Frente a los ataques masivos del capital, necesidad de respuesta masiva de la clase obrera

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Frente
al ataque frontal sobre las pensiones en Francia y en Austria, se
han puesto en lucha sectores enteros de la clase obrera con una
determinación que no se había visto desde finales de
los años 80. En Francia durante varias semanas, hubo
repetidas manifestaciones que reunieron cientos de miles de
obreros del sector público pero también del privado:
un millón y medio de proletarios estaban en las calles de
las principales ciudades francesas el 13 de mayo, cerca de un
millón en la manifestación parisina del 25 de mayo.
El 3 de junio había todavía 750 000 personas
movilizadas. El sector de la Educación nacional estuvo en
la punta de lanza del movimiento social del país, entre
otras cosas porque ha sido el atacado con más violencia. En
Austria, ante ataques parecidos sobre las pensiones, ha habido las
manifestaciones más masivas desde finales de la Segunda
Guerra mundial, más de 100 000 personas el 13 de mayo,
cerca de un millón (en un país con menos de 10
millones de habitantes) el 3 de junio. En Brasilia, capital
administrativa de Brasil, una manifestación juntó a
30 000 empleados del servicio público el 11 de junio,
movilizados contra una reforma de los impuestos, de la seguridad
social, pero, sobre todo, allí también, de las
pensiones, una “reforma” impuesta por el nuevo
“gobierno de izquierda” de Lula. En Suecia, 9 000
empleados municipales y de servicios públicos se pusieron
en huelga contra los recortes en los presupuestos sociales.

La
burguesía hace pagar la crisis del capitalismo a la clase
obrera

Hasta ahora, la burguesía ha logrado
escalonar en el tiempo sus ataques antiobreros, por grupos, por
sectores, regiones o países. Lo importante de la situación
actual es que desde finales de los años 90, los ha
emprendido de manera más brutal, violenta y masiva. Es un
índice de la aceleración de la crisis mundial que se
plasma en dos fenómenos fundamentales y concomitantes a
escala internacional: el retorno de la recesión abierta y
una nueva cota alcanzada por el endeudamiento.

La caída en una nueva recesión afecta hoy de lleno a
los países centrales, a los países del centro del
capitalismo: Japón desde hace ya años y ahora
Alemania. Oficialmente, Alemania ha entrado en un nuevo período
de recesión (por segunda vez en dos años). Otros
Estados europeos, Holanda en particular, están en la misma
situación. Esta recesión amenaza seriamente a
Estados Unidos desde hace dos años. Vuelve a subir la tasa
de desempleo y se incrementan los déficits de la balanza
comercial y los presupuestos del Estado federal. El diario francés
Le Monde del 16 de mayo de 2003 daba la alarma
sobre el riesgo de deflación, que vuelve a hacer aparecer
los espectros de los años 30:

“No sólo disminuye día tras
día la esperanza de un relanzamiento tras la guerra contra
Irak, además está creciendo el temor de ver la
economía americana hundirse en una espiral de baja de
tarifas (…) Un guión de film-catástrofe en el
que los precios de los activos y de los bienes de consumo no paran
de bajar, las ganancias se desmoronan, las empresas bajan los
salarios y despiden, acarreando así nuevas bajas del
consumo y de los precios. Las familias y las empresas, demasiado
endeudadas, no pueden ya hacer frente a sus compromisos, los
bancos anémicos restringen los créditos bajo la
mirada impotente de la Reserva Federal. No se trata de hipótesis
de especialistas con ganas de emociones fuertes. Eso es lo que
está viviendo Japón desde hace diez años con
algún que otro período de remisión de vez en
cuando”.

Lo que la burguesía llama deflación no
es ni más ni menos que un hundimiento duradero en la
recesión en la que un “guión” como el
descrito arriba se vuelve realidad, en el que la burguesía
ya no logra usar el crédito como factor de relanzamiento.
Eso es una denegación a quienes creían que la guerra
en Irak iba a permitir una reanudación de la economía
mundial, cuando en realidad es una sima para ella. La guerra y la
ocupación que va a durar son ante todo una sangría
importante en la economía de EE.UU (mil millones de $
semanales para el ejército de ocupación) y de Gran
Bretaña. Además se están acelerando por todas
partes en el mundo las carreras de armamentos, en especial con los
nuevos programas militares europeos, lo cual implica una
suplemento de explotación de los proletarios.

La segunda característica de la situación
económica, es la huida ciega en una deuda colosal que es
una auténtica bomba de relojería para el futuro, que
afecta a todas las economías, desde las empresas hasta los
gobiernos nacionales, pasando por las familias, cuya tasa de
endeudamiento nunca había sido tan elevada (cf. artículo
sobre la crisis en esta Revista).

Como ocurre cada vez que está enfrentado a la
crisis y a sus contradicciones, el capitalismo intenta superarla
con los dos únicos medios de que dispone:

–  por un lado, intensifica la
productividad del trabajo, sometiendo cada vez más a los
obreros, o sea los productores de plusvalía, a cadencias
infernales;

–  por otro lado, arremete
directamente contra el coste del capital variable, o sea la parte
correspondiente al pago de la fuerza de trabajo, reduciéndola
cada vez más. Para ello dispone de varios medios:
multiplicación de planes de despidos; baja de salarios,
cuya variante más utilizada es la de hacer frente a la
competencia mediante la “deslocalización” o los
trabajadores inmigrados con los que disfrutar de una mano de obra
lo más barata posible; reducción del costo del
salario social cercenando todos los subsidios sociales (pensiones,
salud, subsidios de desempleo)

El capitalismo está cada día más
obligado a incidir simultáneamente en todos esos planos, o
sea que, por todas partes, los Estados están abocados a
arremeter al mismo tiempo contra TODOS los aspectos de las
condiciones de vida de la clase obrera. A la burguesía no
le queda otra opción, en su lógica de la ganancia,
sino la de llevar a cabo ataques masivos y de frente. Y,
evidentemente, toma sus precauciones para planificar y coordinar
el ritmo de esos ataques según los países para
evitar una simultaneidad de conflictos sobre la misma cuestión.

Desde los años 70, con la generalización
del desempleo masivo y el sacrificio de miles de empresas y
sectores menos rentables de la economía, han desaparecido
millones de empleos y la burguesía ha desvelado su
incapacidad para integrar a las nuevas generaciones de obreros en
la producción. Pero hoy se ha dado un nuevo salto: a la vez
que se sigue despidiendo a mansalva, la nueva diana de la
burguesía son todos los subsidios sociales. En algunos
países centrales como Estados Unidos, la “protección
social” ha sido prácticamente inexistente. Pero en
este país, en particular, las empresas financiaban la
mayoría de las veces las pensiones de sus asalariados. La
base de los “escándalos financieros” de estos
últimos años, cuyo ejemplo más espectacular
ha sido el de Enron, es que las empresas se aprovechaban de esos
fondos para colocarlos en acciones de la Bolsa; ese dinero acabó
en el humo de la especulación, sin que las empresas puedan
pagar la más mínima pensión, sin los medios
para reembolsar a los asalariados expoliados, ahora reducidos a la
más sombría de las miserias. En otros países
como Gran Bretaña, ya fue ampliamente desmantelada la
protección social. El ejemplo de Gran Bretaña es de
lo más edificante sobre lo que le espera a la clase obrera
entera: desde los “años Thatcher”, hace veinte,
las jubilaciones se pagan con fondos de pensión. Pero la
situación no ha cesado de degradarse desde entonces. Al
transformar las jubilaciones en fondos de pensión, se hizo
creer que esos fondos iban a producir muchos ingresos. Y fue lo
contrario. En estos últimos años, la caída
vertiginosa de la cotización de esos fondos a llevado a la
miseria a cientos de miles de obreros (la pensión
garantizada por el Estado es de unos 120 Euros por semana) y más
del 20% viven ya por debajo del umbral de pobreza, condenando a
muchos de ellos… a no jubilarse y a trabajar para poder
“sobrevivir” hasta los 70 años o hasta la
muerte, generalmente haciendo chapuzas muy mal pagadas. Muchos
obreros se encuentran en situaciones de angustia al ser incapaces
de pagarse un alojamiento o unos mínimos gastos médicos.
Ya nadie toma a su cargo la hospitalización de las personas
mayores que deben recurrir a tratamientos onerosos. Los hospitales
o las clínicas inglesas no aceptan las diálisis para
pacientes mayores que no disponen de medios para pagar, o sea que
los condenan directamente a morir. Quienes no poseen ingresos
suficientes para ser curados pueden reventar en una esquina. En
otro plano, las reventas de casas o pisos cuyos plazos ya no
pueden pagar los obreros se han multiplicado por 4 en los dos
últimos años mientras que 5 millones de personas
viven por debajo del umbral de pobreza (esta cifra se ha duplicado
desde los años 70) y el desempleo tiene hoy el mayor
incremento desde 1992. El primer país capitalista en haber
instaurado el Welfare State (Estado del bienestar) tras la Segunda
Guerra mundial se convirtió en el primer laboratorio para
su desmantelamiento.

Un
viraje decisivo en la agravación de los ataques

Hoy esos ataques se generalizan, se
“mundializan”, haciendo saltar por los aires el mito
de las “conquistas sociales”. El carácter de
estos nuevos ataques es significativo. Van contra las pensiones de
jubilación, los subsidios a los desempleados y los gastos
de salud. Lo que hacen aparecer por todas partes cada vez más
claramente es la incapacidad creciente de la burguesía para
financiar los presupuestos sociales. La plaga del desempleo y el
final del llamado Estado del Bienestar son dos expresiones muy
significativas de la quiebra global del capitalismo. Eso es lo que
acaban de ilustrar los ataques recientes en una serie de países:

• en
Francia, sobre las pensiones, no solo se ha tratado de alinear el
sector público con el privado pasando de 37,5 a 40 años
en la duración de cuotas para tener derecho a cobrar una
pensión “plena”. El gobierno ha anunciado el
aumento progresivo de esta duración a 42 años, que
será más tarde incrementada en función de la
tasa de empleo. Se aumentarán las cuotas para todos los
asalariados para así reflotar las cajas de pensiones, sin
olvidar la obligación de cotizar a fondos de pensión
o pensiones complementarias. Según el discurso oficial, se
trata de un factor puramente demográfico, el
“envejecimiento” de la población, responsable
del déficit de las cajas de pensiones, que sería un
“fardo” insoportable para la economía. No
habría bastantes “jóvenes” para pagar
las jubilaciones de una cantidad creciente de “viejos”.
En realidad, los jóvenes ingresan cada vez más tarde
en la vida activa, no sólo a causa de una escolaridad
alargada que los progresos técnicos de la producción
han hecho necesaria, sino, sobre todo, porque con cada día
más dificultades logran encontrar un empleo (la
prolongación de la escolaridad es también, por
cierto, una manera de enmascarar el desempleo juvenil). Es, en
realidad, el incremento imparable del desempleo (que es como
mínimo el 10% de la población en edad de trabajar) y
de la precariedad, la causa principal del descenso de cuotas y de
los déficits en los sistemas de jubilación. De
hecho, muchos patronos no tienen interés en guardar en sus
plantillas a trabajadores mayores, mejor pagados en general que
los jóvenes aunque tengan menos fuerzas y además son
menos “maleables”. Tras los discursos sobre la
necesidad de trabajar menos tiempo, está la realidad de una
caída masiva del nivel de las pensiones de jubilación.
En cuanto se impongan las medidas previstas van a concretarse en
una baja del poder adquisitivo de las pensiones entre 15 y 50%,
incluidos los asalariados peor pagados. Otra “reforma”,
la de la Seguridad social, con unas medidas que serán
decididas en otoño, ha empezado ya con una lista de 600
medicamentos que dejarán ser reembolsables y una nueva
lista de 650 más que va a publicarse e inmediatamente
aplicable por decreto en julio.


En Austria, un ataque parecido al de Francia dirigido sobre todo
contra las pensiones. Aquí la duración de las cuotas
iba ya hasta los 40 años y ahora va a pasar a 42 y para una
mayoría de asalariados será de 45 años con
una amputación de los ingresos que podrá alcanzar el
40% para algunas categorías. El canciller conservador
Schüssel ha aprovechado las elecciones anticipadas de febrero
para formar un nuevo gobierno homogéneo de derecha
“clásica” tras la “crisis” de
septiembre de 2002 que acabó con la embarazosa coalición
con el partido populista de Heider, lo cual permitió a la
burguesía tener las manos más libres para asestar
esos nuevos ataques.


En Alemania, el gobierno rojiverde ha impuesto un programa
de austeridad llamado “agenda 2010” que arremete
simultáneamente contra varias cuestiones sociales. Primero:
reducción drástica de subsidios por desempleo. El
plazo de la indemnización que era de 36 meses se reducirá
a 18 para los mayores de 55 años y de 12 para los demás.
Después, a los obreros despedidos no les quedará
otro recurso que el “auxilio social” (unos 600 euros
por mes). Esto equivaldrá a una división por dos del
monto de las pensiones de jubilación para 1 millón y
medio de trabajadores reducidos al desempleo y eso cuando Alemania
está saltándose la barrera de los 5 millones de
parados. En cuanto a los gastos de salud, se prevé une baja
de las prestaciones del seguro de enfermedad (reducción del
reembolso de las visitas médicas, restricciones en las
bajas por enfermedad). Un ejemplo de muestra: a partir de la sexta
semana de baja por enfermedad en un año, la Seguridad
Social dejará de pagar y los asegurados deberán
pagarse un seguro privado si quieren ser reembolsados. Esas
restricciones en los gastos de salud vienen a añadirse a un
alza en las cuotas del seguro de enfermedad instaurada a
principios de 2003 para todos los asalariados. Paralelamente, el
régimen de jubilaciones va a ser, al cabo, atacado también
en Alemania: más edad para jubilarse (ya es de 65 años
de media), aumento de las cuotas de los asalariados, supresión
de la subida automática anual de las pensiones. Desde
principios de año se han aplicado subidas de impuestos
(retención en la hoja de paga para los salarios), medidas
para favorecer el trabajo interino, incremento de la precariedad
en el trabajo, contratos de tiempo parcial o de duración
limitada.


en Holanda, tras haberse quitado de encima a su ala populista, el
nuevo gobierno de coalición (democristianos, liberales,
reformadores) se ha apresurado a anunciar un plan de austeridad
basado en restricciones presupuestarias en lo social (un plan que
prevé unos ahorros de 15 mil millones de euros) con, entre
otras cosas, una reforma radical de los subsidios de desempleo y
de los criterios de incapacidad laboral así como una
revisión general de la política salarial.


en Polonia también se arremete contra los gastos de salud.
Excepto las enfermedades muy graves reembolsadas en su totalidad,
la mayoría de las enfermedades solo lo son 60 o 30%.
Enfermedades “benignas”, como la gripe o unas anginas:
nada. El estatuto de funcionario no protege de los despidos.


En Brasil, ya dijimos antes que el Partido de los Trabajadores de
“Lula” está en la vanguardia de…los
recortes en los presupuestos sociales en Latinoamérica.


En el marco de la ampliación de la Unión Europea,
las directivas del Buró Internacional del Trabajo para los
años venideros es que la financiación de las cajas
de pensiones para 5 de los 10 países interesados (Polonia,
Hungría, Bulgaria, Lituania y Estonia) corra únicamente
a cargo de los obreros, mientras que hasta ahora corría a
cargo de los empresarios, del Estado y de los asalariados.

Se puede pues comprobar que sea cual sea el gobierno,
de derecha o de izquierda, son por todas partes los mismos
ataques.

Mientras tanto, los planes de despidos masivos se
acumulan a mansalva: 30 000 en Deutsche Telekom, 13 000 en France
Télécom, 40 000 en la Deutsche Bahn (ferrocarriles
alemanes), 2000 más en la SNCF (ferrocarriles franceses).
FIAT acaba de anunciar la supresión de 10 000 empleos en el
continente europeo, tras los despidos de 8 100 obreros a finales
de 2002 en Italia, Alsthom 5000. La compañía aérea
Swissair ha previsto eliminar 3000 empleos suplementarios en un
sector ya muy afectado por la crisis desde hace dos años.
El banco de negocios estadounidense Merrill Lynch ha despedido
8000 asalariados desde el año pasado. 42 000 empleos se han
perdido en Gran Bretaña durante el primer trimestre de
2003. No se libra ningún país, ni sector alguno. Por
ejemplo, desde hoy a 2006, se calcula que cerrarán en ese
país empresas a un ritmo de 400 por semana. Por todas
partes lo que se está haciendo la regla es la interinidad
de los empleos.

Ha sido pues ante semejante agravación
cualitativa de la crisis y de los ataques contra las condiciones
de vida consecuencia de ella, si la clase obrera se ha movilizado
en las luchas recientes.

La
relación de fuerzas entre las clases

Lo primero que hay que subrayar respecto a esas
luchas es que son una refutación total de todas las
campañas ideológicas con las nos han abrumado tras
el desmoronamiento del bloque del Este y de los regímenes
estalinistas. No, la clase obrera no ha desaparecido. No, sus
luchas no pertenecen al pasado. Demuestran que la perspectiva
sigue estando orientada hacia los enfrentamientos de clase, a
pesar de la desorientación y del gran retroceso de la
conciencia de clase provocados por los grandes cambios habidos
después de 1989. Un retroceso acentuado además por
todos los otros estragos de una descomposición social
avanzada, que tiende a hacer perder a los proletarios sus
referencias y su identidad de clase, y por las campañas de
la burguesía, antifascistas, pacifistas y demás
movilizaciones “ciudadanas”. Ante una situación
así, los ataques de la burguesía y del Estado empuja
a los proletarios a afirmarse de nuevo en su terreno de clase y a
reanudar, al cabo, con las experiencias pasadas y la necesidad
vital de luchar. Y ha sido así como los obreros se han
visto obligados a vivir otra vez la experiencia del sabotaje de la
lucha por esos órganos de encuadramiento de la burguesía
que los sindicatos y los izquierdistas son. De modo más
significativo, empiezan a plantearse en el seno de la clase
obrera, a pesar de la amargura de la derrota inmediata, cuestiones
más profundas sobre cómo funciona esta sociedad que,
al cabo, acabarán poniendo en entredicho las ilusiones
sembradas por la burguesía.

Para entender cuál es el alcance de esos ataques y lo que
significan esos acontecimientos en la evolución de la
relación de fuerzas en la lucha de clases, el método
marxista nunca ha sido quedarse con la nariz pegada a las luchas
mismas, sino definir cuál es el objetivo principal de la
clase enemiga, qué estrategia desarrolla ésta, ante
qué problemas se encuentra en un momento dado. Pues para
luchar contra la clase dominante, la clase obrera debe siempre no
sólo identificar a sus enemigos, sino comprender lo que
están haciendo y qué maniobras preparan contra ella.
En efecto, estudiar la política de la burguesía es
generalmente la clave más importante para comprender la
relación de fuerzas global entre las clases. Marx dedicó
mucho más tiempo, páginas y energía, a
examinar, disecar sus costumbres y desmontar la ideología
de la burguesía para dejar en evidencia la lógica,
los fallos y las contradicciones del capitalismo, que a describir
y examinar, por sí solas, las luchas obreras. Por eso, ante
un acontecimiento de un alcance mucho mayor, en su folleto sobre
La lucha de clases en Francia en 1848, analizó sobre
todo los resortes de la política burguesa. Lenin, por su
parte, afirmaba en ¿Qué hacer?
(1902):

“La conciencia de las masas obreras no
puede ser una conciencia de clase auténtica si los obreros
no aprenden, a partir de los hechos concretos y sobre todo
políticos, de actualidad, a observar a la otra clase en
toda su vida intelectual, moral y política. (…)
Quienes concentran su atención, su observación y la
conciencia de la clase obrera exclusiva e incluso principalmente
en sí misma, no son socialdemócratas”,

o sea no son
verdaderos revolucionarios.

Recientemente, en la Resolución sobre la
situación internacional adoptada en nuestro XVº
Congreso, la CCI volvía a afirmar una vez más:

“El marxismo ha insistido siempre en el
hecho de que no basta con observar la lucha de clases desde el
único ángulo de lo que hace el proletariado, puesto
que la burguesía también lleva una lucha de clase
contra el proletariado y su toma de conciencia. Un elemento clave
de la actividad marxista ha sido siempre examinar la estrategia y
la táctica de la clase dominante para tomarle la delantera
a su enemigo mortal” (Revista internacional, nº 113).

Desdeñar el estudio del enemigo de clase
siempre ha sido algo típico de las tendencias obreristas,
economicistas y consejistas en el movimiento obrero. Esta visión
se olvida de un dato elemental que debe servir de brújula
en el análisis de una situación determinada, y es
que, en una situación ya claramente prerrevolucionaria, no
es nunca el proletariado el que está a la ofensiva. En los
demás casos es siempre la burguesía, como clase
dominante que es, la que ataca y obliga al proletariado a
responder, la que, de modo permanente y organizado, se adapta no
sólo a lo que hacen los obreros, sino que procura anticipar
las reacciones de éstos, pues la clase explotadora nunca
cesa de vigilar a su adversario irreductible. Para ello dispone
además de instrumentos específicos que le sirven
permanentemente de espías para medir la temperatura social,
o sea, los sindicatos.

Así ante la situación actual, lo
primero que hay que preguntarse es por qué la burguesía
lleva a cabo sus ataques de esta u otra manera.

La
estrategia de la burguesía para hacer tragar sus ataques
económicos

Los medios de comunicación han comparado
ampliamente el movimiento habido en Francia con las huelgas de
noviembre-diciembre de 1995 en el sector público contra el
gobierno de Juppé, que entonces también produjeron
concentraciones comparables con las de ahora. En 1995, el objetivo
esencial del gobierno fue sacar provecho de la campaña
ideológica que montó toda la burguesía sobre
la pretendida “quiebra del marxismo y el comunismo”
tras el desmoronamiento de los regímenes estalinistas,
explotando el retroceso en la conciencia de clase para reforzar y
prestigiar el aparato de encuadramiento sindical, borrando toda la
experiencia acumulada por las luchas obreras entre 1968 y los años
80, especialmente sobre la cuestión sindical. Incluso si
una parte económica del plan Juppé (para la
“reforma” de la financiación de la seguridad
social y la instauración de un nuevo impuesto aplicado a
todos los ingresos) acabó pasando bajo el gobierno de
Jospin, la parte dedicada a las pensiones de jubilación
(supresión de los regímenes especiales más
“favorables” del sector público) no pudo
realizarse e incluso fue deliberadamente sacrificada por la
burguesía para con ello hacer creer que todo fue una
“victoria de los sindicatos”. La burguesía
quiso así mostrar aquella huelga como una “victoria
obrera” gracias a los sindicatos que “hicieron echarse
atrás al gobierno”, como una lucha ejemplar
asegurándole una publicidad mediática fenomenal a
escala internacional. Se invitaba así a la clase obrera de
los demás países a hacer su “diciembre 95
francés”, referencia inevitable de todos los combates
futuros, y sobre todo, a ver en los sindicatos, tan “combativos”,
tan “unitarios”, tan “determinados”
durante los acontecimientos, sus mejores aliados para defenderse
contra los ataques del capital. Ese movimiento fue por cierto, la
referencia de las luchas sindicales en Bélgica justo
después y en Alemania seis meses más tarde, todo
para volver a darle brillo a una combatividad sindical tan
empañada en el pasado. Hoy el grado alcanzado por la crisis
económica no es el mismo. La gravedad de la crisis
capitalista obliga a la burguesía nacional a acometer el
problema de frente. Atacar el régimen de pensiones no es
más que una de las primeras medidas de una larga serie de
nuevos ataques masivos y frontales en preparación.

La burguesía nunca se enfrenta a la clase
obrera de manera improvisada. Procura siempre debilitarla al
máximo. Para ello ha adoptado a menudo la táctica de
tomar la delantera, haciendo que salten movimientos sociales antes
de que las amplias masas obreras estén en condiciones de
asumirlos, provocando a ciertos sectores más dispuestos a
ponerse ya en movimiento. El ejemplo histórico más
significativo fue el aplastamiento, en enero de 1919, de los
obreros berlineses que se habían revelado tras una
provocación del gobierno socialdemócrata, pero que
se quedaron aislados del resto de su clase, que todavía no
estaba lista para lanzarse a un enfrentamiento general con la
burguesía. El ataque actual contra las pensiones en Francia
también ha estado acompañado de toda una estrategia
para limitar las reacciones obreras que, iba a provocar tarde o
temprano dicho ataque. Al no poder evitar la lucha, la burguesía
tenía que hacer las cosas de tal manera que la lucha
desembocara en una derrota obrera punzante, para que el
proletariado vuelva a dudar de su capacidad para reaccionar como
clase ante los ataques. Y así aquélla optó
por hacer estallar la cólera antes de tiempo, provocando a
un sector, el de la Educación nacional mediante unos
ataques añadidos y particularmente fuertes, para que
entrara en lucha el primero, que se agotara al máximo y
sufriera la derrota más punzante. No es la primera vez que
la burguesía francesa, como sus colegas europeas, provocan
a un sector en una maniobra contra la clase obrera. Antes de la
Educación nacional hoy, ya lo hizo, por ejemplo en 1995,
con los ferroviarios de la SNCF.

Ya durante el gobierno Jospin, por medio del ministro
Allègre, la burguesía había anunciado su
intención de “quitarle grasa al mamut” de la
Educación nacional, que representaba, y con mucho, el mayor
contingente de funcionarios. Como la mayoría de éstos
(excepto Defensa, Interior y Justicia, o sea los de los cuerpos
encargados de la represión estatal), el de Educación
ha sido sometido a recortes presupuestarios en los que no se
sustituirán 3 puestos de cada 4, exceptuando al personal
docente. Además, a finales de 2002 se anunció,
iniciándose el proceso, la supresión de miles de
“auxiliares educativos”, empleos ocupados por jóvenes
en las enseñanzas primaria y secundaria. Esas supresiones
de plazas, además de dejar sin trabajo a muchos jóvenes,
hace más insoportable la labor de los docentes, más
aislados todavía en primera línea, ante unos alumnos
cada vez más problemáticos a causa del peso
creciente de la descomposición social (drogas, violencia,
delincuencia, problemas sociales y familiares de todo tipo...).

Ese sector, afectado ya, no sólo iba a
soportar el ataque general a las pensiones, sino que además
le asestaron otro suplementario, específico, el del
proyecto de descentralización del personal no docente. Para
este personal, eso significa verse colocado bajo otra autoridad
administrativa, ya no nacional sino regional, con un contrato de
trabajo menos ventajoso y, a la larga, más precario. Fue
una verdadera provocación para que el conflicto se
focalizase en ese sector. La burguesía también
escogió el momento del ataque que le permitiera
aprovecharse de dos límites: el período de exámenes
para los profesores y el de vacaciones de verano para la clase
obrera en su conjunto. De igual modo, para “romper” la
combatividad, dividir y desmoralizar el movimiento, especialmente
en la Educación, el gobierno ya tenía previsto de
antemano aflojar un poco la cuerda, sin que ello le costara mucho,
sobre el proyecto de “descentralización”.
Retiró, para dejar lo esencial, un trocito de ese ataque
espe­cífico, la descentralización para el
­personal más cercano al profesorado (psicólogos,
consejeros de orientación, asistentes sociales).
Favoreciendo a una minoría del personal afectado (unos 10
000 asalariados), en detrimento de técnicos y obreros de
servicios (100 000 asalariados), sabía que así podía
dividir la unidad del movimiento y desactiva la cólera del
personal docente. Para rematar la derrota, el gobierno echó
el resto, negándose a negociar la paga de los días
de huelga tras las “consignas de rigor” (retención
íntegra y distribución de ésta limitada a dos
meses) impuestas por el primer ministro Raffarin: “La ley
prevé retenciones de salario para los huelguistas. El
gobierno aplica la ley
”. La burguesía sabía
que podía contar con una colaboración sin fisuras de
los sindicatos y los izquierdistas para repartirse la labor,
dividir y desorientar el movimiento, frenando aquí
convenciendo a unos de no entrar en la lucha, animando al
contrario a otros a entrar con decisión en ella, exhortando
después a aquellos a ser “responsables”,
“razonables” y a éstos a “aguantar”
y a “extender” la lucha en una actitud suicida de
“hasta el final” con llamamientos a la “huelga
general” en pleno reflujo para extender… la derrota,
sobre todo entre los maestros.

Se ha vuelto hoy a un esquema mucho más
clásico en la historia de la lucha de clases: el gobierno
aporrea, los sindicatos se oponen llamando en un primer tiempo a
la unidad sindical para embarcar masivamente a los obreros tras
ellos y bajo su control. Luego el gobierno abre negociaciones y
los sindicatos se desunen para así introducir mejor la
división y la desorientación en las filas obreras.
Este método, que juega con la división sindical
frente al alza de la lucha de la clase es el que mejor garantiza a
la burguesía el mantenimiento del encuadramiento sindical,
concentrando en lo posible el desprestigio en uno u otro aparato
ya designado de antemano. Eso significa que los sindicatos están
nuevamente sometidos a la prueba de fuego: el desarrollo
inevitable de las luchas en el futuro va a volver a plantearle a
la clase obrera el problema de enfrentarse a sus enemigos para
poder afirmar sus intereses de clase y las necesidades del
combate.

Cada burguesía nacional se adapta al nivel de
combatividad obrera para imponer sus medidas. Por mucho que por
todas partes presenten las 35 horas como una conquista social,
fueron, en realidad, un ataque en regla contra el proletariado en
Alemania y Francia cuyas leyes sobre las 35 horas han servido de
modelo en otros Estados, pues han permitido a la burguesía
generalizar la “flexibilidad” de los asalariados,
adaptada en función de las necesidades de la empresa
(intensificación de la productividad, disminución de
los descansos, trabajo en el fin de semana, horas extras no
pagadas, etc.). Los obreros que trabajan en los Länder
de la ex Alemania del Este acaban de “obtener” la
promesa de pasar a 35 horas en 2009 como los del Oeste, cuando
esto les era negado hasta ahora so pretexto de nivel inferior de
su productividad. El sindicato metalúrgico IG-Metall no ha
parado de alejar a los obreros de sus reivindicaciones (por
subidas de sueldos, en especial), organizando toda una serie de
huelgas y de manifestaciones por las 35 horas. Esa perspectiva,
considerada como demasiado lejana por los sindicatos, sigue hoy
sirviendo a IG-Metall para animar a los obreros del Este a exigir
las 35 horas ya, o, dicho de otra manera, a animarlos a que se les
explote más y lo antes posible…En cambio, contra las
medidas de austeridad de la “agenda 2010”, excepto
alguna manifestación como la de Stuttgart del 21 de mayo,
ese sindicato se ha limitado a hacer circular peticiones. Mientras
tanto, el sindicato de Servicios organizaba una manifestación
nacional en Berlín, el 17 de mayo, reservada a los obreros
de ese sector.

Las
perspectivas para el porvenir de la lucha de clase

Durante años, frente a la agravación
de la crisis cuyas primeras consecuencias para la clase obrera
fueron la subida inexorable del desempleo, las carretadas de
despidos, que han acarreado un empobrecimiento considerable en la
clase obrera, la burguesía está llevando a cabo
ahora una política para ocultar prioritariamente la
amplitud del fenómeno del desempleo. Para ello, manipula
constantemente las estadísticas oficiales, suprime a
desempleados de las oficinas de empleo, recurre al tiempo parcial,
a los contratos basura, anima a las mujeres a “volver al
hogar”, monta cursillos y empleos juveniles mal o nada
remunerados. Además, no ha cesado de animar, favorecer,
multiplicar las prejubilaciones para los asalariados mayores, los
ceses progresivos de actividad, con el señuelo de la
reducción del tiempo de trabajo a la vez que insistía
en el aumento de la esperanza de vida de la población
(“mejora” en la que los obreros se llevan, por cierto,
la peor parte). Paralelamente, para los obreros en actividad, esa
propaganda servía para que aceptaran una violenta
deterioración de sus condiciones de vida y de trabajo
causada por la supresión de empleos en nombre de la
necesaria modernización de la gestión para enfrentar
la competencia. Se les ha impuesto que se sometan a la jerarquía,
a los imperativos de la productividad para salvar los empleos.
Para contener un descontento social en alza causado por esa
deterioración acelerada de sus condiciones de existencia,
la baja de la edad de jubilación le sirvió a la
burguesía de válvula de escape hasta legalizar esa
baja en algunos países. En Francia, en particular, la
promulgación de la jubilación a los 60 años,
adoptada por la izquierda en los años 80, pudo aparecer
como algo muy social cuando, en realidad, no servía sino
para hacer oficial que ya era un hecho.

Hoy, la agravación de la crisis ya no permite
a la burguesía seguir pagando a los obreros jubilados ni
reembolsar los gastos médicos como antes. Con el incremento
paralelo del desempleo, para una cantidad cada vez mayor de
obreros será difícil justificar el número de
años exigido para “disfrutar” de una pensión
decente. En cuanto los proletarios dejan de producir plusvalía
se convierten en un fardo para el capitalismo. En fin de cuentas,
para este sistema, la mejor solución hacia la que
cínicamente se está orientando es que, en cuanto
dejan de ser productivos, se mueran lo antes posible.

Por eso es por lo que la arremetida brutal y directa
contra las pensiones se ha traducido en una viva inquietud que ha
desembocado en un despertar de la combatividad y también en
el inicio de una reflexión en profundidad sobre el porvenir
que el capitalismo ofrece a la sociedad.

En 1968, uno de los factores principales del resurgir
de la clase obrera y de sus luchas en el ruedo histórico a
escala internacional fue que se acabaron brutalmente las ilusiones
del período de reconstrucción que había
creado, durante una generación, una situación de
euforia de pleno empleo, época durante la cual las
condiciones de vida de la clase obrera mejoraron sustancialmente,
tras el desempleo masivo de los años 30, el racionamiento y
las penurias de la guerra y de la posguerra. La burguesía
misma se creyó que aquel período de prosperidad no
acabaría nunca, que había resuelto las crisis
económicas, que el espectro de los años 30 había
desaparecido para siempre. En cuanto aparecieron las primeras
expresiones de la crisis abierta, la clase obrera empezó a
sentir no sólo que se atacaba a sus condiciones de vida,
sino que el porvenir se ensombrecía, un nuevo período
de estancamiento económico y social se instalaba a causa de
la crisis mundial. La amplitud de las luchas obreras a partir de
mayo de 1968, el resurgir de la perspectiva revolucionaria dejaron
malparadas las patrañas pequeñoburguesas de aquel
entonces, como aquello de “la sociedad de consumo” o
“el aburguesamiento del proletariado”. Guardando la
necesaria distancia, los ataques actuales tienen mucho parecido
con los de aquella época. No se trata de hacer
comparaciones abusivas de ambos períodos. 1968 fue un
acontecimiento histórico de primera importancia, fue el
hito que marcó la salida de más de cuatro décadas
de contrarrevolución. Para el proletariado internacional,
aquellos hechos tuvieron un alcance y un significado con los que
difícilmente podría compararse la situación
actual.

Pero hoy estamos asistiendo al desmoronamiento de lo
que aparecía en cierto modo como un consuelo tras años
y años de presidio asalariado, algo que ha sido uno de los
pilares que han permitido que el sistema haya aguantado durante 20
años: la jubilación a los 60 años, con la
posibilidad, a partir de esta edad, de disfrutar de una vida
tranquila, desembarazada de apuros materiales. Hoy, los
proletarios se ven obligados a abandonar esa ilusión de
poder librarse durante los últimos años de su vida
de lo que se vive cada día más como un calvario: la
degradación constante de las condiciones de trabajo, en un
entorno en el que hay que soportar la falta de efectivos, el
aumento constante de la presión laboral, la aceleración
de los ritmos. O tendrán que trabajar durante más
años, lo cual significa amputar ese tiempo en el que podían
por fin librarse de la esclavitud asalariada, o, al no haber
contribuido el tiempo suficiente, quedarán reducidos a una
miseria en la que las privaciones serán digno sustituto de
los ritmos infernales. Esta nueva situación plantea a todos
los obreros el problema del futuro.

Además, el ataque contra las pensiones afecta
a todos los obreros, echa puentes sobre el barranco que se había
ido abriendo entre las generaciones obreras, pues el peso del
desempleo caía sobre todo sobre los hombros de las jóvenes
generaciones con la tendencia a aislarlas en un “pasotismo”
sin futuro. Por eso se han sentido implicadas todas las
generaciones obreras incluidas las más jóvenes,
alertadas por esa arremetida contra las pensiones, cuya naturaleza
puede crear un sentimiento de unidad en la clase, de tal modo que
en ella pueda germinar una reflexión profunda sobre el
porvenir que nos prepara la sociedad capitalista.

Con esta nueva etapa en la agravación de la
crisis, están apareciendo y madurando las ideas que pondrán
en entredicho algunas de las barreras edificadas por la burguesía
a lo largo de los años anteriores, como: la clase obrera ya
no existe, es posible mejorar las condiciones de vida y mejorar el
sistema aunque solo sea para disfrutar de una apacible vejez…,
en fin, todo lo que empujaba a los obreros a resignarse a su sino.
Todo lleva a una maduración de las condiciones para que la
clase obrera vuelva a encontrar la conciencia de su perspectiva
revolucionaria. Los ataques unifican las condiciones para la
réplica obrera a escala más y más amplia, más
allá de las fronteras nacionales. Están tejiendo el
mismo telón de fondo para luchas más masivas, más
unitarias, más radicales.

Esos ataques son el abono de un lento madurar de las
condiciones para que surjan luchas masivas necesarias para
reconquistar la identidad de clase proletaria y hacer que vayan
cayendo las ilusiones, y en especial, la de creer que puede
reformarse este sistema. Serán las acciones de masas mismas
las que habrán de permitir que vuelva a emerger la
conciencia de ser una clase explotada portadora de una perspectiva
histórica para la sociedad. Por todo ello, la crisis es la
aliada del proletariado. El camino que deberá abrirse la
clase obrera para consolidar su propia perspectiva no es, sin
embargo, una autovía, sino un camino largo, retorcido,
difícil, lleno de baches y trampas que el enemigo de clase
va a tender contra ella.

Ha sido una derrota lo que acaban de sufrir los
proletarios en sus luchas contra los ataques del Estado contra sus
pensiones de jubilación, en Francia y en Austria
particularmente. Esta lucha ha sido, no obstante, una experiencia
positiva para la clase obrera, porque, en primer lugar, ha podido
volver a afirmar su existencia y movilizarse en su terreno de
clase.

Frente a otros ataques que la burguesía está
preparando contra ella, a la clase obrera no le queda otro remedio
que desarrollar su combate. Vivirá inevitablemente otros
fracasos antes de lograr afirmar su perspectiva revolucionaria.
Como lo subrayó con tanta fuerza Rosa Luxemburg en “El
orden reina en Berlín”, su último artículo
redactado la víspera de asesinato por la soldadesca a las
órdenes del gobierno socialdemócrata:

“Las luchas parciales de la revolución
acaban todas ellas en “derrota”. La revolución
es la única forma de “guerra” –es incluso
una de las leyes de su desarrollo– en la que la victoria
final sólo podrá prepararse con una serie de
‘derrotas’” (Die Röte Fahne, 14 de enero de
1919).

Y así es, y para que sus “derrotas”
sirvan a la victoria final, el proletariado tiene que sacar de
ellas todas las enseñanzas. Deberá comprender, en
particular, que los sindicatos son, por todas partes, órganos
de defensa de los intereses del Estado contra los suyos propios.
Y, más generalmente, deberá tomar conciencia que
debe enfrentarse a su adversario, la burguesía, la cual
sabe maniobrar para defender sus intereses de clase y cuenta con
una colección de instrumentos para conservar su dominación,
desde sus policías y sus cárceles hasta sus partidos
de izquierda e incluso sus “revolucionarios” con
precinto (los grupos izquierdistas, en particular los trotskistas)
y que dispone, sobre todo, de todos los medios (incluidos sus
“catedráticos”) para sacar sus propias
lecciones de los enfrentamientos pasados. Como también Rosa
Luxemburg lo decía:

“La revolución no actúa a
su aire, no opera en campo abierto según un plan puesto a
punto por hábiles “estrategas”. También
sus adversarios saben dar pruebas de iniciativa, incluso en
general, mejor que la revolución” (Ibid.).

En su combate titánico contra su enemigo
capitalista, el proletariado sólo podrá contar con
sus propias fuerzas, con su autoorganización y, sobre todo,
con su conciencia.

Wim22 de junio 2003

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