La lucha de clases contra la guerra imperialista - Las luchas obreras en Italia 1943

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La lucha de clases contra la guerra imperialista

Las luchas obreras en Italia 1943

En la historia del movimiento obrero y en la lucha de clases, la guerra imperialista siempre ha sido una cuestión fundamental. No es por casualidad. En la guerra se concentra toda la barbarie de esta sociedad. Y con la decadencia histórica del capitalismo, la guerra es la demostración de la incapacidad del sistema de ofrecer a la humanidad la menor posibilidad de desarrollo, llegando incluso a poner en peligro su supervivencia misma. Al ser una expresión de lo más patente de la barbarie que puede llegar a engendrar el sistema capitalista, la guerra también es un factor poderoso en la toma de conciencia y la movilización de la clase obrera. De esto hemos tenido durante este siglo manifestaciones de primera importancia con las dos guerras mundiales. La respuesta del proletariado a la Primera Guerra mundial es bastante conocida. Lo son mucho menos, en cambio, las expresiones de la lucha de clases que también hubo durante la Segunda Guerra mundial, especialmente en Italia. Cuando de ellas hablan los historiadores y otros propagandistas lo hacen para intentar demostrar que las huelgas de 1943 en Italia habrían sido los inicios de la resistencia «antifascista». Este año de 1993, en el 50 aniversario de esos acontecimientos, los sindicatos italianos no han perdido la ocasión, en medio de sus celebraciones nacionalistas y patrioteras,  de sacar de nuevo a relucir esa mentira. Escribimos este artículo para rechazar esas mentiras y reafirmar la capacidad de la clase para responder a la guerra imperialista en su propio terreno.

1943: el proletariado italiano se opone a los sacrificios de la guerra

Ya en la segunda mitad del año 1942 había habido huelgas esporádicas contra el racionamiento y por aumentos de salarios en las grandes factorias del norte de Italia. Eso ocurría en un tiempo en que no estaba decidido, ni mucho menos, de qué lado sería la victoria; en un tiempo en el que el fascismo aparecía sólidamente instalado en el poder. Ésas habían sido las primeras escaramuzas ocasionadas por el descontento que la guerra había engendrado en las filas proletarias a causa de los sacrificos que imponía.

El 5 de marzo de 1943 se inicia la huelga en la factoría Mirafiori de Turín, extendiéndose en unos cuantos días a otras fábricas y reuniendo así a decenas de miles de obreros. Las reivindicaciones son muy claras y sencillas: aumento de las raciones de víveres, subidas de salarios y... fin de la guerra. A lo largo de aquel mes, la agitación alcanza a las grandes fábricas de Milán, a Lombardía entera, a Liguria y otras regiones de Italia.

La respuesta del poder fascista fue una de cal y otra de arena, el palo y la zanahoria: detenciones de los obreros más destacados y a la vez concesiones respecto a las reivindicaciones más inmediatas. Por mucho que Mussolini creyera que tras las huelgas estaban las fuerzas antifascistas, no podía permitirse el lujo de provocar la extensión de la cólera obrera. Sus sospechas tenían, sin embargo, poco fundamento, pues las huelgas fueron totalmente espontáneas, surgen de las bases obreras y de su descontento contra los sacrificios que la guerra impone. Esto es tan cierto que hasta los obreros «fascistas» participan en las huelgas.

«Lo propio de aquella acción fue su carácter de clase que, en el plano histórico, otorga a las huelgas de 1943-44 una fisonomía propia, unitaria, típica, incluso en relación con la acción general llevada a cabo unitariamente por los comités de liberación nacional»([1]).

«Haciendo valer mi prestigio de viejo líder sindical, afronté a miles de obreros que reanudaron inmediatamente el trabajo, pero los fascistas se comportaron de manera totalmente pasiva y eso, desgraciadamente, cuando no fomentaron, en algunos casos, las huelgas. Esto fue lo que me impresionó enormemente»([2]).

El comportamiento de los obreros no sólo impresionó a los jerarcas fascistas, sino a la burguesía italiana entera. Todos ellos veían renacer en las huelgas el espectro proletario, un enemigo mucho más peligroso que los adversarios del otro lado del campo de batalla. La burguesía comprende con esas huelgas que el régimen fascista es incapaz de contener la cólera obrera y prepara su sustitución y la reorganización de sus fuerzas «democráticas».

El 25 de julio, el rey destituye a Mussolini, manda arrestarlo y encarga al mariscal Badoglio que forme un nuevo gobierno. Una de las primeras preocupaciones de ese gobierno va a ser la refundación de unos sindicatos «democráticos» que sirvan para canalizar las reivindicaciones de los obreros, los cuales, durante ese tiempo, habían creado sus propios órganos para dirigir el movimiento, estando así libres de todo control. El ministro de los Gremios (pues así seguían llamándose), un tal Leopoldo Picardi, hace liberar al viejo dirigente sindical socialista Bruno Buozzi, proponiéndole el cargo de delegado de organizaciones sindicales. Buozzi pide, obteniéndolo, que se nombre como subdelegados al comunista Roveda y al cristiano Quadrello. La burguesía ha sabido escoger, pues Buozzi es bien conocido por haber participado en las huelgas de 1922 (movimiento de ocupación de fábricas, especialmente en el Norte), durante el cual él había demostrado su fidelidad a la burguesía haciéndolo todo por atajar los avances del movimiento.

Pero los obreros hacen oídos sordos a la democracia burguesa y a sus promesas. Si se habían opuesto al régimen fascista fue ante todo porque estaban hartos de los sacrificios que les imponía la guerra. Y el gobierno de Badoglio les pedía que siguieran soportándolos.

Así, a mediados de agosto de 1943, los obreros de Turín y de Milán vuelven a ponerse en huelga exigiendo, con más fuerza que antes todavía, el fin de la guerra. Las autoridades locales responden una vez más con la represión, pero lo que será todavía más eficaz fue el viaje de Piccardi, Buozzi y Roveda al Norte para allí entrevistarse con los representantes de los obreros y convencerlos de que reanuden el trabajo. Antes incluso de haber reconstruido sus organizaciones, los sindicalistas del régimen «democrático» empezaban a hacer su sucia labor contra los obreros.

Acorralados por la represión, las concesiones y las promesas, los obreros reanudan el trabajo en espera de los acontecimientos. Estos se precipitan. Ya en julio habían desembarcado los aliados en Sicilia; el 8 de septiembre, Badoglio firma con ellos el armisticio, huye al Sur con el Rey y exhorta a la población a seguir la guerra contra nazis y fascistas. Tras alguna que otra manifestación de entusiasmo, se produce la desmovilización en el desorden. Muchos soldados se deshacen del uniforme, vuelven a casa o se esconden.

Los obreros, aunque no son capaces de izar su propia bandera de clase, no aceptan empuñar las armas contra los alemanes y reanudan el trabajo preparándose a presentar sus reivindicaciones inmediatas contra los nuevos patronos de Italia del norte. En efecto, Italia queda dividida en dos: en el Sur, están las tropas aliadas y una apariencia de gobierno legal; en el norte, en cambio, los fascistas vuelven otra vez al poder, o, más bien, las tropas alemanas.

Pero, aun sin participación popular, la guerra sigue de hecho. Los bombardeos aliados sobre el Norte de Italia se endurecen y las condiciones de vida de los obreros se deterioran todavía más. Y es así como en noviembre-diciembre los obreros reanudan el camino de la lucha, enfrentándose esta vez a una represión todavía más dura. Además de las detenciones, planea ahora sobre ellos una nueva amenaza: la deportación a Alemania. Los obreros defienden valientemente sus reivindicaciones. En noviembre, los obreros de Turín se ponen en huelga y sus reivindicaciones son satisfechas en gran parte. A principios de diciembre les toca a los obreros de Milán ponerse en huelga: promesas y amenazas de las autoridades alemanas. El episodio siguiente es significativo: «A las 11h30 llega el general Zimmerman y da la orden siguiente: “quienes no reanuden el trabajo deben salir de las empresas; y quienes salgan serán considerados enemigos de Alemania”. Todos los obreros abandonaron las fábricas» (según un periódico clandestino del PC citado por Turone). En Génova, el 16 de diciembre, los obreros ocupan las calles. Las autoridades alemanas utilizan la mano dura y se producen enfrentamientos con muertos y heridos, enfrentamientos que prosiguen con la misma dureza durante el mes de diciembre por toda Liguria.

Es la señal del cambio de tornas: el movimiento se va debilitando de hecho, debido, entre otras cosas, a la división de Italia en dos partes. Las autoridades alemanas, con dificultades en el frente, no pueden seguir tolerando que se interrumpa la producción y se deciden a enfrentarse resueltamente a la clase obrera (una clase obrera que estaba también empezando a resurgir con huelgas en Alemania misma). Y el movimiento empieza a perder su carácter espontáneo y de clase. Las fuerzas «antifascistas» procuran dar a las reivindicaciones obreras el carácter de lucha de «liberación». Este fenómeno se ve favorecido por el hecho de que muchos obreros de vanguardia, para escapar a la represión, se ocultan en los montes en donde son alistados por las guerrillas de partisanos. Aunque todavía habrá huelgas en la primavera de 1944 y 1945, la clase obrera desde entonces había perdido la iniciativa.

Las huelgas de 1943: lucha de clases y no guerra antifascista

La propaganda burguesa procura presentar todo el movimiento de huelgas de 1943 a 1945 como una lucha antifascista. Los pocos elementos que hemos recordado ya demuestran que no fue así ni mucho menos. Los obreros luchaban contra la guerra y los sacrificios que imponía. Y para ello, los obreros se enfrentaron a los fascistas cuando éstos estaban oficialmente en el poder (en marzo), contra el gobierno, que ya no es oficialmente fascista, de Badoglio (en agosto), contra los nazis, cuando éstos son los que de verdad mandan en el norte de Italia (diciembre).

Lo que sí es cierto, sin embargo, es que las fuerzas «democráticas» y la izquierda de la burguesía, el PCI a su cabeza, intentaron desde el principio desnaturalizar el carácter de clase de la lucha obrera para desviarla hacia el terreno burgués de la lucha patriótica y antifascista. A esa labor le dedicaron sus mayores esfuerzos. Sorprendidas por el carácter espontáneo del movimiento, las fuerzas «antifascistas» se vieron obligadas a seguirlo, intentando durante las huelgas mismas infiltrar sus consignas «antifascistas» entre las de los huelguistas. Los militantes locales de esas fuerzas fueron a menudo incapaces de realizar tales infiltraciones recibiendo las consiguientes broncas de los dirigentes de sus partidos. Enfangados en su lógica burguesa, los jerifaltes de esos partidos eran incapaces de entender que para los obreros el enfrentamiento siempre lo es contra el capital sea cual sea la forma de éste.

«Recordemos cuántas fatigas nos costó al principio de la lucha de liberación el convencer a los obreros y a los campesinos sin formación comunista (¡sic!), que comprendían que había que luchar contra los alemanes, claro está, pero que decían: “para nosotros, que los patronos sean italianos o sean alemanes no hay gran diferencia”»([3]).

Mal que le pese al señor Sereni, los obreros comprendían perfectamente que su enemigo era el capitalismo y que era contra ese sistema contra lo que había que luchar, fuera cual fuera la forma con la que se presentaba. Otros señores como Sereni al igual que los fascistas a quienes combatían, la burguesía entera, también sabían perfectamente que esa lucha obrera era el mayor peligro que debían atajar.

Claro está que el proletariado necesita la lucha política para alcanzar su verdadera emancipación. El problema es saber qué política necesita, en qué terreno, con qué perspectiva. La política de la lucha «antifascista» era una política plenamente patriótica y nacional-burguesa, que no ponía en entredicho el poder del capital. Y en cambio, aún embrionaria, la más sencilla reivindicación de “pan y paz”, llevada hasta sus últimas consecuencias, cosa que los obreros italianos no lograron hacer, contenía en sí misma la perspectiva de la lucha contra el capitalismo, sistema incapaz de dar ni una cosa ni la otra.

En el 43, la clase obrera demostró una vez más
su naturaleza antagónica con el capital...

«Pan y paz», consigna simple e inmediata que hizo temblar a la burguesía poniendo en peligro sus propósitos imperialistas. Pan y paz había sido la consigna que hiciera moverse al proletariado ruso en 1917, consigna que sirvió de arranque hasta la revolución que lo llevó al poder en octubre. En 1943 tampoco faltaron grupos obreros que en las huelgas proponían la consigna de que se formaran soviets. Se sabe muy bien que para una gran parte de los obreros, la participación en la Resistencia no era un acto patriótico sino una acción anticapitalista, como así ha sido reconocido incluso en la reconstrucción de los partidos «antifascistas».

Y, en fin, el miedo de la burguesía estaba justificado por el hecho de que también se estaban produciendo movimientos de huelga en Alemania en aquel mismo año de 1943, movimientos que más tarde afectarían a Grecia, Bélgica, Francia y Gran Bretaña([4]).

Con esos movimientos, la clase obrera volvía al escenario social, amenazando el poder de la burguesía. La clase obrera ya lo había logrado en 1917 cuando la revolución rusa había obligado a los beligerantes a poner fin, prematuramente para éstos, a la guerra mundial, para así enfrentarse, todos unidos, al peligro proletario que desde Rusia podía extenderse a Europa entera.

Como hemos visto, las huelgas en Italia aceleraron la caída del fascismo y la salida de Italia de la guerra. Por su acción, la clase obrera también confirmó en la Segunda Guerra mundial que era la única fuerza social capaz de oponerse a la guerra. Contrariamente al pacifismo pequeñoburgués, que se manifiesta para «pedir» al capitalismo que sea menos belicoso, la clase obrera, cuando actúa en su propio terreno de clase, pone en entredicho el poder mismo del capitalismo y, por lo tanto, que este sistema pueda seguir con sus campañas guerreras. Potencialmente, las huelgas del 43 llevaban en sí la misma amenaza que en 1917: la perspectiva de un proceso revolucionario del proletariado.

Las fracciones revolucionarias de entonces captaron esa posibilidad, sobrevalorándola. Lo hicieron todo por favorecerla. En agosto de 1943, en Marsella, la Fracción italiana de la Izquierda comunista (que publicaba la revista Bilan antes de la guerra), superando las dificultades que había vivido al iniciarse la guerra, mantuvo, junto con el núcleo francés de la Izquierda comunista que acababa de formarse, una conferencia basándose en el análisis de que los acontecimientos de Italia habían abierto una fase prerrevolucionaria- Para ella era el momento de «transformar la fracción en partido» y regresar a Italia para atajar los intentos de los falsos partidos obreros por «amordazar la conciencia revolucionaria» del proletariado. Empezaba así una gran labor de defensa del derrotismo revolucionario que llevó a la Fracción a difundir, en junio de 1944, una hoja a los obreros de Europa alistados en los diferentes ejércitos en guerra para que confraternizaran y volvieran su lucha contra el capitalismo, fuera éste democrático o fascista.

Los camaradas que estaban en Italia se reorganizaron también y, basándose en un análisis similar al de Bilan, fundaron el Partido comunista internacionalista. Esta organización inició también una labor de derrotismo revolucionario, combatiendo el patriotismo de las formaciones partisanas y haciendo propaganda por la revolución proletaria([5]).

Cincuenta años después, aunque debemos recordar con orgullo la labor y el entusiasmo de aquellos camaradas, de entre los cuales algunos perdieron la vida por ello, debemos también reconocer que el análisis en el que se basaban era erróneo.

... pero la guerra no es la situación más favorable
para la realización de un proceso revolucionario

Los movimientos de lucha que hemos recordado y, especialmente, los de 1943 en Italia, son la prueba indiscutible del retorno del proletariado a su terreno de clase y del inicio de un posible proceso revolucionario. El desenlace no fue, sin embargo, el mismo que el del movimiento surgido contra la guerra en 1917. El movimiento de 1943 en Italia no logró parar la guerra y menos todavía desembocar en un proceso revolucionario, como así había ocurrido en Rusia primero, en Alemania después con la Primera Guerra mundial.

Las causas de esta derrota son múltiples, algunas son de orden general y otras específicas de la situación en que se desarrollaban los acontecimientos.

En primer lugar, aunque es cierto que la guerra empuja al proletariado a actuar de manera revolucionaria, eso es así sobre todo en los países vencidos. El proletariado de los países vencedores permanece en general más sometido ideológicamente a la clase dominante, lo cual desfavorece la indispensable extensión mundial que el poder proletario necesita para sobrevivir como se necesita el aire para respirar. Además, aunque la lucha logre imponer la paz a la burguesía, a la vez pierde las condiciones extraordinarias que la hicieron surgir. En Alemania por ejemplo, el movimiento revolucionario que condujo al armisticio de 1918 sufrió enormemente, tras dicho armisticio, de la presión ejercida por toda una parte de los soldados que, de regreso del frente, sólo tenían un deseo: volver a casa, disfrutar de una paz tan deseada y conquistada a tan alto precio. En realidad, la burguesía alemana había aprendido la lección de la revolución en Rusia, en donde la continuación de la guerra por el gobierno provisional sucesor del régimen zarista después de febrero de 1917, había sido el mejor acicate de un movimiento revolucionario en el que precisamente los soldados habían desempeñado un papel fundamental. Por eso firmó el gobierno alemán el armisticio con la Entente el 11 de noviembre, dos días después de que se iniciaran los motines en la marina de guerra en Kiel.

En segundo lugar, la burguesía va a aprovecharse de esas enseñanzas del pasado para el período anterior a la Segunda Guerra mundial. La clase dominante no se lanza a la guerra hasta no estar segura de que el proletariado estaba total e ideológicamente alistado para ella. La derrota del movimiento revolucionario de los años 20 había hundido al proletariado en el mayor de los desconciertos, a la desmoralización se le habían añadido las mentiras del «socialismo en un solo país» y de «la defensa de la patria socialista». Ese desconcierto dejó cancha a la burguesía para organizar un ensayo general de la guerra mundial gracias a la guerra de España, en la cual la excepcional combatividad del proletariado español fue desviada hacia el terreno de la lucha antifascista, a la vez que el estalinismo conseguía arrastrar igualmente a ese terreno a batallones importantes del resto del proletariado europeo.

En fin, en plena  guerra misma, cuando a pesar de todas esas dificultades que ya conocía desde el principio, el proletariado empezó a actuar en su terreno de clase, la burguesía tomó de inmediato sus medidas.

En Italia, donde el peligro era mayor, la burguesía, como hemos visto, se dio prisa en cambiar de régimen y, después, de alianzas. En otoño de 1943, Italia queda dividida en dos, el sur en manos de los aliados y el resto en las de los nazis. Siguiendo los consejos de Churchill («Hay que dejar a Italia cocerse en su propia salsa»), los aliados retrasaron el avance hacia el norte, obteniendo así un doble resultado: por un lado dejaban al ejército alemán el cuidado de reprimir el movimiento proletario; por otro lado, se dio así a las fuerzas antifascistas la tarea de desviar el movimiento del terreno de clase de la lucha anticapitalista hacia el de la lucha antifascista. Al cabo de poco menos de un año esa operación logró sus objetivos. A partir de entonces, la actividad del proletariado, aunque siguiera reivindicando mejoras inmediatas, dejó de ser autónoma. Así, además, para los proletarios, la única razón de la continuación de la guerra era la ocupación nazi, lo cual iba a servir plenamente la propaganda de las fuerzas antifascistas.

En Alemania, gracias a la experiencia de la primera posguerra, la burguesía mundial llevó a cabo una acción sistemática para que no ocurrieran hechos parecidos a los de 1918-19. Para empezar, poco antes del final de la guerra, los aliados se dedicaron a la exterminación masiva y sistemática de las poblaciones de los barrios obreros mediante bombardeos sin precedentes de las grandes ciudades como Hamburgo y Dresde en donde, el 13 de febrero de 1945, 135 000 personas (el doble que en Hiroshima) perecieron bajo las bombas. Esos objetivos carecían del más mínimo valor militar (además, los ejércitos del Reich alemán ya estaban en plena desbandada). De lo que se trataba en realidad era de aterrorizar e impedir la más mínima organización del proletariado. En segundo lugar, los aliados rechazaron toda idea de armisticio mientras no hubieran ocupado la totalidad del territorio alemán. Era primordial para ellos el administrar directamente un territorio en el que la burguesía alemana vencida podía resultar incapaz de controlar sola la situación. En fin, tras la capitulación de esta última y en estrecha colaboración con ella, los aliados guardaron durante largos meses a los prisioneros de guerra alemanes para así evitar la mezcla explosiva que hubiera podido provocar su encuentro con la población civil.

En Polonia, durante la segunda mitad de 1944, fue el Ejército rojo el que dejó hacer a las fuerzas nazis la sucia tarea de aplastar a los obreros insurrectos de Varsovia. El Ejército rojo estuvo esperando durante meses a unos cuantos kilómetros de Varsovia a que las tropas alemanas ahogaran la revuelta. Y lo mismo ocurrió en Budapest a principios de 1945.

Así, en toda Europa, la burguesía, gracias a su experiencia de 1917, alertada por las primeras huelgas obreras, no esperó a que el movimiento creciera y se reforzara: mediante la represión sistemática por un lado, la labor de desvío de las luchas por las fuerzas estalinistas y antifascistas, consiguió bloquear la amenaza proletaria impidiéndole ir en aumento.

50 años después de 1943, el proletariado debe sacar las lecciones

El proletariado ni consiguió parar la Segunda Guerra mundial, ni logró desarrollar un movimiento revolucionario. Pero como en todas las batallas del proletariado, las derrotas pueden transformarse en armas para los combates de mañana si el proletariado sabe sacar las lecciones justas. Les incumbe a los revolucionarios ser los primeros en poner de relieve esas lecciones, identificándolas claramente. Un trabajo así exige que, basándose en una profunda asimilación de la experiencia del movimiento obrero, no queden los revolucionarios prisioneros de esquemas del pasado, como eso ocurre todavía a grupos del medio proletario como el PCInt (Battaglia communista) y las diferentes capillas del ámbito bordiguista.

He aquí, muy brevemente, las principales lecciones que hay que despejar de la experiencia proletaria desde hace medio siglo.

Contrariamente a lo que pensaban los revolucionarios del pasado, la guerra generalizada no crea las mejores condiciones para la revolución proletaria. Eso es tanto más cierto hoy en día, cuando existen unos medios de destrucción que harían de un eventual conflicto mundial algo tan asolador que impediría la menor reacción proletaria y eso si no acarrea la destrucción de la humanidad. Si hay una lección que los proletarios deben sacar de su experiencia pasada es que para luchar contra la guerra hoy deberán actuar antes de una guerra mundial, pues durante ella sería demasiado tarde.

Hoy no existen todavía las condiciones para un conflicto mundial. Por un lado, el proletariado no está lo bastante alistado para que la burguesía pueda desencadenar un conflicto así, que es la única salida que es capaz de dar la clase dominante a su crisis económica. Por otro lado, aunque, como la ha señalado la CCI, el desmoronamiento del bloque del Este ha abierto una tendencia a la formación de dos nuevos bloques imperialistas, éstos no existen por ahora como tales, y sin ellos es imposible que haya guerra mundial.

Eso no quiere decir ni mucho menos que la tendencia a la guerra no exista y menos todavía que no haya guerras. Desde la guerra del Golfo en 1991 a la de la ex Yugoslavia de hoy, pasando por tantos y tantos conflictos por el mundo, hay de sobra ejemplos para comprender que el hundimiento del bloque del Este no ha abierto, ni mucho menos, un período de «nuevo orden mundial». Ha dado paso, al contrario, a un período de inestabilidad creciente, período que desembocaría en un nuevo conflicto mundial o en la desaparición de la sociedad en su propia descomposición, si el proletariado no ataja ese proceso gracias a su acción revolucionaria.

El factor más poderoso hoy en día de concientización es la quiebra del capitalismo, es la crisis económica, una crisis económica catastrófica que no podrá solucionarse en el capitalismo. Esos son los dos factores que crean las mejores condiciones para el crecimiento revolucionario de la lucha proletaria. Y esto sólo será posible si los revolucionarios mismos saben abandonar las viejas ideas del pasado y adaptar su intervención a las nuevas condiciones históricas.

Helios


[1] Sergio Turone, Storia del sindacato en Italia.

[2] Declaraciones del Subsecretario Tullio Cianetti, citado en el libro de Turone.

[3] E. Sereni, dirigente en aquel entonces del PCI en el Gobierno del CL, citado por Romolo Gobbi en Operai e resistenza. Este libro, aunque muy impregnado por las posiciones consejistas y apolíticas del autor, muestra bien el carácter anticapitalista y espontáneo del movimiento de 1943, del mismo modo que también demuestra muy bien, a través de las múltiples citas sacadas de los archivos del PCI (Partido comunista italiano), el carácter nacionalista y patriótico de dicho partido.

[4] Para más detalles sobre este período, véase  Danilo Montaldi, Saggio sulla politica comunista in Italia, edizioni Quaderni piacentini.

[5] Sobre la actividad de la Izquierda comunista durante la guerra, ver nuestro libro La Izquierda comunista de Italia, 1927-1952.