Desembarco en Normandía 1944: matanzas y manipulaciones capitalistas

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La
clase dominante no repara en gastos cuando se trata de organizar
espectáculos que hagan aceptar su suerte a los explotados y
oprimidos. Ya en la Roma antigua, los emperadores sabían
que a la plebe había que proporcionarle pan y circo (“panem
et circenses”) para que aceptara su sino. Y cuando escaseaba
el pan, se añadía más circo. En el mundo
cristiano, los oropeles de la misa tenían básicamente
el mismo objetivo. Pero también entonces, como con los
juegos circenses, no se trataba únicamente de proporcionar
a los oprimidos una pequeña dosis de diversión para
que se olvidaran de su triste situación. También se
trataba de cantar alabanzas de la omnipotencia y gran bondad de
las autoridades del momento.

En eso, la burguesía no ha inventado nada. Ha
desarrollado y sofisticado ese tipo de espectáculos con
todos los medios que le dan tanto la experiencia de las antiguas
clases explotadoras como el dominio de la ciencia y la tecnología
que la sociedad capitalista le ha permitido.

En lo de todos los días, gracias especialmente a la
televisión, el «pueblo llano» disfruta de toda
clase de “reality shows”, torneos deportivos y demás
celebraciones fastuosas de la sociedad actual (incluidas bodas
principescas, ¡varios siglos después del
derrocamiento del poder político de la aristocracia!). Y
cuando el calendario se presta a ello, se celebran entonces los
grandes acontecimientos históricos para, no sólo ya
“divertir al pueblo”, sino llenarle la mollera de la
mayor cantidad de patrañas y de falsas lecciones sobre esos
sucesos. El 60 aniversario del desembarco aliado del 6 de junio de
1944 ha sido un nuevo ejemplo de todo eso, un ejemplo muy
significativo.

Todos los periodistas presentes en el “acontecimiento”
lo han podido constatar: las ceremonias del 60 aniversario del
desembarco han sobrepasado en fastuosidad, en participación
de “personalidades”, en “cobertura mediática”
y “fervor popular” las del cincuentenario. Ha sido una
paradoja que los propios periodistas intentaron comprender. Las
explicaciones han sido de lo más variado y algunas algo
sorprendentes: sería porque estas ceremonias de ahora
permitirían sellar la amistad recobrada entre Francia y
Estados Unidos tras el enfado por la guerra de Irak; o, también,
porque era la última vez que participarían en ellos
los supervivientes de aquel episodio de la historia, esos pobres
ancianitos cubiertos de medallas que una vez en sus vidas (de
minero en los Apalaches, de campesino de Oklahoma o de recadero en
Londres) recibirían la gratitud universal siendo
considerados como invitados de honor.

Los comunistas no celebran el desembarco de junio de 1944, como
lo harían por la Comuna de París de 1871 o la
Revolución de octubre de 1917. Les incumbe, eso sí,
con ocasión de este aniversario y de las ceremonias que lo
han exaltado, recordar lo que en verdad fueron los hechos, cuál
fue su significado para con ello oponerse a la oleada de mentiras
burguesas, un pequeño dique, cierto es, que pueda servir a
la pequeña minoría que hoy pueda oírles.

La
mayor operación militar de la historia

Nunca antes del 6 de junio de 1944, a pesar de las múltiples
guerras habidas, había realizado la especie humana una
operación militar de la envergadura del desembarco aliado
en Normandía. 6939 navíos atravesaron el canal de la
Mancha la noche del 5 al 6 de junio, de los cuales 1213 buques de
guerra, 4126 barcos de desembarco, 736 de servicios y 864 de
mercancías. Por encima de semejante armada, 11 590 aparatos
cruzaron los cielos: 5050 cazas, 5110 bombarderos, 2310 aviones de
transporte, 2600 planeadores y 700 aviones de reconocimiento. En
cuanto a los efectivos, fueron 132 715 hombres los que
desembarcaron el “Día D”, además de los
15 000 norteamericanos y 7000 británicos lanzados en
paracaídas la víspera tras las líneas
enemigas desde 2395 aviones.

A pesar de su magnitud, esas cifras distan mucho, sin embargo,
de dar su pleno significado a la amplitud de la operación
militar. Antes ya del desembarco, los dragaminas habían
limpiado cinco inmensos pasillos para permitir el paso de la
armada aliada. El desembarco, por sí mismo, para lo único
que debía servir era para establecer una cabeza de puente
que permitiera desembarcar tropas y medios materiales en
cantidades mucho más importantes. Y fue así como en
menos de un mes, un millón y medio de soldados aliados
fueron desembarcados con todo su equipo, especialmente decenas de
miles de vehículos blindados (solo del tanque Sherman se
construyeron 150 000 unidades).

Para todo ello, se movilizaron medios materiales y humanos
descomunales. Para que los buques pudieran descargar la carga y
los pasajeros, los aliados necesitaban un puerto en aguas
profundas como el de Cherburgo o Le Havre. Pero como estas dos
ciudades no han sido tomadas de inmediato, fabrican pieza a pieza
frente a las dos pequeñas poblaciones de Arromanches y
Saint-Laurent, dos puertos artificiales trayendo desde Inglaterra
cientos de encofrados flotantes de hormigón que después
serían sumergidos para que sirvieran de diques y de muelles
(operación “Mulberry”). Durante algunas
semanas, Arromanches fue el mayor puerto del mundo antes de pasar
el relevo a Cherburgo, ciudad tomada por los Aliados un mes
después del desembarco y cuyo tráfico duplicó
entonces el del puerto de Nueva York en 1939. En fin, a partir del
12 de agosto, los Aliados podrán empezar a usar PLUTO (Pipe
Line Under The Ocean), un oleoducto submarino para el
aprovisionamiento en carburante entre la isla de Wight y
Cherburgo.

Esos medios materiales y humanos descomunales son ya de por sí
un símbolo patente de lo que se ha convertido el sistema
capitalista, un sistema que engulle para la destrucción
cantidades fenomenales de medios tecnológicos y de trabajo
humano. Pero además de lo desmesurado hay que recordar,
sobre todo, que la operación “Neptuno” (nombre
secreto del desembarco en Normandía), era en realidad la
preparación de una de las mayores matanzas de la historia:
la operación “Overlord”, conjunto de planes
militares en Europa occidental a mediados de 1944. A lo largo de
las costas de Normandía pueden verse esas interminables
filas de cruces blancas testigos del cruel tributo que pagó
toda una generación de jóvenes norteamericanos,
ingleses, canadienses, alemanes, etc. con apenas 16 años
algunos de ellos. Y esos cementerios militares no cuentan los
civiles, mujeres, niños y ancianos muertos durante las
batallas que, en algunos casos, son casi tantos como la de los
soldados caídos en combate.. La batalla de Normandía,
durante la cual las tropas alemanas intentaron impedir a las
tropas aliadas pisar Francia y luego penetrar tierra adentro,
terminó con cientos de miles de muertos en total.

Las
verdades que la burguesía quiere ocultar

Los discursos y los comentarios de los medios burgueses no
ocultan esos datos ni mucho menos. Da incluso la impresión
de que los comentaristas los exageran cuando evocan la terrible
carnicería de aquel verano de 1944. Es, sin embargo, en la
interpretación de los hechos donde está la mentira.

Los soldados que desembarcaron el 6 de junio de 1944 y los días
siguientes se presentan como los de la “libertad” y de
la “civilización”. Eso fue lo que les dijeron
antes del Desembarco para convencerlos de dar sus vidas, fue lo
que dijeron a las madres de aquellos a los que la muerte se llevó
al poco de salir de la infancia; eso han vuelto a declarar una vez
más los políticos que, en gran cantidad, acudieron a
las playas normandas el 6 de junio de 2004, los Bush, Blair,
Putin, Schröder, Chirac… Y los comentaristas añadían:
“¿dónde estaríamos ahora si esos
soldados no hubieran hecho esos terribles sacrificios? ¡Estaríamos
bajo la bota del nazismo!” Ahí queda todo dicho:
aquella carnicería, por muy espantosa que fuera, fue un
“mal necesario” para “salvar a la civilización
y la democracia”.

Ante tales patrañas, unánimemente compartidas por
todos, amigos y enemigos de ayer (el canciller alemán fue
invitado a las ceremonias), y que hacen suyas prácticamente
todas las fuerzas políticas, desde la derecha más
reaccionaria hasta los trotskistas, es indispensable reafirmar
unas cuantas verdades elementales.

La primera verdad es que no hubo en la Segunda Guerra mundial
un “campo de la democracia” contra un “campo del
totalitarismo”, a no ser que se siga considerando que Stalin
era un gran campeón de democracia. En aquel entonces era lo
que pretendían los partidos llamados “comunistas”,
y los demás partidos tampoco hacían grandes
esfuerzos por desmentirlos. Los verdaderos comunistas, por su
parte, denunciaban desde hacía años el régimen
estalinista, sepulturero de la revolución de Octubre de

1917 y punta de lanza de la contrarrevolución mundial. En
realidad, en el Segunda Guerra mundial hubo, igual que en la
Primera, dos campos imperialistas que se peleaban por los
mercados, las materias primas y las áreas de influencia en
el mundo. Y si Alemania, como en la Primera Guerra mundial,
apareció como la potencia agresora, “la causante de
la guerra”, fue porque era la peor dotada en el reparto del
pastel imperialista tras el tratado de Versalles con el que
concluyó la primera carnicería imperialista, tratado
que agravó más todavía, en detrimento de ese
país, el reparto que ya le era desfavorable antes de 1914 a
causa de su llegada “con retraso” al ruedo
imperialista (países pequeños como Holanda o Bélgica
poseían un imperio colonial mayor que el de Alemania).

La segunda verdad es ésta: a pesar de todos los
discursos sobre “la defensa de la civilización”,
eso era lo que menos preocupaba a los dirigentes aliados, que
revelaron entonces una barbarie comparable a la de los países
del Eje. No solo nos referimos aquí al Gulag estaliniano,
comparable a los campos nazis. También los países
“democráticos” se ilustraron en ese ámbito.
No vamos ahora a pasar revista a todos los crímenes y actos
de barbarie perpetrados por esos valerosos “defensores de la
civilización” (puede leerse al respecto nuestro
artículo “Las matanzas y los crímenes de las
‘grandes democracias’” en la Revista
internacional n° 66). Baste recordar que durante la
propia Segunda Guerra mundial, e incluso antes de la llegada al
poder de los nazis, esos países habían “exportado”
su “civilización” hacia las colonias no sólo
con la cruz sino y sobre todo con la espada, las bombas y las
ametralladoras, por no mencionar los gases asfixiantes y la
tortura. En cuanto a las pruebas indiscutibles de la
“civilización” de que hicieron gala los Aliados
durante la Segunda Guerra mundial, hemos de recordar algunas de
sus heroicidades. Las primeras que nos vienen a la mente son,
claro está, los bombardeos de Hiroshima y Nagasaki, el 6 y
el 9 de agosto de 1945 en donde se empleó por primera y
única vez en la historia el arma atómica que mató
en un segundo a más de cien mil civiles y a otros cien mil
más en los meses y años siguientes en un sufrimiento
indecible.

El terrible balance de los bombardeos no solo se debió
al uso de esa arma nueva, poco conocida todavía. Fue con
medios de lo más “clásico” con los que
esos adalides de la civilización aplastaron a poblaciones
exclusivamente civiles:

–  bombardeos de Hamburgo, julio de 1943 : 50 000 muertos;

– bombardeo de Tokio en marzo de 1945 : 80 000 muertos ;

– bombardeo de Dresde, 13 y 14 de febrero de 1945 : 250 000
muertos.

Este último bombardeo es muy significativo. En Dresde no
había ni concentración militar, ni objetivo
económico o industrial alguno. Había sobre todo
refugiados procedentes de otras ciudades que ya habían sido
arrasadas. La guerra estaba ya ganada por los Aliados. Pero para
éstos se trataba entonces de provocar el terror en la
población alemana, especialmente entre los obreros, para
que ni por asomo les viniera la idea de repetir lo que habían
realizado al final de la Primera Guerra mundial, o sea, lanzarse
al combate revolucionario para echar abajo el capitalismo.

En el juicio de Nuremberg de después de la guerra se
juzgó a los “criminales de guerra” nazis. En
realidad lo que los condenó no fue tanto la multitud de sus
crímenes sino el pertenecer al campo de los vencidos. Pues,
si no, a su lado había que haber colocado a Churchill y a
Truman, principales responsables de las masacres mencionadas.

En fin, hay que afirmar una última verdad contra el
argumento de que la humanidad hubiera vivido con sufrimientos
mucho peores si los Aliados no hubieran acudido a liberar Europa.

En primer lugar, rehacer la historia suele ser un ejercicio
inútil. Es mucho más útil y fecundo
comprender por qué la historia fue por tal camino y no por
otro. Como en el caso que nos ocupa, (“si los Aliados
hubieran perdido la guerra…”), ese ejercicio lo
practican, en general, quienes quieren justificar el orden
existente, que sería, al fin y al cabo, el “menos
malo” (“La Democracia es la peor forma de gobierno
exceptuando a todas las demás”, como decía
Churchill).

La victoria de la “democracia” y de la
“civilización” en la Segunda Guerra mundial no
acabó, ni mucho menos, con la barbarie del mundo
capitalista. Desde 1945, ha habido tantas víctimas de la
guerra como durante las dos guerras mundiales juntas. Además,
el mantenimiento de un modo de producción, el capitalismo
(un sistema ya caduco como lo demuestran las dos guerras
mundiales, la crisis económica de los años 30 y la
crisis actual), le ha costado a la humanidad la continuación,
y hoy la agravación, de toda clase de calamidades de lo más
mortífero (hambres, epidemias, catástrofes
“naturales” cuyas consecuencias dramáticas
podrían eliminarse, etc.). Y eso sin olvidar que el sistema
capitalista, al perpetuarse, está amenazando el futuro de
la propia especie humana al destruir de manera irreversible el
entorno e ir preparando nuevas catástrofes naturales,
especialmente las climáticas, con unas consecuencias
aterradoras. Si el sistema capitalista ha podido sobrevivir
durante más de medio siglo tras la Segunda Guerra mundial,
ha sido porque la “victoria de la democracia”
significó una terrible derrota para la clase obrera; una
derrota ideológica que vino a rematar la contrarrevolución
que se abatió sobre ella tras el fracaso de la oleada
revolucionaria de los años 1917-1923.

Porque la burguesía, sobre todo gracias a todos sus
partidos supuestamente “obreros” (desde los
“socialistas” hasta los trotskistas, Pasando por los
“comunistas”), logró hacer creer a los obreros
de los principales países capitalistas, especialmente los
de las grandes concentraciones industriales de Europa occidental,
que la victoria de la Democracia era “su victoria”, de
tal modo que los obreros no entablaron ningún combate
revolucionario ni durante ni al final de la Segunda Guerra mundial
como sí lo habían hecho en la Primera. En otras
palabras, la “victoria” de la Democracia, y en
particular ese Desembarco tan encomiado estos días, dio un
respiro al capitalismo decadente, permitiéndole proseguir
durante más de medio siglo su curso catastrófico y
bestial.

Esa es una verdad que no dirá ningún medio de
comunicación por la cuenta que les trae. Muy al contrario,
el celo tan agudo con el que todos los poderosos de este mundo y
sus secuaces han celebrado ese “gran momento de la Libertad”
ha estado a la altura de la nueva inquietud que la clase dominante
empieza a vivir ante la perspectiva de una reanudación de
los combates de la clase obrera a medida que el capitalismo siga
dando cada día más la prueba de la quiebra histórica
del sistema y de la necesidad de echarlo abajo.

Esta es, justamente, otra de las ricas enseñanzas que la
operación “Neptuno” y “Overlord”
aportan a la clase obrera : las grandes dotes de la burguesía
para hacer colar sus mentiras.

La
sarta de mentiras

En la Conferencia de Teherán, que reunió a los
principales dirigentes aliados en Diciembre de 1943, Churchill
dijo a Stalin : “En tiempos de guerra la verdad es tan
valiosa que siempre debería estar protegida por una sarta
de mentiras”. La verdad es que semejante afirmación
no es ninguna novedad. En el siglo VI antes de nuestra era, el
estratega chino Sunzi definía así las principales
reglas del arte de la guerra: “Imponer su voluntad al
adversario, obligarle a dispersarse, empezar fuerte para ir
reduciendo después, actuar en secreto para conocer
perfectamente al adversario, mentir porque todo acto de guerra
está basado en el engaño” (El Arte de la
guerra). Para garantizar el éxito de la mayor operación
militar de la historia, la operación “Neptuno”,
era necesario poner en marcha una campaña de mistificación
de una amplitud sin precedentes. Su contraseña era
“Fortitude” y su objetivo inducir al error a los
dirigentes alemanes en el momento del desembarco. De su diseño
se encargó la Sección de control de Londres (LCS),
un ente secreto creado por Churchill en el que colaboraban los
principales responsables de las agencias de información
inglesas y americanas. No vamos a enumerar ahora todos los medios
que emplearon para engañar al estado mayor alemán,
solo citaremos los más significativos.

La evolución de la guerra durante la primera mitad del
año 1944 hizo que los dirigentes alemanes comprendieran que
los aliados podían abrir un frente en Europa Occidental. En
otras palabras que iban a desembarcar en esa zona. Es más,
los Aliados sabían que no podían engañar a su
adversario. Por tanto la cuestión clave era escoger el
momento y lugar preciso del desembarco utilizando esos “medios
especiales” (como les llamaban los británicos) para
hacer creer al enemigo que sería antes del 6 de junio de
1944 y no en las playas normandas. En teoría se podía
hacer en cualquier sitio entre el golfo de Vizcaya y Noruega (es
decir en una línea de varios miles de kilómetros).
Sin embargo ya que los Aliados habían instalado lo esencial
de su dispositivo militar en Inglaterra, parecía lógico
que el desembarco fuera en algún sitio de la costa entre
Bretaña y Holanda. Hitler estaba convencido de que sería
en el Paso de Calais, ya que es donde está más cerca
la costa inglesa del continente y donde los cazas ingleses –cuyo
radio de acción era limitado- podrían participar en
los combates.

Los Aliados, gracias a sus servicios de inteligencia, sabían
lo que los alemanes pensaban, por eso el objetivo central de
“Fortitude” era que siguiesen pensando lo mismo el
mayor tiempo posible, incluso después del desembarco en
Normandía que debía pasar por una operación
de distracción que preparase el verdadero desembarco en el
Paso de Calais. De hecho, Hitler siguió esperándolo
y por eso se negó a enviar a Normandía los enormes
medios militares con los que contaba en sus bases del norte de
Francia y Bélgica. Cuando se dio cuenta del engaño
era demasiado tarde: los Aliados habían logrado desembarcar
suficientes medios humanos y materiales para librar la batalla de
Normandía y comenzar la ofensiva, hacia París
primero y luego hacia la propia Alemania.

Los Aliados no escatimaron medios para engañar a su
adversario. Incluso los más rocambolescos, así un
actor de segunda en la vida civil, protagonizó en mayo de
1944 el papel de su vida al hacerse pasar por el mariscal
Montgomery (el militar inglés más prestigioso de la
Segunda Guerra mundial y jefe de las operaciones del desembarco),
al ser su doble casi perfecto y con unos retoques de maquillaje
realizados por especialistas, el falso “Monty”, se
dejó caer por Gibraltar antes de volver a Argel con el
objetivo de inducir que el desembarco aliado sería en el
sur de Francia (lo que finalmente ocurrió el 15 de Agosto)
como precursor del desembarco en el Noroeste (1).

Hay un montón de episodios de este tipo, aunque quizá
no tan folclóricos. Sin embargo lo más decisivo para
convencer a los dirigentes alemanes de que el desembarco sería
en el Paso de Calais fue la creación del FUSAG (primer
cuerpo de ejército americano) comandado por Patton uno de
los militares americanos de alto rango más reputado que fue
a instalarse en el sureste de Inglaterra, es decir frente al Paso
de Calais. Lo especial de este cuerpo de ejército formado
por un millón de hombres es que era totalmente ficticio. Lo
que los aviones de reconocimiento alemán habían
fotografiado eran en realidad lanchas hinchables, aviones de
madera, barracones de cartón, etc, y los mensajes radiados
que emitía ese complejo militar eran la voz de actores de
confianza americanos y canadienses (2).

Entre los medios empleados para reforzar la convicción
alemana sobre el desembarco en el norte de Francia, destacan
algunos por el cinismo del que es capaz la clase dominante. Así
agentes de la «Francia libre» que trabajaban para los
británicos fueron enviados para sabotear los cañones
alemanes que defendían esa parte de la costa, lo que no
sabían es que en realidad se les enviaba para que los
capturase la Gestapo y que cuando fueran torturados comunicasen
esa información “sensible” que creían
cierta (3).

Lo más impresionante de los “medios especiales”
empleados por ambos campos durante la Segunda Guerra Mundial,
especialmente por los Aliados, es el increíble
maquiavelismo desplegado para engañar al enemigo. Uno de
los capítulos del libro La guerra secreta, de Anthony Cave
Brown, que cuenta las operaciones de intoxicación en la
Segunda Guerra mundial se titula, no por casualidad, “Fortitude
Norte, las estratagemas maquiavélicas”.

El gobierno norteamericano durante mucho tiempo se ha ocupado
en silenciarlas (mediante el memorándum del 28 de agosto de
1945 el presidente Truman prohibió que se divulgara
cualquier información al respecto). A las esferas
dirigentes de la clase dominante no les interesa para nada que se
sospeche el grado de maquiavelismo del que son capaces, sobre todo
en un periodo histórico en que la guerra es un hecho
permanente. A fin de cuentas si una estrategia no se ha
desenmascarado, aún puede emplearse. De hecho el ataque
japonés a la base naval de Pearl Harbor, en diciembre de
1941, había sido algo buscado y favorecido por los
dirigentes ingleses y americanos para “convencer” a la
población americana y a sectores de la burguesía que
eran hostiles a que Estados Unidos entrara en la guerra. Las
autoridades americanas han negado sistemáticamente esa
realidad (envuelta siempre en una “sarta de mentiras”).
Esa mentira de Pearl Harbor sigue siendo útil hoy día
como se ha podido comprobar con el ataque contra las Torres
Gemelas del 11 de septiembre de 2001, ya que es más que
probable que los servicios del estado norteamericano “dejasen
hacer” a Al Qaeda para preparar la guerra de Irak (4).

La clase obrera no debe hacerse la más mínima
ilusión: la clase dominante no dudará en emplear
contra los explotados el mismo maquiavelismo del que hace gala
cuando va a la guerra. De hecho alcanza sus más altas cotas
de sofisticación cuando se trata de mistificar a la clase
obrera, pues en ese caso lo que está en juego no es una
cuestión de supremacía militar sino una cuestión
de vida o muerte. Más aún que en la guerra entre
fracciones nacionales de de la clase burguesa, en la guerra de
clases que libra la burguesía contra el proletariado le es
a ésa necesario “proteger la verdad con una sarta de
mentiras”.

Los oropeles de la celebración del desembarco del 6 de
Junio se han retirado, pero la clase obrera no debe olvidar jamás
las verdaderas lecciones de esos acontecimientos:

–  el capitalismo decadente no puede acabar con las guerras, solo
puede acumular ruinas sobre ruinas sembrando la muerte a gran
escala;

– la burguesía esta dispuesta a las mayores infamias y
mentiras para preservar su dominio sobre la sociedad;

– para el proletariado sería suicida subestimar la
inteligencia de la clase explotadora y su capacidad para poner en
pie las mistificaciones más sofisticadas para mantener sus
privilegios.

Fabienne

1) A este nivel hay que
señalar igualmente la operación "Carne picada"
("Mincemeat") para hacer creer al estado mayor alemán
que el desembarco en Sicilia de julio de 1943 solo era una
maniobra de distracción para tapar un desembarco a mayor
escala en Grecia y Cerdeña. Para ello hicieron aparecer
cerca de las costas españolas el cadáver del
supuesto Mayor William Martin, que nunca existió, con
documentos que acreditaban la patraña urdida por los
Aliados. Las autoridades franquistas habían devuelto a los
ingleses dichos documentos, eso sí una vez fotografiados
para los servicios secretos alemanes. La operación
"Mincemeat", junto a otras maniobras similares lograron
plenamente su objetivo ya que Hitler mandó a su flamante
oficial superior Rommel a Atenas para dirigir personalmente un
operativo que nunca se puso en acción.

(2) La FUSAG se completaba
con el 4º ejército británico, con 350 000
hombres, con base en Escocia que supuestamente preparaba el
desembarco en Noruega, también ficticio. Lo cual no impidió
que al comienzo del desembarco en Normandía se desplazase
hacía el sur para unirse al FUSAG para un futuro desembarco
en el Paso de Calais…

(3) Este episodio poco
glorioso de los "Medios especiales" lo cuenta en clave
de novela el escritor y periodista americano Larry Collins en su
libro "Fortitude". Evidentemente este episodio no es el
único en el que se ve el cinismo de los dirigentes Aliados.
Vale la pena recordar el desembarco ee el 19 de Agosto de 1942.
Esta operación puso en suelo francés a 5000 soldados
canadienses y

2000 británicos con
el único objetivo de medir "en vivo" la capacidad
de defensa de Alemania y obtener información sobre los
problemas con lo que se encontraría el verdadero
Desembarco. Eran plenamente conscientes de que para eso enviaban a
todos esos jóvenes soldados a una muerte segura.

(4) Sobre esto ver el
artículo de la Revista internacional nº 108 "Pearl
Harbor 1941, las 'Torres Gemelas' 2001, El maquiavelismo de la
burguesía". A todos esos que critican nuestros
artículos en los que evidenciamos el maquiavelismo de la
clase dominante so pretexto de que no es capaz de hacer semejantes
cosas, les aconsejamos que lean La guerra secreta o por lo menos
El espía que vino del frío escrito por el ex agente
secreto John Le Carré. Son dos excelentes remedios contra
la ingenuidad de la que hacen gala nuestros detractores.

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Acontecimientos históricos: 

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