Marx y la cuestión judía

En la serie La Religión

Ver tambien :

Versión para impresiónEnviar por email

En el número anterior de la Revista Internacional publicamos un artículo sobre la película "El pianista", del director Roman Polansky, que trata sobre la rebelión del ghetto de Varsovia en 1944 y el genocidio que los nazis perpetraron sobre los judíos de Europa. Sesenta años después del horror indescriptible de esta campaña de exterminio cabría esperar que el antisemitismo se hubiera convertido en una pieza de museo, pues las consecuencias del racismo antisemita eran tan claras que deberían haber servido para desacreditarlo de una vez por todas. Sin embargo no es esto lo que ocurre. De hecho las viejas ideologías antisemitas, tanto o más tóxicas y extendidas que en el pasado, tienen ahora como objetivo el mundo "musulmán", en especial el "radicalismo islámico" personificado en Osama Bin Laden quien, por su parte, no deja pasar una para arremeter contra "cruzados y judíos" como enemigos del Islam y víctimas propiciatorias de sus ataques terroristas. Un típico ejemplo de esta versión del antisemitismo "islámico" la encontramos en Internet en la página "Radio Islam", cuyo eslogan es "¿Raza?, Una sola raza, la humana". Está página dice oponerse a todo tipo de racismo, pero si miramos con atención queda claro que su principal preocupación es "el racismo judío hacia los no judíos"; es más, se trata de un archivo que contiene textos antisemitas clásicos: desde los Protocolos de los sabios de Sión (que es una falsificación zarista de finales del siglo XIX presentada como acta de una reunión de la conspiración judía internacional, y que se convirtió en una de las biblias del partido nazi) hasta el Mein Kampf de Hitler, pasando por invectivas más recientes de Louis Farrakhan líder de "Nation of Islam" en los Estados Unidos.

Publicaciones de este tipo -que hoy en día tienen gran difusión- muestran que la religión es hoy en día uno de los principales vehículos del racismo y la xenofobia al alentar las actitudes de pogromo y, en general, las actitudes de división de la clase obrera y de las capas oprimidas. No se trata de "ideas" inocentes, son la justificación ideológica de masacres bien reales como las de serbios ortodoxos, católicos croatas y musulmanes bosnios en la antigua Yugoslavia, católicos y protestantes en Irlanda del Norte, musulmanes y cristianos en África o Indonesia, hindúes y musulmanes en India, judíos y musulmanes en Israel y Palestina.

En nuestros artículos "El resurgimiento del Islam síntoma de la descomposición de las relaciones sociales capitalistas" de la Revista Internacional 109 y "El combate del marxismo contra la religión: la esclavitud económica fuente principal de la mistificación religiosa" de la nº 110, mostramos como ese fenómeno expresa la descomposición de la sociedad capitalista.

En este artículo queremos centrarnos en la cuestión judía, no solo porque Karl Marx publicó hace 160 años (en 1843) su famoso artículo "Sobre la cuestión judía", sino también porque él, que dedicó toda su vida a la causa del internacionalismo proletario, está hoy en boca de un teórico del antisemitismo (en general de forma despectiva, pero no siempre).

Sobre esto la página de Radio Islam es instructiva: El artículo de Marx aparece junto a Los protocolos de los sabios de Sión y caricaturas del estilo de la revista nazi Der Stürmer con las que insultan a Marx por ser judío.

Por cierto, no es nueva esta acusación contra Marx. En 1960, Dagobert Rumes publicó un artículo de Marx pero cambiándole el título por "Un mundo sin judíos" dando a entender, con ello, que Marx era el primer representante de la "solución final" al problema judío. En una historia de los judíos más reciente, Paul Johnson, intelectual inglés de extrema derecha lanza el mismo tipo de acusaciones y afirma que la idea de abolir el intercambio como base de la vida social es una idea antisemita. Marx sería, como mínimo, un judío que se odia a sí mismo (calificativo que hoy día espeta el orden social sionista establecido a cualquier judío que se atreva a criticar al Estado de Israel).

El objetivo de este artículo no solo es hacer frente a todas estas distorsiones grotescas y defender a Marx contra los que tratan de utilizarlo en contra de sus propios principios, sino mostrar que el trabajo de Marx es el punto de partida para superar el problema de antisemitismo.

El contexto histórico del artículo de Marx sobre la cuestión judía.

Es inútil citar o presentar el artículo de Marx al margen de su contexto histórico. El artículo "Sobre la cuestión Judía" forma parte de la lucha general por el cambio político en una Alemania semi feudal. Dentro de esta lucha está, como cuestión específica, el debate sobre si se debe conceder a los judíos los mismos derechos cívicos que al resto de habitantes de Alemania. Marx, como redactor de la Rheinische Zeitung pensó inicialmente en responder a los escritos antisemitas y abiertamente reaccionarios de un tal Hermes quien quería preservar la base cristiana del Estado y meter a los judíos en un ghetto, pero una vez que Bruno Bauer, hegeliano de izquierdas, entró en liza con sus artículos "La cuestión judía" y "La capacidad actual de judíos y cristianos para liberarse", decidió que era más importante polemizar con Bauer al que consideraba un falso radical.

Hay que recordar, además, que Marx en ese momento de su vida estaba sufriendo una transformación política que le llevaría a superar el punto de vista democrático radical para abrazar el comunismo. Entonces era un exiliado en París influenciado por los artesanos comunistas franceses (Ver en la Revista Internacional nº 69 el artículo: "Cómo ganó el proletariado a Marx para la causa del comunismo") que a finales de 1843 reconoce en su Critica a la filosofía del derecho de Hegel que el proletariado es la clase portadora de una nueva sociedad. En 1844 encuentra a Engels quien le ayudará a comprender la importancia de los fundamentos económicos de la vida social. Los Manuscritos económicos y filosóficos que escribe ese mismo año son su primera tentativa de comprender en su verdadera profundidad toda esa evolución. En 1845, las Tesis sobre Feuerbach suponen la ruptura definitiva con el materialismo unilateral de este último.

Indudablemente, un momento de esta evolución lo constituye la polémica con Bauer sobre los derechos civiles y la democracia publicada en los Anales Franco-alemanes.

Bruno Bauer era el portavoz, en aquel entonces, de la "izquierda" en Alemania auque los gérmenes de su evolución posterior hacia la derecha se perciben ya en su actitud sobre la cuestión judía, frente a la cual adopta una actitud aparentemente radical pero que, en definitiva, conduce a preconizar no hacer nada para cambiar las cosas. Para Bauer era inútil reivindicar la emancipación política de los judíos en un Estado cristiano, para poder emanciparse tanto los judíos como los cristianos debían abandonar sus creencias e identidad religiosa; en un Estado democrático no había lugar para la ideología religiosa. Y si había algo que hacer incumbía más a los judíos que a los cristianos: desde el punto de vista de los hegelianos de izquierdas los cristianos eran el ultimo envoltorio religioso en el seno del cual se expresaba históricamente la lucha por la emancipación de la humanidad. A los judíos, por haber rechazado el mensaje universal de los cristianos, aun les quedaba por franquear dos rubicones mientras que a los cristianos solo uno.

No resulta difícil advertir, en Bauer, la transición desde este punto de vista hacia una posición abiertamente antisemita. Incluso es posible que Marx lo presintiese, pero en su polémica empieza defendiendo la idea de que conceder derechos cívicos "normales" a los judíos - que llama "la emancipación política"- sería un "gran paso adelante"; de hecho esa había sido una de las características de las revoluciones burguesas precedentes (Cronwell permitió que los judíos volvieran a Inglaterra, y el código de Napoleón les otorgaba derechos cívicos). Todo ello formaría parte de una lucha más general por desembarazarse de las trabas feudales y crear un Estado democrático moderno, cosa que debía hacerse sin más tardanza especialmente en Alemania.

Marx ya era, sin embargo, consciente de que la lucha por la democracia política no era el objetivo final. Su artículo sobre el problema judío supone un avance significativo respecto a un texto que había escrito poco antes: La crítica de la filosofía política de Hegel. En este último, Marx lleva hasta el extremo sus ideas sobre la democracia radical, defendiendo que la democracia real - el sufragio universal- significa la disolución del Estado y de la sociedad civil. En cambio en La cuestión judía, Marx, afirma que una emancipación puramente política -incluso emplea la expresión "democracia consumada"- esta lejos de corresponder a una autentica emancipación humana.

Marx, en este texto, formula claramente que la sociedad civil es la sociedad burguesa, una sociedad de individuos aislados que compiten en el mercado. Es una sociedad de separación y alienación (aquí, Marx, emplea por primera vez ese término) en la que las fuerzas empleadas por los propios hombres -no solo el poder del dinero sino también el del propio Estado- se convierten inevitablemente en fuerzas que les son ajenas y que imponen su dominio sobre la vida humana. Y este conflicto no lo resuelve la democracia política ni los derechos humanos, porque se basan en la noción de ciudadano atomizado y no en la de auténtica comunidad: "Así, ninguno de los supuestos derechos del hombre va más allá del hombre egoísta, del hombre como miembro de la sociedad civil, es decir, de un individuo encerrado en sí mismo, en su interés privado y en su capacidad privada, un individuo separado de la comunidad. Lejos de considerar al hombre, en sus derechos, como un ser genérico; al contrario, es la propia vida genérica en si misma, la sociedad, la que aparece como algo exterior a los individuos, una traba a su independencia original. El único vinculo que le une es la necesidad natural y el interés privado, el mantenimiento de su propiedad y de su persona egoísta".

Como prueba suplementaria de que la alienación no desaparece con la democracia política, Marx pone el ejemplo América del Norte: mientras que, formalmente, religión y Estado estaban separados, es el país por excelencia de las sectas y la observancia religiosa.

Mientras Bauer defiende la idea de que la lucha por la emancipación política de los judíos, como tales, es una pérdida de tiempo, Marx defiende y apoya esa reivindicación: "Nosotros no les decimos a lo judíos lo que Bauer: no podéis emanciparos políticamente sin emanciparos, radicalmente, del judaísmo. En cambio, les decimos: podéis emanciparos políticamente, sin desligaros completa y definitivamente del judaísmo, porque la emancipación política en sí misma no significa la emancipación humana. Si queréis emanciparos políticamente sin emanciparos humanamente, es porque la imperfección y la contradicción no está solo en vosotros, judíos, sino que es inherente a la esencia y a la categoría de la emancipación política".

Esto quiere decir, concretamente, que Marx aceptaba la petición de la comunidad judía local de redactar una petición a favor de las libertades cívicas para los judíos. Esta actitud hacia las reformas es una característica del movimiento obrero durante el periodo ascendente del capitalismo. Pero ya entonces la mirada de Marx apuntaba más lejos en el camino de la historia - hacia la futura sociedad comunista- aunque aún no lo menciona abiertamente en "La cuestión judía", como puede verse en la conclusión a la primera parte de su respuesta a Bauer: "Solo cuando el hombre individual, real, se haya recobrado a sí mismo como ciudadano abstracto, será un hombre individual, un ser genérico en su vida empírica, en su trabajo individual, en sus relaciones individuales; porque así el hombre habrá reconocido y organizado sus propias fuerzas como fuerzas sociales, y ya no buscará su fuerza social bajo el aspecto de la fuerza política; entonces y únicamente entonces se logrará la emancipación humana".

El supuesto antisemitismo de Marx.

La nueva ola de antisemitismo islámico dirige sus rayos contra Marx utilizando abusivamente la segunda parte de su texto, que responde al segundo artículo de Bauer, al servicio de su obscurantista visión del mundo. "¿Cuál es el culto profano de los judíos? El trapicheo. ¿Su dios? El dinero (...) El dinero es el celoso dios de Israel ante el cual no cabe otro dios. El dinero habilita todos los dioses de los hombres: los convierte en una mercancía. El dinero es el valor universal de todas las cosas, constituidas por él mismo. Por eso despoja al mundo entero, tanto al mundo de los hombres como el de la naturaleza, de su valor original. El dinero es la esencia alienada del trabajo y de la vida de los hombres que idolatran esa esencia ajena que los domina. El dios de los judíos se ha mundanizado convirtiéndose en dios del mundo. La letra de cambio es él autentico dios de los judíos..."

Utilizan este pasaje, y otros, de "La cuestión judía" para probar que Marx es uno de los fundadores del antisemitismo moderno y dar una respetabilidad al mito del parásito judío sediento de sangre.

Es cierto que algunas de las formulaciones empleadas por Marx en esa parte del texto hoy no las escribiríamos igual, también lo es que ni Marx ni Engels estaban totalmente libres de algún prejuicio burgués, en especial respecto a las nacionalidades, como se refleja en alguna de sus tomas de posición. Pero de ahí concluir que Marx y el marxismo están marcados indefectiblemente por el racismo es falsificar su pensamiento.

Hay que situar esas formulaciones en su contexto histórico. Como explica Hal Draper en un apéndice de su libro La teoría revolucionaria de Carlos Marx (Volumen I, Monthly Review Press, 1977) identificar judaísmo y comercio en el capitalismo formaba parte del lenguaje de la época que empleaban gran número de pensadores radicales y socialistas, incluidos judíos radicales como Moses Hess que en ese momento influyeron en Marx (y que debieron tener su influencia en ese mismo artículo en aquel momento).

Trevor Ling, un historiador de las religiones, critica desde otro ángulo el artículo de Marx: "Marx tenía un estilo periodístico mordaz y amenizaba sus páginas con giros y frases mordaces y satíricas. Este tipo de escritos, en lugar de dar ejemplos, resulta panfletario, exalta las pasiones y no tiene gran cosa que ofrecer en términos de un análisis sociológico útil. Cuando es ese contexto se utilizan grandes términos superficiales como "el judaísmo" o "el cristianismo" no tienen nada que ver con sus realidades históricas; solo son etiquetas que coloca Marx a sus propias construcciones, mal concebidas y artificiales" (Ling, "Carlos Marx y la religión", Macmillan press, 1980). Resulta que esas frases mordaces de Marx contienen los instrumentos más afilados para examinan las cuestiones en su profundidad que los sesudos folletones de los académicos. Además, Marx en ese artículo no trata de hacer una historia de la religión judía, que no se puede reducir a una simple justificación del mercantilismo pues sus orígenes están en una sociedad en la que las relaciones mercantiles tenían un papel secundario y que, en sustancia, eran un reflejo de la existencia de divisiones de clase entre los propios judíos (por ejemplo, en las diatribas de los profetas contra la corrupción de la clase dominante en el antiguo Israel).

Como ya hemos dicho antes, Marx, para defender que la población judía tuviera los mismos "derechos civiles" que los demás ciudadanos, solo utiliza la analogía verbal entre judaísmo y relaciones mercantiles para aspirar a una sociedad liberada de las relaciones mercantiles. Ese es él autentico significado de la frase de sus conclusiones: "La emancipación social de judío es la emancipación de la sociedad liberada del judaísmo". Y eso no tiene nada que ver con ningún plan de eliminación de los judíos a pesar de las repugnantes insinuaciones de Dagobert Rune; lo que significa esa frase es que en tanto la sociedad esté dominada por relaciones mercantiles, los hombres no podrán controlar su propio potencial social y seguirán siendo ajenos los unos a los otros.

Marx, al mismo tiempo, establece una base para analizar la cuestión judía desde un punto de vista materialista que sería culminada posteriormente por otros marxistas como Kautsky y, especialmente, Abraham Leon[1]. Lejos de la interpretación religiosa que explica el tesón de los judíos como resultado de sus convicciones religiosas, Marx muestra que la supervivencia de su identidad y sus convicciones religiosas se debe al papel que ellos desempeñaron en la historia: "El judaísmo se ha conservado gracias a la historia y no a pesar de ella". Ello está profundamente ligado a las relaciones que los judíos han mantenido con el comercio: "No hay que buscar el secreto del judío en su religión sino el secreto de la religión en el judío real". Aquí Marx hace un juego de palabras entre judaísmo como religión y judaísmo como sinónimo de chalaneo y poder financiero, lo cual se basa, al fin y al cabo, en una realidad: el papel económico y social particular que desempeñaron los judíos en el antiguo sistema feudal.

En su libro "Una interpretación marxista de la cuestión judía" Leon, que se basa tanto en algunas frases muy claras de "La cuestión judía" como en otras de "El Capital", habla de los "judíos [viviendo] en los 'pores' de la sociedad polaca"[2] comparándolos con otros "pueblos comerciantes" en la historia. Desarrolla la idea, a partir de algunos elementos, de que los judíos en la antigüedad y durante el feudalismo funcionaban como un "pueblo-clase" ligados, en gran medida, a relaciones comerciales y de dinero en sociedades en las que predominaba la economía natural. Esta situación estaba codificada, por ejemplo en el feudalismo, mediante leyes religiosas que prohibían a los cristianos practicar la usura. Pero Leon también muestra que la relación de los judíos con el dinero no se reduce a la usura. En la sociedad antigua y feudal los judíos constituían un pueblo comerciante, personificaban las relaciones comerciales que aún no dominaban la economía pero que permitían establecer vínculos entre comunidades dispersas en los que la producción se dirigía fundamentalmente hacia el uso, mientras que la clase dominante se apropiaba y consumía directamente la mayor parte del excedente. Esta función socio-económica particular (que evidentemente constituía una tendencia general y no una ley absoluta para los judíos) suministró lo base material de la supervivencia de la "corporación" judía dentro de la sociedad feudal; por el contrario, allí donde los judíos se dedicaron a otras actividades como la agricultura se integraron socialmente con suma rapidez.

Esto no quiere decir que los judíos hubieran sido los primeros capitalistas (esto no queda claro en el texto de Marx por la sencilla razón de que aún no ha comprendido totalmente la naturaleza del capital). Al contrario, el florecimiento del capitalismo coincidió con uno de los momentos de mayor persecución de los judíos. Leon muestra, frente al mito sionista de que la persecución de los judíos ha sido una constante a lo largo de la historia -y que seguirán perseguidos mientras no se reúnan todos en un mismo país-[3], que mientras desempeñaron un papel "útil" en las sociedades precapitalistas la mayor parte del tiempo se les toleraba e incluso, con frecuencia, los monarcas los protegían pues necesitaban de sus cualificados servicios. Le emergencia de una clase "autóctona" de comerciantes que invierte sus beneficios en la producción (como el comercio de la lana inglesa, clave para comprender los orígenes de la burguesía inglesa) lleva el desastre a los judíos que encarnan una forma de economía mercantil superada que se convierte en un obstáculo para el desarrollo de esas nuevas formas. Eso llevó a un gran número de comerciantes judíos a dedicarse a la única forma de comercio que les quedaba: la usura. Y esta práctica llevó a los judíos a entrar en conflicto directo con los principales deudores de la sociedad: por un lado los nobles, y por otro los campesinos. Es significativo que, por ejemplo, los pogromos contra los judíos se dieran en Europa Occidental cuando el feudalismo ya declinaba y el capitalismo comenzaba a tomar auge. En la Inglaterra de 1189-90, los judíos de York fueron masacrados así como en otras ciudades, y la totalidad de la población judía fue expulsada. Con frecuencia los pogromos partían de nobles que tenían contraídas enormes deudas con los judíos, a los que se aliaban pequeños productores sobre endeudados, a su vez, con los judíos; tanto unos como otros esperaban beneficiarse de ello obteniendo la anulación de sus deudas ya fuera gracias a la muerte o la expulsión de los usureros, y además arramblar con sus propiedades. La emigración judía de Europa Occidental hacia Europa Oriental en los albores del desarrollo capitalista permitió su retorno hacia regiones más tradicionales y todavía feudales en las que los judíos pudieron emprender su actividad más tradicional; en cambio los que se quedaron se integraron en la sociedad burguesa del entorno. Una fracción judía de la clase capitalista (personificada en la familia Rothschild) es el producto de esa época; paralelamente se desarrolla un proletariado judío, aunque los obreros judíos tanto en el Oeste como en el Este se concentraban esencialmente en la esfera del artesanado y no en la industria pesada, y la mayoría de judíos -de forma desproporcionada- pertenecía a la pequeña burguesía, con frecuencia eran pequeños comerciantes.

Estas capas -pequeños comerciantes, artesanos, proletarios- son arrojadas a la mísera más abyecta con el declive de feudalismo en el Este y la emergencia de una infraestructura capitalista que ya contenía los signos de su declive. A finales del siglo XIX, se producen más oleadas de persecución en el Imperio zarista, que provocan un nuevo éxodo de judíos hacia el oeste, "exportando" con ello el problema al resto del mundo, especialmente a Alemania y Austria. En este periodo se desarrolla un movimiento sionista que, desde la izquierda a la derecha, desarrolla la idea de que el pueblo judío solo podrá normalizarse cuando logre una patria. Argumento cuya futilidad confirmó según Leon el propio holocausto, ya que la aparición de una pequeña "patria judía" en Palestina no pudo impedirlo en absoluto.[4]

En pleno holocausto nazi, Leon escribía que el paroxismo antisemita que recorría la Europa nazi era la expresión de la decadencia del capitalismo. Las masas de judíos inmigrados que huyeron de la persecución zarista en Europa del Este y Rusia no encentraron en Europa Occidental un remanso de paz y tranquilidad sino una sociedad capitalista desgarrada por contradicciones insolubles, desolada por la guerra y la crisis económica mundiales. La derrota de la revolución proletaria tras la primera guerra mundial no solo abrió el curso a la segunda carnicería imperialista, también permitió una forma de contrarrevolución que explota a fondo los viejos prejuicios antisemitas, utilizando el racismo anti judío tanto ideológica como prácticamente como base para liquidar la amenaza proletaria y adaptar la sociedad para una nueva guerra. Leon, al igual que el Partido Comunista Internacional en su folleto Auschwitz, la gran excusa, se concentra particularmente en cómo los nazis utilizaron las convulsiones de la pequeña burguesía arruinada por la crisis capitalista, y presa fácil de una ideología que le permite no solo liberarse de sus competidores judíos sino también, oficialmente, arramblar con sus propiedades (aunque en la práctica el Estado nazi se llevó la parte del león para mantener y desarrollar su economía de guerra, y prácticamente no dejó nada a la pequeña burguesía).

Leon también muestra, una vez más, la utilización del antisemitismo como un socialismo de imbéciles, una falsa crítica al capitalismo que permite a la clase dominante arrastrar a ciertos sectores de la clase obrera, en especial las capas más marginales y más golpeadas por el paro. De hecho la noción de "nacional"-socialismo era en parte una respuesta directa de la clase dominante a la estrecha relación que se había establecido entre el verdadero movimiento revolucionario y una capa de intelectuales y obreros judíos que, como ya señaló Lenin, eran atraídos de forma natural hacia el socialismo internacional en tanto que única solución a su situación de gente perseguida y sin cobijo alguno en la sociedad capitalista. Se tachaba al socialismo internacional de maquinación de la conspiración judía mundial, y se animaba a los proletarios a aderezar de patriotismo su socialismo. El reflejo de esta ideología se ve en la URSS estalinista con la campaña de insinuaciones contra los "cosmopolitas sin raíces" que sirvió de tapadera a sobreentendidos antisemitas contra la oposición internacionalista que se oponía a la ideología y a la práctica del "socialismo en un solo país".

Eso muestra que la persecución de los judíos funciona, también, a nivel ideológico y necesita una ideología que la justifique. En la Edad Media se trataba del mito cristiano de que asesinaron a Cristo, envenenaban las aguas y mataban en sus rituales a los niños cristianos. Es Shylock y su libra de carne[5]. En la decadencia del capitalismo es el mito de una conspiración judía mundial que habría hecho surgir el capitalismo, y también el comunismo, para imponer su dominación sobre los pueblos arios.

Trotski, en los años 30 señala que el declive del capitalismo engendra una regresión terrible en el plano ideológico:

"El fascismo llevó la política a los bajos fondos de la sociedad. El siglo XX convive con el siglo X y el XII, no solo en las casas de los campesinos sino también en los rascacielos de las grandes ciudades. Cientos de personas se sirven de la electricidad creyendo que es producto de magias y encantamientos. El Papa de Roma diserta en la radio sobre la transmutación del agua en vino. Las estrellas de cine van a que les echen la buenaventura. Los aviadores que manejan esas maravillas mecánicas, producto del ingenio humano, van cargados de amuletos. ¡Vaya arsenal de impotencia y oscurantismo, de ignorancia y barbarie!. La desesperación los hace despertar, el fascismo les da una bandera. Todo aquello que, en un desarrollo sin obstáculos de la sociedad, debería rechazar el organismo nacional en forma de excrementos de la cultura, hoy es vomitado: la civilización capitalista vomita una barbarie que no ha digerido. Esa es la psicología del nacional- socialismo". ("¿Qué es el nacional-socialismo?", 10 de Mayo de 1933).

Todos esos elementos los encontramos en los fantasmas nazis sobre los judíos. El nazismo no oculta su regresión ideológica. Se retrotrae abiertamente a los dioses pre-cristianos. En realidad el nazismo fue un movimiento ocultista que se hizo con el control directo de los medios de gobierno y, como todo ocultismo creía que libraba una batalla contra otro poder satánico secreto -en este caso los judíos-. Y todas estas mitologías, si las examinásemos en sí mismas, contienen todos los elementos psicológicos que pueden desarrollar su propia lógica que alimenta el monstruo que llevó a los campos de la muerte.

Sin embargo no se puede separar jamás esa irracionalidad ideológica de las contradicciones del sistema capitalista (no son en modo alguno expresión de una especie de principio metafísico del mal, un misterio insondable, como han tratado de demostrar numerosos pensadores burgueses). En nuestro artículo sobre la película El pianista de Polansky, en la Revista Internacional 113 citábamos el folleto del PCI ("Auschwitz o la gran excusa" sobre el frío cálculo "razonado" que había detrás del Holocausto -empleo de la muerte y utilización de los cadáveres para obtener el máximo provecho-. Pero hay otra dimensión que no aborda el folleto: la propia irracionalidad de la guerra capitalista. Así, la "solución final" bajo la forma de guerra mundial es producto de las contradicciones económicas, que sin ceder en la carrera por la ganancia, se convierte a su vez en un factor suplementario de exacerbación de la ruina económica. La economía de guerra requiere utilizar los trabajos forzados y la maquinaria de los campos de concentración se convierte en una inmensa carga para el esfuerzo de guerra alemán.

La solución a la cuestión judía.

Hoy, 160 años después, sigue siendo válido lo esencial de lo que propuso Marx respecto a la cuestión judía: la abolición de las relaciones capitalistas y la creación de una autentica comunidad humana. Evidentemente esa es la única solución posible a cualquier problema nacional que subsiste: el capitalismo se ha mostrado incapaz de resolverlos. La mejor prueba está en las manifestaciones actuales del problema judío que están íntimamente ligadas al conflicto imperialista de Oriente Medio.

Lo que el "movimiento de liberación nacional judío", el sionismo, plantea como "solución" se convierte en el centro del problema. La principal fuente del rebrote actual del antisemitismo no está directamente ligada a la función particular de los judíos en los Estados capitalistas avanzados, ni a la emigración judía hacia ellos. En esos países, la diana del racismo, desde el final de la segunda guerra mundial, son los inmigrantes que vienen de sus antiguas colonias; y más recientemente el racismo se dirige contra los que llegan "buscando asilo", víctimas de catástrofes económicas, ecológicas o guerreras que el capitalismo expande por todo el planeta.

El "moderno" antisemitismo está, ante todo y sobre todo, ligado al conflicto de Oriente Medio. La agresiva política imperialista de Israel en la región y el apoyo sin fisuras que le ha prestado Estados Unidos han revitalizado el viejo mito del compló judío internacional. Millones de musulmanes se han tragado el bulo de que "40000 judíos se habrían alejado de las Torres Gemelas el 11 de Septiembre porque les habían alertado sobre la inminencia de un ataque", "los judíos habrían sido los autores". Todo ello sin olvidar que quienes proclaman semejantes bulos son gentes que ¡defienden a Bin Laden y aplauden los ataques terroristas![6]. Que muchos de los miembros de la camarilla dirigente en torno a Bush, los "neoconservadores", ardientes defensores del "nuevo siglo americano" (Wolfowitz, Perle, etc.) sean judíos lleva más agua a ese molino, dándole un tonillo de izquierdas. Recientemente, en Gran Bretaña, ha surgido una polémica a propósito de una declaraciones de Tam Dalyell -figura "antiguerra" del Partido Laborista, quién habló abiertamente de la influencia del "lobby judío" en la política exterior americana, y sobre el propio Blair. Paul Foot del Partido Socialista de los Trabajadores inglés le ha defendido contra las acusaciones de antisemita, lo único que ha lamentado es que en sus declaraciones mencionara a las judíos y no a los sionistas. En la práctica, en los discursos de los nacionalistas y de la Yihad que dirige la lucha armada contra Israel, es cada vez más confusa la distinción entre judíos y sionistas. En los años 60 y 70 la OLP y los izquierdistas que los apoyaban decían que querían vivir en paz con los judíos en una Palestina laica y democrática; hoy la ideología de la Intifada -sumergida en el radicalismo islámico- no oculta su intención de expulsar a los judíos de la región o exterminarlos completamente. El trotskismo, por su parte, hace mucho tiempo que se sumó a las filas de los pogromos nacionalistas.

Más arriba mencionábamos que Abraham Leon dijo que el sionismo no podía hacer nada por salvar a los judíos de Europa, devastada por la guerra; hoy podríamos añadir que los judíos que corren mayor peligro de destrucción física son precisamente los que están en la tierra prometida del sionismo. El sionismo no solo ha encerrado en una inmensa prisión a los árabes palestinos que viven bajo un régimen humillante de ocupación militar y de brutal violencia, también ha encadenado a los judíos de Israel a una horrible espiral de terrorismo y antiterrorismo que no parece capaz de detener ningún "proceso de paz" imperialista.

El capitalismo, en su decadencia, ha juntado todos los demonios del odio y la destrucción que la humanidad ha ido concibiendo, y los ha armado con las armas más devastadoras conocidas hasta ahora. Ha permitido genocidios a una escala sin precedentes en la historia y la cosa no va a menos. Pese al Holocausto de los judíos y los gritos de "que no vuelva a suceder", hoy asistimos a un reverdecimiento violento del antisemitismo pero también a carnicerías étnicas de dimensiones comparables a las del Holocausto como la masacre de cientos de miles de tutsis en Ruanda en unas pocas semanas, o la serie de limpiezas étnicas a repetición que ha sacudido los Balcanes durante los años 90. Esta vuelta al genocidio es una característica del capitalismo decadente en su fase final, la descomposición. Esos terribles acontecimientos nos dan la medida de lo que nos reserva la descomposición si llega a su "plenitud": la autodestrucción de la humanidad. Las masacres actuales, como el nazismo en los años 30, van acompañadas por las ideologías más reaccionarias y apocalípticas. El fundamentalismo islámico, basado en el odio racial y la mística del suicidio es su expresión más evidente, pero no la única: igualmente podemos hablar del fundamentalismo cristiano que empieza a cobrar cada vez más influencia en esferas más altas de poder en las naciones más poderosas del mundo; del peso creciente de la ortodoxia judía en el Estado de Israel; del fundamentalismo hindú en India que, como su gemelo Pakistán, cuenta con el arma atómica; o del nuevo "fascismo" europeo. No deberíamos saltarnos la democracia en la lista de las religiones. La democracia hoy en día, como hizo durante el Holocausto, es el estandarte que despliegan los tanques americanos e ingleses en Afganistán e Irak, es la otra cara de la moneda de las religiones abiertamente irracionales; es la hoja de parra que tapa la represión total y la guerra imperialista. Todas ellas son expresión de un sistema social que está sumido en un callejón sin salida total, y que solo puede ofrecer la destrucción de la humanidad.

El capitalismo, en su declive, ha creado una cantidad ingente de antagonismos nacionales que es incapaz de resolver; solo es capaz de utilizarlos para seguir su loca carrera en la guerra imperialista. El sionismo que no pudo lograr sus objetivos respecto a Palestina más que subordinándose primero a las necesidades del imperialismo inglés y, más tarde, a las del imperialismo americano, es un buen ejemplo de ello. Pero, contra lo que proclama la ideología antisemita, no es un caso particular. Todos los movimientos nacionales actúan exactamente de la misma manera, incluido al nacionalismo palestino que ha sido sucesivamente agente de diferencias potencias imperialistas, pequeñas y grandes, desde la Alemania nazi hasta la URSS pasando por el Irak de Sadam, sin olvidar ciertas potencias de la moderna Europa. El racismo y la opresión nacional son dos realidades de la sociedad capitalista, pero ninguna forma de autodeterminación nacional ni de agrupamiento de oprimidos en una multitud de movimientos "parcelarios" (negros, homosexuales, mujeres, judíos, musulmanes, etc.) es una respuesta al racismo y a la "opresión". Todos estos movimientos se dotan de medios suplementarios para dividir a la clase obrera e impedirle comprender su verdadera identidad. Solo desarrollando esa identidad, a través de sus luchas prácticas y teóricas, la clase obrera podrá superar todas las divisiones que hay en sus fila y constituirse en una potencia capaz de quitarle el poder al capitalismo.

Eso no quiere decir que todas las cuestiones nacionales, religiosas, culturales, desaparezcan automáticamente cuando la lucha de clases entra en escena. La clase obrera hará la revolución mucho antes de desembarazarse de los fardos del pasado, se deshará de ellos en el proceso mismo. En el periodo de transición al comunismo tendrá que ir haciendo frente a una multitud de problemas ligados a las creencias religiosas, a la identidad étnica y cultural con los que se encontrará a medida que trate de unir a la humanidad en una comunidad global. Es cierto que el proletariado victorioso no suprimirá jamás por la fuerza las expresiones culturales particulares, así como no pondrá fuera de la ley la religión. La experiencia rusa demuestra que tales tentativas solo refuerzan el peso de ideologías atrasadas. La misión de la revolución proletaria, como argumenta Trotski, es rechazar sus fundamentos materiales para hacer una síntesis de lo que hay en todas las tradiciones culturales de la historia de la humanidad, para así crear la primera cultura verdaderamente humana. Volviendo a Marx en 1843: la solución al problema judío es la verdadera emancipación humana que permitirá al hombre, por fin, abandonar la religión extirpando las raíces sociales de la alienación religiosa.

Amos.


[1] Abraham Leon fue un judío nacido en Polonia y criado en Bélgica en los años 1920-30. Empezó su vida política como miembro del grupo precursor "Socialista sionista" Hashomair Hatzair, pero rompió con el sionismo tras los procesos de Moscú que lo llevaron hacia la Oposición trotskista. La profundidad y la claridad de su libro muestran que en aquella época, el trotskismo era todavía una corriente del movimiento obrero; e incluso si el libro fue escrito en el momento en que esa estaba dejando de serlo (a principios de los años 40, durante la ocupación alemana de Bélgica), las bases marxistas siguen presentes en él. Leon fue detenido en 1944 y murió en Auschwitz.

[2] Libro III, cap. XIII de El Capital.

[3] Como lo evidencia Leon, la idea de que los problemas de los judíos remontarían todos a la destrucción del templo por los romanos y de que la consecuencia de ello habría sido la diáspora, es también un mito: en realidad, ya existía una importante diáspora judía en la antigüedad antes de los acontecimientos que causaron la desaparición de la antigua "patria" judía.

[4] En realidad, el sionismo era una de las numerosas fuerzas burguesas que se oponían al "salvamento" de los judíos de Europa gracias a la huida hacia las Américas o a otro lugar para que, en cambio, se fueran a Palestina. El héroe sionista David Ben Gourion la dijo muy claramente en una carta al Ejecutivo sionista fechada el 17 de diciembre de 1938: "El destino de los judíos de Alemania no es el final sino el principio, pues otros Estados antisemitas aprenderán de Hitler. Millones de judíos están enfrentados al exterminio, el problema de los refugiados ha cobrado proporciones planetarias y urgentes. Gran Bretaña intenta separar la cuestión de los refugiados con la de Palestina...Si los judíos tienen que escoger entre los refugiados (salvar a los judíos de los campos de concentración) y ayudar el hogar nacional en Palestina, la piedad saldrá ganando y toda la energía del pueblo será canalizada para salvar a los judíos de los diferentes países. El sionismo será barrido, no sólo en la opinión pública mundial, en Gran Bretaña y Estados Unidos, sino también en la opinión pública judía. Si permitimos que se haga una separación entre rl problema de los refugiados y el de Palestina, estremos poniendo en entredicho la existencia del sionismo". En 1943, en pleno Holocausto, Itzhak Greenbaum, director de la Agencia judía del Comité de Auxilios, escribía al Ejecutivo sionista que "Si me piden que dé dinero del Llamamiento judío unificado (United Jewish Appeal) para socorrer a los judíos...Contestaré que "no, mil veces no". A mi parecer, debemos resistir a esta marea que deja en segundo plano las actividades sionistas". Esas actitudes -que llegaron incluso a la colaboración abierta entre el nazismo y el sionismo- muestran la "convergencia" teórica entre sionismo y antisemitismo, pues ambos se basan en la idea de que el odio a los judíos sería una verdad eterna.

[5] Shylock es un personaje de la obra de Shakespeare El mercader de Venecia. Representa el arquetipo del judío usurero, que presta dinero al protagonista de la obra exigiendo a su cliente "una libra de su carne" como garantía.

[6] Eso no significa que no haya habido conspiración en torno al 11 de septiembre. Pero echarle la culpa a la categoría ficticia de "los judíos" sólo sirve para ocultar la culpabilidad de una categoría real, la burguesía y, especialmente, el aparato de Estado de la burguesía estadounidense. Ver nuestro artículo sobre este tema en Revista internacional nº 108: "Torres Gemelas, Pearl Harbour y el maquiavelismo de la burguesía".