V - Los problemas del período de transición, 3

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En este numero de la Revista internacional, reproducimos el segundo artículo de Bilan n° 31 (mayo-junio de 1936) de la serie “Los problemas del período de transición”, escrita, en francés, por Mitchell. Tras haber expuesto en el primer artículo de esta serie (publicado en la Revista internacional n° 128), las condiciones históricas generales de la revolución proletaria, Mitchell expone la evolución de la teoría marxista sobre el Estado, en estrecha relación con los momentos más importantes de la lucha de la clase obrera contra el capitalismo – 1848, la Comuna de Paris y la Revolución rusa. Siguiendo los pasos de El Estado y la Revolución (1917) de Lenin, Mitchell muestra cómo se fue clarificado progresivamente en el proletariado la cuestión de sus relaciones con el Estado durante esas experiencias fundamentales: desde la idea general de que el Estado, instrumento de opresión de una clase por otra, tenía que desaparecer necesariamente en la sociedad comunista, hasta las etapas más concretas de comprender cómo iba a llegar el proletariado a esa meta, destruyendo el orden burgués y construyendo en su lugar una nueva forma de Estado destinado a extinguirse y un período de transición más o menos largo. Los estudios de Mitchell pudieron ir más allá de la comprensión que alcanzó Lenin en su libro, al haber podido tener en cuenta las lecciones clave de la Revolución de Octubre y las terribles dificultades que tuvo que encarar a causa de su aislamiento internacional: ante todo, la necesidad de evitar toda identificación entre proletariado, sus órganos de clase propios (que Mitchell enumera: soviets, partido y sindicatos) y el conjunto del aparato del Estado de transición que es, por definición, una plaga heredada de la vieja sociedad, inevitablemente más vulnerable al peligro de corrupción y de degeneración. En esto, el partido bolchevique se había equivocado por completo al haber identificado, primero, la dictadura del proletariado con el Estado de transición, y por haberse ido identificando cada vez más a sí mismo con dicho Estado.

Producto de un proceso intenso de reflexión y de clarificación, el texto de Mitchell contiene, sin embargo, algunas debilidades de la Izquierda comunista italiana y belga de los años 1930, pero también contiene lo que hace su fuerza: así, aunque argumenta que el partido no debía fundirse en el Estado, el texto sigue sosteniendo que la tarea del partido es ejercer la dictadura del proletariado; o, también, aunque empieza planteando claramente que la colectivización de los medios de producción no es algo idéntico al socialismo, acaba defendiendo que la economía de la URSS, al estar colectivizada, no era en aquel entonces un Estado capitalista, aún reconociendo, claro está, que el proletariado ruso estaba sometido a la explotación capitalista. Ya hemos examinado ampliamente esas contradicciones en artículos anteriores (“El enigma ruso y la Izquierda comunista de Italia, 1933-1946” en Revista internacional nº 106 y “Los años 1930 – el debate sobre el período de transición”, en Revista internacional  nº 127), pero esas debilidades no reducen la claridad del conjunto de este texto que sigue siendo una contribución de primer orden a la teoría marxista del Estado.

Bilan nº 31 (mayo-junio de 1936)

En nuestra introducción creemos haber despejado la idea esencial de que no existe ni puede existir sincronía alguna entre la madurez histórica de la Revolución proletaria y su madurez tanto material como cultural. Vivimos en la era de las revoluciones proletarias porque el progreso social no puede continuar si no desaparece el antagonismo de clase, que hasta ahora había sido la base de ese progreso en un tiempo que debe considerarse como la prehistoria del género humano.

Sin embargo, la apropiación colectiva de las riquezas creadas por la sociedad burguesa solo suprime la contradicción entre la forma social de las fuerzas productivas y su apropiación privada. No es más que el requisito indispensable para el desarrollo posterior de la sociedad. No acarrea de por sí ningún tipo de progreso social. No comporta por sí misma ninguna solución constructiva del socialismo, como tampoco puede alcanzar de entrada la desaparición de todas las desigualdades sociales.

La colectivización de los medios de producción e intercambio, que es un punto de partida, no es el socialismo, sino su requisito fundamental. Solo es una solución jurídica a las contradicciones sociales y, por sí misma no compensa, ni mucho menos, las carencias materiales y espirituales que el proletariado hereda del capitalismo. La Historia “sorprende” al proletariado, al obligarlo a llevar a cabo su misión en una falta de preparación que ni el idealismo más firme ni el mayor dinamismo revolucionarios podrán transformarse de entrada para hacerlo plenamente capaz de resolver todos los problemas, tan complejos y temibles, que irán surgiendo.

Tanto antes como después de la conquista del poder, el proletariado debe compensar la inmadurez histórica de su conciencia apoyándose en su partido, que sigue siendo su guía y educador en el período de transición entre el capitalismo y el comunismo. De igual modo, el proletariado sólo recurriendo al Estado podrá compensar la insuficiencia temporal de las fuerzas productivas legada por el capitalismo, órgano de coacción, “azote que el proletariado hereda en su lucha por alcanzar su dominación de clase pero cuyos peores efectos deberá atenuar lo más posible, como lo hizo la Comuna, hasta el día en que una generación educada en una sociedad de hombres libres e iguales pueda quitarse de encima todo el fárrago gubernamental” (Engels).

La necesidad de “tolerar” el Estado durante la fase transitoria que se extiende entre capitalismo y comunismo, se debe al carácter específico de ese período definido por Marx en su Crítica al programa de Gotha:
«Estamos ante una sociedad comunista no como se habría desarrollado con sus propias bases, sino tal como acaba de surgir, al contrario, de la sociedad capitalista; es, por consiguiente, una sociedad que, en todas sus relaciones: económica, moral, intelectual, lleva todavía los estigmas de la antigua sociedad de la que ha salido”.

Examinaremos cuáles son esos estigmas cuando analicemos las categorías económicas y sociales que la economía proletaria hereda del capitalismo, pero que están abocadas a “extinguirse” al mismo tiempo que el Estado proletario.

Evidentemente, sería vano ocultarse el peligro mortal que es para la revolución proletaria, la supervivencia de esa servidumbre que es el Estado, incluso obrero. Pero partir de la existencia en sí de ese Estado para concluir que la degeneración de la Revolución era inevitable, equivaldría a dejar de lado la dialéctica histórica y renunciar a la propia Revolución.

Por otro lado, subordinar el estallido de la Revolución a la capacidad plena de las masas para ejercer el poder, sería poner patas arriba los elementos del problema histórico tal como se plantea, negar, en resumen,  la necesidad del Estado transitorio así como la del partido. Ese postulado adopta, en definitiva, el mismo postulado que basa la Revolución en la “madurez” de las condiciones materiales que hemos examinado en la primera parte de este estudio.

Hemos de volver más tarde a tratar el tema de la capacidad de gestión por parte de las masas proletarias.

El Estado, instrumento de la clase dominante

Si el proletariado victorioso se ve obligado, por las condiciones históricas, a tener que soportar un Estado durante un período más o menos prolongado, debe saber qué Estado será ese.

El método marxista permite, por un lado, descubrir el significado del Estado en las sociedades divididas en clases, definir su naturaleza y, por otro lado, mediante un análisis de las experiencias revolucionarias vividas a lo largo del último siglo por el proletariado, determinar el comportamiento de éste hacia el Estado burgués.

Marx y sobre todo Engels limpiarán la noción de Estado de su ganga idealista. Al poner al descubierto la verdadera naturaleza del Estado, descubrieron que no era sino un instrumento de sometimiento en manos de la clase dominante en una sociedad determinada, que sólo servía para proteger los privilegios económicos y políticos de esa clase e imponer, por la coacción y la violencia, las reglas jurídicas correspondientes al modo de propiedad y de producción en que se basaban esos privilegios; y que, en fin, el Estado no es sino la expresión de la dominación de una minoría sobre la mayoría de la población. El armazón del Estado es a la vez la concreción de la escisión en clases de la sociedad, su fuerza armada y sus órganos de coerción. Estos se situaron por encima de la masa del pueblo, se opusieron a ella, imposibilitando que la clase oprimida mantuviera su propia organización “espontánea” de defensa armada. La clase dominante no podía tolerar la coexistencia de sus propios instrumentos represivos con una fuerza armada del pueblo.

Sólo algunos ejemplos sacados de la Historia de la sociedad burguesa: en Francia, la revolución de febrero de 1848 armó a los obreros “los cuales se constituyeron como fuerza en el Estado” (Engels); la única preocupación de la burguesía era cómo desarmarlos; los provocó liquidando los talleres nacionales y acabó aplastándolos durante el levantamiento de junio. En Francia también, después de septiembre de 1870, se formó, para la defensa del país, una guardia nacional, compuesta en su gran mayoría de obreros: “El antagonismo entre el gobierno, en el que prácticamente solo había burgueses, y el proletariado en armas, estalló inmediatamente… Armar París era armar la Revolución. Para Thiers, la dominación de las clases poseedoras estaría amenazada mientras los obreros parisinos siguieran armados. Desarmarlos fue su principal preocupación” (Engels).

Y por eso ocurrió lo del 18 de marzo y la Comuna.

Pero una vez desvelado el “secreto” del Estado burgués (ya fuera monárquico o republicano, autoritario o democrático), el proletariado debía definir su propia política hacia él. El método experimental del marxismo le proporcionó los medios.

En la época del Manifiesto comunista (1847), Marx dejó bien clara la necesidad para el proletariado de conquistar el poder político, de organizarse como clase dominante, pero sin poder precisar si se trataba para el proletariado de fundar su propio Estado. Marx ya previó la desaparición de todo tipo de Estado con la abolición de las clases, pero no pudo ir más allá de una formulación general, abstracta todavía. La experiencia francesa 1848-1851 proporcionó a Marx la sustancia histórica que iba a reforzar en él la idea de la destrucción del Estado burgués, sin permitirle sin embargo delimitar los contornos del Estado proletario que debía sustituirlo. El proletariado aparece como la primera clase revolucionaria en la historia a la que incumbe la necesidad de aniquilar la máquina burocrática y policíaca, cada día más centralizada, utilizada hasta entonces por todas las clases explotadoras para aplastar a las masas explotadas. En su 18 de Brumario, Marx subrayó que “todas las revoluciones políticas no han hecho otra cosa que perfeccionar esa máquina en lugar de destruirla.” El poder centralizado del Estado, con sus órganos represivos, tiene su origen en la monarquía absoluta; la burguesía naciente lo usó para luchar contra el feudalismo. Lo que hizo la Revolución francesa fue desembarazarlo de las últimas trabas feudales y el Primer Imperio finalizó el Estado moderno. La sociedad burguesa desarrollada transformó el poder central en una máquina de opresión del proletariado. ¿Por qué nunca fue destruido el Estado por ninguna de las clases revolucionarias, sino que fue conquistado? Marx dio la explicación fundamental en el Manifiesto: “los medios de producción y de cambio, en cuyas bases se formó la burguesía, se crearon dentro de la sociedad feudal”. La burguesía, sobre posiciones económicas conquistadas gradualmente, no necesitó destruir una organización política en la que había conseguido instalarse. No tuvo que suprimir ni la burocracia, ni la policía, ni las fuerzas armadas, sino que sometió esos instrumentos de opresión a sus propios fines, pues la revolución política lo único que hizo fue sustituir jurídicamente una forma de explotación por otra forma de explotación.

Estado proletario y Estado burgués

En cambio, el proletariado es una clase que expresa los intereses de la Humanidad  y no unos intereses particulares que pudieran integrarse en un Estado basado en la explotación: “Los proletarios no tienen nada propio que consolidar; solo tienen que destruir todo cuanto, hasta el presente, ha asegurado y garantizado la propiedad privada” (el Manifiesto). La Comuna de Paris fue la primera respuesta histórica, tan imperfecta todavía, a la pregunta de saber en qué podría diferenciarse el Estado proletario del Estado burgués: la dominación de la mayoría sobre la minoría desposeída de sus privilegios hacía inútil el mantenimiento de una máquina burocrática y militar al servicio de intereses particulares, en cuyo lugar el proletariado imponía no solo su propio armamento –para quebrantar toda resistencia burguesa– sino una forma política que le permitiera acceder progresivamente a la gestión social. Por eso es por lo que “la Comuna ya no era un Estado en el sentido propio de la palabra” (Engels). Lenin subrayó “La Comuna consiguió –obra gigantesca– sustituir ciertas instituciones por otras basadas en principios radicalmente diferentes”.

Pero no por eso deja el Estado proletario de conservar el carácter fundamental de cualquier Estado: sigue siendo un órgano de coerción que, aunque asegure la dominación de la mayoría sobre la minoría, es incapaz de suprimir ni siquiera temporalmente el derecho burgués; es, según la expresión de Lenin “un Estado burgués sin burguesía” que, so pena de volverse contra el proletariado, debía ser mantenerse bajo el control directo de éste y de su partido.

La teoría de la dictadura del proletariado, esbozada en el Manifiesto, pero que extrajo de la Comuna de 1871 sus primeros materiales históricos — superpuso a la noción de destrucción del Estado burgués, la idea de la extinción del Estado proletario. Esa idea de la desaparición de todo Estado se encuentra ya en Marx de forma embrionaria, en su Miseria de la Filosofía; pero fue sobre todo Engels quien la desarrolló en el Origen de la propiedad y el Anti-Dühring y, después, sería brillantemente comentada por Lenin en el Estado y la Revolución. En cuanto a la distinción fundamental entre destrucción del Estado burgués y extinción del Estado proletario, ya la hizo con suficiente fuerza Lenin para no necesitar insistir en ella aquí, sobre todo porque lo que hemos dicho antes no deja lugar a ningún equívoco al respecto.

Lo que debe retener nuestra atención es que el postulado de la extinción del Estado proletario tendrá que ser la clave del contenido de las revoluciones proletarias. Ya hemos dicho que éstas surgen en un medio histórico que obliga al proletariado victorioso a soportar todavía un Estado, aunque ya no pueda ser “sino un Estado que se extingue, o sea constituido de tal modo que empieza ya, de inmediato, a extinguirse y no pueda sino irse extinguiendo” (Lenin).

El gran mérito del marxismo fue haber demostrado irrefutablemente que el Estado no fue nunca un agente autónomo de la historia, sino que es el producto de la sociedad dividida en clases –la clase precede al Estado– y que desaparecerá cuando desaparezcan las clases. Tras la disolución del comunismo primitivo, el Estado ha seguido existiendo bajo una forma más o menos evolucionada porque se ha ido superponiendo necesariamente a una forma de explotación del hombre por el hombre. Pero tendrá necesariamente que morir al cabo de una evolución histórica que hará que toda opresión, toda coacción acaben siendo superfluas, que habrá eliminado el “derecho burgués” y, según la expresión de Saint-Simon “la política acabará siendo absorbida totalmente en la economía”.

La ciencia marxista, no obstante, no había podido elaborar la solución al problema de saber cómo y con qué proceso iba a desaparecer el Estado, problema condicionado a su vez por el de la relación entre el proletariado y “su” Estado.

La Comunaesbozo de la dictadura del proletariado–, fue una experiencia formidable que no evitó ni la derrota ni la confusión, porque, por un lado, surgió en un período de inmadurez histórica y, por otro, le faltó la dirección teórica, el partido. Por eso sólo aportó algunos de los primeros elementos de las relaciones entre Estado y Proletariado.

Marx, en 1875, en su Crítica al programa de Gotha tuvo que limitarse a la pregunta: “¿A qué transformación se someterá el Estado en una sociedad comunista?” (Marx habla aquí del período de transición, ndlr) “¿Qué funciones sociales se mantendrán que sean análogas a las funciones actuales del Estado? Esta cuestión sólo podrá resolverla la ciencia y no será adjuntando de mil modos y maneras la palabra Pueblo a la palabra Estado como se hará avanzar el problema”.

En la Comuna, Marx vio sobre todo una forma de liberación, mientras que las antiguas formas eran sobre todo represivas; “... la forma política, por fin encontrada en la que es posible realizar la emancipación del trabajo” (la Guerra civil). Pero sólo pudo plantear las bases del problema capital: la iniciación y la educación de las masas, las cuales habrían de quitarse de encima progresivamente el dominio del Estado para hacer coincidir al fin la muerte de éste con la realización de la sociedad sin clases. La Comuna ya puso algunos jalones en ese camino. Mostró que aunque no pudiera el proletariado suprimir de entrada el sistema de delegaciones de poder, “tenía que tomar sus precauciones contra sus propios subordinados y sus propios funcionarios, declarándolos amovibles a todos sin excepción y en todo momento” (Engels). Y para Marx, “nada podía ser más ajeno al espíritu de la Comuna que sustituir el sufragio universal (para la designación de mandatarios, ndlr) por un sistema de nombramientos jerárquicos.”

La elaboración teórica tuvo que limitarse a eso. Y cuarenta años más tarde, Lenin tampoco habrá avanzado mucho en ese ámbito. En el Estado y la Revolución, Lenin se limitará a fórmulas banales y sumarias, se limitará a subrayar la necesidad de “transformar las funciones del Estado en funciones de control y de registro tan sencillas que estén al alcance de la gran mayoría de la población y poco a poco de la población entera”. Sólo podrá limitarse, como Engels, a enunciar a qué corresponderá la desa­parición del Estado, es decir a la era de la libertad verdadera al mismo tiempo que la del fin de la democracia, la cual habrá perdido todo significado social. Sobre el proceso con el que se eliminarán todas las servidumbres que hayan quedado como escombros del capitalismo, Lenin constatará que “queda abierta la cuestión del momento y de las formas concretas de esa muerte del Estado, pues no poseemos ningún dato que pueda ayudarnos a zanjarla.”

Quedaba así por resolver el problema de la gestión de una economía y de un Estado proletarios que se llevara a cabo en función de la revolución internacional. El proletariado ruso estaba desprovisto de elementos para solucionar políticamente ese problema en el momento en que se lanzó en Octubre de 1917 a la experiencia histórica más extraordinaria. Los bolcheviques sintieron inevitablemente cómo pesaba sobre ellos el peso aplastante de esa carencia histórica durante las tentativas para delimitar las relaciones entre Estado y Proletariado.

Poder del proletariado y Estado del período de transición

Con la distancia con la que hoy podemos observar la experiencia rusa, aparece que probablemente si los bolcheviques y la Internacional hubieran podido tener una visión clara de esa tarea capital, el reflujo revolucionario en Occidente, por considerable que hubiera sido ese impedimento para el desarrollo de la Revolución de octubre, no habría alterado su carácter internacionalista, no habría provocado su ruptura con el proletariado mundial al haberla llevado al atolladero del “socialismo en un solo país”.

El Estado soviético, en medio de unas terribles dificultades contingentes, no fue considerado esencialmente por los bolcheviques como un “azote que el proletariado hereda… cuyos peores efectos deberá atenuar lo más posible”, sino como un organismo que podía identificarse totalmente con la dictadura proletaria, o sea el Partido.

Eso acabó alterando la base de la dictadura del proletariado, que no era ya el Partido, sino el Estado, el cual, tras el cambio en la relación de fuerzas que llegaría después, acabaría evolucionando no hacia su extinción, sino hacia el reforzamiento de su poder de coerción y represivo. Tras haber sido instrumento de la Revolución mundial, el Estado proletario acabaría siendo inevitablemente un arma de la contrarrevolución mundial.

Marx, Engels y sobre todo Lenin insistieron en muchas ocasiones en la necesidad de oponer al Estado proletario su antídoto proletario, capaz de impedir la degeneración. Sin embargo, la Revolución rusa, lejos de asegurar el mantenimiento y la vitalidad de las organizaciones de clase del proletariado, las esterilizó incorporándolas al aparato estatal, devorándoles su propia sustancia.

Incluso en el pensamiento de Lenin, la noción de “dictadura del Estado” acabó siendo predominante. A finales de 1918, por ejemplo, en su polémica con Kautsky (la Revolución proletaria…) no fue capaz de disociar dos nociones opuestas: Estado y dictadura del proletariado. Replicó victoriosamente a Kautsky en la definición de la dictadura del proletariado, de su significado fundamental de clase (“todo el poder a los soviets”); pero la necesidad de destruir el Estado burgués y derrotar  la clase dominante, la vinculó a la transformación de las organizaciones proletarias en organizaciones estatales. Es cierto que esa afirmación no era nada absoluta, pues se refería a la fase de la guerra civil y de derrocamiento de la dominación burguesa  y que Lenin se refería a los soviets que sustituían, como instrumento de opresión sobre la burguesía, al aparato de Estado de ésta.

La dificultad enorme de una orientación justa en las relaciones entre el Estado y el proletariado, que Lenin no pudo solventar, venía precisamente de esa doble necesidad contradictoria de mantener un Estado, órgano de coacción económica y política bajo el control del proletariado (y por lo tanto de su partido), mientras que, por otro lado, había que asegurarse la participación cada vez más amplia de las masas en la gestión y la administración de la sociedad proletaria, y eso cuando precisamente esa participación no podía realizarse transitoriamente sino en el seno de organismos estatales, corruptibles por naturaleza.

La experiencia de la Revolución rusa muestra al proletariado lo difícil y compleja que es la tarea de construir un clima social en el que pueda florecer la actividad y la cultura de las masas.

La controversia sobre la Dictadura y la Democracia se concentró precisamente en ese problema cuya solución debía ser la clave de las revoluciones proletarias. Hay que subrayar al respecto que las consideraciones opuestas de Lenin y Luxemburg sobre la “democracia proletaria”, procedían de la misma preocupación común: crear las condiciones de una expansión constante de las capacidades de las masas. Para Lenin, no obstante, el concepto de democracia, incluso proletaria, implicaba opresión inevitable de una clase sobre otra, ya fuera la de la dominación burguesa sobre el proletariado o la dictadura del proletariado sobre la burguesía. Y la “democracia” desaparecería, como ya dijimos, en el momento en que se realizara plenamente con la extinción de las clases y del Estado, o sea en el momento en el que el concepto de libertad cobrara su significado pleno.

A la idea de Lenin de una democracia “discriminatoria”, Rosa Luxemburg (la Revolución rusa) oponía la de la “democracia sin límites” que para ella era la condición necesaria de una “participación sin trabas de las masas populares” en la dictadura del proletariado. Esta solo podría ejercerse mediante el ejercicio total de las libertades “democráticas”: libertad ilimitada de prensa, libertad política entera, parlamentarismo (aunque, después, en el programa de Spartacus, el futuro parlamentarismo estará subordinado al de la Revolución).

La preocupación principal de Rosa Luxemburg, la de que la máquina estatal no entorpeciera el florecimiento de la vida política del proletariado y su participación activa en las tareas de la dictadura, le impidió percibir el papel fundamental que le incumbe al Partido, pues ella llegó hasta oponer Dictadura de clase y Dictadura de partido. Su gran mérito fue, sin embargo, el de haber opuesto, como ya lo había hecho Marx para la Comuna, el contenido social de la dominación burguesa al de la dominación proletaria: “la dominación de clase de la burguesía no necesitaba una instrucción y una educación políticas de toda la masa del pueblo o, al menos, no más allá de unos límites muy estrechos, mientras que para la dictadura proletaria, la educación política es algo vital, es el aire sin el cual no podría vivir”.

En el programa de Spartacus, Rosa volvió a integrar ese problema capital de la educación de las masas (cuya solución incumbía al partido) afirmando que : “la historia no nos hace tan fácil la tarea como lo fue para las revoluciones burguesas; no basta con echar abajo el poder oficial en el centro y sustituirlo por unos cuantos cientos de hombres nuevos. Tenemos que trabajar de abajo hacia arriba”.

La impotencia de los bolcheviques para mantener el Estado al servicio de la revolución

Impelido por el proceso contradictorio de la Revolución rusa, Lenin insistió constantemente en la necesidad de oponer un “correctivo” proletario y de los órganos de control obrero a la tendencia del Estado transitorio a dejarse corromper.

En su Informe al Congreso de los soviets de abril de 1918 en las Tareas inmediatas del poder soviético, insistía en la necesidad de vigilar constantemente la evolución de los soviets y del poder soviético:
“existe la tendencia pequeñoburguesa a convertir a los miembros de los Soviets en “parlamentarios” o, de otro lado, en burócratas. Hay que luchar contra esto, haciendo participar prácticamente a todos los miembros de los Soviets en la gobernación del país”.

Con ese fin, Lenin proponía el objetivo...
“de hacer participar a toda la población pobre en la gobernación del país, (…) Nuestro objetivo es lograr que cada trabajador, después de “cumplir la tarea” de ocho horas de trabajo productivo, de­sempeñe de modo gratuito las funciones estatales. El paso a este sistema es particularmente difícil, pero sólo en él reside la garantía de la consolidación definitiva del socialismo. Como es natural, la novedad y las dificultades del cambio suscitan abundancia de pasos dados a tientas, por decirlo así, originan multitud de errores y cavilaciones, sin los cuales no puede haber ningún movimiento rápido de avance. La originalidad de la situación actual consiste, desde el punto de vista de muchos que desean considerarse socialistas, en que la gente se ha acostumbrado a oponer en forma abstracta el capitalismo al socialismo, intercalando entre uno y otro, con aire grave, la palabra ‘salto’”.

Si en el mismo Informe, Lenin se vio en la obligación de legitimar los poderes dictatoriales individuales, era la expresión no solo de una muy sombría situación contingente causante del “comunismo de guerra”, sino también del contraste ya mencionado entre, por un lado, un régimen necesario de coacción aplicado por la máquina estatal, y, por otro, para salvaguardar la dictadura proletaria, la necesidad de reducir ese régimen mediante la actividad creciente de las masas.

«Cuanto mayor sea, decía Lenin, la decisión con que debamos defender hoy la necesidad de un Poder firme e implacable, de la dictadura unipersonal para determinados procesos de trabajo, en determinados momentos del ejercicio de funciones puramente ejecutivas, tanto más variadas habrán de ser las formas y los métodos de control desde abajo, a fin de paralizar toda sombra de posible deformación del Poder soviético, a fin de arrancar repetida e infatigablemente la mala hierba burocrática”.

Pero tres años de guerra civil y la necesidad vital de una recuperación económica impidieron a los bolcheviques buscar una línea política clara sobre las relaciones entre órganos estatales y proletariado. No es que no hubieran intuido el peligro mortal que amenazaba el curso de la Revolución. El programa del VIIIº Congreso del Partido ruso de marzo de 1919 hablaba del peligro de renacimiento parcial de la burocracia que estaba ocurriendo en el seno del régimen soviético, y eso mucho antes de que todo el antiguo aparato burocrático zarista hubiera sido destruido de arriba abajo por los Soviets. El IXº Congreso de diciembre de 1920 volvió a tratar una vez más de la cuestión burocrática. Y en el Xº congreso, el de la NEP, Lenin discutió largamente sobre el tema para acabar en esta conclusión: que las raíces económicas de la burocracia soviética no tenían bases militares y jurídicas como en el aparato burgués, sino que tenía sus bases en el sector de los servicios; que la burocracia volvió a brotar sobre todo en el período de “comunismo de guerra”, plasmando así lo “negativo” de ese período, siendo en cierto modo la consecuencia que había que pagar por la necesidad de una centralización dictatorial que otorgaba el control al burócrata. Tras un año de Nueva Economía Política (NEP), Lenin, en el XIº Congreso [del PC (b) de Rusia, 1922], subrayó con fuerza la contradicción histórica que se plasmaba en la obligación para el proletariado de tomar el poder utilizándolo en medio de una falta de preparación ideológica y cultural: “tenemos suficiente poder político, absolutamente suficiente; a nuestra disposición tenemos también suficientes medios económicos, pero es insuficiente la capacitación de esa vanguardia de la clase obrera que está llamada a administrar directamente, a determinar, a deslindar los límites, a subordinar y no ser subordinada. Para esto solo hace falta capacitación, cosa que no tenemos. Esta es una situación sin precedentes en la historia…”.

A propósito del capitalismo de Estado que no hubo más remedio que aceptar, Lenin exhortaba al partido: “Sed capaces vosotros, comunistas, vosotros, obreros, parte consciente del proletariado que os habéis encargado de dirigir el Estado, sed capaces de hacer que Estado que tenéis en vuestras manos actúe a voluntad vuestra... el Estado se encuentra en nuestras manos, pero ¿ha actuado en la nueva política económica durante este año a nuestra voluntad? No. (…) ¿Y cómo ha actuado? Se escapa el automóvil de entre las manos; al parecer, hay sentada en él una persona, que lo guía, pero el automóvil no marcha hacia donde lo guían, sino donde lo conduce alguien, algo clandestino, o algo que está fuera de la ley, o que Dios sabe de dónde habrá salido, o tal vez unos especuladores, tal vez unos capitalistas privados o tal vez unos y otros; pero el automóvil no marcha justamente como se lo imagina el que va sentado al volante, y muy a menudo marcha de manera completamente distinta”.

Lenin, al plantear la tarea de “construir el comunismo con manos no comunistas”, no hacía sino retomar uno de los elementos del problema central que debía resolver la Revolución proletaria. Al afirmar que el partido debía dirigir por el camino marcado por él la economía que gestionaban “otros”, lo que hacía era oponer la función del partido a la función, divergente, del aparato estatal.

Salvar la Revolución rusa y mantenerla en los raíles de la revolución mundial no era algo condicionado por la ausencia de la mala hierba burocrática –tumor que acompaña inevitablemente el período transitorio– sino por la presencia vigilante de organismos proletarios en los que pudiera ejercerse la actividad educadora del Partido, a la vez que conservaba, a través de la Internacional, la visión de sus tareas internacionalistas. Este problema capital no pudieron resolverlo los bolcheviques a causa de una serie de circunstancias históricas y porque no disponían todavía del capital experimental y teórico indispensable. La aplastante presión de los acontecimientos contingentes les hizo perder de vista la importancia que podía tener la conservación de Soviets y Sindicatos como organizaciones existentes junto al Estado, controlándolo pero sin incorporarse en él.

La experiencia rusa no pudo demostrar en qué medida los Soviets habrían podido ser, según la expresión de Lenin “la organización de los trabajadores y de las masas explotadas, a quienes los soviets darían la posibilidad de organizar y gobernar el Estado por sí mismos”; en qué medida habrían podido concentrar “el legislativo, el ejecutivo y lo judicial”, si el centrismo ([1]) no los hubiera castrado de su potencia revolucionaria.

Haya sido como haya sido su destino, los Soviets aparecieron como la forma en Rusia de la dictadura del proletariado, pero no como algo específico, pues adquirieron un valor internacional. Lo adquirido, desde un punto de vista experimental, es que, en la fase de destrucción de la sociedad zarista, los Soviets fueron el armazón de la organización armada con la que los obreros rusos sustituyeron la maquinaria burocrática y militar y la autocracia y que después dirigirían contra la reacción de las clases expropiadas.

En cuanto a los sindicatos, su función quedó alterada en el proceso mismo de degeneración de todo el aparato de la dictadura proletaria. En la Enfermedad infantil del ‘izquierdismo’ en el comunismo (1920), Lenin ponía de relieve toda la importancia de los sindicatos mediante los cuales “el partido está ligado de manera estrecha a la clase y a las masas y a través del cual se ejerce, bajo la dirección del partido, la dictadura de clase”. Al igual que antes de la conquista del poder :
“el partido debe consagrarse más, y de un modo nuevo y no sólo por los procedimientos antiguos, a educar a los sindicatos, a dirigirlos, sin olvidar a la vez que éstos son y serán durante mucho tiempo una necesaria “escuela de comunismo”, una escuela preparatoria de los proletarios para la realización de su dictadura, la asociación indispensable de los obreros para el paso gradual de la dirección de toda la economía del país a manos de la clase obrera (y no de unas u otras profesiones), primero, y a manos de todos los trabajadores, después”.

La cuestión del papel de los sindicatos tomó una amplitud a finales de 1920. Trotski, basándose en la experiencia que había realizado en el ámbito de los transportes, consideraba que los sindicatos  debían ser organismos de Estado encargados de mantener la disciplina del trabajo y asegurar la organización de la producción, llegando incluso a proponer su supresión, pretendiendo que en un Estado obrero, eran una repetición de los órganos del Estado…!

La discusión volvió a saltar en el Xº Congreso del Partido, en marzo de 1921, bajo la presión de los acontecimientos (Cronstadt). La idea de Trotski chocó tanto con la Oposición obrera, dirigida por Shliápnikov y Kolontai, que proponía que se confiara a los sindicatos la gestión y la dirección de la producción, como con la de Lenin, quien consideraba la estatalización de los sindicatos como algo prematuro, estimando que “al no ser obrero el Estado,  sino obrero y campesino con numerosas deformaciones burocráticas”, los sindicatos tenían que defender los intereses obreros contra dicho Estado. Pero en la tesis defendida por Lenin se recalcaba que el desacuerdo con la tesis de Trotski no era por cuestiones de principio, sino que se debía a consideraciones circunstanciales.

El que Trotski saliera derrotado  en ese Congreso, no significó, ni mucho menos, que la confusión se hubiera disipado sobre el el papel que los sindicatos debían desempeñar en la dictadura proletaria. En efecto, las tesis del IIIer Congreso de la Internacional comunista (IC) reproducían esa confusión diciendo, por un lado, que:
“antes, durante y después de la conquista del poder, los sindicatos siguen siendo una organización más amplia, más masiva, más general que el partido y, con relación a éste, desempeñan, en cierto modo, la misma función que la circunferencia respecto al centro”,

y también que :
“los comunistas y los simpatizantes deben formar dentro de los sindicatos agrupaciones comunistas enteramente subordinadas al partido comunista en su conjunto”.

Y además:
“tras la conquista y el afianzamiento del poder proletario, la acción de los sindicatos se desplaza sobre todo hacia el ámbito de la organización económica, dedicando casi todas sus fuerzas a construir el edificio económico sobre bases socialistas, convirtiéndose así en una verdadera escuela práctica de comunismo”.

Se sabe que, después, lo que pasó fue que los sindicatos no solo perdieron todo control sobre la dirección de las empresas, sino que se convirtieron en organismos encargados de incrementar la producción y no de defender los intereses de los obreros. En “compensación”, el reclutamiento administrativo de la industria se hizo entre los dirigentes sindicales. El derecho de huelga se mantuvo “en teoría”, pero, en los hechos, las huelgas se enfrentaban a la oposición de direcciones sindicales.

El criterio firme que sirve de punto de apoyo para los marxistas para afirmar que el Estado soviético es un Estado degenerado, que ha perdido toda función proletaria, que se ha pasado al servicio del capitalismo mundial, se basa en esa verificación histórica de que la evolución del Estado ruso, de 1917 a 1936, no ha tendido, ni mucho menos, hacia su extinción, sino todo lo contrario, se fue orientando hacia su reforzamiento. Todo ello ha conducido, inevitablemente, a hacer de ese Estado un instrumento de opresión y de explotación de los obreros rusos. Asistimos a un fenómeno totalmente nuevo en la historia, resultado de una situación histórica sin precedentes: la existencia en el seno de la sociedad capitalista de un Estado proletario basado en la colectivización de los medios de producción, pero en el que se desarrolló un sistema social basado en una explotación desmedida de la fuerza de trabajo, sin que esa explotación pueda vincularse al predominio de una clase poseedora de los derechos jurídicos sobre la producción en la que ejercería su capacidad de decisión. Esa “paradoja” social no puede explicarse diciendo que existe una burocracia erigida en clase dominante (son dos nociones que se excluyen mutuamente desde el punto de vista del materialismo histórico); pero sí debe ser la expresión de una política que entregó el Estado ruso en manos de la ley que rige la evolución del capitalismo mundial que desemboca en la guerra imperialista. En el capítulo dedicado a la gestión de la economía proletaria, hemos de volver sobre el aspecto concreto de esa característica esencial de la degeneración del Estado soviético, según la cual el proletariado ruso es la víctima no sólo de una clase explotadora nacional, sino de la clase capitalista mundial; tal situación económica y política contiene evidentemente todas las primicias capaces de provocar mañana, en medio de la tormenta de la guerra imperialista, la restauración del capitalismo en Rusia, si le proletariado ruso no logra, con la ayuda del proletariado internacional, barrer todas las fuerzas que lo habrán precipitado al borde de la masacre.

Recordando lo que hemos dicho sobre las condiciones y el contexto histórico en los que nació el Estado proletario, es evidente que su extinción no puede concebirse como algo autónomo limitado al marco nacional, sino solo como expresión del desarrollo de la Revolución mundial.

El Estado soviético no podía extinguirse desde el momento en que el partido y la Internacional habían dejado de considerar la Revolución rusa como etapa o eslabón de la revolución mundial, otorgándole al contrario la tarea de construir el llamado “socialismo en un solo país”. Eso explica por qué el peso específico de los órganos estatales y la explotación de los obreros rusos se incrementaron con el desarrollo de la industrialización y de las fuerzas económicas, por qué la “liquidación de las clases” determinó no el debilitamiento del Estado, sino su fortalecimiento, expresándose en el restablecimiento de las tres fuerzas que forman el armazón del Estado burgués: la burocracia, la policía y el ejército permanente.

Esos hechos sociales no demuestran, ni mucho menos, que la teoría marxista sea falsa, una teoría que basa la revolución proletaria en la colectivización de las fuerzas productivas y la necesidad del Estado transitorio y de la dictadura del proletariado. Esos hechos son el fruto amargo de una situación histórica que impidió a los bolcheviques y a la Internacional someter el Estado a una política internacionalista y que, al contrario, hizo de ellos servidores del Estado contra el proletariado, metiéndolos en el camino del socialismo nacional. Los bolcheviques no consiguieron, en medio de las enormes dificultades que los acorralaban, formular una política que los hubiese protegido contra la confusión que se estableció entre el aparato estatal de represión, (que solo habría debido dirigirse contra las clases destituidas) y las organizaciones de clase del proletariado que habrían debido ejercer su control sobre la gestión administrativa de la economía. La desaparición de esos organismos obligó al Estado proletario, a causa de la realización del programa nacional, a dirigir sus organismos represivos tanto contra el proletariado como contra la burguesía para así asegurar el funcionamiento del aparato económico. El Estado, “calamidad inevitable” se volvió contra los obreros, a pesar de que nada justifica, por muy necesario que sea el “principio de autoridad” durante el período transitorio, el uso de la coacción burocrática.

El problema estribaba precisamente en no ensanchar más todavía el desfase entre la falta de preparación política y cultural del proletariado mismo y la obligación que el curso histórico le imponía de tener que gestionar un Estado. La solución debía tender, al contrario, a resolver esa contradicción.

Con Rosa Luxemburg nosotros afirmamos que en Rusia podía plantearse la cuestión de la forma de existencia del Estado proletario y la edificación del socialismo, pero no podía resolverse. Les incumbe a las fracciones marxistas extraer de la Revolución rusa las lecciones esenciales que permitirán al proletariado, en la oleada de las nuevas revoluciones, resolver los problemas de la revolución mundial y la instauración del comunismo.

(Continuará)

 

[1]) En la época en que se escribió este artículo (1936), la Izquierda italiana empleaba el término “centrismo” para designar lo que ya era la contrarrevolución, o sea el estalinismo (ndt).