Jornadas anticapitalistas: la lucha contra el capitalismo es una lucha de clase

Versión para impresiónEnviar por email

En el mes de noviembre y en varios días y locales se han celebrado en Valencia unas Jornadas Anti-Capitalistas convocadas por medios anarquistas.

Las jornadas se planteaban como una herramienta para recuperar la memoria histórica de la lucha contra el capitalismo principalmente centrada en las “luchas anti-capitalistas de los años 70”. Las charlas versaban sobre la actividad del MIL (Movimiento Ibérico de Liberación, el grupo al que perteneció Salvador Puig Antich), el GARI (grupo hispano – francés con ciertas afinidades con el MIL) y una charla final sobre las luchas obreras en España durante los años 70.

Este enfoque es evidentemente muy atractivo y por eso la asistencia, esencialmente constituida por jóvenes, fue bastante masiva. Como hemos expuesto en diferentes artículos[1], actualmente esta emergiendo una nueva generación de la clase obrera que por una parte reflexiona profundamente sobre el mundo en que vivimos y el futuro cada vez más negro que nos depara y, por otra, empieza a entrar en lucha como se vio en el movimiento de los estudiante que sacudió Francia en la primavera del 2006 o en Vigo en España (mayo 2006). En contra de los tópicos estúpidos que propagan sociólogos y otros “pensadores” sobre una juventud supuestamente “alienada” que solo piensa en el botellón, una franja creciente de jóvenes obreros busca respuestas a preguntas tales como ¿qué perspectiva nos ofrece la sociedad actual? ¿cómo luchar contra ella? ¿qué alternativas podemos oponerle? ¿quién puede encabezar esa lucha?...

Estos elementos jóvenes no se plantean empezar la lucha desde cero sino que tienen mucho interés en conocer cómo lucharon sus padres y sus abuelos. Por eso cuando se convocan charlas o debates sobre las experiencias de los años 70 un número significativo de jóvenes acuden a ellas.

En las Jornadas la pregunta que más flotaba en el ambiente era: ¿cómo luchar realmente, con fuerza y eficacia, contra el capitalismo?.

Nuestra aportación a esa pregunta se centró en plantear que sólo la lucha del proletariado puede desarrollar una fuerza colectiva capaz de destruir el capitalismo.

Esta defensa no se basa en no se sabe qué amor metafísico por el proletariado. En el libro La Sagrada Familia, Marx razona los fundamentos de su confianza en esa capacidad histórica del proletariado: «No vemos a los proletarios como dioses. ¡Todo lo contrario! El proletariado puede y debe necesariamente emanciparse a sí mismo, porque en él se ha consumado prácticamente la abstracción de toda humanidad, incluso de toda apariencia de humanidad, porque en las condiciones de vida del proletariado cobran su expresión más inhumana todas las condiciones de vida de la actual sociedad, porque el hombre en su seno se ha perdido a sí mismo, pero conquistando al mismo tiempo, no sólo la conciencia teórica de esta pérdida, sino también directamente, por imperio de una necesidad absolutamente coercitiva, imposible de esquivar, el deber y la decisión de alzarse contra esa situación inhumana. Pero el proletariado no puede emanciparse sin superar sus propias condiciones de vida. Y no puede superar sus propias condiciones de vida, sin superar al mismo tiempo, todas las condiciones inhumanas de vida de la sociedad que se cifran y compendian en su situación (…) El proletariado no hace más que ejecutar la sentencia que la propiedad privada decreta contra sí misma al engendrar el proletariado, como ejecuta también la que el trabajo asalariado decreta contra sí mismo al engendrar la riqueza ajena y la miseria propia».

Pero la lucha del proletariado no es un movimiento del pasado que hoy estaría superado como nos predican toda clase de “modernistas”. En los debates se puso en evidencia, por ejemplo, que el MIL –un grupo que existió al principio de los años 70- trató de desarrollar su actividad en relación con las múltiples luchas que emergiendo de la iniciativa autónoma de los propios obreros levantaban asambleas, salían a la calle, desafiando con una estimulante vitalidad la bota represiva del franquismo. El MIL trató de comprender las bases teóricas engendradas por la lucha del proletariado publicando en condiciones de censura y clandestinidad textos inéditos del movimiento obrero, por ejemplo de Pannehoek y otros militantes de la Izquierda Comunista.

Pero tampoco se trata de mirar con nostalgia aquellas luchas de los años 70 pensando que todo eso fue bonito mientras duró. Desde 2003 el proletariado, especialmente a través del compromiso en el combate y en el esfuerzo de toma de conciencia de una nueva generación, se está empezando a recuperar de pasados retrocesos y comienza a protagonizar luchas muy prometedoras de las cuales un exponente son las ya citadas de Francia o Vigo pero también –y por limitarse a lo más reciente- movimientos masivos en Bangla Desh, en Dubai, en el propio Irán de los bárbaros ayatollahs etc[2].

Frente a esta dinámica que nadie pretende glorificar ni considerar como infalible, se ofrecieron dos alternativas:

Una de ellas es la de los grupos autónomos. Se trata de que grupos de individuos que comparten posiciones más o menos afines para llevar una acción fuera de partidos y de sindicatos[3].

Estas propuestas se basan en una justificada desconfianza hacia los partidos burgueses y los sindicatos. En particular, temen que una organización grande acabe en la burocracia y en una defensa de políticas burguesas. Sin embargo, grupos pequeños, basados en la afinidad, no son tampoco ninguna solución. La ideología burguesa penetra sobre todos los individuos de la sociedad. Lo que puede proporcionar unos anticuerpos contra esa penetración es organizarse en grupos que se basen en las lecciones de la experiencia histórica y mundial de más de dos siglos de lucha del proletariado y que busquen organizarse a una escala unitaria e internacional que permitan que cada compañero y cada grupo local estén respaldados por esa fuerza colectiva.

La otra alternativa es la de la propaganda por el hecho. Se trataría de “despertar a la mayoría pasiva y aburguesada” mediante acciones ejemplares que alteraran el orden establecido. Lo que no comprende esta postura es, en primer lugar, que quién más altera el orden establecido provocando un caos cada vez más incontrolable es el propio capitalismo, las propias luchas internas entre fracciones de la burguesía. Para muestras bastaría recordar el caos que ha montado la invasión americana de Irak. El caos no “despierta a las masas” sino que las llena de temor, las empuja a la atomización y el sálvese quien pueda. Pero, en segundo lugar, las masas se tienen que liberar a si mismas, se tienen que educar a sí mismas, y todo esto lo hacen mediante la lucha común y la discusión lo más abierta posible. Las masas no necesitan grupos minoritarios que las “despierten” porque como decía la AIT «La emancipación de los trabajadores debe ser obra de los propios trabajadores».

No se trata de negar la iniciativa y el esfuerzo de reflexión de individuos comprometidos –incluso aunque pertenezcan a otras capas sociales no proletarias-, de lo que se trata es de comprender que su reflexión, su iniciativa, su compromiso, adquirirán todo su sentido, toda su fuerza creadora, sí se inscriben en el proceso de desarrollo, de debate, de crítica, del movimiento independiente del proletariado y contribuyen activamente a su autonomía frente al Estado burgués, sus partidos y sindicatos y todas las ideologías que segregan.

La voluntad de debate de algunos “anti-autoritarios”

Como hemos dicho al principio, la última charla (que debería haberse seguido de un debate) sobre “El movimiento obrero asambleario en los años 70”, a cargo de Miguel Amorós[4]

Acudimos con la intención de poder llevar un debate sobre la experiencia de las huelgas masivas de estos años, sobre todo para que los jóvenes puedan sacar lecciones para las luchas actuales; estimulados por la experiencia de la discusión en unas «jornadas sobre la autonomía obrera de Barcelona»[5].

En su presentación, Amorós hizo un repaso exhaustivo, marcado por un cierto tono nostálgico, de las huelgas más emblemáticas de los años 70, sin entrar en una valoración del movimiento internacional de recuperación de la lucha proletaria tras 50 años de contrarrevolución en las que se inscribieron, para llegar fundamentalmente a la conclusión  de que «la clase obrera ya no es lo que era» y de que en España no se llegó a una insurrección «porque no se tomaron las armas».

En una primera parte de nuestra intervención, argumentamos que las luchas en España formaban parte de una dinámica internacional de luchas desde la reanudación de la crisis tras la 2ª guerra mundial, que debutó con la huelga de masas de 10 millones de personas en Francia en Mayo de 1968; también defendimos que, aunque la dinámica de este primer asalto de la lucha de clases se había agotado, no ha habido sin embargo una derrota de la clase obrera.

Hasta aquí todo bien. Amorós respondió, con una lógica de Perogrullo  que, puesto que la clase obrera no había ganado (no había hecho una revolución), había perdido, y por eso hablaba de derrota. Insistió por otra parte, en que la clase obrera actualmente era “consumista”, y no era solidaria ni combativa.

Nosotros planteamos que una derrota significa un aplastamiento del proletariado, de sus potencialidades revolucionarias, como la derrota de la oleada revolucionaria de 1917-26, que significó igualmente una ruptura generacional entre la generación que hizo la revolución en Rusia, Alemania, etc. y la generación del 68; mientras que ahora, en la sala había jóvenes que querían y podían discutir y sacar las lecciones de las luchas de los años 70 conjuntamente con los más mayores que vivieron esas luchas. Defendimos también que actualmente había luchas en las que se desarrollaba una dinámica de asambleas masivas y de búsqueda de la solidaridad, como la huelga del metal de Vigo, o la de los estudiantes en Francia contra el CPE. Finalmente intentamos (no nos dejaron) argumentar que también antes del estallido de luchas masivas del 68 y los 70 se decía que la clase obrera era consumista, o estaba “integrada”… En este punto, en el que comenzaban a aparecer claramente divergencias, Amorós no dejó que nuestros compañeros argumentaran porque no estaban de acuerdo con lo que él decía; espetando a un compañero “argumentos” del tipo: «A ti te tengo calado», o «como vengáis aquí a tocarme los cojones me lío a hostias».

Esto fue la señal para que, uno de los elementos presentes en la sala, seguidor habitual de Amorós, se lanzara en plan bulldog a recriminar a nuestros compañeros que fueran de una organización política[6] (razón por la cual, según parece, perderían cualquier derecho a hablar), a defender que “la charla la habían organizado ellos” y que si queríamos hablar, que organizáramos nuestras reuniones; y en nombre de la “lucha contra el democratismo”, a lanzar amenazas de que, en cuanto dijéramos algo que no les gustara, nos echaban. Una señora que dijo que era emigrante, trató de defender la necesidad de la discusión y se le respondió igualmente a cajas destempladas.

El ramalazo autoritario fue tan lejos, que hasta Amorós tuvo que hacerle desde la mesa señales a este elemento para que se callara; incluso otra persona –partidario de Amorós- intervino para aclarar que “el medio anarquista tiene que estar abierto  a la discusión”

Nuestros compañeros no cayeron en la provocación, aguantaron el chaparrón y continuaron insistiendo en la necesidad de debatir sobre la experiencia de las luchas de los 70 y la situación acrual; Por esto, y sobre todo porque los asistentes no se dejaron arrastrar al ambiente verdaderamente progromista que se intentó desencadenar contra nuestros compañeros, fue por lo único que no se les pudo expulsar.

A pesar de esto,  las ráfagas de ataques, insultos e insinuaciones, se desencadenó hasta 3 veces. Eso sirvió para bloquear completamente cualquier posibilidad de debate sobre el sujeto de la charla, de donde se deduce que para estos señores, el sentido de estas charlas está bien claro: “o se dice lo que me interesa, o más vale que no se diga nada”.

La necesidad de la Cultura del Debate

El debate, la clarificación de posiciones, y la construcción de la solidaridad, son fundamentales para que las diferentes generaciones puedan converger en la lucha por el desarrollo de luchas de masas. Lo que se siembra ahora con la reflexión y la discusión, se va a concretar en cómo se organizan las luchas, cómo hay que hacer para extenderlas, etc.

Ese debate es imposible sin una confrontación de posiciones, sin que se opongan diferentes modos de ver las luchas y sus lecciones. Y eso es imposible sin que se pongan las condiciones de un ambiente solidario y abierto a la discusión.

En el medio anarquista, por su propia naturaleza, pululan elementos muy diferentes, y desde luego no todos son (ni se parecen siquiera) a estos “antiautoritarios”; como lo prueban las jornadas sobre la autonomía de Barcelona, donde fue posible un debate entre elementos con distintas posiciones, donde cada cual pudo expresar si amenazas sus posiciones y oponerlas a las de los demás en un ambiente fraternal.

Esto no tiene nada que ver con el “democratismo”, según el cual, de acuerdo con el esquema parlamentario, cada grupo, en “representación” de sus seguidores, expone sus posiciones en una sucesión de discursos tediosos y absurdos que no cambia nada (lo que se parece como dos gotas de agua a la idea que nuestros “antiautoritarios” tienen de un debate); sino con la discusión abierta en las asambleas y en las reuniones obreras de siempre, donde cada uno dice lo que piensa, aporta lo que puede, y las posiciones se confrontan y se reflexionan, hasta llegar a una clarificación.

Corriente Comunista Internacional 3-12-06


[1] Ver en particular las Tesis sobre el movimiento de los estudiantes en Francia en la Revista Internacional nº 125: rint/2006/125_tesis

[2] Se pueden ver nuestra publicaciones más recientes donde damos cuenta de estos movimientos: es.internationalism.org 

[3] En un texto de 1885, la Revista Social (Barcelona) preconizaba que «los comunistas anárquicos no aceptan más que la organización de grupos y no tienen organizadas secciones de oficios, federaciones locales ni comarcales (…) La constitución de grupos aislados, tan completamente aislados como sus individuos, que muchas veces no estando conformes con la opinión de la mayoría, se retiran de un grupo para constituir otro»

[4] Con quien hemos polemizado en nuestra prensa (ver: ap/2006/189_primavera), aunque por el momento no nos ha dado respuesta

[6] Nunca hemos ocultado nuestra militancia. Concretamente somos bien conocidos en el centro en el que se dio la charla, donde hemos acudido otras veces a discutir y a dejar publicaciones