Notas sobre la historia de la política imperialista de Estados Unidos desde la 2ª Guerra Mundial (2ª parte)

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La
guerra de Vietnam :las divergencias sobre la política
imperialista agitan a la burguesía norteamericana

La implicación americana en Vietnam
comenzó después de la derrota del imperialismo
francés en Indochina, en el intento de recuperar las
regiones perdidas por Occidente. Nueva expresión de la
teoría de la “contención” (1),
esa estrategia consistía en impedir que cayeran países
uno tras otro bajo la influencia del bloque ruso, lo que Dulles,
secretario de Estado de Eisenhower, llamaba la “teoría
del dominó” (2). El objetivo era
transformar la división momentánea de Vietnam en
región Norte y Sur, creadas por los acuerdos de Ginebra, en
permanente, como en la península de Corea. En este sentido,
la política americana de manipular los acuerdos de Ginebra,
iniciada bajo el régimen republicano de Eisenhower, siguió
con Kennedy, quien comenzó a mandar asesores militares a
Vietnam a principios de los 60. La administración de
Kennedy tuvo un papel capital en la gestión de ese país,
permitiendo incluso un golpe militar y el asesinato del presidente
Diem en 1963. Se aireó mucho en la prensa la impaciencia de
la Casa Blanca hacia el general que retrasó el asesinato de
Diem. Después del asesinato de Kennedy en 1963, Johnson
continuó la intervención americana en Vietnam, que
será la guerra más larga de Estados Unidos.

La burguesía americana siguió unida en esta acción,
aún cuando se amplificaría un ruidoso movimiento
antiguerra, bajo los auspicios de izquierdistas y pacifistas. El
movimiento antiguerra, muy marginal en la política
americana, sirve entonces de válvula de escape para
estudiantes radicalizados y activistas negros. La Ofensiva del Têt
lanzada en enero de 1968 por Vietnam del Norte y el FLN en el Sur,
que incluía ataques suicidas contra las embajada americana
y palacios presidenciales en Saigón, terminó en una
sangrienta derrota para los estalinistas. Sin embargo, su
existencia desmintió la propaganda militar americana según
la cual la guerra iba bien y la victoria sería cuestión
de meses. Elementos importantes de la burguesía empiezan
entonces a poner en entredicho la guerra, pues se está
evidenciando que será una guerra larga, contrariamente a
las advertencias de Eisenhower cuando dejó el cargo, de
evitar empantanarse en una guerra prolongada
en Asia.

Simultáneamente se empezó a perfilar
otra orientación estratégica para el imperialismo
norteamericano, obligado a preocuparse también por Oriente
Medio, pues esta región es:

–  estratégicamente
importante y rica en petroleo;

–  en ella el imperialismo ruso
estaba haciendo avances en el mundo árabe.

Una comisión de antiguos miembros eminentes
del partido demócrata intentó entonces influir en
Johnson para que éste renunciara a sus planes de reelección
y se concentrara en cómo acabar con la guerra; fue, en fin
de cuentas, una especie de golpe de Estado interno en la burguesía
norteamericana. En marzo, Johnson declaró en la televisión
que renunciaba a presentarse a su reelección, de modo que
dedicaría sus energías a acabar la guerra. Al mismo
tiempo, reflejo de las divergencias crecientes en la política
imperialista dentro de la burguesía, los medios de
comunicación norteamericanos se subieron al tren en marcha
del movimiento antiguerra, y éste pasó de ser algo
marginal al centro de la política norteamericana. Por
ejemplo, Walter Cronkite, director de una de las redes más
importantes de TV, fue a Vietnam y regresó anunciando que
era necesario acabar con la guerra. La NBC empezó una
transmisión en la tarde de los domingos, llamada “Esta
semana Vietnam”, que al final de cada emisión
mostraba las fotografías de los jóvenes
norteamericanos de 18 y 19 años que habían fallecido
durante la semana en Vietnam – una maniobra de propaganda
antiguerra para dar una carácter fuertemente “humano”
a las consecuencias de la guerra.

Las
dificultades que conoce entonces Johnson son exacerbadas por la
emergencia de la crisis económica abierta y porque el
proletariado no está ideológicamente vencido; había
intentado una política de “guns and butter”
(fusiles y mantequilla), o sea hacer la guerra sin que fuera
necesario hacer pasar privaciones a la retaguardia, pero la guerra
era demasiado costosa para seguir con esa política. Para
responder al retorno de la crisis abierta en EE.UU surgió
entonces una oleada de huelgas salvajes entre 1968 y 1971, en la
que se movilizan a menudo veteranos de Vietnam descontentos y
furiosos. Estas huelgas provocan serias dificultades a la clase
dominante norteamericana. De hecho, 1968 marca el inicio de
fuertes alteraciones en EE.UU, al surgir simultáneamente
desacuerdos internos en la burguesía y un creciente
descontento en el país. Dos semanas después de que
Johnson hubiera anunciado su retirada de la pugna por la
presidencia, fue asesinado Martín Luther King, el líder
de los derechos cívicos que se había unido al
movimiento antiguerra en 1967 y del que se decía que estaba
dispuesto a renunciar a la protesta sin violencia. Ese asesinato
provocó violentos disturbios en 132 ciudades
norteamericanas. A primeros de junio, Robert Kennedy, el hermano
más joven de John F. Kennedy, que había participado
en el gabinete de su hermano como fiscal del Tribunal supremo y
que estaba presente cuando la administración Kennedy
esperaba con impaciencia los resultados del asesinato de Diem, y
que ahora se había convertido en candidato antiguerra en
las elecciones primarias demócratas para la presidencia, es
asesinado a su vez tras haber triunfado en la primaria de
California. Se producen violentos enfrentamientos en las calles
durante la Convención del partido demócrata en
julio, cuya ala izquierda se enfrenta con violencia a los
partidarios de Humphrey obligados a continuar la guerra. Nixon, el
republicano conservador, gana las elecciones asegurando que existe
un plan secreto para acabar con la guerra.

Mientras
tanto, a partir de octubre del 69, el New York Times
publica, en su segunda página, el programa de
manifestaciones por una moratoria en Vietnam, para favorecer una
participación masiva en ellas. Personalidades de todas las
grandes corrientes políticas y famosos empiezan a
expresarse en aquellas manifestaciones. La administración
Nixon negocia con los estalinistas vietnamitas, pero no logra
acabar con la guerra. A pesar de ello, se ejercen presiones sobre
Nixon para que haga progresos rápidos para que se concrete
la distensión prevista por Nixon, incluso con visitas
diplomáticas a Moscú y la negociación de los
tratados de control de armamento. Hasta hubo analistas burgueses
que observaron, a pesar de no tener evidentemente una comprensión
marxista de la globalidad de la crisis del capitalismo, que el
interés que tenían los americanos hacia la
distensión con Moscú y al apaciguamiento temporal de
la Guerra Fría estaba dictado por las dificultades
económicas debidas al comienzo de la crisis abierta y a la
emergencia del proletariado en la lucha de clases. David Painter,
por ejemplo, observa que en Estados Unidos “la guerra
había agudizado las dificultades económicas desde
hacía mucho tiempo
[...], lo cual alimentaba la
inflación socavando siempre más el equilibrio de la
balanza de pagos americana”
(Encyclopedia of US
Foreign policy
). Brzezinski habla de las “dificultades
económicas norteamericanas”, op. cit.) y
George C. Herring observa :

“En 1969 [la guerra] había
acrecentado los problemas políticos y económicos de
forma crítica y obligado a revisar las políticas que
no habían sido cuestionadas desde hacía más
de 20 años. Los gastos militares masivos habían
provocado una inflación galopante que zanjaba con la
prosperidad de la posguerra y provocaba un descontento creciente”,
todo esto “impulsaba a la administración de Richard
M. Nixon a buscar la distensión con la Unión
Soviética” (Encyclopedia of American Foreign Policy).

En 1971, Nixon
abandona el sistema económico de Bretton Woods (3) 
instaurado en 1944, anulando la convertibilidad del dólar
en oro, lo que provoca inmediatamente la libre cotización
de las divisas internacionales y, de hecho, la devaluación
del dólar. Al mismo tiempo, Nixon crea un impuesto
proteccionista de 10 % sobre las importaciones y un control de los
precios y de los sueldos. Ciertos analistas y periodistas
burgueses hasta empiezan a hablar de un declive permanente del
imperialismo americano y del fin del “siglo americano”.

Las
divisiones internas de la burguesía, centradas en la
retirada de Vietnam y la reorientación hacia Oriente Medio,
son incrementadas por los continuos disturbios y las dificultades
en Oriente Medio, en particular el boicot del petroleo árabe.
Kisinger entabla simultáneamente y sin éxito
negociaciones con los vietnamitas y desempeña personalmente
un papel de “mensajero diplomático” en Oriente
Medio. En cuanto a la distensión, Nixon toma la iniciativa
de una apertura hacia China, país que ha roto
ideológicamente con Moscú, abriendo así
posibilidades al imperialismo norteamericano. La actitud que
prevaleció durante la Guerra Fría, que consistía
en negarse a reconocer el régimen de Mao y considerar a
Taiwan como el gobierno legítimo de toda China, había
sido mantenida gracias a una retórica ideológica
anticomunista y “defensora de la libertad” durante los
años 50 y 60 ; la abandonan para seducir a China para que
ésta integre el campo norteamericano en la Guerra fría,
lo que hubiese permitido el cerco a Rusia no solo por el Oeste
(Europa), el Sur (Turquía), el Norte (con las bases de
misiles americanos y canadienses alrededor del Polo), sino también
por el Este (4). Esta nueva opción imperialista
no hace sino reforzar la exigencia de la clase dominante de acabar
con la guerra en Vietnam, puesto que ésta es una condición
previa a la alianza de China con Estados Unidos. China tiene
importantes intereses en el conflicto en Asia del sureste, en
tanto que potencia regional, y por eso apoyaba entonces a Vietnam
del Norte. Fue la incapacidad para realizar ese cambio de
orientación de la política exterior respecto a
Oriente Medio y acabar con la guerra para atraer a China al bloque
del Oeste lo que provocó la increíble alteración
política del período del Watergate y la salida de
Nixon (Agnew, el belicoso vicepresidente, secuaz de Nixon para los
labores sucias, ya se había visto obligado a dimitir bajo
acusaciones de corrupción) para preparar una ordenada
transición hacia un presidente interino aceptable, Gerald
R. Ford.

Ocho
meses después de la dimisión de Nixon, con Ford en
la Casa Blanca, Saigón cae en manos de los estalinistas y
el imperialismo norteamericano se retira del enredo vietnamita. La
guerra había costado la vida a 55 000 americanos y a más
de 3 millones de vietnamitas. Carter entra en la Casa Blanca en
1977 y en 1979, EE.UU reconoce oficialmente a la China continental
que ocupará desde entonces el escaño de China en el
Consejo de Seguridad de la ONU.

El
período 1968-76 pone en evidencia la gran inestabilidad
política paralela a serias divergencias en el seno de la
propia burguesía norteamericana sobre qué política
imperialista seguir. En solo ocho años hubo cuatro
presidentes (Johnson, Nixon, Ford, Carter), de los que dos se
vieron obligados a no volverse a presentar o a dimitir (Johnson y
Nixon), los asesinatos de Martin Luther King y de Robert Kennedy,
el intento de asesinar a George Wallace (el candidato del partido
populista de derechas en 1972), la implicación del FBI y de
la CIA en el espionaje de adversarios políticos dentro del
país, lo que desprestigió a ambas instituciones y
desembocó en una serie de “reformas”
legislativas para disminuir formalmente sus poderes. El hecho de
que bajo Nixon, la camarilla dirigente utilizara agencias del
Estado (FBI y CIA) para darse una ventaja decisiva con respecto a
las demás fracciones de la clase dominante fue, para estas,
algo intolerable, al sentirse directamente amenazadas. Lo que se
ha llamado crisis de la seguridad nacional tras el 11 de setiembre
de 2001 ha permitido a esas agencias volver a funcionar sin
trabas.

Tras
la Guerra Fría, los ajustes de la política
imperialista norteamericana ante la desaparición de un
mundo bipolar

El hundimiento del
bloque ruso a finales de los 80 hace surgir una situación
sin precedentes. Desaparece un bloque imperialista no tras su
derrota en la guerra imperialista, sino por implosión bajo
la presión de una situación histórica
indecisa en lo que a lucha de clases se refiere, de las presiones
económicas y de su incapacidad para seguir en la
competencia armamentística con el bloque adverso. Aunque la
propaganda norteamericana celebra su victoria sobre el
imperialismo ruso y canta la gloria del capitalismo democrático,
1989 es, en realidad, una victoria pírrica para el
imperialismo americano que ve rapidamente su hegemonía
cuestionada por su propia coalición, resultado de la
desaparición de la disciplina que permitía la
cohesión de ambos bloques. La desaparición brutal
del enfrentamiento entre ambos polos, que había
caracterizado el imperialismo durante 45 años, libera de la
obligación de alinearse tras una disciplina de bloque a la
que estaban hasta entonces sometidas todas las potencias de
segundo y tercer orden : la tendencia a tirar “cada uno por
su cuenta” en medio de la descomposición del
capitalismo, se impone rápidamente a nivel internacional.
Los imperialismos más débiles, envalentonados,
empiezan a jugar sus propias bazas negándose a someter sus
intereses a los de EE.UU. La primera expresión de la
descomposición ya había ocu­rrido en la década
anterior en Irán con la revolución de Jomeni, primer
ejemplo de un país que lograba romper con el bloque
americano sin que EE.UU consiguiera hacerlo volver a su seno y sin
tampoco caer en el bloque ruso. Hasta entonces, los paises de la
pe­riferia del capitalismo mundial habían po­dido
jugar un bloque contra el otro y hasta cambiar de campo, pero
ninguno había logrado mantenerse fuera del sistema bipolar.
En 1989, esta tendencia se hace dominante en el ruedo
interimperialista.

Los responsables
políticos norteamericanos han de adaptarse repentinamente a
una disposición nueva de fuerzas a nivel internacional. Las
actividades expansionistas de Alemania son particularmente
alarmantes para EE.UU. La guerra del Golfo contra Irak, so
pretexto de la invasión por éste de Koweit suscitada
por los propios Estados Unidos (la embajadora norteamericana había
asegurado a los iraquíes que su país no intervendría
en un conflicto entre Irak y Koweit) es el medio utilizado por
EE.UU para reafirmar su dominación y recordar a las demás
naciones que quisieran ir “por su cuenta” que EE.UU
sigue siendo la única superpotencia, dispuesta a utilizar
su potencial militar como gendarme del mundo.
Las potencias europeas, incluidas las que habían tenido
relaciones económicas con Irak, no solo estuvieron
obligadas de apoyar formalmente los proyectos bélicos
estadounisenses, sino que también tuvieron que unirse a la
“coalición” internacional, en contra de su
voluntad y sin el menor entusiasmo. La guerra fue un formidable
éxito para el imperialismo norteamericano que dio la prueba
de su superioridad militar, de la modernidad de sus armamentos y
de su voluntad de ejercer su poder. En Estados Unidos, Bush, el
padre, goza de una popularidad política impresionante,
hasta ganarse 90 % de opiniones favorables en los sondeos de
posguerra.

Bush
se reveló incapaz de consolidar el éxito
norteamericano en el Golfo. La presión sobre las potencias
que querían jugar sus propias bazas en el plano
internacional tiene una eficacia muy limitada en el tiempo. Se
reanudan los avances de Alemania en los Balcanes y hasta se
aceleran con el estallido de Yugoslavia y la “purificación
étnica”. La incapacidad de la administración
Bush para consolidar lo realizado en la guerra del Golfo y
formular una respuesta estratégica en los Balcanes será
un factor esencial de su fracaso en las elecciones de 1992.
Durante su campaña presidencial, Clinton se entrevistó
con los dirigentes del Pentágono y les confirmó que
autorizaría las incursiones aéreas en los Balcanes y
mantendría une política decidida para establecer una
presencia norteamericana en la región, que había
sido uno de las aspectos cada vez más importante de la
política imperialista norteamericana durante la década
precedente. A pesar de las críticas de los republicanos
durante la campaña electoral de 2000 con respecto a la
política de Clinton, que consistía en mandar tropas
para intervenir militarmente sin haberlo planificado realmente, la
invasión de Afganistán realizada por la
administración G.W. Bush –los proyectos de invasión
de Irak (5) y el despliegue de tropas en varios paises
por el mundo (las tropas US están actualmente presentes en
33 paises) – están en total continuidad con la
política de Clinton.

Durante
el mandato de Clinton la burguesía norteamericana se
dividió sobre la política asiática, al
oponerse la extrema derecha a la estrategia en Extremo Oriente de
colaborar con China en vez de Japón. Las derechas
consideraban a China como un régimen comunista anacrónico
amenazado de implosión, un aliado poco fiable, cuando no un
enemigo potencial. Este desacuerdo es la telón de fondo de
los escándalos de finales de los 90 y de la campaña
de impeach­ment contra Clinton. Sin embargo, todos los
antiguos presidentes todavía vivos de ambos partidos
(excepto Reagan aquejado de la enfermedad de Alzheimer) se
pronunciaron de acuerdo con la estrategia política hacia
China y se opusieron al impeachment. La derecha pagará
muy caro el fracaso de su ataque contra Clinton: Newt Gringrich
(6) se ve apartado de la vida política y otros
líderes que habían apoyado el impeachment
deben abandonar sus puestos. En ese contexto, es importante
señalar que cuando existen divergencias importantes en la
burguesía sobre política imperialista y es
importante lo que está en juego, las fuerzas políticas
enfrentadas no vacilan en desestabilizar el orden político.

Las
recientes divergencias en la clase dominante norteamericana con
respecto a la acción unilateral en Irak

En 1992, Washington
adoptó conscientemente una orientación muy clara
para su política imperialista durante el período
posterior a la guerra fría., basada en “el
compromiso fundamental de mantener un mundo unipolar en el que
EE.UU no tenga contrincante. No se permitirá a ninguna
coalición de grandes potencias alcanzar una hegemonía
sin Estados Unidos
” (prof. GJ. Ikenberry, Foreign
Affairs,
sept-oct. 2002). Esta política tiene como
objetivo impedir la emergencia de cualquier potencia en Europa o
Asia que pueda cuestionar la supremacia norteamericana y acabar
siendo un polo unificador en la formación de un nuevo
bloque imperialista. Esta orientación, inicialmente
formulada en un documento de 1992 redactado por Rumsfeld (Defense
Planning Guidance Policy Statement
) durante el
último año del primer mandato de Bush padre,
establece claramente esta nueva estrategia:

“Impedir que surja un nuevo rival, en el
territorio de la antigua Unión Soviética o en
cualquier otra parte, que sea una amenaza como la que representaba
la Unión Soviética... Estas regiones incluyen a
Europa occidental, el territorio de la ex Unión Soviética
y Asia del Sureste... Estados Unidos ha de mostrar la dirección
general necesaria para establecer y proteger un nuevo orden que
mantenga la promesa de convencer a sus rivales potenciales que no
han de aspirar a tener un papel más importante ni adoptar
una actitud agresiva para proteger sus intereses legítimos...
sobre otras cuestiones fuera de la militar, hemos de tener un
mínimo en cuenta los intereses de las naciones industriales
avanzadas para desanimarlas a cuestionar nuestro liderazgo o de
intentar derribar el orden político y económico
establecido... Debemos mantener los mecanismos de disuasión
hacia los rivales potenciales para que ni se atrevan a aspirar a
un papel regional o global de mayor importancia”.

Esa misma política
continuó bajo la administración de Clinton, la cual
emprendió un programa colosal de desarrollo de armamento
para así desanimar las ambiciones de cualquier rival
potencial; es el anuncio de la política de estrategia
militar nacional de 1997 (National Military Strategy):

“Los Estados Unidos seguirán
siendo, a corto plazo, la única potencia global del mundo,
pero actuarán en un entorno estratégico
caracterizado por la ascensión de potencias regionales, de
retos asimétricos que incluyen armas de destrucción
masiva, peligros transnacionales y probablemente acontecimientos
incontrolados que no se pueden prever con exactitud ”.

Esta política,
continuada por la actual administración Bush y afirmada en
el Quadrennial Defense Review Report publicado el 30 de septiembre
del 2001, menos de tres semanas después del ataque al World
Trade Center, considera de “interés nacional a largo
plazo” la meta “de impedir toda dominación
hostil de regiones críticas, particularmente en Europa, en
el Noreste asiático, el litoral asiático oriental
(7), Oriente Medio y Suroeste asiático”. En el
National Security Strategy 2002, la administración Bush
afirma que “seremos lo suficientemente fuertes para disuadir
a cualquier adversario potencial de proseguir un esfuerzo militar
que intente sobrepasar o igualar la potencia norteamericana”.
En junio del 2002, en su discurso de la ceremonia de entrega de
diplomas de West Point, el presidente Bush afirmó una vez
más que “EE.UU va a procurar seguir teniendo una
potencia militar imposible de desafiar – haciendo vana
cualquier carrera de armamentos desestabilizadora de otras áreas
y limitando las rivalidades al comercio y demás actividades
pacíficas”. Todos estos elementos
combinados muestran la continuidad esencial de la política
imperialista norteamericana, más allá de las
divergencias entre los partidos, desde finales de la Guerra Fría.
Al decir “continuidad”, no queremos decir, claro está,
que la puesta en práctica de esas orientaciones haya sido
idéntica en todos sus aspectos. Claro está que ha
habido reajustes de estas orientaciones, en particular a nivel
práctico, a causa de la evolución del mundo durante
el pasado decenio. El imperialismo norteamericano para organizar
una “coalición” internacional en apoyo de sus
aventuras militares, por ejemplo, ha tenido que resolver
dificultades crecientes a lo largo de los años, y la
tendencia de EE.UU a intervenir cada vez más solos, a
actuar unilateralmente, en sus esfuerzos estratégicos para
prevenir el riesgo de aparición de un rival europeo o
asiático, ha alcanzado niveles que provocan serias
discusiones en la propia clase dominante.

Estas
discusiones son la expresión del reconocimiento de las
dificultades que debe encarar el imperialismo norteamericano. A
pesar de ser evidentemente incapaz de tener una conciencia “total”
en el sentido marxista del desarrollo de las fuerzas económicas
y sociales en el mundo, está claro, sin embargo, que la
burguesía norteamericana es perfectamente capaz de
distinguir ciertos elementos clave en la evolución de la
situación internacional. En un artículo titulado “El
imperialismo vacilante: terrorismo, Estados en quiebra y el caso
del imperio norteamericano”
, por ejemplo, Sebastian
Mallaby considera que los hombres políticos norteamericanos
reconocen la existencia de un “caos” creciente en la
área internacional, el fenómeno de Estados “en
quiebra” incapaces de mantener un mínimo de
estabilidad en su sociedad y los peligros que resultan de una
emigración masiva e incontrolada, del flujo de refugiados
de los paises de la periferia hacia los paises centrales del
capitalismo mundial. En este contexto, Mallaby escribe : “La
lógica del neoimperialismo obliga a la administración
de Bush a resistir. El caos mundial es demasiado amenazante para
ignorarlo y los métodos para tratar ese caos que han sido
aplicados se han revelado insuficientes”
(Foreign
Affairs
, marzo-abril 2002). Mallaby y otros burgueses
norteamericanos, teóricos de política exterior,
ponen en evidencia la necesidad para EE.UU, en tanto que
superpotencia mundial, de actuar para bloquear el avance del caos,
aunque tengan que hacerlo solos. Hasta hablan abiertamente de un
“nuevo imperialismo” que Estados Unidos debe instaurar
para bloquear las fuerzas centrífugas que tienden a
desgarrar la sociedad en su conjunto. En la situación
internacional actual, también reconocen que la posibilidad
de presionar a los antiguos aliados de EE.UU como en la guerra del
Golfo de 1990-91, es prácticamente inexistente. De ahí
que se haya incrementado brutalmente la presión, ya
identificada en la prensa de la CCI, que empuja a EE.UU a actuar
unilateralmente en el plano militar. La toma de conciencia de la
necesidad de prepararse para actuar unilateralmente se produjo ya
durante el gobierno de Clinton, cuando miembros de éste
empezaron a discutir abiertamente sobre esa opción y
prepararon entonces el terreno a acciones unilaterales del
imperialismo norteamericano (véase por ejemplo el documento
de Madeline Albright, “The testing of American Foreign
Policy”, en Foreign Affairs, nov.-dic. del 98). El
gobierno de Bush actúa pues en continuidad con la política
iniciada por Clinton: EE.UU obtiene en Afganistán la
“bendición” de la comunidad internacional para
sus operaciones militares, gracias a las maniobras ideológicas
y políticas favorecidas por el 11 de septiembre, EE.UU se
ocupa solo de las operaciones en tierra, impidiendo incluso a su
aliado más cercano, Gran Bretaña, sacar tajada. Aún
cuando la burguesía es consciente de la necesidad para
EE.UU de actuar unilateralmente, la cuestión de saber en
definitiva cuándo y hasta dónde se puede ir, es un
problema táctico muy serio para el imperialismo americano.
La respuesta no puede encontrarse en precedentes de la Guerra
Fría, cuando EE.UU intervenían a menudo sin
consultar a la OTAN o a sus demás aliados, pero en aquel
entonces podían contar con su potencial y su influencia en
tanto que cabeza de bloque para obtener el acuerdo de los demás
(como así fue en Corea, cuando la crisis de los misiles en
Cuba, en Vietnam, con los cohetes Pershing y Cruise a principios
de los 80, etc.). La respuesta a esa pregunta también
tendrá un impacto importante en la evolución futura
de la situación internacional.

Se ha
de señalar que el debate del verano 2002 empezó
primero entre los dirigentes del partido republicano, y más
particularmente entre los especialistas tradicionales de asuntos
exteriores del partido republicano. Kissinger, Baker, Eagleburger
y hasta Colin Powell consideraban que era necesario ser prudentes
y no actuar unilateralmente con prisa, argumentando que todavía
era posible y preferible obtener la aprobación de la ONU
antes de iniciar las hostilidades contra Irak. Incluso
comentaristas burgueses en Estados Unidos emitieron la posibilidad
de que los antiguos especialistas republicanos de política
exterior habrían hablado en nombre de George Bush (padre)
cuando tomaron posición a favor de llevar a cabo la misma
política que para la primera guerra del Golfo. Los
demócratas, incluso los de la izquierda del partido, se
quedaron muy callados ante esa controversia en el partido en el
poder, excepto la breve incursión de Gore, el cual intentó
ganar puntos ante la izquierda demócrata, emitiendo la idea
de que la guerra en Irak sería un error por desviar la
atención de la preocupación central, o sea la guerra
contra el terrorismo.

Lo que
nos importa a nosotros es entender el significado de esas
divergencias en la burguesía de la única
superpotencia mundial.

Para
empezar, es importante no exagerar la importancia del debate
reciente. Los precedentes históricos demuestran ampliamente
que cuando hay divergencias importantes sobre política
imperialista en la burguesía norteamericana y cuando los
protagonistas del debate toman la medida de lo que está en
juego, no temen proseguir su orientación política,
incluso a riesgo de provocar trastornos políticos. Está
claro que el debate reciente no ha llegado a un resultado político
parecido al que se pudo observar, por ejemplo, cuando el conflicto
del Vietnam. Nunca amenazó la unidad fundamental de la
burguesía norteamericana en su política
imperialista. El desacuerdo, además, no era sobre la guerra
en Irak, pues sobre esto el acuerdo era casi total en la clase
dominante norteamericana. Todos estaban de acuerdo con este
objetivo político, no por lo que hubiese hecho o amenazado
hacer Sadam Husein, ni por el deseo de vengarse de la derrota del
Bush padre como tampoco para estimular las ganancias petroleras de
Exxon como lo entiende el materialismo vulgar, sino por la
necesidad de lanzar una nueva advertencia a las potencias europeas
que quisieran jugar su propia baza en Oriente Medio, y en
particular Alemania, advertencia de que los Estados Unidos no
vacilarían en servirse de su fuerza militar para mantener
su hegemonía. En consecuencia, no es sorprendente, como
tampoco es accidental, si Alemania fue la más vehemente en
oponerse a los preparativos guerreros norteamericanos, puesto que
son precisamente sus intereses imperialistas la diana de la
ofensiva norteamericana.

El
debate de los círculos dirigentes norteamericanos se centró
en cuándo y con qué bases desencadenar la guerra y
también, quizas de forma más crítica, hasta
qué grado podía EE.UU actuar solo en la situación
actual. La burguesía norteamericana sabe perfectamente que
ha de estar lista para actuar unilateralmente, y que actuar así
tendrá consecuencias significativas en el escenario
internacional. Contribuirá indudablemente a aislar todavía
más al imperialismo americano, a provocar mayores
resistencias y antagonismos a nivel internacional y provocará
que las demás potencias busquen las alianzas posibles para
plantar cara a la agresividad americana, aumentando las
dificultades que tendrá en el porvenir. El momento preciso
en que EE.UU decide abandonar toda búsqueda de apoyo
internacional a sus acciones militares y actuar unilateralmente
es, por lo tanto, una decisión táctica con
implicaciones estratégicas de la mayor importancia. En
marzo del 2002, Kenneth M. Pollack, actual director adjunto del
Consejo de relaciones exteriores, que fue director de Asuntos del
Golfo en el Consejo nacional de seguridad de la administración
de Clinton, hablaba abiertamente de la necesidad para el gobierno
de desencadenar rapidamente la guerra contra Irak antes de que
desapareciera tanto la fiebre guerrera iniciada triunfalmente en
EE.UU tras el 11 de septiembre como la simpatía
internacional creada por los ataques terroristas y que facilitaron
el acuerdo de las demás naciones con las acciones militares
norteamericanas. Como lo dice Pollack :

“Tardar demasiado plantearía
tantos problemas como ir rápidamente, porque el estímulo
ganado gracias a la victoria en Afganistán podría
desaparecer. Hoy, el choque provocado por los ataques del 11 de
septiembre sigue vivo y tanto el gobierno norteamericano como el
público siguen dispuestos a hacer sacrificios y, a nivel
internacional, el resto del mundo comprende la cólera
americana y dudaría en ponerse del mal lado. Cuanto más
esperemos para invadir, más difícil será
obtener un apoyo tanto internacional como interno, aunque las
razones de la invasión poco tengan que ver, si no es nada,
con las relaciones de Irak con el terrorismo... Los Estados Unidos
pueden, en otros términos, permitirse esperar un poco antes
de meterse con Sadam, pero no indefinidamente” (Foreign
Affairs, marzo-abril del 2002).

La
oposición a la intervención norteamericana en Irak,
tanto en la clase obrera americana (que no se ha alineado
totalmente tras esta guerra), como en el resto del mundo en las
potencias de segundo y tercer orden, permite de hecho suponer que
EE.UU esperó demasiado antes de atacar a Irak.

Está
claro que los más prudentes del equipo dirigente, y en
particular Colin Powell, que defendió una política
de presiones diplomáticas para obtener la aprobación
del Consejo de seguridad sobre la acción militar en Irak,
eran mayoritarios en la administración el otoño
pasado y, como lo han demostrado los acontecimientos, su táctica
ha sido eficaz para conseguir un voto unánime que dio el
pretexto a EE.UU para entrar en guerra contra Irak cuando lo
desearan. Pero también está claro que en febrero, el
resultado logrado en otoño se redujo de forma importante,
al oponerse abiertamente a los planes de guerra norteamericanos,
Francia, Alemania, Rusia y China, tres de estos paises con derecho
de veto en el Consejo de seguridad. Las críticas en la
burguesía norteamericana expresaban preocupación
sobre la poca habilidad de la administración de Bush para
maniobrar y ganarse el apoyo internacional para la guerra (véanse,
por ejemplo, los recientes comentarios del senador Joseph Biden,
alto responsable demócrata en el Comité de
relaciones exteriores del Senado).

Las
contradicciones inherentes a la situación actual plantean
problemas muy serios a Estados Unidos. La descomposición y
el caos a nivel mundial imposibilitan la creación de nuevas
“coaliciones” a nivel internacional. De ahí que
Rumsfeld y Cheney insistan con razón en que ya no será
posible nunca más formar una coalición internacional
como la del 90-91. Sin embargo, no puede uno imaginarse que el
imperialismo norteamericano permita que tal situación ponga
trabas a sus acciones militares para defender sus propios
intereses imperialistas. Por otro lado, si EE.UU lleva
efectivamente a cabo una intervención militar de forma
unilateral, sea cual sea el resultado a corto plazo, se aislará
todavía más a nivel internacional, perderá el
apoyo de los pequeños paises, transformándolos en
contestatarios y proclives a resistir cada día más a
la tiranía de la superpotencia. Pero por otro lado, si
EE.UU echa marcha atrás y no se lanza solo a la guerra en
el contexto actual, sería une prueba de debilidad por parte
de la superpotencia cuya única consecuencia será
incitar a las potencias de segundo orden a jugar sus propias bazas
y cuestionar directamente la dominación norteamericana.

La
cuestión para los revolucionarios no es la de caer en la
trampa de hacer predicciones sobre el momento exacto en que la
burguesía norteamericana emprenderá una guerra
unilateral, sea en Irak a corto plazo o en otra zona más
tarde, sino entender claramente cuáles son las fuerzas en
presencia, el carácter del debate en los círculos
dirigentes norteamericanos y las implicaciones graves de esta
situación en el incremento del caos y de la inestabilidad
en el plano internacional en el período venidero.

JG,febrero
del 2003

 

1) En inglés “containment”.
Fue la política adoptada por el imperialismo norteamericano
después de la Segunda Guerra mundial para frenar toda
expansión de la zona de influencia rusa.

2) Significaba que la caida bajo influencia
rusa de un país en una región en la que se
disputaban los dos imperialismos (en este caso, el Sureste
asiático) vendría seguida inevitablemente por la
caida de paises vecinos.

3) La conferencia de Bretton Woods estableció
un nuevo orden monetario y económico en la posguerra,
dominado por Estados Unidos. Instauró, entre otras cosas,
el Fondo Monetario Internacional y el sistema de cambio basado en
el dólar en lugar del patrón-oro.

4) Esta política de cerco a la URSS es
muy parecida a la actual política de EE.UU hacia Europa.

5) Este informe se redactó para el
congreso de la CCI a principios de 2003.

6) Dirigente entonces del partido republicano
en la Cámara de representantes del Congreso de EE.UU, hoy
totalmente desprestigiado.

7) Según el Pentágono: “El
litoral asiático oriental es la región que se
extiende desde el sur de Japón, pasa por Australia e
incluye en golfo de Bengala”
.

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