Decadencia del capitalismo (X) – Para los revolucionarios, la Gran Depresión confirma la caducidad del capitalismo

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Decadencia del capitalismo

Para los revolucionarios, la Gran Depresión confirma la caducidad del capitalismo

No hubo recuperación verdadera del capitalismo mundial tras la devastación de la Primera Guerra mundial. La mayoría de las economías de Europa se estancaron, incapaces de resolver los problemas planteados por la ruptura resultante de la guerra y la revolución, por la existencia de unas fábricas vetustas y un desempleo masivo.

Decadencia del capitalismo

Para los revolucionarios, la Gran Depresión confirma la caducidad del capitalismo

 

No hubo recuperación verdadera del capitalismo mundial tras la devastación de la Primera Guerra mundial. La mayoría de las economías de Europa se estancaron, incapaces de resolver los problemas planteados por la ruptura resultante de la guerra y la revolución, por la existencia de unas fábricas vetustas y un desempleo masivo. La difícil situación de la economía británica, que había sido la más poderosa, es típica de aquel contexto cuando en 1926 tiene que recurrir a bajas de salarios para intentar recuperar en vano su ventaja en la competencia del mercado mundial. El resultado fue una huelga de diez días en solidaridad con los mineros cuyos salarios y condiciones de vida eran el objetivo principal del ataque. El único verdadero boom se produjo en Estados Unidos, país que, a la vez, se benefició de las dificultades de sus antiguos rivales y del desarrollo acelerado de la producción en serie, cuyo símbolo eran las cadenas de montaje de Detroit donde se producía el Ford T. La coronación de Estados Unidos como primera potencia económica mundial permitió además sacar a la economía alemana del marasmo gracias a la inyección de préstamos masivos. Pero todo el ruido que se hizo en torno a los “rugientes años 20” ([1]) en EEUU y otros países, no pudo ocultar que aquel relanzamiento no se basó en ninguna ampliación sustancial del mercado mundial, muy al contrario de lo ocurrido durante las últimas décadas del siglo XIX. El boom, ya en gran parte alimentado por la especulación y las deudas impagables, preparó el terreno a la crisis de sobreproducción que estalló en 1929 y que sumió rápidamente a la economía mundial en la mayor y más profunda depresión nunca antes conocida (ver el primer artículo de esta serie, en la Revista Internacional no 132).

No se trataba de un retorno al ciclo “expansión-recesión” del siglo XIX, sino de una enfermedad totalmente nueva: la primera gran crisis económica de una nueva era en la vida del capitalismo. Era una confirmación de la conclusión a la había llegado la mayoría de los revolucionarios en respuesta a la guerra de 1914: el modo de producción burgués se había vuelto caduco, se había vuelto un sistema decadente. Casi todas las expresiones políticas de la clase obrera interpretaron la Gran Depresión de los años 1930 como una nueva confirmación de ese diagnostico. A esto se añadió la evidencia de que durante los años anteriores a 1929 no se había producido ninguna recuperación económica espontánea y de que la crisis empujaba el sistema hacia un segundo reparto imperialista del mundo.

Esta nueva crisis, en cambio, no provocó una nueva oleada de luchas revolucionarias, a pesar de los movimientos de clase importantes ocurridos en varios países. La clase obrera había sufrido una derrota histórica tras los intentos revolucionarios en Alemania, Hungría, Italia y otros países, y tras la espantosa derrota y muerte de la revolución en Rusia. Con el triunfo del estalinismo en los partidos comunistas, las corrientes revolucionarias que pudieron sobrevivir quedaron reducidas a pequeñas minorías empeñadas en esclarecer las razones de semejante derrota e incapaces de ejercer una influencia significativa en la clase obrera. Pero eso sí, comprender la trayectoria histórica de la crisis del capitalismo fue un factor de la primera importancia para guiar a esos grupos durante aquellos años tan sombríos.

Las respuestas del movimiento político proletario: trotskismo y anarquismo

La corriente de Oposición de Izquierda formada en torno a Trotski, agrupada en una nueva Internacional, la Cuarta, editó su programa en 1938, con el título La agonía del capitalismo y las tareas de la Cuarta Internacional. En continuidad con la Tercera Internacional, afirmaba que el capitalismo había entrado en una decadencia irremediable.

La premisa económica de la revolución proletaria ha llegado hace mucho tiempo al punto más alto que le sea dado alcanzar bajo el capitalismo. Las fuerzas productivas de la humanidad han cesado de crecer (…) Las charlatanerías de toda especie según las cuales las condiciones históricas no estarían todavía “maduras” para el socialismo no son sino el producto de la ignorancia o de un engaño consciente. Las condiciones objetivas de la revolución proletaria no sólo están maduras sino que han empezado a descomponerse([2]).

No es éste el lugar para hacer una crítica detallada del Programa de transición, nombre con el que se conoce ese texto. A pesar de su punto de partida marxista, ese texto da una visión de la relación entre condiciones objetivas y subjetivas que acaba cayendo a la vez en el materialismo vulgar y en el idealismo: por un lado, tiende a presentar la decadencia del sistema como un colapso total y absoluto de las fuerzas productivas; por otro, considera que una vez que se ha llegado a ese atolladero objetivo, lo único que falta es una dirección política correcta al proletariado para transformar la crisis en revolución. Y así, la introducción del documento afirma que “la crisis histórica de la humanidad se reduce a la dirección revolucionaria”. De ahí viene la tentativa voluntarista de crear una nueva Internacional en un período de contrarrevolución. Para Trotski, la derrota del proletariado es precisamente lo que hace necesaria la proclamación de la nueva Internacional: “Los escépticos preguntan: ¿Pero ha llegado el momento de crear una nueva Internacional? Es imposible, dicen, crear “artificialmente” una Internacional. Sólo pueden hacerla surgir los grandes acontecimientos, etc. (…) La Cuarta Internacional ya ha surgido de grandes acontecimientos; de las más grandes derrotas que el proletariado ha registrado en la historia”.

Razonando así, el nivel de conciencia de clase del proletariado y su capacidad para afirmarse como fuerza independiente quedan más o menos relegados a un papel marginal. Este enfoque tiene que ver con el contenido semirreformista y capitalista de Estado de muchas reivindicaciones transitorias del programa, pues a éstas no se las considera tanto como verdaderas soluciones al colapso de las fuerzas productivas, sino, más bien, como medios sofisticados para extraer al proletariado de la prisión en que lo tiene encerrado su corrupta dirección del momento, y guiarlo así hacia la buena dirección política. El programa de transición se estableció así basado en una separación total entre el análisis de la decadencia del capitalismo y sus consecuencias programáticas.

Los anarquistas suelen estar en desacuerdo con los marxistas sobre la insistencia de éstos en fundamentar las perspectivas de la revolución en las condiciones objetivas alcanzadas por el desarrollo capitalista. En el siglo XIX, época del capitalismo ascendente, anarquistas como Bakunin defendían la idea de que el levantamiento de las masas era posible en todo momento y acusaban a los marxistas de posponer la lucha revolucionaria a un futuro lejano. Por eso, durante la época que siguió a la Primera Guerra mundial, hubo pocos intentos por parte de las corrientes anarquistas para sacar las consecuencias de la entrada del capitalismo en su fase de decadencia, puesto que, para la mayoría de ellos, nada había cambiado fundamentalmente. Sin embargo, la amplitud de la crisis económica de los años 1930 convenció a algunos de los mejores de ellos de que el capitalismo había llegado a su época de declive. El anarquista ruso exiliado G. Maximov, en Mi credo social, editado en 1933, afirma que: “ese proceso de declive empezó inmediatamente después de la Primera Guerra mundial, con la forma de unas crisis económicas cada vez más importantes y agudas, que durante años han estallado simultáneamente en los países vencedores y vencidos. En el momento de escribir este texto (1933-1934), una verdadera crisis mundial del sistema afecta a casi todos los países. Su carácter prolongado y su alcance universal no pueden explicarse ni mucho menos con la teoría de las crisis políticas periódicas” ([3]).

Y prosigue mostrando cómo los esfuerzos del capitalismo para salir de la crisis mediante medidas proteccionistas, bajas de salarios o la planificación estatal no hacen sino aumentar las contradicciones del sistema: “el capitalismo, que hizo nacer una plaga social, no puede deshacerse de su propia progenitura maléfica sin matarse a sí mismo. El desarrollo lógico de esa tendencia debe desembocar inevitablemente en el dilema siguiente: o se produce una desintegración total de la sociedad, o se llega a la abolición del capitalismo y se crea un nuevo sistema social más progresista. La forma moderna de organización social ha seguido su curso, demostrando, hoy mismo, que es a la vez un obstáculo al progreso de la humanidad y un factor de ruina social. Ese sistema caduco debe arrinconarse en el museo de reliquias de la evolución social” ([4]).

Cierto que en este texto, Maximov “suena” a muy marxista, como también cuando afirma que la incapacidad del capitalismo para extenderse impedirá que la crisis pueda resolverse de la misma manera que en épocas anteriores: “En el pasado, el capitalismo habría evitado la crisis mortal mediante los mercados coloniales y los de las naciones agrarias. Hoy, la mayoría de las colonias mismas compiten con los países metropolitanos en el mercado mundial, a la vez que las tierras agrícolas están industrializándose intensivamente” ([5]).

Y se observa la misma clarividencia sobre las características del nuevo período en los escritos del grupo británico Federación Comunista Antiparlamentaria (APCF), en la que la influencia de los marxistas de la Izquierda comunista germano-holandesa fue mucho más directa ([6]).

 

La Izquierda italiana-belga

Lo dicho antes no es causal: fue la Izquierda comunista la más rigurosa en el análisis del significado histórico de la depresión económica como expresión de la decadencia del capitalismo y en los intentos para identificar las raíces de la crisis mediante la teoría marxista de la acumulación. Especialmente las fracciones italiana y belga de la Izquierda comunista basaron siempre sus posiciones programáticas en que la crisis del capitalismo era histórica y no sólo cíclica: por ejemplo, el rechazo de las luchas nacionales y de las reivindicaciones democráticas, que diferenció claramente a esa corriente del trotskismo, se basaba no en un sectarismo abstracto, sino en el cambio en las condiciones del capitalismo mundial que volvió caducos esos aspectos del programa del proletariado. Esa búsqueda de coherencia incitó a los camaradas de la Izquierda italiana y belga a lanzarse a un estudio profundizado de la dinámica interna de la crisis capitalista. Inspirado además en la traducción reciente al francés de La acumulación del capital de Rosa Luxemburg, ese estudio desembocó en unos artículos firmados por “Mitchell”: “Crisis y ciclos en le economía del capitalismo agonizante”, publicados en 1934 en los números 10 y 11 de Bilan ([7]).

Los artículos de Mitchell vuelven a Marx, examinan la naturaleza del valor y de la mercancía, el proceso de la explotación del trabajo y las condiciones fundamentales del sistema capitalista, que residen en la producción de la plusvalía misma. Para Mitchell, había una clara continuidad entre Marx y Rosa Luxemburg en el reconocimiento de que era imposible que toda la plusvalía pudiera obtenerse gracias al consumo de los trabajadores y de los capitalistas. Sobre los esquemas de la reproducción de Marx, que fueron el centro de la polémica que estalló tras la publicación del libro de Rosa Luxemburg, Mitchell escribió lo siguiente:
“… si Marx, en sus esquemas de la reproducción ampliada, emitió la hipótesis de una sociedad enteramente capitalista en la que sólo se opondrían capitalistas y proletarios fue, nos parece, para poder así demostrar lo absurdo de una producción capitalista que llegaría un día a equilibrarse y armonizarse con las necesidades de la humanidad. Eso significaría que la plusvalía acumulable, gracias a la ampliación de la producción, podría realizarse directamente, por una parte, mediante la compra de nuevos medios de producción necesarios, y, por otro, gracias a la demanda de los obreros suplementarios (¿dónde encontrarlos, por otra parte?) y así, los capitalistas, de lobos se habrían vuelto pacíficos progresistas.

“Marx, si hubiera podido seguir desarrollando sus esquemas, habría llegado a la conclusión opuesta: un mercado capitalista que no pudiera extenderse gracias a la incorporación de ámbitos no capitalistas, una producción enteramente capitalista – lo cual es históricamente imposible – significaría el cese del proceso de acumulación y el fin del capitalismo mismo. Por consiguiente, presentar los esquemas (como lo han hecho algunos “marxistas”) como si fueran la imagen de una producción capitalista que pudiera desarrollarse sin desequilibrios, sin sobreproducción, sin crisis, es falsificar, a sabiendas, la teoría marxista” ([8]).

Y el texto de Mitchell no se queda en lo abstracto. Nos presenta las fases principales de la ascendencia y del declive del sistema capitalista. Empezando por las crisis cíclicas del siglo XIX, Mitchell pone de relieve la interacción entre el problema de la producción de la plusvalía y la tendencia decreciente de la cuota de ganancia[9], el desarrollo del imperialismo y del monopolio y el final de las guerras nacionales después de los años 1870. Insiste en el papel creciente del capital financiero, criticando a la vez la idea de Bujarin de considerar que el imperialismo es la consecuencia del capital financiero y no la respuesta del capital a sus contradicciones internas. Analiza la carrera hacia las colonias y la competencia creciente entre las principales potencias imperialistas como los factores inmediatos de la Primera Guerra mundial, que marcó la entrada del sistema en su crisis senil. Identifica entonces algunas de las características principales del modo de vida del capitalismo en el nuevo período: recurso creciente a la deuda y al capital ficticio, interferencia masiva del Estado en la vida económica, una de cuyas expresiones típicas es el fascismo, en una tendencia general a una separación creciente entre el dinero y el valor real plasmada en el abandono del patrón oro. La recuperación de corta duración del capitalismo tras la Primera Guerra mundial se explica por diversos factores: la destrucción de capital sobreabundante; la demanda causada por la necesidad de reconstruir unas economías arruinadas; la posición única de Estados Unidos como nueva “locomotora” de la economía mundial; pero, sobre todo, la “prosperidad” ficticia creada por el crédito: ese crecimiento no se basó en una verdadera expansión del mercado global y era pues muy diferente de las recuperaciones del siglo XIX. Y así, la crisis mundial que estalló en 1929 fue muy diferente de las crisis cíclicas del siglo XIX, no sólo por su envergadura sino por su carácter insoluble, o sea que no vendría seguida automática o espontáneamente de un boom. El capitalismo iba a sobrevivir desde entonces quebrantando cada vez más sus propias leyes: “Refiriéndonos a los factores determinantes de la crisis general del capitalismo, podemos comprender por qué la crisis mundial no puede solucionarse mediante la acción “natural” de las leyes económicas capitalistas, por qué, al contrario, ésta han sido vaciadas por el poder conjugado del capital financiero y del Estado capitalista, que aplastan todas las expresiones de intereses capitalistas particulares” ([10]).

De ese modo, las manipulaciones del Estado permitieron un crecimiento de la producción, que se dedicó en gran parte al sector militar y a preparar una nueva guerra.

“Haga lo que haga, sea cual sea el medio que use para zafarse del estrangulamiento de la crisis, el capitalismo va empujado irresistiblemente hacia su destino, la guerra. Dónde y cómo surgirá es algo imposible de determinar hoy. Lo que importa es saber y afirmar que estallará por el reparto de Asia y que será mundial” ([11]).

No iremos aquí más allá en el análisis de los puntos fuertes y de algunos más flojos del análisis de Mitchell ([12]), pero, eso sí, ese texto es sobresaliente desde todos los puntos de vista, pues fue el primer intento por parte de la Izquierda comunista de hacer un análisis coherente, unificado e histórico del proceso de ascendencia y de decadencia del capitalismo.

 

La Izquierda germano-holandesa

En la tradición de la izquierda germano-holandesa, que había sido duramente diezmada por la represión contrarrevolucionaria en Alemania, el análisis luxemburguista seguía siendo la referencia para cierto número de grupos. Pero también había una tendencia importante, orientada en otra dirección, especialmente en la Izquierda holandesa y en el grupo formado en torno a Paul Mattick en Estados Unidos. En 1929, Henryk Grossman publicaba un trabajo importante sobre la teoría de las crisis: La ley de la acumulación y del hundimiento del sistema capitalista. El Groep van Internacionale Communisten (GIC) en Holanda calificó ese trabajo de “sobresaliente” ([13]) y, en 1934, Paul Mattick publicó un resumen (y un desarrollo) de las ideas de Grossman, titulado “La crisis permanente; la interpretación por Henryk Grossman de la teoría de Marx de la acumulación capitalista”, en el no 2 del volumen 1 de Internacional Council Correspondence. Este texto reconocía explícitamente el valor de la contribución de Grossman y a la vez desarrollaba algunos puntos. A pesar de que Grossman era simpatizante del KPD y de otros partidos estalinistas, y a pesar de que consideraba a Mattick como políticamente sectario ([14]), ambos mantuvieron una correspondencia durante cierto tiempo, en gran parte sobre problemas planteados en el libro de Grossman.

El libro de Grossman se publicó antes de la crisis mundial, e inspiró sin duda a bastantes revolucionarios para aplicarla a la realidad concreta de la Gran Depresión. Grossman insiste en la idea, central en su libro, de que la teoría del desmoronamiento del capitalismo es la médula misma de El Capital de Marx, por mucho que Marx no pudiera ir hasta sus últimas consecuencias. Los revisionistas del marxismo –Bernstein, Kautsky, Tugan Baranowski, Otto Bauer y demás– negaron la noción de desmoronamiento del capitalismo, en perfecta coherencia con su política reformista. Para Grossman, era algo indiscutible que el socialismo no habrá de llegar porque el capitalismo sea un sistema inmoral, sino porque su evolución histórica misma lo acabaría hundiendo en contradicciones insuperables, haciendo de él una traba para el crecimiento de las fuerzas productivas: “En cierta fase de su desarrollo histórico, el capitalismo ya no consigue engendrar un nuevo desarrollo de las fuerzas productivas. A partir de entonces, la caída del capitalismo se hace económicamente inevitable. La verdadera tarea que se dio Marx en El Capital era dar la descripción precisa de ese proceso y aprehender sus causas mediante un análisis científico del capitalismo” ([15]).

Por otro lado, “si no existe una razón económica que haga que el capitalismo acabe fracasando necesariamente, el socialismo solo podría entonces sustituir al capitalismo por razones que no tienen nada de económico, sino que son puramente políticas, psicológicas o morales. Y, en este caso, abandonamos las bases materialistas de un argumento científico en favor de la necesidad del socialismo, abandonamos la idea de que esa necesidad se deduce del propio proceso económico” ([16]).

Hasta ahí, Grossman está de acuerdo con Luxemburg, la cual había abierto la vía afirmando el papel central de la noción de desmoronamiento y, en ese punto, aquél está a su lado contra los revisionistas. Sin embargo, Grossman consideraba que la teoría de Luxemburg sobre la crisis contenía muchas debilidades pues se basaba en una mala comprensión del método que Marx desarrolló en su uso del esquema de la reproducción: “en lugar de examinar el esquema de la reproducción de Marx en el marco de su sistema total y especialmente de su teoría de la acumulación, en lugar de preguntarse qué papel desempeña ese marco metodológicamente en la estructura de su teoría, en lugar de analizar el esquema de la acumulación desde su principio hasta su conclusión final, Luxemburg estuvo inconscientemente influida por ellos [les epígonos revisionistas]. Ella acabó creyendo que los esquemas de Marx permiten una acumulación ilimitada” ([17]).

Por consiguiente, argumenta Grossman, Rosa Luxemburgo desplazó el problema de la esfera principal de la producción de la plusvalía hacia la esfera secundaria de la circulación. Grossman reexaminó el esquema de la reproducción que Otto Bauer había adaptado de Marx, en su crítica de La acumulación del capital ([18]). El objetivo de Bauer era entonces refutar la tesis de Luxemburg de que el capitalismo acabaría enfrentándose a un problema insoluble en la producción de la plusvalía, una vez que hubiera eliminado todos los mercados “exteriores” a su modo de producción. Para Bauer, el crecimiento demográfico del proletariado era suficiente para absorber toda la plusvalía requerida para permitir la acumulación. Hay que subrayar que Grossman no cometió el error de considerar el esquema de Bauer como una descripción real de la acumulación capitalista (contrariamente a lo que dijo Pannekoek, algo que veremos más adelante): “Demostraré que el esquema de Bauer refleja, y sólo puede reflejar, el aspecto del valor en el proceso de reproducción. En ese sentido, ese esquema no puede describir el proceso real de la acumulación en términos de valor y de valor de uso. Segundo, el error de Bauer consiste en que supone que el esquema de Marx es, en cierto modo, una ilustración de los procesos reales en el capitalismo, olvidándose de las simplificaciones que lo acompañan. Pero esos puntos débiles no quitan valor al esquema de Bauer” ([19]).

La intención de Grossman, cuando lleva el esquema de Bauer hasta su conclusión “matemática”, es demostrar que, incluso sin el problema de la realización de la plusvalía, el capitalismo chocaría contra barreras insuperables. Si se considera el aumento de la composición orgánica del capital y la tendencia decreciente de la cuota de ganancia resultante, la ampliación global del capital llegaría a un punto en el que la masa absoluta de la ganancia sería insuficiente para permitir seguir acumulando, llegando así el sistema a su desmoronamiento. En el uso que, según sus hipótesis, Grossman hace del esquema de Bauer, ese punto se alcanza al cabo de 35 años: a partir de entones, “ninguna nueva acumulación de capital en las condiciones postuladas podría realizarse. El capitalista gastaría sus esfuerzos en gestionar el sistema productivo cuyos frutos son enteramente absorbidos por la parte de los trabajadores. Si esa situación se mantuviera, eso significaría la destrucción del mecanismo capitalista, su fin económico. Para la clase de los empresarios, la acumulación no sólo sería insignificante, sino que sería objetivamente imposible porque el capital sobreacumulado queda sin explotar, no podría funcionar, sería incapaz de aportar ganancias” ([20]).

Esto llevó a algunos críticos de Grossman a decir que éste pensaba ser capaz de prever con una certidumbre absoluta el momento en que el capitalismo se volvería imposible. No fue ése, sin embargo, su objetivo. Grossman intentaba sencillamente recuperar la teoría de Marx del hundimiento explicando por qué éste había considerado la tendencia decreciente de la cuota de ganancia como la contradicción central en el proceso de acumulación.

“Esta baja de la cuota de ganancia en la etapa de sobreacumulación es diferente de la bajas de esas cuotas en las etapas precedentes de la acumulación del capital. Una cuota de ganancia en baja es un síntoma permanente del progreso de la acumulación durante sus diferentes etapas, pero, durante las primeras etapas de la acumulación, va paralela a una masa creciente de ganancia y un consumo capitalista también en alza. Sin embargo, más allá de ciertos límites, la baja de la cuota de ganancia se acompaña de una caída de la plusvalía afectada al consumo capitalista y, poco después, de la plusvalía destinada a la acumulación. “La baja de la cuota de ganancia se acompañaría esta vez de una disminución absoluta de la masa de ganancia” (Marx, El Capital, libro III, 3ª sección, “Las contradicciones internas de la ley”)” ([21]).

Para Grossman, la crisis no sobrevendría porque el capitalismo esté enfrentado a “demasiada” plusvalía, como así lo defendía Rosa Luxemburg, sino porque, al final, se acabaría por extraer muy poca plusvalía de la explotación de los trabajadores para poder realizar más inversiones rentables en la acumulación. Las crisis de superproducción se producen efectivamente, pero son básicamente la consecuencia de la sobreacumulación del capital constante: “La sobreproducción de mercancías es una consecuencia de una valorización insuficiente debida a la sobreacumulación. La crisis no la provoca la desproporción entre la expansión de la producción y la insuficiencia del poder adquisitivo, o sea de la penuria de consumidores. La crisis se produce porque no se hace ningún uso del poder adquisitivo existente. Y eso porque no es rentable aumentar la producción, porque este aumento no modifica la cantidad de plusvalía disponible. Y así, por un lado, el poder adquisitivo sigue sin emplearse, y, por otro, las mercancías producidas siguen sin venderse” ([22]).

El libro de Grossman significó un retorno a Marx y no vaciló en criticar a marxistas eminentes, como Lenin y Bujarin por la incapacidad de éstos para analizar las crisis o las acciones imperialistas del capitalismo como expresiones de las contradicciones internas del sistema, y, en cambio, se limitaron a las expresiones externas de esas contradicciones (como Lenin, por ejemplo, que veía a los monopolios como la causa del imperialismo). En la introducción a su libro, Grossman explica la premisa metodológica en la que se basa esa crítica: “He intentado demostrar por qué las tendencias que se descubren empíricamente de la economía mundial y que se consideran como características de la última etapa del capitalismo (monopolios, exportación de capitales, lucha por el reparto de las fuentes de materias primas, etc.) no son sino manifestaciones exteriores secundarias, resultantes de lo que es esencial: la acumulación capitalista que es la base de todo ello. Mediante ese mecanismo interno, es posible emplear un único principio, la ley marxista del valor, para explicar claramente todas las manifestaciones del capitalismo sin que sea necesario improvisar una teoría específica, ni tampoco tener que esclarecer su etapa postrera, el imperialismo. No quiero insistir en que es la única manera de demostrar la inmensa coherencia del sistema económico de Marx”.

Y, prosiguiendo en el mismo tono, Grossman se defiende entonces de antemano de toda acusación de “economismo puro”: “Puesto que, en este estudio, me limito deliberadamente a sólo describir los fundamentos económicos del desmoronamiento del capitalismo, permítanme despejar ya toda sospecha de economismo. Es inútil gastar papel sobre el vínculo entre las ciencias económicas y la política; es evidente la existencia de esa relación. Sin embargo, mientras que los marxistas han escrito cantidad de cosas sobre la revolución política, no se han preocupado, sin embargo, por tratar teóricamente el aspecto económico de esa cuestión y no han logrado captar el contenido real de la teoría de Marx sobre el desmoronamiento. Mi única preocupación aquí es rellenar ese hueco en la tradición marxista” ([23]).

No hay que olvidarse de lo anterior cuando se acusa a Grossman de sólo describir la crisis final del sistema por la incapacidad del aparato económico de seguir funcionando durante más tiempo. Y dejando de lado la impresión que dejan varias de sus formulaciones abstractas sobre el desmoronamiento, hay también un problema más fundamental en el intento de Grossman “de esclarecer la etapa postrera (del capitalismo), el imperialismo”.

A diferencia de Mitchell, por ejemplo, no concibe explícitamente su trabajo como algo que sirviera a esclarecer las conclusiones a las que llegó la IIIª Internacional, o sea que la Primera Guerra Mundial había iniciado la época de declive del capitalismo, la época de las guerras y de las revoluciones. En algunos pasajes reprocha, por ejemplo, a Bujarin que considere la guerra (mundial) como prueba de que llegó la época del hundimiento, tendiendo a reducir la importancia de la guerra mundial como expresión indudable de la senilidad del modo de producción capitalista. Sí, es cierto que Grossman acepta que “podría ser así”, y que su objeción principal al argumento de Bujarin es que para éste la guerra sería la causa y no el síntoma; pero Grossman también argumenta que: “lejos de ser una amenaza para el capitalismo, las guerras son el medio de prolongar su existencia como un todo. Los hechos muestran precisamente que tras cada guerra, el capitalismo conoce un nuevo período de crecimiento” ([24]).

Eso significa que Grossman subestima seriamente la amenaza que la guerra capitalista representa para la supervivencia de la humanidad y parece confirmar que para él, la crisis final será puramente económica. Además, aunque su trabajo da testimonio de sus esfuerzos por concretar su análisis (poniendo de relieve el crecimiento inevitable de las tensiones imperialistas provocado por la tendencia al hundimiento), su insistencia sobre lo inevitable de una crisis final que obligaría a la clase obrera a derrocar el sistema no hace aparecer claramente si se ha iniciado ya la época de la revolución proletaria.

Mattick y la época de la crisis permanente

Respecto a lo anterior, el texto de Mattick es más explicito que el libro de Grossman pues trata la crisis del capitalismo en el contexto general del materialismo histórico y, por lo tanto, mediante el concepto de ascendencia y de decadencia de los diferentes modos de producción. Y, así, el punto de partida del documento es la afirmación de que: “el capitalismo como sistema económico ha tenido la misión de desarrollar las fuerzas productivas de la sociedad hasta un nivel que ningún sistema anterior habría sido capaz de alcanzar. El motor del desarrollo de las fuerzas productivas en el capitalismo es la carrera por la ganancia. Y por esa misma razón, ese proceso sólo puede continuar mientras sea rentable. Desde ese punto de vista, el capital se convierte en una traba en cuanto ese desarrollo entra en conflicto con la necesidad de ganancia” ([25]).

A Mattick no le cabe la menor duda de que ha llegado la época de la decadencia capitalista y que estamos ahora en la fase de la crisis permanente como así lo dice el título de su texto, aunque pueda haber booms temporales gracias a las medidas tomadas para atajar el declive, tales como el incremento de la explotación absoluta. Esos booms temporales “dentro de la crisis mortal”, no son “una expresión del desarrollo, sino del desmoronamiento”. Mattick, quizás con mayor claridad que Grossman, tampoco aboga por un hundimiento automático una vez que la cuota de ganancia haya disminuido por debajo de cierto nivel. Y muestra la reacción del capitalismo ante su atolladero histórico: aumento de la explotación de la clase obrera para extraer las últimas gotas de plusvalía que requiere la acumulación, marcha hacia la guerra mundial para apropiarse de las materias primas con menos costes, conquista de mercados y anexión de nuevas fuentes de fuerza de trabajo. Y, al mismo tiempo, considera las guerras, al igual que la crisis económica misma, como “gigantescas desvalorizaciones de capital constante mediante la destrucción violenta de valor y de valores de uso que son su base material”. Esos dos factores conducen al incremento de la explotación y, según Mattick, la guerra mundial acarreará una reacción de la clase obrera que abrirá la perspectiva de la revolución proletaria. La Gran Depresión es ya “la mayor crisis en la historia capitalista”, pero “de la acción de los trabajadores dependerá que sea la última para el capitalismo, y también para ellos”.

La obra de Mattick se sitúa así claramente en la continuidad de los esfuerzos anteriores de la Internacional comunista y de la Izquierda comunista para comprender la decadencia del sistema. Y mientras que Grossman ya había examinado los límites de las contratendencias a la baja de la cuota de ganancia, Mattick las hizo más concretas gracias al análisis del desarrollo real de la crisis capitalista mundial durante el período abierto por el crac de 1929.

A nuestro entender, a pesar de las concreciones aportadas por Mattick a la teoría de Grossman, hay aspectos de su método general que siguen siendo abstractos. Uno se queda perplejo ante la afirmación de Grossman de que no hay “ninguna huella en Marx” de la existencias de un problema de insuficiencia de mercados ([26]). El problema de la realización de la plusvalía o de la “circulación” no está fuera del proceso de acumulación, sino que es una parte indispensable de él. Asimismo, Grossman parece minimizar el problema de la superproducción como si fuera un simple subproducto de la baja de la cuota de ganancia, ignorando así los pasajes de Marx que lo sitúan claramente dentro de las relaciones fundamentales entre trabajo asalariado y capital ([27]). Mientras que, analizando esos elementos, Luxemburg proporciona un marco coherente para comprender por qué el triunfo mismo del capitalismo como sistema global habría de impulsarlo hacia su era de declive, es más difícil saber cuándo el aumento de la composición orgánica del capital alcanza un nivel tal que las contratendencias se vuelven ineficaces y comienza el declive. En efecto, tras haber incluido el comercio exterior en el conjunto de esas contratendencias, Mattick se acerca incluso un poco a Rosa Luxemburg cuando argumenta que la transformación de las colonias en países capitalistas retira esa opción esencial: “Al transformar los países importadores de capitales en países exportadores de capitales, al acelerar su desarrollo industrial con un fuerte crecimiento local, el comercio exterior deja de ser una contratendencia [que contrarreste la baja de la cuota de ganancia]. Mientras que se anula el efecto de las contratendencias, la tendencia al desmoronamiento capitalista sigue siendo la dominante. Estamos entonces ante la crisis permanente, o crisis mortal del capitalismo. El único medio que le queda entonces al capitalismo para seguir existiendo es la pauperización permanente, absoluta y general del proletariado”.

A nuestro entender, tenemos ahí una indicación de que el problema de la realización (la necesidad de la extensión permanente del mercado global para compensar las contradicciones internas del capital) no puede retirarse tan fácilmente de la ecuación ([28]).

Sin embargo, el objetivo de este capítulo no es indagar en los argumentos a favor o en contra de la teoría de Luxemburg, sino demostrar que la explicación alternativa de la crisis contenida en la teoría de Grossman y Mattick se integra también plenamente en la comprensión de la decadencia del capitalismo. Y no ocurre lo mismo con la crítica principal hecha a la tesis de Grossman-Mattick en el seno de la Izquierda comunista durante los años 1930, “La teoría del hundimiento del capitalismo” de Pannekoek, texto editado por primera vez en Rätekorrespondenz en junio de 1934 ([29]).

 

La crítica de Pannekoek a la teoría del desmoronamiento

Durante los años 1930, Pannekoek trabajó muy estrechamente con el Groep van Internationale Communisten y escribió sin duda su texto en respuesta a la creciente popularidad de las teorías de Grossman en el seno de la corriente comunista de consejos: menciona que esta teoría había sido ya integrada en el manifiesto del Partido Unido de Trabajadores de Mattick. Los párrafos introductorios del texto expresan una preocupación perfectamente comprensible cuyo objetivo era evitar ciertos errores de comunistas alemanes en los tiempos de la oleada revolucionaria, cuando se invocaba la idea de la “crisis mortal” para afirmar que el capitalismo ya había agotado todas las opciones y que bastaría con un ligero empujón para derrumbarlo por completo, un enfoque que se asociaba a menudo con las acciones voluntaristas y aventureristas. Sin embargo, como ya lo hemos escrito en otro lugar ([30]), la falla esencial en el razonamiento de quienes defienden la noción de crisis mortal en la posguerra no estriba en la noción misma de crisis catastrófica del capitalismo. Esta noción caracteriza un proceso que puede durar décadas y no un crac repentino que vendría de no se sabe dónde. Ese error estriba en la amalgama de dos fenómenos distintos: la decadencia histórica del capitalismo como modo de producción y la crisis económica coyuntural –sea cual sea su profundidad– que el sistema puede conocer en un momento dado. En su polémica contra la idea de un hundimiento del capitalismo como fenómeno inmediato y que sólo se produciría en el plano puramente económico, Pannekoek cae en el error de negar por completo la noción de decadencia del capitalismo, en coherencia con otras posiciones con las que estaba de acuerdo en aquel tiempo, como la posibilidad de revoluciones burguesas en las colonias y la “función burguesa del bolchevismo” en Rusia.

Pannekoek empezó criticando la teoría del desmoronamiento de Rosa Luxemburg. Retoma las críticas clásicas a esas teorías, de que éstas se basaban en un problema falso y que, matemáticamente hablando, los esquemas de la reproducción de Marx no presentan ningún problema de realización para el capitalismo. Pero el objetivo principal del texto de Pannekoek es la teoría de Grossman.

Pannekoek reprocha a Grossman dos aspectos esenciales: la falta de concordancia entre su teoría de las crisis y la de Marx; la tendencia a considerar la crisis como un factor automático en el advenimiento del socialismo, lo cual no requeriría demasiada acción consciente por parte de la clase obrera. Ciertas críticas de Pannekoek a Grosman por su uso de los esquemas de Bauer se basan en algo erróneo, pues acusa a Grossman de usarlas sin más y eso es falso. Hemos demostrado que eso es falso. Más seria es la acusación de que Grossman habría entendido mal, incluso habría cambiado conscientemente lo escrito por Marx sobre la relación entre la baja de la cuota de ganancia y el aumento de la masa de ganancia. Pannekoek insiste en que, puesto que la masa de ganancia siempre ha estado acompañada por la baja de la cuota de ganancia, Marx nunca imaginó una situación en la que habría una penuria absoluta de plusvalía: “Marx habla de una sobreacumulación que lleva a la crisis, un exceso de plusvalía acumulada que no encuentra dónde invertirse y pesa sobre la ganancia; el desmoronamiento de Grossmann procede de una insuficiencia de plusvalía acumulada” ([31]).

Es difícil aceptar esas críticas: no es contradictorio hablar de sobreacumulación por un lado, y, por otro, de una penuria de plusvalía: la “sobreacumulación” es otra manera de decir que hay exceso de capital constante, lo cual significará necesariamente que las mercancías producidas contendrán menos plusvalía y, por lo tanto, menos ganancia potencial para los capitalistas. Es cierto que Marx consideró que una baja de la cuota de ganancia sería compensada por un aumento de la masa de ganancia: esto depende, en particular, de la posibilidad de vender una cantidad cada vez mayor de mercancías, lo cual nos lleva al problema de la realización de la plusvalía, problema que no vamos a tratar aquí.

El problema más importante que queremos tratar aquí es la noción básica del desmoronamiento ([32]) capitalista y no sus explicaciones teóricas específicas. La idea de un desmoronamiento puramente económico (y es cierto que Grossman tiende hacia esa idea, con su visión de simple atasco de los mecanismos económicos del capitalismo) revela un enfoque muy mecánico del materialismo histórico en el que la acción humana casi sólo desempeñaría un papel ínfimo, incluso ningún papel; y, para Pannekoek, Marx siempre vio el final del capitalismo como el resultado de la acción consciente de la clase obrera. Esto es lo central en la crítica de Pannekoek a las teorías del desmoronamiento, porque estimaba que estas teorías tendían a subestimar la necesidad para la clase obrera de armarse para la lucha, de desarrollar su consciencia y su organización para llevar a cabo la inmensa tarea de echar abajo al capitalismo, el cual desde luego que no iba a caer como una fruta madura en manos del proletariado. Pannekoek aceptó que Grossman considerara que la llegada de la crisis final provocaría la lucha de clases, pero critica la visión puramente economicista de esa lucha. Para Pannekoek: “El que el capitalismo se desmorone económicamente y que la necesidad empuje a los hombres –a los obreros y a los demás– a crear una nueva organización, no significa que vaya a surgir el socialismo. Es lo contrario: al hacerse cada día el capitalismo, tal como hoy vive, más insoportable para los obreros, acaba empujándolos a la lucha, continuamente, hasta que se construye en ellos la voluntad y la fuerza de derrocar la dominación del capitalismo y de construir una nueva organización, y es entonces cuando se desmorona el capitalismo. No es porque se demuestre desde fuera lo insoportable del capitalismo, sino porque así se vive espontáneamente desde dentro, que lo insoportable impulsa a la acción” ([33]).

Ya un pasaje de Grossman anticipaba algunas de las críticas de Pannekoek: “La idea del desmoronamiento, necesaria por razones objetivas, no es contradictoria, ni mucho menos, con la lucha de clases. Es más, la acción viva de las clases en lucha puede influir mucho en ese desmoronamiento, dejando cierto espacio para una intervención activa de la clase. Sólo entonces se comprenderá por qué, al haberse alcanzado un alto nivel de acumulación del capital, es cada vez más difícil obtener alzas de salarios verdaderas, por qué cada lucha económica importante se convierte en un problema de existencia para el capitalismo, una cuestión de poder político… La lucha de la clase obrera por reivindicaciones cotidianas se enlaza así con su lucha por el objetivo final. La meta final por la que lucha la clase obrera no es un ideal introducido en el movimiento obrero desde fuera gracias a unos métodos especulativos hechos desde fuera del movimiento, y cuya realización, independiente de las luchas del presente, queda para un porvenir lejano. Es lo contrario, como lo demuestra la ley del desmoronamiento presentada aquí: [el objetivo final es] un resultado de las luchas cotidianas inmediatas y puede alcanzarse más rápidamente mediante esas luchas” ([34]).

Pero para Pannekoek, Grossman era: “un economista burgués que no tuvo nunca ninguna experiencia práctica de la lucha del proletariado, y, por consiguiente, se encuentra en una situación que le impide comprender la esencia del marxismo” ([35]).

Y aunque Grossman criticó aspectos del “viejo movimiento obrero” (socialdemocracia y “comunismo de partido”), no tenía nada en común con lo que los comunistas de consejos llamaban “nuevo movimiento obrero”, que era verdaderamente independiente del “viejo”. Pannekoek insiste en que por mucho que para Grossman exista una dimensión política en la lucha de clases, ésta es incumbencia esencialmente de la actividad de un partido de tipo bolchevique. Para aquél, Grossman fue en fin de cuentas un abogado de la economía planificada, y de la transición de la forma tradicional y anárquica del capital a la forma gestionada por el Estado, la cual podría fácilmente no necesitar la menor intervención del proletariado autoorganizado; todo lo que necesitaría, es la mano firme de una “vanguardia revolucionaria” en el momento de la crisis final.

No es del todo justo achacar a Grossman de no ser más que un economista burgués sin experiencia práctica de la lucha de los trabajadores: antes de la guerra estuvo muy involucrado en el movimiento de los trabajadores judíos en Polonia y, aunque tras la oleada revolucionaria, se mantuvo simpatizante de los partidos estalinistas (y años más tarde, poco antes de morir, trabajó en la universidad de Leipzig en la Alemania del Este estalinista), siempre mantuvo una independencia de espíritu, de modo que sus teorías no pueden ser apartadas como una simple apología del estalinismo. Como ya dijimos, no vaciló en criticar a Lenin; mantuvo una correspondencia con Mattick y, durante un breve período, a principios de los años 1930, estuvo atraído por la oposición trotskista. Está claro que, contrariamente a Rosa Luxemburg, a Mattick, o a Lenin, no pasó la mayor parte de su vida como revolucionario comunista, pero sería reductor considerar la totalidad de la teoría de Grossman como reflejo directo de su política ([36]).

Pannekoek resume su argumentación en “La teoría del desmoronamiento del capitalismo” de la manera siguiente: “El movimiento obrero no tiene que ponerse a esperar una catástrofe final, sino muchas catástrofes, catástrofes políticas –como las guerras– y económicas –como las crisis que se desencadenan periódicamente, tanto regular como irregularmente, pero que, en su conjunto, con la extensión del capitalismo, se vuelven cada vez más devastadoras. Eso acabará por provocar el desmoronamiento de las ilusiones y de las tendencias del proletariado a la tranquilidad, y al estallido de luchas cada vez más duras y profundas. Y aparece como una contradicción que la crisis actual –más profunda y devastadora que ninguna otra en el pasado– no deje entrever en absoluto el despertar  de una revolución proletaria. Por eso, la primera tarea es eliminar las viejas ilusiones: en primer lugar, la ilusión de hacer soportable el capitalismo, gracias a unas reformas que obtendrían la política parlamentaria y la acción sindical; y, por otra parte, ilusión de poder echar abajo el capitalismo en un asalto dirigido por un partido comunista que se da aires revolucionarios. Es la clase obrera misma, como masa, la que debe llevar a cabo el combate, y todavía le cuesta reconocerse en las nuevas formas de lucha, mientras que la burguesía, por su parte, está solidificando cada vez más su poder. Tendrán que acabar llegando luchas serias. La crisis actual podrá quizás reabsorberse, pero llegarán nuevas crisis y nuevas luchas. En estas luchas, la clase obrera desarrollará su fuerza de combate, reconocerá sus objetivos, se formará, se hará autónoma y aprenderá a tomar por sí sola en sus manos su propio destino, o sea, la producción social. En ese proceso es el que se realizará la liquidación del capitalismo. La autoemancipación del proletariado, ése es el desmoronamiento del capitalismo” ([37]).

Hay muchas cosas correctas en esa visión, sobre todo la idea de la necesidad para toda la clase obrera de desarrollar su autonomía respecto a todas las fuerzas capitalistas que se presenten como sus salvadoras. Pannekoek, sin embargo, no explica por qué las crisis iban a ser cada vez más devastadoras; sólo menciona el tamaño del capitalismo como factor de ese carácter destructor ([38]). Pero tampoco se plantea la pregunta: ¿cuántas catástrofes devastadoras puede atravesar el capitalismo antes de destruirse a sí mismo y, junto con él, la posibilidad de una nueva sociedad? Dicho de otra manera, lo que ahí falta es la comprensión de que el capitalismo es un sistema limitado históricamente por sus propias contradicciones y que ya ha puesto a la humanidad ante la alternativa: socialismo o barbarie. Pannekoek tenía totalmente razón en insistir en que el desmoronamiento económico no iba a llevar, ni mucho menos, automáticamente al socialismo. Pero tenía tendencia a olvidarse de que ese sistema en declive si no es destruido por la clase obrera revolucionaria podría acabar en la ruina y destruir de paso toda posibilidad para el socialismo. Las líneas introductivas de El Manifiesto comunista dejan abierta la posibilidad de que las contradicciones crecientes de ese modo de producción puedan desembocar en la ruina mutua de las clases concernidas, si la clase oprimida no logra levar a cabo su transformación de la sociedad. En este sentido, el capitalismo está en efecto condenado a deteriorarse hasta su “crisis final”, y no existe ninguna garantía de que el comunismo pueda edificarse sobre el suelo de un desastre semejante. Esta toma de conciencia en nada hará disminuir la importancia de la acción determinada de la clase obrera para imponer su propia solución al desmoronamiento del capitalismo. Al contrario, hace todavía más urgente e indispensable la lucha consciente del proletariado y la actividad de las minorías revolucionarias en su seno.

Gerrard


[1]) Expresión anglófona que se refiere explícitamente al período entreguerras, y más concretamente a los años 20 como lo indica su nombre, un período en el que las actividades económicas y culturales están en su auge. Se designa así sobre todo a lo ocurrido en Norteamérica, en EEUU especialmente. Aunque también hubo algo parecido en Francia con los llamados années folles (“años locos”) (Wikipedia).

[2]) Trotski, Programa de transición.

[3]) Ese libro se publicó en ruso en EEUU. Nuestra traducción se ha hecho a partir del inglés. Existe también una traducción en francés. No sabemos si existe una traducción en castellano.

[4]) Ídem.

[5]) Ídem.

[6]) Por ejemplo, Advance (Progreso), periódico de la APCF, publicó un artículo en mayo 1936 de Willie McDougall, que explica la crisis económica a causa de la sobreproducción. Así concluye el artículo: “La misión histórica [del capitalismo] –la sustitución del feudalismo– fue cumplida. Elevó la producción à niveles que sus pioneros no podían ni imaginar. Pero ya se alcanzó el punto álgido y se ha iniciado el declive. Cada vez que un sistema se convierte en traba para el desarrollo o el funcionamiento mismo de las fuerzas productivas, una revolución es inminente y está obligado a dejar el sitio a un sucesor. Al igual que el feudalismo tuvo que dejar el sitio a un sistema más productivo como lo es el capitalismo, este último debe ser barrido del camino del progreso y dejar el sitio al socialismo” (Traducción nuestra del inglés).

[7]) Vueltos a publicar en los nos 102 y 103 de nuestra Revista Internacional

[8]) Bilan no 10.

[9]) “Tendencia decreciente de la cuota de ganancia” es la traducción de la edición de El Capital del FCE (México). Otras traducciones son : “baja tendencial de la tasa de ganancia”.

[10]) Bilan n° 11.

[11]) Ídem.

[12]) Especialmente los párrafos que tratan de la destrucción del capital y del trabajo en la guerra. Ver al respecto la introducción a la discusión sobre los factores en los que se basaron “los Treinta Gloriosos”, en la Revista Internacional no 133 y, también, la nota 2 a la segunda parte del articulo de Mitchell en la Revista internacional no 103.

[13]) PIC, Persdinst van de Groep van Internationale Communisten no 1, enero de 1930 “Een marwaardog boek”, citado en el libro de la CCI, La Izquierda Holandesa, p. 210 (en francés).

[14]) Rick Kuhn, Henryk Grossman and the Recovery of Marxism, Chicago 2007, p 184

 

[15]) La ley de la acumulación, edición abreviada en inglés, 1992, Pluto Press, p. 36. traducción nuestra.

[16]) ídem, p. 56.

[17]) ídem, p. 125.

[18]) Otto Bauer, “La acumulación del capital”, Die Neue Zeit, 1913.

[19]) La ley de la acumulación, op. cit., p. 69.

[20]) ídem, p. 76.

[21]) ídem, pp. 76-77.

[22]) ídem, p. 132.

[23]) Ídem, pp. 32-33.

[24]) Ídem, pp. 49-50.

[25]) Traducción nuestra.

[26]) La ley de la acumulación, p. 128.

[27]) Ver el artículo anterior de esta serie en la Revista Internacional no 139, “Las contradicciones mortales de la sociedad burguesa”.

[28]) En una obra posterior, Crisis y teoría de las crisis (1974), Mattick vuelve sobre el problema y reconoce que efectivamente Marx no concibe únicamente el problema de la sobreproducción como una consecuencia de la baja de la cuota de ganancia, sino como una contradicción real, resultante en particular del “poder de consumo restringido” de la clase obrera. De hecho, su honradez intelectual le lleva a hacerse una pregunta embarazosa: “Nos encontramos de nuevo ante la cuestión, ya considerada, de si Marx desarrolló dos teorías de las crisis: la que se deriva de la teoría del valor y se manifiesta en el descenso de la tasa de beneficio [cuota de ganancia] y la que se caracteriza por el consumo insuficiente de los trabajadores” (Crisis y teoría  de las crisis, cap. III, “Los epígonos”, Ediciones Península, Barcelona, 1977). La respuesta que propone es que la afirmación de Marx “parece[n] más bien o un error conceptual o una falta de claridad en la expresión” (Ídem, “La teoría de las crisis en Marx”).

[29])  Traducción en inglés de Adam Buick en Capital and Class, en 1977. http://www.marxists.org/archive/pannekoe/1934/collapse.htm. Existe en francés en http://www.marxists.org/francais/pannekoek/works/1934/00/pannekoek_19340001.htm.

[30]) “La edad de las catástrofes”, Revista Internacional no 143.

[31]) Pannekoek, traducido de La teoría del desmoronamiento del capitalismo, en su versión francesa

http://www.marxists.org/francais/pannekoek/works/1934/00/pannekoek_19340001.htm.

[32]) Preferimos “desmoronamiento” a otros términos que también se usan para expresar ese fenómeno: “derrumbe”, “hundimiento” o “desplome”.

[33]) Pannekoek, op. cit., nota 13.

[34]) Kuhn, op. cit., p. 135-6, cita sacada de la edición alemana completa de La ley de la acumulación. Traducción nuestra.

 

[35]) Pannekoek, op. cit., nota 13.

[36]) Sería ése, en cierto modo, un error similar al que hizo Pannekoek en Lenin filósofo en el que defendía que les influencias burguesas en los escritos filosóficos de Lenin demostraban el carácter burgués del bolchevismo y de la revolución de Octubre.

[37]) Pannekoek, op. cit., nota 13.

[38]) Ver nuestro folleto sobre La Izquierda holandesa (en francés), p. 211, en el que se hace una anotación parecida sobre la posición del GIC [Gruppe Internationale Communisten, Grupo de comunistas internacionales, de Holanda] en su conjunto: “Aún habiendo rechazado las ideas un tanto fatalistas de Grossman y de Mattick, el GIC abandonaba toda la herencia teórica de la izquierda alemana sobre las crisis. [Para el GIC] la crisis de 1929 ya no era una crisis generalizada que plasmaba el declive del sistema capitalista, sino una crisis cíclica. En un folleto aparecido en 1933, el GIC afirmaba que la Gran Crisis tenía un carácter crónico y no permanente, incluso después de 1914. El capitalismo se parecía al Ave Fénix del mito, renaciendo sin cesar de sus cenizas. Tras cada “regeneración” por la crisis aparecía “más grande y más poderoso que antes”. Pero esa regeneración no era eterna, ya que “el incendio amenaza de muerte con mayor violencia cada vez a todo el conjunto de la vida social”. En fin de cuentas, sólo el proletariado podría dar el “golpe mortal” al Fénix capitalista y transformar un ciclo de crisis en crisis final. Esta teoría era por lo tanto contradictoria, pues, por un lado retomaba la visión de las crisis cíclicas como las del siglo XIX, que ampliaban sin cesar la extensión del capitalismo, en un ascenso interrumpido; y, por otro lado, definía un ciclo de destrucciones y de reconstrucciones cada vez más ineluctable para la sociedad.” El folleto del que se extrajo esa cita es: De beweging van het kapitalistisch bedrijfsleven.