras la derrota de la oleada revolucionaria de 1917-23, es la de un esfuerzo desesperado de manipulación de la ley del valor, vía el endeudamiento, la hipertrofia de gastos improductivos, el desarrollo monstruoso de los armamentos, para paliar esa ausencia crónica de nuevos mercados. Y la historia ha mostrado que esos esfuerzos no han hecho otra cosa que agravar los problemas y avivar las tendencias del capitalismo decadente a la autodestrucción: la agravación de la crisis crónica del capitalismo acentúa las tendencias permanentes a la guerra imperialista, a la destrucción generalizada ([44]).
En realidad, los datos de crecimiento “fabuloso” de la producción que tanto deslumbran al BIPR ilustran la contradicción insalvable que supone para el capitalismo su tendencia a desarrollar la producción de forma ilimitada mucho más allá de las capacidades de absorción del mercado. Esos datos lejos de desmentir las teorías de Rosa Luxemburgo las confirman plenamente. Cuando se ve el crecimiento desbocado y descontrolado de la deuda, sin parangón en la historia humana, cuando se comprueba la existencia de una inflación permanente y estructural, cuando se ve que desde el abandono del patrón oro el capitalismo ha ido eliminando alegremente cualquier respaldo a las monedas (actualmente Fort Knox únicamente cubre el 3% de los dólares que circulan en Estados Unidos), cuando se comprueba la intervención masiva del Estado para sujetar artificialmente el edificio económico (y ello desde hace más de 50 años) cualquier marxista mínimamente serio debe rechazar ese “fabuloso crecimiento” como moneda de ley y concluir que se trata de un crecimiento drogado y fraudulento.
El BIPR en vez de encarar esa realidad prefiere especular sobre las “nuevas realidades” del capitalismo. Así, en Su Respuesta se proponen abordar: “la reestructuración (y, nos atrevemos a decirlo, el crecimiento) de la clase trabajadora, la tendencia de los estados capitalistas a ser económicamente achicados por el volumen del mercado mundial y el aumento del capital que es controlado por las instituciones financieras (el cual es, al menos, cuatro veces mayor que los presupuestos de los Estados juntos) han producido una extensión de la economía mundial de los tiempos de Rosa Luxemburgo y Bujarin hacia la economía globalizada” ([45]).
Cuando hay en el mundo 820 millones de parados (datos del BIT, diciembre 1994) el BIPR habla de ¡crecimiento de la clase trabajadora!. Cuando crece de forma irreversible el trabajo eventual, el BIPR cual nuevo quijote ve los molinos de viento del “crecimiento” y la “reestructuración” de la clase trabajadora. Cuando el capitalismo se acerca más y más a una catástrofe financiera de proporciones incalculables, el BIPR especula alegremente sobre la “economía global” y el “capital controlado por las instituciones financieras”. Una vez más, ven el mundo al revés: su Dulcinea del Toboso de la “economía global” consiste en la prosaica realidad de un esfuerzo desesperado de esos estados “cada vez más achicados” por controlar la escalada de la especulación provocada precisamente por la saturación de los mercados; sus gigantes constituidos por el “capital controlado por las instituciones financieras” son globos hinchados monstruosamente por la especulación que puede desencadenar una catástrofe sobre la economía mundial.
El BIPR nos anuncia que “todo lo anterior debe ser sometido a un riguroso análisis marxista que toma tiempo el desarrollarlo” ([46]). ¿No sería más eficaz para el trabajo militante de la Izquierda comunista que el BIPR dedicará su tiempo a explicar los fenómenos que muestran la parálisis y enfermedad mortal de la acumulación a lo largo de la decadencia capitalista?. Marx decía que el error no estaba en la respuesta sino en la propia pregunta. Plantearse la cuestión de la “economía global” o la de la “reestructuración de la clase obrera” es enfangarse las arenas movedizas del revisionismo, mientras que hay “otras preguntas” como la naturaleza del paro masivo de nuestra época, el endeudamiento etc. que ayudan a encarar los problemas de fondo en la comprensión de la decadencia capitalista.
En la Iª Parte de este artículo insistimos en la importancia de lo que nos une con el BIPR: la defensa intransigente de la posición marxista de la decadencia del capitalismo, base granítica de la necesidad de la revolución comunista. Lo fundamental es la defensa de esa posición y la comprensión coherente y hasta el final de todas sus implicaciones. Como explicamos en “Marxismo y teoría de la crisis” (Revista internacional nº 13) se puede defender la posición sobre la decadencia del capitalismo sin compartir plenamente nuestra teoría sobre la crisis basada en el análisis de Rosa Luxemburgo ([47]). Sin embargo, tal postura implica el riesgo de sostener esa posición sin una coherencia plena, “cogida con alfileres”. El sentido militante de nuestra polémica es precisamente ese: las inconsecuencias y desviaciones del BIPR que les lleva a debilitar la posición de clase sobre la decadencia del capitalismo.
Con su rechazo visceral y sectario de las tesis de Rosa Luxemburgo (y de Marx mismo) sobre la cuestión de los mercados, el BIPR abre las puertas para que entren en sus análisis las corrientes revisionistas de los Tugan-Baranowski y cía. Así nos dicen que “los ciclos de acumulación son inherentes al capitalismo y explican por qué, en los diferentes momentos, la producción capitalista y el crecimiento capitalista pueden ser más altos o más bajos que en precedentes periodos” ([48]). Con ello retoman una vieja afirmación de BC en la Conferencia internacional de grupos de la Izquierda comunista según la cual “el mercado no es una entidad física existente fuera del sistema de producción capitalista que, una vez llena, detendría el mecanismo productivo, al contrario, es una realidad económica, al interior y al exterior del sistema, que se dilata o contrae según el curso contradictorio del proceso de acumulación” ([49]).
¿No se da cuenta el BIPR que con este “método” entra de lleno en el mundo de Say donde, fuera de desproporcionalidades coyunturales, “todo lo producido es consumido y todo lo consumido es producido”? ¿No comprende el BIPR que con esos análisis lo único que hace es dar vueltas a la noria “constatando” que el mercado “se contrae o dilata según el ritmo de la acumulación” pero que no explica absolutamente nada sobre la evolución histórica de la acumulación capitalista?. ¿No ve el BIPR que está cayendo en los mismos errores que Marx criticó: “el equilibrio metafísico de compras y ventas se reduce a que cada compra es una venta y cada venta es una compra, lo cual resulta un mediano consuelo para los poseedores de mercancías que no pueden vender ni, por lo tanto, comprar” ([50]).
Esa puerta que el BIPR deja entreabierta a las teorías revisionistas explica la propensión que tiene a perderse en las especulaciones absurdas y estériles sobre la “reestructuración de la clase obrera” o la “economía global”. También da cuenta de su tendencia a dejarse llevar por los cantos de sirena de la burguesía: primero fue la “revolución tecnológica”, luego vino el fabuloso mercado de los países del Este, más tarde fue el “negociazo” de la guerra de Yugoslavia. Cierto que el BIPR corrige esos desvaríos a toro pasado bajo la presión de las críticas de la CCI y de la evidencia aplastante de los hechos. Eso demuestra su responsabilidad y su vínculo firme con la Izquierda Comunista, pero los compañeros del BIPR coincidirán con nosotros que esos errores demuestran que su posición sobre la decadencia del capitalismo no es lo suficientemente consistente, está “cogida con alfileres” y deben cimentarla sobre bases mucho más firmes.
El BIPR coincide con los revisionistas adversarios de Rosa Luxemburgo en su negativa a considerar seriamente el problema de la realización, pero diverge radicalmente de ellos al rechazar su visión de una tendencia a la aminoración de las contradicciones del capitalismo. Al contrario, con toda justeza, el BIPR ve que cada fase de crisis en el ciclo de acumulación supone una agravación mucho mayor y más profunda de las contradicciones del capitalismo. El problema está precisamente en los períodos en que, según él, la acumulación capitalista se restaura plenamente. Frente a esos períodos, al considerar únicamente la tendencia a la baja de la tasa de ganancia y al negarse a ver la saturación crónica del sistema, el BIPR olvida o relativiza la posición revolucionaria sobre la decadencia del capitalismo.
Adalen
16-6-95
[1] Hemos desarrollado nuestra posición en numerosos artículos de nuestra Revista internacional; queremos destacar “Marxismo y teorías de las crisis” (no 13), “Teorías económicas y lucha por el socialismo” (no 16), “Las teorías de las crisis desde Marx hasta la IC” (no 22), “Crítica de Bujarin” (nos 29 y 30), la parte VIIª de la serie “El comunismo no es un bello ideal sino una necesidad material” (no 76). Los compañeros en su respuesta dicen que la CCI no prosiguió la crítica de sus posiciones anunciada en el artículo “Marxismo y teorías sobre las crisis” de la Revista internacional no 13. La simple enumeración de la lista de artículos anteriormente expuesta demuestra que el BIPR se equivoca totalmente cuando afirma que la CCI no tendría ningún argumento que oponer a sus propios artículos.
[2] “Marxismo y teoría de las crisis” en Revista internacional nº 13, subrayados nuestros.
[3] Bernstein: Socialismo teórico y social-democracia práctica. Rodbertus era un socialista burgués de mediados del pasado siglo que formuló su “ley” de la cuota decreciente de los salarios. Según él las crisis del capitalismo se debían a esta ley por lo que propugnaba la intervención del Estado para aumentar los salarios como remedio a la crisis. Los revisionistas de la IIª Internacional acusaban a Marx de haber cedido a las tesis de Rodbertus, llamadas “subconsumistas” y volvieron a repetir esa acusación contra Rosa Luxemburgo. Actualmente, muchos sindicalistas y también ciertas corrientes de la Izquierda del capital son seguidores no reconocidos de Rodbertus: afirman que el capitalismo es el primer interesado en mejorar las condiciones de vida obreras como medio de superar su propia crisis.
[4] Say fue un economista burgués de principios del siglo XIX que en su apología del capitalismo insistió en que éste no tenía ningún problema de mercado pues según en él “la producción crea su propio mercado”. Tal teoría equivalía a proponer el capitalismo como un sistema eterno sin ninguna posibilidad de crisis más allá de convulsiones temporales provocadas por “mala gestión” o por “desproporción entre los distintos sectores productivos”. ¡Como se ve los mensajes actuales de la burguesía sobre la “recuperación” no son nada originales!.
[5] Citado por Rosa Luxemburgo en su libro La Acumulacion del capital.
[6] La Acumulación del capital.
[7] Esta técnica del oportunismo ha sido luego retomada por su cuenta por el estalinismo y la socialdemocracia y demás fuerzas de la izquierda del capital (particularmente los izquierdistas) que utilizan descaradamente tal o cual pasaje de Lenin, Marx etc. para avalar posiciones que nada tienen que ver con ellos.
[8] Rosa Luxemburgo, op.cit.
[9] Conviene precisar que en la polémica suscitada por el libro de Rosa Luxemburgo, Pannekoek, que no era oportunista ni revisionista en esa época sino que por el contrario estaba con la izquierda revolucionaria de la IIª Internacional, tomó partido contra las tesis de Rosa Luxemburgo.
[10] Hemos explicado muchas veces que Lenin ante el problema de la Iª Guerra mundial y muy particularmente en su libro El Imperialismo fase superior del capitalismo defiende correctamente la posición revolucionaria sobre la crisis histórica del capitalismo (él la llama crisis de descomposición y parasitismo del capital) y la necesidad de la revolución proletaria mundial. Esto es lo esencial, sin embargo, se apoya en las teorías erróneas de Hilferding sobre el capital financiero y la “concentración de capital”, lo cual, particularmente en sus epígonos, debilitado la fuerza y coherencia de su posición contra el imperialismo. Ver nuestra crítica en Revista internacional nº 19 el artículo “Acerca del imperialismo”.
[11] Para una crítica de Bujarin, ver en Revista internacional nº 29 y 30, el artículo “La verdadera superación del capitalismo es la eliminación del salariado”.
[12] “Marxismo y teoría de las crisis” en Revista internacional, nº 13.
[13] “The Material Basis of Imperialism War, A Breif Reply to the ICC”, respuesta del BIPR a la CCI, en Internationalist Communist Review, nº13.
[14] Ídem.
[15] El Capital, libro IIIº sección 3ª capítulo XV pag. 643 edición española.
[16] Ídem.
[17] Ídem.
[18] Teorías de la Plusvalía, tomo II.
[19] Ídem.
[20] Marx, el Capital, Libro 3º, sección 3ª, capitulo XIII.
[21] Ídem.
[22] Ídem.
[23] Marx-Engels, El Manifiesto comunista.
[24] Cartas de Marx y Engels a Nikolai.
[25] ”A Breif Reply to the ICC”, respuesta del BIPR.
[26] Marx, el Capital, libro 2º, sección 3ª, capítulo XX.
[27] Rosa Luxemburgo, la Acumulación del capital.
[28] Ídem.
[29] En el libro 3º, Marx señala que “decir que sólo pueden los capitalistas cambiar y consumir sus mercancías entre ellos mismos es olvidar por completo que se trata de valorizar el capital, no de consumirlo” (Sección 3ª capitulo XV).
[30] Rosa Luxemburgo, la Acumulación del capital.
[31] Ídem.
[32] Ídem.
[33] IIª Conferencia de Grupos de la Izquierda Comunista, Textos preparatorios, volumen 1.
[34] Marx, Contribución a la critica de la economía política, capítulo II.
[35] Marx, Trabajo asalariado y capital, tomo I.
[36] Ídem.
[37] Lenin, el Desarrollo del capitalismo en Rusia, capítulo VIIIº, parte 5ª.
[38] “A Breif Reply to the ICC”, respuesta del BIPR.
[39] Ver los artículos de la Revista internacional, nº 79 y nº 82.
[40] “Crítica de Bujarin”, parte 2ª, en Revista Internacional, nº 30.
[41] “El comunismo no es un bello ideal sino una necesidad material”, VIIª parte, en Revista internacional nº 76.
[42] “A Breif Reply to the ICC”, respuesta del BIPR.
[43] Ídem.
[44] Ver la Iª parte de este artículo en la Revista internacional, nº 82.
[45] “A Breif Reply to the ICC”, respuesta del BIPR.
[46] Ídem.
[47] La Plataforma de la CCI admite que los camaradas puedan defender la explicación de la crisis basada en la teoría de la tendencia a la baja de la tasa de ganancia.
[48] “A Breif Reply to the ICC”, respuesta del BIPR.
[49] IIª Conferencia de Grupos de la Izquierda Comunista, Textos preparatorios, volumen 1.
[50] Contribución a la Crítica de la economía política, capítulo II.
No es debido a ningún exhibicionismo si tratamos en nuestra prensa de nuestros debates internos, sino porque estamos convencidos de que los problemas que se nos han planteado no son en absoluto algo específico de la CCI. Estamos convencidos de que la CCI no hubiese sobrevivido si no hubiera erradicado de sus filas las concesiones a ideas anarquistas sobre cuestiones organizativas. Consideramos que este peligro amenaza al medio revolucionario en su conjunto. El peso de las ideas y de los comportamientos pequeño burgueses, la resistencia a la disciplina organizativa y a los principios colectivos han afectado a todos los grupos con más o menos fuerza. La ruptura de la continuidad orgánica con las organizaciones revolucionarias del pasado durante los cincuenta años que duró la contrarrevolución, la interrupción del proceso de transmisión de la experiencia organizativa inapreciable entre una generación marxista y la siguiente, han permitido que las nuevas generaciones de militantes proletarios de después del 68 hayan sido particularmente vulnerables a la influencia de la pequeña burguesía rebelde (movimientos estudiantiles, contestatarios...).
En estas condiciones nuestra lucha actual no es un asunto interno a la CCI. Los artículos sobre nuestro Congreso tienen como meta la defensa del conjunto del medio proletario. Son un llamamiento a todos los grupos marxistas serios para que se clarifique la concepción proletaria del funcionamiento y para dar a conocer las lecciones de la lucha contra la desorganización pequeño burguesa. El medio revolucionario visto como un todo tiene que estar mucho más alerta con respecto a la intrusión de modos de comportamiento ajenos al proletariado. Necesita organizar su defensa consciente y abiertamente.
La primera reacción pública a nuestros artículos sobre el XIº congreso no vino del medio proletario, sino de un grupo que le es abiertamente hostil. En un artículo titulado «La CCI llega a Waco», el pretendido Communist Bulletin Group (CBG), en su 16º y último Boletín, no tiene la menor vergüenza en dedicarse a denigrar a las organizaciones marxistas, en la mejor tradición burguesa.
«Salem o Waco hubiesen sido lugares adecuados para este congreso particular. Aunque podría ser tentador burlarse o ridiculizar este falseado congreso-juicio en el que, entre otras cosas, Bakunin como Lassalle han sido denunciados como “no necesariamente” agentes de la policía y Martov caracterizado de “anarquista”, el sentimiento dominante es el de una gran tristeza al ver una organización que fue en sus tiempos dinámica y positiva reducida a tan triste estado.
En la mejor tradición estalinista, la CCI se ha dedicado a reescribir la historia (como ya lo hizo tras la escisión del 85), para poner en evidencia que todas las divergencias mayores (...) fueron provocadas no por militantes con divergencias sobre una cuestión, sino por la intrusión de ideologías ajenas al proletariado en la CCI.
Lo que no logra entender la CCI, es que el problema estriba en su propia práctica monolítica. Lo que sin duda ha ocurrido en el XIº congreso no es más que el triunfo burocrático de un clan sobre otro, un pulso por controlar los órganos centrales, lo que se podía prever lógicamente tras la muerte de su miembro fundador MC».
Para el CBG, lo ocurrido en el Congreso de la CCI habrán sido «dos días o más de batallas psicológicas. Los lectores que tengan algún conocimiento de las técnicas de lavado de cerebro utilizadas por las sectas religiosas entenderán este proceso. Quienes posean libros sobre las torturas mentales infligidas a quienes confesaban “crímenes” imposibles durante los espectaculares juicios de Moscú también entenderán lo que ha ocurrido».
Y el CBG se cita a sí mismo en un texto del 82, cuando sus miembros ya habían salido de la CCI : «Para cada militante siempre se planteará la cuestión: ¿hasta dónde puedo ir en la discusión antes de verme condenado como fuerza extraña, como amenaza, como elemento pequeño burgués?; ¿hasta dónde puedo ir antes de que se sospeche de mí?; ¿hasta dónde antes de ser considerado agente de la policía?».
Estas citas hablan por sí mismas. Manifiestan a la perfección el verdadero carácter no de la CCI, sino del CBG. Su mensaje es claro: las organizaciones revolucionarias son como la mafia. Las «luchas por el poder» se producen en ellas exactamente igual que en las organizaciones burguesas.
La lucha contra los clanes que todo XIº Congreso ha apoyado con unanimidad, para el CBG no puede ser más, «sin la menor duda», que una lucha entre clanes. Los órganos centrales son inevitablemente «monolíticos», e identificar la intrusión de influencias no proletarias, tarea primordial de los revolucionarios, el CBG lo presenta como método para machacar a los «oponentes». Los métodos de clarificación de las organizaciones proletarias -debate abierto en el conjunto de la organización, publicación de las conclusiones para informar al conjunto de la clase- se convierten en métodos de «lavado de cerebro» dignos de sectas religiosas.
No sólo es el conjunto del medio revolucionario actual el que es atacado aquí. En realidad, están insultando a toda la historia y las tradiciones del movimiento obrero.
Las mentiras y calumnias del CBG están perfectamente en la línea de las campañas ideológicas de la burguesía mundial sobre la pretendida muerte del comunismo y del marxismo. En el centro de esta propaganda hay una idea que es ni más ni menos que una de las mayores mentiras de la historia, según la cual el rigor organizativo de los bolcheviques conduce necesariamente al estalinismo. En la versión del CBG de esta propaganda, es el bolchevismo de la CCI lo que conduce “necesariamente” a su pretendido “estalinismo”. Es evidente que el CBG no sabe lo que es el medio revolucionario como tampoco sabe qué es el estalinismo.
Una vez más, lo que ha provocado la reacción pequeño burguesa del CBG no es más que la fuerza con la que la CCI ha afirmado una vez más su fidelidad al método organizativo de Lenin. Aprovechamos esta ocasión para tranquilizar a todos los elementos parásitos: cuanto más ataque la burguesía la historia de nuestra clase, más afirmaremos nosotros con orgullo nuestra fidelidad al bolchevismo.
Al escupir así sobre la vanguardia proletaria, el CBG demuestra no sólo que no forma parte del medio revolucionario, sino también que es su adversario. El hecho de que la CCI haya librado la batalla más importante de su historia no le interesa de forma alguna.
No es nada nuevo que los revolucionarios que defienden el rigor organizativo contra la pequeña burguesía sean atacados y hasta denigrados. El mismo Marx tuvo que sufrir una campaña por parte de toda la burguesía tras su combate contra la Alianza de Bakunin. También a Lenin se le insultó personalmente en la época de su oposición a los mencheviques en 1903 y no fueron sólo los reformistas y los oportunistas confirmados, sino, incluso, compañeros como Trotski. Sin embargo nadie que haya formado parte del movimiento obrero, ni Trotski ni los reformistas, habló nunca de Marx o de Lenin usando términos como los que usa CBG. La diferencia estriba en que la meta de la «polémica» del CBG no sólo es la destrucción de la CCI, sino la del medio revolucionario como un todo.
Vamos también a decepcionar al CBG, según el cual la CCI trata a todos los que no están de acuerdo con ella de policías. Aunque el CBG no «esté de acuerdo» con nosotros, no consideramos ni que son espías, ni que son una organización burguesa. La gente del CBG no tiene una plataforma política burguesa. Programáticamente, hasta se adhieren a ciertas posiciones proletarias. Se sitúan en contra de los sindicatos y contra la defensa de la «liberación nacional».
Sin embargo, aunque sus posiciones políticas tiendan a evitarles la incorporación en las filas de la burguesía, su comportamiento organizativo les prohíbe cualquier participación en la vida del proletariado. Su principal actividad consiste en atacar a los grupos marxistas revolucionarios. El Communist Bulletin nº 16 lo ilustra perfectamente. Hacía ya varios años que este grupo no publicaba nada. El editorial de este número reciente nos informa de que «no es un secreto para nadie que la organización dejó de funcionar de forma significativa hace ya por lo menos dos años (...) De grupo no tiene más que el nombre».
El grupo pretende que tras esa total inactividad e insignificancia organizativa, le entró un repentino cosquilleo como a la bella durmiente, se despertó y decidió publicar un «boletín» para informar al mundo que había decidido... ¡dejar de existir! Es evidente que, en realidad, la única y verdadera razón de ser de su último Boletín no ha sido más que la de atacar una vez más a la CCI y a su congreso. Es significativo que el nº 16 no contenga el menor ataque a la burguesía; no publica, por ejemplo, ninguna defensa del internacionalismo proletario con respecto a la guerra de los Balcanes. Está en la línea directa de los quince números precedentes, dedicados esencialmente a calumniar a los grupos proletarios. Y estamos convencidos de que a pesar de disolución anunciada seguirán con lo mismo. De hecho, el abandono de sus pretensiones de ser un grupo político les permitirá centrar aún más su nociva labor de aliados objetivos de la burguesía en la denigración del campo marxista.
La existencia de grupos que aunque no estén pagados ni encargados por la burguesía, hacen con plena voluntad parte del trabajo de la clase dominante es un fenómeno muy significativo. En el movimiento marxista, a éstos se les llama parásitos, vampiros que viven a costa de las fuerzas revolucionarias. No atacan el campo marxista por juramento de fidelidad al capital, sino porque tienen un odio ciego e impotente al modo de vida de la clase obrera, al carácter colectivo e impersonal de su lucha. Semejantes elementos pequeño burgueses y desclasados se ven movidos por un ánimo de venganza con respecto a un movimiento político que no se puede permitir el lujo de hacer concesiones a sus necesidades individuales, a su vanidosa sed de vanagloria y de lisonja.
Antes de poder entender el carácter de ese parasitismo (que no es nada nuevo en el movimiento obrero), es necesario estudiar sus orígenes y su desarrollo. El CBG puede servirnos de ejemplo-tipo. Tiene sus orígenes en la fase de los círculos de la nueva generación de revolucionarios que se desarrolló después de 1968, dando lugar a un pequeño grupo de militantes relacionados entre sí por una mezcla de fidelidades políticas y personales. Ese grupo informal rompió con la Communist Workers Organisation (CWO) y se acercó de la CCI a finales de los 70. Durante las discusiones en aquel entonces, criticábamos su voluntad de adherirse a la CCI «como grupo» y no individualmente. Esto hacía correr el riesgo de que formasen una organización dentro de la organización, con bases no políticas sino de afinidad y que amenazasen de esta forma la unidad organizativa proletaria. También condenamos el hecho de que se hubieran llevado con ellos parte del material de la CWO, violando de esta forma los principios proletarios.
En la CCI, el grupo intentó mantener su identidad informal separada, a pesar de que la presión en una organización centralizada a nivel internacional para someter cada parte al todo haya sido muchísimo más fuerte que en la CWO. Sin embargo, la «autonomía» de los «amiguetes» que más tarde formarían el CBG pudo sobrevivir gracias a la existencia en la misma CCI de otros agrupamientos del mismo tipo, restos de los círculos que fueron la base de la formación de la CCI y que seguían existiendo. Eso es sobre todo cierto en lo que concierne nuestra sección británica, World Revolution, en la que habían ingresado los ex miembros de la CWO, y que estaba dividida por la existencia de dos «clanes». La existencia de esos dos clanes apareció rápidamente como un obstáculo para la aplicación práctica de los estatutos de la CCI en todas sus partes.
En aquel entonces, cuando un agente estatal (Chénier, que se integró en el Partido socialista francés de Mitterrand tras su exclusión de la CCI) infiltró a la CCI, escogió como principal objetivo de sus manipulaciones a la sección británica. La consecuencia de estas manipulaciones y del descubrimiento del agente Chénier fue que la mitad de la sección británica se salió de la organización. Ninguno de ellos fue excluido, diga lo que diga el CBG ([1]).
Los que habían sido miembros de la CWO y que dimitieron entonces de la CCI, fueron quienes formaron el CBG.
De ahí podemos sacar unas cuantas conclusiones:
- aunque no hayan tenido posiciones políticas particulares que les distinga de los demás, es básicamente la misma camarilla la que salió de la CWO y de la CCI y que formó el CBG. Esto revela el rechazo y la incapacidad de esa gente para integrarse en el movimiento obrero, para someter su identidad de grupito a algo más amplio que él.
- aunque proclamen que la CCI los excluyó, o que no podían permanecer en ella debido a «la imposibilidad de discutir», en realidad esa gente huyó del debate político que se desarrollaba en la organización. En nombre de la lucha contra “el sectarismo”, dieron la espalda a las dos organizaciones comunistas más importantes que existían en Gran Bretaña, la CWO y la CCI, a pesar de que no hubiera la menor divergencia política de importancia. Así es como “combaten el sectarismo”.
El medio político no ha de dejarse engañar con frases vacías sobre el “monolitismo” y el pretendido “temor” al debate de la CCI. La CCI está en la tradición de la Izquierda italiana y de Bilan, corriente que se negó durante la guerra de España a excluir a su minoría que llamaba abiertamente a participar en la guerra imperialista en las filas de las milicias republicanas ([2]), porque la clarificación política ha de preceder siempre a la separación política.
Lo que el CBG le echa en cara a la CCI, es su método proletario riguroso de debate, la polémica y las posiciones claras, llamando al pan pan y vino al vino, llamando por su nombre a las posiciones pequeño burguesas u oportunistas. Un ambiente difícilmente aceptable para los círculos y clanes, con su lenguaje falso y su diplomacia de hojalata, sus fidelidades y sus traiciones personales. Y claro está que tal ambiente no podía gustar a los “amiguetes”, pequeño burgueses cobardes que huyeron de la confrontación política y se retiraron de la vida de la clase.
Peor todavía, y por segunda vez, el CBG participó en el robo de material de la organización al salirse de ella. Intentaron justificarlo con una especie de visión del partido marxista parecida a una sociedad por acciones: cualquiera que le había dedicado tiempo a la CCI tenía derecho a “recuperar” su parte de las “riquezas” al salirse. Y ellos fueron quienes determinaron la “parte” que les correspondía. Ni que decir tiene que si se toleraran semejantes métodos en cualquier organización marxista, eso significaría su desaparición. De ese modo, los principios dejan el paso a la ley de la selva de la burguesía. Cuando la CCI se presentó para recuperar su material, estos valientes «revolucionarios» amenazaron con llamar a la policía.
Los miembros del futuro CBG fueron los principales colaboradores del agente provocador Chénier en la organización, y sus principales defensores tras su exclusión. Eso es lo que se esconde en las alusiones a la pretendida actitud de la CCI de denunciar a sus “disidentes” como policías. Según las mentiras del CBG, la CCI habría denunciado a Chénier por que no estaba de acuerdo con la mayoría de la CCI sobre el análisis de las elecciones en Francia en el 81. Una acusación a ciegas es algo tan criminal contra las organizaciones revolucionarias como llamar a la policía contra ellas. Una situación de ese tipo requiere que los revolucionarios que no estén de acuerdo con la opinión de la organización, y en particular el militante acusado, no sólo tengan derecho sino que tienen la obligación de oponerse a dicha opinión y si lo estiman necesario, exigir un tribunal de honor con la participación de las demás organizaciones revolucionarias para que se pronuncie sobre la acusación. En el pasado del movimiento obrero, hubiese sido impensable sugerir que una organización obrera pudiera acusar a un individuo por otro motivo que su defensa contra el Estado. Ese tipo de acusaciones no puede sino destruir la confianza en la organización y en sus órganos centrales, confianza indispensable para su defensa contra las infiltraciones del Estado.
Esa resistencia a tope de los elementos anarquistas pequeño burgueses y desclasados a su integración y subordinación a la misión histórica y mundial del proletariado, por mucha simpatía que tengan por ciertas posiciones políticas, es lo que les lleva al parasitismo, al odio abierto y al sabotaje político del movimiento marxista.
La realidad sórdida y corrosiva del CBG demuestra por sí misma las mentiras de sus declaraciones cuando afirma que ha salido de la CCI “para poder discutir”. Una vez más dejemos a los parásitos hablar de sí mismos. Primero, su abandono de toda forma de fidelidad al proletariado ha sido teorizado abiertamente. “Una visión muy negra del período ha empezado a expresarse... (...) varios elementos en el CBG se preguntan sobre la capacidad de la clase para alzarse a pesar de todo”.
Frente a este “debate difícil”, veamos como el CBG, valiente gigante “antimonolítico”, se las apaña con sus “divergencias”.
“No estábamos armados para enfrentarnos a estas cuestiones. Por toda respuesta reinaba un silencio más o menos atronador... el debate no degeneraba totalmente porque sencillamente se ignoraba. Era profundamente nocivo para la organización. El CBG se vanagloriaba de estar abierto a cualquier discusión en el movimiento revolucionario, y era uno de sus propios debates, sobre un tema central de su existencia, lo que le tapaba los oídos y le cerraba la boca”. Es pues perfectamente lógico que, al final de su cruzada contra la concepción marxista del rigor organizativo y metodológico previo a cualquier debate real, el CBG “descubra”... ¡que es la propia organización la que bloquea el debate!
«Para que pueda desarrollarse el debate... hemos decidido acabar con el CBG». ¡La organización es una traba al debate! ¡Viva el anarquismo! ¡Viva el liquidacionismo organizativo! Imagínense la gratitud de la clase dominante ante la propagación de tales “principios” ¡en nombre del “marxismo”!
A pesar de que la dominación de la burguesía no esté de momento amenazada ni mucho menos, los aspectos esenciales de la situación mundial la obligan a estar particularmente vigilante en la defensa de sus intereses. El hundimiento irreversible de su crisis económica, el desarrollo de las tensiones imperialistas y la resistencia de una generación obrera que no ha sufrido derrotas decisivas, todos estos elementos contienen la perspectiva de una desestabilización dramática de la sociedad burguesa. Todo ello impone a la burguesía la tarea histórica y mundial de destruir la vanguardia marxista revolucionaria del proletariado. Por insignificante que aparezca hoy el campo marxista, la clase dominante ya está obligada a intentar seriamente sembrar en él la confusión y debilitarlo.
En los tiempos de la Iª Internacional, la burguesía se encargó ella misma de denigrar públicamente a la organización de los revolucionarios. El conjunto de la prensa de la burguesía calumniaba la AIT y a su Consejo general, oponiendo al pretendido “centralismo dictatorial” de Marx los encantos de su propio pasado progresista y revolucionario.
Hoy en día, por el contrario, la burguesía no tiene ningún interés en llamar la atención sobre las organizaciones revolucionarias, porque son de momento todavía tan minoritarias que ni siquiera sus nombres suelen ser conocidos por los obreros. Un ataque directo del Estado contra ellas, ya sea a través de los media, ya sea utilizando sus órganos de represión, podría además provocar un reflejo de solidaridad en una minoría políticamente significativa de obreros conscientes. Ante esta situación, la burguesía prefiere no hacerse notar y dejar la faena sucia de la denigración a los parásitos políticos. Aunque no se den cuenta de ello ni siquiera lo deseen, esos parásitos están integrados en la estrategia antiproletaria de la clase dominante. La burguesía sabe muy bien que el mejor medio y el más eficaz para destruir el campo revolucionario es atacándolo desde dentro, denigrándolo, desmoralizándolo, dividiéndolo. Los parásitos cumplen con esta tarea sin que ni siquiera se lo hayan pedido. Al presentar a los grupos marxistas como estalinistas, como sectas burguesas dominadas por luchas de poder, a imagen de la burguesía, como algo históricamente insignificante, vienen a apoyar la ofensiva del capital contra el proletariado. Al dedicarse a atacar la reputación del medio político proletario, no sólo contribuyen a los ataques contra las fuerzas proletarias actuales, sino que además preparan el terreno para la represión política del campo marxista en el porvenir. Aunque la burguesía misma se mantenga hoy en un segundo plano, dejando que el parasitismo haga su sucia faena, es también porque tiene la intención de salir mañana a la luz con la intención de decapitar a la vanguardia revolucionaria.
La incapacidad de la mayoría de los grupos revolucionarios a reconocer el carácter real de los grupos parásitos es hoy en día una de las grandes debilidades del medio político. La CCI está determinada a asumir sus responsabilidades combatiendo esta debilidad. Ya es hora de que los grupos serios del medio político proletario, visto como un todo, organicen su propia defensa en contra de los elementos más podridos de la pequeña burguesía revanchista. En lugar de andar coqueteando con semejantes grupos en plan oportunista, la responsabilidad del medio es la de entablar un combate implacable contra el parasitismo político. La formación del partido de clase, el triunfo de la lucha emancipadora del proletariado, dependen en buena parte de nuestra capacidad para llevar a cabo ese combate.
Kr
[1] Contrariamente a lo que afirma el CBG, en toda la historia de la CCI, el único individuo excluido de nuestra organización ha sido el tal Chénier, a quien denunciamos en nuestra prensa como individuo «turbio y poco de fiar». Para tomar una decisión semejante y de graves consecuencias, tenía que haber argumentos serios y graves. Y así fue. Independientemente de su actitud de doble lenguaje, de duplicidad, de maniobras y de creación de una organización dentro de la organización, Chénier ha sido y sigue siendo un agente del Estado burgués: es hoy responsable del «sector social» en el ayuntamiento y en el Partido socialista de una gran ciudad francesa, en los barrios «problemáticos», y ese trabajo sirve directamente para controlar posibles revueltas de jóvenes sin trabajo. También ha sido, después de su exclusión de la CCI, un defensor de los sindicatos, primero en la CGT de la cual fue excluido, antes de entrar en la CFDT. Ese es el aventurero burgués que todavía hoy prefiere defender el CBG para, en cambio, echar su basura sobre las organizaciones revolucionarias y entre ellas la CCI. Pero bueno, ¡cada uno tiene los amigos que se merece!. Nosotros preferimos escoger a nuestros enemigos. Existe, en efecto, una frontera de clase entre el CBG (el cual chapotea con Chénier en la misma charca hedionda de los sicarios «turbios y de poco fiar» de la burguesía), y el medio político proletario del cual participa plenamente la CCI.
[2] Ver nuestro libro La Izquierda comunista de Italia.
Links
[1] https://es.internationalism.org/en/tag/geografia/balcanes
[2] https://es.internationalism.org/en/tag/acontecimientos-historicos/caos-de-los-balcanes
[3] https://es.internationalism.org/en/tag/geografia/japon
[4] https://es.internationalism.org/en/tag/acontecimientos-historicos/iia-guerra-mundial
[5] https://es.internationalism.org/en/tag/3/42/comunismo
[6] https://es.internationalism.org/en/tag/21/367/revolucion-alemana
[7] https://es.internationalism.org/en/tag/historia-del-movimiento-obrero/1919-la-revolucion-alemana
[8] https://es.internationalism.org/en/tag/21/366/polemica-en-el-medio-politico-sobre-la-decadencia
[9] https://es.internationalism.org/en/tag/corrientes-politicas-y-referencias/tendencia-comunista-internacionalista-antes-bipr
[10] https://es.internationalism.org/en/tag/3/46/economia
[11] https://es.internationalism.org/en/tag/corrientes-politicas-y-referencias/parasitismo