Desembarco en Normandía 1944: matanzas y manipulaciones capitalistas

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La clase dominante no repara en gastos cuando se trata de organizar espectáculos que hagan aceptar su suerte a los explotados y oprimidos. Ya en la Roma antigua, los emperadores sabían que a la plebe había que proporcionarle pan y circo (“panem et circenses”) para que aceptara su sino. Y cuando escaseaba el pan, se añadía más circo. En el mundo cristiano, los oropeles de la misa tenían básicamente el mismo objetivo. Pero también entonces, como con los juegos circenses, no se trataba únicamente de proporcionar a los oprimidos una pequeña dosis de diversión para que se olvidaran de su triste situación. También se trataba de cantar alabanzas de la omnipotencia y gran bondad de las autoridades del momento.

En eso, la burguesía no ha inventado nada. Ha desarrollado y sofisticado ese tipo de espectáculos con todos los medios que le dan tanto la experiencia de las antiguas clases explotadoras como el dominio de la ciencia y la tecnología que la sociedad capitalista le ha permitido.

En lo de todos los días, gracias especialmente a la televisión, el «pueblo llano» disfruta de toda clase de “reality shows”, torneos deportivos y demás celebraciones fastuosas de la sociedad actual (incluidas bodas principescas, ¡varios siglos después del derrocamiento del poder político de la aristocracia!). Y cuando el calendario se presta a ello, se celebran entonces los grandes acontecimientos históricos para, no sólo ya “divertir al pueblo”, sino llenarle la mollera de la mayor cantidad de patrañas y de falsas lecciones sobre esos sucesos. El 60 aniversario del desembarco aliado del 6 de junio de 1944 ha sido un nuevo ejemplo de todo eso, un ejemplo muy significativo.

Todos los periodistas presentes en el “acontecimiento” lo han podido constatar: las ceremonias del 60 aniversario del desembarco han sobrepasado en fastuosidad, en participación de “personalidades”, en “cobertura mediática” y “fervor popular” las del cincuentenario. Ha sido una paradoja que los propios periodistas intentaron comprender. Las explicaciones han sido de lo más variado y algunas algo sorprendentes: sería porque estas ceremonias de ahora permitirían sellar la amistad recobrada entre Francia y Estados Unidos tras el enfado por la guerra de Irak; o, también, porque era la última vez que participarían en ellos los supervivientes de aquel episodio de la historia, esos pobres ancianitos cubiertos de medallas que una vez en sus vidas (de minero en los Apalaches, de campesino de Oklahoma o de recadero en Londres) recibirían la gratitud universal siendo considerados como invitados de honor.

Los comunistas no celebran el desembarco de junio de 1944, como lo harían por la Comuna de París de 1871 o la Revolución de octubre de 1917. Les incumbe, eso sí, con ocasión de este aniversario y de las ceremonias que lo han exaltado, recordar lo que en verdad fueron los hechos, cuál fue su significado para con ello oponerse a la oleada de mentiras burguesas, un pequeño dique, cierto es, que pueda servir a la pequeña minoría que hoy pueda oírles.

La mayor operación militar de la historia

Nunca antes del 6 de junio de 1944, a pesar de las múltiples guerras habidas, había realizado la especie humana una operación militar de la envergadura del desembarco aliado en Normandía. 6939 navíos atravesaron el canal de la Mancha la noche del 5 al 6 de junio, de los cuales 1213 buques de guerra, 4126 barcos de desembarco, 736 de servicios y 864 de mercancías. Por encima de semejante armada, 11 590 aparatos cruzaron los cielos: 5050 cazas, 5110 bombarderos, 2310 aviones de transporte, 2600 planeadores y 700 aviones de reconocimiento. En cuanto a los efectivos, fueron 132 715 hombres los que desembarcaron el “Día D”, además de los 15 000 norteamericanos y 7000 británicos lanzados en paracaídas la víspera tras las líneas enemigas desde 2395 aviones.

A pesar de su magnitud, esas cifras distan mucho, sin embargo, de dar su pleno significado a la amplitud de la operación militar. Antes ya del desembarco, los dragaminas habían limpiado cinco inmensos pasillos para permitir el paso de la armada aliada. El desembarco, por sí mismo, para lo único que debía servir era para establecer una cabeza de puente que permitiera desembarcar tropas y medios materiales en cantidades mucho más importantes. Y fue así como en menos de un mes, un millón y medio de soldados aliados fueron desembarcados con todo su equipo, especialmente decenas de miles de vehículos blindados (solo del tanque Sherman se construyeron 150 000 unidades).

Para todo ello, se movilizaron medios materiales y humanos descomunales. Para que los buques pudieran descargar la carga y los pasajeros, los aliados necesitaban un puerto en aguas profundas como el de Cherburgo o Le Havre. Pero como estas dos ciudades no han sido tomadas de inmediato, fabrican pieza a pieza frente a las dos pequeñas poblaciones de Arromanches y Saint-Laurent, dos puertos artificiales trayendo desde Inglaterra cientos de encofrados flotantes de hormigón que después serían sumergidos para que sirvieran de diques y de muelles (operación “Mulberry”). Durante algunas semanas, Arromanches fue el mayor puerto del mundo antes de pasar el relevo a Cherburgo, ciudad tomada por los Aliados un mes después del desembarco y cuyo tráfico duplicó entonces el del puerto de Nueva York en 1939. En fin, a partir del 12 de agosto, los Aliados podrán empezar a usar PLUTO (Pipe Line Under The Ocean), un oleoducto submarino para el aprovisionamiento en carburante entre la isla de Wight y Cherburgo.

Esos medios materiales y humanos descomunales son ya de por sí un símbolo patente de lo que se ha convertido el sistema capitalista, un sistema que engulle para la destrucción cantidades fenomenales de medios tecnológicos y de trabajo humano. Pero además de lo desmesurado hay que recordar, sobre todo, que la operación “Neptuno” (nombre secreto del desembarco en Normandía), era en realidad la preparación de una de las mayores matanzas de la historia: la operación “Overlord”, conjunto de planes militares en Europa occidental a mediados de 1944. A lo largo de las costas de Normandía pueden verse esas interminables filas de cruces blancas testigos del cruel tributo que pagó toda una generación de jóvenes norteamericanos, ingleses, canadienses, alemanes, etc. con apenas 16 años algunos de ellos. Y esos cementerios militares no cuentan los civiles, mujeres, niños y ancianos muertos durante las batallas que, en algunos casos, son casi tantos como la de los soldados caídos en combate.. La batalla de Normandía, durante la cual las tropas alemanas intentaron impedir a las tropas aliadas pisar Francia y luego penetrar tierra adentro, terminó con cientos de miles de muertos en total.

Las verdades que la burguesía quiere ocultar

Los discursos y los comentarios de los medios burgueses no ocultan esos datos ni mucho menos. Da incluso la impresión de que los comentaristas los exageran cuando evocan la terrible carnicería de aquel verano de 1944. Es, sin embargo, en la interpretación de los hechos donde está la mentira.

Los soldados que desembarcaron el 6 de junio de 1944 y los días siguientes se presentan como los de la “libertad” y de la “civilización”. Eso fue lo que les dijeron antes del Desembarco para convencerlos de dar sus vidas, fue lo que dijeron a las madres de aquellos a los que la muerte se llevó al poco de salir de la infancia; eso han vuelto a declarar una vez más los políticos que, en gran cantidad, acudieron a las playas normandas el 6 de junio de 2004, los Bush, Blair, Putin, Schröder, Chirac… Y los comentaristas añadían: “¿dónde estaríamos ahora si esos soldados no hubieran hecho esos terribles sacrificios? ¡Estaríamos bajo la bota del nazismo!” Ahí queda todo dicho: aquella carnicería, por muy espantosa que fuera, fue un “mal necesario” para “salvar a la civilización y la democracia”.

Ante tales patrañas, unánimemente compartidas por todos, amigos y enemigos de ayer (el canciller alemán fue invitado a las ceremonias), y que hacen suyas prácticamente todas las fuerzas políticas, desde la derecha más reaccionaria hasta los trotskistas, es indispensable reafirmar unas cuantas verdades elementales.

La primera verdad es que no hubo en la Segunda Guerra mundial un “campo de la democracia” contra un “campo del totalitarismo”, a no ser que se siga considerando que Stalin era un gran campeón de democracia. En aquel entonces era lo que pretendían los partidos llamados “comunistas”, y los demás partidos tampoco hacían grandes esfuerzos por desmentirlos. Los verdaderos comunistas, por su parte, denunciaban desde hacía años el régimen estalinista, sepulturero de la revolución de Octubre de 1917 y punta de lanza de la contrarrevolución mundial. En realidad, en el Segunda Guerra mundial hubo, igual que en la Primera, dos campos imperialistas que se peleaban por los mercados, las materias primas y las áreas de influencia en el mundo. Y si Alemania, como en la Primera Guerra mundial, apareció como la potencia agresora, “la causante de la guerra”, fue porque era la peor dotada en el reparto del pastel imperialista tras el tratado de Versalles con el que concluyó la primera carnicería imperialista, tratado que agravó más todavía, en detrimento de ese país, el reparto que ya le era desfavorable antes de 1914 a causa de su llegada “con retraso” al ruedo imperialista (países pequeños como Holanda o Bélgica poseían un imperio colonial mayor que el de Alemania).

La segunda verdad es ésta: a pesar de todos los discursos sobre “la defensa de la civilización”, eso era lo que menos preocupaba a los dirigentes aliados, que revelaron entonces una barbarie comparable a la de los países del Eje. No solo nos referimos aquí al Gulag estaliniano, comparable a los campos nazis. También los países “democráticos” se ilustraron en ese ámbito. No vamos ahora a pasar revista a todos los crímenes y actos de barbarie perpetrados por esos valerosos “defensores de la civilización” (puede leerse al respecto nuestro artículo “Las matanzas y los crímenes de las ‘grandes democracias’” en la Revista internacional n° 66). Baste recordar que durante la propia Segunda Guerra mundial, e incluso antes de la llegada al poder de los nazis, esos países habían “exportado” su “civilización” hacia las colonias no sólo con la cruz sino y sobre todo con la espada, las bombas y las ametralladoras, por no mencionar los gases asfixiantes y la tortura. En cuanto a las pruebas indiscutibles de la “civilización” de que hicieron gala los Aliados durante la Segunda Guerra mundial, hemos de recordar algunas de sus heroicidades. Las primeras que nos vienen a la mente son, claro está, los bombardeos de Hiroshima y Nagasaki, el 6 y el 9 de agosto de 1945 en donde se empleó por primera y única vez en la historia el arma atómica que mató en un segundo a más de cien mil civiles y a otros cien mil más en los meses y años siguientes en un sufrimiento indecible.

El terrible balance de los bombardeos no solo se debió al uso de esa arma nueva, poco conocida todavía. Fue con medios de lo más “clásico” con los que esos adalides de la civilización aplastaron a poblaciones exclusivamente civiles:

–  bombardeos de Hamburgo, julio de 1943 : 50 000 muertos;

– bombardeo de Tokio en marzo de 1945 : 80 000 muertos ;

– bombardeo de Dresde, 13 y 14 de febrero de 1945 : 250 000 muertos.

Este último bombardeo es muy significativo. En Dresde no había ni concentración militar, ni objetivo económico o industrial alguno. Había sobre todo refugiados procedentes de otras ciudades que ya habían sido arrasadas. La guerra estaba ya ganada por los Aliados. Pero para éstos se trataba entonces de provocar el terror en la población alemana, especialmente entre los obreros, para que ni por asomo les viniera la idea de repetir lo que habían realizado al final de la Primera Guerra mundial, o sea, lanzarse al combate revolucionario para echar abajo el capitalismo.

En el juicio de Nuremberg de después de la guerra se juzgó a los “criminales de guerra” nazis. En realidad lo que los condenó no fue tanto la multitud de sus crímenes sino el pertenecer al campo de los vencidos. Pues, si no, a su lado había que haber colocado a Churchill y a Truman, principales responsables de las masacres mencionadas.

En fin, hay que afirmar una última verdad contra el argumento de que la humanidad hubiera vivido con sufrimientos mucho peores si los Aliados no hubieran acudido a liberar Europa.

En primer lugar, rehacer la historia suele ser un ejercicio inútil. Es mucho más útil y fecundo comprender por qué la historia fue por tal camino y no por otro. Como en el caso que nos ocupa, (“si los Aliados hubieran perdido la guerra…”), ese ejercicio lo practican, en general, quienes quieren justificar el orden existente, que sería, al fin y al cabo, el “menos malo” (“La Democracia es la peor forma de gobierno exceptuando a todas las demás”, como decía Churchill).

La victoria de la “democracia” y de la “civilización” en la Segunda Guerra mundial no acabó, ni mucho menos, con la barbarie del mundo capitalista. Desde 1945, ha habido tantas víctimas de la guerra como durante las dos guerras mundiales juntas. Además, el mantenimiento de un modo de producción, el capitalismo (un sistema ya caduco como lo demuestran las dos guerras mundiales, la crisis económica de los años 30 y la crisis actual), le ha costado a la humanidad la continuación, y hoy la agravación, de toda clase de calamidades de lo más mortífero (hambres, epidemias, catástrofes “naturales” cuyas consecuencias dramáticas podrían eliminarse, etc.). Y eso sin olvidar que el sistema capitalista, al perpetuarse, está amenazando el futuro de la propia especie humana al destruir de manera irreversible el entorno e ir preparando nuevas catástrofes naturales, especialmente las climáticas, con unas consecuencias aterradoras. Si el sistema capitalista ha podido sobrevivir durante más de medio siglo tras la Segunda Guerra mundial, ha sido porque la “victoria de la democracia” significó una terrible derrota para la clase obrera; una derrota ideológica que vino a rematar la contrarrevolución que se abatió sobre ella tras el fracaso de la oleada revolucionaria de los años 1917-1923.

Porque la burguesía, sobre todo gracias a todos sus partidos supuestamente “obreros” (desde los “socialistas” hasta los trotskistas, Pasando por los “comunistas”), logró hacer creer a los obreros de los principales países capitalistas, especialmente los de las grandes concentraciones industriales de Europa occidental, que la victoria de la Democracia era “su victoria”, de tal modo que los obreros no entablaron ningún combate revolucionario ni durante ni al final de la Segunda Guerra mundial como sí lo habían hecho en la Primera. En otras palabras, la “victoria” de la Democracia, y en particular ese Desembarco tan encomiado estos días, dio un respiro al capitalismo decadente, permitiéndole proseguir durante más de medio siglo su curso catastrófico y bestial.

Esa es una verdad que no dirá ningún medio de comunicación por la cuenta que les trae. Muy al contrario, el celo tan agudo con el que todos los poderosos de este mundo y sus secuaces han celebrado ese “gran momento de la Libertad” ha estado a la altura de la nueva inquietud que la clase dominante empieza a vivir ante la perspectiva de una reanudación de los combates de la clase obrera a medida que el capitalismo siga dando cada día más la prueba de la quiebra histórica del sistema y de la necesidad de echarlo abajo.

Esta es, justamente, otra de las ricas enseñanzas que la operación “Neptuno” y “Overlord” aportan a la clase obrera : las grandes dotes de la burguesía para hacer colar sus mentiras.

La sarta de mentiras

En la Conferencia de Teherán, que reunió a los principales dirigentes aliados en Diciembre de 1943, Churchill dijo a Stalin : “En tiempos de guerra la verdad es tan valiosa que siempre debería estar protegida por una sarta de mentiras”. La verdad es que semejante afirmación no es ninguna novedad. En el siglo VI antes de nuestra era, el estratega chino Sunzi definía así las principales reglas del arte de la guerra: “Imponer su voluntad al adversario, obligarle a dispersarse, empezar fuerte para ir reduciendo después, actuar en secreto para conocer perfectamente al adversario, mentir porque todo acto de guerra está basado en el engaño” (El Arte de la guerra). Para garantizar el éxito de la mayor operación militar de la historia, la operación “Neptuno”, era necesario poner en marcha una campaña de mistificación de una amplitud sin precedentes. Su contraseña era “Fortitude” y su objetivo inducir al error a los dirigentes alemanes en el momento del desembarco. De su diseño se encargó la Sección de control de Londres (LCS), un ente secreto creado por Churchill en el que colaboraban los principales responsables de las agencias de información inglesas y americanas. No vamos a enumerar ahora todos los medios que emplearon para engañar al estado mayor alemán, solo citaremos los más significativos.

La evolución de la guerra durante la primera mitad del año 1944 hizo que los dirigentes alemanes comprendieran que los aliados podían abrir un frente en Europa Occidental. En otras palabras que iban a desembarcar en esa zona. Es más, los Aliados sabían que no podían engañar a su adversario. Por tanto la cuestión clave era escoger el momento y lugar preciso del desembarco utilizando esos “medios especiales” (como les llamaban los británicos) para hacer creer al enemigo que sería antes del 6 de junio de 1944 y no en las playas normandas. En teoría se podía hacer en cualquier sitio entre el golfo de Vizcaya y Noruega (es decir en una línea de varios miles de kilómetros). Sin embargo ya que los Aliados habían instalado lo esencial de su dispositivo militar en Inglaterra, parecía lógico que el desembarco fuera en algún sitio de la costa entre Bretaña y Holanda. Hitler estaba convencido de que sería en el Paso de Calais, ya que es donde está más cerca la costa inglesa del continente y donde los cazas ingleses –cuyo radio de acción era limitado- podrían participar en los combates.

Los Aliados, gracias a sus servicios de inteligencia, sabían lo que los alemanes pensaban, por eso el objetivo central de “Fortitude” era que siguiesen pensando lo mismo el mayor tiempo posible, incluso después del desembarco en Normandía que debía pasar por una operación de distracción que preparase el verdadero desembarco en el Paso de Calais. De hecho, Hitler siguió esperándolo y por eso se negó a enviar a Normandía los enormes medios militares con los que contaba en sus bases del norte de Francia y Bélgica. Cuando se dio cuenta del engaño era demasiado tarde: los Aliados habían logrado desembarcar suficientes medios humanos y materiales para librar la batalla de Normandía y comenzar la ofensiva, hacia París primero y luego hacia la propia Alemania.

Los Aliados no escatimaron medios para engañar a su adversario. Incluso los más rocambolescos, así un actor de segunda en la vida civil, protagonizó en mayo de 1944 el papel de su vida al hacerse pasar por el mariscal Montgomery (el militar inglés más prestigioso de la Segunda Guerra mundial y jefe de las operaciones del desembarco), al ser su doble casi perfecto y con unos retoques de maquillaje realizados por especialistas, el falso “Monty”, se dejó caer por Gibraltar antes de volver a Argel con el objetivo de inducir que el desembarco aliado sería en el sur de Francia (lo que finalmente ocurrió el 15 de Agosto) como precursor del desembarco en el Noroeste (1).

Hay un montón de episodios de este tipo, aunque quizá no tan folclóricos. Sin embargo lo más decisivo para convencer a los dirigentes alemanes de que el desembarco sería en el Paso de Calais fue la creación del FUSAG (primer cuerpo de ejército americano) comandado por Patton uno de los militares americanos de alto rango más reputado que fue a instalarse en el sureste de Inglaterra, es decir frente al Paso de Calais. Lo especial de este cuerpo de ejército formado por un millón de hombres es que era totalmente ficticio. Lo que los aviones de reconocimiento alemán habían fotografiado eran en realidad lanchas hinchables, aviones de madera, barracones de cartón, etc, y los mensajes radiados que emitía ese complejo militar eran la voz de actores de confianza americanos y canadienses (2).

Entre los medios empleados para reforzar la convicción alemana sobre el desembarco en el norte de Francia, destacan algunos por el cinismo del que es capaz la clase dominante. Así agentes de la «Francia libre» que trabajaban para los británicos fueron enviados para sabotear los cañones alemanes que defendían esa parte de la costa, lo que no sabían es que en realidad se les enviaba para que los capturase la Gestapo y que cuando fueran torturados comunicasen esa información “sensible” que creían cierta (3).

Lo más impresionante de los “medios especiales” empleados por ambos campos durante la Segunda Guerra Mundial, especialmente por los Aliados, es el increíble maquiavelismo desplegado para engañar al enemigo. Uno de los capítulos del libro La guerra secreta, de Anthony Cave Brown, que cuenta las operaciones de intoxicación en la Segunda Guerra mundial se titula, no por casualidad, “Fortitude Norte, las estratagemas maquiavélicas”.

El gobierno norteamericano durante mucho tiempo se ha ocupado en silenciarlas (mediante el memorándum del 28 de agosto de 1945 el presidente Truman prohibió que se divulgara cualquier información al respecto). A las esferas dirigentes de la clase dominante no les interesa para nada que se sospeche el grado de maquiavelismo del que son capaces, sobre todo en un periodo histórico en que la guerra es un hecho permanente. A fin de cuentas si una estrategia no se ha desenmascarado, aún puede emplearse. De hecho el ataque japonés a la base naval de Pearl Harbor, en diciembre de 1941, había sido algo buscado y favorecido por los dirigentes ingleses y americanos para “convencer” a la población americana y a sectores de la burguesía que eran hostiles a que Estados Unidos entrara en la guerra. Las autoridades americanas han negado sistemáticamente esa realidad (envuelta siempre en una “sarta de mentiras”). Esa mentira de Pearl Harbor sigue siendo útil hoy día como se ha podido comprobar con el ataque contra las Torres Gemelas del 11 de septiembre de 2001, ya que es más que probable que los servicios del estado norteamericano “dejasen hacer” a Al Qaeda para preparar la guerra de Irak (4).

La clase obrera no debe hacerse la más mínima ilusión: la clase dominante no dudará en emplear contra los explotados el mismo maquiavelismo del que hace gala cuando va a la guerra. De hecho alcanza sus más altas cotas de sofisticación cuando se trata de mistificar a la clase obrera, pues en ese caso lo que está en juego no es una cuestión de supremacía militar sino una cuestión de vida o muerte. Más aún que en la guerra entre fracciones nacionales de de la clase burguesa, en la guerra de clases que libra la burguesía contra el proletariado le es a ésa necesario “proteger la verdad con una sarta de mentiras”.

Los oropeles de la celebración del desembarco del 6 de Junio se han retirado, pero la clase obrera no debe olvidar jamás las verdaderas lecciones de esos acontecimientos:

–  el capitalismo decadente no puede acabar con las guerras, solo puede acumular ruinas sobre ruinas sembrando la muerte a gran escala;

– la burguesía esta dispuesta a las mayores infamias y mentiras para preservar su dominio sobre la sociedad;

– para el proletariado sería suicida subestimar la inteligencia de la clase explotadora y su capacidad para poner en pie las mistificaciones más sofisticadas para mantener sus privilegios.

Fabienne

1) A este nivel hay que señalar igualmente la operación "Carne picada" ("Mincemeat") para hacer creer al estado mayor alemán que el desembarco en Sicilia de julio de 1943 solo era una maniobra de distracción para tapar un desembarco a mayor escala en Grecia y Cerdeña. Para ello hicieron aparecer cerca de las costas españolas el cadáver del supuesto Mayor William Martin, que nunca existió, con documentos que acreditaban la patraña urdida por los Aliados. Las autoridades franquistas habían devuelto a los ingleses dichos documentos, eso sí una vez fotografiados para los servicios secretos alemanes. La operación "Mincemeat", junto a otras maniobras similares lograron plenamente su objetivo ya que Hitler mandó a su flamante oficial superior Rommel a Atenas para dirigir personalmente un operativo que nunca se puso en acción.

(2) La FUSAG se completaba con el 4º ejército británico, con 350 000 hombres, con base en Escocia que supuestamente preparaba el desembarco en Noruega, también ficticio. Lo cual no impidió que al comienzo del desembarco en Normandía se desplazase hacía el sur para unirse al FUSAG para un futuro desembarco en el Paso de Calais…

(3) Este episodio poco glorioso de los "Medios especiales" lo cuenta en clave de novela el escritor y periodista americano Larry Collins en su libro "Fortitude". Evidentemente este episodio no es el único en el que se ve el cinismo de los dirigentes Aliados. Vale la pena recordar el desembarco ee el 19 de Agosto de 1942. Esta operación puso en suelo francés a 5000 soldados canadienses y

2000 británicos con el único objetivo de medir "en vivo" la capacidad de defensa de Alemania y obtener información sobre los problemas con lo que se encontraría el verdadero Desembarco. Eran plenamente conscientes de que para eso enviaban a todos esos jóvenes soldados a una muerte segura.

(4) Sobre esto ver el artículo de la Revista internacional nº 108 "Pearl Harbor 1941, las 'Torres Gemelas' 2001, El maquiavelismo de la burguesía". A todos esos que critican nuestros artículos en los que evidenciamos el maquiavelismo de la clase dominante so pretexto de que no es capaz de hacer semejantes cosas, les aconsejamos que lean La guerra secreta o por lo menos El espía que vino del frío escrito por el ex agente secreto John Le Carré. Son dos excelentes remedios contra la ingenuidad de la que hacen gala nuestros detractores.