Entender Cronstadt

En la serie Rusia 1917

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El 21 de marzo hará 80 años que el Partido bolchevique, cuatro años después de que la clase obrera tomara el poder durante la Revolución rusa en octubre de 1917, acabó por la fuerza con la insurrección de la guarnición de la flota del Báltico en Cronstadt, situada en la pequeña isla de Kotlin, en el Golfo de Finlandia y a 30 kilómetros de Petrogrado.

Durante varios años, en la guerra civil, el partido bolchevique tuvo que librar un sangriento combate contra los ejércitos contra-rrevolucionarios de las burguesías rusa y extranjera. Pero la revuelta de la guarnición de Cronstadt fue algo nuevo y diferente: se trataba de una revuelta de unos obreros, partidarios del régimen de los soviets, que habían estado en la vanguardia de la Revolución de octubre. Y eran esos mismos obreros los que, ahora, ponían por delante sus reivindicaciones para corregir los numerosos abusos y desviaciones intolerables del nuevo poder.

Desde entonces, el aplastamiento violento de esa lucha ha quedado como una referencia para poder comprender el sentido del proyecto revolucionario. Esto es aún más cierto hoy en día cuando la burguesía se afana en probar a la clase obrera que hay un hilo histórico ininterrumpido que va de Marx y Lenin a Stalin y el gulag.

Nuestra intención, en este artículo, no es entrar en todos los detalles históricos. Ya hemos publicado otros artículos en la Revista internacional que tratan los acontecimientos con mayor precisión (Revista internacional nº 3, "Lecciones de Cronstadt", y nº 100 "1921: el proletariado y el Estado de transición").

Aprovechamos la ocasión de este aniversario para concentrarnos, de manera polémica, en dos tipos de argumentos sobre la revuelta de Cronstadt: en primer lugar, el empleo por los anarquistas de estos sucesos para probar la naturaleza autoritaria y contrarrevolucionaria del marxismo y de los partidos que de él se reclaman; en segundo, la idea de que todavía existe en el campo proletario de que el aplastamiento de la rebelión fue una "trágica necesidad" para defender los logros de Octubre.

La visión anarquista

Según Volin, historiador anarquista: "Lenin nada comprendió; más bien, nada quiso comprender del movimiento del Cronstadt. Lo esencial, para él y para su partido, era permanecer en el poder a toda costa (...) Como marxistas (autoritarios y estatalistas, pues) los bolcheviques no podían admitir la libertad de las masas, la independencia de su acción. No tenían confianza alguna en las masas libres. Estaban persuadidos de que la caída de su dictadura significaría la caída de toda la obra emprendida y poner en peligro la revolución, con la que ellos se indentificaban (...).

Cronstadt fue la primera tentativa popular enteramente independiente para librarse de todo yugo y realizar la revolución social, tentativa directa, resoluta y audaz de las masas mismas, sin pastores políticos, jefes ni tutores. Fue el paso inicial para la Tercera revolución. Cronstadt cayó. Pero el deber quedó cumplido, y eso fue lo esencial. En el laberinto tenebroso de los cambios que se ofrecen a las masas humanas en revolución, Cronstadt es un faro que ilumina la buena ruta. Poco importa que, en las circunstancias que afrontaron, los rebeldes hablaran aún de un poder (el de los soviets), en lugar de desterrar para siempre la palabra y la idea de poder, para hablar de coordinación, de organización, de administración. Es el último tributo al pasado. Una vez conquistada definitivamente por las masas laboriosas mismas la amplia libertad de discusión, de organización y de acción; una vez emprendido el verdadero camino de la actividad popular independiente, el resto vendrá forzosamente" (Volin, La Revolución desconocida, volumen II, pág. 156 y 157, Campo Abierto Ediciones).

Como explica brevemente Volin, para los anarquistas era natural la represión de la revuelta de Cronstadt. Fue la consecuencia lógica de las concepciones marxistas de los bolcheviques. El sustitucionismo del partido, la identificación de la dictadura del proletariado con la dictadura del partido, la creación de un Estado de transición fueron la expresión de las grandes ansias de poder, de autoridad sobre unas masas en las que los bolcheviques no tenían ninguna confianza. Para Volin, bolchevismo significa el cambio de una opresión por otra.

Pero para él, Cronstadt no es una simple revuelta sino un modelo para el futuro. Si el Soviet de Cronstadt se hubiera limitado a las tareas económicas y sociales (coordinación, organización y administración) y olvidado las tareas políticas (sus propósitos respecto al poder de los soviets) habría dado la imagen de lo que debe ser una verdadera revolución social: una sociedad sin líder, sin partido, sin Estado, sin ningún tipo de poder, una sociedad de libertad inmediata y total.

Desgraciadamente para los anarquistas la primera de sus lecciones coincide al milímetro con la ideología dominante de la burguesía mundial, según la cual la revolución comunista solo puede conducir a un nuevo tipo de tiranía.

Esta coincidencia entre los anarquistas y la burguesía no es casual. Ambos miden la historia con abstracciones tales como la igualdad, la solidaridad, la fraternidad, contra la jerarquía, la tiranía y la dictadura. La burguesía utiliza cínica e hipócritamente esos principios morales contra la Revolución de octubre para justificar la brutalidad de las intervenciones armadas de sus fuerzas contrarrevolucionarias, y el bloqueo económico, contra Rusia entre 1918 y 1920. Por otro lado, la alternativa concreta que los anarquistas oponen al bolchevismo, no es más que una ingenua utopía donde desaparecen misteriosamente todas las enormes dificultades históricas a las que se enfrentó la revolución, y con las que se volverá a enfrentar en el futuro.

Pero como confirmaron los acontecimientos de España en 1936, después de haber rechazado la concepción histórica marxista de la revolución, la ingenuidad anarquista les obliga a capitular en la práctica ante la contra revolución burguesa.

Si, como dice Volin, lo que movía a los bolcheviques era su pasión por el poder absoluto, el anarquismo es - en cambio - incapaz de responder a toda una serie de cuestiones que emergen de la realidad histórica. ¿Si el objetivo último de los bolcheviques era la toma del poder, por qué, contrariamente a la mayoría de la social-democracia, se condenaron a sí mismos a un periodo de ostracismo entre 1914 y 1917 al denunciar la guerra imperialista y llamar a su transformación en guerra civil? ¿Por qué, contrariamente a los mencheviques y a los socialistas revolucionarios, rechazaron unir-se al Gobierno provisional con la burguesía liberal rusa tras la Revolución de febrero 1917 (1) y, en su lugar, lanzaron la consigna de "todo el poder a los Consejos obreros"?.

¿Por qué muestra su confianza en las capacidades de la clase obrera rusa para dar inicio a la revolución proletaria mundial en Octubre, contrariamente a los partidos de la socialdemocracia internacional que la consideran demasiado atrasada y poco numerosa para derrocar a la burguesía?. ¿Por qué, por el contrario, dan su confianza a la clase obrera obteniendo de ella su apoyo para hacer los sacrificios necesarios para sobrevivir al bloqueo de los Aliados y para resistir, con las armas en la mano, a los ejércitos contrarrevolucionarios durante la Guerra civil?.

¿Cómo se puede entender que ellos lograran inspirar a la clase obrera internacional a que siguiera la vía rusa en sus tentativas revolucionarias en Europa y en el resto del mundo?. ¿Cómo pudo el Partido bolchevique impulsar la creación de una nueva internacional, la Internacional comunista, a escala mundial?.

En fin, ¿por qué el proceso de integración del partido en el aparato del Estado y la usurpación del poder obrero de los órganos de masas (los consejos obreros y los comités de fábrica) y, finalmente, el empleo de la fuerza contra la clase obrera, no ocurrió de la noche a la mañana sino tras un periodo de varios años?.

La historia de la malicia inherente a los bolcheviques no explica ni, en general, la degeneración de la Revolución rusa, ni, en particular, el episodio de Cronstadt.

En 1921 la Revolución rusa y el Partido bolchevique que la dirige, se enfrentan a una situación muy difícil. La extensión de la revolución a Alemania y otros países parece mucho menos probable que en 1919. La situación económica mundial es relativamente estable, y el alzamiento de los obreros en Alemania ha fracasado.

En Rusia, pese a la victoria en la guerra civil, la situación es dramática a causa de los repetidos asaltos de los ejércitos contrarrevolucionarios y la asfixia del país, organizada científicamente por la burguesía internacional. La infraestructura industrial estaba en ruinas, y la clase obrera diezmada por los sacrificios en los campos de batalla de la guerra mundial y después la guerra civil, en la que se vio obligada a abandonar masivamente las ciudades para tratar de sobrevivir en los pueblos.

La impopularidad creciente del régimen afecta a los bolcheviques, no solo de parte de los campesinos que desencadenan una serie de insurrecciones en las provincias, sino sobre todo en la clase que lanzó una ola de huelgas en Petrogrado a mediados de febrero de 1921. Entonces ocurre lo de Cronstadt. ¿Cómo podía Rusia mantenerse como un bastión de la revolución mundial, sobrevivir a esa situación de la clase obrera y a la desintegración económica, esperando un apoyo revolucionario de la clase obrera de otros países, en particular de Europa, que tardaba en llegar?.

Los anarquistas no dan ninguna explicación sobre la degeneración de la revolución. Cierran los ojos ante el problema de la supremacía política del proletariado, de la centralización del poder, de la extensión internacional de la revolución, y del periodo de transición hacía la sociedad comunista. Eso no impide reconocer que los bolcheviques cometiesen un error catastrófico al dar una respuesta militar a la revuelta de Cronstdat y al considerar la resistencia de la clase obrera hacia ellos como un acto de traición contrarrevolucionario.

Pero el Partido bolchevique no se puede beneficiar de la sapiencia retrospectiva y de la distancia que da la historia sobre los acontecimientos, que hoy debemos tener los revolucionarios. No puede apoyarse en las adquisiciones de un movimiento obrero que en aquella época no se había enfrentado con anterioridad a la inmensa y difícil tarea de mantenerse en el poder en un mundo capitalista hostil. La relación entre los soviets y el partido de la clase obrera, tras la victoriosa toma del poder, no es clara, como tampoco lo es la relación entre esos órganos de la clase obrera y el estado de transición que surge inevitablemente tras la destrucción del Estado burgués.

El Partido bolchevique, al tomar el poder del Estado e incorporar gradualmente los consejos obreros y los comités de fábrica, se mueve en lo desconocido. Según la opinión que imperaba en esa época en el seno del movimiento obrero, el principal peligro para la revolución viene del exterior del nuevo aparato del Estado: de la burguesía internacional, de la burguesía rusa en el exilio y de los campesinos.

En ese momento no hay ninguna tendencia en el movimiento comunista, ni siquiera las corrientes de "izquierda", que tenga una perspectiva alternativa pese a que ciertos revolucionarios, incluso dentro del Partido bolchevique, protestan contra la burocratización del régimen. Pero las orientaciones de esos revolucionarios son limitadas y contienen otros peligros. La Oposición obrera de Kolontai y Chliapnikov llama a los sindicatos a defender a los obreros contra los excesos del Estado olvidando que los consejos obreros han pasado a ser los órganos de masas del proletariado revolucionario.

Otros, en el seno del Partido bolchevique, se oponen al aplastamiento de la revuelta: los miembros del partido en Cronstadt se unen al movimiento, y elementos como Miasnikov forman, inmediatamente, el Grupo obrero y se oponen a la solución militar. Pero las tendencias de "izquierda" existentes en el partido y en la Internacional Comunista, a pesar de sus críticas al régimen bolchevique, sin embargo apoyan que se emplee la violencia. La Oposición obrera rusa se ofrece voluntaria para el asalto a Cronstadt. El Partido comunista obrero alemán, el KAPD, que está en contra de la dictadura del partido, apoya igualmente la acción militar contra la rebelión de Cronstadt (eso no impide que ciertos anarquistas de hoy, como la Federación anarquista de Gran Bretaña, se reivindiquen del KAPD y ¡ lo presenten como su antepasado !).

Finalmente, las reivindicaciones del Consejo obrero de Cronstadt, contrariamente a lo que opina Volin, no forman parte de una perspectiva alternativa ya que se sitúan principalmente en un contexto inmediato y local que no toma en cuenta las cuestiones más amplias planteadas por el bastión proletario y por la situación mundial. En particular, no dan respuestas sobre el papel de vanguardia que ha de tener el partido (2).

Más tarde, bastante más tarde, cuando los revolucionarios tratan de sacar todas las lecciones de la derrota de la Revolución rusa y de la oleada revolucionaria de 1917-23, es cuando están en condiciones de señalar las verdaderas enseñanza de ese trágico episodio.

"Hay circunstancias en que un sector proletario -- concedamos, incluso, que haya sido presa inconsciente de las maniobras del enemigo - pasa a la lucha contra el Estado proletario. ¿Qué hacer en esa situación?. Partir del principio de que el socialismo no se impone al proletariado por la fuerza. Habría sido mejor perder Cronstadt que conservarlo desde el punto de vista geográfico ya que, substancialmente, esa victoria solo podía tener un resultado: alterar las bases mismas, la substancia de la acción llevada por el proletariado" (Octubre nº 2, marzo 1938, Organo del Buró internacional de las Fracciones de la Izquierda comunista).

La Izquierda comunista pone el dedo en la llaga respecto al problema esencial: al emplear la violencia del Estado contra la clase obrera el Partido bolchevique permite que la contrarrevolución penetre en su seno. La victoria sobre Cronstadt acelera la tendencia del Partido bolchevique a convertirse en un instrumento del Estado ruso contra la clase obrera.

La Izquierda comunista, partiendo de esa concepción, fue capaz de sacar otra importante conclusión. El Partido comunista, para poder mantenerse como vanguardia del proletariado, debe mantener su autonomía respecto al Estado posrevolucionario, que representa la tendencia inevitable a la preservación del statu quo y, que impide el avance del proceso revolucionario.

La visión bordiguista

Sin embargo, hoy en día en el seno de la Izquierda comunista esta conclusión está lejos de ser compartida por todos. De hecho, una parte de la izquierda, particularmente la corriente bordiguista, retoma las justificaciones de Lenin y Trotsky sobre la represión de Cronstadt, en franca contradicción con la posición de la Fracción italiana en 1938:

"Sería vano discutir las terribles exigencias de una situación como la que obligó a los bolcheviques a aplastar Cronstadt con cualquiera que rechaza por principio que un poder proletario naciente o que se está consolidando pueda disparar contra los obreros. El examen del terrible problema que el Estado proletario tuvo que enfrentar refuerza, a su alrededor, la crítica de una visión de la revolución como un camino de rosas y permite comprender porque el aplastamiento de esa rebelión fue, según Trotsky, "una trágica necesidad", una necesidad e incluso un deber" ("Cronstadt: una trágica necesidad", Programa comunista nº 88, Organo del Partido comunista internacional, mayo de 1982).

La corriente bordiguista, bien defiende el internacionalismo intransigente del Partido bolchevique aunque defiende con la misma vehemencia, y pasando por alto la tradición a la que dice pertenecer, sus errores. Por eso es incapaz de comprender todas las lecciones de la degeneración del partido y de la revolución (3).

Para esta corriente la relación entre el partido, la clase obrera y el Estado posrevolucionario en el contexto de un periodo revolucionario, no presenta ningún problema de principio, únicamente de oportunidad, de táctica, sobre cómo la vanguardia asume su función, de la mejor manera, en cada situación: "Esta lucha titánica no puede más que provocar, en el seno mismo del proletariado, terribles tensiones. En efecto, si es evidente que el partido no hace la revolución ni dirige la dictadura contra ni sin las masas, la voluntad revolucionaria de la clase no se manifiesta en las consultas electorales o en los "sondeos" que reflejan una "mayoría numérica" o, lo que es más absurdo, una unanimidad. Se expresa en un crecimiento y una orientación cada vez más precisa de las luchas en las que las fracciones más determinadas arrastran a los indecisos y vacilantes, barriéndolos si se oponen. En el curso de las vicisitudes de la guerra civil y de la dictadura pueden cambiar las posiciones y las relaciones entre las diversas capas. Lejos de reconocer el mismo peso y la misma importancia a todas las capas obreras, semi obreras o pequeño burguesas, en virtud de no se sabe qué "democracia soviética", como explica Trotsky en Terrorismo y comunismo, su propio derecho para participar en los soviets, es decir en los órganos del Estado proletario, depende de su actitud en la lucha.

"Ninguna "regla constitucional", ningún "principio democrático" permite entonces armonizar las relaciones en el seno del proletariado. No hay ninguna receta que permita resolver las contradicciones entre las necesidades locales y las exigencias de la revolución internacional, entre las necesidades inmediatas y las exigencias de la lucha histórica de la clase, contradicción que se expresa en la oposición entre diversas fracciones del proletariado. Ningún formalismo permite codificar las relaciones entre el partido, fracción más avanzada de la clase y órgano de su lucha revolucionaria, y las masas que siguen, en diversos grados, la presión de las condiciones locales e inmediatas. Incluso el mejor partido, el que sabe 'observar el estado de ánimo de las masas e influir en él' como dice Lenin, puede en ocasiones pedir lo imposible a las masas. Más exactamente, solo encontrará el "limite" de lo posible tratando de ir lo más lejos" (ídem).

El Partido bolchevique elige en 1921 la mala senda, sin ninguna experiencia anterior y sin parámetros de referencia que le permitan orientarse. Hoy, de forma absurda, los bordiguistas cometen los mismo errores que hicieron los bolcheviques invocando el principio de "no hay principios". Para ellos el problema del ejercicio de poder por parte del proletariado desaparece al presentar como formalistas y abstractos los medios con que la clase llega a una posición común. Incluso si es cierto que no hay un medio ideal para establecer un consenso ante una situación extrema y cambiante, los consejos obreros han demostrado ser el medio más adecuado para expresar la voluntad revolucionaria del proletariado como un todo, pese a la experiencia de 1918 en Alemania que muestra cómo pueden ser vulnerables a su recuperación por parte de la burguesía. Aunque los bordiguistas tengan la "generosidad" de admitir que el partido no puede hacer la revolución sin las masas, para ellos éstas no disponen de ningún otro medio para expresar su voluntad revolucionaria, como clase en su conjunto, que el partido contando con su permiso. El partido puede, si es necesario, corregir al proletariado fusil en mano como en Cronstadt. Según esta lógica, la revolución proletaria tiene dos consignas contradictorias: antes de la revolución "todo el poder a los soviets", y después de la revolución "todo el poder al partido".

Los bordiguistas, contrariamente a Octubre, olvidan que las tareas de la revolución proletaria, a diferencia de la revolución burguesa, no puede delegarse en una minoría. Solo pueden realizarse por medio de una mayoría consciente. La emancipación de los obreros será obra de los propios obreros.

Los bordiguistas rechazan a la vez la democracia obrera y la democracia burguesa como si de la misma superchería se tratara. Pero, los consejos obreros - los medios con los que el proletariado se moviliza para derrocar al capitalismo - deben ser los órganos de la dictadura del proletariado, que reflejan y regulan las tensiones y diferencias en su seno, que ejercen el poder armado sobre el Estado de transición. El partido, indispensable vanguardia, por muy claro y avanzado que esté respecto al conjunto de la clase en tal o cual momento, no puede sustituir al conjunto de la clase obrera organizada en consejos obreros para ejercer el poder.

Sin embargo los bordiguistas, tras haber demostrado el derecho - en la práctica ya que no en "los principios" - a disparar sobre los obreros, ante el horror que implica tal conclusión, acaban por negar cualquier carácter revolucionario a la revuelta de Cronstadt. Retoman una de las definiciones de Lenin: Cronstadt es una "contrarrevolución pequeño burguesa" que abre la puerta a la reacción de los guardias blancos.

No cabe la menor duda de que los obreros de Cronstadt tienen toda una serie de ideas confusas e, incluso, contrarrevolucionarias. Algunas de ellas aparecen en su plataforma. También es cierto que las fuerzas organizadas de la contrarrevolución tratan de utilizar, en su provecho, la rebelión. Pero los obreros de Cronstadt siguen considerándose parte integrante del movimiento proletario a escala mundial y continuadores de la Revolución de octubre: "Que los trabajadores del mundo entero sepan que nosotros, los defensores del poder de los soviets, protegemos las conquistas de la revolución social. Venceremos o moriremos en las ruinas de Cronstadt batiéndonos por la justa causa de las masas proletarias" (Pravda de Cronstadt).

Sean cuales fueran las confusiones que tenían, es incuestionable que sus reivindicaciones reflejaban los intereses del proletariado frente a las terribles condiciones de existencia, a la opresión creciente de la burocracia estatal y la pérdida de su poder político por la atrofia de los consejos. Las tentativas infructuosas de los bolcheviques de estigmatizarlos tachándolos de pequeño burgueses y agentes potenciales de la contrarrevolución son solo un pretexto para salir airosos de una situación terriblemente peligrosa y compleja.

Con la ventaja que da la distancia histórica y el trabajo teórico hecho por la Izquierda comunista, hoy podemos ver los errores de base del razonamiento de los bolcheviques: los comunistas que aplastan la revuelta de Cronstadt acabarán siendo masacrados por una dictadura antiproletaria, el estalinismo (poder absoluto de la burocracia capitalista). De hecho los bolcheviques, al aplastar los esfuerzos obreros de Cronstadt por regenerar los consejos, al identificarse con el Estado, abren sin saberlo el camino al estalinismo. Así, participan en acelerar el proceso contrarrevolucionario cuyas consecuencias serán mucho más terribles y trágicas para la clase obrera que lo hubiera sido la restauración de los Blancos. En Rusia triunfa una contrarrevolución que se autoproclama comunista. La idea de que la Rusia estalinista es la encarnación viva del socialismo y la continuidad con la Revolución de octubre siembra una terrible confusión y una incalculable desmoralización en las filas de la clase obrera en todas partes del mundo. Aún vivimos las consecuencias de esa distorsión de la realidad con la identificación de la muerte del estalinismo y la del comunismo que desde 1989 hace la burguesía.

Pero los bordiguistas, a pesar de toda esa experiencia, continúan identificándose con el error trágico de 1921. ¡ Para ellos apenas si es una "trágica" necesidad y sí un deber comunista que habrá de repetirse !.

Los bordiguistas, al igual que los anarquistas, no ven ninguna contradicción entre el partido bolchevique de 1917 que dirige, pero también se atiene y subordina a la voluntad armada del proletariado revolucionario organizado en los consejos obreros; y el partido bolchevique de 1921 que ha vaciado a los consejos obreros de su poder anterior y ha lanzado la violencia del Estado contra la clase obrera. Pero, mientras los anarquistas ayudan a la burguesía en sus campañas que presentan a los bolcheviques como unos maquiavélicos traidores, los bordiguistas presentan esa imagen como el punto culminante de la intransigencia revolucionaria.

Una Izquierda comunista digna de esa nombre, que se reclama de la herencia del Partido bolchevique, debe ser capaz de criticar sus errores. El aplastamiento de la revuelta de Cronstadt es uno de los mayores y más dramáticos.

Como

 

 

 

1) Revolución en la que las masas obreras y populares echaron abajo al zarismo.

2) Respecto a la plataforma de la revuelta de Cronstadt ver la Revista internacional n º3.

3) El BIPR, Buró Internacional por el Partido revolucionario, es otra rama de la Izquierda Comunista que tiene una posición ambigua sobre Cronstadt. Un artículo publicado en Revolutionary Perspectives nº 23 (1986) reafirma el carácter proletario de la Revolución de octubre y del Partido bolchevique que la dirigió. Rechaza las idealizaciones anarquistas sobre la revuelta de Cronstadt señalando que la revuelta reflejaba las condiciones profundamente desfavorables para la revolución y contenía muchos elementos confusos y reaccionarios. El artículo, al mismo tiempo, critica la idea bordiguista de que era necesario el asalto a Cronstadt para preservar la dictadura del partido. Afirma que una de las lecciones esenciales de Cronstadt es que la dictadura del proletariado debe ejercerla la propia clase obrera por medio de sus consejos obreros (los soviets) y no el partido. El artículo también muestra cómo los errores de los bolcheviques sobre la relación entre partido y clase, en un contexto general de aislamiento de la Revolución rusa, aceleraron la degeneración interna tanto del partido como del Estado soviético.

Sin embargo, el artículo no caracteriza de proletaria la revuelta ni responde a una cuestión fundamental: ¿es posible que la dictadura proletaria emplee la violencia contra el descontento de la clase obrera?. Más aún, dice que la represión de la revuelta está más que justificada porque ésta era el producto de las maniobras de la contrarrevolución, a pesar de que esta represión abrió el paso a una lenta agonía del movimiento obrero.