Energía nuclear, capitalismo y comunismo (I): el hombre y la naturaleza

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Publicamos el primero de una serie de artículo consagrados al análisis de la cuestión de la energía y la relación hombre - naturaleza

La magnitud de la catástrofe que tiene lugar en Fukushima (Japón) pone de manifiesto, una vez más, cómo el sistema capitalista está perpetrando una auténtica explotación predadora de la naturaleza. Es verdad que la especie humana siempre ha tenido que transformar la naturaleza en aras de su propia supervivencia. Pero la situación a la que ha abocado la evolución del capitalismo va mucho más allá, puesto que este sistema no produce para la satisfacción de las necesidades humanas y sí para la obtención de beneficios. Y está dispuesto a todo para conseguirlos. Puede deducirse de ello que, dejado a su propia lógica, este sistema acabará por destruir el planeta.

En esta nueva serie que ahora iniciamos vamos a analizar aunque sea brevemente la evolución de las relaciones que históricamente han mantenido el hombre y la naturaleza. Podremos entender mejor así los peligros a los que hoy nos enfrentamos, pero también las posibilidades energéticas que podrían estar a disposición de la humanidad en la sociedad futura, el comunismo.

El desastre del reactor nuclear de Fukushima el pasado mes de marzo ha reabierto el debate sobre el papel de las centrales nucleares para cubrir las exigencias energéticas del mundo. Muchos países, entre los que se incluye China, han decidido la revisión e incluso la suspensión temporal de sus programas de construcción de nuevas centrales nucleares. Otros, como Suiza y Alemania, van más lejos y anuncian su intención de renunciar a la energía nuclear. Este último país va a clausurar durante este mismo año 8 de sus 17 centrales nucleares, y pretende que todas estén cerradas en el 2022 siendo sustituidas por fuentes de energías renovables. Esto les ha valido duras críticas por parte de la industria nuclear y de grandes consumidores de energía que alertan de posibles problemas de suministro, así como de importantes subidas de precios. Pero en los últimos años asistíamos, en cambio, a un renacimiento de la construcción de centrales nucleares. De hecho hay 60 de ellas ya en marcha, y otras 493 más, están planificadas o propuestas, según informa el grupo industrial World Nuclear Association1. En Gran Bretaña ha surgido un debate sobre los riesgos y beneficios de la energía nuclear comparados con las energías verdes y renovables. Hasta un veterano ecologista, George Monbiot, ha anunciado su "conversión" a la energía atómica como única vía para evitar el calentamiento global del planeta2, criticando a sus antiguos colegas de movimiento antinuclear que carezcan de rigor científico cuando enjuician los riesgos de la energía nuclear3.

En realidad el problema nuclear no puede verse como una cuestión meramente técnica o una simple ecuación cuyas variables serían los costes y beneficios de la energía atómica, de las energías fósiles o de las renovables. Hay que dejar de lado estos planteamientos inmediatos y dotarse, en cambio, de una visión de conjunto sobre la cuestión de la utilización de la energía durante la evolución de la sociedad humana y de los sucesivos modos de producción. Es lo que vamos a intentar hacer a continuación aunque sea en forma de breve esbozo.

La utilización de la energía y el desarrollo humano

La historia de la humanidad y de los sucesivos modos de producción es también la historia de la energía. Las primeras sociedades de cazadores-recolectores vivían principalmente de la energía humana, y de la procedente de los animales y vegetales que iban encontrando en la naturaleza. Había pues muy poca intervención por parte del hombre. Es cierto que, para algunos usos, se empleaba por ejemplo el fuego para deforestar y obtener así terrenos que cultivar, o para abatir árboles y conseguir madera,... Pero habrá que esperar hasta el neolítico y el desarrollo de la agricultura para que se produzca un cambio fundamental en la utilización de la energía por parte de la humanidad, y en la relación de ésta con la naturaleza. Entonces el trabajo pasa a organizarse sistemáticamente para transformar la tierra, despejando bosques y construyendo cercados para guardar a los animales domésticos. Estos, además, empezaron a ser utilizados para la propia agricultura y por tanto integrados en procesos productivos, como por ejemplo moler granos. El fuego se utilizaba no solo para calentarse o para cocinar, sino también en procedimientos industriales como la alfarería o la fundición de metales. También se desarrolla el comercio y los viajes aprovechando la fuerza animal pero también la fuerza del viento que permite adentrase en los océanos.

La llamada revolución neolítica permitió transformar la sociedad humana. El aumento consecuente de los recursos para alimentarse derivó en un incremento significativo de la población, y en una mayor complejidad de la sociedad, de forma que una parte de ella pudo distanciarse de las tareas directamente vinculadas a la producción de alimentos, dedicándose a roles más especializados ligados a las nuevas técnicas de producción. Algunos quedaron también liberados de tareas productivas para especializarse en cambio en tareas militares o religiosas. Fue así como el comunismo primitivo de las sociedades de cazadores-recolectores se transformó en sociedades de clase con élites militares y religiosas mantenidas por el trabajo de los demás.

Los logros alcanzados por estas sociedades en la agricultura, la arquitectura y la religión requerían el uso concentrado y organizado de trabajo humano. En las primeras civilizaciones esto se consiguió sobre todo vía una coerción masiva como fue la esclavitud. El aprovechamiento, mediante el uso de la fuerza, de la energía de una clase sojuzgada permitió que una minoría quedase liberada de la obligación de trabajar, y viviese en unas condiciones que requerían una movilización de recursos inalcanzable para un individuo solo. Pongamos un ejemplo: una de las glorias de la civilización romana fue el sistema de calefacción de las villas mediante la circulación de aire caliente por debajo de los suelos y por el interior de las paredes, lo que no volvió a verse en siglos posteriores en los que hasta los reyes vivían en alojamientos tan fríos que se decía que incluso el agua y el vino se helaban en las mesas durante el invierno4. Estos sistemas de calefacción habían sido construidos y eran mantenidos por esclavos que empleaban grandes cantidades de madera y carbón. Es decir que el calor que gozaba la clase dominante provenía de la apropiación de las energías humana y natural.

La relación entre la humanidad y la naturaleza

El desarrollo de las fuerzas productivas y de las sociedades de clases - tanto consecuencia como estímulo para éstas -, cambió la relación entre el hombre y la naturaleza como cambió la relación entre las personas. Las sociedades de cazadores-recolectores vivían inmersas en la naturaleza y dominadas por ella. La revolución que supuso la agricultura impulsó el control de la naturaleza mediante los cultivos y la domesticación de los animales, la tala de bosques, la mejoría del rendimiento del suelo mediante el uso de fertilizantes naturales y el control del agua en los riegos.

El trabajo humano y el del mundo natural se convirtieron así en recursos a explotar, y también en amenazas a dominar. Resultó pues que los Hombres - explotados y explotadores - se separaron de la naturaleza y también entre ellos mismos. A mediados del siglo XIX, Marx mostró la inter-relación íntima que existe entre el género humano y la naturaleza, que él vio como la "vida de las especies": «Físicamente el hombre vive solo de estos productos naturales, aparezcan en forma de alimentación, calefacción, vestido, vivienda, etc. La universalidad del hombre aparece en la práctica justamente en la universalidad que hace de la naturaleza toda su cuerpo inorgánico, tanto por ser (1) un medio de subsistencia inmediato, como por ser (2) la materia, el objeto y el instrumento de su actividad vital. La naturaleza es el cuerpo inorgánico del hombre; la naturaleza en cuanto ella misma, no es cuerpo humano. Que el hombre vive de la naturaleza quiere decir que la natu­raleza es su cuerpo, con el cual ha de mantenerse en proceso continuo para no morir. Que la vida física y espiritual del hombre está ligada con la naturaleza no tiene otro sentido que el de que la naturaleza está ligada consigo misma, pues el hombre es una parte de la naturaleza.»5 El capitalismo, el trabajo asalariado y la propiedad privada destroza todo esto convirtiendo el producto del trabajo obrero en "una potencia autónoma frente a él mismo", y a la naturaleza en algo que «se le opone, que le es hostil y extraña.»6

La alienación, que Marx definía como una característica del capitalismo que la clase obrera sufría de forma extrema, surgió en realidad con la aparición de las sociedades divididas en clases, pero se aceleró con la transición hacia el capitalismo. Aunque es cierto que es toda la humanidad la que sufre esta alienación, sus estragos y su impacto no es la misma si se trata de la clase explotadora o la clase explotada. La primera, como clase que domina la sociedad, atiza la alienación puesto que alienta el proceso de la explotación y, en cambio, sufre muy poco lo que ella misma provoca, aunque no escape totalmente a sus consecuencias. En cambio la segunda sufre los efectos de la alienación en su vida cotidiana como una pérdida de control sobre lo que hace y sobre lo que es, pero también absorbe la forma ideológica que toma la alienación y la reproduce, en parte, en sus relaciones humanas y en sus relaciones con el mundo natural.

Después de que Marx lo describiera, este proceso ha continuado. En el siglo pasado la humanidad alienada se ha masacrado en dos guerras mundiales, y ha asistido a esfuerzos sistemáticos para aniquilar a partes enteras de ella misma en el holocausto de la Segunda Guerra mundial, o en los episodios de "limpieza étnica" que han tenido lugar en los últimos veinte años. Y también ha visto la explotación y la destrucción de la naturaleza hasta un extremo que amenaza hoy con extinguir definitivamente cualquier vestigio de vida y del mundo natural. Pero no es la humanidad, así en abstracto, la causante de este desastre que se cierne sobre el planeta, sino una forma particular de la sociedad de clases: el capitalismo. Tampoco tienen idéntica responsabilidad todas las personas que viven en esta sociedad. Explotadores y explotados, burguesía y proletariado no tienen el mismo poder. Es el capitalismo y la clase burguesa que ha creado este mundo los responsables de este desastre. Esto puede molestar a todos aquellos que quieren meternos a todos en el mismo saco, invocando el famoso "bien común", pero la historia ha demostrado que nuestra conclusión es correcta.

North (19 Junio)

1) Financial Times, 6 de Junio de 2011, "Nuclear power: atomised approach".(Energía nuclear: un enfoque atomizado)

2) Guardian, 22 de Junio de 2011, "Why Fukushima made me stop worrying and love nuclear power".(¿Por qué Fukushima ha hecho que me dejara de preocupar y que ahora ame la energía nuclear?)

3) Guardian , Abril de 2011, "The unpalatable truth is that the anti-nuclear lobby has misled us all". ("La dura verdad es que el lobby anti-nuclear nos ha engañado a todos")

4) Fernand Braudel, Civilisation and Capitalism 15th - 18th Century, Volume one: The Structures of Everyday Life, p.299. William Collins Sons and Co. Ltd, London.

5) Marx, Manuscritos Economía y Filosofía , p. 110-111, El trabajo enajenado. Alianza Editorial. Madrid 1989.

6) Ibid.