La lucha del proletariado en el capitalismo decadente

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"La tradición de todas las generaciones muertas pesa terriblemente en los cerebros de los vivos e incluso cuando éstos parecen ocupados en transformarse a sí mismos y a sus cosas, crear algo totalmente nuevo, es precisamente entonces, en esas épo­cas de crisis revolucionarias, cuando, invocan, con temor, los espíritus del pasado, poniéndose sus nombres, tomando sus consignas, sus hábitos y costumbres..."

(Marx - El 18 Brumario de Luis Bonaparte)

En el presente período de reanudación histórica de las luchas del proletariado, no sólo se enfrenta éste con todo el peso de la ideología segregada directamente y a menudo de modo deliberado por la clase burguesa, sino también con todo el peso de las tradiciones de sus propias experiencias pasadas. La clase obrera, para llegar a su emancipación, tiene absoluta necesidad de asimilar estas experiencias; sólo así se forjará las armas para el enfrentamiento decisivo que acabará con el capitalismo. Sin embargo, corre el peligro de confundir lecciones de la experiencia y tradición muerta, de no saber distin­guir lo que, en las luchas del pasado, en sus métodos y en sus medios, aún sigue vivo, lo que tenía un carácter permanente y universal, de lo que pertenece de modo definitivo a ese pasado, que sólo era circunstancial y temporal.

Como lo subrayó a menudo Marx, este peligro amenazaba a la clase obrera de su tiempo: la del siglo pasado. En una sociedad en rápida evolución, el proletariado ha arrastrado consigo, durante mucho tiempo la carga de las viejas tradiciones de sus orígenes, los vestigios de las sociedades gremiales, los de la epopeya de Babeuf o de sus luchas junto a la burguesía contra el feudalismo. Así es como la tradición de secta, conspirativa o republicana de antes de 1848 sigue marcando la Primera Internacional fundada en 1864. Sin embargo, a pesar de sus rápidas mutaciones, esa época se sitúa en una misma fase de la vida de la sociedad: la del período ascendente del modo de producción capitalista. Ese período determina para las luchas de la clase obrera condiciones muy específicas: la posibilidad de sacar mejoras reales y duraderas en sus condiciones de vida de un capi­talismo próspero, pero la imposibilidad de destruir este sistema por el hecho mismo de su prosperidad.

La unidad de este marco da a las diferentes etapas del movimiento obrero del siglo XIX un carácter continuo; los métodos y los instrumentos de la lucha de la clase se elaboran y se perfeccionan progresivamente, particularmente la organización sindical. En cada una de estas etapas, las similitudes con la etapa anterior son mayores que las diferencias. En estas condiciones la tradición no pesa demasiado en los obreros de aquel tiempo: para una gran parte de ellos, el pasado muestra el camino a seguir.

Pero está situación cambia radicalmente al iniciarse el siglo 20, la mayoría de los instrumentos que la clase ha ido forjando durante decenios ya no le sirven para nada; peor, se vuelven contra ella y se hacen armas del capital. Así pasó con los sindicatos, los grandes partidos de masas, la participación a las elecciones y al Parlamento. Y eso porque el capitalismo entró en una fase totalmente diferente de su evolución: la de su decadencia. Por consiguiente, el marco de la lucha proletaria se halla completamente trastornado; desde entonces la lucha por mejoras progresivas y duraderas en el seno de la sociedad pierde su significado. No sólo ya no puede conceder nada un sistema capita­lista con el agua al cuello, sino que sus convulsiones ponen en entredicho cantidad de conquistas proletarias del pasado. Frente a este sistema moribundo, la única verdadera conquista que puede obtener el proletariado es destruirlo.

Es la primera guerra mundial la que marca esa ruptura: entre los dos períodos de vida del capitalismo. Los revolucionarios, toman esa conciencia de la entrada del sistema en su fase de declive.

"Ha nacido una nueva época. La época de la disgregación del capitalismo, de su derrumbamiento interno. La época de la revolución comunista del proletariado" proclama en 1919 la Internacional Comunista en su plataforma. Sin embargo, en su mayoría, los revolucionarios siguen estando marcados por las tradiciones del pasado. A pesar de su inmensa con­tribución, la Tercera Internacional resulta incapaz de llevar a cabo lo que sus análisis mismos implican. Frente a la traición de los sindicatos no propone destruirlos sino reconstruirlos. Incluso tras haber comprobado "que las reformas parlamentarias han per­dido toda importancia práctica para las clases laboriosas" y que "el centro de gravedad de la vida política ha salido completa y definitivamente fuera del Parlamento" (Tesis del 2° congreso), sigue sin embargo preconizando la Internacional. Comunista, la partici­pación en esta institución.

Así se confirma de modo magistral la constatación que hizo Marx en 1852. Pero también de modo trágico. Tras haber producido en 1914 la desbandada del proletariado frente a la guerra imperialista, el peso del pasado es el principal responsable del fracaso de la oleada revolucionaria que empezó en 1917 y de la terrible contrarrevolución que siguió durante más de medio siglo.

Si ya era una desventaja para las luchas del pasado: la "tradición de todas las generaciones muertas" es un enemigo aún más temible para las luchas de nuestra época. En tanto que condición para la victoria, incumbe al proletariado arrancarse los viejos harapos que se le pegan a la piel con el fin de poder vestir el traje adecuado para las nece­sidades que la "nueva época" del capitalismo impone a su lucha. Le incumbe entender bien las diferencias que separan el período ascendente de la sociedad capitalista y su período de decadencia, tanto desde el punto de vista del capital como de los métodos y los fines de su propia lucha.

La nación

Período Ascendente del Capitalismo

Una de las características del siglo XIX es, la formación de nuevas naciones (Alemania, Italia, etc...) o la lucha encar­nizada por formarse (Polonia, Hungría, etc...). No es esto únicamente un hecho fortuito, sino que corresponde al impulso por parte de la economía capitalista en pleno desarrollo que halla en la nación el marco más apropiado para su desarrollo. En esa época, la independencia nacional tiene verdadero sentido; acompaña al desarrollo de las fuerzas productivas y a la destrucción de los imperios feudales (Rusia, Austria), baluartes de la rea­cción.

Período de Decadencia del Capitalismo

En el siglo XX, la nación se ha vuelto un marco demasiado estrecho para contener las fuerzas productivas. Del mismo modo que las relaciones de producción capitalistas, se ha vuelto un verdadero corsé que impide su desarrollo. Por otra parte, la independencia nacional se ha vuelto un engaño desde el momento en que el interés de cada capital nacional le obliga a integrarse en uno de los dos grandes bloques imperialistas y por consiguiente re­nunciar a esta independencia. Las supuestas "independencias nacionales" del siglo XX se concretan en el paso de los países de una zona de influencia a otra.

El desarrollo de nuevas unidades capitalistas

I. Período ascendente del capitalismo

Uno de los fenómenos típicos de la fase ascendente del capitalismo consiste en el desarrollo desigual según los países y las condiciones históricas particulares que tuvo cada cual. Los países más desarrollados enseñan el camino a los países cuyo retraso no es necesariamente una desventaja insuperable. Al contrario, existe para estos la posibilidad de alcanzar y hasta superar a los primeros.

Esta es incluso una regla casi general:

En el marco general de este prodigioso ascenso, el aumento de la producción industrial adquirió en los diferentes países inte­resados proporciones muy variables. En los Estados industriales europeos más avanzados antes de 1860 es donde se nota durante el siguiente período el crecimiento menos rápido.

La producción inglesa sólo se triplicó, la producción francesa se multiplicó por cuatro, mientras que la producción alemana pasó de uno a seis y en los EEUU, la producción de 1913 fue más de doce veces superior a la de 1860. Estas diferencias de ritmos provocaron el derrumbamiento total de la jerarquía de las potencias indus­triales entre 1860 y 1913.

Hacia 1880, Inglaterra perdió el primer lugar en la producción mundial, en favor de EEUU. Al mismo tiempo Alemania rebasa a Francia. Hacia 1890, Inglaterra, adelan­tada por Alemania, retrocede al tercer puesto (Fritz Sternberg, "El conflicto del siglo").

En el mismo período, otro país alcanza el rango de potencia industrial moderna: Japón, mientras que Rusia tiene un proceso de industrialización, muy rápido pero que será frenado por la entrada del capitalismo en su fase de decadencia.

Esta aptitud para los países atrasados de recuperar su retraso proviene de las razones siguientes:

  1. Sus mercados internos ofrecen amplias posibilidades de salidas mercantiles y por consiguiente de desarrollo para el capital industrial. La existencia de amplios sectores de producción precapitalistas (artesana y sobre todo agrícola) relativamente prósperos constituye en ellos el caldo de cultivo indispensable para el crecimiento del capitalismo.
  2. El recurso al proteccionismo contra mercancías más baratas procedentes de países más desarrollados les permite momentánea­mente preservar, dentro de sus fronteras, un mercado para su producción nacional propia.
  3. A escala mundial, existe un extenso mercado extracapitalista, particularmente en los territorios coloniales que se están conquistando, en el que se vierte el exceso de mercancías manufacturadas de los países industriales.
  4. La ley de la oferta y de la demanda juega en favor de una verdadera posibilidad de desarrollo de los países menos desarro­llados. Efectivamente, en la medida en que, globalmente, durante este período la deman­da supera la oferta, los precios de las mercancías están determinados por los gas­tos de producción más elevados que son los de los países menos desarrollados, lo que permite, al capital de esos países realizar un beneficio que permite una acumulación real (mientras que los países más desarrollados sacan sobre beneficios)
  5. Los costes militares, durante el perío­do ascendente del capitalismo son gastos gene­rales relativamente limitados y que los países industriales desarrollados compensan fácilmente y hasta rentabilizan gracias en particular a las conquistas coloniales.
  6. En el siglo XIX, el nivel de la tecnolo­gía, aún cuando representa un progreso considerable respecto del período anterior, no exige la inversión de cantidades considerables de capital.

II. Período decadente del capitalismo

El período de decadencia del capitalismo se caracteriza por la imposibilidad de cualquier surgimiento de nuevas naciones industrializadas. Los países que no han logrado su "despegue" industrial antes de la 1ra guerra mundial se ven condenados a quedarse estancados en el subdesarrollo total; o a mantenerse en un estado de atraso crónico respecto de los países, "que tienen la sartén por el mango". Así ocurre con grandes naciones como India o China cuya "independencia nacional" o hasta la pretendida "revolución" (es decir la instauración de un draconiano capitalismo de Estado) no permiten la salida del subdesarrollo y de la escasez. Ni siquiera la URSS escapa a la regla, los sacrificios terribles impuestos al campesinado y sobre todo a la clase obrera de este país, el uso masivo de un trabajo prácticamente gratuito en los campos de concentración, la planificación y el monopolio del comercio exterior presentados por los trotskistas como "grandes conquistas obreras" y como indicio de "la abolición del capitalismo", el saqueo económico sistemático de los países de su bloque de Euro­pa Central, todas estas medidas no han sido suficientes a la URSS para acceder al pelotón de los países plenamente industrializados para hacer desaparecer dentro de sus fronteras las imborrables marcas del subdesarrollo y del atraso (ver el artículo sobre "la crisis capitalista en los países del Este" en este número).

Esta incapacidad de surgimiento de, nuevas grandes unidades capitalistas se plasma, entre otras cosas, en que las seis mayores potencias industriales (USA, Japón Rusia, Alemania, Francia, Inglaterra) ya lo eran (aunque en orden diferente) en vísperas de la 1ª guerra mundial.

Esta incapacidad por parte de los países subdesarrollados para ponerse al nivel de los países más avanzados se explica por lo siguien­te:

  1. Los mercados representados por, los sectores extra capitalistas de los países industrializados se hallan totalmente agota­dos por la capitalización de la agricultu­ra y la ruina casi completa de la artesa­nía.
  2. Las políticas proteccionistas cono­cen en el siglo XX un fracaso total. Lejos de ser una posibilidad de respiro para las economías menos desarrolladas, llevan a la asfixia de la economía nacional.
  3. Los mercados extra capitalistas están saturados a nivel mundial. A pesar de las inmensas necesidades y de la escasez total del Tercer Mundo, las economías que no pudieron acceder a la industrialización capitalista no son un mercado solvente porque están arruinadas por completo.
  4. La ley de la oferta y de la demanda va en contra de cualquier desarrollo de nuevos países. En un mundo en donde los mercados se hallan saturados, la oferta supera la demanda y los precios están determinados por los costes de producción­ más bajos y se ven obligados a vender sus mercancías con beneficios reducidos cuando no lo hacen con pérdidas. Esto reduce su tasa de acumulación a un nivel bajísimo y, aún con una mano de obra muy barata, no consiguen realizar las inversiones necesarias para la adquisición masiva de una tec­nología moderna, lo que por consiguiente ensancha aún más la zanja que separa a esos países de las grandes potencias in­dustriales.
  5. Los gastos militares, en un mundo abocado cada vez más a la guerra permanen­te, se vuelven un peso muy fuerte, incluso para los países más desarrollados. Condu­cen a la quiebra económica completa de los países subdesarrollados.
  6. Hoy día, la producción industrial moderna acude a una tecnología incompara­blemente más sofisticada que en el siglo pasado y por consiguiente a inversiones considerables que sólo los países ya desa­rrollados son capaces de asumir. Así pues, los factores de tipo técnico agravan más los factores estrictamente económicos. Por esto, los países tienen los costes de producción más elevados.

LAS RELACIONES ENTRE EL ESTADO Y LA SOCIEDAD CIVIL

I. Período ascendente del capitalismo

En el período ascendente del capita­lismo, existe una separación muy clara en­tre la política, -dominio reservado a los especialistas de la función estatal- y lo eco­nómico que sigue siendo asunto del capital y de los capitalistas privados. En esa época el Estado, aunque ya trataba de ponerse por encima de la sociedad, sigue estando ampliamente dominado por grupos de intereses y por fracciones del capital que se expresan en gran parte a nivel legislativo. Este aún domina claramente al ejecutivo: el sistema parlamen­tario, la democracia representativa es una realidad, un terreno en el que se enfrentan los diferentes grupos de interés.

Al tener el Estado a cargo suyo el mante­nimiento del orden social en beneficio del sis­tema capitalista se producen reformas a favor de la mano de obra, contra los excesos bárbaros de la explotación obrera de la que son responsables los apetitos insaciables de los capitalistas privados ("Decreto de las 10 ho­ras" en Gran Bretaña, así como las leyes que limitan el trabajo de los niños, etc...).

II. Período decadente del capitalismo

El período de decadencia del capita­lismo se caracteriza por la absorción de la sociedad civil por el Estado. Por esto el legislativo, cuya función inicial es la de representar a la sociedad pierde toda su impor­tancia frente al ejecutivo que constituye la cumbre de la pirámide estatal.

Este período conoce una unificación de lo político y de lo económico, volviéndose el Estado la principal fuerza en la economía nacional y su verdadera dirección.

Sea a través de una integración gradual (economía mixta) o de un cambio repentino (economía enteramente estatalizada), el Estado deja de ser un órgano de delegación de los capitalistas y de los grupos de intereses, para volverse capitalista colectivo, sometien­do a todos los grupos de intereses particula­res a su imperio.

El Estado, como unidad realizada del capi­tal nacional, defiende los intereses de éste tanto dentro del bloque al que pertenece como en contra del bloque antagonista. Del mismo modo, toma directamente a cargo suyo el asegurar la explotación y la sumisión de la clase obrera.

La guerra

I. Período ascendente del capitalismo

En el siglo XIX, la guerra tiene, en general, la función de asegurar a cada nación capitalista una unidad y una extensión territorial necesaria para su desarrollo. En este sentido, a pesar de las calamidades que lleva consigo, es un momento de la naturaleza pro­gresiva del capital.

Así pues, por su naturaleza misma, las guerras están limitadas a 2 o 3 países por lo general limítrofes y tienen las siguien­tes características:

  • son de corta duración,
  • provocan pocas destrucciones,
  • determinan, tanto para los vencidos como para los vencedores un nuevo impulso. Así se presentan, por ejemplo, las guerras franco-alemana, austro-italiana, austro-pru­siana o de Crimea.

La guerra franco-alemana es un ejemplo típico de este tipo de guerra:

  • es una etapa decisiva en la formación de la nación alemana, es decir la creación de bases para un fantástico desarrollo de las fuerzas productivas y la formación del sector más importante del proletariado in­dustrial de Europa (y hasta del mundo si se considera su papel político).
  • también, esta guerra dura menos de un año, no es muy mortífera y no constituye, para el país vencido, una verdadera desven­taja: después de 1871, Francia sigue con su desarrollo industrial con el empuje dado durante el Segundo Imperio y conquista lo esencial de su imperio colonial.

En lo que se refiere a las guerras colo­niales, su meta es la conquista de nuevos mercados y de reservas de materias primas. Son resultado de una competencia entre países capitalistas, a causa de sus necesi­dades de expansión, para el reparto de nue­vas zonas del mundo. Por consiguiente, se integran en el marco de la expansión del conjunto del capitalismo y del desarrol1o de las fuerzas productivas mundiales.

II. Período decadente del capitalismo

En un período en el, que ya no se trata de la formación de unidades nacionales viables, en el que la independencia formal de nuevos países proviene esencialmente de las relaciones entre las grandes poten­cias imperialistas, las guerras ya no son el resultado de las necesidades económicas del desarrollo de las fuerzas productivas de la sociedad, sino, esencialmente, de causas políticas: la relación de fuerzas entre los bloques. Han dejado de se "nacio­nales" como en el siglo XIX para volverse im­perialistas. Ya no son momentos de la expansión del modo de producción capitalista, sino la expresión de la imposibilidad de su expansión.

No consisten en un reparto del mundo, sino en un continuo reparto de éste, en una situa­ción en la que un bloque de países, ya no puede desarrollar la valorización de su capital, sino únicamente mantenerla a expensas de los países del bloque adverso con el resultado­ final de la degradación de la totalidad del capital mundial.

Las guerras son guerras generalizadas al conjunto del mundo y tienen como consecuencia enormes destrucciones de totalidad de la eco­nomía mundial yendo así hacia la barbarie ge­neralizada.

Como la de 1870, las guerras de 1914 y de 1939 oponen a Francia y a Alemania, pero ya de entrada resaltan las diferencias exis­tentes entre la naturaleza de las guerras del siglo XIX y la de las guerras del siglo XX:

  • para empezar, la guerra afecta al conjun­to de Europa para, después, generalizarse al mundo entero,
  • es una guerra total que moviliza durante años la totalidad de la población y de la máquina económica de los países beligerantes, que aniquila años y años de trabajo humano, que destruye decenas de millones de proleta­rios, que reduce al hambre centenas de millo­nes de seres humanos.

De ningún modo son las guerras del siglo XX "curas de juventud" (como algunos lo pretenden), sólo son convulsiones de un sistema moribundo.

Las crisis

I. En un mundo con desarrollo desigual, con mercados internos desiguales, las crisis están marcadas por el desarrollo desigual de las fuerzas productivas en los diferentes países y en los diferentes ramos de produ­cción.

Son la manifestación de que el mercado interno se halla saturado y necesita ampliar­se de nuevo. Por consiguiente son periódicas (cada 7 a 10 años -duración aproximada de la amortización del capital fijo) y se resuelve con la apertura de nuevos mercados.

De ahí que tengan las crisis las siguientes características:

  1. Estallan de repente, por lo general tras una quiebra bursátil.
  2. Son de corta duración (de uno a tres años para las más largas).
  3. No son generalizadas a todos los países

Así, por ejemplo:

  • la crisis de 1825 es sobretodo britá­nica y deja a salvo a Francia y Alemania,
  • la crisis de 1830 es sobretodo americana, Francia y Alemania, la evitan también,
  • la crisis dé 1847 deja a salvo a EEUU, y afecta débilmente a Alemania,
  • la crisis de 1866 afecta poco a Alemania y la de 1873 no afecta a Francia.
    Más tarde, los ciclos industriales tienden a generalizarse a todos los países desarrollados pero se nota que EEUU evitan también esta vez la recesión de 1900-1903 y Francia la de 1907.
    Al contrario, la crisis de 1913, que desembocará en la primera guerra mundial, a1canza a prácticamente todos los países,

4.- No se generalizan a todos los ramos: es esencialmente la industria del algodón la que soporta las crisis de 1825 y de 1830.Más tarde aunque los textiles también tienen crisis, la metalurgia y los ferrocarriles tienden a ser los sectores más afectados (particularmente en 1873). Igualmente, no resulta extraño ver ra­mos industriales con importantes "boom", mientras la recesión afecta a otros ramos.

5.- Desembocan en un nuevo impulso in­dustrial (las cifras de crecimiento que da Sternberg más arriba son significativas a este respecto).

6.- No plantean crisis políticas del sistema, y, menos aún, el estallido de una revolución proletaria.

Sobre este último punto, resulta necesario constatar el error que hizo Marx, después de la experiencia de 1847-48, cuando escribió en 1850:

"Una nueva revolución solo era posible tras una nueva crisis. Pero resulta tan segura como ésta". (Neue Rheinische Zeitung).

Su error no está en reconocer la necesidad de una crisis del capitalismo para que sea posible la revolución, ni en haber anunciado que una nueva crisis iba a venir (la de 1857 es mucho más violenta aún que la de 1847) sino en la idea de que las crisis de esa época ya eran crisis mortales del sistema. Más tarde, Marx rectificó evidentemente este error, y es precisamente porque sabe que las condiciones objetivas no están maduras por lo que se enfrenta en la AIT con los anarquistas que quieren quemar etapas, y que el 9 de septiembre de 1870, pone en guardia a los obreros parisinos contra "todo intento de derribar al nuevo gobierno... (lo que) resultaría una locura desesperada" (Segundo llamamiento del Consejo General de la AIT sobre la Guerra Franco-alemana. Hoy en día, se ha de ser anarquista o bor­diguista para imaginarse que "la revolución es posible en todo momento" o que sus condiciones materiales ya existían en 1848 o en 1871.

II. Desde el principio del siglo 20, el mercado es ya internacional y unificado. Los mercados internos han perdido parte de su importancia (particularmente por la eliminación de los sectores precapitalistas). En estas condiciones, las crisis no son la manifestación de mercados provisionalmente demasiado limitados, sino de la ausencia de cualquiera posibilidad de su ampliación mundial. De esto proviene su carácter de crisis generalizadas y permanentes.

Las coyunturas no están determinadas por la relación entre la capacidad de producción y el tamaño del mercado existente en un momen­to dado, sino causas esencialmente políticas, o sea el ciclo guerra-destrucción-reconstru­cción-crisis. En este marco no son de ningún modo los problemas de amortización del capital los que determinan la duración de las fases del desarrollo económico sino, en gran parte la amplitud de las destrucciones sufridas durante la guerra anterior. Así se puede comprender que la duración de la expansión de la reconstrucción sea 2 veces más larga (17 años) tras la segunda guerra mundial que tras la primera (7 años).

Al contrario del siglo pasado caracterizado por el "laissez-faire" (dejar hacer), la amplitud de las recesiones en el siglo XX está limitada por medidas artificiales instauradas por los Estados y sus instituciones de investigación para retrasar la crisis general. Así ocurre con las guerras localizadas, con el desarrollo de los armamentos y de la economía de guerra, con el uso sistemático de la máquina de billetes y de la venta a plazos, con el endeudamiento generalizado, con toda una serie de medidas políticas que tienden a romper con el estricto funcionamiento económico del capitalismo.

En este marco, la crisis del siglo 20 tiene las siguientes características:

  1. No estallan de repente sino que se desarrollan progresivamente en el tiempo. En este sentido, la crisis de 1929 aún tiene al empezar algunas características de las crisis del siglo pasado (derrumbamiento repentino tras la quiebra bursátil) que resultan no tanto del mantenimiento de condiciones económicas parecidas a las de antes, sino de un retraso de las instituciones políticas del capital para modificar esas condiciones. Pero, después, la intervención masiva del Estado (New Deal en USA, producción de guerra en Alemania...) se amplía durante toda la década de los 30.
  2. Una vez empezadas, las crisis se caracterizan por su larga duración. De este modo, mientras que la relación rece­sión-prosperidad era de unos 1 a 4 en el siglo XIX (2 años de crisis en un ciclo de 10 años), la relación entre la duración del marasmo y la de la recuperación pasa a 2 en el siglo 20. En efecto, entre 1914 y 1980, ha habido 10 años de guerra generalizada (sin tener en cuenta a las guerras locales permanentes), 32 años de depresión (1918-22, 1929-39, 1945-50, 1967-80), o sea un total de 42 años de guerra y de crisis, contra, sólo 24 años de reconstrucción (1922-29 y 1950-67). ¡Y el ciclo de la crisis aún no ha acabado!...

Mientras que en el siglo XIX, la máqui­na económica se impulsaba de nuevo por sus propias fuerzas, al terminar cada crisis, las crisis del siglo XX desde un punto de vista capitalista, no tienen solución si­no en la guerra generalizada. Al ser es­tertores de un sistema moribundo, las crisis plantean al Proletariado la nece­sidad y la posibilidad de la revolución comunista.

El siglo XX es claramente "la era de las guerras y de las revoluciones" como lo indicaba, cuando se fundó, la Interna­cional Comunista.

La lucha de clases

I. Las formas que toma la lucha de clase en el siglo XIX se determinan a la vez por las características del capital de esa época y por las de la clase obrera misma:

  1. El capital del siglo XIX sigue estando aún muy repartido entre numerosos capitales: pocas son las fábricas de más de 100 obreros, mucho más frecuentes son las empresas de carácter semiartesano. Sólo será en la segunda parte del siglo XIX, con el desarrollo de los ferrocarriles, la introducción masiva del maquinismo, la multiplicación de las minas, cuando empie­za a predominar la gran industria tal y como se puede conocer hoy en día.
  2. En estas condiciones, la competen­cia se ejerce entre un gran número de capitalistas.
  3. Por otra parte, la tecnología sigue estando poco desarrollada. La mano de obra poco cualificada, reclutada mayormente en el campo, siendo por lo general, de primera ge­neración. La más cualificada se halla en 1a artesanía.
  4. La explotación se basa en la extracción de plusvalía absoluta: jornada de trabajo larga, salarios bajísimos.
  5. Cada patrono, o cada fábrica, se enfren­ta directa y aisladamente con los obreros a los que explota; no existe una unidad patro­nal organizada: los sindicatos patronales sólo se desarrollan en el tercer tercio del siglo. En estos conflictos separados, no es extraño ver a capitalistas especular sobre las dificultades de una fábrica concurrente, y sacar ventaja para apoderarse de su clientela.
  6. El Estado, por lo general, se mantiene fuera de estos conflictos. Sólo interviene en última instancia, cuando el conflicto puede llegar a perturbar "el orden público"

En la clase obrera, se pueden observar las características siguientes:

  1. Como el capital, está muy esparcida. Es una clase en proceso de formación. Sus sectores más combativos están muy ligados al mundo artesano y por consiguiente están muy influenciados por el corporativismo.
  2. En el mercado del trabajo, la ley de la oferta y de la demanda funciona a tope y directamente. Sólo en los momentos de alta coyuntura, de expansión rápida de la produ­cción que provoca una escasez de obreros, es cuando pueden estos oponer una resistencia eficaz contra las usurpaciones del capital y hasta arrancar ventajas sustanciales en los salarios y las condiciones de trabajo.
    En los momentos de baja coyuntura, pierden fuerza, se desaniman y se dejan, quitar una parte de las ventajas adquiridas.
    Expresión de este fenómeno, la fundación de la Primera Internacional y la de la Segun­da Internacional, plasman momentos cumbre de la combatividad obrera, teniendo lugar en plena prosperidad económica (1864 para la AIT, 3 años antes del estallido de la crisis de 1867, 1889 para la Internacional Socialista, en vísperas de la crisis de 1890-93).
  3. En el siglo XIX, la emigración es un paliativo para el desempleo y para la terrible miseria que abruman periódicamen­te al proletariado durante las crisis cí­clicas. La posibilidad para sectores im­portantes de la clase de huir hacia el nuevo mundo cuando las condiciones de vi­da se vuelven demasiado insoportables en las metrópolis capitalistas de Europa es un elemento que permite evitar que las crisis provoquen situaciones explosivas como la de junio 1848. Así pues, en el siglo 19, gracias también a la emigración: las capacidades de expansión del capitalis­mo son una garantía de la estabilidad glo­bal del sistema
  4. Estas condiciones particulares, tanto para el capital como para la clase obrera, exigen organizaciones de resis­tencia económica para los obreros, los sindicatos, que sólo pueden tomar forma local y profesional de una minoría obrera cuya lucha -la huelga- está particularizada, preparada de antemano con mucho tiempo, y que por lo general espera un situación de alta coyuntura para enfrentarse con tal o cual ramo del capital hasta una sola fábrica. A pesar de todas estas limitaciones, los sindicatos son auténticos órganos de la clase obrera, indispensables en la lucha económica con­tra el capital, pero también como focos de vida de la clase, en tanto que escuelas de solidaridad, en donde los obreros comprenden su pertenencia a una misma comunidad, en tanto que "escuelas de comunismo", según la expresión de Marx, propicias para la propaganda revolucionaria.
  5. En el siglo XIX, las huelgas son por lo general de larga duración; es esta una de las condiciones de su eficacia. Ponen a los obreros a prueba del hambre, de ahí la necesidad de preparar de ante­mano fondos de "socorros mutuos", cajas de resistencia y de acudir a la solida­ridad financiera de otros obreros cuyo trabajo puede significar un elemento po­sitivo para la lucha de los obreros en huelga (amenazando los mercados del capi­talista en conflicto por ejemplo).
  6. En estas condiciones la cuestión de la organización previa, material, financiera del proletariado es un problema básico para poder llevar a cabo las luchas y que muy a menudo es más importan­te que la entidad de las ganancias reales obtenidas transformándose en objetivo en sí (como lo constataba Marx al responder a los burgueses que no entendían que los obreros pudieran gastar más dinero para su organización que lo que ésta les permitía arrancar al capital).

II. La lucha de clases, en el capitalis­mo decadente, está determinada, desde el punto de vista del Capital, por las siguien­tes características

  1. El capital ha llegado a un alto nivel de concentración y de centralización.
  2. La competencia está más reducida que en el siglo XIX desde el punto de vista numérico pero es más dura.
  3. La tecnología está altamente desarro­llada. La mano de obra está cada vez más cua­lificada y la tendencia es a que las máquinas ejecuten las tareas más sencillas. Las gene­raciones obreras, son continuas. La clase obrera ya no se recluta tanto en el campo, sino esencialmente entre los hijos de obreros.
  4. La base dominante de la explotación es la extracción de plusvalía relativa (aumento de las cadencias y de la productividad).
  5. Existe, frente a la clase obrera, una unidad y una solidaridad mucho mayores que antes entre los capitalistas, creando éstos organizaciones específicas con el fin de no seguir enfrentándose individualmente con la clase obrera.
  6. El Estado interviene directamente en los conflictos sociales ya como capitalista, ya como "mediador", es decir como elemento de control, tanto en lo político como en lo económico del enfrentamiento con el fin de mantenerlo dentro de los límites de "lo aceptable", ya sea, sencillamente, como agen­te de la represión.

Por parte obrera, se pueden notar los rasgos siguientes:

  1. La clase obrera está unificada y cualificada, con alto nivel intelectual. Sólo tiene vínculos muy lejanos con lo ar­tesano. El centro de la combatividad se en­cuentra pues en las grandes fábricas modernas y la tendencia general de las luchas va hacia la superación del corporativismo gremialista.
  2. Al contrario del período anterior, es en los momentos de crisis de la sociedad cuando estallan y se desarrollan las grandes luchas decisivas (las revoluciones de 1905 y de 1917 en Rusia vienen tras la forma agu­dizada de la crisis que trae la guerra). La gran oleada internacional de luchas de 1917 a 1923 ocurre en un período de convulsiones -guerra y después crisis económica- agotándose con la recuperación ligada a la recons­trucción).
    Por eso es por lo que, al contrario las dos anteriores, la Tercera Internacio­nal se fundó en 1919 en lo más hondo de la crisis de la sociedad a la cual corresponde el momento de más fuerte combatividad proletaria.
  3. Los fenómenos de emigración económi­ca que se presencian en el siglo XX, parti­cularmente en la 2a posguerra, no se pueden comparar en modo alguno tanto en su origen como en sus implicaciones, con las grandes corrientes del siglo anterior. Al expresar no ya la expansión histórica del capital hacia nuevos territorios, sino al contrario la incapacidad del desarrollo económico de las antiguas colonias cuyos obreros y cam­pesinos huyen de la miseria hacia las metrópolis que los obreros abandonaban en el pasado, no ofrecen posibilidad alguna de compensación en momentos de crisis aguda del sistema. Una vez acabada la reconstrucción, ya no ofrece la emigración ninguna posibilidad de superar el desempleo que se extiende a los países desarrollados del mismo modo que antes afectaba a los países subdesarrollados. La crisis pone a la clase obrera entre la espada y la pared, sin de­jarle escapatoria alguna.
  4. La imposibilidad de mejoras durade­ras para la clase obrera le impide formar organizaciones específicas, permanentes, pensadas para la defensa de sus intereses económicos. Los sindicatos pierden la función para la que habían surgido: al no poder ya ser órganos de la clase, y menos aún, "es­cuelas del comunismo", son recuperados por el capital e integrados al Estado, lo cual está facilitado por la tendencia general de este órgano a absorber la sociedad civil.
  5. La lucha proletaria tiende a superar el marco estrictamente económico para volver­se social, enfrentándose directamente con el Estado, politizándose y exigiendo la participación masiva de la clase. Es lo que ya en 1906; nota Rosa Luxemburgo tras la pri­mera revolución rusa, en "Huelgas de masa, partido y sindicatos". Es la misma idea que contiene la fórmula de Lenin: "Detrás de cada huelga se perfila el espectro de la revolución"
  6. Semejante tipo de lucha, propio al período de decadencia, no se puede preparar de antemano, en el plano organizativo. Las luchas estallan espontáneamente y tienden a generalizarse. Se sitúan más en el plano local o territorial que en el profesional, su proceso es más horizontal que vertical: son éstas las características que prefiguran el enfrentamiento revolucionario en el que no son las categorías profesionales o los obreros de tal o cual empresa los que actúan, sino la c1ase obrera como un todo a escala de una unidad geopolítica (región, país)
    Del mismo modo, la clase obrera, para sus luchas, no puede dotarse de antemano de medios materiales. Teniendo en cuenta la manera como está .organizado el capitalismo la duración de una huelga no es por lo general un arma eficaz (al poder los capitalistas en su con­junto dar .su ayuda al que está afectado por la lucha). En este sentido el éxito de las huelgas no depende de los fondos financieros recogidos por los obreros sino fundamentalmen­te de. su capacidad de extensión de la lucha, extensión que sólo puede crear una amenaza para el conjunto del capital nacional.
    En él período actual, la solidaridad para con los trabajadores en lucha ya no reside en el apoyo financiero por parte de otros sectores obreros (se trata de una falsa solida­ridad que incluso los sindicatos pueden pro­poner para desviar a los trabajadores de los verdaderos métodos de lucha) sino por la entrada en lucha de esos otros sectores.
  7. Del mismo modo que la organización no precede la lucha sino que se crea durante la lucha misma, la autodefensa del proletariado, su armamento, no se preparan de antemano, amontonando unos cuantos fusiles en sótanos como así se lo creen algunos grupos. Son etapas en un proceso que no se pueden alcanzar sin pasar por las anteriores.

El papel de la organización revolucionaria

I.- La organización de los revolucionarios, producto de la clase y de su lucha, es una organización minoritaria constituida sobre un programa. Su función comprende:

  1. la elaboración teórica de la crítica del mundo capitalista.
  2. la elaboración del programa de la fina­lidad histórica de la lucha de clases.
  3. la difusión de ese programa en la clase.
  4. la participación activa en todos los momentos de la lucha inmediata de la clase y su defensa contra la explotación capitalista.

En cuanto a esto último, adquiere, en el siglo XIX una función de iniciación y de organización activa de los órganos uni­tarios, económicos de la clase a partir de cierto grado de desarrollo de los orga­nismos embrionarios producidos por la lucha anterior.

Por ser ésta su función, y dado el con­texto del período, la posibilidad de refor­mas y la tendencia a la propagación de ilu­siones reformistas en el seno de la clase, ­la organización de los revolucionarios (los partidos de la Segunda Internacional) está también ella, marcada por el reformis­mo, y acaba echando por la borda el objeti­vo final revolucionario en favor de refor­mas inmediatas, llegando a considerar como tarea prácticamente única (el economicismo) la de mantener y desarrollar las organiza­ciones económicas (los sindicatos).

Sólo una minoría, dentro de la organi­zación revolucionaria resistirá contra esa evolución y defenderá la integridad del programa histórico de la revolución socia­lista. Pero, a la vez una parte de esa minoría, por reacción contra la evolución reformista, tiende a desarrollar conceptos extraños al proletariado según los cuales el partido es el único sitio donde está la conciencia de clase, el poseedor de un pro­grama terminado y cuya función sería (si­guiendo el esquema de la burguesía y de sus partidos), la de "representar" a la clase, la de ser, por derecho propio e1 llamado a ser el órgano decisorio de aquélla y, en particular, para la toma del poder. Esta concepción, el sustitucionismo, si bien es la de la mayoría de los elementos de la Izquierda Revolucionaria de la Segunda In­ternacional, tiene en Lenin a su principal teórico ("¿Qué hacer?", "Un paso adelante, dos pasos atrás").

II. En el período de decadencia del capitalismo, la organización de los revo­lucionarios guarda las características ge­nerales del período anterior con lo nuevo de que la defensa de los intereses inmediatos ya no se puede separar de la meta final ya al orden del día de la historia desde entonces.

Y al contrario, según esto último, pier­de la función de organizar la clase, que sólo puede ser obra de la clase mism­a en lucha, desembocando en un tipo de organización nueva, a la vez económica -y de defensa inmediata- y política, orientándose hacia la toma del poder: los Consejos Obreros.

Tomando a cuenta propia la vieja divisa del movimiento obrero: "la emancipación de los trabajadores será obra de los trabajado­res mismos", no puede sino combatir toda concepción sustitucionista en tanto que concepción relacionada con una visión bur­guesa de la revolución. En tanto que organización, la minoría revolucionaria, no tiene a cargo elaborar previamente una plataforma de reivindicaciones inmediatas para movilizar a la clase. Tiene, en cambio, la posibilidad de mostrarse como el participante en las luchas más decidido, de propagar una orien­tación general denunciando los agentes y los ideólogos de la burguesía en el seno de la clase. En la lucha, insiste en la necesidad de la generalización, única vía que lleva a su término ineluctable: la revolución. La organización de revolucionarios no es ni espectadora ni la "recadera" de los obreros.

Su función es estimular la aparición de círculos o de grupos obreros y trabajar en su seno. Y para esto debe considerarlos como semillas que madurarán en la clase para darse la organización unitaria acabada: Los Consejos

A causa de la naturaleza de esos cír­culos, la organización de revolucionarios debe luchar contra cualquier intento de crearlos artificialmente, contra todo in­tento de transformarlos en correa de trans­misión de partidos, o en embriones de con­sejos u otros organismos político-económicos lo cual no es sino paralizar el proceso de maduración de la conciencia y de la organi­zación unitaria de la clase. Esos círculos sólo tienen valor y sólo cumplirán con su función, importante pero transitoria si evitan quedar encerrados en sí mismos con plataformas a medio hacer, si se mantiene como lugar de encuentro abierto a todos los obreros interesados por los problemas de nuestra clase.

Para terminar, en la situación de gran dispersión de los revolucionarios, tras un período de contrarrevolución que tanto ha pesado sobre el proletariado, la organiza­ción de revolucionarios tiene la tarea de trabajar activamente en el desarrollo de un medio político internacionalmente, organizar debates y discusiones que abran el camino ha­cia el proceso de formación del partido político internacional de la clase obrera.

Conclusiones

La más profunda contrarrevolución de la historia del movimiento obrero ha sido una du­ra prueba para la organización de los revolucionarios misma. Sólo han podido sobrevivir las corrientes que, contra viento y marea, han sabido mantener los principios básicos del programa comunista. Sin embargo, esta actitud indispensable, la desconfianza para con to­das las "ideas nuevas" que, por lo general, eran el vehículo del abandono del terreno de la clase bajo la presión de la ideología burguesa triunfante, ha impedido a menudo a los revolucionarios comprender claramente los cambios ocurridos en la vida del capitalismo y en la lucha de la clase obrera. La forma más caricaturesca de este fenómeno está en la concepción que considera como "invariantes" las posiciones de clase, para la cual el programa comunista que "surgió de una vez para siempre en 1848, no necesita ser modificado en nada".

Aunque es cierto que, tiene que evitar constantemente concepciones modernistas que a menudo, lo único que hacen es proponer mercancías viejas en un nuevo envase, la organización de los revolucionarios, para estar a la altura de las tareas para las cuales ha surgido en la clase, ha de ser capaz de entender estos cambios en la vida de la sociedad y las implicaciones que tienen sobre la actividad de la clase y de su vanguardia comunista.

Frente al carácter manifiestamente reaccionario de todas las naciones, debe ésta com­batir todo apoyo a los movimientos llamados "de independencia nacional". Frente al carácter imperialista de todas las guerras, debe denunciar toda participación en ellas bajo cualquier pretexto. Frente a la absorción por el Estado de la sociedad civil, frente a la imposibilidad de verdaderas reformas del capitalismo, ha de combatir toda participa­ción en los Parlamentos y las mascaradas electorales.

Frente a las nuevas condiciones económicas, sociales y políticas, en las que se sitúa la lucha de la clase hoy en día, la organización de los revolucionarios debe combatir toda ilu­sión en la clase sobre la posibilidad de hacer revivir organizaciones que sólo pueden ser obstáculos en su lucha -los sindicatos- y proponer los métodos y modo de organización de las luchas ya experimentados por la clase cuando la primera oleada revolucionaria de es­te siglo: la huelga de masa, las asambleas generales, la unidad de lo político y de lo económico, los consejos obreros.

Y por fin, para ser capaz de cumplir totalmente con su papel de estímulo de las luchas, de orientación hacia su solución revolucionaria, la organización de los comunista ha de renunciar a tareas que ya no le incumben, las de "organizar" o de "representar" a la cla­se. Los revolucionarios que pretenden que "nada ha cambiado desde el siglo pasado" tienden a querer dar al proletariado el comportamiento de Babín ese personaje de un cuento de Tolstoi que repetía ante cualquier encuentro nuevo lo que le habían dicho que tenía que decir para el anterior, de tal modo que acababa siempre recibiendo una buena paliza. A los parroquianos de una iglesia, les echaba el discurso que tendría que haberle echado ante el Diablo y al oso le hablaba como si fuera un ermitaño. Y el infeliz Babín pagó su estupidez con la vida.

La "reactualización" de las posiciones y del papel de los revolucionarios no es en ab­soluto un "abandono" o una "revisión" del marxismo sino al contrario una verdadera leal­tad a lo que constituye su esencia. Fue esta capacidad de comprender, contra los menche­viques las nuevas condiciones de la lucha y las exigencias que de ellas resultaban para el programa, lo que permitió a Lenin y a los bolcheviques contribuir activamente y de mo­do decisivo a la revolución de Octubre 17.

También R. Luxemburgo tiene ese mismo punto de vista revolucionario cuando escribe en 1906 contra los "ortodoxos" de su partido; "si bien es verdad que la revolución rusa obliga a revisar fundamenta1mente el viejo punto de vista marxista respecto de la huelga de masas, sólo el marxismo, sin embargo, con sus métodos y sus puntos de vista generales gana también esta partida con una: nueva forma".