El papel imprescindible de las fracciones de izquierdas en la tradición marxista

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Correspondencia de Rusia

El papel imprescindible de las fracciones de izquierdas en la tradición marxista

Hemos saludado en varias ocasiones  el resurgir de individuos y grupos revolucionarios en Europa oriental y particularmente en Rusia. Este fenómeno se inscribe claramente en una tendencia internacional. Los grupos políticos proletarios, que representan la tradición de la Izquierda comunista, han establecido contactos estos años pasados en todos los continentes. Se puede entonces considerar que existe a medio plazo una tendencia característica del período actual. Desde el desmoronamiento de la URSS y de su bloque imperialista, la burguesía no ha parado de proclamar triunfalmente la quiebra del comunismo y la fin de la lucha de clases. La clase obrera, ya desorientada por estos acontecimientos, retrocedió ante las constantes andanadas de esas campañas ideológicas de la burguesía. Pero excepto en los períodos de contrarrevolución, una clase histórica siempre reacciona ante los ataques que ponen profundamente en entredicho su ser y su perspectiva propia. Aunque todavía no lo pueda hacer generalizando sus luchas reivindicativas, sí se defiende reforzando su vanguardia política. Los elementos aislados, los círculos de discusión, los núcleos y pequeños grupos que surgen situándose en la perspectiva revolucionaria, no han de buscar su razón de ser en sí mismos o en lo inmediato. Son una secreción de la clase obrera internacional. Su responsabilidad es muy importante. Han de entender primero el proceso histórico del que son producto, y luego llevar hasta sus últimas consecuencias, sin temor, la lucha por la conciencia, por la clarificación política.

En los países de la periferia de las ‑grandes potencias capitalistas, estas ‑minorías se enfrentan a mil dificultades: la dispersión geográfica, los problemas de idioma, la situación de retraso económico. A las dificultades materiales se añaden las dificultades políticas debidas a la debilidad del movimiento obrero y la débil presencia, cuando no es sencillamente la ausencia, de una tradición del marxismo revolucionario. En Rusia, país en donde la contrarrevolución estalinista fue más terrible, “país de la gran mentira”‑([1]) como lo llamó Anton Ciliga, se realizó hasta sus máximos límites la labor de destrucción y de mentira sobre el programa comunista. Las potencialidades contenidas en estas nuevas energías revolucionarias se pueden medir en la forma con la que intentan superar sus dificultades:

–  por la afirmación del internacionalismo proletario, como lo muestra su denuncia de la guerra y de todos los campos imperialistas en Chechenia y en ex Yugoslavia;

–  por la búsqueda de contactos internacionales;

–  por el descubrimiento de corrientes políticas que, durante los años 20, fueron las primeras en lanzarse en nombre del comunismo en el combate contra la degeneración del movimiento comunista, contra el auge del oportunismo y del estalinismo.

Ese es el terreno ocupado desde siempre por el marxismo revolucionario: es internacional, internacionalista y desarrolla una visión histórica.

La delimitación con respecto al izquierdismo

Un signo del carácter auténticamente proletario de esos grupos es el haberse enfrentado rápidamente con la necesidad de diferenciarse del trotskismo actual, el cual siempre ha encontrado las mejores razones para animar a los obreros a participar en la guerra imperialista, así como del maoísmo, puro retoño del “nacional-comunismo” estalinista. Esta es una frontera de clase que separa la Izquierda comunista internacionalista del “izquierdismo” ([2]).

Es evidente que todos esos grupos o individuos, aún siendo productos de una misma situación, no dejan de ser muy heterogéneos. Rechazar la confusión entre comunismo y estalinismo, denunciar las afirmaciones más vulgares de la propaganda enemiga no es lo más difícil, pues el contenido burgués de esos discursos se deja ver rápidamente. «Fue Lenin quien estableció los cimientos del futuro régimen nombrado “estalinista”». La prueba está, prosiguen los periodistas más obtusos, en que “Lenin fundó la Internacional comunista, cuya meta era la “revolución socialista mundial”. Según sus propias declaraciones, Lenin emprendió la Revolución de octubre porque tenía la convicción de lo ineluctable que era una revolución europea, empezando por la de Alemania” (l’Histoire, no 250, p. 19). Uno se da muy rápidamente cuenta de las mentiras transmitidas por la cerrilidad nacional de nuestros curtidos universitarios. Pero la ofensiva de la burguesía no se limita a semejante caricatura. Queda por identificar y defender el significado profundo de la Revolución rusa y de la obra de Lenin. Aquí tropezamos no solo con un envilecimiento de la teoría marxista efectuado de forma más sutil por los izquierdistas, sino también con toda una serie de confusiones peligrosas o de cuestiones programáticas que todavía animan encarnizadas discusiones en el propio medio político proletario.

Hay pues un largo proceso de clarificación que todos estos elementos todavía no han llevado a cabo. Para entender el fenómeno estalinista, es necesario enfrentarse al análisis trotskista del “Estado obrero degenerado”, al de los anarquistas que ven en el estalinismo el producto natural del “socialismo autoritario”, el de los consejistas que, con una visión marxista perfectamente mecanicista, no ven en el bolchevismo más que un instrumento adaptado a las necesidades del capitalismo en Rusia. Tras estas cuestiones se plantea el problema de la filiación histórica y de la coherencia del programa comunista. Rechazar la impaciencia activista y enfrentarse a este problema es la condición para alistarse en las filas de todos los militantes anónimos que han luchado y hoy luchan por el comunismo, el comunismo que Marx y Engels presentaron al proletariado internacional hace 150 años por primera vez con el Manifiesto.

Pero ¿qué hilo une la lucha proletaria de ayer con la de hoy y la de mañana? Sólo partiendo de la última experiencia revolucionaria del proletariado se puede encontrar. O sea, hoy en día, partiendo de la Revolución de octubre del 17. No se trata de un respeto religioso hacia el pasado. Se trata de hacer un balance crítico de la Revolución, de sus magníficos avances pero también de sus errores y de su derrota. La Revolución rusa no hubiese sido posible sin las enseñanzas sacadas de la Comuna de París. Sin el balance crítico de la Comuna hecho por la Fracción marxista, sin los Llamamientos del Consejo general de la AIT y la magnífica síntesis de Lenin en el Estado y la revolución, el proletariado ruso jamás habría podido vencer.

Ésa es la profunda unidad entre práctica y teoría, entre acción y programa comunista. Y son precisamente las fracciones de le Izquierda comunista las que asumieron la labor de hacer balance de la Revolución rusa. Del mismo modo que fue vital en el pasado, este balance será vital para la próxima revolución.

Por esto saludamos con entusiasmo y apoyamos con todas las fuerzas de que disponemos, los esfuerzos por recuperar ese balance. Nos hemos comprometido en entregar todos los documentos de la Izquierda comunista que necesiten estos compañeros. También en dar conocimiento de sus tomas de posición, una vez resueltos los problemas de traducción, en alimentar las discusiones sobre las cuestiones políticas principales animados con un espíritu militante, con la voluntad de apertura y de solidaridad que ha de caracterizar la discusión entre comunistas.

Ya hemos comentado la evolución del medio político proletario en Rusia en la Revista internacional nos 92 y 101, así como en nuestra prensa territorial. Queremos hoy dar cuenta de nuestra correspondencia con el Buró Sur del Partido obrero marxista. El POM (también Marxist Labour Party) tiene la voluntad de situarse en la continuidad del movimiento obrero y, por eso, la palabra obrero hace referencia al Partido obrero socialdemócrata de Rusia. En esta correspondencia, los compañeros se expresan como Buró Sur puesto que no pueden comprometer la responsabilidad del POM sobre ciertos detalles de sus tomas de posición, en la medida en que la discusión prosigue en el Partido. Pero vamos a dejar a ellos mismos presentar sus luchas políticas desde el primer congreso de marzo del 90 en donde se decidió la constitución del “POM – El Partido de la dictadura del proletariado”.

“En un ambiente de buen humor se creó el nuevo partido comunista, algo que ya de por sí se oponía al PCUS de Gorbachov que entonces existía en la URSS. Pero al ser la composición ideológica de los participantes a este Congreso tan diversa como inestable se produjo una primera ruptura. Un pequeño grupo de 12 personas (que pensaban que Rusia era un “Estado feudal” con industria desarrollada a gran escala, y que la revolución burguesa era entonces una necesidad para pasar a una revolución socialista) se instaló en una habitación vecina tras haber escisionado y formó un comité para la creación de un “Partido democrático del trabajo” (marxista). Pero no llegaron a nada y se disolvieron” (Carta del 10 de julio del 99).

“No participaron trotskistas en ese primer Congreso; sin embargo, sí quedaban algunos estalinistas y los partidarios del “feudalismo industrial” que pensaban, contrariamente a los les escisionistas, que no era necesaria una revolución burguesa. Los participantes encontraron, sin embargo, una unidad en las consignas: “la clase obrera debe organizarse” y “el poder de los soviets (consejos) es el poder de los obreros”. El segundo Congreso también tuvo lugar en Moscú, en setiembre del 90. Varios textos del Partido fueron adoptados, y entre ellos el Programa. También se pronunció sobre el carácter capitalista de Estado de la URSS. Es evidente que los partidarios del “feudalismo industrial en Rusia” salieron del Partido para constituir su propio “Partido de la dictadura del proletariado (bolchevique)”. Los estalinistas, poco numerosos, también salieron del Partido” (ídem).

“La primera conferencia del POM en febrero del 91 abandonó la frase “el Partido de la dictadura del proletariado” en la denominación del grupo. En 1994-95 se formó en el Partido una pequeña fracción que pensaba que había habido un modo de producción neo-asiático en la URSS. Esta fracción escisionó a primeros de enero del 96 y se unió a los trotskistas morenistas (Argentina) del International Workers Party que son bastante activos en Rusia y Ucrania” (ídem).

“En el programa adoptado por el Segundo congreso figuran esencialmente los principios de base siguientes:

–  la necesidad de la dictadura del proletariado para la transición al comunismo (socialismo) y la necesidad de dicha transición;

–  la dictadura de la clase obrera urbana, para ser más precisos, es una necesidad, pero no la del partido de la dictadura del proletariado, ni la de “todos los trabajadores”, ni la “del pueblo”;

–  el fracaso del partido ruso del proletariado durante los años 20 y la necesidad de su creación hoy;

–  el reconocimiento de que la “dictadura del proletariado” y la “dictadura del partido” no es lo mismo”.

Los compañeros acaban precisando que: “Aunque estén ausentes del programa de 1990 la crítica de la teoría del "socialismo en un solo país" y la necesidad de la revolución mundial, son, para nosotros, una evidencia y como tal evidencia son entendidas” (ídem).

Aquí se puede constatar cuán áspera ha sido la lucha en Rusia, y hasta qué punto era necesario separarse de los ex estalinistas “exclaustrados” y que siguen dándoselas de revolucionarios. También se puede constatar la presión de todo un abanico de sectas trotskistas que intentan vender sus propias recetas revolucionarias. En 1980, algunos sindicatos occidentales (la CFDT francesa, la AFL-CIO americana...) acudieron a toda prisa a dar a Solidarnosc su apoyo logístico contra los obreros polacos. Hoy son los trotskistas los que van a todo correr hacia el Este, con sus buenos consejos y subsidios, para impedir el renacimiento de un medio político proletario. En estas condiciones, es normal que ese renacimiento solo pueda interesar a una minoría frente a las múltiples expresiones de la ideología dominante, omnipresente por definición.

La cuestión de la filiación histórica

En sus cartas del 15 (que llamaremos [A]) y del 20 de marzo (que llamaremos [B]) del 2000, los compañeros se pronuncian sobre la polémica que tuvimos con el BIPR y que publicamos en la Revista internacional no 100 (“La lucha de la clase obrera en los países de la periferia del capitalismo”), y sobre todo desarrollan una serie de posiciones oficiales del Buró Sur del POM.

El redactor de ambas cartas precisa: “Los demás miembros del BS del POM están de acuerdo con las posiciones esenciales de este comentario. Podéis considerarlo entonces como nuestra posición común” [B].

Precisemos para empezar que los compañeros están un poco desconcertados por la polémica entre el BIPR y la CCI, al no haber tenido todavía los medios para examinar las posiciones fundamentales de ambos. Por esto tienen algunas dificultades cuando se trata de identificar realmente las divergencias, que ven más bien como enredos en los que se insiste más en un aspecto de la realidad que en otro, “puesto que a menudo son dos aspectos de una misma unidad dialéctica”, según sus términos. Finalmente, “tenéis todos razón”, todo depende de qué punto de vista se sitúa uno. Nosotros creemos que la experiencia y la discusión les permitirán hacerse una opinión más precisa sobre lo que es común y sobre las divergencias en el campo proletario. Escriben los compañeros:

“A nuestro parecer, esta es la debilidad de la Izquierda comunista en Europa occidental: en lugar de cooperar con éxito y de igual a igual, o se ignoran unos a otros, o “les quitáis la careta” a los demás “arrimando cada uno el ascua a su sardina” (“tirar la manta para sí”, como se dice en Rusia) [...] A nuestro parecer, el BS del POM, todos los comunistas de Izquierdas, los “capiestatalistas” [los que reconocen el carácter capitalista de Estado de la URSS], ¡ han de obrar como colaboradores científicos de un centro de investigación, de un centro único !” [A].

No tenemos miedo a la ironía polémica tan del gusto de los grandes revolucionarios, pues de lo que se trata, partiendo de las posiciones reales de nuestros adversarios, es de mostrar a qué consecuencias conducen y defender firmemente lo que creemos que son los principios intangibles del marxismo. No atacamos a tal o cual persona o grupo, sino una posición que revela una lógica oportunista o un error teórico que se pagaría muy caro en el mañana. Por esto la intransigencia revolucionaria no se contradice en nada con la necesaria solidaridad entre comunistas.

Partiendo de esta primera impresión, los compañeros concluyen hablando de debilidad de la Izquierda comunista en tanto que corriente histórica. Esta idea la queremos criticar. Tras haber constatado que la CCI y el BIPR están en desacuerdo sobre la cuestión del imperialismo y de la decadencia del capitalismo, consideran que ello se debe a un error de método, y que no se trata de decir “o esto... o aquello...” sino de decir “y... y...”. De hecho, ése es un reproche que ha sido a menudo hecho a la Izquierda comunista. Es evidente que no compartimos todas las tomas de posición de la Izquierda comunista que empezó a separarse en el propio seno de la Internacional comunista. Sin embargo, se la acusó sin razón de ser antipartido, de impaciencia activista, de radicalismo barato al rechazar las concesiones por principio, de deslizamiento hacia el anarquismo y por fin de purismo estéril que no ve las cuestiones más que en términos de oposición zanjada, en blanco o negro. Todos los líderes de la izquierda comunista eran profundamente marxistas e incondicionales a la noción de partido. Su objetivo era precisamente el de defender el partido contra el oportunismo. Esa era la tarea del momento. “Camarada, escribía Gorter a Lenin en su Respuesta a Lenin, la fundación de la Tercera internacional no ha hecho desaparecer de ninguna manera el oportunismo de nuestras filas. Lo constatamos ya en todos los partidos comunistas, en todos los países. Habría sido de todos modos un milagro, contrario a todas las leyes del desarrollo, que la enfermedad que se llevó a la Segunda internacional no estuviera presente en la Tercera!” (Ediciones Spartacus, 1979, p. 85). “Resulta absurdo y peligrosísimo, añadía Bordiga, pretender que el partido y la Internacional están misteriosamente protegidos contra toda recaída en el oportunismo o toda tendencia a hacerle concesiones!” (Proyecto de tesis de la Izquierda en el Congreso de Lyon, 1926).

Por no haber entendido que el trabajo de fracción estaba al orden del día, y no el simple trabajo de oposición, la corriente de Trotski se fue hacia un callejón sin salida y acabó en quiebra. Porque lo había entendido, la Izquierda se afirmó como la verdadera heredera de la corriente marxista en la historia del movimiento obrero. Reanudó la labor de fracción que Lenin había emprendido desde 1903 contra el oportunismo en la Segunda internacional, labor que permitió a los bolcheviques denunciar a todos los campos imperialistas en 1914, seguir fieles a los principios del comunismo. Permitió también al partido desempeñar plenamente su papel en la insurrección de Octubre. Era una labor a favor del partido y no contra él. Había que luchar hasta las últimas consecuencias, a pesar de las exclusiones y de todas las trabas de la disciplina formalista de la dirección. Éste era el verdadero espíritu de Lenin del que se inspiró la Izquierda. En 1911, Lenin sistematizó la noción de fracción partiendo de la experiencia adquirida por los bolcheviques desde su constitución en fracción en la Conferencia de Ginebra en 1904. “Una fracción es una organización en el seno del partido, unida no por el lugar de trabajo, el idioma o cualquier otra condición objetiva, sino por un sistema de conceptos comunes sobre los problemas que se plantean al partido” (“Sobre una nueva fracción de conciliadores, los virtuosos”, Obras completas, tomo XVII, Ediciones de Moscú). La intransigencia revolucionaria no se opone en nada al realismo, ella sola permite realmente tener en cuenta las situaciones concretas. ¿Qué puede haber de más realista que el rechazo por parte de la Izquierda comunista de Italia a la posición de Trotski, cuando éste veía abrirse un nuevo período revolucionario en 1936?

La fracción es, pues, algo central en cuanto se habla de filiación histórica. Ella es la que enlaza el antiguo con el nuevo partido, con la condición de que sepa sacar las lecciones de la experiencia de la clase obrera, concretándolas en un enriquecimiento del programa. Los revolucionarios, por ejemplo, habían comprobado que el papel de parlamento burgués se había transformado desde la Primera Guerra mundial. Es la Izquierda comunista quien saca las consecuencias plasmándolas en principios: rechazo del parlamentarismo revolucionario y de la participación en las elecciones de la democracia burguesa. Otra condición es también necesaria para la formación del nuevo partido: las relaciones de fuerza entre las clases han de modificarse en favor de la clase obrera, para que el partido pueda influir realmente en la lucha de clases. Ahora bien, esa influencia y la función de orientación que incumbe al partido no son posibles más que cuando avanza la sociedad hacia una situación revolucionaria. La formación del partido anticipa la apertura de un periodo revolucionario. Fue la Izquierda comunista de Italia, la que enunció con más profundidad cuál es la función de la fracción y cuándo la fracción debe transformarse en partido. Así lo expresaba Bilan:

“La transformación de la fracción en partido está condicionada por dos elementos íntimamente relacionados:

“1. La elaboración por parte de la fracción de nuevas posiciones políticas capaces de proporcionar un marco sólido a las luchas del proletariado hacia la revolución en su nueva fase más avanzada [...].

“2. El derribo de las relaciones de clase del sistema actual [...] con el estallido de movimientos revolucionarios que puedan permitir que la fracción tome la dirección de las luchas hacia la insurrección” (Bilan, no 1).

El materialismo dialéctico nos muestra que el movimiento real es algo complejo, actuando en él múltiples factores. Es lo que nos recuerdan los compañeros del POM. Pero se olvidan de que el sistema de contradicciones que produce la realidad desemboca en ciertos momentos en una alternativa zanjada y clara. Es entonces o una cosa u otra, o socialismo o barbarie, o política proletaria o política burguesa. La inclinación centrista de la dirección de la Internacional, a partir de la consigna de conquista de las masas, está directamente relacionada con la búsqueda de atajos inmediatistas que alteraban profundamente la política de clase: no solo los consejos sino también los sindicatos, no solo la lucha fuera del parlamento sino también el parlamentarismo revolucionario, no solo el internacionalismo sino también el nacionalismo... Y queriendo combinarlo todo, ocurrió el desastre. Cada innovación política significaba un paso adelante hacia la derrota. En vez de reforzar los partidos y núcleos comunistas, las alianzas con la socialdemocracia lo único que consiguieron fue desgastar esas fuerzas, que sólo sobre la base de un programa claramente comunista hubiesen podido desarrollarse realmente. El libro de Lenin, La Enfermedad infantil del comunismo, el izquierdismo, simboliza ese giro centrista. Lenin parte de la idea de criticar lo que considera como errores momentáneos e inevitables de una corriente auténticamente revolucionaria. “Evidentemente, el error del doctrinarismo de izquierdas en el movimiento obrero es, actualmente, mil veces menos peligroso y grave que el error representado por el doctrinarismo de derechas...”. Pero termina confundiendo las posiciones de la Izquierda con las del anarquismo, realzando el prestigio de la derecha con el pretexto que ésta sigue ejerciendo su predominio sobre amplias capas del proletariado. Eso es el centrismo. Y la derecha va a utilizar ampliamente la autoridad que se le concede para aislar a la izquierda.

Trabajo asalariado y mercado mundial, dos rasgos fundamentales del capitalismo

Los compañeros escriben: “Pensamos que el siglo XXI verá nuevas batallas por la independencia nacional. A pesar de la potencia (y según vosotros la decadencia) del capitalismo en los países altamente desarrollados, el capitalismo en los países atrasados sigue desarrollándose, creciendo a su propio ritmo, si así puede decirse. Y no se trata de un problema de principios, ¡ se trata de la realidad objetiva !” [A].

Es ésa en verdad una divergencia importante en el medio político proletario. Ya saben los compañeros que pensamos que Lenin se equivocó cuando contestó a Rosa Luxemburg: “No son solamente probables las guerras coloniales, sino que son inevitables en una época de imperialismo, por parte de las colonias y semicolonias” (Respuesta al Folleto de Junius). Importa aquí decir que esta posición no significó en absoluto que Lenin abandonara el internacionalismo proletario, pero, a nuestro parecer, sí que contribuyó en debilitarlo. La preocupación es definir cuáles son las condiciones para una unidad del proletariado internacional, no la de andar utilizando a Lenin para disfrazar su apoyo a una u otra potencia imperialista como suelen hacerlo los izquierdistas.

“Habréis notado que somos muy poco leninistas. Sin embargo, pensamos que la posición de Lenin fue la mejor sobre el tema. Cada nación (¡ojo! nación, y no nacionalidad o grupo nacional, étnico, etc.) tiene totalmente derecho a disponer de sí misma en el marco de su territorio étnico-histórico, hasta la separación y la fundación de un Estado independiente [...]. Lo que les interesa a los marxistas es la cuestión de la libre disposición para el proletariado de su autodeterminación en tal o cual nación, o sea, la posibilidad de disponer libremente de sí mismo cuando ya existe como clase para sí, o la posibilidad para elementos pre-proletarios de constituirse como clase en el marco de ese nuevo Estado burgués nacional. Este es el caso de Chechenia. Chechenia-Ingushia estaba industrializada bajo el poder soviético, pero más del 90 % de los obreros eran de origen ruso, mientras que los chechenos eran campesinos pequeñoburgueses o intelectuales, funcionarios, etc. En cuanto la nueva burguesía chechena haga surgir un proletariado checheno nacional, en cuanto empiece a explotar a su proletariado nacional, sus familias, sus nativos (los obreros rusos no volverán por miedo a ser asesinados por los nacionalistas) ¡ ya veremos entonces que será de la “firme unidad de la nación chechena !” Entonces será posible la unión real y objetiva entre proletarios rusos y chechenos, no antes” [A].

Esta posición desemboca en una serie de contradicciones que no resuelven los compañeros cuando declaran que “según nosotros, el reconocer la objetividad de una lucha nacional no significa “justificarla” (¿ pero qué sentido tiene la palabra “justificar” ?) ni tampoco llamar a una alianza con fracciones de la burguesía nacional” [B].

Toda la cuestión está en saber cuál es esa realidad objetiva que se invoca. Tal realidad corresponde a una época pasada, la de la formación de naciones burguesas contra el feudalismo. ¿ Han analizado realmente los compañeros las motivaciones nacionalistas de la burguesía chechena ? Si lo hubiesen hecho, se habrían dado cuenta de que sus reivindicaciones nacionales ya no tienen el mismo contenido que cuando correspondían a una etapa anterior del desarrollo social. Los marxistas a menudo han descrito esa etapa. Rosa Luxemburg la resume de esta forma: “Durante la Gran revolución, la burguesía francesa tenía derecho a hablar en nombre del “pueblo francés”, en tanto que tercer Estado, e incluso la burguesía alemana podía hasta cierto punto considerarse, en 1848, como representante del “pueblo alemán” [...]. En ambos casos, esto significaba que la causa revolucionaria de la clase burguesa, en el nivel de desarrollo de entonces, coincidía con la del pueblo entero puesto que éste, junto con la burguesía, era todavía una masa indiferenciada opuesta al feudalismo dominante” (“La cuestión nacional y la autonomía”, de la edición francesa de Les marxistes et la question nationale, edición l’Harmattan, 1977, p. 195). Lo que no ven los compañeros, es que el nivel de desarrollo social no está definido por la situación local en Chechenia, sino por el ámbito social, por la situación general. Embarcada en el juego sangriento del imperialismo, totalmente dependiente del mercado mundial, Chechenia ya perdió hace mucho tiempo las principales características de una sociedad feudal.

Según los compañeros, existe una burguesía progresista en cierto número de países “porque el capitalismo nacional sigue en ascenso espontáneamente a partir de los sectores tradicionales, según las leyes generales del desarrollo de los pueblos en la época de la segunda superformación social, la de la propiedad privada. Esas formaciones son tres: la formación de la comunidad primitiva (no 1), luego la de la propiedad privada: el sistema de esclavitud antiguo, el feudalismo y el capitalismo (no 2), y por fin la formación del comunismo auténtico (no 3). Ésas son las tres formas según Marx (véase los esbozos de su “Carta a Vera Zasúlich”, 1881). Pero pocos son los países (y cada día hay menos) en que predomina un capitalismo nacional que se está autodesarrollando. En donde esto ocurre, la burguesía progresista puede conquistar el poder y el pueblo (incluidos los obreros, ¡tanto más al estar todavía en una situación de pre-proletarios!) la apoyará. Pero esto es momentáneo, puesto que, cada día más, las cosas van a depender de la burguesía imperialista mundial, como lo hemos podido ver en Afganistán [...]. Al capitalismo se le puede comparar a una ola en el “mar” de la segunda superformación social (véase arriba), y más que a una ola, a oleadas sucesivas. La segunda superformación (a la que Marx también llamó “económica”) genera esas olas desde el interior. Pero los límites, las orillas de este “mar” de la “superformación económica” son los mismos límites que los del capitalismo, son esas orillas sobre las que sus olas acaban rompiéndose.

“La característica esencial de ese “mar” de la formación social económica (la segunda de las tres) es la ley del valor. Pero las “oleadas sucesivas” son propulsadas, animadas por... el pequeño productor propietario. Éste ha sido, es y será el agente de la ley del valor en toda la extensión de la formación social económica (la “segunda”, la de la propiedad privada). Ésa es la razón por la que el capitalismo no puede destruir al pequeño productor. Por eso el monopolio estatal no puede ser total y de larga duración. ¡ La oleada se volverá hacia atrás ! Si los comunistas de izquierdas hubiesen analizado las cosas desde ese punto de vista, ¡ cuántos problemas hubiesen evitado, incluso en sus relaciones mutuas ! Y serían mucho más comprensibles el lugar y la función de la revolución social proletaria mundial [B].

¿ Cómo explicar esta perspectiva de una regresión del capitalismo de Estado, tal como la defienden los compañeros ? Podemos comprobar cómo se confirma cada día más la tendencia hacia une gestión de la economía por un capitalista colectivo, anunciada ya por Engels en El Anti-Dühring. En cualquier país, es el Estado quien reglamenta las fusiones de las grandes empresas y les impone sus orientaciones. Un Estado que abandonara ese control estaría inmediatamente en situación de debilidad en la guerra comercial. Es, sin duda, el desmoronamiento de la URSS lo que explica esa toma de posición. Si así fuera, los compañeros harían generalizaciones a partir de una situación específica. La URSS estaba marcada por la debilidad de su economía y, con ella, no fue el capitalismo de Estado lo que se hundió, sino su versión más caricaturesca en la que la nacionalización afectaba a la inmensa mayoría de la economía. El que el Estado sea directamente propietario de las empresas siempre ha sido un signo de debilidad. En los países más desarrollados, el capitalismo de Estado es tan real como lo era en la URSS, pero posee sobre todo esa flexibilidad que le proporciona su participación en el capital de las empresas, o mejor todavía, si se limita a promulgar la reglamentación económica que deben acatar todas las empresas.

Se entiende por qué los compañeros ven el capitalismo de Estado como un fenómeno pasajero, puesto que para ellos es el pequeño productor quien mejor simboliza la propiedad privada y la ley del valor. Es justo decir que el capitalismo florece en una sociedad caracterizada por la propiedad privada y el intercambio de mercancías; es incluso su remate lógico, su apogeo, una vez que las mercancías han sido transformadas en capital. También es verdad que nunca podrá el capitalismo hacer desaparecer totalmente a los pequeños productores. Pero también es verdad que la pequeña propiedad está atacada permanentemente por la competencia. Ahora que la sobreproducción es un fenómeno generalizado y permanente, una parte de la burguesía cae en la pequeña burguesía, y un número incalculable de pequeño burgueses son arruinados y transformados en desocupados, o sobreviven en comercios a menudo ilícitos. El pequeño propietario no es entonces una característica del capitalismo sino más bien una herencia de las sociedades precapitalistas o de la primera etapa del desarrollo del capitalismo. En la mitología burguesa, siempre se presenta al capitalista como un pequeño productor que ha logrado gracias a sus esfuerzos convertirse en gran productor. El artesano de la Edad Media se habría convertido en gran industrial. La realidad histórica no es ésa, ni mucho menos. En el feudalismo en descomposición, no son los artesanos de las ciudades los que emergen como clase capitalista, sino más bien los comerciantes. Es más, los primeros proletarios a menudo fueron esos artesanos, sometidos en un primer tiempo a la dominación formal del capital. Los compañeros se olvidan de que antes de ser productor, el capitalista es ante todo un comerciante, cuyo principal comercio es el de la fuerza de trabajo.

Los compañeros parecen estar influenciados por un pasaje de La Enfermedad infantil del comunismo, el izquierdismo (1920), en donde Lenin explica que la potencia de la burguesía “consiste no sólo en la fuerza del capital internacional, en la fuerza y solidez de los vínculos internacionales de la burguesía, sino además en la fuerza de la costumbre, en la fuerza de la pequeña producción. Porque, por desgracia, queda todavía en el mundo mucha, muchísima pequeña producción, y la pequeña producción engendra capitalismo y burguesía constantemente, cada día, cada hora, de modo espontáneo y en masa” (Obras escogidas, tomo III, p. 353). Recordemos el contexto. Estamos en 1920 y desde 1918 se está desarrollando, en el Partido bolchevique, la controversia entre Lenin y los Comunistas de izquierda que publican Kommunist. Bujarin, principal líder de la Izquierda, se incorpora a la mayoría del Partido tras haber sido minoritario sobre la cuestión de Brest-Litovsk. Pero el grupo prosigue la controversia sobre la cuestión del capitalismo de Estado presentado por Lenin como una etapa preparadora del paso al socialismo, o sea como un progreso. Es verdad que el proletariado victorioso no solo se enfrentaba a la furia de las viejas clases dominantes, sino también al peso muerto de amplias capas campesinas que tenían sus razones para resistir ante los avances del proceso revolucionario. Pero el peso de estas capas sociales se ejercía era sobre el proletariado ante todo por medio del órgano estatal que, en su tendencia natural en preservar el statu quo social, tenía tendencia a convertirse en poder autónomo para sí mismo. Todos los revolucionarios sabían que el aislamiento de la Revolución rusa acabaría con ella. El problema estaba en saber si la restauración de la burguesía sería el resultado de una derrota militar contra los ejércitos blancos o de la enorme presión de la pequeña burguesía. Enfrentado a esa problemática, el partido era incapaz de ver el proceso que conducía al renacimiento de una burguesía rusa mediante la formación de una burocracia estatal. La Izquierda manifestaba bastantes debilidades en sus críticas (pero ¿hubiese sido posible de otra forma en medio de los acontecimientos?) y Lenin supo, con razón, poner muchas de ellas en evidencia. Pero la Izquierda comunista muestra, sin embargo, toda su capacidad cuando denuncia los peligros del capitalismo de Estado. Es el mismo método que después se volverá a ver en la Izquierda alemana, la primera en definir y analizar la Rusia estalinista como capitalismo de Estado. En la cita de arriba, Lenin expresa profundas confusiones sobre el carácter del capitalismo, que ya había manifestado en el folleto El Imperialismo, fase superior del capitalismo, en 1916. Es posible hoy sintetizar sobre ese punto todos los aportes de la Izquierda comunista, a pesar de su diversidad y sus tomas de posición contradictorias en ocasiones, porque están animadas en el fondo por el método marxista y los principios comunistas: “El capitalismo de Estado no es un paso orgánico al socialismo. En realidad representa la última forma de defensa del capitalismo contra su colapso y la emergencia del comunismo. La revolución comunista es la negación dialéctica del capitalismo de Estado” (Revista internacional no 99, p. 21).

Es un error a nuestro parecer presentar al pequeño productor independiente como el agente de la ley del valor. En realidad, no son los capitalistas quienes hacen el capitalismo, sino todo lo contrario: es el capitalismo quien engendra capitalistas. Si aplicamos este planteamiento marxista a Rusia, podemos entonces entender por qué “no funciona el Estado como esperábamos”, según la frase de Lenin. El poder que imponía en realidad su orientación era mucho más fuerte que “los hombres de la NEP”, que el capitalismo privado o la pequeña propiedad: fue el enorme poder impersonal del capital mundial lo que determinó inexorablemente el curso de la economía rusa y del Estado soviético. Si los camaradas no consiguen entender la naturaleza profunda del capitalismo, ni el capitalismo de Estado como expresión de un capitalismo decadente, se debe, sin duda, a que en esto se sitúan en el largo plazo, el que Marx utilizó en los borradores de su carta a Vera Zasúlitch, al dividir la historia de la humanidad en tres períodos: la formación social arcaica (comunismo primitivo), la formación social segunda (las sociedades de clases) y el comunismo moderno que restablece la producción y la apropiación colectivas a un nivel superior. El ejemplo de las sociedades primitivas era para Marx una prueba más de que familia, propiedad privada y Estado no son inherentes a la humanidad. Estos textos son también una denuncia de la interpretación fatalista de la evolución económica y del progreso lineal, sin contradicciones, como lo ven los burgueses. Si quedamos en ese terreno, resulta entonces imposible expresar precisamente lo que contiene de específico el capitalismo y sobre todo que posee una historia propia, que de sistema progresista se ha transformado en traba para el desarrollo de las fuerzas productivas. Y las bases de este análisis están presentes en estos textos de Marx, tanto como en el Manifiesto. Tras la Comuna de París y el fin de las grandes luchas nacionales del siglo XIX, Marx había constatado que la burguesía de los principales países capitalistas ya no tenía ningún papel revolucionario en el escenario de la historia, aunque el capitalismo tuviese todavía ante él un enorme campo de expansión. Se abría una nueva etapa, la de las conquistas coloniales y del imperialismo. Gracias a ese planteamiento, el marxismo fue capaz de anticipar la evolución histórica y prever la entrada en el período de decadencia. Esto está muy claro en el segundo borrador: “El sistema capitalista ha superado su apogeo en el Oeste, acercándose al momento en que ya solo será un sistema social regresivo”(citado en Marx maduro y el camino de Rusia, Théodore Shanin, Nueva York, 1983, p. 103).

Los interrogantes de Marx sobre la comuna rural rusa han sido desfigurados por ciertos izquierdistas. El norteamericano Shanin, por ejemplo, veía en ellas la prueba de que el socialismo podría ser el resultado de revoluciones campesinas en la periferia del capitalismo. Sin compartir su admiración por Hô Chi Minh o Mao, Raya Dunayewskaya y el grupo News and Letters consideraban más o menos lo mismo. Concluyen que Marx en los años 1880 está buscando otro sujeto revolucionario diferente a la clase obrera. Así es como buena parte del izquierdismo va a terminar considerando a la clase obrera como un sujeto revolucionario entre otros: las tribus primitivas, las mujeres, los homosexuales, los negros, los jóvenes, los pueblos del “Tercer mundo”.

Octubre del 17, producto de la situación mundial

Esas aberraciones nada tienen que ver con las tesis de los compañeros de Rusia. Pero sin embargo, ya veremos que la defensa de la posibilidad de guerras nacionales actualmente los lleva a un análisis bastante original de la Revolución de octubre de 1917.

"Nosotros (el BS del POM) pensamos que es la historia la que ha rebatido esa concepción angular del leninismo del “eslabón más débil”. Pero ¡cuidado! muy originalmente: demostró que era posible romper la “cadena imperialista” y hasta “construir el socialismo” en países retrasados (o “atrasados” como decís vosotros, aunque aquí distinguiría: no solo se ha empezado a “construir el socialismo” en países capitalísticamente atrasados – Rusia por ejemplo –, sino también en Mongolia, en Vietnam, etc., que están realmente retrasados). Y decimos que sí, se puede romper la cadena, es posible construir una “revolución socialista”, hasta es posible construir el socialismo en países separados y edificarlo (o sea “acabar de construirlo”)... pero ¡en ningún caso puede llevar al comunismo! ¡Never and in no way! ¿Por qué, desde un punto de vista teórico, pudieron los bolcheviques tomar ese camino, engañarse a sí mismos y a muchos otros, inclusive a los Comunistas de izquierda? La causa es... una sola palabra (y aquí no se trata de mi subjetivismo: esta palabra falsa esconde una concepción falsa, no marxista en el fondo), una consigna, ¡la “revolución socialista”! Cuando Marx, y sobre todo Engels, ¡aceptaron semejante disfraz del concepto de “revolución social del proletariado”, de la revolución comunista mundial! En cuanto a la “revolución socialista”, tarde o temprano acaba “construyendo el socialismo”, y nos encontramos con que este “socialismo”, aunque sea "de Estado" o "de mercado" o “nacional”, etc., ¡no rompe en realidad con el capitalismo!” [A].

“Allí donde existe el sector exógeno del capitalismo, la burguesía progresista tiene un papel y una influencia inversamente proporcionales al grado de madurez de este sector: la burguesía del sector capitalista importado pesa sobre la burguesía nacional progresista y la corrompe, ¡y qué decir de la burguesía imperialista mundial (transnacional)! Ambos sectores estaban presentes en Rusia a principios del siglo XX, y el marxismo ruso era la expresión, en el interior, de las relaciones en el sector capitalista exógeno. Pero los bolcheviques decidieron hacerse los portavoces de todos los explotados: en el sector del capitalismo desarrollado importado, en el del capital nacional (hasta en el sector agrícola con su comunidad rural preservada). ¡ Y así se volvieron “social-jacobinos” y proclamaron la “revolución socialista !” [B].

“Tratáis de la cuestión de lo objetivo y lo subjetivo en la revolución proletaria mundial, y es correcto. Pero ¿por qué no tenéis la menor duda en cuanto a que “la revolución era objetivamente posible desde la guerra imperialista del 14”, etc.? ¿Acaso Marx y Engels no habían creído, en sus tiempos, que la “revolución era objetivamente posible”? ¡Recordad las categorías de la dialéctica: lo posible y lo real, lo necesario y lo eventual! Ya sabemos que es necesario distinguir la posibilidad abstracta (formal) de la practicable (concreta). La posibilidad abstracta se caracteriza por la ausencia de obstáculos principales para el devenir del objeto, sin que existan, no obstante, todas las condiciones necesarias para su realización. La posibilidad practicable posee todas las condiciones necesarias para su realización: de realidad latente, se transforma en nueva realidad en ciertas circunstancias. La transformación del conjunto de las condiciones determina la transición entre la posibilidad abstracta y la practicable, transformándose ésta en realidad. La medida numérica de esta posibilidad está expresada en la noción de probabilidad. Como se sabe, la necesidad es el modo de la transformación de la posibilidad en realidad, en el que no existe más que una posibilidad en cierto objeto, la que se transforma en realidad. Y por el contrario, la eventualidad no es sino el modo de transformación de la posibilidad en realidad, en el que existen varias (o muchas) posibilidades diferentes en tal objeto (claro está en ciertas circunstancias) para que se transformen en realidad, aunque una sola se realice” [A].

No entendemos por qué habría que afirmar que la construcción del socialismo en un solo país es a la vez posible e imposible al no romper en modo alguno con el capitalismo. Preferimos limitarnos a la afirmación de que el socialismo en un solo país ha sido una mistificación sin relación alguna con la realidad, ha sido un arma de la contrarrevolución. Parece que lo que los compañeros nos quieren decir, es que los bolcheviques dejaron en cierto momento de representar los intereses del proletariado. Efectivamente, eso es lo que se llama contrarrevolución estalinista. La dificultad del problema, contra el que muchos revolucionarios en los años 30 se rompieron la cabeza, está en que la contrarrevolución triunfa tras un largo proceso de degeneración y de deriva oportunista. En un proceso así, largo y a menudo imperceptible, ocurre en cierta forma una transformación de la cantidad en calidad. Lo que no era en un primer tiempo más que un problema en el seno de la clase obrera se transforma en contrarrevolución burguesa. El cambio en cuanto a la ruptura en la naturaleza del régimen soviético, sí que queda muy claro: ocurre cuando Stalin elimina a toda la vieja guardia bolchevique, cuando la perspectiva de la revolución mundial se cambia por la defensa del capital nacional ruso. La debilitación del poder de los consejos obreros y la del Partido bolchevique socavado por el oportunismo siguieron curvas paralelas hasta el establecimiento del poder de la burguesía de Estado rusa. Recordar lo que fue el movimiento real de los enfrentamientos de clase a finales de los 20 en Rusia no solo nos fortalece contra la propaganda burguesa, sino también contra cualquier debilitamiento de la teoría revolucionaria que vería una continuidad, objetiva o subjetiva, entre Lenin y Stalin.

Al introducir la idea de que “los bolcheviques decidieron ser los portavoces de todos los explotados”, los compañeros se olvidan de la contrarrevolución estalinista y caen en este debilitamiento. Pero ¿cuándo y por qué se tomó esa decisión?; las palabras “todos los explotados” ¿ significa el conjunto de los trabajadores, o sea varias clases y entre ellas, además del proletariado, las capas no explotadoras tales como el campesinado y lo que queda de la pequeña burguesía, que son clases oprimidas bajo el capitalismo ? Si este es el caso, los compañeros confunden los discursos de Stalin, y también los de Mao y su “bloque de las cuatro clases”, con la realidad. En cualquier caso, no podemos estar de acuerdo cuando afirman que Marx y Engels “aceptaron” el concepto de una revolución socialista que “no rompe en realidad con el capitalismo”. Es cierto que ciertas fórmulas de Marx y Engels pueden sembrar cierta confusión entre estatalización del capital y socialismo. Esto se puede fácilmente entender en aquellos tiempos, cuando el proletariado podía apoyar, en ciertas condiciones, a la burguesía progresista contra los vestigios del feudalismo. La conciencia como el programa son el resultado del combate permanente contra la ideología de la clase dominante. Por eso, cuando los revolucionarios profundizan la letra del programa siguen fieles, y han de seguir siéndolo, al espíritu que animaba a la generación marxista precedente. La corrección definitiva de los errores “capitalistas de Estado” que permanecían en la doctrina marxista se debió a la experiencia de la Revolución rusa del 17. Pero ya en Marx aparecen las premisas de esa corrección, en su definición del capital como relación social y del capitalismo como sistema basado en el trabajo asalariado, la extracción y la realización de la plusvalía. En esa relación, la transformación de la propiedad individual del capital en propiedad colectiva del Estado no cambiaba para nada el carácter de la sociedad. Más aún, la crítica del carácter progresista de la propiedad colectiva estatal ya estaba en germen en la lucha de Marx y Engels contra el socialismo de Estado de Lassalle, quien animaba a los obreros a utilizar el Estado contra los capitalistas, o el de la corriente de Liebknecht y Bebel en la socialdemocracia alemana que dejó fórmulas lassallianas en el Programa de Gotha.

Así resumiríamos la idea de los compañeros: el bolchevismo fue una corriente marxista en sus orígenes; expresaba los intereses del proletariado en el marco de relaciones capitalistas desarrolladas, pero éstas eran de origen extranjero, también existía en Rusia un joven capitalismo que necesitaba una revolución antifeudal. De este modo los bolcheviques no sucumbieron a la contrarrevolución estalinista, ya habían sido conquistados mucho antes por los encantos del capitalismo nacional y habían decidido hacerse “social-jacobinos”. Aquí se evidencia la diferencia política con la visión consejista. Ésta considera que la Revolución rusa fatalmente desembocaría en capitalismo de Estado, siendo los bolcheviques, desde el principio, el reflejo de ese destino. Este descubrimiento fue muy tardío, pues fue en los años 30 cuando a Pannekoek, que se volvió consejista en aquel momento, no se le ocurrió mejor cosa que revelarnos el carácter original del bolchevismo a partir del libro escrito por Lenin en 1908, Materialismo o empiriocriticismo: “Es clara y exclusivamente a la imagen de la Revolución rusa a la cual tiende con todas sus fuerzas. Esta obra es tan conforme al materialismo burgués que si hubiese sido conocida e interpretada correctamente en Europa occidental... habríamos podido prever que la Revolución rusa desembocaría de una u otra forma en un tipo de capitalismo basado en la lucha obrera” (Lenin filósofo, Ediciones Spartacus, París, 1970, p. 103).

El método marxista se basa en el concepto de totalidad y a partir de ese concepto se “eleva” hasta las situaciones más concretas. Partiendo del pequeño productor independiente o de una situación local, los compañeros se alejan del método marxista y acaban confundiendo algunos vestigios del feudalismo con la característica general. Es entonces útil recordar que en 1917, Rusia es la quinta potencia industrial del mundo y que en la medida en que el desarrollo del capitalismo pasó en gran parte por encima de la etapa del desarrollo del artesanado y de la manufactura, ese modo de producción tenía allí sus formas más modernas y concentradas. Putilov, con más de 40 000 obreros, era la mayor empresa del mundo. Esto es la clave de la comprensión de la situación en Rusia, y no la oposición entre capitalismo exógeno y endógeno. La mutua relación de las relaciones económicas había llegado a tal extremo que nada tenía que ver con la época de las revoluciones burguesas de los siglos XVII o XVIII.

"Desde la guerra de Crimea y su modernización mediante las reformas, el aparato de estado ruso no se mantiene en gran parte sino gracias a los capitales extranjeros, esencialmente franceses. (...) Los capitales franceses sirven, desde hace décadas, sencillamente, para dos fines: la construcción de ferrocarriles con la garantía del Estado y los gastos militares. Para dar respuesta a esos dos fines, ha surgido en Rusia una poderosa gran industria, desde los años 1870, protegida por un sistema reforzado de aranceles. El capital francés ha hecho surgir en Rusia un joven capitalismo que necesita, a su vez, estar constantemente apoyado por grandes importaciones de maquinaria y otros medios de producción procedentes de los países industriales de primera línea, Inglaterra y Alemania” (Rosa Luxemburg, Introducción a la economía política).

También es significativo el ejemplo de Polonia: “Al ser la burguesía polaca, en su gran mayoría, de origen extranjero (se había instalado en Polonia a principios del siglo XIX), siempre se mostró hostil a la idea de independencia nacional.. Tanto más por cuanto, durante los años veinte y treinta del siglo XIX, la industria polaca se centró en la exportación antes incluso de que se creara un mercado interior. La burguesía del reino, en lugar de desear una reunificación nacional con Galitzia y el Principado, siempre andaba buscando sus apoyos en el Este, pues era la exportación masiva de sus textiles hacia el Este la base del crecimiento del capitalismo polaco” (Rosa Luxemburg, La cuestión nacional y la economía).

La formación del mercado mundial es una de las principales características del modo de producción capitalista, pues en su proceso destruye las relaciones precapitalistas. Este proceso dinámico es el que crea las condiciones de la unidad del proletariado internacional, y no el autodesarrollo de un capital nacional. La Revolución de 1905 fue la primera demostración práctica de este fenómeno. A la inversa, la consigna del “derecho de los pueblos a la autodeterminación”, que por desgracia hicieron suya los bolcheviques, aumentó la división del proletariado. ¿Acaso no aportaron los años 20 la confirmación práctica de ello?

La decadencia de una formación social

No se pueden comparar con los jacobinos ni a los bolcheviques de ayer ni a la burguesía de ningún país de hoy. En cuanto quedó terminada la formación del mercado mundial, las crisis de sobreproducción han anulado toda posibilidad de desarrollo real. La burguesía chechena jamás hará surgir un proletariado nacional. ¿Dónde iba a encontrar mercados para sus mercancías? Sólo la revolución proletaria podrá poner las bases de la industrialización de los países atrasados. El Manifiesto comunista describe muy bien cómo la burguesía creó un mundo a su imagen, mediante la exportación de mercancías a bajo precio y la extensión de sus relaciones comerciales. Pero alcanzó sus límites antes de haber industrializado el conjunto del planeta. Marx y Engels ya habían puesto de relieve que las contradicciones insolubles resultantes de la relación salarial no podían sino conducir a la decadencia del capitalismo. La crítica perspicaz de Charles Fourier ya lo había esbozado: “Como vemos, Fourier maneja la dialéctica con tanta capacidad como su contemporáneo Hegel. Con una dialéctica parecida, hace resaltar que contrariamente a las charlatanerías sobre el hombre perfectible, todas las fases históricas tienen su fase ascendente y también su fase decadente, aplicando esa idea al porvenir de la humanidad en su conjunto” (Engels, El Anti-Dühring). Fue Marx quien dio su explicación al fenómeno. A cierto nivel del desarrollo, al estar saturado el mercado mundial, la tendencia decreciente de la cuota de ganancia ya no puede compensarse con el aumento de la masa de plusvalía. “Ahora bien, el capitalismo tiene tanta más necesidad de encontrar salidas mercantiles porque su producción se ha ido incrementando, mientras los medios de producción más poderosos y más costosos que ha puesto a funcionar le permiten vender más barato, pero también le obligan a vender más, a conquistar para sus mercancías, mercados muchísimo más amplios [p. 223] (...). En fin, a medida que ese movimiento irresistible obliga a los capitalistas a explotar los enormes medios de producción ya existentes a una escala mucho mayor todavía, y a hacer funcionar para ese fin todos los mecanismos del crédito, se van multiplicando los terremotos que sacuden el mundo comercial, no dejándole más que una salida: sacrificar a los dioses de los Infiernos una parte de la riqueza, de los productos, de las fuerzas productivas incluso, en una palabra: aumentar las crisis. Estas aumentan en frecuencia y en violencia. Y es porque la masa de productos crece y por lo tanto la necesidad de salidas mercantiles, a la vez que el mercado mundial se estrecha; Y es porque cada crisis somete al mundo comercial un mercado todavía no conquistado o poco explotado, restringiendo así las salidas [p. 228]” (Trabajo asalariado y capital). Les incumbió a las Fracciones de izquierda, con Lenin y Rosa Luxemburgo en su vanguardia, demostrar más tarde que la Primera Guerra mundial fue la manifestación de que el capitalismo ya había empezado su fase de declive. La revolución comunista no solo era necesaria, sino que, por fin, ya era posible.

Al terminar esta primera respuesta a los compañeros del POM, y lamentando no haber podido traducir sus textos políticos del ruso (3), hacemos un llamamiento para que el debate y la reflexión sigan desarrollándose.

Deseamos que prosigan la discusión y las críticas mutuas. Y también animamos a que este debate no se quede limitado a nosotros, sino que se abra a otros compañeros en Rusia y a otros grupos del medio proletario del mundo entero.

Pal

 

3) Los documentos que tenemos, en francés o inglés, son en su gran mayoría correspondencia

 


[1] En el país de la gran mentira, de Antón Ciliga. La versión completa se tituló Diez años en el país de la mentira desconcertante.

[2] Desde Mayo del 68, “izquierdismo” ha pasado al lenguaje común para designar no ya a quienes se opusieron al centrismo de la Internacional comunista, criticados como camaradas que eran por Lenin, y que formaban la Izquierda comunista, sino a todas las corrientes capitalistas extraparlamentarias, como los trotskistas o los maoístas (habría que distinguir aquí a los maoístas de los países occidentales, incluidos en lo que se ha dado en llamar “izquierdistas”, de Mao, teórico de una especie de “nacional comunismo campesino” que nunca tuvo nada que ver con el movimiento obrero, sino que fue un “estalinista oriental”), que traicionaron el internacionalismo apoyando “de forma crítica” a los partidos de izquierdas de la burguesía (partidos socialistas y comunistas estalinistas) así como a los sindicatos. Ese término designa, pues, hoy, a una tendencia política que pertenece claramente al aparato político de la burguesía