Los Estados democráticos levantan un velo contra la emigración clandestina

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El pasado otoño vimos las desgarradoras y abominables imágenes de lo que sucedía en varias fronteras del Sur de Europa, en los enclaves españoles de Ceuta y Melilla, al norte de Marruecos: centenares de emigrantes se lanzaban en oleadas sucesivas a una desenfrenada carrera para escalar las inmensas alambradas que custodiaban dichas fronteras. Aún se vienen a la memoria las terribles imágenes de estos seres humanos enganchados y literalmente colgados de las alambradas, atacados por las balas de las policías española y marroquí o abandonados a su suerte en el desierto como perros sarnosos[1].

Hoy día el escenario ha cambiado. Ahora son las “paradisíacas” playas de las Islas Canarias, en el Océano Atlántico, donde se acumulan miles de emigrantes que intentan entrar en España para huir de la miseria y la barbarie de los conflictos guerreros de sus países de origen.

Desde Enero de 2.006, ya han llegado a las Canarias más de 10.000 personas en embarcaciones de (desde luego mala) fortuna. Sólo en Mayo llegaron casi 5000 personas. Y eso sin contar el desgraciadamente innumerable número de seres humanos “desaparecidos” en la travesía, o que finalmente son localizados muertos en medio del océano muertos víctimas de la deshidratación, la desnutrición y las enfermedades.

A principios de Junio, fue localizada una embarcación a la deriva en Barbados, en medio del Caribe a más de 5.000 kilómetros de las costas africanas, con 11 cadáveres momificados. Una cincuentena de senegaleses se embarcó en las islas de Cabo Verde sobre una barcaza fletada por un mafioso local. Tras haber cobrado, o mejor dicho robado pura y simplemente, 1.500 Euros a cada uno de los viajeros los abandonó a su triste suerte. En el barco a la deriva, un pasajero envió un mensaje de socorro con un teléfono móvil, pero el único “socorro” que recibieron fue la visita de un barco enviado por el propio mafiosos que les había estafado y que tenía la orden expresa de llevarlos mar adentro.

A lo largo de más de 2.000 kilómetros de costas, entre el sur de Marruecos, Mauritania y Senegal, decenas de miles de personas esperan que un “transportador” les proponga el viaje hacia el “paraíso de Occidente”. Pero aún cuando consiguen llegar a su anhelado destino, lo que les espera, si son localizados por las autoridades es pudrirse durante días hacinados en verdaderos campos de concentración con condiciones insalubres[2], a la espera de una repatriación forzosa que les devuelve a la miseria, e ¡incluso las cárceles!, de los países de “acogida”.

La única respuesta de la burguesía: ¡la represión¡  

La Unión Europea a petición de un Gobierno español “desbordado” por el aflujo de emigrantes, organizó una Conferencia, con los países de África concernidos por la emigración. Durante las reuniones preparatorias se decidió hacer patrullar a las fuerzas de la armada española, apoyadas por otros países europeos, ante las costas de África para impedir la salida de embarcaciones hacia Canarias. Los Estados africanos, por su parte, exigieron a cambio de implicarse, que Europa «financiase centros de acogida en Mauritania y Senegal». Para decirlo en plata: los Estados africanos serán subvencionados por las magnánimas democracias europeas para “retener” a los inmigrantes antes de devolverlos, manu militari, a sus respectivos países de origen. El discurso europeo no puede ser más simple: «hay que tomar ejemplo de la política desarrollada por Marruecos en el último año». La consigna, clara y concreta es, intimidar, encerrar, detener a los inmigrantes y, si es necesario, matarlos o lanzarlos al fondo del océano,… ¡cualquier medio vale para deshacerse de ellos!

El documento preparatorio de esta Conferencia euro-africana señalaba sin lugar a dudas que: “se deben adoptar medidas drásticas contra la inmigración clandestina” (Le Monde, 13 de Junio 2006). El resto no es más que pura retórica para ocultar esta política. De hecho, hasta la prensa burguesa señala que: “ las otras medidas pueden aparecer como un catalogo antiguo de buenas intenciones: mejorar la cooperación económica, desarrollar el comercio, prevenir los conflictos,…” (Ídem).

Ante la enorme intensidad actual de estos movimientos migratorios, oímos por doquier ese mismo discurso que sirve, únicamente, para tratar de ocultar nuevas leyes y medidas represivas más duras que las precedentes. Con frases huecas del estilo «hay que ayudar a los países de los que procede la inmigración», la burguesía europea nos quiere hacer creer que quiere “ayudar” al desarrollo de los países africanos para que sus pobladores no tengan que jugarse la vida para llegar a Europa. ¡Puro cinismo! Hace más de 40 años que la propaganda burguesa nos repite esas mismas mentiras. En el capitalismo decadente, la mayor parte de los países del llamado Tercer Mundo, y en particular los del continente africano, se hunde cada día más en el subdesarrollo, en un caos sangriento con su corolario de muertes y epidemias, que quieren que creamos que son debidas a catástrofes naturales (la pertinaz sequía), a déficit de educación, o al hecho de sufrir a unos gobernantes especialmente corruptos por supuesto alejados de los “modelos” occidentales,… Lo bien cierto, sin embargo, es que en las relaciones entre los Estados no hay ni “ayuda”, ni “amistad”, ni “solidaridad” para salvar a las poblaciones. Sus relaciones están dictadas y marcadas por los intereses imperialistas de los Estados, sean estos grandes o pequeños.

Cada vez que la clase dominante anuncia que quiere solucionar los problemas «yendo a la raíz de los mismos», es para ocultar a los explotados que la verdadera raíz de ese “mal” es el propio sistema capitalista, su pervivencia en plena fase terminal de descomposición. En cuanto a las “soluciones” que nos proponen, pasan todas ellas por la “culpabilización” de la población, y de los trabajadores en particular, que deberíamos redimirnos aceptando la degradación de nuestras “privilegiadas” condiciones de vida. Este es el lenguaje común de todos los partidos de la burguesía, de Derechas y de Izquierdas, y también, y muy especialmente, de toda la cohorte de asociaciones de ayuda al Tercer Mundo, antiglobalización, anti-“consumismo”, etc.

Todos estos bellos discursos no pueden ocultar la realidad: para la burguesía de los países desarrollados, ha llegado la hora de cerrar a cal y canto sus fronteras. En cuanto a los emigrantes, “ilegales” o “regularizados” que puedan llegar, tras terribles sufrimientos, a Europa o a los Estados Unidos[3], les espera, si lo encuentran un trabajo precario y una sobreexplotación sin límites como mano de obra hiper-barata para hacer presión a la baja sobre los salarios de los trabajadores autóctonos.

Como afirmamos en nuestro artículo: “La clase obrera es una clase de inmigrantes”: «lo que la clase dominante trata de ocultar hoy en día, es su incapacidad para ofrecer la más mínima perspectiva de presente y de futuro al conjunto de la clase obrera. La exclusión de los trabajadores inmigrantes que el capitalismo condena a morir de hambre ´ en los países subdesarrollados`, es ya el futuro que prepara este sistema moribundo a millones de proletarios autóctonos que ha lanzado y hundido definitivamente a la condena de desempleo.»”.

Adaptado de Révolution Internationale (publicación de la CCI en Francia) nº 370.

 

 


[1] Ver el artículo “Ceuta y Melilla: La hipocresía criminal de la burguesía democrática” en AP nº 185)

[2] No en vano el gobierno autónomo de Canarias ha calificado la situación de los emigrantes allí concentrados de «la mayor catástrofe humanitaria vivida en España desde la posguerra»  

[3] Sobre la cuestión de la inmigración en los Estados Unidos ver en nuestra web el artículo “Manifestaciones de los sin papeles en los Estados Unidos: Si a la unidad de la clase obrera, no a la unidad con los explotadores”.