VII - Los problemas del período de transición, 5

Versión para impresiónEnviar por email

Con este artículo de Bilan n° 35, publicación teórica de los comunistas de izquierda italianos, proseguimos la reedición de la serie de estudios sobre el período de transición redactados por Mitchell. El artículo anterior (publicado en la Revista internacional n° 130) abría la discusión sobre las tareas económicas de la dictadura del proletariado, en respuesta a los esfuerzos de los comunistas de izquierda holandeses del GIK, y ponía de relieve los “principios fundamentales de la producción y la distribución comunistas” a la luz de la experiencia en Rusia. El debate entre esas dos corrientes de la Izquierda comunista, que ha quedado en gran medida enterrado por la historia, a causa, sobre todo, de la contrarrevolución, debe ser sacado del olvido ahora que una nueva generación busca respuestas para una alternativa real al sistema capitalista.

Habremos de volver más en profundidad sobre las cuestiones planteadas en ese debate. El artículo aquí publicado se centra, especialmente, en el problema del reparto del producto social durante la transición hacia una sociedad totalmente comunista, período durante el cual no es todavía posible aplicar el principio universal de “a cada uno según sus necesidades, de cada uno según sus capacidades”. Como ya dijimos en la introducción al artículo precedente, no compartimos todas las posiciones de Mitchell (y de Bilan) sobre esta cuestión, por ejemplo la que dice que la URSS habría eliminado, en cierto modo, el capitalismo mediante la abolición de la propiedad formal de los medios de producción; de igual modo, también merece sin duda una discusión saber si la principal medida económica defendida por Marx, el GIK y la Izquierda italiana – el sistema de bonos de trabajo – sería la mejor base para el desarrollo de relaciones sociales comunistas tras la destrucción del capitalismo de Estado. Este artículo posee, sin embargo, muchas de las mejores cualidades de la Izquierda italiana:

  • el método que consiste en basar sus investigaciones en el examen crítico de la tradición marxista, en particular la Crítica del programa de Gotha de Marx;
  • su capacidad para examinar el problema del reparto o distribución con cierta profundidad, sobre todo en lo referente a la Ley del valor;
  • su capacidad para evitar las soluciones fáciles a las inmensas tareas que le esperan al proletariado una vez que se haya hecho con el dominio en la sociedad. Llama especialmente la atención, por ejemplo, que, mientras que para el GIK la remuneración del trabajo en función del cálculo de “la hora-trabajo social” garantizaría una progresión casi automática hacia el comunismo integral (que no debe confundirse con el comunismo propiamente dicho), para Mitchell, la persistencia de ese sistema es la prueba de que el proletariado no se ha liberado todavía de la ley del valor, la cual, en ese sentido, significa que sigue persistiendo el trabajo asalariado. Podrá parecer que la diferencia no sería más importante que la que hay entre un vaso medio lleno y otro medio vacío, pero es en realidad sintomático de una visión muy diferente de la revolución proletaria.

Bilan n° 35 (septiembre-octubre de 1936)

Muchas parrafadas se han echado ya sobre el “producto del trabajo social” y su reparto “íntegro” y “equitativo”, fórmulas confusas de las que tan fácilmente echa mano la demagogia. Pero el problema capital del destino del producto social, o sea de la suma de las actividades del trabajo, se concentra en dos preguntas fundamentales: ¿cómo se reparte el producto total? Y ¿cómo se reparte la fracción de ese producto que entra inmediatamente en el consumo individual?

Bien sabemos que no hay respuesta única válida para todas las sociedades y que los modos de reparto dependen de los modos de producción. Pero también sabemos que hay algunas reglas fundamentales que debe respetar toda organización social que quiera pervivir: las sociedades, como las personas que la componen, están sometidas a las leyes de la conservación, la cual presupone la reproducción, no la simple, sino la ampliada. Es una evidencia que hay que recordar.

Por otro lado, en cuanto la economía rompe su marco natural, doméstico, y se generaliza en economía mercantil, adquiere entonces un carácter social que, en el sistema capitalista, tomó un significado exorbitante a causa del conflicto que la opone irreductiblemente al carácter privado de la apropiación de las riquezas.

Con la producción “socializada” del capitalismo, ya no estamos ante productos individuales aislados, sino ante productos sociales, o sea, productos que no sólo corresponden al uso inmediato de los productores, sino que, además, son los productos comunes de sus actividades:

“el hilo, las telas, los objetos de metal que salen de la fábrica son, a partir de ahí, el producto común de numerosos obreros entre cuyas manos deben pasar sucesivamente antes de estar acabados. Ningún individuo puede afirmar: soy yo quien ha hecho eso; éste es mi producto” (Engels, Anti-Duhring).

En otras palabras, la producción social es la síntesis de los actividades individuales y no su yuxtaposición; de ahí la consecuencia de que:

“en la sociedad, la relación entre productor y producto, una vez terminado éste, es puramente exterior, y el retorno del producto al individuo depende de las relaciones de éste con otros individuos. No se apodera de él inmediatamente. Su objetivo, cuando produce en sociedad, no es apropiarse inmediatamente del producto. Entre productor y producto está la distribución, la cual, por medio de sus leyes sociales, determina su parte de los productos y se sitúa pues entre la producción y el consumo” (K. Marx : Introducción a la crítica..., subrayado nuestro, ndlr – Mitchell).

Eso sigue siendo así en la sociedad socialista; y cuando decimos que los productores deberán restablecer el dominio sobre la producción que les ha arrebatado el capitalismo, no pretendemos trastornar el curso natural de la vida social, sino el de las relaciones de producción y de reparto.

En su Crítica al Programa de Gotha, Marx, denunciando el utopismo reaccionario de las ideas de Lassalle sobre el “producto del trabajo”, plantea así la cuestión:

“¿qué es el “producto del trabajo”?”. “¿Es el objeto creado por el trabajo o su valor? Y en este segundo caso, el valor total del producto o sólo la fracción de valor que el trabajo ha venido a añadir al valor de los medios de producción utilizados” (subrayado nuestro).

Marx dice que la producción social – en la que ya no predomina el productor individual sino el productor social – el concepto de “producto del trabajo” difiere esencialmente del que considera el producto del trabajo independiente: si observamos primero la expresión “producto del trabajo” en el sentido de objeto creado por el trabajo, el producto del trabajo de la comunidad es entonces la “totalidad del producto social”; producto social del que hay que descontar los elementos necesarios para la reproducción ampliada, los del fondo de reserva, los absorbidos por los gastos improductivos y las necesidades colectivas, lo que transforma el “producto íntegro del trabajo” en un “producto parcial”, o sea, “la fracción de los objetos de consumo que se reparte individualmente entre los productores de la colectividad”.

En resumen, ese “producto parcial” no solo no contiene la parte materializada del trabajo antiguo proporcionado en los ciclos productivos anteriores y absorbido por la sustitución de los medios de producción consumidos, sino que tampoco representa la totalidad del trabajo nuevo añadido al capital social, puesto que hay que operar las reducciones de las que acabamos de hablar; eso significa que el “producto parcial” es equivalente a la renta neta de la sociedad o la fracción de la renta bruta que debería reintegrar el consumo individual del productor, pero que la sociedad burguesa no reparte íntegramente.

Esa es la respuesta a la primera pregunta: “¿cómo se reparte el producto total?”. Se deduce simplemente esta conclusión: el trabajo sobrante, o sea la fracción del trabajo vivo o nuevo requerido por el conjunto de las necesidades colectivas, no podría ser abolido por ningún sistema social. Sin embargo deberá de dejar de ser el obstáculo que es bajo el capitalismo en el desarrollo del individuo, para ser la condición de su pleno desarrollo en la sociedad comunista.

“El trabajo excedente no fue inventado por el capital. Donde quiera que una parte de la sociedad posee el monopolio de los medios de producción nos encontramos con el fenómeno de que el trabajador, libre o esclavizado, tiene que añadir al tiempo de trabajo necesario para poder vivir una cantidad de tiempo suplementario, durante el cual trabaja para producir los medios de vida destinados al propietario de los medios de producción…”(El Capital).

Lo que determina la cuota de trabajo sobrante capitalista son las necesidades de producción de plusvalía, que es el motor de la producción social; el domino del valor de cambio sobre el valor de uso hace depender las necesidades de la reproducción ampliada y del consumo a las de la acumulación de capital; el desarrollo de la productividad del trabajo incita a aumentar la cuota y la masa de trabajo sobrante.

En cambio, el trabajo sobrante socialista debe limitarse a lo mínimo correspondiente tanto a las necesidades de la economía proletaria como a las necesidades de la lucha de clases que siguen existiendo nacional e internacionalmente. En realidad, la fijación de la tasa de acumulación y la de los gastos administrativos e improductivos (absorbidos por la burocracia) será una de las preocupaciones centrales del proletariado; pero este aspecto del problema lo examinaremos en otro capítulo.

Hay que responder ahora a la segunda pregunta planteada: “¿Cómo se reparte a su vez el producto parcial?”, o sea la fracción del producto total que cae inmediatamente en el consumo individual, o sea en las rentas salariales, puesto que la forma capitalista de remuneración del trabajo se mantendrá durante el período transitorio.

Apropiación colectiva, nivelación y desaparición de los salarios

Empecemos diciendo que hay una idea a la que han dado fácilmente crédito algunos revolucionarios, según la cual una apropiación colectiva, para ser verdadera, debe implicar ipso facto la desaparición de los salarios y la instauración de una remuneración igual para todos; a esta propuesta se le añade la conclusión de que la desigualdad de los salarios presupone explotación de la fuerza de trabajo.

Esa idea, que encontramos al examinar los argumentos de los internacionalistas holandeses, viene, por un lado (insistamos en ello una vez más), de la negación del movimiento contradictorio del materialismo histórico, y, por otro, de la confusión creada entre dos categorías diferentes: fuerza de trabajo y trabajo; entre el valor de la fuerza de trabajo, o sea la cantidad de trabajo exigida para la reproducción de esa fuerza, y la cantidad total de trabajo que esa misma fuerza proporciona en un tiempo dado.

Es exacto decir que al contenido político de la dictadura del proletariado debe corresponderle un nuevo contenido social de la retribución del trabajo que ya no podrá seguir siendo únicamente lo equivalente de los productos estrictamente necesarios para la reproducción de la fuerza de trabajo. O sea, lo que constituye la base de la explotación capitalista: la oposición entre el valor de uso y el valor de cambio de esa mercancía particular que se llama “fuerza de trabajo”, desaparece con la supresión de la propiedad privada de los medios de producción y por consiguiente desaparece también el uso privado de la fuerza de trabajo. Evidentemente, el nuevo uso de la esa fuerza y de la masa de trabajo sobrante resultante de ella, podrían ser desviadas de sus objetivos proletarios (como lo demuestra la experiencia soviética), pudiendo así surgir un modo de explotación de tipo particular que, hablando propiamente, no es capitalismo. Pero ésta es otra historia sobre la que habremos de volver. Por ahora, vamos a detenernos en esta propuesta: el hecho de que el móvil fundamental en la economía proletaria ya no sea la producción de plusvalía y de capital ampliados sin cesar, sino la producción ilimitada de valores de uso, no significa que las condiciones estén maduras para una nivelación de los “salarios” que se traduzca en una igualdad en el consumo. Además, ni esa igualdad se instaura al principio del período de transición ni tampoco se realiza en la fase comunista como expresión de la fórmula inversa “a cada uno según sus necesidades”. En realidad, la igualdad formal no podrá existir nunca: lo que el comunismo realiza es, finalmente, la igualdad real en la desigualdad natural.

Queda sin embargo por explicar por qué se mantiene la diferencia de salarios en la fase transitoria a pesar de que el salario, aún conservado su envoltorio burgués, haya perdido su contenido contrario. Inmediatamente se plantea la pregunta: ¿Qué normas jurídicas prevalecen en ese período?

Marx, en su Crítica al programa de Gotha, nos da la respuesta: “el derecho nunca estará a un nivel más elevado que el estado económico y el grado de civilización social que le corresponde”.

Una vez que ha constatado que el modo de reparto de los objetos de consumo no es sino el reflejo del modo de reparto de los medios de producción y del modo de producción mismo, ya solo se trata para Marx de un esquema que se va realizando progresivamente. El capitalismo no instauró de entrada sus relaciones de distribución; lo hizo por etapas, sobre las ruinas acumuladas del sistema feudal. El proletariado tampoco podrá ajustar inmediatamente la distribución según las normas socialistas, sino que lo hará en virtud de un derecho que no es otro que el de “una sociedad que en todas sus relaciones: económica, moral, intelectual, lleva todavía los estigmas de la antigua sociedad de cuyas entrañas ha salido”. Pero hay además otra diferencia capital entre las condiciones de desarrollo del capitalismo y las del socialismo. La burguesía, al ir conquistando sus posiciones económicas en el seno de la sociedad feudal, iba construyendo al mismo tiempo las bases de la futura superestructura jurídica de su sistema de producción. Y su revolución política consagra lo adquirido en el plano económico y jurídico. El proletariado no se beneficia de ninguna evolución semejante, no puede apoyarse en ningún privilegio económico, ni en el menor embrión concreto de “derecho socialista”, pues, para un marxista, es inconcebible considerar como tal derecho las “conquistas sociales” del reformismo. Por lo tanto, el proletariado deberá aplicar temporalmente el derecho burgués, restringido, cierto es, al mecanismo de la distribución. Así lo entiende Marx cuando en su Crítica del programa de Gotha habla de derecho igual y también Lenin en el Estado y la revolución cuando constata con claro y convincente realismo que: “De aquí un fenómeno tan interesante como la subsistencia del «estrecho horizonte del derecho burgués» bajo el comunismo, en su primera fase. El derecho burgués respecto a la distribución de los artículos de consumo presupone también inevitablemente, como es natural, un Estado burgués, pues el derecho no es nada sin un aparato capaz de obligar a respetar las normas. De donde se deduce que bajo el comunismo no sólo subsiste durante un cierto tiempo el derecho burgués, sino que ¡subsiste incluso el Estado burgués, sin burguesía!”.

Marx, también en su Crítica… analizó cómo y por qué principios se aplica el derecho igual burgués“El derecho de los productores es proporcional al trabajo que han rendido; la igualdad, aquí, consiste en que se mide por el mismo rasero: por el trabajo” ([1]).

Y la remuneración del trabajo se realiza del modo siguiente: “Congruentemente con esto, en ella el productor individual obtiene de la sociedad – después de hechas las obligadas deducciones – exactamente lo que ha dado. Lo que el productor ha dado a la sociedad es su cuota individual de trabajo (subrayado nuestro).

Por ejemplo, la jornada social de trabajo representa la suma de horas de trabajo; el tiempo de trabajo individual de cada productor es la porción que ha proporcionado de la jornada social de trabajo, la parte que ha tomado. Y recibe de la sociedad un bono en el que consta que ha dado tal cantidad de trabajo (descontando el trabajo efectuado para el fondo colectivo) y, con ese bono, retira de los almacenes sociales una cantidad de objetos de consumo que correspondan al valor de su trabajo ([2]). La misma cuota de trabajo que ha dado a la sociedad bajo una forma, la recibe de ésta con otra forma.

Es el mismo principio que el que regula el intercambio de mercancías en caso de que sea un intercambio de valores equivalentes. El fondo y la forma difieren porque al ser diferentes las condiciones, nadie puede dar otra cosa sino es su trabajo y, por otro lado, nada puede pertenecer al individuo sino son los objetos de consumo individual. Pero para el reparto de esos objetos entre productores considerados individualmente, el principio que rige es el mismo que en el intercambio de mercancías equivalentes: una misma cantidad de trabajo con una forma se intercambia por una misma cantidad de trabajo con otra forma.

El reparto injusto de los objetos de consumo
según el trabajo y no según las necesidades

Cuando Marx habla del principio análogo al que rige el intercambio de mercancías y de cantidad individual de trabajo, habla sin lugar a dudas del trabajo simple, sustancia del valor, lo cual significa que todos los trabajos individuales deberán ajustarse a una medida común para que puedan ser comparados, evaluados y, por lo tanto, remunerados en aplicación del “derecho que es proporcional al trabajo realizado”. Ya hemos dicho que no existe todavía ningún método científico de medida del trabajo simple, de modo que la ley del valor subsiste en esa función, aunque sólo actúe ya dentro de los límites que imponen las nuevas condiciones políticas y económicas. Marx ya se encargó de eliminar las dudas que podrían subsistir a ese respecto cuando analizaba la medida del trabajo:

“Pero unos individuos son superiores, física e intelectualmente a otros y rinden, pues, en el mismo tiempo (sub. nuestro), más trabajo, o pueden trabajar más tiempo; y el trabajo, para servir de medida, tiene que determinarse en cuanto a duración o intensidad; de otro modo, deja de ser una medida. Este derecho igual es un derecho desigual para trabajo desigual. No reconoce ninguna distinción de clase, porque aquí cada individuo no es más que un trabajador como los demás; pero reconoce, tácitamente, como otros tantos privilegios naturales, las desiguales aptitudes individuales (subrayado nuestro), y, por consiguiente, la desigual capacidad de rendimiento. En el fondo es, por tanto, como todo derecho, el derecho de la desigualdad. El derecho sólo puede consistir, por naturaleza, en la aplicación de una medida igual; pero los individuos desiguales (y no serían distintos individuos si no fuesen desiguales) sólo pueden medirse por la misma medida siempre y cuando que se les coloque bajo un mismo punto de vista y se les mire solamente en un aspecto determinado; por ejemplo, en el caso dado, sólo en cuanto obreros, y no se vea en ellos ninguna otra cosa, es decir, se prescinda de todo lo demás. Prosigamos: un obrero está casado y otro no; uno tiene más hijos que otro, etc., etc. A igual trabajo y, por consiguiente, a igual participación en el fondo social de consumo, uno obtiene de hecho más que otro, uno es más rico que otro, etc. Para evitar todos estos inconvenientes, el derecho no tendría que ser igual, sino desigual. Pero estos defectos son inevitables en la primera fase de la sociedad comunista, tal y como brota de la sociedad capitalista después de un largo y doloroso alumbramiento. El derecho no puede ser nunca superior a la estructura económica ni al desarrollo cultural de la sociedad por ella condicionado" (Crítica del programa de Gotha).

De este análisis se deduce una evidencia: por un lado, que la existencia del derecho igual burgués está indisolublemente vinculada a la del valor; por otro lado, que el modo de reparto sigue conteniendo una doble desigualdad: una que es expresión de la diversidad de las “aptitudes individuales”, de las “capacidades productivas”, de los “privilegios naturales”; y la otra que, en igualdad de trabajo, surge de las diferencias de condición social (familia, etc.): “En una fase superior de la sociedad comunista, cuando haya desaparecido la subordinación esclavizadora de los individuos a la división del trabajo, y con ella, el antagonismo entre el trabajo intelectual y el trabajo manual (sb. nuestro); cuando el trabajo no sea solamente un medio de vida, sino la primera necesidad vital; cuando, con el desarrollo de los individuos en todos sus aspectos, crezcan también las fuerzas productivas y corran a chorro lleno los manantiales de la riqueza colectiva, sólo entonces podrá rebasarse totalmente el estrecho horizonte del derecho burgués y la sociedad podrá escribir en sus banderas: ¡De cada cual según sus capacidades; a cada cual según sus necesidades!” (ídem).

“Consiguientemente, la primera fase del comunismo no puede proporcionar todavía justicia ni igualdad: subsisten las diferencias de riqueza, diferencias injustas; pero no será posible ya la explotación del hombre por el hombre, (...) Marx muestra el curso de desarrollo de la sociedad comunista, que en sus comienzos se verá obligada a destruir solamente aquella «injusticia» que consiste en que los medios de producción sean usurpados por individuos aislados, pero que no estará en condiciones de destruir de golpe también la otra injusticia, consistente en la distribución de los artículos de consumo «según el trabajo» (y no según las necesidades)”. (Lenin, el Estado y la revolución)

El intercambio de cantidades iguales de trabajo, aunque de hecho se plasme en una desigualdad en el reparto, no implica ni mucho menos explotación, siempre y cuando el fondo y la forma del intercambio se hayan modificado y sigan manteniéndose las condiciones políticas que determinaron el cambio, es decir que se mantenga realmente la dictadura del proletariado. Sería pues absurdo invocar la tesis marxista para justificar una forma cualquiera de explotación resultante, en realidad, de la degeneración de esa dictadura. En cambio, debe ser categóricamente rechazada la tesis que tiende a demostrar que la diferencia entre salarios, que la división entre trabajo cualificado y sin cualificación, entre trabajo simple y trabajo compuesto, serían signos indiscutibles de degeneración del Estado proletario y de la existencia de una clase explotadora, y debe ser rechazada porque, por un lado implica que la degeneración es inevitable y, por otro, porque no ayuda en nada para explicar la evolución de la Revolución rusa.

Ya hemos dado a entender que los Internacionalistas holandeses, en sus análisis sobre los problemas del período de transición, se han inspirado más de sus deseos que de la realidad histórica. Su esquema abstracto, del que excluyen, como gente perfectamente consecuente con sus principios, la ley del valor, el mercado, la moneda, debería, por lógica también, preconizar un reparto “ideal” de los productos. Para ellos, “... la revolución proletaria colectiviza los medios de producción, abriendo así el camino a la vida comunista, las leyes dinámicas del consumo individual deben conjugarse necesariamente, porque están indisolublemente vinculadas a las leyes de la producción, operándose ese vínculo «por sí mismo» mediante el paso a la producción comunista” (pág. 72 de su obra ya citada, Ensayo sobre el desarrollo de la sociedad comunista).

Los camaradas holandeses consideran pues que la nueva relación de producción, mediante la colectivización, determina automáticamente un nuevo derecho sobre los productos.

“Ese derecho se expresaría en las condiciones iguales para el consumo individual. Al igual que la hora de trabajo individual es la medida del trabajo individual, también es al mismo tiempo la medida del consumo individual. El consumo está así regulado socialmente, moviéndose en una línea justa. El paso a la revolución social no es sino la aplicación de la medida de la hora-trabajo social media en toda vida económica. Sirve de medida a la producción y también al derecho de los productores al producto social” (pág. 25).

La evolución reaccionaria de la URSS:
¿causas económicas o resultado del abandono del internacionalismo?

Repitámoslo, esa afirmación solo podrá ser positiva si se le da su significado concreto, o sea si se reconoce que, en la práctica, solo podrá tratarse del valor cuando se habla de tiempo de trabajo y de medida del trabajo. Y eso es lo que no han hecho los camaradas holandeses, lo cual los ha llevado al error en su análisis sobre la Revolución rusa y, sobre todo, a limitar considerablemente el campo de sus investigaciones sobre las causas profundas de la evolución reaccionaria de la URSS. La explicación de dicha evolución no van a buscarla en las entrañas de la lucha nacional e internacional de clases (ese método de hacer abstracción de los problemas políticos es una de las características negativas de su estudio), sino en los mecanismos económicos cuando proponen: “cuando los rusos acabaron incluso restableciendo la producción sobre la base del valor, lo que proclamaron fue no solo la expropiación de los trabajadores de los medios de producción, sino que ya no habría ninguna relación directa entre el crecimiento de la masa de productos y la parte correspondiente a los obreros en esa masa” (pág. 19).

Mantener el valor equivaldría para ellos a proseguir la explotación de la fuerza de trabajo, mientras que nosotros creemos haber demostrado, basándonos en la tesis marxista, que el valor puede subsistir sin su contenido antagónico, es decir sin que haya retribución del valor de la fuerza de trabajo.

Pero, además de eso, los internacionalistas holandeses deforman el significado de las palabras de Marx sobre el reparto de los productos. En la afirmación de que el obrero recibe, en el reparto, según la cantidad de trabajo realizado, no descubren más que un aspecto de la doble desigualdad que hemos subrayado y es el resultante de la situación social del obrero (pág. 81); pero no se detienen a considerar el otro aspecto: los trabajadores, en un mismo tiempo de trabajo, proporcionan cantidades diferentes de trabajo simple (trabajo simple que es la medida común del valor) dando como resultado un reparto desigual. Prefieren quedarse en su reivindicación: supresión de las desigualdades salariales, que queda suspendida en el aire pues a la supresión del salariado capitalista no le corresponde inmediatamente la desaparición de las diferencias en la retribución del trabajo.

El camarada Hennaut da una solución parecida al problema del reparto en el período de transición, solución que saca también de una interpretación errónea, por ser incompleta, de las críticas de Marx al Programa de Gotha. En Bilan, página 747, dice: “la desigualdad que deja subsistir la primera fase del socialismo no resulta de la remuneración desigual aplicada a los diferentes tipos de trabajo: el trabajo simple del peón o el trabajo compuesto del ingeniero con todas las escalas intermedias entre esos dos extremos. No, todos los tipos de trabajo valen igual, sólo deben medirse su «duración» y su «intensidad»; pero la desigualdad se debe a que se aplica a hombres con capacidades y necesidades diferentes, unas tareas y unos recursos uniformes”.

Y Hennaut pone patas arriba el pensamiento de Marx cuando le hace descubrir la desigualdad en que la parte sobre el beneficio social se mantenía igual – en base a una prestación igual, claro está, para cada individuo, mientras que sus necesidades y el esfuerzo realizado para alcanzar una misma prestación eran diferentes” mientras que, como ya hemos dicho, Marx ve la desigualdad en que los individuos reciben partes desiguales, porque proporcionan cantidades desiguales de trabajo y es en eso en lo que se basa la aplicación del derecho igual burgués.

Una política de igualación de salarios no puede aplicarse durante el período de transición, no solo porque sería inaplicable, sino porque desembocaría inevitablemente en un hundimiento de la productividad del trabajo.

Si durante el “comunismo de guerra”, los bolcheviques aplicaron el sistema de la ración igual, independientemente de la cualificación y del rendimiento del trabajo, no era porque se basaba en un método económico capaz de asegurar el desarrollo sistemático de la economía, sino que se debía al régimen de un pueblo asediado que ponía en tensión todas sus energías hacia la guerra civil.

Partiendo de la consideración general de que las variaciones y diferencias en la cualificación del trabajo (y su retribución) están en relación inversa con el nivel técnico de producción, se entiende por qué, en la URSS, después de la N.E.P., les grandes variaciones de salarios entre obreros cualificados y no cualificados ([3]) se debían a la importancia cada vez mayor que tomaba la cualificación individual del obrero en comparación con los países capitalistas altamente desarrollados. En estos, después de una revolución, las categorías en el trabajo podrían reducirse mucho más que en la actual URSS, en virtud de una ley según la cual el desarrollo de la productividad del trabajo tiende a nivelar las cualificaciones. Pero los marxistas no pueden olvidarse de que “la esclavizante subordinación de los individuos a la división del trabajo”, y, junto con ella, el “derecho burgués”, solo desaparecerán gracias al empuje irresistible de una técnica prodigiosa puesta al servicio de los productores.

 (continuará)

Mitchell

[1]) Nos ha parecido útil reproducir el texto íntegro de la Crítica del Programa de Gotha que se refiere al reparto, pues consideramos que cada palabra tiene una gran importancia.

[2]) Marx entiende aquí por valor del trabajo, la cantidad de trabajo social realizado por el productor, pues resulta evidente que, puesto que el trabajo crea el valor, que es su sustancia, no tiene en sí mismo valor, pues, como lo hacía notar Engels, se trataría entonces de un valor del valor, una especie de redundancia.

[3]) No hablamos aquí evidentemente del “stajanovismo” y demás, que no son sino productos monstruosos del centrismo.