Desde finales de la primera década del siglo XXI, el modo de producción capitalista se enfrenta a una situación económica que lo sitúa, una vez más, ante los límites históricos de su desarrollo. Esta situación de estancamiento histórico, generalmente subestimada por los grupos del ámbito revolucionario, se ha visto agravada en los últimos años por una sucesión de acontecimientos —la crisis del COVID, las guerras en Ucrania y en Oriente Medio, el drástico aumento de los aranceles por parte de la administración Trump, el bloqueo de importantes rutas marítimas, como el estrecho de Ormuz—, que han desestabilizado el comercio mundial y la producción energética y han sumido a la economía mundial en una situación caótica.
Por otra parte, la evolución de la guerra en Medio Oriente ha constituido, desde hace dos meses, un poderoso factor que ha acelerado la actitud de «cada uno por su cuenta» en todos los niveles de la sociedad, lo que ha obstaculizado considerablemente cualquier intento por parte de la burguesía de cooperar para limitar los daños. La derrota de la gran maquinaria militar mundial estadounidense frente a una potencia militar de tercer orden, refuerza, de hecho, la dinámica de fragmentación de las alianzas y amplifica considerablemente el caos económico en el mercado mundial, desde la ruptura de las cadenas de producción de componentes industriales vitales hasta la desestabilización de los mercados financieros.
A esta situación, ya de por sí peligrosa, se suma una amenaza adicional aún más brutal que se cierne sobre el sistema financiero y que recuerda a la que condujo a las crisis de los años treinta y de 2008. De hecho, mientras el capitalismo se enfrenta a una deuda colosal e impagable, ahora se muestra muy vulnerable ante una cascada de incumplimientos de pago, lo que confirma claramente el riesgo de una nueva depresión económica mundial totalmente inédita y «sin salida», lo que pone de manifiesto el callejón sin salida histórico del modo de producción capitalista en decadencia.
La desestabilización y la destrucción relacionadas con las guerras, o el carácter incontrolable de la deuda, no constituyen en sí mismos factores que deban conducir necesariamente a una crisis grave. Lo que estos fenómenos ponen de manifiesto y acentúan, y lo que hace inevitable una crisis de tal magnitud, es la profundidad del callejón sin salida de la sobreproducción que paraliza cada vez más la economía mundial y que pone de manifiesto los límites históricos del modo de producción capitalista: «La crisis que resurgió en 1967 y que hoy sigue causando estragos es una crisis de sobreproducción. En su raíz hay una causa fundamental, la contradicción principal del capitalismo que existe desde sus inicios y que se ha convertido en un obstáculo definitivo a partir de un cierto grado de desarrollo de las fuerzas productivas: la producción capitalista no crea automáticamente ni a voluntad los mercados necesarios para su crecimiento. El capital produce más mercancías de las que pueden absorber las relaciones de producción capitalistas: una parte de la realización de sus ganancias, aquella destinada a la ampliación de la reproducción del capital (es decir, que no es consumida ni por la clase burguesa ni por la clase proletaria), debe realizarse fuera de dichas relaciones, en los mercados extra capitalistas. […]i».
Esta contradicción intrínseca del modo de producción capitalista se manifiesta de forma aguda a través de la creciente saturación de estos mercados extra capitalistas, lo que marca la entrada del sistema en su fase de declive histórico. En este contexto, «la CCI destaca tres criterios que atestiguan la gravedad de la crisis: el desarrollo del capitalismo de Estado, el creciente callejón sin salida de la sobreproducción y la preparación para la guerra con el desarrollo de la economía de guerra. […] «En la fase decadente del imperialismo, el capitalismo ya no puede dirigir las contradicciones de su sistema más que hacia una única salida: la guerra. La humanidad solo puede escapar a tal alternativa mediante la revolución proletaria». («Crisis y ciclos en la economía del capitalismo agonizante — 1.ª parte», Bilan n.º 10, (agosto-septiembre de 1934), Revista internacional 103). De hecho, a medida que la crisis económica se prolonga y se amplía, intensifica los antagonismos interimperialistas. Para el capital, solo hay una «solución» a su crisis histórica: la guerra imperialista»ii.
1. El impacto combinado de la sobreproducción y la descomposición.
Con la implosión del bloque soviético, el mundo capitalista, ya profundamente alterado por los efectos de la decadencia, entra en el contexto caótico de un nuevo período de la misma. La implosión del bloque soviético ofreció inicialmente la oportunidad de mantener la rentabilidad del capital y prolongar la supervivencia del capitalismo, extendiendo el conocimiento tecnológico de las potencias occidentales y optimizando la explotación capitalista hasta los confines del planeta, hasta entonces inaccesibles debido a la confrontación entre bloques imperialistas. En realidad, la «globalización» no ha sido más que un paréntesis que ha permitido al sistema capitalista proteger temporalmente su economía de los principales efectos de la descomposición. Pero rápidamente, el deterioro de la situación real de la economía, el debilitamiento de la dinámica de la globalización bajo el peso de la creciente tendencia al «cada uno para sí» —que frena la realización de una acumulación generalizada—, el peso del gasto militar y el callejón sin salida de la sobreproducción han provocado el colapso del edificio de las finanzas mundiales, basado en un endeudamiento abismal; la crisis de 2008, la más grave desde 1929, marca un punto de inflexión en el hundimiento del modo de producción capitalista en su crisis histórica.
Ha confirmado que el sistema capitalista se encuentra hoy aún más profundamente empantanado en una situación en la que, debido al agotamiento relativo de los mercados extra capitalistas, la hegemonía universal de las relaciones de clase capitalistas hace cada vez más difícil la realización de una reproducción ampliada. En estas condiciones de estancamiento y descomposición, los fenómenos ya presentes en la decadencia adquieren una nueva dimensión, debido a la incapacidad de la burguesía para proponer una perspectiva distinta a la de «resistir paso a paso», pero sin verdadera fe en el éxito, ante el avance de la crisis. He aquí por qué el resurgimiento de la crisis histórica del sistema en 2008 se presenta en términos radicalmente diferentes a los de la crisis anterior del mismo tipo, la de los años treinta.
Tras 2008, el cierre de las «oportunidades» de la globalización y la incapacidad cada vez más manifiesta para superar la crisis de sobreproducción han conducido a una explosión del «sálvese quien pueda» en las relaciones entre las naciones capitalistas, pero también en el seno de la clase dirigente de cada nación. En este contexto, los efectos de la descomposición han tomado una nueva magnitud y un poder destructivo para la economía capitalista. Desde principios de la década de 2020, se aceleran y vuelven a golpear el corazón del capitalismo: los efectos combinados de la crisis económica, la guerra, la pérdida de control de la burguesía sobre su aparato político y la crisis climática interactúan y multiplican su impacto en la caída en el caos y la destrucción del sistema: «Si bien cada uno de los factores que alimentan este efecto “torbellino” de la descomposición representa por sí mismo y por sí solo un grave factor de riesgo de colapso para los Estados, sus efectos combinados superan con creces la simple suma de cada uno de ellos tomado de forma aislada»iii.
1.1. La creciente influencia de la guerra en la economía mundial
Los efectos de la descomposición, que conducen a la fragilidad y la inestabilidad, ya habían agravado la crisis económica, y el COVID-19 había provocado una crisis en la producción mundial, el abastecimiento y las redes de producción. También había puesto de manifiesto el alcance de la reticencia de la burguesía a cooperar a escala internacional, incluso ante una pandemia. La guerra en Ucrania ha acelerado el proceso de desintegración de las redes de producción, de abastecimiento y las financieras, iniciado durante la pandemia. La inflación se ha disparado, lo que ha afectado gravemente a la producción de cereales y al suministro de petróleo y gas. Ha obligado a las burguesías de Europa occidental a aumentar su gasto en armamento y a intensificar sus ataques contra la clase obrera para financiar dicho gasto.
El fiasco del imperialismo estadounidense en Irán ha intensificado considerablemente este proceso. Una de las rutas marítimas más importantes del mundo lleva meses paralizada, lo que limita en gran medida el suministro de petróleo, helio, azufre, urea, aluminio y muchas otras materias primas. En estos momentos, resulta imposible comprender plenamente las gravísimas consecuencias que esto tiene para la producción, el transporte, el transporte marítimo, la agricultura y las finanzas.
1. Agricultura
Los precios de los fertilizantes han aumentado un 80%. La escasez intensificará la competencia por los fertilizantes disponibles, lo que elevará aún más los precios y agravará la escasez. Este año se observa una disminución de las siembras. La reducción del uso de fertilizantes podría provocar una caída del 50 % en los rendimientos. Las consecuencias más graves se dejarán sentir en los países más pobres, pero a escala mundial, la clase trabajadora y los más desfavorecidos se enfrentarán a una escalada de los precios de los alimentos durante el próximo año y a posible escasees, o incluso a hambrunas en algunas regiones del mundo.
2. Transporte marítimo
El 90% del comercio mundial, en volumen, se realiza por barco. El cierre del estrecho de Ormuz ha interrumpido el tráfico marítimo en el Golfo y ha bloqueado a cientos de buques. Las repercusiones en el transporte marítimo internacional son enormes: retrasos en las entregas, interrupción de la producción —principalmente en Asia—, escasez creciente y aumento de los costos (entre el 30% y el 60% en el transporte marítimo). Se necesitarán meses para que el transporte marítimo vuelva a la normalidad, si es que llega a hacerlo.
3. Energía
El suministro de petróleo se ha mantenido gracias al uso de las reservas de emergencia de los Estados y al agotamiento de las existencias de las compañías petroleras. Esto no puede durar indefinidamente y, «aunque el estrecho de Ormuz se reabriera mañana, el mercado no podría volver simplemente a la normalidad». La cuestión energética, que vuelve a plantearse debido a la situación en el estrecho de Ormuz, constituye un reto estratégico prioritario y, sobre todo, un importante factor de desestabilización económica. Así, «los petroleros desviados de las rutas del Golfo deben reubicarse. Los buques enviados a otros destinos deben regresar. Los calendarios de carga deben reorganizarse. Los productores que han reducido su producción porque tenían los almacenes llenos deben reanudar sus operaciones. Los sistemas físicos evolucionan más lentamente que los mercados financieros. Mucho más lentamente. Un petrolero que se dirige a las zonas de carga del Golfo puede tardar semanas en reposicionarse antes incluso de que comience la carga. Después, los cargamentos aún deben transportarse a Asia o Europa. Dependiendo del destino, esto puede suponer un mes más»iv.
Por otra parte, Estados Unidos ha agotado todos los stocks de petróleo producidas desde principios de año y ha tenido que recurrir de forma masiva a la Reserva Estratégica de Petróleo. La economía estadounidense ya se enfrenta a una escasez de productos petrolíferos, como los lubricantes industriales y el aceite de motor. Estados Unidos importa del Golfo el 44% de su aceite base del grupo III, indispensable para los motores modernos. «Corea del Sur, que normalmente suministra aceite del grupo III a Estados Unidos, ha visto cómo la guerra ha perturbado su producción y sus exportaciones. Y las refinerías estadounidenses que fabrican aceite base han dado prioridad a la producción de diésel, otro combustible que sufre escasez, ya que las reservas estadounidenses se encuentran en su nivel más bajo desde hace más de 20 años»v. Por su parte, los precios del diésel han subido entre un 40% y un 50% en Estados Unidos, lo que afecta al transporte y la logística: el 85% de los productos agrícolas se transporta en camión. El coste del transporte se suma al aumento de los costos del combustible necesario para la maquinaria agrícola. Estas subidas se ven agravadas por el incremento de los costos de los fertilizantes. Numerosos agricultores estadounidenses señalan la escasez de combustible o indican que no disponen de los medios para adquirirlo. Esto provocará una reducción de las siembras y de los rendimientos agrícolas, lo que se traducirá en un aumento de los precios de los alimentos y en posible escasees a lo largo del año.
4. Industria química
La subida de los precios del combustible está teniendo un impacto devastador en la industria química europea. Las plantas de BASF, INEOS, Covestro, Lanxess y Evonik registran índices de utilización que oscilan entre el 62% y el 68%, un nivel inferior al umbral de rentabilidad del 80%. En 2023, BASF ya había comenzado a reducir de forma permanente la capacidad de su complejo de Ludwigshafen, la mayor planta química integrada del mundo, debido al impacto de la guerra en Ucrania. «El corte del suministro de gas ruso en 2022 supuso un golpe superable, ya que se presentó como una emergencia temporal. Bruselas puso en marcha subvenciones energéticas, los contribuyentes alemanes asumieron 200,000 millones de euros en costes relacionados con el límite máximo de precios, y BASF y Covestro redujeron su producción de forma marginal a la espera de que los precios se normalizaran. Estos no se han normalizado por completo. Los precios del gas industrial en Europa siguen siendo entre tres y cuatro veces superiores a los de Estados Unidos y el doble que los de China […]. La industria química es el proveedor de materia prima de todos los fabricantes europeos de plásticos, fertilizantes, pinturas, adhesivos, productos intermedios farmacéuticos, semiconductores y materiales para baterías. […]. La guerra en Irán no ha añadido un nuevo problema a la industria química; ha puesto de manifiesto toda la magnitud de un problema que la guerra de Ucrania de 2022 había desencadenado»vi.
5. Producción de microprocesadores
Los principales fabricantes de microprocesadores —TSMC, Nvidia, Foxconn e Infineon— han advertido del impacto del aumento de los precios de la energía, los metales preciosos y el transporte, así como de la escasez de suministros. La producción de un chip, que consta de 1,000 etapas de fabricación distintas, implica cruzar 70 fronteras internacionales y lleva 10 días. «Las plaquetas de silicio proceden de Japón o Alemania. El diseño de los chips se realiza en Estados Unidos o en el Reino Unido. La fabricación propiamente dicha de los chips más avanzados que alimentan las cargas de trabajo de la IA se lleva a cabo casi en su totalidad en Taiwán (92%) y en Corea del Sur (8%). El montaje y las pruebas tienen lugar en Malasia, Vietnam y Filipinas. El chip terminado se envía a un centro de datos estadounidense». Sin embargo, «cada etapa de esta cadena consume energía. Cada paso de frontera cuesta dinero. Cada nodo logístico, cada transportista, cada aseguradora marítima, el combustible de los buques portacontenedores, se ve ahora sometido a una presión mayor que la del 27 de febrero»vii.
Esta inestabilidad también amenaza el auge de la IA en Estados Unidos y en otros lugares: «Las empresas que impulsan cada vez más los mercados bursátiles, conocidas como hiperescaladores, se encuentran en el centro del reciente auge de las inversiones en IA y se prevé que representen el 70% del gasto en inversión relacionado con la IA, estimado en 3,400 millones de dólares de aquí a 2029. Un riesgo clave a corto plazo es que estas inversiones puedan verse afectadas por las repercusiones del conflicto en Oriente Medio y otras fuentes de incertidumbre relacionadas. Si esto ocurriera, toda la cadena de valor de la IA —incluidas las empresas de construcción (“constructeurs”), los productores de energía (“dynamiseurs”), los desarrolladores de chips y software (“hiperescaladores”) y los operadores de fase posterior, podría sufrir una caída sincronizada de sus ingresos y de su valor empresarial, dada su dependencia de las inversiones catalizadoras de los hyperscalers »viii.
6. Sector financiero
Otra fuente de incertidumbre radica en el impacto de la guerra sobre un sistema financiero ya de por sí frágil. El informe de abril de 2025 del Fondo Monetario Internacional sobre la estabilidad financiera mundial puso de relieve las grandes incertidumbres que se ciernen sobre el comercio mundial: «los riesgos que pesan sobre la estabilidad financiera mundial han aumentado considerablemente a medida que se han endurecido las condiciones financieras mundiales y la incertidumbre en torno a las políticas económicas y comerciales sigue siendo elevada. Esta evaluación también se ve respaldada por tres vulnerabilidades prospectivas clave.
En primer lugar, a pesar de las recientes turbulencias, las valoraciones siguen siendo elevadas en algunos segmentos clave, lo que significa que los ajustes de valoración podrían acentuarse si las perspectivas se deterioraran. […].
En segundo lugar, algunas instituciones financieras podrían verse sometidas a una fuerte presión en mercados volátiles, en particular aquellas con un elevado nivel de endeudamiento. A medida que se han desarrollado los sectores de los fondos especulativos y la gestión de activos, también han aumentado sus niveles globales de endeudamiento y sus vínculos con el sector bancario […].
En tercer lugar, podrían producirse nuevas turbulencias en los mercados de deuda soberana, especialmente en los países con un elevado nivel de deuda pública. […] En general, las preocupaciones de los inversores sobre la sostenibilidad de la deuda pública y otras vulnerabilidades del sector financiero pueden agravarse de tal manera que se refuercen mutuamente»ix.
Resulta difícil evaluar con precisión el alcance de la desestabilización generada por la guerra, ya que los medios de comunicación burgueses ocultan el creciente impacto de la escasez, las perturbaciones, la desorganización y la incertidumbre. Por otra parte, nadie sabe cuándo terminará la guerra, cuándo se levantará el bloqueo, qué restricciones se impondrán al tráfico en el estrecho, si volverá a bloquearse o si habrá un peaje. La clase dirigente internacional tiene la sensación de enfrentarse a un volcán que arrastra cada vez más al comercio mundial hacia la catástrofe.
1.2. El peso creciente del militarismo y la economía de guerra
«Todo el período de decadencia demuestra que la crisis de sobreproducción implica un desplazamiento de la producción hacia la economía de guerra. Considerar esto como “una solución económica”, aunque sea momentánea, sería cometer un grave error, que tiene su origen precisamente en la incomprensión de que la crisis de sobreproducción es un proceso de autodestrucción. Es este proceso de autodestrucción, fruto de la rebelión de las fuerzas productivas contra las relaciones de producción, el que se manifiesta en el militarismo»x. Este proceso de autodestrucción es hoy mucho más profundo que a principios de la década de 1980. La apertura de las compuertas de la deuda por parte de Reagan para financiar la Guerra de las Estrellas permitió a Estados Unidos actuar como una locomotora mundial. El impacto destructivo del gasto militar aún podía repercutirse en el resto de la economía mundial y en el futuro. Posteriormente, entre 1989 y 2009, el impacto de las guerras del Golfo, de Irak, de Afganistán y de la guerra contra el terrorismo se vio contrarrestado por la reducción mundial del gasto en armamento, vinculada al fin de la «guerra fría» y de la carrera armamentística entre los dos bloques rivales.
Hoy en día, el callejón sin salida de la producción capitalista hace que el carácter autodestructivo del gasto militar tenga un impacto directo e inmediato. La política estadounidense de arruinar a sus rivales es la expresión de esa destrucción. El imperialismo estadounidense solo puede mantener su dominio aplastando a sus rivales, ya sea en el plano económico o militar. Por lo tanto, su necesidad de financiar su maquinaria bélica le obliga a absorber el capital del resto de la economía mundial, que se ve entonces obligada a luchar por lo que queda.
La clase dominante de Estados Unidos, Europa xiy otros lugares presenta el aumento de su gasto en armamento como un medio para estimular la economía. Invoca el impacto del gasto en armamento en la década de 1930 para justificar sus afirmaciones. Hace 45 años, ya habíamos denunciado esta mentira: En la situación actual, tales presupuestos de armamento —y esto no solo en Estados Unidos, sino en todo el bloque (en particular en la RFA y en Japón)— no tienen ningún efecto, ni siquiera inmediato, como en los años treinta o en la posguerra, para sostener un cierto nivel de producción industrial, sino que, por el contrario, aceleran muy rápidamente el descenso de dicha producción. Así, hoy en día, el desarrollo del armamento ya no puede ocultar la crisis general de sobreproducción y, además, la inflación que provoca la inversión en armamento es, a su vez, un factor que acelera la crisis económica del capitalismo»xii. En este contexto de estancamiento histórico de la economía capitalista, el gasto en armamento no conducirá a un aumento del empleo ni al crecimiento, como ocurrió en la década de 1930, sino que los destruirá.
Para financiar este gasto, los Estados se endeudarán aún más, subirán los impuestos, recortarán el gasto social y desviarán las inversiones y los recursos materiales y humanos del resto de la economía. Se está produciendo un proceso de destrucción acelerada de las estructuras del capitalismo; los sectores no productivos de la economía, como el medio ambiente, la sanidad, la educación, la vivienda, etc., se están convirtiendo en blanco de los recortes para financiar el armamento. Estos ataques tienen y tendrán un impacto profundo, ya que, tras 60 años de crisis, el capitalismo ya se encuentra profundamente deteriorado. En Europa, la burguesía le dice a la clase obrera que debe aceptar sacrificios en nombre de la economía de guerra. No se había establecido un vínculo tan directo entre las necesidades de la economía de guerra y los sacrificios desde los años treinta y cuarenta. Entre 1968 y 2020, se trataba de aceptar los ataques, etc., en nombre de un futuro para todos. Hoy en día, ya no se habla de un futuro mejor, sino únicamente de la necesidad de que la clase obrera sufra en nombre de la preparación para la guerra.
1.3. El muro de la deuda
Ante el resurgimiento de la crisis en las décadas de 1970 y 1980, fue la deuda pública estadounidense la que permitió a este país desempeñar el papel de locomotora de la economía mundial. A finales del siglo XX, el recurso al endeudamiento fue uno de los motores de la globalizaciónxiii y, desde entonces, su impacto destructivo a largo plazo —que equivale a hipotecar el futuro por el presente— quedó enmascarado por el crecimiento que se hizo posible tras el colapso del bloque del Este. La integración de los mercados extra capitalistas, entre otros los de China, marcó un nuevo punto de inflexión en la crisis. A partir de 2008, se abrieron las compuertas de la deuda simplemente para evitar el colapso del sistema financiero internacional y su caída hacia una depresión de la magnitud de la de los años treinta. Los flujos masivos de deuda y otros instrumentos financieros en la década de 2010 alimentaron una especulación bursátil masiva, pero la producción se estancó, a pesar de los esfuerzos de China por desempeñar un papel motor en la reactivación de la economía mundial.
Desde la década de 1970, el capitalismo se ha apoyado cada vez más en la deuda para mantener a flote los sectores no rentables de la economía. «Esto ha dado lugar a las empresas «zombis», que sobreviven porque se les permite saldar sus deudas endeudándose aún más. Estas empresas representaban solo el 1.5% de las veinte principales economías; en 2021, esta cifra había aumentado hasta el 6.5%». En Estados Unidos y Japón, estas cifras ascienden al 20% y al 14.3%, respectivamente, lo que ilustra la verdadera magnitud de la crisis. ¡Una de cada cinco empresas estadounidenses se mantiene a flote endeudándose aún más! Lejos de haberse deshecho de sus ramas muertas, el bosque está repleto de ellas.
La financiación de la colosal deuda pública a escala de la economía mundial agrava la inestabilidad. De aquí a finales de 2026, Estados Unidos deberá de refinanciar un tercio de su deuda de 38 miles de millones de dólares, lo que significa endeudarse aún más para pagar la deuda existente. Todos los demás países deben financiar su deuda, lo que lleva a una batalla encarnizada por vender títulos de deuda en los mercados de bonos.
En el apogeo del capitalismo, la deuda desempeñó un papel significativo en el estímulo de la producción y en la financiación de la apertura del mercado mundial. En su declive, ha ido pudriendo lentamente al capitalismo desde adentro. Mantiene en pie a este cadáver hinchado, al mismo tiempo que estimula la sobreproducción y la destruye.
y la destruye.
1.4. El vandalismo populista y el nepotismo de Trump acentúan el caos
El capitalismo estadounidense se enfrenta de manera radical a su peor fracaso militar y a sus consecuencias, con al frente la administración más irracional, irresponsable e incoherente que se haya visto jamás. El equipo de Trump está empantanado en el conflicto bélico y carece tanto de la coherencia política como de la capacidad para salir de él causando el menor daño posible a los intereses nacionales de Estados Unidos. La destrucción de décadas de experiencia, pericia y conocimientos provocada por la purga del Departamento de Estado ha sido catastrófica. Aficionados, amigos de Trump y aventureros actúan a ciegas en el Golfo, socavando aún más los intereses nacionales de Estados Unidos, mientras buscan llenarse los bolsillos y, por supuesto, los de Trump. En consecuencia, las repercusiones económicas de la guerra no dejan de acumularse.
Además, la inestabilidad de los mercados bursátiles internacionales y de los precios del petróleo está siendo manipulada por el clan Trump. Cada semana, Trump suele hacer subir los mercados y los precios del petróleo los jueves o viernes con una declaración belicosa, para luego hacerlos caer el domingo. La clase dirigente sabe hasta qué punto esto es desestabilizador, pero está totalmente dispuesta a manipular los mercados de la forma más rentable posible en beneficio propio, sin escrúpulos y sin preocuparse por las posibles consecuencias desastrosas para la economía
Las amenazas de Trump contra otros países, los aranceles y las amenazas abiertas destinadas a desestabilizar a sus «enemigos» terminan de desmantelar las alianzas y las estructuras comerciales y financieras que, hasta ahora, habían permitido al menos cierta forma de cooperación internacional frente a la crisis económica. Incluso ese mínimo de cooperación ha desaparecido casi por completo.
2. Se avecina una crisis financiera de una magnitud muy superior a la de 2008
Desde hace varios años, numerosos economistas reconocen que la cuestión ya no es saber si una nueva crisis financiera va a producirse, sino de saber cuándo y dónde surgirá; afirman que «una olla a presión enterrada en las profundidades de las finanzas desreguladas amenaza con estallar»xiv. Y, precisamente, los trastornos provocados por la guerra en Irán están generando una onda de choque que, debido a la persistencia de una crisis energética sin precedentes, afecta a un sistema financiero cuyas crecientes fragilidades corren el riesgo de provocar una catástrofe mucho más grave, mucho más amplia y más profunda que la crisis de 2008, que ya fue catastrófica
En el contexto de una economía capitalista sostenida por una deuda que está matando al paciente y de un sistema financiero extremadamente frágil e inestable, una de las primeras consecuencias de la guerra en Irán, más allá incluso de las incertidumbres sobre su duración y de la imposibilidad de volver al statu quo anterior, es el desmoronamiento de la confianza de la clase dirigente en el engaño que ella misma ha puesto en marcha para prolongar su reinado, debido a las dudas sobre la solvencia de los propios Estados y, sobre todo, de la potencia dominante, Estados Unidos. Estos, piedra angular de la arquitectura del sistema decadente, han visto cómo su deuda se duplicaba en diez años, al tiempo que se embarcan en un programa de rearme sin precedentes (sin financiamiento real garantizada, cuando se sospecha que Washington se está preparando para un incumplimiento de pago). Lo mismo ocurre con las potencias más endeudadas, entre las que se encuentran Japón, pero también Francia, Alemania y el Reino Unido.
Esta realidad se refleja en el espectacular aumento de las tasas de interés a largo plazo (superiores al 5%), que alcanzan sus niveles más altos desde 2007 en el caso de la deuda estadounidense: «Ahora que el genio ha salido de la lámpara, no será necesariamente fácil volver a meterlo dentro. La deuda pública se ha disparado en todas partes —especialmente en Estados Unidos— y está claro que la época de la complacencia en los mercados de bonos ha llegado a su fin. […] J. Dimon, el influyente consejero delegado de JPMorgan Chase, ha advertido de que, en su opinión, las tasas podrían subir mucho más. […]. El aumento de los rendimientos de la deuda soberana eleva los costos de financiamiento para las empresas. Esto ejerce presión sobre los actores más vulnerables, que ya tienen que hacer frente al aumento de los costes energéticos y a una desaceleración del crecimiento»xv.
2.1. Los primeros indicios de la crisis
En los últimos meses, diversos indicadores económicos y financieros han entrado en zona roja y confirman la amenaza de una «bomba financiera»:
- La magnitud de la deuda, agravada por el recrudecimiento de las turbulencias, empieza a afectar a la estabilidad de las monedas, como, por ejemplo, la rupia indiaxvi. Por ello, el Banco Central Europeo (BCE) «ha hecho un llamamiento a una mayor responsabilidad presupuestaria por parte de los Estados miembros, condición previa para preservar el margen de maniobra de la política monetaria»xvii. Numerosos bancos centrales están aumentando sus reservas de oro para respaldar la base monetaria de la economía y reducir su dependencia del dólar, cuyo papel como moneda de reserva ha caído por debajo del 60% y podría seguir descendiendo hasta el 40 o el 50%.
- Varios sectores del sistema financiero mundial están emitiendo señales de alerta simultáneamente: se trata del sector inmobiliario comercial, el crédito al consumo o la financiación de la inteligencia artificial. Según los informes de instituciones financieras como el Banco de la Reserva Federal de Nueva York, la tasa de prestatarios en moratoria en Estados Unidos —definida como un retraso de dos meses— asciende al 8% en el caso de los préstamos para la compra de automóviles. Como referencia, recordar: saldo pendiente total de los préstamos para la compra de automóviles: 1.6 miles de millones de dólares. La misma tasa se aplica a las tarjetas de crédito, también del 8% —sobre un saldo pendiente total de 1.2 miles de millones de dólares—. ¿Y la deuda estudiantil? Saldo pendiente: 1.6 miles de millones de dólares; tasa de impago (retraso en el pago superior a 90 días): 14%. En el sector de los préstamos inmobiliarios comerciales titulizados —con un saldo pendiente de 1.8 miles de millones de dólares—, la tasa de impago ha alcanzado el 12%, su nivel más alto desde la crisis de 2008. Hace tres años se situaba por debajo del 2%.
- El crédito privado es el componente del sistema financiero mundial que más preocupa a la burguesía. Así, el órgano internacional del G-20 encargado de supervisar las vulnerabilidades del sistema financiero lanzó, a principios de mayo, una advertencia sobre «los crecientes riesgos del crédito privado»xviii, que «representa ahora una parte significativa del sistema financiero», «especialmente en Estados Unidos, para financiar a las pymes (pequeñas y medianas empresas) y a las empresas de tamaño intermedio, que se encuentran actualmente en el ojo del huracán». Esta preocupación se deriva, por un lado, del aumento de los impagos y las quiebras en Estados Unidos, así como de la existencia de «un endeudamiento a menudo masivo de los prestatarios en el mercado del crédito privado, lo que los hace más vulnerables a las desaceleraciones económicas» y a las «interconexiones entre el crédito privado y los bancos, las aseguradoras y el capital de riesgo»xix, y, por otro lado, de las «interconexiones entre los bancos y las instituciones no bancarias»xx.
Así, «alejado de las miradas, el caldero del “crédito privado” lleva años hirviendo a fuego lento. Sin embargo, los acreedores empiezan a entrar en pánico. Una crisis en este sector desencadenaría una reacción en cadena devastadora para una economía ya debilitada por el aumento de los precios de la energía»xxi.
- El aumento de los créditos no pagados. Las señales negativas en lo que respecta a los impagos se multiplican desde 2025, sobre todo porque una parte significativa de los fondos ha expuesto sus activos mediante préstamos a empresas del sector informático que se encuentran extremadamente debilitadas por los estragos que sufren a raíz de la introducción de la IA, lo que amenaza con llevar a la quiebra a muchas de las mismas empresas que constituyen los activos de dichos fondos. En manos de «aprendices de brujo» hipnotizados por las ilusiones que genera la nueva burbuja oculta de la IA y dispuestos a asumir cualquier riesgo para intentar maximizar unas ganancias hipotéticas, estas empresas suelen quebrar y provocan así nuevas catástrofes. Una situación grave que amenaza a las empresas restantes con quedarse de nuevo sin liquidez y sin solución.
- La burbuja de financiación de las tecnologías y la IA. Estos sectores, alimentados por el crédito privado, tienen unas necesidades financieras futuras colosales, aunque todavía no generan utilidades. Esta situación resulta aún más preocupante si se tiene en cuenta que: «Las inversiones previstas en el sector de la inteligencia artificial para el periodo 2025-2029 se estiman en 3 mil millones de dólares» (fuente: Morgan Stanley). Empresas valoradas entre 800 mil y 900 mil millones de dólares aún no han obtenido ningún beneficio. Se preveía que OpenAI comenzaría a obtener beneficios a partir de 2030, pero un análisis de la Hong-Kong and Shanghái Banking Corporation (HSBC) de noviembre de 2025 echó por tierra esas esperanzas, al estimar que, para entonces, OpenAI aún necesitaría recaudar 207 miles de millones de dólares y seguiría operando con pérdidas.
Una parte cada vez mayor del crédito privado financia sectores altamente especializados, en particular los centros de datos relacionados con el desarrollo de la IA: «Se estima que hay varios cientos de miles de millones de dólares invertidos en estos proyectos, cuyos rendimientos dependerán de que la demanda de servicios de IA se materialice efectivamente. Un exceso de capacidad en este sector podría acarrear pérdidas importantes»xxii.
2.2. ¿Se avecina una crisis crediticia?
Hoy en día, la burbuja crediticia de 2 mil millones de dólares está empezando a estallar y, a medida que se extiende por todo el sector bancario, representa una amenaza potencialmente más grave que la crisis de las hipotecas subprime de 2008. Y es que, entretanto, la magnitud ha cambiado por completo. La deuda pendiente de las hipotecas subprime ascendía a entre 700 mil y 800 mil millones de dólares. Hoy en día, la deuda privada se sitúa entre 1,500 y 2,000 millones de dólares. A esto hay que añadir el volumen de préstamos bancarios — 1,800 millones adicionales— concedidos a instituciones no depositarias, es decir, a instituciones financieras no bancarias, nombre respetable de lo que, por otra parte, se conoce como el sistema bancario paralelo.
Sin embargo, si los bancos empiezan a sufrir pérdidas cuantiosas, todo el sistema financiero se tambaleará y, con él, la economía real. Los bancos privados controlan los depósitos, los préstamos y los sistemas de pago: herramientas fundamentales para el buen funcionamiento de la economía. Cuando se ven debilitados, su reacción instintiva es cerrar el grifo del crédito, lo que se conoce como «restricción crediticia».
En resumen, en el marco de la crisis histórica de sobreproducción se desarrollan, por un lado, una desestabilización económica y una crisis energética vinculadas a la multiplicación de enfrentamientos bélicos entre imperialismos de todo tipo y a la explosión del militarismo y, por otro, una crisis financiera relacionada con el peso cada vez más insostenible de la deuda. Y lo que agrava aún más la situación hoy en día es el impacto explosivo de su interacción.
3. Al borde del precipicio económico: las consecuencias para la clase obrera
En conclusión, de cara al futuro, lo que está claro para ciertos sectores de la propia burguesía es que la crisis económica actual abre las puertas a lo desconocido. Y, de hecho, la crisis económica actual provocará trastornos inimaginables, ataques masivos que no harán más que sumir a una parte cada vez mayor de la humanidad en la pobreza absoluta.
La clase dominante es muy consciente de la creciente desestabilización de su sistema. El Fondo Monetario Internacional (FMI), el Banco Mundial y la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) han publicado informes en los que advierten de la amenaza que se cierne sobre la economía mundial. Ya en 2025, un informe del FMI señalaba la inestabilidad financiera que se avecinaba: «A escala mundial, los riesgos de inestabilidad financiera siguen siendo elevados. El sistema financiero mundial se enfrenta hoy a la guerra en curso en Oriente Medio, a posibles tensiones inflacionistas, a riesgos crecientes de un nuevo endurecimiento de las condiciones financieras, así como a varios canales de amplificación que podrían transformar las turbulencias en los mercados en inestabilidad financiera»xxiii. Para ciertos sectores de la propia burguesía, está claro que «nos dirigimos hacia algo sin precedentes», hacia algo comparable a «una crisis nuclear, sin ánimo de hacer juegos de palabras, en la que todos los componentes se potencian mutuamente en una reacción en cadena, pero sin barra de grafito. Las dimensiones de la prueba social son difícilmente imaginables. Los despidos masivos, las quiebras, tanto personales como de empresas, la inflación y, lo que es peor: la escasez»xxiv.
Si la propia burguesía, en sus facciones más lúcidas, vislumbra la aterradora perspectiva de una «crisis nuclear», no tiene más soluciones que proponer que la de lanzar ataques aún más despiadados contra la clase obrera: «Las repercusiones de la crisis actual serán las más profundas y brutales de todo el período de decadencia, bajo los efectos acumulados de la inflación, los recortes presupuestarios, los planes de despidos (agravados, en particular, por la introducción de la inteligencia artificial en el aparato productivo) y la drástica bajada de los salarios»xxv.
La probable aparición de turbulencias de gran envergadura, sin precedentes en la historia, que revelan cada vez con mayor claridad la pérdida de control de la clase dominante sobre su propio sistema en descomposición, exige a las organizaciones revolucionarias un esfuerzo teórico para reforzar su marco de análisis con el fin de poder asumir sus responsabilidades en materia de intervención: en particular en lo que respecta a la necesaria comprensión de los factores que socavan la capacidad del sistema capitalista en su conjunto para hacer frente a la crisis que se está desarrollando — –pero también por la creciente negligencia de la clase dominante a la hora de hacer frente de manera coordinada a la catástrofe anunciada. Todos los modos de producción del pasado han atravesado una fase de declive y momentos de crisis vinculados a las contradicciones y a los propios límites de sus relaciones sociales. Lo mismo ocurre con el sistema capitalista. Pero, a diferencia de los sistemas del pasado, en los que podían establecerse nuevas relaciones de producción que tomaran el relevo para dar un nuevo impulso a la sociedad, el capitalismo, como último sistema de explotación de la historia, no puede sino seguir pudriéndose en vida mientras no se produzca su derrocamiento revolucionario. Por lo tanto, amenaza cada vez más al mundo entero con sus convulsiones mortíferas.
La CCI, tal y como la tradición marxista no ha dejado de defender, que los efectos de la crisis económica siguen siendo, a pesar de todo, el caldo de cultivo privilegiado en el que se desarrollarán las luchas del proletariado, aunque aún queden por delante obstáculos y dificultades inmensas. La crisis económica, en el marco del declive histórico de un sistema en descomposición, es sin duda un pilar fundamental sobre el que el proletariado se verá obligado a defender sus condiciones de vida, ¡porque no tendrá más remedio que luchar! Una necesidad que, a la larga, deberá empujarle a generalizar su lucha, que habrá que politizar para reafirmar de nuevo, de forma consciente y unida, la perspectiva revolucionaria tan querida por la causa comunista.
Syl & W, julio-2026
i Esta crisis va a ser la más grave de todo el período de decadencia Revista Internacional 172, 2024
ii Ídem.
iii La importancia histórica del estancamiento de la economía capitalista. Informe sobre la crisis económica del XXVI Congreso de la CCI; Revista Internacional 174, 2025.
iv Por qué la escasez de suministro de petróleo podría llegar tarde OilPrice.com, 21 de mayo de 2026
v La guerra con Irán encarecerá los cambios de petróleo Transport Topics, ttnews.com, 13 de mayo de 2026
vi Cómo la guerra de Irán destrozó la industria química europea Revista European Business, 15 de mayo de 2026
vii Por qué la guerra con Irán podría haber acabado con el auge de la IA OilPrice.com, 20 de marzo de 2026
viii Informe sobre la estabilidad financiera mundial FMI, abril de 2025
ix Ídem.
x Condiciones para la revolución: crisis de sobreproducción, capitalismo de Estado y economía de guerra Revista Internacional 31
xi El gasto militar de la UE alcanzará los 454.000 millones de euros en 2026, en comparación con los 204.000 millones de euros en 2022.
xii Condiciones para la revolución: crisis de sobreproducción, capitalismo de Estado y economía de guerra Revista Internacional 31
xiii En otras palabras: “La extensión a escala global de la manipulación de la ley del valor mediante la generalización de las medidas y mecanismos que habían comenzado a desarrollarse bajo la égida de los EE. UU. dentro del marco del bloque occidental en la última década de su existencia. Esto tenía como objetivo combatir —mediante una demanda financiada artificialmente con deuda— las consecuencias de la estrechez de los mercados, que solo pueden afectar la rentabilidad del capital”. «Esta crisis va a ser la más grave de todo el período de decadencia». Revista Internacional 172, 2024
xiv ¿Una bomba de relojería financiera a punto de estallar? La atroz crisis, Le Monde Diplomatique, mayo de 2026.
xv Les Échos, 22-23 de mayo de 2026
xvi “Una moneda que sigue cayendo mientras los precios de los hidrocarburos continúan subiendo. Ante este 'efecto tijera', que amenaza el crecimiento, la inflación y la balanza de pagos por igual, India se ve obligada una vez más a acudir al rescate de la rupia, que ha estado en caída libre desde el inicio de la guerra en Irán.”, Les Échos, 22-23 de mayo de 2026
xvii Les Échos 29-30 de mayo de 2026
xviii El crédito privado es una forma de financiación en la que las instituciones no bancarias (fondos de inversión, fondos de cobertura, fondos de pensiones, compañías de seguros, etc.) prestan dinero directamente a empresas no cotizadas, sin pasar por los mercados regulados ni el sistema bancario tradicional. Se trata, por lo tanto, de una relación de deuda entre dos entidades privadas no financieras, que operan fuera del ámbito de los reguladores. Tras la crisis de las hipotecas subprime, los bancos se vieron obligados a sanear sus balances (hasta cierto punto) y a ser más selectivos. Como resultado, un gran número de empresas se encontraron sin acceso al crédito, ya sea por ser demasiado pequeñas para acceder a los mercados de bonos o por ser demasiado frágiles financieramente para convencer a un banquero de que les prestara dinero. Fue en este vacío donde surgió el crédito privado. El modelo de negocio es muy simple: por un lado, inversores que buscan rentabilidad en un contexto de tipos de interés históricamente bajos; por otro, empresas que los bancos se niegan a financiar. Entre ambos, existen fondos que prometen a los inversores una rentabilidad anual del 10%, una rentabilidad muy atractiva. Los fondos luego prestan a estas empresas durante un período de 5 a 7 años a tasas de 13 a 14 por ciento, lo que les permite tanto remunerar a los inversores como generar su propio margen. Esta estructura tiene dos debilidades estructurales importantes. La primera concierne a los prestatarios. La mayoría de ellos son empresas en una situación financiera precaria, lo que, por cierto, justifica tasas de interés de 13 a 14 por ciento. […] Cuando aumentan los impagos y se erosiona la confianza, los inversores quieren recuperar su inversión. Aquí es donde entra en juego la segunda debilidad: la falta de liquidez. El dinero prestado a las empresas está inmovilizado durante 5 a 7 años, por lo que no está disponible como efectivo.
xix Los fondos de deuda privada no prestan únicamente con su propio capital. Se endeudan con los bancos —alrededor del 30 % de su exposición— para aumentar su rentabilidad. Este mecanismo crea un vínculo indirecto entre los bancos y el mercado de crédito privado. (Véase (en francés) Crisis del crédito privado: lo que revela la crisis en EE. UU. y por qué Europa se mantiene mejor Rhétorès Finance).
xx Les Échos, 7, 8, 9 de mayo de 2026
xxi ¿Una bomba de relojería financiera a punto de estallar? La atroz crisis, Le Monde Diplomatique, mayo de 2026
xxii Crédito privado: la fuente de una inminente crisis financiera lafinancepourtous.com, 22 de mayo de 2026
xxiii Informe sobre la estabilidad financiera mundial FMI, abril de 2025
xxiv ¿Una bomba de relojería financiera a punto de estallar? La atroz crisis', Le Monde Diplomatique, mayo de 2026.
xxv Informe sobre la lucha de clases Revista Internacional 174