Brexit, Trump: contratiempos para la burguesía que en nada son un buen presagio para el proletariado

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Hace más de treinta años, en las “Tesis sobre la descomposición”[1], decíamos nosotros que la burguesía tendría cada vez más dificultades para controlar las tendencias centrífugas de su aparato político. El referéndum sobre el “Brexit” en Gran Bretaña y la candidatura de Donald Trump a la presidencia de Estados Unidos son una ilustración de esas dificultades. En los dos casos, los aventureros políticos sin escrúpulos de la clase dominante se sirven de la “revuelta” populista de quienes han sufrido los desastres económicos de los últimos treinta años, para su propia auto-glorificación.

La CCI se ha dado cuenta tardíamente del avance del populismo y de sus consecuencias. Por eso publicamos ahora un texto general sobre el populismo[2], cuestión que está actualmente en discusión en el seno de la organización. El artículo que sigue trata de aplicar las principales ideas de ese texto de discusión a las situaciones específicas de Gran Bretaña y Estados Unidos. En una situación mundial en plena evolución, no tenemos la menor pretensión de ser exhaustivos, pero esperamos aportar materia para la reflexión y discusiones posteriores.

El referéndum que acabó siendo incontrolable

La pérdida de control por la clase dominante no ha sido nunca más evidente que en el espectáculo de desorden caótico que nos ha ofrecido el referéndum sobre la Unión Europea en Gran Bretaña y sus consecuencias. Nunca antes, la clase capitalista británica había perdido hasta tal punto el control del proceso democrático, nunca antes sus intereses vitales han estado tan a la merced de aventureros como Boris Johnson[3] o Nigel Farage[4].

La falta general de preparación para las consecuencias de un eventual Brexit (abandono de la UE) es una indicación de la confusión en la clase dominante británica. Sólo algunas horas después del anuncio del resultado, los principales portavoces del Leave (salida de la UE) debían explicar a sus seguidores que los 350 millones de libras esterlinas que habían prometido asignar al NHS[5] si ganaba el Brexit –una cifra estampada en todos los autobuses de su campaña- no era, en realidad, sino una especie de errata por descuido. Algunos días más tarde, Farage dimitió de su puesto de dirigente de UKIP, dejando todo el lío del Brexit en manos de otros Leavers (“Salientes”). Guto Harri, antiguo jefe de comunicación de Boris Johnson, declaró que de hecho, “el corazón (de Johnson) no ha estado nunca en ello” (en la campaña por el Brexit), y hay una fuerte creencia de que el apoyo de Johnson al Brexit no ha sido más que una maniobra oportunista e interesada con el fin de reforzar su tentativa de apoderarse de la dirección del Partido Conservador contra David Cameron; Michael Gove[6], que ha gestionado la campaña de Johnson durante el referéndum y debía gestionar después su campaña para el puesto de Primer Ministro (además de que él mismo había hecho conocer muchas veces su propia falta de interés por ese puesto), apuñaló a Johnson por la espalda, sólo dos horas antes del vencimiento para la presentación de las candidaturas, presentándose él mismo con el pretexto de que su amigo de siempre, Johnson, no tenía las capacidades para ocupar el cargo; Andrea Leadsom[7] se lanzó en la carrera por la dirección del Partido Conservador en tanto que Leaver convencida –aunque ella había declarado tres años antes que una salida de la Unión Europea sería “un desastre” para Gran Bretaña. Mentira, hipocresía, traición: seguramente nada de todo esto es nuevo en el aparato político de la clase dominante. Pero lo que llama la atención, en el seno de la clase dominante más experimentada del mundo, es la pérdida de todo sentido de Estado, del interés nacional histórico que prima sobre la ambición personal o las pequeñas rivalidades de bandas. Para encontrar un episodio comparable en la vida de la clase dominante inglesa, habría que remontarse a la Guerra de las Dos Rosas[8] (como la describió Shakespeare en su Enrique VI), el último aliento de un orden feudal decadente.

La falta de preparación por parte de la patronal financiera e industrial ante las consecuencias de una victoria del Leave es todavía más sorprendente, sobre todo habida cuenta de la cantidad de indicaciones de que el resultado sería “la cosa más incierta que jamás se habría visto en la vida” (si se permite citar al duque de Wellington después de la batalla de Waterloo)[9]. El hundimiento del 20%, después del 30%, de la libra esterlina en relación con el dólar muestra que el resultado del Brexit no era el esperado, pues no había afectado la cotización de la libra antes del referéndum. Nos han servido el espectáculo poco edificante de una estampida de una parte de bancos y empresas buscando instalarse, o literalmente mudarse, a Dublín o París. La decisión rápida de George Osborne[10] de reducir los impuestos a las empresas al 15% es claramente una medida de urgencia para retener las empresas en Gran Bretaña, cuya economía es una de las más dependientes del mundo de las inversiones extranjeras.

El imperio contraataca

A pesar de todo lo dicho, la clase dominante británica no está sonada. El cambio inmediato de Cameron, que no estaba previsto antes de septiembre, del puesto de Primer Ministro por Theresa May –una política sólida y competente que había hecho campaña discretamente por el Remain (“Quedarse”)- y la demolición por la prensa y por los diputados conservadores de sus rivales, Gove y Leadsom, demuestra una capacidad real de responder rápidamente y de manera coherente por parte de las fracciones estatales dominantes de la burguesía.

Fundamentalmente, esta situación está determinada por la evolución del capitalismo mundial y por la relación de fuerzas entre las clases. Es el producto de una dinámica más general hacia la desestabilización de las políticas burguesas coherentes en la fase actual del capitalismo decadente. Las fuerzas motrices detrás de esta tendencia hacia el populismo no son el objeto de este artículo: se analizan en la “Contribución sobre la cuestión del populismo” mencionada más arriba. Pero estos fenómenos generales toman una forma concreta bajo la influencia de la historia y de unas características nacionales específicas. De hecho, el Partido Conservador siempre ha tenido un ala euroescéptica que nunca aceptó verdaderamente la pertenencia de Gran Bretaña a la Unión Europea y cuyos orígenes pueden ser definidos así:

1.                  La posición geográfica de Gran Bretaña (y de Inglaterra antes) frente a las costas europeas ha hecho que haya podido mantenerse siempre a distancia de las rivalidades europeas de una forma que no era posible para los estados continentales; su tamaño relativamente pequeño, su insuficiencia como potencia militar terrestre, fueron la causa de que jamás pudiera esperar dominar Europa, como lo hizo Francia hasta principios del siglo XIX o Alemania después de 1870, de modo que solo pudo defender sus intereses vitales jugando con los enfrentamientos de unas potencias contra otras, evitando todo compromiso con ninguna de ellas.

2.                  La situación geográfica de la isla y su estatus de primera nación industrial del mundo determinaron el desarrollo de Gran Bretaña como imperialismo mundial marítimo. Al menos desde el siglo XVIII, las clases dominantes británicas desarrollaron una visión mundial que, una vez más, les permitió mantener cierta distancia hacia la política puramente europea.

Esta situación cambia radicalmente después de la Segunda Guerra Mundial, en primer lugar, porque Gran Bretaña no podía seguir manteniendo su estatus de potencia mundial dominante, y, además, porque la tecnología militar (fuerzas aéreas, misiles de largo alcance, armas nucleares) hizo que el aislamiento respecto a la política europea no fuese posible. Uno de los primeros en reconocer ese cambio de la situación fue Winston Churchill que, en 1946, llamó a la formación de los “Estados Unidos de Europa”, pero su posición jamás fue realmente aceptada dentro del Partido Conservador. La oposición a permanecer en la Unión Europea[11] ha ido aumentando de forma progresiva a medida que Alemania se ha ido reforzando, sobre todo después del hundimiento de la URSS y de que la reunificación alemana de 1990 ha aumentado de forma considerable la influencia de Alemania en Europa. Durante la campaña del referéndum, Boris Johnson ha provocado un escándalo comparando la dominación alemana al proyecto hitleriano, aunque esto no era nada original. Los mismos sentimientos, prácticamente con las mismas palabras, fueron expresados en 1990 por Nicholas Ridley, entonces ministro del gobierno de Thatcher. La comparación entre ambos es un signo de la pérdida de autoridad y de disciplina dentro del aparato político de posguerra: mientras que a Ridley le obligaron a dejar inmediatamente el gobierno, a Johnson, en cambio, lo han hecho miembro del nuevo gabinete.

3.                  El antiguo estatus de primera potencia mundial de Gran Bretaña –y la pérdida de éste- ha tenido un impacto psicológico y cultural profundamente anclado en la población británica (y también en la clase obrera). La obsesión nacional frente a la Segunda Guerra Mundial –la última vez que Gran Bretaña pudo dar la impresión de actuar como potencia mundial independiente- lo ilustra a la perfección. Una parte de la burguesía británica y, todavía más, de la pequeña burguesía, parece no haberse enterado todavía de que el país actualmente no es más que una potencia de segunda categoría. Muchos de los que han hecho campaña por el Leave parecen creer que, si Gran Bretaña se libera de las “cadenas” de la UE, el mundo entero iría corriendo a comprar las mercancías y los servicios británicos, una fantasía que podría costarle muy caro a la economía del país.

Tal resentimiento y tal cólera contra el mundo exterior por el hecho de la pérdida del estatus de potencia imperial son comparables al sentimiento de una parte de la población norteamericana ante lo que ella percibe también como pérdida del estatus de Estados Unidos (un tema constante de los llamamientos de Donald Trump a “garantizar que Estados Unidos vuelva a ser grande”) y su incapacidad a imponer su dominación como EE. UU pudo hacerlo durante la guerra fría.

El referéndum: una concesión al populismo

Boris Johnson y sus payasadas populistas han sido más espectaculares, y más mediatizadas, que el personaje de David Cameron, “viejo estilo”, salido de la alta sociedad y “alguien responsable”. Pero, en realidad, Cameron es la mejor indicación de la descomposición que afecta a la clase dominante. Johnson ha podido ser el principal actor, pero fue Cameron quien hizo la puesta en escena utilizando la promesa de un referéndum en provecho de su partido, para ganar las últimas elecciones parlamentarias de 2015. Por su naturaleza, un referéndum es más difícil de controlar que una elección parlamentaria: de hecho, entraña siempre un riesgo[12]. Como un jugador patológico de casino, Cameron se mostró como un apostador compulsivo, primero con el referéndum sobre la independencia escocesa (que ganó por los pelos en 2014), después con éste sobre el Brexit. Su partido, el Partido Conservador, que siempre se presentó como el mejor defensor de la economía, de la Unión[13] y de la defensa nacional, ha terminado por poner a esos tres elementos en peligro.

Dada la dificultad en manipular los resultados, los plebiscitos sobre temas que conciernen los intereses nacionales importantes representan, en general, un riesgo inaceptable para la clase dominante. Según la concepción y la ideología clásicas de la democracia parlamentaria, incluso bajo su forma decadente de farsa, se supone que tales decisiones deben ser tomadas por los “representantes elegidos”, aconsejados (y sometidos a presión) por expertos y grupos influyentes, y nunca por la población en su conjunto. Desde el punto de vista de la burguesía, es una pura aberración pedir a millones de personas que decidan sobre cuestiones complejas, tales como el Tratado Constitucional de la UE de 2004, ya que la masa de electores no tenía ni las ganas ni los medios para leer y comprender el texto del Tratado. Nada sorprendente entonces que la clase dominante haya obtenido a menudo los “peores” resultados en los referéndums a propósito de tales tratados (en Francia y Holanda en 2005, Irlanda en el primer referéndum sobre el Tratado de Lisboa de 2008)[14].

En la burguesía británica, hay quienes parecen esperar que el gobierno de May logre lo mismo que los gobiernos francés e irlandés después de su referéndum perdido sobre los tratados constitucionales, y que pueda simplemente ignorar o eludir el resultado del referéndum. Esto nos parece improbable, al menos a corto plazo, no porque la burguesía británica sea mucho más ardientemente “demócrata” que sus colegas sino, justamente, porque ha comprendido que ignorar la expresión “democrática” de la “voluntad del pueblo” no haría sino acreditar más todavía las tesis populistas, haciéndolas más peligrosas.

Así, la estrategia de Theresa May hasta la fecha ha sido poner a mal tiempo buena cara emprendiendo el camino del Brexit atribuyendo a tres de los Leavers más conocidos la responsabilidad de ministerios que se encargarán de la compleja tarea de la desconexión de Gran Bretaña de la UE. Incluso el nombramiento del payaso Johnson como ministro de Exteriores –acogido en el exterior con una mezcla de horror, hilaridad e incredulidad- es sin duda parte de esa estrategia más amplia. Al sentar a Johnson en las ascuas del sillón de las negociaciones para salir de la UE, May se asegura de que el “gran bocazas” de los Leavers acabe desprestigiándose por las condiciones probablemente muy desfavorables, y que no pueda jugar de francotirador desde la barrera.

La percepción, en particular de parte de los que votan por los movimientos populistas en Europa o en Estados Unidos, de que todo el proceso democrático es una “estafa” porque la élite no tiene en cuenta los resultados inoportunos, es una verdadera amenaza para la eficacia de la democracia como sistema de dominación de clase. En la concepción populista de la política, “la toma de decisión directamente por el pueblo mismo” se supone que puede evitar la corrupción de los representantes elegidos por las élites políticas establecidas. Por eso en Alemania tales referéndums están excluidos por la constitución de posguerra, debido a la experiencia negativa de la República de Weimar y a su utilización por la Alemania nazi[15].

La elección fuera de control

Si el Brexit ha sido un referéndum fuera de control, la selección de Trump como candidato a las presidenciales de EE. UU de 2016 es una elección con “metedura de pata”. Al principio, nadie había tomado su candidatura en serio: el favorito era Jeb Bush, miembro de la dinastía Bush, opción preferida de los notables republicanos y, como tal, capaz de atraer apoyos financieros importantes (que es siempre una consideración crucial en las elecciones norteamericanas). Pero, contra toda previsión, Trump ha triunfado en las primeras primarias y ha ido ganando estado tras estado. Bush se apagó cual petardo mojado, los demás candidatos han sido meros outsiders y los jefes del Partido Republicano se han encontrado ante la desagradable realidad de que el único candidato capaz de batir a Trump era Ted Cruz, un hombre considerado por sus colegas del Senado como alguien en absoluto digno de confianza, solo un poco menos egoísta e interesado que el propio Trump.

La posibilidad de que Trump derrote a Clinton es, ya de por sí, una señal del grado de deterioro al que ha llegado la situación política. Y resulta que ya su candidatura ha creado una onda expansiva a través de todo el sistema de alianzas imperialistas. Desde hace 70 años, Estados Unidos ha sido el garante de la alianza de la OTAN cuya eficacia depende de la inviolabilidad del principio de defensa recíproca: un ataque contra uno es un ataque contra todos. Cuando un presidente estadounidense en potencia pone en entredicho la Alianza del Atlántico Norte así como la voluntad de Estados Unidos de cumplir sus obligaciones de aliado –como Trump lo ha hecho declarando que una respuesta americana a un ataque ruso contra los estados bálticos dependería, a su juicio, del hecho que estos últimos “hayan pagado su entrada”- eso pone la piel de gallina a todas las burguesías del este de Europa directamente enfrentadas al estado mafioso de Putin, sin hablar de los países asiáticos (Japón, Corea del Sur, Vietnam, Filipinas) que confían en que Estados Unidos los pueda defender contra el dragón chino. Casi tan alarmante es la alta posibilidad de que Trump, sencillamente, no se entere de casi nada, como indica su afirmación de que no habría tropas rusas en Ucrania (aparentemente no sabe todavía que Crimea sigue siendo oficialmente considerada por todo el mundo, salvo por los rusos, como parte de Ucrania).

Peor todavía, Trump ha saludado el hecho de que los servicios rusos hayan pirateado los sistemas informáticos del Partido Demócrata y más o menos invitó a Putin a hacer cosas peores. Es difícil decir si esto perjudicará a Trump, pero vale la pena recordar que, después de 1945, el Partido Republicano es ferozmente antirruso, es favorable a unas fuerzas armadas poderosas y a la presencia militar masiva por todo el mundo, sea cual sea el coste (fue el incremento colosal de los gastos militares bajo Reagan lo que lanzó por las nubes el déficit presupuestario).

No es la primera vez que el Partido Republicano presenta un candidato que su dirección considera como peligrosamente extremista. En 1964, Barry Goldwater ganó las primarias gracias al apoyo de la derecha religiosa y de la “coalición conservadora” –precursora del Tea Party actual. Al menos su programa era coherente: reducción drástica del campo de acción del gobierno federal, en particular de la seguridad social, potencia militar y preparación, si hiciera falta, para usar armas nucleares contra la URSS. Era un programa clásico de la extrema derecha, pero que no correspondía a las necesidades del capitalismo de estado de EE. UU, y Goldwater acabó sufriendo una derrota aplastante en las elecciones, en parte debido a que la jerarquía del Partido Republicano no le había apoyado. ¿Es Trump un segundo Goldwater? No, ni mucho menos, y las diferencias son esclarecedoras. La candidatura de Goldwater significó la toma de control del Partido Republicano por el “Tea Party” de aquel entonces; éste fue marginado durante los años siguientes a la derrota electoral aplastante de Goldwater. Todo el mundo sabe que esa tendencia extremista de derechas, durante las dos últimas décadas, ha resurgido y ha realizado una tentativa más o menos exitosa de tomar el control del GOP[16]. Sin embargo, los que apoyaban a Goldwater eran, en el sentido más propio del término, “una colación conservadora”, representaban una verdadera tendencia conservadora en Estados Unidos, en un país que estaba viviendo profundos cambios sociales (el feminismo, el movimiento por los derechos civiles, el comienzo de una oposición a la guerra de Vietnam y el hundimiento de los valores tradicionales). Aunque a menudo las “causas” del Tea Party sean las mismas que las de Goldwater, el contexto no es el mismo: los cambios sociales a los que Goldwater se oponía, ocurrieron, y el Tea Party no es tanto una coalición de conservadores, sino una alianza reaccionaria histérica.

Esto crea dificultades crecientes para la gran burguesía a la que poco le importan esas cuestiones sociales y “culturales” y que tiene, sobre todo, intereses en las fuerzas militares estadounidenses y el libre comercio del que saca sus beneficios. Se ha convertido en una obviedad decir que cualquiera que se presente a las primarias republicanas debe ser “irreprochable” sobre toda una serie de problemas: contra el aborto (tiene que ser “pro vida”), contra el control de armas, conservadurismo fiscal e impuestos más bajos, contra el Obamacare[17] (eso es “socialismo” y debe ser abolido: de hecho Ted Cruz había presentado en parte su candidatura gracias al autobombo que se dio con su obstrucción al Obamacare en el Senado), el matrimonio (una institución sagrada), contra el Partido Demócrata (si Satanás tiene un partido, es ése). Actualmente, en unos cuantos meses, Trump ha destripado al Partido Republicano. Es un candidato en el que “no se puede confiar” sobre el tema del aborto, el control de armas, el matrimonio (él mismo se ha casado tres veces) y que, en el pasado, dio dinero al mismo diablo, Hillary Clinton. Además, propone aumentar el salario mínimo, quiere mantener al menos en parte el Obamacare, quiere volver a una política exterior aislacionista, dejar el déficit presupuestario sin control y expulsar a 11 millones de inmigrantes ilegales cuyo trabajo barato es vital para los negocios.

Como los conservadores en Gran Bretaña con el Brexit, el Partido Republicano –y potencialmente toda la clase dominante de EE. UU- se encuentra con un programa completamente irracional desde el punto de vista de los intereses de clase imperialistas y económicos.

Las consecuencias

Lo único que nosotros podemos afirmar con certidumbre, es que el Brexit y la candidatura de Trump abren un período de inestabilidad creciente a todos los niveles: económico, político e imperialista. En lo económico, los países europeos –que representan, no lo olvidemos, una parte importante de la economía mundial y el mercado único más grande- conoce ya una fragilidad: resistieron a la crisis financiera de 2007-08 y a la amenaza de una salida de Grecia de la zona euro, pero no han superado esas situaciones. Gran Bretaña sigue siendo una de las principales economías europeas y el largo proceso para deshacer sus lazos con la Unión Europea incluirá muchos imprevistos, aunque sólo fuera en lo financiero: nadie sabe, por ejemplo, qué efecto tendrá el Brexit sobre la City de Londres, el mayor centro europeo para los bancos, los seguros y las acciones bursátiles. Políticamente, el éxito del Brexit no hace más que alentar y aportar más crédito a los partidos populistas del continente europeo: el año que viene serán las elecciones presidenciales en Francia donde el Frente Nacional de Marine Le Pen, partido populista y antieuropeo, es ahora el mayor partido político en votos. Los gobiernos de las principales potencias de Europa están divididos entre dejar que la separación de Gran Bretaña se haga con discreción y con la mayor facilidad posible, y el miedo a que toda concesión (como por ejemplo el acceso al mercado único a la vez que se le otorgan restricciones a los movimientos de población) incite a otros, sobre todo a Polonia y Hungría, a hacer lo mismo. Es prácticamente un hecho que la tentativa de estabilizar la frontera sureste de Europa, integrando los países de la antigua Yugoslavia, va a suspenderse. Será más difícil para la Unión Europea encontrar una respuesta unificada al “golpe de estado democrático” de Erdogan en Turquía y su utilización de los refugiados sirios como piezas de un vil juego de chantaje.

Aunque la Unión Europea no ha sido jamás una alianza imperialista, la mayor parte de sus miembros pertenece a la OTAN. Todo debilitamiento de la cohesión europea hará probable un efecto destructor sobre la capacidad de la OTAN para contrarrestar la presión rusa sobre su flanco oriental, desestabilizando todavía más Ucrania y los estados bálticos. No es un secreto para nadie que Rusia financia desde hace tiempo el Frente Nacional en Francia y que utiliza, cuando no lo financia, el movimiento PEGIDA en Alemania. El único que sale ganando con el Brexit es de hecho Vladímir Putin.

Como se ha dicho más arriba, la candidatura de Trump ha dejado debilitada la credibilidad de Estados Unidos. La visión de Trump como presidente con el dedo puesto en el botón nuclear es, hay que decirlo, aterradora[18]. Pero como lo hemos dicho muchas veces, uno de los principales motivos de la guerra y de la inestabilidad actualmente es la determinación de Estados Unidos para mantener su posición imperialista dominante contra todo recién llegado, y esta situación permanecerá sin cambio cualquiera que sea su presidente.

 

“Rage againts the machine”[19]

Boris Johnson y Donald Trump tienen más en común que ser unos “bocazas”. Ambos son unos aventureros políticos, carentes de todo principio y de todo sentido del interés nacional. Los dos están dispuestos a todas las contorsiones para adaptar su mensaje a lo que la audiencia quiera escuchar. Sus mamarrachadas las inflan los medios hasta parecer muy reales, pero en realidad, son insignificantes, no son sino los portavoces mediante los cuales los perdedores de la mundialización gritan su rabia, su desesperación y su odio a las élites ricas y a los inmigrantes a quienes responsabilizan de su miseria. De esta manera Trump sale del paso con los argumentos más indignantes y contradictorios: a sus seguidores les da sencillamente igual pues él dice lo que quieren escuchar.

Esto no quiere decir que Johnson y Trump son iguales, pero lo que los distingue tiene menos que ver con su carácter personal que con las diferencias entre las clases dominantes a las que pertenecen: la burguesía británica ha desempeñado un papel de primer plano en la escena mundial durante siglos, mientras que la etapa de “filibustero” egocéntrico y descarado de Estados Unidos no terminó verdaderamente hasta la derrota que Roosevelt impuso a los aislacionistas y la entrada en la Segunda Guerra Mundial. Fracciones importantes de la clase dominante de EE. UU siguen siendo unos profundos ignorantes del mundo exterior, se encuentran en un estado, casi nos atreveríamos a decirlo, de adolescencia tardía.

Los resultados electorales no serán jamás una expresión de la conciencia de clase, sin embargo, pueden darnos indicaciones sobre el estado del proletariado. Ya sea el referéndum sobre el Brexit, el apoyo a Trump en Estados Unidos, o al Frente Nacional de Marine Le Pen en Francia, o a los populistas alemanes de PEGIDA y de Alternativa por Alemania, todas las cifras concuerdan para sugerir que esos partidos y movimientos ganan el apoyo de los obreros, o sea entre quienes han sufrido más los cambios operados en la economía capitalista a lo largo de los últimos cuarenta años, y que han terminado por concluir –de manera irracional, después de años de derrotas y de ataques sin fin contra sus condiciones de existencia por los gobiernos tanto de izquierda como de derecha- que la única forma de dar miedo a la élite dirigente es la de votar por partidos que son claramente irresponsables, y cuya política es un anatema para la tal élite. La tragedia es que son precisamente los obreros que estuvieron más masivamente comprometidos en las luchas de los años 1970.

Un tema común a las campañas del Brexit y de Trump es que “nosotros” podemos “recuperar el control”. Poco importa que esos “nosotros” no hayan tenido nunca el control real de su vida; como dijo un habitante de Boston en Gran Bretaña: “nosotros queremos simplemente que las cosas vuelvan a ser lo que eran”. Cuando había empleos, y empleos con salarios decentes, cuando la solidaridad social en los barrios obreros no había sido destruida por el paro y el abandono, cuando el cambio aparecía como algo positivo y ocurría a un ritmo razonable.

Sin duda alguna, es verdad que la votación del Brexit ha provocado una atmósfera nueva y repugnante en Gran Bretaña, en el que las personas abiertamente racistas se sienten más libres de salir de su madriguera. Pero hay muchos –probablemente la gran mayoría- de los que han votado por el Brexit o a Trump para detener la inmigración que no son verdaderamente racistas, más bien sufren de xenofobia: miedo al extranjero, miedo a lo desconocido. Y lo desconocido es fundamentalmente la economía capitalista misma, que es oscura e incomprensible porque presenta las relaciones sociales en el proceso de producción como si fueran fuerzas naturales, tan elementales e incontrolables como el tiempo climático, pero cuyos efectos sobre la vida de los obreros son todavía más devastadores. Es una ironía terrible que esta época de descubrimientos científicos en el que ya a nadie se le ocurre pensar que son las brujas las culpables del mal tiempo, haya personas dispuestas a creer que sus males económicos provienen de sus compañeros de infortunio que son los inmigrantes.

El peligro ante el que estamos

Al comienzo de este artículo, nos hemos referido a nuestras “Tesis sobre la descomposición”, redactadas hace prácticamente treinta años, en 1990. Terminaremos citándolas:

“(…) En realidad, hay que ser de lo más clarividente sobre lo que significa la descomposición en la capacidad del proletariado para ponerse a la altura de su tarea histórica (…)

Los diferentes factores que son la fuerza del proletariado chocan directamente con las diferentes facetas de la descomposición ideológica:

-                     la acción colectiva, la solidaridad, encuentran frente a ellas la atomización, el “sálvese quien pueda”, el “arreglárselas por su cuenta”;

-                     la necesidad de organización choca contra la descomposición social, la dislocación de las relaciones en que se basa cualquier vida en sociedad;

-                     la confianza en el porvenir y en sus propias fuerzas se ve minada constantemente por la desesperanza general que invade la sociedad, el nihilismo, el “no future”;

-                     la conciencia, la clarividencia, la coherencia y unidad de pensamiento, el gusto por la teoría, deben abrirse un difícil camino en medio de la huida hacia quimeras, drogas, sectas, misticismos, rechazo de la reflexión y destrucción del pensamiento que están definiendo a nuestra época.”

Estamos hoy concretamente frente a ese peligro.

El ascenso del populismo es peligroso para la clase dominante porque amenaza su capacidad para controlar su aparato político y mantener la mistificación democrática, que es uno de los pilares de su dominación social. Pero al proletariado ni le ofrece nada ni le sirve de nada. Al contrario, es precisamente la debilidad del proletariado, su incapacidad para ofrecer otra perspectiva al caos amenazante del capitalismo, lo que ha hecho posible el ascenso del populismo. Sólo el proletariado puede ofrecer una vía de salida al bloqueo en el que la sociedad se encuentra actualmente y no será capaz de hacerlo si los obreros se dejan engañar por los cantos de sirena de demagogos populistas que prometen un imposible retorno a un pasado que, de todas formas, jamás ha existido.

Jens, agosto 2016.


[1] Vuelto a publicar en 2001 en la Revista Internacional nº 107 (http://internationalism.org).

[2] Ver este mismo número de la Revista Internacional.

[3] Boris Johnson, miembro del Partido Conservador y antiguo alcalde de Londres. Uno de los principales portavoces del “Leave” (es decir “salir”, denominación de la campaña para salir de la Unión Europea).

[4] Nigel Farage, dirigente del Partido por la Independencia del Reino Unido (United Kingdom Independence Party – UKIP). El UKIP es un partido populista fundado en 1991 y que hizo campaña principalmente sobre los temas de la salida de la UE y la inmigración. Paradójicamente, tiene 22 miembros en el Parlamento europeo lo que hace que sea el principal partido británico en dicho parlamento.

[5] NHS: National Health Service: la seguridad social británica.

[6] Miembro del Partido Conservador y ministro de justicia en el gobierno de Cameron.

[7] Miembro del Partido Conservador y ministra de energía en el gobierno de Cameron. Actualmente secretaria de Estado de medio ambiente.

[8] Guerra civil entre los clanes aristocráticos de York y Lancaster en el siglo XV en Inglaterra.

[9] Es verdad que el Tesoro Británico a instancias de la UE hizo algunos esfuerzos para preparar un “Plan B” en caso de victoria del Brexit. Sin embargo, está claro que esos preparativos fueron inadecuados y, sobre todo, que nadie se esperaba que el Leave ganara el referéndum. Esto es cierto incluso para el propio campo del Leave. Parece ser que Farage había aceptado la victoria al Remain a cierta hora de la noche del referéndum, antes de descubrir con gran sorpresa a la mañana siguiente que el Remain había perdido.

[10] Miembro del Partido Conservador y ministro de Finanzas del gobierno de Cameron

[11] Gran Bretaña entró en la Comunidad Económica Europea (CEE) bajo un gobierno conservador en 1973. La adhesión fue confirmada en un referéndum convocado en 1975 por un gobierno laborista.

[12] Cabe recordar que Margaret Thatcher se mantuvo más de diez años en el poder sin haber ganado nunca más del 40% de los votos en las elecciones parlamentarias.

[13] Es decir, el oficialmente llamado Reino Unido de Gran Bretaña (Inglaterra, País de Gales y Escocia) e Irlanda del Norte.

[14] Tras los resultados contrarios a su voluntad, los gobiernos europeos abandonaron el Tratado Constitucional manteniendo lo esencial, modificando simplemente los acuerdos existentes mediante el Tratado de Lisboa de 2007.

[15] Hay que hacer una distinción sobre los referéndums en estados como Suiza o California, donde forman parte de un procedimiento históricamente establecido.

[16] Grand Old Party (el “Gran Viejo Partido”), es el mote familiar para designar al Partido Republicano, cuya fundación remonta al siglo XIX.

[17] La reforma sanitaria de Obama.

[18] Una de las razones de la derrota de Goldwater es que había declarado estar preparado para utilizar el arma nuclear. La campaña de Johnson en respuesta al eslogan de Goldwater: “In your heart, you know he’s right” (“En tus entrañas, tú sabes que él tiene razón”), decía: “In your guts, you know he’s nuts” (“Por instinto, tú sabes que está loco”).

[19] ‘‘Rabia contra la máquina’’ Se llama así un grupo americano conocido por sus posiciones anarquizantes y anticapitalistas. Lo usamos irónicamente.

 

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