La “Reforma” sanitaria de Obama representa un verdadero ataque a la clase trabajadora

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 A finales de Marzo, la burguesía norteamericana ha conseguido aprobar, finalmente, la reforma del sistema sanitario, una de las principales promesas electorales del candidato Obama, que ha llegado a compararla con el New Deal aplicado por Roosevelt en los años 1930. Es verdad que esta "victoria personal" era muy importante para el crédito político de Obama, puesto en entredicho por las acciones militares en Afganistán tan alejadas de su pretendida imagen de "hombre de paz". Pero para los trabajadores, detrás de los floreados discursos sobre "una sanidad para todos", lo que se esconde en realidad es un brutal ataque a sus condiciones de vida y de salud, como muestran los extractos de este artículo aparecido en Internationalism[1], la publicación de la CCI en los Estados Unidos.

 

¿Por qué la burguesía lleva a cabo la reforma del sistema sanitario?

Existen en realidad dos versiones de la crisis del sistema sanitario norteamericano: una para la clase obrera y otra, muy distinta, para la clase dominante. Para los trabajadores la lucha contra los recortes de la asistencia sanitaria recogida en sus convenios colectivos, ha ocupado un lugar central en las reivindicaciones de las luchas de la última década. Lo que hace unos años era habitual era que fueran los patrones, sobre todo los de las grandes compañías privadas, los que asumieran el  100% de las pólizas de los seguros de asistencia sanitaria de sus trabajadores. Sucedió, en cambio, que los continuos ataques anti obreros, lograron imponer que fueran los asalariados quienes empezaran a pagar, al principio sólo una pequeña parte, de esos seguros. Después la burguesía ha presionado, convenio tras convenio, para que dicho porcentaje fuera en aumento. También se han disparado otros gastos sanitarios a los que deben hacer frente los trabajadores y sus familias (honorarios, medicinas, tratamientos,...), que ven, sin embargo, como se degrada la asistencia sanitaria que reciben. Una serie de recientes decisiones judiciales han permitido a los sindicatos y a las compañías sacar a los jubilados de los sistemas de seguros, obligándoles a depender exclusivamente de Medicare (una especie de seguro médico de prestaciones mínimas para mayores de 65 años y algunos discapacitados), y a sufragar por otra parte un montón de gastos suplementarios (tratamientos a largo plazo, muchos medicamentos,...). ¡Y eso sin hablar de esos 50 millones de personas que carecen por completo de un seguro de asistencia médica!

Para la clase dominante, la crisis del sistema sanitario proviene del hecho de que debe cargar  con una asistencia a la salud increíblemente ineficaz y sumamente costoso, que debilita la competitividad económica del capitalismo norteamericano en el mercado mundial. Los precios de los seguros médicos, los honorarios de los médicos, los costes de la asistencia hospitalaria, los gastos generales y los administrativos alcanzan ya magnitudes incontrolables. Los Estados Unidos tienen el sistema sanitario más caro del mundo, con un importe per cápita dos veces superior al de la mayoría de los países desarrollados. Los gastos sanitarios que en países como Canadá representan un 8% del PIB, que en Francia o Inglaterra llegan al 10'1% y al 8% respectivamente, se disparan en EE.UU: hasta un astronómico 15'2%.  Y este enorme desembolso proporciona, sin embargo, una menor calidad asistencial hasta extremos que dejan a la potencia norteamericana en ridículo en la escena internacional, sobre todo en cuanto a los resultados de la sanidad pública que son de los peores del mundo. Así, por ejemplo, la esperanza de vida de países como Australia, Canadá, Francia, Alemania, Japón, Suecia o Reino Unido, la esperanza de vida oscila entre 79'5 y 82'5 años. En Estados Unidos apenas llega a los 77. Un reciente estudio de la Organización Mundial de la Salud que calificaba la calidad de los sistemas de salud de los distintos países, situaba a los USA en el puesto número 37 del ranking mundial, ¡por detrás de países como Costa Rica o la República Dominicana! Según un informe de la ONG Save the Children (Salvad a los niños), citado en un reportaje de la CNN: «Los nacidos en Estados Unidos tienen tres veces más posibilidades de morir en el primer mes de vida que los que nacen en Japón. La mortalidad de los recién nacidos en USA es el doble de la que tienen países como Finlandia, Islandia o Noruega».

Pero que haya tanta gente privada por completo de seguro médico acaba redundando en perjuicio de la economía norteamericana, pues la asistencia en urgencias de estos pacientes ha de ser sufragada por fondos generales que provienen de los impuestos. La necesidad de una "reforma" del sistema sanitario para poner tasa a unos gastos que crecen cada día más - como consecuencia entre otras razones del envejecimiento de la generación del "baby boom" de los años 1950 - se ha convertido, como reconocen economistas y políticos de todos los pelajes, en una auténtica prioridad.

Pero la reforma sanitaria que impulsa la burguesía USA no tiene como objetivo la mejora de la salud de los trabajadores, sino la competitividad del capitalismo norteamericana en la economía mundial.

 

 

Un ataque contra toda la clase obrera

 

Esta ley va a agravar la situación de los trabajadores americanos. Por mucho que la administración Obama se pase el día con la palabra "reforma" en la boca, este paquete de disposiciones sobre la asistencia sanitaria forma parte, en realidad, del conjunto de medidas de austeridad a expensas de una degradación de las condiciones de vida de la clase obrera. Es cierto que una propaganda que vende "derecho a un seguro médico para todos", le ofrece a la clase dominante un poderoso instrumento de mistificación. Para los millones de personas que carecen actualmente de cualquier cobertura frente a las enfermedades, cabría decir que más vale eso que nada.  Pero se trata como decimos de una ilusión. Para el conjunto del proletariado, lo que la burguesía ha puesto en marcha es un verdadero ataque al sistema de prestaciones sanitarias.

De entrada y aunque desde luego aumento el número de gente cubierta por estos seguros, la ley sanciona la exclusión definitiva de entre 26 (si se opta por el borrador del Senado) y 32 millones de personas (caso de que prevalezca la redacción de la Cámara de Representantes). Por otra parte los trabajadores cubiertos por dichos seguros están obligados legalmente a costear ellos mismos las pólizas de dichos seguros, pues en caso contrario deberán hacer frente a una multa que puede llegar hasta el 2'5% de  sus ingresos computables fiscalmente. Es verdad que la ley contempla que aquellos trabajadores que no puedan hacer frente a tales pagos, podrán recibir algún tipo de subvención por parte del Gobierno, que dispondrá para ello de un fondo de cobertura, cuya financiación, eso sí, sale del bolsillo del resto de la clase obrera.

Más aún: tanto el borrador del Senado como el de la Cámara, proponen reducir las ayudas a los programas Medicare y Medicaide (similar al anterior pero esta vez destinado a las personas sin recursos). Pero lo más oneroso es la creación de un impuesto indirecto sobre un tipo de seguros denominados "Cadillac", cuyo coste anual supera los 8 mil dólares por persona, o 23 mil $ para las familias). El nombre de este tipo de seguros los sugiere como un artículo de lujo, pero lo cierto es que incluye al 19% de los seguros de salud que costean las empresas, y muchos de los que están actualmente recogidos en los convenios colectivos firmados por los sindicatos. Tanto la Casa Blanca como los economistas defienden la necesidad de este nuevo impuesto que el Estado cargará a las compañías aseguradoras, pero éstas podrán recuperar este importe, repercutiéndolo en los consumidores. Este tipo de  tasa impositiva es el que habitualmente emplea el Estado para disuadir contra ciertos comportamientos sociales "nocivos", tales como el consumo de tabaco o de alcohol. En este caso el "mal social" del que quieren disuadirnos es de lo que la burguesía denomina seguros médicos "abusivamente generosos", que los expertos consideran excesivamente costosos para la economía nacional. Eso va a conducir a tener que aumentar la contribución de los empleados al seguro médico, o bien a elevar la cantidad de franquicia de dichos seguros, o también a aceptar serios recortes en la cobertura de las prestaciones sanitarias. Como reconoce Beth Umland, el jefe de investigación del área de salud y mejoras sociales de la empresa consultora Mercer: «la mayoría de los empresarios reaccionarán tal y como esperan los políticos: recortando prestaciones». Un reciente estudio realizado por dicha empresa sobre las 465 corporaciones más importantes, afirma que el 66% de los empresarios proyectan, para adecuarse a la nueva ley, disminuir las coberturas de los seguros de sus empleados, o obligar a estos a aumentar sus cotizaciones; mediante la supresión de las ayudas variables a los gastos médicos no reembolsables, o suprimiendo la cobertura de la asistencia odontológica u oftalmológica. Esto, señala ese mismo informe, hará «recaer más gastos a los trabajadores, pero ayudará a alcanzar uno de los objetivos de economistas y los políticos al defender este impuesto indirecto: que disminuyan los gastos médicos».

 

 

Pero entonces ¿cuál es la razón del encarnizamiento entre la derecha y la izquierda de la burguesía?

 

Que la reforma sanitaria es una imperiosa necesidad para la burguesía se pone de manifiesto al comprobar que todos los candidatos, demócratas o republicanos, a las primarias presidenciales del año 2008, incluyeran en sus respectivos programas diversas medidas para reformar el sistema sanitario. ¿A qué viene tan virulenta oposición de los Republicanos a esta legislación? ¿Cuál es la explicación de que hayan vertido tal cantidad de estúpidas acusaciones sobre el "socialismo" de Obama o sus "comités de la muerte"?. Hay varias explicaciones plausibles.

La primera de ellas, por supuesto, es la de un reparto político de la faena como acostumbra a hacer la burguesía para reforzar las mistificaciones democráticas, creando la ilusión de un verdadero debate político. Antes de las elecciones del 19 de  Enero[2], cuando los Demócratas contaban con 60 votos, la aprobación, de un modo u otro, de la reforma del sistema sanitario parecía asegurada, y los Republicanos no amenazaban con sabotear la puesta en marcha de esta racionalización del sistema sanitario tan necesaria para la burguesía.

Pero tampoco podemos negar que en esta oposición pesa igualmente el impacto de la descomposición social del sistema capitalista, que afecta incluso a los procesos políticos que tienen lugar en el seno mismo de la clase dominante. A lo largo de estos últimos diez años hemos asistido a varios ejemplos de dificultades políticas de la clase dominante para actuar  eficazmente y conforme a sus intereses de conjunto. Vimos los fiascos electorales del año 2000 y del 2004, en las que se impuso la tendencia al "cada uno a la suya" que llevó a los principales partidos políticos a anteponer sus privilegios y su propio poder, sin tener en consideración cual era la mejor opción para los intereses del Estado capitalista norteamericano. En este contexto también juega un papel, indudablemente, el racismo que impregna a la extrema derecha, en contra del presidente afroamericano que asienta sus reales hoy en la Casa Blanca. Este racismo extremadamente arraigado impulsa a los llamados "birthers" (quienes defienden que el presidente ha de ser nacido en el país) a negar toda "legitimidad" a Obama puesto que no nació en los USA, o los que lo califican de "socialista", o quienes creen ver en él un musulmán camuflado. Aunque Obama propusiera declarar fiesta nacional la fecha del aniversario de Ronald Reagan, estos elementos no dejarían de ver esta propuesta como parte de un infame complot "islámico-socialista". Otra manifestación de esta descomposición social es la resistencia encarnizada de las compañías de seguros, que se ha dedicado a financiar la oposición de muchos de los miembros conservadores de la Cámara y del Senado. Pero también vemos signos de esa ridícula mezquindad en el campo de los demócratas más conservadores, que priorizan la consecución de concesiones específicas para sus proyectos preferidos, o para quienes les proveen de fondos con que financiar sus carreras políticas. Estas dificultades para poner en marcha una política al servicio de los intereses vitales del capitalismo norteamericano no indican precisamente buena salud de la clase dominante.

Pero a pesar de todas las dificultades, la burguesía está a punto de lograr "resolver" su versión de la crisis del sistema de salud, y de implementar unas medidas que no supondrán ni una reforma,  ni una ampliación de la asistencia sanitaria, ni mucho menos un intento de mejorar la salud de los trabajadores, sino, en última instancia, una medida de austeridad más contra la clase obrera en su conjunto.

 

Jerry Grevin (23 de Enero de 2010).


[1] Los lectores pueden ver en inglés, el texto completo en http://en.internationalism.org/inter/153/lead. Recomendamos también http://en.internationalism.org/inter/154/health-care.

 

[2] Se trata de las elecciones parciales en el estado de Massachussetts para reemplazar al fallecido senador Edward Kennedy. Contra todo pronóstico -ese escaño había sido ocupado por un demócrata en los últimos 47 años - , ganaron los republicanos.