Polémica con Battaglia communista sobre la guerra imperialista II - El rechazo de la noción de decadencia lleva a la desmovilización del proletariado frente a la guerra

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La corriente bordiguista forma parte, sin lugar a dudas, del campo proletario. Sobre varias cuestiones esenciales, defiende firmemente los principios políticos de la Izquierda comunista, que luchó contra la degeneración de la IIIª Internacional en los años 20 y que, tras su exclusión de ésta, prosiguió su combate en defensa de los intereses históricos de la clase obrera durante las terribles condiciones de la contrarrevolución. Esto se verifica particularmente en lo que se refiere a guerra imperialista. En la primera parte de este artículo, pusimos de relieve este hecho por lo que se refiere a una organización de esta corriente, que publica Il Comunista en Italia y la revista Programme communiste en Francia (PC). Sin embargo, apoyándonos en los textos de esta organización, también demostramos de qué forma la ignorancia de la noción de decadencia del capitalismo por parte de la corriente bordiguista la lleva a aberraciones teóricas sobre la cuestión de la guerra imperialista. Pero lo más grave de los errores teóricos de los grupos “bordiguistas” está en que acaban desarmando políticamente a la clase obrera. Es lo que vamos a demostrar en esta segunda parte.

Al final de la primera parte, citábamos una frase del PCI (PC no 92) particularmente significativa del peligro contenido por su visión: «El resultado (de la guerra como manifestación de una racionalidad económica) es también que la lucha interimperialista y el enfrentamiento entre potencias rivales jamás podrá provocar la destrucción del planeta, porque no se trata de cualquier tipo de avidez excesiva, sino precisamente de la necesidad de evitar la sobreproducción. Destruido el excedente se para la máquina guerrera, sea cual sea el potencial destructor de las armas utilizadas, porque desaparecen las causas de la guerra». Poniendo al mismo nivel las guerras del siglo pasado (que efectivamente tenían una racionalidad económica), y las de este siglo (que han perdido la menor racionalidad), esta visión deriva directamente de la incapacidad de la corriente bordiguista a entender que el capitalismo, tal como lo dijo ya en sus tiempos la Internacional comunista, entró en su fase de decadencia con la Primera Guerra mundial. Sin embargo, resulta importante volver a este tema, no solo porque vuelve la espalda a la historia real de las guerras mundiales, sino porque además desmoviliza totalmente a la clase obrera.

Imaginación bordiguista e historia real

Es falso decir que ambas guerras mundiales acabaron porque desaparecieron las causas económicas que las habían hecho estallar. Aquí ya tendríamos que ponernos de acuerdo sobre las verdaderas causas económicas de las guerras. Sin embargo, y aun poniéndonos desde el punto de vista del PCI (que la guerra tiene como objetivo el destruir suficiente capital constante para poder recuperar una cuota suficiente de ganancias), ya podemos constatar que la historia real contradice la concepción imaginaria que de ella tiene esta organización.

Tomando como ejemplo el caso de la Primera Guerra mundial, afirmar tal barbaridad es una traición vergonzosa del combate que llevaron en aquel entonces Lenin y los internacionalistas, a no ser que se trate de una ignorancia profunda de los hechos históricos. Efectivamente, Lenin luchó desde agosto del 1914, en conformidad con la resolución adoptada en Stuttgart por el congreso de 1907 de la IIa Internacional –particularmente clara gracias a una enmienda presentada por Lenin y Rosa Luxemburgo– en conformidad también con el Manifiesto adoptado por el congreso de Basilea en 1912, para que los revolucionarios «utilicen con todas sus fuerzas la crisis económica y política provocada por la guerra para remover las capas populares más profundas y precipitar la caída de la dominación capitalista» (Resolución del congreso de Stuttgart). No iba diciendo a los obreros: «de cualquier modo, se acabará la guerra cuando se estanquen las causas económicas que la provocaron». Al contrario, insistía en que la única forma de acabar con la guerra imperialista, antes de que ésta provoque una hecatombe catastrófica para el proletariado y el conjunto de la civilización, era transformar la guerra imperialista en guerra civil. Battaglia está evidentemente de acuerdo con esta consigna, y también con la política de los internacionalistas durante aquella guerra. Pero a la vez, es incapaz de comprender que el guión que se ha montado sobre cómo termina una guerra imperialista generalizada no se realizó precisamente en 1917-18. La Primera Guerra mundial se acabó muy rápidamente porque el proletariado más poderoso del mundo, el proletariado alemán, se sublevó en 1918 contra ella y encauzó un proceso revolucionario tal como ya lo habían hecho un año antes los obreros rusos. Los hechos hablan: el día 9 de noviembre de 1918, tras varios meses de huelgas obreras en toda Alemania, se amotinan contra sus oficiales los marinos de Kiehl de la “Kriegmarine”, mientras que al mismo tiempo se desarrolla un proceso insurreccional en el proletariado: el día 11 del mismo mes, las autoridades alemanas firman el armisticio con los países de la Entente. La burguesía había entendido muy claramente la lección rusa, pues la decisión del gobierno provisional (surgido de la revolución de febrero del 17) de proseguir la guerra había sido el principal factor de movilización del proletariado hacia la salida revolucionaria de Octubre y la toma del poder por los soviets. La historia les daba razón a Lenin y los bolcheviques: fue la lucha revolucionaria del proletariado la que acabó con la guerra imperialista y no una no se sabe qué destrucción de excedentes mercantiles.

Contrariamente a la Primera Guerra mundial y desilusionando a muchos revolucionarios, la Segunda no abrió paso a una nueva oleada revolucionaria. Y por desgracia, tampoco fue la acción de la clase obrera la que acabó con ella. Sin embargo, no por eso se ha de deducir que se haya verificado aquí la visión abstracta de Battaglia. Si nos dedicamos a estudiar seriamente los hechos históricos, sin referirnos a los enfoques deformantes de los dogmas “invariantes” del bordiguismo, comprobaremos sin dificultades que el final de la guerra no tuvo nada que ver con una «destrucción suficiente del excedente». La guerra imperialista se acabó al ser destruido totalmente el potencial militar de los vencidos, y por la ocupación de su territorio por los vencedores. Una vez más, es Alemania quien nos da el ejemplo más explícito. Si los Aliados ocuparon cada pulgada del territorio alemán, repartiéndoselo en cuatro partes, las razones no fueron económicas sino sociales: la burguesía se acordaba de la Primera Guerra mundial. Sabía muy bien que no podía confiar en un gobierno vencido para mantener el orden social en las enormes concentraciones obreras de Alemania. Esto también lo afirma por cierto PC, de modo  que podemos una vez más dejar constancia de su incoherencia: «Durante los tres años 45-48, una crisis económica grave se desarrolla en todos los países europeos afectados por la guerra (¡anda! sin embargo, estos son los países en donde más capital constante había sido destruido –NDLR) (...) Se nota entonces que el marasmo de posguerra no hace diferencias entre vencedores y vencidos. Pero fuerte de su experiencia del primer posguerra, sabe muy bien la burguesía mundial que este marasmo puede hacer surgir llamaradas clasistas y revolucionarias. Esta ocupación no empezará a atenuarse en el sector occidental más que a partir de 1949, cuando se alejó el espectro del “desorden social”» (PC, no 91, p. 43).

Aquí, en nombre del “marxismo” y hasta de la dialéctica, PC nos hace la demostración de la visión materialista vulgar y mecanicista del estallido y del final de la guerra imperialista mundial.

Una visión esquemática del estallido de la guerra imperialista

El marxismo afirma que, en última instancia, son las infraestructuras de la sociedad las que determinan las superestructuras. Del mismo modo, el conjunto de hechos históricos, se refieran éstos a lo político, a lo militar o a lo social, tienen raíces económicas. Sin embargo, una vez más, esta determinación económica no se ejerce más que en última instancia, de forma dialéctica y no mecánica. Particularmente desde el principio del capitalismo, las guerras siempre han tenido un origen económico. Pero el vínculo entre los factores económicos y la guerra siempre ha sido presentado a través de una serie de factores históricos, políticos, diplomáticos, que han sido utilizados por la burguesía precisamente para ocultar a los proletarios el verdadero carácter de la guerra. Esto ya era verdad durante el siglo pasado, cuando la guerra aún tenía cierta racionalidad económica para el capital. Este es por ejemplo el caso de la guerra franco-prusiana de 1870.

Esta guerra no tiene meta económica inmediata para los prusianos (aunque claro está, el vencedor se permite cobrar del vencido 6 millones de francos-oro a cambio de que se marchen las tropas de ocupación). Fundamentalmente, la guerra de 1870 permite a Prusia realizar en torno a ella la unidad alemana (tras haber vencido a su rival austriaco en la batalla de Sadowa, en 1866). La anexión de Alsacia y Lorena no tiene ningún interés económico decisivo, no es sino el regalo de la boda entre diversas las entidades políticas alemanas. Y es precisamente a partir de esa unidad desde la que puede desarrollarse impetuosamente la nación capitalista que rápidamente alcanzará el nivel de mayor potencia económica europea, y que sigue manteniendo.

Por parte francesa, la opción de Napoleón III de lanzarse a la guerra está todavía menos determinada por una cuestión económica directa. Como lo denuncia Marx en aquel entonces, no se trata fundamentalmente para el monarca más que de llevar a cabo una guerra «dinástica» que permita al Segundo Imperio, si es victorioso, reforzar mucho más solidamente su posición dominante en la burguesía francesa (la cual, en su mayoría, sea republicana o monárquica, no tiene el menor apego por Napoleón III) y permitir que el hijo de Napoleón le suceda. Precisamente por esto Thiers, represente más lúcido de la clase capitalista, estaba opuesto a la guerra.

Cuando se examinan las causas del desencadenamiento de la Primera Guerra mundial, también se puede constatar hasta que punto el factor económico, que es evidentemente fundamental, sólo desempeña un papel indirecto. En el marco de este artículo no podemos extendernos sobre el conjunto de las ambiciones imperialistas de los diferentes protagonistas de esta guerra (los revolucionarios de principios de siglo dedicaron bastantes trabajos al tema). Baste recordar que lo principal que estaba en juego para los dos países de la Entente, Francia y Gran Bretaña, era la conservación de su imperio colonial frente a las ambiciones de Alemania, potencia en ascenso, cuyo potencial industrial carecía prácticamente de salidas mercantiles de tipo colonial. Por eso es por lo que, en última instancia, la guerra es para Alemania, que es el país que más empuja hacia el conflicto, como una especie de lucha por un nuevo reparto de mercados en un momento en que éstos están ya en manos de las potencias más antiguas. La crisis económica que empieza a despuntar a partir de 1913 es, evidentemente, un factor muy importante en la agudización de las rivalidades imperialistas, desembocando en el 4 de agosto de 1914. Sería, sin embargo, totalmente falso pretender (ningún marxista de aquel entonces lo pretendió) que la crisis había alcanzado tales cotas que el capital no podía hacer otra cosa para superarla sino desencadenar la guerra mundial con sus inmensas destrucciones.

En realidad, la guerra bien hubiera podido estallar ya en 1912, cuando la crisis de los Balcanes. Pero precisamente en aquel momento, la Internacional socialista había sabido movilizarse y movilizar a las masas obreras contra la amenaza de la guerra, sobre todo en el Congreso de Basilea, para que la burguesía renunciara a seguir avanzando por la senda del enfrentamiento generalizado. En cambio, en 1914, la razón principal por la que la burguesía puede desencadenar la guerra mundial no es tanto el nivel alcanzado por la crisis de sobreproducción, que distaba mucho del alcanzado hoy, por ejemplo. La razón principal es que el proletariado, endormecido por la idea de que la guerra había dejado de ser una amenaza, y, más en general, por la ideología reformista (propagada por el ala derecha de los partidos socialistas, que dirigía la mayoría de los partidos), no opuso la menor movilización seria frente a la amenaza que se cernía cada día más a partir del atentado de Sarajevo el 20 de junio de 1914. Durante un mes y medio, la burguesía de los principales países pudo comprobar sin problemas que tenía las manos libres para dar rienda suelta a la matanza. En especial, tanto en Alemania como en Francia, los gobiernos pudieron tomar contacto directo con los jefes de los partidos socialistas quienes les dieron muestras de su fidelidad y de su capacidad para arrastrar a los obreros a la carnicería. Esto no nos lo inventamos nosotros: son hechos que los revolucionarios de entonces, Rosa Luxemburg o Lenin, evidenciaron y denunciaron.

En cuanto a la Segunda Guerra mundial, puede naturalmente ponerse de relieve cómo, a partir de la crisis económica de 1929, se van poniendo en su sitio todos los factores que van llevar a la guerra en septiembre de 1939: subida al poder de Hitler en 1933, ascenso, en 1936, a los gobiernos de «Frentes populares» en Francia y en España, guerra civil en este país a partir de julio del mismo año. El que la crisis abierta de la economía capitalista desemboque finalmente en guerra imperialista es perfectamente percibido por los dirigentes de la burguesía. Como así lo dijo Cordell Hull, colaborador del presidente de EEUU Roosvelt, «Cuando circulan las mercancías, los soldados no avanzan». Hitler, por su parte, en vísperas de la guerra, decía claramente respecto a la Alemania «este país debe exportar o morir» No se puede, sin embargo, dar cuenta del momento en que se desencadena la guerra mundial únicamente en los términos en que lo hace PC: «Después de 1929, se intentó superar la crisis en los USA mediante una especie de “nuevo modelo de desarrollo”. El Estado interviene masivamente en la economía... lanzando gigantescos planes de inversión pública. Hoy se reconoce que todo eso apenas si tuvo efectos secundarios en una economía que, en 1937-38 volvía a hundirse en la crisis: únicamente los créditos en 1938 para el rearme pudieron relanzar “vigorosamente” y hacer que se alcanzaran máximos históricos de producción. Sin embargo, el endeudamiento público y la producción de armas lo más que podrán hacer es frenar pero nunca eliminar la tendencia a las crisis. Hagamos constar el hecho de que en 1939 la guerra estalla para evitar la caída en una crisis todavía más ruinosa...La crisis de antes de la guerra había durado tres años y vino seguida, después de 1933, por una reactivación que llevó directamente a la guerra» (PC nº 90, p. 29). Esta explicación no es falsa en sí misma, aunque ya haya que rechazar la idea de que la guerra sería menos ruinosa que la crisis: cuando se considera en qué estado se encontró Europa después de la Segunda Guerra mundial, puede uno darse cuenta de lo poco seria que es esa afirmación. Además, esa explicación acaba siendo falsa si se la considera como la única que permite comprender por qué la guerra se declaró en 1939 y no a principios de los años 30, cuando el mundo, y especialmente Alemania y Estados Unidos, se hundía en la recesión más profunda de la historia.

Para poner de relieve el obtuso esquematismo del análisis de PC, basta con citar el siguiente pasaje: «Es el curso de la economía imperialista el que, en cierto momento, “hace” la guerra. Y aunque es cierto que el enfrentamiento militar resuelve provisionalmente los problemas planteados por la crisis, cabe sin embargo señalar que el enfrentamiento militar no resulta de la recesión, sino de la reanudación artificial que la sigue. Drogada por la intervención estatal, financiada por la deuda pública (en gran parte de la industria militar), la producción vuelve a alzarse; la consecuencia inmediata es, sin embargo, el atasco de un mercado mundial ya saturado, la reproducción de una forma agudizada del enfrentamiento interimperialista y por lo tanto de la guerra. En ese momento, los Estados se lanzan unos contra otros, deben hacerse la guerra, y la harían si falta hiciera a golpes de palas mecánicas, de cosechadoras o de todas las máquinas pacíficas que pueda uno imaginarse...el poder de desencadenar la guerra no pertenece a los fusiles sino a las masas de mercancías no vendidas» (PC nº 91, p. 37).

Un planteamiento así deja de lado las condiciones concretas a través de las cuales la crisis económica desemboca en guerra. Para PC, las cosas se reducen a al mecanismo: recesión, reactivación «drogada», guerra. Y nada más. Podemos ya decir que este esquema no se aplica en absoluto a la Iª Guerra mundial. En cuanto a la Segunda Guerra mundial, debe hacerse constar que PC no sólo no habla de la forma tomada por la reactivación «drogada» en Alemania a partir de 1933, la instaurada mediante el gigantesco esfuerzo llevado a cabo en armamento por el régimen nazi, sino tampoco de lo que significó la subida al poder de tal régimen. Asimismo, la llegada al poder del Frente popular en Francia, por ejemplo, no da lugar al más mínimo examen por parte de PC. Y, en fin, PC ignora acontecimientos internacionales de la importancia de la expedición italiana en Etiopía, de la guerra de España en el 36, de la guerra entre Japón y China un año después.

En realidad, ninguna guerra ha ocurrido jamás a golpe de cosechadora. Sea cual sea la presión que la crisis ejerce, la guerra no puede desencadenarse mientras no estén dadas las condiciones militares, diplomáticas, políticas y sociales necesarias. Y precisamente, la historia de los años 30 es la historia de los preparativos de esas condiciones. Sin volver ahora largamente a lo que ya hemos dicho en otros números de esta Revista, puede decirse que una de las funciones del régimen nazi fue la de impulsar el esfuerzo de reconstrucción a gran escala y «a un ritmo que incluso sorprende a los propios generales»[1] del potencial militar alemán, un potencial hasta entonces frenado por las cláusulas del Tratado de Versalles de 1919. En Francia, igualmente, al Frente popular le incumbió la responsabilidad de reactivar el esfuerzo bélico a una escala desconocida desde la Primera Guerra mundial. Del mismo modo, las guerras mencionadas antes se inscribían en los preparativos militares y diplomáticos del enfrentamiento generalizado. Debe mencionarse especialmente la guerra de España, que fue el campo de pruebas donde las dos potencias del Eje, Italia y Alemania, no sólo probaron de manera directa las armas para la guerra venidera sino que además reforzaron su alianza con vistas a ella. Pero no sólo fue eso la guerra de España: significó sobre todo el remate del aplastamiento físico y político del proletariado mundial tras la gran oleada revolucionaria iniciada en 1917 en Rusia y cuyas últimas chispas se apagaron en 1927 en China. Entre 1936 y 1939 no sólo es el proletariado de España el derrotado, primero por el Frente popular y después por Franco. La guerra de España fue uno de los medios esenciales con los que la burguesía de los países «democráticos», especialmente la europea, logró que los obreros se adhirieran a la ideología antifascista, la ideología que permitió que fueran nuevamente utilizados como carne de cañón para la Segunda Guerra mundial. De este modo, la aceptación de la guerra imperialista por parte de los obreros, que los regímenes fascista y nazi habían impuesto con el terror, fue obtenida en los demás países en nombre de la «defensa de la democracia» con la participación activa, evidentemente, de los partidos de izquierda del capital, los llamados «socialistas» y «comunistas».

El esquema del mecanismo que lleva a la Segunda Guerra mundial tal como PC nos lo propone, coincide con la realidad. Pero si así es, lo es por las condiciones tan específicas de ese período y ni mucho menos basándose únicamente en el esquema. En lo que a Alemania respecta sobre todo, pero también a otros países como Francia y Gran Bretaña, el esfuerzo de armamento es uno de los factores que alimentan la reactivación tras la crisis del 29. Pero eso sólo fue posible porque los principales Estados capitalistas habían reducido considerablemente sus medios bélicos tras la Primera Guerra mundial, pues la preocupación principal de la burguesía era la de atajar la oleada revolucionaria del proletariado. Y por lo tanto, gracias a su experiencia adquirida durante la Primera Guerra mundial, la burguesía sabía perfectamente que no podía lanzarse a una guerra imperialista sin antes haber sometido totalmente al proletariado y evitar así su posible resurgir revolucionario durante la guerra misma.

El método de PC consiste en establecer como ley histórica un esquema que sólo sirve para una vez en la historia, pues, como hemos visto, tampoco sirve para el período anterior a la Primera Guerra mundial. Para ser válido en la época actual sería necesario que las condiciones fueran básicamente las mismas que las de los años 30. Y no lo son, ni mucho menos: nunca antes se habían desarrollado tanto las armas y el proletariado, por su parte, no acaba de sufrir ninguna derrota profunda como así ocurrió en los años 20. Al contrario, a finales de los años 60 el proletariado salió de la profunda contrarrevolución en que se hallaba sumido desde principios de los años 30.

Las consecuencias de la visión esquemática de Programme comuniste

La visión esquemática de PC desemboca en un análisis muy peligroso en el período actual. Cierto es que PC parece encontrar en su estudio un enfoque más marxista del proceso que lleva a la guerra mundial. Así ocurre cuando escribe: «Para que tales masas humanas puedan ser arrastradas a la masacre se necesita que las poblaciones hayan sido preparadas con tiempo para la guerra; y para que pueden aguantar durante una guerra a ultranza, se necesita que ese trabajo de preparación venga seguido de un trabajo de movilización constante de las energías y de las conciencias de la nación, de toda la nación, en favor de la guerra. (...) Sin cohesión de todo el cuerpo social, sin la solidaridad de todas las clases hacia una guerra por la que se sacrifica su propia existencia y sus propias esperanzas, incluso las tropas mejor pertrechadas están condenadas a disgregarse bajo el peso de las privaciones y de la bestialidad cotidiana del conflicto» (PC nº 91, p. 41). Pero esas afirmaciones, perfectamente acertadas, entran en contradicción flagrante con el método adoptado por PC cuando intenta hacer previsiones para los años venideros. Apoyándose en su esquema recesión, reactivación «drogada», guerra, PC se pone a hacer cálculos de sabiondo, con los que no abrumaremos al lector, para acabar concluyendo que: «Debemos ahora rechazar la tesis de la inminencia de la tercera guerra mundial» (PC nº 90, p. 27). «Habría que situar la fecha posible de la madurez política del conflicto en torno a la mitad de la primera década del próximo milenio (o el próximo siglo si se prefiere)» (ídem, p. 29). Cabe señalar que PC basa semejante previsión en el hecho de que «El proceso de reactivación drogada típica de la economía de guerra, que sigue a la crisis, no se vislumbra todavía y esto en una situación económica que, de recesión en recesión, dista mucho de haber agotado la tendencia a la depresión iniciada en 1974-75» (ídem). Podríamos nosotros demostrar evidentemente (ver todos nuestros análisis sobre las características de la crisis actual en la Revista internacional) cómo, desde hace más de una década, las «reactivaciones» de la economía mundial son reactivaciones totalmente «drogadas». Pero es PC quien lo dice algunas líneas más abajo: «Queremos sencillamente subrayar que el sistema capitalista ha utilizado, para prevenir la crisis, los mismos medios de los que se sirvió después del krach de 1929 para salir de ella». La coherencia no es precisamente la virtud de PC y de los bordiguistas; quizás sea ése su concepto de la «dialéctica», ellos que se las dan de ser unos «especialistas en el manejo de la dialéctica» (PC nº 91, p. 56)[2].

Dicho lo cual, más allá de las contradicciones de PC, debemos subrayar el carácter desmovilizador de las previsiones con que PC parece jugar en cuanto a la fecha del próximo conflicto mundial. Desde su fundación, la CCI ha puesto en evidencia que desde el momento en que el capitalismo agotó los efectos de la reconstrucción de la segunda posguerra mundial, desde el momento en que la crisis histórica del modo de producción capitalista se plasmó una vez más en su forma de crisis abierta (y ello desde finales de los años 60 y no 1974-75 como pretenden los bordiguistas intentando así probar una vieja «previsión» de Bordiga), las condiciones económicas de una nueva guerra mundial estaban reunidas. También ha puesto de relieve nuestra Corriente que las condiciones militares y diplomáticas de esa guerra estaban totalmente maduras con la formación desde hace décadas de dos grandes bloques imperialistas agrupados en la OTAN y en el Pacto de Varsovia detrás de las dos principales potencias militares del mundo. Si el callejón sin salida económico en que se encontraba el capitalismo mundial no acabó provocando una nueva carnicería general ello se debió a que la burguesía no tenía las manos libres en el terreno social. En efecto, en cuanto la crisis empezó a morder, la clase obrera mundial –en mayo de 1968 en Francia, en otoño de 1969 en Italia y en todos los países desarrollados después– levantó la cabeza saliendo de la profunda contrarrevolución que había tenido que soportar durante años. Explicando las cosas así, porque basaba su propaganda en esa idea, la CCI ha participado (a su modesta medida evidentemente, teniendo en cuenta sus actuales fuerzas) en la recuperación de la confianza en sí misma de la clase obrera contra las campañas burguesas que continuamente intentan quebrarle esa confianza. En cambio, siguiendo esa idea de que el proletariado ha estado totalmente ausente del ruedo histórico (como cuando era «medianoche en el siglo»), la corriente bordiguista ha aportado su contribución, involuntaria sin duda pero eso no cambia nada, a las campañas burguesas. Peor todavía, al dar a entender que de todas maneras, las condiciones materiales de una tercera guerra mundial no estaban todavía reunidas, esa corriente ha colaborado en la desmovilización de la clase obrera contra esa amenaza, desempeñando, a su pequeña escala, el papel de los reformistas en vísperas de la Primera Guerra mundial cuando habían convencido a los obreros de que la guerra ya no era una amenaza. Así, ya no sólo es, como lo vimos en la primera parte de este artículo, al afirmar que una tercera guerra mundial seguramente no destruyera la humanidad la manera con la que PC contribuye a ocultar lo que de verdad está en juego en los combates de clase de hoy, es también haciendo creer que esos combates no tienen nada que ver con el hecho de que la guerra mundial no haya ocurrido desde principios de los años 70.

El desmoronamiento del bloque del Este a finales de los 80, ha hecho desaparecer momentáneamente las condiciones bélicas y diplomáticas de una nueva guerra mundial. Sin embargo, la visión errónea de PC sigue debilitando la capacidad política del proletariado. En efecto, la desaparición de los bloques no ha puesto ni mucho menos fin a los conflictos bélicos, conflictos en los que las grandes y medianas potencias siguen enfrentándose a través de Estados pequeños e incluso de etnias. La razón por la que esas potencias no se comprometen más directamente en el terreno, o la razón, cuando se comprometen efectivamente como en la guerra del Golfo en 1991, por la que únicamente mandan a soldados profesionales o voluntarios, es el temor que sigue embargando a la burguesía de que el envío del contingente, o sea de proletarios en uniforme, provoque reacciones y una movilización de la clase obrera. Así, en el momento actual, el que la burguesía sea incapaz de encuadrar al proletariado tras sus objetivos bélicos es un factor de la primera importancia que limita el alcance de las matanzas imperialistas. Y cuanto más capaz sea la clase obrera de profundizar sus combates tanto más entorpecida estará la burguesía para llevar acabo sus sombríos proyectos. Eso es lo que los revolucionarios deben decir a su clase para que ésta logre tomar conciencia de sus capacidades reales y de sus responsabilidades. Y eso es lo que, desgraciadamente, no hace la corriente bordiguista, y PC en particular, a pesar de su denuncia perfectamente válida de las mentiras burguesas sobre la guerra imperialista, y especialmente el pacifismo.

Como conclusión de esta crítica de los análisis de PC sobre la cuestión de la guerra imperialista, debemos poner de relieve algunos de los «argumentos» empleados por esa revista cuando pretende estigmatizar las posiciones de la CCI. Para PC somos «social-pacifistas de extrema izquierda» en el mismo rango que los trotskistas (PC nº 92, p. 61). Nuestra postura sería «emblemática de la impotencia del pequeño burgués en cólera» (ídem, p. 57). ¿Por qué?; pues, así razona PC, porque «si el estallido de la guerra excluye definitivamente la revolución, la paz, entonces, esta paz burguesa, se transforma, a pesar de todo, en un “bien” que el proletariado, mientras no tenga la fuerza para hacer la revolución, debe proteger como la niña de sus ojos. Despunta así la vieja “lucha por la paz”... en nombre de la revolución. El eje fundamental de la propaganda de la CCI durante la guerra del Golfo ¿no era, por casualidad, la denuncia de los “viva la guerra” de toda índole y los lamentos sobre el “caos”, la “sangre” y los “horrores” de la guerra?. Cierto que la guerra es horrible, pero la paz burguesa lo es tanto y los “viva la paz” deben ser denunciados tan severamente como los “viva la guerra”; en cuanto al “caos” creciente del mundo burgués, sólo favorablemente debe ser acogido por los comunistas verdaderos pues significa que se está acercando la hora en la que la violencia revolucionaria debe oponerse a la violencia burguesa» (ídem).

Los «argumentos» de PC son ridículos además de mentirosos. Cuando los revolucionarios de principios de siglo, Luxemburg o Lenin, ponían en guardia a los obreros en cada congreso de la Internacional socialista, en su propaganda cotidiana, contra la amenaza de la guerra imperialista, cuando denunciaban sus preparativos, no estaban haciendo ni mucho menos lo mismo que los pacifistas. Por lo visto, PC sigue reivindicándose de esos revolucionarios. De igual modo, cuando, en plena guerra, denunciaban con la mayor energía tanto la bestialidad imperialista como los ultras de la guerra y demás social patriotas, no por ello andaban mezclando sus voces con las de pacifistas como Romain Rolland en Francia. Y es exactamente del mismo combate de esos revolucionarios del que se reivindica la CCI, sin la menor concesión a cualquier tipo de pacifismo al cual la CCI denuncia con la misma fuerza que denuncia los discursos belicistas, por mucho que PC diga lo contrario, pues una de dos, o PC no lee nuestra prensa o no sabe leer. En realidad, el que PC se vea obligado a mentir sobre los que de verdad decimos lo que sí demuestra es la falta de consistencia de sus propios análisis.

Para concluir quisiéramos decir a los camaradas de Programa comunista que de nada sirve dedicar tanta energía a prever casi el año preciso de la futura guerra mundial para acabar en una «previsión» del período venidero que contiene al menos cuatro guiones posibles (ver PC nº 92, p. 57 a 60). El proletariado, para armarse políticamente, espera de los revolucionarios perspectivas claras. Para trazar esas perspectivas no basta con la «estricta repetición de las posiciones clásicas» como quiere hacerlo el PCInt (PC nº 92, p. 31). Aunque el marxismo debe apoyarse en el estricto respeto de los principios proletarios, especialmente en lo que se refiere a la guerra imperialista, como así lo afirman tanto el PCInt como la CCI, no por eso el marxismo sería una teoría muerta, incapaz de explicar las diferentes circunstancias históricas en las que la clase obrera ha desarrollado su combate, tanto en la defensa de sus intereses inmediatos como por el comunismo, pues ambos forman parte de un mismo todo.

El marxismo debe permitir, como lo decía Lenin, «el análisis concreto de una situación concreta». De lo contrario no sirve para nada, y por ello mismo no sería marxismo, si no es a sembrar mayor confusión todavía en las filas de la clase obrera. Eso es por desgracia lo que le ocurre al «marxismo» al uso del PCInt.

FM

[1] Pierre Renouvin, Histoire des relations internationales, tomo 8, p.142, París, 1972.

[2] En el ámbito de las incoherencias del PCInt, podemos también dar la siguiente cita: «si la paz ha reinado hasta ahora en las metrópolis imperialistas es precisamente a causa de esa dominación de los USA y de la URSS, y si la guerra es inevitable...es por la sencilla razón de que cuarenta años de “paz” han permitido que maduren las fuerzas que tienden a poner en entredicho el equilibrio resultante del último conflicto mundial» (PC nº 91, p. 47). El PCInt debería ponerse de una vez de acuerdo consigo mismo. ¿Por qué la guerra no ha ocurrido todavía?. ¿A causa, exclusivamente, de que las condiciones económicas no estaban todavía maduras, como pretende demostrar PC a lo largo de páginas y páginas, o bien por el hecho de que sus preparativos diplomáticos no se han realizado todavía?. Quien pueda que lo entienda.