Crisis alimentaria, revueltas del hambre
En el número 132 de la Revista internacional, reseñábamos el desarrollo de las luchas obreras que estallaron simultáneamente por el mundo frente a la agravación de la crisis y de los ataques contra las condiciones de vida de los proletarios. Las nuevas sacudidas de la economía mundial, la plaga inflacionista y la crisis alimentaria van a agravar más todavía la miseria de las capas más empobrecidas en los países de la periferia. Esta situación, que pone al desnudo la sima en la que se hunde el sistema capitalista, ha provocado en muchos países revueltas de hambre al mismo tiempo que se estaban desarrollando luchas obreras por aumentos de salarios, especialmente contra el alza fulgurante de los precios de los alimentos de base. Con la agravación de la crisis, las revueltas del hambre y las luchas obreras van a continuar multiplicándose de manera cada día más general y simultánea. Esas revueltas contra la miseria se deben a las mismas causas: la crisis de la sociedad capitalista, su incapacidad para ofrecer un porvenir a la humanidad, ni siquiera asegurar la simple supervivencia de una parte de ella. Pero esos dos movimientos no contienen el mismo potencial. Sólo el combate del proletariado, en su propio terreno de clase, podrá acabar con la miseria, la hambruna generalizada si es capaz de echar abajo al capitalismo creando una nueva sociedad sin hambres y sin guerras.
Lo común a todas las revueltas del hambre que han estallado desde principios de año por el mundo es la subida como un cohete de los precios de los alimentos o su espectacular penuria que han golpeado sin miramientos a una población pobre y obrera en cantidad de países. Algunos ejemplos muy significativos: el precio del maíz se ha cuadriplicado desde el verano de 2007, el del trigo se ha duplicado desde principios de este año 2008. Los precios de los alimentos se han incrementado, globalmente, 60 % en dos años en los países pobres. Signo de los tiempos que corren, los efectos devastadores del alza de 30 a 50 % de los precios alimenticios a nivel mundial no sólo ha afectado violentamente a las poblaciones de los países pobres, sino también a las de los "ricos". Por ejemplo, en Estados Unidos, primera potencia económica del planeta, 28 millones de personas no podrían sobrevivir sin la distribución de alimentos de los ayuntamientos y los Estados.
Ya hoy están muriéndose de hambre cada día 100 000 personas en el mundo, un niño de menos de dos años se muere cada 5 segundos, 842 millones de personas sufren de malnutrición crónica agravada, reducidas a un estado de invalidez. Y ya hoy, dos de los seis mil millones de seres humanos del planeta (o sea un tercio de la humanidad) están en situación de supervivencia cotidiana a causa los precios de los alimentos.
Los expertos mismos de la burguesía (FMI, FAO, ONU, G8, etc.) anuncian que esa situación no es pasajera, sino que, al contrario, se va a volver crónica y, además, va a ser cada día peor, con aumentos vertiginosos de los víveres de primera necesidad y su escasez ante las necesidades de la población planetaria. Ahora que las capacidades productivas del planeta permitirían alimentar a 12 mil millones de seres humanos, hay millones y millones de ellos que se mueren de hambre a causa precisamente de las propias leyes del capitalismo, sistema que domina el mundo entero, un sistema de producción destinado, no a satisfacer las necesidades humanas, sino a la ganancia, un sistema totalmente incapaz de responder a las necesidades de la humanidad. Y todas las explicaciones que no les queda más remedio que darnos sobre la crisis alimentaria actual van en la misma dirección: su causa es la de una producción que obedece a las leyes ciegas e irracionales del sistema:
1. La subida vertiginosa del precio del petróleo que incrementa los costes del transporte y la producción de alimentos, etc. Ese fenómeno es una aberración propia del sistema y no un factor que le sería ajeno.
2. El crecimiento significativo de la demanda alimentaria, resultante de cierto aumento del poder adquisitivo de las clases medias y de los nuevos hábitos alimenticios en los países llamados "emergentes" como India y China. Si hubiera algo de cierto en semejante explicación, es muy significativa de la realidad del "progreso económico" que, al aumentar el poder de consumo de unos cuantos condena a morir de hambre a millones de otros a causa de la penuria actual en el mercado mundial resultante.
3. La especulación desenfrenada sobre los productos agrícolas. También es un producto del sistema y su peso económico es tanto más importante porque la economía real es cada vez menos próspera. Ejemplos: al ser las existencias de cereales las más bajas desde hace 30 años, la locura especuladora de los inversores se fija ahora en la ganga alimentaria, con la esperanza de unas buenas inversiones que ya no pueden realizarse en el sector inmobiliario desde la crisis de éste; en la Bolsa de Chicago, el volumen de cambio en los contratos sobre la soja, el trigo, la carne de cerdo e incluso de ganado vivo, según el diario francés le Figaro (15 abril) se ha incrementado un 20 % durante los tres primeros meses de este año.
4. El mercado en pleno auge de los biocarburantes, aguijoneado por las subidas de precio del crudo, es también objeto de una especulación desenfrenada. Esta nueva fuente de beneficios es la causa del incremento expansivo de ese tipo de cultivos a expensas de las plantas destinadas a la alimentación humana. Muchos países productores de alimentos de primera necesidad han transformado grandes extensiones hortícolas productoras de víveres en cultivos de biocarburantes, con el pretexto de luchas contra el efecto invernadero, reduciendo así de manera drástica los productos de primera necesidad y aumentando sus precios hasta cotas dramáticas. Así ocurre con el Congo-Brazzaville que está desarrollando extensivamente la caña de azúcar con ese fin, mientras la población revienta de hambre. En Brasil, mientras que el 30% de la población sobrevive bajo el umbral de pobreza y se alimenta como puede, la política agrícola se orienta hacia una producción extrema de biocarburantes.
5. La guerra comercial y el proteccionismo, algo que también pertenece al capitalismo, en el ámbito agrícola, han hecho que los agricultores más productivos de los países industrializados exporten, a menudo gracias a las subvenciones gubernamentales, una parte importante de su producción hacia el Tercer mundo, arruinando así al campesinado de esas regiones incapaces de ese modo de subvenir a las necesidades alimentarias de la población. En África, por ejemplo, muchos agricultores locales se han visto arruinados por las exportaciones europeas de pollos o de carne de vaca. México ya no puede producir lo suficiente para alimentar su población y, ahora, ese país debe importar por valor de 10 mil millones de dólares de productos alimenticios.
6. El uso irresponsable de los recursos del planeta, aguijoneado por la ganancia inmediata, acaba llevando a su agotamiento. El uso abusivo de abonos está causando estragos en el equilibrio del suelo, hasta el punto que el Instituto internacional de Investigación sobre el Arroz prevé que su cultivo en Asia está amenazado a relativo corto plazo. La pesca a ultranza en los océanos está llevando a la escasez de muchas especies de peces.
7. Y las consecuencias del calentamiento del planeta y, entre ellas especialmente las inundaciones o las sequías, se mencionan con razón para explicar la baja de producción de ciertas superficies cultivables. Pero también son, en última instancia, las consecuencias en el medio ambiente, de una industrialización llevada a cabo por el capitalismo a expensas de las necesidades inmediatas y a largo plazo de la especie humana. Las recientes oleadas de calor en Australia, por ejemplo, han acarreado serios estragos y descensos importantes en la producción agrícola. Y lo peor está por venir, pues, según estimaciones, una subida de un grado Celsius de temperatura haría caer 10 % la producción de arroz, de trigo y de maíz. Las primeras investigaciones demuestran que el aumento de las temperaturas amenaza la supervivencia de muchas especies animales y vegetales y reduce el valor nutritivo de las plantas.
El hambre no es la única consecuencia de las aberraciones en materia de explotación de los recursos terrestres. La producción de biocarburantes, por ejemplo, conduce al agotamiento de tierras de cultivo. Además, ese "jugoso" mercado lleva a comportamientos delirantes y antinaturales: en las montañas Rocosas de Estados Unidos, donde los cultivadores ya han reorientado el 30 % de su producción de maíz hacia la fabricación de etanol, se dedican superficies enormes al maíz "energético" en tierras inadaptadas a ese cultivo, acarreando un despilfarro increíble en abonos y agua para un resultado de lo más flojo. Jean Ziegler ([1]) explica: "Para llenar un depósito de 50 litros con bioetanol, hay que quemar 232 kilos de maíz" y para producir un kilo de maíz, hacen falta ¡1000 litros de agua! Según estudios recientes, no solo es negativo el balance de la contaminación de los biocarburantes (una investigación reciente demostraría que aumentan más la polución del aire que el carburante normal), sino que sus consecuencias globales a nivel ecológico y económico son una catástrofe para la humanidad. Por otra parte, en muchas regiones del globo, el suelo está cada vez más contaminado cuando no totalmente envenenado. Así ocurre con el suelo chino, donde mueren 120 000 campesinos cada año de cánceres relacionados con la contaminación del suelo.
Todas las explicaciones que se nos dan sobre la crisis alimentaria tienen, cada una de ellas, una parte de verdad. Pero ninguna de ellas por sí misma es la explicación. Sobre los límites de su sistema, sobre todo cuando aparecen con la forma de la crisis, a la burguesía no le queda otro remedio que mentir a los explotados que son los primeros en soportar las consecuencias, para ocultar el carácter necesariamente transitorio de ese sistema como lo fue con los precedentes sistemas de explotación. En cierto modo, está obligada a mentirse a sí misma, como clase social, para no tener que reconocer que su reino está condenado por la historia. Y lo que hoy llama la atención es el contraste entre el aplomo de que alardea la burguesía y su incapacidad para reaccionar de manera mínimamente creíble y eficaz ante la crisis alimentaria.
Las diferentes explicaciones y soluciones propuestas - independientemente de lo cínicas e hipócritas que puedan ser - corresponden todas ellas a los intereses propios e inmediatos de tal o cual fracción de la clase dirigente en detrimento de las demás. Unos cuantos ejemplos: en la reciente reunión de la cumbre del G8, los principales dirigentes del mundo han invitado a los representantes de los países pobres a reaccionar ante las revueltas del hambre preconizando que se bajaran inmediatamente los aranceles sobre las importaciones agrícolas. En otras palabras, la primera idea que se les ocurrió a esos tan finos representantes de la democracia capitalista ha sido aprovechar la crisis para incrementar sus exportaciones... El lobby industrial europeo provocó un clamor de indignación al denunciar que el proteccionismo agrícola de la Unión Europea era, entre otras cosas, acusado de ser responsable de la ruina de la agricultura de subsistencia del "Tercer Mundo" ([2]). ¿Por qué?, porque al sentirse amenazado por la competencia industrial de Asia, quiere que se reduzcan las subvenciones agrícolas pagadas por la Unión Europea, que resultan ahora demasiado caras para los medios que posee la UE. Y el lobby agrícola, por su parte, ve en las revueltas del hambre la prueba de la necesidad de aumentar esas mismas subvenciones. La Unión Europea ha aprovechado la ocasión para condenar el desarrollo de la producción agrícola al servicio de la "energía renovable"... en Brasil, que es uno de sus rivales más importantes en ese sector.
El capitalismo, como ningún otro sistema antes, ha desarrollado las fuerzas productivas a un nivel que podrían permitir instaurar una sociedad en la que se satisficieran todas las necesidades humanas. Sin embargo, esas enormes fuerzas puestas así en movimiento, mientras queden encerradas en las leyes del capitalismo, no sólo no podrán ponerse al servicio de la gran mayoría de la humanidad, sino que además se vuelven contra ella.
"En los países industriales más adelantados, hemos domeñado las fuerzas naturales para ponerlas al servicio del hombre; con ello, hemos multiplicado la producción hasta el infinito, de tal modo que un niño produce hoy más que antes cien adultos. ¿Y cuál es la consecuencia de ello? Un exceso de trabajo cada vez mayor, la miseria sin cesar creciente de las masas, [...] Sólo una organización consciente de la producción social, en la que se produzca y se distribuya con arreglo a un plan, podrá elevar a los hombres, en el campo de las relaciones sociales, sobre el resto del mundo animal en la misma medida en que la producción en general lo ha hecho con arreglo a la especie humana" (Introducción a Dialéctica de la naturaleza, F. Engels).
Desde que el capitalismo entró en su fase de declive, no sólo las riquezas producidas siguen sin servir para liberar a la especie humana del reino de la necesidad, sino que incluso amenazan su propia existencia. Y es así como un nuevo peligro amenaza hoy a la humanidad: el del hambre generalizada, de la que hace poco se decía que pronto sería una pesadilla del pasado. De hecho, como lo pone de relieve el calentamiento del planeta, el conjunto de la actividad productiva - incluidos los precios alimentarios - al estar sometida a las leyes ciegas del capitalismo, lo que está en vilo es la base misma de la vida en la Tierra, sobre todo a causa del despilfarro de los recursos del planeta.
Son las masas de los más pobres entre los países del "Tercer mundo" las hoy golpeadas por el hambre. Los saqueos de almacenes han sido una reacción perfectamente legítima ante una situación insoportable, de supervivencia, para los actores de esos actos y sus familias. En esto, las revueltas del hambre, aunque provoquen destrucciones y violencias, no deben ponerse en el mismo plano y no tienen el mismo sentido que las revueltas urbanas, como las de Brixton en Gran Bretaña en 1981 y las de las barriadas francesas de 2005, o los motines raciales como los de Los Ángeles, en 1992 ([3]).
Por mucho que perturben el llamado "orden público" y provoquen daños materiales, esas revueltas sólo sirven, en fin de cuentas, a los intereses de la burguesía, la cual es perfectamente capaz de volverlas contra los propios amotinados, pero también contra el conjunto de la clase obrera. Esas manifestaciones de violencia desesperada, en las que a menudo están implicados elementos del lumpenproletariado, ofrecen siempre una oportunidad a la clase dominante para reforzar su aparato represivo y el control policial de los barrios más pobres en los que viven las familias obreras.
Ese tipo de revueltas es un producto de la descomposición del sistema capitalista. Son una expresión de la desesperación y del "no future" que engendra y que se plasma en su carácter totalmente absurdo. Así fue con las revueltas que inflamaron las barriadas en Francia en noviembre de 2005 donde no fueron ni mucho menos los barrios ricos donde viven los explotadores los que sufrieron las acciones violentas de los jóvenes sino sus propios barrios que si hicieron todavía más siniestros e inhóspitos que antes. Y que fueran además sus propias familias, sus allegados o vecinos las víctimas principales de las depredaciones revela el carácter totalmente ciego, desesperado y suicida de ese tipo de amotinamientos. Fueron los vehículos de los obreros que moran en esos barrios los incendiados y destruidas las escuelas y gimnasios a los que iban sus hermanos, hermanas o los hijos del vecino. Y fue precisamente por lo absurdo de esas revueltas por lo que la burguesía pudo utilizarlas y volverlas contra la clase obrera.
Su mediatización a ultranza permitió a la clase dominante mentalizar a muchos obreros de los barrios populares para que consideraran a los jóvenes amotinados no como víctimas del capitalismo en crisis, sino como unos gamberros descerebrados. Más allá del hecho de que esas revueltas permitieron que la policía reforzara la "caza al moreno" entre los jóvenes de origen inmigrante, no podían sino minar cualquier acción de solidaridad de la clase obrera hacia esos jóvenes excluidos de la producción, sin la menor perspectiva de futuro y sometidos constantemente a las vejaciones de los controles policiales.
Por su parte, las revueltas del hambre son primero y ante todo una expresión de la quiebra de la economía capitalista y de la irracionalidad de su producción. Esta se plasma hoy en una crisis alimentaria que golpea no solo a las capas más desfavorecidas de los países "pobres" sino también a cada vez más obreros asalariados, incluso en los países llamados "desarrollados". No es casualidad si en la gran mayoría de las luchas que hoy se están realizando por todas las partes se reivindican esencialmente aumentos de salarios. La inflación galopante, la estampida de los precios de los productos de primera necesidad conjugada con la baja de los salarios reales y las pensiones roídos por la inflación, la precariedad del empleo y las oleadas de despidos son manifestaciones de la crisis que contienen todos los ingredientes para que el hambre, la lucha por la supervivencia, empiecen a plantearse en el seno de la clase obrera. Las encuestas muestran que ya hoy en varios países de Europa, los supermercados y grande superficies adonde acuden las familias obreras a hacer sus compras tienen más dificultades para vender sus productos y están obligados a disminuir sus abastecimientos.
Y es precisamente porque la cuestión de la crisis alimentaria golpea ya a los obreros de los países "pobres" (y afectará cada día más a los de los países centrales del capitalismo), por lo que a la burguesía le va a ser difícil explotar las revueltas del hambre contra la lucha de clase del proletariado. La escasez generalizada, las hambrunas, eso es lo que el capitalismo reserva a la humanidad entera, ése es el "porvenir" que revelan las revueltas del hambre que han estallado recientemente en varios países del mundo.
Evidentemente, esas revueltas son también reacciones de desesperación de las masas más pobres de los países "pobres" y no son portadoras por sí mismas de ninguna perspectiva de derrocamiento del capitalismo. Pero, contrariamente a las revueltas urbanas o raciales, las del hambre son un concentrado de la miseria absoluta en la que el capitalismo hunde a partes cada día más extensas de la humanidad. Muestran el porvenir que le espera a la clase obrera si ese modo de producción no acabara por ser derrocado. Por eso contribuyen en la toma de conciencia de la quiebra irremediable de la economía capitalista. Y, en fin, muestran con qué cinismo y con qué brutalidad responde la clase dominante a las explosiones de cólera de quienes atacan los almacenes para no morirse de hambre: represión, gases lacrimógenos, porrazos y metralla.
Y, contrariamente a las revueltas de las barriadas, aquéllas no son un factor de división de la clase obrera. Muy al contrario, a pesar de las violencias y destrozos que pueden acarrear, las revueltas del hambre tienden espontáneamente a suscitar un sentimiento de solidaridad por parte de los obreros pues éstos también son víctimas de la crisis alimentaria y les cuesta cada día más alimentar a sus familias. Por eso las revueltas del hambre son mucho más difíciles de utilizar por la burguesía para azuzar a unos obreros contra otros o crear divisiones en los barrios populares.
Aunque en los países "pobres" se estén hoy desarrollando, simultáneamente, luchas obreras contra la miseria capitalista y las revueltas del hambre, se trata, sin embargo, de dos movimientos paralelos y de naturaleza muy diferente.
Por mucho que haya obreros que participen en las revueltas del hambre saqueando almacenes, ése no es el terreno de la lucha de clases. En ese terreno, el proletariado está anegado en medio de otras capas "populares" entre las más pobres y marginales. En ese tipo de movimientos, el proletariado no puede sino perder su autonomía de clase y abandonar sus propios métodos de lucha: huelgas, manifestaciones, asambleas generales.
Por otra parte, las revueltas del hambre son humo de pajas, motines sin futuro que en modo alguno podrán resolver el problema del hambre. Sólo son una reacción inmediata y desesperada a la miseria más abismal. En efecto, una vez que los almacenes son vaciados por los saqueos no queda nada, en todos los sentidos, mientras que las subidas de salario resultantes de las luchas obreras pueden mantenerse durante más tiempo, por mucho que, cierto es, acaben anulándose. Es evidente que frente a la hambruna que hoy está golpeando a las poblaciones de los países de la periferia del capitalismo, la clase obrera no puede permanecer indiferente; y tanto más porque, en esos países, a los obreros también les está afectando la crisis alimentaria y encuentran cada día más dificultades para alimentarse a sí mismos y a sus familias con sus miserables sueldos.
Las expresiones actuales de la quiebra del capitalismo, especialmente la estampida de los precios y la agravación de la crisis alimentaria, tienden a nivelar cada vez más las condiciones de vida de los proletariados y las de unas masas cada vez más miserables. Por eso mismo van a multiplicarse las luchas obreras en los países "pobres" al mismo tiempo que estallarán revueltas del hambre. Y aunque las revueltas del hambre carezcan de perspectivas, las luchas obreras sí que son un terreno de clase en cuyas firmes bases los obreros podrán desarrollar su fuerza y su perspectiva. El único medio para el proletariado de resistir a los ataques cada vez más violentos del capitalismo estriba en su capacidad para preservar su autonomía de clase desarrollando sus luchas y su solidaridad en su propio terreno. Es, en especial, en las asambleas generales y las manifestaciones masivas donde deben plantearse las reivindicaciones comunes a todos, integrando la solidaridad con las masas hambrientas. En esas reivindicaciones, los proletarios en lucha no solo deben exigir aumentos de sueldo y baja de los precios de los víveres de base, deben también añadir en sus plataformas reivindicativas el reparto gratuito del mínimo vital para los más desfavorecidos, los desempleados y las masas indigentes.
Desarrollando sus propios métodos de lucha y reforzando su solidaridad de clase con las masas hambrientas y oprimidas, el proletariado podrá llevar tras sí a las demás capas no explotadoras de la sociedad.
El capitalismo no tiene la menor perspectiva que ofrecer a la humanidad, sino es la de unas guerras cada vez más bestiales, unas catástrofes cada día más trágicas, una miseria cada vez mayor para la gran mayoría de la población mundial. La única posibilidad para la sociedad de salir de la barbarie del mundo actual es el derrocamiento del sistema capitalista. Y la única fuerza capaz de echar abajo el capitalismo es la clase obrera mundial. Y como la clase obrera no ha sido hasta ahora capaz de encontrar las fuerzas suficientes para afirmar esa perspectiva, desarrollando y extendiendo masivamente sus luchas, las masas crecientes de la población mundial en los países del "Tercer mundo" se ven obligadas a lanzarse a unas revueltas del hambre desesperadas para intentar sobrevivir. La única verdadera solución a la "crisis alimentaria" es el desarrollo de las luchas del proletariado hacia la revolución comunista mundial que permitirá dar una perspectiva y una dirección a las revueltas del hambre. El proletariado solo podrá llevarse tras sí a las demás capas no explotadoras de la sociedad afirmándose como clase revolucionaria. Desarrollando y unificando sus luchas la clase obrera podrá mostrar que es ella la única fuerza social capaz de cambiar el mundo y aportar una respuesta radical a la plaga del hambre, pero también de la guerra y de todas las manifestaciones de desesperanza propias de la descomposición de la sociedad.
El capitalismo ha reunido las condiciones de la abundancia pero mientras ese sistema no haya sido derrocado, solo podrán desembocar en una situación absurda en la que la sobreproducción de mercancías se combina con la penuria de los bienes más elementales.
El que el capitalismo sea incapaz de alimentar a partes enteras de la humanidad es un llamamiento al proletariado para que asuma su responsabilidad histórica. Sólo la revolución comunista mundial podrá poner las bases de una sociedad de abundancia en la que las hambrunas sean erradicadas definitivamente del planeta.
LE (5 de julio de 2008)
[1]) Relator especial para el derecho a la alimentación (de las poblaciones) del Consejo de derechos del hombre de la Organización de naciones unidas desde el año 2000 hasta marzo del 2008.
[2]) El término "Tercer Mundo" lo inventó un economista y demógrafo francés, Alfred Sauvy en 1952, en plena Guerra fría, para, al principio, designar a los países que no estaban vinculados directamente ni al bloque occidental ni al bloque ruso, pero ese sentido quedó pronto casi en desuso, sobre todo, claro, después de la caída del muro de Berlín. Se usa sobre todo sin embargo para designar a los países que tienen los indicadores de desarrollo económico más débiles, o sea los países más pobres del planeta, especialmente en África, Asia o Latinoamérica. Y es, claro está, en este sentido, nunca antes de mayor actualidad, en el que se usa todavía.
[3]) Sobre las revueltas raciales de Los Ángeles, ver nuestro artículo "Ante el caos y las matanzas, sólo la clase obrera puede dar una respuesta" en Revista internacional n° 70. Sobre las revueltas en las barriadas francesas del otoño de 2005, léase "Revueltas sociales: Argentina 2001, Francia 2005... Sólo la lucha proletaria es portadora de futuro" (Revista internacional n° 124) y "Tesis sobre el movimiento de los estudiantes de la primavera de 2006 en Francia" (Revista internacional n° 125).
Mayo del 68 y la perspectiva revolucionaria (2a parte)
Frente a todas las mentiras que se han extendido recientemente por varios países sobre Mayo del 68, es necesario que los revolucionarios restablezcan la verdad, que den las claves para que se entienda el significado y las lecciones de aquellos acontecimientos, que impidan, en particular, su entierro de primera clase bajo una montaña de flores y coronas.
Es lo que hemos empezado a hacer en nuestra Revista al publicar un artículo que analiza el primer componente de los "acontecimientos de Mayo del 68", la revuelta estudiantil, tanto a nivel internacional como más particularmente en Francia. Aquí nos dedicaremos a analizar el componente esencial de esos acontecimientos, el movimiento de la clase obrera.
En el primer artículo, así concluíamos el relato de los acontecimientos en Francia: "El 14 de mayo, los debates siguen en muchas empresas. Después de las inmensas manifestaciones del día anterior, con todo el entusiasmo y el sentimiento de fuerza que habían permitido, era difícil reanudar el trabajo como si no hubiera pasado nada. En Nantes, los obreros de Sud-Aviation, animados por los más jóvenes, lanzan una huelga espontánea y deciden ocupar la fábrica. La clase obrera comienza a tomar el relevo..."
Ese relato es lo que vamos a proseguir aquí.
La extensión de la huelga
En Nantes, son los jóvenes obreros, de la misma edad que los estudiantes, quienes lanzan el movimiento; su razonamiento es simple: "si los estudiantes, que no pueden ejercer presión con la huelga, han tenido fuerzas para hacer retroceder al Gobierno, los obreros también podrán hacerlo retroceder". Por su parte, los estudiantes de la ciudad acuden a manifestar su solidaridad con los obreros, mezclándose a sus piquetes: es la confraternización. Ahí queda claro que las campañas del PCF ([1]) y de la CGT ([2]), que denuncian a los "izquierdistas provocadores a sueldo de la patronal y del ministerio de Interior", que habrían infiltrado el medio estudiantil, tienen un impacto muy escaso.
En total, hay 3100 huelguistas el 14 de mayo.
El 15 de mayo, el movimiento alcanza la fábrica Renault de Cléon, en Normandía, así como otras dos fábricas de la región: huelga total, ocupación ilimitada, secuestro de la Dirección, bandera roja en las verjas. Al final de la jornada, hay 11 000 huelguistas.
El 16 de mayo, las demás fábricas Renault entran en el movimiento: bandera roja en Flins, Sandouville, Le Mans y Billancourt (en las afueras de París). Esa noche, sólo hay 75 000 huelguistas en total, pero la entrada en lucha de Renault-Billancourt suena como una señal: es la mayor fábrica de Francia (35 000 trabajadores) y desde hace mucho tiempo hay un refrán que dice: "Cuando Renault estornuda, Francia se resfría".
El 17 de mayo se cuentan 215 000 huelguistas: la huelga comienza a afectar a toda Francia, sobre todo en provincias. Es un movimiento completamente espontáneo; los sindicatos no hacen más que seguir la corriente. Por todas partes, son los jóvenes obreros los que van por delante. Se asiste a numerosas confraternizaciones entre estudiantes y jóvenes obreros: éstos vienen a las universidades ocupadas e invitan a los estudiantes a venir a comer a sus comedores.
No hay reivindicaciones precisas, lo que se expresa es el "hastío": en la pared de una fábrica de Normandía está escrito "¡Tiempo para vivir y con más dignidad!". Ese día, temiendo "ser desbordados por la base" y también por la CFDT ([3]) mucho más presente en las movilizaciones de los primeros días, la CGT llama a la extensión de la huelga: "subió al tren en marcha" como entonces se decía. Su comunicado sólo se conocerá al día siguiente.
El 18 de mayo, hay 1 millón de trabajadores en huelga a mediodía, incluso antes de que se conozcan las consignas de la CGT. Por la noche ya son 2 millones.
Serán 4 millones el lunes 20 de mayo y 6 millones y medio al día siguiente.
El 22 de mayo, hay 8 millones de trabajadores en huelga ilimitada. Es la mayor huelga de la historia del movimiento obrero internacional. Es mucho más masiva que las dos referencias anteriores: la "huelga general" de mayo de 1926 en Gran Bretaña (que duró una semana) y las huelgas de mayo-junio de 1936 en Francia.
Todos los sectores están afectados: industria, transportes, energía, correos y telecomunicaciones, enseñanza, administraciones (varios ministerios están completamente paralizados), medios de comunicación (la televisión nacional está en huelga, los trabajadores denuncian en particular la censura que se les impone), laboratorios de investigación, etc. Incluso las funerarias se paralizan (muy mala idea la de morir en Mayo del 68). Hasta se puede ver a los deportistas profesionales entrar en el movimiento: la bandera roja flota en el edificio de la Federación francesa de fútbol. Incluso los artistas se ponen en movimiento, interrumpiéndose el Festival de Cannes a instigación de los realizadores de cine.
Mientras tanto, las universidades ocupadas (así como otros edificios públicos, como el Teatro del Odeón en París) se convierten en lugares de debate político permanente. Muchos obreros, en particular los jóvenes pero también mayores, participan en los debates. Algunos obreros les piden a los que defienden la idea de revolución que vengan a defender sus ideas en su fábrica ocupada. Y fue así como, en Toulouse, el pequeño núcleo que más tarde fundaría la sección de la CCI en Francia fue invitado a exponer la idea de los consejos obreros en la fábrica Job (papel y cartón) ocupada. Y lo más significativo, es que esta invitación procedía de militantes... de la CGT y del PCF. Éstos tendrán que parlamentar durante una hora con permanentes de la CGT de la gran fábrica Sud-Aviation venidos a "reforzar" el piquete de huelga de Job para obtener la autorización de dejar entrar a los "izquierdistas" en la fábrica. Durante más de seis horas, obreros y revolucionarios, sentados en rodillos de cartón, discutirán de la revolución, de la historia del movimiento obrero, de los soviets así como de las traiciones... ¡del PCF y de la CGT!
Muchos debates también se hacen en la calle, en las aceras (¡el tiempo fue benevolente en toda Francia en mayo de 68!). Surgen espontáneamente, cada uno tiene algo que decir ("Hablarse y escucharse" es el lema). Por todos los sitios reina un ambiente de fiesta, excepto en los "barrios burgueses" en los que se va acumulando el miedo y el odio.
Por todas partes en Francia, en los barrios, en algunas grandes empresas o en sus alrededores surgen "Comités de acción": se discute de cómo llevar la lucha, de la perspectiva revolucionaria. Están animados en general por grupos izquierdistas o anarquistas, pero reúnen mucha más gente que los miembros de esas organizaciones. Incluso en la ORTF, la radiotelevisión de Estado, se crea un Comité de acción animado, en particular, por Michel Drucker ([4]) y en el que participa incluso el inefable Thierry Rolland ([5]).
La reacción de la burguesía
Ante tal situación, la clase dominante tiene un período de desasosiego que se plasma en iniciativas desordenadas e ineficaces.
Así es como el 22 de mayo, la Asamblea nacional, dominada por las derechas, discute (para acabar rechazándola) una moción de censura presentada por las izquierdas... ¡dos semanas antes!: las instituciones oficiales de la República francesa parecen vivir en otro mundo. Y lo mismo ocurre con el Gobierno, el cual toma ese mismo día la decisión de prohibir la vuelta a Francia de Cohn-Bendit que había ido a Alemania. Esta decisión no hace sino aumentar el descontento: el 24 de mayo se asiste a varias manifestaciones, para denunciar en particular la prohibición de residencia a Cohn-Bendit: "¡Las fronteras nos importan un carajo!", "¡Todos somos judíos alemanes!" A pesar del cordón sanitario de la CGT contra los "aventureros" y los "provocadores" (o sea los estudiantes "radicales"), muchos jóvenes obreros se unen a esas manifestaciones.
El Presidente de la República, el general De Gaulle, pronuncia un discurso esa misma tarde: propone un referéndum para que los franceses se pronuncien sobre la "participación" (una especie de asociación capital-trabajo). Resulta imposible estar tan lejos de la realidad. Este discurso es un fracaso total que revela el desasosiego del Gobierno y de la burguesía en general ([6]).
En la calle, los manifestantes escuchan el discurso en transistores, incrementándose más todavía su rabia: "¡Nos importa un rábano su discurso!". Hay enfrentamientos y barricadas durante toda la noche en París y varias ciudades de provincias. Hay escaparates rotos y coches incendiados, lo que provoca un vuelco de parte de la opinión contra los estudiantes, en adelante considerados como "rompedores". Es por otra parte probable que se hubieran mezclado miembros de las milicias gaullistas o policías de paisano entre los manifestantes para "atizar el fuego" y dar miedo a la población. Es también evidente que muchos estudiantes se imaginan "hacer la revolución" construyendo barricadas o quemando coches, símbolos de la "sociedad de consumo". Pero esos actos expresan sobre todo la rabia de los manifestantes, estudiantes y jóvenes obreros, ante las respuestas risibles y provocantes de las autoridades a la mayor huelga de la historia. Ilustración de esta cólera contra el sistema: se prende fuego al símbolo del capitalismo, la Bolsa de París.
Por último, sólo al día siguiente la burguesía comenzará tomar iniciativas eficaces: el sábado 25 de mayo, en el ministerio de Trabajo (sito en la calle de Grenelle) se abren las negociaciones entre sindicatos, patronato y Gobierno.
Inmediatamente, los patronos están dispuestos a ceder mucho más de lo que pensaban los sindicatos: queda claro que la burguesía tiene miedo. Preside el Primer ministro, Pompidou. El domingo por la mañana, se reúne a solas durante una hora con Séguy, patrón de la CGT ([7]): los dos principales responsables del mantenimiento del orden social en Francia tienen que discutir sin testigos de los medios para restablecerlo ([8]).
En el noche del 26 al 27 de mayo se celebran los "acuerdos de Grenelle":
- aumentos de salarios para todos de 7 % el 1º de junio, más 3 % el 1º de octubre;
- aumento del salario mínimo en torno a 25 %;
- reducción del "cupo moderador" del 30 % al 25 % (montante de los gastos médicos no asumidos por la Seguridad social) ;
- reconocimiento de la sección sindical en la empresa;
- se añaden una serie de promesas vagas de apertura de negociaciones, en particular sobre el tiempo de trabajo (que es aproximadamente entonces de 47 horas por semana por término medio).
Si se considera la importancia y la fuerza del movimiento, es una verdadera provocación:
- el 10 % quedará anulado por la inflación (muy importante en aquel período) ;
- nada sobre la compensación salarial por la inflación;
- nada de concreto sobre la reducción del tiempo de trabajo; se limita a indicar el objetivo de la "vuelta progresiva a las 40 horas" (ya obtenidas oficialmente... ¡en 1936!) ; con el ritmo propuesto por el Gobierno, se llegaría a ese objetivo... ¡en 2008!;
- los únicos que ganan algo significativo son los obreros más pobres (se quiere dividir a la clase obrera impulsándoles a volver al trabajo) y los sindicatos (se les remunera por su papel de saboteadores).
El lunes 27 de mayo las asambleas de trabajadores rechazan los "acuerdos de Grenelle" de manera unánime.
En Renault-Billancourt, los sindicatos organizaron un gran "show" ampliamente cubierto por la televisión y las radios: al término de las negociaciones, Séguy había dicho a los periodistas: "La reanudación no tardará" y esperaba que los obreros de Billancourt diesen el ejemplo. Sin embargo, 10 000 de ellos, reunidos desde la mañana, decidieron proseguir el movimiento antes incluso de que llegaran los dirigentes sindicales.
Benoît Frachon, dirigente "histórico" de la CGT (ya presente en las negociaciones de 1936) declara: "Los acuerdos de Grenelle van a aportar a millones de trabajadores un bienestar que no se esperaban": ¡silencio de muerte!
André Jeanson, de la CFDT, se congratula por el voto inicial a favor de la continuación de la huelga y habla de la solidaridad de los obreros con los estudiantes y los alumnos de secundaria en lucha: aplausos ruidosos.
Séguy, por fin, presenta "una reseña objetiva" de lo que "se ha adquirido en Grenelle": silbidos seguidos de un abucheo general de varios minutos. Séguy hace entonces una pirueta: "Si juzgo por lo que oigo, no os vais a dejar engañar": aplausos pero en la muchedumbre se oye: "¡Nos está tomando el pelo!".
La mejor prueba del rechazo de los "acuerdos de Grenelle": el número de huelguistas sigue aumentando el 27 de mayo hasta alcanzar 9 millones.
Este mismo día se celebra en el estadio Charléty de París una gran reunión convocada por el sindicato estudiantil UNEF, la CFDT (que ejerce una puja con la CGT) y los grupos izquierdistas. El ambiente es muy revolucionario: se trata en realidad de proporcionar un desahogo al descontento creciente hacia la CGT y al PCF. Junto a los izquierdistas, están presentes políticos socialdemócratas como Mendès-France (antiguo jefe de Gobierno en los años 50). Cohn-Bendit, con el pelo teñido de negro, hace una aparición (ya se le había visto el día anterior en la Sorbona).
El día de 28 de mayo fue el de los chanchullos de los partidos de izquierda.
Por la mañana, François Mitterrand, presidente de la Federación de la izquierda demócrata y socialista (que reúne el Partido socialista, el Partido radical y otros pequeños grupos de izquierda) celebra una conferencia de prensa: considerando que está vacante el poder, anuncia su candidatura a la Presidencia de la República. Por la tarde, Waldeck-Rochet, patrón del PCF, propone un Gobierno "con participación comunista": se trata de evitar que los socialdemócratas exploten la situación en beneficio propio. Al día siguiente, 29 de mayo, la CGT convoca a una gran manifestación que exige un "Gobierno popular". La derecha pone el grito en el cielo denunciando la "conspiración comunista".
Este mismo día se constata la "desaparición" del general de Gaulle. Hacen correr el rumor de que se retira cuando en realidad se ha ido a Alemania para cerciorarse de la fidelidad del ejército ante el general Massu, comandante de las tropas francesas de ocupación.
El 30 de mayo es un día decisivo en el control de la situación por la burguesía. De Gaulle echa un nuevo discurso: "En las circunstancias actuales, no me retiraré. (...) Disuelvo hoy mismo la Asamblea nacional...".
Al mismo tiempo se celebra en París, en los Campos Elíseos, una enorme manifestación de apoyo a De Gaulle. Procedentes de los barrios burgueses, de los suburbios ricos y también de la "Francia profunda" gracias a los camiones del ejército, el "pueblo" del miedo y de la plata, de los burgueses y de las instituciones religiosas de sus hijos, de los ejecutivos imbuidos de su "superioridad", de los pequeños comerciantes que tiemblan por sus escaparates, de los excombatientes ultrajados por los ataques a la bandera tricolor, de los "agentes secretos" conchabados con el hampa, y también de los viejos partidarios de la Argelia francesa y del OAS ([9]), de los jóvenes miembros del grupo fascistoide Occident, de los viejos nostálgicos de Vichy (que, por cierto, todos odiaban a De Gaulle); toda esa gentuza viene a clamar su odio a la clase obrera y su "amor por el orden". En la muchedumbre, al lado de excombatientes de la "Francia libre", se puede oír el grito de "¡Cohn-Bendit a Dachau!".
Pero el "Partido del orden" no se limita a los que manifiestan por los Campos Elíseos. El mismo día, la CGT convoca a negociaciones ramo por ramo "para mejorar los acuerdos de Grenelle": no es sino el medio para dividir el movimiento con el fin de liquidarlo.
La reanudación del trabajo
Por otra parte, a partir de esta fecha (es un jueves), hay trabajadores que empiezan a volver al trabajo, pero lentamente: el 6 de junio, todavía hay 6 millones de huelguistas. La reanudación del trabajo se hace en la dispersión:
- 31 de mayo: siderurgia de Lorena, industrias textiles del Norte;
- 4 de junio: arsenales, seguros;
- 5 de junio: EDF ([10]), minas de carbón;
- 6 de junio: correos, telecomunicaciones, transportes (en París, la CGT lo hace todo para que cese la huelga: en cada depósito los dirigentes sindicales se dedican a propagar la mentira de que los demás han reanudado el trabajo, para que así cese la lucha);
- 7 de junio: enseñanza primaria;
- 10 de junio: ocupación de la fábrica Renault de Flins por la policía; un alumno de secundaria de 17 años, Gilles Tautin, que allí acudió para aportar su solidaridad a los obreros, cae en el Sena perseguido por los gendarmes y se ahoga;
- 11 de junio: intervención de los CRS ([11]) en la fábrica Peugeot de Sochaux (2ª fábrica de Francia): 2 obreros son asesinados, uno de ellos a tiros.
Se asiste entonces a nuevas manifestaciones violentas en toda Francia: "¡Han matado a nuestros camaradas!" En Sochaux, ante la resistencia determinada de los obreros, los CRS evacuan la fábrica: el trabajo no se reanudará sino 10 días más tarde.
Temiendo que la indignación reactive la huelga (sigue habiendo aún 3 millones de huelguistas), los sindicatos (CGT en cabeza) y los partidos de izquierda con el PCF en primera fila llaman con insistencia a la reanudación del trabajo "para que las elecciones puedan realizarse y se remate así la victoria de la clase obrera". El diario del PCF, l'Humanité, titula: "Fuertes de su victoria, millones de trabajadores vuelven al trabajo".
Ahora encuentra su explicación el llamamiento sistemático a la huelga por parte de los sindicatos a partir del 20 de mayo: no sólo era necesario evitar ser desbordados por la "base" sino que también era necesario controlar el movimiento con el fin de poder, en el momento oportuno, provocar la reanudación de los sectores menos combativos y desmoralizar a los demás sectores.
Waldeck-Rochet, en sus discursos de campaña electoral, declara que "El Partido comunista es un partido de orden". Y "el orden" burgués se impone de nuevo poco a poco:
- 12 de junio: vuelta al trabajo en la enseñanza secundaria;
- 14 de junio: vuelta al trabajo en Air France y Marina mercante;
- 16 de junio: la policía ocupa la Sorbona;
- 17 de junio: vuelta al trabajo caótica en Renault-Billancourt;
- 18 de junio: de Gaulle hace liberar a los dirigentes de la OAS que todavía estaban en la cárcel;
- 23 de junio: 1ª vuelta de las elecciones legislativas, con una muy fuerte progresión de las derechas;
- 24 de junio: vuelta al trabajo en la fábrica Citroën-Javel, en París (Krasucki, número 2 de la CGT, interviene con insistencia en la asamblea general para llamar a que acabe la huelga);
- 26 de junio: vuelta al trabajo en Usinor Dunkerque;
- 30 de junio: 2ª vuelta de las elecciones, con una victoria histórica de la derecha.
Una de las últimas empresas que vuelven al trabajo, el 12 de julio, es la ORTF: muchos periodistas no quieren volver a vivir el sometimiento, la tutela y la censura que sufrían antes por parte del Gobierno. Después del "restablecimiento de la situación", muchos serán despedidos. El orden se ha impuesto por todas partes, incluso en las informaciones que se considera útil difundir a la población.
Así pues, la mayor huelga de la historia se terminó en derrota, contrariamente a las afirmaciones de la CGT y del PCF. Una derrota punzante, sancionada por el poderoso retorno de partidos y "autoridades" tan denigradas durante el movimiento. Pero el movimiento obrero sabe desde hace mucho tiempo que "... el resultado verdadero de sus luchas es menos el éxito inmediato que la unión creciente de los trabajadores" (Manifiesto comunista). Por ello, a pesar de su derrota inmediata, los obreros lograron en 1968 en Francia una gran victoria, no para sí mismos sino para el conjunto del proletariado mundial. Es lo que vamos a ver ahora, intentando también de poner en evidencia las causas profundas así como lo retos a nivel histórico y mundial del "hermoso mes de Mayo" francés.
En la mayoría de los muchos libros y emisiones de televisión sobre Mayo de 1968 que han ocupado los espacios informativos de muchos países en estos últimos tiempos, se destaca el carácter internacional del movimiento estudiantil que afectó a Francia. Todos están de acuerdo para constatar, como lo destacamos también en nuestro anterior artículo, que los estudiantes franceses no fueron los primeros en movilizarse masivamente; se puede decir, hasta cierto punto, que "subieron al tren en marcha" de un movimiento que empezó en las universidades norteamericanas en el otoño de 1964. A partir de Estados Unidos, ese movimiento afectó a la mayoría de los países occidentales y a partir de 1967, conoció su evolución más espectacular en Alemania, haciendo de los estudiantes de este país la "referencia" para los de los demás países europeos. Sin embargo, los mismos periodistas o "historiadores" que se complacen en destacar la amplitud internacional del conflicto estudiantil de los años 60 no dicen en general ni una palabra de las luchas de los trabajadores que se desarrollaron en el mundo durante aquel período. Obviamente, no pueden callar totalmente la inmensa huelga que es el otro aspecto, mucho más importante, de los "acontecimientos" de 1968 en Francia: les es difícil esconder la mayor huelga de la historia del movimiento obrero. Pero, si se siguen sus análisis, ese movimiento del proletariado fue una especie "de excepción francesa", una más.
Porque la verdad, del mismo modo que el movimiento estudiantil y quizá más todavía, es que el movimiento de la clase obrera en Francia fue parte íntegra de un movimiento internacional y no se puede entender realmente sin ese contexto internacional.
El contexto de la huelga obrera en Francia...
Es verdad que existió en Francia en Mayo del 68 una situación que no se ha repetido en ningún otro país, sino de manera muy marginal: un movimiento masivo de la clase obrera que se pone en marcha partiendo de la movilización estudiantil. Queda claro que la movilización estudiantil, la represión que sufrió - y que la alimentó - así como retroceso final del Gobierno tras la "noche de las barricadas" del 10-11 de mayo, desempeñaron un papel, no sólo en el inicio, sino también en la amplitud de la huelga obrera. Dicho esto, si el proletariado de Francia se comprometió en tal movimiento, no es, claro está, solamente "para hacer como los estudiantes", sino porque había un descontento profundo, generalizado, y también la fuerza política para entablar el combate.
Este hecho no es ocultado, en general, por los libros y programas de televisión que tratan de Mayo de 68: recuerdan a menudo que, a partir de 1967, los obreros ya habían realizado luchas importantes cuyas características rompían con las del período anterior. Mientras que, por ejemplo, las "huelguitas" y jornadas de acción sindicales no suscitaban gran entusiasmo, se asistió entonces a conflictos muy duros, muy determinados ante una violenta represión patronal y policial, en los que los sindicatos fueron desbordados en varias ocasiones. Desde principios del 67, se suceden enfrentamientos importantes en Burdeos (en la fábrica de aviones Dassault), en Besançon y en la región de Lyón (huelga con ocupación en Rhodia, huelga en Berliet, que acarrea el lock-out del patrón y la ocupación de la fábrica por los CRS), en las minas de Lorena, en los astilleros de Saint-Nazaire (paralizados por una huelga general el 11 de abril)...
Es en Caen, en Normandía, donde la clase obrera antes de mayo de 68 va a librar una de sus luchas más importantes. El 20 de enero de 1968, los sindicatos de la Saviem (camiones) habían lanzado una consigna de huelga de hora y media pero la base, juzgando esa acción insuficiente, se lanzó espontáneamente a la huelga el día 23. A los dos días, a las 4 de la mañana, los CRS desmantelan el piquete de huelga, permitiendo a ejecutivos y "esquiroles" entrar en la fábrica. Los huelguistas deciden ir al centro de la ciudad en donde se unen con obreros de otras fábricas que también estaban en huelga. A las 8 de la mañana, 5000 personas convergen pacíficamente hacia la plaza central: los guardias móviles ([12]) cargan, a culatazos, contra ellos. El 26 de enero, los trabajadores de todos los sectores de la ciudad (entre ellos los maestros) así como muchos estudiantes manifiestan su solidaridad: una reunión en la plaza central reúne a 7000 personas a las 6 de la tarde. Cuando acabó el mitin, los guardias móviles cargaron para evacuar la plaza pero fueron sorprendidos por la resistencia de los trabajadores. Los enfrentamientos durarán toda la noche; habrá 200 heridos y decenas de detenciones. Se condena a seis jóvenes manifestantes, todos obreros, a penas de cárcel de 15 días a tres meses. Pero lejos de hacer retroceder a la clase obrera, lo único que provoca la represión es la extensión de la lucha: el 30 de enero, hay 15 000 huelguistas en Caen. El 2 de febrero, las autoridades y la patronal han de retroceder: abandono de las penas de cárcel contra los manifestantes, aumentos de sueldo de 3 a 4 %. El trabajo se reanuda al día siguiente, pero el impulso de los jóvenes obreros hace que se reanuden los paros durante un mes en la Saviem.
Saint-Nazaire en abril de 67 y Caen en enero de 68 no son las únicas ciudades en verse afectadas por huelgas generales de toda la población obrera. También ocurre en otras ciudades de menor importancia como Redon en marzo y Honfleur en abril. Esas huelgas masivas de todos los explotados de una ciudad prefiguran lo que pasará a partir de la mitad del mes de mayo en todo el país.
Así pues, no se puede decir que la tormenta de Mayo del 68 estallara en un cielo de azul. El movimiento de los estudiantes "encendió la mecha", pero ésta estaba lista para prenderse.
Obviamente, los "especialistas", en particular los sociólogos, han intentado poner en evidencia las causas de esa "excepción" francesa. En particular la explican por el ritmo muy elevado del desarrollo industrial de Francia durante los años sesenta, que transformó a ese viejo país agrícola en potencia industrial moderna. Este hecho explica, en particular, la presencia y el papel de un gran número de jóvenes obreros en fábricas que, a menudo, se habían construido poco antes. Éstos, recién llegados frecuentemente del medio rural, no están sindicados y aguantan muy difícilmente la disciplina de cuartel de la fábrica y cobran en su mayoría salarios ridículos, incluso cuando poseen un Certificado de aptitud profesional. Esta situación permite entender por qué son los sectores más jóvenes de la clase obrera los primeros que se lanzaron a la lucha, y también por qué la mayoría de los movimientos importantes que precedieron mayo de 68 surgieron en el Oeste de Francia, una región esencialmente rural y recientemente industrializada. Sin embargo, las explicaciones de los sociólogos fallan cuando se ha de explicar por qué no son solamente los jóvenes trabajadores quienes entraron en huelga en 1968, sino la gran mayoría de la clase obrera, sin distinción de edades.
... e internacionalmente
En realidad, detrás de un movimiento de la amplitud y profundidad como el de Mayo del 68 había necesariamente causas mucho más profundas, causas que sobrepasaban, de muy lejos, el marco francés. Si el conjunto de la clase obrera de este país se lanzó a una huelga casi general, es que todos sus sectores comenzaban a estar afectados por la crisis económica que, en 1968, sólo estaba en sus inicios, una crisis que no era "francesa" sino que afectaba al capitalismo mundial. Son los efectos en Francia de la crisis económica mundial (subida del desempleo, congelación salarial, intensificación de los ritmos de producción, ataques contra la Seguridad social) lo que explica en gran parte la subida de la combatividad obrera en ese país a partir de 1967:
"En todos los países industriales, en Europa y EE.UU., el desempleo se desarrolla y las perspectivas económicas se ensombrecen. Inglaterra, a pesar de una multiplicación de medidas para salvaguardar el equilibrio, está finalmente obligada a finales de 1967 a devaluar la Libra Esterlina, acarreando devaluaciones en toda una serie de países. El Gobierno de Wilson impone un programa excepcional de austeridad: reducción masiva de los gastos públicos..., bloqueo de los salarios, reducción del consumo interno y de las importaciones, esfuerzo para aumentar las exportaciones. El 1º de enero de 1968, es Johnson [Presidente de Estados Unidos] el que da la alarma y anuncia medidas severas indispensables para salvaguardar el equilibrio económico. En marzo estalla la crisis financiera del dólar. La prensa económica, cada día más pesimista, menciona cada vez más el espectro de la crisis de 1929 (...) Mayo de 1968 aparece con todo su significado por haber sido una de las primeras y más importantes reacciones de la masa de los trabajadores contra una situación económica mundial que va deteriorándose" (Révolution internationale (antigua serie) n° 2, primavera de 1969).
En realidad, unas circunstancias particulares permitieron que fuera en Francia donde el proletariado mundial llevara a cabo su primera lucha de amplitud contra unos ataques crecientes que el capitalismo en crisis iba necesariamente a multiplicar. Pero bastante rápidamente, otros sectores nacionales de la clase obrera iban a entrar a su vez en lucha. Las mismas causas no podían sino provocar los mismos efectos.
Al otro lado del mundo, en Argentina, mayo de 1969 iba a señalarse por lo que quedó desde entonces en las memorias como "el cordobazo". El 29 de mayo, tras toda una serie de movilizaciones en las ciudades obreras contra los violentos ataques económicos y la represión de la junta militar, los obreros de Córdoba desbordaron completamente las fuerzas de policía y el ejército (a pesar de haber sacado los tanques) y se habían hecho dueños de la ciudad (la segunda del país). El Gobierno sólo pudo "restablecer el orden" al día siguiente gracias al recurso masivo de tropas.
En Italia, al mismo tiempo, comienza el movimiento de luchas obreras más importante desde la Segunda Guerra mundial. Las huelgas empiezan a multiplicarse en la Fiat de Turín, empezando por la principal fábrica de la ciudad, Fiat Mirafiori, para extenderse a continuación a las demás fábricas del grupo en Turín y los alrededores. El 3 de julio de 1969, en una jornada de acción sindical contra la subida de los alquileres, las manifestaciones de obreros, manifestándose junto a los estudiantes, convergen hacia la fábrica de Mirafiori. Frente a ésta, estallan violentas escaramuzas con la policía. Duran prácticamente toda la noche y se extienden a otros barrios de la ciudad. A partir de finales del mes de agosto, cuando los obreros vuelven de las vacaciones de verano, se reanudan las huelgas en Fiat y también en Pirelli (neumáticos) en Milán y varias otras empresas.
Sin embargo, la burguesía italiana, instruida por la experiencia de Mayo de 68, no se deja sorprender como le ocurrió a la burguesía francesa el año anterior. Necesita absolutamente impedir que el naciente y profundo descontento social desemboque en una llamarada general. Por eso su aparato sindical se va a aprovechar de que los convenios colectivos están llegando a vencimiento, en particular en la metalurgia, la química y la construcción, para desarrollar sus maniobras de dispersión de las luchas proponiendo a los obreros el objetivo de un "buen convenio" en sus sectores respectivos. Los sindicatos dan el último toque a la táctica llamada de las huelgas "articuladas": tal día los metalúrgicos hacen huelga, al siguiente los trabajadores de la química, otro día los de la construcción. Se convocan huelgas "generales" contra el aumento del coste de la vida o la subida de los alquileres, pero por provincias o incluso por ciudad. En las fábricas, los sindicatos preconizan las huelgas por turnos, taller por taller, so pretexto de causar el mayor daño posible a los patronos a menor coste para los obreros. Al mismo tiempo, los sindicatos hacen lo necesario para recuperar el control de una base que tiende a escapárseles: en muchas empresas, mientras que los obreros, descontentos de las estructuras sindicales tradicionales, eligen delegados de taller, éstos son institucionalizados en forma de "consejos de fábrica" presentados como "órganos de base" del sindicato unitario que las tres confederaciones, CGIL, CISL y UIL afirman querer construir juntas. Tras varios meses durante los cuales la combatividad trabajadora se agota en una sucesión de "días de acción" por sector y de "huelgas generales" por provincia o ciudad, los convenios colectivos de sector se firman sucesivamente entre primeros de noviembre y finales de diciembre. Y no será sino poco antes de que se firme el último convenio, el más importante al ser el del sector de vanguardia del movimiento, la metalurgia privada, cuando estalle una bomba el 12 de diciembre en un banco de Milán, matando a 16 personas. El atentado se imputa a anarquistas (uno, Giuseppe Pinelli, fallece en manos de la policía milanesa) pero más tarde se sabrá que fue perpetrado por ciertos sectores del aparato estatal. Las estructuras secretas del Estado burgués vinieron a echarles una mano a los sindicatos para sembrar la confusión en las filas de la clase obrera reforzando de paso los medios de la represión.
El proletariado de Italia no fue el único en movilizarse durante aquel otoño de 1969. A un nivel menor pero muy significativo, el de Alemania también entró en la lucha: en septiembre estallaron huelgas "salvajes" en contra de la firma por los sindicatos de convenios de "moderación salarial". Éstos eran supuestamente "realistas" ante la degradación de la situación de la economía alemana que, a pesar del "milagro" de posguerra, no se salvaba de las dificultades del capitalismo mundial que se fueron acumulando a partir de 1967 (Alemania tuvo ese mismo año su primera recesión desde la guerra).
Ese despertar del proletariado de Alemania, aún tímido, tiene un significado muy particular. Por un lado, se trata del proletariado más importante y concentrado de Europa. Pero sobre todo, este proletariado ocupó en la historia, y ocupará en el futuro, un lugar de primer plano en la clase obrera mundial. Es en Alemania donde se dirimió el futuro de la ola revolucionaria internacional que, a partir de Octubre de 1917 en Rusia, amenazó la dominación capitalista sobre el mundo. La derrota sufrida por los obreros alemanes durante sus tentativas revolucionarias entre 1918 y 1923 abrió las puertas a la más terrible contrarrevolución que haya sufrido el proletariado mundial en toda su historia. Fue allí donde la revolución había ido más lejos, en Rusia y Alemania, donde la contrarrevolución fue más profunda, brutal y cruel, adoptando la forma del estalinismo y del nazismo. La contrarrevolución duró cerca de medio siglo, teniendo su punto álgido en la Segunda Guerra mundial que, contrariamente a la primera, no permitió al proletariado levantarse sino que lo aplastó más aún, gracias en particular a las ilusiones creadas por la victoria de los campos de la "democracia" y del "socialismo".
La inmensa huelga de mayo de 1968 en Francia seguida por "el otoño caliente" italiano, demostraron que el proletariado mundial había salido del período de contrarrevolución, que contrariamente a la crisis de 1929, la que estaba desarrollándose no iba a desembocar en guerra mundial sino en un desarrollo de los combates de clase que impedirían a la clase dominante dar su inhumana respuesta a las convulsiones de su economía. Las luchas de los obreros alemanes de septiembre de 1969 lo confirmaron, así como lo confirmaron, y a escala aún más significativa, las luchas de los obreros polacos durante el invierno de 1970-71.
En diciembre de 1970, la clase obrera de Polonia reaccionó espontánea y masivamente a un alza de los precios de más de 30 %. Los obreros destruyen las sedes del partido estalinista en Gdansk, Gdynia y Elbląg. El movimiento de huelga se extiende por la costa báltica a Poznań, Katowice, Wrocław y Cracovia. El 17 de diciembre, Gomulka, Secretario general del partido estalinista en el poder, envía sus tanques a los puertos del Báltico. Mueren varios centenares de obreros. Hay batallas callejeras en Szczecin y en Gdańsk. La represión no consigue acabar con el movimiento. El 21 de diciembre, una ola de huelgas estalla en Varsovia. Gomulka es despedido. Su sucesor, Gierek, va inmediatamente a negociar personalmente con los obreros de los astilleros de Szczecin. Gierek hace algunas concesiones pero se niega a anular el aumento de los precios. El 11 de febrero estalla una huelga de masas en Łódź, fomentada por 10 000 obreros del textil. Gierek acaba por ceder: se anulan las subidas de precios.
Los regímenes estalinistas son la más pura encarnación de la contrarrevolución: en nombre del "socialismo" y de los "intereses de la clase obrera" ésta sufría uno de los peores terrores imaginables. El invierno "caliente" de los obreros polacos, así como las huelgas que estallaron al enterarse de las luchas en Polonia del otro lado de la frontera, especialmente en las regiones de Lvov (Ucrania) y Kaliningrado (Rusia del Oeste) demostraron que incluso allí donde la contrarrevolución mantenía su pesada y más terrible losa, en los regímenes "socialistas", dicha contrarrevolución retrocedía.
No se puede enumerar aquí el conjunto de las luchas obreras que, después de 1968, confirmaron esa modificación fundamental de la relación de fuerzas entre burguesía y proletariado a escala mundial. No citaremos más que dos ejemplos, el de España y el de Inglaterra.
En España, a pesar de la feroz represión del régimen franquista, la combatividad obrera se expresa masivamente en 1974. La ciudad de Pamplona, en Navarra, conoce un número de días de huelga por obrero superior al de los obreros franceses de 1968. Todas las regiones industriales están afectadas (Madrid, Asturias, País Vasco) pero es en las inmensas concentraciones obreras de las cercanías de Barcelona donde las huelgas toman su mayor extensión, afectando a todas las empresas de la región con manifestaciones ejemplares de solidaridad obrera (a menudo, se lanzan huelgas en una fábrica únicamente en solidaridad con los obreros de otras fábricas).
El ejemplo del proletariado de Inglaterra también es muy significativo, pues se trata del más viejo del mundo. A lo largo de los años setenta, llevó a cabo combates masivos contra la explotación (con 29 millones de días de huelga en 1979, los obreros ingleses se pusieron en segunda posición de las estadísticas, detrás de los obreros franceses en 1968). Esta combatividad incluso obligó a la burguesía inglesa a cambiar dos veces de Primer ministro: en abril de 1976 (Callaghan sustituye a Wilson) y a principios de 1979 (el Parlamento derriba a Callaghan).
Así pues, el significado histórico fundamental de mayo de 68 no ha de buscarse ni en las "especificidades francesas", ni en la rebelión estudiantil, ni en la "revolución en los costumbres", de todo eso de lo que hoy tanto nos hablan. Está en la ruptura del proletariado mundial con la contrarrevolución y su entrada en un nuevo período histórico de enfrentamientos contra el orden capitalista. Período que también se ilustró por un nuevo desarrollo de las corrientes políticas proletarias, entre ellas la nuestra, que la contrarrevolución había eliminado prácticamente o reducido al silencio. Estos es lo que vamos a analizar ahora.
Los estragos de la contrarrevolución en las filas comunistas
A principios del siglo xx, durante y después de la Primera Guerra mundial, el proletariado libró batallas titánicas que casi lograron acabar con el capitalismo. En 1917, derrumbó el poder burgués en Rusia. Entre 1918 y 1923, en el principal país europeo, Alemania, llevó múltiples asaltos para intentar alcanzar el mismo objetivo. Esta ola revolucionaria se reflejó en todas las partes del mundo, por todas las partes donde existía una clase obrera desarrollada, desde Italia a Canadá, desde Hungría hasta China. Era la respuesta del proletariado mundial a la entrada del capitalismo en su período de decadencia cuya primera gran expresión fue la guerra mundial.
Pero la burguesía mundial consiguió contener aquel movimiento gigantesco de la clase obrera, y no se detuvo ahí, sino que desencadenó la más terrible contrarrevolución de toda la historia del movimiento obrero. La contrarrevolución tomó las formas de una barbarie inimaginable, de las que el estalinismo y el nazismo fueron los representantes más significativos, precisamente en los países donde la revolución había ido lo más lejos, en Rusia y Alemania.
En ese contexto, los partidos comunistas que habían sido la vanguardia de la ola revolucionaria se convirtieron en partidos de la contrarrevolución.
Obviamente, la traición de los partidos comunistas provocó la aparición en su seno de fracciones de izquierda que defendieron las verdaderas posiciones revolucionarias. Un proceso similar ya había ocurrido en los Partidos socialistas cuando éstos se pasaron al campo burgués en 1914 al haber apoyado la guerra imperialista. Sin embargo, mientras que los que lucharon en los Partidos socialistas contra su deriva oportunista y su traición ganaron fuerzas y una influencia creciente en la clase obrera hasta ser capaces, después de la Revolución rusa, de fundar una nueva Internacional, así no fue con las corrientes de izquierda surgidas en los partidos comunistas, debido al peso enorme y creciente de la contrarrevolución. Aunque en sus inicios agruparon a una mayoría de militantes en los partidos alemán e italiano, esas corrientes perdieron progresivamente influencia en la clase y la mayor parte de sus fuerzas militantes se dispersó en múltiples grupitos, como así ocurrió en Alemania incluso antes de que el régimen hitleriano exterminara u obligara al exilio a sus últimos militantes.
En realidad, durante los años 30, junto a la corriente animada por Trotski cada vez más carcomida por el oportunismo, los grupos que siguieron defendiendo firmemente las posiciones revolucionarias, como el Grupo de los comunistas internacionalistas (GIC) en Holanda (que se reivindicaba del "comunismo de consejos" y rechazaba la necesidad de un partido proletario) y la Fracción de Izquierda del Partido comunista de Italia (que publicaba la revista Bilan) sólo contaban con algunas decenas de militantes y no tenían ya la menor influencia sobre el curso de las luchas obreras.
Contrariamente a la Primera, la Segunda Guerra mundial no permitió la inversión de la relación de fuerzas entre proletariado y burguesía. Muy al contrario. Prevenida por la experiencia histórica y gracias al valiosísimo apoyo de los partidos estalinistas, la clase dominante estaba preparada para cortar de raíz cualquier nueva aparición del proletariado. En la euforia democrática de la "Liberación", los grupos de la Izquierda comunista estaban aún más aislados que en los años treinta. En Holanda, el Communistenbond Spartacus sigue la labor del GIC en la defensa de las posiciones "consejistas", posiciones que también serán defendidas, a partir de 1965, por Daad en Gedachte, una escisión del Bond. Ambos grupos hacen un trabajo importante de publicación, aunque estén dificultados por la posición consejista que niega el papel de una organización de vanguardia para el proletariado. Sin embargo, la mayor desventaja viene del peso ideológico de la contrarrevolución. Así es también en Italia, donde la constitución en 1945, en torno a Damen y Bordiga (dos antiguos fundadores de la Izquierda italiana en los años veinte) del Partito comunista internazionalista (que publica Battaglia comunista y Prometeo), no colma los sueños en los que habían creído sus militantes. Mientras que esta organización contaba con 3000 miembros en su fundación, se fue debilitando progresivamente, víctima de la desmoralización y las escisiones, en particular, la de 1952 animada por Bordiga que va a constituir el Partido comunista internacional (que publica Programma comunista). Una de las causas de esas escisiones también fue, en realidad, la confusión con la que se realizó la agrupación de 1945, basada en el abandono de toda una serie de lecciones elaboradas por Bilan en los años 1930.
En Francia, el grupo que se había constituido en 1945, la Izquierda comunista de Francia (GCF), en continuidad con las posiciones de Bilan (pero integrando una serie de posiciones programáticas de la Izquierda germano-holandesa) y que publicó 42 números de Internationalisme, desaparece en 1952.
En Francia también, además de algunos elementos ligados al Partido comunista internacional y que publicaban le Prolétaire, otro grupo defendió hasta principios de los años sesenta las posiciones de clase con la revista Socialisme ou Barbarie (SoB). Pero este grupo, nacido de una escisión del trotskismo inmediatamente después de la Segunda Guerra mundial, abandonó progresiva y explícitamente el marxismo, lo que le llevó a su desaparición en 1966. A finales de los años cincuenta y a principios de los años sesenta, varias escisiones de SoB, en particular ante su abandono del marxismo, favorecieron la formación de pequeños grupos que se habían ido incorporando a la esfera de influencia consejista, en particular ICO (Informations et correspondance ouvrières).
Podríamos también citar la existencia de otros grupos en otros países pero lo que caracteriza la situación de las corrientes que siguieron defendiendo posiciones comunistas durante los años cincuenta y a principios de los años sesenta es su extrema debilidad numérica, el carácter confidencial de sus publicaciones, su aislamiento internacional así como las regresiones, que favorecieron su desaparición pura y simple o el encerramiento sectario como así ocurrió, en particular, con el Partido comunista internacional que se consideraba la única organización comunista en el mundo.
El renacer de las posiciones revolucionarias
La huelga general de 1968 en Francia y los distintos movimientos masivos de la clase obrera que acabamos de citar más arriba volvieron a poner al orden del día la idea de la revolución comunista en varios países. La mentira del estalinismo, que se presentaba como "comunista" y "revolucionario", comenzó a agrietarse por todas las partes. Eso dio obviamente fuerza a las corrientes que denunciaban la URSS como "Patria del socialismo", tales como las organizaciones maoístas y trotskistas. El movimiento trotskista, por su historia de lucha contra el estalinismo, rejuveneció a partir de 1968 saliendo de la sombra de los partidos estalinistas. Sus filas se inflaron de forma a veces espectacular, en particular en países como Francia, Bélgica o Gran Bretaña. Pero esta corriente había dejado desde la Segunda Guerra mundial de pertenecer al campo proletario, debido en particular a su posición de "defensa de las conquistas obreras de la URSS", o sea de defensa del frente imperialista dominado por este país.
En realidad, las huelgas obreras que se desarrollaron a partir del final de los 60 pusieron en evidencia el papel antiobrero de los partidos estalinistas y de los sindicatos, de la función de la farsa electoral y democrática como instrumento del poder burgués, y llevaron a muchos elementos en el mundo a evolucionar hacia las corrientes políticas que, en el pasado, habían denunciado más claramente el papel de los sindicatos y del parlamentarismo, que mejor habían personificado la lucha contra el estalinismo, las corrientes de la Izquierda comunista.
Tras Mayo de 1968, los textos de Trotski tuvieron una difusión masiva, y también los de Pannekoek, Gorter ([13]) y de Rosa Luxemburg quien, una de las primeras, había avisado a sus compañeros bolcheviques, poco antes de su asesinato en enero de 1919, de algunos peligros que amenazaban la revolución en Rusia.
Aparecieron nuevos grupos que se pusieron a estudiar la experiencia de la Izquierda comunista. En realidad, fue mucho más hacia el consejismo que hacia la Izquierda italiana hacia donde se dirigieron los elementos que comprendían que el trotskismo se había vuelto una especie de ala izquierda del estalinismo. Había varias razones. Por un lado, el rechazo a los partidos estalinistas venía a menudo acompañado del rechazo incluso del concepto de partido comunista. En cierto modo, era el tributo que pagaban los nuevos elementos que se orientaban hacia la perspectiva de la revolución proletaria a la mentira estalinista de la continuidad entre bolchevismo y estalinismo, entre Lenin y Stalin. Esta idea falsa, por otro lado, era en parte alimentada por las posiciones de la corriente bordiguista, la única con extensión internacional nacida de la Izquierda italiana, que defendía la idea de la toma del poder por el partido comunista y se reivindicaba del "monolitismo" en sus filas. Por otra parte, era la consecuencia del hecho de que las corrientes que seguían reivindicándose de la Izquierda italiana no fueron capaces de entender Mayo de 1968 ni su significado histórico, no viendo más que su aspecto estudiantil.
A la vez que aparecían nuevos grupos inspirados por el consejismo, los ya existentes conocieron un éxito sin precedentes, viendo sus filas reforzarse de forma espectacular siendo además capaces de servir de polo de referencia. Así fue con ICO que, en 1969, organizó un encuentro internacional en Bruselas en el que participaron, entre otros, Cohn-Bendit, Mattick (antiguo militante de la Izquierda alemana que había emigrado a Estados Unidos donde publicó varios estudios consejistas) y Cajo Brendel, animador de Daad en Gedachte. Los éxitos del consejismo "organizado" fueron sin embargo de corto plazo. ICO, por ejemplo, pronunció su autodisolución en 1974. Los grupos holandeses dejaron de existir cuando fallecieron sus principales animadores.
En Gran Bretaña, después de un éxito parecido al de ICO, el grupo Solidarity, inspirado en las posiciones de Socialisme ou Barbarie, conoció escisión tras escisión hasta estallar en 1981 (aunque el grupo de Londres siguiera publicando su revista hasta 1992).
En Escandinavia, los grupos consejistas que se habían desarrollado tras 1968 fueron capaces de organizar una conferencia en Oslo en septiembre de 1977, pero dicha conferencia no tuvo continuación.
Finalmente, la corriente que más se desarrolló durante los setenta fue la que estaba vinculada a las posiciones de Bordiga (muerto en julio de 1970). Se benefició, en particular, de una "afluencia" de elementos procedentes de las crisis que habían sacudido a algunos grupos izquierdistas (en particular, los grupos maoístas) en aquel entonces. En 1980, el Partido comunista internacional era la organización que se reivindicaba de la Izquierda comunista más importante e influyente a escala internacional. Pero esa "apertura" de la corriente bordiguista a elementos muy quemados por el izquierdismo desembocó en su explosión en 1982, reduciéndola a una multitud de pequeñas sectas confidenciales.
Los inicios de la Corriente comunista internacional
En realidad, la manifestación más significativa a largo plazo del renacimiento de las posiciones de la Izquierda comunista fue el desarrollo de nuestra propia organización ([14]).
Nuestra corriente se formó inicialmente hace exactamente 40 años, en julio de 1968 en Toulouse (Francia), con la adopción de una primera Declaración de principios por un pequeño núcleo de elementos que habían formado un círculo de debate el año anterior en torno a un camarada, RV, que había dado sus primeros pasos políticos en el grupo Internacionalismo, en Venezuela. Internacionalismo fue fundado en 1964 por el camarada MC ([15]) que había sido el principal animador de la Izquierda comunista de Francia (1945-52) tras haber sido miembro de la Fracción italiana de la Izquierda comunista a partir de 1938; había entrado en la vida militante a partir de 1919 (con 12 años), primero en el Partido comunista de Palestina, luego en el PCF.
Durante la huelga general de mayo de 1968, los elementos del círculo de debate publicaron varios panfletos firmados "Mouvement pour l'instauration des conseils ouvriers" (Movimiento para la instauración de los consejos obreros - MICO) y emprendieron debates con otros elementos con quienes finalmente se formó el grupo que iba a publicar Révolution internationale a partir de diciembre de 1968. Este grupo había entrado en contacto y mantenido un debate con otros dos grupos que pertenecían al ámbito de influencia consejista, la Organisation conseilliste de Clermont-Ferrand y el que publicaba Cahiers du communisme de conseils, basado en Marsella.
Por último, en 1972, los tres grupos fusionaron para formar lo que iba a convertirse en la sección en Francia de la Corriente Comunista Internacional (CCI), iniciándose la publicación de Révolution internationale (nueva serie).
Révolution internationale, en continuidad de la política efectuada por Internacionalismo, la GCF y Bilan, entabló debates con varios grupos que también habían surgido después de 1968, en particular en Estados Unidos (Internationalism). En 1972, Internationalism manda una carta a unos veinte grupos que se reivindican de la Izquierda comunista, llamando a la constitución de una red de correspondencia y debate internacional. Révolution internationale contestó calurosamente a esa iniciativa, proponiendo también que se abriera la perspectiva para organizar una conferencia internacional. Los demás grupos que dieron una respuesta positiva pertenecían todos a la esfera de influencia consejista. Los grupos que se reivindicaban de la Izquierda italiana, por su parte, o se hicieron los sordos o juzgaron prematura tal iniciativa.
Esa iniciativa favoreció varios encuentros en 1973 y 1974 en Inglaterra y Francia, en los que participaron en particular para Gran Bretaña, World Revolution, Revolutionary Perspective (escisiones de Solidarity) y Workers'Voice (escisión del trotskismo).
Finalmente, ese ciclo de encuentros consiguió en enero del 75 desembocar en una conferencia en la que los grupos que compartían la misma orientación política - Internacionalismo, Révolution internationale, Internationalism, World Revolution, Rivoluzione internazionale (Italia) y Acción proletaria (España) - decidieron unificarse en la Corriente comunista internacional.
Ésta decidió proseguir esa política de contactos y debates con los demás grupos de la Izquierda comunista, lo que la llevó a participar en la conferencia de Oslo de 1977 (con Revolutionary Perspective) y a contestar positivamente a la iniciativa lanzada en 1976 por Battaglia comunista para la celebración de una Conferencia internacional de grupos de la Izquierda comunista.
Las tres conferencias que se celebraron en mayo de 1977 (Milán), noviembre de 1978 (París) y mayo de 1980 (París) sucitaron un interés creciente entre los elementos que se reivindicaban de la Izquierda comunista, pero la decisión de Battaglia comunista y de Communist Workers' Organisation (producto del reagrupamiento de Revolutionary Perspective y de Workers'Voice en Gran Bretaña) de excluir a partir de entonces a la CCI acabó con las esperanzas de tal esfuerzo ([16]). En cierto modo, el repliegue sectario (por lo menos hacia la CCI) de BC y el CWO (que se agruparon en 1984 en un Buró internacional para el Partido revolucionario - BIPR) era un indicio de que se había agotado el impulso inicial dado a la corriente de la Izquierda comunista por la aparición histórica del proletariado mundial en mayo de 1968.
Sin embargo, a pesar de las dificultades de la clase obrera durante las últimas décadas, en particular, las campañas ideológicas sobre el "muerte del comunismo" después del hundimiento de los regímenes estalinistas, la burguesía mundial no por eso ha logrado asestarle una derrota decisiva. Eso se ha plasmado en el hecho de que la corriente de la Izquierda comunista (representada principalmente por el BIPR ([17]) y sobre todo la CCI) ha mantenido sus posiciones, conociendo hoy un interés creciente entre los elementos que, con la lenta reanudación de los combates de clase desde 2003, se están acercando a una perspectiva revolucionaria.
El camino del proletariado hacia la revolución comunista es largo y difícil. Y así ha de ser, puesto que le incumbe a esa clase la inmensa obra de hacer pasar a la humanidad del "reino de la necesidad al reino de la libertad". La burguesía no deja pasar la menor ocasión de declarar que "¡murió el comunismo!", pero la impaciencia que tiene en enterrarlo es significativa del temor que sigue provocándole esa perspectiva. Cuarenta años después, nos invita "a liquidar" Mayo de 68 (Sarkozy) o "a olvidarlo" (Cohn-Bendit, convertido ahora en una autoridad "verde" del Parlamento europeo y que acaba de publicar un libro con título significativo: Forget 68) y es normal: Mayo del 68 abrió una brecha en su sistema de dominación, una brecha que no ha conseguido colmar y que irá ampliándose a medida que vaya resultando más y más evidente la quiebra histórica de este sistema.
Fabienne (6/07/2008)
[1]) Partido comunista francés.
[2]) Confederación general del trabajo. la central sindical más potente, en particular entre los obreros de la industria y los transportes así como entre los funcionarios. Estaba controlada por el PCF.
[3]) Confederación francesa democrática del trabajo. Esta central sindical, de inspiración cristiana en sus principios en los años sesenta, acabó rechazando las referencias al cristianismo y fue influenciada por el Partido socialista así como por un pequeño partido socialista de izquierda, el Partido socialista unificado, hoy desaparecido.
[4]) Animador estrella, de entonces y ahora, de emisiones de lo más "consensual".
[5]) Comentarista deportivo, también de entonces y de hoy, conocido por su chauvinismo desenfrenado.
[6]) Al día que sigue este discurso, los empleados municipales anuncian en muchos sitios que se negarán a organizar el referéndum. Del mismo modo, las autoridades no saben cómo imprimir las papeletas de voto: la Imprenta nacional está en huelga y las imprentas privadas que no están en huelga se niegan: sus dueños no quieren tener problemas suplementarios con sus obreros.
[7]) Georges Seguy también era miembro del Comité central del PCF.
[8]) Se sabrá más tarde que Chirac, secretario de Estado de Asuntos sociales, se encontró también (¡en un desván!) con Krasucki, número 2 de la CGT.
[9]) Organización del ejército secreto: grupo clandestino de militares y partidarios del mantenimiento de Francia en Argelia que se ilustró a principios de los años 60 por atentados terroristas, asesinatos e incluso una tentativa de asesinato de De Gaulle.
[10]) Empresa eléctrica nacional de Francia.
[11]) CRS: Compañías republicanas de seguridad: fuerzas de la policía nacional especializadas en la represión de las manifestaciones callejeras.
[12]) Fuerzas de la Gendarmería nacional (es decir el ejército) que tienen el mismo papel que los CRS.
[13]) Los dos principales teóricos de la Izquierda holandesa.
[14]) Para una historia más precisa de la CCI, leer nuestros artículos "Construcción de la organización revolucionaria: 20 años de la Corriente comunista internacional" (Revista internacional no 80) y "Los treinta años del CCI: apropiarse el pasado para construir el futuro" (Revista internacional no 123).
[15]) Sobre la contribución de MC al movimiento revolucionario, ver nuestro artículo "Marc" en los números 65 y 66 de la Revista internacional.
[16]) Sobre estas conferencias, ver nuestro artículo "Las conferencias internacionales de la Izquierda Comunista (1976-1980) - Lecciones de una experiencia para el medio proletario" en la Revista internacional n° 122.
[17]) El desarrollo menor del BIPR comparado al de la CCI se debe principalmente a su sectarismo así como a su política oportunista de agrupamiento (que le ha llevado a menudo a edificar sobre arena). Ver sobre este tema nuestro artículo "Una política oportunista de agrupamiento que sólo conduce a ‘fracasos'" (Revista internacional n° 121).
En la primera parte de esta serie de artículos, publicada con ocasión del aniversario de la tentativa revolucionaria en Alemania, examinamos el contexto histórico mundial en el que se desarrolló la revolución. Ese contexto era el de la Primera Guerra mundial y la incapacidad de la clase obrera y de su dirección política para prevenir su estallido. Aunque los primeros años del siglo xx estuvieron marcados por las primeras expresiones de una tendencia general a la huelga de masas, estos movimientos no fueron lo bastante fuertes, salvo en Rusia, para reducir el peso de las ilusiones reformistas. Y el movimiento obrero internacionalista organizado, por su parte, apareció teórica, organizativa y moralmente sin preparación ante una guerra mundial que, sin embargo, había previsto desde hacía años. Prisionero de esquemas del pasado según los cuales la revolución proletaria sería el resultado, más o menos ineluctable, del desarrollo económico del capitalismo, consideraba que la tarea primordial de los socialistas era evitar enfrentamientos prematuros y dejar pasivamente que las condiciones objetivas fueran madurando. Excepto su oposición revolucionaria de izquierdas, la Internacional socialista no logró comprender (o se negó a ello) la posibilidad de que el primer acto del período de declive del capitalismo fuera la guerra mundial y no la crisis económica mundial. Y, sobre todo, al ignorar las señales de la historia, la urgencia del acercamiento de la alternativa socialismo o barbarie, la Internacional subestimó por completo el factor subjetivo de la historia, en especial su propio papel y responsabilidad. El resultado fue la quiebra de la Internacional ante el estallido de la guerra y los arrebatos patrioteros de su dirección, y especialmente de los sindicatos. Las condiciones de la primera tentativa revolucionaria proletaria mundial estuvieron así determinadas por el paso relativamente brusco y repentino del capitalismo a su fase de decadencia a través de una guerra imperialista mundial pero también por una crisis catastrófica sin precedentes del movimiento obrero.
Pronto apareció claramente que no podía haber respuesta revolucionaria a la guerra sin que se restaurara la convicción de que el internacionalismo proletario no era una cuestión táctica, sino el principio más "sagrado" del socialismo, la sola y única "patria" de la clase obrera (como lo escribió Rosa Luxemburg). Ya vimos en el artículo precedente lo indispensable que fue para dar el giro hacia la revolución, la declaración pública de Karl Liebknecht contra la guerra, el Primero de Mayo de 1916 en Berlín - al igual que las conferencias socialistas internacionalistas que hubo en ese período, como las de Zimmerwald y Kienthal - y la solidaridad que aquélla suscitó. Frente a los horrores de la guerra en las trincheras y el empobrecimiento y la explotación forzada de la clase obrera en el "frente interior", que había barrido de golpe décadas de experiencias de lucha, se desarrolló, como ya vimos, la huelga de masas y empezó a haber una maduración en las capas politizadas y en los lugares centrales de la clase obrera capaces de llevar a cabo un asalto revolucionario.
Comprender las causas del fracaso del movimiento socialista ante la guerra era el objetivo del artículo anterior, como había sido la primera preocupación de los revolucionarios durante la primera fase de la guerra. El texto de Rosa Luxemburg, la Crisis de la Socialdemocracia - llamado "Folleto de Junius" - fue una de las expresiones más clarividentes de esa preocupación. En el meollo de los acontecimientos que vamos a tratar en este segundo artículo, se plantea una cuestión decisiva, consecuencia de la primera: ¿Qué fuerza social acabará con la guerra y cómo lo hará?
Richard Müller, uno de los líderes de los "delegados revolucionarios", los Obleute, de Berlín y, más tarde, uno de los principales historiadores de la revolución en Alemania, formuló así la responsabilidad de la revolución: impedir "el desmoronamiento de la cultura, la liquidación del proletariado y del movimiento socialista como tales" ([1]).
Como ocurría a menudo, fue Rosa Luxemburg la que planteó con mayor claridad la cuestión histórica del momento: "Lo que habrá después de la guerra, cuáles serán las condiciones y qué papel le espera a la clase obrera, todo eso depende enteramente de cómo habrá llegado la paz. Si ésta es el resultado del agotamiento mutuo de las potencias militares o incluso -y eso sería lo peor- de la victoria de uno de los beligerantes, en otras palabras, si llega la paz sin participación alguna del proletariado, con la calma social en el seno de los diferentes Estados, entonces semejante paz sellaría la derrota histórica mundial del socialismo por la guerra. (...) Tras la bancarrota del 4 de agosto de 1914, la segunda prueba decisiva para la misión histórica del proletariado es la siguiente: ¿será capaz de poner fin a una guerra que fue incapaz de impedir, no recibiendo la paz de las manos de la burguesía imperialista como resultado de la diplomacia de gabinetes, sino conquistándola, imponiéndola a la burguesía?" ([2]).
Rosa Luxemburg describe aquí tres guiones posibles sobre cómo podría terminarse la guerra. El primero: la ruina y el agotamiento de los beligerantes de ambos campos. Rosa reconoce de entrada la posibilidad de que el atolladero de la competencia capitalista, en su período de decadencia histórica, acabe en un proceso de putrefacción y desintegración - si el proletariado es incapaz de imponer su propia solución. Esa tendencia a la descomposición de la sociedad capitalista no debería hacerse manifiesta sino muchas décadas más tarde con la "implosión", en 1989, del bloque del Este y de los regímenes estalinistas y el declive resultante del liderazgo de la superpotencia restante, Estados Unidos. Rosa Luxemburg ya había comprendido que esa dinámica, por sí sola, no es favorable al desarrollo de una alternativa revolucionaria.
El segundo guión era que la guerra fuera hasta su límite y acabara en derrota de uno de los dos bloques opuestos. En ese caso, el resultado sería la inevitable separación en el seno del campo victorioso que produciría un nuevo alineamiento para una segunda guerra mundial más destructora todavía, contra la que la clase obrera sería todavía menos capaz de oponerse.
En ambos casos, el resultado no sería una derrota momentánea sino una derrota histórica mundial del socialismo durante una generación como mínimo, lo que, en última instancia podría suponer la desaparición misma de una alternativa proletaria a la barbarie capitalista. Los revolucionarios de entonces ya entendieron que la "Gran guerra" había abierto un proceso que podría minar la confianza de la clase obrera en su misión histórica. Como tal, "la crisis de la Socialdemocracia" era una crisis de la especie humana misma, pues, en el capitalismo, solo proletariado es portador de una sociedad alternativa.
¿Cómo ponerle fin a la guerra imperialista con medios revolucionarios? Los verdaderos socialistas del mundo entero contaban con Alemania para dar cumplida respuesta a esa pregunta. Alemania era la potencia continental principal de Europa, el líder - de hecho la única potencia importante - de uno de los dos bloques imperialistas enfrentados. Era además un país que contaba con la mayor cantidad de obreros educados, formados en el socialismo, con conciencia de clase y que, durante la guerra, fueron uniéndose de manera creciente a la causa de la solidaridad internacional.
Pero el movimiento proletario es internacional por naturaleza. Y la primera respuesta al problema planteado antes no se dio en Alemania sino en Rusia. La revolución rusa de 1917 significó un giro en la historia mundial. Y participó en el cambio de la situación en Alemania. Hasta febrero de 1917 y el inicio del levantamiento en Rusia, los obreros alemanes con conciencia de clase se propusieron la meta de desarrollar la lucha para obligar a los gobiernos a exigir la paz. Ni siquiera en el seno de la Liga Espartaquista (Spartakusbund), en el momento de su fundación en el Primero de año de 1916, nadie creía en la posibilidad de una revolución inminente. Con la experiencia rusa de abril de 1917, los círculos revolucionarios clandestinos de Alemania adoptaron el planteamiento de que la finalidad no era sólo acabar con la guerra, sino, al mismo tiempo, derribar el capitalismo. Muy pronto, la victoria de la revolución en Petrogrado y Moscú en octubre de 1917 esclareció, para esos círculos de Berlín y Hamburgo, no ya la meta sino los medios para alcanzarla: la insurrección armada organizada y realizada por los consejos obreros.
Paradójicamente, el efecto inmediato del Octubre rojo ruso en las grandes masas de Alemania iba en un sentido más bien contrario. Una especie de euforia inocente estalló ante la idea de que se acercaba la paz, basada en la hipótesis de que al gobierno alemán no le quedaría más remedio que aceptar la mano tendida desde el frente oriental por "una paz sin anexiones". Esta reacción muestra hasta qué punto la propaganda de lo que había sido el SPD, ahora partido "socialista" fautor de guerra, según el cual la guerra le habría sido impuesta a una Alemania que se negaba a hacerla, seguía teniendo influencia. El cambio de las masas populares en su actitud hacia la guerra influida por la Revolución rusa, se produciría tres meses más tarde con ocasión de las negociaciones de paz entre Rusia y Alemania en Brest-Litovsk ([3]). Esas negociaciones fueron intensamente seguidas por los obreros en toda Alemania y el imperio Austrohúngaro. Su resultado: el diktat imperialista de Alemania y la ocupación por este país de amplias comarcas de las regiones occidentales de lo que era ahora la República soviética, y la represión sin miramientos de los movimientos revolucionarios allí ocurridos, convenció a millones de obreros sobre lo justo que era el lema de Spartakusbund: el enemigo principal está en nuestro propio país, es el propio sistema. Brest-Litovsk dio lugar a una huelga de masas gigantesca que arrancó en Austria-Hungría, en Viena. Se extendió rápidamente a Alemania, paralizando la vida económica en más de veinte ciudades principales, con medio millón de obreros en huelga solo en Berlín. Las reivindicaciones eran las mismas que las de la delegación soviética en Brest: cese inmediato de la guerra, sin anexiones. Los obreros se organizaron mediante un sistema de delegados elegidos, siguiendo en general las propuestas muy concretas de una octavilla de Spartakusbund que sacaba las lecciones de Rusia.
Un testimonio referido en el diario del SPD, Vorwärts, en su número del 28 de enero de 1918, describe las calles de Berlín, desiertas aquella mañana, desdibujadas en medio de una niebla que deformaba los edificios y la ciudad entera. Y cuando las masas se echaron a las calles con una silenciosa determinación, salió el sol y se desvaneció la niebla, según refiere el periodista.
La huelga provocó un debate en la dirección revolucionaria sobre los fines inmediatos del movimiento; pero era un debate que se iba acercando cada vez más al meollo de la cuestión: ¿cómo podrá el proletariado acabar con la guerra? El centro de gravedad de la dirección era, entonces, el ala izquierda de la Socialdemocracia, un ala izquierda que tras haber sido excluida del SPD a causa de su oposición a la guerra, había formado un nuevo partido, el USPD (el SPD "independiente"). Ese partido, que agrupaba a la mayoría de los dirigentes más conocidos que se habían opuesto a la traición al internacionalismo por parte del SPD, incluidos muchos elementos indecisos y vacilantes, más bien pequeño burgueses que proletarios, también contenía una oposición revolucionaria radical, la Spartakusbund, fracción que disponía de una estructura y plataforma propias. Ya durante el verano y el otoño de 1917, Spartakusbund y otras corrientes en el seno del USPD habían convocado a manifestaciones de protesta y de profundo descontento, en las que se testimoniaba el creciente entusiasmo por la Revolución rusa. Los Obleute, "delegados revolucionarios" de fábrica se oponían a esa orientación; su influencia era especialmente grande en las fábricas de armas de Berlín. Poniendo de relieve las ilusiones de las masas sobre la "voluntad de paz" del gobierno alemán, esos círculos querían esperar a que el descontento fuera más intenso y general para que pudiera entonces expresarse en una acción de masas única y unificada. Cuando, en los primeros días de 1918, los llamamientos a la huelga de masas en toda Alemania alcanzaron Berlín, los Obleute decidieron no invitar a la Spartakusbund a las reuniones en las que se estaba organizando esa acción masiva central. Tenían miedo a lo que ellos llamaban el "activismo" y la "precipitación" de los espartaquistas - los cuales, según ellos, dominaban el grupo desde que su principal animadora y teórica, Rosa Luxemburg, había sido encarcelada - pusieran en peligro el lanzamiento de una acción unificada en toda Alemania. Cuando se enteraron de eso los espartaquistas, lanzaron su propio llamamiento a la lucha sin esperar la decisión de los Obleute.
Esa falta de confianza recíproca se incrementó entonces sobre la actitud que tomar hacia el SPD. Cuando los sindicatos descubrieron que un comité de huelga secreto se había formado sin ningún miembro del SPD, este partido exigió inmediatamente estar representado en él. El día antes de la huelga del 28 de enero, una reunión clandestina de delegados de fábrica en Berlín votó mayoritariamente en contra de la presencia de delegados del SPD. Sin embargo, los Obleute que dominaban el comité de huelga, decidieron admitir a delegados del SPD con el argumento de que los socialdemócratas ya no tenían la capacidad de impedir la huelga, pero, en cambio, su exclusión podría dar un tono de discordia y, por lo tanto, minar la unidad de acción en el futuro. Spartakusbund condenó enérgicamente esa decisión.
El debate alcanzó una alta tensión durante la huelga misma. Ante la fuerza elemental de esa acción, Spartakusbund empezó a defender la orientación de intensificar la agitación para entrar en guerra civil. El grupo pensaba que había llegado el momento de poner fin a la guerra por medios revolucionarios. Los Obleute se opusieron a eso de manera frontal, prefiriendo tomar la responsabilidad de poner fin, de manera organizada, al movimiento una vez que éste, al parecer de ellos, había alcanzado su punto culminante. Su argumento principal era que un movimiento insurreccional, aunque triunfara, se quedaría limitado a Berlín y que lo soldados no habían sido todavía ganados para la revolución.
Tras esa divergencia sobre la táctica había dos cuestiones más generales y profundas. Una de ellas es el criterio que permite juzgar si las condiciones están maduras para una insurrección revolucionaria. Volveremos más tarde en esta serie sobre ese tema.
La otra, es el papel del proletariado ruso en la revolución mundial. ¿Podía ser el derrocamiento de la dominación burguesa en Rusia un factor inmediato que desatara el levantamiento revolucionario en la Europa central y occidental o, al menos, obligar a los principales protagonistas del imperialismo a hacer cesar la guerra?
Esa misma discusión se produjo en el Partido bolchevique en Rusia en vísperas de la insurrección de Octubre de 1917, y luego con ocasión de las negociaciones de paz con el gobierno imperial alemán en Brest-Litovsk. En el partido bolchevique, los opuestos a la firma del tratado con Alemania, conducidos por Bujarin, defendían que la motivación principal del proletariado al tomar el poder en Octubre del 17 en Rusia, era la de desencadenar la revolución en Alemania y en Occidente y firmar una tratado con Alemania en ese momento significaba abandonar esa orientación. Trotski adoptó una posición intermedia para temporizar que no resolvía el problema. Quienes defendían la necesidad de firmar ese tratado, Lenin por ejemplo, no ponían en absoluto en entredicho la motivación internacionalista de la insurrección de Octubre. Lo que sí discutían era que la decisión de tomar el poder se habría basado en la idea de que la revolución se iba a extender inmediatamente a Alemania. Al contrario: quienes eran favorables a la insurrección ya habían planteado, en aquel entonces, que la extensión inmediata de la revolución no era algo seguro de modo que el proletariado ruso corría el riesgo de quedar aislado y vivir sufrimientos horribles al tomar la iniciativa de comenzar la revolución mundial. Ese riesgo, argumentaba Lenin entre otros, se justificaba porque lo que estaba en juego era el porvenir no solo del proletariado ruso, sino del proletariado mundial; y no solo del proletariado sino el futuro de toda la humanidad. La decisión debía pues tomarse con plena conciencia y de la manera más responsable. Lenin repetía esos argumentos respecto a Brest: la firma del tratado, incluso el más desfavorable, por el proletariado ruso con la burguesía alemana se justificaba moralmente para ganar tiempo pues no era nada seguro que la revolución en Alemania empezara inmediatamente.
Aislada del mundo en la cárcel, Rosa Luxemburg intervino en ese debate con tres artículos - "La responsabilidad histórica", "Hacia la catástrofe" y "La tragedia rusa", redactados respectivamente en enero, junio y septiembre de 1918 (tres de las más importantes entre las conocidas "Cartas de Espartaco", difundidas clandestinamente durante la guerra). En ellas pone claramente en evidencia que no se puede echar en cara ni al partido bolchevique, ni al proletariado ruso el haberse visto obligados a firmar un tratado con el imperialismo alemán. Esta situación era el resultado de la ausencia de revolución en otros lugares y, ante todo, en Alemania. Basándose en esa comprensión, Rosa puso de relieve la trágica paradoja siguiente: aunque la revolución rusa haya sido la cumbre más alta conquistada por la humanidad hasta hoy y, como tal, haya significado un verdadero giro en la historia, su primera consecuencia, en lo inmediato, no fue la de disminuir sino prolongar los horrores de guerra mundial. Y eso por la sencilla razón de que la revolución libró al imperialismo alemán de la obligación de hacer la guerra en dos frentes.
Trotski cree en la posibilidad de una paz inmediata bajo la presión de las masas en el Oeste, y Rosa Luxemburg escribe en 1918, "habrá que echar mucha agua en el vino espumoso de Trotski". Y sigue ella: "Primera consecuencia del armisticio en el Este: las tropas alemanas serán sencillamente transferidas del Este al Oeste. Diría más: ya lo han hecho" ([4]). En junio saca una segunda conclusión de esa dinámica: Alemania se ha convertido en el gendarme de la contrarrevolución en Europa oriental, aplastando a las fuerzas revolucionarias desde Finlandia hasta Ucrania. Paralizado por esta evolución, el proletariado "se hacía el muerto". En septiembre de 1918, explica ella que la guerra mundial amenaza con sepultar a la propia Rusia revolucionaria:
"El grillete de hierro de la guerra mundial que parecía haberse quebrado en el Este se está volviendo a apretar en torno a Rusia y el mundo entero sin la menor grieta: la "Entente" avanza en el Norte y en el Este con los checoslovacos y los japoneses -consecuencia natural e inevitable del avance de Alemania por el Oeste y el Sur. Las llamaradas de la guerra mundial ya están lamiendo el suelo ruso y se concentrarán pronto sobre la revolución rusa. En fin de cuentas, se ha revelado como algo imposible para Rusia aislarse de la guerra mundial, incluso a costa de los mayores sacrificios" ([5]).
Para Rosa Luxemburg, estaba claro que la ventaja militar inmediata conseguida por Alemania, a causa de la revolución en Rusia, iba a permitir durante algunos meses cambiar la relación de fuerzas en Alemania en favor de la burguesía. A pesar de los ánimos que la revolución rusa había inspirado en los obreros alemanes y aunque la "paz de bandolero" impuesta por el imperialismo alemán después de Brest les quitara muchas ilusiones, se necesitaría casi un año para que todo volviera a madurar y se transformara en rebelión abierta contra el imperialismo.
Todo ello se debe a lo peculiar de una revolución que surge en un contexto de guerra mundial. "La Gran Guerra" de 1914 no solo fue una espantosa carnicería a una escala nunca antes vista. También fue la organización de la más gigantesca operación económica, material y humana que la historia hubiera conocido hasta entonces. Literalmente, millones de seres humanos así como todos los recursos de la sociedad se habían transformado en mecanismos de una máquina infernal cuya dimensión misma desafiaba la imaginación más delirante. Eso provocó dos sentimientos de una gran intensidad en el proletariado: el odio a la guerra y un sentimiento de impotencia. En esas circunstancias, tuvieron que pasar sufrimientos y sacrificios desmesurados antes de que la clase obrera se reconociera que sólo ella podía poner fin a la guerra. Ese proceso llevó tiempo, se desarrolló con altibajos y fue muy heterogéneo. Dos de sus aspectos más importantes fue la toma de conciencia de que las verdaderas motivaciones del esfuerzo de guerra imperialista eran motivaciones de bandoleros criminales y que la burguesía misma no controlaba la máquina de guerra, la cual, producto del capitalismo, se había vuelto independiente de la voluntad humana. En Rusia en 1917, como en Alemania y Austria-Hungría en 1918, la comprensión de que la burguesía era incapaz de poner fin a la guerra, incluso yendo a la derrota, fue decisiva.
Lo que Brest-Litovsk y los límites de la huelga de masas en Alemania y en Austria-Hungría en enero de 1918 pusieron, ante todo, de relieve era que la revolución mundial podía comenzar en Rusia pero sólo una acción proletaria decisiva en uno de los principales países protagonistas - Alemania, Gran Bretaña o Francia - podía hacer cesar la guerra.
Aunque el proletariado alemán "se hubiera hecho el muerto", como decía Rosa Luxemburg, su conciencia de clase siguió madurando durante la primera mitad de 1918. Además, a partir del verano de 1918, los soldados empezaron por primera vez a verse infectados por el virus de la revolución. Dos factores contribuyeron en ello. En Rusia, los prisioneros alemanes que eran soldados rasos, fueron liberados con la opción de quedarse en Rusia y participar en la revolución, o regresar a Alemania. Quienes optaron por volver fueron obvia e inmediatamente mandados al frente como carne de cañón para los ejércitos alemanes. Pero esos soldados traían noticias de la revolución rusa. En Alemania misma, en represalias por su acción, miles de dirigentes de la huelga de masas de enero fueron enviados al frente adonde llevaron las noticias de la creciente revuelta de la clase obrera contra la guerra. Pero lo decisivo en el cambio de atmósfera en el ejército fue la creciente toma de conciencia de la inutilidad de la guerra y de lo inevitable que era la derrota de Alemania.
En otoño se inició algo inimaginable unos cuantos meses antes: una carrera contra reloj entre proletariado consciente y burguesía alemana, para determinar cuál de las dos clases fundamentales de la sociedad moderna pondría fin a la guerra.
Del lado de la clase dominante alemana, había primero que resolver dos importantes problemas en sus propias filas. Uno de ellos era la incapacidad total de muchos de sus representantes principales para encarar la posibilidad de la derrota, una derrota que, sin embargo, les saltaba a la vista. El otro era cómo hacer la paz sin desprestigiar el aparato de Estado de manera irreparable. Debemos, en esto, no olvidar que en Alemania, la burguesía llegó al poder y el país se unificó no gracias a una revolución desde abajo sino gracias a los militares, y, sobre todo, del ejército real prusiano. ¿Cómo poner fin a la guerra sin poner en entredicho a ese pilar, a ese símbolo de la fuerza y la unidad nacionales?
15 de septiembre de 1918: las potencias aliadas rompen el frente austrohúngaro en los Balcanes.
27 septiembre: Bulgaria, importante aliada de Berlín, capitula.
29 de septiembre: el comandante en jefe del ejército alemán, Erich Ludendorff, informa al alto mando que la guerra está perdida, que sólo es cosa de días, de horas incluso, antes de que se desmorone todo el frente.
En realidad, la descripción que hizo Ludendorff de la situación inmediata era más bien exagerada. No se sabe si le entró pánico y describió la realidad más negra todavía de lo que era para que los dirigentes del país aceptaran sus propuestas. Sea como sea, se adoptaron sus propuestas: capitulación e instauración de un gobierno parlamentario.
De ese modo, Ludendorff quería evitar una derrota total de Alemania y hacer que amainaran los vientos de la revolución. Pero también buscaba otro objetivo: quería que la capitulación fuera cosa de un gobierno civil, de modo que los militares pudieran seguir negando la derrota públicamente. Preparaba así el terreno para la Dolchstosslegende, "la leyenda de la puñalada por la espalda", según la cual el ejército alemán victorioso habría sido vencido por los traidores del interior. Pero este enemigo, el proletariado, no podía, evidentemente, ser llamado por su nombre, pues así se habría ensanchado el enorme y creciente abismo que separaba burguesía y clase obrera. Por esa razón, había que encontrar un chivo expiatorio al que echar todas las culpas por haber "engañado" a los obreros. La historia de la civilización occidental desde hace dos mil años había puesto en bandeja a la víctima más idónea para desempeñar el papel de chivo expiatorio: los judíos. Y así fue como el antisemitismo, cuya influencia había vuelto a aumentar, sobre todo en el imperio Ruso, durante los años anteriores a la guerra, volvió al centro de la política europea. El camino que lleva a Auschwitz se emprendió entonces.
1º de octubre de 1918: Ludendorff y Hindenburg proponen la paz inmediata a la "Entente". En ese mismo momento, una conferencia de grupos revolucionarios más intransigentes, la Spartakusbund y la Izquierda de Bremen, llaman a la agitación entre los soldados y a la formación de consejos obreros. En el mismo momento también, cientos de miles de desertores huyen del frente. Y, como lo escribiría más tarde el revolucionario Paul Frölich (en su biografía de Rosa Luxemburg), el cambio de actitud de las masas se leía en sus ojos.
En el campo de la burguesía, la voluntad de terminar la guerra se retrasaba por dos nuevos factores. Por un lado, ninguno de los despiadados dirigentes del Estado alemán que no habían tenido la menor vacilación en enviar a sus "súbditos" por millones de una muerte segura y absurda tenía ahora el valor de informar al Káiser Guillermo IIº que tenía que renunciar al trono. Por otra parte, el otro campo imperialista seguía buscando razones para retrasar el armisticio, pues no estaba convencido de que una revolución fuera probable en lo inmediato, ni de que pudiera significar un peligro para su propia dominación. La burguesía perdía tiempo.
Todo eso no le impidió, sin embargo, preparar la represión sangrienta de las fuerzas revolucionarias. Había escogido, en particular, las partes del ejército que, de vuelta del frente, deberían ocupar las ciudades principales. En el campo del proletariado, los revolucionarios preparaban con cada día mayor intensidad el levantamiento armado para acabar con la guerra. Los Obleute en Berlín fijaron para 4 de noviembre, después para el 11, el día de la insurrección.
Pero, mientras tanto, los acontecimientos dieron un giro que ni la burguesía ni el proletariado se esperaban y que iba a tener una influencia determinante en el curso de la revolución.
Para cumplir con las condiciones del armisticio impuestas por el campo militar adverso, el gobierno de Berlín puso fin, el 20 de octubre, a toda operación militar naval, especialmente a la guerra submarina. Una semana más tarde, declaraba el alto el fuego sin condiciones.
Ante ese "principio del fin", los oficiales de la flota de la costa norte de Alemania perdieron el juicio. O más bien les entró la "locura" de su rancia casta militar - y su defensa del "honor", sus tradiciones del duelo... - la locura de la guerra imperialista moderna hizo surgir la suya propia. A espaldas de su propio gobierno, decidieron lanzar la armada a la gran batalla naval contra la flota británica a la que habían estado esperando vanamente durante toda la guerra. Preferían morir con honor antes que capitular sin lucha. Y se creían que los marinos y la tripulación - 80 000 personas en total - estaban listos para seguirles bajo su mando ([6]).
Pero no fue así, ni mucho menos. Las tripulaciones se amotinaron contra el motín de sus jefes. O, al menos, bastantes de ellas. Durante unos momentos dramáticos, los navíos cuya tripulación había tomado el control y aquellos en donde eso no había ocurrido (todavía) se apuntaron mutuamente sus cañones. Las tripulaciones amotinadas capitularon entonces, sin duda para evitar disparar contra sus hermanos de clase.
Pero no fue todavía eso lo que desencadenó la revolución en Alemania. Lo decisivo fue que las tripulaciones arrestadas fueron llevadas presas a Kiel donde se les iba sin duda a condenar a muerte como traidores. Los marineros que no habían tenido valor para unirse a la primera rebelión en alta mar, ahora expresaban sin miedo su solidaridad con esas tripulaciones. Y, sobre todo, la clase obrera entera de Kiel salió de las fábricas, movilizándose en las calles en solidaridad, confraternizando con los marineros. El socialdemócrata Noske, enviado para aplastar sin piedad el levantamiento, llegó a Kiel el 4 de noviembre, encontrándose con la ciudad en manos de obreros, marineros y soldados armados. Además, ya habían salido de Kiel unas delegaciones masivas en todas direcciones para animar a la población a hacer la revolución, a sabiendas de que se había franqueado una línea sin posible retorno: o victoria o muerte segura. Noske quedó totalmente desconcertado tanto por la rapidez de los acontecimientos como por el hecho de que los rebeldes de Kiel lo acogieron como un héroe ([7]).
Bajo los golpes de ariete de esos acontecimientos, el poderoso aparato militar alemán acabó desmoronándose por completo. Las divisiones que volvían de Bélgica y que el gobierno pensaba utilizar para "restablecer el orden" en Colonia, desertaron. La noche del 8 de noviembre, todas las miradas convergían hacia Berlín, sede del gobierno, donde estaban concentradas las principales fuerzas armadas contrarrevolucionarias. Circulaba el rumor de que la batalla decisiva iba a verificarse al día siguiente en la capital.
Richard Müller, dirigente de los Obleute en Berlín, referiría más tarde:
"El 8 de noviembre, yo estaba en Hallisches Tor ([8]). En filas interminables avanzaban hacia el centro ciudad columnas de infantería fuertemente armadas, ametralladoras y artillería ligera. Los hombres parecían unos golfantes. Tipos de esta calaña ya habían servido, con "éxito", para aplastar a los obreros y campesinos en Rusia y Finlandia. No cabía la menor duda de que iban a ser utilizados en Berlín para ahogar en sangre la revolución" (obra citada).
Müller cuenta después que el Partido socialista (SPD) mandaba mensajes a todos sus funcionarios, pidiéndoles que se opusieran por todos los medios al estallido de la revolución. Y prosigue:
"Yo he estado a la cabeza del movimiento revolucionario desde que estalló la guerra. Nunca, incluso ante los peores contratiempos, he dudado de la victoria del proletariado. Pero ahora que se acerca la hora decisiva, me asalta un sentimiento de aprehensión, una gran inquietud por mis camaradas de clase, por el proletariado. Yo mismo, ante la grandeza del momento, me encontraba vergonzosamente pequeño y débil" (ídem).
Se dice a menudo que el proletariado alemán, modelado por valores culturales tradicionales de obediencia y sumisión que, por razones históricas, le habrían inculcado las clases dominantes de ese país durante varios siglos, era incapaz de hacer una revolución.
El 9 de noviembre de 1918 demostró lo contrario. Por la mañana de ese día, cientos de miles de manifestantes procedentes de los grandes arrabales obreros que rodean los barrios gubernamentales y de negocios por tres costados de la capital, caminaban hacia el centro de Berlín. Habían organizado los itinerarios para pasar delante de los cuarteles principales para ganarse a los soldados a su causa, y ante las cárceles principales para liberar a sus camaradas. Estaban equipados de fusiles y granadas. Y estaban dispuestos a morir por la revolución. La organización se había ido haciendo sobre la marcha, de manera espontánea.
Aquel día sólo murieron 15 personas. La revolución de noviembre de 1918 en Alemania fue tan poco cruenta como la de Octubre 1917 en Rusia. Pero nadie lo sabía de antemano ni podía suponerlo. El proletariado de Berlín mostró ese día una gran valentía y una determinación inquebrantable.
A mediodía, los dirigentes del SPD, Ebert y Scheidemann, estaban comiendo en el Reichstag, sede del Parlamento. Friedrich Ebert estaba de lo más orgulloso, pues acababan de llamarle representantes de los ricos y la nobleza para formar un gobierno que salvara el capitalismo. Al oír ruido fuera, Ebert, continuó solo su almuerzo sin hacer caso de la muchedumbre; Scheidemann, acompañado de funcionarios alarmados ante la posibilidad de que el edificio fuera tomado por asalto, salió al balcón para ver lo que estaba pasando. Lo que vio fue algo así como un millón de manifestantes en el césped entre el Reichstag y la Puerta de Brandeburgo. La muchedumbre se calló al ver a Scheidemann asomado al balcón, suponiendo que iba a echar un discurso. Obligado a improvisar, proclamó "la República alemana libre". Cuando volvió a contarle a Ebert lo que había hecho, este se puso furioso pues su intención era no sólo salvar el capitalismo sino incluso la monarquía ([9]).
Más o menos en el mismo momento, Karl Liebknecht, que se encontraba en el balcón de un palacio de esa misma monarquía, proclamaba la república socialista y llamaba a la clase obrera de todos los países a la revolución mundial. Unas horas más tarde, los Obleute revolucionarios ocupaban una de las principales salas de reunión del Reichstag. Allí se formuló el llamamiento a que se organizaran asambleas generales masivas al día siguiente para elegir a los delegados y formar consejos revolucionarios de obreros y de soldados.
La guerra había terminado, la monarquía derrocada, pero el imperio de la burguesía distaba mucho de haber terminado.
Al principio de este artículo, recordábamos los retos de la historia tal como los había expuesto Rosa Luxemburg, resumidos en esta pregunta: ¿qué clase podrá poner fin a la guerra? Recordemos los tres guiones posibles para que se terminara la guerra: por la acción del proletariado, por decisión de la burguesía o por el agotamiento mutuo entre los beligerantes. Los acontecimientos demostraron claramente que, en fin de cuentas, fue el proletariado el que desempeñó el papel principal para poner fin a "la Gran Guerra". Ese hecho ilustra la fuerza potencial que posee el proletariado revolucionario. Y explica por qué la burguesía, todavía hoy, lo hace todo para que quede en el olvido y el silencio la revolución de noviembre de 1918.
Pero no es esa toda la historia. En cierto modo, los acontecimientos de noviembre combinaron los tres guiones planteados por Rosa Luxemburg. Esos acontecimientos fueron también, en alguna medida, el resultado de la derrota militar de Alemania. A principios de noviembre del 18, ese país estaba sin lugar a dudas en vísperas de una derrota militar total. Irónicamente sólo el levantamiento proletario evitó a la burguesía alemana la fatalidad de una ocupación militar, al obligar a sus enemigos imperialistas a terminar la guerra e impedir así la extensión de la revolución. Noviembre de 1918 reveló también los elementos de la "ruina mutua" y el agotamiento, sobre todo en Alemania, pero también en Francia y Gran Bretaña. De hecho, fue la intervención de Estados Unidos al lado de los aliados occidentales a partir de 1917 lo que hizo inclinar la balanza a favor de éstos y permitió salir del callejón mortal en que se habían encerrado las potencias europeas.
Si mencionamos el papel de esos otros factores no es, ni mucho menos, para minimizar el del proletariado. Importa, sin embargo, tenerlos en cuenta pues ayudan a comprender la naturaleza de los acontecimientos. La revolución de noviembre obtuvo una victoria como una fuerza contra la cual ninguna verdadera resistencia es posible. Pero también se obtuvo porque el imperialismo alemán ya había perdido la guerra, porque su ejército estaba en plena descomposición y porque no sólo la clase obrera, sino amplios sectores de la pequeña burguesía e incluso de la burguesía querían ahora la paz.
Tras su gran triunfo, la población de Berlín eligió consejos obreros y de soldados. Estos, a su vez, nombraron, al mismo tiempo que su propia organización, lo que se consideraba como una especie de gobierno provisional socialista, formado por el SPD y el USPD, bajo la dirección de Friedrich Ebert. Ese mismo día, Ebert firmaba un acuerdo secreto con el nuevo mando militar para aplastar la revolución.
En el próximo artículo examinaremos las fuerzas de la vanguardia revolucionaria en el contexto del inicio de la guerra civil y en vísperas de acontecimientos decisivos para la revolución mundial.
Steinklopfer
[1]) Richard Müller, Vom Kaiserreich Zur Republik ("Del Imperio a la República"), primera parte de su trilogía sobre la revolución alemana.
[2]) Rosa Luxemburg, "Liebknecht", Spartakusbriefe n° 1, septiembre de 1916.
[3]) El tratado de de Brest-Litovsk se firmó el 3 de marzo de 1918 entre Alemania, sus aliados y la recién creada República de los Sóviets. Las negociaciones duraron 3 meses. Leer sobre este acontecimiento nuestro artículo "La Izquierda comunista en Rusia: 1918 - 1930 (1ª parte)" en Revista internacional n° 8.
[4]) Spartakusbriefe n° 8, enero de 1918, "Die geschichtliche Verantwortung" (La responsabilidad historica).
[5]) Spartakusbriefe n° 11, septiembre 1918, "Die russische Tragödie" ("La tragedia rusa").
[6]) Las acciones de kamikaze de la aviación japonesa durante la Segunda Guerra mundial y los atentados suicidas de los fundamentalistas islámicos tienen precursores europeos.
[7]) Ver el análisis de esos acontecimientos del historiador alemán Sebastian Haffner en 1918/19, Eine deutsche Revolución (1918/19, une revolución alemana).
[8]) "Puerta de Halle", estación del metro aéreo de Berlín, al sur del centro ciudad.
[9]) Hay anécdotas de ese estilo, procedentes del interior de la contrarrevolución, en las memorias de los dirigentes de la Socialdemocracia. Philipp Scheidemann: Memoiren eines Sozialdemokraten ("Memorias de un socialdemócrata"), 1928 - Gustav Noske : Von Kiel bis Kapp - Zur Geschichte der deutschen Revolution "De Kiel a Kapp - Sobre la historia de revolución alemana"), 1920.
En la primera parte de esta serie consideramos la sucesión de acontecimientos: guerras mundiales, revoluciones y crisis económicas globales, que han marcado la entrada del capitalismo en su época de declive al principio del siglo xx, y que han planteado al género humano la alternativa: o la implantación de un modo de producción superior, o la barbarie. Sólo una teoría que abarque el conjunto del movimiento de la historia puede servir para comprender los orígenes y las causas de la crisis que confronta la civilización humana. Pero las teorías generales de la historia ya no están en boga entre los historiadores oficiales que, a medida que evoluciona la decadencia del capitalismo, son cada vez más incapaces de ofrecer una visión global, una explicación convincente de los orígenes de la espiral de catástrofes que ha marcado este periodo. Las grandes visiones históricas se descartan frecuentemente como un asunto de los filósofos alemanes idealistas del siglo xix como Hegel, o de los exageradamente optimistas liberales ingleses que, en la misma época, desarrollaron la idea de la Historia como un continuo progreso desde la oscuridad y la tiranía hasta la maravillosa libertad que, según ellos, disfrutaban los ciudadanos del Estado constitucional moderno (lo que se ha dado en llamar teoría "Whig" de la historia).
Pero esta incapacidad para considerar el movimiento histórico globalmente es característica de una clase que ya no impulsa el progreso histórico y cuyo sistema social no puede ofrecer ningún futuro a la humanidad. La burguesía podía mirar atrás y también hacia delante, a gran escala, cuando estaba convencida de que su modo de producción representaba un avance fundamental para la humanidad en comparación con las formas sociales anteriores, y cuando podía mirar el futuro con la confianza creciente de una clase ascendente. Los horrores de la primera mitad del siglo xx asestaron un golpe mortal a esa confianza. Nombres de lugares simbólicos, como el Somme y Passchendale, donde más de un millón de soldados de reemplazo fueron sacrificados en la carnicería de la Primera Guerra mundial, o Auschwitz e Hiroshima, sinónimos del asesinato masivo de civiles por el Estado; o fechas igualmente simbólicas, como 1914, 1929 y 1939, no sólo pusieron en cuestión todos los anteriores supuestos sobre el progreso moral, sino que también sugerían de manera alarmante, que el orden presente entonces y aún hoy día de la sociedad, podría no ser tan eterno como había parecido durante un tiempo. En suma, confrontada a la perspectiva de la desaparición del modo social que le dio carta de nacimiento - sea a través del colapso en la anarquía o, lo que para la burguesía viene a ser lo mismo, a través de su destrucción por la clase obrera revolucionaria - la historiografía burguesa prefiere ponerse anteojeras, perdiéndose en el estrecho empirismo de los cortos plazos y los acontecimientos locales, o desarrollar teorías como el relativismo y el posmodernismo, que rechazan cualquier noción de desarrollo progresivo de una época a otra, así como cualquier tentativa de descubrir un patrón de desarrollo en la historia humana. Además, la promoción de una "cultura popular y de famosos" acompaña y acomoda a diario esa represión de la conciencia histórica, ligada a las necesidades desesperadas del mercado: cualquier cosa de valor tiene que ser actual y nueva, surgiendo de la nada y llevando a ninguna parte.
Dada la estrechez de mente de la mayor parte de los "expertos oficiales", no es de extrañar que muchos de los que aún persiguen la búsqueda de un patrón de desarrollo global de la historia sean seducidos por los charlatanes de la religión y el ocultismo. El nazismo fue una de las primeras manifestaciones de esa tendencia -formando su ideología de un revoltijo farragoso de teosofía ocultista, pseudodarwinismo y teoría racista conspirativa, que ofrecía una solución "cajón de sastre" a todos los problemas del mundo, desanimando con gran efectividad la necesidad de pensar en nada más. El fundamentalismo cristiano y el islamista, o las numerosas teorías conspirativas respecto a la manipulación de la historia por los servicios secretos juegan hoy el mismo papel. La razón oficial burguesa, no sólo fracasa cuando trata de ofrecer respuestas a los problemas de la esfera social, sino que de hecho renuncia ampliamente siquiera a plantearse preguntas, dejando el campo libre a la sinrazón para inventarse sus propias soluciones mitológicas.
La intelectualidad dominante es, hasta cierto punto, consciente de esto. Está dispuesta a reconocer que ha sufrido realmente una pérdida de su antigua confianza en sí misma. Más que pregonar en positivo las alabanzas del capitalismo liberal como el mejor logro del espíritu humano, ahora tiende a retratarlo como lo menos malo; defectuoso, cierto, pero ampliamente preferible a todas las formas de fanatismo que parecen alinearse en su contra. Y en el campo de los fanáticos, no sólo pone al fascismo o al terrorismo islámico, sino también al marxismo, refutado ahora definitivamente como una forma de mesianismo utópico. ¿Cuántas veces no nos habrán dicho, habitualmente pensadores de tercera fila que se dan aires de estar diciendo algo nuevo, que la visión marxista de la historia es meramente una inversión del mito judeocristiano de la historia como un desarrollo hacia la salvación? El comunismo primitivo sería el Jardín del Edén y el comunismo futuro el paraíso por venir; el proletariado sería el Pueblo elegido, o el Mesías sufriente y los comunistas los profetas. Pero también nos dicen que esas proyecciones religiosas no son en absoluto inocuas: la realidad de los "gobiernos marxistas" habría mostrado en qué acaban todos esos intentos de implantar el paraíso en la tierra, en la tiranía y los campos de trabajo; que sería un proyecto insensato tratar de moldear el género humano que es imperfecto, según su visión de la perfección.
Y en efecto, para apoyar este análisis, está lo que nos presentan como la trayectoria del marxismo en el siglo xx: ¿Quién puede negar que la GPU estalinista recuerda a la Santa Inquisición? ¿O que Lenin, Stalin, Mao y otros grandes líderes fueron convertidos en nuevos dioses? Pero esa representación está profundamente alterada y por eso es defectuosa. Se basa en la mayor mentira del siglo: que estalinismo es igual a comunismo; cuando de hecho es su negación total. Lo que el estalinismo es realmente, es una forma de la contrarrevolución capitalista, como sostienen todos los marxistas genuinamente revolucionarios, de modo que el argumento de que la teoría marxista de la historia tiene que llevar inevitablemente al Gulag, tiene que cuestionarse.
Y también podemos responder, como Engels en sus escritos sobre los comienzos del cristianismo, que no hay nada extraño en las similitudes entre las ideas del movimiento obrero moderno y las prédicas de los profetas bíblicos o los primeros cristianos, porque estas últimas también representaban los esfuerzos de las clases explotadas y oprimidas y sus esperanzas de un mundo basado en la solidaridad humana y no en la dominación de clase. Debido a las limitaciones impuestas por el sistema social en que surgieron, aquellos comunistas precoces no podían ir más allá de una visión mítica o religiosa de la sociedad sin clases. Ese ya no es el caso hoy día, puesto que la evolución histórica ha hecho de la sociedad comunista, tanto una posibilidad racional cuanto una necesidad urgente. Así que, más que ver el comunismo moderno a la luz de los viejos mitos, podemos entender los viejos mitos a la luz del comunismo moderno.
Para nosotros el marxismo, el materialismo histórico, no es otra cosa que la visión teórica de una clase que, por primera vez en la historia, es al mismo tiempo una clase explotada y revolucionaria, una clase portadora de un orden social nuevo y superior. Su esfuerzo, que es realmente una necesidad para ella, por examinar el modelo del pasado y las perspectivas para el futuro, puede verse así liberado de los prejuicios de una clase dominante, que en última instancia siempre se ve impulsada a negar y ocultar la realidad en interés de su sistema de explotación. La teoría marxista también está basada en el método científico, a diferencia de los esbozos poéticos de las clases explotadas anteriores. Puede que no sea una ciencia exacta clasificable en la misma categoría que muchas ciencias naturales, ya que no puede constreñir la humanidad y su infinitamente compleja historia, en una serie de experimentos de laboratorio reproducibles - pero entonces la teoría de la evolución también está sujeta a limitaciones similares. La cuestión es que sólo el marxismo es capaz de aplicar el método científico al estudio del orden social existente y los que le precedieron, empleando rigurosamente la mejor erudición que puede ofrecer la clase dominante y al mismo tiempo yendo más allá, planteando una síntesis superior.
En 1859, mientras estaba profundamente implicado en el trabajo que daría origen a el Capital, Marx escribió un breve texto que plantea un resumen magistral de todo su método histórico. Fue en el Prefacio a una obra llamada Contribución a la Crítica de la economía política, una obra que fue ampliamente sustituida, o al menos eclipsada, por la aparición de el Capital. Después de ofrecernos un informe resumido del desarrollo de su pensamiento desde sus primeros estudios de derecho hasta su preocupación en ese momento por la economía política, Marx llega al cogollo del asunto - los "principios-guía de mis estudios". Aquí se resume con magistral precisión y claridad la teoría marxista de la historia. Por eso tenemos la intención de examinar ese pasaje lo más de cerca posible, para establecer las bases de una verdadera comprensión de la época que vivimos.
Hemos incluido completo el pasaje más crucial de este texto como un apéndice a este artículo, pero a partir de ahora queremos tratar en detalle cada una de sus partes.
"Una sociedad no desaparece nunca antes de que sean desarrolladas todas las fuerzas productoras que pueda contener, y las relaciones de producción nuevas y superiores no se sustituyen jamás en ella antes de que las condiciones materiales de existencia de esas relaciones han sido incubadas en el seno mismo de la vieja sociedad. Por eso la humanidad no se propone nunca más que los problemas que puede resolver, pues, mirando más de cerca, se verá siempre que el problema mismo no se presenta más que cuando las condiciones materiales para resolverlo existen o se encuentran en estado de existir. Esbozados a grandes rasgos, los modos de producción asiáticos, antiguos, feudales y burgueses modernos, pueden ser designados como otras tantas épocas progresivas de la formación social económica. Las relaciones burguesas de producción son la última forma antagónica del proceso de producción social, no en el sentido de un antagonismo individual, sino en el de un antagonismo que nace de las condiciones sociales de existencia de los individuos; las fuerzas productoras que se desarrollan en el seno de la sociedad burguesa, crean al mismo tiempo las condiciones materiales para resolver este antagonismo. Con esta formación social termina, pues, la prehistoria de la sociedad humana" (Carlos Marx, Contribución a la Crítica de la economía política, 1978, Madrid, pag. 43-44).
"... en la producción social de su existencia, los hombres entran en relaciones determinadas, necesarias, independientes de su voluntad; estas relaciones de producción corresponden a un grado determinado de desarrollo de sus fuerzas productivas materiales. El conjunto de estas relaciones de producción constituye la estructura económica de la sociedad, la base real, sobre la cual se eleva una superestructura jurídica y política y a la que corresponden formas sociales determinadas de conciencia. El modo de producción de la vida material condiciona el proceso de vida social, política e intelectual en general" (Idem, pag. 42-43).
Frecuentemente el marxismo es caricaturizado por sus críticos, habitualmente burgueses o seudo radicales, como una teoría mecanicista, "objetivista", que busca reducir la complejidad del proceso histórico a una serie de leyes de bronce sobre las que los sujetos humanos no tienen ningún control y que los arrastran como apisonadora a un resultado final fatídicamente determinado. Cuando no se nos dice que es otra forma de religión, o se nos cuenta que el pensamiento marxista es un producto típico de la adoración acrítica del siglo xix por la ciencia y sus ilusiones de progreso, que buscaría aplicar las leyes predecibles y verificables del mundo natural - física, química, biología - a los modelos fundamentalmente impredecibles de la vida social. Marx es entonces estigmatizado como autor de una teoría de la evolución inevitable y lineal de un modo de producción a otro, que lleva inexorablemente de la sociedad primitiva al comunismo, pasando por el esclavismo, el feudalismo, el capitalismo. Y todo el conjunto de este proceso resulta aún más predeterminado porque está supuestamente causado por un desarrollo puramente técnico de las fuerzas productivas.
Es cierto que en el seno de movimiento obrero se han producido deslices subsidiarios de esa visión. Por ejemplo, durante el periodo de la IIª Internacional, cuando había una tendencia creciente a que los partidos obreros se "institucionalizaran", había un proceso equivalente a nivel teórico, una vulnerabilidad a las concepciones dominantes del progreso y una cierta tendencia a contemplar la "ciencia" como algo en sí mismo, apartado de las relaciones de clase reales en la sociedad. La idea de Kautsky del socialismo científico como una invención de los intelectuales que después tenía que ser inyectada a la masa proletaria era una expresión de esta tendencia. Como así fue el caso también, aún más si cabe, durante el siglo xx, con gran parte de lo que había sido en algún momento marxismo y se convertía en abierta apología del orden capitalista; las visiones mecanicistas del progreso histórico eran desde ese momento oficialmente codificadas. No hay demostración más clara de esto que el manual de "marxismo-leninismo" de Stalin, Breve curso de historia del PCUS, donde la teoría de la primacía de las fuerzas productivas se plantea como la visión materialista de la historia:
"La segunda característica de la producción consiste en que sus cambios y su desarrollo arrancan siempre, como de su punto de partida, de los cambios y del desarrollo de las fuerzas productivas, y, ante todo, de los que afectan a los instrumentos de producción. Las fuerzas productivas constituyen, por tanto, el elemento más dinámico y más revolucionario de la producción. Al principio, cambian, se desarrollan las fuerzas productivas de la sociedad, y luego, con sujeción a estos cambios y congruentemente con ellos, cambian las relaciones de producción entre los hombres, sus relaciones económicas" (https://www.marxists.org/espanol/tematica/histsov/pcr-b/cap4.htm [5]).
Esta concepción de la primacía de las fuerzas productivas coincidía muy netamente con el proyecto fundamental del estalinismo: "desarrollar las fuerzas productivas" de la URSS a expensas del proletariado y con intención de convertir a Rusia en una gran potencia mundial. Era completamente conforme a los intereses del estalinismo presentar el apilamiento de grandes plantas industriales que tuvo lugar durante los años 30, como pasos hacia el comunismo, y tratar de impedir cualquier cuestionamiento relativo a las relaciones sociales subyacentes tras ete "desarrollo" -la feroz explotación de la clase de trabajadores asalariados, en otras palabras, la extracción de plusvalía con vistas a la acumulación de capital.
Para Marx, todo ese planteamiento se rechaza en las primeras líneas del Manifiesto comunista, que presenta la lucha de clases como la fuerza dinámica de la evolución histórica, en otras palabras, la lucha entre diferentes clases sociales ("Hombres libres y esclavos, patricios y plebeyos, señores y siervos, maestros y oficiales") por la apropiación del plustrabajo. También se niega igual de claramente en las primeras líneas de nuestra cita del Prefacio: "... en la producción social de su existencia, los hombres entran en relaciones determinadas, necesarias, independientes de su voluntad...". Son seres humanos de carne y hueso los que "entran en relaciones determinadas", los que hacen la historia, y no "fuerzas productivas", no máquinas, aunque haya necesariamente una estrecha conexión entre las relaciones de producción y las fuerzas productivas que les "corresponden". Como Marx plantea en otro famoso pasaje de el 18 Brumario de Luís Bonaparte:
"Los hombres hacen su propia historia, pero no la hacen a su libre arbitrio, bajo circunstancias elegidas por ellos mismos, sino bajo aquellas circunstancias con que se encuentran directamente, que existen y les han sido legadas por el pasado" (https://www.marxists.org/espanol/m-e/1850s/brumaire/brum1.htm#i [6]).
Nótese atentamente: en condiciones que ellos no han elegido; los hombres entran en relaciones determinadas "independientes de su voluntad". Hasta ahora, al menos. En las condiciones que han predominado en todas las formas de sociedad existentes hasta hoy, las relaciones que los seres humanos han entablado entre sí no han estado claras para ellos, han aparecido más o menos nubladas por las representaciones mitológicas e ideológicas; por eso mismo, con la llegada de la sociedad de clases, las formas de riqueza que los hombres engendran a través de esas relaciones, tienden a írseles de las manos, a convertirse en una fuerza extraña superior. Según esta visión, los seres humanos no son productos pasivos de su entorno, o de las herramientas que producen para satisfacer sus necesidades, pero, al mismo tiempo, no dominan todavía sus propias fuerzas sociales ni son dueños de los productos de su propio trabajo.
"No es la conciencia de los hombres la que determina la realidad; por el contrario, la realidad social es la que determina su conciencia... Al considerar tales trastornos importa siempre distinguir entre el trastorno material de las condiciones económicas de producción -que se debe comprobar fielmente con ayuda de las ciencias físicas y naturales- y las formas jurídicas, políticas, religiosas, artísticas o filosóficas; en una palabra, las formas ideológicas, bajo las cuales los hombres adquieren conciencia de este conflicto y lo resuelven. Así como no se juzga a un individuo por la idea que él tenga de sí mismo, tampoco se puede juzgar tal época del trastorno por la conciencia de sí misma; es preciso, por el contrario, explicar esta conciencia por las contradicciones de la vida material, por el conflicto que existe entre las fuerzas productoras sociales y las relaciones de producción" (Prefacio a la Contribución a la crítica de la economía Política, op. cit., pág. 43).
En suma, los hombres hacen su propia historia, pero no aún en plena conciencia de lo que están haciendo. De ahí que, al estudiar un cambio histórico, no podemos contentarnos con estudiar las ideas y creencias de una época, o con examinar las modificaciones en los sistemas de gobierno o de legislación; para captar cómo evolucionan esas ideas y sistemas, es necesario ir a los conflictos sociales fundamentales que yacen tras ellos.
Una vez más hay que decir que este planteamiento de la historia no descarta el papel activo de la conciencia, de los ideales y de las formaciones políticas y legales, su impacto real en las relaciones sociales y el desarrollo de las fuerzas productivas. Por ejemplo, la ideología de las clases esclavistas de la Antigüedad consideraba completamente despreciable el trabajo, y esta actitud jugó un papel directo impidiendo que los avances científicos considerables que llevaron a cabo los filósofos griegos repercutieran en el desarrollo práctico de la ciencia, en la invención y verdadera puesta en funcionamiento de herramientas y técnicas que hubieran aumentado la productividad del trabajo. Pero la realidad subyacente tras esta barrera era el propio modo de producción esclavista: la existencia del esclavismo como base de la creación de riqueza en la sociedad clásica era la fuente del desprecio por el trabajo de los esclavistas y el hecho de que, para ellos, aumentar el plustrabajo, pasaba necesariamente por aumentar el número de esclavos.
En escritos posteriores, Marx y Engels tuvieron que defender su planteamiento teórico, tanto de los abiertamente críticos con él, como de los seguidores equivocados, que interpretaban la posición de que "el ser social determina la conciencia social", de la forma más vulgar posible, por ejemplo pretendiendo que significaba que todos los miembros de la burguesía estarían fatalmente determinados a pensar igual debido a su posición económica en la sociedad; o de forma aún más absurda, que todos los miembros del proletariado están obligados a tener una clara conciencia de sus intereses de clase porque están sometidos a la explotación. Esas actitudes reduccionistas fueron precisamente las que llevaron a Marx a decir "Yo no soy marxista". Hay numerosas razones que hacen que, de entre la clase obrera tal cual existe en la "normalidad" del capitalismo, sólo una minoría reconoce su verdadera situación de clase: no sólo diferencias en la historia individual y la psicología, sino fundamentalmente, el papel activo que juega la ideología dominante impidiendo que los dominados puedan comprender sus propios intereses de clase -una ideología dominante cuyas connotaciones y efectos van más allá de la propaganda inmediata de la clase dominante, puesto que está profundamente arraigada en las mentes de los explotados, "La tradición de todas las generaciones muertas oprime como una pesadilla el cerebro de los vivos" (https://www.marxists.org/espanol/m-e/1850s/brumaire/brum1.htm#i [6]), como escribió Marx a continuación del pasaje de el 18 Brumario que hemos citado antes sobre que los hombres hacen su propia historia en condiciones que no eligen.
De hecho, la comparación de Marx entre la ideología de una época y lo que un individuo piensa de sí mismo, lejos de expresar una visión reduccionista de Marx, muestra realmente una profundidad psicológica: sería un mal psicoanalista quien no prestara ningún interés a lo que un paciente cuenta sobre sus sentimientos y convicciones, pero sería igualmente mediocre si se detuviera en la conciencia que el paciente tiene de sí mismo, ignorando la complejidad de los elementos ocultos e inconscientes de su perfil psicológico. Lo mismo vale para la historia de las ideas o la historia "política", que puede decirnos mucho sobre lo que estaba ocurriendo en una época determinada, pero que sólo nos da un reflejo distorsionado de la realidad. De ahí el rechazo de Marx ante todos los planteamientos históricos que se quedaban en la superficie aparente de los acontecimientos:
"Toda la concepción histórica, hasta ahora, ha hecho caso omiso de esta base real de la historia, o la ha considerado simplemente como algo accesorio, que nada tiene que ver con el desarrollo histórico. Esto hace que la historia debe escribirse siempre con arreglo a una pauta situada fuera de ella; la producción real de la vida se revela como algo protohistórico, mientras que la historicidad se manifiesta como algo separado de la vida usual, como algo extra y supraterrenal. De este modo, se excluye de la historia el comportamiento de los hombres hacia la naturaleza, lo que engendra la antítesis de naturaleza e historia. Por eso, esta concepción sólo acierta a ver en la historia las acciones políticas de los caudillos y del Estado, las luchas religiosas y las luchas teóricas en general, y se ve obligada a compartir, especialmente, en cada época histórica, las ilusiones de esta época. Por ejemplo, una época se imagina que se mueve por motivos puramente "políticos" o "religiosos", a pesar de que la "religión" o la "política" son simplemente las formas de sus motivos reales: pues bien, el historiador de la época de que se trata, acepta sin más tales opiniones. Lo que estos determinados hombres se "figuraron", se "imaginaron" acerca de su práctica real se convierte en la única potencia determinante y activa que dominaba y determinaba la práctica de estos hombres. Y así, cuando la forma tosca con que se presenta la división del trabajo entre los hindúes y los egipcios provoca en estos pueblos el régimen de castas propio de su Estado y de su religión, el historiador cree que el régimen de castas fue la potencia que engendró aquella tosca forma social" (la Ideología alemana, Barcelona 1970, pag. 41-42).
Volvamos ahora al pasaje del Prefacio que más claramente contribuye a comprender la presente fase histórica en la vida del capitalismo:
"Durante el curso de su desarrollo, las fuerzas productoras de la sociedad entran en contradicción con las relaciones de producción existentes, o, lo cual no es mas que su expresión jurídica, con las relaciones de propiedad en cuyo interior se habían movido hasta entonces. De formas de desarrollo de las fuerzas productivas que eran, estas relaciones se convierten en trabas de estas fuerzas. Entonces se abre una era de revolución social" (Prefacio a la Contribución a la crítica de la economía política, op. cit., pag. 43).
Aquí Marx muestra una vez más, que el elemento activo en el proceso histórico son las relaciones que los hombres empiezan a establecer entre sí para producir las necesidades de la vida. Revisando el movimiento de una forma social a otra, se hace evidente que hay una dialéctica constante entre los periodos en que esas relaciones dan lugar a un verdadero desarrollo de las fuerzas productivas y los periodos en que esas mismas relaciones se convierten en una traba para su desarrollo ulterior. En el Manifiesto Comunista, Marx y Engels mostraron que las relaciones capitalistas de producción, surgiendo de la sociedad feudal decadente, actuaron como una fuerza profundamente revolucionaria, barriendo todas las formas obsoletas de la vida social y económica que se levantaron en su camino. La necesidad de competir y producir lo más barato posible, obligó a la burguesía a revolucionar constantemente las fuerzas productivas; la necesidad incesante de encontrar nuevos mercados para sus mercancías la obligó a invadir todo el globo y a crear un mundo a su imagen y semejanza.
En 1848, las relaciones sociales capitalistas eran claramente una "forma de desarrollo" y sólo se habían implantado firmemente en uno o dos países. Sin embargo, la violencia de las crisis económicas del primer cuarto del siglo XIX condujeron inicialmente a los autores del Manifiesto a concluir que el capitalismo ya se había convertido en una traba al desarrollo de las fuerzas productivas, poniendo la revolución comunista (o al menos una transición rápida de la revolución burguesa a la revolución proletaria) al orden del día.
"En las crisis comerciales se destruye regularmente gran parte no sólo de los productos engendrados, sino de las fuerzas productivas ya creadas. En las crisis estalla una epidemia social que en todas las épocas anteriores hubiese parecido un contrasentido: la epidemia de la superproducción. Súbitamente, la sociedad se halla retrotraída a una situación de barbarie momentánea; una hambruna, una guerra de exterminio generalizada parecen haberle cortado todos sus medios de subsistencia; la industria, el comercio, parecen aniquilados. ¿Y ello por qué? Porque posee demasiada civilización, demasiados medios de subsistencia, demasiada industria, demasiado comercio. Las fuerzas productivas de que dispone ya no sirven al fomento de las relaciones de propiedad burguesas; por el contrario, se han tornado demasiado poderosas para estas relaciones, y éstas las inhiben; y en cuanto superan esta inhibición, ponen en desorden toda la sociedad burguesa, ponen en peligro la existencia de la propiedad burguesa. Las relaciones burguesas se han tornado demasiado estrechas como para abarcar la riqueza por ellas engendrada" (Marx/Engels, el Manifiesto comunista, cap. "Burgueses y proletarios", Barcelona, 1998, pp. 46-47).
Con la derrota de las revoluciones de 1848 y la enorme expansión del capitalismo mundial que se produjo en el periodo siguiente, tuvieron que revisar ese planteamiento, a pesar de que sea comprensible que estuvieran impacientes por la llegada de una era de revolución social, del día del juicio al arrogante orden del capital mundial. Pero lo importante de su planteamiento es el método básico: el reconocimiento de que un orden social no podía ser erradicado hasta que no hubiera entrado definitivamente en conflicto con el desarrollo de las fuerzas productivas, precipitando toda la sociedad en una crisis, no coyuntural ni de juventud, sino enteramente en una "era" de crisis, de convulsión, de revolución social; dicho de otra forma, en una crisis de decadencia.
En 1858 Marx volvía de nuevo sobre esta cuestión:
"La verdadera tarea de la sociedad burguesa es la creación del mercado mundial, al menos en esbozo, y la de la producción basada en ese mercado. Puesto que el mundo es redondo, la colonización de California y Australia y el desarrollo de China y Japón parecen haber completado ese proceso. Lo difícil para nosotros es esto: en el continente, la revolución es inminente y asumirá de inmediato un carácter socialista. ¿No estará destinada a ser aplastada en este pequeño rincón, teniendo en cuenta que en un territorio mucho mayor el movimiento de la sociedad burguesa está todavía en ascenso" (Correspondencia de Marx a Engels, Manchester, 8 de octubre de 1858).
Lo interesante de este pasaje es precisamente la cuestión que plantea: ¿Cuáles son los criterios históricos para determinar el tránsito a una época de revolución social en el capitalismo? ¿Puede haber una revolución social mientras el capitalismo es aún un sistema globalmente en expansión? Marx se precipitó al pensar que la revolución era inminente en Europa. De hecho, en una carta a Vera Zasulich sobre el problema de Rusia, escrita en 1881, parece que modificó de nuevo su posición: "El sistema capitalista ha pasado ya la flor de la vida en Occidente, aproximándose al momento en que no será mas que un sistema social regresivo" (citado en Shanin, Late Marx and the Russian Road, RKP, pag. 103, traducido por nosotros). Así, 20 años después de 1858, el sistema estaría sólo "aproximándose" a su periodo "regresivo", incluso en los países avanzados. Esto expresa las dificultades que confrontaba Marx debido a la situación histórica en la que vivía. Como se demostró después, el capitalismo aún tenía ante sí una última fase de verdadero desarrollo global, la fase del imperialismo, que abocaría en un periodo de convulsiones a escala mundial, indicando que todo el sistema, y no sólo una parte de él, se hundía en su crisis de senilidad. Sin embargo la preocupación de Marx en estas cartas muestra hasta qué punto se tomó en serio el problema de basar una perspectiva revolucionaria en la decisión de si el capitalismo había llegado o no a esa época.
"Una sociedad no desaparece nunca antes de que sean desarrolladas todas las fuerzas productoras que pueda contener, y las relaciones de producción nuevas y superiores no se sustituyen jamás en ella antes de que las condiciones materiales de existencia de esas relaciones han sido incubadas en el seno mismo de la vieja sociedad. Por eso la humanidad no se propone nunca más que los problemas que puede resolver, pues, mirando más de cerca, se verá siempre que el problema mismo no se presenta más que cuando las condiciones materiales para resolverlo existen o se encuentran en estado de existir."
En este pasaje, Marx destaca aún más la importancia de basar la perspectiva de la revolución social, no únicamente en la aversión moral que inspira un sistema de explotación, sino en su incapacidad para desarrollar la productividad del trabajo y, en general, la capacidad de los seres humanos parta satisfacer sus necesidades materiales.
El argumento de que una sociedad no desaparece nunca hasta que ha llevado a cabo toda su capacidad de desarrollo se ha empleado para argumentar contra la idea de que el capitalismo haya alcanzado su periodo de decadencia: el capitalismo ha crecido claramente después de 1914, y no podríamos decir que es decadente hasta que cese completamente de crecer. Es cierto que teorías como la de Trotski en los años 30, que afirmaba que las fuerzas productivas habían dejado de crecer, han causado una gran confusión. Teniendo en cuenta que el capitalismo estaba inmerso en ese momento en la mayor depresión que ha conocido hasta ahora, esa visión parecía plausible; aparte de eso, la idea de que la decadencia está marcada por el cese del desarrollo de las fuerzas productivas, e incluso su regresión, se puede aplicar hasta cierto punto a las sociedades de clase anteriores, en las que la crisis era siempre el resultado de la subproducción, de la incapacidad absoluta para producir lo suficiente para abastecer las necesidades básicas de la sociedad (e incluso en esos sistemas, el proceso de "decadencia" no se desarrollaba nunca sin que se produjeran fases de aparente recuperación e incluso de crecimiento vigoroso). Pero el problema fundamental de esta posición es que ignora la realidad esencial del capitalismo, la necesidad de crecimiento, de acumulación, de la reproducción ampliada de valor. Como veremos, en la decadencia del sistema, esa necesidad solo puede resolverse manipulando cada vez más las mismas leyes de la producción capitalista; pero como también veremos, probablemente no se llegará nunca al punto en que la acumulación capitalista sea imposible. Como señaló Rosa Luxemburg en la Anticrítica, ese punto es "una ficción teórica, porque la acumulación de capital no es sólo un proceso económico, sino también político". Además, Marx ya había lanzado la idea de la no identidad entre fase de declive del capitalismo y cese de las fuerzas productivas:
"El desarrollo mayor de estas mismas bases (la flor en que se transforman; pero se trata siempre de esas bases, de esa planta como flor; y por tanto marchitándose después del florecimiento) es el punto en que se ha realizado totalmente, se ha desarrollado en la forma que es compatible con el mayor desarrollo de las fuerzas productivas, y por tanto también con el desarrollo más rico de los individuos. Tan pronto como se llega a este punto, el desarrollo posterior aparece como declive, y el nuevo desarrollo empieza desde nuevas bases" (Gründisse, V:"Diferencia entre el modo de producción capitalista y todos los modos anteriores"; subrayado por nosotros).
El capitalismo ha desarrollado ciertamente suficientes fuerzas productivas para que pueda surgir un modo de producción nuevo y superior. De hecho, desde el momento en que se han desarrollado las condiciones materiales para el comunismo, el sistema ha entrado en declive. Al crear una economía mundial -fundamental para el comunismo- el capitalismo también alcanzaba los límites de su desarrollo saludable. La decadencia del capitalismo no tiene que identificarse con un cese completo de la producción, sino con una serie creciente de catástrofes y convulsiones que demuestran la absoluta necesidad de su derrocamiento.
El punto principal en que insiste Marx aquí es la necesidad de un periodo de decadencia. Los hombres no hacen la revolución por puro placer, sino porque están obligados por necesidad, por los sufrimientos intolerables que acarrea la crisis de un sistema. Por eso mismo, sus ataduras con el statu quo están profundamente arraigadas en su conciencia, y sólo el creciente conflicto entre esa ideología y la realidad material que confrontan, puede llevarlos a levantarse contra el sistema dominante. Esto es cierto sobre todo para la revolución proletaria, que por primera vez requiere una transformación consciente de todos los aspectos de la vida social.
Se acusa a veces a los revolucionarios de defender la idea de "cuanto peor, mejor"; de que cuanto más sufran las masas, más probable es que sean revolucionarias. Pero no hay ninguna relación mecánica entre sufrimiento y conciencia revolucionaria. El sufrimiento contiene una dinámica hacia la reflexión y la revuelta, pero también puede demoler y dejar exhausta la capacidad de llevar a cabo esa revuelta; o incluso conducir a la adopción de formas completamente falsas de rebelión, como muestra el desarrollo actual del fundamentalismo islámico. Un periodo de decadencia es necesario para convencer a la clase obrera de que necesita construir una nueva sociedad, pero, por otra parte, una época de decadencia que se prolongue indefinidamente puede amenazar la posibilidad misma de la revolución, arrastrando al mundo a través de una espiral de desastres que sólo sirven para destruir las fuerzas productivas acumuladas y en particular la más importante de todas ellas, el proletariado. Este es realmente el peligro que plantea la fase final de la decadencia, a la que nos referimos como la descomposición, que según nuestra posición, ya ha comenzado.
Este problema de una sociedad que se pudre sobre sus propios cimientos es particularmente agudo en el capitalismo porque, a diferencia de los modos de producción anteriores, la maduración de las condiciones materiales para una nueva sociedad -el comunismo- no coincide con el desarrollo de nuevas formas económicas dentro del viejo orden social. En la decadencia del esclavismo en Roma, el desarrollo de estados feudales era a menudo obra de miembros de la antigua clase propietaria de esclavos que se habían distanciado del Estado central para evitar la aplastante carga de sus impuestos. En el periodo de la decadencia feudal, la nueva clase burguesa surgió en las ciudades -que siempre habían sido los centros comerciales del viejo sistema- y estableció los fundamentos de una nueva economía basada en la manufactura y el comercio. La emergencia de estas nuevas formas de producción era al mismo tiempo una respuesta a la crisis del viejo orden social y un factor que empujaba cada vez más hacia su disolución.
Con el declive del capitalismo, las fuerzas productivas que ha puesto en marcha entran en un conflicto creciente con las relaciones sociales en las cuales operan. Esto se expresa sobre todo en el contraste entre la enorme capacidad productiva del capitalismo y su incapacidad para absorber todas las mercancías que produce, en suma, en la crisis de sobreproducción. Pero mientras esta crisis hace cada vez más urgente la abolición de las relaciones mercantiles al tiempo que distorsiona progresivamente las leyes de estas mismas relaciones, no conduce sin embargo al surgimiento espontáneo de formas económicas comunistas. A diferencia de las clases revolucionarias anteriores, la clase obrera es una clase desposeída y explotada, y no puede construir su nuevo orden económico en el marco del modo de producción anterior. El comunismo solo puede ser resultado de una lucha cada vez más consciente contra el viejo orden, que lleve al derrocamiento político de la burguesía como precondición para la transformación comunista de la vida económica y social. Si el proletariado es incapaz de alzar su lucha a los niveles necesarios de conciencia y autoorganización, las contradicciones del capitalismo no llevarán a un nuevo orden social superior, sino a "la ruina mutua de las clases en conflicto".
Gerrard
El pasaje completo del Prefacio dice:
"El resultado general a que llegué y que, una vez obtenido, me sirvió de guía para mis estudios, puede formularse brevemente de este modo: en la producción social de su existencia, los hombres entran en relaciones determinadas, necesarias, independientes de su voluntad; Estas relaciones de producción corresponden a un grado determinado de desarrollo de sus fuerzas productivas materiales. El conjunto de estas relaciones de producción constituye la estructura económica de la sociedad, la base real, sobre la cual se eleva una superestructura jurídica y política y a la que corresponden formas sociales determinadas de conciencia. El modo de producción de la vida material condiciona el proceso de vida social, política e intelectual en general. No es la conciencia de los hombres la que determina la realidad; por el contrario, la realidad social es la que determina su conciencia. Durante el curso de su desarrollo, las fuerzas productoras de la sociedad entran en contradicción con las relaciones de producción existentes, o, lo cual no es mas que su expresión jurídica, con las relaciones de propiedad en cuyo interior se habían movido hasta entonces. De formas de desarrollo de las fuerzas productivas que eran, estas relaciones se convierten en trabas de estas fuerzas. Entonces se abre una era de revolución social. El cambio que se ha producido en la base económica trastorna más o menos lenta o rápidamente toda la colosal superestructura. Al considerar tales trastornos importa siempre distinguir entre el trastorno material de las condiciones económica de la producción -que se debe comprobar fielmente con ayuda de las ciencias físicas y naturales- y las formas jurídicas, políticas, religiosas, artísticas o filosóficas; en una palabra, las formas ideológicas, bajo las cuales los hombres adquieren conciencia de este conflicto y lo resuelven. Así como no se juzga a un individuo por la idea que él tenga de sí mismo, tampoco se puede juzgar tal época de trastorno por la conciencia de sí misma; es preciso, por el contrario, explicar esta conciencia por las contradicciones de la vida material, por el conflicto que existe entre las fuerzas productoras sociales y las relaciones de producción. Una sociedad no desaparece nunca antes de que sean desarrolladas todas las fuerzas productoras que pueda contener, y las relaciones de producción nuevas y superiores no se sustituyen jamás en ella antes de que las condiciones materiales de existencia de esas relaciones han sido incubadas en el seno mismo de la vieja sociedad. Por eso la humanidad no se propone nunca más que los problemas que puede resolver, pues, mirando de más cerca, se verá siempre que el problema mismo no se presenta más que cuando las condiciones materiales para resolverlo existen o se encuentran en estado de existir. Esbozados a grandes rasgos, los modos de producción asiáticos, antiguos, feudales y burgueses modernos, pueden ser designados como otras tantas épocas progresivas de la formación social económica. Las relaciones burguesas de producción son la última forma antagónica del proceso de producción social, no en el sentido de un antagonismo individual, sino en el de un antagonismo que nace de las condiciones sociales de existencia de los individuos; las fuerzas productoras que se desarrollan en el seno de la sociedad burguesa crean al mismo tiempo las condiciones materiales para resolver este antagonismo. Con esta formación social termina pues la prehistoria de la sociedad humana."
Terminamos aquí la publicación de la serie de artículos sobre los “Problemas del período de transición”, publicados en la revista Bilan entre 1934 y 1937. Este último artículo se publicó en Bilan no 38 (diciembre de 1936/enero de 1937). En él se continua el debate teórico que la Izquierda italiana quería llevar a cabo a toda costa, pues lo consideraba como la clave para sacar las lecciones de la derrota de la Revolución rusa y preparar el terreno para el éxito de la revolución en el futuro. Como lo mencionamos en la introducción del artículo anterior de la serie, el debate fue muy amplio. El artículo que sigue se refiere a la corriente trotskista, a los internacionalistas holandeses y también a los desacuerdos entre Mitchell (miembro de la minoría de la Liga de los comunistas internacionalistas que evolucionó para formar la Fracción belga de la Izquierda comunista) y “los camaradas de Bilan” quienes, según Mitchell, no insistían lo suficiente en el problema de la transformación económica tras la toma del poder por el proletariado.
Sea cual que sea la respuesta a ese problema, el texto de Mitchell plantea una serie de cuestiones importantes sobre la política económica del proletariado; en particular, cómo superar la dominación de la producción sobre el consumo característica de las relaciones sociales capitalistas, y cómo eliminar la ley del valor tan propia de esas relaciones. No trataremos estas cuestiones aquí, pero posteriormente habrá otro artículo que intentará estudiar más profundamente las divergencias entre los Comunistas de izquierda italianos y los holandeses, puesto que este debate sigue siendo, hasta hoy, la base de partida para abordar el problema de cómo podrá la clase obrera suprimir la acumulación capitalista y crear un método de producción que responda a las verdaderas necesidades de la humanidad.
Nos quedan por examinar algunas normas de gestión económicas que condicionan, a nuestro parecer, el vínculo entre el partido y las masas, base del reforzamiento de la dictadura del proletariado.
Es una verdad para cualquier sistema de producción: no puede desarrollarse sino basándose en una reproducción ampliada, o sea en la acumulación de riquezas. Pero un tipo de sociedad se define menos por sus formas y manifestaciones exteriores que por su contenido social, por los mecanismos dominantes en la producción, o sea por las relaciones de clase. En la evolución histórica, ambos procesos, interno y externo, se mueven evidentemente en una constante contradicción. El desarrollo capitalista ha demostrado con toda evidencia que la progresión de las fuerzas productivas genera al mismo tiempo su contrario, el retroceso de las condiciones materiales del proletariado, fenómeno que se tradujo en la contradicción entre el valor de cambio y el valor de uso, entre la producción y el consumo. Ya señalamos que el sistema capitalista no fue un sistema progresista por naturaleza, sino por necesidad (aguijoneado por la acumulación y la competencia). Marx puso en evidencia ese contraste diciendo que el “aumento de la fuerza productiva sólo tiene importancia si aumenta el trabajo excedente (o sobretrabajo) de la clase obrera y no si disminuye el tiempo necesario para la producción material” (el Capital, Volumen X) .
Partiendo de la comprobación válida para todos los tipos de sociedades de que el sobretrabajo es inevitable, el problema se concentra esencialmente entonces en el método de apropiación y la destrucción del sobretrabajo, la masa de sobretrabajo y su duración, la relación de esta masa con el trabajo total, y, en fin, el ritmo de su acumulación. E inmediatamente, podemos poner de relieve otra observación de Marx, que “la verdadera riqueza de la sociedad y la posibilidad de una ampliación continua del proceso de reproducción no depende de la duración del trabajo excedente, sino de su productividad y de las condiciones más o menos ventajosas en que trabaja esa productividad” (el Capital). Añade además que la condición fundamental para la instauración del “régimen de la libertad”, es la reducción de la jornada laboral.
Estas consideraciones nos permiten percibir la tendencia que debe imprimirse a la evolución de la economía proletaria. También nos autorizan a rechazar la concepción que ve la prueba absoluta del “socialismo” en el crecimiento de las fuerzas productivas. Esa concepción no sólo fue defendida por el centrismo, sino también por Trotski: “... el liberalismo hace como si no viera los enormes progresos económicos del régimen soviético, es decir las pruebas concretas de las incalculables ventajas del socialismo. Los economistas de las clases desposeídas silencian simplemente los ritmos de desarrollo industrial sin precedentes en la historia mundial” (“Lucha de clases”, junio de 1930).
Ya lo hemos mencionado al empezar este capítulo, esa cuestión de “ritmo” siguió siendo una de las preocupaciones principales de Trotski y de su oposición por mucho que no sea, ni mucho menos, la misión del proletariado, la cual consiste en modificar el objetivo de la producción y no en acelerar su ritmo a costa de la miseria del proletariado, como ocurre bajo el capitalismo. El proletariado tiene tantas menos razones de ocuparse del “ritmo” porque, por un lado, no condiciona para nada la construcción del socialismo, puesto que éste es de carácter internacional, y porque, por otro lado, la contribución de la alta tecnología capitalista a la economía socialista mundial hará aparecer su valor nulo.
Cuando nos planteamos como tarea económica primordial la necesidad de cambiar el objetivo de la producción, es decir de orientarlo hacia las necesidades del consumo, lo decimos obviamente como un proceso y no como un resultado inmediato de la Revolución. La estructura misma de la economía transitoria, tal como la analizamos, es incapaz de generar ese automatismo económico, ya que la supervivencia del “derecho burgués” deja subsistir algunas relaciones sociales de explotación y que la fuerza de trabajo sigue conservando, en cierta medida, su carácter de mercancía. La política del partido, estimulada por la actividad reivindicativa de los obreros a través de sus organizaciones sindicales, debe precisamente tender a suprimir la contradicción entre fuerza de trabajo y trabajo, desarrollada hasta su extremo límite por el capitalismo. En otros términos, al uso capitalista de la fuerza de trabajo para la acumulación de capital debe sustituirse el uso “proletario” de esa fuerza de trabajo para necesidades puramente sociales, lo que favorecerá la consolidación política y económica del proletariado.
En la organización de la producción, el Estado proletario ha de inspirarse, ante todo, de las necesidades de las masas, desarrollar las ramas productivas que pueden satisfacerlas, en función obviamente de las condiciones específicas y materiales que prevalecen en una economía determinada.
Si el programa económico elaborado se mantiene en el marco de la construcción de la economía socialista mundial, se mantiene pues conectado a la lucha de clases internacional, el Estado proletario podrá tanto más dedicarse a su tarea de desarrollar el consumo. Por el contrario, si ese programa adquiere un carácter autónomo dedicado directa o indirectamente al “socialismo nacional”, una parte creciente del plustrabajo se dedicará a construir empresas que, en el futuro, no se justificarán en la división internacional del trabajo; por el contrario, esas empresas deberán inevitablemente producir medios defensivos para “la sociedad socialista” en construcción. Veremos que ése ha sido precisamente el destino que esperaba a la Rusia soviética.
Es cierto que cualquier mejora de la situación material de las masas proletarias depende en primer lugar de la productividad laboral, y ésta del grado técnico de las fuerzas productivas, por consiguiente de la acumulación. Esa mejora depende, en segundo lugar, del rendimiento del trabajo correspondiente a la organización y a la disciplina en el proceso del trabajo. Esos son los elementos fundamentales, tal como existen también en el sistema capitalista, pero en este sistema los resultados concretos de la acumulación se desvían de su destino humano en beneficio de la acumulación “en sí”. La productividad laboral no se plasma en objetos de consumo, sino en capital.
De nada sirve ocultar que el problema no se resuelve ni mucho menos proclamando una política tendente a ampliar el consumo. Pero es necesario comenzar por afirmarlo porque se trata de una orientación primordial, radicalmente opuesta a la que propone que la industrialización y su crecimiento acelerado deben ser primordiales, sacrificando inevitablemente una o más generaciones de proletarios (el Centrismo (<!--[if !supportFootnotes]-->[1]<!--[endif]-->) lo ha declarado abiertamente). Ahora bien, un proletariado “sacrificado”, incluso por objetivos que pueden parecer corresponder a su interés histórico (la realidad en Rusia demostró que no era sin embargo el caso) no puede constituir una fuerza real para el proletariado mundial; no puede sino desviarse de ese objetivo histórico, sometido a la hipnosis de unos objetivos nacionales.
Se objetará que no puede haber ampliación del consumo sin acumulación, y acumulación sin una extracción más o menos considerable del consumo. El dilema será tanto más agudo si corresponde a un desarrollo limitado de las fuerzas productivas y a una mediocre productividad laboral. Fue en estas pésimas condiciones en las que se planteó el problema en Rusia y que una de sus manifestaciones más dramáticas fue el fenómeno de las “tijeras”.
Basándonos también en las consideraciones internacionalistas que hemos desarrollado, se debe pues afirmar (si no se quiere caer en la abstracción) que las tareas económicas del proletariado, en su dimensión histórica, son primordiales. Los camaradas de Bilan, animados por la justa preocupación de poner en evidencia el papel del Estado proletario en el terreno mundial de la lucha de clases, han restado importancia al problema, al considerar que “los ámbitos económico y militar (<!--[if !supportFootnotes]-->[2]<!--[endif]-->) no podrán ser sino accesorios y de detalle en la actividad del Estado proletario, mientras que sí son esenciales para una clase explotadora” (Bilan, p. 612). Lo repetimos, el programa está determinado y limitado por la política mundial del Estado proletario, pero dicho eso, el proletariado no dejará de necesitar toda su vigilancia y toda su energía de clase para intentar encontrar la solución esencial al peliagudo problema del consumo que condicionará a pesar de todo su papel de “simple factor de la lucha del proletariado mundial”.
Los camaradas de Bilan cometen, a nuestro parecer, otro error (<!--[if !supportFootnotes]-->[3]<!--[endif]-->) al no hacer la distinción entre una gestión que tiende a la construcción del “socialismo” y una gestión socialista de la economía transitoria, declarando en particular que “lejos de poder prever la posibilidad de la gestión socialista de la economía en un país determinado y la lucha de la Internacional, debemos comenzar declarando la imposibilidad de esta gestión socialista”. Pero, ¿qué puede ser una política que procura mejorar las condiciones de vida de los obreros sino una política de gestión verdaderamente socialista destinada precisamente a invertir el proceso de la producción con relación al proceso capitalista? En el período de transición, es perfectamente posible hacer surgir esa nueva dirección económica de una producción que se realiza para las necesidades, por mucho que las clases sigan presentes.
Pero sin embargo, el cambio del objetivo de la producción no depende solamente de la adopción de una política justa, sino sobre todo de la presión de las organizaciones del proletariado sobre la economía y de la adaptación del aparato productivo a sus necesidades. Además, la mejora de las condiciones de vida no cae del cielo. Depende del desarrollo de la capacidad productiva, ya sea como consecuencia del aumento de la masa de trabajo social, de un rendimiento mayor del trabajo resultante de su mejor organización, o ya sea de la mayor producción del trabajo mediante medios de producción más potentes.
Por lo que se refiere a la masa de trabajo social – si suponemos invariable el número de obreros ocupados – ya dijimos que es el resultado de la duración y la intensidad con la que se emplea la fuerza de trabajo. Ahora bien, son precisamente esos dos factores unidos a la baja del valor de la fuerza de trabajo como efecto de su mayor productividad lo que determina el grado de explotación impuesto al proletariado en el régimen capitalista.
En la fase transitoria, la fuerza de trabajo aún conserva, es verdad, su carácter de mercancía en la medida en que el salario se confunde con el valor de la fuerza-trabajo: se despoja, en cambio, este carácter en la medida en que el salario se acerca al equivalente del trabajo total proporcionado por el obrero (abstracción hecha del plustrabajo imprescindible para las necesidades sociales) .
En contra de la política capitalista, una verdadera política proletaria, para aumentar las fuerzas productivas, no puede de ninguna manera basarse en el plustrabajo que procedería de una mayor duración o de una mayor intensidad del trabajo social que, bajo su forma capitalista, constituye la plusvalía absoluta. Debe, al contrario, fijar normas de ritmo y duración de trabajo compatibles con la existencia de una verdadera dictadura del proletariado y no puede sino ir hacia una organización más racional del trabajo, hacia la eliminación del despilfarro en las actividades sociales, aunque en este ámbito las posibilidades de aumentar la masa de trabajo útil se agotarán rápidamente.
En esas condiciones, la acumulación “proletaria” ha de encontrar su fuente esencial en el trabajo disponible gracias a una técnica más elevada.
Eso significa que el aumento de la productividad del trabajo plantea la siguiente alternativa: o una misma masa de productos (o valores de uso) determina una disminución del volumen total de trabajo consumido o, si éste sigue invariable (o incluso si disminuye según la importancia de los progresos técnicos realizados) la cantidad de productos que deben distribuirse aumentará. Pero en ambos casos, una disminución del plustrabajo relativo (relativo con respecto al trabajo estrictamente necesario para la reproducción de la fuerza de trabajo) puede combinarse con un mayor consumo y traducirse por lo tanto perfectamente en un aumento real de los salarios y no ficticio como en el capitalismo. Es en la utilización nueva de la productividad donde se verifica la superioridad de la gestión proletaria sobre la gestión capitalista y no en la competición entre los precios de coste, pues con esta base el proletariado acabaría inevitablemente derrotado, como ya lo hemos indicado.
En efecto, es el desarrollo de la productividad laboral lo que precipita el capitalismo en su crisis de decadencia donde, de manera permanente (y ya no solamente durante sus crisis cíclicas) la masa de los valores de uso se opone a la masa de los valores de cambio. La burguesía es desbordada por la inmensidad de su producción y no puede darle salida satisfaciendo a las inmensas necesidades existentes, pues eso significaría su suicido.
En el período de transición, es cierto que la productividad laboral dista mucho todavía de corresponder a la fórmula “a cada uno según sus necesidades”, pero sin embargo la posibilidad de poder utilizarla íntegramente, con fines humanos, invierte los factores del problema social. Ya Marx dejó claro que en la producción capitalista la productividad laboral permanece por debajo de su máximo teórico. Por el contrario, después de la revolución, resulta posible reducir, y luego suprimir, el antagonismo capitalista entre el producto y su valor si la política proletaria tiende no a equiparar el salario al valor de la fuerza de trabajo – método capitalista que desvía el progreso técnico en beneficio del capital – sino a elevarlo cada vez más por encima de ese valor, sobre la base misma de la productividad desarrollada.
Es evidente que una determinada fracción del sobretrabajo relativo no puede volver directamente al obrero, debido a las necesidades mismas de la acumulación sin la cual no hay progreso técnico posible. Y una vez más se plantea el problema del ritmo y de la tasa de acumulación. Y si parece solucionarse en una cuestión de medida, lo arbitrario deberá excluirse en todos los casos, basándose en los principios mismos que delimitan las tareas económicas del proletariado, tal como los hemos definido.
Por otra parte, es evidente que la determinación de la tasa de la acumulación depende del centralismo económico y no de decisiones de los productores en sus empresas, como así opinan los internacionalistas holandeses (p. 116 de su obra citada). Por otra parte no parecen estar muy convencidos del valor práctico de tal solución, puesto que la precisan inmediatamente con la consideración de que la “tasa de acumulación no puede dejase al libre juicio de las empresas separadas y es el Congreso general de los consejos de empresas el que determinará la norma obligatoria”, fórmula que parece ser, en fin de cuentas, centralismo disfrazado.
Si nos remitimos ahora a lo que se realizó en Rusia, salta por los aires la impostura total del Centrismo que hace derivar la supresión de la explotación del proletariado de la colectivización de los medios de producción. Y aparece ese fenómeno histórico de que el proceso de la economía soviética y el de la economía capitalista, partiendo de bases diferentes, acabaron por juntarse y dirigirse ambas hacia la misma salida: la guerra imperialista. Ambas se desarrollan gracias a una extracción creciente de plusvalía que no vuelve a la clase obrera. En la URSS, el sistema de trabajo es capitalista en su sustancia, e incluso en sus aspectos sociales y las relaciones de producción. Se incita al incremento de la masa de plusvalía absoluta, obtenida por la intensificación de trabajo mediante la forma del “stajanovismo”. Las condiciones materiales de los obreros no están en nada vinculadas a las mejoras técnicas y al desarrollo de las fuerzas productivas, y en cualquier caso la participación relativa del proletariado en el patrimonio social no aumenta, sino que disminuye; fenómeno similar al que genera constantemente el sistema capitalista, incluso en sus más importantes períodos de prosperidad. Carecemos de elementos para establecer en qué medida es real el crecimiento de la parte absoluta de los obreros.
Además se practica una política de baja de los salarios que tiende a sustituir obreros no cualificados (procedentes de la inmensa reserva del campesinado) por los proletarios cualificados, los cuales son, además, los más conscientes.
A la pregunta de adónde va a parar la enorme masa de plustrabajo, se dará la respuesta fácil de que va en su mayor parte a la “clase” burocrática. Pero tal explicación es desmentida por la existencia misma de un enorme aparato productivo que sigue siendo propiedad colectiva y en relación con ese aparato, los banquetes, los automóviles y los palacetes de los burócratas no son gran cosa. Las estadísticas oficiales y demás, así como las encuestas, confirman esta desproporción enorme – y que va creciendo – entre la producción de los medios de producción (herramientas, edificios, obras públicas, etc.) y la de los bienes de consumo destinados a la “burocracia” como también a la masa trabajadora y campesina, hasta incluyendo el consumo social. Si es verdad que es la burocracia la que, como clase, dispone de la economía y de la producción y se ha apropiado el sobretrabajo, no se explica cómo éste se transforma en su mayor parte en riqueza colectiva y no en propiedad privada. Esta paradoja sólo puede explicarse si se descubre por qué esa riqueza, aún permaneciendo en la comunidad soviética, se opone a ésta a causa del destino que tiene. Indiquemos que un fenómeno similar se desarrolla hoy en la sociedad capitalista, o sea que la mayor parte de la plusvalía no pasa a los bolsillos de los capitalistas sino que se acumula en bienes que no son propiedad privada sino es desde un punto de vista puramente jurídico. La diferencia está que en la URSS, el fenómeno no toma un carácter propiamente capitalista. Las dos evoluciones también provienen de un origen diferente: en la URSS, no surge de un antagonismo económico sino político, de una escisión entre el proletariado ruso y el proletariado internacional; se desarrolla bajo la bandera de la defensa del “socialismo nacional” y de su integración en el mecanismo del capitalismo mundial. En cambio, en los países capitalistas lo que predomina es la decadencia de la economía burguesa. Pero ambas evoluciones sociales alcanzan un objetivo común: la construcción de economías de guerra (los dirigentes soviéticos alardean de haber construido la máquina de guerra más descomunal del mundo). Esta es, a nuestro entender, la respuesta “al enigma ruso”. Eso explica por qué la derrota de la Revolución de octubre no se debe a los trastornos en las relaciones de clases dentro de Rusia, sino al escenario internacional.
Examinemos cuál es la política que orientó el curso de la lucha de clases hacia la guerra imperialista más bien que hacia la revolución mundial.
Para unos camaradas, ya lo hemos dicho, la Revolución rusa no fue proletaria y su evolución reaccionaria se podía anticipar porque fue realizada por un proletariado culturalmente atrasado (aunque estuviese por su conciencia de clase en la vanguardia del proletariado mundial) que, además, tuvo que dirigir un país atrasado. Nos limitaremos a oponer tal actitud fatalista a la de Marx ante la Comuna: aunque ésta expresara una inmadurez histórica del proletariado para tomar el poder, Marx le asignó sin embargo un alcance inmenso y sacó lecciones fértiles y progresistas que inspiraron precisamente a los bolcheviques en 1917. Al actuar del mismo modo frente a la Revolución rusa, no deducimos que las futuras revoluciones serán la reproducción fotográfica de Octubre, sino decimos que Octubre, por sus características fundamentales, se repercutirá en esas revoluciones, acordándosenos solamente de lo que Lenin entendía por “valor internacional de la Revolución rusa” (en la Enfermedad infantil del comunismo). Un marxista, obviamente, “no rehace” la historia, pero la interpreta para forjar armas teóricas para el proletariado, para evitarle la repetición de errores y facilitarle el triunfo final sobre la burguesía. Buscar las condiciones que hubiesen puesto al proletariado ruso ante la posibilidad de vencer definitivamente es dar todo su valor al método marxista de investigación, porque es añadir una piedra más al edificio del materialismo histórico.
Si es cierto que el reflujo de la primera oleada revolucionaria contribuyó “a aislar” momentáneamente al proletariado ruso, creemos que no es ahí donde se ha de buscar la causa determinante de la evolución de la URSS, sino en la interpretación que se hizo de la evolución de los acontecimientos de aquel entonces y la falsa perspectiva que se derivó de ellos sobre la evolución del capitalismo en la época de guerras y revoluciones. La concepción de la “estabilización” del capitalismo generó naturalmente más tarde la teoría del “socialismo en un solo país” y, como consecuencia de ella, la política de “defensa” de la URSS.
El proletariado internacional se convirtió en instrumento del Estado proletario para su defensa contra una agresión imperialista, mientras que la revolución mundial como objetivo concreto pasaba al segundo plano. Si Bujarin sigue hablando de ésta en 1925, es porque “la revolución mundial tiene para nosotros esa importancia, porque es la única garantía contra las intervenciones, contra otra guerra”.
Se elaboró así una teoría de la “garantía contra las intervenciones” de la que se apoderó la Internacional comunista para convertirse en expresión de los intereses particulares de la URSS y no de los de la revolución mundial. La “garantía” ya no se buscó en la conexión con el proletariado internacional sino en la modificación del carácter y del contenido de las relaciones del Estado proletario con los Estados capitalistas. El proletariado mundial era así ya solo una fuerza de apoyo para la defensa del “socialismo nacional”.
Por lo que se refiere a la NEP, basándonos sobre lo que dijimos anteriormente, no creemos que fuera un terreno específico para una inevitable degeneración, a pesar de que sí favoreció un incremento importante de las veleidades capitalistas en el campesinado en especial y que, por ejemplo, bajo la bandera del centrismo, la alianza (smytchka) con los campesinos pobres en la que Lenin veía un medio para fortalecer la dictadura proletaria acabó siendo un objetivo, así como la unión con el campesinado medio y los kulaks.
Contrariamente a la opinión de los camaradas de Bilan, tampoco creemos que se pueda deducir de ciertas declaraciones de Lenin sobre la NEP, que él sería favorable a una política que desvinculara la evolución económica de Rusia del futuro de la revolución mundial.
Al contrario, para Lenin, la NEP era una política de espera, de respiro, hasta la reanudación de la lucha internacional de las clases: “cuando adoptamos una política que debe durar muchos años, no olvidamos ni un momento que la revolución internacional, la rapidez y las condiciones de su desarrollo pueden modificarlo todo”. Para él, se trataba de restablecer un determinado equilibrio económico, aunque fuera pagando a las fuerzas capitalistas (pues sin éstas, se hundiría la dictadura), pero no de “recurrir a la colaboración de las clases enemigas para la construcción de los fundamentos de la economía socialista” (Bilan, p. 724).
Así como nos parece injusto hacer de Lenin un partidario del “socialismo en un solo país” basándose en un documento apócrifo.
La Oposición rusa “trotskista”, en cambio, sí que contribuye a acreditar la opinión de que la lucha se cristalizaba entre los Estados capitalistas y el Estado soviético. En 1927, esa oposición consideraba inevitable la guerra de los imperialistas contra URSS, precisamente cuando la IC estaba sacando a los obreros de sus posiciones de clase para lanzarlos al frente de la defensa de la URSS, en el mismo momento en que la IC estaba dirigiendo el aplastamiento de la Revolución china. Sobre esta base, la Oposición se implicó en la preparación de la URSS – “bastión del socialismo” – para la guerra. Esta posición equivalía a dar una aprobación teórica a la explotación de los obreros rusos para la construcción de una economía de guerra (planes quinquenales). La oposición llegó incluso hasta agitar el mito de la unidad a “toda costa” del partido, como condición de la victoria militar de la URSS. Al mismo tiempo manejó los equívocos sobre la lucha “por la paz” (¡!) considerando que la URSS debía intentar “retrasar la guerra”, pagando incluso un rescate mientras que se debía “preparar al máximo toda la economía, el presupuesto, etc., en caso de guerra” y considerar decisiva la cuestión de la industrialización para garantizar los recursos técnicos indispensables para la defensa (Plataforma de la Oposición).
Más tarde Trotski, en su Revolución permanente, retomó esa tesis de la industrialización sobre el ritmo “más rápido” que sería, por lo visto, una garantía contra las “amenazas del exterior”, como también habría favorecido la evolución del nivel de vida de las masas. Sabemos por una parte, que la “amenaza del exterior” se realizó no por la “cruzada” contra la URSS, sino por su integración en el frente del imperialismo mundial; por otra parte, que el industrialismo no coincidió de ninguna manera con una existencia mejor del proletariado, sino con su explotación más desenfrenada, sobre la base de la preparación a la guerra imperialista.
En la próxima revolución, el proletariado vencerá, independientemente de su inmadurez cultural y de la deficiencia económica, con tal de que apueste no sobre la “construcción del socialismo”, sino sobre la expansión de la guerra civil internacional.
Mitchell
<!--[if !supportFootnotes]-->[1]<!--[endif]-->) En la época en que Bilan publicó esta contribución, toda la Izquierda italiana definía todavía como “centrismo” las ideas estalinistas que dirigían la política de la IC. Será más tarde, con Internationalisme en la posguerra, cuando la corriente heredera de la Izquierda italiana defina claramente como contrarrevolucionario al estalinismo. Léase la presentación critica de estos textos publicada en la Revista internacional no 132 (NDLR).
<!--[if !supportFootnotes]-->[2]<!--[endif]-->) Estamos de acuerdo con los camaradas de Bilan: la defensa del Estado proletario no se plantea en terreno militar sino a nivel político, en relación con el proletariado internacional.
<!--[if !supportFootnotes]-->[3]<!--[endif]-->) Que quizás sólo sea pura formulación, pero es importante subrayarlo a pesar de todo porque corresponde a su tendencia a minimizar los problemas económicos.
Links
[1] https://es.internationalism.org/en/tag/21/380/mayo-de-1968
[2] https://es.internationalism.org/en/tag/historia-del-movimiento-obrero/1968-mayo-frances
[3] https://es.internationalism.org/en/tag/21/528/hace-90-anos-la-revolucion-en-alemania
[4] https://es.internationalism.org/en/tag/historia-del-movimiento-obrero/1919-la-revolucion-alemana
[5] https://www.marxists.org/espanol/tematica/histsov/pcr-b/cap4.htm
[6] https://www.marxists.org/espanol/m-e/1850s/brumaire/brum1.htm#i
[7] https://es.internationalism.org/en/tag/21/492/decadencia-del-capitalismo
[8] https://es.internationalism.org/en/tag/2/24/el-marxismo-la-teoria-revolucionaria
[9] https://es.internationalism.org/en/tag/2/25/la-decadencia-del-capitalismo
[10] https://es.internationalism.org/en/tag/21/228/el-comunismo-entrada-de-la-humanidad-en-su-verdadera-historia
[11] https://es.internationalism.org/en/tag/desarrollo-de-la-conciencia-y-la-organizacion-proletaria/izquierda-comunista-francesa
[12] https://es.internationalism.org/en/tag/3/42/comunismo