Guerras comerciales: la obsolescencia del Estado nacional

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``El Presidente Trump afirmó el viernes que ya se están preparando nuevos aranceles sobre bienes chinos por valor de 267 mil millones de dólares, y que podrían implementarse en poco tiempo, reafirmando así sus amenazas y postergando el fin previsible de la cada vez mayor disputa comercial. En su viaje a Fargo, N.D., a bordo del Air Force One, Mr. Trump aseguró que los aranceles se sumarían a los que ya ha estado preparando la administración por valor de otros 200 mil millones de dólares, afirmando que 'se aplicarían muy pronto, dependiendo del curso de los acontecimientos'´´. Wall Street Journal, 8/9/18

En esa misma página se puede ver un vídeo que especula sobre cómo podrían contraatacar los chinos[1]. La administración de Trump ha anunciado a su vez la aplicación de grandes tarifas arancelarias a las importaciones desde la Unión Europea – descrita por Trump en su reciente visita a Europa como una ''rival'' – e incluso contra sus vecinos y socios de la así llamada Asociación de Libre Comercio de Norteamérica: México y Canadá.

El espectro de una creciente guerra comercial se cierne sobre el capitalismo. Esto podría parecer difícil de entender en un periodo en el que la producción es tan global como nunca lo ha sido, y el ''libre movimiento de trabajo y capital'' ha sido casi un credo incuestionable de los economistas y líderes políticos mundiales durante décadas. Pero es precisamente esa contradicción inherente, entre el impulso del capital por conquistar el planeta y el marco limitador del Estado nacional, lo que está detrás de esta nueva ola de proteccionismo.

Global versus nacional: una contradicción insuperable

En los Grundrisse, Marx nos proporciona una clave para entender por qué el Estado nacional, como expresión política de las relaciones sociales capitalistas, se acaba convirtiendo en una traba al desarrollo mundial de las fuerzas productivas: ''la universalidad hacia la que (el capital) se impulsa tan irresistiblemente, encuentra barreras en su propia naturaleza, lo que en un determinado estadio de su desarrollo permitirá que se le reconozca como el mayor obstáculo a esta tendencia, y llevará así a su propia superación´´[2].En 1916, en medio de la expresión más clara de este obstáculo – la Primera guerra mundial imperialista – Trotsky pudo ser más preciso: ``El Estado nacional se ha superado a sí mismo – como marco para el desarrollo de las fuerzas productivas, como base para la lucha de clases, y específicamente como la forma estatal de la dictadura del proletariado´´ (Nashe Slovo, 4 de febrero de 1916).

La supervivencia misma del Estado nacional se había convertido en un elemento añadido a las contradicciones crecientes del capital, tanto a nivel económico como militar.

Estas contradicciones se han acentuado durante los últimos 100 años a pesar de todos los esfuerzos de la burguesía por contenerlos. En los años 30, la respuesta proteccionista de EEUU a la depresión, junto al ascenso de las economías de guerra fascista y estalinista, profundizaron la crisis mundial de sobreproducción al restringir aún más el mercado mundial. Afortunadamente para la burguesía, pero trágicamente para la humanidad, el capitalismo se enfrentaba a una clase obrera derrotada, y pudo ''resolver'' el problema mediante una gigantesca movilización militar y la subsiguiente reorganización del mercado mundial.

El orden mundial post-1945 estaba, en parte, basado en el reconocimiento de los límites que debían ser impuestos a la competencia nacional. Formalmente, esto quedó expresado en el establecimiento de la Organización de las Naciones Unidas, pero en realidad, la esencia de este sistema estaba en la formación de los dos bloques fundados en la regla de la subordinación de los aliados de cada bloque a un país líder. Así, al estar cada bloque enfrentado a su rival, se contenía la amenaza permanente de una guerra nuclear y un conflicto interminable en la periferia de cada bloque, asegurando al mismo tiempo una cierta disciplina en estos conflictos; al mismo tiempo, combinado con la gestión económica keynesiana y una verdadera expansión a nuevas áreas, siguiendo la estela de la desintegración de viejos imperios como el británico y el francés, hubo margen para una cierta estabilidad y desarrollo económico.

La crisis de esta fase del capitalismo de Estado se manifestó primeramente a nivel económico: ''estanflación'' [alta inflación, alto desempleo y demanda estancada] y la aparición abierta del desempleo a finales de los años 60. Los críticos de lo que llamaban ''socialismo'' o ''economía mixta'' decían que la gestión estatal directa obstruía el funcionamiento libre de las fuerzas del mercado (y había de hecho cierta verdad en esto, como apuntamos en nuestras tesis sobre la crisis del bloque del Este[3]). El nuevo enfoque del que fueron pioneros Thatcher y Reagan, entre otros, recibió el nombre de neoliberalismo porque se presentaba como una vuelta al laissez-faire del siglo XIX; en realidad, como insistimos siempre, era una nueva versión de capitalismo de Estado (el término alemán ''ordo-liberalismo'' es quizás una descripción más honesta) dirigido por un Estado central cada vez más represivo.

El rostro internacional del neoliberalismo es la ''globalización'', que empezó a ser un término común en los años 90, es decir, tras el colapso del bloque del Este. Hay una profunda falsedad en este concepto, basado en el argumento de que el capitalismo solo había pasado a una realidad global tras la desaparición de los países ''socialistas'': en realidad, los regímenes estalinistas fueron una forma particular del sistema capitalista mundial. No obstante, la desaparición del modelo autárquico del bloque del Este hizo posible una verdadera expansión económica: no tanto en los antiguos países miembros del bloque ruso como hacia áreas como la India, China, el sureste asiático, etc. Esta expansión tenía una serie de elementos subyacentes: el desarrollo tecnológico que permitió una circulación de capital mucho más rápida y una reorganización de las redes industriales globales; una dimensión económica más directa, en la que el capital era capaz de penetrar en nuevas áreas extra -capitalistas y hacer uso de fuerza de trabajo mucho más barata, mientras que al mismo tiempo podía obtener beneficios gigantescos hinchando el sector financiero; y también un elemento social, debido a la dispersión de las concentraciones industriales de los países capitalistas más ''viejos'', impulsados a la caza de nuevas fuentes de ingresos, que también tuvo el efecto de atomizar antiguos centros de militancia de clase.

EEUU intenta sacar del apuro a su orden mundial

Este nuevo orden mundial posGuerra Fría mantuvo su cohesión bajo la égida de los Estados Unidos, a pesar de la erosión cada vez mayor de la dominación estadounidense en el tablero imperialista, especialmente al calor de los acontecimientos en Oriente Medio. Los organismos internacionales creados en el periodo anterior (FMI, Banco Mundial, OMC) sobrevivieron y estaban todavía liderados por EEUU, que toleró la existencia de bloques comerciales rivales como la UE a fuerza de necesidad. .

Sin embargo, este nuevo orden también correspondía a una descomposición avanzada de la sociedad capitalista, creando poderosas fuerzas centrífugas que tendían a socavar el Estado y las estructuras interestatales de la clase dominante. La descomposición no solo enfrenta a las naciones en un creciente todos contra todos, sino que además acelera la desintegración de las naciones, empezando por los ''Estados fallidos'' de la periferia mundial que, no obstante, empiezan a difundirse al centro (véase la crisis catalana en España o incluso la deriva independentista escocesa en Gran Bretaña). A nivel político, estas tendencias son terreno abonado para el crecimiento del populismo, una forma de reacción contra los partidos e instituciones vinculados al orden mundial ''neoliberal'' que ha supervisado el aumento masivo de la desigualdad, la ruina de regiones enteras de producción tradicionales y una creciente incapacidad para lidiar con los problemas planteados por la crisis de los refugiados y el reflujo del terrorismo en los centros del capitalismo. Estos últimos acontecimientos han sido en gran medida los resultados indeseados de las guerras imperialistas en Oriente Medio y otros lugares – a su vez producto de los esfuerzos de EEUU por preservar su hegemonía mundial mediante la aplicación de su incuestionable superioridad militar.

A nivel económico, el crecimiento del populismo puede vincularse a la crisis financiera de 2008, que fue la primera señal importante de los límites del nuevo orden mundial económico y su cada vez mayor adicción a la especulación y la deuda. La fragilidad de la ''recuperación'' desde 2008 se puede medir por el hecho de que la mayoría de los remedios adoptados por los Estados capitalistas se han basado, básicamente, en la misma política que llevó a la crisis en primer lugar: rescates, financiados por el Estado, de los centros de especulación globales – los grandes bancos, la impresión de dinero... e incluso una recurrencia todavía mayor a la deuda. Incluso China, que se había presentado como la nueva fábrica del mundo, una región donde la producción real es la base de la economía, se encuentra ahora enfrentada a una crisis de deuda que amenaza sus grandes ambiciones económicas e imperialistas[4].

De este modo, el ascenso del populismo expresa un intento por alejarse del orden ''globalizado'' y retirarse tras las fronteras nacionales, incrementando la combinación de medidas sociales neo-keynesianas con políticas de exclusión atroces. La mayoría de estas políticas son anatema para el sentido común de los portavoces de la globalización, como vimos en la reacción de una larga lista de expertos económicos a los últimos movimientos de la guerra comercial de Trump, recordando las lecciones del fracaso absoluto de políticas similares en los años 30[5].

Ha habido verdaderos contraataques al brote populista por parte de los defensores del viejo orden (la victoria de Macron, las investigaciones contra Trump en EEUU y la respuesta unitaria de Europa a sus tarifas arancelarias, etc.), pero el brote populista continúa creciendo y teniendo cada vez más influencia en la crisis económica y los conflictos imperialistas. Trump ha tenido que retroceder una y otra vez (en lo relativo a Rusia, China, Corea del Norte, los inmigrantes...) pero sus políticas están respaldadas por una sección importante de la clase dominante, que quiere mantener las bajadas de impuestos y los favores a determinadas industrias, así como por una ''base'' que mantiene a bordo en base a sus posiciones en la guerra cultural, pero también mediante sobornos económicos (bonificaciones fiscales, programas sociales, aranceles sobre bienes extranjeros que despiertan las esperanzas de reactivar el empleo en las viejas industrias...).

El informe de junio de la CCI sobre las tensiones imperialistas[6] enfatiza la necesidad de no subestimar el método subyacente en la locura de Trump, cuyo objetivo es imponer una situación en la que EEUU estaría en el centro mismo del ''cada uno a la suya'', pero incluyendo una red de tratos y acuerdos bilaterales orientados a disolver determinadas alianzas hoy existentes. Yanis Varoufakis, el ex-economista de Syriza que ahora se dedica a emplear lo que conoce de Marx para difundir medidas con las que salvar el capitalismo, proporciona cierto respaldo a este análisis en un artículo reciente de The Guardian: ''Armado con el exorbitante privilegio que le proporciona tener el control de las imprentas del dólar, Trump echa entonces un vistazo a los flujos comerciales con el resto del G7 y llega a una conclusión inevitable: no puede, por nada del mundo, perder una guerra comercial contra países que tienen superávits tan altos con EEUU (es decir, Alemania, Italia, China), o contra países (como Canadá) que cogerán una neumonía cuando la economía americana coja un resfriado común''[7].

Además, la capacidad de Trump para sobrevivir e implantar sus métodos está dando alas a las perspectivas populistas en todas partes, sobre todo en Europa: Gran Bretaña, Hungría, República Checa, Polonia, Austria, Alemania, y ahora Italia. El nuevo régimen en Italia representa principalmente una amenaza para el euro y la Unión Europea misma. Italia puede instrumentalizar su enorme deuda para chantajear a una UE que no puede permitir el fracaso de su economía, mientras que su salida de la Unión supondría para ella un gran desastre. Al mismo tiempo, al ser el principal puerto de desembarco de los refugiados, su actitud actual ante esta cuestión amenaza con socavar cualquier respuesta unitaria a la crisis migratoria[8].

Esto no significa que las advertencias de los ''expertos'', sobre los peligros inherentes al retorno al proteccionismo, sean infundados. El populismo es, al menos en parte, un producto de la crisis económica, pero sus propias políticas no harán sino profundizarla – los beneficios que puede traer el proteccionismo a corto plazo a esta u otra economía nacional tendrán efectos destructivos a largo plazo en el plano internacional. Sin embargo, los ''globalistas'' tampoco pueden crear un verdadero orden mundial, desde el momento mismo en que el capitalismo está irrevocablemente atado a la competencia entre unidades nacionales organizadas en torno al Estado burgués. La necesidad del comunismo, de una comunidad humana mundial sin fronteras ni Estados, es subrayada continuamente por la presente crisis internacional, incluso cuando el proletariado mismo, el portador de la perspectiva comunista, parece estar muy lejos de asumir esa perspectiva.

Amos 8/9/18

[1]https://www.wsj.com/articles/trump-says-hes-preparing-tariffs-on-further-267-billion-in-chinese-imports-1536340041

[2]Cuaderno IV, capítulo sobre el Capital

[4]Ver el artículo del Financial Times ''La amenaza de la deuda china: hora de frenar el auge de los préstamos'': https://www.ft.com/content/0c7ecae2-8cfb-11e8-bb8f-a6a2f7bca546%C2%A0
Sobre las ambiciones de China, ver nuestro nuevo artículo ''La ruta china de la seda hacia la dominaición imperialista'' http://es.internationalism.org/content/4366/la-ruta-china-de-la-seda-hacia-la-dominacion-imperialista

[7]https://www.theguardian.com/commentisfree/2018/jun/11/trump-world-order-who-will-stop-him por supuesto, a Trump no le alcanza la vista muy lejos. Otro artículo del Guardian, del escritor de economía Larry Elliot, profundiza en algunos de los efectos a largo plazo de los aranceles sobre el mercado global y sobre la economía de los mismos EEUU: https://www.theguardian.com/business/2018/jul/01/trump-will-soon-find-that-winning-a-trade-war-is-not-that-easy

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