22º Congreso de la CCI: Resolución sobre la situación internacional

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1. La elección de Donald Trump de presidente de Estados Unidos, que siguió de cerca al resultado inesperado del referéndum sobre la Unión Europea en el Reino Unido, ha creado una ola de inquietud, miedo, pero también de cuestionamiento en todo el mundo. ¿Cómo podrían “nuestros” gobernantes, aquellos que están supuestamente a cargo del actual orden mundial, permitir que tales cosas sucedan –en unos cambios que parecen ir en contra de los intereses "racionales" de la clase capitalista? ¿Cómo ha podido ocurrir que un bravucón, un necio, un estafador narcisista esté ahora a la cabeza del Estado más poderoso del mundo? Y lo más importante: ¿qué nos indica todo eso sobre dónde se dirige el mundo? ¿Nos estaremos hundiendo en una crisis de civilización, o en una de la humanidad misma? Son preguntas a las que los revolucionarios deben dar respuestas claras y convincentes.

Cien años de lucha de clases

2. En nuestra visión, la condición real de la sociedad humana sólo puede ser comprendida desde el punto de vista de la lucha de clases, de la clase explotada de esta sociedad, el proletariado, el cual no tiene interés en esconder la verdad y cuya lucha le obliga a superar todas las mistificaciones del capitalismo para derribarlo. Del mismo modo, sólo es posible comprender los sucesos "actuales", inmediatos o localizados, situándolos en un marco histórico mundial. Es la esencia del método marxista. Por eso, y no simplemente porque 2017 marca el centenario de la revolución en Rusia, es por lo que comenzamos remontándonos un siglo o más atrás para comprender la época histórica en la que se están produciendo los acontecimientos más recientes en la situación mundial: la del declive o decadencia del modo de producción capitalista.

La revolución en Rusia fue la respuesta de la clase obrera a los horrores de la primera guerra mundial imperialista. Como lo afirmó la Internacional comunista en 1919, aquella guerra marcó el comienzo de la nueva época, y el fin del período ascendente del capitalismo, del primer gran estallido de la "globalización" capitalista cuando ese sistema chocó contra las barreras de la división del mundo en Estados nacionales rivales: era “la época de guerras y revoluciones”. La capacidad de la clase obrera para derribar el estado burgués en todo un país y dotarse de un partido político capaz de guiarla a la “dictadura del proletariado” muestra que la perspectiva de abolir la barbarie capitalista es una posibilidad y una necesidad históricas. Más aún, el partido bolchevique, que en 1917 estuvo en la vanguardia del movimiento revolucionario, reconoció que la toma del poder por los soviets obreros en Rusia sólo podría mantenerse si era el primer asalto de una incipiente revolución mundial. De igual modo, la revolucionaria alemana Rosa Luxemburgo entendió que si el proletariado mundial no respondía al desafío planteado por la insurrección de Octubre poniendo fin al sistema capitalista, la humanidad se hundiría en una época de creciente barbarie, una espiral de guerras y destrucción que pondría en peligro la civilización humana.

Con la revolución mundial en la mira y con la necesidad de crear para el proletariado un polo de referencia alternativo a la Socialdemocracia, desde entonces contrarrevolucionaria, el partido bolchevique se puso a la cabeza de la creación de la Internacional Comunista cuyo primer congreso se realizó en Moscú en 1919. Los nuevos partidos comunistas, particularmente los de Alemania e Italia, serán las puntas de lanza en la extensión de la revolución proletaria hacia Europa occidental.

3. La revolución en Rusia fue la chispa que hizo arder una cadena mundial de huelgas y levantamientos de masas que obligaron a la burguesía a poner fin a la matanza imperialista de la Primera Guerra Mundial. Sin embargo, la clase obrera internacional no pudo tomar el poder en otros países, aparte de algunos pequeños intentos en Hungría y en algunas ciudades alemanas. Frente a la mayor amenaza de su potencial sepulturero, la clase dominante logró superar sus rivalidades más ásperas para unirse contra la revolución proletaria: aislar el poder soviético en Rusia por medio del bloqueo, así como mediante la invasión y el apoyo a la contrarrevolución armada; haciendo uso de los partidos socialdemócratas y de los sindicatos, que ya habían demostrado su lealtad al capital al participar en el esfuerzo de la guerra imperialista, para infiltrarse o neutralizar los consejos obreros en Alemania y desviarlos hacia una acomodación con el nuevo régimen burgués “democrático”. Pero la derrota no sólo mostró la capacidad para gobernar de una clase dominante reaccionaria que como tal logró mantenerse, sino también fue el resultado de la inmadurez de la clase obrera que se vio obligada a hacer una transición repentina de la lucha por reformas a la lucha por la revolución, y aún llevaba en sí muchas ilusiones profundas en la posibilidad de mejorar el régimen capitalista a través del voto democrático, la nacionalización de industrias clave, o los beneficios sociales para las capas más pobres de la sociedad. Además, la clase trabajadora había quedado severamente traumatizada por los horrores de la guerra -en la cual la flor y nata de su juventud quedó diezmada y marcada por profundas divisiones entre obreros de las naciones “vencedoras” y los de las “vencidas”.

En Rusia, el Partido Bolchevique, enfrentado al aislamiento, la guerra civil y el colapso económico, y cada vez más asimilado al aparato del Estado soviético, cometió errores serios y desastrosos que llevaron a conflictos violentos con la clase obrera, sobre todo mediante la política del “terror rojo” lo que significaría la supresión de las manifestaciones y organizaciones políticas obreras, culminando en el aplastamiento de la revuelta de Cronstadt en 1921, una revuelta que lo que exigía era la restauración del poder soviético genuino que había existido en 1917. En el plano internacional, la Internacional Comunista, que se vio crecientemente maniatada por las necesidades del Estado soviético en lugar de los intereses de la revolución mundial, empezó restaurando las políticas oportunistas que socavaron su claridad original, como así se plasmó en la táctica del frente unido adoptada en 1922.

Esta degeneración suscitó la emergencia de una importante oposición de izquierda, principalmente en los partidos alemán e italiano. Y a partir de dicha oposición la Fracción italiana fue capaz, a finales de los años 20, de sacar las lecciones de la derrota final de la revolución.

4. La derrota de la oleada revolucionaria mundial verificó así las advertencias de los revolucionarios en 1917-18 sobre las consecuencias de tal fracaso: un nuevo hundimiento en la barbarie. La dictadura del proletariado en Rusia no sólo degeneró, sino que se convirtió en una dictadura capitalista contra el proletariado, proceso que fue confirmado (aunque no comenzado) por la victoria del aparato estalinista con su doctrina del "socialismo en un país". La "paz" instalada para poner fin a la amenaza de la revolución pronto dio paso a nuevos conflictos imperialistas que se aceleraron e intensificaron con el estallido de la crisis mundial de sobreproducción en 1929, otra señal de que la expansión del capital se estaba enfrentando a sus propios límites de funcionamiento. La clase obrera en los países centrales del sistema, especialmente Estados Unidos y Alemania, sufrió de lleno los golpes de la depresión económica, pero, tras haber intentado y fracasado en hacer la revolución una década antes, era, sobre todo, una clase derrotada, a pesar de algunas expresiones reales de resistencia de clase, como en Estados Unidos y España. Fue así incapaz de cerrar el camino a otra nueva marcha hacia la guerra mundial.

5. El tridente de la contrarrevolución tenía tres puntas principales: el estalinismo, el fascismo, la democracia, cada una de las cuales ha dejado profundas cicatrices en la psique de la clase obrera.

La contrarrevolución alcanzó su mayor profundidad en los países donde la antorcha revolucionaria había alumbrado más: Rusia y Alemania. Pero en todas partes, frente a la necesidad de exorcizar el espectro proletario, de hacer frente a la mayor crisis económica de su historia y de prepararse para la guerra, el capitalismo adquirió una forma cada vez más totalitaria, infiltrándose por todos los poros de la vida social y económica. El régimen estalinista marcó la pauta: una economía de guerra total, el aplastamiento de toda disensión, niveles de explotación espeluznantes, un inmenso campo de concentración. Pero el peor legado del estalinismo -tanto en vida como tras su muerte, décadas después, fue el haberse disfrazado de heredero de la Revolución de Octubre. La centralización del capital en manos del Estado se vendió al mundo como socialismo, la expansión imperialista como internacionalismo proletario. Aunque en los años en que la Revolución de Octubre seguía siendo una memoria viva, muchos obreros siguieron creyendo ese mito de la madre patria socialista, muchos más se fueron alejando de todo pensamiento de revolución por las sucesivas revelaciones de la verdadera naturaleza del régimen estalinista. El daño que el estalinismo ha hecho a la perspectiva del comunismo, a la esperanza de que la revolución de la clase obrera pueda inaugurar una forma más elevada de organización social, es incalculable, sobre todo porque el estalinismo no se había descolgado de no se sabe qué nube sobre el proletariado, sino que fue la derrota internacional del movimiento de clase y sobre todo la degeneración de su partido político lo que lo hicieron posible. Después de la deserción traumática de los partidos socialdemócratas en 1914, por segunda vez en menos de dos décadas, las organizaciones por las que la clase obrera tanto se había sacrificado para crearlas y defenderlas, la habían traicionado y se habían convertido en su peor enemigo. ¿Podría haber peor golpe contra la confianza en sí del proletariado, contra su convicción en la posibilidad de llevar a la humanidad a un nivel superior de vida social?

El fascismo, inicialmente un movimiento de marginados de las clases dominantes y medias, e incluso de renegados del movimiento obrero, pudo ser absorbido por las fracciones más poderosas del capital alemán e italiano, porque coincidía con sus necesidades: completar el aplastamiento del proletariado y movilizarse para la guerra. El fascismo se especializó en el uso de técnicas “modernas” para dar rienda suelta a las fuerzas oscuras de lo irracional que se esconde bajo la superficie de la sociedad burguesa. El nazismo en particular, producto de una derrota mucho más devastadora de la clase obrera en Alemania, alcanzó niveles desconocidos en lo irracional, estatalizando e industrializando el pogromo medieval y arrastrando a unas masas desmoralizadas a una marcha desquiciada hacia la autodestrucción. La clase obrera, en general, no sucumbió a ninguna creencia positiva en el fascismo; fue, en cambio, mucho más vulnerable al atractivo del antifascismo, que fue el lema principal en el reclutamiento para la guerra que se avecinaba. Pero el horror sin precedentes de los campos de muerte nazis no por eso dejó de ser, al igual que gulag estalinista, un enorme golpe contra la confianza en el futuro de la humanidad -y por lo tanto en la perspectiva del comunismo.

La democracia, la forma dominante del poder burgués en los países industriales avanzados, se presentó como el oponente a esas formas “totalitarias” -lo que no le impidió apoyar al fascismo cuando éste estaba dando el golpe definitivo al movimiento obrero revolucionario o aliarse con el régimen estalinista en la guerra contra la Alemania hitleriana. La democracia ha demostrado ser una forma mucho más inteligente y duradera de totalitarismo capitalista que el fascismo, el cual se desmoronó en los escombros de la guerra, o el estalinismo, que (con la notable excepción de China y el atípico régimen de Corea del Norte) cayó bajo el peso de la crisis económica y de su incapacidad para competir en el mercado mundial capitalista, cuyas leyes había intentado eludir por decreto estatal.

Los gestores del capitalismo democrático también se vieron obligados, por la crisis del sistema, a utilizar el Estado y el poder del crédito para doblegar las fuerzas del mercado, pero no se vieron obligados a adoptar la forma extrema de la centralización de arriba abajo impuesta por una situación de debilidad material y estratégica de los regímenes del bloque ruso. La democracia ha sobrevivido a sus rivales y se ha convertido en la única opción en los principales países capitalistas de Occidente. Hasta hoy es tabú poner en entredicho la necesidad de haber apoyado la democracia contra el fascismo en la Segunda Guerra Mundial; y quienes sostienen que tras la fachada de la democracia está la dictadura de la clase dominante son despreciados como teóricos de la conspiración. Ya en los años 1920 y 1930, el desarrollo de los medios de comunicación masiva en las democracias proporcionó un modelo para la difusión de la propaganda oficial que Goebbels envidiaba, mientras que la penetración de las relaciones mercantiles en las esferas del ocio y la vida familiar, de lo que fue pionero el capitalismo norteamericano, proporcionaron un canal más sutil para la dominación totalitaria del capital que recurrir únicamente a soplones y al terror sin disfraz.

6. Contrariamente a las esperanzas de la muy reducida minoría revolucionaria que mantuvo posiciones internacionalistas durante los años 30 y 40, el final de la guerra no produjo un nuevo resurgir revolucionario. Al contrario, fue la burguesía, con Churchill en vanguardia, la que sí aprendió las lecciones de 1917 y abortó toda posibilidad de revuelta proletaria, bombardeando a mansalva las ciudades alemanas y con la política de “dejar a los italianos cocerse en su propia salsa” cuando surgieron huelgas masivas en el norte de Italia en 1943. El fin de la guerra, profundizó así la derrota de la clase obrera. Y de nuevo, contrariamente a las expectativas de muchos revolucionarios, la guerra no fue seguida por una nueva depresión económica y un nuevo impulso hacia la guerra mundial, aunque los antagonismos imperialistas entre los bloques "victoriosos" siguieran siendo una amenaza constante sobre la humanidad. En cambio, el período de posguerra fue testigo de una fase de expansión real de las relaciones capitalistas bajo el liderazgo estadounidense, aun si una parte del mercado mundial (el bloque ruso y China) intentara aislarse de la penetración del capital occidental. La continuación de la austeridad y la represión en el bloque del Este provocó importantes revueltas obreras (Alemania del Este 1953, Polonia y Hungría 1956), pero en Occidente, tras algunas expresiones de descontento posteriores a la guerra, como las huelgas en Francia en 1947, hubo una atenuación gradual de la lucha de clases, hasta el punto de que los sociólogos pudieron comenzar a teorizar el "aburguesamiento" de la clase obrera como resultado de la expansión del consumismo y el desarrollo del Estado del bienestar. De hecho, esos dos aspectos del capitalismo después de 1945 siguen siendo importantes lastres añadidos contra la posibilidad de que la clase obrera se reconstituya como fuerza revolucionaria. El consumismo atomiza a la clase obrera y vende la ilusión de que todos pueden alcanzar el paraíso de la propiedad individual. El providencialismo, que solía ser introducido por los partidos de izquierda presentándolo como conquista de la clase obrera, es incluso un instrumento más revelador de control capitalista; socava la autoconfianza de la clase obrera y la hace depender de la benevolencia del Estado; y más tarde, en una fase de migración masiva, su organización por el Estado-nación significaría que acceder a la salud, a la vivienda y otros beneficios ha acabado siendo un poderoso factor para transformar a los inmigrantes en chivos expiatorios y de otras divisiones en la clase obrera. Mientras tanto, junto con la aparente desaparición de la lucha de clases en los años 1950 y 60, el movimiento político revolucionario quedó reducido al estado más aislado de su historia.

7. Algunos de aquellos revolucionarios que sí mantuvieron una actividad durante aquel período sombrío empezaron a argumentar que el capitalismo había aprendido a controlar las contradicciones económicas analizadas por Marx, gracias a la administración burocrática del Estado. Pero otros, más clarividentes, como el grupo de Internacionalismo de Venezuela, reconocieron que los viejos problemas (los límites del mercado, la tendencia decreciente de la tasa de ganancia) no podían ser atajados, y que las dificultades financieras experimentadas a finales de años 60 anunciaban una nueva fase de crisis económica abierta. También reconocieron la capacidad de una nueva generación de proletarios para responder a la crisis mediante la reafirmación de la lucha de clases, una predicción ampliamente confirmada por el extraordinario movimiento en Francia de mayo de 1968 y la subsiguiente oleada internacional de luchas, que demostraron que las décadas de contrarrevolución habían llegado a su fin, y que la lucha proletaria era el obstáculo clave para impedir que la nueva crisis iniciara un curso hacia la guerra mundial.

8. El auge proletario de finales de los años sesenta y principios de los setenta estuvo precedido por una creciente agitación política entre amplios sectores de la población en los países capitalistas avanzados y, particularmente, entre los jóvenes. En Estados Unidos, protestas contra la guerra de Vietnam y la segregación racial; movimientos de los estudiantes alemanes que manifestaron un interés por un enfoque más teórico del análisis del capitalismo contemporáneo; en Francia, la agitación de los estudiantes contra la guerra en Vietnam y el régimen represivo en las universidades; en Italia, la tendencia “obrerista” o autonomista que reafirmaba la inevitabilidad de la lucha de clases al mismo tiempo que las lumbreras de la sociología proclamaban su extinción. Se expresaba, por todas partes, una creciente insatisfacción ante una vida deshumanizada presentada como la fruta sabrosa de la prosperidad económica de la posguerra. Una pequeña minoría alentada por el resurgir de las luchas combativas en Francia y otros países industrializados, participó en la formación de una vanguardia política consciente e internacionalista, especialmente porque una minoría dentro de esta minoría empezaba a redescubrir la contribución de la Izquierda Comunista.

9. Como muy bien lo sabemos nosotros, la cita entre esa minoría y un más amplio movimiento de clase sólo ocurrió escasas veces durante los movimientos de finales de los 60 y principios de los 70. Esto se debió en parte a que la minoría politizada estaba fuertemente dominada por el descontento pequeñoburgués: el movimiento estudiantil, en particular, carecía del componente proletario aparecido tras los cambios en la organización del capitalismo durante las décadas siguientes. Y a pesar de los poderosos movimientos de clase en todo el mundo, a pesar de serios enfrentamientos entre los trabajadores y las fuerzas de contención en su seno (o sea, los sindicatos y los partidos de izquierda) la mayoría de las luchas de clases fueron defensivas y pocas veces plantearon cuestiones directamente políticas. Además, la clase obrera se enfrentaba a divisiones importantes dentro de sus filas como clase mundial: el "telón de acero" entre el Este y el Oeste, y la división entre los llamados trabajadores "privilegiados" de los centros del capital y las masas empobrecidas de las antiguas zonas coloniales. Mientras tanto, la maduración de una vanguardia política se vio obstaculizada por una visión de una revolución inmediata y por prácticas activistas, típicas de la impaciencia pequeñoburguesa, que no lograba captar el carácter a largo plazo del trabajo revolucionario y la gigantesca escala de las tareas teóricas a las que se enfrentaba la minoría politizada. El predominio del activismo hizo vulnerables a la recuperación por el izquierdismo a amplias partes de la minoría o, cuando las luchas bajaban de intensidad, a la desmoralización. Mientras tanto, los que rechazaban el izquierdismo eran a menudo obstaculizados por las nociones consejistas que negaban por completo el problema de la construcción de la organización. Sin embargo, una pequeña minoría fue capaz de superar esos obstáculos y asirse a la tradición de la Izquierda Comunista iniciando una dinámica hacia el crecimiento y el agrupamiento que se mantuvo durante los años 1970, pero que también conoció su fin a principios de los años 80, fin simbolizado por la ruptura de las Conferencias Internacionales de la Izquierda Comunista. El fracaso de las luchas de aquel período para alcanzar un nivel político más avanzado e ir echando las semillas de los problemas que, en las calles y reuniones de 1968, se habían planteado sobre la sustitución del capitalismo del Este y del Oeste por una nueva sociedad, tuvo consecuencias muy significativas en la década siguiente.

Sin embargo, aquel enorme estallido de energía proletaria no sólo y simplemente se "agotó", sino que requirió un esfuerzo concertado de la clase dominante para desviarlo, descarrilarlo y reprimirlo. Eso ocurrió sobre todo en el plano político, haciendo un uso máximo de las fuerzas de la izquierda capitalista y de los sindicatos, los cuales tenían una influencia considerable en la clase obrera. Ya fuera con de la promesa de elección de gobiernos de izquierda, o mediante la estrategia de “izquierda en la oposición” completada con el desarrollo del sindicalismo radical, a lo largo de dos décadas que siguieron a 1968, la instrumentalización de órganos que los trabajadores consideraban en cierta medida como propios, fue indispensable para contener las luchas de clase.

10. A pesar de ciertas pausas, la dinámica de la lucha desencadenada en 1968 continuó a través de los años 70. La cumbre de la maduración de la capacidad de autoorganización y extensión se alcanzó en la huelga de masas en Polonia de 1980. Sin embargo, aquel cénit también marcó el comienzo de un declive. Aunque las huelgas en Polonia revelaron la interacción clásica entre demandas económicas y políticas, en ningún momento los trabajadores en Polonia plantearon el problema de una nueva sociedad. En este aspecto, las huelgas estaban "por debajo" del nivel del movimiento del 68 en el que la cuestión de la autoorganización, aunque embrionaria, sí proporcionó un contexto para un debate mucho más radical sobre la necesidad de la revolución social. El movimiento en Polonia, con algunas excepciones muy limitadas, consideraba el "occidente libre" como la sociedad alternativa que querían, el ideal de gobierno democrático, los "sindicatos libres" y todo lo demás. En Occidente mismo, hubo algunas expresiones de solidaridad con las huelgas en Polonia, y a partir de 1983, frente a una crisis económica que se agravaba rápidamente, vimos una oleada de luchas cada vez más simultáneas y globales en su alcance; en varios casos mostraron un conflicto creciente entre trabajadores y sindicatos. Pero la yuxtaposición de las luchas por el mundo entero no significó automáticamente que se comprendiera la necesidad de la internacionalización consciente de las luchas; tampoco los enfrentamientos contra los sindicatos, que, por supuesto son parte del Estado, implicaron una politización del movimiento en el sentido de una comprensión de que el Estado debe ser derrocado, o de una capacidad creciente para proponer una perspectiva para la humanidad. Más incluso que en los años 70, las luchas de los años 80 en los países avanzados permanecieron en el terreno reivindicativo sectorial y por eso también fueron vulnerables al sabotaje mediante formas radicalizadas de sindicalismo[1]. La agravación de las tensiones imperialistas entre los dos bloques en aquel periodo hizo sin duda surgir una preocupación creciente respecto a la amenaza de guerra, pero acabó siendo en gran parte desviada hacia movimientos pacifistas, los cuales por definición impedían que hubiera una conexión consciente entre resistencia económica y peligro de la guerra. Para los pequeños grupos de revolucionarios que mantuvieron una actividad organizada durante ese período, aunque pudieron intervenir más directamente en ciertas iniciativas de los trabajadores, a un nivel más profundo, chocaban con un ambiente generalizado de desconfianza de “la política”, predominante en la clase obrera, y ese abismo creciente entre la clase y su minoría política fue también un factor adicional en la incapacidad de la clase para desarrollar su propia perspectiva.

El impacto de la descomposición

11. La lucha en Polonia, y su derrota, proporcionaría una suma de la relación global entre las clases. Las huelgas dejaron en claro que los trabajadores de Europa del Este no estaban dispuestos a luchar en una guerra en nombre del imperio ruso y, sin embargo, no fueron capaces de ofrecer una alternativa revolucionaria a la profunda crisis del sistema. Por otra parte, el aplastamiento físico de los trabajadores polacos tuvo consecuencias políticas muy negativas para la clase obrera de toda aquella región, ausente como clase en las sublevaciones que iniciaron la desaparición de los regímenes estalinistas, y que fueron posteriormente vulnerables a una siniestra oleada de propaganda nacionalista que hoy está incorporada en los regímenes autoritarios que reinan en Rusia, Hungría y Polonia. La clase dirigente estalinista, incapaz de lidiar con la crisis y la lucha de clases sin una represión despiadada, mostró que carecía de la flexibilidad política necesaria para adaptarse a las circunstancias históricas cambiantes. Así, en 1980-81 la escena estaba ya preparada para el colapso del bloque oriental en su conjunto, anunciando una nueva fase en el declive histórico del capitalismo. Pero esta nueva fase, que definimos como la de la descomposición del capitalismo, tiene sus orígenes en un bloqueo mucho más amplio entre las clases. Los movimientos de clase que estallaron en los países avanzados después de 1968 marcaron el fin de la contrarrevolución, y la continua resistencia de la clase obrera constituyó un obstáculo para la "solución" de la burguesía a la crisis económica: la guerra mundial. Era posible definir aquel período como un "curso hacia enfrentamientos masivos de clase", e insistir en que no se podía abrir un camino hacia la guerra sin una derrota frontal de una clase obrera renuente a alistarse tras las banderas nacionales. En la nueva fase, la desintegración de ambos bloques imperialistas hizo desaparecer la guerra mundial como posibilidad, independientemente del nivel de la lucha de clases. Lo cual significaba que la cuestión del curso histórico ya no podía plantearse en los mismos términos. La incapacidad del capitalismo para superar sus contradicciones sigue significando que sólo puede ofrecer a la humanidad un futuro de barbarie cuyos contornos ya pueden vislumbrarse en una combinación infernal de guerras locales y regionales, devastación ecológica, pogromos y violencia social fratricida. Pero a diferencia de la guerra mundial, que exige una derrota directa, tanto física como ideológica de la clase obrera, este "nuevo" descenso a la barbarie opera de una manera más lenta e insidiosa, lo que puede gradualmente erosionar a la clase obrera y hacerla incapaz de reconstituirse como clase. El criterio para medir la evolución de la relación de fuerzas entre las clases ya no puede ser el de impedir la guerra mundial, y en general se ha vuelto más difícil de prever.

12. En la fase inicial del resurgimiento del movimiento comunista después de 1968, la tesis de la decadencia del capitalismo ganó numerosos partidarios y proporcionó el fundamento programático de una izquierda comunista revivida. Hoy ya no es así: la mayoría de los nuevos elementos que buscan en el comunismo la respuesta a los problemas que enfrenta la humanidad encuentran todo tipo de razones para rechazar el concepto de decadencia. Y cuando se trata de la noción de descomposición, que definimos como la fase final del declive capitalista, la CCI parece estar más bien sola. Otros grupos aceptan la existencia de las principales manifestaciones del nuevo período; la inextricable maraña interimperialista, el retorno de ideologías profundamente reaccionarias como el fundamentalismo religioso y el nacionalismo galopante, la crisis de la relación del hombre con el mundo natural; pero pocos, si existen, llegan a la conclusión de que esta situación se deriva de una situación de atasco en la relación de fuerzas entre las clases; pocos están de acuerdo en que todos estos fenómenos son expresiones de un cambio cualitativo en la decadencia del capitalismo, de toda una fase o período que no podrá invertirse sino es mediante la revolución proletaria. Esta oposición al concepto de descomposición a menudo toma la forma de diatribas contra las tendencias "apocalípticas" de la CCI, ya que hablamos de ella como la fase terminal del capitalismo, o contra nuestro "idealismo", ya que, aunque vemos la larga crisis económica como factor clave de la descomposición, no sólo vemos factores puramente económicos como elementos decisivos en el inicio de la nueva fase. Detrás de esas objeciones está el fracaso en comprender que el capitalismo, como la última sociedad de clases de la historia, está condenado a ese tipo de impase histórico por el hecho de que, a diferencia las sociedades de clases anteriores cuando entraban en su declive, el capitalismo no puede desde su interior hacer surgir un modo nuevo y más dinámico de producción, mientras que el único camino hacia una forma superior de vida social debe ser construida no como resultado automático de leyes económicas, sino a partir de un movimiento consciente de la inmensa mayoría de la humanidad dirigido por el proletariado, lo cual es por definición la tarea más ardua que deba ser asumida en la historia.

13. La descomposición ha sido el producto del bloqueo en la batalla entre las dos clases principales. Pero se ha revelado también en sí misma como factor activo en las crecientes dificultades de la clase desde 1989. Las muy bien orquestadas campañas sobre la muerte del comunismo que acompañaron la caída del bloque ruso –que demostraron la capacidad de la clase dominante para utilizar contra los explotados las manifestaciones de la descomposición- fue un elemento muy importante para socavar aún más la confianza en sí misma de la clase y su capacidad para reafirmar su misión histórica. El comunismo, el marxismo, incluso la propia lucha de clases, fueron declarados trasnochados, historia muerta. Sin embargo, los efectos negativos enormes y duraderos de los acontecimientos de 1989 sobre la conciencia, la combatividad y la identidad de clase del proletariado no son solamente el resultado de la gigantesca campaña anticomunista. También hay que explicar la eficacia de tal campaña. Esta eficacia solo puede ser comprendida en el contexto del desarrollo específico de la revolución y la contrarrevolución desde 1917. Con el fracaso de la contrarrevolución militar contra la URSS (derrota de los ejércitos blancos en la guerra civil) y, al mismo tiempo la derrota de la revolución mundial emergió una constelación completamente inesperada, sin precedentes: la de una contrarrevolución que procedía del bastión proletario y la de una economía capitalista en la Unión Soviética sin una clase capitalista históricamente desarrollada. El resultado no fue ni mucho menos la expresión de una necesidad histórica más elevada, sino una aberración histórica: la dirección de una economía capitalista por una burocracia contrarrevolucionaria de Estado burgués, una burocracia ni cualificada ni adaptada a tal tarea. La economía bajo dirección estalinista pudo aparecer como eficaz para la URSS en la prueba de la Segunda Guerra Mundial, pero fracasó completamente, a largo plazo, para generar un capital nacional competitivo. Aun cuando los regímenes estalinistas fueron formas particularmente reaccionarias de la sociedad burguesa decadente, no por ello fueron un retorno a una especie de régimen feudal o despótico, como tampoco eran, ni mucho menos, economías capitalistas “normales”. Con su hundimiento, el estalinismo hizo su último servicio a la clase dominante. Lo peor de todo han sido las campañas sobre la muerte del comunismo, pues parecieron haber encontrado una confirmación en la realidad misma. Las aberraciones del estalinismo respecto a un capitalismo que funciona más o menos normalmente eran tan graves y considerables, que parecía efectivamente que no era capitalista para la población. Antes del desmoronamiento y durante mucho tiempo, fue capaz de mantenerse, lo que parecía probar que había alternativas posibles al capitalismo. Aunque tal alternativa particular al capitalismo no era para nada algo atractivo para la mayoría de los obreros, su existencia dejaba abierta, sin embargo, una posible brecha en la armadura ideológica de la clase dominante. El resurgimiento de la lucha de clases en los años 60 fue capaz de aprovechar esa brecha para desarrollar la visión de una revolución que fuera a la vez anticapitalista y antiestalinista y basada, no sobre una burocracia de Estado o un partido-Estado, sino sobre los consejos obreros. Si durante los años 60 y 70, muchos consideraban la revolución mundial como una utopía irrealizable, un sueño fútil, eso se debía al enorme poder de la clase dominante o lo que se consideraba como la marca egoísta y destructiva inherente a nuestra especie. Sin embargo, tales sentimientos de desesperanza podían encontrar, y encontraban alguna vez, un contrapeso en las luchas masivas y la solidaridad proletaria. Después de 1989, tras hundimiento de los regímenes “socialistas”, apareció un nuevo factor cualitativo: la impresión de la imposibilidad de una sociedad moderna no basada en los principios capitalistas. En esas circunstancias, es mucho más difícil para el proletariado desarrollar no solamente su conciencia y su identidad de clase, sino incluso sus luchas económicas defensivas, pues la lógica de las necesidades de la economía capitalista pesa mucho más si ésta parece no tener alternativa alguna.

Y, aun cuando no sea ni mucho menos necesario que toda la clase obrera se haga marxista o desarrolle una clara visión del comunismo para hacer una revolución proletaria, la situación inmediata de la lucha de clases se ha alterado considerablemente, pues depende de si hay o no hay amplios sectores de la clase que consideren que es posible poner en entredicho el capitalismo.

14. Y a la vez, con una labor de zapa más artera, el avance de la descomposición en general y por su propia dinámica iba socavando en la clase obrera su identidad y conciencia de clase. Esto era particularmente evidente entre los desempleados de larga duración o empleados a tiempo parcial, abandonados en las cunetas por los cambios estructurales introducidos en los años 1980: mientras que en el pasado los desempleados habían estado en la vanguardia de la lucha obrera, en ese período empezaron a ser mucho más vulnerables a la lumpenización, al gansterismo y a la difusión de ideologías nihilistas como el yihadismo o el neofascismo. Como predijo la CCI inmediatamente después de los acontecimientos del 89, la clase estaba a punto de entrar en un largo período de reflujo. Pero la longitud y la profundidad de este reflujo han resultado incluso mayores de lo que suponíamos. Importantes movimientos de una nueva generación de la clase trabajadora en 2006 (el movimiento anti-CPE en Francia) y entre 2009 y 2013 en numerosos países del mundo (Túnez, Egipto, Israel, Grecia, Estados Unidos, España...), junto con cierto resurgimiento de un medio interesado por las ideas comunistas, hacía factible pensar que la lucha de clases volvía a ocupar un lugar central y que una nueva etapa en el desarrollo del movimiento revolucionario estaba a punto de abrirse. Pero una serie de acontecimientos de la última década ha mostrado cuán profundas son las dificultades que enfrenta el proletariado mundial y su vanguardia revolucionaria.

15. Las luchas en torno a 2011 estuvieron explícitamente ligadas a los efectos de la profundización de la crisis económica, sus protagonistas se referían frecuentemente, por ejemplo, a la precariedad del empleo y a la falta de oportunidades para los jóvenes incluso después de varios años de educación universitaria. Pero no existe un vínculo automático entre el agravamiento de la crisis económica y el desarrollo cualitativo de la lucha de clases, una lección clave de la década de 1930, cuando la Gran Depresión tendió a desmoralizar aún más a una clase obrera ya derrotada. Y habida cuenta de los largos años de retroceso y desorientación que le precedieron, la convulsión financiera de 2007-2008 tendrá un impacto muy negativo sobre la conciencia del proletariado.

Un elemento importante en esto fue la proliferación del propio sistema de crédito que había sido central en la expansión económica de los años 90 y 2000, pero cuyas contradicciones intrínsecas precipitaron esta vez la quiebra. Ese proceso de ‘financiarización’ funcionaba entonces no sólo a nivel de las grandes instituciones financieras, sino que repercutió también en la vida de millones de trabajadores. En este aspecto, la situación es muy diferente a la de las décadas de 1920 y 1930, cuando en su mayor parte las llamadas clases medias (pequeños propietarios, profesiones liberales, etc.), pero no los trabajadores, tenían ahorros que perder; y cuando la protección estatal era apenas suficiente para evitar que los trabajadores se murieran de hambre. Si, por una parte, por lo tanto, la situación material inmediata de muchos trabajadores en esos países es menos dramática que hace ocho o nueve décadas, por otra parte, millones de trabajadores precisamente en esos países se encuentran en unos aprietos inexistentes en los años 30: se han convertido en deudores, a menudo a altos niveles. Durante el siglo XX, y todavía en gran medida antes de 1945, los únicos créditos que tenían los trabajadores lo eran en la taberna, la cafetería o la tienda locales. Los obreros sólo podían confiar en su propia solidaridad de clase en tiempos de dificultades. Los créditos a proletarios empezaron a ser importantes para la vivienda o la construcción, pero estalló en las últimas décadas con el desarrollo de los créditos al consumidor a escala masiva. El desarrollo cada vez más refinado, astuto y perverso de la economía crediticia para gran parte de la clase obrera ha tenido consecuencias muy negativas para la conciencia de clase proletaria. La expropiación de los ingresos de la clase obrera por parte de la burguesía se oculta y aparece incomprensible cuando toma la forma de una devaluación de los ahorros, de la quiebra de los bancos o de los seguros, o de la confiscación de la propiedad de la vivienda por el mercado. El incremento de la precariedad del “Estado de bienestar” y su financiación facilita la división de los trabajadores entre los que pagan por los sistemas públicos, y los que son mantenidos por ellos sin pagar lo equivalente. Y el hecho de que millones de trabajadores hayan caído en la deuda es un nuevo medio, adicional y poderoso de disciplinar al proletariado.

Incluso si el resultado neto del crac ha sido la austeridad para muchos y una ignominiosa transferencia de riqueza en provecho de una pequeña minoría, el resultado global del crac no ha servido para afinar o ampliar una comprensión del funcionamiento del sistema capitalista: el resentimiento en contra de la creciente desigualdad ha sido en gran medida dirigida contra la “elite urbana corrupta”, que se ha convertido en importante aliciente vendedor para el populismo de derechas. Y aun cuando la respuesta a la crisis y sus injusticias actuales hicieron surgir formas más proletarias de lucha, tales como las del movimiento Occupy en EEUU, estaban también muy lastradas por una tendencia a echar la culpa a banqueros codiciosos y hasta a sociedades secretas que habrían tramado deliberadamente el crac para fortalecer su control sobre la sociedad.

16. La oleada revolucionaria de 1917-23, como los movimientos insurreccionales anteriores de la clase (1871, 1905), se desencadenaron a causa de una guerra imperialista, llevando a los revolucionarios a considerar que la guerra proporciona las condiciones más favorables para la revolución proletaria. En realidad, la derrota de la oleada revolucionaria mostró que la guerra podía crear divisiones profundas en la clase, en particular entre los proletarios de naciones “vencedoras” y los de las “vencidas”. Y como lo demostró lo ocurrido al final de la Segunda Guerra Mundial, la burguesía había sacado las lecciones necesarias de lo ocurrido en 1917, demostrando su capacidad para limitar las posibilidades de reacciones proletarias contra la guerra imperialista, desarrollando, en particular, estrategias y formas de tecnología militar que hacen cada vez más difícil la confraternización entre ejércitos enemigos.

Contrariamente a las promesas de la clase dominante occidental, tras la caída del bloque imperialista ruso, la nueva fase histórica que se abrió no fue de paz y estabilidad, sino de extensión del caos militar, guerras cada vez más brutales que han devastado grandes territorios de África y Oriente Medio e incluso ha golpeado a las puertas de Europa. La barbarie se ha extendido por Irak, Afganistán, Ruanda y ahora Yemen, Libia y Siria, aunque igualmente el este de Ucrania. Esta evolución ha podido despertar el horror y la indignación entre sectores importantes del proletariado mundial -incluidos los de los centros capitalistas cuyas propias burguesías han estado directamente implicadas en estas guerras-, sin embargo, las guerras de la descomposición sólo muy raramente han provocado una oposición proletaria. En los países más directamente afectados, la clase obrera ha sido demasiado débil para organizarse contra los gánsteres militares locales y sus patrocinadores imperialistas.

Una demostración patente ha sido la actual guerra en Siria, que ha visto no sólo la destrucción despiadada de la población por bombardeos aéreos, operaciones militares directas y una represión inmisericorde, sobre todo por las fuerzas oficiales del Estado. El descontento social inicial ha sido totalmente desviado por la creación de frentes militares y el enrolamiento de los opositores al régimen en un sin fin de bandas armadas, cada cual más brutal que la vecina. En los centros capitalistas, esas situaciones tan espantosas han engendrado sobre sentimientos de desesperación e impotencia -porque parece como si cualquier intento de rebelarse contra el sistema actual sólo pudiera terminar en una situación peor. El triste destino de la "Primavera árabe" se ha podido usar fácilmente como nuevo argumento contra la posibilidad de la revolución. Pero el salvaje desmembramiento de países enteros en las periferias de Europa en los últimos años ha empezado a tener un efecto boomerang sobre la clase obrera en los centros del sistema. Esto puede resumirse en dos cuestiones: por un lado, el desarrollo en todo el mundo y de forma cada vez más caótica de una crisis de refugiados que es realmente planetaria en su alcance; y por el otro, el desarrollo del terrorismo.

17. Lo que inició la crisis de refugiados en Europa fue la apertura de las fronteras de Alemania (y Austria) a los que huían por la "ruta balcánica" en el verano de 2015. Los motivos de esa decisión de la canciller Merkel eran dobles. En primer lugar, la situación económica y demográfica de Alemania (una industria próspera que se confrontaba a una escasez de fuerza de trabajo calificado y "motivado"). En segundo lugar, el peligro de colapso del orden público en el sudeste de Europa a través de la concentración de cientos de miles de refugiados en países incapaces de gestionarlos.

La burguesía alemana, sin embargo, había calculado mal las consecuencias de su decisión unilateral sobre el resto del mundo, en particular sobre Europa. En Oriente Medio y en África, millones de refugiados y otras víctimas de la miseria capitalista comenzaron a hacer planes para ir a Europa, en particular a Alemania. En Europa, las normas de la UE como "Schengen" o el "Pacto de Dublín para los refugiados" han hecho del problema de Alemania el problema de Europa en su conjunto. De modo que uno de los primeros resultados de esa situación fue una crisis de la Unión Europea, tal vez la más grave de su historia hasta la fecha.

La llegada de muchos refugiados a Europa fue recibida inicialmente con una espontánea ola de simpatía en amplios sectores de la población –un impulso que todavía es fuerte en países como Italia o Alemania. Pero este impulso quedó pronto ahogado por una reacción xenófoba en Europa jaleada no sólo por los populistas, sino también por las fuerzas de seguridad y los defensores profesionales de la ley y el orden burgueses, alarmados por la afluencia repentina e incontrolada de personas a menudo no identificadas. El temor de una afluencia de agentes terroristas fue de la mano con el miedo a la llegada de tantos musulmanes que reforzaría el desarrollo de sub-comunidades de inmigrantes en Europa que no se identifican con el Estado-nación del país en que viven. Esos miedos se acrecentaron con el aumento de los ataques terroristas en Francia, Bélgica y Alemania. En la misma Alemania, hubo un fuerte aumento de ataques terroristas de extrema derecha contra los refugiados. En partes de la antigua RDA se desarrolló una auténtica atmósfera de pogromo. En Europa occidental en su conjunto, después de la crisis económica, la "crisis de los refugiados" se convirtió en el segundo factor más importante (aumentado por el terrorismo fundamentalista) para avivar las llamas del populismo de derechas.

Así como la crisis económica después de 2008 abrió divisiones serias en la burguesía acerca de la mejor manera de administrar la economía mundial, el verano de 2015 marcó el principio del fin de su consenso sobre la inmigración. La base de esa política había sido hasta ahora el principio de unas fronteras semipermeables. El muro contra México que Donald Trump quiere construir, que en realidad ya existe, es igual al que existe alrededor de Europa (también en forma de lanchas patrulleras militares o cárceles de aeropuerto). Pero el propósito de los muros actuales es enlentecer y regular la inmigración, no prevenirla. Haciendo que los inmigrantes entren ilegalmente, los criminaliza y así les obliga a trabajar por una miseria en condiciones abominables sin ningún derecho a beneficios sociales. Por otra parte, al obligar a personas a arriesgar sus vidas para entrar, el régimen de frontera se convierte en una especie de mecanismo de selección bárbara, donde sólo lo consigue el más atrevido, decidido y dinámico.

El verano de 2015 marcó una puesta en cuestión del sistema actual de inmigración. El desequilibrio entre el número creciente que busca acceso por un lado y la demanda menguante de asalariados en el país en el que entran por el otro (Alemania es una excepción) se ha hecho insostenible. Y como de costumbre, los populistas tienen una solución fácil a mano: la frontera semipermeable debe ser impermeable, sin importar los niveles de violencia que se requieran. Aquí otra vez, lo que proponen parece muy plausible desde el punto de vista burgués. Esto representa ni más ni menos que la aplicación de la lógica de "comunidades cerradas" a escala de países enteros.

Aquí otra vez, los efectos de esta situación para la conciencia de la clase obrera son, por el momento, muy negativos. El desmoronamiento del bloque del Este se presentó como prueba del triunfo final del capitalismo democrático occidental. Ante esto, hubo la esperanza, desde el punto de vista del proletariado, que el desarrollo de la crisis de la sociedad capitalista en todos los niveles podría servir para socavar la imagen del capitalismo como el mejor sistema posible. Pero hoy, y a pesar del desarrollo de la crisis, el hecho de que millones de personas (no sólo los refugiados) estén dispuestos a arriesgar sus vidas para tener acceso a los viejos centros capitalistas que son Europa y Norteamérica, sólo puede reforzar la impresión de que esas zonas (al menos en comparación) son, si no un paraíso, al menos islas de relativa prosperidad y estabilidad.

A diferencia de la Gran Depresión de la década de 1930, cuando la quiebra de la economía mundial se centró en Estados Unidos y Alemania, hoy, gracias a una gestión global capitalista de Estado, los países capitalistas centrales parecen que serán los últimos en hundirse. En este contexto, una situación que se asemeja a la de una fortaleza sitiada se ha alzado en particular, pero no solamente, en Europa y Estados Unidos. El peligro es real de que la clase obrera en esas zonas, aunque no esté activamente movilizada tras la ideología de la clase dominante, busque la protección de sus "propios" explotadores ("identificación con el agresor", para usar un término psicológico) contra lo que se percibe como un peligro común que viene de fuera.

18. El “contragolpe” de los ataques terroristas resultantes de las guerras en Oriente Medio comenzó mucho antes de la crisis actual de refugiados. Los ataques de Al Qaida contra las torres gemelas en 2001, seguido de más atrocidades en los transportes de Madrid y Londres, ya mostraron que los Estados capitalistas principales cosecharían lo que habían sembrado en Afganistán e Irak. Pero la serie más reciente de asesinatos atribuidos al Estado Islámico en Alemania, Francia, Bélgica, Turquía, Estados Unidos y en otros lugares, a pesar de tener un carácter aparentemente más aficionado e incluso fortuito, en los cuales se hace cada vez más difícil distinguir a un “soldado” terrorista entrenado de un individuo aislado y perturbado, y como sucede al mismo tiempo que la crisis de los refugiados, se han intensificado aún más los sentimientos de sospecha y paranoia entre las poblaciones, llevándolas a mirar hacia el Estado para la protección ante un magmático e impredecible "enemigo interior". Al mismo tiempo, la ideología nihilista del Estado Islámico y sus secuaces ofrece un breve momento de gloria para jóvenes inmigrantes rebeldes al no ver ningún futuro para ellos mismos en los semi-guetos de las grandes ciudades occidentales. El terrorismo, que en la fase de descomposición se ha ido convirtiendo cada día más en un medio de la guerra entre Estados y proto-Estados, hace también que la expresión del internacionalismo sea mucho más difícil.

19. El aumento significativo de la corriente populista ha sido pues alimentado por todos estos factores –la crisis económica de 2008, el impacto de la guerra, el terrorismo y la crisis de los refugiados –y aparece como una expresión concentrada de la descomposición del sistema, de la incapacidad de las dos clases principales de la sociedad para ofrecer a la humanidad una perspectiva de futuro. Desde el punto de vista de la clase dominante, significa el agotamiento del consenso "neoliberal" que ha permitido al capitalismo mantener e incluso extender la acumulación desde el inicio de la crisis económica abierta en los años 70 y en particular el agotamiento de las políticas keynesianas predominantes durante el boom de la posguerra. A raíz de la quiebra de 2008, que amplió la ya enorme brecha de riqueza entre el puñado de los muy ricos y la gran mayoría, la desregulación y la globalización, la "libre circulación" del capital y el trabajo en un marco trazado por los Estados más poderosos del mundo, todo eso ha sido cuestionado por una sector creciente de la burguesía, cuyo ejemplo típico es la derecha populista, aunque al mismo tiempo integre el neoliberalismo y el neokeynesianismo en el mismo discurso de campaña electoral. La esencia de la política populista es la formalización política, administrativa y judicial de la desigualdad de la sociedad burguesa. Lo que la crisis de 2008 en particular ayudó a aclarar, es que la igualdad formal es la base real de una desigualdad social cada vez más evidente. En una situación en la que el proletariado es incapaz de proponer su solución revolucionaria –el establecimiento de una sociedad sin clases– la reacción populista es querer sustituir la pseudo-igualdad hipócrita existente por un sistema descarado y "honesto" de discriminación legal. Ese es el meollo de la "revolución conservadora" propugnado por el asesor principal del presidente Trump, Steve Bannon.

Una primera indicación de lo que se entiende por lemas tales como "América primero" está dado por el programa electoral de "Francia ante todo" del Frente Nacional. Propone privilegiar a los ciudadanos franceses, en empleos, impuestos y ventajas sociales, en relación con personas de otros países de la Unión Europea, que a su vez tendrían prioridad sobre otros extranjeros. Hay un debate parecido en Gran Bretaña sobre si sí o no, después del Brexit, a los ciudadanos de la UE debería dárseles un estatuto intermedio entre nativos y otros extranjeros. En el Reino Unido, el principal argumento dado a favor del Brexit no eran las objeciones a las políticas comerciales de la UE o a un arrebato proteccionista británico contra la Europa continental, sino la voluntad política para "recuperar la soberanía nacional" respecto a la inmigración y el mercado de trabajo nacional. La lógica de tal argumentación es que, en ausencia de una perspectiva a más largo plazo de crecimiento para la economía nacional, las condiciones de vida de los nativos podrían estabilizarse más o menos discriminando a todos los demás.

20. En vez de ser un antídoto contra el reflujo largo y profundo de la conciencia de clase, la identidad de clase y la combatividad tras 1989, la pretendida crisis financiera y la del euro tuvieron el efecto contrario. En particular, los efectos perniciosos de la pérdida de solidaridad en las filas del proletariado se incrementaron significativamente. Vemos, en especial, el aumento del fenómeno del chivo expiatorio, esa manera de pensar con la que buscar a personas, sobre las que se proyectan todos los males del mundo, acusándolas de lo que va mal en la sociedad. Tales ideas abren la puerta al pogromo. Hoy el populismo es lo más llamativo, pero dista mucho de ser la única manifestación del problema, que tiende a impregnar todas las relaciones sociales. En el trabajo y en la vida diaria de la clase obrera, su incremento debilita la cooperación, reforzando la atomización y el desarrollo de la mutua desconfianza, la persecución personal, el acoso (el llamado mobbing)

El movimiento obrero marxista ha defendido durante mucho tiempo las ideas teóricas que ayudan a contrarrestar esa tendencia. Las dos ideas más esenciales han sido: a) que la explotación capitalista se ha convertido en algo no personal, ya que funciona según las "leyes" del mercado (ley del valor). Los capitalistas incluidos están obligados a obedecer a esas leyes; b) a pesar de esa naturaleza de máquina, el capitalismo es una relación social entre las clases, ya que tal "sistema" está basado y mantenido por un acto de voluntad del Estado burgués (la creación y fortalecimiento de la propiedad privada capitalista). La lucha de clases, por lo tanto, no es personal sino política. En el lugar combatir a personas, se dirige contra el sistema –y la clase que lo encarna- para transformar las relaciones sociales. Estas ideas nunca inmunizaron, incluso en las capas más conscientes del proletariado, contra la búsqueda de chivos expiatorios. Pero lo han hecho más resistente. Esto explica en parte por qué, aun en medio de la contrarrevolución, e incluso en Alemania, el proletariado resistió contra el recrudecimiento del antisemitismo mejor y por más tiempo que otros sectores de la sociedad. Esas tradiciones proletarias continuaron teniendo efectos positivos, aun cuando los trabajadores dejaron de identificarse de manera consciente con el socialismo. La clase obrera sigue siendo la única barrera a la propagación de ese tipo de veneno, aún si ciertas partes de la clase están seriamente afectadas por él.

21. Todo esto ha llevado a un cambio en el dispositivo político de la sociedad burguesa como un todo; un dispositivo que, por el momento, no es nada favorable al proletariado. En países como Estados Unidos o Polonia, donde los populistas están ahora en el gobierno, las protestas a gran escala en las calles han sido sobre todo en defensa de la democracia capitalista vigente y sus reglas "liberales". Otro tema movilizador de las masas es la lucha contra la corrupción en Brasil, Corea del Sur, Rumania o Rusia. El movimiento Cinco Estrellas en Italia está sobre todo estimulado por el mismo tema. La corrupción, endémica en el capitalismo, ha alcanzado proporciones epidémicas en su fase terminal. En la medida en que esto dificulta la productividad y la competitividad, quienes luchan contra ella están entre los mejores defensores de los intereses del capital nacional. Las masas con banderas nacionales en esas manifestaciones no son, por lo tanto, nada casuales. También significa renovación del interés por el proceso electoral burgués. Algunas partes de la clase trabajadora caen presas del voto por los populistas, a causa del retroceso de la solidaridad, o como una especie de protesta contra la clase política establecida. Una de las barreras para el desarrollo de la causa por la emancipación hoy es la impresión que tienen esos trabajadores de que pueden zarandear y presionar a la clase dominante más por medio de un voto populista que mediante la lucha proletaria. El peligro tal vez más grande, sin embargo, es que los sectores más modernos y globalizados de la clase, en el corazón del proceso de producción, puedan, más allá de la indignación contra la innoble exclusión populista, más allá de una comprensión más o menos clara de que esa corriente política pone en peligro la estabilidad del orden existente, acaben cayendo en la trampa de defender el régimen capitalista democrático reinante.

22. El ascenso del populismo y del anti-populismo, tiene ciertas similitudes con la década de 1930, cuando la clase obrera quedó atrapada en el círculo vicioso del fascismo y antifascismo. Pero a pesar de las similitudes, la situación histórica actual no es la misma que la de la década de 1930. En aquel momento, los proletariados en la Unión Soviética y Alemania habían sufrido un revés no solo político, sino también una derrota física. En contraposición a esto, la situación actual no es la de una contrarrevolución. Por esta razón, es remota la probabilidad de que la clase dirigente intente imponer una derrota física al proletariado; tal cosa no está al orden del día. Hay otra diferencia con 1930: la adhesión ideológica al populismo o al antipopulismo no es del todo definitiva. Muchos obreros que hoy votan por candidatos populistas pueden, del día a la mañana, encontrarse luchando junto a sus hermanos de clase, y lo mismo para los trabajadores que hoy están atrapados en las manifestaciones anti-populistas. La clase obrera, sobre todo en los antiguos centros del capitalismo, no está dispuesta a sacrificar su vida por los intereses de la nación, a pesar de la creciente influencia del nacionalismo en ciertos sectores de la clase; tampoco ha perdido la posibilidad de luchar por sus propios intereses, y este potencial sigue brotando a la superficie, aunque sea de forma mucho más dispersa y efímera que en el periodo de 1968 a 1989 y el de 2006 y 2013. Al mismo tiempo, un proceso de reflexión y maduración entre una minoría de proletarios se mantiene a pesar de las dificultades y reveses, y esto a su vez refleja un proceso más subterráneo que se está produciendo en capas más amplias del proletariado.

En estas condiciones, el intento de aterrorizar a la clase sería políticamente peligroso y contraproducente. Ello socavaría profundamente las ilusiones que puedan albergar los trabajadores sobre el capitalismo democrático, que es una de las ventajas ideológicas más importantes de los explotadores.

Por todas estas razones, es mucho más interesante para la clase capitalista utilizar contra la clase obrera los efectos negativos de la descomposición y el callejón sin salida del capitalismo.

1917, 2017 y la perspectiva del comunismo

24. Una de las principales líneas de ataque de la burguesía "liberal" contra la Revolución de octubre de 1917 ha sido y seguirá siendo, el supuesto contraste entre las esperanzas democráticas del levantamiento de febrero y el “golpe de Estado” de octubre por los bolcheviques, que habría sumido a Rusia en el desastre y la tiranía. Pero la clave para entender la Revolución de octubre es que se basó en la necesidad de romper el frente de guerra imperialista, mantenido por todas las facciones de la burguesía, especialmente su ala "democrática", y así convertirse en el primer jalón de la revolución mundial. Fue la primera respuesta clara del proletariado mundial a la entrada del capitalismo en su época de decadencia, y fue por eso sobre todo por lo que octubre de 1917, lejos de ser una ruina de una edad perdida, es una señal del futuro de la humanidad.

Hoy, tras todos los contragolpes recibidos por parte del mundo burgués, la clase obrera puede parecer estar muy lejos de reconquistar su proyecto revolucionario. Y, sin embargo, "en cierto sentido, la cuestión del comunismo está en el centro mismo de la difícil situación de la humanidad de hoy. Domina la situación mundial en la forma del vacío que ha creado por su ausencia". (Informe sobre la Situación Mundial). Las múltiples barbaridades de los siglos XX y XXI, desde Hiroshima y Auschwitz hasta Fukushima y Alepo, son el pesado precio que la humanidad ha pagado por el fracaso de la revolución comunista durante todas esas décadas pasadas; y si, a esta hora tardía de la decadencia de la civilización burguesa, las esperanzas de transformación revolucionaria quedan definitivamente frustradas, las consecuencias para la supervivencia de la sociedad humana serían aún más graves. Y sin embargo estamos convencidos de que estas esperanzas siguen vivas, todavía están fundadas en posibilidades reales.

Por un lado, se basan en la posibilidad y la necesidad objetivas del comunismo, debido al choque cada vez más violento entre las fuerzas de producción y las relaciones de producción. Tal choque se ha agudizado precisamente porque el capitalismo en decadencia, en descomposición, a diferencia de las sociedades de clase anteriores que tuvieron que soportar épocas enteras de estancamiento, no ha dejado de expandirse a nivel mundial y penetrar por todos los poros de la vida social. Esto se puede ver en varios niveles:

- En la contradicción entre el potencial contenido en la tecnología moderna y su uso real bajo el capitalismo: el desarrollo de la tecnología de la información y de la inteligencia artificial, que podría utilizarse para contribuir a liberar a la humanidad del trabajo pesado y acortar considerablemente la jornada laboral, ha llevado a la disminución del empleo, por un lado, y a la prolongación de la jornada laboral por otro.

- En la contradicción entre el carácter asociado a escala mundial de la producción capitalista, y su apropiación privada, que por un lado pone de relieve la participación de millones de proletarios en la producción de riqueza social y su apropiación por una minoría minúscula, cuya arrogancia y derroche se convierten en una afrenta a las condiciones de vida miserables o al empobrecimiento absoluto que enfrenta la vasta mayoría. El carácter objetivamente global de la asociación del trabajo ha aumentado de manera espectacular en las últimas décadas, en particular con la industrialización de China y otros países asiáticos. Estos nuevos batallones proletarios, que a menudo han demostrado ser muy combativos, constituyen potencialmente una nueva fuente de fuerza para la lucha de clases mundial, aun cuando el proletariado de Europa occidental conserva la clave de la maduración política de la clase trabajadora hacia una confrontación revolucionaria con el capital.

- En la contradicción entre el valor de uso y el valor de cambio, que se expresa sobre todo en la crisis de sobreproducción y en todos los medios que el capitalismo utiliza para superarla, en particular el recurso masivo a la deuda. La sobreproducción, ese absurdo intrínseco al capitalismo, evidencia simultáneamente la posibilidad de abundancia y la imposibilidad de lograrla bajo el capitalismo. Una vez más, un ejemplo de desarrollo tecnológico pone de manifiesto tal absurdo: Internet ha permitido distribuir gratuitamente todo tipo de mercancías (música, libros, películas, etc.) y, sin embargo, el capitalismo, debido a la necesidad de mantener la ganancia, tiene que crear una enorme burocracia para asegurarse de que cualquier distribución gratuita de este tipo se vea restringida u opere principalmente como un foro publicitario de productos. Además, la crisis de sobreproducción se concreta en continuos ataques a las condiciones de vida de la clase obrera y en el empobrecimiento de masas enteras de la humanidad.

- En la contradicción entre la extensión global del capital y la imposibilidad de ir más allá del Estado-nación. La fase particular de la globalización que se inició en los años 1980 nos ha acercado cada vez más al punto predicho por Marx en los Grundrisse: "la universalidad hacia la que [el capital] tiende sin cesar, encuentra trabas en su propia naturaleza, las que, en cierta etapa del desarrollo del capital, harán que se le reconozca a él como la barrera mayor para esa tendencia, y, por consiguiente, propenderán a la abolición del capital por medio de sí mismo"[2]. Esta contradicción, por supuesto, ya podía ser percibida por los revolucionarios en la época de la Primera Guerra Mundial, ya que la guerra misma fue la primera expresión clara de que por un lado el Estado-nación seguía perviviendo y, por otro, el capital no podía realmente superarlo. Y hoy sabemos que la desaparición -la caída, en realidad- del capital no tendrá una forma puramente económica: cuanto más cerca esté del atasco económico, mayor será su impulso hacia la "supervivencia” a expensas de los demás y con medios militares. La beligerancia abiertamente nacionalista de los Trump, Putin y demás, significa que la globalización capitalista, lejos de unificar a la humanidad, nos empuja cada vez más a la autodestrucción, incluso si este descenso al abismo ya no toma necesariamente la forma de una guerra mundial.

- En la contradicción entre producción capitalista y naturaleza, considerada como un “regalo” desde los orígenes del capitalismo (Adam Smith), una contradicción que, en la fase de descomposición, ha alcanzado niveles sin precedentes. Esto aparece de lo más evidente tanto en el vandalismo descarado de quienes niegan el cambio climático y dirigen Estados Unidos, como en el ascenso de su archienemigo, China, donde la búsqueda frenética del crecimiento a toda costa ha hecho surgir ciudades donde el aire es irrespirable, además del peligro de la aceleración del calentamiento global y -en una extraña combinación de antiguas supersticiones y capitalismo moderno y gansteril- de la destrucción de especies enteras en África y otros lugares, apreciadas por las propiedades curativas mágicas de sus cuernos o su piel. El capitalismo no puede existir sin esa obsesión del crecimiento, pero es incompatible con la salud del ambiente natural en el que la humanidad vive y respira. Así, la perpetuación misma del capitalismo amenaza la existencia de la especie humana no sólo por la vía militar, sino también por sus relaciones con la naturaleza.

La agudización insoportable de las contradicciones citadas anteriormente apunta a una única solución: la producción mundial asociada para el uso, no para la ganancia, una asociación no sólo entre los seres humanos, sino también entre los seres humanos y la naturaleza. Tal vez la expresión principal del potencial para esta transformación es que, dentro de los sectores centrales y más modernos del proletariado mundial, la generación joven, cada vez más consciente de la gravedad de la situación histórica, ya no comparte la desesperanza del no futuro de las décadas anteriores. Esta confianza se basa en la conciencia de la propia productividad asociada: sobre el potencial representado por el progreso científico y tecnológico, sobre la "acumulación" del conocimiento y de los medios de acceso a él, y sobre el crecimiento de una comprensión más profunda y crítica de la interacción entre la humanidad y el resto de la naturaleza. Al mismo tiempo, esta parte del proletariado, como vimos en los movimientos de 2011, que en su apogeo plantearon el slogan de la "revolución mundial", es mucho más consciente del carácter internacional de la asociación del trabajo hoy en día, y por lo tanto más capaces de captar las posibilidades de la unificación internacional de las luchas.

El capital impedirá a toda costa esa única solución que es la unificación global del proletariado, incluso cuando debe adoptar medios que muestren los límites inherentes de la producción para el intercambio. El desarrollo del capitalismo de Estado en la época decadente es, en cierto sentido, una especie de búsqueda desesperada de una forma de tratar de mantener una sociedad unida por medios totalitarios, un intento de la clase dominante de ejercer su control sobre la vida económica en un período en el que el despliegue de las “leyes naturales” del sistema empujan hacia su propio desmoronamiento.

24. El capitalismo no puede evitar la necesidad del comunismo, pero también sabemos que este nuevo modo de producción no puede surgir automáticamente, sino que requiere la intervención consciente de la clase revolucionaria, el proletariado. A pesar de las dificultades extremas que enfrenta hoy la clase obrera, su aparente incapacidad para renovar su "propiedad" del proyecto comunista, ya hemos subrayado nuestras razones para insistir en que esa renovación, esa reconstitución del proletariado como clase para el comunismo, todavía es posible hoy. Porque, así como no se puede evitar la necesidad objetiva del comunismo, tampoco se puede suprimir por completo el anhelo subjetivo por una nueva sociedad, o la búsqueda para entender cómo lograrlo por parte del proletariado que es la clase de la asociación.

El recuerdo de lo que realmente fue el Octubre rojo, el recuerdo de lo que fueron la Revolución alemana y la oleada revolucionaria mundial originadas por Octubre no pueden desaparecer por completo. Esos recuerdos han sido, por así decirlo, aplastados, pero todos los recuerdos reprimidos están destinados a reaparecer cuando las condiciones estén maduras. Y siempre hay, dentro de la clase obrera, una minoría que ha mantenido y elaborado la historia real y sus lecciones a un nivel consciente, lista para fertilizar la reflexión de la clase cuando ésta redescubra la necesidad de dar sentido a su propia historia.

La clase no puede alcanzar ese nivel de búsqueda a una escala masiva sin pasar por la dura escuela de las luchas prácticas. Estas luchas en respuesta a los crecientes ataques del capital son la base granítica para el desarrollo de la confianza en sí y la solidaridad sin límites generadas por la realidad del trabajo asociado.

El estancamiento alcanzado en las batallas económicas puramente defensivas del proletariado desde 1968, también requiere, por un lado, una lucha teórica, una búsqueda para comprender su pasado "profundo" y su posible futuro, una búsqueda que sólo puede llevar a la necesidad del movimiento de clase para pasar de lo local y nacional a lo universal, de lo económico a lo político, de lo defensivo a lo ofensivo. Mientras que la lucha inmediata de la clase es más o menos un hecho de la vida en el capitalismo, no hay garantía de que ese siguiente paso vital sea dado. Pero sí se expresa, por muy limitada y confusa que sea la forma, en las luchas de la generación actual de proletarios, sobre todo en movimientos como el de los Indignados en España, que de hecho fue una expresión genuina de indignación contra todo el sistema -un sistema "obsoleto" como los manifestantes proclamaban en sus banderolas-, un deseo de entender cómo funciona este sistema, y cómo sustituirlo; y, al mismo tiempo, descubrir los medios organizativos que pueden utilizarse para romper las instituciones del orden existente. Y he aquí que esos medios no son esencialmente nuevos: la generalización de las asambleas masivas, la elección de los delegados mandatados ha sido un eco muy claro de los tiempos de los soviets en 1917. Fue una clara demostración del trabajo del “viejo topo” en los subterráneos de la vida social.

Eso ya dio un primer indicio de un potencial para que se desarrolle lo que puede llamarse dimensión política y moral de la lucha proletaria: el surgimiento de un rechazo profundo, por amplios sectores de la clase, al modo de vida y al comportamiento existentes. La evolución de estos momentos es un factor importante en la preparación y maduración de luchas masivas en un terreno de clase y de la perspectiva revolucionaria.

Al mismo tiempo, el fracaso del movimiento de los Indignados para restaurar una verdadera identidad de clase subraya la necesidad de vincular esa incipiente politización en las calles y plazas, a la lucha económica, al movimiento en los lugares de trabajo donde la clase obrera todavía tiene su existencia más característica. El futuro revolucionario no radica en una "negación" de la lucha económica como proclaman los modernistas, sino en una verdadera síntesis de las dimensiones económicas y políticas del movimiento de clase, tal como se observa y se defiende en el concepto de La huelga de masas de Rosa Luxemburg0.

25. Al desarrollar esa capacidad para ver el vínculo entre las dimensiones económicas y políticas de las luchas, las organizaciones políticas comunistas tienen un papel indispensable que desempeñar, y por eso la burguesía hará todo lo posible por desprestigiar el papel del Partido Bolchevique en 1917, presentándolo como una conspiración de fanáticos e intelectuales solo interesados por echar mano del poder. La tarea de la minoría comunista no es provocar luchas, ni organizarlas de antemano, sino intervenir en ellas para esclarecer los métodos y objetivos del movimiento.

La defensa de Octubre rojo exige también, evidentemente, la demostración de que el estalinismo no representa ni mucho menos la menor continuidad con aquél, sino que fue, al contrario, la contrarrevolución burguesa contra lo que Octubre significó. Esta tarea es aún más necesaria hoy en vista del peso de la idea de que el derrumbe del estalinismo probaría que la realización económica del comunismo es imposible. Los efectos negativos de ese peso sobre las minorías políticas en búsqueda –ese medio inestable entre la izquierda comunista y la izquierda del capital- son considerables. Mientras que antes de 1989 las ideas confusas, pero claramente anticapitalistas, las variantes consejista o autonomista, por ejemplo, tenían una influencia relativa en tales círculos, hubo después un avance importante de concepciones basadas en la formación de redes de intercambio mutuo a nivel local, en la preservación y extensión de áreas de economías de subsistencia en las “comunas” todavía existentes. El avance de tales ideas indica que incluso los sectores más politizados del proletariado son incapaces de imaginarse una sociedad más allá del capitalismo. En tales circunstancias, uno de los factores necesarios para preparar la emergencia de una futura generación de revolucionarios es que las minorías revolucionarias existentes en la actualidad expongan de la manera más profunda y convincente posible (sin caer en el utopismo) por qué, hoy, el comunismo no solo es una necesidad sino una posibilidad muy objetiva y realizable.

Dada la naturaleza reducida y dispersa de la izquierda comunista de hoy, y de las enormes dificultades con que tropieza un medio más amplio de elementos en busca de claridad política, es evidente que hay que recorrer una gran distancia entre el pequeño movimiento revolucionario de hoy y la posible capacidad futura para actuar como auténtica vanguardia en masivos movimientos de clase. Los revolucionarios y las minorías politizadas no son productos puramente pasivos de la situación, ya que sus propias confusiones sirven para agravar aún más su desunión y desorientación. Pero, fundamentalmente, la debilidad de la minoría revolucionaria es una expresión de la debilidad de la clase como un todo, y ninguna receta organizativa o consignas activistas serán capaces de superarlo.

El tiempo ya no está a favor de la clase obrera, y ésta no podrá ir más deprisa que su propia sombra. Se ve obligada hoy a recuperar gran parte de lo que ha perdido no sólo desde 1917, sino también desde las luchas de 1968 a 1989. Para los revolucionarios esto exige un trabajo paciente y a largo plazo para analizar el movimiento real de la clase y las perspectivas reveladas por la crisis del modo de producción capitalista; y sobre la base de ese esfuerzo teórico, responder a lo que planteen quienes se acercan a posiciones comunistas. Lo más importante de esa labor es que debe ser vista como parte de la preparación política y organizativa del futuro partido, cuando las condiciones objetivas y subjetivas vuelvan a plantear el problema de la revolución. En otras palabras, las tareas de la organización revolucionaria hoy son similares a las de una fracción comunista, como las realizadas con tanta lucidez por la Fracción Italiana de la Izquierda Comunista en los años 1930.


[1] Lo que se llamó desde entonces el sindicalismo de base.

[2]Marx, Elementos fundamentales para la crítica de la economía política (Grundisse) “Cuaderno IV”, Siglo XXI editores, volumen 1, p.362

 

 

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