El concepto de curso histórico en el movimiento revolucionario

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Desde el informe sobre la lucha de clases en el último congreso, no ha habido cambios inmediatos en la situación a la que ha estado enfrentada la clase obrera. El proletariado ha demostrado con sus luchas que su combatividad sigue intacta y su descontento creciente (empleados de los transportes de Nueva York, “huelga general” en Noruega, huelgas que han afectado a muchos sectores en Francia, la huelga de empleados de Correos en Gran Bretaña, movimientos en países de la periferia como Brasil, China, Argentina, etc.). Pero la situación sigue estando más definida por las dificultades que ante sí encuentra la clase. Esas dificultades vienen impuestas por las condiciones del capitalismo en descomposición y continuamente reforzadas por las campañas ideológicas de la burguesía sobre “la muerte de la clase obrera”, la “nueva economía”, la “globalización” y hasta “el anticapitalismo”. Mientras tanto, en el seno del medio político proletario, se mantienen los desacuerdos fundamentales sobre la relación de fuerzas entre las clases, utilizando algunos grupos lo que ellos llaman visión “idealista” de la CCI sobre el curso histórico, como razón para no participar en ninguna iniciativa conjunta contra la guerra en Kosovo.

Es ésta una razón para centrar este Informe no tanto en las luchas del período reciente, sino en el intento de profundizar nuestra comprensión del curso histórico tal como el movimiento obrero lo ha desarrollado: si queremos responder con eficacia a las críticas que se nos hacen, debemos evidentemente ir a la raíz histórica de las incomprensiones que recorren el medio proletario.
Lo que sigue aquí abajo dista mucho de ser un estudio exhaustivo; su objetivo es ayudar a la organización a profundizar el método general con el que el marxismo ha abordado esta cuestión.

Primera parte 1848-1952
De El Manifiesto comunista a la Primera Guerra mundial

El concepto de “curso histórico” tal como lo desarrolló sobre todo la Fracción italiana de la Izquierda comunista, deriva de la alternativa histórica desarrollada por el movimiento marxista en el siglo xix: socialismo o barbarie. En otras palabras, el modo de producción capitalista contiene en su seno dos tendencias y posibilidades contradictorias – la tendencia a la autodestrucción y la tendencia a la asociación del trabajo a escala mundial y la emergencia de un orden social nuevo y superior. Hay que insistir que para el marxismo, ninguna de esas tendencias se impone a la sociedad capitalista desde fuera, contrariamente a las teorías burguesas que explican las expresiones de barbarie como el nazismo o el estalinismo como intrusiones extrañas a la normalidad capitalista, o en las diferentes versiones místicas o utópicas del advenimiento de una sociedad comunista. Las dos salidas posibles de la trayectoria histórica del capital son la culminación lógica de sus procesos vitales más profundos. La barbarie, el hundimiento social y la guerra imperialista proceden de la competencia a muerte que empuja al sistema hacia delante, a partir de las divisiones inherentes a la producción de mercancías y a la guerra perpetua de todos contra todos; el comunismo, por su parte, procede de la necesidad para el capital del trabajo asociado y unificado, que produce así su propio enterrador, el proletariado. Contra todos los errores idealistas que intentan separar proletariado y comunismo, Marx definió a éste como la expresión de “su movimiento real”, insistiendo en que los obreros “no tienen ideal que realizar, sino liberar los elementos de la nueva sociedad de la que está preñada la vieja sociedad burguesa que se está hundiendo” (La Guerra civil en Francia).

En El Manifiesto comunista, hay cierta tendencia a suponer que esa preñez acabará en nacimiento sano, que es inevitable la victoria del proletariado. Al mismo tiempo, El Manifiesto afirma, cuando habla de las sociedades de clase precedentes, que en caso de no haber salida revolucionaria, el resultado es “la ruina mutua de las clases en presencia”, o sea, la barbarie. Aunque esta alternativa no esté claramente anunciada para el capitalismo, es la deducción lógica que viene del reconocimiento de que la revolución proletaria no es, en modo alguno, un proceso automático y requiere la autoorganización consciente del proletariado, la clase cuya misión es crear una sociedad que permita por primera vez a la humanidad ser dueña de su destino. Por eso, El Manifiesto comunista está centrado en la necesidad para los proletarios de “constituirse ellos mismos en clase, y por lo tanto en partido político”. A pesar de las clarificaciones posteriores sobre la distinción entre partido y clase, el núcleo central de esta toma de posición sigue siendo profundamente válido: el proletariado no puede actuar como fuerza revolucionaria y consciente de sí misma más que enfrentando al capitalismo a nivel político. Y para ello, no puede prescindir de la necesidad de formar un partido político.

Una vez más, estaba claro que la “constitución del proletariado en clase” armado con un programa explícito contra la sociedad capitalista no era posible en todo momento. Primero, El Manifiesto insistía en la necesidad de que la clase atravesara un largo periodo de aprendizaje durante el cual haría avanzar sus luchas desde sus formas “primitivas” iniciales (el luddismo, por ejemplo) a formas más organizadas y conscientes (formación de los sindicatos y partidos políticos). Y a pesar del “optimismo de juventud” de El Manifiesto sobre las posibilidades inmediatas de la revolución, la experiencia de 1848-52 demostró que los períodos de contrarrevolución y de derrotas también forman parte del aprendizaje del proletariado, y que, en esos períodos, las tácticas y la organización del movimiento proletario debían adaptarse en consecuencia. Ése es el sentido de la polémica entre la corriente marxista y la tendencia Willich-Schapper, la cual, según los términos de Marx, “había sustituido la concepción materialista por una concepción idealista. En lugar de ver la situación real como la fuerza motriz de la revolución, sólo veía la simple voluntad” (Carta al Consejo general de la Liga comunista, septiembre de 1850). Este planteamiento fue decisivo en la decisión de disolver la Liga comunista y de concentrarse en las tareas de clarificación y defensa de los principios (tareas de una fracción) en lugar de malgastar energías en grandiosas aventuras revolucionarias. En su práctica real, la vanguardia marxista demostró durante la fase ascendente del capitalismo que era estéril intentar fundar un partido de clase realmente eficaz en los períodos de reflujo y de reacción: el esquema de fundación de los partidos durante la fase de lucha ascendente de la clase y el reconocimiento de su muerte en las fases de derrotas sería después seguido con la Primera internacional y la creación de la Segunda.

Es cierto que los escritos de los marxistas en ese período, aún conteniendo muchos aspectos vitales, no desarrollan una teoría coherente sobre el papel de la fracción en períodos de reflujo; como lo subraya Bilan, eso solo fue posible cuando la propia noción de partido se elaboró teóricamente, tarea que no podía cumplirse plenamente sino en el período de lucha directa por el poder, inaugurada por la decadencia del sistema capitalista (ver nuestro artículo sobre las relaciones entre fracción y partido en la Revista internacional nº 64). Además, las ­condiciones de la decadencia agudizan todavía más los contornos de esta ­cuestión en la práctica en el período ascendente, con la lucha a largo plazo por reformas, los partidos políticos podían mantener un carácter proletario sin por ello estar enteramente com­puestos de revolucionarios, mientras que en la decadencia, el partido de clase sólo puede estar compuesto de militantes revolucionarios y no puede mantenerse durante mucho tiempo como partido comunista, o sea, como órgano capaz de llevar a cabo la ofensiva revolucionaria, fuera de las fases de lucha abierta.

De igual modo, las condiciones del capitalismo ascendente no permitieron que evolucionara plenamente la idea de que la evolución ya sea hacia la guerra mundial ya hacia levantamientos revolucionarios depende de la relación de fuerzas global entre las clases. La guerra mundial no era en aquél entonces un “requisito” para el capitalismo, el cual podía superar siempre sus crisis económicas periódicas mediante la expansión del mercado mundial; y como la lucha por reformas no se había agotado todavía, la revolución mundial seguía siendo, para la clase obrera, una perspectiva global más que una necesidad urgente. La alternativa histórica entre el socialismo y la barbarie no podía “resumirse” todavía en una alternativa inmediata entre guerra y revolución.

Ya a partir de 1887, sin embargo, la emergencia del imperialismo permitió a Engels prever claramente la forma precisa que obligatoriamente iba a tener la tendencia del capitalismo a la barbarie: una guerra devastadora en el corazón mismo del sistema:

“No hay otra guerra posible para Prusia-Alemania sino una guerra mundial y una guerra mundial de una extensión y una violencia inimaginables hasta ahora. Ocho a diez millones de soldados matándose unos a los otros, y, a la vez, devorando toda Europa hasta devastarla como nunca la haya devastado ningún enjambre de saltamontes. La ruina de la guerra de los Treinta años comprimida en tres o cuatro y extendida por todo el continente; las hambres, el envenenamiento, la caída general en la barbarie, tanto de los ejércitos como de las masas del pueblo; una confusión sin esperanza para nuestro sistema de comercio, de industria y de crédito que desembocaría en la bancarrota general, en el hundimiento de los antiguos Estados y de su sabiduría elitista tradicional hasta el punto de que las coronas rodarán por docenas por las calles y que no habrá nadie para recogerlas; la imposibilidad absoluta de prever cómo acabará todo eso y quién saldrá victorioso de la lucha; un solo resultado es absolutamente cierto: el agotamiento general y el establecimiento de condiciones de la victoria final de la clase obrera” (15/12/1887). Vale la pena recordar que Engels – basándose sin duda en la experiencia real de la Comuna de París una década y media antes – preveía que esa guerra europea haría surgir la revolución proletaria.

Durante la primera década del sigloxx, la amenaza creciente de esa guerra se volvió una preocupación importante para el ala revolucionaria de la socialdemocracia, de aquellos que no se dejaban engañar por los cantos de sirena del “progreso perpetuo”, del “superimperialismo” y otras ideologías que se habían incrustado en amplios sectores del movimiento. En los congresos de la II Internacional, fue el ala izquierda –Lenin y Rosa Luxemburg en particular– especialmente el que insistió con mayor fuerza en que la Internacional tomara una postura clara frente al peligro de guerra. La resolución de Stuttgart de 1907 y la de Basilea que reafirmó en 1912 las premisas de aquélla, fueron el fruto de sus esfuerzos. La primera estipula: “en caso de una amenaza de estallido de la guerra, el deber de la clase obrera y de sus representantes en el Parlamento en los países que participen en ella, fortalecidos por la acción unificadora del Buró internacional, es hacer todo lo posible por impedir que estalle, usando los medios que les parezcan más eficaces, que son naturalmente diferentes según la intensificación de la guerra de clase y de la situación política general.

“Si, a pesar de todo, estallara la guerra, su deber es intervenir para que acabe rápidamente actuando con todas sus fuerzas para utilizar la crisis económica y política violenta que ha acarreado la guerra para que las masas se alcen, acelerando así la caída d la dominación de la clase capitalista”.

En resumen, frente a la caída imperialista hacia una guerra catastrófica, la clase obrera no sólo debía oponerse, sino, si la guerra estallara, responder con la acción revolucionaria. Esas resoluciones debían servir de base a la consigna de Lenin durante la Primera Guerra mundial: “Transformación de la guerra imperialista en guerra civil”.

Cuando se reflexiona sobre este período, es importante no proyectar hacia atrás una conciencia por parte de ambas clases que ellas no tenían. En ese estadio, ni el proletariado ni la burguesía podían tener plenamente conciencia de lo que significaba realmente la guerra mundial. Especialmente, al ser la guerra imperialista moderna una guerra total y ya no un combate alejado entre ejércitos profesionales, ya no podía llevarse a cabo sin la movilización plena del proletariado, obreros en uniforme y obreros del frente interior. Es cierto que la burguesía comprendió que no podía lanzarse a una guerra antes de que la socialdemocracia estuviese lo bastante corrompida para no oponerse a ella, pero los acontecimientos de 1917-21, provocados directamente por la guerra, le enseñaron muchas lecciones que nunca olvidará, especialmente sobre la necesidad de preparar totalmente el terreno político y social antes de lanzarse a una gran guerra, o, en otras palabras, rematar la destrucción física e ideológica de la oposición proletaria.

Si se mira el problema desde el punto de vista proletario, lo que está claramente ausente en la resolución de Stuttgart es la relación de fuerzas entre las clases – de la fuerza real del proletariado, de su capacidad para resistir a la pendiente hacia la guerra. Para la resolución, la guerra podía ser impedida mediante la acción de la clase, o podría ser detenida después de haber comenzado. De hecho, la resolución argumenta que las diferentes tomas de posición e intervenciones contra la guerra hechas por los sindicatos y los partidos socialdemócratas de entonces “son testimonio de la fuerza creciente del proletariado y de su poder para asegurar la paz mediante una intervención decisiva”. Esta toma de posición optimista era una subestimación  del grado en que la socialdemocracia y los sindicatos se habían integrado en el sistema, más que inútiles para una respuesta internacionalista. Esto iba a dejar a las izquierdas un tanto desconcertadas cuando estalló la guerra, como demuestra el hecho de que Lenin creyó al principio que el Alto mando alemán había confeccionado el Vortwärts que llamaba a los obreros a apoyar la guerra, como también el aislamiento del grupo Die Internationale en Alemania, etc. No cabe la menor duda de que fue la repugnante traición de las antiguas organizaciones obreras, su incorporación gradual al capitalismo, lo que hizo inclinar la relación de fuerzas contra la clase obrera, abriendo el curso hacia la guerra y esto a pesar del muy alto nivel de combatividad expresado por los obreros en numerosos países en la década anterior a la guerra e incluso en los meses que la precedieron.

Éste hecho permitió a menudo que se saque la teoría de que la burguesía habría desencadenado la guerra como medida preventiva contra la inminencia de la revolución, teoría basada, como así creemos nosotros, en la incapacidad de distinguir combatividad y conciencia y que minimiza el significado histórico y el efecto de la traición de las organizaciones por cuya construcción tanto había batallado la clase obrera. Cierto es, sin embargo, que la manera con la que la burguesía logró su primera victoria crucial sobre los obreros (la “Unión sagrada” proclamada por socialdemócratas y sindicatos) resultó ser insuficiente para quebrar totalmente la dinámica de huelga de masas que había ido madurando en la clase obrera europea, rusa y norteamericana durante la década precedente. La clase obrera se mostró capaz de recuperarse de la derrota, sobre todo ideológica, de 1914 y lanzar su respuesta revolucionaria tres años después. Así, el proletariado, a través de su propia acción cambió el curso histórico: el curso se alejaba ahora del conflicto imperialista mundial e iba hacia la revolución comunista mundial.

Desde la ola revolucionaria hasta el inicio de la contrarrevolución

Durante los años revolucionarios siguientes, la práctica de la burguesía proporcionó su propia “contribución” a la profundización del problema del curso histórico. Demostró que frente al reto abiertamente revolucionario de la clase obrera, el curso hacia la guerra pasaba a segundo plano respecto a la necesidad de recuperar el control de las masas explotadas. Esto no sólo fue así en el ardor mismo de la revolución, cuando los levantamientos en Alemania obligaron a la clase dominante a poner fin a la guerra y unirse contra su enemigo mortal, sino también durante los años siguientes, pues, aunque las oposiciones interimperialistas no habían desaparecido (el conflicto entre Francia y Alemania por ejemplo), quedaron en segundo plano  mientras la burguesía intentaba solucionar la cuestión social. Ése es el sentido, por ejemplo, del apoyo dado al programa de Hitler de terror contra la clase obrera por parte de muchas fracciones de la burguesía mundial, cuyos intereses imperialistas estaban necesariamente amenazados por el resurgir del militarismo alemán. El período de reconstrucción de la primera posguerra – aunque limitado en extensión y profundidad comparado con la de después del 45 – también sirvió para posponer temporalmente el problema del nuevo reparto del botín imperialista en la clase dominante.

Por su parte, la Internacional comunista (IC) dispuso de poco tiempo para dilucidar esas cuestiones, aunque desde el principio estableció claramente que si la clase obrera no lograba relanzar al reto revolucionario lanzado por los obreros rusos, quedaría expedito el camino hacia una nueva guerra mundial. El Manifiesto del Primer congreso de la IC (marzo de 1919) advertía que si la clase obrera se dejaba engañar por los discursos oportunistas:

“el desarrollo capitalista celebraría su restauración con nuevas formas más concentradas y más monstruosas sobre los hombros de muchas generaciones y con la perspectiva de una nueva e inevitable guerra mundial. Afortunadamente, eso ya no es hoy posible”.

Durante este período, la relación de fuerzas entre las clases era algo crucial, pero menos con respecto al peligro de guerra que respecto a las posibilidades inmediatas de la revolución. La última frase del pasaje citado da materia para reflexionar: en las primeras y enardecedoras fases de la oleada revolucionaria, había una clara tendencia a considerar la victoria de la revolución mundial como algo inevitable, y, por lo tanto, a imaginar que una nueva guerra mundial no era realmente posible. Esto era una clara subestimación de la tarea gigantesca que ante sí tenía la clase obrera, la de crear una sociedad basada en la solidaridad social y el dominio consciente de las fuerzas pro­ductivas. Además de este problema general, que lo es de cualquier movimiento revolucionario de la clase, el proletariado de los años 14-21, se vio enfrentado a la “erupción” repentina y brutal de una nueva época histórica que lo obligó a quitarse rápidamente de enci­ma los hábitos y métodos de lucha arraigados y adquirir “del día a la mañana” métodos adaptados a la nueva época.

Al irse debilitando el ímpetu inicial de la oleada revolucionaria, el optimismo un tanto simplista de los primeros años apareció cada vez más fuera de lugar, y se hizo cada vez más urgente hacer una valoración sobria y realista de la verdadera relación de fuerzas entre las clases. A principios de los años 20, hubo particularmente una polémica muy fuerte entre la IC y la Izquierda alemana sobre esta cuestión, debate en el que la verdad no se encontraba entera en ninguno de los lados. La IC se dio más rápidamente cuenta de la realidad del reflujo de la revolución, después de 1921, y por ello de la necesidad de consolidar la organización y desarrollar la confianza de la clase obrera participando en sus luchas defensivas. Pero, presionada por las necesidades del Estado ruso y de su economía, el cual buscaba apoyos fuera de Rusia, la IC fue plasmando aquella perspectiva en un lenguaje oportunista (el Frente único, la fusión con los partidos centristas, etc.). La Izquierda alemana rechazó firmemente esas conclusiones oportunistas, pero su impaciencia revolucionaria y la teoría de la crisis mortal del capitalismo le impidieron hacer la distinción entre el período general de declive del capitalismo, que plantea la necesidad de la revolución en términos históricos generales, y las diferentes fases en cada período, fases que no presentan automáticamente todas las condiciones requeridas para un movimiento revolucionario. La incapacidad de la Izquierda alemana para analizar la relación de fuerzas objetiva entre las clases estaba acompañada de una debilidad crucial en el plano organizativo (su incapacidad para entender las tareas de una fracción que lucha contra la degeneración del viejo partido). Esas debilidades iban a tener consecuencias fatales para la existencia misma de la Izquierda alemana como corriente organizada.

La contribución de la Izquierda alemana

Es en eso en donde la Izquierda italiana encuentra su justificación como esclarecedora referencia internacional. A principios de los años 20, tras haber atravesado la experiencia del fascismo, supo percibir que el proletariado estaba retrocediendo ante una resuelta ofensiva de la burguesía. Pero eso no la llevó ni al sectarismo (pues siguió participando plenamente en las luchas defensivas de la clase), ni al oportunismo, pues hizo una crítica muy lúcida del peligro oportunista en la I.C., especialmente en sus concesiones a la socialdemocracia. Por haber estado ya instruida en las tareas de una fracción en el combate político llevado a cabo en el seno del partido socialista de antes de la Primera Guerra ­mundial, la Izquierda italiana se daba perfecta cuenta de la necesidad de luchar en el seno de los órganos existentes de la clase mientras éstos siguieran teniendo un carácter proletario. Hacia 1927-28, sin embargo, la Izquierda reconoció que la expulsión de la Oposición de izquierdas del Partido bolchevique, y de otras corrientes a nivel internacional, significaba un ahondamiento cualitativo de la contrarrevolución y pidió la constitución formalizada de una Fracción de izquierda independiente, aunque se dejara abierta la posibilidad de reconquistar los partidos comunistas.

El año 1933 fue una nueva fecha significativa para la Izquierda italiana: no sólo porque el primer número de Bilan apareció entonces, sino también porque el triunfo del nazismo en Alemania convenció a la Fracción de se había abierto el curso hacia una Segunda Guerra mundial. La manera con la que Bilan percibió la dinámica de la relación de fuerzas entre las clases desde 1917 se resumía en el lema que puso durante algún tiempo en sus publicaciones: “Lenin 1917, Noske 1919, Hitler 1933”: Lenin personalizaba la revolución proletaria, Noske la represión de la oleada revolucionaria por la socialdemocracia, Hitler el remate de la contrarrevolución burguesa y de los preparativos de una nueva guerra. Así, desde el principio, la posición de Bilan sobre el curso histórico fue una de sus características específicas.

Es cierto que el artículo editorial de Bilan nº 1 parece, en cierto modo, vacilar sobre la perspectiva que se presenta al proletariado, aun reconociendo la derrota profunda que la clase obrera había atravesado, dejando la puerta abierta a la posibilidad de que ésta encontrara las capacidades de revitalizar su lucha y por lo tanto impedir el estallido de la guerra gracias al desarrollo de la revolución (ver nuestro folleto La Izquierda comunista de Italia). Quizás eso se debiera en parte a que Bilan no quería negar totalmente la posibilidad de que pudiera invertirse el curso contrarrevolucionario. Pero en los años siguientes, todos los análisis hechos por Bilan de la situación internacional, ya fueran los de las luchas nacionales de la periferia, o el despliegue de la potencia alemana en Europa, sobre el Frente popular en Francia, la integración de la URSS en el ruedo imperialista o la pretendida revolución española, se basaron en el reconocimiento precavido de que la relación de fuerzas había evolucionado claramente en contra del proletariado y que la burguesía estaba despejando el camino hacia una nueva matanza imperialista. Esta evolución quedó expresada con templada claridad en el texto de Bilan nº 17: “Defender la constitución de fracciones en una época en la que el aplastamiento del proletariado viene acompañado de la realización concreta de las condiciones para que se desencadene la guerra, expresa un “fatalismo” que acepta que el estallido de la guerra es inevitable y que es imposible que el proletariado se movilice contra ella” (“Proyecto de resolución sobre la situación internacional”).

Ese proceder ideológico es muy diferente de la postura de Trotski, el cual, en aquel entonces, era, y con mucho, el “representante” más conocido de la oposición de izquierdas al estalinismo (y todavía hoy). Hay que decir que también Trotski interpretó que 1933 y la victoria del nazismo fue un giro decisivo. Como para Bilan, ese acontecimiento también marcó la traición definitiva de la Internacional comunista; respecto al régimen de la URSS, Trotski, como Bilan, seguía hablando de un Estado obrero, pero a partir de ese período, dejó de creer que el régimen estalinista pudiera reformarse; al contrario, debía ser derrocado por la fuerza mediante una “revolución política”. Sin embargo, tras esas aparentes similitudes seguía habiendo diferencias fundamentales que acabarían en ruptura definitiva entre la Fracción italiana y la Oposición de izquierda internacional. Esas diferencias estaban profundamente relacionadas con la noción de la Izquierda italiana sobre el curso histórico, y, en aquel contexto, con la tarea de una fracción. Para Trotski, la quiebra del viejo partido significaba proclamación inmediata de uno nuevo. Bilan rechazaba esto tildándolo de actitud voluntarista e idealista, insistiendo en que el partido, como dirección efectiva de la clase obrera, no podía existir en momentos de profunda depresión del movimiento de la clase. Los esfuerzos de Trostki por formar una organización de masas en tal período no podían sino desembocar en oportunismo, y esto quedó plasmado en el giro que dio la Oposición de izquierda hacia el ala izquierda de la socialdemocracia a partir de 1934. Para Bilan, un verdadero partido del proletariado sólo podía formarse cuando la clase estaba en un curso hacia un conflicto abierto con el capitalismo. Y únicamente una fracción que definía como tarea principal suya la de hacer el “balance” (esto es lo que significa en francés la palabra “bilan”) de las victorias y de las derrotas pasadas, podía preparar esa modificación y establecer las bases del futuro partido.

Sobre la URSS, la visión global que tenía Bilan sobre la situación a la que se enfrentaba el proletariado, le hizo rechazar la perspectiva de Trotski de un ataque del capital mundial contra el estado obrero, y de ahí la necesidad de que el proletariado defendiera a la URSS contra tal ataque. Bilan, al contrario, veía en el período de reacción, la tendencia inevitable a que un Estado proletario aislado se viera arrastrado al sistema de alianzas capitalistas que preparaban el terreno de una nueva guerra mundial. De ahí el rechazo total a la defensa de la URSS, la cual sería incompatible con el internacionalismo.

Es cierto que los escritos de Trotski muestran a menudo una gran perspicacia sobre las tendencias profundamente reaccionaras que predominaban en la situación mundial. Pero a Trotski le faltaba un método riguroso, le faltaba una verdadera visión del curso histórico. Y así, a pesar del triunfo completo de la reacción, y aun reconociendo que se acercaba la guerra, Trotski siguió cayendo en un falso optimismo que veía en el fascismo la última carta de la burguesía contra el peligro de la revolución y en el antifascismo una especie de radicalización de las masas, lo cual le hizo apoyar la idea de que “todo era posible” cuando las huelgas bajo el Frente Popular en la Francia de 1936, o tomarse en serio la idea de que en España se estaba produciendo subterráneamente una revolución proletaria en ese mismo año. En resumen, la incapacidad de Trotski para comprender la verdadera naturaleza del período aceleró la inclinación del trotskismo hacia la contrarrevolución, mientras que la clarividencia de Bilan sobre la misma cuestión le permitió resistir en defensa de los principios de clase, incluso a costa de un terrible aislamiento.

Verdad es que la Fracción misma pagó caro ese aislamiento, pues esa clarividencia tuvo que ser defendida con grandes combates en sus propias filas. Primero contra las posiciones de la minoría sobre la Guerra de España: la presión para participar en la ilusoria “revolución española” era enorme y la minoría sucumbió a ella con su decisión de luchar en las milicias del POUM. La mayoría supo mantener su intransigencia en gran parte porque se negó a considerar aisladamente los acontecimientos de España, viéndolos como una expresión de la relación de fuerzas mundial entre las clases. Y así, cuando grupos como Unión comunista o la LCI, cuyas posiciones eran similares a las de la minoría, acusaron a Bilan de ser incapaz de ver un movimiento de clase si no estaba dirigido por un partido y considerar el partido como una especie de deus ex machina, sin el cual las masas eran incapaces de hacer gran cosa, Bilan contestó que la ausencia de partido en España era el resultado de las derrotas sufridas internacionalmente por el proletariado y a la vez que expresaba su solidaridad total con los obreros españoles ponía de relieve que la ausencia de claridad programática había llevado las reacciones obreras a ser desviadas de su propio terreno hacia el terreno de la burguesía y de la guerra interimperialista.

El punto de vista de la Fracción sobre los acontecimientos de España se verificó en los hechos, pero nada más terminarse esa prueba, ya se vio envuelta en una todavía más peligrosa: la adopción por parte de Vercesi, uno de los teóricos principales de la Fracción, de una noción que ponía en cuestión todo el análisis anterior sobre el período histórico, la teoría de la economía de guerra.

Esta teoría era el resultado de una huida en el inmediatismo. Al constatar la capacidad del capitalismo para utilizar el Estado y sus preparativos guerreros para reabsorber parcialmente el desempleo masivo que había caracterizado la primera fase de la crisis económica de los años 30, Vercesi y sus adeptos sacaron de ello la conclusión que en cierto modo, había habido un cambio en el capitalismo, superando su crisis histórica de sobreproducción. Vercesi retorna al elemental principio marxista según el cual la contradicción principal en la sociedad es la existente entre la clase explotadora y la explotada, y de ahí da un salto que lo lleva a la idea de que la guerra imperialista mundial no era ya una respuesta del capitalismo a sus contradicciones económicas internas, sino un acto de solidaridad interimperialista cuya finalidad era el aplastamiento de la clase obrera. Por lo tanto, si la guerra se acercaba era porque la revolución proletaria se había vuelto una amenaza cada día mayor para la clase dominante. En fin de cuentas, la consecuencia principal, durante ese período, de la teoría vercesiana de la economía de guerra fue minimizar al máximo el peligro de guerra. Según Vercesi, las guerras locales y las masacres selectivas podían desempeñar el mismo papel para el capitalismo que la guerra mundial. El resultado fue la incapacidad completa para prepararse al impacto que la guerra iba a tener inevitablemente sobre el trabajo de la organización y, por lo tanto, la desintegración completa de la Fracción al iniciarse la guerra. Y las teorías de Vercesi sobre el sentido de la guerra, una vez estallada ésta, rematarían su desbandada: la guerra quería decir “desaparición social del proletariado” haciendo inútil toda actividad militante organizada. El proletariado solo encontraría el camino de la lucha tras el estallido de “la crisis de la economía de guerra” (provocada no por la operación de la ley del valor, sino por el agotamiento de los medios materiales necesarios para la continuación de la producción de guerra). Vamos a examinar rápidamente las consecuencias que este aspecto de la teoría tuvo al finalizar la guerra, pero su efecto inicial fue el de sembrar el desconcierto y la desmoralización en las filas de la Fracción.

En el periodo que siguió a 1938, cuando Bilan  fue sustituido por Octobre en espera de un nuevos asaltos revolucionarios de la clase obrera, se mantuvo el análisis original de Bilan, desarrollándolo una minoría que no veía razones de poner en entredicho que la guerra era inminente, que iba a haber un nuevo conflicto interimperialista por la división del mundo y que los revolucionarios debían mantener su actividad en la adversidad para así mantener prendida la antorcha del internacionalismo. Esta labor fue sobre todo realizada por los militantes que hicieron revivir la Fracción a partir de 1941 y que contribuyeron a la formación de la Fracción francesa en los años siguientes de guerra.

La Izquierda comunista de Francia prosigue la labor de Bilan

Aquellos que se mantuvieron fieles a la labor de Bilan también mantuvieron su interpretación del cambio de curso en el fuego de la guerra misma. Este punto de vista se arraigaba profundamente en la experiencia real de la clase, la de 1871, la de 1905 y de 1917 y que los acontecimientos de 1943 en Italia parecieron confirmar. Hubo un auténtico movimiento de clase con una clara dimensión contra la guerra y que encontró un eco en las demás potencias europeas del Eje, incluso en Alemania. El movimiento en Italia produjo una poderosa impulsión hacia el agrupamiento de las fuerzas proletarias desperdigadas en Italia misma; mientras que el núcleo francés de la Izquierda comunista, al igual que la Fracción italiana en el exilio concluían que “el curso hacia la formación del partido está ya abierto”. Pero, mientras que una parte de militantes dedujo que había que formar ya el partido y con bases poco definidas programáticamente, la fracción francesa, el camarada Marco en particular (MC, que pertenecía a ambas fracciones, la francesa y la italiana) no abandonó el rigor de su método. La Fracción francesa, opuesta a la disolución de la Fracción italiana y a la formación del partido, insistía también en que había que analizar la situación italiana a la luz de la situación mundial de conjunto, negándose a caer en un “italocentrismo” sentimental que se había adueñado de muchos camaradas de la Fracción italiana. El grupo en Francia (convertido en Izquierda comunista de Francia) fue también el primero en reconocer que el curso no había cambiado y que la burguesía había sacado las lecciones necesarias de la experiencia de 1917 y había infligido una derrota decisiva al proletariado.

En el texto “la tarea del momento: formación del partido o formación de cuadros”, publicado en Internationalisme de agosto de 1946 (reproducido en la Revista internacional nº 32) hay una polémica muy aguda contra la incoherencia de las demás corrientes del medio proletario de aquel entonces. El objetivo de la polémica  era demostrar que la decisión de haber fundado el PCInt en Italia se basaba en una estimación errónea del período histórico, acarreando con ello el abandono del concepto materialista de fracción a favor de un voluntarismo y un idealismo, muy propio del trotskismo, para el cual los partidos deben “construirse” en cualquier momento, sin tener en cuenta la situación histórica real en la que está inmersa la clase obrera. Pero, probablemente porque el PCInt mismo, lanzado ya en una huida ciega de activismo, no había desarrollado un concepto coherente del curso histórico, el artículo se centra en los análisis desarrollados por otros grupos del medio, especialmente la Fracción belga de la Izquierda comunista, vinculada organizativamente al PCInt.

Durante el período precedente a la guerra, la Fracción belga, conducida por Mitchell, se había opuesto enérgicamente a la teoría de Vercesi sobre la economía de guerra; los restos que se habían mantenido tras la guerra eran ahora sus más fervientes partidarios. La teoría contenía la idea de que la crisis de la economía de guerra no podría estallar sino después de la guerra, de modo que: “es el período de posguerra cuando se realiza la transformación de la guerra imperialista en guerra civil…La situación actual debe pues analizarse como la de la ‘transformación en guerra civil’. Con este análisis central como punto de partida, la situación en Italia se muestra especialmente avanzada, justificándose así la inmediata constitución del partido, a la vez que las insurrecciones en India, Indonesia y otras colonias cuyas riendas están firmemente agarradas por los diferentes imperialismos y por las burguesías locales, se ven como signos de inicio de una guerra civil anticapitalista”.

Las consecuencias catastróficas de un análisis totalmente erróneo de la relación de fuerzas entre las clases son evidentes: la Fracción belga acabó viendo en los conflictos interimperialistas locales como las expresiones de un movimiento hacia la revolución.

También cabe mencionar que el artículo de Internationalisme criticaba una teoría alternativa sobre el curso histórico desarrollada por los RKD (que habían roto con el trotskismo durante la guerra y tomado posturas internacionalistas). Para Internationalisme, los RKD “de 

manera más prudente se refugian en la teoría de un curso doble, o sea un desarrollo simultáneo y paralelo de un curso hacia la revolución y de un curso hacia la guerra imperialista. Es evidente que los RKD no han comprendido que el desarrollo de un curso hacia la guerra está ante todo condicionado por el debilitamiento del proletariado y por el peligro de la revolución”.

Internationalisme, en cambio, era capaz de ver claramente que la burguesía había sacado las lecciones de la experiencia de 1917, y tomó medidas preventivas brutales contra el peligro de levantamientos revolucionarios provocados por la guerra : así había infligido una derrota  decisiva a la clase obrera centrada en Alemania:

Cuando el capitalismo termina una guerra imperialista que ha durado seis años sin la menor llamarada revolucionaria, ello significa derrota del proletariado, significa que no estamos viviendo en vísperas de grandes luchas revolucionarias, sino en la estela de una derrota. Esta derrota ha ocurrido en 1945, con la destrucción física del centro revolucionario que era el proletariado alemán y ha sido tanto más decisiva porque el proletariado mundial se ha mantenido inconsciente de la derrota que acababa de padecer”.

Así Internationalisme rechazaba con la mayor insistencia cualquier proyecto de fundación de un nuevo partido en semejante período de reflujo, tildándolo de activista y voluntarista y defendiendo que la única tarea del momento era la de la “formación de cuadros”, o dicho en otras palabras, la de continuar con la labor de las fracciones de izquierda.

Había, sin embargo, una seria debilidad en los argumentos de la Izquierda comunista de Francia: la conclusión, expresada en ese artículo, según la cual “el curso hacia la tercera guerra mundial está abierto…En las condiciones actuales, no vemos fuerza capaz alguna de detener o modificar ese curso”. Una teorización suplementaria de esa posición se encuentra en el artículo “La ­evolución del capitalismo y la nueva perspectiva”, publicado en 1952 (Internationalisme, reproducido en la Revista internacional nº 21). Es ése un texto fecundo, pues resume la labor de la Izquierda comunista de Francia por comprender el capitalismo de Estado como una tendencia universal en el capitalismo decadente y no sólo como fenómeno limitado a los regímenes estalinistas. Pero no logra establecer una clara distinción entre la integración de las viejas organizaciones obreras en el capitalismo de Estado y la del proletariado mismo. “El proletariado se encuentra ahora asociado a su propia explotación. está así mental y políticamente integrado en el capitalismo”. Para Internationalisme, la crisis permanente del capitalismo en la era del capitalismo de Estado ya no tendrá la forma de “crisis abiertas” que arrojan a los obreros de la producción y los impulsa a reaccionar contra el sistema, sino que alcanzará, al contrario, su punto culminante en la guerra y sólo será durante la guerra – que la Izquierda comunista de Francia juzgaba inminente – cuando la lucha proletaria podrá recobrar un sentido revolucionario. Si no es así, la clase “no puede expresarse más que como categoría económica del capital”. Lo que Internationalisme no percibía era que los propios mecanismos del capitalismo, al intervenir en un período de reconstrucción tras la destrucción masiva de la guerra, iban a permitirle entrar en un período de “boom” durante el que los antagonismos interimperialistas, aunque siguieran siendo muy violentos, no planteaban la nueva guerra mundial como necesidad absoluta y eso a pesar de la debilidad del proletariado.

Poco tiempo después de haber escrito ese texto, la preocupación de la Izquierda comunista de Francia por conservar sus cuadros frente a una guerra mundial que ella juzgaba inminente (conclusión que no era, ni mucho menos, absurda, pues acababa de estallar la guerra de Corea) la llevó a “mandar al exilio” a uno de sus camaradas dirigentes, MC, a Venezuela y a la disolución rápida del grupo. Pagó así a alto precio la debilidad de no haber vislumbrado con suficiente claridad la perspectiva. Pero la del grupo también confirmaba el diagnóstico sobre la naturaleza contrarrevolucionaria del período. No es casualidad si el PCInt conoció su escisión más importante ese mismo año. Toda la historia de esta escisión está todavía por contar en un foro internacional, pero, por de pronto, muy pocos esclarecimientos han salido de ella. En pocas palabras, la escisión se verificó entre, por un lado, la tendencia en torno a Damen y, por otro, la inspirada por Bordiga. La tendencia Damen estaba más cerca del espíritu de Bilan desde el punto de vista de las posiciones políticas, o sea que compartía la voluntad de Bilan de discutir las posiciones de la Internacional comunista en sus primeros años, (sobre los sindicatos, la liberación nacional, el partido y el Estado, etc.). Pero aquélla era propensa al activismo y le faltaba el rigor teórico de Bilan. Esto era especialmente cierto sobre la cuestión del curso histórico y las condiciones de formación del partido, puesto que todo retorno al método de Bilan habría llevado a poner en tela de juicio la fundación misma del PCInt. Esto, la tendencia de Damen, o más precisamente el grupo Battaglia comunista, nunca quiso hacerlo. La corriente de Bordiga, en cambio, parece haber sido más consciente de que el período era un período de reacción y que haber procedido a un reclutamiento activista era algo manifiestamente estéril. Por desgracia, el trabajo teórico de Bordiga durante el período posterior a la escisión – aún teniendo un gran valor en un plano general – se había cortado casi por completo de los avances realizados por la Fracción durante los años 30. Las posiciones políticas de su nuevo “partido” no eran un avance sino una regresión hacia los análisis más frágiles de la IC, sobre los sindicatos o sobre la cuestión nacional, por ejemplo. Y su teoría del partido y sus relaciones con el movimiento histórico se basaba en especulaciones semimísticas sobre la “invariabilidad” y sobre la dialéctica entre el “partido histórico” y el “partido formal”. En suma, con esos puntos de partida, ninguno de los grupos salidos de la escisión podía contribuir con algo que tuviera un valor real que ayudara al proletariado a comprender la relación de fuerzas histórica. Esta cuestión siempre ha sido desde entonces una de sus principales debilidades.

Segunda Parte 1968-2001
El final de la contrarrevolución

A pesar de los errores reales cometidos en los años 40 y 50 – sobre todo el de que la guerra mundial era inminente – la lealtad básica de la Izquierda comunista de Francia al método de la Izquierda italiana permitió a su sucesor Internacionalismo en Venezuela, en los años 60, reconocer que el boom de la reconstrucción de posguerra, al igual que el período de contrarrevolución, estaban llegando a su fin. La CCI ya ha citado en varias ocasiones los términos incisivos de Internacionalismo nº 8, en enero de 1968, pero no vendrá mal volverlos a citar una vez más, pues son un buen ejemplo de la capacidad del marxismo – sin por ello pretender otorgarle un poder profético –, para anticipar el curso general de los acontecimientos: “No somos profetas y no pretendemos predecir cuándo y cómo van a suceder las cosas en el futuro. Pero de algo sí que somos conscientes y estamos seguros: el proceso en el que se ha hundido hoy el capitalismo no podrá cesar… y lleva directamente a la crisis. Y estamos también convencidos de que el proceso inverso de desarrollo de la combatividad del que hoy somos testigos, llevará a la clase obrera a una lucha directa y sangrienta por la destrucción del Estado burgués”.

El grupo venezolano expresa ahí que ha comprendido no sólo que una crisis económica estaba a punto de estallar, sino que además se iba a encontrar con una nueva generación de proletarios que no había sufrido derrotas. Los acontecimientos de Mayo del 68 en Francia y la oleada internacional de luchas de los 4 ó 5 años posteriores, fueron una palmaria confirmación de aquel diagnóstico. Evidentemente, un aspecto que formaba parte de ese diagnóstico era el comprender que la crisis iba a agudizar las tensiones imperialistas entre los dos grandes bloques militares que dominaban el planeta; pero el vigoroso ímpetu de la primera oleada internacional de luchas demostró que el proletariado no iba a aceptar dejarse arrastrar a un nuevo holocausto mundial. En resumen, el curso de la historia no iba hacia la guerra mundial, sino hacia confrontaciones de clase masivas.

Una consecuencia directa de la reanudación de la lucha de clases fue la aparición de nuevas fuerzas políticas proletarias tras un largo período durante el cual las ideas revolucionarias habían desaparecido más o menos del escenario. Los acontecimientos de Mayo del 68 y sus continuaciones engendraron una abundancia de nuevos agrupamientos políticos, marcados por muchas confusiones, pero ávidos de aprender y de asimilarse las verdaderas tradiciones comunistas de la clase obrera. La insistencia sobre “la necesidad del agrupamiento de los revolucionarios” por parte de Internacionalismo y de sus descendientes – RI en Francia e Internationalism en Estados Unidos – resume bien ese aspecto de la nueva perspectiva. Esas corrientes estuvieron pues en las posiciones de ­vanguardia para animar al debate, la correspondencia y las conferencias internacionales. Este esfuerzo recibió un verdadero eco entre los más claros de los nuevos grupos políticos para los cuales era más fácil entender que se había abierto un nuevo período. Esto se aplica especialmente a los grupos que se alinearon con la “tendencia internacional” formada por RI e Internationalism, pero también puede aplicarse a un grupo como Revolutionary Perspectives, cuya primera plataforma reconocía claramente la reanudación histórica del movimiento de la clase: “paralelamente al retorno de la crisis, un nuevo período de lucha de clases internacional se ha abierto en 1968 con las huelgas masivas en Francia, seguidas por los trastornos en Italia, Gran Bretaña, Argentina, Polonia, etc. Sobre la generación actual de obreros ya no pesa el reformismo como después de la Primera Guerra mundial, ni la derrota como en los años 30, y ello nos permite albergar una esperanza en su futuro y en el futuro de la humanidad. esas luchas muestran todas ellas, por mucho que les disguste a los modernistas dilettantes, que el proletariado no se ha integrado en el capitalismo a pesar de los cincuenta años de derrotas casi totales: con sus luchas, está haciendo revivir la memoria de su propio pasado histórico y preparándose para la última tarea” (RP nº 1, antigua serie, 1974).

Desafortunadamente, los grupos “establecidos” de la Izquierda italiana, que habían logrado mantener una continuidad organizativa durante toda la reconstrucción de posguerra, lo lograron, sin embargo, a costa de un proceso de esclerosis. Ni Battaglia comunista, ni Programma otorgaron gran significado a las revueltas de finales de los 60 y principios de los 70, viendo sobre todo en ellas las características estudiantiles-pequeñoburguesas que, sin duda, estaban presentes. Para esos grupos que habían empezado, recordémoslo, viendo un curso a la revolución en un período de derrota profunda, la noche de la contrarrevolución no había terminado y no veían razones suficientes para salir del magnífico aislamiento que los había “protegido” durante tanto tiempo. La corriente de Programma tuvo de hecho una época de importante crecimiento en los años 70, pero era un castillo construido en el arenal del oportunismo, especialmente sobre la cuestión nacional. Las consecuencias catastróficas de semejante crecimiento aparecerían con la explosión del PCInt a principios de los 80. Por su parte, Battaglia durante mucho tiempo no echó el ojo más allá de las fronteras italianas. Tardó casi diez años antes de lanzar su propio llamamiento a conferencias internacionales de la Izquierda comunista, y, cuando lo hizo, sus razones no eran nada claras (“la socialdemocratización de los partidos comunistas”).

Durante ese tiempo, los grupos que formaron la CCI tuvieron que combatir en dos frentes. Por un lado, debían argumentar contra el escepticismo de los grupos existentes de la Izquierda comunista que no veían nada nuevo bajo el sol. Por otro lado, también tenían que criticar el inmediatismo y la impaciencia de muchos nuevos grupos, estando algunos de ellos convencidos de que Mayo del 68 había enarbolado el estandarte de la revolución inmediata (como así ocurría con quienes estaban influidos por los Internacional situacionista, la cual no veía la menor relación entre lucha de clases y estado de la economía capitalista). Pero de igual modo que “el espíritu de Mayo 68” (la influencia de los prejuicios estudiantiles, consejistas y anarquistas) tenía un peso considerable en el joven CCI sobre todo lo que concierne la comprensión de las tareas y del funcionamiento de la organización revolucionaria, esas influencias se expresaban igualmente en su concepto del nuevo curso histórico, de la reanudación proletaria, tendiendo a ir emparejada con una subestimación de las enormes dificultades a las que tenía que enfrentarse la clase obrera internacional. Esto se expresó de diferentes maneras:

  • una tendencia a olvidar que el desarrollo de la lucha de clases es por naturaleza un proceso desigual, con sus avances y sus retrocesos; y, por lo tanto, una tendencia a esperar avances más o menos continuos hacia las luchas revolucionarias, perspectiva, en cierto modo, contenida en la cita precedente de Internacionalismo;
  • la subestimación de la capacidad de la burguesía para acompañar la crisis económica, para utilizar los mecanismos del capitalismo de Estado, para contrarrestar la brutalidad de los efectos de aquélla, sobre todo en las concentraciones obreras centrales;
  • la definición del nuevo curso como “curso a la revolución”, sobreentendiendo que la reanudación de la clase culminaría inevitablemente en un enfrentamiento revolucionario con el capital;
  • relacionado con lo anterior, la concentración – muy fuerte en el medio de la época – sobre el período de transición del capitalismo al comunismo. Este debate no estaba, ni mucho menos, fuera de lugar, sobre todo porque formaba parte del nuevo medio para recuperar las lecciones y las tradiciones del movimiento pasado. Pero las pasiones que provocaba (que a veces acababan, por ejemplo, en escisiones entre diferentes elementos del medio) también expresaban bastante ingenuidad sobre la dificultad de llegar ya a un período en el que las cuestiones tales como la forma del Estado del período de transición fuera una cuestión candente para la clase obrera.

En la década siguiente, los análisis de la CCI se fueron afinando y desarrollando. E inició una labor de examen de los mecanismo utilizados por la burguesía para “controlar” la crisis, y, por lo tanto, de explicación de las razones por las cuales la crisis seguiría inevitablemente un proceso largo y desigual; asimismo, tras las experiencias de los reflujos de mediados los 70 y de principios de los 80, la CCI se vio obligada a reconocer más claramente que dentro de  un contexto de una curva histórica globalmente ascendente de la lucha de clases, habría sin duda importantes momentos de reflujo. Además, la CCI había reconocido explícitamente que no había automatismo en el curso histórico; así pues, en su Vº Congreso, adoptó una resolución que criticaba el término “curso a la revolución”: “La existencia de un curso a enfrentamientos de clase significa que la burguesía no tiene las manos libres para desencadenar una nueva carnicería mundial: primero tiene que enfrentar y derrotar a la clase obrera. Pero precisamente esto no prejuzga el resultado de ese enfrentamiento, en un sentido o en otro. Por eso es preferible hablar de “curso hacia enfrentamientos de clase” mejor que de “curso a la revolución” (Resolución sobre la situación internacional, publicada en la Revista internacional nº 35).

En el Medio, sin embargo, las dificultades y los retrocesos vividos por el proletariado fortalecieron el escepticismo y el pesimismo, durante largo tiempo propios de los grupos “italianos”. Esto se expresó claramente, en particular, en las Conferencias internacionales a finales de los 70 cuando la CWO se alineó con el enfoque de Battaglia, rechazando el de la CCI, según el cual la lucha de clase es una barrera contra la guerra mundial. La CWO vaciló en su explicación de las razones por las cuales la guerra no había estallado, atribuyéndolo durante un tiempo a que la crisis no era bastante profunda, después dijo que se debía a que los bloques no estaban todavía formados; más recientemente, a la racionalidad de la burguesía rusa, la cual reconoció que era incapaz de ganar la guerra. También hubo ecos de ese pesimismo en la CCI misma; lo que iba a ser la tendencia GCI y RC en especial, que adoptó un punto de vista similar, atravesaron una fase en la que eran “más Bilan que Bilan” y argumentaban que estábamos en un curso hacia la guerra.

A finales de los 70, pues, el primer gran texto de la CCI sobre el curso histórico, adoptado en el Tercer congreso y publicado en la Revista internacional nº 18 debía definir nuestra posición contra el empirismo y el escepticismo que empezaban a dominar el medio.

El texto atacaba todas las confusiones existentes en el medio:

  • la idea, arraigada en el empirismo, de que no les es posible a los revolucionarios hacer pronósticos generales sobre el curso de la lucha de clases. Contra esta noción, el texto reafirma que una de las características que define y siempre ha definido al marxismo es su capacidad para trazar una perspectiva y no solo la alternativa general de socialismo o barbarie. Más concretamente, el texto insiste en que los marxistas siempre han basado su trabajo en su capacidad para percibir lo específico en un momento dado de la relación de fuerzas entre las clases, como ya hemos visto en la primera parte de este Informe. De igual modo, el texto muestra que la incapacidad para captar la naturaleza del curso ha llevado a los revolucionarios a cometer serios errores en el pasado;
  • una variante de esa visión “agnóstica” del curso histórico es el concepto defendido sobre todo por el BIPR de un curso “paralelo” hacia la guerra y hacia la revolución. Ya hemos visto que el método de Bilan y de la Izquierda comunista de Francia excluía tal idea. El texto del Tercer congreso seguía argumentando que esa idea es la consecuencia de haber abandonado el método marxista mismo: “Más recientemente, otras teorías han surgido, según las cuales “con la agravación de la crisis del capitalismo, los dos términos de la contradicción cobran fuerza al mismo tiempo: guerra y revolución no serían dos cosas que se excluyen mutuamente sino que avanzarían de manera simultánea sin que se pueda saber cuál va a llegar primero”. El error más grande de esta concepción es que no toma en cuenta en absoluto el factor lucha de clases en la vida de la sociedad. La concepción que desarrollaba la Izquierda italiana [la teoría de la economía de guerra] pecaba por sobrestimar el impacto de ese factor. Partiendo de la frase de El Manifiesto comunista según la cual “la historia de toda sociedad hasta nuestros días es la historia de la lucha de clases” la aplicaba mecánicamente al análisis del problema de la guerra imperialista considerándola como una respuesta a la lucha de clases, sin ver, al contrario que la guerra sólo podía existir en ausencia de lucha de clase o por la extrema debilidad de ésta. Pero, aunque fuera falsa, esta concepción se basaba en un esquema justo; el error provenía de una delimitación incorrecta de su campo de aplicación. En cambio, la tesis del “paralelismo y la simultaneidad del curso hacia la guerra y hacia la revolución” ignora francamente ese esquema básico del marxismo, puesto que supone que las dos clases antagónicas principales de la sociedad pueden preparar sus respuestas respectivas a la crisis del sistema – la guerra imperialista para la ­burguesía y la revolución para el proletariado – de manera completamente independiente una de la otra, de la relación entre sus fuerzas respectivas, de sus enfrentamientos. Si el esquema de El Manifiesto comunista no pudiera ni siquiera aplicarse a lo que determina toda la alternativa histórica de la vida de la sociedad, entonces habría que ir guardando el marxismo en un museo, en el departamento de los inventos extravagantes de la imaginación humana” (Revista internacional nº 18, 1979).

El texto termina tratando también sobre quienes hablan abiertamente de curso hacia la guerra, un punto de vista que estuvo algún tiempo de moda, pero que ha perdido muchos puntos desde que se desmoronó uno de los campos que debía enfrentarse en tal guerra.

En muchos aspectos, el debate sobre el curso histórico en el medio proletario no ha avanzado mucho desde que se escribió ese texto. En 1985, la CCI escribió otra crítica al concepto de curso paralelo, defendido éste en un documento del Xº congreso de Battaglia comunista (Revista internacional nº 85: “Los años 80 no son los años 30”). En los 90, los textos del BIPR reafirmaron a la vez el punto de vista “agnóstico” que cuestiona la capacidad de los marxistas para hacer diagnósticos generales sobre la dinámica de la sociedad capitalista y la noción estrechamente relacionada de un curso paralelo. Así, en la polémica sobre el significado del Mayo 68 en Revolutionary Perspectives nº 12, la CWO cita un artículo de Word Revolution nº 216 que resume una discusión sobre ese tema que tuvo lugar en una de nuestras reuniones públicas de Londres. Nuestro artículo subraya que : “el rechazo aparente por parte de la CWO de la posibilidad de prever el curso global de los acontecimientos es también un rechazo del trabajo llevado a cabo sobre esta cuestión vital para los marxistas durante toda la historia del movimiento obrero”.

La respuesta de CWO es de lo más bufonesco: “Si ése es el caso, los marxistas han obtenido un pobre resultado. Dejemos de lado el ejemplo habitual (pero no válido) de Marx después de las revoluciones de 1848 y observemos la Izquierda italiana en los años 30. Aun habiendo hecho una buena labor para hacer frente a la terrible derrota de la oleada revolucionaria después de la Primera Guerra mundial, la Izquierda italiana se dedicó sobre todo a teorizar la puesta en entredicho de su propia existencia justo antes de la segunda matanza imperialista”.

Dejando de lado la increíble condescendencia hacia el conjunto del movimiento marxista: lo que verdaderamente llama aquí la atención es cómo la CWO es incapaz de comprender que es precisamente porque abandonó su claridad anterior sobre el curso histórico, por lo que una parte de la Izquierda italiana “se dedicó a teorizar la puesta en entredicho de su propia existencia” en vísperas de la guerra, como ya hemos visto en la primera parte de este Informe.

Los grupos bordiguistas, por su parte, no tienen por costumbre participar en debates con los grupos del Medio, pero en la reciente correspondencia con un contacto común en Australia, el grupo Programma ha descartado como algo imposible que la clase obrera sea un obstáculo a la guerra mundial y sus especulaciones sobre si la crisis desembocará en la guerra o en la revolución no difieren sustancialmente de las del BIPR.

Si algo ha cambiado en las especulaciones defendidas por el BIPR es la virulencia de su polémica contra la CCI. Antes, una de las razones para romper las discusiones con la CCI era nuestra visión “consejista” del partido; últimamente, las razones para rehusar todo trabajo con nosotros se han ido centrando de manera acentuada en nuestras divergencias sobre el curso histórico. Nuestro enfoque de la cuestión es considerado como la prueba principal de nuestro método idealista y de nuestro divorcio completo de la realidad; además, según el BIPR, ha sido el naufragio de nuestras perspectivas históricas, de nuestro concepto “años de la verdad” lo que ha sido la causa verdadera de la crisis reciente de la CCI, siendo todo el debate sobre el funcionamiento una medio para ocultar el problema central.

El impacto de la descomposición

De hecho, aunque el debate en el Medio haya avanzado poco desde finales de los años 70, la realidad sí que ha avanzado. La entrada del capitalismo decadente en la fase de descomposición ha modificado profundamente la manera con la que hay que abordar la cuestión del curso histórico.

El BIPR nos ha reprochado durante tiempo el haber defendido que “años de la verdad” quería decir que en los 80 estallaría la revolución. ¿Qué decíamos en realidad? En el artículo original “Años 80, años de la verdad” (Revista internacional nº 20), defendíamos que frente a la profundización de la crisis y la intensificación de las tensiones imperialistas concretadas en la invasión de Afganistán por las tropas rusas, la clase capitalista estará cada día más obligada a dejar de lado el lenguaje del bienestar y de la ilusión y cambiarlo por el “de la verdad”, a llamar a “la sangre, el sudor y las lágrimas”; y nosotros nos comprometíamos con el siguiente pronóstico: “En el decenio que empieza ahora, se decidirá la alternativa histórica decisiva: o el proletariado prosigue su ofensiva, paralizando así el brazo asesino del capitalismo, juntando todas sus fuerzas para derrocar este sistema podrido, o, si no, acabará por dejarse entrampar, cansar y desmoralizar por los discursos y la represión y, entonces, el camino queda abierto para un nuevo holocausto que puede ser definitivo para la sociedad humana” (Revista internacional nº 20, “Años 80: los años de la verdad”).

Hay ambigüedades, especialmente cuando se sugiere que la lucha proletaria está ya en la ofensiva, mala formulación que viene de la tendencia, ya identificada, a subestimar las dificultades a las que se enfrenta la clase obrera para pasar de una lucha defensiva a una lucha ofensiva (o, en otras palabras, a un enfrentamiento con el Estado capitalista). A pesar de ello, la noción de “años de la verdad” contiene una visión profunda. Los años 80 iban a ser una década decisiva, pero no según lo contemplado en el texto. Pues el decenio no fue testigo del avance significativo de ninguna de las dos clases, sino de un bloqueo social que ha ido iniciando un proceso de descomposición que está desempeñando un papel central y determinante en la evolución social. Así, la década de los 80 se inició con la invasión rusa de Afganistán, lo cual provocó una exacerbación de las tensiones imperialistas; pero este acontecimiento vino seguido inmediatamente por la lucha de masas en Polonia que demostró claramente la imposibilidad casi total del bloque ruso para movilizar sus fuerzas para la guerra. Pero la lucha en Polonia también puso de relieve las debilidades políticas crónicas de la clase obrera. Y si bien los obreros polacos tuvieron que hacer frente a problemas particulares para politizar su lucha en un sentido proletario, debido a la profunda mentira del estalinismo (y de la reacción contra éste), tampoco los obreros del Oeste, aun habiendo realizado importantes avances en sus luchas durante los 80, fueron capaces de desarrollar una perspectiva política clara. Su movimiento quedó pues “sumergido” por los escombros del desmoronamiento del estalinismo; más generalmente, el inicio definitivo del período de descomposición ha venido a poner dificultades considerables ante la clase, reforzándose casi en cada nuevo episodio el reflujo de la conciencia resultante de los acontecimientos de 1989-91.

En suma, el inicio de la descomposición ha sido el resultado de un curso histórico identificado por la CCI desde los años 60, puesto que ha estado parcialmente condicionada por la incapacidad de la burguesía para movilizar a la sociedad para la guerra. Pero también nos ha obligado a plantear el problema del curso histórico de una manera nueva y que no habíamos previsto:

  • primero, el estallido de los dos bloques imperialistas formados en 1945 y la dinámica “cada uno para sí” que desató (cosas ambas producto y expresión de la descomposición) se han convertido en un nuevo factor que obstruye la posibilidad de una guerra mundial. A la vez que agudiza las tensiones militares por todo el planeta, esta nueva dinámica le ha ganado la partida, y con mucho, a la tendencia a la formación de nuevos bloques. Sin bloques, sin un nuevo centro capaz de desafiar directamente la hegemonía norteamericana, condición previa básica para desencadenar la guerra mundial, ésta es imposible.
  • a la vez, la evolución actual no sirve del menor consuelo para la causa del comunismo, pues lo que se está creando es una situación en la que las bases de una nueva sociedad podrían quedar socavadas sin guerra mundial y por lo tanto sin la necesidad de movilizar al proletariado en favor de la guerra. En el guión precedente era la guerra nuclear mundial lo que hubiera impedido definitivamente la posibilidad del comunismo, al destruir totalmente el planeta o como mínimo una parte muy importante de las fuerza productivas del mundo, incluido el proletariado. El nuevo guión considera la posibilidad de un deslizamiento más lento pero no menos mortal hacia un estado en el que el proletariado quedaría fragmentado más allá de toda posible reparación y arruinadas también las bases naturales y económicas para la transformación social a través de un incremento constante de conflictos militares locales y regionales, catástrofes ecológicas y la ruina social. Además, mientras que el proletariado puede luchar en su propio terreno de clase contra las tentativas de la burguesía para movilizarlo en la guerra, eso es en cambio mucho más difícil contra los efectos de la descomposición.

Esto es perfectamente evidente en cuanto al aspecto “ecológico” de la descomposición. Por mucho que la destrucción por el capitalismo del entorno natural se haya convertido ya por sí sola en una amenaza para la supervivencia de la humanidad (cuestión sobre la que el movimiento obrero sólo ha podido tener una conocimiento parcial hasta las últimas décadas), es ése un proceso contra el cual el proletariado poco puede hacer mientras no asuma él mismo el poder político a escala mundial. Las luchas contra las contaminaciones con una base de clase son posibles, pero no serán sin duda un factor fundamental para estimular la resistencia del proletariado.

Podemos pues ver que la descomposición del capitalismo pone a la clase obrera ante una situación más difícil que antes. En la situación anterior, se necesitaba una derrota frontal de la clase obrera, una victoria de la burguesía en un enfrentamiento de clase contra clase, antes de que pudieran cumplirse plenamente las condiciones para una guerra mundial. En el contexto de la descomposición, la “derrota” del proletariado puede ser más gradual, más insidiosa, ante la que resistir es más difícil. Y por encima de todo eso, los efectos de la descomposición, como ya lo hemos venido analizando tantas veces, tienen un efecto profundamente negativo en la conciencia del proletariado, sobre su propio sentido de sí mismo como clase, pues en todos los diferentes aspectos de la descomposición – mentalidad de gang, racismo, criminalidad, droga, etc. – sirven para atomizar a la clase, incrementar las divisiones en su seno, disolverla en una refriega social generalizada. Ante esta alteración profunda de la situación mundial, la respuesta del medio proletario ha sido totalmente inadecuada. Aunque sean capaces de reconocer los efectos de la descomposición, los grupos del Medio no son capaces ni de ver sus raíces – puesto que niegan la noción de bloqueo entre las clases – ni de sus verdaderos peligros. Así el rechazo por el BIPR de la teoría de la descomposición de la CCI como algo que no sería más que una mera descripción del “caos”, le lleva a buscar en la práctica las posibilidades de estabilización capitalista. Esto es patente en su concepto del “capital internacional” que busca la paz en Irlanda del Norte para así poder disfrutar pacíficamente de los beneficios de la explotación; pero es eso también visible en su teoría de que hay nuevos bloques en formación en torno a polos hoy en competencia (Unión europea, Estados Unidos, etc.) Aunque esta visión, junto con su negativa a hacer la menor “previsión” a largo plazo pueda incluir la idea de guerra inminente, se debe la mayoría de las veces a una fidelidad conmovedora a la racionalidad de la burguesía: puesto que los nuevos “bloques” son económicos más que militares y, ya que ahora hemos entrado en un período de “globalización”, la puerta está al menos medio abierta a la idea de esos bloques por intereses del “capital internacional” podrían llegar a conseguir una estabilización mutuamente benéfica del mundo hacia un futuro indeterminado.

El rechazo de la teoría de la descomposición sólo puede desembocar en una subestimación de los peligros que corre la clase obrera. Subestima el grado de barbarie y de caos en el que está ya inmerso el capitalismo; tiende a minimizar la amenaza de un debilitamiento progresivo del proletariado a causa de la desintegración de la vida social, y no logra comprender claramente que la humanidad podría ser destruida sin que haya tercera guerra mundial.

¿Dónde estamos?

Así pues, la apertura del período de descomposición ha cambiado la manera con la que nos planteamos nosotros la cuestión del curso histórico, pero no la ha hecho caduca, sino todo lo contrario. De hecho, la descomposición hace plantear con mayor fuerza todavía la cuestión central: ¿No será demasiado tarde? ¿No estará ya derrotado el proletariado? ¿Existe un obstáculo contra la caída en la barbarie total? Como ya hemos dicho, es, hoy, más difícil contestar a esa pregunta que en la época en la que la guerra era más directamente una opción de la burguesía. Así, Bilan, por ejemplo, fue capaz de poner relieve no sólo la derrota sangrienta de los levantamientos proletarios y el terror contrarrevolucionario que siguió en los países en donde la revolución había culminado más alto, sino también, tras ello, la movilización ideológica hacia la guerra, la adhesión “en positivo” de la clase obrera tras las banderas belicistas de la clase dominante (fascismo, democracia, etc.). En las condiciones actuales en las que la descomposición del capitalismo puede engullir al proletariado sin que haya habido ni derrota final ni ese tipo de movilización “positiva”, los signos de una derrota insuperable son, por definición, difíciles de discernir. En cambio, la clave de la comprensión del problema sigue estando en el mismo lugar que en 1923, o que en 1945, como ya hemos visto en el análisis sobre la Izquierda comunista de Francia (GCF) – en las concentraciones centrales del proletariado mundial y ante todo en Europa occidental. Estos sectores centrales del proletariado mundial ¿dijeron ya su última palabra en los años 80 (o como algunos lo piensan en los años 70), o conservan bastantes reservas de combatividad y un potencial suficiente para el desarrollo de la conciencia de clase, para así poder estar seguros de que los enfrentamientos de clase trascendentales siguen estando al orden del día?

Para contestar a esa pregunta, es necesario establecer un balance provisional de la última década, del período que siguió al desmoronamiento del bloque del Este y de la apertura definitiva del período de descomposición.

En problema estriba en que, desde 1989, el “esquema” de la lucha de clases ha cambiado en relación con lo que fue durante el período siguiente a 1968. Durante este último período, hubo oleadas de luchas de clase claramente identificables cuyo epicentro estaba en los principales centros capitalistas, aunque sus ondas de choque atravesaron el planeta entero. Además era posible analizar esos movimientos y evaluar los avances de la conciencia de clase realizados en ellos, como, por ejemplo, sobre la cuestión sindical o en el proceso de la huelga de masas.

Además, no eran solo las minorías revolucionarias las que llevaban acabo la reflexión. Durante las diferentes oleadas de lucha, es evidente que las luchas en un país podían ser un estimulante directo para las de otros países (no hay más que ver el enlace entre Mayo del 68 e Italia del 69, entre Polonia del 80 y los movimientos que hubo después en Italia, entre los grandes movimientos de los años 80 en Bélgica y las reacciones abiertas en los países vecinos). Al mismo tiempo, podía verse que los obreros sacaban las lecciones de los movimientos anteriores – por ejemplo en Gran Bretaña – en donde la derrota de los mineros provocó una reflexión en la clase sobre la necesidad de evitar caer en la trampa de las aisladas y largas huelgas de desgaste, o también en Francia e Italia en 1986 y 1987, en donde hubo intentos de organizarse fuera de los sindicatos, reforzándose mutuamente unas a otras.

La situación desde 1989 no se ha caracterizado por avances en la conciencia de clase que se puedan discernir con tanta facilidad. Esto no quiere decir que durante los años 90, el movimiento no haya tenido ninguna característica que resaltar. En el “Informe sobre la lucha de clases” para el XIII Congreso de la CCI pusimos de relieve las principales fases que ha atravesado el movimiento:

  • el fuerte impacto del desmoronamiento del bloque del Este, acentuado por las campañas sin tregua de la burguesía sobre la muerte del comunismo. Ese acontecimiento histórico acabó bruscamente con la tercera oleada de luchas, inaugurando un profundo reflujo tanto en el plano de la conciencia como en el de la combatividad de clase, del que seguimos soportando los efectos, especialmente en el plano de la conciencia;
  • la tendencia a una reanudación de la combatividad a partir de 1992, con las luchas en Italia, seguidas por las de Alemania en 1993 y en Gran Bretaña;
  • las grandes maniobras de la burguesía en Francia en 1995 que sirvieron de modelo a operaciones similares en Bélgica y en Alemania. En aquel entonces, la clase dominante se sentía lo bastante fuerte como para provocar movimientos a gran escala para con ellos restaurar la imagen de los sin­dicatos. En ese sentido, esos movimientos eran a la vez el producto del desconcierto en la clase y un reconocimiento por parte de la burguesía de que ese desconcierto no iba a ser eterno y que unos sindicatos creíbles serían un instrumento vital para controlar las futuras explosiones de la resistencia de la clase;
  • el desarrollo lento pero real del descontento y de la combatividad en el seno de la clase obrera enfrentada a la profundización de la crisis se ha confirmado con el vigor suplementario a partir de 1998 de las huelgas masivas en Dinamarca, China y Zimbabwe. Este proceso quedó confirmado el año pasado con las manifestaciones de los empleados de los transportes neoyorquinos, las huelgas de los de Correos en Gran Bretaña y Francia y, en especial, la importante explosión de luchas en Bélgica en el otoño del 2000 en las que vimos signos reales no sólo de descontento general sino también contra la “dirección” sindical de la lucha.

Ninguno de esos movimientos ha tenido ni la escala ni el impacto capaces de dar una verdadera respuesta a las campañas ideológicas masivas de la burguesía sobre el final de la lucha de clases; nada de comparable a los acontecimientos de Mayo del 68 o la huelga de masas en Polonia, ni a ciertos movimientos seguidos de los años 80. Incluso las luchas más importantes parecen tener poco eco en el resto de la clase: el fenómeno de unas luchas en un país que son una “respuesta” a movimientos en otros países parece hoy ser algo inexistente. En ese contexto, es difícil incluso para los revolucionarios, ver claramente un tipo de lucha ni signos definidos de progreso de la lucha de clases en los años 90.

Para la clase en general, la naturaleza fragmentada de unas luchas sin relación mutua favorece poco, al menos en superficie, el fortalecimiento o, más bien, la restauración de la confianza del proletariado en sí mismo, su conciencia en sí mismo como fuerza distinta en la sociedad, como clase internacional con un potencial capaz de desafiar al orden existente.

Esta tendencia de una clase obrera desorientada a perder de vista su identidad de clase específica y, por lo tanto, a sentirse, en fin de cuentas, impotente ente una situación mundial cada vez más grave es el resultado de una serie de factores entremezclados. Lo básico – y es un factor que los revolucionarios han tenido siempre tendencia a subestimar, precisamente por ser tan básico – es la posición de la clase obrera como clase explotada que es y que soporta todo el peso de la ideología dominante. Además de ese factor “invariable” en la vida de la clase obrera, está el efecto dramático del siglo xx, la derrota de la oleada revolucionaria, la larga noche de la contrarrevolución, y la casi desaparición del movimiento político proletario organizado durante este período. Esos factores, por su naturaleza misma, siguen siendo muy poderosos durante la fase de descomposición. De hecho, incluso refuerzan ambos su influencia negativa y son reforzados a su vez por ella. Es especialmente claro con lo de las campañas anticomunistas: derivan históricamente de la experiencia de la contrarrevolución estalinista, la cual fue la primera en establecer la gran mentira según la cual estalinismo equivalía a comunismo. Pero el hundimiento del estalinismo – fruto por excelencia de la descomposición – fue después utilizado por la burguesía para reforzar todavía más el mensaje según el cual no puede haber alternativa al capitalismo y que la guerra de clases ha dejado de existir.

Sin embargo, para comprender las dificultades particulares que encuentra la clase obrera en esta fase, es necesario centrarse en los efectos más específicos de la descomposición sobre la lucha de clases. Sin entrar en detalles, pues ya hemos escrito bastante sobre ese problema, podemos decir que esos efectos operan en dos niveles: el primero es el de los efectos materiales, reales, en el proceso de descomposición, el segundo es la manera con la que la clase dominante utiliza esos efectos para acentuar la desorientación de la clase obrera. Algunos ejemplos:

  • El proceso de desintegración aportada por el desempleo masivo y prolongado, en particular entre los jóvenes, por el estallido de las concentraciones obreras tradicionalmente combativas de la clase obrera en el corazón industrial, todo ello refuerza la atomización y la competencia entre los obreros. Ese proceso objetivo directamente vinculado a la crisis económica se ha reforzado después con las campañas sobre la “sociedad postindustrial” y la desaparición del proletariado. Este último proceso en particular ha sido descrito por diversos elementos del medio proletario o del “pantano” como una “recomposición” del proletariado; de hecho, semejante terminología, al igual que la tendencia a considerar la globalización como una nueva fase del desarrollo del capitalismo, procede de una importante subestimación de los peligros a que se encuentra enfrentada la clase obrera. La fragmentación de la identidad de clase de la que hemos sido testigos en la última década no sería en ningún caso un avance, sino una clara manifestación de la descomposición con los enormes peligros que ello comporta para la clase obrera.
  • Las guerras que proliferan en la periferia del sistema y que se han acercado al corazón del capital son, evidentemente, una expresión directa del proceso de descomposición y contienen una amenaza directa contra el proletariado de esas regiones que son devastadas y por el veneno ideológico inoculado a los obreros movilizados en esos conflictos; la situación en Oriente Medio da testimonio pleno de este último aspecto. Pero la clase dominante de los principales centros del capital también utiliza esos conflictos, no solo para desarrollar sus propios intereses imperialistas sino también para aumentar sus asaltos contra la conciencia de los principales batallones proletarios, agravándose el sentimiento de impotencia, de dependencia hacia el Estado “humanitario” y “democrático” para resolver los problemas mundiales, etc.
  • Otro ejemplo importante es el proceso de “gansterización” que ha tomado gran amplitud en la última década. Este proceso engloba a la vez a las más altas esferas de la clase dominante –la mafia rusa es una caricatura de un fenómeno mucho más amplio- y las capas más bajas de la sociedad, incluida una proporción importante de la juventud proletaria. Cuando se observa un país como Sierra Leona, donde las rivalidades entre bandas se inscriben en un conflicto interimperialista o el centro de las ciudades de los países más desarrollados en donde las bandas callejeras parecen ofrecer la única “comunidad” posible incluso el único recurso para vivir a los sectores más marginalizados de la sociedad. Al mismo tiempo, la clase dominante, a la vez que utiliza esas bandas para organizar lo “ilícito” de su comercio (drogas, armas, etc.) no vacila en “embalar” la ideología de la “banda” mediante la música, el cine o la moda, cultivando así una especie de falsa rebelión que borra cualquier significado de pertenencia a una clase, exaltando la identidad de la banda, se defina ésta en términos locales, raciales, religiosos y demás.

Podrían darse otros ejemplos: se trata aquí de subrayar el alcance y el impacto considerables de las fuerzas que actúan en el día de hoy como contrapeso a que el proletariado se “constituya a sí mismo como clase”. Sin embargo, contra todas esas presiones, contra todas las fuerzas que proclaman que el proletariado está muerto y enterrado, los revolucionarios deben seguir afirmando que la clase obrera no ha desaparecido, que el capitalismo no puede existir sin proletariado, y que el proletariado no puede existir sin luchar contra el capital. Para un comunista, es elemental. Pero lo específico de la CCI es que está dispuesta a analizar el curso histórico y la relación de fuerzas entre las clases. Y aquí, hay que afirmar que el prole­tariado mundial a principios del siglo xxi, a pesar de las dificultades que enfrenta, no ha dicho su última palabra, y sigue siendo la única barrera contra el pleno despliegue de la barbarie capitalista y que sigue conteniendo en sí mismo la potencialidad de lanzarse a confrontaciones de clase masivas en el corazón del sistema.

No se trata de una fe ciega, ni de una verdad eterna; no excluimos la posibilidad de que tengamos que revisar en el futuro nuestro análisis y reconocer que un cambio fundamental en esa relación de fuerzas pueda ocurrir en detrimento del proletariado. Nuestros argumentos se basan en una observación constante de la evolución en el seno de la sociedad burguesa que nos llevan a concluir:

  • que a pesar de los golpes contra su conciencia durante la década pasada, la clase obrera conserva enormes reservas de combatividad que han emergido en bastantes movimientos de este período. Es de una importancia vital porque, aunque no haya que confundir combatividad y conciencia, el desarrollo de la resistencia abierta a los ataques del capital es, en la situación actual, una condición más crucial que nunca para que el proletariado vuelva a descubrir su identidad como clase, lo cual es una condición previa para una evolución más general de la conciencia de clase.
  • que ha continuado un proceso de maduración subterránea, expresándose, entre otras cosas, en la emergencia de gente “en búsqueda” en el mundo entero, una minoría creciente que se plantea seriamente cuestiones sobre el sistema existente y que está buscando una alternativa revolucionaria. Esas gentes andan en gran parte por las zonas del “pantano”, en torno a expresiones del anarquismo etc. El reciente desarrollo de las protestas “anticapitalistas” –aun estando sin duda alguna manipuladas y explotadas por la clase dominante- expresa también un desarrollo masivo del pantano, esta zona siempre movediza de transición entre la política de la burguesía y la de la clase obrera. Pero más significativo todavía en el período reciente ha sido la expansión considerable de una serie de personas que se vinculan directamente a los grupos revolucionarios, especialmente a la CCI y al BIPR. Esta corriente de personas que van más allá que los planteamientos imprecisos propios del pantano y buscan una coherencia comunista de verdad, son la parte visible del iceberg, la expresión de un proceso más profundo y más extenso en el seno del proletariado en su conjunto. Su entrada en el ruedo tendrá un efecto considerable en el medio político existente, transformando su fisionomía y obligándole a romper con sus hábitos sectarios establecidos desde hace mucho.

La permanencia de la amenaza proletaria puede también medirse, en cierto modo, “en negativo”, examinando las políticas y las campañas de la burguesía. Podemos observarlo a diferentes niveles – ideológico, económico y militar. En el plano ideológico, la campaña sobre el “anticapitalismo” es un buen ejemplo. Al iniciarse la década, las campañas de la burguesía apuntaban a acentuar el desconcierto de una clase que había sido golpeada recientemente por el hundimiento del bloque del Este, y los temas eran abiertamente burgueses: la campaña en torno al asunto Dutroux estuvo enteramente centrada en la democracia. La insistencia de hoy sobre el “anticapitalismo” es, al contrario, una expresión del desgaste de la mistificación sobre el “triunfo del capitalismo”, de la necesidad de que el capitalismo recupere y desvíe el potencial de un cuestionamiento real en el seno de la clase obrera. El que las protestas anticapitalistas no hayan movilizado a los obreros sino marginalmente, no disminuye su impacto ideológico general. Podría decirse lo mismo de la táctica de la izquierda en el gobierno. Aunque la mayor parte de la ideología de los gobiernos de izquierda deriva directamente de las campañas sobre la quiebra del socialismo y la necesidad de una nueva y tercera vía para el futuro, esos gobiernos han sido instalados, en gran medida, no sólo para mantener la desorientación existente en la clase obrera e impedirle que levante cabeza y haga salir a la luz todas las insatisfacciones que se han ido acumulando en sus filas durante diez años.

A nivel económico, hemos demostrado en otros lugares, que la burguesía de los grandes centros seguirá usando todos los medios a su disposición para impedir que se hunda la economía y se “ajuste” a su nivel real. La lógica es, en última instancia, económica y social. Es económica en el sentido que la burguesía debe a toda costa seguir haciendo funcionar su economía e incluso conservar sus propias ilusiones sobre la perspectiva de expansión y de prosperidad. Pero también es social en el sentido de que la clase dominante sigue viviendo en el terror de que una caída dramática de la economía provoque reacciones masivas del proletariado, el cual estaría entonces con mayor capacidad para ver la bancarrota del modo de producción capitalista.

Más importante todavía, hemos podido observar cómo en todos los grandes conflictos que han involucrado a las potencias imperialistas centrales durante la década pasada (guerra del Golfo, de los Balcanes, África) hemos presenciado una gran prudencia por parte de las clase dominante, su repulsa a utilizar a soldados no profesionales en las operaciones e, incluso en este caso, su vacilación a hacerles arriesgar la vida por miedo a provocar reacciones ‘de vuelta al país’.

Es muy significativo que con el bombardeo de Serbia por la OTAN, la guerra imperialista diera un nuevo paso hacia el corazón del sistema. Pero Serbia no es Europa occidental. No es en absoluto evidente que hoy la clase obrera de los grandes países industriales esté dispuesta a desfilar tras las banderas nacionales, a alistarse en conflictos imperialistas, e incluso en un país como Serbia se ha podido observar que hay límites en el sacrificio, aunque el descontento masivo haya sido desviado hacia el circo democrático. El capitalismo siempre está obligado a enmascarar sus divisiones imperialistas tras una careta de alianzas por una intervención humanitaria. Esto hace resaltar la incapacidad de las potencias secundarias para desafiar la dominación estadounidense como ya hemos visto, pero eso también expresa el hecho de que el sistema no posee una base ideológica seria para cimentar nuevos bloques imperialistas, algo que ignoran por completo otros grupos proletarios, los cuales reducen lo esencial de los bloques a una función económica. Los bloques imperialistas tienen una función más militar que económica, pero para actuar a nivel militar también deben ser ideológicos. Hoy por hoy es imposible ver qué temas ideológicos podrían utilizarse para justificar la guerra entre las principales potencias imperialistas –todas ellas tienen la misma ideología democrática, ninguna puede andar señalando con el dedo un “Imperio del mal” que sería la amenaza número uno para su modo de vida. El antiamericanismo, fomentado en un país como Francia sólo es un pálido reflejo de las ideologías pasadas del antifascismo y del anticomunismo. Hemos dicho que el capitalismo siempre ha tenido que infligir una grande y rotunda derrota a la clase obrera de los países avanzados antes de poder crear las condiciones para movilizarla directamente en la guerra mundial. Pero hay muchas razones para pensar que esto se aplica también a los conflictos limitados entre bloques en formación que prepararían el terreno para un conflicto más generalizado. Es ésta una expresión real del peso “negativo” de un proletariado no derrotado en la evolución de la sociedad capitalista.

Evidentemente, nosotros hemos reconocido que en el contexto de la descomposición, el proletariado podría ser sumergido sin esa derrota frontal y sin una gran guerra entre las potencias centrales. Podría sucumbir a la barbarie en los países centrales, en un proceso de desmoronamiento social, económico e ideológico comparable, pero todavía más estremecedor, que lo que ya se ha iniciado en países como Ruanda o el Congo. Pero, aunque sea más insidioso, un proceso semejante no sería invisible y todavía estamos lejos de él, y este hecho se expresa también “en negativo” en las recientes campañas sobre “los solicitantes de asilo” que se basan en el reconocimiento de que Europa occidental y Norteamérica siguen siendo oasis de prosperidad y de estabilidad en comparación con las áreas de Europa del Este o del “Tercer mundo”, más afectadas por los horrores de la descomposición.

Podemos pues decir sin dudarlo que el hecho de que el proletariado no haya sido derrotado en los países avanzados sigue siendo una barrera contra el pleno desencadenamiento de la barbarie en los centros del capital mundial.

Pero no es solo eso: el desarrollo de la crisis económica mundial corroe lentamente la ilusión de que se perfila un avenir radiante –un futuro basado en la “nueva economía” en la que todo el mundo tendría en sus manos sus propias bazas. Esta ilusión se evaporará todavía más cuando la burguesía esté obligada a centralizar y profundizar sus ataques contra las condiciones de vida de la clase obrera para así “ajustarse” al estado real de su economía. Y aunque estemos lejos de una lucha abiertamente política contra el capitalismo, no estamos, sin duda, lejos de una serie de luchas defensivas duras e incluso a gran escala cuando el descontento del proletariado que se está incubando tome la forma de una combatividad directa. Y es en esas luchas donde podrán germinar las semillas de una politización futura. Ni que decir tiene que la intervención de los revolucionarios será un factor determinante en ese proceso.

Es pues reconociendo clara y sobriamente las dificultades y los peligros terribles que tiene ante sí nuestra clase la manera con la que los revolucionarios pueden seguir afirmando su confianza: el curso histórico no se nos ha puesto en contra. Ante nosotros sigue estando la perspectiva de enfrentamientos de clase masivos y seguirá siendo determinante en nuestra actividad actual y futura.

Diciembre de 2000