Decadencia del capitalismo (XII) - Rechazos y regresiones

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En el artículo anterior de esta serie ([1]), demostramos cómo la “teoría de la decadencia”, que una minoría intransigente persistimos en defender pese al aparente triunfo del capitalismo durante el boom de la posguerra, ha ganado nuevos adeptos al proporcionar un marco histórico coherente a las posiciones revolucionarias que la nueva generación ha adquirido de una forma más o menos intuitiva: oposición a sindicatos y al reformismo, rechazo de las luchas de liberación nacional y alianzas con la burguesía, con la comprensión de que los países supuestamente “socialistas” fueron o son una forma de capitalismo de Estado y así sucesivamente.

A finales de los 60 y principios de los 70, la crisis abierta del capitalismo apenas estaba comenzando; durante las cuatro décadas siguientes se hizo más evidente que era insuperable. Por ello cabría esperar que la mayoría de elementos atraídos por el internacionalismo en estos tiempos se convencieran más fácilmente de que el capitalismo es realmente un sistema social obsoleto y decadente. Pero este no fue el caso, podríamos hablar incluso de un rechazo persistente de la teoría de la decadencia, y especialmente en las nuevas generaciones de revolucionarios que comenzaron a surgir en la primera década del siglo xxi y, simultáneamente, de una tendencia a cuestionarla o rechazarla abiertamente, por parte de muchos elementos que antes la compartían.

La atracción del anarquismo

Respecto al rechazo por parte de las nuevas generaciones de revolucionarios, estamos hablando esencialmente de los elementos internacionalistas influidos por diferentes tipos de anarquismo. El anarquismo reverdeció en los 2000, y es fácil comprender su capacidad de atracción hacia jóvenes deseosos de luchar contra el capitalismo y al mismo tiempo muy críticos frente a izquierda “oficial”, muchos de entre los cuales consideraron que fue una catástrofe el hundimiento del “socialismo realmente existente” en el bloque del Este. Pero, a menudo, a la nueva generación le atrae el anarquismo porque lo ve como una corriente que no ha traicionado la causa del socialismo a diferencia de los socialdemócratas, estalinistas y trotskistas.

Analizar por qué en los países centrales del capitalismo las diversas corrientes anarquistas atrajeron tanto a la nueva generación y no lo hizo la Izquierda Comunista que es sin duda la corriente más coherente de entre las corrientes políticas que se mantuvieron fieles a los principios proletarios tras la terrible derrota que va desde finales de los años 20 hasta finales de los 60 del siglo xx, daría para otro artículo. El problema de la organización de los revolucionarios –la cuestión del “partido”– manzana de la discordia tradicional entre marxistas y elementos revolucionarios del anarquismo, es sin duda una cuestión central. Pero en este artículo, nuestra principal preocupación es la cuestión concreta de la decadencia del capitalismo. ¿Por qué la mayoría de anarquistas, incluyendo a aquellos que verdaderamente se oponen a las prácticas de reformistas y abogan por la necesidad de una revolución internacional, rechazan con tal vehemencia esa noción?

Es cierto que algunos de los mejores militantes anarquistas no siempre han tenido esa reacción. En una serie anterior ([2]), mostramos cómo compañeros anarquistas como Maximoff no tuvieron ningún reparo en explicar que tanto la crisis económica mundial como la marcha hacia la guerra imperialista eran expresión de unas relaciones sociales que se habían convertido en obstáculo para el progreso de la humanidad, que correspondían a un modo de producción en declive.

Ese punto de vista siempre ha sido, sin embargo, minoritario dentro del movimiento anarquista. A un nivel más profundo, aunque muchos anarquistas reconocen que la contribución de Marx a la comprensión de la política económica es irremplazable, su punto de vista sobre el método histórico que subyace tras la crítica de capital que hace Marx es mucho más severo. Desde Bakunin, siempre hay en los anarquistas una fuerte tendencia a considerar el “materialismo histórico” (o, si se prefiere, el enfoque materialista de la historia) como una forma de determinismo duro que subestima y rebaja el elemento subjetivo en la revolución. Bakunin en particular consideró que era un pretexto del “Partido de Marx” para llevar una práctica fundamentalmente reformista que defendía que en aquella época el capitalismo aún no había agotado su utilidad histórica para la humanidad, que la revolución comunista no estaba aún al orden del día y que la clase trabajadora debía desarrollar sus fuerzas y confianza en sí misma dentro de la sociedad burguesa; en eso se basaba para Marx la defensa del trabajo sindical y la creación de partidos obreros que, entre otras cosas, debían participar en las elecciones burguesas. Para Bakunin, el capitalismo siempre estuvo maduro para la revolución. Por extensión, como los marxistas de hoy en día defienden que las viejas tácticas ya no son válidas, esta posición es a menudo ridiculizada por los anarquistas actuales como una justificación retrospectiva de los errores de Marx y una manera de evitar la desagradable conclusión de que los anarquistas siempre habrían tenido razón.

Aquí solo vamos a evocar el tema; volveremos a él al tratar de una versión más elaborada de ese mismo argumento que es la que defiende el grupo Aufheben en una serie de artículos en los que critican la noción de decadencia y que muchos en el entorno comunista libertario consideran como la última palabra sobre la cuestión. Pero hay otros factores que considerar cuando se trata de saber por qué la generación actual rechaza lo que es para nosotros hoy la piedra angular teórica de una plataforma, factores que están menos ligados a la tradición anarquista.

Nos enfrentamos a la siguiente paradoja: mientras que para nosotros, el capitalismo parece descomponerse más y más, hasta el punto que podemos hablar de la fase final de su decadencia, para muchos otros, la capacidad del capitalismo para alargar ese proceso de declive es la prueba para rechazar el propio concepto de declive. En otras palabras, para ciertos revolucionarios cuanto más dura un capitalismo senil y cuando más se acerca a su final catastrófico mayor es su capacidad para renovarse casi infinitamente.

Es tentador hacer aquí un poco de psicología. Ya hemos observado ([3]) que la perspectiva de su propio final es un elemento del rechazo por la burguesía no sólo del marxismo sino incluso de sus propios intentos por comprender científicamente el problema del valor, ya que ello implicaría comprender que el capitalismo es un sistema fugaz condenado a morir por sus propias contradicciones internas. Sería sorprendente que esta ideología de negación no afectara también a aquellos que intentar romper con la visión burguesa del mundo. De hecho, a medida que la burguesía se aproxima a su final real más tentada está de huir desesperadamente de la realidad y cabe esperar que este mecanismo de defensa cale en todas las capas de la sociedad incluyendo a la clase obrera y sus minorías revolucionarias. Al fin y al cabo ¿qué hay más aterrador?, ¿que nos puede impulsar más a huir o a meter la cabeza en la arena que la realidad de un capitalismo agonizante que puede acabar con todos nosotros en sus últimos estertores?

Pero el problema es más complejo. En primer lugar está conectado con la forma en que ha evolucionado la crisis en los últimos cuarenta años, que ha hecho más difícil diagnosticar la gravedad real de la enfermedad mortal del capitalismo.

Como hemos observado, las primeras décadas tras 1914 pusieron muy claramente en evidencia que el capitalismo estaba en declive. En los años 50 y 60 del siglo xx, durante el boom de la posguerra, algunos elementos del movimiento político proletariado empiezan a manifestar dudas profundas de que el capitalismo esté realmente en su fase de decadencia. El retorno de la crisis –y la lucha de clases– a finales de los 60 permitieron ver la naturaleza efímera de ese boom y redescubrir las bases de la crítica marxista de economía política. Pero al mismo tiempo que se confirmaba el carácter “permanente” de la crisis desde finales de la década de los 60 y, sobre todo, con la explosión más reciente de todas las contradicciones acumuladas en aquel periodo (la “crisis de la deuda”), la duración de la crisis ponía de manifiesto la extraordinaria capacidad del capitalismo para adaptarse y sobrevivir a costa de manipular sus propias leyes y acumular problemas cada vez más devastadores a largo plazo. Es cierto que la CCI, en algunas ocasiones ha subestimado esas capacidades: algunos de los artículos publicados en los años 1980 –decenio en que el desempleo volvió a formar parte de la vida diaria– no previeron el boom (o más bien los auges, puesto que también fueron muchas las recesiones) de los años 1990 y 2000, y es cierto que no habíamos previsto la posibilidad de que un país como China se industrializase al ritmo frenético en que lo ha hecho, grosso modo, en los 2000. Para una generación nacida en esas condiciones donde el consumismo desenfrenado de los países desarrollados deja por los suelos a la sociedad de consumo de la década de los 50 y 60 del siglo xx, es comprensible que hablar de decadencia del capitalismo pueda parecer algo arcaico. La ideología oficial de la década de 1990 y principios del 2000, fue que el capitalismo había triunfado en toda regla y que el neoliberalismo y la globalización abrían la puerta a una nueva era de prosperidad sin precedentes. En Gran Bretaña, por ejemplo, Gordon Brown portavoz económico del Gobierno de Tony Blair, proclamó, en su discurso sobre el presupuesto de 2005, que el Reino Unido era consciente de que se asistía al periodo de crecimiento económico más largo desde que, en 1701, empezaron a recogerse esos datos. No es sorprendente que las versiones “radicales” de estas ideas se repitan, incluso entre los defensores de la revolución. Después de todo, la clase dominante sigue peleándose en su propio seno sobre si finalmente ha logrado zafarse del ciclo “expansión-recesión”. Muchos “prorrevolucionarios”, que son capaces de citar a Marx sobre las crisis periódicas del siglo xix y explicar que aun puede haber crisis periódicas que sirven para limpiar la economía de sus ramas muertas y que la economía crezca de nuevo, también se hacen eco de ese discurso.

Regresiones respecto a la coherencia de la Izquierda italiana

Todo esto es muy comprensible, pero lo es mucho menos cuando proviene de las filas de la Izquierda comunista, sabedora del carácter enfermizo de crecimiento capitalista en su periodo de declive. Y sin embargo, desde la década de 1970, hemos tenido una serie de deserciones a la teoría de la decadencia en las filas de la Izquierda comunista y de la CCI en particular, a menudo con severas crisis organizativas.

Aquí no es el lugar para analizar el origen de esas crisis. Podemos decir que en las organizaciones políticas proletarias las crisis son momentos inevitables de sus vidas, basta una ojeada a la historia del partido bolchevique o de las izquierdas alemana o italiana para confirmarlo. Las organizaciones revolucionarias son una parte de la clase obrera, que es una clase constantemente bajo la inmensa presión de la ideología dominante. La vanguardia también sufre esa presión y se ve obligada a llevar una lucha permanente contra ella. Crisis organizativas en general ocurren en momentos en que una parte o incluso toda la organización se enfrenta –o sucumbe– a una dosis especialmente fuerte de ideología dominante. Muy a menudo, estos ataques son iniciados o exacerbados por la necesidad de hacer frente a nuevas situaciones o crisis más amplias en la sociedad.

En la CCI las crisis casi siempre se han centrado en cuestiones organizativas y de comportamiento político. Pero también es significativo que casi todas las escisiones importantes que hemos vivido también han puesto en entredicho nuestra visión de la época histórica.

EL GCI: ¿El progreso es un mito burgués?

En 1987, en la Revista Internacional 48, comenzamos la publicación de una nueva serie titulada “Comprender la decadencia del capitalismo”. Fue una respuesta al hecho de que, cada vez más elementos, dentro o alrededor del movimiento revolucionario, fueron cambiando de opinión sobre el concepto de decadencia. El primero de los tres artículos de la serie ([4]) fue una respuesta a las posiciones del grupo comunista internacionalista (GCI), que originalmente fue una escisión de la CCI a finales de la década de 1970. Algunos de los elementos que inicialmente formaron el GCI pretendían ser los continuadores del trabajo de la Fracción italiana de la Izquierda comunista y que se oponían a las supuestas “desviaciones consejistas” de la CCI. Pero tras las nuevas escisiones del GCI, el propio grupo evolucionó hacia lo que en la Revista Internacional calificamos de “bordiguismo anarco-punk”: una extraña combinación de conceptos sacados del bordiguismo como el de la “invariación” del marxismo y una regresión hacia una visión voluntarista al estilo de Bakunin. Estos dos elementos llevaron al GCI a oponerse enérgicamente a la idea de que el capitalismo hubiera tenido una fase ascendente y una fase decadente, tesis defendida principalmente en el artículo “¿Teorías de la decadencia o decadencia de la teoría?” (El comunista no 23, 1985).

El artículo de la Revista internacional refuta una serie de acusaciones que nos hace el GCI. Entre ellas el burdo sectarismo del GCI que mete en el mismo saco a los grupos que defienden que el capitalismo está en decadencia y a los Testigos de Jehová, la secta Moon o los neonazis, el GCI demostró su ignorancia al hacer afirmaciones como que el concepto de decadencia nació después de la derrota de la ola revolucionaria de 1917-23 y que “algunos productos de la victoria de la contrarrevolución comenzaron a teorizar un “período” de estancamiento y de “declive”” ; sobre todo, el artículo muestra que lo que subyace tras la “anti-decadencia” del GCI, es su abandono del análisis materialista de la historia en favor del idealismo anarquista.

Lo que el GCI rechaza realmente del concepto de decadencia, es la idea de que el capitalismo hay sido en su tiempo un sistema ascendente que desempeñó un papel progresista para la humanidad: de hecho el GCI rechaza la noción misma de progreso histórico. Para él, es simple ideología para justificar la “civilización” del capitalismo: “la burguesía presenta todos los modos de producción que precedieron como “salvajes” y “bárbaros” que con la evolución de la historia se irían “civilizando” progresivamente. El modo de producción capitalista es, por supuesto, la encarnación más alta y final de la civilización y el progreso. La visión evolutiva corresponde, por tanto, al “ser social capitalista” y no es por nada que esta visión se ha aplicado a todas las Ciencias (es decir, a todas interpretaciones parciales de la realidad desde el punto de vista burgués): Ciencias de la naturaleza (Darwin), Demografía (Malthus), lógica, historia, filosofía (Hegel)...” (Ídem).

El que la burguesía tenga una determinada visión del progreso en la que todo culmina con el dominio del capital, no implica, ni mucho menos, que todo concepto de progreso sea falso: por eso Marx no rechaza los descubrimientos de Darwin sino que los toma en consideración –interpretándolo correctamente a través de una visión dialéctica y no lineal– como un argumento adicional para su visión de la historia.

Esto no significa que la visión marxista del progreso histórico suponga adherir ni cerrar filas con la clase dominante, como presupone el GCI: “los decadentistas están por la esclavitud hasta determinada fecha, por el feudalismo hasta otra… por el capitalismo hasta 1914!, Debido a su culto del progreso, se oponen a cada etapa de la guerra de clases protagonizada por los explotados, se oponen a los movimientos comunistas que han tenido la desgracia de estallar en el “periodo inapropiado”” (ídem). El movimiento ­marxista al tiempo que reconoce que en el siglo xix el capitalismo aún no había creado las condiciones de la revolución comunista, siempre considera su papel de defensa intransigente de los intereses de clase del proletariado en la sociedad burguesa y reconoció “retrospectivamente” la importancia vital de las revueltas de los explotados en las sociedades de clases anteriores aun a sabiendas que esas revueltas no podrían conducir a la sociedad comunista.

A menudo ese radicalismo superficial del GCI lo encontramos también en maridaje con concepciones abiertamente anarquistas a las que dan una justificación pseudomarxista más “sofisticada” para mantener sus viejos prejuicios. Mientras que los anarquistas pueden reconocer que Marx hizo algunas contribuciones teóricas (crítica de la economía política, concepto de alienación, etc.), no toleran su práctica política de construir partidos obreros que participasen en el Parlamento, de desarrollar los sindicatos e incluso, en ciertos casos, de apoyar determinados movimientos nacionales. Para ellos, todas esas prácticas (con la excepción quizás del desarrollo de sindicatos) ya eran burguesas en su momento (o autoritarias) y siguen siendo burguesas (o autoritarias) hoy.

Este rechazo categórico de una parte del pasado del movimiento obrero no garantiza, ni mucho menos, que sus posiciones actuales sean radicales. Como concluye el segundo artículo de la serie: “…para los marxistas, las formas de lucha del proletariado dependen de las condiciones objetivas en que se desarrollan y no de principios abstractos de rebelión eterna. La manera para juzgar la validez de una estrategia, de una forma de lucha, es basándose en un análisis objetivo de la relación de fuerzas entre las clases visto en su dinámica histórica. Fuera de esta base materialista, cualquier toma de posición sobre los medios de la lucha proletaria se apoya en arenas movedizas, lleva a la desorientación en cuanto aparecen las típicas y superficiales formas de la ‘rebelión eterna’ como la violencia en sí, la antilegalidad, etc.” ([5]). Y el articulo lo prueba al poner en evidencia el coqueteo del GCI con Sendero Luminoso en Perú. El GCI ha defendido más recientemente esa misma posición respecto a la violencia de la yihad en Irak ([6]).

PI: La acusación de “productivismo”

La serie que publicamos en la década de los 80 contenía también una respuesta a otro grupo nacido de una escisión de la CCI en 1985: la Fracción Externa de CCI (FECCI) que publicó la revista Perspective Internationaliste (PI). La FECCI, que mentía al afirmar que sus miembros habían sido excluidos de la CCI, dedicó gran parte de sus primeras polémicas a dar “pruebas” de la “degeneración de la CCI”, de su “estalinismo”, y que la FECCI se había fundado para defender la plataforma de la CCI contra la propia CCI, de ahí su nombre. Finalmente abandonó la denominación “­FECCI” para adoptar el nombre de su publicación.

Sin embargo PI, a diferencia del CGI, nunca dijo que rechazase la noción de ascenso ni de decadencia del capitalismo: explicó que quería profundizar y aclarar esos conceptos. Es, sin duda, un proyecto loable. El problema es que sus innovaciones teóricas añaden muy poco a un análisis profundo y diluyen lo más básico.

PI desarrolla, por un lado, una periodización “paralela” del capitalismo basada en lo que ellos llaman la transición de la dominación formal a la dominación real del capital que, en la versión de PI, corresponde más o menos al mismo marco histórico en que el capitalismo “tradicional” entra en su período de decadencia a principios del siglo XX. En la visión de PI, la creciente penetración global de la ley del valor en todos los ámbitos de la vida económica y social constituye la dominación real de capital, y esto es lo que nos da la clave para comprender las fronteras de clase que para la CCI se basan en la noción de decadencia: el fracaso de la labor sindical, el parlamentarismo y el apoyo a la liberación nacional, etc.

Es cierto que la aparición del capitalismo real como una economía global, su “dominación” efectiva del mundo corresponde a la apertura del período de decadencia; y, como lo subraya PI, este período se caracterizó por incrementar la penetración de la ley del valor en casi todos los rincones de la actividad humana. Pero como defendemos en nuestro artículo de la Revista Internacional nº 60 ([7]), la definición que da PI a la transición entre la dominación formal y la dominación real parte de un concepto elaborado por Marx y lo saca del significado que ésta le daba. Para Marx, la transición en cuestión era el paso del periodo de la manufactura –cuando el trabajo artesanal fue agrupado por capitalistas individuales sin transformar realmente los antiguos métodos de producción– al del sistema fabril basado en el trabajo colectivo. Fundamentalmente, este cambio ya había tenido lugar en la época de Marx, cuando el capitalismo no “domina” todavía todo el planeta: su expansión posterior estaría basada en la “dominación real” del proceso de producción. Nuestro artículo mostraba que el punto de vista de los bordiguistas de Communisme ou Civilisation era más coherente cuando defendía la posibilidad del comunismo en 1848, ya que, para ese grupo, esta fecha marca de hecho la transición a la dominación real.

Además, PI, al poner en entredicho el concepto de decadencia heredado de la CCI, desarrolló otro argumento: la acusación de “productivismo”. En una de sus primeras arremetidas (PI nº 28, otoño de 1995), Mac Intosh dijo que todos los grupos de la Izquierda comunista desde Bilan hasta los grupos actualmente existentes, como la CCI o el BIRP, sufren de la misma enfermedad: están “desesperada e inextricablemente sumidos en el productivismo, que es el caballo de Troya del capital dentro del campo marxista. Este productivismo toma como medida del progreso histórico y social el desarrollo de la tecnología y de las fuerzas productivas; desde esta perspectiva teórica, en tanto que un modo de producción garantice el desarrollo tecnológico, debe ser considerado como históricamente progresivo.” El folleto de la CCI, La decadencia del capitalismo ([8]), es objeto de su crítica más furibunda. Nuestro folleto rechaza la idea de Trotski expresada en el documento programático de 1938: Programa de transición – La agonía del capitalismo y las tareas de la Cuarta Internacional ([9]), de que las fuerzas productivas de la humanidad han dejado de crecer; nuestro folleto define la decadencia como un período en el que las relaciones de producción actúan como un obstáculo al desarrollo de las fuerzas productivas, pero no como una barrera absoluta y hace una simulación tratando de mostrar cómo podría haber sido el desarrollo del capitalismo si no hubiera estado limitado por sus contradicciones internas.

Mac Intosh se focaliza en ese pasaje, contradiciéndolo con diversas cifras que mostrarían, según él, tasas de crecimiento tan fenomenales en el periodo decadente que cualquier noción de decadencia, vista como desaceleración en el desarrollo de las fuerzas productivas debería sustituirse por la idea de que es precisamente el crecimiento del sistema lo que es profundamente inhumano –como pone en evidencia, por ejemplo, la expansión de la crisis ecológica.

Otros miembros de PI continuaron en la misma dirección, por ejemplo en el artículo: “For a Non-productivist Understanding of Capitalist Decadence” escrito por E.R. en PI 44 ([10]). Pero ya había habido una respuesta suficientemente profunda a Mac Intosh en el no 29 de PI ([11]) escrita por M. Lazare (ML). Si hacemos caso omiso de la caricatura ocasional de las pretendidas caricaturas de la CCI, ese artículo muestra cómo la crítica del productivismo que hace Mac Intosh está precisamente encerrada en una lógica productivista ([12]). Pone primero en cuestión el uso que hace Mac Intosh de las cifras que demostrarían que el capital habría crecido multiplicándose por 30 entre 1900 y 1980. ML muestra que esta cifra es mucho menos impresionante si la medimos en términos de tasa anual lo que nos da un crecimiento promedio del 4.36 % anual. Pero, sobre todo, defiende la idea de que, hablando en términos cuantitativos, a pesar del impresionante crecimiento que el capitalismo decadente haya podido conocer, si miramos el enorme desperdicio de fuerzas productivas que se pierde en burocracia, armamento, publicidad, finanzas, una multitud de “servicios” innecesaria y la crisis económica casi permanente o recurrente, la expansión propiamente dicha de la actividad productiva real podría haber sido mucho mayor. En este sentido, la idea de que el capitalismo es una traba que frena pero no paraliza totalmente el desarrollo de las fuerzas productivas, incluso en términos capitalistas, sigue siendo plenamente válida. Como escribió Marx, el capital es una contradicción viva y “el verdadero freno de la producción capitalista es el propio capital([13]). Sin embargo y muy acertadamente, ML no se queda ahí. La cuestión de la “calidad” del desarrollo de las fuerzas productivas en el período de decadencia se plantea en cuanto incluimos en la ecuación factores tales como el despilfarro o la guerra. A diferencia de algunas insinuaciones de ML, la visión que tiene la CCI de la decadencia nunca ha sido puramente cuantitativa, siempre ha tenido en cuenta el “costo” humano de la supervivencia prolongada del sistema. Y no hay nada en nuestra visión de la decadencia, excluyendo la idea, también emitida por ML, de que necesitamos una concepción mucho más profunda de lo que significa exactamente el desarrollo de las fuerzas productivas. Las fuerzas productivas no son intrínsecamente capital - ilusión mantenida tanto por los primitivistas que consideran el progreso técnico como la fuente de todo mal, como por los estalinistas que miden el avance hacia el “comunismo” en términos de cemento y acero. En la base de las fuerzas productivas de la humanidad está su poder creativo, y el movimiento hacia el comunismo puede medirse por el grado de liberación de la capacidad de creatividad humana. La acumulación de capital –”producción por la producción”– fue un paso en esa dirección, pero una vez que ha establecido los requisitos previos para una sociedad comunista, ha dejado de desempeñar un papel progresivo. En ese sentido, al contrario de una visión productivista, la izquierda comunista italiana fue uno de los primeros en criticar abiertamente tal visión, pues ya había rechazado las loas de ­Trotski a los milagros de la producción “socialista” en la URSS estalinista, insistiendo en que los intereses de la clase obrera (inclusive en un “Estado proletario”) eran forzosamente antagónicos a las necesidades de la acumulación (ML plantea lo mismo, a diferencia de las acusaciones que Mac Intosh lanza contra la tradición de la Izquierda Comunista).

Para Marx, como para nosotros, la “misión progresista” del capital se mide por el grado de su contribución a la liberación del poder creativo humano, hacia una sociedad donde la medida de la riqueza ya no es el tiempo de trabajo sino el tiempo libre. El capitalismo es un paso inevitable hacia ese horizonte, pero su decadencia señala precisamente que este potencial solo puede lograrse mediante la abolición de las leyes de la capital.

Es crucial considerar este problema en toda su dimensión histórica que abarca tanto el futuro como el pasado. El capital intenta mantener la acumulación dentro del corsé de los límites globales y con ello crea una situación donde no sólo el potencial humano está constreñido sino que la supervivencia de la humanidad está en peligro a medida que las contradicciones de las relaciones sociales capitalistas se expresan cada vez más violentamente, provocando la ruina de la sociedad. Esto es sin duda a lo que se refiere Marx en los Grundrisse cuando habla de desarrollo como declive ([14]).

Una ilustración actual: China, cuyas tasas de crecimiento vertiginoso obsesionan tanto a los antiguos incondicionales de la teoría de la decadencia. ¿El capital chino desarrolla las fuerzas productivas? Desde sus propios criterios, sí, pero ¿en qué contexto histórico se da? Es cierto que la expansión del capital chino ha incrementado la cantidad del proletariado industrial mundial, pero esto ha ocurrido a través de un amplio proceso de desindustrialización en el Oeste y la pérdida de muchos sectores centrales del proletariado en sus países de origen, perdiendo con ellos gran parte de sus tradiciones de lucha. Al mismo tiempo, el coste ecológico del “milagro” chino es enorme. Las necesidades de materias primas para el crecimiento industrial de China conducen a un saqueo acelerado de los recursos mundiales y la producción resultante lleva consigo un gran aumento de la contaminación global. En el plano económico, China depende totalmente del mercado de consumo occidental. Tanto desde el punto de vista del mercado interno como de las exportaciones, las perspectivas a medio plazo para China son a la baja, al igual que para los países europeos o para Estados Unidos. La única diferencia es que este país caerá desde más arriba ([15]). Pero bien podría perder su liderazgo, o al menos una parte de él si, a su vez, acaba siendo sacudida por quiebras en serie ([16]). China tarde o temprano se verá envuelta en la dinámica recesiva de la economía mundial.

En el siglo xix Marx pensaba que no era necesario el desarrollo capitalista en Rusia pues a nivel mundial las condiciones para el comunismo ya se habían dado a escala mundial. ¿No será eso hoy más válido todavía?

¿Vacilaciones en el BIPR?

En 2003-04, iniciamos una nueva serie de artículos sobre la decadencia, en respuesta a una serie de ataques contra ese concepto, sobre todo a causa de unos indicios preocupantes procedentes del Buró Internacional por un Partido Revolucionario (BIPR) – llamado ahora Tendencia Comunista Internacionalista (TCI) – cuyas posiciones se basaban fundamentalmente en una noción de decadencia, y parecía estar influido ahora por las presiones “antidecadentistas” dominantes.

En una toma de posición “Elementos de reflexión sobre las crisis de la CCI” de febrero de 2002 y publicado en la revista Internationalist Communist no 21, el concepto de decadencia es criticado así: “tan general como confuso”, “ajeno a la crítica de la economía política”, “ajeno al método y al arsenal de la crítica de la economía política”. Se nos pregunta además: “¿Qué papel desempeña el concepto de de decadencia en el terreno de la economía política militante, o sea en el del análisis profundizado de los fenómenos y dinámicas del capitalismo en el período que estamos viviendo? Ninguno. Hasta el punto de que la palabra misma no aparece nunca en los tres tomos que componen El Capital” ([17]).

Un texto publicado en italiano en Prometeo n° 8, Serie VI (diciembre de 2003) y en francés en la web del BIPR, “Para una definición del concepto de decadencia” ([18]) contenía una serie de afirmaciones inquietantes. Ahí, aparentemente, se considera la teoría de la decadencia como une noción fatalista de la trayectoria del capitalismo y del papel de los revolucionarios: “La ambigüedad reside en que la idea de decadencia o de declive progresivo del modo producción capitalista, viene de una especie de proceso de autodestrucción ineluctable debido a su propia esencia. (…) [la] desaparición y [la] destrucción de la forma económica capitalista [sería] un acontecimiento históricamente fechado, económicamente ineluctable y socialmente predeterminado. Además de ser un enfoque infantil e idealista, eso acaba por tener repercusiones negativas en el plano político, pues alimenta la hipótesis de que para ver la muerte del capitalismo, basta con sentarse para verla pasar o, en el mejor de los casos, intervenir en una situación de crisis, y sólo en este caso, los instrumentos subjetivos de la lucha de clases se consideran como un último empuje en un proceso irreversible.

La decadencia no parece ya desembocar en la alternativa “socialismo o barbarie” puesto que el capitalismo es capaz de renovarse sin fin: “Lo contradictorio de la forma capitalista, las crisis económicas que de ella se derivan, la renovación del proceso de acumulación momentáneamente interrumpido por las crisis pero que recobra nuevas fuerzas gracias a la destrucción de capitales y de medios de producción excedentarios, no lo ponen automáticamente en peligro de desaparición. Si no interviene el factor subjetivo, cuyo eje material e histórico es la lucha de clases, y cuya premisa económica determinante son las crisis, el sistema económico se reproduce, llevando a un nivel superior todas sus contradicciones, sin por ello crear las condiciones de su propia destrucción.

Como en la toma de posición de 2002, ese nuevo artículo defendía la idea de que el concepto de decadencia tiene poco que ver con una crítica seria de la economía política: sólo podía ser útil si se consigue “probar” económicamente examinando las tendencias de la tasa de ganancia: “La teoría evolucionista según la cual el capitalismo se caracteriza par una fase progresista y otra decadente no vale para nada si no se da una explicación económica coherente. (…) La investigación sobre la decadencia lleva, una de dos, o a identificar los mecanismos que hacen frenar el proceso de valorización del capital con todas las consecuencias que eso conlleva, o a quedarse en una perspectiva errónea, vanamente profética (…) Pero la enumeración de los fenómenos económicos y sociales una vez identificados y descritos, no es tampoco por sí sola la demostración de la fase de decadencia del capitalismo, pues esos fenómenos sólo son sus efectos y la causa primera que los impone es la ley de la crisis de las ganancias.

Los dos artículos de la Revista internacional con que respondíamos ([19]) demostraban que, aunque ya el Partido Comunista Internacionalista (PCInt: Battaglia Comunista, sección del BIPR/TCI en Italia) que redactó el texto original, siempre fue bastante inconsecuente en su adhesión a la noción de decadencia, dicho texto expresaba una auténtica regresión hacia las ideas bordiguistas. La noción de decadencia fue uno de los factores que había llevado a la escisión de 1952 con el PCInt de Bordiga. La posición de éste que afirmaba que la “teoría de la curva descendente” era fatalista a la vez que negaba todo límite objetivo al crecimiento del capital, fue muy combatida por Damen como vimos en un artículo anterior de esta serie ([20]). En cuanto a la idea de demostrar “económicamente” la decadencia, el hecho de que 1914 abrió una nueva fase cualitativa en la vida del capital fue defendido por marxistas como Lenin, Luxemburg y la Izquierda Comunista, basándose, ante todo, en factores sociales, políticos y militares: como todo buen médico diagnosticaron la enfermedad a partir de sus síntomas más evidentes: ante todo la guerra mundial y la revolución mundial ([21]).

No sabemos cómo fue la discusión en BIPR/TCI después de la publicación de ese artículo por Battaglia comunista ([22]). En todo caso, lo que sí es cierto es que esos dos artículos mencionados reflejan un rechazo de la coherencia de la izquierda italiana, expresan esa tendencia en el seno de uno de los grupos más sólidos de esta tradición.

La regresión respecto a la teoría de la decadencia por parte de gente de la Izquierda comunista podría interpretarse como una liberación de un dogmatismo rígido y una apertura hacia un enriquecimiento teórico. En este caso somos nosotros los primeros que afirmamos la necesidad de elucidar y profundizar el problema de la ascendencia y del declive del capitalismo ([23]), aunque nos parece más bien que estamos asistiendo sobre todo a un retroceso en la claridad de la tradición marxista y a una concesión ante el enorme peso de la ideología burguesa, que se basa obligatoriamente en la fe en la naturaleza eterna y en constante renovación del orden social capitalista.

“Aufheben”. Es el capital el que es “objetivista”, no el marxismo

Como hemos dicho al inicio de este artículo, ese problema (el no ser capaces de ver el capitalismo como una forma transitoria de organización social que ya ha demostrado su caducidad) predomina en la nueva generación de minorías politizadas muy influidas por el anarquismo. Como tal, el anarquismo tiene poco que proponer a nivel teórico, sobre todo cuando se trata de crítica de la economía política, y suele echar mano del marxismo cuando quiere darse la apariencia de profundidad. Ese, en cierto modo, es el papel del grupo Aufheben en el medio comunista libertario en Gran Bretaña e internacionalmente. Muchos esperan con impaciencia la aparición anual de la revista Aufheben que propone análisis sólidos sobre los temas del momento desde el punto de vista del “marxismo autonomista”. A la serie sobre la decadencia en particular, “Decadence: The Theory of Decline or the Decline of Theory?” (Decadencia: ¿teoría del declive o declive de la teoría?) que comenzó en el n° 2 de Aufheben, en el verano de 1993, se la considera como la refutación definitiva del concepto de declive del capitalismo, un concepto heredado de la IIª Internacional cuyo enfoque es “objetivista” sobre la dinámica del capitalismo, subestimando totalmente la dimensión subjetiva de la lucha de clases.

Para los socialdemócratas de izquierda, insistir en que el capitalismo está en declive, que se acerca a su desplome, es algo esencial. El sentido del “marxismo” es la idea de que el capitalismo está en quiebra y que, por tanto, la acción revolucionaria es necesaria. Los marxistas se comprometen así en la acción revolucionaria pero, como ya dijimos, porque lo centran todo en las contradicciones objetivas del sistema, siendo la acción subjetiva revolucionaria una reacción contra tales contradicciones; para ellos, no cuentan para nada los verdaderos requisitos necesarios para acabar con el capitalismo, o sea el desarrollo concreto del sujeto revolucionario. Los miembros más revolucionarios del movimiento tales como Lenin y Luxemburgo creían que una posición revolucionaria era una posición que creía en el desplome, cuando en realidad, esta posición fue la que permitió que existiera la postura reformista en los albores de la IIª Internacional. El problema es que la teoría del declive del capitalismo, la teoría de su hundimiento a causa de sus propias contradicciones objetivas, presupone un estado de ánimo sobre todo contemplativo ante el carácter objetivo del capitalismo, mientras que lo que se requiere de verdad para la revolución, es acabar con tal actitud contemplativa” ([24]).

Aufheben considera tanto a trotskistas como a comunistas de izquierda de hoy como herederos de esa tradición socialdemócrata (de izquierda): “Nuestra crítica es que su teoría se dedica a contemplar el desarrollo del capitalismo; las consecuencias prácticas son que les trotskistas salen corriendo detrás de todo lo que se mueve para reclutar con vistas al enfrentamiento final, mientras que los comunistas de izquierda se quedan apartados a la espera del ejemplo puro de acción revolucionaria de los obreros. Tras esa aparente oposición en la manera de enfocar la lucha, comparten ambos la idea del desmoronamiento del capitalismo lo cual implica que no aprenden nada del movimiento real. Aunque tomen posiciones que se decantan por la idea de que el socialismo es inevitable, en general, para los teóricos de la decadencia su advenimiento no es inevitable, pero el capitalismo se derrumbará. Esta teoría puede también asociarse con la construcción de una organización leninista ya o, si no, como para Mattick, se puede esperar al momento del derrumbe y entonces será posible crear una verdadera organización revolucionaria. La teoría del declive y de la crisis la defiende y la entiende el partido, y el proletariado debe ponerse detrás de sus banderas, algo así como: “Nosotros entendemos la Historia, sígannos”. La teoría del declive va muy bien con la teoría leninista de la conciencia, la cual se inspiró mucho de Kautsky quien terminó su comentario sobre el Programa de Erfurt con la previsión que les clases medias iban a ingresar “en el Partido socialista y, mano a mano con el proletariado que avanza irresistiblemente, seguirán su bandera hasta la victoria y el triunfo”.

En esta afirmación de que la teoría de la decadencia lleva lógicamente a la teoría “leninista” de la conciencia de clase puede comprobarse cómo la visión global de Aufheben estuvo influida por Socialisme ou Barbarie (SoB), cuyo abandono de la teoría marxista de la crisis en los años 1960 examinamos en un artículo anterior de esta serie ([25])) y, más todavía, por el autonomismo italiano ([26]). Estas dos corrientes compartían la crítica del “objetivismo” en Marx, proponiendo una lectura según la cual el estudiar constantemente las leyes económicas del capital minimizaría el impacto de la lucha de clases en la organización de la sociedad capitalista, incapaz de captar la importancia de la experiencia subjetiva de la clase obrera frente a su explotación. Y al mismo tiempo, Aufheben es consciente de que la teoría de la alienación de Marx está basada, precisamente, en la subjetividad y critica a Paul Cardan/Cornelius Castoriadis (el teórico principal de SoB) por haber construido una crítica de Marx sin tener en cuenta ese elemento clave de su pensamiento: “La “contradicción fundamental” de SoB es no haber captado plenamente el radicalismo de la crítica de la alienación hecha por Marx. En otras palabras, presentaba como innovación lo que en realidad era un empobrecimiento de la crítica de Marx” ([27]).

Los autónomos fueron también más allá de la idea superficial de Cardan según la cual Marx había escrito “una obra monumental [El Capital] en la que se analiza el desarrollo del capitalismo, obra de la que la lucha de clases está totalmente ausente” ([28]). El libro de Harry Cleaver, Reading Capital Politically, publicado en 1979 y que se identifica explícitamente con la tradición del “marxismo autonomista”, demuestra muy bien que, en el método de Marx, le capital se define como una relación social que, como tal, incluye obligatoriamente la resistencia del proletariado a la explotación, resistencia que a su vez modifica la manera con la que se organiza el capital. Es evidente, por ejemplo, con la lucha por la reducción del tiempo laboral, en el paso de la extracción de la plusvalía absoluta a la plusvalía relativa (en el siglo xix) y en la necesidad creciente de una planificación del Estado para enfrentarse al peligro proletario (en el siglo xx).

Eso corrige con razón la visión mecanicista “kautskysta”, que en efecto sí se desarrollo en la época de la IIª Internacional, según la cual las leyes inexorables de la economía capitalista implicaban más o menos que el poder caería “como una fruta madura” en manos de un partido socialdemócrata bien organizado. Además, subraya Cleaver, la visión que subestima el desarrollo subjetivo de la conciencia de clase también es una especie de ultra-leninismo que sitúa al partido como único factor de subjetividad, como en la famosa fórmula de Trotski según la cual “La crisis histórica de la humanidad se reduce à la crisis de la dirección revolucionaria” (Programa de Transición: “La agonía del capitalismo y las tareas de la Cuarta Internacional” ([29])). El partido sí es un factor subjetivo, pero su capacidad para crecer e influir en el movimiento de la clase depende de un gran desarrollo de la conciencia y del combate proletarios.

También es exacto decir que la burguesía debe tener en cuenta la lucha de la clase obrera en su gestión de la sociedad y no sólo en lo económico, sino también en lo político y militar. Y evidentemente, los análisis de la CCI sobre la situación mundial siempre han tenido en cuenta ese aspecto. Valgan de muestra algunos ejemplos: cuando interpretamos cómo se escogen los equipos políticos que deben dirigir el Estado “democrático”, siempre consideramos la lucha de clases como factor de la primera importancia; por eso durante los años 1980 afirmábamos que la burguesía prefería mantener a sus partidos de izquierda en la oposición para así enfrentar en mejores condiciones las reacciones proletarias frente a las medidas de austeridad; de igual modo, la estrategia de privatización no sólo tiene una función económica dictada por las leyes abstractas de la economía (generalizando la sanción del mercado en cada etapa del proceso del trabajo) sino también una función social cuyo fin es fragmentar la réplica del proletariado ante los ataques contra sus condiciones de vida, que ya no aparecen como los de un solo patrón, el Estado capitalista. Nosotros siempre hemos defendido que la lucha de clases, sea abierta o potencial, desempeña un papel primordial en la definición del curso histórico hacia la guerra o hacia la revolución. No hay ninguna relación lógica entre defender una teoría del declive del capitalismo y negar el factor subjetivo que representa la clase obrera cuando se trata de determinar la dinámica general de la sociedad capitalista.

Pero a los autónomos se les va totalmente la cabeza cuando concluyen que la crisis económica, que volvió a emerger a finales de los años 1960, era, por sí misma, nada menos que el resultado de la lucha de clases. Por mucho que en ciertos momentos las luchas obreras puedan agudizar las dificultades económicas de la burguesía y poner freno a sus “soluciones”, también conocemos perfectamente las cotas catastróficas que puede alcanzar la crisis económica en tiempos durante los cuales la lucha de la clase obrera está en un gran reflujo. La Gran Depresión de los años 1930 es el ejemplo más claro. La idea de que las luchas obreras provocan la crisis económica podía parecer aceptable en los años 1970 debido a la coincidencia de ambos fenómenos, pero el propio Aufheben se da cuenta de los límites de tal idea en el artículo de la serie sobre la decadencia dedicado especialmente a los autónomos: “La teoría de la crisis provocada por la lucha de clases empezó a fallar en los años 1980. Mientras que en los años 1970 la ruptura de las leyes objetivas del capital aparecía claramente, con el éxito parcial del capital, el sujeto [la clase obrera] que estaba emergiendo fue rechazado. Durante les años 1980, hemos visto cómo las leyes objetivas del capital daban rienda suelta a su locura furiosa en nuestras vidas. Una teoría que establecía una relación entre la crisis y el comportamiento concreto de la clase no encontró muchas luchas ofensivas en las que apoyarse y, sin embargo, la crisis sigue. Esta teoría se ha vuelto menos adaptada a la situación” ([30]).

¿Qué queda entonces de la pretendida ecuación entre la teoría de la decadencia y el “objetivismo”? Decíamos antes que Aufheben criticó con razón a Cardan porque éste desestimaba lo que de verdad implica la teoría de la alienación de Marx. Pero, por desgracia, Aufheben hace el mismo error cuando amalgama la teoría del declive del capitalismo con la visión “objetivista” del capital como si fuera una máquina dirigida como un reloj por leyes inhumanas. Para el marxismo, el capital no es un ente que planee por encima de la humanidad como Dios; al contrario, como Dios, es algo engendrado por la actividad humana. Es, sin embargo, una actividad alienada, lo cual quiere decir que acaba siendo algo independiente de sus creadores tanto de la burguesía como, en fin de cuentas, del proletariado, puesto que ambos son arrastrados por las leyes abstractas del mercado hacia el abismo del desastre económico y social. Ese objetivismo del capital es precisamente lo que la revolución proletaria quiere abolir, no mediante la imposible “humanización” de sus leyes, sino sustituyéndolas por la subordinación consciente de la producción a las necesidades humanas.

En World Revolution no 168 (octubre 1993) ([31]), publicamos una primera respuesta al primer articulo de Aufheben sobre la decadencia. El argumento central de nuestra respuesta es que al criticar la teoría de la decadencia, Aufheben está rechazando el método histórico de Marx. Al lanzar la acusación de “objetivismo”, ignoraba el avance fundamental realizado por el marxismo al rechazar a la vez el método materialista vulgar y el método idealista, superando así la dicotomía entre lo objetivo y lo subjetivo, entre la libertad y la necesidad ([32]).

Es importante notar que en los primeros artículos sobre la decadencia, Aufheben no sólo reconoce que la explicación que los autónomos dan sobre la crisis es errónea, también admite, en una introducción muy crítica de la serie que ha sido publicada en Internet (libcom.org) ([33]), que no ha logrado comprender con precisión la relación entre los factores objetivos y los subjetivos en algunos pensadores marxistas (incluida Rosa Luxemburg que defendía claramente la noción de declive del capitalismo), admitiendo que la crítica que nosotros le hicimos sobre unos cuantos aspectos de esta cuestión clave era perfectamente válida. Tras la publicación del tercer artículo, Aufheben se dio cuenta de que toda la serie estaba yéndose por mal camino, de modo que acabaron por dejarla. Esta autocrítica es bastante desconocida, mientras que la serie de origen sigue siendo la referencia como si fuera el no va más contra la teoría de la decadencia.

Saludamos dicho autoexamen, pero no estamos convencidos de que sus resultados sean muy positivos. La indicación más evidente es que precisamente en un período en que aparece cada día más patente el atolladero económico en que está metido el sistema capitalista, las últimas publicaciones del grupo muestran que se ha puesto a realizar una obra gigantesca que recuerda la fábula de la montaña que parió un ratón: la “crisis de la deuda” que estalló en 2007 no es, según el grupo Aufheben la expresión de un problema subyacente del proceso de acumulación, sino que se debe sobre todo a los errores del sector financiero...; además, esa crisis podría muy bien desembocar en un nuevo y amplio “restablecimiento” parecido a los precedentes de los años 1990 y los 2000 ([34]). No podemos explayarnos aquí sobre este tema, pero nos parece que el antidecadentismo está llegando a la fase final de su… declive.

Cesamos aquí esta polémica, aunque el debate sobre este tema debe proseguir. Y es tanto más urgente porque cada vez más gente, sobre todo entre las jóvenes generaciones, es consciente de que el capitalismo no tiene porvenir alguno y que la crisis en sin lugar a dudas una crisis terminal. Es esta una cuestión que va a ser cada día más discutida en las batallas de la clase obrera y en las revueltas sociales que provoca la crisis por el planeta entero. Es cada día más vital proporcionar un marco teórico claro para comprender lo histórico del atolladero en el que está inmerso el sistema capitalista, insistir en que es un modo de producción incontrolado que va todo recto hacia su autodestrucción, y, por lo tanto, recalcar la imposibilidad de todas las soluciones reformistas que pretendan hacer que el capital sea más humano o más democrático. En resumen, demostrar que la alternativa “socialismo o barbarie”, anunciada alto y claro por los revolucionarios en 1914, es hoy más válida que nunca. Ese lema es todo lo contrario de un llamamiento a aceptar pasivamente la ruta que sigue la sociedad. Es un llamamiento a que el proletariado actúe, se haga cada día más consciente y abra el camino a un porvenir comunista que es posible y necesario, pero que en modo alguno está garantizado.

Gerrard (primavera de 2012)

 

[1]) Revista Internacional no 148, “Decadencia del capitalismo – 40 años de crisis abierta ponen de manifiesto que el capitalismo decadente no tiene cura”,

http://es.internationalism.org/rint148-decadencia

[2]) Revista Internacional no 146, “Decadencia del capitalismo – Para los revolucionarios, la Gran Depresión confirma la caducidad del capitalismo”,

http://es.internationalism.org/rint146-decadencia

[3]) Revista Internacional no 134, “Decadencia del capitalismo – Qué método científico debe usarse para comprender el orden social existente...”

http://es.internationalism.org/rint134-decadencia

[10]) http://internationalist-perspective.org/IP/ip-archive/ip_44_decadence-2.html; en francés: “Une contribution au débat sur la décadence” con algunas variantes respecto a la versión inglesa, http://internationalist-perspective.org/PI/pi-archives/pi_44_decadence-2.html

[12]) Mac Intosh no es ni el primero ni el último de los ex miembros de la CCI en quedarse patidifuso ante las tasas de crecimiento del capitalismo, acabando por poner en entredicho el concepto de decadencia del capitalismo. A finales de los años 1990, tras una grave crisis centrada una vez más en la cuestión de la organización, unos cuantos antiguos camaradas formaron el Círculo de París, entre ellos RV, redactor del folleto La decadencia del capitalismo y de los articulo de respuesta a la crítica del GCI al “decadentismo”. Aunque el tema de la decadencia nunca fue objeto de debate en la crisis interna, el Círculo de París publicó rápidamente un texto importante negando el concepto de decadencia, siendo su argumento principal el desarrollo considerable de las fuerzas productivas desde 1914 y sobre todo desde 1955 (http://cercledeparis.free.fr/indexORIGINAL.html)

[13]) El Capital, Libro III, Tercera sección.

[14]) Leer al respecto nuestro artículo: “El estudio de El Capital y los Principios del comunismo” (VIIª parte de la serie “El comunismo no es un bello ideal, sino una necesidad material”), http://es.internationalism.org/rint75comunismo

[15]) De hecho una estimación del FMI prevé que “la economía china podría ver su crecimiento dividido por dos si se agrava la crisis en la zona euro” (diario francés les Echos.

http://www.lesechos.fr/entreprises-secteurs/finance-marches/actu/0201894521951-les-banques-chinoises-invitees-a-reechelonner-les-prets-aux-provinces-288265.php).

[16]) Para mantener su crecimiento, a pesar del freno de la coyuntura económica mundial, China apuesta por su mercado interior mediante un incremento del endeudamiento de las administraciones locales. Pero tampoco ahí será posible el milagro. Nadie puede endeudarse al infinito sin riesgos de quiebra, en este caso la de los bancos comerciales de China. Y, precisamente, “para evitar las suspensiones de pagos en cascada, los bancos “han dejado para más tarde los plazos para que las administraciones locales paguen sus deudas”, o se están preparan para dicha eventualidad” (les Echos).

[20]) Revista Internacional no 147, “Decadencia del capitalismo – El boom de la posguerra no cambió el curso en el declive del capitalismo”, http://es.internationalism.org/revista+internacional+147-decadencia-

[21]) El artículo de la Revista Internacional n° 120 también denuncia las afirmaciones hipócritas de un grupo de individuos excluidos de la CCI por su comportamiento indigno: la “Fracción interna de la CCI”, que había publicado un artículo adulador sobre la contribución de Battaglia Comunista. La tal Fracción atacó a la CCI porque ésta habría “abandonado” el concepto de decadencia con la teoría de la descomposición (que evidentemente no es un concepto ajeno al de la decadencia), de modo que su proyecto político (o sea atacar a la CCI a la vez que le hacía la pelota al BIPR) quedaba así al desnudo.

[22]) Por lo visto, el artículo de Prometeo no 8 era un documento de discusión y no una posición del BIPR o de uno de sus afiliados, de modo que el título de nuestra respuesta (“Battaglia Comunista abandona el concepto marxista de decadencia”) no es el idóneo.

[23]) Por ejemplo, el debate sobre la base económica del boom de posguerra “Debate interno en la CCI – Las causas del período de prosperidad consecutivo a la Segunda Guerra mundial” (http://es.internationalism.org/rint133-debate, y los artículos de los números siguientes) en donde se analiza que la decadencia tiene una historia, lo cual nos lleva al concepto de descomposición, fase final del declive del capitalismo.

[24]) http://libcom.org/library/decadence-aufheben-2 (todas las citas han sido traducidas del inglés por nosotros)

[25]) Revista Internacional no 147, “Decadencia del capitalismo – El boom de la posguerra no cambió el curso en el declive del capitalismo”, http://es.internationalism.org/revista+internacional+147-decadencia-

[26]) Auge y decadencia de la Autonomía obrera” (1979), http://es.internationalism.org/rint/1979/16_autono

[28]) Cornelius Castoriadis. folleto n10: Le mouvement révolutionnaire sous le capitalisme moderne. Cap. II: “La perspective révolutionnaire dans le marxisme traditionnel”.

[29]) Revista Internacional no 146, “Decadencia del capitalismo – Para los revolucionarios, la Gran Depresión confirma la caducidad del capitalismo”,  http://es.internationalism.org/rint146-decadencia

[31]) Publicación de la CCI en Gran Bretaña. Ver: http://en.internationalism.org/wr/168_polemic_with_aufheben

[32]) Ver también el artículo de esta serie en la Revista Internacional no 141 “Decadencia del capitalismo - La teoría del declive del capitalismo y la lucha contra el revisionismo”, http://es.internationalism.org/rint141-decadencia,

que contiene una crítica de la idea de Aufheben de que la noción de decadencia tiene su origen en la Segunda Internacional.

[33]) http://libcom.org/aufheben/decadence. En esta introducción, Aufheben dice que al principio los escritos de la CCI fueron una referencia importante para el grupo. Pero también dice que nuestros métodos dogmáticos y sectarios respecto a ellos (por ejemplo en una reunión en Londres sobre el futuro de la Unión Europea) los convencieron de que no era posible discutir con nosotros. Es cierto que la CCI pudo sin duda comportarse de manera sectaria para con Aufheben, y esto se refleja en un artículo de 1993, por ejemplo al escribir al final que lo mejor sería que ese grupo desapareciera.

[34]) Estos son los últimos párrafos de un artículo de 2011: “no hay gran cosa que pueda sugerir que hayamos entrado en una larga cuesta abajo o que el capitalismo esté ahora enfangado en el estancamiento, si no es la propia crisis financiera. En realidad, la rápida reanudación de las ganancias y de la confianza de la mayor parte de la burguesía en las perspectivas a largo plazo de una renovada acumulación de capital parecen sugerir lo contrario. Pero si el capitalismo en su conjunto está todavía a medio camino de una larga recuperación, con elevadas tasas de ganancia históricamente, ¿cómo explicar la imprevista crisis financiera de 2007-2008?

“Como lo hemos defendido desde hace mucho tiempo contra la ortodoxia del “estancamiento”, la teoría de la “recuperación” se ha revelado correcta al haber comprendido que la reestructuración de la acumulación global del capital ocurrida en le última década, en especial gracias a la integración en la economía mundial de China y de Asia, ha llevado a la restauración de las tasas de ganancia y, por consiguiente, a una recuperación económica sostenida. Pero como hoy lo reconocemos, el problema es que la teoría de la recuperación no ha conseguido captar la importancia de los bancos y de la finanza a nivel global, ni el papel que han desempeñado en esa reestructuración.

“Así, para superar los límites de las teorías “estancacionista” y “recuperacionista” sobre la crisis, era necesario examinar las relaciones entre la emergencia y el desarrollo de los sectores bancario y financiero a nivel global y la reestructuración de la verdadera acumulación del capital ocurrida durante los treinta últimos años. En base a este examen, hemos podido concluir que la crisis financiera de 2007-08 ni ocurrió por casualidad a causa de una política errónea ni fue una crisis del sistema financiero que lo único que reflejaba era una crisis subyacente de estancamiento de la acumulación real del capital. Al contrario, la causa subyacente de la crisis financiera fue una demasiada cantidad de capital-moneda para préstamos en el sistema bancario y financiero en su conjunto que se desarrolló a finales de los años 1990. Esto, a su vez, fue el resultado de desarrollos en la acumulación real de capital – como el auge de China, el despegue de la “nueva economía” y la liquidación continua de la “vieja economía” – que han sido centrales para sostener ese largo ascenso.

“De todo eso podríamos intentar concluir que la naturaleza y el significado de la crisis financiera no significan un viraje decisivo que lleve a un bajón económico o al final del neoliberalismo como muchos lo han supuesto, sino, más bien, a un punto de inflexión que marca una nueva fase a largo plazo. El significado de esta fase y lo que implica para el desarrollo futuro del capitalismo y de la lucha contra él son temas que no tenemos sitio para desarrollar aquí.Aufheben n° 19, « Return of the crisis: Part 2 - the nature and significance of the crisis”, http://libcom.org/library/return-crisis-part-2