La cultura del debate: un arma de la lucha de la clase

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La cultura del debate: un arma de la lucha de la clase

La "cultura del debate" no es una novedad, ni para el movimiento obrero, ni para la CCI. Sin embargo, la evolución histórica obliga a nuestra organización - desde el cambio de siglo - a volver a esa cuestión y examinarla con mayor atención. Dos evoluciones principales nos han obligado a hacerlo: la primera es la aparición de una nueva generación de revolucionarios y, la segunda, la crisis interna que atravesamos a principios de este nuevo siglo.

La nueva generación y el diálogo político

Ha sido, ante todo, el contacto con una nueva generación de revolucionarios lo que ha obligado a la CCI a desarrollar y cultivar más conscientemente su apertura hacia el exterior y su capacidad de diálogo político.

Cada generación es un eslabón en la historia de la humanidad. Cada una de ellas se enfrenta a tres tareas fundamentales: recoger la herencia colectiva de la precedente, enriquecer esa herencia sobre la base de su propia experiencia, trasmitirla a la generación siguiente para que esta vaya más lejos que la anterior.

No son nada fáciles de llevar acabo esas tareas, son un difícil reto. Y esto es igualmente válido para el movimiento obrero. La vieja generación debe hacer entrega de su experiencia, pero también lleva en sí las heridas y los traumatismos de sus luchas; ha conocido derrotas, decepciones, ha tenido que encarar y tomar conciencia de que una vida no es a menudo suficiente para construir adquisiciones duraderas de la lucha colectiva ([1]). Esto requiere el ímpetu y la energía de la generación siguiente, pero también a ésta se le plantean los nuevos problemas y su capacidad para ver el mundo con nuevos ojos.

Pero incluso si las generaciones se necesitan mutuamente, su capacidad para forjar la unidad necesaria entre sí no es algo dado automáticamente. Cuanto más se ha ido alejando la sociedad de una economía tradicional natural, cuanto más constante y rápidamente ha ido "revolucionando" el capitalismo las fuerzas productivas y la sociedad entera, tanto más difiere la experiencia de una generación y la de la siguiente. El capitalismo, sistema de la competencia por excelencia, también solivianta a una contra la otra a las generaciones en la lucha de todos contra todos.

En ese marco, nuestra organización se empezó a preparar para la tarea de forjar ese vínculo intergeneracional. Pero lo que dio a la cultura del debate un significado especial para nosotros más que esa preparación fue el encuentro con la nueva generación en la vida real. Nos encontramos ante una generación que da a esta cuestión mucha más importancia que la que le dio la generación de "1968". El primer indicio de importancia de ese cambio, a nivel de la clase obrera en su conjunto, nos lo dio el movimiento masivo de estudiantes en Francia contra la "precarización" del empleo en la primavera de 2006. Era de notar la insistencia, especialmente en las asambleas generales, en que el debate fuera lo más libre y amplio posible, al contrario del movimiento estudiantil de finales de los años 1960, marcado a menudo por la incapacidad de llevar a cabo un diálogo político. La diferencia procede ante todo de que el medio estudiantil está hoy mucho más proletarizado que el de hace 40 años. El debate intenso, a una escala más amplia, siempre fue una marca importante de los movimientos proletarios de masas y fue también característico de las asambleas obreras de la Francia de 1968 o de la Italia de 1969. Pero lo nuevo de 2006 era la mentalidad abierta de la juventud en lucha, hacia las generaciones mayores y su avidez por aprender de la experiencia de éstas. Esta actitud es muy diferente de la del movimiento estudiantil de finales de los años 60, especialmente en Alemania (quizás la expresión más caricaturesca de la mentalidad de entonces), donde uno de los esloganes era: "¡Los mayores de 30 años a los campos de concentración!" Esa idea se concretaba en la práctica con el abucheo mutuo, la interrupción violenta de las reuniones "rivales", etc. La ruptura de la continuidad entre las generaciones de la clase obrera es una de las raíces del problema, pues las relaciones entre generaciones son el terreno privilegiado, desde siempre, para forjar la actitud para el diálogo. Los militantes de 1968 consideraban a la generación de sus padres o como una generación que "se había vendido" al capitalismo, o (en Alemania o Italia, por ejemplo) como una generación de fascistas y criminales de guerra. Para los obreros que habían soportado la horrible explotación de la fase que siguió a 1945 con la esperanza de que sus hijos vivieran mejor que ellos, era una decepción amarga oír cómo sus hijos los acusaban de "parásitos" que vivían de la explotación del Tercer Mundo. Pero también es verdad que la generación de los padres de aquella época había perdido, o no había logrado adquirir, la aptitud para el diálogo. Aquella generación fue brutalmente mortificada y traumatizada por la Segunda Guerra mundial y la Guerra fría, por la contrarrevolución fascista, estalinista y socialdemócrata.

Al contrario, 2006 en Francia ha anunciado algo nuevo y muy fecundo ([2]). Pero ya unos años antes, esa preocupación de la nueva generación venía anunciada por minorías revolucionarias de la clase obrera. Esas minorías, en cuanto aparecieron en el ruedo de la vida política, ya llegaron armadas con sus propias críticas al sectarismo y al rechazo del debate. Entre las primeras exigencias que esas minorías expresaron estaba la necesidad de debatir, no como un lujo sino como requisito ineludible, la necesidad de que quienes participan tomen en serio a los demás, y aprendan a escuchar; la necesidad, también, de que en la discusión las armas sean los argumentos y no la fuerza bruta, ni apelar a la moral o a la autoridad de los "teóricos". Respecto al medio proletario internacionalista, aquellos camaradas han criticado, en general y con toda la razón, la ausencia de debate fraterno entre los grupos existentes, lo cual les ha chocado enormemente. De entrada rechazaron el concepto del que el marxismo sería un dogma que la nueva generación debería adoptar sin espíritu crítico ([3]).

A nosotros, por nuestra parte, nos sorprendió la reacción de la nueva generación hacia la CCI. Los nuevos camaradas que acudían a nuestras reuniones públicas, los contactos del mundo entero que iniciaron una correspondencia con nosotros, los diferentes grupos y círculos políticos con los que hemos discutido, nos han dicho repetidamente, que habían comprobado la naturaleza proletaria de la CCI tanto en nuestro comportamiento, especialmente en nuestro modo de llevar las discusiones, como en nuestras posiciones programáticas.

¿Cuál es el origen de esa preocupación en la nueva generación? A nuestro parecer, es el resultado de la crisis histórica del capitalismo, hoy mucho más grave y más profunda que en 1968. Esta situación exige la crítica más radical posible del capitalismo, la necesidad de ir a la raíz más profunda de los problemas. Uno de los efectos más corrosivos del individualismo burgués es la manera con la que destruye la capacidad de discutir y, especialmente, de escucharse y aprender unos de otros. Al diálogo se le sustituye el "parloteo", donde el que gana es el que más vocifera (como en las campañas electorales burguesas). La cultura del debate es el medio principal de desarrollar, gracias al lenguaje humano, la conciencia, arma principal del combate de la única clase portadora de un porvenir para la humanidad. Para el proletariado es el único medio de superar su aislamiento y su impaciencia y de encaminarse hacia la unificación de sus luchas.

Otra preocupación actual estriba en la voluntad de superar la pesadilla del estalinismo. En efecto, muchos militantes que hoy están en busca de posiciones internacionalistas proceden de un medio influido por el izquierdismo o directamente procedente de sus filas; presentar caricaturas de la ideología y del comportamiento burgués decadentes como si fueran "socialismo" es el objetivo del izquierdismo. Esos militantes han tenido una educación política que les ha hecho creer que intercambiar argumentos es "liberalismo burgués" y que "un buen comunista" es alguien que "cierra el pico" y hace acallar su conciencia y sus emociones. Los camaradas que están hoy decididos a rechazar los efectos de ese producto moribundo de la contrarrevolución comprenden cada día mejor que, para ello, no solo hay que rechazar las posiciones de ese producto sino también su mentalidad. Y así contribuirán a restablecer una tradición del movimiento obrero que podía haber acabado por desaparecer a causa de la ruptura orgánica provocada por la contrarrevolución ([4]).

Crisis organizativas y tendencias al monolitismo

La segunda razón esencial que llevó a la CCI a replantearse la cuestión de la cultura del debate fue nuestra propia crisis interna, a principios de este siglo, caracterizada por el comportamiento más ignominioso nunca antes visto en nuestras filas. Por vez primera desde su fundación, la CCI tuvo que excluir no a uno sino a varios de sus miembros ([5]). Al principio de esa crisis interna, aparecieron dificultades en nuestra sección en Francia, expresándose divergencias de opinión sobre nuestros principios organizativos de centralización. No hay razón para que divergencias como esas, por sí mismas, causen una crisis organizativa. Y no era ésa la razón. Lo que provocó la crisis fue la negativa a debatir y, sobre todo, las maniobras para aislar y calumniar - o sea atacar personalmente - a los militantes con quienes no se estaba de acuerdo.

Tras esa crisis, nuestra organización se comprometió a ir al fondo de las cosas, a las raíces más profundas de la historia de sus crisis y escisiones. Ya hemos publicado contribuciones sobre algunos aspectos ([6]). Una de las conclusiones a la que hemos llegado es que cierta tendencia al monolitismo había desempeñado un papel de primera importancia en todas las escisiones que hemos vivido. En cuanto aparecían divergencias ya había algunos militantes que afirmaban que les era imposible trabajar con los demás, que la CCI se había vuelto una organización estaliniana, o que estaba ya degenerando. Esas crisis surgían, pues, ante unas divergencias que, en su mayoría, podían existir perfectamente en el seno de una organización no monolítica y, en todo caso, debían ser discutidas y clarificadas antes de que una escisión fuera necesaria.

La repetición de procedimientos monolíticos es sorprendente en una organización que se basa específicamente en las tradiciones de la Fracción italiana, la cual siempre defendió que, fueran cuales fueran las divergencias sobre los principios fundamentales, la clarificación más profunda y colectiva debía preceder cualquier separación organizativa.

La CCI es la única corriente de la Izquierda comunista de hoy que se sitúa específicamente en la tradición organizativa de la Fracción italiana (Bilan) y de la Izquierda comunista de Francia (GCF). Contrariamente a los grupos procedentes del Partido comunista internacionalista fundado en Italia a finales de la Segunda Guerra mundial, la Fracción italiana reconoció el carácter profundamente proletario de las demás corrientes internacionales de la Izquierda comunista que surgieron contra la contrarrevolución estalinista, especialmente las Izquierdas alemana y holandesa. Nunca rechazó a esas corrientes como "anarco-espontaneistas" o "sindicalistas revolucionarios", sino que aprendió de ellas todo lo que pudo. De hecho, la crítica principal que la Fracción italiana hizo contra lo que acabaría siendo la corriente "consejista", era el sectarismo expresado en el rechazo de ésta a las contribuciones de la IIª Internacional y del bolchevismo ([7]). Y fue así cómo la Fracción italiana mantuvo, en plena contrarrevolución, la comprensión marxista según la cual la conciencia de clase se desarrolla colectivamente y ningún partido, ni ninguna tradición pueden proclamar la posesión de su monopolio. De ello se deduce que la conciencia no puede desarrollarse sin un debate fraterno, público e internacional ([8]).

Esa comprensión esencial, aún formando parte de la herencia principal de la CCI, no es, sin embargo, fácil de llevar a la práctica. La cultura del debate sólo puede desarrollarse a contracorriente de la sociedad burguesa. Como la tendencia espontánea en el capitalismo no es, ni mucho menos, el esclarecimiento de las ideas, sino la violencia, la manipulación y la lucha por obtener una mayoría (cuyo mejor ejemplo es el circo electoral de la democracia burguesa), la infiltración de esa ideología en las organizaciones proletarias siempre lleva gérmenes de crisis y de degeneración. La historia del Partido bolchevique lo ilustra perfectamente. Mientras el partido fue la punta de lanza de la revolución, los debates más vivos y dinámicos eran una de sus fuerzas principales. En cambio, la prohibición de verdaderas fracciones (tras el aplastamiento de Cronstadt en 1921) fue señal y factor activo de su degeneración. De igual modo, la práctica de una "coexistencia pacífica" (o sea de ausencia total de debate) entre las posiciones conflictivas que ya había sido una característica en el proceso de fundación del Partido comunista internacionalista, o la teoría de Bordiga y sus adeptos sobre las virtudes del monolitismo sólo pueden entenderse en el contexto de derrota histórica del proletariado a mediados del siglo xx.

Si las organizaciones revolucionarias quieren cumplir su papel fundamental de desarrollo y la extensión de la conciencia de clase, la cultura de la discusión colectiva, internacional, fraterna y pública es absolutamente esencial. Es cierto que eso requiere un elevado nivel de madurez política (y, más en general, de madurez humana). La historia de la CCI ilustra el hecho de que esa madurez no se adquiere en un día, sino que es el producto del desarrollo histórico. La nueva generación de hoy tiene un papel esencial que desempeñar en ese proceso que está madurando.

La cultura del debate en la historia

La capacidad de debatir es una característica esencial del movimiento obrero. Pero no la ha inventado él. En ese ámbito, como en tantos otros tan fundamentales, la lucha por el socialismo ha sido capaz de asimilar lo mejor de lo adquirido por la humanidad, y adaptarlo a sus propias necesidades. Y así, esa lucha transformó esas cualidades llevándolas a un nivel superior.

Fundamentalmente, la cultura del debate es una expresión del carácter social de la humanidad. Es la emanación del uso específicamente humano del lenguaje. El uso del lenguaje como medio de intercambiar informaciones es algo que la humanidad comparte con muchos animales. Lo que la distingue del resto de la naturaleza en ese plano, es su capacidad de cultivar e intercambiar una argumentación (vinculado al desarrollo de la lógica y de la ciencia) y alcanzar el conocimiento de los demás, desarrollándose la empatía, vinculada, entre otras cosas, al desarrollo del arte.

Por consiguiente, esa cualidad no es nueva, ni mucho menos. Es anterior a la sociedad de clases y, sin duda, desempeñó un papel decisivo en el desarrollo de la especie humana. Engels, por ejemplo, menciona el papel de las asambleas generales entre los griegos en la época de Homero, en las tribus germánicas o los iroqueses de Norteamérica, haciendo un elogio especial a la cultura del debate de éstos ([9]). Por desgracia, a pesar de los trabajos de Morgan en esa época y de sus colegas del siglo xix y de sus sucesores, no poseemos datos suficientes sobre los primeros pasos, quizás los más decisivos, en ese ámbito.

Lo que sí sabemos, en cambio, es que la filosofía y los inicios del pensamiento científico empezaron a prosperar allí donde la mitología y el realismo ingenuo - dúo antiguo a la vez contradictorio e inseparable - fueron puestos en entredicho. Esos dos modos de comprensión son prisioneros de la incapacidad de comprender más profundamente la experiencia inmediata. Los pensamientos que los primeros hombres formaron basándose en su experiencia práctica eran necesariamente religiosos.

"Desde los tiempos remotísimos, en que el hombre, sumido todavía en la mayor ignorancia acerca de la estructura de su organismo y excitado por las imágenes de los sueños, dio en creer que sus pensamientos y sus sensaciones no eran funciones de su cuerpo, sino de un alma especial, que moraba en ese cuerpo y lo abandonaba al morir; desde aquellos tiempos, el hombre tuvo forzosamente que reflexionar acerca de las relaciones de esta alma con el mundo exterior. Si el alma se separaba del cuerpo al morir éste y sobrevivía, no había razón para asignarle a ella una muerte propia; así surgió la idea de la inmortalidad del alma, idea que en aquella fase de desarrollo no se concebía, ni mucho menos, como un consuelo, sino como una fatalidad ineluctable, y no pocas veces, cual entre los griegos, como un infortunio verdadero" ([10]).

Fue en el marco de un realismo ingenuo en el que se dieron los primeros pasos de un desarrollo lentísimo de la cultura y de las fuerzas productivas. Por su parte, la tarea del pensamiento mágico, aun conteniendo cierto grado de sabiduría psicológica, era dar un sentido a lo inexplicable y, por lo tanto, encauzar los miedos. Ambos fueron unas contribuciones importantes en el avance del género humano. La idea según la cual el realismo ingenuo tendría una afinidad particular con la filosofía materialista, o que ésta se habría desarrollado directamente a partir de aquél, es una idea sin base alguna.

"Los extremos se tocan, reza un viejo dicho de la sabiduría popular, impregnado de dialéctica. Difícilmente nos equivocaremos, pues, si buscamos el grado más alto de la quimera, la credulidad y la superstición, no precisamente en la tendencia de las ciencias naturales que, como la filosofía alemana de la naturaleza, trata de encuadrar a la fuerza el mundo objetivo en los marcos de su pensamiento subjetivo, sino, por el contrario, en la tendencia opuesta, que, haciendo hincapié en la simple experiencia, trata al pensamiento con soberano desprecio y llega realmente más allá que ninguna otra en la ausencia de pensamiento. Es ésa la escuela que reina en Inglaterra" ([11]).

La religión, come dice Engels, nació no sólo de una visión mágica del mundo, sino también a partir del realismo ingenuo. Sus primeras generalizaciones sobre el mundo, a menudo audaces, tienen necesariamente un carácter que le da autoridad.

Las primeras comunidades agrarias, por ejemplo, comprendieron rápidamente que dependían de la lluvia, pero no podían comprender, ni mucho menos, las condiciones que la originaban. La invención de un dios de la lluvia fue un acto creador para tranquilizarse, dándose la impresión de que es posible, mediante ofrendas o rezos, influir en el curso de la naturaleza. Homo sapiens es la especie que aseguró su supervivencia mediante el desarrollo de la conciencia. Y se enfrenta a un problema sin precedentes: la parálisis que provoca, a menudo, el miedo a lo desconocido. Las explicaciones de lo desconocido no deben permitir la menor duda. De esa necesidad, y como expresión más desarrollada, aparecieron las religiones reveladas. La base emocional de esa visión del mundo es la creencia y no el conocimiento.

El realismo ingenuo no es sino la otra cara de la misma moneda, una especie de "división elemental del trabajo" mental. Todo lo que no puede explicarse en un sentido práctico inmediato, entra necesariamente en el ámbito de lo mágico. Además, la comprensión práctica está también basada en una visión religiosa, la visión animista en su origen. En esta visión, el mundo entero se hace fetiche. Incluso las técnicas que los seres humanos pueden, conscientemente, producir y reproducir, parecen realizarse gracias a la ayuda de fuerzas personalizadas que existen independientemente de nuestra voluntad.

Es evidente que en un mundo así había una posibilidad muy limitada para el debate en el sentido moderno de la palabra. Hace unos 2500 años, una nueva cualidad empezó a afirmarse con más fuerza, poniendo inmediata y directamente en entredicho el dúo religión y "buen sentido común". Se desarrolló a partir del antiguo modo de pensar tradicional, en el sentido de que éste se convirtió en su contrario. Así, el primer modo de pensamiento dialéctico que precedió a la sociedad de clases (que en China, por ejemplo, se plasmó en la idea de la polaridad entre el yin y el yang, el principio masculino y el principio femenino) se transformó en pensamiento crítico, basado en los componentes esenciales de la ciencia, de la filosofía y del materialismo. Pero todo esto era inconcebible sin que apareciera lo que nosotros hemos llamado cultura del debate. La palabra griega dialéctica significa, de hecho, diálogo o debate.

¿Qué fue lo que permitió esas nuevas prácticas y costumbres? De manera general, fue la extensión del ámbito de las relaciones sociales y del conocimiento. En un nivel más global fue la naturaleza cada vez más compleja del mundo social. Como le gustaba repetir a Engels, el sentido común es un muchacho fuerte y vigoroso mientras esté en su casa entre cuatro paredes, pero conoce cantidad de aprietos en cuanto sale por el ancho mundo. Y aparecieron los límites de la religión en su capacidad para apaciguar el miedo. En realidad, no había eliminado el miedo, lo único que había hecho era sacarlo al exterior. Mediante el mecanismo religioso, la humanidad intentó encarar un terror que, sin ella, la habría aplastado en una época en que no disponía de otros medios de autodefensa. Pero de ese modo, la humanidad transformó también su propio miedo en una fuerza suplementaria que la dominaba.

"Explicar" lo que es todavía inexplicable significa renunciar a una investigación verdadera. Es de ahí de donde surge el conflicto entre religión y ciencia o, como decía Spinoza, entre la sumisión y la investigación. Al principio, los filósofos griegos se opusieron a la religión. Tales de Mileto, primer filósofo conocido, rompió ya con la visión mística del mundo. Anaximandro, que le sucedió, pedía que se explicara la naturaleza a partir de ella misma.

Y el pensamiento griego fue también una declaración de guerra contra el realismo ingenuo. Heráclito explicó que la esencia de las cosas no la llevan escrita encima. "A la naturaleza le gusta ocultarse", decía éste, o, como lo diría Marx, "toda ciencia estaría de más, si la forma de manifestarse las cosas y la esencia de éstas coincidiesen directamente." ([12]).

El nuevo método ponía en entredicho tanto a la creencia como también a los prejuicios y la tradición que son el credo de la vida cotidiana (en alemán, por ejemplo, las dos palabras están relacionadas: Glaube = creencia y Aberglaube = superstición). Se les oponía la teoría y la dialéctica.

"Por mucho desdén que se sienta por todo lo que sea pensamiento teórico, no es posible, sin recurrir a él, relacionar entre sí dos hechos naturales o penetrar en la relación que entre ellos existe" ([13]).

El desarrollo de las relaciones sociales era, evidentemente, el resultado del desarrollo de las fuerzas productivas. Aparecieron pues, al mismo tiempo que el problema - la inadecuación de los modos de pensar existentes -, los medios para resolverlo. Ante todo se desarrolló la confianza en uno mismo, en la potencia del espíritu humano. La ciencia sólo puede desarrollarse cuando posee la capacidad y la voluntad de aceptar la existencia de la duda y de la incertidumbre. Contrariamente a la autoridad de la religión y de la tradición, la verdad de la ciencia no es absoluta sino relativa. Y así surgen no solo la posibilidad, sino también la necesidad de intercambiar opiniones.

Está claro que reivindicar la autoridad del conocimiento solo podía plantearse si las fuerzas productivas (en el sentido cultural más amplio) habían alcanzado cierto grado de desarrollo. No podía ni siquiera imaginarse sin un desarrollo correspondiente de las artes, de la educación, de la literatura, de la observación de la naturaleza, del lenguaje. Y esto va paralelo con la aparición, en cierta fase de la historia, de una sociedad de clases cuya capa dirigente se ha liberado de la producción material. Pero esos desarrollos no hicieron surgir automáticamente un método nuevo e independiente. Ni los Egipcios, ni los Babilonios, a pesar de los progresos científicos que aportaron, ni los Fenicios, los primeros en desarrollar un alfabeto moderno, fueron tan lejos como los Griegos por ese camino.

En Grecia fue el desarrollo de la esclavitud lo que permitió la emergencia de una clase de ciudadanos libres al lado de los sacerdotes. Eso puso las bases materiales que socavaron la religión (podemos entender así mejor la expresión de Engels en el Anti-Dühring: sin la esclavitud de la antigüedad, no habría socialismo moderno). En India, por la misma época, el desarrollo de la filosofía, del materialismo (llamado Lokayata) y el estudio de la naturaleza coinciden con la formación y el desarrollo de una aristocracia guerrera que se oponía a la teocracia brahmán, y que se basaba, en parte, en la esclavitud agrícola. Como en Grecia, donde la lucha de Heráclito contra la religión, contra la inmortalidad y contra la condena de los placeres carnales estaba dirigida a la vez contra los prejuicios de los tiranos y contra los de las clases oprimidas, los nuevos procedimientos en India eran practicados por una aristocracia. El budismo y el jainismo, surgidos en la misma época, estaban mucho más extendidos entre la población laboriosa, pero se mantenían en un marco religioso, con su idea sobre la reencarnación del alma típica de la sociedad de castas a la que querían oponerse (y que se encuentra también en Egipto).

En China, en cambio, donde había un desarrollo de la ciencia y una especie de materialismo rudimentario (por ejemplo en la Lógica de Mo Ti), ese desarrollo fue limitado porque no existía una casta dirigente sacerdotal contra la cual podría haberse organizado la revuelta. El país estaba dirigido por una burocracia militar formada gracias a la lucha contra los bárbaros que lo rodeaban ([14]).

En Grecia existía un factor suplementario y, en muchos aspectos, decisivo que también desempeñó un papel importante en India: un desarrollo más avanzado de la producción de mercancías. La filosofía griega no se inició en la propia Grecia, sino en las colonias portuarias de Asia menor. Producir mercancías implica intercambio no sólo de bienes, sino también de la experiencia que contienen en su producción. Esa producción acelera la historia, favoreciendo una expresión superior del pensamiento dialéctico. Permite un grado de individualización sin el cual el intercambio de ideas a un nivel tan elevado es imposible. Y empieza a acabar con el aislamiento en el que hasta entonces se movía la evolución social. La unidad económica fundamental de todas las sociedades agrícolas basadas en la economía natural era la aldea o, en el mejor de los casos, la región autárquica. Pero las primeras sociedades de explotación basadas en una cooperación más amplia, a menudo para desarrollar la irrigación, siempre eran básicamente agrícolas. En cambio, el comercio y la navegación abrieron la sociedad griega al mundo. Reprodujo, pero a un nivel superior, la actitud de conquista y descubrimiento del mundo de la comunidades nómadas. La historia muestra que, en cierta fase de su desarrollo, la aparición del debate público fue un fenómeno indispensable para un desarrollo internacional (incluso aunque estuviera concentrado en una región) y, en ese sentido, tenía un carácter "internacionalista". Diógenes y los Cínicos estaban en contra de la distinción entre helenos y bárbaros y se declaraban ciudadanos del mundo. A Demócrito le hicieron un juicio acusándolo de haber dilapidado una herencia con la que se había pagado viajes educativos por Egipto, Babilonia, Persia e India. Se defendió leyendo extractos de sus escritos, fruto de sus viajes; se le declaró inocente.

El debate nació respondiendo a una necesidad material. En Grecia se fue desarrollando con la comparación entre las diferentes fuentes del conocimiento. Se comparan diferentes modos de pensar, diferentes modos de investigar y sus resultados, los métodos de producción, las costumbres y las tradiciones. Se descubre que se contradicen, se confirman a se completan. Se combaten o se completan o ambas cosas. A través de la comparación, las verdades absolutas se vuelven relativas.

Esos debates son públicos. Se verifican en puertos, plazas de mercado (los foros), escuelas, academias. Y, por escrito, llenan las bibliotecas y se extienden por todo el mundo conocido.

Sócrates - el filósofo que pasó su tiempo debatiendo en las plazas - encarna la esencia de esa evolución. Su preocupación principal - cómo alcanzar un verdadero conocimiento de la moral - es ya un ataque contra la religión y los prejuicios que suponen que la respuesta para todo ya existe. Sócrates declaró que el conocimiento era la condición principal para una ética correcta y la ignorancia su peor enemigo. Es, pues, el desarrollo de la conciencia, y no el castigo, lo que permite el progreso moral, pues la mayoría de los humanos no puede ir, durante mucho tiempo y de manera deliberada, en contra de la voz de su propia conciencia.

Pero Sócrates fue más allá, poniendo las bases teóricas de toda ciencia y toda clarificación colectiva: el reconocimiento de que el punto de partida del conocimiento es la toma de conciencia, o sea la necesidad de dejar de lado los prejuicios. Eso abre el camino de lo esencial: la búsqueda, la investigación. Se oponía vigorosamente a las conclusiones precipitadas, a las opiniones no críticas y satisfechas de sí mismas; a la arrogancia y la presunción. Creía en "la modestia del no conocimiento" y en la pasión que brota del verdadero conocimiento, basado en una visión y una convicción profundas. Es el punto de partida del "diálogo socrático". La verdad es el resultado de una búsqueda colectiva que consiste en el diálogo entre todos los alumnos en el que cada uno es a la vez maestro y alumno. El filósofo no es un profeta que anuncia revelaciones, sino alguien que está, junto con otros, en busca de la verdad. Esto aporta un nuevo concepto de los dirigentes: el dirigente es el más determinado en hacer avanzar la clarificación sin perder nunca de vista el objetivo final. El paralelo con la definición del papel de los comunistas en la lucha de clases que se hace en el Manifiesto comunista, es sorprendente.

Sócrates era un experto para estimular y dirigir las discusiones. Hizo evolucionar el debate público hasta niveles del arte o de la ciencia. Su alumno, Platón, desarrolló el diálogo hasta unas cotas que raramente se han alcanzado desde entonces.

En la "Introducción" a la Dialéctica de la naturaleza, Engels habla de tres grandes períodos en la historia del estudio de la naturaleza hasta hoy: las "geniales intuiciones" de los antiguos griegos y "los descubrimientos extraordinariamente importantes, pero esporádicos" de los árabes como precursores del tercer período, "la ciencia moderna" cuyos primeros pasos se realizaron en el Renacimiento. Llama la atención la sorprendente capacidad, en "la época cultural árabe-musulmana", para absorber y hacer una síntesis de diferentes culturas antiguas y su apertura a la discusión. August Bebel cita a un testigo presencial de la cultura del debate público en Bagdad:

"Imaginaos simplemente que en la primera reunión no sólo había representantes de todas las sectas musulmanas existentes, ortodoxas y heterodoxas, sino también adoradores del fuego (Parsi); materialistas, ateos; judíos y cristianos, en una palabra toda clase de infieles. Cada secta tenía su portavoz que debía representarla. Cuando uno de los dirigentes de partido entraba en la sala, todo el mundo se levantaba respetuosamente de su asiento y nadie se habría sentado antes de que ocupara su sitio. Cuando la sala estuvo casi llena, uno de los infieles dijo: ‘Todo el mundo conoce las reglas. Los musulmanes no tienen derecho a combatirnos con pruebas sacadas de sus libros sagrados o con discursos basados en los de su profeta, puesto que nosotros no creemos en vuestros libros ni en vuestro profeta. Aquí solo puede uno usar argumentos basados en la razón humana'. Estas palabras fueron acogidas con regocijo general" ([15]).

Bebel añade:

"La diferencia entre la cultura árabe y la cristiana era la siguiente: los árabes recogieron durante sus conquistas todas las obras que podían servirles para sus estudios e instruirlos sobre los pueblos y países que habían conquistado. Los cristianos, al ir extendiendo su doctrina, destruían todos esos monumentos de la cultura como productos del diablo u horrores paganos."

Y concluye:

"La época árabe-musulmana fue el eslabón que une la cultura greco-romana y la cultura antigua en general a la cultura europea que floreció desde el Renacimiento. Sin aquélla, ésta no habría alcanzado sus cimas actuales. El cristianismo era hostil a todo ese desarrollo cultural."

Una de las razones del fanatismo y del sectarismo ciego del cristianismo ya fue identificado por Heinrich Heine y más tarde confirmado por el movimiento obrero: cuantos más sacrificios y renuncias exige una cultura tanto más intolerable es la propia idea de que esos principios puedan un día ser puestos en entredicho.

Y sobre el Renacimiento y la Reforma, a los que Engels califica de "la más grandiosa transformación progresiva que la humanidad había vivido hasta entonces", también subraya no sólo su papel en el desarrollo del pensamiento, sino también en el de las emociones, de la personalidad, del potencial humano y de la combatividad. Era una época que:

"... requería titanes y supo engendrarlos; titanes, por su vigor mental, sus pasiones y su carácter, por la universalidad de sus intereses y conocimientos y por su erudición. (...) Y es que los héroes de aquel tiempo no vivían aún esclavizados por la división del trabajo, cuyas consecuencias apreciamos tantas veces en el raquitismo y la unilateralidad de sus sucesores. Pero lo que sobre todo los distingue es el hecho de que casi todos ellos vivían y se afanaban en medio del torbellino del movimiento de su tiempo, entregados a la lucha práctica, tomando partido y peleando con los demás, quiénes con la palabra y la pluma, quiénes con la espada en la mano, quiénes empuñando la una y la otra" (Engels, ídem, "Introducción").

El debate y el movimiento obrero

Si observamos las tres épocas "heroicas" del pensamiento humano que desembocaron, según Engels, en el desarrollo de la ciencia moderna, se nota hasta qué punto fueron limitadas en el tiempo y el espacio. Primero, comienzan muy tarde en relación con la historia de la humanidad como un todo. Incluso contando con los espacios chino e indio, esas fases estaban limitadas geográficamente. Tampoco duraron mucho (el Renacimiento en Italia y la Reforma en Alemania sólo unas cuantas décadas). Y eran muy exiguas las fracciones de las clases explotadoras (ya, de por sí, muy minoritarias) que participaron de manera activa en ese desarrollo.

Y dos cosas parecen sorprendentes. Primero, sencillamente, el propio hecho de que hayan podido existir esos momentos de debate público y de la ciencia, y que su impacto haya sido tan importante y duradero, a pesar de todas las rupturas y los obstáculos. Segundo, hasta qué punto ha sido capaz el proletariado (a pesar de la ruptura en la continuidad orgánica de su movimiento a mediados del siglo xx, a pesar de que no puedan existir organizaciones de masas en el capitalismo decadente) de mantener e incluso a veces ampliar considerablemente el debate organizado. El movimiento obrero ha mantenido viva esa tradición, a pesar de las interrupciones, durante casi dos siglos. Y en ciertos momentos, como en los movimientos revolucionarios en Francia, en Alemania o en Rusia, ese proceso abarcó a millones de personas. Aquí, la cantidad se vuelve calidad.

Esa calidad no es, sin embargo, únicamente el resultado de que el proletariado, en los países industrializados al menos, sea la mayoría de la población. Ya hemos visto cómo la ciencia moderna y la teoría, tras los memorables debates durante el Renacimiento, fueron deteriorándose, entorpecidos en su desarrollo por la división burguesa del trabajo. El centro de este problema es la separación entre la ciencia y los productores, una distancia impensable en otras épocas como la árabe o la del Renacimiento.

"(Este proceso de disociación) se remata en la gran industria, donde la ciencia es separada del trabajo como potencia independiente de producción y aherrojada al servicio del capital" ([16]).

La conclusión de ese proceso, la describe Marx en el borrador de su respuesta a Vera Zasulich:

"[el sistema capitalista] en lucha tanto contra las masas trabajadoras como contra la ciencia y contra las mismas fuerzas productivas que engendra".

El capitalismo es el primer sistema económico que no puede existir sin aplicar sistemáticamente la ciencia a la producción. Debe limitar le educación del proletariado para mantener su dominación de clase. Y debe desarrollar la educación del proletariado para conservar su posición económica. Hoy la burguesía es cada vez más una clase sin cultura, atrasada, mientras que la ciencia y la cultura están en manos o de proletarios o de representantes remunerados de la burguesía cuya situación económica y social se parece cada día más a la de la clase obrera.

"La abolición de las clases sociales (...) supone pues, un grado elevado de desarrollo de la producción en donde la apropiación de los medios de producción y a causa de la dominación política, del monopolio de la cultura y de la dirección intelectual por una clase social particular que se ha convertido no solo en algo superfluo sino, además, desde el punto de vista económico, político e intelectual, en un obstáculo para el desarrollo. Ese punto ya ha sido alcanzado" ([17]).

El proletariado es el heredero de las tradiciones científicas de la humanidad. Más aún que en el pasado, toda futura lucha revolucionaria proletaria aportará necesariamente un florecimiento sin precedentes del debate público y los inicios de un movimiento hacia la restauración de la unidad entre ciencia y trabajo, la realización de una comprensión global más a la altura de las exigencias de la época contemporánea.

La capacidad del proletariado para alcanzar nuevas cimas la ha demostrado ya con el desarrollo del marxismo, primer método científico sobre la sociedad humana y la historia. Solo el proletariado ha sido capaz de asimilar las adquisiciones más elevadas del pensamiento filosófico burgués: la filosofía de Hegel. Las dos formas de dialéctica conocidas en la Antigüedad eran la dialéctica de la transformación (Heráclito) y la dialéctica de la interacción (Platón, Aristóteles). Sólo Hegel logró combinar esas dos formas y crear las bases para una dialéctica verdaderamente histórica.

Hegel aportó una nueva dimensión al concepto de debate atacando, como nunca antes se había hecho, la oposición rígida entre lo verdadero y lo falso. En la "Introducción" a la Fenomenología del espíritu demostró que las fases diferentes y opuestas de un desarrollo (como la historia y la filosofía) forman una unidad orgánica, de igual modo que la flor y el fruto. Hegel explica que la incapacidad para entender esa unidad se debe a la tendencia a concentrase en la contradicción, perdiendo de vista el desarrollo. Al poner de pie la dialéctica, el marxismo ha sido capaz de absorber lo más progresivo de Hegel, la comprensión de los procedimientos que llevan hacia el futuro.

El proletariado es la primera clase a la vez explotada y revolucionaria. Contrariamente a las clases revolucionarias precedentes, clases explotadoras, su búsqueda de la verdad no está limitada por ningún interés que preservar como clase. Contrariamente a las clases explotadas anteriores, que no podían sobrevivir sino consolándose con ilusiones (religiosas en particular), su interés de clase es la pérdida de ilusiones. Como tal, el proletariado es la primera clase cuya tendencia natural, en cuanto se pone a reflexionar, y se organiza y lucha en su terreno, es una tendencia hacia la clarificación.

Los bordiguistas se olvidaron de esa característica propia y exclusiva del proletariado cuando se inventaron el concepto de "invariabilidad". Su punto de partida es correcto: la necesidad de permanecer leal a los principios de base del marxismo frente a la ideología burguesa. Pero la conclusión que dice que es necesario limitar y hasta abolir el debate para así mantener las posiciones de clase, es le un producto de la contrarrevolución. La burguesía sí que ha comprendido mucho mejor que para atraer al proletariado al terreno del capital, ante todo lo que debe hacer es suprimir o ahogar sus debates. Primero lo intentó mediante la represión violenta, después ha desarrollado también otras armas mucho más eficaces como la "democracia" parlamentaria y el sabotaje organizado por la izquierda del capital. El oportunismo también lo ha comprendido desde hace mucho tiempo. Como su característica esencial es la incoherencia, debe ocultarse, huir del debate abierto. La lucha contra el oportunismo y la necesidad de una cultura del debate, no sólo no son contradictorias sino que son mutuamente indispensables.

Esa cultura no excluye, ni mucho menos, la confrontación apasionada de posturas políticas divergentes. Pero eso no significa que el debate político deba concebirse como un duelo necesariamente traumático, con vencedores y vencidos, que lleve a rupturas y escisiones. El ejemplo más edificante del "arte" o de la "ciencia" del debate en la historia es el del Partido bolchevique entre febrero y octubre de 1917. Incluso en un contexto de intromisión masiva de una ideología ajena, las discusiones eran apasionadas pero totalmente fraternas y fuente de inspiración para todos los participantes. Por encima de todo, esas discusiones hicieron posible lo que Trotski llamó "el rearme" político del partido, el reajuste de su política a las necesidades cambiantes del proceso revolucionario, que es una de las condiciones de la victoria.

El "diálogo bolchevique" necesita comprender que todos debates no tienen el mismo significado. La polémica de Marx contra Proudhon era una "demolición" en regla, pues su tarea era tirar al basurero de la historia una visión que se había convertido en una traba para el desarrollo de la conciencia del movimiento obrero. En cambio, el joven Marx, a la vez que entablaba una lucha formidable contra Hegel y contra el socialismo utópico, nunca perdió su inmenso respeto a Hegel, Fourier, Saint Simon u Owen a quienes hizo entrar así para siempre en nuestra herencia común. Engels escribiría más tarde que sin Hegel, no habría existido el marxismo y, sin los utopistas no habría habido socialismo científico tal como hoy lo conocemos.

Las crisis más graves del movimiento obrero, incluidas las de la CCI, en su gran mayoría no las provocaron las divergencias como tales, por muy importantes que fueran, sino el sabotaje patente del debate y del proceso de esclarecimiento. El oportunismo usa todos los medios para llegar a ese sabotaje. No sólo puede minimizar divergencias importantes, sino también exagerar las secundarias o inventarse divergencias donde no las hay. Usa además los ataques personales, cuando no la denigración o la calumnia.

El peso muerto que hace pesar en el movimiento obrero el "buen sentido común" cotidiano por un lado, y, por otro, el respeto sin crítica, casi religioso de ciertas costumbres y tradiciones, se relaciona con lo que Lenin llamaba "espíritu de círculo". Tenía perfectamente razón en su combate contra la sumisión del proceso de construcción de la organización y de su vida política a la "espontaneidad" del buen sentido común y sus consecuencias: "Pero - preguntará el lector - ¿por qué el movimiento espontáneo, el movimiento por la línea de menor resistencia, conduce precisamente a la supremacía de la ideología burguesa? Por la sencilla razón de que la ideología burguesa es mucho más antigua por su origen que la ideología socialista, porque su elaboración es más completa y porque posee medios de difusión incomparablemente más poderosos" ([18]).

Lo característico de la mentalidad de círculo es la personalización del debate, la actitud que consiste no en centrarse en los argumentos políticos, en "qué se dice", sino en "quién lo dice". Ni que decir tiene que esa personalización excesiva es un gran obstáculo para una discusión colectiva fructífera.

En el "diálogo socrático" ya se había comprendido que el desarrollo del debate no es sólo cosa del pensamiento; es también una cuestión ética. Hoy, la búsqueda de la clarificación sirve los intereses del proletariado y su sabotaje los daña. En esto, la clase obrera deberá inspirarse de la frase de Lessing, alemán del siglo de las luces, quien afirmaba que si había algo que amaba más que la verdad era la búsqueda de la verdad.

La lucha contra el sectarismo y contra la impaciencia

Lo ejemplos más patentes de la cultura del debate como elemento esencial de los movimientos proletarios de masas no los da la Revolución rusa ([19]). El partido de clase estaba en la vanguardia de la dinámica. Las discusiones en el seno del partido en Rusia en 1917, eran sobre cuestiones como la naturaleza de clase de la revolución, si había que apoyar o no la continuación de la guerra imperialista, y cuándo y cómo tomar el poder. Y sin embargo, a lo largo de todo ese período, se mantuvo la unidad del partido, a pesar de las crisis políticas durante las cuales estaban en juego el destino de la revolución mundial y, con éste, el de la humanidad.

Sin embargo, la historia de la lucha de clase proletaria, la del movimiento obrero organizado en especial, nos enseña que no siempre se alcanzaron esos niveles de cultura del debate. Ya hemos mencionado la intrusión reiterada de métodos monolíticos en la CCI. No es sorprendente que eso haya producido a menudo escisiones en la organización. Con los métodos monolíticos, las divergencias no pueden resolverse mediante el debate y desembocan necesariamente en ruptura y separación. Y el problema no se resuelve, sin embargo, con la escisión de los militantes en quienes esos métodos se personalizaron hasta la caricatura. La posibilidad de que esos métodos no proletarios vuelvan a surgir indica la existencia de debilidades más extendidas sobre esta cuestión en la organización misma. Son a menudo pequeñas confusiones e ideas erróneas apenas perceptibles en la vida y la discusión cotidiana, pero que pueden abrir el camino a dificultades mayores en ciertas circunstancias. Una de ellas consiste en la tendencia a plantear cualquier debate en términos de confrontación entre marxismo et oportunismo, de lucha polémica contra la ideología burguesa. Una de las consecuencias de este modo de hacer es la de inhibirse del debate, dando la impresión a los camaradas que ya no tienen derecho a equivocarse ni a expresar sus confusiones o desacuerdos.

Otra consecuencia es la "banalización" del oportunismo. Si lo vemos por todas partes (y gritamos a cada paso: "¡el lobo!", en cuanto aparece la menor divergencia), probablemente no lo reconoceremos cuando aparezca de verdad. Otro problema es la impaciencia en el debate cuyo resultado es no escuchar los argumentos de los demás y una tendencia a querer monopolizar la discusión, a aplastar al "adversario", a convencer a los demás "a toda costa" ([20]).

Lo que tienen en común todos esos procedimientos es el peso de la impaciencia pequeñoburguesa, la falta de confianza en la práctica viva de la clarificación colectiva en el proletariado. Expresan una dificultad para aceptar que la discusión y la clarificación son un proceso. Y como todos los procesos fundamentales de la vida social, ése tiene un ritmo interno y su propia ley de desarrollo. Éste corresponde al movimiento que va de la confusión hacia el esclarecimiento, contiene errores y orientaciones falsas y también su corrección. Esas evoluciones requieren tiempo para ser profundas de verdad. Podrán acelerarse, pero nunca cortocircuitarse. Cuanto más amplia sea la participación en ese proceso, cuando más alentada sea la participación del conjunto de la clase, tanto más fructífero será.

En su polémica contra Bernstein ([21]), Rosa Luxemburg subrayaba la contradicción esencial de la lucha de clases: movimiento en el seno del capitalismo, pero que tiende hacia un objetivo situado fuera del capitalismo. De esa naturaleza contradictoria vienen los dos principales peligros que amenazan el movimiento. El primero es el oportunismo, o sea la apertura a la influencia nefasta de la clase enemiga. La consigna de ese desvío en el camino de la lucha de clases es: "el movimiento lo es todo, la meta no es nada". El segundo peligro principal es el sectarismo, o sea la falta de apertura hacia la influencia de la vida de su propia clase, el proletariado. La consigna de ese desvío es: "la meta lo es todo, el movimiento no es nada".

Tras la terrible contrarrevolución resultante de la derrota de la revolución mundial en el período posterior a la Primera Guerra mundial, se fue desarrollando en el seno de lo que quedaba del movimiento revolucionario la idea falsa y funesta de que era posible combatir el oportunismo con el sectarismo. Esta visión, que acabó llevando a la esterilización y la fosilización, era incapaz de comprender que el oportunismo y el sectarismo son las dos caras de la misma moneda, pues ambos separan el movimiento y la meta. Sin la participación plena de las minorías revolucionarias en la vida real y en el movimiento de su clase, el objetivo del comunismo no podrá alcanzarse.


 

[1]) Incluso jóvenes revolucionarios tan maduros y clarividentes teóricamente como Marx y Engels pensaban - en la época de las convulsiones sociales de 1848 - que el comunismo estaba, más o menos tarde, al orden del día. Una suposición que tuvieron que revisar y abandonar rápidamente.

[2]) Léase las "Tesis sobre el movimiento de los estudiantes de primavera de 2006" en Francia, Revista internacional no 125.

[3]) En el campo proletario, la idea del dogma ha sido teorizada por la corriente llamada "bordiguista".

[4]) Las biografías y memorias de los revolucionarios del pasado están repletas de ejemplos de su capacidad para discutir y, especialmente, escuchar. En esto, Lenin era conocido, pero no era el único. Un solo ejemplo: los recuerdos de Fritz Sternberg en sus Conversaciones con Trotski (redactadas en 1963). "En sus conversaciones conmigo, Trotski era de lo más educado. No me interrumpía prácticamente nunca, sólo para pedirme alguna explicación o desarrollar una palabra o un concepto la mayoría de las veces".

[5]) Léanse al respecto los artículos de los números 110 y 114 de la Revista internacional, "Conferencia extraordinaria de la CCI: el combate por la defensa de los principios organizativos" y "XVº Congreso de la CCI : Reforzar la organización ante los retos del período".

[6]) Véase "La confianza y la solidaridad en la lucha del proletariado" y "Marxismo y ética" en la Revista internacional n° 111, 112, 127 y 128.

[7]) Véanse nuestros libros sobre la Izquierda comunista de Italia y la Izquierda comunista de Holanda.

[8]) La Izquierda comunista de de Francia mantendría esa posición tras la disolución de la Fracción italiana. Ver, por ejemplo, la crítica del concepto del "jefe genial" reproducido en la Revista internacional n° 33 y de la noción de disciplina que considera a los militantes de la organización como simples ejecutantes que no tienen por qué discutir sobre las orientaciones política de la organización, en la Revista internacional n° 34.

[9]) Engels, el Origen de la familia, de la propiedad privada y del Estado.

[10]) Engels, Ludwig Feuerbach y el fin de la filosofía clásica alemana, cap. II.

[11]) Engels, Dialéctica de la naturaleza, "Los naturalistas en el mundo de los espíritus".

[12]) El Capital, III, 48: "La fórmula trinitaria", III. FCE, 1946, México.

[13]) Engels, Dialéctica de la naturaleza, fin del capítulo: "Los naturalistas en el mundo los espíritus"

[14]) Sobre estos temas del Asia de los años 500 antes de JC, véanse las conferencias de August Thalheimer en la Universidad Sun Yat Sen en Moscú, 1927 : "Einführung in den dialektischen Materiailismus" (Introducción al materialismo dialéctico).

[15])  August Bebel, Die Mohamedanisch-Arabische Kulturepoche (1889), cap. VI, "El desarrollo científico, la poesía". Traducido del alemán por nosotros.

[16]) El Capital, Libro I, 4ª., cap. 14: "División del trabajo y manufactura", 5 "Carácter capitalista de la manufactura".

[17]) Anti-Dühring, 3ª parte: "El socialismo", "Nociones teóricas".

[18]) ¿Qué hacer?, II "La espontaneidad de las masas y la conciencia de la socialdemocracia", "b) culto de la espontaneidad. Rabochaya Mysl".

[19]) Ver, por ejemplo, el libro de Trotski: Historia de la revolución rusa o el de John Reed: Diez días que estremecieron el mundo.

[20])  Ver al respecto el informe sobre los trabajos del "XVIIº Congreso de la CCI. Un fortalecimiento internacional del campo proletario" en la Revista internacional n° 130.

[21])  Rosa Luxemburg, Reforma social o revolución.