Guerra en Oriente Medio: ¿Es posible acabar con la barbarie capitalista?

Ver tambien :

Versión para impresiónEnviar por email

Indignación es lo que suscitan los nuevos y repetidos episodios de barbarie guerrera en Oriente Medio: Siete mil incursiones aéreas en territorio libanés, más de 1200 muertos en Líbano e Israel (300 de ellos niños menores de 12 años), cerca de 5000 heridos, un millón de civiles que huyen de los bombardeos y de las zonas de combate. Otros muchos, demasiado pobres para huir de las zonas de combate, tratan de subsistir aterrorizados. Barrios y poblados arrasados, reducidos a escombros, Hospitales saturados a punto de colapsarse, … Ese es el balance provisional un mes después del comienzo de una nueva guerra en el Líbano, desencadenada ésta vez por la contraofensiva del ejército israelí contra la creciente influencia de Hizbolá, y la multiplicación de ataques mortíferos de las milicias islamistas contra ciudades hebreas. Sólo los daños materiales, sin contar el coste de la propia operación militar, alcanza los 6000 millones de euros. Y, a fin de cuentas, esta operación militar se salda con un fracaso del ejército israelí, que tira por tierra el mito de que sería «invencible e invulnerable», y supone también un nuevo retroceso para Estados Unidos que continúa asistiendo al declive inexorable de su liderazgo declina inexorablemente. Por el contrario, Hizbolá sale reforzado de este conflicto logrando, con su resistencia, una nueva legitimidad a ojos de todo el mundo árabe.

Esta guerra supone una nueva etapa hacia la extensión del fuego y la sangre por todo Oriente Medio, hacia su hundimiento en un caos más y más incontrolable al que contribuyen todas las potencias imperialistas en nombre de la pretendida «comunidad internacional». Pero ¿Cual es la causa de tales masacres? ¿Qué azuza la llama de esos mortíferos combates?

 

Todos ellos son culpables de la guerra.

La llegada al poder de los “terroristas” de Hamás en los territorios palestinos (a lo indudablemente contribuyó la intransigencia del gobierno israelí que radicalizó a una mayoría de la población palestina), ha supuesto un bloqueo aún más enquistado. Las peleas abiertas entre fracciones de la burguesía palestina (Hamás y Al Fatah) impidieron cualquier salida negociada. La retirada israelí de Gaza, con el único objetivo de concentrarse en el cerco de Cisjordania, no ha servido para gran cosa. A Israel no la cabía más solución que volver la vista hacia el otro lado y tratar de contrarrestar la creciente influencia de Hizbolá en el sur del Líbano, para lo que esta milicia cuenta con la ayuda y financiación de su padrino iraní. El pretexto israelí para la guerra era la liberación de 2 soldados prisioneros de Hizbolá, que, dos meses después, siguen estando en poder de las milicias chiítas, y ahora empiezan en la ONU los primeros escarceos de la negociación para su liberación. En cuanto a la otra coartada esgrimida por Israel: «neutralizar y desarmar a Hizbolá, para impedir que sus ataques e incursiones en suelo israelí desde el sur de Líbano sean una amenaza para la seguridad del Estado hebreo», la realidad muestra que no es más que un intento de matar moscas a cañonazos, y que el verdadero objetivo ha sido aplicar la salvaje y sanguinaria política de tierra quemada contra la población civil de los poblados del sur de Líbano, cazada como conejos en sus barrios, en sus casas, obligadas a sufrir el hambre, sin agua potable, expuestas a todo tipo de epidemias. Por ello los incesantes bombardeos han concentrado en los puentes (90 de ellos completamente arrasados), las vías de comunicación (carreteras, autopistas…), las centrales eléctricas (3 hechas añicos), la inutilización del aeropuerto de Beirut y la destrucción de miles y miles de edificios. El gobierno y el ejército israelí se ufanan en proclamar que «ellos no pretenden atacar a la población civil», y que matanzas como la de Canna han sido sólo «lamentables accidentes» (al más cínico estilo de los famosos “daños colaterales” en las guerra del Golfo y los Balcanes). Pero resulta que ha sido precisamente entre la población civil donde se ha producido el mayor número de víctimas, el 90% de las muertes para ser exactos.

Esta guerra se ha iniciado con el  visto bueno de Estados Unidos. Enfangados hasta las orejas en los lodazales de las guerras de  Irak y Afganistán, y fracasado su “plan de paz” para arreglar la “cuestión palestina”, constatan el patente descalabro de su táctica de cerco a Europa en la que una pieza clave estratégica era precisamente Oriente Medio. Su presencia en Irak, tres años después, solo ha dado lugar a un sangriento caos y a una frenética guerra civil entre fracciones rivales, donde los atentados que golpean sin piedad a la población civil son el pan nuestro de cada día a un ritmo de entre 80 y 100 muertos por jornada. Tales fracasos, tal impotencia, evidencian el declive histórico de la burguesía americana en esa región y acentúan, por ende, la puesta en solfa de su liderazgo por parte de sus rivales en todo el mundo, y la acentuación de nuevas y mayores aspiraciones imperialistas de otros países que se empeñan en reafirmarlas como es el caso de Irán.

En esas condiciones Estados Unidos elude intervenir directamente en solitario, y centra su objetivo en  denunciar a esos países como Irán por su apoyo a Hizbolá, o a Siria, como «terroristas», «encarnación del eje del mal», etc. La ofensiva israelí que constituye una seria advertencia a esos Estados, muestra la perfecta convergencia de intereses entre la Casa Blanca y la burguesía israelí. No es casualidad que USA haya cubierto las espaldas de la operación militar hebrea, saboteando durante semanas, las tentativas de que la ONU aprobase un “alto el fuego”, hasta que el ejército israelí asentara sus bases operativas lo más dentro posible de territorio libanés, hasta llegar al famoso río Litani.

Al margen de que Israel no pretendía instalarse de forma duradera en el sur del Líbano, lo cierto es que tanto para ellos como para Estados Unidos, la táctica empleada y los problemas a los que se enfrenta están regidos por la misma dinámica irracional: la necesidad imperiosa de lanzarse a aventuras militares con las que defender sus intereses imperialistas y su “status”, aunque tales operaciones les empantanen en situaciones cada vez más caóticas, que ellos mismos agravan con sus intervenciones, abriendo un sin fin de incontrolables cajas de Pandora.

En el seno de la burguesía israelí, civiles y militares se culpan mutuamente de una guerra mal preparada, ante un enemigo que ya no es el ejército oficial de un Estado constituido, sino una milicia emboscada entre la población. Hizbolá (como Hamás) fue en sus inicios una más de las incontables milicias islamistas enfrentadas a Israel, que se dio a conocer durante la ofensiva hebrea contra el sur del Líbano en 1982. Su componente chiíta le valió pronto el apoyo y copiosos fondos financieros del régimen de los clérigos iraníes. También Siria, que se vio obligada a abandonar Líbano el año pasado, le ha proporcionado una importante ayuda logística en la retaguardia. Esta banda de sanguinarios asesinos ha sabido poner en marcha un poderoso aparato de reclutamiento entre la población civil mediante la dispensación de ayudas médicas, sanitarias y sociales a la población, pagadas todas ellas con el “maná” petrolero iraní, hasta el extremo de que es Hizbolá, y no el propio Estado libanés, quién está sufragando la reconstrucción de las viviendas destruidos por los bombardeos israelíes, a cambio, eso sí de poder disponer de ellos, como carne de cañón para la guerra. Se puede ver, en diversos reportajes, que ese “ejercito en la sombra” está compuesto en muchos casos por niños de 10 a 15 años, dispuestos a la autoinmolación y al “martirio” en los ajustes de cuentas de sus amos contra sus rivales.

Siria e Irán forman, momentáneamente, el bloque más homogéneo en trono a Hamás y Hizbolá. Irán afirma abiertamente su proyecto de convertirse en la principal potencia imperialista de la zona, logrando incluso disponer del arma atómica. Por eso, desde hace meses, Irán no cesa de mofarse de USA  y prosigue su programa nuclear, multiplicando con arrogancia además sus provocaciones belicistas que incluyen afirmar abiertamente su intención de acabar con el Estado de Israel.

 

El cinismo y la hipocresía de las grandes potencias.

La hipocresía y el cinismo de la ONU no tienen límites. Durante el mes largo que ha durado la guerra del Líbano no ha cesado de proclamar sus “deseos de paz” pero añadiendo que… «se ve impotente para lograrlos». Esto ha quedado patente en un episodio de los últimos días de la guerra, cuando un convoy formado sobre todo por mujeres y niños libaneses que trataba de huir de su pueblo convertido en frente de guerra fue tiroteado por el ejército israelí. Cuando trataron de refugiarse en un cercano campamento de la ONU se les rechaza por que ¡carecen de mandato para acogerles! La mayoría de los civiles (al menos 58) murieron por las balas israelíes, mientras las fuerzas de la FINUL se lavaban las manos, según testimonió en una entrevista televisada una madre de familia rescatada de ese convoy.

No es de extrañar. La ONU, como su predecesora Sociedad de Naciones, es una auténtica «cueva de ladrones», la charca en la que se pelean los mayores cocodrilos del planeta. Los 5 miembros permanentes de su Consejo de Seguridad son, sin duda, los mayores depredadores del mundo.

Los Estados Unidos, cuya hegemonía se basa en poseer el ejército más poderoso del mundo, no ha cesado de promover todo tipo de conflictos guerreros desde que “papá” Bush afirmara, en 1990, que «entramos en una nueva era de paz y prosperidad»: dos guerras del Golfo, los Balcanes, la ocupación de Irak, Afganistán… hablan por si solas.

Inglaterra secunda, hasta el momento, las principales expediciones punitivas emprendidas por USA, porque así defiende mejor sus propios intereses imperialistas, por ejemplo tratando de reconquistar la influencia que antaño tuvo en ese su antiguo “protectorado” (en especial Irak e Irán), y mantiene una fuerte presencia en la zona a la espera de sacar provecho en el futuro.

Rusia, responsable de las peores atrocidades durante las dos guerras en Chechenia, que aún no ha digerido la desaparición de la antigua Unión Soviética, rumia su venganza, y aprovecha el debilitamiento de USA para renovar sus aspiraciones imperialistas. Por ello juega la baza de apoyar a Irán y, más veladamente, a Hizbolá.

China, gracias a su creciente influencia económica, sueña con obtener nuevas zonas de influencia más allá del Sudeste asiático y hace guiños –entre otros- a Irán para lograr sus fines.

Francia, cuyas manos están tan manchadas de sangre como el resto de sus cofrades, añora también los tiempos en que, junto a Gran Bretaña, se repartía influencias en Oriente Medio, trata de recuperarla al máximo de lo que le permitan sus posibilidades. Para eso su estrategia va desde adular a Irán, al que trata de «gran país», hasta respaldar la política americana en Líbano (Resolución 1201 de la ONU) para vengarse de Siria, antaño aliado tradicional de Francia, pero a la que no perdona el asesinato, en 2005, del primer ministro libanés, “gran amigo” de Chirac y peón fundamental de Francia en la zona.

Todos y cada uno de los principales espadas de esa “comunidad internacional” supuestamente garante de la paz, no ha desaprovechado ocasión para sabotear unas resoluciones de la ONU que, al fin y al cabo, ellas mismas promovían.

Y ¿Qué pinta la burguesía española en esta sangrienta carrera? El “bambi” Zapatero que hace dos años se presentó como paladín de la paz, retirando las tropas españolas de Irak, muestra su verdadero rostro, tan asesino y belicoso como el de Aznar, enviando cerca de 1000 soldados para formar parte de las tropas de la FINUL cuya “humanitaria misión” es ayudar al minúsculo ejército libanés a desarmar a Hizbolá.

A la burguesía española, como a sus cofrades imperialistas de cualquier otro país, le importa un rábano la vida de los civiles de la zona, ni la de los soldados. Si quieren estar directamente presentes en el avispero mortal del Líbano, es para “pintar algo”, es decir para fortalecer su posición en el “des”-concierto imperialista mundial, aunque sea como comparsas porque no tienen poderío para más. La misma sórdida motivación que llevó a Aznar a las Azores y a desplegar tropas en Irak, es la que mueve hoy a ZP a «contribuir significativamente» a las fuerzas de la FINUL, contando con la complicidad y el acuerdo de todas los partidos políticos (desde el PP hasta ERC y Labordeta) y de las “fuerzas vivas” de la izquierda y la extrema izquierda que, en esta ocasión, no han dicho ni “mú”.

El fracaso de Israel y Estados Unidos supone un nuevo e importante paso de la pérdida de hegemonía americana. Pero eso no va a atenuar las tensiones guerreras sino a acrecentarlas espoleando las pretensiones imperialistas de los demás, lo que anuncia una mayor inestabilidad y crecimiento del caos.

Oriente Medio concentra hoy todo el carácter irracional de la guerra en la que se enfangan todos los imperialismos en defensa de sus intereses particulares, al precio de extender y hacer aún más sanguinarios los distintos conflictos e implicando a un número cada vez mayor de países. Irán y Siria están hoy en pie de guerra, lo que obliga a Estados Unidos e Israel a preparar una respuesta aún más terrorífica y mortal a la altura del desafío que les plantean. El Ministerio de Defensa israelí lo ha dejado claro: el “alto el fuego” es sólo una tregua para reorganizar sus fuerzas y lanzar un segundo asalto para liquidar – definitivamente – a Hizbolá.

La extensión de los enfrentamientos armados a todo el planeta pone de manifiesto el carácter ineluctable de la barbarie guerrera del capitalismo. El militarismo y la guerra se han convertido en el modo de vida permanente de un capitalismo decadente en plena descomposición. Esa es precisamente una de las características esencial de todo sistema cuando llega al trágico callejón sin salida en el que ya no tiene nada que ofrecer a la humanidad más allá de sembrar la muerte por doquier.

 

¿Cómo oponerse a la barbarie guerrera?

En Israel crecen las manifestaciones contra la guerra. El año pasado se vieron amplias manifestaciones en Tel-Aviv y Haifa protestando contra la carestía de la vida y denunciando la política gubernamental de crecimiento desmesurado de los presupuestos militares en detrimento de los gastos sociales, lo que ocasiona una exorbitante escalada de la inflación. El actual fracaso de la guerra puede favorecer la expresión cada vez más abierta de ese descontento social.

En los territorios palestinos los funcionarios, por ejemplo, protestan cada vez más abiertamente contra el impago de sus salarios (los créditos de la Unión Europea están bloqueados desde la subida de Hamás al poder).

Sin embargo millones de personas, ya sean proletarios o población civil judía, palestina, chiíta, suní, drusa o kurda, maronita o cristiana, permanece rehén de un insufrible terror cotidiano.

¿Cómo podemos solidarizarnos con esas víctimas del horror bélico? Para los burgueses “bienintencionados”, por ejemplo para los del seminario Marianne del 12 de Agosto, la solidaridad se resumiría en el eslogan: «Todos somos sionistas, nacionalistas palestinos y patriotas libaneses». En cambio, los revolucionarios proclamamos alto y fuerte la consigna histórica del proletariado: «Los obreros no tienen patria». La clase obrera no tiene ningún interés nacional, ni campo imperialista alguno que defender. El interés nacional es el interés de la burguesía que nos explota. Para oponerse a la guerra hay que oponerse a todos los bandos imperialistas, sean cuales sean. Sólo acabando con el capitalismo podemos poner fin a la barbarie guerrera. La única solidaridad real hacia nuestros hermanos de clase víctimas directas de las más terribles masacres, es la solidaridad proletaria: movilizarse en defensa de nuestros propios intereses y en nuestro propio terreno de clase contra nuestros explotadores.

La solidaridad es batirnos y desarrollar nuestras luchas, en un terreno social, contra nuestra propia burguesía nacional. Tal y como han hecho los trabajadores en huelga que paralizaron el aeropuerto de Londres o los transportes en Nueva York el año pasado, o los obreros de la SEAT en Barcelona; como se movilizaron los futuros proletarios contra el CPE en Francia este mismo año o los trabajadores del metal en Vigo… Estas luchas afirman el desarrollo de nuevos combates de la clase obrera a escala internacional, desarrollo que es la única esperanza para la humanidad de un futuro diferente del que nos ofrece la barbarie capitalista.

 

Wim (28 de Agosto)

 

Adaptado de Révolution Internacional (publicación de la CCI en Francia) nº 371.