INTRODUCCIÓN A LOS “TEXTOS ESCOGIDOS DE LA REVISTA “BILAN”
En los números 4 y 6 de la Revista Internacional[1] publicamos una primera serie de artículos de “Bilan” (Balance) que empieza con la caída del régimen de Primo de Rivera y de la monarquía y que acaba con los acontecimientos de 1936. En esos artículos-análisis, “Bilan” se esforzaba en demostrar que la caída de la monarquía era resultado de su anacronismo; que el monárquico era un sistema absolutamente inadecuado para enfrentarse a las dificultades del capitalismo español de entonces; dificultades que eran una expresión más de la crisis general del capitalismo mundial y que por tanto, para analizar la situación en España, para comprender su evolución, había que partir de ese contexto histórico. El planteamiento de la Izquierda Comunista, con la Fracción Italiana a su cabeza, se oponía radicalmente al de Trotski y al de otros grupos, productos de la degeneración de la I.C. Estos basaban sus análisis sobre todo en las particularidades de España, lo que les llevaba a toda clase de aberraciones; concretamente, a ver en el advenimiento de la República el triunfo de una especie de Revolución democrático-burguesa “progresista” que finiquitaba con el antiguo “orden feudal” español. Claro que “Bilan” no ignoraba el atraso del capitalismo español; al contrario, insistía sobre este hecho pero rechazaba enérgicamente lo absurdo que era decir que dicho retraso feudal engendraría una revolución democrático-burguesa y todo lo que eso implica. De manera general, “Bilan” rechazó categóricamente toda idea de revolución democrático-burguesa en el período histórico presente de declive del capitalismo, en el que la única alternativa que se presenta a la sociedad es la de: Revolución proletaria o guerra imperialista, socialismo o barbarie (decadencia)[2].
Esos grupos de izquierda, aunque en su mayoría no se referían a una “revolución antifeudal”, se empeñaban en ver en los acontecimientos de España un movimiento que fortalecería continuamente a la clase obrera y obligaría a la burguesía a recular. Así fue como interpretaron el reforzamiento de la República y el de los partidos de “izquierda” que estaban en ella. El desarrollo de la “democracia” era comprendido como la manifestación del avance del proletariado, como el reforzamiento de sus posiciones de clase. El afianzamiento del Estado “democrático” y de su aparato, a pesar de su carácter muy represivo, era percibido como una manifestación de la debilidad de la burguesía, sinónimo a la vez de reforzamiento del proletariado y condición de su avance posterior.
La interpretación de “Bilan” era diametralmente opuesta. “Bilan” veía en esa República democrática la implantación de una estructura estatal mejor adaptada para desviar a la clase obrera de su terreno de clase, desmovilizarla políticamente e incluso aplastarla físicamente. En efecto, el capitalismo mundial -del que el español era parte integrante- iba avanzando a toda prisa hacia la única salida de su crisis mundial: la guerra imperialista.
Por otra parte, el capitalismo había logrado dominar y detener totalmente la única alternativa a la guerra capaz de obstaculizar su desencadenamiento: la lucha de clase del proletariado. A causa de las múltiples derrotas sufridas, del triunfo en algunos países del estalinismo, del fascismo, del hitlerismo, de los frentes populares,…, la clase obrera de los principales países se encontraba profundamente desmoralizada e impotente.
Tan solo en la zona ibérica el proletariado conservaba aún un enorme potencial de combatividad que se había hecho insoportable para el capitalismo; y éste, no sólo tenía que aplastarlo sino que además debía utilizar la feroz sangría de los obreros españoles para crear el ambiente necesario para que los proletarios de todos los países del mundo se “adhieran” a la matanza imperialista.
Este es el significado y la obra de la República democrática y del triunfo del Frente Popular en España. Tal diferencia en el análisis y en las perspectivas aislaba cada día más a la Fracción Italiana de los demás grupos que sobrevivieron a la degeneración de la IC. Los esfuerzos de “Bilan”, sus apasionadas advertencias contra los peligros y la catástrofe inminente que se estaba preparando para el proletariado en España quedaban sin eco; y “Bilan” sólo podía mirar con tristeza la ceguera de esos grupos, los graduales errores que los harían víctimas y cómplices de la matanza llamada “anti-fascista” que iba a desencadenarse por toda España.
El desarrollo de los acontecimientos no tardará en confirmar la definitiva involución de esos grupos. Ninguno de ellos tendrá la fuerza necesaria para evitar ser engullido por el engranaje de la guerra imperialista, puesta en marcha por el levantamiento del ejército bajo el mando de Franco. La magnífica y espontánea respuesta del proletariado que, mientras se mantuvo en su terreno de clase, acabó rápidamente con el ejército en los principales centros obreros, pronto quedó disuelta por una maniobra envolvente del Estado Republicano. Todas las fuerzas políticas organizadas que actúan en el seno de la clase y a la vez contra ella: PC, PS, anarquistas, sindicatos UGT y CNT, se emplearán a fondo para arrancar de las manos de los obreros la victoria obtenida contra el ejército; transformando esta victoria de clase en una defensa de la democracia, del Estado republicano y del orden capitalista. Los límites de clase serán difuminados, las fronteras de clase eclipsadas. La lucha de clases -proletariado contra capitalismo- será sustituida por la lucha contra el fascismo, cuya única alternativa es la democracia, la “Unión de todas las fuerzas democráticas” -plataforma clásica de la dominación capitalista-. Es el “ensayo general” de lo que va a servir perfectamente de Plataforma, banderín de enganche y de mistificación para la movilización en la II Guerra Mundial imperialista: democracia contra fascismo.
Así se cerraba la argolla, confirmando trágicamente la tesis de “Bilan” sobre la naturaleza y la función de la democracia en general y en España en particular: la democracia, lejos de ser un signo de afianzamiento del proletariado y lejos de constituir un trampolín para nuevas conquistas de la clase obrera, como pretendían los diferentes grupos de izquierda, era al contrario el signo de su desbandada y la condición de nuevas derrotas, que la llevarían finalmente a la guerra imperialista. Tales acontecimientos no sólo confirmaban la tesis de “Bilan” sino que esta tesis revolucionaria le permitió permanecer fiel a sí mismo; es decir, fiel a los principios revolucionarios de la clase, y no dejarse arrastrar en el cenagal nauseabundo de la guerra imperialista “antifascista”. Y esto es un gran mérito y un honor para todo grupo que se declara revolucionario.
Muy distinta era la situación de la mayoría de los demás grupos de izquierda e incluso comunistas. Tal es el caso, sin hablar de gentuza como los socialistas de izquierda estilo Pivert y compañía, del conjunto de los grupos de la oposición trotskista, del POUM, de los sindicatos revolucionarios e incluso de grupos como la Unión Comunista en Francia y el Grupo Internacionalista de Bélgica, que se hundieron miserablemente en el lodazal antifascista de la guerra en España.
Unos con entusiasmo y otros a regañadientes y heridos en su fuero interno, todos estaban atrapados en la red antifascista tejida por sus propias manos, y entre cuyos hilos se debatían de manera lamentable. Los grupos más radicales, que solían denunciar al Frente Popular y la participación en el Gobierno republicano, pensaban sin embargo que la participación en la guerra contra Franco era indispensable ya que, para ellos, la victoria militar contra el fascismo era la condición del avance de la Revolución. Y se esforzaban en aunar una guerra “exterior”, la de los frentes contra Franco, con una lucha de clase, contra el Gobierno republicano burgués, en el interior.
En el número 6 de nuestra Revista Internacional reproducimos una serie de artículos en los que “Bilan” destroza todo ese tejido hecho con ergotismos y sofismas que no tenían otra consecuencia que la de justificar, por encima de todo, la participación en la guerra imperialista, camuflada como antifascismo proletario, para el bien de la causa. La guerra de España desemboca directamente en la segunda guerra mundial. Los grupos radicales, caídos en su propia trampa, no tuvieron más remedio que desmenbrarse y desaparecer; en cuanto a los demás, como los trotskistas, acabaron pasándose definitivamente, con armas y equipos, al campo del enemigo de clase y participaron plenamente en la guerra imperialista generalizada.
Los acontecimientos de España daban a los revolucionarios otra lección capital: un grupo proletario no mete impunemente los dedos en el engranaje capitalista sin que en un momento dado, en esos bruscos cambios que conoce la historia, acabe arrastrado irremediablemente por él y destrozado sin piedad. Si bien la clase obrera, engañada y aplastada, vuelve a resurgir siempre, porque fue y sigue siendo el sujeto de la historia, no pasa igual con sus organizaciones revolucionarias, que no son sino organismos e instrumentos de la clase. Atrapadas éstas en los mecanismos del enemigo están definitivamente perdidas y destruidas para el proletariado; en ese momento, la clase no tendrá más opción que segregar otras nuevas. Las organizaciones revolucionarias están siempre expuestas a ser corrompidas o devoradas por el enemigo de clase. No existe ninguna garantía absoluta contra esos peligros. Únicamente la fidelidad a los principios y la vigilancia política constante ofrecen a la organización revolucionaria alguna seguridad contra la penetración corruptora de la ideología del enemigo de clase dentro de sus filas. Y aún así, no es siempre seguro.
En el número seis de nuestra Revista Internacional, acabamos la serie de artículos de “Bilan” con el titulado: “El aislamiento de nuestra fracción ante los acontecimientos de España”. “Bilan” escribe en él: “Nuestro aislamiento no es fortuito: es la consecuencia de una victoria profunda del capitalismo mundial, que ha logrado gangrenar hasta los grupos de la Izquierda Comunista.” La Fracción Italiana, al haber acabado los demás grupos completamente gangrenados por el capitalismo mundial, no sólo se encontrará aislada sino que además, y a pesar de toda su vigilancia, ella tampoco logrará escapar por completo a la presión capitalista y, a su vez, será verá infectada por esa misma gangrena. El mal se manifestará, dentro de sus filas, con la aparición de una minoría que propugnará el apoyo a la guerra "antifascista de España".
Es bien sabido que declarada la I Guerra Mundial gran parte de la Sección parisina del Partido Bolchevique se pronunció a favor de la guerra “defensiva” de los aliados “democráticos” contra el militarismo imperialista prusiano.
Con la minoría de la Fracción Italiana se verifica una vez más la ausencia de inmunidad absoluta contra la infección capitalista en el cuerpo de los revolucionarios y también -fue lo que pasó con el Partido Bolchevique- que la buena salud general de la organización pudo acabar con esa gangrena sin demasiadas pérdidas.
Hemos considerado imprescindible publicar todos los textos y declaraciones, tanto los de la minoría como los de la mayoría, que se refieren a los debates y a la crisis que tuvieron lugar en la Fracción Italiana de la Izquierda Comunista. Y eso por varias razones: Primero, el no haberlo hecho hubiera sido faltar al deber más elemental de información revolucionaria. La lectura de esos textos es altamente edificante y da una idea de la dimensión, del contenido y del alcance de estos debates y una visión más exacta de la vida política en la Fracción. Los argumentos de la Minoría, más una reacción sentimental que una verdadera voluntad revolucionaria, no son muy distintas de la manera de razonar de otros grupos radicales que cayeron en las mismas mistificaciones y los mismos errores. Su principal argumento consistía en decir que no intervenir es como esperar sentados o permanecer indiferentes; ambas cosas, desde luego, insoportables dadas las circunstancias.
Estar o ponerse contra el “esperar sentados” sirve muchas veces de pretexto a precipitaciones desconsideradas e irreflexivas[3]. Y la minoría, desgraciadamente, lo experimentó así. Por eso sorprende el hecho de que los bordiguistas nos lo echen en cara hoy en día para justificar su apoyo a las luchas (matanzas) de liberación nacional.
Nadie se sorprenderá al enterarse de que tras sus desventuras en la milicia antifascista del POUM y su incorporación en el ejército, disuelta ya la milicia; la minoría, a su regreso desde España, se meta en las aguas turbias de Unión Comunista. Era su lugar natural. Nadie se sorprenderá tampoco de que al final de la guerra, una vez más, la minoría sea la más entusiasta partidaria de la constitución del Partido bordiguista y de que acabe siendo, en Francia, la sección de ese Partido. Allí encontró su espacio natural. Y fue un buen desquite, porque fueron las posiciones de la Minoría las que triunfaron realmente en el PCI. Si el PCI no reconoce sus orígenes en la fracción Italiana ni en “Bilan”, debería por lo menos reconocer algunas de sus raíces en las posiciones políticas de la minoría de la Fracción Italiana de la Izquierda Comunista y así rendirle justicia.
En fin, resulta muy interesante y significativo ver cuanto se esforzó la Fracción en llevar adelante las discusiones; con qué paciencia aguantaba todas las infracciones de la minoría, haciéndole toda clase de concesiones organizativas. Y no lo hacían para mantenerles dentro, ya que la Fracción consideraba que las posiciones políticas de aquella eran incompatibles con las suyas y la escisión absolutamente inevitable, si no para llevar la clarificación de las divergencias a su punto extremo y que la escisión sirviera para reforzar la conciencia y la cohesión revolucionarias. Esta es una de las grandes lecciones, poco común, que nos ha dejado la Fracción Italiana de la Izquierda Comunista.
Con la tendencia que hay actualmente a la reconstitución del movimiento revolucionario, los grupos jóvenes que están naciendo deberán meditar sobre esta lección para asimilarla completamente y hacer de ella un arma más, a favor del reagrupamiento de los revolucionarios.
Al final de esta serie de textos publicaremos el “Llamamiento de la Izquierda Comunista en respuesta a las matanzas del mes de mayo de 1937” que cierra definitivamente el debate con la minoría sobre el verdadero significado del Gobierno Republicano de coalición antifascista y el sentido exacto de los acontecimientos ocurridos en España. Quienes pretenden sacar de esos acontecimientos lecciones positivas (colectivización en el campo, sindicalización de la industria, o no se sabe qué formas nuevas o superiores de autonomía obrera) se auto-embaucan con las apariencias, que toman por realidad.
La única y trágica realidad fue que España se transformó en una inmensa carnicería en la que fueron ejecutados, por centenares de miles, los obreros españoles; en nombre de la defensa de la democracia y como preparación para la segunda guerra imperialista. Esa es la única lección que tienen que sacar los obreros del mundo entero y nunca deben olvidarla.
COMUNICADO DE LA COMISION EJECUTIVA -EXTRACTOS.
(Bilan, n° 34. Agosto 1936)
Los acontecimientos de España han abierto una grave crisis en el seno de nuestra organización. Las circunstancias no han propiciado una discusión profunda de las divergencias, sobre todo porque una parte de camaradas se encuentra en estos momentos en la imposibilidad de participar personalmente con sus opiniones.
En esta situación, la C.E. sólo ha podido tomar nota de la primera delimitación de posiciones políticas, aunque comprueba que plantean el problema de una escisión en nuestra organización, de manera irremediable. Escisión desde el punto de vista ideológico, que no organizativo, y esto sólo a condición de que se imponga la claridad más completa sobre los problemas fundamentales en que ha habido contraste.
Además de la concepción que la Fracción defiende públicamente (sobre la que no hace falta explicarse), se han ido manifestando en su seno (como ya dijimos) otras opiniones, las cuales se ven actualmente impotentes para concentrarse alrededor de una posición general o definirse entre si, aclarando sus límites respectivos. La idea central, dominante entre los camaradas que no comparten la opinión de la mayoría actual de la organización, es la que considera posible que se afirme la independencia de la clase obrera, sobre todo en Catalunya, sin lograr el cambio radical de toda la situación, sin oponer a los actuales frentes -a los que nosotros consideramos imperialistas- los frentes de la lucha de la clase obrera en las ciudades y en el campo.
La Comisión ejecutiva (C.E.) ha decidido no violentar la discusión, para permitir que la organización se beneficie de las contribuciones de los camaradas que ahora están imposibilitados para intervenir activamente y también porque la evolución ulterior de la situación permitirá una mejor clarificación de las divergencias fundamentales surgidas. Está claro que los compañeros de la actual minoría tienen la posibilidad, como los demás, de separar públicamente sus responsabilidades y, reivindicando su pertenencia a la Fracción, continuar la lucha en España sobre la base de sus posiciones, encaminadas a consolidar y precisar una posición autónoma de la clase obrera, incluso en la actual situación.
Contamos con que en el próximo número de “Bilan” publicaremos todos los documentos relativos a las divergencias surgidas en el seno de nuestra organización.
LA CRISIS EN LA FRACCION
COMUNICADO DE LA C. E. -EXTRACTOS. (Bilan, n° 35. Set-oct. 1936)
La crisis surgida en la Fracción, como consecuencia de los sucesos de España, ha dado un primer paso en su evolución. Las divergencias fundamentales que habíamos enunciado en el comunicado precedente se han vuelto a manifestar en las discusiones que ha habido en el seno de la organización. Esas discusiones no se han encaminado todavía hacia la clarificación de lo fundamental en la controversia, sobre todo porque la minoría no ha podido por ahora analizar los sucesos de España de manera que ello le sirva para confirmar las posiciones centrales que defiende.
La C.E., basándose en las nociones programáticas que defiende respecto a la construcción del partido y frente a las divergencias capitales, que no sólo hacen imposible una disciplina común sino que la transforman en un obstáculo que impide la expresión y desarrollo de posturas políticas, ha considerado que hay que llegar, en lo organizativo, a una separación tan neta como la existente en lo político, terreno en el que ambas concepciones son, en realidad, un eco de la oposición existente entre el capitalismo y el proletariado.
La C.E., ha comprobado que la minoría se orienta también hacia la separación, pues esta última acaba de constituir un “Comité de Coordinación”. Este Comité ha tomado una serie de decisiones que la C.E. se ha limitado a registrar sin hacer ninguna crítica y tomando las medidas necesarias para facilitar la más completa actividad de la minoría. Sin embargo, la C.E. ha estimado que no aceptará la petición de reconocimiento de la Federación de Barcelona, al haberse constituido ésta última sobre la base del alistamiento de milicias que se han ido convirtiendo progresivamente en órganos dependientes del Estado Capitalista.
La divergencia con algunos de los miembros de la Fracción, sobre la cuestión de las milicias está aun pendiente de someterse a la apreciación del próximo Congreso de nuestra Fracción; teniendo en cuenta que las divergencias tienen como telón de fondo la solidaridad, a la que se refieren los documentos fundamentales de la Organización. Es distinto para quienes quisieran adherirse a la Organización sobre la base política del alistamiento en las milicias, pues sólo el Congreso podrá zanjar si esto está o no en contradicción con los documentos programáticos de la Fracción. Por estas razones, la C.E. ha decidido no reconocer a la Federación de Barcelona y adjudicar los votos, de los camaradas que están en ella, a los grupos a que pertenecían antes de irse.
La C.E. vuelve a afirmar que la unidad de la Fracción, que ha quedado rota con los sucesos de España, sólo podrá reconstruirse si se excluyen ideas políticas que lejos de producir una ayuda solidaria al proletariado español lo que hacen es dar crédito ante las masas a fuerzas que le son profundamente hostiles y que el capitalismo utiliza para exterminar a la clase obrera en España y en todos los países.
LA REVOLUCION ESPAÑOLA - EXTRACTOS. (Bilan, n° 35. Set-oct 1936)
Este artículo, de un compañero de la minoría, fue escrito el 8 de agosto, en un momento en que la escasez de noticias apenas permitía el análisis de los sucesos en curso. Al autor le ha resultado imposible revisar el texto para hacer las rectificaciones necesarias respecto a algunos hechos que se evocan. Esperamos que el lector lo tenga en cuenta.
La caída de la monarquía, aunque tuvo lugar de manera sosegada y “caballeresca” (en un ambiente festivo y sin luchas), inicia la crisis revolucionaria en España.
La dictadura de Primo de Rivera había sido también un síntoma de esa crisis.
La estructura económica y política de España está totalmente construida sobre el andamiaje feudal de un Estado que vivió, durante cuatro siglos, parasitando y explotando un imperio colonial inmenso, lleno de riquezas inagotables. A finales del siglo XIX, con la pérdida de sus últimas posesiones coloniales, el papel de España quedó reducido al de un país de tercer orden, que vegetaba gracias a la exportación de su producción agraria. La crisis mundial que siguió a la gran Guerra restringió considerablemente los mercados y redujo las reservas acumuladas durante ese periodo (debido a la neutralidad del país), planteando el problema de su transformación económica. Estimuladas por la situación, las fuerzas productivas tendían a crear un aparato industrial moderno, a promover un mercado interno para la producción industrial, transformando el sistema productivo agrario; pero chocaban con el conservadurismo de las viejas capas feudales privilegiadas.
Cinco años de gobiernos sucesivos de izquierdas y de derechas no han resuelto nada, ni siquiera el problema político de la forma constitucional; la República misma está amenazada por un partido monárquico decidido. Tampoco han solucionado el problema económico, que sólo puede encontrar una solución definitiva con la ruptura violenta de las relaciones sociales en el campo.
La cuestión agraria es de importancia primordial; y no puede ser resuelta en el marco de las instituciones burguesas, sino por la vía revolucionaria, por la expropiación, sin indemnización, de latifundios y dominios señoriales.
En un país de medio millón de kilómetros cuadrados de superficie, dos tercios de las tierras cultivadas pertenecen a 20.000 propietarios. El resto se reparte entre veinte millones de seres que se consumen en la miseria, el embrutecimiento y la ignorancia seculares.
La tentativa de reforma agraria de Azaña no dio más que resultados negativos: a la confiscación, con indemnizaciones a los propietarios, siguió un reparto de tierras que resultó de lo más oneroso para el campesinado, quien tuvo que empezar a cultivar una tierra, la más de las veces árida y abandonada, con deudas y sin ningún capital circulante. En los sitios en que ha habido reparto de tierras, ha habido también irritación entre los campesinos, que no han conseguido sacar ninguna ventaja con la posesión.
Esta situación de descontento podría explicar por qué los “rebeldes” han encontrado, en algunas provincias agrarias, el apoyo de las poblaciones locales.
La amenaza de un ataque reaccionario en profundidad, tras dos años de gobiernos de derechas, determina la formación de una coalición de partidos republicanos y obreros que provoca la victoria electoral del 16 de Febrero. La presión de las masas, que abren las puertas de las cárceles a los 30.000 presos políticos, antes incluso de que se promulgue el decreto de amnistía, desplaza la relación de fuerzas; pero las esperanzas de las masas han sido defraudadas. A lo largo de los cinco meses de actividad del gobierno del Frente Popular, no ha habido ningún cambio radical en la situación política. La situación económica por su parte, sigue siendo muy grave. No se hace nada para dar una solución definitiva; esto se explica por el carácter burgués del nuevo gobierno que se limita a adoptar una actitud defensiva respecto al partido monárquico, desplazando a Marruecos un buen número de oficiales infieles al régimen republicano. Así se comprende que Marruecos haya sido la cuna de la rebelión militar, que ha podido contar en pocos días con un ejército de 40.000 hombres totalmente pertrechados y a cubierto de cualquier amenaza represiva. La Legión Extranjera, base de ese ejército, cuenta de hecho con muy pocos elementos extranjeros (10-15%); la mayoría de los alistados son españoles: parados, desclasados, criminales, es decir, auténticos mercenarios, fácilmente atraídos por el espejismo de la soldada y el rancho.
Al asesinato del teniente Castillo, socialista, le siguió, como represalia, el de Calvo Sotelo, jefe monárquico (9 y 10 de julio); lo que fue utilizado, por la derecha, como pretexto para actuar. El 17 de Julio empieza la insurrección. Esta no tiene el carácter del típico pronunciamiento militar, que cuenta con la sorpresa y la rapidez y que tiene siempre objetivos limitados: generalmente, el cambio del personal gubernamental.
La duración y la intensidad de la lucha prueban que nos encontramos ante un amplio movimiento social que está removiendo hasta las raíces a la sociedad española. La prueba está en que el gobierno democrático, cambiado dos veces en algunas horas, en lugar de replegarse o apresurarse por llegar a un compromiso con los jefes militares sublevados, prefiere aliarse con las organizaciones obreras, aunque sin entregar, en ningún momento, armas a la clase obrera.
Este suceso tiene una importancia enorme. La lucha, aunque continúa estando formalmente encerrada en el marco de la competencia entre grupos burgueses y aunque le pongan la etiqueta: “defensa de la república democrática contra la amenaza de dictadura fascista”, alcanza hoy una significación más amplia, un valor profundo de clase; se está convirtiendo en levadura, en fermento propulsor de una verdadera guerra social.
La autoridad del gobierno está hecha trizas; en pocas días el control de las operaciones militares ha pasado a manos de la milicia obrera; los servicios de logística, lo que en general se refiere a la dirección de la guerra, la circulación, la producción, la distribución, todo, se pone en manos de las organizaciones obreras.
De hecho, quien gobierna son las organizaciones obreras; el Gobierno legal es una cáscara vacía, un simulacro de gobierno, prisionero de la situación.
Incendio de iglesias, confiscación de bienes, ocupación de casas y propiedades, requisa de periódicos, condenas y ejecuciones sumarias, incluso de extranjeros, son las formidables expresiones violentas y populares del cambio profundo en las relaciones de clase, que el gobierno burgués no puede parar. Entre tanto, el gobierno interviene, no para aniquilar sino para legalizar “la arbitrariedad”. Se mete mano a los bancos y a las fábricas abandonadas por los patronos y se nacionalizan las fábricas que producen para la guerra. Se adoptan medidas sociales: semana de 40 horas, aumentos de salarios del 15%, reducción del 50% en los alquileres,...
El 6 de agosto tiene lugar un reajuste ministerial en Cataluña bajo la presión de la C.N.T. Al parecer, Companys, presidente de la Generalitat es obligado, por las organizaciones obreras, a permanecer en su puesto para evitar complicaciones internacionales que, de todas maneras, acabarán por producirse en el transcurso de los acontecimientos.
El gobierno burgués todavía se mantiene. No cabe duda de que, una vez alejado el peligro, intentará desesperadamente recobrar la autoridad perdida.
Para la clase obrera comenzará una nueva fase de la lucha.
Es indudable que la lucha se desencadenó por la competencia entre dos fracciones burguesas. La clase obrera se alió con la fracción dominada por la ideología del Frente Popular. En esta situación, el gobierno democrático proporciona armas al proletariado, como último recurso para su defensa. Pero el estado de disolución de la economía burguesa excluía cualquier posibilidad de reajuste, fuese con la victoria del fascismo o con el triunfo de la democracia. Únicamente una intervención continuada y autónoma del proletariado podrá resolver la crisis de régimen de la sociedad española; pero el resultado de dicha intervención está condicionado por la situación internacional. La revolución española está estrictamente ligada al problema de la revolución mundial.
La victoria de un grupo o del otro no puede resolver el problema general que consiste en: la necesidad de un cambio fundamental en las relaciones de clase a escala internacional y en la desintoxicación de las masas, hipnotizadas por el credo del Frente Popular. Ahora bien, el que gane un grupo u otro tiene unas repercusiones políticas y psicológicas que hay que tener en cuenta para analizar la situación. La victoria de los militares, no sólo significaría una victoria sobre el método democrático de la burguesía, sino que sería también la victoria brutal y despiadada sobre la clase obrera que se entregó, totalmente y como clase independiente, a la lucha. La clase obrera sería clavada en la cruz de la derrota de manera irremisible y total, como pasó en Italia y en Alemania. Además, toda la situación internacional se amoldaría a la victoria del fascismo español y caería sobre los trabajadores del mundo entero una ráfaga de violenta represión.
No vamos a entrar a discutir la idea de que si los reaccionarios se alzaran con la victoria, el proletariado recobraría con más ímpetu su conciencia de clase; ni la de que la victoria gubernamental crearía unos cambios muy importantes en la situación internacional, al devolverle la conciencia y el ánimo al proletariado en diferentes países. De lo que no cabe duda es que esas ventajas serían neutralizadas, en buena parte, por la influencia nefasta de una intensa propaganda nacionalista y antifascista y serían utilizadas como banderín de enganche por los partidos del Frente Popular y, en primer lugar, por el Partido comunista.
Es improbable que la derrota de los militares tenga como consecuencia ineluctable el refuerzo del gobierno democrático. Por el contrario, lo que ocurrirá es que las masas, todavía armadas, orgullosas (de una victoria dolorosa y cuestionada) e incluso fortalecidas por la experiencia adquirida en la violencia de la batalla, pedirían cuentas al Gobierno. Las tracas ideológicas que disparó el Frente Popular para confundir a las masas, podrían estallarle a la burguesía en las propias manos.
Sólo una gran desconfianza en la inteligencia de clase de las masas puede llevar a admitir que la desmovilización de millones de obreros, después de haber estado implicados en un largo y duro combate, pueda hacerse sin tropiezos ni tempestades.
Suponiendo que a la victoria del gobierno le siga, sin fricciones, el desarme material y espiritual del proletariado, no hay que negar la posibilidad de un cambio en las relaciones de clase. Nuevas y potentes energías podrían surgir de esta amplia conflagración social y la evolución hacia la formación del partido de clase se vería acelerada.
La lucha de clases no es cera blanda que se moldea según nuestros esquemas y nuestras preferencias. Se determina dialécticamente. En política, la previsión representa siempre una aproximación a la realidad.
Cerrar los ojos ante la realidad, únicamente porque no corresponde al esquema mental que nos hemos fabricado, significa inhibirse del movimiento y desterrarse definitivamente del dinamismo de la situación.
La corrupción ideológica del Frente Popular y la ausencia del partido de clase son dos elementos negativos y de una importancia aplastante. Por eso precisamente, nuestros esfuerzos deben, en estos momentos, estar del lado de los obreros españoles.
Decirles “ese peligro os amenaza” y no intervenir nosotros mismos para luchar contra ese peligro, es demostrar insensibilidad y diletantismo. Nuestro abstencionismo en el drama español significa la liquidación de nuestra Fracción; una especie de suicidio, por ingestión de pócimas doctrinarias.
Pagados de nosotros mismos, como Narciso, nos ahogamos en las aguas de las abstracciones en que nos complacemos; mientras, la bella ninfa Eco languidece y muere por amarnos.
TITO
LA CRISIS EN LA FRACCION -EXTRACTOS. (Bilan, n° 35. Set-oct 1936)
COMUNICADO DEL “COMITÉ DE COORDINACION”.
La minoría de la Fracción Italiana de la Izquierda Comunista, después de haber examinado los acontecimientos en España y habiendo tomado acta de los informes narrados de viva voz por un delegado que estuvo allí:
NIEGA toda solidaridad y responsabilidad con las posiciones tomadas por la mayoría de la Fracción por medio de la prensa (“Prometeo”, “Bilan”, Manifiestos, etc.,...).
ESTÁ CONFORME con la actitud del grupo de camaradas que, en contra del veto de la C.E., se fueron a España a defender, con las armas en la mano, la revolución española, incluso en el frente militar.
CONSIDERA que las condiciones para la escisión ya están cumplidas, pero que la ausencia de los compañeros que están combatiendo le quitaría hoy a la discusión un elemento indispensable, político y moral, de clarificación.
ACEPTA el criterio de aplazar hasta un próximo congreso la solución definitiva que hay que dar a las divergencias.
PERMANECE (organizativamente hablando -no ideológicamente) en las filas de la fracción; a condición de que se le garantice la libre expresión, tanto en la prensa como en las reuniones públicas.
DECIDE:
ENVIAR inmediatamente a España a uno de sus delegados y sucesivamente, si es necesario, un grupo de compañeros para hacer un trabajo consecuente en el seno del proletariado español y de acuerdo con las ideas de su vanguardia, esté donde esté, para acelerar el curso de la evolución política del proletariado en lucha, hasta la total emancipación de cualquier influencia capitalista y de cualquier ilusión de colaboración de clase, asociando a ese trabajo político, en cuanto sea posible , a los compañeros que están actualmente en el frente.
NOMBRAR un Comité de Coordinación que regulará las relaciones entre los compañeros, la Federación de Barcelona (cuyo reconocimiento se exige de inmediato) y los compañeros de los otros países, con la finalidad de definir las relaciones que la minoría tendrá respecto a la C.E.
EXIGE que se publique el presente orden del día en el próximo número de “Prometeo” y de “Bilan”;
CONCLUYE enviando un saludo fraternal al proletariado español que está defendiendo la revolución mundial en las milicias obreras.
La minoría de la Fracción Italiana de la Izquierda Comunista
LA CRISIS EN LA FRACCION -EXTRACTOS. (Bilan, n° 36. Oct-nov 1936.)
COMUNICADO DE LA C.E.
La Comisión Ejecutiva se mantiene totalmente fiel al principio de que la escisión en el seno del órgano fundamental del proletariado trastorna y paraliza el delicado proceso de la vida y la evolución de éste último, excepto en el caso en que la escisión sea el resultado, en la práctica, de divergencias programáticas que expresan o tienden a expresar las reivindicaciones históricas de la clase en su totalidad y no las de una tendencia particular en el seno de ese órgano.
La C.E., constata: que la minoría se inspira en otros criterios y amenaza con pasar a la escisión no sólo antes del Congreso sino antes de que haya empezado la discusión sobre el controvertido punto del reconocimiento o no del grupo de Barcelona.
Pese a la conminación de la minoría, la C.E. se mantiene en el deber de salvaguardar y aplicar el principio de: la necesidad de un Congreso para solucionar la crisis en la Fracción.
La C.E. había ratificado la medida tomada por uno de sus representantes consistente en tomar acta de todas las decisiones del Comité de Coordinación. El Comité se limitó a pedir el reconocimiento del grupo de Barcelona. Esto no era una decisión sino simplemente una demanda a la C.E., que quedaba libre para decidir. Es pues inexacto hablar de compromisos no cumplidos.
La C.E. se basó en un criterio elemental y de principio de la vida de la organización cuando decidió no reconocer al grupo de Barcelona. Se apoyó en consideraciones que fueron publicadas en nuestro precedente comunicado, pero que ni siquiera han sido discutidas por el Comité de Coordinación. No se decidió ninguna exclusión contra los miembros de la Fracción; por eso, resulta incomprensible la decisión del Comité de Coordinación de considerar como excluido al conjunto de la minoría si no es reconocido el grupo de Barcelona.
La C.E., ante el estado actual de deficiente elaboración de las normas que reglamentan la vida de la organización en un momento de crisis y aunque está convencida de lo justo de su precedente decisión; para dirigir al conjunto de la Fracción a la fase ulterior de la discusión programática, y ante el ultimátum del Comité de Coordinación, rectifica su decisión anterior y decide reconocer al grupo de Barcelona.
La C.E. había planteado también algunas consideraciones políticas referentes a la imposibilidad de integrar nuevos militantes en un período de crisis que acabaría en escisión (esa era la convicción de las dos tendencias). Los nuevos elementos, llegados a la Organización durante la discusión de los problemas, se hubieran encontrado en la absoluta imposibilidad de resolver el problema fundamental, referente a puntos del programa, y que sólo puede ser solucionado por quienes formaban parte de la Organización, antes de que se declarara la crisis, y que habían aprobado los documentos de base de la Fracción.
El Comité de Coordinación continúa su camino en una vía que no puede conducir a ningún resultado positivo para la causa del proletariado. Pretende además que lo único que ha guiado a la CE es su miedo a quedar en minoría. El Comité de Coordinación sabe tanto como la CE que, aún en la absurda hipótesis de poder contar con los votos de los proletarios que se adhirieron a la Fracción en Barcelona, el supuesto cambio en las actuales relaciones no estaba asegurado.
La CE exhorta a todos los compañeros a tomar conciencia de la gravedad de la situación y a contener sus reacciones, para poder dedicarse a una discusión cuya meta no será el triunfo de una o de otra tendencia sino la legitimación de la Fracción para hacerse digna de la causa del proletariado revolucionario; rechazando las ideologías que se irán revelando, a lo largo de los acontecimientos que transcurren en España, como elementos nocivos para la lucha de la clase obrera.
DOCUMENTOS DE LA MINORIA
COMUNICADO DE LA MINORIA
El Comité de Coordinación, en nombre de la minoría de la Fracción Italiana de la Izquierda Comunista:
Habiendo constatado que la CE no cumple con la palabra dada por su representante en el Comité de Coordinación, consistente en aceptar el orden del día presentado por la minoría y que pedía, entre otras cosas, el reconocimiento del grupo de Barcelona.
Visto el comunicado de la CE publicado en “Prometeo”, donde se declara que no se reconoce al grupo de Barcelona so pretexto de que las bases de su constitución consisten en la participación en la lucha militar.
Y considerando que la base de constitución del grupo de Barcelona es la misma que la de la minoría.
Decide que si la CE sigue manteniéndose en su posición, la minoría se considerará, toda ella, excluida de la Fracción.
Por la minoría: El Comité de Coordinación
P.S.: De la respuesta de la CE, fechada del 23 de Octubre, resulta que el no reconocimiento del grupo de Barcelona depende del hecho de que la minoría pudiera convertirse en mayoría. El Comité de Coordinación declara estar dispuesto a no tener en cuenta las votaciones de los nuevos afiliados en Barcelona y a que la CE pueda considerar únicamente como válidas las votaciones de los compañeros adscritos antes de salir hacia España.
La minoría, por su parte, considera a los recién afiliados como miembros de la Fracción.
El Comité de Coordinación. 24/10/36
MOCIÓN VOTADA EN LA REUNIÓN DEL GRUPO DE BARCELONA DE LA FRACCIÓN ITALIANA DE LA IZQUIERDA COMUNISTA.
(Antes de marchar al Frente)
Barcelona, 23 de agosto de 1936
Los camaradas de la Fracción Italiana de la Izquierda Comunista se han alistado en las filas de la milicia obrera para apoyar al proletariado español en la grandiosa lucha contra la burguesía. Estamos a su lado, preparados para todos los sacrificios por el triunfo de la revolución.
Durante largos años de militancia, de lucha y de exilio, hemos vivido una doble experiencia: la de la reacción fascista que puso al proletariado italiano en una situación desesperada y la de la degeneración del Partido Comunista que crucificó ideológicamente a las masas. El problema de la revolución no se solucionará mientras las masas no logren escapar a la influencia de la 2ª y 3ª Internacionales, para reconstruir su verdadero partido de clase capaz de conducirla a la victoria.
Confiamos en el desarrollo de los acontecimientos actuales y creemos que su dinamismo creará en España y en otras partes el partido de la revolución. La vanguardia que existe en el seno del POUM tiene ante sí una gran tarea y una importante responsabilidad.
Vamos al frente de batalla en la columna Internacional de las milicias del POUM, empujados por un ideal político común con los heroicos y magníficos obreros españoles: el ideal de combatir hasta el último de nosotros, no para salvar una burguesía hecha trizas, sino para arrancar de raíz cualquier forma de poder burgués y para que triunfe la revolución proletaria.
Para que todos nuestros esfuerzos no sean vanos, la vanguardia revolucionaria del POUM tiene que vencer las últimas vacilaciones y entrar resueltamente en el camino del Octubre español. Hoy tiene que escoger entre el apoyo, sea consciente sea involuntario, a la burguesía o la alianza con los obreros revolucionarios del mundo entero.
El destino de las masas obreras del mundo entero dependerá del carácter dado a la acción política en la actual conflagración social en España.
¡Viva la milicia obrera!
¡Viva la revolución!
(La moción de Biondo y la última resolución de la minoría saldrán en el próximo número -La Redacción).
ORDEN DEL DIA VOTADO POR LA C.E., EL 29/11/36, SOBRE LAS RELACIONES ENTRE LA FRACCIÓN Y LOS MIEMBROS DE LA ORGANIZACIÓN QUE ACEPTAN LAS POSICIONES EXPUESTAS EN LA CARTA DEL COMITÉ DE COORDINACION DEL 25/12/1936.
A lo largo de la evolución de la crisis de la fracción, la C.E. se guió por un doble criterio: evitar medidas disciplinarias e insistir a los compañeros de la minoría que se coordinen para formar en la organización una corriente encaminada a demostrar que la otra corriente habría roto con las bases fundamentales de la organización, mientras que su corriente se mantiene como la verdadera y fiel defensora de estos principios. Esta confrontación polémica sólo podía tener lugar en el Congreso.
Tras la reunión de la Federación parisina del 27 de setiembre de 1936, que vio nacer al Comité de Coordinación, la C.E. exhortó a la Fracción a soportar una situación en la que la minoría gozaba de un régimen de favor -no participaba en el esfuerzo financiero necesario para editar la prensa pero si que escribía en ella-. La única meta de la CE era evitar que la ruptura se hiciera sobre cuestiones de procedimiento.
Inmediatamente después surgió la amenaza de una ruptura en caso de que la C.E. no reconociera al grupo de Barcelona. La C.E., basándose siempre en el mismo criterio de que la escisión debía hacerse por cuestiones de principio, de ninguna manera por cuestiones particulares de tendencia y menos aún por cuestiones organizativas, acaba reconociendo al grupo de Barcelona.
En fin, cuando el rechazo de la minoría a intercambiar con la otra tendencia la documentación referente a su vida política obligaba a la C.E. a constatar la ruptura de la organización (a pesar de que la C.E. seguía manteniendo que era necesario hacer un Congreso), por comunicación “verbal” del camarada Candiani la minoría nos informó que iría inmediatamente a la ruptura.
El último llamamiento de la C.E., del 25 de noviembre, recibió una respuesta que impide cualquier intento ulterior para apoyar la presencia de la minoría en el Congreso.
En estas condiciones, la C.E. hace constar que la evolución de la minoría es la prueba patente de que ya no se la puede considerar como una tendencia de la Organización sino como el resultado de los manejos del Frente Popular en el seno de la Fracción. En consecuencia, no estamos ante un problema de escisión política de la Organización.
Teniendo en cuenta además que la minoría se conchaba con fuerzas enemigas de la Fracción y claramente contrarrevolucionarias (Giustizia e Libertà, restos del trotskismo, maximalistas,…), a la vez que proclama que es inútil discutir con la Fracción.
La C.E. decide la expulsión, por indignidad política, de todos los camaradas que se solidarizaron con la carta del Comité de Coordinación del 25 de noviembre de 1936; y a los compañeros de la minoría les da 15 días para que se pronuncien definitivamente. Esos camaradas están invitados a mandar una respuesta individual para el 13 de diciembre; salvo los compañeros que residen en Barcelona, en espera de su regreso para que tengan la posibilidad de documentarse por completo. Esas reservas no conciernen al camarada Candiani que, antes de su regreso, ha tenido la posibilidad de conocer perfectamente la situación.
DOCUMENTOS DE LA MINORIA (continuación)
RESOLUCION DE LOS CAMARADAS
BIONDO Y ROMOLO.
(Tras su regreso del frente y de que hayan tomado contacto con la delegación oficial de la Fracción).
España, en estos momentos, es la piedra angular de toda la situación internacional. Según que gane una u otra de las fuerzas en lucha, nacerá una situación diferente para Europa. La victoria de Franco significaría el reforzamiento del bloque militar de Italia y de Alemania y la victoria del Frente Popular significaría el reforzamiento del bloque militar antifascista (ambos conducen a la guerra imperialista). La victoria del proletariado, por el contrario, sería el punto de partida de la reanudación mundial de la revolución proletaria.
En España estamos ante una situación objetivamente revolucionaria. Las Elecciones de febrero, que concluyeron con la victoria del Frente Popular, fueron un cortafuego, una válvula de escape que impidió la explosión violenta de los enormes contrastes de clase. Las importantes huelgas y la agitación que le siguieron lo demuestran claramente.
La amenaza revolucionaria del proletariado alentó a la burguesía a apresurarse para contar con la ventaja de la iniciativa. Partiendo de esas premisas se llega a la conclusión de que no luchan dos fracciones de la burguesía, sino que lucha la burguesía contra el proletariado. Y de que el proletariado toma las armas para defender sus condiciones de vida y sus organizaciones contra el asalto de la reacción. Los obreros españoles han tomado las armas contra Franco por los mismos motivos que los proletarios rusos cuando las tomaron contra Kornilov.
No se trata del dilema democracia-fascismo sino del dilema capitalismo-proletariado. Y si la burguesía sigue quedándose virtualmente en el poder, si las relaciones de propiedad no se han transformado verdaderamente, hay que buscar la causa en el hecho de que el proletariado no está preparado ideológicamente, y no posee un partido de clase.
La existencia del partido de clase hubiera solucionado la cuestión a favor del proletariado a partir de los primeros días de la lucha. La revolución española no ha entrado todavía en su período de ocaso y no se pueden excluir categóricamente las posibilidades de victoria del proletariado.
Frente al capitalismo, que está luchando en dos frentes, el proletariado tiene que luchar en dos frentes: el frente social y el militar. En el frente militar, el proletariado lucha para defender lo que conquistó a lo largo de décadas de combates; en el frente social, el proletariado tiene que acelerar el proceso de descomposición del Estado capitalista, preparar el partido de clase y los órganos del gobierno proletario; eso permitirá el ataque al poder capitalista. En el frente militar, desde ahora, el proletariado tiende a echar los cimientos del ejército rojo de mañana. En las zonas que las milicias van ocupando, se están formando inmediatamente comités de campesinos y se colectivizan las tierras; eso ante las narices de los gobiernos de Madrid y Barcelona.
El grupo constituido en España considera que no ha roto con los principios de la Fracción y, por eso, es imposible no reconocerlo. Se nos pide que cortemos los contactos con el POUM y esos contactos nunca han existido. No podemos disolver la columna ya que no fuimos nosotros quienes la levantamos. Sobre la cuestión de dispersarnos entre los proletarios en los lugares de trabajo, lo haremos a medida que tengamos posibilidades para hacerlo.
(Este documento debe ser considerado como una respuesta a la resolución de la CE del 27 de agosto de 1936 y seguramente fue escrito a finales del mes de setiembre).
DECLARACIÓN
Un grupo de camaradas de la minoría de la Fracción Italiana de la Izquierda Comunista Italiana, desaprobando la actitud oficial tomada por la Fracción frente a la Revolución Española, ha cortado bruscamente todos los lazos disciplinarios y las relaciones formales con la Organización y se ha puesto al servicio de la Revolución, llegando hasta el punto de formar parte de las milicias obreras y de ir a luchar en el frente.
Hoy estamos ante una nueva situación, llena de incógnitas y de peligros para la clase obrera: la disolución del Comité Central de las Milicias Antifascistas, organismo nacido de la Revolución y garantía del carácter de clase de las Milicias y la reorganización de éstas en un ejército regular dependiente del Consejo de Defensa; deformando así el principio de la milicia voluntaria obrera.
Las necesidades del momento histórico que estamos viviendo imponen a los elementos de vanguardia del proletariado una vigilancia extrema, para impedir que las masas alistadas en el nuevo organismo militar se transformen en el instrumento de la burguesía que un día será utilizado contra los intereses de la clase trabajadora. Ese trabajo de vigilancia puede ser más eficaz cuando las organizaciones de clase tomen conciencia de sus intereses y orienten sus acciones políticas en un sentido exclusivamente proletario.
El trabajo político en esas organizaciones adquiere una importancia primordial; tan interesante como las tareas militares en el frente.
Esos mismos compañeros, a la vez que afirman la necesidad de la lucha armada en el frente se niegan a ser incorporados en un ejército regular, que no representa el poder del proletariado y en el seno del cual sería imposible realizar una función política directa. Hoy, pueden contribuir más eficazmente a la causa del proletariado español, por medio de un trabajo político y social indispensable para preservar y reforzar la eficacia ideológica revolucionaria de las organizaciones obreras; las cuales deben recobrar en lo político y lo social la influencia que han perdido en el mando militar, debido a las nuevas condiciones.
Los mismos compañeros, al abandonar el puesto de milicianos de la columna internacional Lenin, siguen estando movilizados y a la disposición del proletariado revolucionario español, y deciden seguir dedicando, en otro terreno, su actividad y experiencia hasta el triunfo definitivo del proletariado sobre el capitalismo, sean cuales sean sus formas de dominio.
Barcelona, 22 de Octubre de 1936.
LLAMAMIENTO DE LA IZQUIERDA COMUNISTA EN RESPUESTA A LAS MATANZAS DEL MES DE MAYO DE 1937
PLOMO, METRALLA, CARCEL…
ASI RESPONDE EL FRENTE POPULAR A LOS OBREROS DE BARCELONA QUE SE ATREVEN A RESISTIR EL ATAQUE CAPITALISTA
¡PROLETARIOS!
El 19 de Julio de 1936, los proletarios de Barcelona sin más armas que sus puños desnudos, aplastaron el ataque de los batallones de Franco armados hasta los dientes.
En las jornadas en torno al 4 de mayo han caído más víctimas proletarias (armadas incluso) sobre los adoquines, que en Julio cuando rechazaron a Franco; esta vez ha sido el gobierno antifascista -anarquistas incluidos, y del que el POUM es indirectamente solidario- quien ha dado rienda suelta a la chusma de las fuerzas represivas contra los obreros.
El 19 de Julio, los proletarios de Barcelona son una fuerza invencible. Su lucha de clase, liberada de las ataduras del Estado burgués, repercute en los regimientos de Franco, los desagrega y despierta el instinto de clase de los soldados: la huelga encasquilla fusiles y cañones de Franco y rompe su ofensiva.
La historia registra pocos intervalos fugaces durante los cuales pudo el proletariado adquirir su total autonomía respecto al Estado capitalista. Unos días después del 19 de Julio, el proletariado catalán llega a esta encrucijada: o se decide por entrar en la fase superior de su lucha, encaminada a la destrucción del Estado burgués, o permite al capitalismo reconstruir las mayas de su tejido de dominación. En esta fase de la lucha, en la que no basta ya el instinto de clase y en la que la conciencia se hace factor decisivo, sólo puede vencer el proletariado si dispone del bagaje teórico paciente e insistentemente almacenado y encarnizadamente defendido por sus fracciones de izquierda, erigidas en partidos por la fuerza de los acontecimientos. Si hoy en día, el proletariado español vive inmerso en tal tragedia tan triste, lo debe a su inmadurez para forjar su partido de clase, su cerebro el único que puede darle la fuerza de vivir.
En Cataluña, desde el 19 de Julio, los obreros crean espontáneamente, en su terreno de clase, los órganos de su lucha autónoma. Pero, surge inmediatamente el angustioso dilema: o entregarse totalmente a la batalla política por la destrucción total de Estado capitalista y completar de este modo los éxitos económicos y militares o dejar funcionar la máquina opresiva de enemigo y permitirle entonces que desnaturalice y liquide las conquistas obreras.
Las clases luchan con los medios que les imponen las situaciones y el grado de tensión social. Frente a una explosión de la clase obrera al Capitalismo no se le puede ocurrir, de ninguna de las maneras, utilizar los métodos clásicos de la legalidad. Lo que le está amenazando, es la independencia de la lucha proletaria, la que condiciona la siguiente etapa revolucionaria, la que lleva a la abolición de la dominación burguesa. El capitalismo, entonces, tiene que urdir de nuevo los hilos de su control sobre los explotados. Estos hilos, que antes eran la magistratura, la policía, las cárceles,…; ahora, en la extrema situación de Barcelona, son los Comités de las Milicias, las industrias socializadas, los sindicatos obreros que administran y gestionan los sectores esenciales de la economía, las patrullas de vigilancia, etc...
Así pues, en España, la historia plantea otra vez el problema que, en Italia y en Alemania, fue resuelto mediante el aplastamiento del proletariado: los obreros conservan para su clase los instrumentos que han ido creando en el ardor de la lucha mientras los siguen usando contra el Estado burgués. Si los obreros, al no tener bastante fuerza como para acabar con el enemigo, se dejan otra vez atrapar en las redes del dominio burgués acaban armando a su futuro verdugo.
La milicia obrera del 19 de Julio es un organismo proletario. La “milicia proletaria” de la semana siguiente es un organismo capitalista adaptado a la situación, al momento. Es entonces cuando, para realizar sus planes contra revolucionarios, la Burguesía puede llamar a los Centristas, a los Socialistas, a la CNT, a la FAI, al POUM, que engañan a los obreros, haciéndoles creer que el Estado cambia de naturaleza cuando los que lo administran cambian de color. Escondido en los pliegues de la bandera roja, el capitalismo afila pacientemente la espada de la represión; en la que participaron, el 4 de mayo, todas las fuerzas que, el 19 de Julio, habían quebrado el espinazo de clase del proletariado español.
Hitler es hijo de Noske y de la Constitución de Weimar; Musolini lo es de Giolitti y del “control de la producción”; la matanza de Barcelona del 4 de Mayo de 1937 es hija del frente antifascista español, de las “socializaciones” y de las milicias “proletarias”. Si el proletariado ruso, únicamente él, dio la respuesta con su Octubre de 1917, a la caída del zarismo, fue porque logró construir, él solo, su partido de clase, por medio del trabajo de las fracciones de izquierda.
¡PROLETARIOS!
Fue a la sombra de un gobierno de frente Popular, como Franco pudo preparar su ataque. Fue en la vía de la conciliación donde Martínez Barrios intentó, el 19 de Julio, formar un ministerio único capaz de realizar el programa conjunto del capitalismo español, sea bajo el mando de Franco, sea bajo el mando mixto de la derecha y de la izquierda fraternalmente unidas. Pero el levantamiento obrero de Barcelona, de Madrid, de Asturias obligó al Capitalismo a desdoblar su Ministerio, a separar las funciones entre el agente republicano y el agente militar, ligados por la indisoluble solidaridad de clase.
Donde Franco no logró imponer su victoria inmediata, el capitalismo invita a los obreros a seguirlo para “luchar contra el fascismo”. Los obreros, creyendo que bajo la dirección del gobierno republicano, podrían aplastar al hijo legítimo del capitalismo: el fascismo, partieron hacia los puertos de Aragón, las montañas de Guadarrama, de Asturias, buscando la victoria de la guerra antifascista. Sangrienta emboscada que han pagado con millares de cadáveres,
Una vez más, como en 1914, con la hecatombe de proletarios es como la historia subraya con sangrientas líneas la oposición irreductible entre Burguesía y Proletariado.
¿Fueron los frentes militares una necesidad impuesta por la situación? ¡No! ¡Fueron una necesidad para el capitalismo a fin de cercar y aplastar a los obreros! El 4 de Mayo de 1937 es la prueba aplastante de que después del 19 de Julio, el proletariado tenía que haber luchado tanto contra Companys y Giral como contra Franco. Los frentes militares sólo podían cavar la tumba de los obreros, ya que representaban los frentes de la guerra del Capitalismo contra el Proletariado. La única respuesta de los proletarios españoles -siguiendo el ejemplo de sus hermanos rusos en 1917- tenía que ser la práctica del derrotismo revolucionario en ambos campos de la burguesía: tanto en el republicano como en el fascista y transformar la guerra capitalista en guerra civil dirigida a la destrucción total del Estado burgués.
La fracción italiana de izquierda fue apoyada únicamente, en su trágico aislamiento, por la corriente solidaria de la Liga de los Comunistas Internacionalistas de Bélgica, la cual acaba de crear la Fracción Belga de la Izquierda Comunista Internacional. Estas dos corrientes fueron las únicas en dar la alarma, mientras que, por todas partes, se proclamaba la necesidad de salvaguardar las conquistas de la revolución, de vencer a Franco para después vencer mejor a Largo Caballero.
Los últimos acontecimientos de Barcelona confirman siniestramente nuestra tesis inicial y dan cuenta de que es con una crueldad igual a la de Franco como el Frente Popular, flanqueado por los anarquistas y POUM se ha abalanzado sobre los obreros sublevados el 4 de Mayo.
Las vicisitudes de las batallas militares han sido otras de las tantas ocasiones para el gobierno republicano de reforzar su dominio sobre los explotados. En ausencia de una política proletaria de derrotismo revolucionario, tanto los éxitos como las derrotas militares del ejército republicano no han sido más que otras tantas etapas de la sangrienta derrota de clase de los obreros. En Badajoz, Irún, San Sebastián,…, la República del Frente Popular contribuye a la matanza concertada del proletariado a la vez que aprieta las filas de la Unión Sagrada, pues para ganar la guerra antifascista, se necesita un ejército disciplinado y centralizado. En cambio, la resistencia de Madrid facilita la ofensiva del Frente Popular que puede liquidar a su criado de ayer, el POUM, y así preparar mejor el ataque del 4 de Mayo. La caída de Málaga reanuda las tramas sangrientas de la Unión Sagrada, al tiempo que la victoria militar de Guadalajara abre el período que concluye en los tiroteos de Barcelona. En esa atmósfera de embriaguez guerrera puede por fin germinar y surgir el ataque del 4 de Mayo.
Paralelamente, en todos los países, la guerra de exterminio del capitalismo español alimenta la represión burguesa internacional, y los muertos fascistas y “antifascistas” de España vienen a hacer compañía a los asesinados de Moscú, a los ametrallados de Clichy. En el altar sangriento del antifascismo es donde los traidores reúnen también a los obreros de Bruselas entorno del capitalismo democrático cuando las elecciones del 11 de Abril de 1937.
“Armas para España”: ésta fue la consigna que sonó en los oídos de los proletarios. Y estas armas han disparado contra sus hermanos de Barcelona. La Rusia soviética al aprovisionar de armamento la guerra antifascista, se ha puesto también al servicio del entramado capitalista y de la reciente matanza. Respondiendo a las órdenes de Stalin –quien despliega su rabia anticomunista el 3 de Marzo – el PSUC toma la iniciativa de la matanza.
Una vez más, como en 1914, los obreros usan las armas para matarse unos a otros en vez de usarlas para la destrucción del régimen de opresión capitalista.
¡PROLETARIOS!
Los obreros de Barcelona han retomado, el 4 de mayo de 1937, el camino que iniciaron el 19 de Julio; y del que el capitalismo les ha podido apartar apoyándose en las múltiples fuerzas del Frente Popular. Han desencadenado la huelga por todas partes, hasta en los sectores que se presentan como “conquistas de la revolución” y hecho frente al bloque republicano-fascista del capitalismo. El gobierno republicano ha respondido a esto con tanto salvajismo como Franco en Badajoz e Irún. Si el gobierno de Salamanca no ha aprovechado el desconcierto del frente de Aragón para atacar, es porque presintió que su cómplice de izquierda hacía admirablemente el papel de verdugo del proletariado.
Agotado por diez meses de guerra, de colaboración de clase de la CNT, de la FAI y del POUM, el proletariado catalán acaba de sufrir una tremenda derrota. Pero esta derrota es también una etapa de su victoria de mañana, un momento de su emancipación, porque firma la sentencia de defunción de todas las ideologías que habían permitido al capitalismo mantener su dominación, a pesar del sobresalto gigantesco del 19 de Julio.
¡No! Ninguna de las corrientes que el 19 de Julio les sacaron de su terreno de clase para precipitarles en el abismo del antifascismo, pueden reivindicar para sí a los proletarios caídos el 4 de Mayo. Los proletarios caídos pertenecen al proletariado y sólo a él. Son como las membranas del cerebro de la clase obrera mundial, del partido de la clase para la revolución comunista.
Los obreros del mundo entero se inclinan ante sus muertos y los reivindican contra todos los traidores, de ayer y de hoy. El proletariado del mundo entero, al saludar a Berneri, saluda a uno de los suyos. Su inmolación por el ideal anarquista es una denuncia más de esa corriente política, que se ha ido hundiendo a lo largo de la guerra de España: porque la policía ha repetido en el cuerpo de Berneri la hazaña que Mussolini realizó sobre el cuerpo de Matteotti ¡¡bajo el mando de un gobierno con participación anarquista!!
¡PROLETARIOS!
Si la carnicería de Barcelona es la señal que anuncia represiones aún más sangrientas contra los obreros de España y del mundo entero, también es la señal que avisa de las tempestades sociales que mañana se desatarán contra el mundo capitalista.
En sólo diez meses, el capitalismo ha gastado ya los recursos políticos con que contaba para dedicarse a demoler al proletariado, poniéndole trabas en la tarea de construcción de su partido de clase, arma de su emancipación y de la construcción de la sociedad comunista. Centrismo y anarquismo, unidos a la Social-democracia, han llegado en España al final de su evolución; como le ocurrió a ésta cuando en 1914, de la misma manera que la Guerra acabó reduciendo al estado de cadáver a la Segunda Internacional, tras 1914.
En España, el capitalismo ha desencadenado una guerra de alcance internacional: la batalla entre fascismo y antifascismo que, a través de la forma extrema de la lucha armada, anuncia una aguda tensión en las relaciones sociales del ruedo internacional.
Los muertos de Barcelona desbrozan el terreno para la construcción del partido de la clase obrera. Todas las fuerzas políticas, que habiendo llamado a los obreros a ‘una lucha por la revolución’ les han comprometido en una guerra capitalista, se han cambiado de trinchera. Ante los obreros del mundo entero, se abre el horizonte en que los muertos de Barcelona han escrito con su sangre la lección que ya escribieron con la suya los muertos de 1914-18: La lucha de los obreros es proletaria siempre y cuando se dirige contra el capitalismo y su Estado; sirve, al contrario, a los intereses del enemigo si, en todo instante, en todos los dominios, en todos los órganos proletarios que las diversas situaciones hacen surgir, ésta lucha no va dirigida contra él.
El proletariado mundial luchará contra el capitalismo incluso cuando éste se ponga a reprimir a sus criados de ayer. Es la clase obrera y nunca su enemigo de clase quien tiene que encargarse de arreglar cuantas con quienes han sido expresión una fase de su evolución, un momento de su lucha por la emancipación de la esclavitud capitalista.
La batalla infernal que el capitalismo ha iniciado en España contra el proletariado, abre un nuevo capítulo internacional en la vida de las fracciones de todos los países. El proletariado mundial, que debe seguir luchando contra los “constructores” de Internacionales artificiales, sabe que únicamente sobre un cambio radical y mundial de la relación de clases podrá fundar la Internacional proletaria que abra el camino a la Revolución comunista; sólo así. Ante el frente de la guerra de España, la cual anuncia la aparición de tormentas revolucionarias en otros países, el proletariado mundial siente que ha llegado el momento de atar los primeros lazos internacionales de las fracciones de la Izquierda Comunista.
¡PROLETARIOS DE TODOS LOS PAISES!
¡Vuestra clase es invencible; es el motor de la evolución histórica: los acontecimientos de España son la prueba de ello, pues es únicamente vuestra clase la que representa el centro neurálgico de una lucha que convulsiona al mundo entero!
No debe ser la derrota lo que os desanime. ¡De ella sacaréis enseñanzas para la victoria de mañana!
¡Sobre vuestras bases de clase reconstruid la unidad de clase, por encima de las fronteras, contra las mentiras del enemigo capitalista!
¡En España, a las tentativas de compromiso, que tienden a basar la paz en la explotación capitalista, contestad con la fraternización de los explotados de ambos ejércitos en lucha simultánea contra el capitalismo!
¡En pie, para la lucha revolucionaria en todos los países!
¡Vivan los proletarios de Barcelona que han escrito una nueva página de sangre en el libro de la revolución mundial!
¡Adelante por la constitución de un Buró Internacional de las Fracciones que promueva la creación de Fracciones de izquierda en todos los países!
¡Levantemos el estandarte de la revolución comunista que los verdugos fascistas y antifascistas no podrán impedir que pase de los proletarios vencidos a sus herederos de clase! ¡Seamos dignos de nuestros compañeros caídos!
¡Viva la Revolución Comunista en el mundo entero!
Las Fracciones Belga e Italiana de la Izquierda Comunista Internacional.
[1] La CCI ha publicado bajo la forma de libro textos de BILAN sobre la guerra de España así como artículos que hemos escrito sobre la experiencia de 1936. Este libro se puede pedir a nuestro apartado postal o por correo electrónico espana@internationalism.org
[2] Podemos medir la enorme distancia que separa al Partido bordiguista (Programa Comunista) de la Fracción Italiana por la diferencia fundamental entre la noción de “era histórica” que es central en todos los análisis de
«Cuando el proletariado anuncia la disolución del orden actual del mundo, anuncia de hecho el secreto de su propia existencia, porque representa la disolución efectiva de ese orden del mundo» (Marx).
Esa destrucción no es una acción ciega y totalmente determinada como algo directo, engendrado mecánicamente por una serie de causas económicas. Al contrario, exige de quien la realiza la plena conciencia de la meta que quiera alcanzar.
Pero si nos atenemos a una visión burguesa de la historia, esa conciencia, que se define como un sentimiento que se tiene de la existencia, no pasa de ser la categoría intelectual y subjetiva de un conjunto de ideas que se aplica a aprehender lo que existe.
Pues para cualquier ciencia burguesa, el pensamiento, la conciencia, separados del movimiento general de la materia, son ante todo una cuestión de individuos aislados o de grupos con intereses comunes. Por eso razonando siempre con las mismas y burdas deformaciones de la ideología dominante, el pensamiento burgués no entiende el proceso de la toma de conciencia más que como un mecanismo puramente mental que llevaría al individuo e incluso a un grupo social, tras una serie de causas (reacción-reflexión-acción), a tomar conciencia de lo que es. Aplicando ese proceso del ser aislado al de una clase social, esa manera de pensar termina por simbolizar e inmovilizar a las clases sociales bajo una forma individual y mítica. El proletariado aparece entonces bajo una apariencia “congelada”, objetiva como simple categoría económica.
Y así, siguiendo ese proceso mental de la ideología dominante, se “empaqueta” al proletariado bajo la forma de un bloque compacto que tendría que “tomar conciencia” –como un individuo- de quién es y de lo que tiene que llevar a cabo. Y acaban por concluir que el proletariado ya no existe sino como clase para el capital; o que basta con esperar a que esa “masa” activa tome conciencia de manera homogénea y simultánea en el cerebro de cada obrero; o que el proletariado no es sino una especie de cuerpo humano cuya cabeza sería el partido, los pies serían los consejos y así...
Esa manera totalmente errónea de ver el proceso histórico de una clase social, que ya fue criticada por Marx en las Tesis sobre Feverbach, se explica por el hecho de que la burguesía es incapaz de ponerse a sí misma en entredicho y no puede pensar el mundo más que en estratificaciones, categorías y separaciones arbitrarias. Para ella sólo existe una realidad consumada y acabada, una realidad del mundo ajena a toda práctica, una materia inmutable, un pensamiento que se aplica como un velo exterior a la realidad sin transformarla.
Forma y contenido, objeto percibido y sujeto pensante, idea y materia, teoría y práctica van asociados y pegados uno a otro inseparablemente, pero siempre diferenciados y vistos cada uno con un modo propio de existencia.
El mundo de los conceptos se elabora, y se despliega, pero opuesto a ese mundo, relegado al segundo plano de la conciencia, el mundo de lo real se contenta con “estar ahí”. La unidad de esos dos mundos, que nunca es más que la de las rectas paralelas que se unen en el infinito, resulta siempre de una pirueta intelectual.
Porque, de hecho, el defecto de todo materialismo vulgar, aun cuando reconoce las determinaciones de la materia, es que sólo tiene en cuenta al objeto bajo la forma externa e independiente del sujeto y no como práctica humana. Por eso, a la conciencia de clase le basta con quedar condensada en un programa teórico y que una minoría la transporte, mientras el proletariado se agita en el mundo de lo material, incapaz de llegar a la conciencia de la clase. O, para otros, la conciencia no es para el proletariado más que una especie de respuesta instintiva e inmediata a estímulos externos; entonces, los revolucionarios, para no perturbar o violar ese metabolismo natural, lo mejor que pueden hacer es la política del avestruz y esperar a que las cosas ocurran espontáneamente.
Los revolucionarios tienen que atacar esos puntos de vista simplistas del materialismo vulgar. Porque son conscientes de que la visión que tienen de la realidad no es producto del azar o de la voluntad individual; por que el papel fundamental que tienen en la realidad social no se limita a la constatación intelectual o empírica de las condiciones objetivas y subjetivas de la revolución comunista. Y lo que podría apreciarse como demasiado abstracto o demasiado teórico de su reflexión no es más que el paso necesario para llevar a la práctica su intervención organizada, pues imaginar teóricamente un movimiento y pretender plasmar mentalmente un proceso es como querer nadar por el río y quedarse en la orilla guardando la ropa.
De ahí que los revolucionarios, por no tener intereses distintos de los del proletariado, no se contenten ni con esquemas o representaciones abstractas, ni con descripciones periodísticas e inmediatas de la realidad social. Como parte de un todo, como productos y factores de un proceso histórico, su reflexión teórica es, en definitiva, una toma de postura política de la realidad, un deseo de transformación radical de la sociedad[1].
En este sentido, las reflexiones sobre la conciencia de clase y el papel de los revolucionarios y del partido, no tienen que ser abordadas por su lado puramente teórico. Los primeros elementos para un análisis que aquí lanzamos se limitan por ahora a trazar las líneas generales; otros factores surgidos en la experiencia misma de la lucha de clases vendrán a reforzar, a modificar o a precisar numerosos puntos. Unicamente la actividad de la clase puede, en última instancia, confirmar o invalidar la teoría revolucionaria.
«Y todos los sistemas que llevan la teoría hacia el misticismo encuentran su solución racional en la práctica humana y en la compresión de esta práctica». Carlos MARX: “Tesis sobre Feverbach”.
LAS CONDICIONES DE LA REVOLUCION COMUNISTA
I.- El modo de producción capitalista, basado en la ley del valor, sólo puede ser superado por la acción de una clase consciente en su conjunto y unida mundialmente: el proletariado. Esta condición es de una importancia tal que es la única que puede esclarecernos sobre el carácter específico de la revolución comunista y del paso de un modo de producción basado en la ley del valor a un modo de existencia superior.
Porque de hecho hay un abismo entre lo que la humanidad ha conocido hasta ahora a nivel de su desarrollo histórico y el salto cualitativo que tendrá que realizar para clausurar este ciclo y liberar el hombre de toda explotación sea cual fuere.
Y esa gran diferencia es tanto más difícil de concebir por cuanto la sucesión de los diferentes modos de producción en la historia se ha ido desarrollando como un proceso necesario determinado y más o menos inconsciente, al haber sido realizado en las revoluciones pasadas por una clase que ya gozaba del poder económico en el antiguo modo de producción ya caduco. La diferencia cualitativa se mide a nivel de la conciencia histórica que exigirá la destrucción del modo de producción capitalista y la transición hacia el comunismo. Esa conciencia, lejos de quedar reducida a un simple fenómeno mental, ideológico o individual, tiene que situarse en el contexto de una clase social.
II.- El concepto de clase social debe de ser comprendido no como simple clasificación o categoría económica o suma de individuos aislados sino esencialmente como devenir histórico forjado por intereses políticos comunes.
El proletariado no existe verdaderamente como clase sino es a través del movimiento histórico que lo opone al capitalismo, y este movimiento no tiene fundamento real más que en el proceso de la toma de conciencia que le acompaña.
La revolución comunista se desmarca así fundamentalmente de todas las revoluciones anteriores porque, por primera vez en la historia de la humanidad, una clase revolucionaria, portadora de nuevas relaciones sociales, no tiene ningún poder económico en la vieja sociedad. El proletariado es la primera y la última clase revolucionaria de la historia que es a la vez la clase explotada. Esto implica que necesita una plena conciencia de sus fines históricos, aunque ya le obligue a ello al lugar socio-económico que ocupa en el modo de producción capitalista; pues es la única clase que tiene la posibilidad objetiva y subjetiva para tomar conciencia de la sociedad en su conjunto. El proletariado no posee ninguna raíz económica en el suelo capitalista; y al no tener raíces, tampoco pueden circular por ella las ramificaciones de la ideología y no puede surgir de ellas nuevas semillas para una nueva explotación del hombre por el hombre.
Mientras que la Ideología presupone una superestructura político-jurídica y una infraestructura económica determinada por fuerzas productivas que siguen dominando al hombre, el proceso de toma de conciencia tiene que ser para el proletariado condición previa a la toma del poder y al cambio total de la infraestructura que deja el capitalismo.
III.- El proletariado es la única clase en la historia, cuyas necesidades históricas, es decir la destrucción del sistema de explotación, coinciden plenamente con sus intereses de clase revolucionaria, intereses que además van ligados con los de la humanidad entera.
Ninguna otra clase o capa de la sociedad puede llevar en sí ese porvenir histórico - la necesidad de destruir el sistema de explotación -. Las demás no pueden llegar a la conciencia de la necesidad de la transformación del conjunto de la sociedad, aunque puedan llegar a tener un sentimiento más o menos claro de la barbarie social en que se vive; sentimiento que, por lo demás, acaba siendo recuperado, de una u otra manera, por la clase dominante y la ceguera de la ideología burguesa.
Desde el punto de vista capitalista, y por lo tanto ideológico, resulta imposible la comprensión del carácter histórico y transitorio de la sociedad. Porque, para la burguesía, las relaciones sociales son algo fijado para siempre, eterno, algo por encima de la voluntad humana. Aunque la burguesía en sus mistificaciones contra la clase obrera hile más o menos fino y opere con cierta lucidez, ello no quita de que habrá de poner todo su esfuerzo para que desaparezca de la conciencia social la realidad de la lucha de clase. Los límites objetivos de la producción capitalista implican los límites de su “conciencia” que precisamente a causa de esos límites, no es más que simple ideología.
Por eso, los principales embustes de la burguesía hoy en día son los que pretenden que la clase obrera se crea que una nueva gestión del sistema más adecuada puede retasar indefinidamente el hundimiento del capitalismo.
IV.- Conciencia de clase, lejos de coincidir con el concepto “ideología”, es ante todo, su negación primera, su antítesis fundamental. De lo que se trata hoy es de sacar al hombre del letargo en el que está hundido, de hacer un mundo consciente de sí mismo y de sus acciones, lo que ninguna ideología es capaz de realizar. Por que la ideología, producto de factores económicos y de una realidad social alienada, otorga a los objetos una existencia autónoma, y al conocimiento un poder de abstracción fuera de toda contingencia material; por eso le es imposible operar una crítica y práctica de la sociedad.
La conciencia de clase revolucionaria lejos de ser simplemente la que precede a la acción y la dirige hacia un fin determinado, es sobre y ante todo proceso de transformación de la sociedad; un proceso vivo que, al ser consecuencia del desarrollo y la exacerbación de la contradicción del mundo capitalista decadente, obliga a una clase social a realizar lo esencial de su existencia a través de la negación práctica y teórica (y por lo tanto consciente) de sus condiciones de vida. La historia de ese proceso es la historia de la lucha del proletariado y de las de las minorías revolucionarias que han surgido cojo parte comprometida del combate.
LAS CARACTERISTICAS DE LA TOMA DE CONCIENCIA.
I.- Las diferencias fundamentales entre ideología y conciencia de clase estriban en el origen mismo de la ideología y sus raíces materiales, raíces que se hunden en la historia de la división del trabajo, de la separación entre los productores y su producto, de la autonomía de las relaciones de producción y del dominio que sobre el hombre ejerce la forma material de su propio trabajo. Las leyes inherentes al capitalismo, leyes que se caracterizan por el predominio del trabajo muerto sobre el trabajo vivo, la preponderancia del valor de cambio sobre el valor de uso y el fetichismo del valor, llevan a la transformación de las relaciones sociales en relaciones entre cosas y condicionan la aparición de relaciones jurídicas cuyo criterio básico es el individuo aislado.
Son esa leyes también lo que, a través de la especialización, quita al hombre la imagen de la totalidad y lo mantiene preso en una serie de categorías separadas, aisladas o independientes unas de otras, (la nación, la fábrica, el barrio). La visión de la totalidad ya no es entonces sino pura suma de dominios particulares del “saber”, saber que además está detentado por especialistas.
La conciencia de clase, por su parte, se afirma como visión de la totalidad y conciencia del conjunto de la clase. Es un proceso eminentemente colectivo. Su punto de partida es el de una clase unificada en la lucha, dispuesta a destruir las relaciones sociales capitalistas, implica el predominio determinante del todo sobre las partes. Pero esa totalidad sólo puede plantearse si el sujeto que la plantea es también él una totalidad, y ese punto de vista de la totalidad como sujeto, únicamente una clase lo representa. Por eso es por lo que el proletariado para unificarse como clase consciente, tendrá que destrozar la compartimentación, las separaciones, las fronteras sean cuales fueren, e imponer la dictadura de sus consejos obreros por encima de las naciones.
Otra consecuencia de la reificación en la conciencia social es la separación entre las partes respecto del todo, la meta parcial y la final, la lucha económica y la lucha política. En este periodo de decadencia del capitalismo en que toda reforma se ha vuelto imposible y en que la revolución se ha puesto a la orden del día, las luchas económicas tienden a transformarse en luchas políticas y a enfrentarse de lleno al sistema. El proletariado está llamado a transformar conscientemente la sociedad; por eso, la visión de la totalidad le exige comprender la contradicción dialéctica entre interés inmediato y meta final, entre momento aislado y totalidad. El momento aislado, es decir situación como clase atomizada y mistificada, está ligado al capitalismo; por eso el proletariado tiene que unificarse mundialmente y pasar de ser categoría económica a clase revolucionaria. La obrera es la única clase capaz de llevar a cabo esa unificación en clase consciente pues el carácter de trabajo asociado la confiere la posibilidad de aquella visión global.
II.- La naturaleza de la toma de conciencia, es decir fundamentalmente conciencia de clase, nos permite entender la diferencia fundamental que consideremos que hay entre ideología y conciencia. No es por una especie de purismo de lengua por lo que afirmaremos que no existe ni “ideología proletaria” ni “ciencia revolucionaria”, de la misma manera que no existe para una minoría revolucionaria la posibilidad de “transportar” o “encarnar” la conciencia de clase.
Los leninistas y bordiguistas de cualquier tendencia, que reducen todo un fenómeno histórico –a la vez práctico y teórico- a la simple expresión de una reflexión plasmada en el Programa, patrimonio del partido, aprehenden la naturaleza de la conciencia de clase con el mismo tipo de “razonamiento” que el de los místicos cuando afirman que la hostia es la encarnación del cuerpo de Cristo.
Efectivamente, la ideología y el misticismo existen porque la separación entre trabajo manual y trabajo intelectual ha hecho posible la aparición de un pensamiento que se caracteriza por la distancia que intenta poner entre su propia realidad y las condiciones materiales de su existencia y por la preocupación de aparecer como pensamiento independiente y autónomo, agente causal único del movimiento que ánima a la materia. Al comprender la realidad como una serie de mediaciones, de etapas necesarias entre el hombre y la materia, la ideología burguesa se niega a reconocer su verdadero origen. Al otorgar a la realidad una existencia independiente, la ideología burguesa contrapone a la metafísica un idealismo de la acción, considerando el comportamiento teórico como único válido y causa verdadera de la acción y relegando la práctica a algo simplemente natural.
La conciencia de clase, por su parte, coincide totalmente con la realidad social en la medida en que tiene su razón de ser en el desarrollo histórico de la contradicción entre las fuerzas productivas y las relaciones de producción y que la necesidad de un cambio radical de las relaciones de producción exige una visión global y verdadera del conjunto de la realidad social.
La conciencia de clase reconoce su origen y objeto: el proletariado como núcleo vivo de la producción, clase social en permanente devenir. El proceso de toma de conciencia del proletariado, basado en la unidad dialéctica entre el ser y el pensamiento, rechaza cualquier tipo de intermediario ó de mediador entre la existencia y la conciencia. Se hace conciencia de sí y vuelve a realizar la unidad entre el hombre y la realidad.
III.- El proletariado está obligado a vender su fuerza de trabajo como simple objeto. Esta objetivización y la ruptura ente la fuerza de trabajo (objeto sometido a la explotación) y el sujeto que la vende es lo que permite que la toma de conciencia se realice. Por medio de su lucha contra la explotación capitalista el proletariado llega a percibirse a la vez como sujeto y como objeto del conocimiento. Este percibirse y la conciencia de su total desamparo e inhumanidad es a la vez puesta al desnudo de la sociedad y destrucción de ésta.
Al destruir la sociedad en su conjunto el proletariado no hace sino enunciar la esencia de su propia existencia porque es, precisamente, la negación de la sociedad, pues la única relación social que hay entre Capital y proletariado es la lucha de clases. La realización del proletariado como clase para sí pasa por la destrucción del sistema; la conciencia es factor y producto del proceso. El conocimiento de sí es, para la clase obrera, conocimiento de la esencia de la sociedad; no es toma de conciencia sobre algo, sobre un objeto, sino conciencia de sí, objeto de esa conciencia, precisamente porque es ya práctica (práxis) y opera una modificación en el objeto. Al dar cuenta del carácter objetivo del trabajo como mercancía, ese proceso acaba poniendo al desnudo el fetichismo de toda mercancía y descubrir el carácter social y temporal de la relación capital-trabajo.
Las ilusiones, las mistificaciones, la compartimentación que la ideología impone al pensamiento no son, pues, sino expresión mental de una realidad vuelta también “cosa” (reificada), la expresión mental de una estructura económica basada en la explotación del hombre por el hombre, y cuya negación no puede llevarse a cabo con un simple movimiento del pensamiento sino por la superación práctica. Por eso, la conciencia de clase no es simplemente un poner en entredicho teóricamente al sistema capitalista; es ante todo crítica y destrucción material del sistema en su conjunto.
La conciencia de clase, al dar cuenta del carácter histórico de las leyes económicas, descubre entonces el carácter histórico y transitorio del modo de producción capitalista, ve los límites objetivos de éste y analiza los períodos históricos de la sociedad. Es ir descubriendo un proceso que acopla teoría y práctica porque cada vez que se hunde una ilusión en el antiguo sistema, cada vez que una mistificación aparece como lo que es, ello corresponde a una voluntad práctica de destrucción de la esclavitud salarial.
IV.- Si bien la conciencia histórica surge porque el proletariado tiene que llegar al conocimiento total de la realidad a partir de su punto de vista de clase, ello no implica, sin embargo, que ese conocimiento aparezca inmediatamente.
Muy al contrario, el carácter de clase del proceso de toma de conciencia supone un desarrollo heterogéneo y doloroso de una práctica y una teoría obreras enfrentadas desde el principio a la presión permanente de la clase burguesa.
El proletariado, sea cual fuere su unidad en la lucha, no actúa como individualidad única y dirigida mecánicamente hacia una meta. La contradicción dialéctica que hay entre ser la clase explotada, su total indigencia en la sociedad, lo determina para ser la primera víctima de la ideología burguesa. Al no poder desarrollar su conciencia según los principios estables de una ideología o de una serie de recetas prácticas, por ser a la vez sujeto y objeto del conocimiento, el proletariado sólo puede tomar conciencia de su situación en un proceso real ligado a las condiciones materiales de su existencia social.
Son esas condiciones objetivas y la opresión cada vez mayor de la ideología dominante lo que obliga al proletariado a segregar, integradas en la tendencia de irse haciendo clase revolucionaria, a la minorías revolucionarias con vistas a acelerar el proceso de teorización de las experiencias históricas de la clase y de su difusión dentro de la luchas. La conciencia de clase no es, por lo tanto, un “espejo” de la realidad, un reflejo mecánico de la situación económica de la clase obrera, pues en ese caso no tendría ningún papel activo, ni tampoco crece espontáneamente en el terreno de la explotación capitalista.
La conciencia de clase surge en realidad de la convergencia de varios factores, entre los que las premisas económicas, aunque indispensables, son netamente insuficientes. La lucha económica de la clase obrera no basta para engendrar todo el movimiento teórico y práctico; no es el mago creador ni la máquina todopoderosa que es principio de todo y que algunos espontaneístas adoran como ídolo.
La lucha de la clase no es una entidad en sí, separada del mundo y detonador del movimiento de la materia; es el mundo, por él forjada y forja a su vez.
De ahí que únicamente la reunión de varios elementos que aparecen en el desarrollo y despliegue de la lucha de clases, pueda, en última instancia, llevar la conciencia socialista a su nivel histórico más alto. Esos elementos son fundamentalmente los siguientes:
a) la violencia económica permanente que aguanta el proletariado y su situación de clase explotada.
b) Las bases y datos objetivos del período y el nivel a que han llegado las contradicciones del sistema (decadencia del capitalismo y agudización de la crisis).
c) El nivel de la lucha de clases como respuesta a esa situación y la tendencia más o menos desarrollada de la clase obrera para organizarse como clase autónoma.
d) La influencia cada vez más decisiva de los grupos revolucionarios en las luchas, y la capacidad del proletariado para volver a apropiarse de su teoría revolucionaria.
Ninguno de los elementos expuestos puede ser considerado en sí, separándolo de los demás para erigirlo como principio causal único del movimiento.
Resulta evidente que la violencia económica o la teoría revolucionaria se imponen como factores activos en el desarrollo de la conciencia proletaria, pero no son por sí mismo la causa primera del proceso. Andar buscando la causa predominante y aislada a todo un movimiento no es más que pretender estancarlo entrando en la pelea tonta y estéril de qué es antes: ¿el huevo o la gallina?.
EL PAPEL DE LOS REVOLUCIONARIOS Y DEL PARTIDO
Definir la conciencia del proletariado como proceso histórico propio de una clase social y que se caracteriza por la afirmación en la escena histórica del “ser consciente” es no ir más allá de la simple confirmación pasiva.
Si nos quedamos ahí, sólo habríamos platicado teóricamente sobre las características de la toma de conciencia sin entender las razones objetivas que nos empujan a formular definiciones. Y es precisamente superando lo puramente teórico de su actividad como los revolucionarios toman conciencia de su papel histórico como elementos activos de un todo.
No se puede tirar abajo todo un sistema de explotación únicamente con las ganas y algunas reflexiones filosóficas. Para acelerar el proceso de toma de conciencia de la clase obrera y que ésta se organice como clase autónoma, los revolucionarios tienen que asumir toda su responsabilidad frente a aquella; responsabilidad que exige una clara visión de su función, una puntualización de las tareas históricas para las que se han constituido.
I.- La naturaleza y función de los grupos revolucionarios y del partido sólo pueden explicarse mediante la naturaleza profundamente contradictoria del proceso de la toma de conciencia de la clase obrera, contradicción que acompaña al movimiento mismo de la lucha de clases y que seguirá marcando el período de transición entre el capitalismo y el comunismo, hasta la desaparición de todas las clases.
Contradicción entre la situación de la clase obrera como clase explotada y sus tareas históricas que van hacia la abolición de cualquier explotación. Contradicción entre que sea imposible para la clase obrera el fabricarse una “ideología” proletaria en base a un poder económico inexistente y la necesidad adquirida con plena conciencia de su meta histórica. Por eso, el proletariado se ve obligado:
- por un lado, asumir en la práctica, en y mediante sus luchas cotidianas, la condición fundamental para la revolución comunista: «la emancipación de los trabajadores será obra de los trabajadores mismos» (Primera Internacional).
-Por otro, a preparar las armas teóricas que le son indispensables par su emancipación consciente aún siéndole imposible librarse por completo de la influencia de la ideología dominante.
Las minorías revolucionarias aparecen como producto de esta necesidad contradictoria. Surgen formando parte integrante del proletariado y, sin embargo no por ello son miembros sociológicos de él. La clase económica dominante es la que posee los medios de producción materiales e ideológicos; la clase obrera, por su parte, es incapaz de engendrar una cultura o una ideología que sería para ella “sociológicamente inmanente”, pues ello implicaría un interés económico que tendería a perpetuar su situación de clase explotada. Por eso, es un criterio político el que define a los revolucionarios como miembros efectivos del proletariado y les asigna la tarea de teorizar las experiencias adquiridas por su clase de manera que lo lleguen a ser del mayor número posible.
II.- La imperiosa necesidad para el proletariado de llevar a cabo un cambio radical consciente de la antigua sociedad, una transformación la vez práctica y teórica le exige una visión clara, «una neta comprensión de las condiciones, del desarrollo y de los objetivos generales del movimiento proletario» (Manifiesto Comunista). Mientras haya antagonismos de clase y explotación capitalista, esa visión de la meta final del movimiento seguirá enfrentándose a la influencia impositiva de la ideología burguesa y por eso no será algo que tendrá inmediatamente todo el proletariado. La difusión en profundidad de la teoría revolucionaria proletaria al conjunto de clase no es un fenómeno “natural” que sigue una progresión matemática lineal, sino ante todo, el resultado del esfuerzo organizado de la clase. La tentativa consciente de la clase obrera por darse una teoría revolucionaria y sacar las lecciones de las luchas pasadas se materializa en la aparición de minorías revolucionarias y que éstas en los períodos de auge revolucionario, se constituyan en Partido.
Esa constante determinación en el proletariado para la constitución de un partido revolucionario no tiene nada que ver con la acción voluntarista de individuos o grupos de individuos que tienen la pretensión de construir un partido revolucionario con vistas a suplir la acción de la clase en su conjunto. El resurgir de la teoría revolucionaria así como el los de grupos revolucionarios no es el fruto de la voluntad individual ni el producto de algún que otro principio novedoso «descubierto por tal o cual reformador del mundo» (Marx) sino la cristalización del desarrollo de una lucha de clases real y de una necesidad vital en el proletariado.
III.- No es, pues, a nivel abstracto como el proletariado se ha pensado como clase, sino a nivel de su acción concreta, por sus luchas incesantes, en las condiciones objetivas que le impone el periodo. De esta práctica histórica ha surgido no precisamente una serie de principios dogmáticos aplicados cual recetas teóricas a la lucha de clases, sino la expresión teórica de la experiencia. La teoría revolucionaria no es una suma definitiva o invariante de principios, sino el reflejo de la actividad concreta de la clase obrera explicitado y globalizado a nivel teórico por los grupos revolucionarios y reapropriado por la clase. Así a cada problema que la lucha y la organización de la clase han comprobado, corresponde un nuevo aporte teórico, que será a su vez transformado en realidad práctica por la incidencia que tendrá en luchas futuras. Producto, entonces, del ente social de las luchas, la teoría toma su energía en la práctica y a su vez clarifica políticamente las luchas venideras.
La teoría revolucionaria, que se desarrolla, pues, a partir de las luchas concretas de la clase y que los grupos revolucionarios transportan, no es, ni mucho menos, el tesoro oculto de éstos. El papel mismo de los revolucionarios y del Partido cristalizan precisamente la contraria y fundamental preocupación, la de que el proletariado vuelva siempre a recuperar lo adquirido en sus experiencias históricas para que lleguen a ser la realidad de la mayoría. Su función consiste en difundir la teoría en la clase, sabiendo muy bien que sólo puede hacerse en su seno y no como si una teoría pudiera “inyectarse” en una práctica o que la teoría fuera un primer y permanente fermento químico de todo un movimiento histórico.
Teoría y práctica se completan, se interpenetran; favorecer una en detrimento de la otra, insistir en el factor causal de la teoría, o al contrario, ignorar lo activo de la teoría, corre el riesgo de llevarnos por las vías peligrosas del voluntarismo o del academismo.
IV.- No es porque hayan grupos revolucionarios por lo que el proletariado es una clase revolucionaria. Si la burguesía pudiera cargárselos a todos y que desaparecieran de la faz de la tierra, lo único que haría es retrasar los plazos de su propia muerte sin poder parar la lucha de clase ni impedir que la obrera volviera a reconstruir, a segregar grupos revolucionarios. No por destruir los capullos y las primeras flores del árbol se destruye para siempre la posibilidad de reproducción.
En este orden de cosas, los revolucionarios, aún no teniendo intereses diferentes y sin estar separados del proletariado, no son, sin embargo, sinónimos de la clase. Sólo son una parte de ella, la parte más decidida, la que, sin ser el “Estado mayor” de un ejército inconsciente y encuadrado ni “el gran timonel” ese de la revolución, esboza los grandes ejes generales de la lucha, la que indica la dirección final del movimiento. Su función no es la de preparar la dirección “técnica” de las luchas, no son los revolucionarios quienes «con consignas justas dan nacimiento orgánicamente a las condiciones y a las posibilidades de la organización técnica del proletariado» (Lukacs). Su papel no es el de organizar a la clase ni dirigir la organización autónoma de la clase obrera con recetas prácticas sobre tal o cual forma de organización unitaria, sino la de señalar y poner siempre por delante la dirección política general hacia donde debe ir el movimiento.
V.- El que el partido no tenga que sustituir a la clase no significa en absoluto que su existencia sea un mal necesario e inevitable que habría que atenuar o evitar en la medida de lo posible. Los revolucionarios y el partido existen como productos necesarios, elementos indispensables en el proceso de toma de conciencia de la clase proletaria. Negar su función so pretexto de errores substitucionistas en el pasado, es dar prueba de purismo estéril y pretender quitar al proletariado una de sus armas vitales. Su tarea histórica, lejos de ser la concreción de una especie de paliativo, forma parte de la tendencia general de la clase obrera a constituirse como clase revolucionaria consciente. Por ser los elementos más combativos y más decididos de la clase obrera, los revolucionarios desarrollan en las luchas proletarias una intervención organizada con la permanente perspectiva de mostrar la meta final del movimiento. Su participación activa en las luchas ejerce una influencia decisiva en la organización global del movimiento de la clase: influencia que puede materializarse concretamente en la dirección política general de la lucha y en la aceleración del proceso de constitución del proletariado como clase autónoma para la toma del poder y la destrucción de la esclavitud asalariada.
Los revolucionarios y el partido no tendrán que substituirse a la clase. Eso significa que su función, aún siendo indispensable, no tiene un fin en sí, no es una obra acabada y perfecta que podría actuar en lugar de la clase obrera o capaz de hacer que penetre en el movimiento de masas espontáneo de la clase una especie de “verdad inminente” para “sacar” al proletariado de la necesidad económica de su origen y “colocarlo” en la acción consciente y revolucionaria. Así pues, por ser un elemento activo y perteneciente al proletariado, comprometido de lleno en el desarrollo de la toma de conciencia por la clase, el partido no es ni la mediación entre teoría y práctica, ni entre experiencia y conciencia. Uno y otra, el partido y la clase materializan la unidad entre teoría y práctica; esta unidad es idéntica para ambos, no hay intermediarios. Sólo hay intermediarios ente cosas previamente separadas. Esa unidad es un proceso vivo que determina tanto al partido como a la acción de la clase en su conjunto y a su organización unitaria en Consejos. Pretender que el partido es la mediación entre teoría y práctica significa considerar la teoría como algo externo al proletariado, como patrimonio exclusivo del partido, el cual sería entonces la única fuerza capaz de “cambiar el sentido de la praxis”; esto implica la castracíón del proletariado de toda capacidad consciente y política en su conquista del poder. Según ese razonamiento, los Consejos obreros acabarían siendo cáscaras vacías, órganos administrativos y estatales a los que el partido pretendería aportar el contenido revolucionario. La consecuencia lógica de esta visión es la de poner en manos del partido la dirección real de la sociedad y la de ponerlo a la cabeza del estado de la dictadura del proletariado.
El partido no es una organización directiva o ejecutiva, no es un órgano que el proletariado crea para que tome el poder. La idea según la cual la dirección de la dictadura obrera es cosa de un partido de masas durante el período revolucionario demuestra una muy grave incomprensión en lo que se refiere a la finalidad política real del partido. El partido no anda buscando hincharse como un globo incorporando la mayor cantidad de gente que se pueda. Su función no es la de un partido único totalitario y de Estado. Muy al contrario, el partido seguirá siendo la expresión de una parte de la clase y su razón de ser tenderá a desaparecer conforme la conciencia socialista vaya haciéndose cosa propia del conjunto de la clase.
CONCLUSIÓN
La inadecuación entre las relaciones de producción y las fuerzas productivas llegó a tal grado de agudización en el período de la Primera Guerra Mundial que desde entonces y hoy aún más aparece el carácter embaucador de ideologías que corresponden a relaciones sociales totalmente caducadas. Todo esto obliga a la burguesía a emplear todo un arsenal de embustes y mistificaciones con objeto de desviar a las luchas obreras de su verdadero objetivo.
Las diferencias entre nuestra época y el período ascendente del capitalismo ejercen una influencia fundamental en la unidad entre teoría y la práctica, reforzándola, precisamente porque el desarrollo de las condiciones objetivas permite la revolución comunista.
Y como en período de decadencia del capitalismo, la revolución comunista se ha vuelto posibilidad objetiva y que la práctica de las luchas se va radicalizando en ese sentido, la teoría tiende cada vez más a comprender el objeto primero de su análisis: la conciencia de clase como unidad real de ambas – teoría y práctica – afianzándose en su proceso que no es sino el proceso del ser consciente. Ese reforzamiento de la unidad entre el ser social del proletariado y su teoría se plasma, a todo lo largo de la historia de la clase obrera en este periodo de decadencia, en la aparición de organizaciones revolucionarias de la clase que se dan como objetivo no ya la mejora de las condiciones de existencia del proletariado dentro del sistema capitalista, sino poner en evidencia la necesidad para la clase obrera de destruir el modo de producción capitalista por la violencia, y la toma del poder político con sus organizaciones autónomas.
En el período ascendente del capitalismo las minorías revolucionarias sólo podían surgir en un marco limitado, en el de la organización permanente del proletariado en partidos de clase o sindicatos en una lucha por reformas reales y duraderas. Hoy en día, cualquier forma permanente de organización de la clase está condenada sin remedio o bien a quedar integrada en la contrarrevolución o a desaparecer; en cuanto a las minorías revolucionarias, éstas no se limitan simplemente a teorizar lo adquirido en las experiencias proletarias, sino que además su práctica en el seno de la lucha de clases puede ser un auténtico factor de transformación y de esclarecimiento de la perspectiva histórica de la lucha. La teoría ya no sólo tiende entonces a realizarse en la práctica, sino que la realidad misma tiende a integrar y va integrando el pensamiento, es decir que el proletariado va apropiándose de nuevo la teoría al tomar conciencia, tras una lucha, de las fronteras de clase como de una experiencia adquirida en su pasado histórico.
El programa revolucionario no es, pues, un simple conjunto de posiciones más o menos flexible según las variaciones de la actualidad, sino que es algo tejido con el hilo histórico que une los deferentes momentos en que el proletariado ha irrumpido como clase pensante y actuante de y hacia su misión histórica, la destrucción del capitalismo.
La intervención de los revolucionarios no representa otra cosa sino el esfuerzo del proletariado para alcanzar la conciencia de sus verdaderos intereses con el fin de ir más allá de la simple comprobación empírica de fenómenos particulares, buscándoles la relación con los principios generales surgidos de la experiencia histórica.
Insistir constantemente en las fronteras de clase y esclarecer con cada vez mayor profundidad la meta histórica de la clase obrera no es, en fin de cuentas otra cosa que la concreción de la necesidad para la clase de tomar plena conciencia de su propia práctica; la existencia de organizaciones revolucionarias es consecuencia de esa necesidad. Al preceder y a la vez completar la conquista del poder por la clase obrera uy sus Consejos, la toma de conciencia anuncia un modo de producción en el cual los hombres, por fin dueños de las fuerzas productivas, las desarrollarán con pleno conocimiento para que de una vez termine el reino de la necesidad y empiece el de la libertad.
J.L. Julio de 1976.
[1] Hoy, tiempo de revolución social y en que el proletariado vuelve a la escena de la historia, la intervención es tanto más vital por el medio siglo de contrarrevolución y de confusión que ha venido pesando sobre la lucha de clase obrera, falsificándose burdamente la teoría revolucionaria, lo que ha ido arrastrando a algunos grupos hacia las aguas putrefactas de aquella; lo que exige a las minorías revolucionarias actuales una clarificación teórica indispensable con vistas a una práctica organizada dentro de las luchas.