En la Revista Internacional nº 14 publicamos ya un texto sobre la cuestión del terrorismo, el terror y la violencia de clase. En él establecíamos las bases de la intervención de la CCI para, a través de sus distintos órganos de prensa, responder por un lado a la enorme ofensiva ideológica y policíaca de la burguesía, y por otro a las diferentes concepciones que existen en el medio revolucionario respecto a las recientes acciones terroristas. Lo que publicamos aquí es una Resolución que
En la Revista Internacional nº 14 publicamos ya un texto sobre la cuestión del terrorismo, el terror y la violencia de clase. En él establecíamos las bases de la intervención de la CCI para, a través de sus distintos órganos de prensa, responder por un lado a la enorme ofensiva ideológica y policíaca de la burguesía, y por otro a las diferentes concepciones que existen en el medio revolucionario respecto a las recientes acciones terroristas. Lo que publicamos aquí es una Resolución que insiste, amplia y profundiza las cuestiones que desarrollamos en el mencionado artículo, tratando siempre de clarificar al máximo el carácter de clase de la violencia liberadora y emancipadora del proletariado.
No pretendemos en esta Resolución dar respuestas precisas y detalladas a todas las cuestiones y problemas que se plantean y se plantearán a la clase obrera en su actividad revolucionaria, una actividad que va de la reanudación de las luchas hacia la transformación revolucionaria de la sociedad, pasando por la fase de la insurrección y de la toma del poder. Esta Resolución tampoco entrará en la utilización directa que del terrorismo puede hacer la burguesía. La finalidad de esta Resolución es, pues, establecer un cuadro de análisis, una visión de conjunto, que permita abordar estos problemas desde un punto de vista proletario y no desde afirmaciones simplistas como que “la violencia es violencia”, “la violencia es el terror”, “decir que la violencia no es terror, es pacifismo”, etc; es decir todo ese tipo de afirmaciones basadas en la casuística de que “el fin justifica los medios”, que ya denunciamos en el citado artículo de la Revista Internacional nº 14.
Debemos demostrar que el pacifismo no corresponde a realidad alguna y que se trata de pura ideología ( en el mejor de los casos presión de las capas medias que teorizan su impotencia para oponer una fuerza verdadera a la burguesía y a su Estado). Ideología siempre al servicio de la burguesía en el ejercicio de su dominación sobre la clase obrera y el conjunto de la sociedad.
Hay que mostrar cómo y por qué el terror es la expresión de las clases dominantes y explotadoras y que la naturaleza profunda de su violencia de clase se convierte, cuando las bases materiales de su dominación están ya carcomidas, en el trasfondo de toda la vida social.
Hay que exponer cómo y por qué el terrorismo es la típica manifestación de la revuelta impotente de las capas medias, pero nunca un medio o un detonador de la lucha revolucionaria del proletariado.
Hay que hacer ver que la forma y el contenido de la violencia emancipadora de la clase obrera no puede ser comparada en ningún caso con el “terror”.
Y, finalmente, hay que mostrar donde reside la verdadera fuerza de la clase obrera: en la acción colectiva, consciente, y organizada de la inmensa mayoría y en su capacidad para transformar revolucionariamente las relaciones sociales.
Esos son los objetivos que se propone esta Resolución.
Pondremos además en evidencia que si hay una cuestión en la que las relaciones entre “fines y medios” son tan estrechas y están mutuamente condicionadas, esa es, sin duda, la de la violencia revolucionaria del proletariado. Todo esto redunda en la importancia de las actuales discusiones sobre terrorismo, terror y violencia de clase, que ocupan un lugar central en el concepto de la revolución proletaria.
Es completamente erróneo presentar el problema como un falso dilema: terror o pacifismo. En realidad el pacifismo nunca ha existido en una sociedad dividida en clases con intereses antagónicos. En esta sociedad lo que rige las relaciones entre las clases es la lucha. Por eso el pacifismo no ha sido nunca más que pura ideología. En el mejor de los casos un espejismo de capas impotentes y heterogéneas de una pequeña burguesía sin porvenir. En el peor una patraña, una mentira desvergonzada de las clases dominantes para que las clases explotadas abjuren de la lucha de clase y acaten el yugo de la opresión. Cuando se razona en términos de “pacifismo o terror”, es decir cuando se contrapone áquel a éste, se está cayendo en la trampa, se le está dando verosimilitud a este falso dilema, como ocurre también con la trampa igualmente construída sobre el falso dilema: guerra o paz.
En el debate debemos dejar de lado el uso de este dilema falsario, pues al oponer la fantasía a la realidad, se da la espalda y se oscurece el verdadero problema que se plantea: la naturaleza de clase del terror, del terrorismo y de la violencia de clase.
De igual forma que se escamotea el verdadero problema del terror y de la violencia de clase al sustituirlo por el falso dilema de “terror o pacifismo”, también se elude totalmente el problema identificándolos. Es verdaderamente sorprendente que quién se considera marxista, pueda pensar que clases de naturaleza tan diferente como la burguesía y el proletariado, aquella portadora de la explotación, ésta de la emancipación, aquella de la represión, ésta de la liberación, aquella del mantenimiento y perpetuación de la división de la humanidad, ésta de su unificación; que esas dos clases, la burguesía representante del reino de la necesidad, de la penuria y de la miseria, y el proletariado representante del reino de la libertad, de la abundancia y de la realización humanas, que esas dos clases, repetimos, puedan, sin embargo, tener los mismos usos y comportamientos, idénticos medios y modos de actuación.
Al hacer tal identificación, se está ocultando todo lo que distingue y opone a ambas clases, no en un terreno nebuloso, especulativo o abstracto, sino en la realidad misma de sus prácticas respectivas. A fuerza de identificar esas prácticas, se acaba identificando los sujetos mismos, es decir la burguesía y el propio proletariado, pues resulta aberrante afirmar por un lado que son dos clases cuya esencia es diametralmente opuesta, pero sostener, en cambio, que esas dos clases tienen, en realidad, prácticas idénticas.
Para centrar el problema del terror, tenemos que huir de cualquier disquisición terminológica y plantear al desnudo lo que contienen esos términos, o dicho de otra manera, ver el verdadero contenido, la práctica real del terror, y su significado. Empecemos pues por rechazar cualquier visión que separe el contenido y la práctica. El marxismo niega la visión idealista según la cual existiría un contenido etéreo al margen de la materialidad de las cosas que es su práctica, como la visión pragmática de una práctica vacía de contenido. Contenido y práctica, fin y medios, sin llegar a ser idénticos son, sin embargo, momentos de una unidad indisoluble. No existe una práctica separada y opuesta al contenido, y es imposible poner en cuestión un contenido sin quee la práctica quede inmediatamente en entredicho. La práctica revela necesariamente su contenido, de la misma forma que éste último sólo puede afirmarse en su práctica. Esto es particularmente evidente en lo referente a la vida social.
El capitalismo es la última de las sociedades divididas en clases de la historia. La clase capitalista basa su dominio en la explotación económica de la clase obrera. Para mantener y llevar al máximo esa explotación, la clase capitalista, como todas las clases explotadoras en la historia, recurre a todos los medios de opresión y represión a su alcance. No hace ascos a ningún medio, por muy inhumano, sanguinario y salvaje que sea, para mantener y perpetuar la explotación. Cuanto más se manifiestan las dificultades internas tanto más se manifiesta la resistencia obrera, y más sangrienta es aún la represión. Para ello la burguesía ha desarrollado todo un arsenal de medios represivos: cárceles, deportaciones, asesinatos, campos de concentración, guerras de exterminio y genocidios, la tortura más refinada, y también, necesariamente, todo un cuerpo social especializado en la aplicación de esa metodología: policía, guardia civil y gendarmerías especiales, ejército, aparato jurídico, torturadores con diploma, comandos superentrenados y grupos paramilitares. La clase capitalista invierte una parte cada vez mayor de la plusvalía extraída con la explotación de la clase obrera, en mantener este aparato de represión, hasta el extremo de que este sector se ha convertido en el más importante y más floreciente campo de la actividad social. Para mantener su dominio, la clase capitalista está llevando a la sociedad a la mayor abyección, conduciendo a la humanidad a los peores sufrimientos y la muerte.
No queremos hacer aquí una vívida descripción de la barbarie capitalista sino, más prosaicamente, mostrar lo esencial de su práctica. Esa práctica que impregna toda la vida social, todas las relaciones entre los hombres, que penetra por todos los poros de la sociedad. A esa práctica, a ese sistema de dominación, nosotros le llamamos Terror. El terror no es tal o cual acto de violencia episódico y circunstancial. El terror es un modo particular de la violencia, inherente a las clases explotadoras. Es una violencia concentrada, organizada, permanente y especializada, mantenida en constante desarrollo y perfeccionamiento, para así perpetuar la explotación.
Sus características fundamentales son:
– Que es la violencia de una clase minoritaria contra la gran mayoría de la sociedad.
– Que se perfecciona y se perpetua hasta el punto de encontrar en sí misma su razón de ser.
– Que necesita un cuerpo cada vez más especializado, cada vez más separado de la sociedad y encerrado en si mismo, que escapa a todo control, que impone con la mayor brutalidad su férula sobre el conjunto de la población, ahogando en un silencio de muerte cualquier veleidad de crtítica o de contestación.
El proletariado no es la única clase que sufre los rigores del terror del Estado sobre la sociedad. Ese terror se ejerce igualmente sobre todas las clases y capas pequeño burguesas: campesinos, artesanos, pequeños industriales y comerciantes, intelectuales y profesionales liberales, científicos y juventud estudiantil, e incluso en las propias filas de la clase burguesa. Estas capas y clases no ofrecen alternativa histórica alguna al capitalismo, por lo que, provocadas y exhasperadas por la barbarie del sistema y de su terror, no pueden oponerle, en cambio, más que actos desesperados: el Terrorismo.
Es cierto que el terrorismo puede ser utilizado por ciertos sectores de la burguesía, pero se trata, esencialmente, del modo de actuación político, de la práctica, de capas y clases desesperadas y sin porvenir. De ahí que esa práctica que se presume “heroíca y ejemplar” no sea más que una acción suicida, que no aporta alternativa alguna, y cuyo único efecto es abastecer de víctimas al terror del Estado. No tiene por tanto ningún efecto positivo sobre la lucha de clase del proletariado, y sí sirve, en cambio, para entorpecer la lucha pues siembra entre los trabajadores la ilusión de que existiría una vía diferente a la lucha de clases. Esto explica que el terrorismo, práctica de la pequeña burguesía, pueda ser y sea de hecho pertinentemente explotado por el Estado como medio para desviar a los obreros del terreno de la lucha de clases, e, igualmente, como pretexto para reforzar el Terror.
Lo que caracteriza el terrorismo, práctica insistimos de la pequeña burguesía, es que se trata siempre de acciones de pequeñas minorías o de individuos aislados, sin alcanzar jamás la altura de una acción de masas. Como también el modo conspirativo de actuación que ofrece un terreno muy favorable a las artimañas de los agentes policiales y del Estado, y en general a toda clase de manipulaciones e intrigas de lo más rocambolescas. Si ya por su propio orígen el terrorismo es emanación de voluntades individualistas y no de la acción generalizada de una clase revolucionaria, también en su desarrollo y resultados se mantiene en ese plano individualista. Su acción no pretende siquiera ir dirigida contra la sociedad capitalista y sus instituciones, sino contra individuos más o menos representativos de esa sociedad, por lo que acaban siendo “ajustes de cuentas”, acciones de venganza o de “vendetta” entre personas, de persona a persona, y nunca un enfrentamiento revolucionario de clase contra clase. De manera general el terrorismo da la espalda a la revolución que sólo puede ser obra de una clase decidida, con amplias masas en lucha abierta y frontal contra el orden existente y para la transformación social. El terrorismo es, además, fundamentalmente sustitucionista, pues no confía más que en la acción voluntarista de pequeñas minorías activistas.
Por todo ello hay que descartar y proscribir cualquier idea de un “terrorismo obrero” que postulara la creación de destacamentos del proletariado “especialistas” en la acción armada, o destinados a preparar los futuros combates “dando ejemplo” de la lucha violenta al resto de la clase, o “debilitando” al Estado capitalista con “ataques preliminares”. Es verdad que el proletariado puede crear destacamentos para tal o cual acción puntual (piquetes, patrullas, etc.), pero siempre bajo su control, y en un contexto de un movimiento del conjunto de la clase. En ese contexto, es cierto que la acción más decidida de los sectores de vanguardia puede servir de catalizador a la lucha de amplias masas, pero jamás lo será empleando los métodos conspirativos e individualistas típicos del terrorismo. Que obreros o grupos de obreros caigan en la práctica del terrorismo no le da a éste un carácter proletario como la composición obrera de los sindicatos no les hace órganos de la clase trabajadora. No hay tampoco que confundir los actos de sabotaje o de violencia individual llevados a cabo por trabajadores en los centros de producción con terrorismo. Esos actos son, esencialmente, manifestaciones de descontento y desesperación que aparecen sobre todo en momentos de reflujo de la lucha, cuando no pueden servir, ni mucho menos, de detonador de nada. En los momentos de reanudación de las luchas, esos actos tienden a integrarse y quedar superados por un movimiento colectivo y más consciente.
Por todas las razones expuestas, el terrorismo ni en su acepción más favorable (en la peor puede estar dirigido claramente contra los trabajadores), podrá ser jamás el modo de acción del proletariado, aunque éste no lo ponga en el mismo plano que el Terror, pues no olvida que el terrorismo, por muy vana que sea su acción, es una reacción, una consecuencia provocada por el terror de su enemigo mortal, el Estado capitalista, del cual él también es víctima.
El terrorismo como práctica refleja perfectamente su contenido: las clases pequeño burguesas de las que emana. Es la práctica estéril de clases impotentes y sin porvenir.
El proletariado, como última clase explotada de la historia, es portador de la solución a todos los desgarros, a todas las contradicciones y callejones sin salida en que se ha empantanado la sociedad. Esta solución no es sólo una respuesta a la explotación que soporta la clase obrera. Es la solución para la sociedad entera, pues el proletariado no puede liberarse sin liberar a la humanidad entera de la división de la sociedad en clases y de la explotación del hombre por el hombre. Esta solución, la de una comunidad humana libremente asociada y unificada, es el comunismo. Desde sus orígenes el proletariado lleva en sí el gérmen y algunos rasgos de esa humanidad renaciente: es una clase desprovista de cualquier propiedad privada, la clase más explotada de la sociedad y que se opone a toda explotación; es una clase unificada por el capitalismo en el trabajo productivo asociado, se trata pues de la clase más homogénea, la más unitaria de toda la sociedad; la solidaridad es una de sus primerísimas cualidades que es sentida como la más profunda de sus necesidades. Es la clase más oprimida de la historia y la clase que lucha contra todas las opresiones. Es la clase más alienada, y la clase portadora del movimiento de desalienación, puesto que su conciencia de la realidad no está sujeta a la automistificación dictada por los intereses de las clases explotadoras. Mientras las demás clases están sometidas a las leyes ciegas de la economía, el proletariado por su parte, cuando actúa conscientemente, se adueña de la producción, suprime el intercambio mercantil y organiza conscientemente la vida social.
Aunque arrastre todavía los estigmas de la antigua sociedad en la que ha surgido, el proletariado está llamado, sin embargo, a actuar en función de su porvenir. Y para esto no toma como modelo los modos de actuación de las antiguas clases dominantes, puesto que tanto en su práctica como en su propio ser, representa su más categórica antítesis. Las antiguas clases dominaban motivadas por la defensa de sus privilegios. El proletariado, en cambio, no tiene privilegio alguno que defender y su dominación tiene como objetivo la supresión de todo privilegio. Por esa misma razón, mientras las antiguas clases dominantes se rodeaban, blindándose, de infranqueables barreras sociales de casta; el proletariado, en cambio, se abre para que se incorporen a sus filas todos los demás miembros de la sociedad, creando así una única comunidad humana.
La lucha del proletariado como toda lucha social es necesariamente violenta, pero la práctica de su violencia es tan diferente de la violencia de las demás clases como diferentes son su proyecto y sus metas. Su práctica, incluida la de la violencia, es acción de amplias masas y no de minorías; es liberadora, es el parto de una sociedad nueva y armoniosa, y no la perpetuación de un estado de guerra permanente de uno contra todos y todos contra uno. Su práctica no intenta perfeccionar y perpetuar la violencia, sino proscribir de la sociedad los actos criminales de la clase capitalista, inmovilizándola. Por ello, la violencia revolucionaria del proletariado no podrá tener jamás la monstruosa forma del terror típica de la dominación capitalista, ni la forma del terrorismo impotente de la pequeña burguesía. Su fuerza invencible no se basa tanto en la fuerza física y militar, y menos aún en la represión, y sí, en cambio, en su capacidad para la movilización de masas, para asociar a la mayoría de las capas y clases trabajadoras no proletarias a la lucha contra la barbarie capitalista. Su fuerza reside en su toma de conciencia y en su capacidad para organizarse de manera autónoma y unitaria; en la firmeza de sus convicciones y en el vigor de sus decisiones. Estas son las armas fundamentales de la práctica y de la violencia del proletariado.
La literatura marxista emplea, a veces, el término terror en lugar de violencia de clase. Pero si examinamos el conjunto de la obra de Marx, comprenderemos que se trata más de una imprecisión en las fórmulas que una verdadera identificación de ambos conceptos en su pensamiento. El origen de tales imprecisiones hay que buscarlo en la profunda impresión causada por la gran revolución burguesa de 1789. Sea como fuere, ya es hora de acabar con esas ambiguedades que hace que algunos grupos lleven la exhaltación del terror a su extremo más caricatural, haciendo de esta monstruosidad un nuevo ideal para el proletariado.
La mayor firmeza, y la más estricta vigilancia no significan la instauración de un régimen policíaco. Es verdad que será indispensable reprimir físicamente las intrigas contrarevolucionarias de una burguesía acorralada, y que habrá que hacer frente al peligro de tener una actitud excesivamente benevolente o contemplativa frente a ellas. Pero no por ello el proletariado deberá bajar la guardia, ahí está el ejemplo de la preocupación de los bolcheviques en los primeros años de la revolución, contra todo exceso y abuso que pudiera acabar desfigurando y desnaturalizando su propia lucha, haciéndole perder de vista su meta última. La participación cada vez más activa de masas más amplias y la iniciativa creadora de éstas será la base verdaderamente esencial del poder del proletariado, y la garantía del triunfo final del socialismo.
CCI
Octubre de 1978
Adjunto | Tamaño |
---|---|
![]() | 131.08 KB |
¿Cómo puede la CCI hablar de la intensificación de los antagonismos Inter imperialistas hoy en día, mientras que al mismo tiempo afirma que la sociedad burguesa ha entrado en un período de crecientes luchas de clase desde finales de los años 60? ¿No hay una contradicción entre las advertencias sobre el peligro de la guerra en África y el Medio Oriente y el análisis de que se ha abierto un nuevo camino hacia la lucha proletaria y una decisiva confrontación de clases con la crisis económica? ¿Estamos viviendo una nueva versión de los años 30 con la guerra generalizada inevitablemente en el horizonte, o estamos enfrentando la perspectiva revolucionaria?
Esta cuestión es de suma importancia. En contraste con el pensamiento del espectador social perezoso y vago, el pensamiento revolucionario y dinámico no puede satisfacerse con "un poco de esto" y "un poco de aquello" mezclados en una salsa sociológica sin directrices. Si el marxismo sólo nos trajera un análisis del pasado para ofrecernos para hoy un simple "ya veremos", no lo necesitaríamos.
La acción social, la lucha, requiere la comprensión de las fuerzas en juego, requiere perspectiva. La acción del proletariado difiere según su conciencia de la realidad social que enfrenta y según las posibilidades que ofrece la relación de fuerzas. La intervención organizada de los revolucionarios en este proceso de conciencia de clase también se orienta de manera diferente, si no en su contenido profundo, al menos en su expresión, según la respuesta dada a la pregunta ¿vamos a la guerra o vamos a un enfrentamiento revolucionario?
La teoría marxista no es la letra muerta de los verdugos o académicos estalinistas, sino que sigue siendo el esfuerzo más coherente para expresar teóricamente la existencia y la experiencia del proletariado en la sociedad burguesa. Es en el marco del marxismo, y no sólo de su reapropiación sino también de su actualización, donde los revolucionarios pueden y deben responder a la cuestión de la relación de fuerzas entre la burguesía y el proletariado hoy, entre la guerra y la revolución.
En primer lugar, la perspectiva de las luchas no es una mera cuestión de días o años, sino que presupone todo un desarrollo histórico. El modo de producción capitalista, en el curso de su desarrollo, al destruir las bases materiales y económicas del feudalismo y otras sociedades precapitalistas, ha extendido sus relaciones de producción y el mercado capitalista a todo el planeta. Aunque el capitalismo aspira a ser un sistema universal, se enfrenta a contradicciones económicas internas de su propio funcionamiento basado en la explotación y la competencia. A partir de la creación efectiva del mercado mundial y el desarrollo de las fuerzas productivas, el capitalismo ya no puede superar sus crisis cíclicas ampliando su campo de acumulación, entra en un período de desgarro interno, un período de decadencia como sistema histórico, que ya no responde a las necesidades de la reproducción social. El sistema más dinámico de la historia hasta el día de hoy desata en su decadencia un verdadero canibalismo.
La decadencia del capitalismo está marcada por el florecimiento de las contradicciones inherentes a su naturaleza, por una crisis permanente. La crisis encuentra en juego dos fuerzas sociales antagónicas: la burguesía, clase del capital, que vive de la plusvalía, y el proletariado, cuyos intereses de clase explotada, al empujarla a oponerse a su explotación, conducen a la única posibilidad histórica de superar la explotación, la competencia y la producción de mercancías: una sociedad de productores libremente asociados.
La crisis actúa sobre estas dos fuerzas históricamente antagónicas de manera diferente: empuja a la burguesía hacia la guerra y al proletariado hacia la lucha contra la degradación de sus condiciones de vida. Con la crisis, la burguesía se ve obligada a retroceder detrás de la fuerza concertada de los Estados nacionales para defenderse en la competencia desenfrenada de un mercado mundial ya dividido entre las potencias imperialistas y que no puede expandirse más. La guerra mundial imperialista es el único resultado de la competencia que se ha pospuesto a nivel internacional. Para sobrevivir, el capitalismo sufre las deformaciones de su última etapa: el imperialismo generalizado. La tendencia universal del capitalismo decadente hacia el capitalismo de estado no es más que la expresión "organizativa" de las demandas de los antagonismos imperialistas. El movimiento de concentración del capital, que ya se expresaba a finales del siglo XIX por los trusts, los cárteles y luego las multinacionales, se ve frustrado y superado por la tendencia a la estatalización, que no responde a una "racionalización" del capital sino a la necesidad de fortalecer y movilizar el capital nacional en una economía de guerra casi permanente, el totalitarismo estatal en todos los ámbitos de la sociedad. La decadencia del capitalismo es la guerra, la masacre constante, la guerra de todos contra todos.
A diferencia del siglo pasado, cuando la burguesía se fortaleció desarrollando su dominio sobre la sociedad, hoy es una clase en decadencia, debilitada por la crisis de su sistema, asegurando sólo guerras y destrucción como consecuencias de sus contradicciones económicas.
En ausencia de una intervención proletaria victoriosa en una revolución mundial, la burguesía no tiene una "estabilidad", una paciente expectativa que ofrecernos sino, por el contrario, un ciclo de destrucción cada vez más prolongado. La clase capitalista no tiene unidad ni paz en su interior, sino antagonismo y competencia derivados de las relaciones de mercado de una sociedad explotadora. Ya en el período ascendente del desarrollo capitalista, los revolucionarios se opusieron a la idea reformista de Kautsky, Hilferding, de que el capitalismo podía evolucionar hacia la unidad supranacional. La izquierda socialista y Lenin en "Imperialismo, Etapa Suprema del Capitalismo" denunciaron esta quimera de una unificación global del capital. Aunque las fuerzas productivas tienden a empujar en dirección a la superación del estrecho marco nacional, nunca tienen éxito porque están sujetas a la camisa de fuerza de las relaciones capitalistas.
Después de la Segunda Guerra Mundial, una nueva variante de esta teoría de la supranacionalidad fue desarrollada por Socialismo o Barbarie para quien una "nueva sociedad burocrática" tendería a crear esta unificación mundial. Pero la "sociedad burocrática" no existe; la tendencia general a la nacionalización del capital no es un nuevo modo de producción ni un paso progresivo hacia el socialismo como algunos elementos del movimiento obrero pueden haber creído cuando lo vieron desarrollarse en la Primera Guerra Mundial. Siendo la expresión de la exacerbación de las rivalidades entre las fracciones nacionales del capital, el capitalismo de estado no logra la unidad, al contrario. El capital nacional está obligado a reagruparse en torno a las grandes potencias de los bloques imperialistas, pero esto no sólo no elimina las rivalidades dentro de un bloque, sino que sobre todo aplaza y acentúa aún más los antagonismos internacionales en la confrontación y la guerra entre los bloques. Sólo para enfrentarse a su enemigo mortal, el proletariado en lucha, la clase capitalista puede lograr un cierto grado de unidad internacional provisional.
Ante la amenaza del proletariado, incapaz de responder a los explotados con una mejora real de sus condiciones de vida, pero por el contrario obligado a exigir una explotación más feroz y una movilización para la guerra económica y luego militar, ante el desgaste de sus capacidades de mistificación la burguesía desarrolla un estado policial hipertrofiado, pone en marcha todo un aparato de represión desde los sindicatos hasta los campos de concentración, para poder dominar una sociedad en descomposición. Pero, así como las guerras mundiales expresan la descomposición del sistema económico, el fortalecimiento del aparato represivo del Estado muestra la verdadera debilidad de la burguesía frente a la historia. La crisis del sistema socava las bases materiales e ideológicas de poder de la clase dominante y la deja sin nada más que la implacable masacre.
En contraste con el colapso de la burguesía en la sangrienta barbarie de su decadencia, el proletariado en la era de la decadencia representa la única fuerza dinámica de la sociedad. La iniciativa histórica está con el proletariado; es el proletariado quien lleva la solución histórica que puede hacer avanzar a la sociedad. A través de su lucha de clases, puede frenar y finalmente detener la constante barbarie de la decadencia capitalista. Al plantear la cuestión de la revolución, al "transformar la guerra imperialista en guerra civil", el proletariado obliga a la burguesía a responder en el terreno de la guerra de clases.
Si nos hemos preguntado si durante un período de crecientes luchas puede haber la expresión e incluso el agravamiento de los antagonismos imperialistas, entonces estamos en condiciones de responder. La característica de la burguesía es la tendencia a la guerra, sea consciente de ello o no. Incluso cuando se prepara para enfrentarse al proletariado, los antagonismos imperialistas siguen existiendo; dependen de la profundización de la crisis y no encuentran su fuente en la acción de la clase obrera. Pero el capitalismo sólo puede llegar hasta el final, a la guerra generalizada, si primero ha sometido al proletariado y lo ha reclutado en la movilización. Sin esto, el imperialismo no puede llegar a su fin lógico.
En efecto, entre el estallido de la crisis en 1929 y la Segunda Guerra Mundial, se necesitaron diez años, no sólo para restablecer una economía de guerra suficiente para las necesidades de destrucción, sino para completar el aplastamiento físico y el desarme ideológico de la clase obrera implicada en los partidos "obreros", estalinistas y socialdemócratas, bajo la bandera del antifascismo o en las filas del fascismo, en la unión sagrada. Asimismo, antes del 14 de agosto, fue todo un proceso de degeneración de la Segunda Internacional y de colaboración de clases lo que preparó el terreno para la traición de las organizaciones de trabajadores. La guerra mundial no estalló como un relámpago en un cielo azul, sino como resultado de la eliminación efectiva de la resistencia proletaria.
Si la lucha de clases es lo suficientemente fuerte, el resultado de la guerra generalizada no es posible; si la lucha se debilita a través de la derrota física o ideológica del proletariado, entonces se abre el camino para la expresión de la tendencia inherente del capitalismo decadente: la guerra mundial. A partir de entonces, es sólo durante el curso de la propia guerra, como respuesta a las insoportables condiciones de vida, que el proletariado puede reanudar el camino de su conciencia y resurgir en la lucha. No debemos hacernos ilusiones: no podemos pretender "hacer la revolución contra la guerra", hacer la huelga general el día "D", frente a la orden de la movilización. Si la guerra está a punto de estallar, es precisamente porque la lucha de clases ha sido demasiado débil para detener a la burguesía, y entonces no se trata de adormecer al proletariado con ilusiones.
Hoy en día, los trabajadores no pueden descuidar la gravedad de las manifestaciones de las rivalidades imperialistas y lo que está en juego en la relación de fuerzas entre la burguesía y el proletariado. Si la Segunda Guerra Mundial es sólo una continuación de la primera y si la tercera es una continuación de la segunda, si el capitalismo, como un combate de boxeo, vive los períodos de "reconstrucción" sólo como intervalos entre las guerras, la actual capacidad destructiva nos deja pocas esperanzas de cualquier posibilidad de que el proletariado se levante durante un tercer holocausto. Es muy probable que la destrucción sea tal que se descarte la necesidad y la posibilidad del socialismo con la destrucción de la mayor parte del globo. Por lo tanto, lo que está en juego es hoy y no mañana; es ante un período de crisis económica que la clase obrera emergerá y no ante una guerra. Sólo el proletariado puede frenar, mediante su lucha en su terreno de clase contra la crisis y la degradación de sus condiciones de vida, la constante tendencia de la burguesía hacia la guerra. Sólo hoy la relación proletariado/burguesía decidirá entre el socialismo o la caída definitiva en la barbarie.
Por lo tanto, si señalamos la gravedad de los enfrentamientos entre los bloques hoy en día, es para desenmascarar mejor la horrible realidad del sistema capitalista que 60 años de sufrimiento nos han enseñado. Pero esta advertencia general y necesaria no significa de ninguna manera que hoy en día la perspectiva sea hacia una guerra mundial o que estemos viviendo un período de contrarrevolución triunfante. Por el contrario, la balanza de fuerzas se ha inclinado a favor del proletariado. Las nuevas generaciones de trabajadores no han sufrido las derrotas de las anteriores. La ruptura del bloque "socialista", así como los levantamientos obreros en el Bloque del Este, debilitaron enormemente el poder mistificador de la ideología burguesa estalinista. El fascismo y el antifascismo están demasiado desgastados para servir y la ideología de los "derechos humanos" bajo el capitalismo, negada desde Nicaragua hasta el Irán, no es suficiente para reemplazarlos. La crisis, el fin de la engañosa prosperidad de la reconstrucción de la posguerra, ha provocado un despertar general del proletariado. La ola de 1968-1974 fue una respuesta poderosa al inicio de la crisis, y la combatividad de los trabajadores no perdonó a ningún país. Es este renacimiento de la combatividad obrera lo que marca el fin de la contrarrevolución y constituye la piedra angular de la perspectiva revolucionaria actual.
Nunca existe una situación social unilateral simplista; los antagonismos Inter imperialistas no desaparecen mientras el sistema capitalista esté vivo. Pero la combatividad de los trabajadores es un obstáculo, el único hoy en día, a la tendencia a la guerra. Cuando hay un descenso en las luchas, el freno no actúa suficientemente sobre la velocidad y los antagonismos Inter imperialistas empeoran. Por eso los revolucionarios insisten tanto en el desarrollo de la lucha autónoma de la clase obrera, en las huelgas salvajes que tienden a ir más allá de la camisa de fuerza sindical, en la tendencia a la autoorganización de clase, en la combatividad frente a la austeridad y en contra de los sacrificios exigidos por la burguesía.
La crisis, en una línea recta siempre descendente, lleva a la clase capitalista en decadencia a la guerra. Por otro lado, empuja a explosiones esporádicas y en dientes de sierra a la clase revolucionaria a luchar. El curso histórico es el resultado de estas dos tendencias antagónicas: la guerra o la revolución.
Aunque el socialismo es una necesidad histórica frente a la decadencia de la sociedad burguesa, la revolución socialista no es en todo momento una posibilidad concreta. Durante los largos años de la contrarrevolución, el proletariado fue derrotado, su conciencia y organización demasiado débiles para ser una fuerza autónoma en la sociedad frente a la destrucción.
Hoy en día, por otro lado, el curso histórico va hacia el surgimiento de las luchas proletarias. Pero el tiempo juega; nunca hay ninguna fatalidad en la historia. Un curso histórico no es "estable", adquirido para siempre; el curso hacia la revolución proletaria es una posibilidad que se abre, una maduración de las condiciones que lleva a la confrontación de clases. Pero si el proletariado no desarrolla su combatividad, si no se arma a través de la conciencia forjada en las luchas y a través de la contribución de los revolucionarios en su seno, no podrá responder a esta maduración a través de su actividad creadora y revolucionaria. Si el proletariado es derrotado, si vuelve a caer en la pasividad como resultado de un aplastamiento, entonces el curso se invertirá y se realizará el siempre presente potencial bélico generalizado.
Hoy el curso es hacia arriba. Porque la clase obrera no está derrotada, porque resiste la degradación de sus condiciones de vida en todo el mundo, porque la crisis económica internacional agrava el desgaste de la ideología burguesa y por tanto su peso sobre la clase, porque la clase obrera es la fuerza vital contra el "viva la muerte" de la sangrienta contrarrevolución, por todas estas razones hacemos un "saludo a la crisis" que abre por segunda vez en el período de decadencia la puerta de la historia.
J.A.
Las contradicciones del régimen capitalista se han transformado para la humanidad, como resultado de la guerra, en un sufrimiento inhumano: hambre, frío, epidemias, barbarie moral. La vieja disputa académica de los socialistas sobre la teoría del empobrecimiento y la transición gradual del capitalismo al socialismo ha quedado así definitivamente zanjada. Los estadísticos y los pedantes de la teoría de la nivelación de las contradicciones se han esforzado durante años en buscar en todos los rincones del mundo hechos reales o imaginarios para probar el mejoramiento de ciertos grupos o categorías de la clase obrera. Se admitió que la teoría del empobrecimiento estaba enterrada bajo los silbidos despectivos de los eunucos que ocupaban las cátedras burguesas de las universidades y los monjes del oportunismo socialista. Hoy en día, no sólo se nos presenta el empobrecimiento social, sino también el empobrecimiento fisiológico y biológico en toda su horrible realidad.
El desastre de la guerra imperialista ha acabado con todos los logros de la lucha sindical y parlamentaria. Y, sin embargo, esta guerra nació de las tendencias internas del capitalismo, al igual que las negociaciones económicas y los compromisos parlamentarios que ahogó en sangre y barro.
El capital financiero, que sumió a la humanidad en el abismo de la guerra, sufrió en sí mismo cambios catastróficos durante la guerra. La dependencia del papel moneda de la base material de la producción se rompió completamente. (...) Si la subordinación total del poder estatal al poder del capital financiero ha llevado a la humanidad a la carnicería imperialista, esta carnicería ha permitido al capital financiero no sólo militarizar completamente el Estado, sino también militarizarse a sí mismo, de modo que ya no puede cumplir sus funciones económicas esenciales excepto con hierro y sangre. Los oportunistas que antes de la guerra incitaban a los obreros a moderar sus exigencias en nombre de la transición progresiva al socialismo, que exigían durante la guerra la humillación y la sumisión de clase del proletariado en nombre de la unión sagrada y la defensa de la patria, exigen todavía nuevos sacrificios y abnegación del proletariado para superar las terribles consecuencias de la guerra. Si tales sermones encontraran una audiencia entre la clase obrera, el desarrollo capitalista continuaría su recuperación sobre los cadáveres de varias generaciones con nuevas formas aún más concentradas y monstruosas, con la perspectiva de una nueva e inevitable guerra mundial. »
Manifiesto de la Internacional Comunista a los proletarios del mundo
Enlaces
[1] https://es.internationalism.org/tag/21/541/terror-terrorismo-y-violencia-de-clase
[2] https://es.internationalism.org/tag/cuestiones-teoricas/terrorismo
[3] https://es.internationalism.org/files/es/web_curso_historico.pdf
[4] https://es.internationalism.org/tag/2/29/la-lucha-del-proletariado
[5] https://es.internationalism.org/tag/3/44/curso-historico