Notas sobre la historia de la política imperialista de Estados Unidos desde la 2ª Guerra Mundial (2ª parte)

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La guerra de Vietnam :las divergencias sobre la política imperialista agitan a la burguesía norteamericana

La implicación americana en Vietnam comenzó después de la derrota del imperialismo francés en Indochina, en el intento de recuperar las regiones perdidas por Occidente. Nueva expresión de la teoría de la “contención” (1), esa estrategia consistía en impedir que cayeran países uno tras otro bajo la influencia del bloque ruso, lo que Dulles, secretario de Estado de Eisenhower, llamaba la “teoría del dominó” (2). El objetivo era transformar la división momentánea de Vietnam en región Norte y Sur, creadas por los acuerdos de Ginebra, en permanente, como en la península de Corea. En este sentido, la política americana de manipular los acuerdos de Ginebra, iniciada bajo el régimen republicano de Eisenhower, siguió con Kennedy, quien comenzó a mandar asesores militares a Vietnam a principios de los 60. La administración de Kennedy tuvo un papel capital en la gestión de ese país, permitiendo incluso un golpe militar y el asesinato del presidente Diem en 1963. Se aireó mucho en la prensa la impaciencia de la Casa Blanca hacia el general que retrasó el asesinato de Diem. Después del asesinato de Kennedy en 1963, Johnson continuó la intervención americana en Vietnam, que será la guerra más larga de Estados Unidos.

La burguesía americana siguió unida en esta acción, aún cuando se amplificaría un ruidoso movimiento antiguerra, bajo los auspicios de izquierdistas y pacifistas. El movimiento antiguerra, muy marginal en la política americana, sirve entonces de válvula de escape para estudiantes radicalizados y activistas negros. La Ofensiva del Têt lanzada en enero de 1968 por Vietnam del Norte y el FLN en el Sur, que incluía ataques suicidas contra las embajada americana y palacios presidenciales en Saigón, terminó en una sangrienta derrota para los estalinistas. Sin embargo, su existencia desmintió la propaganda militar americana según la cual la guerra iba bien y la victoria sería cuestión de meses. Elementos importantes de la burguesía empiezan entonces a poner en entredicho la guerra, pues se está evidenciando que será una guerra larga, contrariamente a las advertencias de Eisenhower cuando dejó el cargo, de evitar empantanarse en una guerra prolongada en Asia.

Simultáneamente se empezó a perfilar otra orientación estratégica para el imperialismo norteamericano, obligado a preocuparse también por Oriente Medio, pues esta región es:

–  estratégicamente importante y rica en petroleo;

–  en ella el imperialismo ruso estaba haciendo avances en el mundo árabe.

Una comisión de antiguos miembros eminentes del partido demócrata intentó entonces influir en Johnson para que éste renunciara a sus planes de reelección y se concentrara en cómo acabar con la guerra; fue, en fin de cuentas, una especie de golpe de Estado interno en la burguesía norteamericana. En marzo, Johnson declaró en la televisión que renunciaba a presentarse a su reelección, de modo que dedicaría sus energías a acabar la guerra. Al mismo tiempo, reflejo de las divergencias crecientes en la política imperialista dentro de la burguesía, los medios de comunicación norteamericanos se subieron al tren en marcha del movimiento antiguerra, y éste pasó de ser algo marginal al centro de la política norteamericana. Por ejemplo, Walter Cronkite, director de una de las redes más importantes de TV, fue a Vietnam y regresó anunciando que era necesario acabar con la guerra. La NBC empezó una transmisión en la tarde de los domingos, llamada “Esta semana Vietnam”, que al final de cada emisión mostraba las fotografías de los jóvenes norteamericanos de 18 y 19 años que habían fallecido durante la semana en Vietnam – una maniobra de propaganda antiguerra para dar una carácter fuertemente “humano” a las consecuencias de la guerra.

Las dificultades que conoce entonces Johnson son exacerbadas por la emergencia de la crisis económica abierta y porque el proletariado no está ideológicamente vencido; había intentado una política de “guns and butter” (fusiles y mantequilla), o sea hacer la guerra sin que fuera necesario hacer pasar privaciones a la retaguardia, pero la guerra era demasiado costosa para seguir con esa política. Para responder al retorno de la crisis abierta en EE.UU surgió entonces una oleada de huelgas salvajes entre 1968 y 1971, en la que se movilizan a menudo veteranos de Vietnam descontentos y furiosos. Estas huelgas provocan serias dificultades a la clase dominante norteamericana. De hecho, 1968 marca el inicio de fuertes alteraciones en EE.UU, al surgir simultáneamente desacuerdos internos en la burguesía y un creciente descontento en el país. Dos semanas después de que Johnson hubiera anunciado su retirada de la pugna por la presidencia, fue asesinado Martín Luther King, el líder de los derechos cívicos que se había unido al movimiento antiguerra en 1967 y del que se decía que estaba dispuesto a renunciar a la protesta sin violencia. Ese asesinato provocó violentos disturbios en 132 ciudades norteamericanas. A primeros de junio, Robert Kennedy, el hermano más joven de John F. Kennedy, que había participado en el gabinete de su hermano como fiscal del Tribunal supremo y que estaba presente cuando la administración Kennedy esperaba con impaciencia los resultados del asesinato de Diem, y que ahora se había convertido en candidato antiguerra en las elecciones primarias demócratas para la presidencia, es asesinado a su vez tras haber triunfado en la primaria de California. Se producen violentos enfrentamientos en las calles durante la Convención del partido demócrata en julio, cuya ala izquierda se enfrenta con violencia a los partidarios de Humphrey obligados a continuar la guerra. Nixon, el republicano conservador, gana las elecciones asegurando que existe un plan secreto para acabar con la guerra.

Mientras tanto, a partir de octubre del 69, el New York Times publica, en su segunda página, el programa de manifestaciones por una moratoria en Vietnam, para favorecer una participación masiva en ellas. Personalidades de todas las grandes corrientes políticas y famosos empiezan a expresarse en aquellas manifestaciones. La administración Nixon negocia con los estalinistas vietnamitas, pero no logra acabar con la guerra. A pesar de ello, se ejercen presiones sobre Nixon para que haga progresos rápidos para que se concrete la distensión prevista por Nixon, incluso con visitas diplomáticas a Moscú y la negociación de los tratados de control de armamento. Hasta hubo analistas burgueses que observaron, a pesar de no tener evidentemente una comprensión marxista de la globalidad de la crisis del capitalismo, que el interés que tenían los americanos hacia la distensión con Moscú y al apaciguamiento temporal de la Guerra Fría estaba dictado por las dificultades económicas debidas al comienzo de la crisis abierta y a la emergencia del proletariado en la lucha de clases. David Painter, por ejemplo, observa que en Estados Unidos “la guerra había agudizado las dificultades económicas desde hacía mucho tiempo [...], lo cual alimentaba la inflación socavando siempre más el equilibrio de la balanza de pagos americana” (Encyclopedia of US Foreign policy). Brzezinski habla de las “dificultades económicas norteamericanas”, op. cit.) y George C. Herring observa :

“En 1969 [la guerra] había acrecentado los problemas políticos y económicos de forma crítica y obligado a revisar las políticas que no habían sido cuestionadas desde hacía más de 20 años. Los gastos militares masivos habían provocado una inflación galopante que zanjaba con la prosperidad de la posguerra y provocaba un descontento creciente”, todo esto “impulsaba a la administración de Richard M. Nixon a buscar la distensión con la Unión Soviética” (Encyclopedia of American Foreign Policy).

En 1971, Nixon abandona el sistema económico de Bretton Woods (3)  instaurado en 1944, anulando la convertibilidad del dólar en oro, lo que provoca inmediatamente la libre cotización de las divisas internacionales y, de hecho, la devaluación del dólar. Al mismo tiempo, Nixon crea un impuesto proteccionista de 10 % sobre las importaciones y un control de los precios y de los sueldos. Ciertos analistas y periodistas burgueses hasta empiezan a hablar de un declive permanente del imperialismo americano y del fin del “siglo americano”.

Las divisiones internas de la burguesía, centradas en la retirada de Vietnam y la reorientación hacia Oriente Medio, son incrementadas por los continuos disturbios y las dificultades en Oriente Medio, en particular el boicot del petroleo árabe. Kisinger entabla simultáneamente y sin éxito negociaciones con los vietnamitas y desempeña personalmente un papel de “mensajero diplomático” en Oriente Medio. En cuanto a la distensión, Nixon toma la iniciativa de una apertura hacia China, país que ha roto ideológicamente con Moscú, abriendo así posibilidades al imperialismo norteamericano. La actitud que prevaleció durante la Guerra Fría, que consistía en negarse a reconocer el régimen de Mao y considerar a Taiwan como el gobierno legítimo de toda China, había sido mantenida gracias a una retórica ideológica anticomunista y “defensora de la libertad” durante los años 50 y 60 ; la abandonan para seducir a China para que ésta integre el campo norteamericano en la Guerra fría, lo que hubiese permitido el cerco a Rusia no solo por el Oeste (Europa), el Sur (Turquía), el Norte (con las bases de misiles americanos y canadienses alrededor del Polo), sino también por el Este (4). Esta nueva opción imperialista no hace sino reforzar la exigencia de la clase dominante de acabar con la guerra en Vietnam, puesto que ésta es una condición previa a la alianza de China con Estados Unidos. China tiene importantes intereses en el conflicto en Asia del sureste, en tanto que potencia regional, y por eso apoyaba entonces a Vietnam del Norte. Fue la incapacidad para realizar ese cambio de orientación de la política exterior respecto a Oriente Medio y acabar con la guerra para atraer a China al bloque del Oeste lo que provocó la increíble alteración política del período del Watergate y la salida de Nixon (Agnew, el belicoso vicepresidente, secuaz de Nixon para los labores sucias, ya se había visto obligado a dimitir bajo acusaciones de corrupción) para preparar una ordenada transición hacia un presidente interino aceptable, Gerald R. Ford.

Ocho meses después de la dimisión de Nixon, con Ford en la Casa Blanca, Saigón cae en manos de los estalinistas y el imperialismo norteamericano se retira del enredo vietnamita. La guerra había costado la vida a 55 000 americanos y a más de 3 millones de vietnamitas. Carter entra en la Casa Blanca en 1977 y en 1979, EE.UU reconoce oficialmente a la China continental que ocupará desde entonces el escaño de China en el Consejo de Seguridad de la ONU.

El período 1968-76 pone en evidencia la gran inestabilidad política paralela a serias divergencias en el seno de la propia burguesía norteamericana sobre qué política imperialista seguir. En solo ocho años hubo cuatro presidentes (Johnson, Nixon, Ford, Carter), de los que dos se vieron obligados a no volverse a presentar o a dimitir (Johnson y Nixon), los asesinatos de Martin Luther King y de Robert Kennedy, el intento de asesinar a George Wallace (el candidato del partido populista de derechas en 1972), la implicación del FBI y de la CIA en el espionaje de adversarios políticos dentro del país, lo que desprestigió a ambas instituciones y desembocó en una serie de “reformas” legislativas para disminuir formalmente sus poderes. El hecho de que bajo Nixon, la camarilla dirigente utilizara agencias del Estado (FBI y CIA) para darse una ventaja decisiva con respecto a las demás fracciones de la clase dominante fue, para estas, algo intolerable, al sentirse directamente amenazadas. Lo que se ha llamado crisis de la seguridad nacional tras el 11 de setiembre de 2001 ha permitido a esas agencias volver a funcionar sin trabas.

Tras la Guerra Fría, los ajustes de la política imperialista norteamericana ante la desaparición de un mundo bipolar

El hundimiento del bloque ruso a finales de los 80 hace surgir una situación sin precedentes. Desaparece un bloque imperialista no tras su derrota en la guerra imperialista, sino por implosión bajo la presión de una situación histórica indecisa en lo que a lucha de clases se refiere, de las presiones económicas y de su incapacidad para seguir en la competencia armamentística con el bloque adverso. Aunque la propaganda norteamericana celebra su victoria sobre el imperialismo ruso y canta la gloria del capitalismo democrático, 1989 es, en realidad, una victoria pírrica para el imperialismo americano que ve rapidamente su hegemonía cuestionada por su propia coalición, resultado de la desaparición de la disciplina que permitía la cohesión de ambos bloques. La desaparición brutal del enfrentamiento entre ambos polos, que había caracterizado el imperialismo durante 45 años, libera de la obligación de alinearse tras una disciplina de bloque a la que estaban hasta entonces sometidas todas las potencias de segundo y tercer orden : la tendencia a tirar “cada uno por su cuenta” en medio de la descomposición del capitalismo, se impone rápidamente a nivel internacional. Los imperialismos más débiles, envalentonados, empiezan a jugar sus propias bazas negándose a someter sus intereses a los de EE.UU. La primera expresión de la descomposición ya había ocu­rrido en la década anterior en Irán con la revolución de Jomeni, primer ejemplo de un país que lograba romper con el bloque americano sin que EE.UU consiguiera hacerlo volver a su seno y sin tampoco caer en el bloque ruso. Hasta entonces, los paises de la pe­riferia del capitalismo mundial habían po­dido jugar un bloque contra el otro y hasta cambiar de campo, pero ninguno había logrado mantenerse fuera del sistema bipolar. En 1989, esta tendencia se hace dominante en el ruedo interimperialista.

Los responsables políticos norteamericanos han de adaptarse repentinamente a una disposición nueva de fuerzas a nivel internacional. Las actividades expansionistas de Alemania son particularmente alarmantes para EE.UU. La guerra del Golfo contra Irak, so pretexto de la invasión por éste de Koweit suscitada por los propios Estados Unidos (la embajadora norteamericana había asegurado a los iraquíes que su país no intervendría en un conflicto entre Irak y Koweit) es el medio utilizado por EE.UU para reafirmar su dominación y recordar a las demás naciones que quisieran ir “por su cuenta” que EE.UU sigue siendo la única superpotencia, dispuesta a utilizar su potencial militar como gendarme del mundo. Las potencias europeas, incluidas las que habían tenido relaciones económicas con Irak, no solo estuvieron obligadas de apoyar formalmente los proyectos bélicos estadounisenses, sino que también tuvieron que unirse a la “coalición” internacional, en contra de su voluntad y sin el menor entusiasmo. La guerra fue un formidable éxito para el imperialismo norteamericano que dio la prueba de su superioridad militar, de la modernidad de sus armamentos y de su voluntad de ejercer su poder. En Estados Unidos, Bush, el padre, goza de una popularidad política impresionante, hasta ganarse 90 % de opiniones favorables en los sondeos de posguerra.

Bush se reveló incapaz de consolidar el éxito norteamericano en el Golfo. La presión sobre las potencias que querían jugar sus propias bazas en el plano internacional tiene una eficacia muy limitada en el tiempo. Se reanudan los avances de Alemania en los Balcanes y hasta se aceleran con el estallido de Yugoslavia y la “purificación étnica”. La incapacidad de la administración Bush para consolidar lo realizado en la guerra del Golfo y formular una respuesta estratégica en los Balcanes será un factor esencial de su fracaso en las elecciones de 1992. Durante su campaña presidencial, Clinton se entrevistó con los dirigentes del Pentágono y les confirmó que autorizaría las incursiones aéreas en los Balcanes y mantendría une política decidida para establecer una presencia norteamericana en la región, que había sido uno de las aspectos cada vez más importante de la política imperialista norteamericana durante la década precedente. A pesar de las críticas de los republicanos durante la campaña electoral de 2000 con respecto a la política de Clinton, que consistía en mandar tropas para intervenir militarmente sin haberlo planificado realmente, la invasión de Afganistán realizada por la administración G.W. Bush –los proyectos de invasión de Irak (5) y el despliegue de tropas en varios paises por el mundo (las tropas US están actualmente presentes en 33 paises) – están en total continuidad con la política de Clinton.

Durante el mandato de Clinton la burguesía norteamericana se dividió sobre la política asiática, al oponerse la extrema derecha a la estrategia en Extremo Oriente de colaborar con China en vez de Japón. Las derechas consideraban a China como un régimen comunista anacrónico amenazado de implosión, un aliado poco fiable, cuando no un enemigo potencial. Este desacuerdo es la telón de fondo de los escándalos de finales de los 90 y de la campaña de impeach­ment contra Clinton. Sin embargo, todos los antiguos presidentes todavía vivos de ambos partidos (excepto Reagan aquejado de la enfermedad de Alzheimer) se pronunciaron de acuerdo con la estrategia política hacia China y se opusieron al impeachment. La derecha pagará muy caro el fracaso de su ataque contra Clinton: Newt Gringrich (6) se ve apartado de la vida política y otros líderes que habían apoyado el impeachment deben abandonar sus puestos. En ese contexto, es importante señalar que cuando existen divergencias importantes en la burguesía sobre política imperialista y es importante lo que está en juego, las fuerzas políticas enfrentadas no vacilan en desestabilizar el orden político.

Las recientes divergencias en la clase dominante norteamericana con respecto a la acción unilateral en Irak

En 1992, Washington adoptó conscientemente una orientación muy clara para su política imperialista durante el período posterior a la guerra fría., basada en “el compromiso fundamental de mantener un mundo unipolar en el que EE.UU no tenga contrincante. No se permitirá a ninguna coalición de grandes potencias alcanzar una hegemonía sin Estados Unidos” (prof. GJ. Ikenberry, Foreign Affairs, sept-oct. 2002). Esta política tiene como objetivo impedir la emergencia de cualquier potencia en Europa o Asia que pueda cuestionar la supremacia norteamericana y acabar siendo un polo unificador en la formación de un nuevo bloque imperialista. Esta orientación, inicialmente formulada en un documento de 1992 redactado por Rumsfeld (Defense Planning Guidance Policy Statement) durante el último año del primer mandato de Bush padre, establece claramente esta nueva estrategia:

“Impedir que surja un nuevo rival, en el territorio de la antigua Unión Soviética o en cualquier otra parte, que sea una amenaza como la que representaba la Unión Soviética... Estas regiones incluyen a Europa occidental, el territorio de la ex Unión Soviética y Asia del Sureste... Estados Unidos ha de mostrar la dirección general necesaria para establecer y proteger un nuevo orden que mantenga la promesa de convencer a sus rivales potenciales que no han de aspirar a tener un papel más importante ni adoptar una actitud agresiva para proteger sus intereses legítimos... sobre otras cuestiones fuera de la militar, hemos de tener un mínimo en cuenta los intereses de las naciones industriales avanzadas para desanimarlas a cuestionar nuestro liderazgo o de intentar derribar el orden político y económico establecido... Debemos mantener los mecanismos de disuasión hacia los rivales potenciales para que ni se atrevan a aspirar a un papel regional o global de mayor importancia”.

Esa misma política continuó bajo la administración de Clinton, la cual emprendió un programa colosal de desarrollo de armamento para así desanimar las ambiciones de cualquier rival potencial; es el anuncio de la política de estrategia militar nacional de 1997 (National Military Strategy):

“Los Estados Unidos seguirán siendo, a corto plazo, la única potencia global del mundo, pero actuarán en un entorno estratégico caracterizado por la ascensión de potencias regionales, de retos asimétricos que incluyen armas de destrucción masiva, peligros transnacionales y probablemente acontecimientos incontrolados que no se pueden prever con exactitud ”.

Esta política, continuada por la actual administración Bush y afirmada en el Quadrennial Defense Review Report publicado el 30 de septiembre del 2001, menos de tres semanas después del ataque al World Trade Center, considera de “interés nacional a largo plazo” la meta “de impedir toda dominación hostil de regiones críticas, particularmente en Europa, en el Noreste asiático, el litoral asiático oriental (7), Oriente Medio y Suroeste asiático”. En el National Security Strategy 2002, la administración Bush afirma que “seremos lo suficientemente fuertes para disuadir a cualquier adversario potencial de proseguir un esfuerzo militar que intente sobrepasar o igualar la potencia norteamericana”. En junio del 2002, en su discurso de la ceremonia de entrega de diplomas de West Point, el presidente Bush afirmó una vez más que “EE.UU va a procurar seguir teniendo una potencia militar imposible de desafiar – haciendo vana cualquier carrera de armamentos desestabilizadora de otras áreas y limitando las rivalidades al comercio y demás actividades pacíficas”. Todos estos elementos combinados muestran la continuidad esencial de la política imperialista norteamericana, más allá de las divergencias entre los partidos, desde finales de la Guerra Fría. Al decir “continuidad”, no queremos decir, claro está, que la puesta en práctica de esas orientaciones haya sido idéntica en todos sus aspectos. Claro está que ha habido reajustes de estas orientaciones, en particular a nivel práctico, a causa de la evolución del mundo durante el pasado decenio. El imperialismo norteamericano para organizar una “coalición” internacional en apoyo de sus aventuras militares, por ejemplo, ha tenido que resolver dificultades crecientes a lo largo de los años, y la tendencia de EE.UU a intervenir cada vez más solos, a actuar unilateralmente, en sus esfuerzos estratégicos para prevenir el riesgo de aparición de un rival europeo o asiático, ha alcanzado niveles que provocan serias discusiones en la propia clase dominante.

Estas discusiones son la expresión del reconocimiento de las dificultades que debe encarar el imperialismo norteamericano. A pesar de ser evidentemente incapaz de tener una conciencia “total” en el sentido marxista del desarrollo de las fuerzas económicas y sociales en el mundo, está claro, sin embargo, que la burguesía norteamericana es perfectamente capaz de distinguir ciertos elementos clave en la evolución de la situación internacional. En un artículo titulado “El imperialismo vacilante: terrorismo, Estados en quiebra y el caso del imperio norteamericano”, por ejemplo, Sebastian Mallaby considera que los hombres políticos norteamericanos reconocen la existencia de un “caos” creciente en la área internacional, el fenómeno de Estados “en quiebra” incapaces de mantener un mínimo de estabilidad en su sociedad y los peligros que resultan de una emigración masiva e incontrolada, del flujo de refugiados de los paises de la periferia hacia los paises centrales del capitalismo mundial. En este contexto, Mallaby escribe : “La lógica del neoimperialismo obliga a la administración de Bush a resistir. El caos mundial es demasiado amenazante para ignorarlo y los métodos para tratar ese caos que han sido aplicados se han revelado insuficientes” (Foreign Affairs, marzo-abril 2002). Mallaby y otros burgueses norteamericanos, teóricos de política exterior, ponen en evidencia la necesidad para EE.UU, en tanto que superpotencia mundial, de actuar para bloquear el avance del caos, aunque tengan que hacerlo solos. Hasta hablan abiertamente de un “nuevo imperialismo” que Estados Unidos debe instaurar para bloquear las fuerzas centrífugas que tienden a desgarrar la sociedad en su conjunto. En la situación internacional actual, también reconocen que la posibilidad de presionar a los antiguos aliados de EE.UU como en la guerra del Golfo de 1990-91, es prácticamente inexistente. De ahí que se haya incrementado brutalmente la presión, ya identificada en la prensa de la CCI, que empuja a EE.UU a actuar unilateralmente en el plano militar. La toma de conciencia de la necesidad de prepararse para actuar unilateralmente se produjo ya durante el gobierno de Clinton, cuando miembros de éste empezaron a discutir abiertamente sobre esa opción y prepararon entonces el terreno a acciones unilaterales del imperialismo norteamericano (véase por ejemplo el documento de Madeline Albright, “The testing of American Foreign Policy”, en Foreign Affairs, nov.-dic. del 98). El gobierno de Bush actúa pues en continuidad con la política iniciada por Clinton: EE.UU obtiene en Afganistán la “bendición” de la comunidad internacional para sus operaciones militares, gracias a las maniobras ideológicas y políticas favorecidas por el 11 de septiembre, EE.UU se ocupa solo de las operaciones en tierra, impidiendo incluso a su aliado más cercano, Gran Bretaña, sacar tajada. Aún cuando la burguesía es consciente de la necesidad para EE.UU de actuar unilateralmente, la cuestión de saber en definitiva cuándo y hasta dónde se puede ir, es un problema táctico muy serio para el imperialismo americano. La respuesta no puede encontrarse en precedentes de la Guerra Fría, cuando EE.UU intervenían a menudo sin consultar a la OTAN o a sus demás aliados, pero en aquel entonces podían contar con su potencial y su influencia en tanto que cabeza de bloque para obtener el acuerdo de los demás (como así fue en Corea, cuando la crisis de los misiles en Cuba, en Vietnam, con los cohetes Pershing y Cruise a principios de los 80, etc.). La respuesta a esa pregunta también tendrá un impacto importante en la evolución futura de la situación internacional.

Se ha de señalar que el debate del verano 2002 empezó primero entre los dirigentes del partido republicano, y más particularmente entre los especialistas tradicionales de asuntos exteriores del partido republicano. Kissinger, Baker, Eagleburger y hasta Colin Powell consideraban que era necesario ser prudentes y no actuar unilateralmente con prisa, argumentando que todavía era posible y preferible obtener la aprobación de la ONU antes de iniciar las hostilidades contra Irak. Incluso comentaristas burgueses en Estados Unidos emitieron la posibilidad de que los antiguos especialistas republicanos de política exterior habrían hablado en nombre de George Bush (padre) cuando tomaron posición a favor de llevar a cabo la misma política que para la primera guerra del Golfo. Los demócratas, incluso los de la izquierda del partido, se quedaron muy callados ante esa controversia en el partido en el poder, excepto la breve incursión de Gore, el cual intentó ganar puntos ante la izquierda demócrata, emitiendo la idea de que la guerra en Irak sería un error por desviar la atención de la preocupación central, o sea la guerra contra el terrorismo.

Lo que nos importa a nosotros es entender el significado de esas divergencias en la burguesía de la única superpotencia mundial.

Para empezar, es importante no exagerar la importancia del debate reciente. Los precedentes históricos demuestran ampliamente que cuando hay divergencias importantes sobre política imperialista en la burguesía norteamericana y cuando los protagonistas del debate toman la medida de lo que está en juego, no temen proseguir su orientación política, incluso a riesgo de provocar trastornos políticos. Está claro que el debate reciente no ha llegado a un resultado político parecido al que se pudo observar, por ejemplo, cuando el conflicto del Vietnam. Nunca amenazó la unidad fundamental de la burguesía norteamericana en su política imperialista. El desacuerdo, además, no era sobre la guerra en Irak, pues sobre esto el acuerdo era casi total en la clase dominante norteamericana. Todos estaban de acuerdo con este objetivo político, no por lo que hubiese hecho o amenazado hacer Sadam Husein, ni por el deseo de vengarse de la derrota del Bush padre como tampoco para estimular las ganancias petroleras de Exxon como lo entiende el materialismo vulgar, sino por la necesidad de lanzar una nueva advertencia a las potencias europeas que quisieran jugar su propia baza en Oriente Medio, y en particular Alemania, advertencia de que los Estados Unidos no vacilarían en servirse de su fuerza militar para mantener su hegemonía. En consecuencia, no es sorprendente, como tampoco es accidental, si Alemania fue la más vehemente en oponerse a los preparativos guerreros norteamericanos, puesto que son precisamente sus intereses imperialistas la diana de la ofensiva norteamericana.

El debate de los círculos dirigentes norteamericanos se centró en cuándo y con qué bases desencadenar la guerra y también, quizas de forma más crítica, hasta qué grado podía EE.UU actuar solo en la situación actual. La burguesía norteamericana sabe perfectamente que ha de estar lista para actuar unilateralmente, y que actuar así tendrá consecuencias significativas en el escenario internacional. Contribuirá indudablemente a aislar todavía más al imperialismo americano, a provocar mayores resistencias y antagonismos a nivel internacional y provocará que las demás potencias busquen las alianzas posibles para plantar cara a la agresividad americana, aumentando las dificultades que tendrá en el porvenir. El momento preciso en que EE.UU decide abandonar toda búsqueda de apoyo internacional a sus acciones militares y actuar unilateralmente es, por lo tanto, una decisión táctica con implicaciones estratégicas de la mayor importancia. En marzo del 2002, Kenneth M. Pollack, actual director adjunto del Consejo de relaciones exteriores, que fue director de Asuntos del Golfo en el Consejo nacional de seguridad de la administración de Clinton, hablaba abiertamente de la necesidad para el gobierno de desencadenar rapidamente la guerra contra Irak antes de que desapareciera tanto la fiebre guerrera iniciada triunfalmente en EE.UU tras el 11 de septiembre como la simpatía internacional creada por los ataques terroristas y que facilitaron el acuerdo de las demás naciones con las acciones militares norteamericanas. Como lo dice Pollack :

“Tardar demasiado plantearía tantos problemas como ir rápidamente, porque el estímulo ganado gracias a la victoria en Afganistán podría desaparecer. Hoy, el choque provocado por los ataques del 11 de septiembre sigue vivo y tanto el gobierno norteamericano como el público siguen dispuestos a hacer sacrificios y, a nivel internacional, el resto del mundo comprende la cólera americana y dudaría en ponerse del mal lado. Cuanto más esperemos para invadir, más difícil será obtener un apoyo tanto internacional como interno, aunque las razones de la invasión poco tengan que ver, si no es nada, con las relaciones de Irak con el terrorismo... Los Estados Unidos pueden, en otros términos, permitirse esperar un poco antes de meterse con Sadam, pero no indefinidamente” (Foreign Affairs, marzo-abril del 2002).

La oposición a la intervención norteamericana en Irak, tanto en la clase obrera americana (que no se ha alineado totalmente tras esta guerra), como en el resto del mundo en las potencias de segundo y tercer orden, permite de hecho suponer que EE.UU esperó demasiado antes de atacar a Irak.

Está claro que los más prudentes del equipo dirigente, y en particular Colin Powell, que defendió una política de presiones diplomáticas para obtener la aprobación del Consejo de seguridad sobre la acción militar en Irak, eran mayoritarios en la administración el otoño pasado y, como lo han demostrado los acontecimientos, su táctica ha sido eficaz para conseguir un voto unánime que dio el pretexto a EE.UU para entrar en guerra contra Irak cuando lo desearan. Pero también está claro que en febrero, el resultado logrado en otoño se redujo de forma importante, al oponerse abiertamente a los planes de guerra norteamericanos, Francia, Alemania, Rusia y China, tres de estos paises con derecho de veto en el Consejo de seguridad. Las críticas en la burguesía norteamericana expresaban preocupación sobre la poca habilidad de la administración de Bush para maniobrar y ganarse el apoyo internacional para la guerra (véanse, por ejemplo, los recientes comentarios del senador Joseph Biden, alto responsable demócrata en el Comité de relaciones exteriores del Senado).

Las contradicciones inherentes a la situación actual plantean problemas muy serios a Estados Unidos. La descomposición y el caos a nivel mundial imposibilitan la creación de nuevas “coaliciones” a nivel internacional. De ahí que Rumsfeld y Cheney insistan con razón en que ya no será posible nunca más formar una coalición internacional como la del 90-91. Sin embargo, no puede uno imaginarse que el imperialismo norteamericano permita que tal situación ponga trabas a sus acciones militares para defender sus propios intereses imperialistas. Por otro lado, si EE.UU lleva efectivamente a cabo una intervención militar de forma unilateral, sea cual sea el resultado a corto plazo, se aislará todavía más a nivel internacional, perderá el apoyo de los pequeños paises, transformándolos en contestatarios y proclives a resistir cada día más a la tiranía de la superpotencia. Pero por otro lado, si EE.UU echa marcha atrás y no se lanza solo a la guerra en el contexto actual, sería une prueba de debilidad por parte de la superpotencia cuya única consecuencia será incitar a las potencias de segundo orden a jugar sus propias bazas y cuestionar directamente la dominación norteamericana.

La cuestión para los revolucionarios no es la de caer en la trampa de hacer predicciones sobre el momento exacto en que la burguesía norteamericana emprenderá una guerra unilateral, sea en Irak a corto plazo o en otra zona más tarde, sino entender claramente cuáles son las fuerzas en presencia, el carácter del debate en los círculos dirigentes norteamericanos y las implicaciones graves de esta situación en el incremento del caos y de la inestabilidad en el plano internacional en el período venidero.

JG,febrero del 2003

 

1) En inglés “containment”. Fue la política adoptada por el imperialismo norteamericano después de la Segunda Guerra mundial para frenar toda expansión de la zona de influencia rusa.

2) Significaba que la caida bajo influencia rusa de un país en una región en la que se disputaban los dos imperialismos (en este caso, el Sureste asiático) vendría seguida inevitablemente por la caida de paises vecinos.

3) La conferencia de Bretton Woods estableció un nuevo orden monetario y económico en la posguerra, dominado por Estados Unidos. Instauró, entre otras cosas, el Fondo Monetario Internacional y el sistema de cambio basado en el dólar en lugar del patrón-oro.

4) Esta política de cerco a la URSS es muy parecida a la actual política de EE.UU hacia Europa.

5) Este informe se redactó para el congreso de la CCI a principios de 2003.

6) Dirigente entonces del partido republicano en la Cámara de representantes del Congreso de EE.UU, hoy totalmente desprestigiado.

7) Según el Pentágono: “El litoral asiático oriental es la región que se extiende desde el sur de Japón, pasa por Australia e incluye en golfo de Bengala”.