Pugna pos-electoral: la burguesía prepara nuevas trampas en contra de la lucha de los trabajadores

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Después de las elecciones, la clase obrera debe enfocar su reflexión a la valoración del significado de las elecciones, la realidad muestra una vez más que las elecciones no son sino una mascarada para someter ideológicamente a los trabajadores, en ella los explotados no tienen cabida sino como simples espectadores y seres sumisos ante los mandatos de alguna fracción de la burguesía. Pasadas las elecciones el Estado se prepara para continuar con los mecanismos de encuadramiento ideológico y político que le son indispensables para garantizar su dominación como clase explotadora.

 

El balance de las pugnas interburguesas apunta a mayores conflictos

 

El resultado de las elecciones del 2 de julio, después de tanta publicidad de alabanza sobre la modernidad del Estado y el avance democrático, ha terminado cuestionada por algunos sectores de la burguesía, lo cual prolonga las dificultades que se han generalizado dentro de la clase dominante. No lograron, a fin de cuentas, el acuerdo para unificar los criterios para la designación del equipo de gobierno, por eso el arribo de Felipe Calderón, anuncia desde ahora la prolongación de esas dificultades. Como lo hemos dicho, la descomposición generalizada del capitalismo vuelve cada vez más difícil para la burguesía el manejo de sus relaciones internas, la propia agudización de la crisis que hace más feroz la competencia entre los distintos tiburones capitalistas, complica las relaciones de la burguesía, e impide que pueda alcanzar en el corto plazo un acuerdo que logre unificarla y disciplinarla.

 

Esta situación se ilustra con la naturaleza de las alianzas que se producen en el interior de la clase en el poder, pactos tan efímeros que no sólo se forman al vapor en pos del mayor beneficio político económico y político sino que también se disuelven al menor cambio de ofertas y vendettas. Hay varios ejemplos: el amarre coyuntural entre la fracción de Fox y el grupo de Elba E. Gordillo (formado por la SNTE, el PANAL y algunos grupos del PRI) para apoyar la candidatura de Calderón; los grupos alrededor de Cárdenas Batel (y su padre Cuahutémoc), quienes se acercaron a la fracción en el gobierno federal al ser desplazados de la candidatura del PRD; lo mismo se aprecia, casi en la recta final de las elecciones federales del 2006, en muchos grupos del PRI que ante su derrumbe electoral cambian de piel mimetizándose para perpetuarse ora como panista ora como perredista. Pero el ejemplo más descarado de esta dinámica lo representa el priísta J. Sabines, que de un día a otro se vuelve perredista para quedarse con el gobierno de Chiapas, pero unas semanas después, se deslinda de Obrador (del que obtuvo el apoyo) y declara que él sí reconocerá al gobierno de Calderón, caminando en sentido contrario a su “nuevo partido”. Otro ejemplo lo ha dado el que fuera el mecenas de AMLO, el magnate Carlos Slim, quien después de haber encabezado a un grupo importante de la burguesía mexicana que criticaba duramente la política económica de Fox, ahora se ha acomodado dentro de la recomposición de las fuerzas después de las elecciones, aliándose con Calderón. En el mismo sentido está el escándalo alrededor de Gamboa Patrón, coordinador de los diputados del PRI, pillado de nuevo en componendas con empresarios de “mala” reputación con lo que la alianza legislativa, importante para el calderonismo, entre el PRI y el PAN ha recibido un primer golpe.

 

Esta fractura también corroe las estructuras internas de los partidos de la burguesía: en el PAN persiste la disputa entre la dirección del partido y Calderón, en el PRD, persisten los conflictos entre las llamadas tribus y entre ellas y el grupo de AMLO para buscar quedarse con el mayor beneficio de la tajada que les ha tocado; en el PRI continúa el proceso de recomposición de sus grupos tratando de reacomodarse en el nuevo escenario político del Estado. Pero la dificultad de la burguesía no se expresa solamente en el escenario que forman sus partidos, las pugnas alcanzan todas las estructuras de la clase dominante como la iglesia, donde se han reactivado viejos ajustes de cuentas, o dentro de los grupos del narcotráfico que cada vez más extienden una guerra tan caótica como sangrienta, en la que cada vez es más difícil de esconder que detrás de cada grupo mafioso se esconden los mismo grupos de militares, policías o funcionarios, los cuales usan a estos grupos como “socios” con los que reparten los beneficios económicos, pero fundamentalmente como grupos de presión para debilitar el avance de sus opositores.

 

Bajo esas condiciones, el Estado apuesta a que la relación de fuerzas que ha logrado imponer la fracción de Calderón mediante la suma de un mayor número de grupos al interior del mismo provenientes de diferentes partidos y de diferentes grupos de poder económico y político, sea suficiente para llevar adelante sus planes económicos y políticos tratando de evitar caer en la misma situación de estancamiento como la que afectó en buena medida a la administración anterior. Sin embargo, las divisiones de la clase dominante no han desaparecido y desde ahora es posible vislumbrar un periodo pleno de dificultades donde la unidad tan anhelada no se alcanzará, pues una característica de la descomposición social generalizada del capitalismo consiste en que si un grupo o suma de ellos no puede lograr sus objetivos busca por todos los medios bloquear esa misma posibilidad a sus adversarios.

 

Esta realidad está presente en la situación política en México donde hemos visto a la clase dominante muy dispersa e incapaz de definir acuerdos, lo cual hace aún más endebles sus estructuras políticas y electorales, fue esto lo que hizo necesario el recurso del fraude y el trato burdo de estos procesos. Esto, para la clase en el poder podría representar un problema, en tanto puede restarle credibilidad a su campaña mistificadora de promoción de la democracia, por ello, a pesar de sus dificultades reales, ha centrado su atención en la renovación de esta campaña, usando para ello lo mismo al PAN, al PRI y al PRD…

 

 

El nuevo escenario político: todas las pandillas burguesas unidas contra la clase trabajadora

 

Es evidente que la clase en el poder no atenta contra sí misma, le toca al Estado, como el representante colectivo de los intereses globales de la burguesía, a pesar de los desacuerdos coyunturales de algunas de las fracciones de su clase, cuidar que se garantice una estrategia política acorde con las necesidades nuevas y con los requerimientos para dar continuidad al proceso de explotación y dominación como clase. En esta previsión la burguesía no deja de reconocer la importancia de la presencia de su aparato de izquierda en el escenario político, más aún que requiere renovar la visión de una renovación del Estado y una modernización de las instituciones de poder, para ello viene pugnando por reforzar el esquema “derecha-izquierda”, e incidir en la creación de un esquema político que facilite un mejor control; así, busca convencer de que la derecha está identificada con los grandes empresarios, de forma que el PAN y el PRI representaría a los “ricos”, mientras la izquierda es el flanco que corresponde a los trabajadores, y por tanto deben integrarse alrededor de esta opción. Por esta razón se crea (16-09-06) la Convención Nacional Democrática (CND) y el Frente Amplio Progresista (FAP), que son los mecanismos con el que pueden asegurar, por una parte, el mantener aglutinada y dominada a una masa de trabajadores, atrapando su coraje e impidiendo el desarrollo de su conciencia y combatividad, y por otra, esa masa es usada como grupo de presión en la disputa presente al interior de la clase dominante. Es muy probable, que ante el desgaste del PRD, se use al FAP como el núcleo de izquierda que el capital requiere, aún si aquel partido se mantenga.

 

El Estado se ha preocupado por recomponer su aparato de izquierda, a pesar de tener una división interna, porque es el mejor instrumento para contener a la única clase a la que le teme: el proletariado. Después de que el PRD, a 17 años de vida, ha sufrido un importante desgaste, requiere apuntalar su izquierda con nuevas estructuras con las que reparta las tareas de control. Esta renovación del liderazgo puede apreciarse no sólo en AMLO sino también en otros actores que pululan en su alrededor y era obligada no sólo por la vejez de Cuahutémoc Cárdenas, sino también por la caducidad de los temas ideológicos de la mítica “revolución mexicana”. Es cierto que AMLO rescata el tema en su discurso patriotero de defensa de la propiedad de la nación, sin embargo, siempre ha buscado, como Lula, su renovación; por ejemplo, a pesar de las acusaciones de populismo siempre se han abstenido de romper con el “modelo neoliberal” que tanto critican y han buscado convencer de que es posible desarrollar programas de bienestar social.

 

 

Ante las trampas de la burguesía la reflexión y organización de los trabajadores

 

La división de la burguesía, a diferencia de lo que el izquierdismo dice, no abre la posibilidad para que los trabajadores se alíen a una de las fracciones en pugna, el “acarreo” de trabajadores que el proceso electoral generó y empujo a negarse como clase para convertirse en ciudadanos sumisos y votantes y luego como carne de cañón para llenar calles y mostrar la fuerza de manipulación a su oponente, mostró que ninguna de las fracciones burguesas en pugna es una fuerza progresista, por el contrario, tanto la fracción de derecha como la de izquierda son reaccionarias y enemigas por igual del proletariado. Es evidente que la clase dominante ha logrado involucrar a los trabajadores en su pugna interna, logrando con ello la esterilización del descontento. Esta tendencia es la que se ha visto en el ahogo el descontento de los mineros que brotó luego de la muerte de los 65 mineros en la mina Pasta de Concho y de la reivindicación por aumento salarial, y que fue anulada al integrar a los trabajadores como carne de cañón para la defensa de una de las fracciones de la clase dominante en pugna, lo cual se expresó cuando el aparato sindical y el izquierdismo empujaron a que el descontento real, orientado por la defensa de sus condiciones de vida y en repudio al sindicato, gobierno y patronal por la muerte de sus compañeros, fuera sometida por la consigna de la defensa del sindicato y del mafioso líder Napoleón Gómez. Aspecto similar es lo que vienen ocurriendo en Oaxaca en el que la demanda reivindicativa de los trabajadores de la educación es limitada a la “desaparición de poderes” y el cambio de gobernador, al tiempo que la fuerza de los trabajadores queda sometida al accionar interclasista de la APPO y a la utilización que de ella hacen los grupos de la burguesía en pugna.

 

Ante esta realidad, los trabajadores deben reflexionar que la alianza con algún núcleo de la burguesía no los fortalece sino, por el contrario, debilita sus fuerzas. Las únicas armas con que cuentan los trabajadores son su conciencia y su organización, por eso es indispensable la discusión colectiva y el accionar masivo, pero esta discusión y movilización no puede ser controlada por la estructura sindical o “líderes” mesiánicos, es necesario que el descontento existente entre los trabajadores, y que la agudización de la crisis viene aumentando cada día, se exprese con toda su fuerza.

 

Los trabajadores no pueden permitir que sus preocupaciones genuinas de clase sean desplazadas por demandas pretendidamente “superiores” como las llamadas demandas “ciudadanas” (reforma del Estado, defensa de las empresas estatales, democratización de las instituciones…) o la defensa del sindicato. La clase obrera lucha en contra de la explotación capitalista, por ello su verdadero combate está materialmente fundamentada en las reivindicaciones de la defensa de sus condiciones de vida, esta lucha que los voceros del capital catalogan como egoísta o economicista, encierra, desde ahora, la crítica al sistema económico capitalista, esta lucha, cuando se encuentra libre del dominio de la burguesía o de sus aparatos de control (izquierda y sindicatos) abre la posibilidad que los trabajadores se reconozcan como parte de una clase (y ya no como simples individuos o ciudadanos aislados e inertes), que en su combate contra el capital saben que no tiene nada que perder –como dijera Marx– sino sus cadenas.

 

RR/7-10-2006