De Oriente Medio a África
La situación dramática en Oriente Medio, en el caos más total, revela el cinismo y la profunda duplicidad de la burguesía de todos los países. Cada una de ellas pretende aportar paz y justicia o democracia a poblaciones que padecen año tras año su lote diario de horrores y masacres. Sin embargo, todos esos discursos solo sirven para ocultar la defensa de sórdidos intereses imperialistas en competencia y para justificar unas intervenciones que son el factor preponderante de la agravación de los conflictos y de la acumulación de la barbarie guerrera del capitalismo. Semejantes cinismo e hipocresía acaban de verse confirmados recientemente por la ejecución precipitada de Sadam Husein, que ilustra, en otro plano, los sangrientos ajustes de cuentas entre fracciones rivales de la burguesía.
El juicio y la ejecución de Sadam Husein han sido saludados espontáneamente por Bush como “victoria de la democracia”. Esta declaración contiene una parte de verdad: con frecuencia, la burguesía comete sus crímenes y sus ajustes de cuentas en nombre de la democracia y de su defensa presentándola como su ideal. Ya hemos dedicado un articulo de esta Revista a demostrarlo (léase la Revista internacional no 66, 3er trimestre de 1991, “Las masacres y los crímenes de las grandes democracias”). Con un cinismo sin límite, Bush ha tenido también la cara de declarar, cuando se anunció el 5 de noviembre del 2006 el veredicto de muerte de Sadam Husein y mientras estaba en campaña electoral en Nebraska, que la sentencia podía entenderse como una “justificación de los sacrificios sufridos por las fuerzas norteamericanas” desde marzo de 2003 en Irak. Así que para Bush, el pellejo de un asesino vale más que 3000 jóvenes norteamericanos muertos en Irak (o sea más que el número de víctimas de la destrucción de las Torres Gemelas), la mayoría de ellos en la flor de la edad. Y se ve que para Bush la vida de cientos de miles de iraquíes muertos desde que empezó la intervención norteamericana no cuenta para nada. Más de 600 000 muertos iraquíes, unos muertos que el gobierno del país ha decidido dejar de contar para no “quebrantar la moral” de la población.
A Estados Unidos le interesaba que la ejecución de Sadam Husein se hiciera antes de los juicios a otros mandamases del antiguo régimen de Irak. En nada deseaban que muchos episodios muy comprometedores pudiesen ser evocados. Hicieron lo necesario para que no se recuerde el apoyo total de Estados Unidos y de las grandes potencias occidentales a la política de Sadam Husein entre 1979 y 1990, empezando por la guerra entre Irán e Irak (1980-1988).
Uno de los múltiples cargos contra Sadam Husein en uno de los juicios era la matanza con armas químicas de 5000 Kurdos en Halabya en 1988. Esa masacre ocurrió a finales de la guerra entre Irán e Irak, que costó mas de 1 200 000 muertos y el doble de heridos e inválidos. En aquel entonces EE.UU y la mayor parte de las potencias occidentales apoyaban y armaban a Sadam Husein. Esa ciudad había sido tomada en un primer tiempo por los iraníes y reconquistada después por Irak. Sadam decidió una operación de represalias contra la población kurda. Esa masacre fue la más espectacular de una campaña de exterminio más amplia llamada Al Anfal (“botín de guerra”) que hizo unas 180 000 víctimas entre los Kurdos iraquíes en 1987-88.
Cuando Sadam Husein empezó esa guerra atacando a Irán, lo hizo con el apoyo total de todas las potencias occidentales. Frente a la república islamista chií instalada en 1979 en Irán en donde el ayatolá Jomeini se permitía el lujo de desafiar a la potencia norteamericana calificándola de “Gran Satán”, ante la incapacidad del entonces Presidente demócrata Carter para acabar con aquél, Sadam Husein asumió el papel de gendarme de la región por cuenta de EE.UU. y del campo occidental declarando la guerra a Irán y haciéndola durar 8 años para debilitarlo. La contraofensiva de Irán le habría dado la victoria a ese país si Irak no se hubiera beneficiado del apoyo militar norteamericano directo. En 1987, bajo la dirección de EE.UU., el bloque occidental movilizó una formidable armada en el golfo Pérsico, con 250 buques de guerra procedentes de la mayoría de los grandes países occidentales, con 35 000 hombres y equipados con los aviones de guerra más sofisticados en aquel entonces. Presentada como una “fuerza de interposición humanitaria”, esa armada destruyó en particular una plataforma petrolera y varios de los buques más perfeccionados de la flota iraní. Gracias a ese apoyo, Sadam Husein pudo firmar una paz que restablecía ni más ni menos las mismas fronteras que cuando había estallado el conflicto.
Sadam Husein ya había llegado al poder con el apoyo de la CIA, haciendo asesinar a sus rivales chiíes y kurdos pero también a los demás jefes suníes del partido Baaz, acusándolos de fomentar conjuras contra él. Sus compinches de los grandes países lo cortejaron y honraron durante años como “gran hombre de Estado” (fue “gran amigo” de Francia y en particular de Chirac y Chevènement). El haberse distinguido a lo largo de su vida política por ejecuciones sanguinarias y expeditivas de todo tipo (ahorcamientos, decapitaciones, torturas a sus oponentes, gaseo con armas químicas, fosas llenas de cadáveres chiíes o kurdos) nunca molestó en manera alguna a los “grandes demócratas” hasta que éstos “descubrieron”, en vísperas de la guerra del Golfo de 1991, que no era más que un tirano sanguinario ([1]), al que desde entonces ya no se le llamó de otra manera que “Carnicero de Bagdad”, apodo que nunca se le había dado antes, cuando precisamente era el ejecutante de la política occidental. También se ha de recordar que Sadam Husein cayó en la trampa cuando se creyó que tenía el apoyo de Washington para invadir Kuwait en verano de 1990, dando a EE.UU. el pretexto para iniciar la operación militar más descomunal desde la Segunda Guerra mundial. Estados Unidos pudo así organizar la primera guerra del Golfo, en enero del 91, designando a Sadam Husein como enemigo público numero uno. La operación bautizada “Tempestad del desierto”, que quiso la propaganda presentar como una guerra “limpia” como si fuera un videojuego, costó la vida a unos 500 000 hombres en 42 días, con unos 106 000 ataques aéreos que lanzaron 100 000 toneladas de bombas y una experimentación de toda la gama de las armas más mortíferas (Napalm, bombas de fragmentación, de depresión…). Su objetivo esencial era hacer una demostración de la aplastante supremacía militar norteamericana en el mundo y forzar a sus antiguos aliados del bloque occidental, que mientras tanto se habían vuelto sus rivales imperialistas potenciales más peligrosos, a participar en la guerra junto con EEUU. Se trataba así de poner freno a la tendencia de esas potencias a quitarse de encima la tutela norteamericana tras la disolución del bloque occidental y de las alianzas que lo mantenían.
Con ese mismo maquiavelismo, Estados Unidos y sus aliados urdieron otra maquinación. Tras haber animado a los kurdos del Norte y a los chiíes del Sur a sublevarse contra el régimen de Sadam Husein, dejaron durante un tiempo intactas las tropas de elite del dictador para que éste pudiera aplastar esas rebeliones; y al no tener el menor interés en que la unidad del país fuera cuestionada, dejaron a la población kurda una vez más a la merced de terribles masacres.
Muchos medios europeos que suelen bailar al ritmo que les marca la clase dominante e incluso individuos como el muy pronorteamericano Sarkozy en Francia, pueden hoy denunciar hipócritamente “la mala opción”, “el error”, “la torpeza” de la ejecución prematura del dictador. La burguesía de los países europeos, como la norteamericana, tiene interés en que no se recuerde la parte que les incumbe en todos aquellos crímenes, ni siquiera a través el prisma deformante de un “juicio”. Cierto es que las circunstancias de la ejecución son las de una exacerbación de odio entre comunidades: se aplicó cuando apenas había empezado Aid al Adha, la fiesta del sacrificio, segunda fiesta en importancia del Islam, lo cual podía satisfacer a la parte mas fanatizada de la comunidad chií que profesa un odio mortal a la comunidad suní a la que pertenecía Sadam, pero que iba a soliviantar la indignación de los suníes y disgustar a la mayor parte de la población de religión musulmana. Además, ahora, algunos podrán presentar a Sadam Husein como un mártir a las generaciones que no conocieron su tiranía.
Pero ninguna burguesía, al compartir el mismo interés que la administración de Bush, tenía otra solución que la ejecución precipitada que permitiera ocultar y hacer olvidar su propia responsabilidad y su complicidad en las atrocidades que por otro lado siguen fomentando hoy. El paroxismo de barbarie y de hipocresía alcanzadas en Oriente Medio son un concentrado revelador del estado del mundo, símbolo del callejón sin salida total del sistema capitalista que se puede observar en el mundo entero ([2]).
Los recientes acontecimientos del conflicto entre Israel y las diversas fracciones palestinas, así como la intensificación de los enfrentamientos entre éstas, están alcanzando cimas en lo absurdo. Es sorprendente ver cómo las diversas burguesías implicadas, arrastradas por la dinámica de la situación y la fuerza de las contradicciones, se ven obligadas a tomar decisiones totalmente contradictorias e irracionales incluso desde el punto de vista de sus intereses estratégicos a corto plazo.
Cuando Ehud Olmert tiende la mano al presidente de la Autoridad palestina Mahmud Abás, con alguna que otra concesión a los palestinos sobre todo suprimiendo algunos controles o prometiendo desbloquear 100 millones de dólares en nombre de la “ayuda humanitaria”, los medios de comunicación se ponen a hablar inmediatamente de reanudación del proceso de paz en Oriente Medio y Mahmud Abás se apresura a valorar el gesto ante su rival Hamás, pues esas seudo concesiones serían la prueba de la validez de su política de cooperación con Israel que permitiría obtener ciertas “ventajas”.
Y es ese mismo Ehud Olmert el que sabotea esas pretendidas ventajas que compartía con el presidente de la Autoridad palestina cuando al día siguiente se ve obligado, bajo la presión de las fracciones ultraconservadoras de su gobierno, a reanudar la política de implantaciones de colonias israelíes en los territorios ocupados y acelerar la destrucción de las viviendas palestinas en Jerusalén.
Los acuerdos entre Al Fatah e Israel hicieron que este país autorizara a Egipto la entrega de armas a Al Fatah para favorecer su lucha contra Hamás. Pero la enésima cumbre de Sharm el Shej entre Israel y Egipto fue totalmente interferida por una operación militar del ejército israelí en Ramala, en Cisjordania, y por la reanudación de los ataques aéreos en la Franja de Gaza en repuesta a esporádicos disparos de misiles. Así es como los mensajes de apaciguamiento o las proclamaciones de voluntad de reanudar el dialogo son de lo más confuso y las intenciones de Israel totalmente contradictorias.
Otra paradoja es precisamente cuando se reúnen Olmert y Abás, justo antes de la cumbre entre Israel y Egipto, cuando Israel se proclama potencia nuclear y amenaza directamente con utilizar la bomba atómica. Aunque esa amenaza esté dirigida esencialmente contra Irán, que también aspira a ser potencia nuclear, también sirve indirectamente para todos sus vecinos. ¿Cómo entablar discusiones con un interlocutor tan peligroso y belicoso?
Además, esa declaración no puede sino animar a Irán a proseguir por esa vía y legitimar sus ambiciones de ser escudo y gendarme de la región, con esa misma lógica de poseer una “fuerza de disuasión” como las demás grandes potencias.
El Estado israelí no es el único en tal situación. Todo ocurre como si cada protagonista fuera incapaz de tomar una orientación en defensa de sus intereses.
Por su parte, Abás ha corrido el riesgo de retar a las milicias de Hamás, haciendo estallar el conflicto con el anuncio, en Gaza, de convocar elecciones anticipadas, lo cual no podía ser sino una provocación para un Hamás “democráticamente elegido”. Sin embargo, ese reto, cuya consecuencia han sido unos combates callejeros sangrientos, era el único medio para la Autoridad Palestina de acabar tanto con el bloqueo israelí como con el embargo de la ayuda internacional desde la subida al poder de Hamás. Ese bloqueo ya es catastrófico para una población imposibilitada de ir a trabajar fuera de unos territorios cercados por la policía y el ejército israelí, pero que además ha provocado la huelga de 170 000 funcionarios palestinos cuyos sueldos ya no se pagan desde hace meses ni en la Franja de Gaza ni en Cisjordania (en particular en sectores tan vitales como educación y salud). La cólera de los funcionarios, que ha afectado incluso a la policía y el ejército, es explotada tanto por Hamás como por Al Fatah para reclutar en sus respectivas milicias, según a quien unos u otros hagan responsable de la situación, mientras sigue habiendo niños entre 10 y 15 años alistados masivamente para servir de carne de cañón en las matanzas.
Por su lado, Hamás intenta explotar esa situación de caos para intentar negociar directamente con Israel un intercambio de prisioneros entre el cabo israelí raptado en enero del 2006 y los activistas de Hamás.
El caos sangriento surgido hace más de un año de cohabitación explosiva entre el gobierno elegido de Hamás y el presidente de la Autoridad Palestina sigue siendo la única perspectiva. En esa dinámica que solo puede debilitar considerablemente a ambos campos, no puede hacer ilusión la tregua decidida a finales de año entre las milicias de Al Fatah y las de Hamás. No cesan de producirse enfrentamientos mortales: atentados con coches bomba, peleas callejeras, raptos a repetición siembran el terror y la muerte entre una población de la Franja de Gaza hundida ya en la miseria más negra. Y para colmo los ataques israelíes en Cisjordania o las despiadadas intervenciones de la policía israelí en sus controles son otros tantos “errores” suplementarios: se mata regularmente a niños, a colegiales en múltiples ajustes de cuentas. El proletariado israelí ya sangrado por el esfuerzo de guerra se encuentra también expuesto a las operaciones de represalias de Hamás o de Hizbolá.
Y, al mismo tiempo, la situación es tan insegura en el sur de Líbano donde están desplegadas las fuerzas de la ONU. Desde el asesinato del líder cristiano Pierre Gemayel en noviembre del 2006 reina la inestabilidad. Mientras que Hizbolá y las milicias chiíes (o las cristianas del general Aun aliadas provisionalmente a Siria) se libraban a una demostración de fuerza sitiando durante varios días el palacio presidencial en Beirut, grupos armados suníes amenazaban el parlamento libanés y su presidente chií Nabil Berri. La tensión entre fracciones rivales está en su punto álgido. Y, por otra parte, nadie puede tomarse en serio la misión de la ONU que consiste en desarmar a Hizbolá.
En Afganistán, el despliegue de 32 000 soldados de las fuerzas internacionales de la OTAN y de 8500 soldados norteamericanos sigue siendo tan ineficaz. Los combates contra Al Qaeda y los talibanes con un centenar de ataques en el sur del país son irremediablemente palos al agua. El balance para 2006 de esa guerrilla alcanza los 4000 muertos. Pakistán, aliado supuesto de Estados Unidos, no para al mismo tiempo de servir de base de refugio a los talibanes y a Al Qaeda. Cada Estado, cada fracción se ven empujados hacia adelante en la aventura bélica a pesar de los reveses sufridos.
El atolladero más significativo es el de la primera potencia del mundo. La política de la burguesía norteamericana es la que más trabada está por esas contradicciones. El informe Baker, antiguo consejero de Bush padre, informe encargado por el gobierno federal, reconoce el fracaso de la guerra en Irak y preconiza un cambio de orientación, proponiendo tanto una apertura diplomática hacia Siria e Irán como la retirada escalonada de los 144 000 soldados norteamericanos empantanados en Irak, y resulta que el Bush Jr., obligado a modificar su gobierno, sustituyendo, en particular, a Rumsfeld por Robert Gates en la Secretaría de Estado de Defensa, se contenta con cambiar a unos cuantos de sus hombres haciéndolos responsables del descalabro de la guerra en Irak (el ejemplo más reciente es el del despido de dos de los principales jefes de estado mayor de las fuerzas de ocupación en Irak, que se han opuesto, porque no lo consideraban eficaz, al despliegue de nuevas fuerzas americanas en Irak). Y a Bush jr. no se le ocurre mejor cosa que reforzar las fuerzas norteamericanas en Irak con otros 21 500 soldados que serán enviados al frente iraquí con la misión de “controlar la seguridad” de Bagdad, y eso cuando ya se está movilizando a los reservistas. El que haya una nueva mayoría demócrata en el Congreso y el Senado estadounidenses no cambia nada en la situación: cualquier paso atrás u oposición al desbloqueo de nuevos créditos militares para la guerra en Irak sería entendido como una declaración de debilidad de EE.UU., de la nación norteamericana, y el campo demócrata no está dispuesto a asumir esa responsabilidad. Toda la burguesía norteamericana, como cada camarilla burguesa o cada Estado, está cada día más atascada en un engranaje guerrero en el que cada decisión, cada movimiento les hace acelerar la huida ciega e irracional para defender sus intereses imperialistas frente a sus rivales.
Hace muchos años que cotidianamente se producen atrocidades guerreras en el continente africano. Tras décadas de masacres en Zaire y Ruanda, tras los enfrentamientos de clanes en Costa de Marfil instigados por las rivalidades entre las grandes potencias, hoy otras nuevas regiones han entrado en la siniestra zarabanda de sangre y fuego.
En Sudán, la “rebelión” contra el gobierno pro islamista de Jartum se ha dividido en múltiples fracciones que se combaten mutuamente, instrumentalizadas por tal o cual gran potencia en un juego de alianzas cada día más precario. En tres años, ha habido en la región de Darfur, en el oeste de Sudán, 400 000 muertos y más de un millón y medio de refugiados, han sido destruidos cientos de aldeas y pueblos, cuyas poblaciones viven hoy hacinadas en campos inmensos en pleno desierto, donde el futuro es morirse de hambre, de sed, de epidemias o de los peores atropellos por parte de las diferentes bandas armadas, incluidas las fuerzas gubernamentales sudanesas. El éxodo de los rebeldes ha llevado el conflicto más allá de Darfur, a Chad y República Centroafricana. Esto ha hecho que Francia se implique militarmente cada día más en la región para así preservar los últimos “cotos de caza” que le quedan en África, participando activamente, entre otras cosas, en los combates desde el aire a partir del territorio chadiano.
Desde el derrocamiento del antiguo dictador presidente Siad Barre en 1990, acompañando en su caída a su protectora, la URSS, Somalia es un país sometido al caos, minado por una guerra continua entre innumerables clanes, que no son sino gangs mafiosos y bandas armadas de saqueadores, matones a sueldo de quien ofrezca más, que hacen reinar el terror, siembran la miseria y la angustia por todo el territorio. Las potencias occidentales que se lanzaron a echar mano del país entre 1992 y 1995 tuvieron que irse no por haber sido “vencidas”, sino por el grado tan avanzado de caos y descomposición que allí reina; el propio desembarco holliwoodiano de los marines estadounidenses acabó en lamentable descalabro en 1994, dejando el sitio a un desorden sin fronteras. Las matanzas entre esas sanguinarias camarillas rivales han hecho 500 000 muertos desde 1991.
La Unión de tribunales islámicos, que era una de esas bandas pintada con el barniz de la Sharia y del Islam “radical”, acabó apoderándose de la capital, Mogadiscio, con algunos miles de hombres armados, en mayo de 2006. El gobierno de transición refugiado en Baidoa llamó entonces a su poderoso vecino, Etiopía, en su ayuda ([3]). El ejército etíope, con el apoyo directo de Estados Unidos, bombardeó la capital e hizo huir en unas cuantas horas a las tropas islamistas, yendo gran parte de ellas al Sur del país. Mogadiscio es un montón de ruinas en el que vive una población harapienta que sobrevive como puede. Se ha instalado un nuevo gobierno provisional apuntalado por el ejército etíope, pero sin la menor autoridad política como lo demuestra el fracaso de su exigencia de que la población entregue las armas. Tras la victoria relámpago de Etiopía, la tregua será sin duda provisional y precaria, pues los “rebeldes” islamistas están rearmándose a través de la frontera permeable del Sur con Kenya. Y podrán obtener otros apoyos, en Sudán, en Eritrea –enemigo tradicional de Etiopía– o en Yemen. Esta situación incierta preocupa necesariamente a Estados Unidos, pues el Cuerno de África, con la base de Yibuti y el puente que ofrece Somalia hacia Asia y Oriente Medio, es una zona entre las más estratégicas del mundo. Esto incitó a EEUU a intervenir directamente el 8 de enero bombardeando el Sur del país donde se han refugiado los “rebeldes” de los que la Casa Blanca afirma que están directamente manipulados y vinculados a Al Qaeda.
Estados Unidos, Francia o cualquier otra gran potencia, cada una por su lado, no lograrán nunca hacer un papel estabilizador ni ser un freno al desencadenamiento de la barbarie guerrera, sea cual sea el gobierno instalado, donde sea, en África o en cualquier otra parte del mundo. Muy al contrario, sus intereses imperialistas empujan a esas potencias a generalizar cada vez más las masacres.
El hundimiento de una parte cada vez más amplia de la humanidad en tal caos y tal barbarie, los peores de toda la historia, es el único porvenir que el capitalismo nos promete. La guerra imperialista moviliza hoy toda la riqueza de la ciencia, de la tecnología, del trabajo humano, no para proporcionar el bienestar a la humanidad, sino, al contrario, para destruir sus riquezas, amontonar ruinas y cadáveres. La guerra imperialista dilapida un patrimonio edificado siglo tras siglo de historia, amenazando en última instancia con sumergir y destruir a la humanidad entera. La guerra imperialista es una de las expresiones de la aberración sin límites de este sistema.
Más que nunca la única esperanza posible es el derrocamiento del capitalismo, la instauración de relaciones sociales liberadas de las contradicciones que atenazan la sociedad, por la única clase portadora de un porvenir para la humanidad, la clase obrera.
Wim (10 enero)
[1]) En cambio, otro tirano de la región, el sirio Hafez el Asad, eterno rival de Sadam, sí siguió siendo hasta en la tumba un “gran hombre de Estado”, por su adhesión al campo occidental, a pesar de tener una carrera tan sanguinaria como la de Sadam y haber utilizado métodos equivalentes.
[2]) Incluso algunos plumíferos de la burguesía son capaces de constatar la náusea provocada por la acumulación insoportable de barbarie en el mundo actual: “La barbarie que castiga a la barbarie para engendrar más barbarie. Una video circula por la red, ultima contribución en el festival de imágenes de lo inmundo, desde las decapitaciones orquestadas por Zarkaui hasta el amontonamiento de carnes humilladas en Abú Graib por los GI (…) A los terribles servicios secretos del ex tirano sucedieron los escuadrones de la muerte del ministro del Interior dominados por las brigadas Al Badr proiraníes. (…) Que se reivindiquen del terror binladista, de la lucha antinorteamericana o sean partidarios del poder (chií), los asesinos que raptan civiles iraquíes comparten una misma tendencia a actuar sometidos a la ley de las pulsiones individuales. Sobre los escombros de Irak planean buitres de toda calaña, de todos los clanes. La mentira es la norma, la policía rapta y roba, el hombre de Dios decapita y destripa, el chií aplica al suní lo que él ha sufrido” (Marianne, semanario francés, 6 de enero). Pero esos plumíferos no son capaces de ir más allá de la “explicación” de esa barbarie por las “pulsiones individuales”, y ya puestos a ello, por la “naturaleza humana”. No pueden entender ni por lo tanto reconocer que esa barbarie es un producto eminentemente histórico, una consecuencia del sistema capitalista decadente, y que existe históricamente una clase social capaz de acabar con ella: el proletariado.
[3]) Etiopía, también antiguo bastión de la URSS, se ha convertido, tras la huida de de Mengistu en 1991, en fortaleza de Estados Unidos en la región llamada « Cuerno de África ».
Como continuación de la serie sobre el sindicalismo revolucionario que venimos publicando desde la Revista internacional nº 118, iniciamos ahora un estudio de la experiencia de la CNT española. Actualmente, una nueva generación de obreros se va comprometiendo progresivamente en la lucha de clase contra el capitalismo. En el combate muchas preguntas se plantean. Una de las más recurrentes es la cuestión sindical. Si bien los grandes sindicatos provocan una desconfianza notoria, la idea de un “sindicalismo revolucionario” despierta una cierta atracción pues supondría, al menos en teoría, “organizarse fuera de los redes del Estado tratando de unificar la lucha inmediata y la lucha revolucionaria”. El estudio de las experiencias de la CGT francesa y de la IWW norteamericana ha mostrado que esa idea es tan imposible como utópica, pero el caso de la CNT, como vamos a ver a continuación, es todavía más elocuente.
Desde principios del siglo xx, la historia ha ido mostrando, a fuerza de experiencias repetidas, que Sindicalismo y Revolución son dos términos antitéticos que no pueden ir unidos.
Hoy, CNT y anarquismo son dos términos que se presentan como unidos e inseparables. El anarquismo, que estuvo ausente en los grandes movimientos obreros del siglo xix y xx ([1]), presenta a la CNT como la prueba de que puede crear alrededor de su ideología particular una gran organización de masas con un papel decisivo en las luchas obreras que tuvieron lugar en España desde 1919 hasta 1936. Sin embargo, no fue el anarquismo quien creó la CNT, los hechos históricos prueban, al contrario, que ésta se dio en sus inicios una orientación sindicalista revolucionario. Aunque, evidentemente, eso no significa que el anarquismo no estuviera presente en su fundación y no imprimiera su marca en su evolución ([2]).
Como ya hemos expuesto en otros artículos de esta serie –no vamos a repetirlo aquí– el sindicalismo revolucionario es una tentativa de respuesta a las nuevas condiciones que planteaban al movimiento obrero el fin del apogeo del capitalismo y la progresiva entrada en su periodo histórico de decadencia –manifestado claramente por la gigantesca hecatombe de la Primera Guerra mundial. Frente a esa realidad, sectores crecientes de la clase obrera constataban el oportunismo galopante de los partidos socialistas –corroídos por el cretinismo parlamentario y el reformismo– y la burocratización y el conservadurismo de los sindicatos. Aparecieron dos respuestas: por un lado, una tendencia revolucionaria dentro de los Partidos socialistas (la izquierda constituida por grupos cuyos militantes más destacados fueron Lenin, Rosa Luxemburgo, Pannekoek, etc.); la otra fue la del sindicalismo revolucionario.
En España se dan igualmente esas condiciones históricas generales, aunque deformadas por el atraso y las particulares contradicciones del capitalismo español. Dos de estas tuvieron un peso importante que contagió negativamente al proletariado de la época.
La primera era la ausencia evidente de unificación y centralización económica real de los diferentes territorios peninsulares que llevaban a la dispersión localista y regionalista, dando lugar a una proliferación de sublevaciones municipales cuya máxima expresión fue la insurrección republicana cantonalista de 1873. El anarquismo estaba predispuesto por su postura federalista a convertirse en el portavoz de estas condiciones históricas arcaicas: la autonomía de cada municipio o territorio que se declara soberano y que solo acepta la unión frágil y aleatoria del “pacto de solidaridad”. Como señala Peirats ([3]) en su libro La CNT en la revolución española, “Este programa [el de la Alianza de Bakunin] encajaba muy bien en el temperamento de los españoles desheredados. La versión federal introducida por los bakuninistas llovía sobre mojado puesto que avivaba reminiscencias de fueros locales, cartas pueblas y municipios medievales libres” ([4]).
Ante el atraso y las explosivas diferencias de desarrollo económico de las regiones, el Estado burgués, aunque formalmente constitucional, se había apoyado en la fuerza bruta del ejército para cohesionar la sociedad, provocando periódicas represiones dirigidas fundamentalmente contra el proletariado y, en menor medida, contra las capas medias urbanas. No sólo obreros y campesinos, sino también amplias capas de la pequeña burguesía se sentían completamente excluidos de un Estado teóricamente liberal pero violentamente represivo, autoritario y caciquil, lo que desprestigiaba totalmente la política y el sistema parlamentario. Esto provocaba un apoliticismo visceral expresado por el anarquismo pero muy extendido en el medio obrero. Estas condiciones generales marcaron, por un lado, la debilidad de la tradición marxista en España; por otro lado, la influencia considerable del anarquismo.
El grupo en torno a Pablo Iglesias ([5]) permaneció fiel a la corriente marxista en la AIT y formó en 1881 el Partido Socialista; sin embargo esta organización siempre adoleció de una debilidad política extrema, hasta el punto que Munis ([6]) decía que muchos de sus dirigentes nunca habían leído ninguna obra de Marx “Las obras más fundamentales e importantes del pensamiento teórico no habían sido traducidas. Y las pocas publicadas (Manifiesto comunista, AntiDhüring, Miseria de la filosofía, Socialismo utópico y científico) eran más leídas por los intelectuales burgueses que por los socialistas. Los escritos o discursos de Pablo Iglesias, como los de sus herederos, Besteiro, Fernando de los Ríos, Araquistáin, Prieto y Caballero, ignoran completamente el marxismo, cuando no lo contradicen deliberadamente” (Jalones de derrota, promesas de victoria) y por eso mismo, muy pronto tomó una deriva oportunista que lo convertiría en uno de los partidos más derechistas de toda la Internacional.
Por lo que concierne a la tendencia anarquista habría que dedicar un estudio detallado para comprender sus diferentes corrientes y las múltiples posiciones que adoptó, del mismo modo, sería necesario distinguir entre una mayoría de militantes generosamente entregados a la causa del proletariado y los que se hacían pasar por sus dirigentes que, salvo honrosas excepciones, contradecían a cada paso los “principios” que solemne y ruidosamente propagaban. Baste recordar la ignominiosa actuación de los secuaces directos de Bakunin en España cuando la insurrección cantonalista de 1873 que tan brillantemente denuncia Engels en su folleto Los bakuninistas en acción:
“esos mismos hombres que se dan el título de revolucionarios, autónomos, anárquicos, etc., se han lanzado en esta ocasión a hacer política; pero la peor de las políticas, la política burguesa; no han trabajado para dar el Poder político a la clase proletaria, idea que ellos miran con horror, sino para ayudar a que conquistase el Gobierno una fracción de la burguesía, fracción compuesta de aventureros, postulantes y ambiciosos, que se denominan republicanos intransigentes” ([7]).
Tras este episodio, en medio del reflujo internacional de las luchas que siguió a la derrota de la Comuna de París, la burguesía en España desencadenaría una represión brutal que se prolongaría largo tiempo. En estas condiciones de terror estatal y confusión ideológica, la corriente anarquista sólo tenía dos certidumbres inamovibles: el federalismo y el apoliticismo. Más allá de ellas, se debatió constantemente entre el dilema: ¿llevar una acción pública para crear una organización de masas? O, ¿conducir una lucha minoritaria y clandestina basada en el lema anarquista de “la propaganda por el hecho”? Esto la sumió en la parálisis más completa. En Andalucía, esta oscilación pendular tomaba unas veces la forma de “huelga general” consistente en sublevaciones locales aisladas que eran fácilmente aplastadas por la guardia civil y a las que seguía una represión inmisericorde; mientras que otras veces, adoptaba la forma de “acciones ejemplares” (quemas de cosechas, asaltos a cortijos etc.) que eran aprovechadas por los gobiernos de turno para desencadenar nuevas oleadas represivas ([8]).
La CNT nació en Barcelona, principal concentración industrial de España, a partir de las condiciones históricas predominantes a escala mundial en la primera década del siglo xx. Como hemos visto en otros textos ([9]), la lucha obrera tendía a orientarse hacia la huelga de masas revolucionaria, de la que la Revolución rusa de 1905 constituye la manifestación más avanzada
En España igualmente, el cambio de periodo histórico se manifestó en las nuevas formas que tendieron a tomar las respuestas obreras. Dos episodios, que vamos a relatar aquí brevemente, expresan esta tendencia: la huelga de 1902 en Barcelona y la Semana trágica de 1909 también en Barcelona.
La primera partió de una huelga del sector metalúrgico en diciembre de 1901 reclamando la jornada de 8 horas. Ante la represión y la cerrazón patronal recabaron en las calles la solidaridad del proletariado barcelonés. Esta estalló de manera masiva y espontánea desde finales de enero de 1902 sin mediar la más mínima convocatoria de organizaciones sindicales o políticas. Durante varias jornadas tuvieron lugar reuniones masivas con la participación de obreros de todos los sectores. Sin embargo, dada la ausencia de eco en el resto del país, la huelga se irá debilitando progresivamente. A esta situación contribuyeron, por una parte, el sabotaje abierto por parte del Partido Socialista que llegó incluso a bloquear los fondos de solidaridad recogidos por las Trade Unions británicas y, por otra parte, la pasividad de las sociedades de tendencia anarquista ([10]). Por otra parte, la Federación de trabajadores de la región española, nuevamente reconstituida sobre la base de una orientación “apolítica” ([11]) no quiso participar dando como argumento que “los obreros de la industria metalúrgica de Barcelona no habían pertenecido jamás a ningún grupo político o social y no tenían ninguna mentalidad para asociarse” ([12]).
Esta experiencia sacudió profundamente las organizaciones obreras constituidas puesto que no había seguido los “esquemas” tradicionales de lucha: ni la huelga general concebida por los anarquistas ni las acciones de presión en un marco sectorial y estrictamente económico según la visión de los socialistas.
La Semana trágica de 1909 estalló como respuesta popular masiva contra el embarque de tropas para Marruecos ([13]), en ella vuelven a expresarse con fuerza la solidaridad activa de clase, la extensión de las luchas y la toma de la calle mediante manifestaciones callejeras, todo ello a partir de la iniciativa directa de los obreros sin ningún tipo de convocatoria o planificación previa. Se unen la lucha económica y la lucha política. Por un lado, la solidaridad de todos los sectores obreros con la huelga del textil, principal industria catalana; de otro lado, el rechazo a la guerra imperialista personificado en la movilización contra el embarque de soldados para la guerra de Marruecos. Bajo la influencia disolvente del republicanismo burgués –encabezado por el famoso demagogo Lerroux ([14])– el movimiento degenera en actos violentos estériles cuya expresión más espectacular es la quema de iglesias y conventos. Todo esto es aprovechado por el Gobierno para desencadenar otra de sus brutales oleadas de represión que adquirió formas especialmente bárbaras y sádicas.
En este medio ambiente nacerá Solidaridad obrera en 1907 (que 3 años más tarde se convertirá en la CNT). Solidaridad obrera unifica cinco tendencias existentes en el medio obrero:
– el sindicalismo “puro”, apolítico y corporativo, aunque fuertemente radicalizado;
– los socialistas catalanes, que actuaban por libre, al margen de las rígidas directrices y el esquematismo del centro madrileño;
– los sindicalistas revolucionarios, una tendencia incipiente, salida de las rangos de los sindicatos socialistas pero igualmente influida por el anarquismo ([15]).
– los anarquistas que eran, en Cataluña, partidarios de la acción sindical;
– y, finalmente, los adherentes al partido demagogo republicano de Lerroux de quien antes hemos hablado.
En esos años circulan ampliamente las tesis del sindicalismo revolucionario francés. Anselmo Lorenzo, destacado anarquista español, había traducido en 1904 la obra de Emile Pouget el Sindicato, José Prat tradujo y divulgó otras obras como la del citado Pouget, Pelloutier o Pataud ([16]). El propio Prat en su obra la Burguesía y el Proletariado (1908) condensa la esencia del sindicalismo revolucionario afirmando que éste...
“no acepta nada del orden actual; lo padece esperando tener la fuerza sindical para derribarlo. Con huelgas cada vez más generalizadas revoluciona progresivamente la clase obrera y la encamina hacia la huelga general. Sin perjuicio de arrancar a la burguesía patronal todas aquellas mejoras inmediatas que sean positivas, su objeto es la transformación completa de la sociedad actual en sociedad socialista, prescindiendo en su acción del agente político: revolucionarismo económico–social”.
Solidaridad obrera tenía previsto celebrar su Congreso en 1909 a finales de septiembre en Barcelona; sin embargo, debido a los sucesos de la Semana trágica y la represión que siguió, el congreso no pudo celebrarse, y en su lugar se produciría más tarde, en 1910 el primer Congreso de la CNT.
La organización que se ha presentado como modelo del anarcosindicalismo surgió sin embargo en base a posiciones del sindicalismo revolucionario:
“no aparece en ningún lugar la más mínima referencia al tema anarquista, ni como meta, ni como base de actuación, ni como principios, etc. Ni en el Congreso, a lo largo de sus discusiones, ni en sus acuerdos, o en los posteriores manifiestos de la Confederación hay la más mínima alusión al tema anárquico, que pudiera hacer pensar en un predominio de esta corriente política, o al menos, de su imposición en la nueva Confederación. Esta aparece como un organismo totalmente neutral, si es que por esto puede entenderse la práctica exclusiva del sindicalismo revolucionario; apolítico, en el sentido de que no participa en el juego político o proceso de gobierno de la sociedad, pero político en el sentido de que se propone sustituir al sistema actual de gobierno social por otro sistema diferente, basado en la propia organización sindical” (A. Bar, La CNT en los años rojos) ([17]).
Ahora bien, sería erróneo creer que no estaba influida por las posiciones anarquistas. El peso de éstas era evidente en los tres pilares del sindicalismo revolucionario que hemos analizado en anteriores artículos de la serie al valorar la experiencia de la CGT francesa y de los IWW norteamericanos: el apoliticismo, la acción directa y la centralización.
El apoliticismo
Como hemos visto en los artículos precedentes de esta serie, el sindicalismo revolucionario pretende sobre todo “bastarse a sí mismo”: el sindicato debe ofrecer a la clase obrera su organización unitaria de lucha, el medio de organización de la sociedad futura e igualmente el marco para la reflexión teórica, aunque la importancia de esta última es ampliamente subestimada. Las organizaciones políticas eran a menudo consideradas como inútiles más que nocivas. En Francia, esta corriente desarrolló al menos trabajos teóricos y reflexiones, a través de los que, por ejemplo, llegaron sus posiciones a España. Pero aquí, al contrario, el sindicalismo revolucionario tenía una vocación eminentemente “práctica”; no produjo apenas ningún trabajo teórico y se puede decir que sus documentos más importantes son las resoluciones de sus congresos, en los que el nivel de las discusiones era realmente limitado.
“El sindicalismo revolucionario español fue fiel a uno de los principios básicos del sindicalismo: ser un modo de acción, una práctica, y no una mera teoría; por lo que, al contrario de lo que ocurrió en Francia, es muy difícil encontrar trabajos teóricos del sindicalismo revolucionario español... Las manifestaciones más claras de sindicalismo revolucionario son precisamente los documentos de las organizaciones, los manifiestos y acuerdos, tanto de Solidaridad Obrera como de CNT. Ellos son los que demuestran la existencia de un sindicalismo revolucionario español y que no todo el sindicalismo español fue anarquista, fue anarcosindicalismo” (A. Bar, obra citada).
Llama la atención que el congreso no dedicara ninguna sesión a la situación internacional, ni al problema de la guerra. Aún más significativo que no se discutiera absolutamente nada de los recientes acontecimientos de la Semana Trágica que encerraban una multitud de problemas candentes (la guerra, la solidaridad directa en la lucha, el papel nefasto del republicanismo lerrouxista) ([18]). Ahí podemos ver la despreocupación por un análisis de las condiciones de la lucha de clases y del periodo histórico, la dificultad para la reflexión teórica y consecuentemente para sacar lecciones de las experiencias de luchas. En su lugar, toda una sesión se consagró a un debate embrollado e inacabable sobre cómo debía interpretarse la fórmula “La emancipación de los trabajadores debe ser obra de los propios trabajadores” que se tradujo en la proclamación de que sólo los trabajadores manuales podían llevar esa lucha y que los trabajadores intelectuales debían ser apartados y aceptados únicamente como “colaboradores”.
La acción directa
Este punto era el que la mayoría de obreros consideraban que diferenciaba la práctica de la UGT socialista y la nueva organización, la CNT. De hecho podría decirse que está en la base misma de la constitución de la CNT como sindicato a escala nacional (no sólo en Cataluña como al principio):
“La iniciativa de convertir Solidaridad Obrera en Confederación española partió, no de esta misma Confederación, sino de muchas entidades fuera de Cataluña, que ávidas de solidarizarse con las sociedades que hoy no se hallan dentro de la Unión General de Trabajadores en cambio ven con simpatía los medios de la lucha directa» (José Negre, citado por A. Bar, op. cit.).
Numerosas agrupaciones obreras de otras regiones españolas estaban hartas del reformismo cretino, la rigidez burocrática y el “quietismo” –como reconocían muchos socialistas críticos– de la UGT. Por eso acogieron con entusiasmo la nueva central obrera que preconizaba la lucha directa de masas y una perspectiva revolucionaria aunque fuera ésta bastante indefinida. Sin embargo, conviene aclarar un malentendido: no es lo mismo acción directa que huelga de masas. Las luchas que estallan sin convocatoria previa como producto de una maduración subterránea, las asambleas generales donde los obreros piensan y deciden juntos, las acciones callejeras masivas, la organización directa de los obreros mismos sin esperar directrices de los dirigentes, los rasgos que van a caracterizar la lucha obrera en el periodo histórico de la decadencia del capitalismo no tienen nada que ver con la acción directa. Esta consiste en grupos espontáneos de afinidad que realizan acciones minoritarias de “expropiación” o de “propaganda por el hecho”. Los métodos de la huelga de masas emanan de la acción colectiva e independiente de los obreros; mientras que los métodos de la acción directa dependen de la “voluntad soberana” de pequeños grupos de individuos. Esta amalgama entre “acción directa” y los nuevos métodos de lucha desarrollados por la clase en Rusia 1905 o en las experiencias de Barcelona (1902 y 1909) que acabamos de mencionar, produjo una enorme confusión que arrastraría la CNT a lo largo de su historia.
Esta confusión se reflejó en un debate estéril entre adversarios y partidarios de la “huelga general”. Los miembros del PSOE se oponían a la huelga general viendo en ella el planteamiento abstracto y voluntarista del anarquismo consistente en arrojarse sobre tal o cual lucha para “transformarla arbitrariamente en revolución”. De la misma forma que sus correligionarios de otros partidos socialistas europeos, no alcanzaban a comprender que el cambio de condiciones históricas hacía que la Revolución dejara de ser un lejano ideal para convertirse en el eje alrededor del cual deben reunirse todos los esfuerzos de lucha y conciencia de la clase ([19]). Al rechazar la visión anarquista de la revolución “sublime, grande y majestuosa”, ignoraban y rechazaban también los cambios concretos en la situación histórica.
Frente a ellos, los sindicalistas revolucionarios englobaban en el odre viejo y completamente tributario del sindicalismo de la huelga general, su voluntad sincera de tomar la lucha a cargo, de desarrollar asambleas y luchas masivas. Las tesis de la “acción directa” y de la “huelga general”, tan radicales aparentemente, debía limitarse al terreno económico y aparecía así como un economicismo sindical más o menos radicalizado; no expresaba la profundidad de la lucha, sino sus limitaciones:
“La Confederación y las secciones que la integran lucharán siempre en el más puro terreno económico, o sea en el de la acción directa” (Estatutos).
La centralización
Una gran parte de la discusión se dedicó a la cuestión organizativa; ¿cómo debía estar estructurado orgánicamente un sindicato a nivel nacional?
El rechazo de la centralización y el federalismo más extremo hicieron que en este punto triunfaran las posiciones anarquistas. La CNT adoptará en su primera etapa (hasta el cambio que significó el congreso de 1919) una organización completamente anacrónica basada en la yuxtaposición de sociedades de oficios por un lado y federaciones locales de otro.
Mientras los soviet de 1905 en Rusia mostraban la unidad de la clase obrera como una fuerza social revolucionaria, que se organizaba de manera centralizada confluyendo en el soviet de Petersburgo, por encima de sectores y categorías, y abierto a la intervención de las organizaciones políticas revolucionarias, la CNT aprobaba proposiciones que iban desgraciadamente en sentido contrario.
Por un lado, influidos por el federalismo en respuesta a la miseria extrema y a la brutalidad odiosa del régimen capitalista, los grupos locales se lanzaban a insurrecciones periódicas que desembocaban en la proclamación del comunismo libertario en un municipio, a lo cual el poder burgués respondía con una salvaje represión. Esto se produjo con frecuencia en Andalucía en los 5 años que precedieron al estallido de la Primera Guerra mundial. Pero igualmente se daba en regiones de agricultura avanzada como en Valencia. Un ejemplo: en 1912, en Cullera, rica población agro-industrial, estalla un movimiento de jornaleros que toma el Ayuntamiento y proclama el “comunismo libertario” en la localidad. Totalmente aislados, los obreros sufrieron una salvaje represión de las fuerzas combinadas del ejército y la guardia civil.
Por otro lado, las agrupaciones obreras caían en el corporativismo ([20]). El método de este último es calcar la organización obrera sobre la base de las múltiples y complicadas subdivisiones de la organización capitalista de la producción lo cual propaga en los obreros una mentalidad estrecha de “zapatero a tus zapatos”. Para el corporativismo, la unidad no consiste en la reunión de todos los trabajadores, cualquiera que sea la categoría o la empresa a la que pertenezcan, en único colectivo, sino el establecimiento de un “pacto de solidaridad y defensa mutua” entre partes independientes y soberanas de la clase obrera. Esto queda consagrado por el Reglamento adoptado por el Congreso que admite incluso la existencia de dos sociedades del mismo oficio en una misma localidad.
El Congreso de 1910 se vio atravesado por un tema muy significativo. El mismo día de su comienzo, los obreros de Sabadell (localidad industrial próxima a Barcelona) estaban en huelga generalizada en solidaridad con sus compañeros de Seydoux golpeados por varios despidos disciplinarios. Los huelguistas enviaron delegados al Congreso pidiendo que se declarara la huelga general en solidaridad. El Congreso mostró un entusiasmo muy grande y una fuerte corriente de solidaridad. Sin embargo, adoptó una resolución basada en las más rancias concepciones sindicalistas cada vez más sobrepasadas por el viento fresco de la lucha obrera de masas:
“Proponemos al Congreso acuerde como medida de solidaridad a los huelguistas sabadellenses que todos los delegados presentes lleven al ánimo de sus respectivas entidades el deber ineludible que tienen de cumplir los acuerdos de las asambleas de delegados de Solidaridad obrera de Barcelona, de auxiliar materialmente a los huelguistas”.
Este acuerdo confuso y vacilante, supuso una ducha helada para los obreros sabadellenses que acabaron volviendo al trabajo completamente derrotados.
Este episodio simboliza la contradicción en la que se iba a mover la CNT en el periodo siguiente. De un lado, latía en su seno una vida obrera impetuosa deseosa de dar respuesta a la situación cada vez más explosiva en la que tendía a hundirse el capitalismo. Pero de otra parte, el método de respuesta, el sindicalismo revolucionario, se iría mostrando cada vez más inadecuado y contraproducente, cada vez más como un obstáculo y no como un estímulo.
Todo esto lo veremos en el próximo artículo donde analizaremos la acción de la CNT en el tormentoso periodo de 1914-1923: la CNT ante la guerra y la revolución.
RR y CMir 15 de junio de 2006
[1]) Su influencia fue muy limitada en la Comuna de París mientras que en 1905 y 1917 su presencia fue insignificante
[2]) El prólogo a un libro con las Actas del Congreso de Constitución de la CNT (Editorial Anagrama 1976), reconoce que la CNT “no era ni anarco-colectivista ni anarco-comunista ni siquiera plenamente sindicalista revolucionaria sino apolítica y federal”.
[3]) Entre los historiadores anarquistas es uno de los más conocidos y destacados por su rigor. La obra citada es considerada como uno de los puntos de referencia en le medio anarquista español.
[4]) Unas páginas más adelante, Peirats desarrolla la idea siguiente: «como contrapartida al espíritu unitario, reflejo este de una geografía unitaria –la de la meseta– los bordes peninsulares, con sus sistemas de montañas, sus vegas y sus valles, forman un círculo de compartimientos a los que corresponden variedades infinitas de tipos, lenguas y tradiciones. Cada zona o recodo de este quebrado paisaje representa una entidad soberana, celosa de sus instituciones, orgullosa de su libertad. He aquí la cuna del federalismo ibérico. Esta configuración geográfica fue siempre un semillero de autonomías lindantes, a veces, con el separatismo, réplica éste del absolutismo (…) Entre el separatismo y el absolutismo se yergue el federalismo. Se basa éste en la libre y voluntaria vinculación de todas las autonomías, desde la del individuo hasta la de las regiones naturales o afines, pasando por el municipio libre. La calurosa acogida que tuvieron en España ciertas influencias ideológicas procedentes del exterior, lejos de desmentir, afirman la existencia –apenas mitigada por siglos de extorsión- de un federalismo autóctono (…) Los emisarios bakuninistas sembraron su federalismo, el libertario, entre la clase obrera española» (ob. cit. página 18). La clase obrera, por su trabajo asociado a escala internacional, representa la unificación consciente –y por tanto libremente asumida- de toda la humanidad. Esto se opone radicalmente al federalismo que es una ideología que refleja la dispersión, la fragmentación, ligadas, por un lado, a la pequeña burguesía y, de otro lado, a formas de producción arcaicas que precedieron al capitalismo.
[5]) Pablo Iglesias (1850-1925) fundador y dirigente del PSOE hasta su muerte
[6]) Revolucionario español (1911-1989) procedente de la Oposición de izquierdas de Trotski. Rompió con dicha Oposición por la capitulación de ésta ante la Segunda Guerra mundial, defendiendo las posiciones de clase. Fundador del grupo FOR: Fomento obrero revolucionario. Ver en Revista internacional nº 58 nuestro artículo “En memoria de Munis, militante de la clase obrera”.
[7]) Ver archivo de autores marxistas: http://www.marxists.org/espanol/m-e/1870s/1873-bakun.htm [5].
[8]) En 1882-1883, el Estado desencadenó una feroz represión contra los jornaleros y los anarquistas, justificándola con la lucha contra una sociedad que organizaba atentados: la Mano negra. Nunca se ha probado que existiera tal sociedad.
[9]) Ver a partir de la Revista internacional nº 120 nuestra serie sobre 1905.
[10]) El historiador de tendencia abiertamente anarquista, Francisco Olaya Morales, en su libro Historia del movimiento obrero español (1900-1936) aporta el testimonio siguiente: «a finales de diciembre, el Comité de huelga contactó algunas sociedades de tendencia anarquista, pero éstas se negaron a unirse al comité invocando que éste había transgredido las reglas de la acción directa» (sic).
[11]) Volveremos ulteriormente sobre esta experiencia.
[12]) Ver el libro de Olaya citado en la nota 10.
[13]) El capital español, en defensa de sus propios intereses imperialistas –buscarse una serie de territorios coloniales aprovechando los desperdicios que no querían las grandes potencias- se había comprometido en una costosa guerra en Marruecos que requería un continuo envío de tropas que sangraba a obreros y campesinos: muchos jóvenes sabían que el destino marroquí iba a suponer su muerte o el verse inválidos para toda la vida, junto con las penurias de la vida cuartelaria.
[14]) Individuo turbio y aventurero (1864-1949), fundador del Partido radical, que tuvo un gran peso en la política española hasta los años 30.
[15]) A diferencia de la experiencia francesa (ver los artículos de esta serie en los números 118 y 120 de la Revista internacional) o de la experiencia de los IWW de Estados Unidos (ver los números 124 y 125), en España no hay obras ni siquiera artículos a través de los cuales se exprese una tendencia sindicalista revolucionaria diferenciada. Ésta se formará a partir de unas sociedades de oficios que habían roto con la UGT (sindicato socialista) y también por anarquistas más abiertos a las diferentes tendencias del movimiento obrero, como José Prat del que hablaremos a continuación.
[16]) Teóricos del sindicalismo revolucionario francés. Ver el artículo antes citado en la Revista internacional nº 120.
[17]) El historiador de tendencia anarquista, Francisco Olaya Morales, en su libro antes citado, cuando se refiere al periodo de fundación de la CNT deja claro (páginas 277 y siguientes) que los socialistas participaron en la fundación y en la primera etapa de la CNT. Cita a José Prat, autor anarquista aunque independiente, del que antes hemos hablado, que mostró una posición abierta y favorable a dicha participación
[18]) Sólo hubo una mención muy de pasada al problema doloroso de los numerosos presos.
[19]) Es el problema que captará por aquellos años Rosa Luxemburgo al examinar la gigantesca huelga de masas de 1905: “La guerra económica incesante que los obreros libran contra el capital mantiene despierta la energía combativa incluso en las horas de tranquilidad política; de alguna manera constituye una reserva permanente de energía de la que la lucha política extrae siempre fuerzas frescas. Al mismo tiempo, el trabajo infatigable de corrosión reivindicativa desencadena aquí o allá conflictos agudos a partir de lo cual estallan bruscamente las batallas políticas. La lucha económica presenta una continuidad, es el hilo que vincula los diferentes núcleos políticos; la lucha política es una fecundación periódica que prepara el terreno a las luchas económicas. La causa y el efecto se suceden y alternan sin cesar y de este modo el factor económico y el factor político, lejos de distinguirse completamente o incluso de excluirse recíprocamente como lo pretende el esquema pedante, constituyen en un periodo de huelga de masas dos aspectos complementarios de las luchas de clases proletarias en Rusia” (Huelga de masas, partido y sindicatos).
[20]) Podemos citar un ejemplo del peso de este corporativismo: en 1915, el comité de Reus (pequeña aglomeración industrial de Cataluña) –dominado en este caso por los socialistas– firmó un acuerdo con la Patronal a espaldas de las obreras en huelga lo que llevó a una derrota de estas. Las peticiones que las obreras hicieron al Comité de hacer campaña por una huelga general de solidaridad cayeron en saco roto. El Comité, dominado por hombres, manifestó un desprecio hacia las reivindicaciones de las mujeres e hizo prevalecer los intereses del sector –la metalurgia– del cual era mayoritariamente emanación, en detrimento del interés fundamental de la clase obrera en su conjunto constituido por la necesaria solidaridad con las camaradas obreras en lucha.
Respuesta a la Communist Workers’ Organisation
sobre la guerra en la fase de decadencia del capitalismo (II)
En la primera parte de este artículo, veíamos que contrariamente a lo que suele afirmarse, el mecanismo de la tendencia decreciente de la cuota de ganancia no es el meollo para analizar las contradicciones del económicas del sistema capitalista que Marx analizó, sino el freno que la relación salarial impone al crecimiento de la demanda final de la sociedad: “La razón última de toda verdadera crisis es siempre la pobreza y la capacidad restringida de consumo de las masas, con las que contrasta la tendencia de la producción capitalista a desarrollar las fuerzas productivas como si no tuviesen más límites que la capacidad absoluta de consumo de la sociedad” ([1]). Esa es la consecuencia de la sumisión del mundo a la dictadura del salariado que permite a la burguesía apropiarse de un máximo de sobretrabajo. Pero entonces, nos dice Marx, ese frenesí de producción de mercancías engendrado por la explotación de los trabajadores genera un amontonamiento de productos que aumenta más rápidamente que la demanda solvente global en el conjunto de la sociedad: “Al estudiar el proceso de producción vemos que toda la tendencia, todo el esfuerzo de la producción capitalista consiste en acaparar lo más posible del sobretrabajo... en definitiva para la producción a gran escala, es decir para la producción de masas. Lo esencial de la producción capitalista implica, por tanto, una producción que no tiene en cuenta los límites del mercado” ([2]). Esa contradicción provoca periódicamente un fenómeno desconocido hasta entones en toda la historia de la humanidad: las crisis de sobreproducción: “Una epidemia social que, en cualquier otra época, parecería absurda: la epidemia de la sobreproducción” ([3]); “La capacidad inmensa e intermitente de expansión del sistema de fábrica, unida a su dependencia del mercado universal origina necesariamente una producción convulsa seguida de un congestión de los mercados cuya contracción lleva a la parálisis. La vida de la industria se transforma así en una serie de períodos de actividad media, de prosperidad, de sobreproducción, de crisis y de estancamiento” ([4]).
Más precisamente, Marx sitúa esa contradicción entre la tendencia a un desarrollo desenfrenado de las fuerzas productivas y los límites del crecimiento del consumo final de la sociedad a causa del empobrecimiento relativo de los trabajadores asalariados:
“Cada capitalista sabe que sus obreros no le hacen frente en la producción como consumidores, y se afana por restringir todo lo posible su consumo, es decir su capacidad de cambio, su salario” ([5]).
Ahora bien, prosigue Marx:
“La capacidad de consumo de una sociedad no viene determinada ni por la fuerza productiva absoluta, ni por la capacidad absoluta de consumo, sino por la capacidad de consumo sobre la base de relaciones de distribución antagónicas ([6]), que reducen el consumo de las grandes masas de la sociedad a un mínimo susceptible de variar únicamente dentro de unos límites cada vez más estrechos” ([7]). La sobreproducción tiene como condición esencial la ley general de la producción de capital: producir en la medida de las fuerzas productivas (es decir según la posibilidad de explotar la mayor cantidad posible de trabajo con una cantidad dada de capital) sin tener en cuenta los limites existentes a nivel de los mercados o de las necesidades solventes...” ([8]).
La médula del análisis marxista de las contradicciones económicas del capitalismo se basa en que éste debe incrementar sin cesar su producción, mientras que, en cambio, el consumo no puede, a causa de la estructura clasista del capitalismo, seguir un ritmo equivalente.
En la primera parte de nuestro artículo, vimos también que la ley de la tendencia decreciente de la cuota de ganancia, por su propio mecanismo interno, podía participar perfectamente en la aparición de crisis de sobreproducción:
“El límite del modo de producción se manifiesta en los siguientes hechos: 1º El desarrollo de la productividad del trabajo engendra, con la caída de la cuota de ganancia, una ley que, llegado cierto punto, se vuelve brutalmente contra ese desarrollo y ha de ser constantemente superada mediante las crisis. El límite del modo de producción se manifiesta en los siguientes hechos: 1º El desarrollo de la productividad del trabajo engendra, con la caída de la cuota de ganancia, una ley que, llegado cierto punto, se vuelve brutalmente contra ese desarrollo y ha de ser constantemente superada mediante las crisis” ([9]).
Sin embargo, en Marx no es ni la causa exclusiva, ni siquiera la causa principal de las contradicciones del capitalismo. Por otra parte, en el prefacio de la edición inglesa (1886) del Libro I de el Capital, Engels resume la idea de Marx: y no es a la tendencia decreciente de la cuota de ganancia a lo que se refiere, sino a esa contradicción subrayada constantemente por Marx entre: “un desarrollo absoluto de las fuerzas productoras” y...
“... el límite del crecimiento del consumo final de la sociedad”: “Y al paso que la capacidad productiva crece en progresión geométrica, la expansión de los mercados crece en progresión aritmética. Cierto es que parece haberse cerrado el ciclo decenal de estancamiento, prosperidad, sobreproducción y crisis que venía repitiéndose desde1825 hasta 1867, pero solo para hundirnos en el pantano desesperante de una depresión permanente y crónica” ([10]).
Así, como acabamos de dejar claro para cualquiera que aborde esta cuestión leal y seriamente, CWO defiende, sobre las causas fundamentales de las crisis económicas del capitalismo y de la decadencia de este modo de producción un análisis diferente del que en su tiempo defendieron Marx y Engels. No solo tiene perfecto derecho, sino que incluso es su responsabilidad decirlo si así lo considera necesario, pues, por tan valiosas y profundas que fueran las inmensas contribuciones que Marx aportó a la teoría del proletariado, tampoco era infalible y sus escritos nunca deberán ser considerados como textos sagrados, lo cual sería una actitud religiosa totalmente ajena al marxismo, como a todo método científico por otra parte. Los escritos de Marx deben también someterse a la crítica del método marxista. Ese fue el método que adoptó Rosa Luxemburgo en la Acumulación del capital (1913) cuando desvela las contradicciones que hay en el Libro II de el Capital precisamente respecto a los esquemas de la reproducción ampliada. Pero cuando se pone en tela de juicio una parte de lo escrito por Marx, la honradez política y científica requiere asumirlo explícitamente y con la mayor claridad. Y eso fue lo que hizo Rosa Luxemburgo en su libro, lo cual le granjeó el enojo general de parte de los “marxistas ortodoxos”, escandalizados de que alguien criticara abiertamente algo escrito por Marx. Eso no es desde luego lo que hace la CWO cuando no sólo se aparta del análisis de Marx, pretendiendo serle fiel y acusando encima a la CCI de hacer unos análisis que se apartan del materialismo, y, por lo tanto, del marxismo. En lo que a nosotros se refiere, si retomamos los análisis de Marx sobre este tema, es porque los consideramos justos y capaces de explicar la realidad de la vida del capitalismo.
Y, por consiguiente, tras haber tratado esta cuestión en el plano teórico en la primera parte de este artículo, vamos a demostrar aquí por qué la realidad empírica invalida totalmente la teoría de quienes dicen que la evolución de la cuota de ganancia es el principio y el fin de la explicación de las crisis, de las guerras y de la decadencia. Para ello, seguiremos apoyándonos en la crítica del análisis de Paul Mattick, un análisis que hace suyo el BIPR, según el cual, en vísperas de la Primera Guerra mundial, la crisis económica habría alcanzado tales proporciones que ya no podía resolverse con los medios clásicos de la desvalorización del capital fijo (quiebras) como así ocurría en las crisis del siglo xix, sino que desde entonces la única solución era las destrucciones físicas de la guerra:
En las condiciones del siglo xix, una crisis que afecta más o menos a todas la unidades de capital a nivel internacional logra, sin excesiva dificultad, reabsorber la sobreacumulación. Pero con el cambio de siglo se alcanza el punto a partir del cual las crisis y la concurrencia no puede destruir el capital en la proporción suficiente... el ciclo económico... se transforma en ciclo de guerras mundiales... la guerra reanima y amplifica la actividad económica. (...). Y todo... a causa… de la destrucción de capital” (Paul Mattick, citado en el artículo de Revolutionary Perspectives nº 38) ([11]).
Ese es el análisis económico de la entrada del capitalismo en su fase de decadencia que hace el BIPR. Con esa base, el BIPR nos acusa de idealismo porque nosotros no propondríamos un análisis claramente económico como fundamento de cada fenómeno de la sociedad y de la decadencia del capitalismo en particular:
“Para la concepción materialista de la historia el proceso social como un todo está determinado por el proceso económico. Las contradicciones de la vida material determinan la vida ideológica. La CCI afirma, con total superficialidad, que se acaba un periodo entero de la historia y uno nuevo se abre. Tan gran cambio no puede producirse sin cambios fundamentales en la infraestructura capitalista. En todo caso, la CCI debe sustentar tales afirmaciones en un análisis que hunda sus raíces en la esfera de la producción o reconocer que son meras conjeturas” (Revolutionary Perspectives nº 37).
De esto vamos a discutir ahora.
Creyendo practicar el buen método marxista, el BIPR ha ido a buscar en el consejista Paul Mattick las “bases materiales” para la apertura del período de decadencia del capitalismo. Por desgracia para el BIPR, si el método marxista –el materialismo histórico y dialéctico– se resumiera a dar una explicación económica a todos los fenómenos que ocurren en el capitalismo, entonces, como nos lo enseñó Engels,“Aplicar la teoría a cualquier periodo histórico es más fácil, a fe mía, que resolver una simple ecuación de primer grado” ([12]). De lo que aquí se olvida el BIPR es sencillamente que el marxismo no es solo un método de análisis materialista, sino también histórico y dialéctico. ¿Y qué nos enseña la historia sobre la entrada en decadencia en el plano económico de un modo de producción?
La historia nos enseña que ningún período de decadencia se ha iniciado por una crisis económica. Esto no es ninguna sorpresa, pues es evidente que el apogeo de un modo de producción se confunde con su período de mayor prosperidad. De modo que las primeras expresiones de su entrada en decadencia serán muy tenues en el plano económico. Se manifestarán ante todo en otros ámbitos y otros planos. Por ejemplo, antes de hundirse en crisis a repetición en lo material, la decadencia romana se concretó primero en el cese de su expansión geográfica durante el siglo IIº d.c; en las primeras grandes derrotas militares en los fronteras del Imperio romano durante el siglo IIIº así como en el estallido de revueltas de esclavos que se producían simultáneamente por primera vez en múltiples colonias. De igual modo, antes de hundirse en la crisis económica, en las hambrunas y los horrores de las epidemias de peste o la guerra de los Cien Años desde principios del siglo xiv, ya se había ido produciendo el cese de las roturaciones de tierras en los límites extremos de los feudos a partir de las últimas décadas del siglo xiii, primeros signos de la decadencia del modo de producción feudal. En esos dos ejemplos, las crisis económicas, consecuencia de una paralización en las infraestructuras, no se desarrollarían sino una vez iniciada la decadencia. El paso de la ascendencia a la decadencia de un modo de producción puede compararse a la inversión de la marea: en su punto álgido, el mar aparece en el auge de su poderío y los signos de retroceso son imperceptibles. Aunque las contradicciones en los fundamentos económicos ya están socavando en profundidad las entrañas de la sociedad, son las manifestaciones en el ámbito superestructural las que aparecen primero.
Y lo mismo es para el capitalismo. Antes de manifestarse en el plano económico y cuantitativo, la decadencia apareció primero como fenómeno cualitativo que se tradujo en lo social, lo político y lo ideológico en la agudización de los conflictos en el seno de la clase dominante que desembocaron en el primer conflicto mundial, en el control de la economía por el Estado para las necesidades de la guerra, en la traición de la Socialdemocracia y el paso de los sindicatos al campo del capital, en la irrupción del proletariado capaz ya de echar abajo la dominación de la burguesía y la instauración de las primeras medidas de control social por parte de la clase obrera.
Es muy lógico y en total coherencia con el materialismo histórico que le entrada en decadencia del capitalismo no se manifieste, primero, como una crisis económica. Lo que ocurre en esos momentos no expresa todavía plenamente todas las características de su fase de decadencia, sino una agudización de la dinámica propia de la ascendencia en un contexto que se está modificando totalmente. Solo más tarde, cuando los bloqueos en las infraestructuras hayan hecho su labor, las crisis económicas van a desplegarse con toda su plenitud. La causa de la decadencia y de la Primera Guerra mundial no han de buscarse en una inexistente baja de la cuota de ganancia o una crisis económica en 1913 (cf. infra) sino en un conjunto de causas políticas, interimperialistas y hegemónicas como las explicábamos en nuestra Revista internacional n°67 ([13]). El movimiento revolucionario reconoció explícitamente que durante la llamada Belle époque (o sea antes de la Primera Guerra mundial) el capitalismo había vivido una gran prosperidad: la Internacional comunista (1919-28) afirmó, en su Tercer congreso, en su “Informe sobre la situación mundial”, redactado por Trotski que:
“Las dos decenas de años que precedieron a la guerra fueron una época de auge especialmente vigoroso del capitalismo”.
La comprobación teórica y empírica sacada de la evolución de los modos de producción del pasado queda plenamente confirmada con el capitalismo. Ya sea al examinar la tasa de crecimiento u otros parámetros económicos o la cuota de ganancia, nada confirma la teoría de Mattick y del BIPR de que la entrada del capitalismo en su fase de decadencia y el estallido de la Primera Guerra mundial serían la consecuencia de una crisis económica debida a una baja de la cuota o tasa de ganancia que requiriera una desvalorización masiva de capital mediante las destrucciones bélicas.
En efecto, la tasa de crecimiento del Producto nacional bruto por habitante en volumen (o sea una vez deducida la inflación) no hizo más que crecer durante toda la fase ascendente del capitalismo para acabar culminando en vísperas de 1914. Todos los datos que publicamos aquí muestran que el último período en vísperas de la Primera Guerra mundial, fue el más próspero de toda la historia del capitalismo hasta entonces. Esta constatación es la misma sean cuales sean los indicadores que se usen:
Producto mundial bruto por habitante
Croissance du Produit Mondial Brut |
|
1800-1830 |
0,1 |
1830-1870 |
0,4 |
1870-1880 |
0,5 |
1880-1890 |
0,8 |
1890-1900 |
1,2 |
1900-1913 |
1,5 |
Source : Bairoch Paul, Mythes et paradoxes de l'histoire économique, 1994, éditions la découverte, p.21. |
Fuente: Mythes et paradoxes de l’histoire économique.
Producción industrial y comercio mundiales
|
Production industrielle mondiale |
Commerce mondial |
1786-1820 |
2,48 |
0,88 |
1820-1840 |
2,92 |
2,81 |
1840-1870 |
3,28 |
5,07 |
1870-1894 |
3,27 |
3,10 |
1894-1913 |
4,65 |
3,74 |
Source : W.W. Rostow, The world economy, history and prospect, 1978, University of Texas Press. |
Fuente: The world economy, history and prospect.
Y es lo mismo si se observa la evolución de la cuota de ganancia, que es la variable que tienen en cuenta quienes dicen que es clave para comprender todas las contradicciones económicas del capitalismo. Los gráficos para Estados Unidos y Francia reproducidos más lejos nos muestran también que nada confirma la teoría defendida por Mattick y el BIPR. En Francia, ni el nivel ni la evolución de la cuota de ganancia pueden explicar el estallido de la Primera Guerra mundial: esa cuota estaba en alza desde 1896 e incluso en alza muy fuerte a partir de 1910… Y la evolución de la cuota de ganancia tampoco sirve para explicar la entrada en la guerra 14-18 de Estados Unidos, pues, tras haber oscilado en torno al 15 % desde 1890, había iniciado un ciclo alcista a partir de 1914 hasta alcanzar 16 % en el momento de entrar en el conflicto en marzo de 1917. Ni el nivel, ni la evolución de la cuota de ganancia en vísperas de la Primera Guerra mundial pueden explicar el estallido del conflicto y la entrada del sistema capitalista en su fase de decadencia.
Sí es indudable, en cambio, que los primeros síntomas perceptibles que marcaron el giro entre la fase ascendente y la decadente del capitalismo empezaron a manifestarse entonces. Pero no en la evolución del nivel de la cuota de ganancia, como dicen erróneamente Mattick y el BIPR, sino en la insuficiencia de una demanda final al haber empezado a surgir las premisas de la saturación relativa de los mercados solventes, relativa respecto a las necesidades de acumulación a escala mundial como así lo habían previsto Marx, Engels y Rosa Luxemburgo (véase la primera parte). Es también lo que dejó claro ese mismo informe de la IIIª Internacional; así seguía la cita anterior:
“En un mercado mundial encorsetado por los trusts, sus cárteles y sus consorcios, los que rigen los destinos del mundo se dan cuenta de que el desarrollo de la producción choca con los límites de la capacidad de compra del mercado capitalista mundial”.
En Estados Unidos, tras un crecimiento durante 20 años (1890-1910) durante los cuales el índice de la actividad industrial se multiplicó por 2,5, ese índice empezó a estancarse entre 1910 y 1914 y no volverá a arrancar hasta 1915 gracias a las exportaciones de material bélico destinado a la Europa en guerra. No solo pierde dinamismo la economía norteamericana en vísperas de 1914; Europa también conoce ciertas dificultades coyunturales ante una demanda mundial que se contrae, intentando cada más difícilmente abrirse a los mercados exteriores:
“Pero, bajo la influencia de la crisis que se desarrolla en Europa, el año siguiente [1912] de nuevo se produce un cambio de coyuntura [en Estados Unidos] (...) Alemania vive un periodo de acelerada expansión. La producción industrial supera, en 1913, en un 32 % el nivel de 1908 (...) El mercado interior es incapaz de absorber tamaña producción, la industria busca salidas exteriores, las exportaciones crecen un 60 % mientras que las importaciones lo hacen en un 41 % (...) la caída comienza a principios de 1913 (...) El paro aumenta en 1914. La depresión fue ligera y de corta duración; en la primavera de 1914 se da una recuperación temporal. La crisis, que había comenzado en Alemania, se propaga al Reino Unido. En agosto de 1913 los efectos de la crisis alemana se dejan sentir en Francia (...) En Estado Unidos la producción solo se desarrolla a partir de comienzos de 1915 por la influencia de las demandas de guerra...” (Les crises économiques, PUF n° 1295, 1993).
Esas dificultades coyunturales que se incrementaron antes de 1914 fueron otros tantos signos precursores de lo que será la dificultad económica permanente del capitalismo en decadencia: la insuficiencia estructural de mercados solventes. Sin embargo, hay que constatar que la Primera Guerra mundial estalló en un clima general de prosperidad y no de crisis, o sea, en continuidad con la Belle époque:
“Los últimos años anteriores a la guerra, así como todo el periodo de 1900-1910, fueron especialmente buenos en las tres grandes potencias que participarían en la guerra (Francia, Alemania, y Reino Unido). Los años 1909 a 1913 son, desde el punto de vista del crecimiento económico, los cuatro mejores años de su historia. Dejando aparte una ligera desaceleración del crecimiento en Francia, 1913 fue uno de los mejores años del siglo, con una tasa anual del 4’5 % en Alemania, del 3’4% en Inglaterra y, solamente, del 0’6 % en Francia. Los malos resultados franceses se explican por la baja del volumen de su producción agrícola del 3’1 %” ([14]).
La guerra estalla, pues, antes del inicio de una verdadera crisis económica, algo así como si aquélla hubiera anticipado a ésta. Y así por cierto lo apunta también el informe de la IC en la continuación de la cita anterior:
“... los dueños del destino del mundo tratan de salir de esta situación a través de la violencia; la sangrienta crisis de la guerra mundial debía reemplazar a un largo periodo amenazante de depresión económica...”
Por eso fue por lo que los revolucionarios de entones, de Lenin a Rosa Luxemburgo pasando por Trotski y Pannekoek, aunque señalaran el factor económico entre las causas del estallido de la Primera Guerra mundial, no lo evocan como crisis económica o baja de la cuota de ganancia sino como agudización de las tendencias imperialistas anteriores: la continuación de la carrera al saqueo imperialista para echar mano de los últimos restos territoriales no capitalistas del planeta ([15]) o el reparto, que ya no la conquista, de nuevos mercados ([16]).
Junto a esas constataciones “económicas”, todos aquellos ilustres revolucionarios desarrollaron ampliamente una serie de otros factores como los hegemónicos, políticos, sociales e interimperialistas. Por ejemplo, Lenin va a insistir en la dimensión hegemónica del imperialismo y sus consecuencias en la fase de decadencia del capitalismo:
“(...) primero, acabado el reparto del mundo, un nuevo reparto obliga a echar mano a cualquier territorio; segundo, la esencia misma del imperialismo es la rivalidad de varias grandes potencia que buscan la hegemonía, es decir conquistar territorios no tanto por ellos mismos como para debilitar a su enemigo y erosionar su hegemonía (Bélgica es útil para Alemania como punto de apoyo contra Inglaterra; Inglaterra necesita a Bagdad como punto de apoyo contra Alemania, etc.)” (Obras, tomo 22).
Esta característica nueva del imperialismo planteada por Lenin es básica en la comprensión, pues significa que “la conquista de territorios” durante los conflictos interimperialistas en la fase de decadencia tendrá cada vez menos racionalidad económica, tomando una dimensión estratégica preponderante “(Bélgica es útil para Alemania como punto de apoyo contra Inglaterra; Inglaterra necesita a Bagdad como punto de apoyo contra Alemania, etc.)” ([17]).
Y aunque puedan efectivamente percibirse ya los primeros índices de las dificultades económicas en vísperas de 1914, éstos eran, por un lado, muy tenues, de una gravedad parecida a las crisis coyunturales precedentes y sin comparación alguna con la larga crisis que se iniciaría 1929 o con la profundidad de las crisis actuales y, por otro lado, no indicaban una baja de la cuota de ganancia, sino una saturación de los mercados, lo cual será lo característico de la decadencia del capitalismo en el plano económico, como así lo predijo magistralmente Rosa Luxemburgo:
“Cuanto más numerosos son los países que desarrollan su propia industria capitalista más aumenta la necesidad de extensión y las capacidades de extensión de la producción, de un lado, y aumenta menos la capacidad para realizar esa producción respecto al aumento de la primera. Si comparamos los saltos con los que progresó la industria inglesa en los años 1860 y 1870, cuando Inglaterra aún dominaba el mercado mundial, con su crecimiento en los últimos decenios, cuando Alemania y Estados Unidos le han hecho retroceder considerablemente en el mercado mundial, vemos que su crecimiento ha sido mucho más lento que antes. La suerte de la industria inglesa está ligada a la de la industria alemana, a la de la industria norteamericana y, en definitiva, a la industria del mundo. A medida que se desarrolla, la producción capitalista se acerca inexorablemente al momento en que solo podrá crecer cada vez más lenta y dificultosamente” ([18]).
Para concluir nuestro corto examen empírico, la Primera Guerra mundial no estalla, ni mucho menos, ni tras una caída de la cuota de ganancia, ni como consecuencia de una crisis económica como así lo creen, equivocándose, Mattick y el BIPR. Queda ahora por examinar lo que completa la tesis del BIPR, o sea verificar empíricamente si las destrucciones de guerra fueron la base de una “prosperidad” reencontrada en tiempos de paz, gracias a un restablecimiento de la cuota de ganancia debido a las destrucciones bélicas.
“Vale –nos respondería sin duda el BIPR–: el estallido de la guerra no puede explicarse ni por la baja de la cuota de ganancia ni por la crisis económica que habría forzado al capitalismo a desvalorizar masivamente su capital, pero eso no quita que hubo sin lugar a dudas una desvalorización durante la guerra misma a causa de las destrucciones masivas que sirvió de base a la reanudación del crecimiento económico y de la cuota de ganancia tras el conflicto”:
“La cuota de ganancia se restablece sobre la base de esa devaluación del capital y desvalorización de la fuerza de trabajo, así, apoyándose en ellas, es como se restableció en 1929” (Revolutionary Perspectives nº 37).
¿Qué ocurrió en realidad? ¿Hubo esa “devaluación del capital” y “desvalorización de la fuerza de trabajo” durante la guerra que permitieron la “recuperación hasta 1929”, un restablecimiento que la subida de la cuota de ganancia habría permitido como consecuencia de las destrucciones de la guerra? Es muy fácil impugnar empíricamente esa idea de que la Primera Guerra mundial habría tenido una racionalidad económica, pues “35 % de bienes acumulados por la humanidad y destruidos durante la Primera Guerra mundial” (RP n° 37), lejos de “poner las bases para periodos de acumulación reproducida del capital” (RP, n° 37), lo que, al contrario, generaron fue el estancamiento del comercio mundial durante todo el período de entrambas guerras y también los peores resultados económicos de toda la historia del capitalismo ([19]).
Si observamos mas en detalle el crecimiento del PIB por habitante durante ese periodo turbio de entre las dos guerras tomando como punto de referencia el comienzo del periodo de decadencia del capitalismo (1913), el final de la Primera Guerra mundial (1919), el año del estallido de la gran crisis de los años 30 (1929) así como la situación en vísperas de la Segunda Guerra mundial, podemos constatar estas evoluciones:
Crecimiento del PIB por habitante
Fuente: la Economía mundial 1820-1992, OCDE.
El crecimiento muy débil del conjunto del periodo (mas o menos +/– 1 % solamente por año de promedio) muestran que las destrucciones de la guerra no demostraron ser ese estimulante a la actividad económica del que nos hablan Mattick y el BIPR. Ese esquema también muestra que las situaciones fueron muy contrastadas y que no son necesariamente los países más implicados en la guerra los que salen mejor de apuros durante el cortísimo período de reconstrucción y de reanudación entre 1919 y 1929. La guerra no fue un buen negocio ni para Inglaterra, que no supera mas que en 4 puntos su nivel de 1913, ni para Alemania con apenas 13 puntos. Para Alemania, el fuerte crecimiento durante los años 1929-39 se debe sobre todo a los gastos por rearme masivo realizados en los años 1930, pues el índice de su producción industrial, que era de 100 en 1913, solo alcanzó la cota de 102 en 1929, y mientras que los gastos militares en el PNB, que solo habían sido el 0,9 % durante los años 1929-32, empiezan a incrementarse brutalmente en 1933 hasta 3,3 %, siguiendo su progresión continua hasta alcanzar ¡el 28 % en 1938 ([20])!.
Concluyendo, nada, ni teórica ni histórica ni menos todavía empíricamente, corrobora la idea de Mattick retomada por el BIPR de que la guerra poseería virtudes regeneradoras para la economía: “la guerra tiene como efecto reanimar y amplificar la actividad económica” (RP n° 37). Sí, hay una verdad en lo que dice el BIPR, la verdad que proclamaron todos los revolucionarios desde 1914: la guerra fue una catástrofe incomparable en toda la historia de la humanidad. Una catástrofe no sólo en lo económico (más de la tercera parte de la riqueza del mundo fue dilapidada), sino también en lo social (explotación feroz de una fuerza de trabajo reducida a la miseria más extrema), en lo político ( con la traición de las grandes organizaciones que con tanto esfuerzo había construido el proletariado durante más de medio siglo de combates: los partidos socialistas y los sindicatos) y humano (10 millones de soldados muertos –a los que habría que añadir las muertes de civiles–, 20 millones de soldados heridos y 20 millones de muertos más a causa de la epidemia de gripe “española”, cuya enorme mortandad fue consecuencia de los desastres de la guerra). De modo que si, en el plano económico, nada confirma la menor racionalidad económica a la guerra, el BIPR debería pensárselo dos veces antes de ponerse condescendiente sobre nuestra posición de que las guerras en la fase de decadencia del capitalismo se han vuelto irracionales:
“En vez de ver que la guerra tiene una función económica para la supervivencia del capitalismo, ciertos grupos de la Izquierda comunista, especialmente la Corriente comunista internacional (CCI), defienden que las guerras no tienen ninguna función para el capitalismo. Así, caracterizan las guerras como “irracionales” sin ninguna función en la acumulación de capital, ni a corto ni a medio plazo” (Revolutionary Perspectives nº 37).
Antes de precipitarse a catalogarnos de idealistas, el BIPR haría mejor en quitarse las lentes materialistas vulgares y volver a adoptar un análisis un poco más histórico y dialéctico, pues el examen minucioso de lo que el BIPR llama “el proceso económico”, “la vida material’, “la infraestructura capitalista”, “la esfera de la producción”, nos enseña que ni hubo crisis, ni caída de la cuota de ganancia antes de la Primera Guerra mundial, ni reanudación milagrosa en tiempos de paz basada en las destrucciones bélicas. Le invitamos pues a verificar seriamente lo que afirma, antes de dogmatizar como una verdad lo que no son sino sus deseos y no la realidad, y antes de acusar a los demás de idealismo cuando es él quien es incapaz de proporcionarnos un “análisis materialista” que nos sirva para comprender esa realidad con un mínimo de coherencia y no en contradicción total con ella.
La teoría de Mattick y del BIPR no se verifica para nada en lo que a la Primera Guerra mundial se refiere, ¿pero no serviría para entender otros períodos o la invalidación de esa teoría es generalizable? Eso es lo que ahora nos proponemos examinar. Para tratar ese problema, nos vamos a apoyar en dos curvas que plasman la evolución de la cuota de ganancia a muy largo plazo en Estados Unidos y en Francia. Habríamos deseado evidentemente presentar la de Alemania, pero, a pesar de nuestras investigaciones, sólo hemos podido disponer de su evolución para después de 1945 y de algún que otro año anterior. Pero la falta de homogeneidad en el cálculo en esas diferentes fechas hace que sea delicado el análisis de esa evolución. Sin embargo, por lo que sabemos nosotros, podemos considerar que la curva de Francia es característica de la evolución en el continente europeo ([21]).
La cuota de ganancia en Estados Unidos
Fuente: G. Duménil y D. Lévy, Economie marxiste du capitalisme, La Découverte, colección Repères n°349.
La cuota de ganancia en Francia
Fuente: M. Husson, L’inadéquation des besoins à l’offre comme obstacle à l’expansion, 1999.
El nivel y/o la evolución de la cuota de ganancia ¿puede explicar las guerras?
Como hemos mostrado en el gráfico de arriba, la evolución de la cuota de ganancia en Francia muestra claramente que no puede explicar el estallido de la Primera Guerra mundial, pues esa cuota (o tasa) crecía desde 1896 e incluso muy fuertemente ¡a partir de 1910! Puede comprobarse, además, que es lo mismo para la Segunda Guerra mundial, puesto que en vísperas de su estallido, el nivel de cuota de ganancia de la economía francesa era muy alto (¡el doble del período de gran prosperidad económica que va de 1896 a la primera gran guerra!) y, tras una baja, durante los años 1920, se mantuvo estable a lo largo de los años treinta.
Es más, si la guerra debiera explicarse por el nivel y/o la tendencia a la baja de la cuota de ganancia, no se entiende entonces por qué no estalló la tercera guerra mundial en la segunda mitad de los años 1970 puesto que esa tendencia va claramente a la baja a partir de 1965, pasando su nivel por debajo del de 1914 y 1940, límites que pretendidamente habrían desencadenado ambas guerras mundiales según el BIPR…
En lo que a Estados Unidos se refiere, tampoco es la evolución de su cuota de ganancia lo que explicaría la entrada de ese país en la Primera Guerra mundial, ya que su tendencia es volver al alza unos cuantos años antes de su entrada en el conflicto. Y lo mismo ocurre con el segundo conflicto mundial, pues la cuota de ganancia estadounidense asciende vigorosamente durante los diez años que precedieron la entrada en guerra de EE.UU., volviendo a encontrar en 1940 su nivel de antes de la crisis, alcanzando un nivel todavía más alto en el momento de entrar en guerra (principios de 1942).
Concluyendo, contrariamente a la teoría de Mattick y del BIPR, ya sea en el antiguo o el nuevo continente, ni el nivel, ni la evolución de la cuota de ganancia pueden explicar el estallido de las dos guerras mundiales. No sólo se comprueba que las tasas de ganancia no se orientaban a la baja, sino que, incluso, la mayoría de las veces estaban en alza desde hacía varios años. Como mínimo esos elementos deberían poner en solfa la teoría de la racionalidad económica de la guerra que defiende el BIPR, pues ¿qué racionalidad tendría desencadenar una guerra para el capitalismo y dedicarse a la destrucción masiva de su capital fijo en un momento en que su cuota de ganancia sube hacia las alturas? ¿Cómo puede entenderse semejante cosa?
El nivel y/o la evolución de la cuota de ganancia ¿puede explicar la prosperidad de la posguerra?
La dinámica de subida de la cuota de ganancia en EEUU precede con mucho la Segunda Guerra mundial hasta tal punto que en 1940, o sea antes de que estalle la guerra y antes de la entrada de EEUU en ella, este país vuelve a recuperar su nivel medio de antes de la crisis de 1929, nivel medio que también será el de los “Treinta gloriosos” ([22]). En el momento de su entrada en guerra ese nivel era todavía más alto. O sea que ni el restablecimiento de la cuota de ganancia, ni la prosperidad económica de la posguerra pueden explicarse por las destrucciones de la guerra. Y es lo mismo para la primera gran guerra, ya que la dinámica de reanudación de la cuota de ganancia en EEUU precede a su incorporación en la Primera Guerra mundial y no hubo una mejora apreciable de esa cuota después de la guerra. Una vez más, ni el nivel, ni la tendencia de la cuota de ganancia después de la Primera Guerra mundial pueden explicarse por la incorporación estadounidense en ella.
Para Francia, su cuota de ganancia no mejora sensiblemente después de la Primera Guerra mundial, ya que tras un alza mínima de 1% entre 1920-23, esa cuota cae un 2 % durante los años 20 para acabar estabilizándose durante los años 30. Solo el nivel netamente superior de la cuota de ganancia después de la Segunda Guerra mundial en relación con la situación de preguerra podría hacer creer en ese caso –y solo en ese caso– en la validez de la hipótesis del BIPR, si eso hubiera concernido a un tiempo más largo que los 4 años que duró el alza. Pero habremos de ver, en la continuación de este artículo, que la prosperidad de la posguerra no se debe en absoluto a las destrucciones y demás consecuencias económicas de la guerra.
En resumen, hay que constatar que el retorno de la rentabilidad de los capitales es muy anterior a los conflictos militares y a las destrucciones de guerra. La guerra y sus desastres tienen poco que ver con la subida de la cuota de ganancia. Las destrucciones de guerra que supuestamente regenerarían una cuota de ganancia que, a su vez, permitirían una prosperidad tras las guerras es una idea tan sin sentido como el resto de la teoría del BIPR !
El nivel y/o la evolución de la cuota de ganancia ¿pueden explicar las crisis?
¿Pueden el nivel o la evolución de la cuota de ganancia explicar la quiebra de 1929 y la crisis de los años 30? Contrariamente a lo que propone el BIPR, nunca podrá ser el nivel alcanzado por la cuota de ganancia en Estados Unidos lo que podrá explicar la explosión de ese crac, puesto que alcanza en 1929 un valor netamente superior a las dos décadas precedentes de crecimiento económico. Cierto es que la orientación de esa cuota de ganancia es a la baja justo antes de la crisis de 1929 –tanto en EEUU como en Francia– pero esa baja es limitada en intensidad y en el tiempo. Por ejemplo, en Francia, la caída de la cuota de ganancia entre 1973-80 es mucho más fuerte que cuando la crisis del 29 sin por ello acarrear consecuencias de la misma amplitud (la deflación brutal generadora de un retroceso muy importante de la producción). Puede hacerse la misma constatación en EEUU, aunque sea para un período más largo, pues aquí la caída de la cuota de ganancia entre finales de los años 60 y principios de los 80 es apenas más débil que durante la crisis de 1929 sin tampoco acarrear las mismas consecuencias espectaculares. En ambos países, la diferencia entre la crisis actual y la de 1929 se debe a las medidas de capitalismo de Estado para mantener artificialmente una demanda solvente, lo cual deja patente la importancia de esa demanda solvente como variable determinante para explicar las crisis.
Hay que hacer constar, sin embargo, que la cuota de ganancia cae efectivamente de manera drástica entre 1929 y 1932 en Estados Unidos (muy débilmente en Francia, sin embargo). Esto es válido también para la crisis que vuelve a surgir a finales de los años 1960: la orientación de la cuota de ganancia es claramente a la baja entre 1960 y 1980 en los Estados Unidos y entre 1965 y 1980 en Francia. No cabe duda de que eso demuestra que hay una crisis de la ganancia del capital. Lo único que podemos decir aquí y ahora, en el marco de esta discusión, es que la cuota de ganancia, aunque haya sido un factor agravante en el mecanismo de esas dos crisis económicas (1929 y la de finales de los años 1960) no es sin embargo el único factor que cuenta, pues la saturación de los mercados y las medidas de capitalismo de Estado han desempeñado en ellas un papel determinante. La explicación basada en la cuota de ganancia no va ni mucho menos hasta el fondo de la cuestión de la crisis y de su evolución, pues puede constatarse que la cuota de ganancia sube fuertemente a partir de 1932 en Estados Unidos aún cuando la crisis sigue perdurando, como también vuelve a ascender tan fuertemente desde principios de los años 1980 en los países de la OCDE aun cuando el estado de la crisis sigue agravándose. De modo que aunque la cuota de ganancia haya podido ser un factor agravante de ambas crisis, eso no quita que con ese criterio sea imposible explicar el desarrollo y la permanencia en el tiempo de esas crisis más allá de la restauración de dicha cuota.
La evolución de la crisis actual muestra con evidencia por qué la teoría de las crisis basada únicamente en la evolución de la cuota de ganancia es totalmente insatisfactoria ([23]). El BIPR afirma que el ciclo de acumulación se bloquea o se estanca cuando la cuota de ganancia desciende a un límite demasiado bajo que ya no podrá volver a arrancar de verdad sin unas destrucciones bélicas que permitan devaluar y renovar el capital fijo:
“la ley de la tendencia a la baja de la cuota de ganancia significa que en cierto umbral del ciclo de acumulación se detiene o se estanca. Cuando esta ocurre, lo único que puede relanzar la acumulación es la desvalorización masiva de los capitales existentes. En el siglo xx su resultado fue las dos guerras mundiales. Hoy tenemos además una treintena de años de estancamiento y un sistema atrapado en una maraña de acumulación masiva de deudas tanto privadas como públicas” ([24]).
Pero entonces:
a) ¿Cómo puede el BIPR explicar que la crisis perdure y se agrave aun cuando la cuota de ganancia se orienta con fuerza al alza desde principios de los años 80, volviendo incluso a encontrar su nivel de los “Treinta gloriosos” desde hace ya largo tiempo? (ver gráficos adjuntos)
b) ¿Cómo puede explicar de verdad que con un nivel de ganancia parecido al de los años 60, no hayan vuelto a arrancar ni la productividad, ni el crecimiento, ni la acumulación como así lo prevé su teoría? ([25])
c) ¿Cómo puede explicar de verdad que la cuota de ganancia haya vuelto a recobrar sus colores, aún cuando, según el BIPR, “lo único que puede relanzar la acumulación es la desvalorización masiva de los capitales existentes”? Pues habida cuenta de que la tercera guerra mundial no ha ocurrido, ¿adónde irá el BIPR a buscar esa “desvalorización masiva de capitales” para explicar la subida de la cuota de ganancia?
El BIPR ha intentado contestar a esta última pregunta: ¿cómo explicar la espectacular alza actual de la cuota de ganancia sin una devaluación masiva debida a las destrucciones masivas de una guerra?
Para contestar a esta pregunta, el BIPR avanza dos argumentos. El primero consiste en retomar los argumentos con los que nosotros le replicábamos en nuestro artículo polémico del n° 121 de esta Revista, de que la cuota de ganancia no solo aumenta tras una devaluación masiva de capital fijo, sino que también puede incrementarse tras un crecimiento de la cuota de plusvalía (o grado de explotación) ([26]). Y es éste exactamente el caso desde que ha caído sobre la clase obrera la austeridad más contundente (bloqueo y baja de salarios, incremento de cadencias y tiempos de trabajo, etc.) lo que permite explicar la subida de la cuota de ganancia. El segundo argumento del BIPR consiste en sustituir las destrucciones/devaluaciones de una guerra que no ha ocurrido por las macanas de la propaganda burguesa sobre la pretendida nueva revolución tecnológica. Esta habría tenido el mismo efecto: disminuir el precio del capital fijo gracias a las ganancias de productividad debidas a la nueva revolución tecnológica. Esto es doblemente falso, pues las ganancias en productividad se han estancado en un nivel muy bajo en el conjunto de los países desarrollados, demostrándose así que la pretendida “nueva revolución tecnológica” con la que constantemente nos da la tabarra el BIPR no es otra cosa que propaganda sacada de los medios burgueses ([27]).
Con esos dos argumentos (alza de la cuota de plusvalía consecuencia de la austeridad y disminución del valor del capital fijo gracias a la nueva revolución tecnológica), el BIPR, en plan triunfador, se cree que ha logrado explicar la subida de la cuota de ganancia. Si eso les da contento…, pero el problema permanece e incluso se tira piedras a su propio tejado agravando sus propias contradicciones:
a) El BIPR reconoce ahora la subida de la cuota de ganancia ([28]), ¿cómo puede entonces explicar que un nuevo ciclo de acumulación no haya arrancado ya que están presentes todas las condiciones? “Por eso, en la fórmula de la cuota de ganancia, el numerador (la plusvalía) aumenta y el denominador (la composición orgánica) disminuye, y por lo tanto, la cuota de ganancia aumenta. Basado en ese crecimiento de la cuota de ganancia puede iniciarse un nuevo ciclo de acumulación”. La continuación de la crisis se vuelve un misterio incomprensible.
b) Siguiendo en esto las teorías tan personales de Paul Mattick, hemos visto que, según el BIPR, cuando sube la cuota de ganancia en base a una disminución de la composición orgánica del capital y de un alza de la cuota de plusvalía, la crisis se reabsorbe ([29]). ¿Cómo puede entonces explicarnos el BIPR que la crisis siga agravándose a la vez que la cuota de ganancia no ha hecho más que aumentar desde principios de los años 1980?
c) La argumentación del BIPR era que en decadencia,
“En torno al cambio de siglo entre el xix y el xx se alcanzó el punto a partir del cual las crisis y la competencia no llegan a destruir el capital en proporción suficiente para transformar la estructura del capital total hacia una rentabilidad incrementada. El ciclo económico hace tiempo que se había transformado en un “ciclo” de guerras mundiales”.
No hay otro remedio que constatar que con las nuevas explicaciones que nos da el BIPR, el capitalismo ha sido patentemente capaz de reactivar su cuota de ganancia sin recurrir a desvalorizaciones masivas de capital fijo en una guerra. Así fue con Estados Unidos desde 1932, o sea diez años antes de la entrada de ese país en guerra (ver gráfico).
d) Si el capitalismo está en plena nueva revolución tecnológica que le permite disminuir fuertemente el coste del capital fijo sin pasar por las destrucciones bélicas y, al mismo tiempo, logra aumentar claramente su cuota de plusvalía, ¿qué diferencia hay entre el capitalismo de hoy y el de la fase ascendente? ¿Cómo puede el BIPR seguir defendiendo el carácter senil del capitalismo, puesto que éste habría sido capaz de incrementar su cuota de ganancia sin tener que recurrir a destrucciones masivas de guerra, única posibilidad de reanudar su ciclo de acumulación en decadencia según aquél?
e) Y, en fin, si el capitalismo conoce una nueva revolución tecnológica y el BIPR reconoce que la cuota de ganancia se ha incrementado sensiblemente, ¿por qué sigue cantando la misma canción de que el capitalismo está en crisis porque la cuota de ganancia es “muy baja”?:
“La crisis de comienzos de los años 70 es consecuencia de la ley de la tendencia decreciente de la cuota de ganancia. Esto no significa que los capitalistas cesen de obtener beneficios, lo que significa es que el beneficio medio es muy bajo...”
¡A ver quién entiende! Es desde luego muy difícil quitarse de encima un dogma y ponerse en entredicho cuando ese dogma ha sido una de las bases del BIPR desde su fundación.
Todas esas contradicciones y cuestiones insolubles invalidan sencillamente la tesis de Mattick y del BIPR que defienden que solo el nivel y/o la variación de la cuota de ganancia es capaz de explicar la crisis y su evolución. Para nosotros, en cambio, todos esos misterios no son evidentemente comprensibles si no se integra la tesis central enunciada por Marx, o sea, la ‘restricción de la capacidad de consumo de la sociedad’, es decir: la saturación de los mercados solventes (ver la primera parte de este artículo).
Para nosotros la respuesta es de lo más claro: la cuota de ganancia no ha podido volver a subir más que gracias al alza de la cuota de plusvalía consecuencia de los ataques incesantes contra la clase obrera y no de un aligeramiento de la composición orgánica basado en una fantasmal “nueva revolución tecnológica”. Es esa insuficiencia de mercados solventes lo que explica que hoy, a pesar de una cuota de ganancia restablecida, le acumulación, la productividad y el crecimiento no vuelven a arrancar:
“En ultima instancia la razón ultima de todas las crisis reales, siempre es la pobreza y el consumo restringido de las masas, frente a la tendencia de la economía capitalista a desarrollar las fuerzas productivas como si no tuvieran más límite que el poder de consumo absoluto de la sociedad”.
Esta respuesta es muy sencilla y clara, pero incomprensible para el BIPR.
La incapacidad para comprender e integrar la globalidad de los análisis de Marx quedándose en el dogma de la causa única de las crisis (la baja de la cuota de ganancia) es uno de los obstáculos principales para que el BIPR salga del atolladero. Eso es lo que examinaremos en el apartado siguiente, yendo a la raíz de las divergencias entre el análisis de Marx sobre las crisis y la copia desvaída y sin relieve que el BIPR nos sirve.
C. Mcl
[1]) Marx, el Capital, Libro III, “Capital dinero y capital efectivo”, p. 455, FCE. Este análisis elaborado por Marx no tiene evidentemente nada que ver con la teoría subconsumista de las crisis que Marx denuncia además en otros pasajes: “…se puede decir que la clase obrera recibe una parte demasiado pequeña de lo que ella misma produce y que esto se puede solucionar dándole una parte mayor de lo que produce, mediante salarios más altos. Basta recordar que cada vez más las crisis vienen precedidas, precisamente, de un periodo de alza generalizada de los salarios en el cual la clase obrera obtiene, efectivamente, una proporción mayo de la fracción del producto anual destinado al consumo. Desde el punto de vista de los caballeros del “simple”(¡!) sentido común...” (el Capital). Hay que ser muy ingenuo, como dice Marx, para creer que la crisis económica podría resolverse gracias a un aumento de la parte salarial, cuando en realidad ese aumento sólo podría hacerse en detrimento de la parte de las ganancias y por lo tanto de la inversión productiva.
[2]) Marx, Teorías sobre las plusvalías, Editions sociales [traducido por nosotros de la edición francesa].
[3]) Marx, el Manifiesto.
[4]) Marx, Teorías sobre las plusvalías, Editions sociales [traducido por nosotros de la edición francesa].
[5]) Marx, Gründrisse, capítulo de el Capital, édition 10/18 [trad. por nosotros de la edición francesa].
[6]) Marx habla aquí del salariado, que es el núcleo central de esa “relación de distribución antagónica”. Es la lucha de clases la que regula el reparto entre la tendencia de los capitalistas a acaparar un máximo de sobretrabajo y la resistencia a esa apropiación por parte de los trabajadores. Es ese forcejeo lo que explica la pendiente natural del capitalismo a restringir al máximo la parte de los salarios en beneficio de la parte de las ganancias, o, dicho de otra manera, a aumentar la cuota de plusvalía: plusvalía/salarios, también llamada cuota o tasa de explotación: “La tendencia general de la producción capitalista no es aumentar sino disminuir el nivel medio de los salarios” (Marx, Salario, precio y ganancia).
[7]) Marx, El Capital, Libro III°, tomo 1 : “La ley de la tendencia decreciente de la cuota de ganancia”.
[8]) Marx, el Capital, Editions sociales, Teorías sobre la plusvalía [traducido del francés por nosotros].
[9]) Marx expresa esa idea en muchos otros pasajes de toda su obra. He aquí otro ejemplo: “Sobreproducción de capital no equivale a sobreproducción de medios de producción... una disminución del grado de explotación por debajo de cierto nivel produce perturbaciones y parones en el proceso de producción capitalista, crisis y destrucción de capital” (el Capital).
[10]) Prólogo de Engels a la edición inglesa (1886) de el Capital, edición en español del FCE.
[11]) “En las condiciones del siglo xix, una crisis afecta en mayor o menor medida a todas las unidades de capital a nivel mundial y llega, sin dificultad, a absorber la sobreacumulación. Pero en el cambio de siglo se alcanza un punto a partir del cual las crisis y la concurrencia no logran destruir el capital en proporción suficiente para transformar la estructura del capital total hacia una rentabilidad importante. El ciclo económico, como instrumento de acumulación, hace tiempo que se había agotado; es más, se había transformado en un “ciclo” de guerras mundiales. Aunque podemos dar a esta situación una explicación política, es sobre todo una consecuencia del proceso de acumulación capitalista (...) El relanzamiento de la acumulación de capital, que sigue a una crisis “estrictamente económica”, va acompañado de un aumento general de la producción. Del mismo modo que la guerra reanima y amplifica la actividad económica. Tanto en un caso como en otro, en un momento dado el capital sale adelante más concentrado y centralizado que antes. Y todo ello, a pesar y a causa de la destrucción de capital” (Paul Mattick, Marx y Keynes).
[12]) “Para la concepción materialista de la historia, en la historia el factor determinante es, en primera instancia, la producción y la reproducción de la vida real. Ni Marx ni yo lo hemos afirmado de entrada. Si después alguien (el BIPR, ndlr) le da la vuelta a esta afirmación para hacerle decir que el factor económico es el único determínate, la transforma en una frase vacía, absurda y abstracta. La situación económica es la base, que los diferentes elementos de la superestructura –las formas políticas de la lucha de clases y sus resultados- , las Constituciones establecidas una vez que las clases victoriosas ganaron su batalla, etc., las formas jurídicas, incluso el reflejo de todas esas luchas reales en la mente de los participantes, teorías políticas, jurídicas, filosóficas, concepciones religiosas, y su posterior desarrollo en sistemas dogmáticos, que a su vez ejercen su acción sobre el curso de las luchas y, que en muchos casos, determinan la forma preponderante de la lucha. Entre estos factores hay una acción-reacción que hace que los movimientos económicos acaben, necesariamente, encontrando su camino en la maraña del azar (...). Si no, aplicar la teoría a cualquier periodo histórico sería, a fe mía, más fácil que resolver una simple ecuación de primer grado (...) En parte recae sobre mi mismo y sobre Marx la responsabilidad de que, a veces, los jóvenes (el BIPR, ndlr) den a la vertiente económica más peso del que tiene. Respecto a nuestros adversarios, hay que destacar el principio esencial negado por ellos, y no siempre tenemos el tiempo, el lugar o la ocasión para poner en su lugar todos los demás factores que participan en la acción reciproca. (...) Pero, desgraciadamente, con demasiada frecuencia hay quien (el BIPR, ndlr) cree haber comprendido todo de una nueva teoría y que la pueden manejar sin ninguna dificultad una vez comprendidos sus principios esenciales, lo cual no es necesariamente cierto” (Engels, Carta del 21 de septiembre de 1890 a J. Block).
[13]) Ese análisis fue claramente enunciado por nuestra organización desde los trabajos de nuestro IXº Congreso en 1991: “Si está claro que la guerra imperialista deriva, en ultima instancia, de la exacerbación de las rivalidades económicas entre las naciones, que a su vez son resultado de la agravación de la crisis del modo de producción capitalista, no se puede establecer una relación mecánica entre las diversas manifestaciones del capitalismo decadente. Esto ya es cierto para la Primera guerra mundial que no se desencadena como consecuencia directa de la crisis. En 1913 está claro que se produce una cierta agravación de la situación económica, pero no mayor que las acaecidas en 1990-1903 o en 1907. De hecho, la causa fundamental que desencadenó la guerra mundial, en 1914 fue:
a) el fin del reparto del mundo entre las grandes potencias capitalistas, así la crisis de Fachoda (cuando las dos mayores potencias coloniales –Inglaterra y Francia- se encuentran cara a cara tras haber conquistado lo esencial de África), en 1898, es una especie de mojón que marca el final del periodo ascendente del capitalismo;
b) la culminación de los preparativos militares y diplomáticos que permitieron la constitución de las alianzas entre los bandos destinados enfrentarse;
c) la desmovilización del proletariado europeo de su terreno de clase frente a la amenaza de la guerra mundial (al contrario que en el Congreso de Basilea en 1912) y su alistamiento bajo la bandera burguesa propiciado, en primer lugar, por la traición (probada y verificada) de la mayoría de los jefes de la Socialdemocracia. Estos son los principales factores que determinan y prueban que el capitalismo ha entrado en su decadencia, llega a su atolladero histórico, al momento de desencadenar la guerra”.
[14]) Bairoch Paul, Mythes et paradoxes de l’histoire économique, 1994, éditions la Découverte.
[15]) “El imperialismo actual no sigue el esquema de Bauer de preludio a la expansión capitalista sino que es la ultima etapa de su proceso histórico de expansión: el periodo de una competencia mundial extrema y generalizada de los Estados capitalistas sobre los últimos restos de territorios no capitalistas del globo. En esta fase final, la catástrofe económica y política constituye un elemento vital, es el modo normal de existencia del capital...” (Rosa Luxemburgo, la Acumulación de capital); “... este joven imperialismo (Alemania) pleno de fuerza... aparece en la escena mundial con un apetito monstruoso mientras que el mundo, por así decirlo, está ya repartido, y muy rápidamente se convierte en el factor imprevisible de la convulsión general” (Rosa Luxemburgo, Folleto de Junius).
[16]) “Inglaterra, gracias a sus colonias aumentó “su” red de ferroviaria en 100 000 kilómetros, es decir cuatro veces más que Alemania. Es de dominio público que el desarrollo de las fuerzas productivas, especialmente de la producción de hulla y hierro, fue incomparablemente más rápido en este periodo en Alemania que en Inglaterra, y éste lo fue mucho mayor que en Francia o Rusia. Alemania producía en 1892 4,9 millones de toneladas de fundición frente a las 6,8 de Inglaterra; en 1912 ya alcanzaba los 17,9 frente a 9 millones, es decir ¡le sacaba un ventaja formidable a Inglaterra!. Cabe preguntarse si, bajo el capitalismo, ¿había otra forma además de la guerra para remediar la desproporción en entre el desarrollo de las fuerzas productivas, de un lado, y el reparto de las colonias y “zonas de influencia” del capital financiero? (...) 5) objetivo del reparto territorial del globo entre las potencias capitalistas más fuertes. El imperialismo es el capitalismo cuando ha llegado a un estadio de su desarrollo en el cual ...el reparto de todos los territorios del globo entre las potencias capitalistas más fuertes se ha culminado” (Lenin, el Imperialismo, fase superior del capitalismo).
[17]) Esto recuerda la polémica que hemos tenido con el BIPR respecto a las múltiples guerras en Oriente Medio. El BIPR defiende la tesis de la racionalidad económica, para Estados Unidos, de esos conflictos en su voluntad de preservar su renta petrolera, mientras que nosotros le oponemos la tesis de Lenin, mostrando que ‘la conquista del territorio iraquí no se debe tanto a lo que vale por sí misma, sino a la voluntad de debilitar a Europa y socavar su hegemonía’. El hecho hoy patente de que ese conflicto es un abismo sin fondo para EEUU, que nunca olerán la menor renta petrolera al ser totalmente incapaces de controlar el territorio y que lo que desearían es salir del atolladero, muestra la gran exactitud del análisis de Lenin.
[18]) Introducción a la economía política.
[19]) Para el comercio exterior mundial: 0,12 % entre 1913-1938 o sea 25 veces menos que entre 1870-1893 (3,10 %) y 30 veces menos que entre 1893-1913 (3,74 %) (W.W. Rostow, 1978, The World Economy History and Prospect, University of Texas Press).
El crecimiento mundial del PNB por habitante solo fue del 0,91 % durante los años 1913-50 contra 1,30 % entre 1870 y 1913 (43 % más), 2,93 % entre 1950 y 1973 –o sea tres veces más– y 1,33 % entre 1973 y 1998 –o sea 43 % más a pesar de este largo período de crisis (Maddison Angus, la Economía mundial, 2001, OCDE).
[20]) También fue así para Japón donde el porcentaje solo era 1,6 % en 1933 y acabó alcanzado 9,8 % en 1938. En cambio, no fue así para EEUU, donde el porcentaje solo era todavía 1,3 % en 1938 (datos sacados de Paul Bairoch, Victoires et déboires III, Folio).
[21]) No sería de recibo de parte del BIPR replicar que su teoría no se aplica más que a Alemania, o sea al país que declaró la guerra, pues, por un lado, le incumbiría al BIPR aportarnos la prueba y, por otro, entraría en contradicción toda su argumentación que se refiere a las raíces mundiales del estallido de la guerra de 1914-18 y de la entrada en decadencia del capitalismo (además, el BIPR habla indistintamente de Europa o de Estados Unidos en su artículo). Nunca se sitúa su argumentación –y es lógico– en el plano únicamente nacional. Además, aún suponiendo que la cuota de ganancia en Alemania hubiera evolucionado a la baja en vísperas de la Primera Guerra mundial y al alza después, el problema seguiría siendo el mismo, pues ¿cómo demostrar la entrada del capitalismo en su fase de decadencia a nivel mundial cuando la baja de la cuota de ganancia sólo se verificara en un único país?
[22]) Treinta gloriosos: esta expresión de origen francés designa los años (1945-1973 aprox.) en aquellos países que, durante unos treinta años, experimentaron una expansión económica.
[23]) Para una explicación sobre la cuota de ganancia y su tendencia a la baja, léase el anexo al final del artículo.
[25]) Ver el gráfico adjunto para Francia y también el publicado en la Revista no 121 sobre los países del G8. Ambos gráficos muestran una evolución similar, o sea una separación patente entre una cuota de ganancia en alza y una baja en todas las demás variables económicas.
[26]) “La crisis por sí misma, sin embargo, tiene como resultado el restablecimiento de las buenas proporciones entre las partes del capital permitiendo así que vuelva a arrancar la acumulación. Y lo realiza esencialmente por dos medios: la devaluación del capital fijo y el crecimiento de la cuota de plusvalía”.
[27]) Podemos constatar ese mantenimiento de la productividad a un bajo nivel en el gráfico sobre Francia publicado arriba y también en el gráfico para los países del G8 (los ocho países más importantes económicamente en el mundo) publicado en la Revista internacional n° 121. En realidad solo EEUU se ha beneficiado de una ligera subida en productividad, pero explicar esa subida coyuntural iría más allá de lo que nos hemos propuesto en este artículo.
[28]) Es un reconocimiento muy parcial, en realidad, con la boca chica... cuando es evidente que la cuota de ganancia está aumentando fuerte y continuamente desde principios de los años 80 y que ha alcanzado ya los niveles de la de los años 1960.
[29]) “Para la teoría marxiana, un aumento adecuado de la masa de plusvalía basta para transformar el estancamiento en expansión” (Paul Mattick, Marx y Keynes) o aún más: “Pero, tanto para el mundo en general como para cada país tomado separadamente, la causa de la sobreproducción so es sino el grado insuficiente de explotación. De ahí que una explotación exacerbada permita reabsorberla, a condición – evidentemente - de que ese crecimiento sea lo suficientemente fuerte como para relanzar el capital y, por tanto, la demanda del mercado” (Idem). ... Desgraciadamente para Mattick, la configuración del capitalismo desde 1980 (pero también entre 1932 y la Segunda Guerra mundial) es un desmentido total a sus teorías, ya que, a pesar de un fuerte crecimiento de la explotación, no hubo relanzamiento de la expansión del capital ni de demanda del mercado.
Debate interno en la CCI
En el número anterior de nuestra Revista comenzamos a publicar amplios extractos de un texto de orientación sometido a la discusión en nuestra organización, que trata sobre Marxismo y Ética. Entre esos extractos encontramos: “Hemos insistido siempre en que los estatutos no son una serie de reglas para definir qué es lo que está o no está admitido, sino una orientación para nuestras actitudes y nuestra conducta, incluyendo un conjunto coherente de valores morales (en particular en lo que a relaciones entre militantes y entre éstos y la organización se refiere). Por eso es por lo que se requiere un profundo acuerdo con estos valores a cualquiera que quiera ser miembro de nuestra organización. Los estatutos forman parte de nuestra plataforma, no se limitan a regular quién puede hacerse miembro de la CCI, y en qué condiciones. También condicionan el marco y el espíritu de la vida militante de la organización y de cada uno de sus miembros.
El significado que la CCI siempre ha dado a estos principios de conducta es ilustrado por el hecho de que nunca dejó de defender estos principios, incluso a riesgo de crisis organizativas. De este modo, la CCI se mantiene consciente e inquebrantablemente en la tradición de la lucha de Marx y Engels en la Primera Internacional, de los bolcheviques y de la Fracción italiana del Izquierda comunista. Y así ha sido capaz de vencer una serie de crisis y mantener los principios fundamentales de un comportamiento de clase.
Sin embargo, los conceptos de moral y de ética proletarias se defendían en la CCI más bien implícita que explícitamente; la CCI los puso en práctica de forma empírica más que desde un punto de vista teórico. Ante las enormes reservas que la nueva generación de revolucionarios surgida a finales de los años 1960 tenía hacia toda idea de moral, considerándola generalmente como algo reaccionario, la actitud desarrollada por la organización fue la de dar más importancia a adoptar las actitudes y comportamientos de la clase obrera más que a desarrollar un debate muy general cuando tal debate distaba mucho de su madurez para acometerlo con éxito.
Las cuestiones sobre la moral no fueron las únicas áreas donde la CCI procedió de esa manera. En los primeros días de la organización había reservas similares hacia la necesidad de la centralización, la indispensable intervención de los revolucionarios y el papel principal de la organización en el desarrollo de la conciencia de clase, la necesidad de luchar contra el democratismo o el reconocimiento de la actualidad del combate contra el oportunismo y el centrismo”.
En la primera parte de los extractos publicados se trataban los siguientes temas:
– el problema de la descomposición y de la pérdida de confianza en el proletariado y en la humanidad;
– las causas de la existencia de prejuicios entre los revolucionarios hacia el concepto de moral proletaria tras 1968;
– la naturaleza de la moral;
– la ética, es decir la teoría de la moral, anterior al marxismo;
– el marxismo y los orígenes de la moral;
– la lucha del proletariado contra la moral burguesa;
– la moral del proletariado.
En este numero continuamos publicando extractos relativos a los combates emprendidos por el marxismo contra diversas formas y manifestaciones de la moral burguesa, así como sobre el combate que el proletariado deberá llevar a cabo necesariamente contra los efectos de la descomposición de la sociedad capitalista recuperando ese elemento esencial de su combate y su perspectiva histórica que es la solidaridad.
A finales del siglo xix, la corriente en torno a Bernstein dentro de la IIª Internacional afirmaba que como el marxismo se reivindica de un enfoque científico, excluye, por lo tanto, el papel de la ética en la lucha de clases. Su corriente consideraba que postura científica y postura ética se excluyen mutuamente y preconizaba renunciar a la postura científica en favor de la ética. Proponía “completar” el marxismo con le ética de Kant. Tras su voluntad de condenar moralmente la codicia de los individuos capitalistas se abría paso la determinación del reformismo burgués por echar tierra sobre aquello que es fundamentalmente inconciliable entre capitalismo y comunismo.
La postura científica del marxismo, lejos de excluir la ética, introduce por primera vez una dimensión realmente científica al conocimiento social y, por tanto, a la moral. Completa el rompecabezas de la historia al comprender que la relación social esencial es la que existe entre la fuerza de trabajo (el trabajo vivo) y los medios de producción (el trabajo muerto). El capitalismo había preparado el camino para ese descubrimiento de la misma forma que prepara el camino hacia el comunismo al haber despersonalizado el mecanismo de la explotación.
En realidad la pretensión del retroceder a la ética de Kant significa una regresión teórica incluso respecto al materialismo burgués que sí que había comprendido cuáles eran los orígenes sociales “del bien y del mal”. Desde entonces cada avance en el saber social ha confirmado y enriquecido esa comprensión. Esto se aplica al progreso no solo de las ciencias como en el caso del psicoanálisis sino también del arte. Como escribió Rosa Luxemburgo:
«Como a Hamlet, que en el crimen de su madre encuentra la ruptura de todo vínculo humano y la dislocación de su mundo, lo mismo le ocurre a Dostoievski cuando comprende que un ser humano puede asesinar a otro. Ya no encuentra sosiego, siente el peso del horror que lo oprime, como nos oprime a todos. Tiene que disecar el alma del asesino, buscar el origen de su miseria, de sus penas, hasta lo más recóndito de su corazón. Sufre todas sus torturas y queda enceguecido cuando llega a la terrible comprensión de que el asesino es el miembro más desgraciado de la sociedad. (…) Las novelas de Dostoievski atacan con furia la sociedad burguesa, a cuya cara grita: ‘El verdadero asesino, el asesino del alma humana, eres tú!”» ([1]).
Es ese también el punto de vista defendido por la joven dictadura del proletariado en Rusia. Exige a los tribunales “que se liberen por completo de todo espíritu de revancha. No pueden vengarse de la gente simplemente porque han tenido que vivir en una sociedad burguesa” ([2]).
Lo que hace de la ética marxista la más alta expresión del progreso de la moral hasta nuestros días es, precisamente, esa capacidad de comprender que todos nosotros somos víctimas de las circunstancias. Este planteamiento, contrariamente a lo que dicen los burgueses, no deroga ni la moral ni la responsabilidad individual, cosa que sí hace el individualismo pequeño burgués. Esa visión significa un paso de gigante al cimentar la moral en la comprensión más que en la falta, pues el sentimiento de culpa limita el progreso moral al separar la propia personalidad de cada uno de la del resto de seres humanos. Esa visión de la moral sustituye el odio hacia las personas, esa fuente primigenia de pulsión antisocial, por la indignación y la rebeldía ante las relaciones y los comportamientos sociales.
La nostalgia reformista hacia Kant expresa la erosión de la voluntad de combate. La visión idealista de la moral, que niega su papel en la transformación de las relaciones sociales, es una concesión emocional al orden social imperante. Si bien la paz interior y la armonía con el mundo social y natural que nos rodea, son los ideales más elevados que ha tratado de alcanzar siempre la humanidad, solo se pueden lograr mediante una lucha constante. La primera condición para la felicidad humana es saber que se hace todo lo necesario por servir a una buena causa.
Kant comprendió, mucho mejor que los teóricos utilitaristas como Bentham ([3]), la naturaleza contradictoria de la moral burguesa. Y, en especial, que el individualismo desmedido, incluso en su forma positiva de búsqueda de la felicidad personal, puede llevar a la disolución de la sociedad. El hecho de que en el capitalismo, en la lucha por la concurrencia, solo pueda haber vencedores, hace inevitable la división entre a lo que uno aspira y el deber. La insistencia de Kant sobre la preeminencia del deber se corresponde con la idea de que el valor más alto de la sociedad burguesa no es el individuo sino el Estado, especialmente la nación.
Para la moral burguesa el patriotismo es un valor más alto que la querencia por la humanidad. De hecho, detrás de la ausencia de indignación por parte del movimiento obrero hacia el reformismo, ya se traslucía una erosión del internacionalismo proletario.
Para Kant tiene más valor ético un acto moral fruto del sentido del deber que un acto realizado con entusiasmo, pasión y placer. En Kant el valor ético está ligado a la renuncia, a la idealización del sacrificio de sí en aras de la ideología nacionalista y estatal. El proletariado rechaza frontalmente esa cultura inhumana del sacrificio que la burguesía ha heredado de la religión. Si bien la alegría del combate conlleva necesariamente estar dispuesto a sufrir, el movimiento obrero no ha hecho nunca de ese mal necesario una cuestión moral en sí. Es más, incluso antes del marxismo, las mejores contribuciones sobre la ética siempre enfatizaron las consecuencias patológicas e inmorales de tal visión. Al revés de lo que propugna la ética burguesa, el sacrificio de uno mismo no hace bueno un objetivo que no lo es.
Franz Mehring dice con razón que incluso Schopenhauer, que basa su ética en la compasión más que en el deber, representa un paso decisivo respecto a Kant ([4]).
La moral burguesa, incapaz de siquiera imaginar que es posible superar la contradicción entre individuo y sociedad, entre egoísmo y altruismo, toma partido por uno contra el otro o trata de buscar un compromiso entre los dos. Es incapaz de comprender que el individuo tiene una naturaleza social. Contra las morales idealistas, el marxismo defiende el idealismo moral como una actividad que da placer, y como una de las armas más poderosas de una clase en progreso contra una clase en descomposición.
Otro atractivo de la ética kantiana para el oportunismo es que su rigor moral, su formula del “imperativo categórico” conlleva la promesa de una especie de código que permite resolver automáticamente todos los conflictos morales. Para Kant, la certeza de que se tiene razón es característica de la actividad moral (...). Lo que revela, una vez más, la voluntad de evitar el combate.
Se niega el carácter dialéctico de la moral en el que virtud y vicio, en la vida concreta, no se pueden distinguir fácilmente. Como señala Josef Dietzgen, la razón no puede determinar previamente el curso de la acción, pues cada individuo y cada situación son únicos y sin precedentes. Hay que estudiar los complejos problemas morales con el objetivo de comprenderlos y resolverlos de forma creativa. Esto exige, a veces, una investigación particular e incluso la creación de un órgano específico, tal y como lo ha comprendido el movimiento obrero desde hace mucho tiempo ([5]). Los conflictos morales, inevitablemente, forman parte de la vida no solo en una sociedad de clases. Por ejemplo, diversos principios éticos pueden estar mutuamente en conflicto (...) o los diferentes niveles de socialización del hombre (sus responsabilidades hacia la clase obrera, hacia la familia, el equilibrio de la personalidad, etc.). Eso requiere estar dispuestos a vivir momentáneamente con incertidumbres para poder hacer un verdadero análisis evitando la tentación de acallar su propia conciencia; requiere la capacidad para poner en tela de juicio los propios perjuicios; y requiere sobre todo un método colectivo y riguroso de clarificación.
Kautsky, en el combate contra el neo-kantismo, muestra cómo la contribución de Darwin sobre los orígenes de la conciencia en las pulsiones biológicas, animales en su origen, quebraron el predominio de las morales idealistas. Esa fuerza invisible, esa voz apenas audible, que opera en lo más recóndito de la personalidad, ha sido siempre una cuestión crucial en las controversias éticas. La ética idealista tenía razón al insistir en que la explicación de la mala conciencia no puede ser el miedo ante la opinión de los demás o a la sanción de la mayoría. Al contrario, esa conciencia puede llevar a que nos opongamos a la opinión pública o a la represión, o a arrepentirnos de nuestras acciones a pesar de que sean las apropiadas para todo el mundo.
“La ley moral solo es un impulso animal. De ahí proviene su naturaleza mística, esta voz interna que no está relacionada con ningún estimulo exterior, ningún interés visible, ese demonio o Dios, que de Sócrates y Platón hasta Kant, los teóricos de la moral han escuchado, aquellos que han negado que la moral se derive del ego o del placer. Un impulso realmente misterioso, aunque no menos misterioso que el amor sexual, el amor materno, el instinto de supervivencia... Que la ley moral sea un instinto universal, comparable al de supervivencia o al de reproducción, explica su fuerza, su insistencia, y que lo obedezcamos sin pararnos a pensar” ([6]).
La ciencia ha confirmado posteriormente esas conclusiones, por ejemplo Freud, el cual insiste en que los animales más evolucionados, los más sociales, poseen un dispositivo psíquico de base como lo posee el hombre, y pueden sufrir neurosis similares. Freud no solo hizo más profunda nuestra compresión de esas cuestiones. El método del psicoanálisis no es solo investigar sino que también es una terapéutica. Comparte con el marxismo la preocupación por el desarrollo progresivo del dispositivo moral del hombre.
Freud distingue entre las pulsiones (el “Ello”), el “Yo” que permite conocer el entorno y asegurarnos la existencia (una especie de principio de realidad) y el “Superyó” (o “Superego”) que incluye la buena conciencia y permite la pertenencia a una comunidad. Pese a que Freud afirma, en las polémicas, que la “buena conciencia” no es más que “miedo social”, toda su concepción de cómo los niños hacen suya la moral de la sociedad pone de manifiesto claramente que ese proceso depende de la fuerza de sus lazos afectivos y emocionales con sus padres, y de que éstos sean aceptados como ejemplo a seguir ([7]). (…)
Así Freud examina la interrelación entre los factores conscientes e inconscientes de la propia buena conciencia. El “Superyó” desarrolla la capacidad de reflexionar sobre sí mismo. Por su parte, el “Yo” puede y debe reflexionar sobre las reflexiones del “Superyó”. Mediante esa “doble reflexión” mientras se realiza una acción ésta se convierte en un acto consciente, propio de uno mismo. Eso está en concordancia con la visión marxista para la cual el dispositivo moral del hombre se basa en impulsos sociales, que incluye componentes inconscientes, semiconscientes y conscientes; y que con el desarrollo de la humanidad el elemento consciente va tomando la primacía, hasta que con el proletariado revolucionario, la ética, basada en un método científico se convierte cada vez más en la guía del comportamiento moral; que en la propia buena conciencia, el progreso moral es inseparable del desarrollo de la conciencia en detrimento de los sentimientos de culpa ([8]). El hombre puede asumir cada vez más sus responsabilidades, no solo en lo que concierne a su propia buena conciencia, sino a causa de lo que está contenido en sus propios valores morales y sus convicciones.
El materialismo burgués, a pesar de sus debilidades, en especial en su forma utilitarista (la moral es la expresión de intereses reales y objetivos) significó un gran paso adelante en la teoría ética. Preparó el camino para la comprensión histórica de la evolución moral. Al haber revelado lo relativo y transitorio de todos los sistemas morales, dio un gran golpe a la visión religiosa e idealista de un código, eternamente invariable, que Dios habría establecido.
Como hemos visto, la clase obrera, desde sus primeros tiempos, ya fue sacando sus propias conclusiones socialistas de ese método. Aunque los primeros teóricos socialistas, como Robert Owen o William Thompson fueran mucho más lejos que la filosofía de Jeremy Bentham –que aquellos tomaron como punto de partida–, la influencia del método utilitarista siguió siendo importante en el movimiento obrero, incluso después de haber surgido el marxismo. Los primeros socialistas revolucionaron la teoría de Bentham, aplicando sus postulados de base a las clases sociales más que a los individuos, preparando así el camino a la comprensión del carácter social y de clase de la historia de la moral. Reconocer que los propietarios de esclavos no tenían el mismo registro de valores que los mercaderes o los nómadas del desierto, ni el de los pastores de montaña era algo que ya había sido confirmado por la antropología durante la expansión colonial. El marxismo sacó provecho de esa labor preparatoria, como también de los estudios de Morgan y Maurer que esclarecieron la “genealogía de las morales” ([9]). Sin embargo, a pesar de los progresos que eso representó, el utilitarismo, incluso en su forma proletaria, dejaba toda una serie de preguntas sin respuesta.
Primero, si la moral no es otra cosa que la codificación de intereses materiales, acaba siendo ella misma superflua y desapareciendo como factor social. El materialista radical inglés, Mandeville, ya había planteado con esa base que la moral no es más que la hipocresía que sirve para ocultar los intereses fundamentales de las clases dominantes. Más tarde, Nietzsche sacaría unas conclusiones algo diferentes de las mismas premisas: la moral es el medio de la muchedumbre, que es débil, para impedir la dominación de la élite, y, por lo tanto, la liberación de ésta exige el reconocimiento de que para ella todo está permitido. Pero como lo subrayó Mehring, la pretendida abolición de la moral en Nietzsche, en Más allá del bien y del mal, no es otra cosa sino el establecimiento de una nueva moral, la del capitalismo reaccionario y de su odio al proletariado socialista, una moral liberada de las trabas de la decencia pequeño burguesa y de la respetabilidad de la gran burguesía ([10]). En particular, la identidad entre interés y moral implica, como ya lo habían afirmado los jesuitas, que el fin justifica los medios ([11]).
Segundo, al haber supuesto que las clases sociales representan a “individuos colectivos” que sencillamente siguen sus propios intereses, la historia aparece como una disputa sin ningún sentido, lo cual es quizás importante para las clases concernidas pero no para la sociedad como un todo. Eso era una regresión respecto a Hegel, el cual ya había comprendido (aunque fuera de forma mistificada) no sólo la relatividad de toda moral, sino también de la edificación de nuevos sistemas éticos transgresores de la moral establecida. Hegel declaraba en ese sentido:
“Puede uno imaginarse que dice algo grande cuando afirma: el hombre es bueno por naturaleza. Pero se olvida que dice algo más grande todavía si dice: el hombre es malo por naturaleza” ([12]).
Tercero, el método utilitario lleva a un racionalismo estéril que elimina las emociones sociales de la vida moral.
Las consecuencias negativas de los restos utilitaristas burgueses se hicieron visibles cuando el movimiento obrero, con la Iª Internacional, empezó a superar la fase de las sectas. La investigación sobre la conjura de la Alianza contra la Internacional –especialmente los comentarios de Marx y Engels sobre el “catecismo revolucionario” de Bakunin– reveló “la introducción de la anarquía en la moral” mediante un “jesuitismo” que “lleva la inmoralidad de la burguesía hasta sus últimas consecuencias”. El informe redactado por mandato del Congreso de La Haya en 1872 subraya los elementos siguientes de la visión de Bakunin: el revolucionario no tiene interés personal, ni asuntos ni sentimientos personales o deseos que le sean propios; ha roto no solo con el orden burgués, sino con la moral y las costumbres del mundo civilizado entero; considera virtud todo aquello que favorece el triunfo de la revolución y vicio todo lo que la frene; está siempre dispuesto a sacrificarlo todo, incluida su propia voluntad y su personalidad; elimina todo sentimiento de amistad, amor o gratitud; ante la necesidad, no vacila en eliminar a cualquier ser humano; no conoce otra escala de valores que la de la utilidad.
Profundamente indignados ante semejante método, Marx y Engels declararon que ésa era la moral de los bajos fondos, la del lumpemproletariado. Tan grotesca como infame, más autoritaria que el comunismo más primitivo, Bakunin hace de la revolución “una serie de asesinatos individuales y, después, de masas” o “la única regla de conducta es la moral jesuita exagerada” ([13]).
Como sabemos, el movimiento obrero en su conjunto no ha asimilado en profundidad las lecciones de la lucha contra el bakuninismo. En su Materialismo histórico, Bujarin presenta las normas de la ética como simples reglas y reglamentos. La táctica sustituye la moral. Todavía más confusa es la actitud de Lukacs ante la revolución. Después de haber presentado al proletariado como la realización del idealismo moral de Kant y Fichte, Lukacs cae en el utilitarismo. En ¿Qué significa una acción revolucionaria? (1919), declara:
“la regla del todo prevalece sobre la parte, lo cual implica un sacrificio sin concesiones de sí mismo... Sólo puede ser revolucionario quien está dispuesto a hacerlo todo por llevar a buen término esos intereses”.
Pero el reforzamiento de la moral utilitarista después de 1917 en la URSS fue sobre todo la expresión de las necesidades del Estado transitorio. En Moral y normas de clase, Preobrazhenski presenta la organización revolucionaria como una especie de orden monástica moderna. Quiere incluso someter las relaciones sexuales al principio de selección eugenésica en un mundo en el que la distinción entre individuo y sociedad ha sido abolida y en el que las emociones están subordinadas a los resultados de las ciencias naturales. Ni siquiera Trotski sale indemne de esa influencia, pues en la Moral de ellos y la nuestra en una inconfesada defensa de la represión de Cronstadt, defiende a fondo la fórmula de que “el fin justifica los medios”.
Es cierto que toda clase social tiende a identificar el “bien” y la “virtud” con sus propios intereses. Pero interés y moral no son idénticos. La influencia de clase sobre los valores sociales es muy compleja, puesto que integra la posición de una clase determinada en el proceso de producción y en la lucha de clases, sus tradiciones, sus objetivos y sus aspiraciones para el futuro, su parte en la cultura y, además, la manera con la que todo eso se expresa en los modos de vivir, las emociones, las intuiciones, las aspiraciones.
En oposición a la confusión utilitarista entre interés y moral, (o “deber” como lo formula aquí), Dietzgen distingue ambas cosas.
“El interés representa más bien la felicidad concreta, presente, tangible; el deber, al contrario, es la felicidad general, ampliada, concebida también para el porvenir. (...). El deber se preocupa también del corazón, de las necesidades de la sociedad, del porvenir, de la salvación del alma, en resumen, de la totalidad de nuestros intereses, y nos enseña a renunciar a lo superfluo para obtener y conservar lo necesario” ([14]).
En reacción a las afirmaciones idealistas de la invariabilidad de la moral, el utilitarismo social cae en el otro extremo e insiste tan unilateralmente sobre su naturaleza transitoria que pierde de vista la existencia de valores comunes que dan cohesión a la sociedad, y la existencia de progresos éticos. La continuidad del sentimiento de comunidad no es, ni mucho menos, una ficción metafísica.
Ese “relativismo exagerado” ve las clases y su combate, pero no ve “el proceso social global, la interconexión de los diferentes episodios y, por ello mismo, no consigue distinguir las diferentes etapas del desarrollo moral que forman parte de un proceso que vincula esos episodios unos a otros. No posee criterios generales con los que evaluar las diferentes normas, no es capaz de ir más allá de las apariencias inmediatas y temporales. No reúne las diferentes apariencias en una unidad mediante el pensamiento dialéctico” ([15]).
En cuanto a las relaciones entre el fin y los medios, la fórmula correcta del problema no es desde luego que el fin justifica los medios, sino que el fin influye en los medios y que los medios influyen en el fin. Los dos términos de la contradicción se determinan mutuamente, siendo uno condición del otro. Además, el fin y los medios no son sino lazos en la cadena de la historia, de modo que cada fin es a su vez un medio para alcanzar fines más elevados. Por eso es por lo que el rigor metodológico y ético debe aplicarse a todo el proceso, refiriéndose al pasado y al futuro, y no solo a lo inmediato. Los medios que no sirven a un fin determinado, lo único que hacen es deformarlo y alejarse de él. El proletariado, por ejemplo, no podrá vencer a la burguesía utilizando las armas de ésta. La moral del proletariado se orienta a la vez según la realidad social y según las emociones sociales. Por eso rechaza a la vez la exclusión dogmática de la violencia pero también el concepto de indiferencia moral hacia los medios empleados.
En paralelo con esa falsa comprensión de los lazos entre fin y medios, Preobrazhenski considera también que el destino de las partes, el del individuo en particular, no es importante y puede sacrificarse sin más en interés del todo. Y no había sido ésa, ni mucho menos, la actitud de Marx, quien consideraba prematura la Comuna de Paris, pero se unió a ella por solidaridad; ni la de Eugène Léviné y del joven KPD que entraron en el gobierno de la República de Consejos de Baviera cuando ya estaba fracasando y a cuya proclamación se habían opuesto, para organizar su defensa y minimizar así el número de víctimas proletarias. En cambio, el criterio unilateral del utilitarismo abre, en realidad, las puertas a una solidaridad de clase muy condicional.
Como lo subrayó Rosa Luxemburgo en su polémica contra Bernstein, la contradicción principal en el meollo del movimiento proletario es que su combate cotidiano se lleva a cabo en el seno del capitalismo mientras que sus fines están fuera, son una ruptura fundamental con ese sistema. De ello resulta que es necesario el uso de la violencia y de la astucia contra el enemigo de clase, y es difícil evitar que se expresen el odio de clase y las agresiones antisociales. Pero el proletariado no es moralmente indiferente antes esas manifestaciones. Incluso cuando emplea la violencia, nunca deberá olvidar, como lo dijo Pannekoek, que su objetivo es esclarecer las mentes y no destruirlas. Y la conclusión que sacó Bilan de la experiencia rusa: el proletariado debe evitar en lo posible el uso de la violencia contra las capas no explotadoras y excluirla por principio en el seno mismo de la clase obrera. Incluso en el contexto de la guerra civil contra el enemigo de clase, el proletariado debe estar convencido de la necesidad de actuar contra la aparición de sentimientos antisociales como la venganza, la crueldad, la voluntad de destruir pues acaban embruteciendo y debilitando la conciencia. Semejantes sentimientos son el signo de la penetración de la influencia de una clase ajena. No fue por casualidad si tras la revolución de Octubre, Lenin consideraba que, justo detrás de la extensión de la revolución, la prioridad debía ser la elevación del nivel cultural de las masas. Recordemos también que fue, primero, porque constató la crueldad y la indiferencia moral de Stalin, si Lenin fue capaz de identificar el peligro que representaba.
Los medios empleados por el proletariado deben, lo más posible, corresponderse a la vez con el objetivo y con las emociones sociales que son las propias de su naturaleza de clase. No es por nada si en nombre de esas emociones, el programa del 14 diciembre 1918 del KPD, aún defendiendo clara y resueltamente la necesidad de la violencia de clase, rechazó el uso del terror:
“La revolución proletaria no necesita para nada el terror para realizar sus objetivos. Odia y aborrece el asesinato. No necesita recurrir a esos medios de lucha porque no combate a individuos, sino a instituciones, porque no se lanza a la palestra con ilusiones ingenuas que, una vez decepcionadas, llevarían a una venganza ciega” ([16]).
En oposición a eso, la eliminación del aspecto emocional de la moral siguiendo el método del utilitarismo materialista y mecanicista es típicamente burgués. En ese método, el uso de las mentiras, del engaño, es moralmente superior si sirve para cumplir un objetivo determinado. Por eso, las mentiras que hicieron circular los bolcheviques para justificar la represión de Cronstadt, no sólo socavaron la confianza de la clase en el partido, sino que también socavaron la convicción de los propios bolcheviques. La visión de que “el fin justifica los medios”, niega en la práctica la superioridad ética de la revolución proletaria sobre la burguesa. Y se olvida de que cuanto más se corresponde la preocupación de una clase con el bienestar de la humanidad mejor podrá sacar de esa preocupación su fuerza moral.
En oposición con el mundo de los negocios, en el que la consigna es que solo cuenta el éxito, sean cuales sean los medios empleados, eso no puede aplicarse a la clase obrera. El proletariado es la primera clase revolucionaria cuya victoria final llega precedida y preparada por una serie de derrotas. Las lecciones inestimables, pero también el ejemplo moral de los grandes revolucionarios y de las grandes luchas obreras son las condiciones para una victoria futura.
En el período histórico actual, la importancia de la cuestión de la ética es mayor que nunca. La tendencia característica a la disolución de los vínculos sociales y de todo pensamiento coherente, tiene, obligatoriamente, unos efectos muy negativos en la moral. Además, la desorientación ética en el seno la sociedad es también un componente central del problema en el que se arraiga la descomposición del tejido social. La descomposición social, que se debe al bloqueo histórico que se ha producido entre burguesía y proletariado, entre la respuesta de aquélla (la guerra mundial) y la de éste (la revolución mundial), está directamente vinculada a la esfera de la ética social. La salida de la contrarrevolución, a finales de los años 70, gracias a una nueva generación del proletariado que no había sido derrotada, expresó nada menos que el desprestigio histórico del nacionalismo, sobre todo en los países en los que viven los sectores más fuertes del proletariado mundial. Pero, por otra parte, las luchas obreras masivas habidas desde el 68 no han venido acompañadas, por ahora, de un desarrollo correspondiente con la dimensión teórica y política del combate proletario, especialmente la ausencia de una afirmación explícita y consciente del principio del internacionalismo proletario. Por consiguiente, ninguna de las dos clase principales de la sociedad contemporánea ha sido capaz, por ahora, de hacer progresar el propio ideal de clase que cada una de ellas tiene sobre la comunidad social.
En general, la moral dominante es la de la clase dominante. Por eso mismo precisamente, toda moral dominante, para que pueda servir los intereses de la clase dominante, debe contener a la vez elementos de interés moral general para así asegurar la cohesión de la sociedad. Uno de esos elementos es dar una perspectiva o un ideal de comunidad social. Ese ideal es un factor indispensable para refrenar las pulsiones antisociales.
Como hemos visto, el nacionalismo es el ideal específico de la sociedad burguesa. Esto corresponde al hecho de que el Estado nacional es la unidad más desarrollada que pueda realizar el capitalismo. Cuando el capitalismo entra en su fase de decadencia, el Estado-Nación deja de ser, definitivamente, el instrumento del progreso en la historia, convirtiéndose de hecho en el instrumento principal de la barbarie social. Y ya antes de que eso se produjera, el enterrador del capitalismo, o sea la clase obrera –precisamente porque es portadora de un ideal más alto, el ideal internacionalista – fue capaz de dejar patente el carácter embaucador de la comunidad nacional. Aunque al iniciarse la Primera Guerra mundial en 1914, los trabajadores se olvidaron de esa lección, esa guerra iba a poner al desnudo la realidad de la tendencia principal, no sólo de la moral burguesa, sino de la moral de todas las clases explotadoras. Esta consiste en movilizar los ímpetus más heroicos, los más altruistas de las clases trabajadoras al servicio de la más obtusa y más sórdida de las causas.
A pesar de su carácter embaucador y cada vez más bárbaro, la nación es el único ideal que la burguesía puede enarbolar para dar cohesión a la sociedad. Solo él corresponde a la realidad contemporánea de la estructura estatal de la burguesía. Por eso es por lo que los demás ideales sociales que han ido apareciendo en los últimos años –la familia, el medio ambiente local, la religión, la comunidad cultural o étnica, el estilo de vida en grupo o en banda– son realmente expresiones de la disolución de la vida social, de la putrefacción de la sociedad de clases. Y eso también es verdad para todas las respuestas morales que intentan abarcar la sociedad en su conjunto, pero basándose en el interclasismo: el humanitarismo, el ecologismo, el altermundismo. Con el postulado de que la mejora del individuo es la base de la renovación de la sociedad, esas respuestas son expresiones democraticistas de la misma fragmentación individualista en la base de la sociedad. Ni que decir tiene que esas ideologías sirven admirablemente la clase dominante en su guerra por bloquear el desarrollo de una alternativa de clase, proletaria, internacionalista, al capitalismo.
En el seno de la sociedad en descomposición, podemos identificar algunos rasgos con implicaciones directas en los valores sociales.
Primero, la falta de perspectivas hace que los comportamientos humanos tiendan a quedarse en el presente o volverse hacia el pasado. Como ya dijimos, una parte central de lo racional de la moral es la defensa de los intereses a largo plazo contra el peso de lo inmediato. La ausencia de una perspectiva a largo plazo favorece la pérdida de solidaridad entre individuos y grupos de la sociedad contemporánea, pero también entre las generaciones. De ahí la tendencia a que se desarrolle una mentalidad pogromista, o sea la del odio destructor hacia un chivo expiatorio considerado como responsable de la desaparición de un pasado mejor, idealizado. En el escenario político mundial, puede observarse la tendencia al desarrollo del antisemitismo, del antioccidentalismo o del anti-islamismo…, la multiplicación de las “limpiezas étnicas”, el ascenso del populismo político contra los inmigrantes y de una mentalidad de gueto entre los emigrantes mismos. Y esa mentalidad tiende a impregnar la vida social en su conjunto, como lo ilustra el desarrollo del mobbing (acoso psicológico en el medio laboral).
Por otro lado, el desarrollo del miedo social que tiende a paralizar a la vez los instintos sociales y la reflexión coherente, los principios de base de la solidaridad humana y sobre todo, hoy, de clase. Ese miedo es el resultado de la atomización social que produce en cada individuo el sentimiento de estar solo con sus problemas. Esta soledad produce a su vez una manera particular de ver el resto de la sociedad, haciendo que la reacción de los demás seres humanos aparezca más imprevisible, lo que hace que se les considere como amenazantes y hostiles. Ese miedo –que alimenta todas las corrientes irracionales del pensamiento vueltas hacia el pasado y la nada– debe distinguirse del miedo debido a una inseguridad social creciente, provocada por la crisis económica, pues este sentimiento de inseguridad material puede convertirse en poderoso estimulante de la solidaridad de clase frente a la crisis económica.
Y, en fin, la falta de perspectiva y la desintegración de los vínculos sociales hacen que para muchos seres humanos la vida aparezca como algo sin sentido. Esta atmósfera de nihilismo es insoportable para la humanidad, porque está en contradicción con la esencia consciente y social del género humano. Produce una serie de fenómenos muy relacionados entre sí, el más importante de los cuales es el desarrollo de una nueva religiosidad y una obsesión por la muerte.
En las sociedades fundadas principalmente en la economía natural, la religión era ante todo la expresión del atraso, de la ignorancia, del miedo ante las fuerzas de la naturaleza. En el capitalismo, la religión se nutre sobre todo de alineación social, del miedo a unas fuerzas sociales que se han vuelto inexplicables e incontrolables. En la época de la descomposición del capitalismo, es ante todo el nihilismo ambiente el que alimenta la necesidad de religión. Mientras que la religión tradicional, por muy reaccionario que fuera su papel, formaba parte de la visión de un mundo comunitario y la religión modernizada de la burguesía era una adaptación de esa visión tradicional del mundo a la perspectiva de la sociedad capitalista, el misticismo de la descomposición capitalista se nutre de ese nihilismo. Ya sea con la forma de una pura atomización de unas mentes esotéricas en busca del tan manido “encontrarse a uno mismo” fuera de todo contexto social, o con la forma totalmente cerrada y obtusa de las sectas y del fundamentalismo religioso, cuya oferta consiste en borrar la personalidad u eliminar la responsabilidad individual, esa tendencia, que pretende dar una respuesta al nihilismo, no es, en realidad, sino su expresión llevada al extremo.
Es, además, esa falta de perspectiva y esa dislocación de los vínculos sociales lo que hace que la realidad biológica de la muerte parezca quitarle todo sentido a la vida individual. Lo malsano que de ello resulta (y del que se nutre en gran parte el misticismo de hoy) encuentra su expresión, por un lado, en el miedo obsesivo y desmesurado a la muerte y, por otro, en el deseo patológico de morir. Aquélla expresión se concreta, por ejemplo, en la mentalidad “hedonista” de la “fun society” (cuya divisa podría ser: “comamos, bebamos y disfrutemos, que mañana moriremos”); y ésta en cultos como el satanismo, las sectas “fin del mundo” y en el culto creciente de la violencia, de la destrucción y del martirio (como ocurre con los kamikazes).
El marxismo, teoría revolucionaria del proletariado, siempre se caracterizó por su profundo apego al mundo y su afirmación apasionada del valor de la vida humana. Al mismo tiempo, el marxismo, gracias a su enfoque dialéctico, ha podido comprender que la vida y la muerte, el ser y la nada forman parte de una unidad indivisible. No ignora la muerte ni subestima tampoco su papel en la vida. El género humano forma parte de la naturaleza y como tal, el crecimiento, la plenitud, pero también la enfermedad, el declive y la muerte son tan partícipes de su existir como la puesta de sol o la caída de las hojas en otoño. Pero además el hombre es un producto no sólo de la naturaleza, sino también de la sociedad. Heredero de lo adquirido por la cultura humana, portador de su porvenir, el proletariado revolucionario se vincula a las fuentes sociales de una fuerza real, arraigada en la claridad del pensamiento y la fraternidad, en la paciencia y el humor, el gozo y la afección, la seguridad verdadera de una confianza bien construida.
Para la clase obrera, la ética no es algo abstracto, separado de su combate. La solidaridad, base de su moral de clase, es a la vez la condición primera de su verdadera capacidad para afirmarse como clase en lucha.
Hoy, el proletariado está ante la tarea de reconquistar su identidad de clase, una identidad que ha sufrido un enorme retroceso después de 1989. Esa tarea es inseparable de la lucha por reapropiarse sus tradiciones de solidaridad.
La solidaridad no es solo un componente central de la lucha cotidiana de la clase obrera, sino que además lleva en sí en germen la sociedad futura. Los dos aspectos, solidaridad y lucha, se enlazan con el presente y con el futuro y se influyen mutuamente. El despliegue, la extensión de la solidaridad de clase en las luchas obreras es un aspecto esencial de la dinámica actual de la lucha de la clase, del arranque de un camino hacia una nueva perspectiva revolucionaria. Esta perspectiva, a su vez, cuando haya quedado despejada, será un poderoso factor de reforzamiento de la solidaridad en las luchas inmediatas del proletariado.
Esta perspectiva es pues decisiva ante los problemas que le plantean a la clase obrera la decadencia y la descomposición del capitalismo. Así ocurre, por ejemplo, con la cuestión de la inmigración. En el capitalismo ascendente, la posición del movimiento obrero, especialmente las fracciones de izquierda, era defender las fronteras abiertas y el movimiento libre del trabajo. Eso formaba parte del programa mínimo de la clase obrera. Hoy, escoger entre fronteras abiertas o cerradas es una falsa alternativa, pues la única manera de resolver esa cuestión es la abolición de todas las fronteras. En las condiciones de la descomposición, el tema de la inmigración tiende a socavar la solidaridad de clase, amenazando incluso con contaminar a los obreros con la mentalidad pogromista. Ante esta situación, la perspectiva de una comunidad mundial, basada en la solidaridad, es el factor más eficaz de la defensa del principio del internacionalismo proletario.
Si la clase obrera, a través de un largo período de desarrollo de sus luchas y de reflexión política, logra reconquistar su identidad de clase, y por lo tanto es capaz de reconocer hasta qué punto el capitalismo de nuestros días destruye las emociones sociales, socava los vínculos y los modos de comportamiento entre las personas, entonces esa comprensión podrá ser a su vez un factor que empujará al proletariado a formular de manera consciente sus propios valores de clase. La indignación de la clase obrera ante los comportamientos provocados por el capitalismo en descomposición, y la conciencia de que únicamente la lucha proletaria podrá ofrecer una alternativa, son esenciales para que el proletariado pueda afirmar su perspectiva revolucionaria.
La organización revolucionaria tiene un papel indispensable que desempeñar en ese proceso, no sólo mediante la propaganda por los principios de clase, sino también, y por encima de todo, dando ella misma un ejemplo vivo de su aplicación y defensa.
Por otra parte, la defensa de la moral proletaria es un instrumento indispensable en la lucha contra el oportunismo y, por lo tanto, en la defensa del programa de la clase obrera. Con más firmeza que nunca, los revolucionarios deben situarse en la tradición del marxismo llevando a cabo un combate intransigente contra todo comportamiento procedente de una clase ajena.
“El bolchevismo ha creado el tipo del verdadero revolucionario que, fijándose objetivos históricos incompatibles con la sociedad contemporánea, subordina la condición de su existencia individual, sus ideas y sus juicios morales a aquellos. Las distancias indispensables con respecto a la ideología burguesa eran mantenidas en el partido a través de una vigilancia intransigente cuyo inspirador era Lenin. No dejaba de trabajar con el escalpelo cortando los lazos que el ambiente pequeñoburgués creaba entre el partido y la opinión pública oficial. Al mismo tiempo Lenin enseñaba al partido a formar su propia opinión pública, apoyándose en el pensamiento y en los sentimientos de la clase ascendente. Así, a través de la selección y la educación, en una lucha continua, el partido bolchevique creó su medio no solamente político, sino también moral, independientemente de la opinión pública burguesa e irreductiblemente opuesto a ésta. Fue solamente esto lo que permitió a los bolcheviques superar las vacilaciones en sus propias filas y manifestar la viril resolución sin la cual la victoria de Octubre hubiera sido imposible.” ([17]).
[1]) Luxemburgo: el Alma de la literatura rusa (Introducción a Korolenko), 1919.
[2]) Bujarin y Preobrazhenski: el ABC del comunismo – Comentarios al programa del 8e Congreso del Partido, 1919. Capitulo IX. La justicia proletaria. § 74 : Les métodos penales proletarios.
[3]) Jeremy Benthan (1748-1832) filosofo, jurista y reformador británico. Era amigo de Adams Smith y de Jean Baptiste Say, dos de los economistas más importantes de la burguesía en la época en que era una clase revolucionaria. Influyó en filósofos “clásicos” de esa clase como John Stuart Mill, John Austin, Herbert Spencer, Henry Sidwick o James Mill. Apoyó la Revolución francesa de 1789, haciéndole propuestas sobre el instauración del derecho, el sistema judicial, penitenciario, la organización política del Estado, y la política hacia las colonias (Emancipate your Colonies). La joven República francesa lo hizo ciudadano honorífico el 23 de agosto de 1792. Su influencia aparece en el Código civil (llamado también “Código Napoleón”), que sigue hoy rigiendo el derecho privado francés. El pensamiento de Bentham parte de del principio siguiente: los individuos solo conciben sus intereses en relación con el placer o el sufrimiento. Lo que buscan es “maximizar” su felicidad, expresada ésta en lo que excede de placer respecto al sufrimiento. Se trata para cada individuo de hacer un cálculo hedonista. Cada acción acarrea efectos positivos y efectos negativos, para un tiempo más o menos largo y con diferentes grados de intensidad; se trata pues para el individuo de realizar las acciones que le producen más felicidad o placer. Bentham llamó Utilitarismo a esa doctrina en 1781, proponiendo un método: “Cálculo de la felicidad y del sufrimiento” con el que quería determinar científicamente –o sea con reglas precisas la cantidad de goce y de sufrimiento generado por nuestras acciones. Esos criterios eran siete:
– duración: un goce largo y duradero es más útil que uno pasajero;
– intensidad: un placer intenso es más útil que uno menos intenso;
– certidumbre: un placer es más útil si uno está seguro de que se realizará;
– proximidad: un goce inmediato es más útil que otro que se realice a largo plazo;
– extensión: un goce vivido entre varios es más útil que el vivido por uno solo;
– fecundidad: un placer que acarrea otros es más útil que un placer único;
– pureza: un goce que no acarrea sufrimiento posterior es más útil que otro que sí puede acarrearlo.
Teóricamente, la acción más moral será la que reúna el mayor número de criterios.
[4]) Mehring : “Retorno a Schopenhauer”, Neue Zeit, 1908/09.
[5]) La mayoría de las organizaciones políticas del proletariado se dotaron, junto a los órganos de centralización encargados de tratar los “asuntos cotidianos”, de instancias tales como “comisiones de control” o “de conflictos” compuestas de militantes experimentados y poseedores de la mayor confianza entre sus camaradas, encargados específicamente de temas delicados, sensibles, que exigen discreción tanto dentro como fuera de la organización.
[6]) Kautsky, “La ética del darwinismo” (Los instintos sociales) en Ética y materialismo histórico.
[7]) Eso quedó confirmado con las observaciones de Anna Freud: los niños huérfanos salidos de los campos de concentración, que establecían entre ellos una especie de solidaridad rudimentaria, con bases igualitarias, no aceptaban, en cambio, las referencias morales y culturales de la sociedad en su conjunto, excepto cuando estaban agrupados en más pequeñas unidades “familiares”, dirigidas cada una por una persona adulta respetada, hacia la cual los niños podían desarrollar afecto y admiración.
[8]) El libro de Kautsky sobre Ética fue el primer estudio marxista global sobre este tema y su contribución principal a la teoría socialista. Sobreestima, sin embargo, la importancia de la contribución de Darwin. Y por consiguiente subestima los factores específicamente humanos de la cultura y de la conciencia, de modo que acaba resultando una visión estática según la cual las diferentes formas sociales favorecen o desfavorecen más o menos unas pulsiones sociales que serían básicamente invariables.
[9]) Ver por ejemplo Paul Lafargue, “Búsqueda sobre el origen de la idea del bien y de lo justo”, 1885, reproducido en Neue Zeit, 1899-1900.
[10]) Mehring, Sobre la filosofía del capitalismo, 1891. Añadiremos que Nietzsche es el teórico del comportamiento del aventurero desclasado.
[11]) La vanguardia de la Contrarreforma contra el protestantismo, el jesuitismo, se caracterizó por la adopción de los métodos de la burguesía para defender una iglesia feudal. Por eso es por lo que, muy pronto, el jesuitismo fue la base de la moral capitalista, mucho antes de que la clase burguesa en su conjunto (que desempeñaba todavía un papel revolucionario) revelara los aspectos más innobles de su dominación de clase. Ver, entre otras cosas, Mehring, Historia de Alemania desde principios de la Edad Media, 1910. Parte 1. Cap. 6 : “Jesuitismo, Calvinismo, Luteranismo.”
[12]) Una apostilla de paso. La respuesta más apropiada a una pregunta que se hace desde los tiempos más remotos, la de saber si el ser humano es bueno o malo, podría ser probablemente dada parafraseando lo que Marx y Engels escribían en la Sagrada familia sobre la novela de Eugène Sue, los Misterios de París, en el capítulo dedicado a “Flor de María”: la humanidad no es ni buena ni mala, es humana.
[13]) Una conjura contra la Internacional. Informe sobre las actividades de Bakunin. 1874. Cap. VIII “La Alianza en Rusia (el Catecismo revolucionario. El llamamiento de Bakunin a los oficiales del ejército ruso)”
[14]) Dietzgen, la Esencia del trabajo intelectual humano, 1869.
[15]) Henriette Roland Holst, Comunismo y moral, 1925. Capítulo V. “El sentido de la vida y las tareas del proletariado”. A pesar de algunas debilidades, ese libro contiene una crítica excelente de la moral utilitarista.
[16]) ¿Qué quiere la Liga Espartaco? En este como en otros escritos de Rosa Luxemburgo, encontramos la comprensión profunda de la psicología de clase del proletariado.
[17]) Trotski, Historia de la Revolución rusa, 1930. Fin del capítulo: “Lenin llama a la insurrección”.
En el artículo anterior de esta serie (Revista internacional n°127 : “Los años 1930 el debate sobre el período de transición”), emprendíamos el estudio de las lecciones sacadas por la Izquierda comunista de Italia de la primera oleada revolucionaria internacional, y de la revolución rusa en particular, y los esfuerzos que llevó a cabo para comprender cómo esas lecciones habían de aplicarse en el porvenir a las transformación revolucionaria. Poníamos de relieve el método característico de la Fracción italiana para cumplir esa tarea:
Hemos mostrado cómo se concretó ese método en una serie de artículos escritos por Vercesi con el título: “Partido, Estado, Internacional”. En este número de la Revista, iniciamos la publicación de otra serie de artículos fundamentales sobre el mismo tema: los problemas del período de transición, escritos por Mitchell el cual, cuando empezó a escribir esta serie, era miembro del grupo belga, la Liga de Comunistas internacionalistas (LCI), contribuyendo después en la fundación de la fracción belga de la Izquierda comunista. Esta iba a separarse de la LCI sobre la cuestión de la Guerra de España para acabar formando, junto con la fracción italiana, la Izquierda comunista internacional. Por lo que sabemos, es la primera vez desde los años 30 que esta serie de artículos se publica y traduce a otras lenguas.
En la introducción de este artículo, Mitchell dice claramente que “está de acuerdo con todo el marco y el espíritu de Bilan”, que rechaza toda aproximación especulativa a los problemas del periodo de transición afirmando que “el marxismo es un método experimental y no un juego de adivinanzas y conjeturas”, pues basa sus conclusiones y previsiones en acontecimientos históricos reales y en la experiencia auténtica del movimiento proletario. Prosigue planteando los ejes principales de la serie que se propone escribir:
Los artículos siguieron, más o menos, esas grandes líneas, aunque, debido a la complejidad de los problemas económicos del período de transición, acabaron siendo cinco los artículos de la serie publicados en Bilan los años siguientes. El debate, en especial, con la corriente internacionalista holandesa se siguió con gran atención, sobre todo el método que adoptó esa corriente sobre la transformación económica, método explicado en la obra: Principios fundamentales de la producción y de la distribución comunista de Jan Appel y Henrik Canne-Meyer. Estos trabajos los resumió A. Hennaut, militante de la LCI, en Bilan.
En el primer artículo que publicamos aquí, Mitchell se interesa por las condiciones históricas de la revolución proletaria. Se centra en las cuestiones y debates cruciales siguientes:
Con esta base resueltamente internacionalista emprende Mitchell la polémica contra los errores teóricos más importantes de aquella época de los años 30. Para empezar y ante todo, rechaza la doctrina estalinista del “socialismo en un solo país” y su pretendida base teórica: “la ley del desarrollo desigual”. Esta ley pretendía explicar por qué las diferentes partes del sistema capitalista mundial evolucionan a ritmos diferentes alcanzando niveles diferentes de desarrollo tecnológico y social. Recordemos que Stalin había hecho un uso selectivo y abusivo de un pasaje de un artículo de Lenin de agosto de 1915, “Sobre la consigna de Estados Unidos de Europa” para justificar su argumentación:
“La desigualdad del desarrollo económico y político es una ley absoluta del capitalismo. De ello se deduce que la victoria del socialismo es posible al principio en un pequeño número de países capitalistas o incluso en un solo país capitalista aislado. El proletariado victorioso de ese país, tras haber expropiado a los capitalistas y haber organizado en ese país la producción socialista, se alzará contra el resto del mundo capitalista atrayendo hacia él a las clases oprimidas de los demás países, animándolas a levantarse contra los capitalistas, empleando incluso si falta hiciera, la fuerza militar contra las clases de los explotadores y sus Estados.»
Stalin recogió una frase de Lenin (“la victoria del socialismo es posible al principio en un pequeño número de países capitalistas o incluso en un solo país capitalista aislado”) para sacar una conclusión sin la menor base según la cual Lenin, con esa expresión, se referiría esencialmente a la realización de un modo de producción totalmente socialista dentro de unas fronteras nacionales y no, como así era, a la victoria política de la clase obrera como primer paso de la revolución mundial.
En su texto la Tercera Internacional después de Lenin (crítica del proyecto de programa que iba a ser adoptado en el Vº Congreso de la IC en 1928 y que, sobre todo, no era otra cosa sino el aviso del suicidio de la Internacional al hacerla adherirse a la ideología del socialismo en un solo país), Trotski muestra con energía por qué esa nueva teoría no tiene nada que ver, ni con la expresión “victoria del socialismo” utilizada por Lenin, ni con el concepto de éste sobre el desarrollo desigual. Trotski insiste en particular en que el desarrollo del capitalismo es siempre, a la vez “desigual” y “combinado”, de tal modo que todas las partes del sistema capitalista mundial, aunque estén claramente en etapas diferentes en su desarrollo material, funcionan como un conjunto mutuamente determinado. Y concluía que una evolución autárquica hacia el socialismo era totalmente imposible.
Mitchell reconoció que Trotski y sus seguidores fueron entre los primeros en oponerse a la teoría del socialismo en un solo país. Pero al mismo tiempo, les reprocha que acepten el “desarrollo desigual” como una “ley incondicional”, haciendo así concesiones a la posibilidad de avances nacionales hacia el socialismo. En la Tercera Internacional después de Lenin, Trotski va tan lejos que incluso acaba defendiendo la idea de que esta ley ha regido toda la historia de la humanidad. En realidad, es más exacto defender que el desarrollo desigual es una consecuencia particular de las relaciones sociales que rigen los diferentes modos de producción: en el capitalismo, es el resultado de las leyes de la acumulación, las cuales hacen que la producción de riquezas en un lado engendre la pobreza en el otro. Las disparidades entre diferentes regiones geográficas son patentes en la época del imperialismo. Podría así argumentarse que la aceptación de la “ley” del desarrollo desigual por los trotskistas los llevó a hacer concesiones a la noción de Estados obreros aislados, capaces de hacer avances significativos en la vía al socialismo dentro de un marco nacional. Una buena parte de los artículos de Mitchell, en esta serie, va dirigida contra la tendencia de los trotskistas a perder el menor sentido crítico ante el crecimiento frenético de la producción industrial en la URSS durante los años 1930.
Mitchell también critica las tesis mencheviques y kautskystas, recogidas por internacionalistas auténticos como Hennaut y los comunistas de consejos holandeses, los cuales veían el origen de los fracasos de la revolución rusa en el atraso de las condiciones materiales en la propia Rusia. En contra de esa idea de que existirían países particulares que están “maduros” para el socialismo y otros que no lo están, Mitchell insiste una y otra vez en que el problema sólo puede plantearse en un marco internacional:
“Hemos subrayado, al principio de este estudio, que el capitalismo, aunque haya desarrollado poderosamente las capacidades productivas de la sociedad, no ha reunido, por eso mismo, todas las fuerzas materiales que permiten la organización inmediata del socialismo. (…) Como lo dice Marx solo existen las condiciones materiales para resolver el problema “o al menos están a punto de hacerlo”. Esa concepción restrictiva se aplica con más razón todavía a cada uno de los componentes nacionales de la economía mundial. Todos ellos están históricamente maduros para el socialismo, pero ninguno de ellos lo está hasta el punto de reunir todas las condiciones materiales necesarias para la edificación del socialismo íntegro, sea cual sea el desarrollo que hayan alcanzado”
Al ir publicando la serie de artículos de Mitchell, tendremos ocasión de poner de relieve algunas debilidades e incoherencias de su contribución, algunas poco importantes, otras mucho más, pero los pasajes como el citado confirman que cuando se trata de cuestiones fundamentales, nosotros, CCI, como Mitchell, seguimos trabajando “en total acuerdo con el marco y el espíritu de Bilan”.
CDW
Bilan nº 28 (febrero-marzo de 1936)
Del título de este estudio podría deducirse que vamos a dedicarnos a hacer investigaciones sobre las brumas del futuro e incluso que vamos a bosquejar soluciones a las múltiples y complejas tareas que se le impondrán al proletariado cuando sea la clase dirigente. El marco y el espíritu de Bilan no autorizan semejantes propósitos. Dejamos a los demás, a los “técnicos” y a los fabricantes de recetas, o a los “ortodoxos” del marxismo el gusto de dedicarse a pergeñar anticipaciones, a pasearse por los senderos de los utopismos o lucir ante los proletarios fórmulas vacuas sin sustancia de clase...
Para nosotros no se trata en absoluto de construir esquemas, panaceas que servirían de una vez por todas y que mecánicamente se adaptarían a todas las situaciones históricas. El marxismo es un método experimental y no un juego de adivinanzas y de pronósticos. Hunde sus raíces en una realidad histórica moviente y contradictoria: se nutre de las experiencias pasadas, se equivoca y se corrige en el presente para enriquecerse en el ardor de las experiencias futuras.
Haciendo la síntesis de los acontecimientos históricos, el marxismo, liberándose del revoltijo idealista, despeja el significado del Estado, forja la teoría de la dictadura del proletariado y afirma la necesidad del Estado proletario transitorio. Aunque consiga definir su contenido de clase, sólo podrá limitarse a dar un bosquejo de sus formas sociales. Le es todavía imposible asentar los principios de gestión del Estado proletario en bases sólidas y tampoco logra trazar con precisión la línea de separación entre Partido y Estado. Y por eso, esa inmadurez en los principios iba a pesar inevitablemente en la existencia y evolución del Estado soviético.
Les incumbe a los marxistas, náufragos del desastre del movimiento obrero, forjar el arma teórica que hará que el Estado proletario futuro sea el instrumento de la Revolución mundial y no la presa del capitalismo mundial.
Esta contribución a esa investigación teórica tratará sucesivamente: a) de las condiciones históricas en las que surge la revolución proletaria; b) de la necesidad del Estado transitorio; c) de las categorías económicas y sociales que necesariamente sobreviven en la fase transitoria; d) y, en fin, de unos cuantos factores para una gestión proletaria del Estado transitorio.
Se ha vuelto un axioma decir que la sociedad capitalista, desbordada por las fuerzas productivas que ya no consigue utilizar íntegramente, sumergida bajo una montaña de mercancías a las que ya no logra dar salida, se ha convertido en un anacronismo histórico. De ahí a concluir que su desaparición debe inaugurar el reino de la abundancia, parece haber solo un paso.
En realidad, la acumulación capitalista ha llegado al máximo de su progresión y el modo capitalista de producción ya no es más que un freno a la evolución histórica.
Eso no significa ni mucho menos, que el capitalismo sea como una fruta madura que el proletariado podría recoger sin mayor esfuerzo, para que reine la felicidad. Lo que eso significa es que ya existen las condiciones materiales para poner las bases (y únicamente las bases) del socialismo que llevan a la sociedad comunista.
Marx dice que “en el momento en que aparece la civilización, la producción comienza a basarse en el antagonismo de órdenes, de estados y, en fin, en el antagonismo entre el trabajo acumulado y el trabajo inmediato. Sin antagonismo no hay progreso. Esa es la ley que la civilización ha seguido hasta nuestros días. Hasta hoy, las fuerzas productivas se han desarrollado gracias a ese ‘régimen de de antagonismo de clases’” (Miseria de la Filosofía), Engels, en el Anti-Dühring, constata que le existencia de una sociedad dividida en clases es “la consecuencia necesaria del débil desarrollo de la producción en el pasado”, deduciendo de ello que:
“aunque la división en clases posee cierta legitimidad histórica, solo la tiene por un tiempo determinado, en unas condiciones sociales determinadas. Se basaba en la insuficiencia de la producción y será barrida por el pleno desarrollo de las fuerzas productivas modernas”.
Es evidente que el desarrollo último del capitalismo no será un “pleno desarrollo de las fuerzas productivas” en el sentido de que serían capaces de hacer frente a todas las necesidades humanas, sino a una situación en la que la supervivencia de los antagonismos de clase no solo obstaculiza todo el desarrollo de la sociedad, sino que la lleva a la regresión.
Ese es el pensamiento de Engels cuando dice que la abolición de las clases “supone una evolución de la producción que ha alcanzado un nivel en el que la apropiación por una determinada clase de la sociedad de los medios de producción y de los productos (y por lo tanto de la soberanía política, del monopolio de la educación y de la dirección intelectual), se habrá vuelto algo no solo inútil, sino una traba para la evolución económica, política e intelectual”. Y cuando añade que la sociedad capitalista ha llegado a ese punto y que “existe la posibilidad de asegurar a todos los miembros de la sociedad, mediante la producción social, una existencia no sólo suficiente y cada días más plena en lo material, sino que les garantice además el desarrollo totalmente libre de sus facultades físicas e intelectuales”, no cabe duda de que lo que Engels plantea es únicamente la posibilidad de ir hacia una plena satisfacción de las necesidades y no los medios materiales para lograrlo inmediatamente. Engels precisa además que:
“la liberación de los medios de producción es la única condición previa para un desarrollo ininterrumpido y acelerado de las fuerzas productivas y, por lo tanto, de un crecimiento prácticamente ilimitado de la producción misma”.
Por consiguiente, el período de transición (que deberá tener una configuración mundial y no particular de un Estado), es una fase política y económica que, inevitablemente, tendrá todavía una deficiencia productiva en relación con las necesidades individuales, incluso teniendo en cuenta el fantástico nivel ya alcanzado en la productividad del trabajo. La supresión de la relaciones capitalistas de producción y de su expresión antagónica da la posibilidad inmediata de abastecer las necesidades esenciales de las personas (haciendo abstracción de las necesidades de la lucha de clases que podrían hacer caer temporalmente la producción).
Para ir más lejos se necesitará un desarrollo incesante de las fuerzas productivas. En cuanto a la plasmación concreta de la fórmula “a cada cual según sus necesidades”, se realizará al cabo de un largo proceso, que avanzará no en línea recta sino con meandros, vaivenes producidos por contradicciones y conflictos, superponiéndose al proceso de la lucha mundial de clases.
La misión histórica del proletariado consiste, como decía Engels, en hacer que la humanidad dé el salto “del reino de la necesidad al reino de la libertad”; pero el proletariado no podrá realizarla sin un análisis de las condiciones históricas en que se sitúa ese acto de liberación que le hagan descubrir su naturaleza y sus límites, para que ese conocimiento impregne así toda su actividad política y económica. Así, el proletariado no puede oponer abstractamente capitalismo y socialismo, como si se tratara de dos épocas sin dependencia mutua, como si el socialismo no fuera la prolongación histórica del capitalismo, inevitablemente cargado de las escorias de éste, como si lo que la Revolución proletaria portara en sus costados fuera algo limpio y diáfano.
No puede decirse que fue por indiferencia o negligencia si nuestros maestros no trataron en detalle los problemas del periodo de transición. Marx y Engels estaban en las antípodas de los utopistas, eran la negación misma de éstos. No andaban construyendo en lo abstracto, imaginando lo que sólo podía resolverse mediante la ciencia.
Todavía en 1918, Rosa Luxemburgo, la cual sin embargo tanto aportó a la teoría marxista, tuvo que limitarse a la constatación (la Revolución rusa) de que:
“la realización práctica del socialismo como sistema económico, social y jurídico no es, ni mucho menos, una suma de prescripciones bien preparadas que no habría más que aplicar. La realización práctica del socialismo se esboza en las brumas del futuro. ... El socialismo requiere como condición previa una serie de medidas violentas contra la propiedad, etc. Lo negativo, la destrucción, puede decretarse; lo positivo, la construcción, no”.
Marx ya había indicado en su prólogo a el Capital que:
“Aunque una sociedad haya encontrado el rastro de la ley natural con arreglo a la cual se mueve –y la finalidad última de esta obra es, en efecto, descubrir la ley económica que preside el movimiento de la sociedad moderna–, jamás podrá saltar ni descartar por decreto las fases naturales de su desarrollo. Podrá únicamente acortar y mitigar los dolores del parto” (“Prólogo a la 1ª edición” de el Capital).
Una política de gestión proletaria deberá pues dedicarse esencialmente a dirigir y mantener las tendencias con las que debe impulsar la evolución económica, a la vez que las experiencias históricas (y la Revolución rusa, por muy limitada que sea, es la más importante de ellas) serán la reserva en la que el proletariado encontrará las formas sociales que se adapten a esa política. Esta sólo tendrá un contenido socialista si la dirección económica tiene una orientación diametralmente opuesta a la del capitalismo, o sea si se dirige hacia un alza progresiva y constante de las condiciones de vida de las masas y no hacia su degradación.
Si se quiere apreciar la Revolución, no como un hecho aislado, sino como fruto del contexto histórico, hay que referirse a la ley fundamental de la Historia que no es otra que la ley general de la evolución dialéctica cuyo motor central es la lucha de clases, al ser ésta la sustancia viva de los acontecimientos históricos.
El marxismo nos enseña que la causa de las revoluciones no debe buscarse en la filosofía sino en la economía de una sociedad determinada. Son los cambios graduales en el modo de producción y de intercambio, con el acicate de la lucha de clases, los que acaban desembocando inevitablemente en la “catástrofe” revolucionaria que rasga el envoltorio de las relaciones sociales y de producción existentes.
En ese sentido, el siglo xx ha sido, para la sociedad capitalista lo que fueron para la feudal los siglos xviii y xix, o sea una era de convulsiones revolucionarias que agitaron a la sociedad entera.
En la era de la decadencia burguesa, las revoluciones proletarias son, pues, el producto de una madurez histórica de toda la sociedad, los eslabones de una cadena de acontecimientos, que pueden, como la historia nos lo ha mostrado desde 1914, perfectamente alternar con derrotas del proletariado y con guerras.
La victoria de un proletariado determinado, aún siendo el resultado inmediato de circunstancias particulares, no es, en definitiva, sino la de una parte de un todo: la revolución mundial. Veremos que, por esa razón fundamental, no se trata de asignar a la revolución un curso autónomo que se justificaría por la originalidad de su medio geográfico y social.
Nos enfrentamos aquí a un problema. Fue el problema central de las controversias teóricas des las que el centrismo ruso ([1]) (y la Internacional comunista con él) sacó su tesis del “socialismo en un solo país”. El problema consiste en saber qué quiere decir el “desarrollo desigual” que puede comprobarse a lo largo de la evolución histórica.
Marx observa que en la vida económica se produce un fenómeno análogo al que ocurre en algunas ramas de la biología. En cuanto la vida supera un período determinado de desarrollo y pasa de una fase a otra, empieza a obedecer a otras leyes por mucho que siga dependiendo de las leyes fundamentales que rigen todas las manifestaciones vitales.
Lo mismo acontece con cada período histórico, que posee sus propias leyes, aunque toda la historia esté regida por la ley de la evolución dialéctica. Por ejemplo, Marx niega que la ley de la población sea la misma en todo tiempo y todo lugar. Cada grado de desarrollo tiene su ley particular de la población y Marx lo demuestra rebatiendo la teoría de Malthus.
En el Capital, en donde Marx desmonta la mecánica del sistema capitalista, no se detiene en los múltiples aspectos desiguales de la expansión del capital, pues para él,
“Lo que de por sí nos interesa, aquí, no es precisamente el grado más o menos alto de desarrollo de las contradicciones sociales que brotan de las leyes naturales de la producción capitalista. Nos interesan más bien estas leyes de por sí, estas tendencias que actúan y se imponen con férrea necesidad. Los países industrialmente más desarrollados no hacen más que poner delante de los países menos progresivos el espejo de su propio porvenir” (“Prólogo…”).
En esta reflexión de Marx aparece claramente que lo que debe considerarse como fundamental no es lo desigual en la evolución de los diferentes países que forman la sociedad capitalista –aspecto que solo sería la expresión de una pseudo ley de la necesidad histórica del desarrollo desigual– sino las leyes propias de la producción capitalista que rigen el conjunto de la sociedad, subordinadas ellas también a la ley general de la evolución materialista y dialéctica.
El medio geográfico explica por qué la evolución histórica y las leyes específicas de una sociedad se manifiestan en formas de desarrollo variadas y desiguales, pero no da ninguna explicación del proceso histórico mismo. Dicho de otro modo, el medio geográfico no es el factor activo de la historia.
Marx dice que aunque un clima moderado favorece la producción capitalista, eso es solo una posibilidad, pero que solo puede ser válida en unas condiciones históricas independientes de las condiciones geográficas. Dice en particular:
“Mas, de aquí no se sigue, ni mucho menos, por deducción a la inversa, que el suelo más fructífero sea el más adecuado para que en él se desarrolle el régimen capitalista de producción. Este régimen presupone el dominio del hombre sobre la naturaleza (…). La cuna del capitalismo no es el clima tropical, con su vegetación exuberante, sino la zona templada. La base natural de la división humana del trabajo, que mediante los cambios de las condiciones naturales en que vive, sirve al hombre de acicate de sus propias necesidades, capacidades, medios y modos de trabajo, no es la fertilidad absoluta del suelo, sino su diferenciación, la variedad de sus productos naturales” (el Capital, Libro I, “Plusvalía absoluta y relativa”).
El medio geográfico no puede ser el elemento primordial en función del cual los países se habrían desarrollado siguiendo las leyes propias de su entorno originario, y no siguiendo las leyes generales surgidas de unas condiciones dadas y que cubren todo un período. Pues, si no, habría que concluir que la evolución de cada país ha seguido un curso autónomo, independiente del entorno histórico.
Pero para que se realice la historia ha sido necesaria la intervención del hombre, una intervención siempre dependiente de unas relaciones sociales antagónicas (excepto en lo que se refiere al comunismo primitivo), variables según la época histórica y con luchas de clases con rasgos propios: lucha entre esclavo y amo, entre siervo y señor, entre burgués y señor feudal, entre proletario y burgués.
Eso no significa que, en lo que se refiere a los períodos precapitalistas, los diferentes tipos de sociedad que se van sucediendo: asiático, esclavista, feudal, se fueran sucediendo rigurosamente y sus leyes específicas sirvieran universalmente. Esto era imposible, pues esas formaciones sociales estaban todas ellas basadas en modos de producción poco progresivos por naturaleza.
Ninguna de esas sociedades pudo ir más allá de unos límites en un ámbito determinado, una cuenca como la mediterránea en la antigüedad esclavista, mientras que en el otro extremo del mundo vivían sociedades regidas por relaciones sociales y de producción, más o menos evolucionadas, bajo la acción de factores múltiples, entre los cuales el geográfico no era el esencial.
Pero con el advenimiento del capitalismo, el curso de la evolución pudo ampliarse. Aunque fue el resultado de una sucesión histórica con unas diferencias considerables de desarrollo, en poco tiempo, el capitalismo acabó controlando y dominando esas diferencias.
Dominado por la ley de la acumulación de plusvalía, el capitalismo apareció en el escenario histórico como el modo de producción más poderoso y progresivo, y el sistema económico más expansivo. Aunque se caracterizara por la tendencia a universalizar su modo de producción, aunque favoreciera la nivelación, no destruyó, ni mucho menos, todas las formas sociales anteriores. Las incorporó, sacando de ellas las fuerzas para ir irresistiblemente hacia adelante.
Ya hemos dado nuestro parecer (ver “Crisis y ciclos”) sobre la perspectiva que pretendidamente habría esbozado Marx de un advenimiento de una sociedad capitalista pura y equilibrada; no vamos pues volver sobre el tema, pues los hechos han desmentido con creces no esa pretendida predicción de Marx, sino las hipótesis de quienes la utilizaban para reforzar la ideología burguesa. Sabemos que el capitalismo entró en su fase de descomposición antes de haber podido terminar su misión histórica, porque sus contradicciones se desarrollaron mucho más rápidamente que su expansión. El capitalismo no por eso ha dejado de ser el primer sistema de producción que ha engendrado una economía mundial que se caracteriza no por una homogeneidad y un equilibrio inconciliable con su naturaleza, sino por una estrecha interdependencia de sus partes, soportando todas ellas, en última instancia, la ley del capital y el yugo de la burguesía imperialista.
El desarrollo de la sociedad capitalista bajo el acicate de la competencia, ha producido esta compleja y notable organización mundial de la división del trabajo que puede y debe ser perfeccionada, saneada (ésa será una tarea del proletariado), pero que no deberá ser destruida. No es, ni mucho menos, abolida por el nacionalismo económico, un fenómeno que aparece, en la crisis general del capitalismo, como la expresión reaccionaria de la contradicción entre el carácter universal de la economía capitalista y su división en Estados nacionales antagónicos. Al contrario, esa competencia se afirma con más vigor todavía en medio del ambiente sofocante creado por la existencia de lo que podríamos llamar economías con mentalidad de asediadas. ¿No estamos hoy acaso asistiendo, con el pretexto de un proteccionismo casi hermético, a un enorme florecimiento de industrias construidas a costa de unos ingentes gastos no previstos, que se integran en las diferentes economías de guerra y que pesan enormemente en la existencia de las masas? Son organismos parásitos, inviables económicamente y que una sociedad socialista expulsará de su seno.
Sin esa base mundial de la división del trabajo, una sociedad socialista es evidentemente impensable.
La interdependencia y la mutua subordinación de las diferentes esferas productivas (hoy limitadas en el marco de las naciones burguesas) son una necesidad histórica y el capitalismo les ha dado su pleno significado, tanto desde el punto de vista político como del económico. El que la estructura social capitalista, que ha alcanzado su escala mundial, sea desarticulada por mil fuerzas contradictorias no le impide seguir existiendo. Se integra en un reparto de las fuerzas productivas y riquezas naturales (explotadas) que es precisamente el trabajo de toda la evolución histórica. No depende en absoluto de la voluntad del capitalismo imperialista el rechazar la estrecha solidaridad de todas las regiones del globo, encerrándose en cada marco nacional. Si hoy intenta esa desquiciada empresa es porque está acorralado por las contradicciones de su sistema, y lo hace a costa de una destrucción de riquezas en las que se ha materializado la plusvalía arrancada a múltiples generaciones de proletarios, arrastrando a una destrucción gigantesca de fuerza de trabajo en la abismo de la guerra imperialista.
Tampoco el proletariado internacional debe desconocer la ley de la evolución histórica. Un proletariado que haya hecho la revolución deberá hacer pagar al “socialismo en un solo país” el abandono de la lucha mundial de clases y, por consiguiente, de su propia derrota.
Que la evolución desigual pueda ser considerada como la ley histórica cuya consecuencia sería la necesidad de desarrollos nacionales autónomos no es, según lo que hemos dicho, sino la negación misma del concepto de sociedad mundial.
Como ya hemos dicho, la desigualdad en la evolución económica y política no es ni mucho menos una “ley absoluta del capitalismo” (como así dice el programa del VIº Congreso de la Internacional comunista); no es sino una serie de diferencias que se manifiestan bajo unas leyes específicas del sistema burgués de producción.
En su fase de expansión, el capitalismo, en un proceso contradictorio y sinuoso, tendió hacia la nivelación de las desigualdades de crecimiento, mientras que en su fase de retroceso, lo que hace es incrementar las diferencias que han permanecido por las necesidades de su evolución: el capital de las metrópolis agotaba la subsistencia de los países atrasados, destruyendo las bases de su desarrollo.
Ante esta constatación de una evolución retrógrada y parásita, la Internacional Comunista dedujo que “las desigualdades aumentan, acentuándose más todavía en esta época del imperialismo” y de ahí sacó su tesis del “socialismo nacional” que creía haber reforzado practicando la confusión entre “socialismo” nacional y “revolución” nacional. Todo esto lo justificó basándose en la imposibilidad histórica de una revolución proletaria mundial como acto simultáneo por todas partes.
Para dar fuerza a sus argumentos, la IC sacó a relucir algunos escritos de Lenin, en especial su artículo de 1915 con la consigna de “Estados Unidos mundiales” (A contracorriente) en donde Lenin consideraba que “la desigualdad en el progreso económico y político es ley ineluctable del capitalismo; de ahí se deduce que una victoria del socialismo es posible, en unos cuantos Estados capitalistas para empezar e incluso en uno solo”.
Trotski dejó mal paradas esas falsificaciones en la Internacional comunista después de Lenin y no vamos pues aquí a detenernos a refutarlas nuevamente.
Pero eso no quita que Trotski, valiéndose de Marx y de Lenin, pensara poder utilizar la “ley” del desarrollo desigual –erigida pues igualmente como ley absoluta del capitalismo– para explicar, por una lado, que era inevitable la revolución en su forma nacional y, en cambio, por otro lado, que la revolución iba a estallar, en primer lugar, en los países atrasados:
“de la evolución desigual y a saltos del Capitalismo se deriva el carácter desigual y a saltos de la revolución socialista, a la vez que la interdependencia mutua de cada país que ha alcanzado niveles muy elevados se deriva la imposibilidad no sólo política sino también económica de construir el socialismo en un solo país” (la IC después de Lenin);
y también que
“por lo tanto, la posibilidad que Rusia, históricamente atrasada, pudiera conocer una revolución proletaria antes que la avanzada Inglaterra, se basaba perfectamente en la ley del desarrollo desigual”. (la Revolución permanente).
Para empezar, Marx, al reconocer la necesidad de las revoluciones nacionales, nunca la justificó con la desigualdad de la evolución. Para él no cabe duda de que esa necesidad se debe a la división de la sociedad en naciones capitalistas, lo cual no es sino el corolario de su división en clases.
El Manifiesto comunista dice que:
“Los trabajadores no tienen patria. Mal se les puede quitar lo que no tienen. No obstante, siendo la mira inmediata del proletariado la conquista del Poder político, su exaltación a clase nacional, a nación, es evidente que también en él reside un sentido nacional, aunque ese sentido no coincida ni mucho menos con el de la burguesía”.
Y más tarde, Marx, en su Crítica al programa de Gotha, precisará
“Naturalmente, la clase obrera, para poder luchar, tiene que organizarse como clase en su propio país, ya que éste es la palestra inmediata de su lucha. En este sentido, su lucha de clases es nacional, no por su contenido, sino, como dice el Manifiesto comunista, «por su forma»”.
Esa lucha nacional, cuando estalla en revolución proletaria significa que han madurado históricamente los antagonismos económicos y sociales de la sociedad capitalista en su conjunto, significando que la dictadura del proletariado es un punto de partida y no de llegada. Y esa revolución proletaria en un marco nacional, que es un aspecto de la lucha mundial de clases, debe mantenerse integrada en esta lucha si no quiere perecer. En el sentido de esa continuidad del proceso revolucionario se puede hablar de revolución “permanente”.
Trotski rechaza totalmente la teoría del “socialismo en uno solo país” considerándola reaccionaria. Sin embargo, basándose en la “ley” del desarrollo desigual acaba deformando lo que significan las revoluciones proletarias. Esa “ley” la incorporará incluso a su teoría de la Revolución permanente que, según él, comprende dos tesis fundamentales: una basada en una idea “justa” de la evolución desigual y la otra en una comprensión exacta de la economía mundial.
Limitándose a esta época del imperialismo: si las diferentes expresiones de desigualdad no se debieran a las leyes propias del capitalismo modificadas en su actividad por la crisis general de descomposición, y se debieran a una ley histórica de la desigualdad necesaria, no se comprendería por qué la única consecuencia de esa ley sería la aparición de revoluciones nacionales en los países atrasados que no se extienden para favorecer el desarrollo de economías autónomas, y hasta el “socialismo nacional”.
Al dar preponderancia al medio geográfico (pues eso es lo que en realidad significa la transformación en ley de la evolución desigual) y no al factor histórico, el único válido, o sea la lucha de clases, se deja la puerta abierta a todas las justificaciones del “socialismo” económico y político basado en no se sabe qué posibilidad material de desarrollo independiente, una puerta que ha acabado franqueando el centrismo en lo que a Rusia se refiere.
Trotski podrá acusar en vano a Stalin de “transformar en fetiche la ley de desarrollo desigual, declarándola suficiente para servir de cimientos al socialismo nacional”, pero, en realidad, con las mismas premisas teóricas, acabaría lógicamente desembocando en las mismas conclusiones si no se detuviera arbitrariamente en el camino.
Para definir la Revolución rusa, Trotski dirá que “fue la más grandiosa de todas las manifestaciones de la desigualdad de la evolución histórica; la teoría de la revolución permanente que pronosticó el cataclismo de Octubre estaba, por eso mismo, basada en esa ley”.
El retraso en el desarrollo de Rusia, podrá invocarse, en cierto modo, para explicar el salto de la revolución por encima de la fase burguesa, aunque la realidad esencial fuera que la revolución surgió en un periodo en el que precisamente aparece la incapacidad de la burguesía nacional para llevar a cabo sus objetivos históricos. Y ese retraso cobra todo su significado en el plano político porque a la incapacidad histórica de la burguesía rusa se le añade su debilidad orgánica, mantenida ésta todavía más por la situación imperialista. En la sacudida de la guerra imperialista, Rusia iba a aparecer necesariamente como el punto de ruptura del frente capitalista. La revolución mundial se inició precisamente allí donde había un campo favorable para el proletariado y para la construcción de su partido de clase.
Quisiéramos, para acabar esta primera parte, examinar la tesis de los “países maduros” y los “no maduros” para el socialismo, tesis apreciada por los “evolucionistas” y que ha dejado algunas huellas en el pensamiento de los comunistas opositores, cuando éstos procuran definir el carácter de la revolución rusa o buscan los orígenes de la degeneración de ésta.
En su “Prefacio” a la Crítica a la economía política, Marx propuso lo principal de su reflexión sobre el significado de una evolución social que ha llegado a su madurez, afirmando que:
“una sociedad no desaparece nunca antes de haber desarrollado todas las fuerza productivas que es capaz de contener; y nunca la sustituyen unas relaciones de producción nuevas y superiores antes de que las condiciones materiales de existencia para esas relaciones se hayan incubado en el seno mismo de la vieja sociedad. Por eso la humanidad solo se plantea los problemas que puede resolver, pues, observando más atentamente, siempre aparecerá que el problema mismo solo se presenta cuando las condiciones materiales para resolverlo existen ya o, al menos, les falta poco para ello”.
O sea que las condiciones de madurez solo pueden aplicarse al conjunto de la sociedad regida por un sistema de producción predominante. Además, la noción de madurez tiene un valor relativo y no absoluto. Una sociedad está “madura” porque su estructura social y su marco jurídico se han vuelto demasiado estrechos en relación con las fuerzas materiales que ha desarrollado.
Hemos subrayado, al principio de este estudio, que el capitalismo, aunque haya desarrollado poderosamente las capacidades productivas de la sociedad, no ha reunido, por eso mismo, todas las fuerzas materiales que permiten la organización inmediata del socialismo. Como lo dice Marx, solo existen las condiciones materiales para resolver el problema o al menos están próximas a su surgimiento.
Esa concepción restrictiva se aplica con más razón todavía a cada uno de los componentes nacionales de la economía mundial. Todos ellos están históricamente maduros para el socialismo, pero ninguno de ellos lo está hasta el punto de reunir todas las condiciones materiales necesarias para la edificación del socialismo íntegro, sea cual sea el desarrollo que hayan alcanzado.
Ninguna nación posee por sí sola todos los elementos de una sociedad socialista. El nacionalsocialismo se opone irreductiblemente al internacionalismo, a la división universal del trabajo y al antagonismo mundial entre la burguesía y el proletariado.
Es una pura abstracción concebir una sociedad socialista como una yuxtaposición de economías socialistas completas. La distribución mundial de las fuerzas productivas (que no es algo artificial) excluye la posibilidad de realizar íntegramente el socialismo tanto a las naciones “superiores” como a las regiones “inferiores”. El peso específico de cada una de ellas en la economía mundial mide su grado de dependencia recíproca y no la amplitud de su independencia. Gran Bretaña, uno de los territorios más avanzados del capitalismo, en donde éste aparece en su estado más puro, no es viable considerado aisladamente. Los hechos muestran hoy que las fuerzas productivas nacionales, con que estén privadas de solo una parte del mercado mundial, declinan. Así ocurre con la industria algodonera y la carbonífera en Inglaterra. En Estados Unidos, la industria automovilística, limitada al mercado interior, tan amplio sin embargo, acabaría retrocediendo. Una Alemania proletaria aislada, asistiría impotente a la contracción de su aparato industrial, incluso teniendo en cuenta una amplia expansión del consumo.
Es pues algo abstracto el plantearse la cuestión de países “maduros” o “no maduros” para el socialismo. El criterio de madurez debe ser rechazado tanto para los países con desarrollo superior como para los países atrasados.
Es con la visión de una maduración histórica de los antagonismos sociales resultantes del conflicto agudo entre fuerzas materiales y relaciones de producción, con la que debe abordarse el problema. Limitar los factores de tal problema a los factores materiales, es ponerse en la postura de ciertos teóricos de la IIª Internacional, como Kautsky y otros socialistas alemanes, que consideraban que Rusia, como economía atrasada que era en la que el sector agrícola (muy débil técnicamente) ocupaba un lugar preponderante, no estaba madura para una revolución proletaria, sino solo para una revolución burguesa, idea que convergía con la de los mencheviques rusos. Otto Bauer dedujo de “la inmadurez” económica de Rusia, que el Estado proletario iba a degenerar obligatoriamente.
Rosa Luxemburgo (la Revolución rusa) hacía el comentario de que, según el principio de los socialdemócratas, la Revolución rusa debería haberse parado con la caída del zarismo:
“Si ha ido más allá, si se ha dado la misión de realizar la dictadura del proletariado, se debería, según esa doctrina, a un simple error del ala radical del movimiento obrero ruso, los bolcheviques, y todos los problemas que la revolución ha sufrido en el curso siguiente, todas las dificultades de que ha sido víctima, serían el resultado de ese error fatal”.
Saber si Rusia estaba madura o no para la revolución proletaria no iba a resolverse en función de las relaciones de clase trastornadas por la situación internacional. La condición esencial era la existencia de un proletariado concentrado, aunque en ínfima proporción respecto a la inmensa masa de campesinos, y cuya conciencia se expresaba en un partido de clase fuerte por su ideología y su experiencia revolucionaria. Con Rosa Luxemburgo, nosotros afirmamos que “el proletariado ruso no podía ser considerado sino como vanguardia del proletariado mundial, vanguardia cuyos movimientos expresaban el grado de madurez de los antagonismos sociales a escala internacional. Es el desarrollo de Alemania, de Inglaterra y de Francia lo que se expresa en San Petersburgo. Es ese desarrollo lo que debía decidir el destino de la revolución rusa. Esta solo podría alcanzar su objetivo si era el prólogo de la revolución del proletariado europeo”.
Algunos camaradas de la Oposición comunista han basado su apreciación de la revolución rusa en el criterio de la “inmadurez” económica.
El camarada Hennaut, en su estudio sobre las Clases en la Rusia de los Sóviets defiende esa posición.
Retomando las reflexiones de Engels, comentadas ya por nosotros al principio de este artículo, Hennaut las interpreta como si tuvieran un sentido particular que pudiera aplicarse a un país determinado y no referidas a toda la Sociedad que ha llegado a un término histórico de su evolución.
Engels estaría así en contradicción evidente con lo que Marx había dicho en el prefacio de su Crítica. Y eso no es así, como puede deducirse de nuestros comentarios.
Según Hennaut, para justificar una revolución proletaria, lo que debe prevalecer es el factor económico y no el político. Dice lo siguiente:
“aplicadas a la época contemporánea de la historia humana, esas constataciones (de Engels, ndlr) no pueden significar otra cosa sino que la toma del poder por el proletariado, el mantenimiento y el uso de ese poder con fines socialistas, no puede concebirse sino allí donde el capitalismo ya ha despejado previamente el camino del socialismo, o sea, allí donde ha hecho surgir un proletariado industrial numeroso que abarca a la mayoría, o al menos a una fuerte minoría de la población, allí donde ha creado una industria desarrollada, capaz de dar impulso al desarrollo posterior de la economía entera”.
Más lejos subraya que:
“fueron, en última instancia, las capacidades económicas y culturales del país las que determinarían el posterior destino de la revolución rusa cuando se comprobó que los proletariados de fuera de Rusia no estaban listos para hacer su revolución. El atraso de la sociedad rusa iba entonces a hacer aparecer todos sus aspectos “negativos”.
Pero quizás el camarada Hennaut no se haya dado cuenta de que cuando uno se basa en las condiciones materiales para dar o no dar “legitimidad” a una revolución proletaria, eso acaba llevando, se quiera o no, a meter el dedo en los engranajes del “socialismo nacional”.
Repetimos que la condición básica para que viva la revolución proletaria es la continuidad su vínculo en función del cual debe definirse la política interior y exterior del Estado proletario. La revolución, aunque tenga que comenzar en un terreno nacional, no podrá nunca mantenerse indefinidamente por muy grandes que sean las riquezas y el tamaño de ese ámbito nacional; por eso es por lo que debe ampliarse a otras revoluciones nacionales hasta desembocar en la revolución mundial, so pena de asfixia o de degeneración, por eso es por lo que nosotros consideramos un error basarlo todo en premisas materiales.
En última instancia, el “salto” de la Revolución rusa por encima de las etapas intermedias debe explicarse basándose en esas mismas consideraciones. La Revolución de Octubre demostró que en esta época del imperialismo decadente, el proletariado no puede pararse en la fase burguesa de la evolución, sino superarla sustituyendo a una burguesía incapaz de realizar su programa histórico. Par alcanzar ese objetivo, los bolcheviques no tenían que evaluar ni mucho menos el capital material, las fuerzas productivas disponibles, sino evaluar la relación de fuerzas entre las clases.
Una vez más, el “salto” no estaba condicionado por factores económicos, sino políticos y no podía cobrar todo su significado, desde el punto de vista del desarrollo material, sino gracias a la transformación de la revolución en revolución proletaria mundial. La “inmadurez” de los países atrasados, que exigía ese “salto” como también lo exigía la “madurez” de los países “avanzados” se habría encontrado así incorporada al mismo proceso de la evolución mundial de la lucha de clases.
Lenin hizo la justa crítica de los reproches dirigidos a los bolcheviques por haber tomado el poder:
“sería un error inexcusable decir que, puesto que ha habido desequilibrio reconocido entre nuestras fuerzas económicas y nuestra fuerza política, no había que tomar el poder. Hay que ser obtuso para razonar de esa manera, pues hay que saber que tal equilibrio no existirá nunca, ni en la evolución social como tampoco en la evolución natural y solo tras una serie de experiencias (las cuales, una por una y separadamente, serían incompletas y sufrirían cierto desequilibrio) el socialismo triunfante podrá realizarse mediante la colaboración revolucionaria de los proletarios de todos los países”.
Un proletariado, por muy “pobre” que sea, no tiene que ponerse a “esperar” la acción de proletariados más “ricos” para hacer su propia revolución. Cierto que las dificultades serán mayores que las que podría encontrar un proletariado más “favorecido”, ¡pero la historia no da a escoger!
La naturaleza de la época histórica hace que se haya acabado el tiempo de las revoluciones burguesas dirigidas por la burguesía. La supervivencia del capitalismo se ha convertido en un freno para el progreso y, por consiguiente, en un obstáculo para que pudiera aparecer en algún sitio una revolución burguesa, pues estaría privada de la apertura de un mercado mundial saturado de mercancías. Además, la burguesía ya no podrá contar con el apoyo de las masas obreras como así ocurrió en 1789, pero ya no volvió a ocurrir en 1848, en 1871 y en 1905, en Rusia.
La Revolución de Octubre fue la ilustración patente de una de esas aparentes paradojas de la historia, dando el ejemplo de un proletariado que finaliza una efímera revolución burguesa, pero obligado a poner por delante sus propios objetivos para no volver a caer bajo la dictadura del imperialismo.
La burguesía rusa estuvo desde sus orígenes debilitada por la hegemonía del capital occidental sobre la economía del país. Ese capital, en compensación por el apoyo al zarismo, se adjudicó una parte importante de la renta nacional, entorpeciendo así el desarrollo de las posiciones económicas de la burguesía.
1905 fue como una especie de intento de revolución burguesa en la que la burguesía estaba ausente. Un proletariado fuertemente concentrado había podido ya formarse como fuerza revolucionaria independiente, obligando a la burguesía, incapaz políticamente, a seguir en el camino del imperialismo autocrático y feudal, pero lo que empezó como revolución burguesa de 1905 no pudo acabar en victoria proletaria porque, aunque surgida a causa de los trastornos provocados por la guerra ruso-japonesa, no correspondía a la maduración de los antagonismos sociales a escala internacional y además porque el zarismo pudo obtener los apoyos financieros y materiales de toda la burguesía europea.
Como lo hizo notar Rosa Luxemburgo:
“La revolución de 1905-1907 solo encontró un eco muy débil en Europa, por eso solo quedó como un prólogo. Su continuación y su fin estaban vinculados a la evolución europea.”
La revolución de 1917 iba a estallar en unas condiciones históricas más evolucionadas.
En la Revolución proletaria y el renegado Kautsky, Lenin definió sus fases sucesivas. Lo mejor que podemos hacer es citarlas:
“Al principio, del brazo de «todos» los campesinos contra la monarquía, contra los terratenientes, contra el medievalismo (y en este sentido, la revolución sigue siendo burguesa, democrático-burguesa). Después, del brazo de los campesinos pobres, del brazo del semiproletariado, del brazo de todos los explotados contra el capitalismo, incluyendo los ricachos del campo, los kulaks, los especuladores, y en este sentido, la revolución se convierte en socialista. Querer levantar una muralla china artificial entre ambas revoluciones, separar la una de la otra por algo que no sea el grado de preparación del proletariado y el grado de su unión con los campesinos pobres, es la mayor tergiversación del marxismo, es adocenarlo, reemplazarlo por el liberalismo. Sería hacer pasar de contrabando, mediante citas seudocientíficas sobre el carácter progresivo de la burguesía en comparación con el medievalismo, una defensa reaccionaria de la burguesía frente al proletariado socialista”
La dictadura del proletariado fue el instrumento que permitió, por un lado, llevar hasta su término la revolución burguesa y, por otro, superarla. Eso es lo que explica la consigna de los bolcheviques: “la tierra para los campesinos” contra la cual estuvo Rosa Luxemburgo, erróneamente a nuestro parecer.
Con Lenin, nosotros decimos que:
“los bolcheviques distinguieron rigurosamente la revolución democrática burguesa y la revolución proletaria; y al llevar aquélla hasta el final abrieron las puertas a ésta. Esa es la única política revolucionaria, la única política marxista.”
(continuará)
Mitchell
[1]) « Centrismo », así designaba Bilan al estalinismo.
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[5] http://www.marxists.org/espanol/m-e/1870s/1873-bakun.htm
[6] https://es.internationalism.org/en/tag/21/494/el-sindicalismo-revolucionario-en-espana
[7] https://es.internationalism.org/en/tag/corrientes-politicas-y-referencias/sindicalismo-revolucionario
[8] https://www.ibrp.org/english/aurora/10/make_poverty_history_make_capitalism_history
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