Hace 50 años Mayo 68

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Los acontecimientos de la primavera de 1968 tuvieron una dimensión internacional, tanto en sus raíces como en sus consecuencias. Sus raíces han de encontrarse en las primeras dentelladas de la crisis económica mundial en las carnes de la clase obrera, una crisis reaparecida tras más de una década de prosperidad capitalista.

Tras décadas de aplastamiento, sumisión y desorientación, en mayo de 1968 la clase obrera volvía a entrar por la puerta grande en el ruedo de la historia. Ya la agitación estudiantil se estaba desarrollando en Francia desde principios de la primavera y, antes de ella, ya desde 1967, había habido luchas obreras radicales. Todo eso estaba cambiando el ambiente social del país, pero fue la entrada masiva en lucha de la clase obrera (10 millones de huelguistas) lo que trastornó todo el panorama social.

Muy rápidamente, los demás sectores nacionales de la clase obrera iban a entrar también en la lucha. Después de la gran huelga de mayo de 1968 en Francia, las luchas en Argentina (el “Cordobazo”), el "otoño caliente" italiano y muchas otras luchas en diferentes países del mundo vinieron a demostrar que el proletariado mundial había salido del período de contrarrevolución.

La crisis que empezaba a desarrollarse, a diferencia de la crisis de 1929, no iba a conducir a una guerra mundial sino a un desarrollo de luchas de clases que iban a impedir que la clase dominante diera su respuesta bárbara a las convulsiones de su economía....

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Con motivo de la celebración del aniversario de este importante acontecimiento, publicamos en nuestro sitio web un dossier que contiene los principales artículos que la CCI ha escrito sobre tal acontecimiento.

El artículo de dos partes "Mayo del 68 y la perspectiva revolucionaria" detalla los acontecimientos y examina su significado histórico. Pronto publicaremos un artículo sobre los principales acontecimientos de la lucha de clases en los cincuenta años transcurridos desde 1968 para examinar hasta qué punto la historia ha verificado las conclusiones que hemos sacado sobre el significado de Mayo de 1968.

Mayo de 1968. El retorno de la crisis económica y su posterior agravación

En el número 2 de Révolution Internationale (RI), publicado en 1969, hay un artículo titulado “Comprender Mayo”, escrito por Marc Chirik, el cual había regresado a Francia tras más de una década de exilio en Venezuela, para participar activamente en los acontecimientos de Mayo del 68 en Francia[1].

Este artículo fue una respuesta polémica al folleto “Enragés[2] et situacionnistes dans le mouvement des occupations” publicado por la organización Internacional Situacionista (IS)[3]. Marc Chiric, aun reconociendo que la IS participó activamente en el movimiento de mayo-junio, de 1968, ponía al desnudo la presunción megalómana, la autosatisfacción de ese grupo que acabó llevándolo a la conclusión francamente sustitucionista de que “la agitación desatada en enero de 1968 en Nanterre por los cuatro o cinco revolucionarios que iban a constituir el grupo de Les Enragés conduciría, en cinco meses, a la casi liquidación del Estado". Y que "nunca una agitación había sido promovida por un número tan pequeño de individuos en tan poco tiempo y con tales consecuencias".

Pero lo central en la polémica de RI era la ideología subyacente de esa exaltación de las minorías “ejemplares”: la de negar las bases materiales de la revolución proletaria. De hecho, el artículo de Marc concluye diciendo que el voluntarismo y el sustitucionismo de la IS eran una consecuencia lógica del rechazo del método marxista, el cual pone de relieve que las acciones masivas y espontáneas de la clase obrera están íntimamente conectadas con la situación objetiva de la economía capitalista.

Así, contra la idea de la IS de que los "acontecimientos revolucionarios" de mayo-junio habían estallado contra un capitalismo que “estaba funcionando bien”, y que no había "ninguna tendencia a la crisis económica" en el período anterior a ese estallido, Marc demostró que al movimiento le precedió una creciente amenaza de desempleo y de reducción de salarios -señales de que la "gloriosa" prosperidad del periodo de posguerra estaba llegando a su fin. Además, tales signos no se limitaron a Francia, sino que se expresaron en diversas formas por el mundo "desarrollado", en particular, en la devaluación de la libra esterlina y la crisis del dólar en Estados Unidos. Marc ponía de relieve que tales signos no eran sino eso, signos, síntomas y que “no se trata de una crisis económica abierta, primero porque estamos sólo al principio, y segundo, porque en el capitalismo actual, el Estado dispone de todo un arsenal de medios para frenar, y temporalmente atenuar las expresiones más fuertes de la crisis"[4].

Y a la vez que impugna la idea anarquista (y situacionista) de que la revolución es posible en cualquier momento, el artículo también afirma que la crisis económica es una condición necesaria pero no suficiente para la revolución, que los cambios profundos en la conciencia subjetiva de las masas no se producen automáticamente a causa del declive de la economía, contrariamente a la afirmación de los estalinistas en 1929, que declararon la apertura de un “tercer periodo” de inminente revolución a raíz de la crisis de 1929, cuando en realidad la clase obrera estaba experimentando la derrota más profunda en su historia (de la que el estalinismo era, por supuesto, tanto un producto como un factor activo).

Así pues, Mayo del 68 no era todavía la revolución, pero sí significó que el período contrarrevolucionario que siguió a la derrota de la primera oleada revolucionaria a escala mundial había llegado a su fin. “El significado pleno de mayo del 68 es que fue una de las reacciones más importantes de la masa de trabajadores al deterioro de la situación económica mundial”. El artículo no va más lejos en el examen de los acontecimientos reales del 68; no era ése su propósito. Pero da algunas indicaciones acerca de las consecuencias del final de la contrarrevolución (un período que Marc había vivido desde el principio al fin) para el desarrollo futuro de la lucha de clases. Mayo significó que la nueva generación de la clase obrera estaba liberándose de muchas de las mistificaciones que la habían encerrado durante el período anterior, sobre todo las del estalinismo y el antifascismo; y a pesar de que la crisis que volvía a surgir empujaría al capitalismo hacia otra guerra mundial, hoy [o sea en 1968], a diferencia de la década de 1930, "El capitalismo dispone cada vez de menos temas de mistificación capaces de movilizar a las masas y enviarlas al matadero. Se está desmoronando el mito ruso; la falsa elección entre democracia burguesa y totalitarismo se está debilitando. En estas condiciones, la crisis puede apreciarse inmediatamente por lo que es. Sus primeros síntomas provocarán reacciones cada vez más violentas de las masas en cada país".

Además, como lo subrayaba una serie de artículos escritos en 2008 en la Revista Internacional: Mayo del 68 y la perspectiva revolucionaria[5], Mayo del 68 fue más que una reacción puramente defensiva ante el deterioro de la situación económica. También dio origen a un intenso fermento político, a innumerables debates sobre la posibilidad de una nueva sociedad, a intentos serios por jóvenes politizados -tanto trabajadores como estudiantes- para descubrir las tradiciones revolucionarias del pasado. Esta dimensión del movimiento fue sobre todo la que hacía revivir la perspectiva de la revolución, no como posibilidad inmediata o a corto plazo, sino como el producto histórico de todo un período de resurgir de la lucha de clases. El fruto más inmediato de ese interés reencontrado por la política revolucionaria fue la constitución de un nuevo medio político proletario, incluidos los grupos que formarían la CCI a mediados de los años 70.

Sin embargo, lo que queremos plantear aquí, es si, cincuenta años después, las predicciones contenidas en el artículo de Marc se han verificado o son insuficientes.

A nivel de la crisis económica

La mayoría de las corrientes marxistas en las primeras décadas del siglo XX consideraron que la Primera Guerra Mundial marcó el cambio definitivo de la era en que las relaciones capitalistas de producción de haber sido “formas de desarrollo” de las fuerzas productivas se convertían en trabas para su desarrollo posterior. Esto se concretó, en lo económico, en la transformación de las crisis cíclicas de sobreproducción que habían marcado el siglo XIX en un estado crónico de la crisis económica acompañado de una militarización permanente de la economía y una espiral de guerras bárbaras. Esto no significa, como lo pensaron algunos marxistas en el período revolucionario que siguió a la guerra de 1914-18, que el capitalismo había entrado en una "crisis mortal" de la que era imposible recuperarse. En realidad, en una época general de decadencia, habría recuperaciones, habría expansión hacia nuevas zonas fuera del sistema capitalista y avances reales en la sofisticación de las fuerzas productivas. Pero la tendencia subyacente sería la de una crisis económica no ya del tipo tormenta de verano, sino una enfermedad crónica, permanente, que entraría, en determinados momentos, en una fase aguda. Eso ya quedó claro con la crisis de los años 30: la idea de que el “laisser-faire”, confiando en la “mano oculta” del mercado, iba a permitir a la economía recuperarse naturalmente (que fue la respuesta inicial de los sectores burgueses más tradicionales) tuvo que dar paso a una política más abiertamente intervencionista por el Estado, caracterizado por la New Deal en Estados Unidos y la economía de guerra nazi en Alemania. Y fue sobre todo este país el que reveló, en un período de derrota para la clase obrera, el verdadero secreto de los mecanismos que sirvieron para atenuar la crisis aguda de la década de 1930: la preparación para una segunda guerra imperialista.

El retorno de la crisis abierta que nuestro artículo afirmaba en 1969 fue confirmado en los siguientes años, con el choque de la llamada “crisis del petróleo” de 1973-74 y las crecientes dificultades del consenso keynesiano de posguerra, cuyas consecuencias fueron el aumento de la inflación y de los ataques al nivel de vida de los trabajadores, particularmente los niveles de salario que habían aumentado constantemente durante el período de prosperidad de la posguerra. Pero como lo mostramos en nuestro artículo “30 años de crisis económica abierta” escrito en 1999[6], la tendencia hacia la crisis abierta, que se ha convertido en característica permanente del capitalismo decadente, se ha hecho más evidente en todo el período desde 1968: así, lo que hoy debemos hacer es un artículo sobre los “50 años de crisis económica abierta”. Nuestro artículo de 1999 traza el curso de la crisis a través de la explosión del desempleo que siguió a la aplicación del “thatcherismo” y las “reaganomics” a inicios de los años 80; la quiebra  financiera de 1987; la recesión de principios de los 90; las convulsiones en Extremo Oriente de “dragones y tigres”, las de Rusia y Brasil en 1997-98. Una versión actualizada deberá incluir más recesiones a la vuelta del milenio y, por supuesto, el llamado crac financiero o crediticio de 2007. El artículo de 1999 subraya las características principales de la economía en crisis en estas décadas: el crecimiento descontrolado de la especulación, la inversión en actividades productivas cada vez menos rentable; la desindustrialización de zonas enteras de los viejos centros capitalistas porque el capital se dirige hacia fuentes de fuerza de trabajo más barata en los países “en desarrollo”; y como base de gran parte tanto del crecimiento como de las crisis financieras de todo este período, la incurable adicción del capital a la deuda. Esto muestra que la crisis del capitalismo no se mide sólo en las cifras de desempleo o las tasas de crecimiento, sino en sus ramificaciones sociales, políticas y militares.

Así, fue la crisis económica mundial del capitalismo la que fue determinante en el colapso del bloque del Este en 1989-91, en la agudización de las tensiones imperialistas y en la exacerbación de la guerra y el caos, sobre todo en las zonas más débiles del sistema mundial. En nuestra próxima actualización procuraremos mostrar el vínculo entre el aumento de la competencia exigido por la crisis y el saqueo acelerado del medio ambiente natural, y sus consecuencias (la contaminación, el cambio climático, etcétera) que ya están teniendo un impacto directo en las poblaciones de todo el mundo. En resumen: el carácter prolongado de crisis abierta del capitalismo en las últimas cinco décadas, con las dos clases principales atrapadas en un estancamiento social, sin ser capaces de desarrollar sus respectivas soluciones a la crisis -guerra mundial o revolución mundial- es la base de la aparición de una fase nueva y terminal en la decadencia del capitalismo: la fase de descomposición generalizada[7].

Por supuesto, la trayectoria de este período no ha sido la de un largo declive, como tampoco la de un estancamiento permanente. La clase dirigente ha utilizado siempre muy bien en su propaganda las varias recuperaciones y mini-booms habidos en los países avanzados en los años 80, los 90 y los 2000, y muchos de sus portavoces no han perdido la oportunidad de remachar que el alza impresionante de la economía china en particular es la prueba de que el capitalismo dista mucho de ser un sistema senil. Sin embargo, las bases frágiles, limitadas y temporales de esas recuperaciones en los centros asentados del sistema aparecieron claramente con el enorme crac financiero de 2007, que mostró hasta qué punto el crecimiento capitalista está basado en las arenas movedizas de una deuda sin límites. Este fenómeno también es un factor del ascenso de China, aunque su crecimiento tenga una base más sustancial que “las recuperaciones vampiro”, las “recuperaciones sin empleos” y las “recuperaciones sin aumentos de salario” que hemos visto en las economías occidentales. Pero en definitiva China no podrá evitar las contradicciones del sistema mundial y desde luego la escalada vertiginosa de su expansión tiene el potencial para hacer aún más destructivas las futuras crisis de sobreproducción. Mirando con perspectiva hacia las últimas cinco décadas, resulta evidente que no estamos hablando de un ciclo de expansión y recesión como los del siglo XIX, cuando el capitalismo era realmente un sistema en su plenitud, sino de una única crisis económica mundial prolongada, expresión de una obsolescencia subyacente del modo de producción capitalista. El artículo de 1969, armado con esta comprensión de la naturaleza histórica de la crisis capitalista, fue, así, capaz de diagnosticar el verdadero significado de los pequeños signos de la mala salud económica menospreciados de un pretencioso revés por los doctores situacionistas.

El desarrollo del capitalismo de Estado

Mirando también hacia atrás, podemos apreciar la exactitud de la afirmación del artículo, según la cual "el capitalismo de Estado de hoy posee todo un arsenal de medios para enlentecer, y temporalmente atenuar las expresiones más importantes de la crisis".

La razón principal de por qué la crisis se ha prolongado por tanto tiempo, y por qué muy a menudo ha sido tan difícil de percibir, es precisamente la capacidad de la clase dominante para utilizar el Estado para detener y posponer los efectos de las contradicciones del sistema. La clase dominante desde los años 60 hasta hoy, no ha hecho el mismo error que los apologistas del “laisser-faire”' en la década de 1930. Ha sido, en cambio, una burguesía más vieja y más prudente la que ha mantenido y fortalecido la injerencia del Estado capitalista en la economía, lo que le permitió responder a la crisis en los años 30 y ayudó a mantener el boom de posguerra. Esto fue evidente con las primeras respuestas keynesianas al nuevo despertar de la crisis, que a menudo tomaron la forma de nacionalizaciones y manipulaciones financieras directas por el Estado; a pesar de todo, la humareda ideológica se mantuvo, aunque de forma alterada, durante la época de los reaganomics y el neoliberalismo, en la que el Estado ha tendido a delegar muchas de sus funciones al sector privado con el objetivo de aumentar la productividad y la competitividad.

El artículo de 1999 explica cómo opera esa relación replanteada entre el Estado y la economía:

“El mecanismo de la 'ingeniería financiera' es el siguiente: por un lado, el Estado emite bonos y obligaciones con el objetivo de financiar sus enormes y cada vez mayores déficits, suscritos por los mercados financieros (bancos, empresas y particulares). Por otro lado, incita a los bancos a buscar en los mercados la financiación de sus préstamos, recurriendo, a su vez, a la emisión de bonos y obligaciones y a ampliaciones de capital (emisión de acciones). Se trata de un mecanismo altamente especulativo que consiste en tratar de sacar provecho de una masa creciente de capital ficticio (plusvalía inmovilizada incapaz de ser invertida en nuevo capital). De esta manera, el peso de los fondos privados tiende a ser mucho mayor que los fondos públicos en la financiación de la deuda (pública y privada).

Eso significa menos que el peso del Estado disminuya (como lo proclaman los 'liberales') y que más bien se trata de una respuesta a las crecientes necesidades de financiación (y particularmente de liquidez inmediata) que obligan a una movilización masiva de todos los capitales existentes disponibles".

La contracción del crédito de 2007 es quizás la demostración más clara de que el remedio más universal aplicado por el sistema capitalista en las últimas décadas -el recurso a la deuda- también ha servido para envenenar al paciente, o sea posponiendo los efectos inmediatos de la crisis con el resultado de provocar convulsiones futuras mucho peores. Pero también muestra que, en definitiva, esta cura ha sido la política sistemática del Estado capitalista. La bonanza del crédito que alimentó el boom inmobiliario antes de 2007, de lo que tan a menudo se culpa a la codicia de los banqueros, fue en realidad una política decidida y apoyada en las más altas esferas del gobierno, como fue el gobierno el que tuvo que intervenir para apuntalar los bancos y el conjunto tambaleante de la estructura financiera tras el crac. El que hayan hecho tal cosa, endeudándose todavía más, e incluso imprimiendo más dinero sin el menor reparo (eso que llaman quantitative easing, “flexibilización cuantitativa’’) es una prueba más de que el capitalismo sólo puede reaccionar a sus contradicciones empeorándolas.

Una cosa es demostrar que teníamos razón para predecir la reaparición de la crisis económica abierta en 1969, y otra es ofrecer un marco para explicar por qué esta crisis se iba a alargar tanto. Es una tarea más difícil mostrar que nuestra predicción de un resurgimiento de la lucha de clases internacional también se ha confirmado. De ahí que dediquemos una segunda parte de este artículo a ese problema, y una tercera parte analizará qué ha sido del nuevo movimiento revolucionario que nació de los acontecimientos de mayo-junio de 1968.

Amos, marzo de 2018

 

[1]. Ver también nuestra corta biografía de Marc para tener una mejor idea de uno de los aspectos de esa "participación activa" en el movimiento. "Él tuvo la oportunidad en esta ocasión de mostrar uno de los rasgos de su carácter, que no tenía nada que ver con los de un teórico del salón. Presente allí donde estaba el movimiento, en los debates, pero también en las manifestaciones, pasó toda una noche detrás de una barricada con un grupo de elementos jóvenes, decididos a mantenerse hasta la mañana contra la policía...http://en.internationalism.org/ir/066/Marc-02

[2] « Les enragés » (los rabiosos, los furibundos), esta agrupación del 68 tomó el nombre de las facciones más radicales de la revolución francesa de 1789.

[3] “Enragés y situacionistas en el movimiento de las ocupaciones’’. https://sindominio.net/ash/enrages.html.

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