Después de Kosovo, Timor oriental; tras Timor oriental, Chechenia. Sin dar tiempo a que la sangre derramada en una matanza se haya secado, ya está chorreando en otros lugares del planeta. El continente africano, mientras tanto, sigue agonizando: a las guerras endémicas que desangran día tras día a Eritrea, Sudán, Somalia, Sierra Leona, Congo y otros países, se han venido a añadir nuevas matanzas en Burundi y enfrentamientos armados entre los dos «amigos» rwandeses y ugandeses, y prosigue la guerra a más y peor en Angola. Estamos realmente muy lejos de las profecías del presidente norteamericano Bush cuando anunciaba, hace exactamente diez años, un «nuevo orden mundial de paz y prosperidad» tras el hundimiento del bloque del Este. La única paz que ha ido progresando esta década es la de los cementerios.
Día tras día se va confirmando la realidad del hundimiento de la sociedad capitalista en el caos y la descomposición.
Las matanzas (que se cifran por miles de muertos) y destrucciones (en ciertas aglomeraciones, 80 a 90 % de viviendas fueron incendiadas) que acaban de devastar el Timor oriental no son algo nuevo en este país. Una semana apenas después de que Portugal le otorgara su independencia en mayo del 75, las tropas indonesias la invadieron para transformarla un año después en la provincia nº 27 de Indonesia. Ya entonces, las matanzas y la hambruna dejaron entre dos y trescientas mil personas, cuando la población no alcanzaba el millón de habitantes. Sería, sin embargo, un error considerar lo que acaba de ocurrir en la zona como una repetición de lo que ocurrió en el 75. En aquellos años ya había conflictos muy sangrientos (la guerra de Vietnam no se acabaría hasta finales del 75). Sin embargo, la exterminación sistemática de poblaciones civiles por su pertenencia étnica era una excepción, mientras que hoy se ha convertido en la regla. Las masacres de tutsis en el 94 en Rwanda no son una especialidad africana debida al subdesarrollo de aquel continente. Una tragedia similar se produjo hace unos pocos meses en la propia Europa, en Kosovo. Y si hoy se asiste en Timor a la repetición de semejantes actos de barbarie, es porque éstos son una manifestación de la barbarie actual del capitalismo, del caos en el que se está hundiendo este sistema, y de ninguna manera un problema específico del país debido a fallos de la descolonización de hace 25 años.
La diferencia evidente entre el período actual y el que precede al hundimiento del bloque del Este se ilustra perfectamente en la guerra que está devastando a Chechenia. Hace diez años, la URSS perdió en unas pocas semanas el bloque imperialista que había dominado durante cuatro décadas. En la medida en que el hundimiento del bloque resultaba en primer lugar de una crisis económica y política tan catastróficas de su potencia dominante que la paralizó, también conllevaba la explosión de la propia URSS: las repúblicas bálticas, caucásicas, de Asia central y hasta de Europa del Este (Ucrania, Bielorrusia) que quisieron imitar el ejemplo de Polonia, Hungría, Alemania del Este, Checoslovaquia, etc. En 1992 todo estaba terminado y la Federación de Rusia se quedo sola. Pero al contener varias nacionalidades, empezó a su vez a ser víctima de la misma disgregación, la que se concretó en la guerra en Chechenia entre 1994 y 1996. Tras haber matado a más de 100 000 personas de ambos campos y destruido las principales ciudades del país, se concluyó en derrota de Rusia e independencia de hecho de Chechenia.
La entrada en el Daghestán, durante el mes de agosto, de las tropas islamistas del checheno Shamil Basaiev y de su compinche el jordano Jatab han sido el punto de partida de una nueva guerra en Chechenia. Este país es un resumen de las manifestaciones de descomposición que están minando al conjunto del capitalismo ([1]). Por un lado, es una consecuencia del desmoronamiento del bloque del Este, lo cual ha sido, hasta ahora, la mayor manifestación de la descomposición en la que se hunde la sociedad burguesa. Y por otro, pone en evidencia el auge del integrismo islámico que también revela, en varios países (Irán, Afganistán, Argelia, etc.), la descomposición de un sistema y cuya contrapartida, en los países industrializados, se puede ver en el aumento de la violencia urbana, de las drogas y de las sectas.
Si es verdad, como lo que afirman numerosas fuentes de información (y sería perfectamente posible), que Basaiev y su pandilla son financiados por el multimillonario mafioso Berezovski, eminencia gris de Yeltsin, o que las explosiones en Moscú estos meses pasados se deben a los servicios secretos rusos, estaríamos ante otras manifestaciones de la descomposición del capitalismo que, por desgracia, no se limitan a Rusia : la utilización cada vez más frecuente del terrorismo por los propios Estados burgueses (¡y no solo por grupos incontrolados!) y la corrupción cada vez más generalizada en su seno lo prueban. En cualquier caso, y aunque los «servicios» rusos no estuviesen implicados en los atentados, éstos han sido utilizados por las autoridades para crear un fuerte sentimiento xenófobo en Rusia, justificando esta nueva guerra en Chechenia. Esta guerra la desea el conjunto de sectores políticos rusos (excepto Liebed, que firmó los acuerdos de Kasaviurt en agosto del 96 con Chechenia), desde los estalinistas de Ziuganov hasta los «demócratas» del alcalde de Moscú, Luzhkov. Y que el conjunto del aparato político ruso, a pesar de que denuncie la corrupción y la impericia de la camarilla de Yeltsin, siga apoyando su huida ciega en una aventura que no podrá sino agravar la catástrofe económica y política en que se va hundiendo el país, es muy revelador del caos creciente que en él está imperando.
Unos meses atrás, vimos la ofensiva militar de los ejércitos de la OTAN en Yugoslavia justificada con la excusa de la «injerencia humanitaria». Fue necesarias andanadas intensivas de imágenes y reportajes sobre el desamparo de los refugiados kosovares y los montones de cadáveres descubiertos tras la retirada de las tropas serbias de Kosovo para hacer olvidar a las poblaciones de los países de la OTAN que había sido precisamente esa intervención militar la que había originado la «limpieza étnica» de las milicias de Milosevic contra los albaneses de esa provincia.
Con lo de Timor oriental se ha alcanzado el no va más de la hipocresía. Cuando esta región fue anexionada por la Indonesia de Suharto, en 1975-76, anexión que provocó la muerte de más de la tercera parte de la población, entonces ni los «media» ni menos aún los gobiernos occidentales se preocuparon por la tragedia. Aunque la Asamblea general de la ONU no hubiera reconocido la anexión, los grandes países occidentales apoyaron plenamente a Suharto a quien consideraban como garantizador del orden occidental en esa parte del mundo ([2]). Estados Unidos, entregándole armas y adiestrando las tropas de choque indonesias (las mismas que han organizado las milicias antiindependentistas reclutadas entre el hampa timorense) apoyó claramente al verdugo de Timor. Pero EEUU no era el único, puesto que tanto Francia como Gran Bretaña también siguieron entregando armas a Suharto (el «Secret Action Service» británico también adiestró a las tropas de élite indonesias). En cuanto al país presentado hoy como el «salvador» de las poblaciones timorenses, Australia, fue el único en reconocer la anexión de Timor oriental (de lo que fue recompensado en 1981 por una participación a la explotación de yacimientos de petróleo frente a las costas timorenses). Recientemente todavía, en 1995, Australia había firmado con Indonesia un tratado de cooperación militar contra el «terrorismo» en particular, o sea, también contra la guerrilla independentista de Timor oriental.
Hoy en día, todos los «media» se han movilizado para mostrar la barbarie de que son víctima las poblaciones de aquel país tras haber votado a favor de la independencia. No es ninguna casualidad si esta movilización mediática ha venido a apoyar la intervención de unas fuerzas armadas con mandato de la ONU bajo el mando de Australia. Como en Kosovo, las campañas sobre los «derechos humanos» han precedido la intervención armada. Una vez más, las organizaciones humanitarias (las multitudes de ONG) han llegado en las maletas de los militares, acreditando con su presencia la mentira de que el único objetivo de la injerencia armada es defender vidas humanas y, ni mucho menos, defender intereses imperialistas.
Sin embargo, si las matanzas de albaneses en Kosovo eran perfectamente previsibles (y deseada de hecho por los dirigentes de la OTAN para tener un pretexto de intervenir a posteriori), las del pueblo de Timor oriental no sólo eran también previsibles, sino que además estaban anunciadas de antemano por sus protagonistas, las milicias antiindependentistas. A pesar de todas las advertencias, la ONU patrocinó sin vacilar la preparación del referéndum del 30 de agosto, librando a los habitantes a la matanza anunciada.
Cuando se les preguntó a los responsables de la ONU cómo habían podido ser tan poco previsores, uno de los diplomáticos contestó tranquilamente que «la ONU no es más que la suma de sus miembros» ([3]). Y es porque efectivamente, para el principal país de la ONU, Estados Unidos, el descrédito en que ha caído la ONU no le viene mal. Es una manera de volver a poner las cosas en su sitio tras la conclusión de la guerra en Kosovo, en la que una operación militar empezada bajo el mando de EE.UU. con los bombardeos de la OTAN, acabó en retorno de la ONU, cuyo control se les va de las manos a los norteamericanos, a causa del peso que tienen en ella varios países que se oponen a la tutela estadounidense, en particular Francia.
La posición de EE.UU. ya se había afirmado a menudo claramente por la voz de sus principales responsables: «No se trata a corto plazo de mandar tropas de la ONU, los indonesios han de retomar ellos mismos el control de las diferentes facciones que existen en la población» (Peter Burleigh, embajador auxiliar norteamericano en Naciones Unidas) ([4]). Esto lo dijo cuando era evidentísimo que la «facción» antiindependentista estaba a las órdenes del ejército indonesio. «El haber bombardeado Belgrado no significa que vayamos a bombardear Dili» (Samuel Berger, jefe des Consejo nacional de seguridad de la Casa Blanca). «Timor oriental no es Kosovo» (James Rubin, portavoz del Departamento de Estado) ([5]). Son palabras que por lo menos tienen el mérito de poner en evidencia la hipocresía y el doble lenguaje de Clinton, cuando cacareaba, unos meses antes, al terminarse la guerra en Kosovo: «Si alguien quiere cometer crímenes contra la población civil inocente, en Africa, Europa central o donde sea, ha de saber que se lo impediremos en la medida de nuestras posibilidades» ([6]).
En realidad, la posición no-intervencionista de EE.UU. no se explica únicamente por la voluntad de bajarle los humos a la ONU. Más fundamentalmente, además de no querer «disgustar» a su fiel aliado de Yakarta (con la que había organizado maniobras conjuntas el 25 de agosto sobre le tema de ¡«actividades de socorro y humanitarias en situación de desastre»!), se trataba para la primera potencia mundial de manifestar su apoyo total a las operaciones policiacas indonesias, o sea las masacres fomentadas por las milicias. Para el ejército indonesio (que tiene lo esencial del poder), aun a sabiendas de que no podría guardar indefinidamente el control de Timor oriental (y por esto aceptó la intervención de las tropas nombradas por la ONU), las masacres organizadas tras el referéndum tenían el objetivo de dar una advertencia a todos aquellos que, en el inmenso archipiélago indonesio, tuviesen veleidades de independencia. Las poblaciones de Sumatra del Norte, de las Célebes, o de las Molucas que se están dejando encandilar por las sirenas de los movimientos nacionalistas, habían de ser advertidas de lo que les esperaba. Este objetivo de la burguesía indonesia es totalmente compartido además por las burguesías de los demás Estados de la zona (Tailandia, Birmania, Malasia) enfrentadas también a problemas de minorías étnicas. Y también es compartido totalmente por la burguesía norteamericana inquieta por la inestabilidad de esta zona del mundo que no haría sino añadirse a la de muchas otras.
En la operación de «restablecimiento del orden» en Timor oriental, operación que no podía dejar de hacerse, so pena de desprestigiar la ideología «humanitaria» derramada a chorros estos años pasados, EE.UU. delegó la tarea a Australia, lo que le permite no comprometerse directamente ante Yakarta, a la vez que deja el primer plano a su más fiel y sólido aliado en la zona. También es recíprocamente una excelente ocasión para Australia de concretar sus proyectos de consolidación de sus posiciones imperialistas en la región (aunque sea a precio de una enemistad momentánea con Indonesia). Para la primera potencia mundial, resulta de todos modos fundamental mantener una fuerte presencia en esa parte del mundo, aunque sea mediante sus aliados, puesto que sabe que el desarrollo de las tensiones imperialistas de la situación histórica actual contiene la amenaza de un aumento de la influencia de las dos mayores potencias que pretenden tener un papel en la región, Japón y China.
Este mismo tipo de preocupaciones geoestratégicas permite explicar la actitud de Estados Unidos y demás potencias con respecto a la guerra en Chechenia. Ahí también, los civiles están siendo machacados día tras día por los bombardeos de la aviación rusa. Los refugiados se cuentan por centenas de miles y en vísperas del invierno, son ya decenas de miles de familias las que se han quedado sin casa. Ante este nuevo «desastre humanitario» que ya dura varias semanas, los dirigentes occidentales se empiezan a dejar oír. Clinton confesa su «inquietud» por la situación en Chechenia y Laurent Fabius, presidente de la Asamblea nacional francesa, afirma rotundamente que hay que oponerse a cualquier veleidad de secesión en la Federación de Rusia: «Francia apoya la integridad territorial de la Federación de Rusia y condena el terrorismo, las operaciones de desestabilización, el integrismo, que son otras tantas amenazas para la democracia» ([7]).
Aunque los «media» sigan haciendo oír la cantinela humanitaria, existe un consenso, hasta entre países que se enfrentan en otras partes (como Francia y Estados Unidos), para no crear la menor dificultad en Rusia y dejar que prosiga las matanzas. De hecho, todos los sectores de la burguesía occidental están interesados en evitar una nueva agravación del caos en el que se hunde el país más extenso del mundo, situado en dos continentes, y que por otra parte sigue poseyendo miles de armas atómicas.
En ambas extremidades del inmenso continente asiático, el más poblado del planeta, la burguesía mundial está enfrentada a un caos cada día mayor. Durante el verano de 1997, este continente ya había sufrido los ataques brutales de la crisis que desestabilizaron todavía más la situación política de ciertos países, como lo podemos ver con Indonesia (que no forma parte de Asia propiamente dicha, pero que sin embargo está muy cerca de ella). Al mismo tiempo, los factores del caos se han ido acumulando, en particular con la radicalización de conflictos tradicionales como el que opone a India y Pakistán, a principios del verano de 1999. El riesgo que a la larga está corriendo el continente asiático entero, es el de una explosión de antagonismos como los que hoy sufre el Caucaso, el desarrollo de una situación similar a la del continente africano, con más consecuencias y mucho más catastróficas todavía para el conjunto del planeta.
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Un caos extendiéndose por el mundo es evidentemente una preocupación real para todos los sectores de la burguesía mundial, en particular para los dirigentes de las grandes potencias. Pero esta preocupación es estéril. La voluntad de garantizar un mínimo de estabilidad queda permanentemente anulada por los intereses contradictorios de los diferentes sectores nacionales de la clase dominante. De ahí resulta que los países avanzados, las «grandes democracias», se comportan casi siempre como «bomberos pirómanos» interviniendo para «poner orden» en una situación que ellos mismos han desestabilizado en gran parte (como lo hemos podido ver en la ex Yugoslavia, y hoy mismo lo vemos en Timor).
Este caos que se está generalizando en el terreno imperialista no es sino una expresión de la descomposición general de la sociedad burguesa. Una descomposición que resulta de la incapacidad por parte de la clase dominante para dar la más mínima respuesta (ni siquiera la que dio en 1914 o en 1939) a la crisis insoluble de su economía. Una descomposición que se expresa en la putrefacción desde sus raíces de la sociedad entera. Una descomposición que no está reservada a países atrasados, sino que también afecta a las grandes metrópolis burguesas. El accidente ferroviario del 5 de octubre en Londres, capital de la más antigua potencia capitalista del mundo (¡y no un país cualquiera del tercer mundo!), así como el accidente nuclear del 30 de septiembre en Tokaimura en Japón, país de la «calidad» y del «cero defectos», son manifestaciones cotidianas de esa descomposición. Una descomposición que no acabará sino con el capitalismo mismo, cuando el proletariado destruya ese sistema que hoy se ha vuelto sinónimo de caos y de barbarie.
Fabienne (10/10/99)
[1] Para un análisis de la descomposición del capitalismo, léase en particular «La descomposición del capitalismo», en la Revista internacional nº 57, y «La descomposición, fase última de la decadencia del capitalismo», en la Revista internacional nº 62.
[2] El golpe de Suharto, en 1965, contra Sukarno considerado como demasiado próximo a los países «socialistas», se realizó con el apoyo norte-americano. Las autoridades estadounidenses, por otro lado, habían apreciado que su ayuda al ejército indonesio lo hubieran «animado a actuar contra el Partido comunista en cuanto se presentó la ocasión» (según dijo Mac Namara, jefe del Pentágono en aquel entonces).
[3] Le Monde, 16 de septiembre.
[4] Libération, 5 de septiembre.
[5] Le Monde, 14 de septiembre.
[6] Le Monde, 16 de septiembre.
[7] Le Monde, 7 de octubre.
En este fin de 1999 reina una especie de euforia sobre el «crecimiento económico». En 1998, el hundimiento de los «tigres» y «dragones» del sudeste asiático, el de Brasil, de Venezuela y de Rusia provocaron el temor a una recesión, incluso a una «depresión», temor «injustificado» según lo que dicen hoy los grandes «media» de la burguesía. El milenio parece acabarse con una nota de optimismo que viene a alimentar la propaganda destinada a las grandes masas obreras: el elogio del capitalismo, «único sistema económico posible», siempre capaz de encarar sus crisis. Este es el mensaje: «el capitalismo está en buena salud y va seguir así».
Mientras que a primeros del 99, ciertas previsiones mostraban la perspectiva de una «recesión» en los países desarrollados, los resultados de hoy hacen ostentación de «tasas de crecimiento» importantes acompañadas del «retroceso del desempleo», según cifras oficiales, claro está. Nosotros escribíamos: «El hundimiento en una recesión abierta todavía más profunda que las anteriores – algunos hablan incluso de “depresión” – está haciendo callar los discursos sobre un crecimiento económico duradero prometido por los “expertos”» (Revista internacional nº 96) y también: «Aunque los países centrales del capitalismo han escapado a esta suerte hasta el presente, se encuentran en vías de enfrentar su peor recesión desde la guerra, comenzando por Japón» («Resolución sobre la situación internacional», Revista internacional nº 97).
¿Nos habríamos arriesgado demasiado con previsiones que no se han realizado?. ¿Dónde está la situación económica actual?.
Sobre la economía mundial, la burguesía nos está haciendo juegos de magia y contando mentiras. Según ciertas cifras oficiales, asistiríamos efectivamente a un frenazo de la economía mundial mucho menos fuerte que lo previsto, en particular en Estados Unidos, fenómeno falsamente calificado de «boom» por los plumíferos a la orden. La duración del crecimiento sin recesión desde hace siete u ocho años, aunque sea muy débil, es efectivamente la manifestación de cierta «prosperidad». Pero las cifras saben mentir.
Primero porque la burguesía dispone de artificios que le permiten esconder la disminución del crecimiento de la producción real, mediante manipulaciones financieras y monetarias. Y si es de buen tono proclamar «la prosecución del crecimiento ininterrumpido» en los mensajes que se dirigen al pueblo y en particular a la clase obrera, los discursos son ya mucho más matizados en aquellos círculos más restringidos de la burguesía que necesitan un conocimiento concreto y no mistificado del estado de la economía. Merece la pena citar algunos ejemplos: «En las proyecciones más optimistas, el crecimiento previsto en el mundo se reduce un 50 % con respecto a las perspectivas de hace un año, pero se mantiene sin embargo más o menos en un 2 % en 1999 como en 1998. En sus variantes más pesimistas, desaparece prácticamente. La amenaza de una recesión global parece entonces real en el año 2000. (...) El «boom» norteamericano frente a la depresión de los antiguos dragones: ¡increíble inversión!. Pero hemos de seguir siendo lúcidos: ha sido la hinchazón de la burbuja de Wall Street lo que ha permitido mantener la expansión en Estados Unidos, y, por consiguiente en el mundo. La “burbuja Greenspan”, dirán los historiadores. Para unos, el presidente de la Reserva federal es un mago. Para los demás, es un aprendiz de brujo, puesto que la rectificación será a la medida de los excesos cometidos. Esa rectificación está en primera fila de de los guiones «pesimistas» de los expertos: 13 % de caída en Wall Street según el FMI, 30 % según la OCDE. ¿Por qué? pues porque la subida de la Bolsa no tiene la menor justificación en las tendencias de la economía real, la cual está en declive» (L’Expansion, octubre del 99). Otro ejemplo: «Parece ser que las medidas de estímulo de la Reserva federal este pasado otoño habrían alejado una catástrofe inmediata. Economistas y políticos temen que el alivio de la política monetaria haya incrementado significativamente el enorme desequilibrio que está dominando la economía americana (...). Para los pesimistas ya es imposible impedir que el desequilibrio desemboque en desastre total. (...) Va a volver la inflación de forma acelerada y la Bolsa va a hundirse. Esto provocará una nueva fase de inestabilidad financiera global, perjudicará significativamente le demanda interna estadounidense, y también quizás precipitará la recesión mundial contra la cual tanto intervino el año pasado el G7 para evitarla» (Financial Times, octubre de 1999).
Quizás nos hayamos equivocado el año pasado al alinearnos con los pronósticos de «recesión» de la economía, pero esto no impide que mantengamos con firmeza lo dicho en cuanto a la agravación considerable de la crisis. Hasta los expertos de la burguesía se ven obligados de constatarlos a su manera: no existe la menor perspectiva duradera de mejoramiento de la situación económica. Al contrario, todo conduce a nuevas sacudidas cuyos efectos, una vez más, serán sufridos por la clase obrera.
La recesión no es sino una manifestación particular de la crisis capitalista, no es la única ni mucho menos. Ya hemos evidenciado el error que se comete al no tomar en cuenta más que a los indicadores de «crecimiento» suministrados por la burguesía, que se basan en «el crecimiento de las cifras brutas de la producción sin preocuparse de qué está hecha ni de quién va pagar» (Revista internacional, no 59, 1989). También señalamos en aquel entonces todos aquellos elementos significativos que permiten medir la gravedad de la crisis: «el crecimiento vertiginoso del endeudamiento de los países subdesarrollados (...), la aceleración de los procesos de desertificación industrial (...), la enorme agravación del paro (...), una agravación de las calamidades que aplastan a los países subdesarrollados» (Idem). No solo están presentes hoy todos estos elementos, sino que además se han agravado. Y factores como el endeudamiento (como, por cierto, las «calamidades» en lo que a seguridad o salud se refiere), no solo afectan a los países periféricos, sino también los que se sitúan en el mismo centro del capitalismo industrializado.
El déficit comercial de Estados Unidos, estimado oficialmente a 240 mil millones de dólares, está batiendo todos los récords, el «déficit de la balanza de pagos alcanza este año más de 300 mil millones de dólares, 3 % del producto interior bruto» (Financial Times, op. cit.). El consumo interno que se ha desarrollado y ha sido el factor más «espectacular» del «crecimiento» no está basado en un aumento de los sueldos, puesto que a pesar de los bonitos discursos la tendencia general estos años pasados ha sido su baja ([1]). Está sobre todo vinculada a los ingresos por acciones bursátiles, cuya distribución se ha «democratizado» (aunque sean, sobre todo, los ejecutivos de las empresas quienes se reparten los «stock options»). Estos ingresos han sido importantes porque están ligados a los «récords» permanentes de la Bolsa de Wall Street. Ese crecimiento del consumo es necesariamente muy inestable, puesto que se transformará en catástrofe para muchos trabajadores cuyos ingresos o pensiones están en acciones, en cuanto dé la vuelta la tendencia de la Bolsa. La «tasa de crecimiento» oculta esta fragilidad, como también oculta otra aberración histórica desde el punto de vista económico: que, hoy, los ahorros se han vuelto negativos en Estados Unidos, o sea ¡que las familias norteamericanas tienen globalmente más deudas que ahorros! Lo que constatan los especialistas: «... la industria norteamericana está en el filo de la recesión. Esto es incompatible con el nivel de los cotas de las acciones de Wall Street, cuya valoración está en una cumbre desde 1926; los beneficios anticipados son los más importantes desde la guerra. Esto es insostenible, aunque es esencial para el mantenimiento de la confianza de las familias y la difusión del efecto de riqueza que las incita a consumir siempre más a crédito. Su tasa de ahorros se ha vuelto negativa, fenómeno que no se había visto desde la Gran Depresión. ¿Como va a poder hacerse con cautela el aterrizaje inevitable?» (L’Expansion, op. cit.).
El indicador oficial de la manifestación abierta de la crisis, el estancamiento de la producción has sido una vez más ocultado, y la recesión ha vuelto a ser aplazada con los mismos paliativos: endeudamiento, huida ciega en el crédito y la especulación (compra de acciones en este caso) Y otro de los símbolos de la huida ciega que ya no tiene nada que ver con una producción real de riqueza es que los valores en bolsa que más han progresado en los últimos meses han sido los de las sociedades que ofrecen el acceso a Internet, o sea, grosso modo, los vendedores de aire. Por lo tanto, la situación de la economía mundial es cada día más frágil y portadora de las próximas «purgas» que volverán a dejar en la calle a otra buena cantidad de proletarios.
En fin, al ser la «recesión», o sea la tasa de crecimiento negativa, para la burguesía el símbolo mismo de sus crisis, es un factor de desestabilización e incluso de pánico en las esferas capitalistas, lo cual contribuye a ampliar más todavía el fenómeno. Es una de las razones que explican que la burguesía lo haga todo por evitar una situación así.
Otra razón, quizás más importante incluso, es la necesidad de ocultar la quiebra de su sistema anta la clase obrera; como lo dicen los especialistas: «es esencial para el mantenimiento de la confianza de las familias y la difusión del efecto de riqueza que las incita a consumir a crédito siempre más». Si se hunde la «tasa de crecimiento» es toda la propaganda sobre la validez del sistema capitalista la que se ve afectada; y es también una incitación a la lucha de la clase y, sobre todo, a la reflexión, y, por lo tanto, a la puesta en entredicho del sistema. Y eso es lo que la burguesía más teme.
Por lo demás, para los proletarios tirados definitivamente a la calle por millones, en los países que llaman «emergentes» (como los del Sureste asiático, que no volverán a recuperarse nunca del acelerón de la crisis de 1997-98) o para las inmensas masas empobrecidas de los países a los que pretenden en «vías de desarrollo» de la periferia del capitalismo (en Africa, Asia o Latinoamérica), sino también para los relegados del «crecimiento», cada vez más numerosos en los países industrializados, no se necesitan grandes demostraciones teóricas. Ya están sufriendo día tras día la quiebra de un sistema cada vez menos capaz de darles los medios más elementales de subsistencia.
Algunos verán una especie de fatalidad «natural», una ley según la cual únicamente los fuertes deben sobrevivir y arreglárselas, siendo así la miseria, y en fin de cuentas la muerte para los más «débiles», la consecuencia «normal» de esa pretendida ley. Es evidente que todo eso no son más que patrañas. Hoy, y eso desde la Primera Guerra mundial, el sistema capitalista se asfixia en una crisis de sobreproducción. La sociedad dispone hoy potencialmente, y eso desde principios del siglo XX, de todos los medios industriales y técnicos para que la humanidad entera pueda vivir holgadamente. Lo que sume en el desempleo y unas condiciones de vida degradadas a millones de trabajadores de los países industrializados, y en la miseria y la barbarie a causa de la multiplicación de guerras «locales» a millones de seres humanos en los países de la periferia del capitalismo, es que este sistema, basado en la acumulación de capital y de la ganancia, perdure.
El desarrollo del capitalismo, aunque ya se realizaba «en la sangre y el barro», todavía en el siglo XIX, venía a corresponder globalmente a un crecimiento de la satisfacción de las necesidades humanas. Entrado, con la Primera Guerra mundial, en su fase de decadencia, de declive histórico, ha arrastrado desde entonces al mundo a una espiral que se define así: crisis/guerra/reconstrucción/ nueva crisis más profunda/nueva guerra más mortífera/nueva crisis económica; esta última manifestación de la crisis dura ya desde hace más de 30 años ([2]) y la amenaza de destrucción del planeta es muy real, aunque no sea con una 3ª contienda mundial desde la desaparición de los dos grandes bloques imperialistas hace casi diez años.
El declive irreversible del sistema capitalista no significa, sin embargo, que la clase dominante que lo gobierna vaya a declararse en quiebra y dejarla llave en la puerta como puede ocurrir con una simple empresa capitalista. Toda la historia del siglo XX lo ha demostrado, especialmente con la «salida» que el capitalismo mundial dio a la gran crisis de 1929 hace 70 años, o sea, la guerra mundial. Los capitalistas están dispuestos a ir a mutuo degüello y a arrastrar a la humanidad entera en la destrucción con su lucha a muerte por el reparto del «pastel» del mercado mundial. Y si desde hace treinta años de crisis económica abierta no han podido arrastrar a las grandes masas proletarias en la guerra, no han cesado de hacer trampas con las propias leyes del desarrollo capitalista para mantenerlo en vida y no han cesado de hacer pagar a los trabajadores, activos o desempleados, el precio de la agonía de un sistema económico moribundo.
Contra los ataques cada día más duros a las condiciones de existencia, comprender la crisis económica, su carácter irreversible, su dinámica en el sentido de una agravación constante, es un factor esencial de la toma de conciencia de la imperiosa necesidad de la lucha de clase, no sólo para defenderse contra el capitalismo sino también para abrir la única verdadera perspectiva que le queda a la humanidad: la de la revolución comunista, la de verdad y no la de ese rostro repulsivo del capitalismo de Estado estalinista con el que la burguesía ha querido identificar el comunismo.
MG
Presentación
Hace exactamente 10 años se produjo uno de los acontecimientos más importantes de la segunda mitad del siglo XX: el hundimiento del bloque imperialista del Este y de los regímenes estalinistas de Europa, y del principal de entre ellos, el de la URSS.
Ese acontecimiento ha sido utilizado por la clase dominante para dar rienda suelta a una de las campañas ideológicas más masivas y perniciosas que haya lanzado contra la clase obrera. Al identificar mentirosamente una vez más el estalinismo que se hundía con el comunismo, al hacer creer que la quiebra económica y la bestialidad de los regímenes estalinistas serían la consecuencia inevitable de la revolución proletaria, la burguesía intentaba desviar a los proletarios de toda perspectiva revolucionaria y asestar un golpe decisivo a los combates de la clase obrera. El documento que volvemos a publicar aquí, que fue difundido en enero de 1990 como suplemento a nuestra prensa territorial, iba fundamentalmente dirigido a combatir esas campañas fraudulentas de la burguesía, unas campañas cuyos efectos se siguen soportando hoy.
Cuando escribimos el texto aquí publicado, el caos que estaba extendiéndose por la URSS y demás regímenes estalinistas no había alcanzado los niveles de hoy. La URSS, en particular, seguía existiendo formalmente, dirigida por el llamado partido comunista de Gorbachov, el cual, desde 1985, había intentado enderezar la situación instaurando la «perestroika» (reestructuración). Las cosas, sin embargo, se desbocaron a partir del verano de 1989 especialmente con la formación en Polonia de un gobierno dirigido por Solidarnosc, el incremento de las críticas a la autoridad soviética en varios partidos comunistas de Europa central (en Hungría, por ejemplo), el auge del nacionalismo en varias repúblicas de la URSS. Todo ello llevó a nuestra organización a movilizarse para analizar el significado y las perspectivas de esos acontecimientos. En la Revista internacional nº 59, publicada a finales del verano, escribíamos: «Las convulsiones que sacuden actualmente a Polonia… no deben ser consideradas como específicas de ese país. De hecho todos los países de régimen estalinista se encuentran en un atolladero. La crisis mundial del capitalismo se repercute con una brutalidad particular en su economía que es, no solamente atrasada, sino también incapaz de adaptarse en modo alguno a la agudización de la competencia entre capitales. La tentativa de introducir en esa economía normas “clásicas” de gestión capitalista para mejorar su competitividad, no hará más que provocar un desorden todavía mayor, como lo demuestra en la URSS el fracaso completo y rotundo de la “Perestroika” (…) La perspectiva para el conjunto de los regímenes estalinistas no es pues en absoluto la de una “democratización pacífica” ni la de un “enderezamiento” de la economía. Con la agravación de la crisis mundial del capitalismo, esos países han entrado en un período de convulsiones de una amplitud nunca vista en el pasado, pasado que ha conocido ya muchos sobresaltos violentos» («Convulsiones capitalistas y luchas obreras», 07/09/1989)
Una semana después se discutió en nuestra organización un texto, adoptado por el órgano central de la CCI el 5 de octubre, con el que analizábamos la situación con más detenimiento y extraíamos unas perspectivas:
«El bloque del Este nos está dando ya la imagen de una dislocación creciente (…) En esa zona, las tendencias centrífugas son tan fuertes que se desatan en cuanto se les deja la ocasión de hacerlo (…)
Fenómeno similar es el que se puede observar en las repúblicas periféricas de la URSS. (…) Los movimientos nacionalistas que, favorecidos por el relajamiento del control central del partido ruso, se desarrollan hoy (…) llevan consigo una dinámica de separación de Rusia.
En fin de cuentas, si el poder central de Moscú no reaccionara, asistiríamos a un fenómeno de explosión, no sólo del bloque ruso, sino igualmente de su potencia dominante. En una dinámica así, la burguesía rusa, clase hoy dominante de la segunda potencia mundial, no se encontraría a la cabeza más que de una potencia de segundo orden, mucho más débil que Alemania, por ejemplo (...).
Pero cualquiera que sea la evolución futura de la situación en los países del Este, los acontecimientos que hoy los están zarandeando son la confirmación de la crisis histórica, del desmoronamiento definitivo del estalinismo, de esa monstruosidad símbolo de la más terrible contrarrevolución que haya sufrido el proletariado.
En esos países se ha abierto un periodo de inestabilidad, de sacudidas, de convulsiones, de caos sin precedentes cuyas implicaciones irán mucho más allá de sus fronteras. En particular, el debilitamiento del bloque ruso que se va acentuar aun más, abre las puertas a una desestabilización del sistema de relaciones internacionales, de las constelaciones imperialistas, que habían surgido de la segunda guerra mundial con los acuerdos de Yalta» («Tesis sobre la crisis económica y política en la URSS y en los países del Este», en Revista internacional nº 60)
Un mes después, el 9 de noviembre de 1989, fue la caída del muro de Berlín, símbolo de la división del mundo entre el bloque del Oeste y el bloque del Este, lo que acabó rubricando la desaparición de este último y el trastorno total del orden de Yalta, lo cual implicaba, entre otras cosas, la desaparición al cabo del propio bloque occidental:
«La disgregación del bloque del Este, su desaparición como factor dominante de los conflictos interimperialistas, es una puesta en entredicho radical de los acuerdos de Yalta, y la generalización de una inestabilidad del conjunto de las constelaciones imperialistas formadas sobre la base de dichos acuerdos, incluido el bloque del Oeste dominado desde hace 40 años por Estados Unidos. Este último bloque, a su vez, no podrá evitar, al cabo, la puesta en tela de juicio de sus propios fundamentos. Si bien, durante los años 80, la cohesión de todos los países occidentales contra el bloque ruso ha sido un factor suplementario del hundimiento de este último, la base de esta cohesión ya no existe hoy. Si es imposible predecir el ritmo y las formas que tomará la situación, la perspectiva se orienta hacia el desarrollo de tensiones entre las grandes potencias del bloque occidental actual (…) («Hundimiento del bloque del Este, quiebra definitiva del estalinismo», Revista internacional nº 60, 19/11/1989).
Al mismo tiempo, en una impresionante reacción en cadena, los regímenes que habían gobernado durante cuatro décadas en los países del fortín soviético fueron barridos:
– el 10 de noviembre, es destituido Todor Zhivkov, en el poder desde 1954 en Bulgaria;
– el 3 de diciembre se autodisuelve la dirección del partido comunista de Alemania Oriental;
– el 22 de diciembre es derribado el régimen de Nicolae Ceausescu;
– el 29 de diciembre, Vaclav Havel, disidente desde hacía tiempo, es elegido presidente de Checoslovaquia.
Esa situación es la base del texto que publicamos aquí. Pero el proceso de descomposición del estalinismo no iba a detenerse ahí. Después de haberlo hecho su bloque, será la propia URSS la que va a desaparecer. Ya desde principios del 90, varios países bálticos se pronuncian a favor de la independencia. Más grave todavía, el 16 de julio, Ucrania, segunda república de la URSS, vinculada a Rusia desde hacía siglos, proclama su soberanía. Bielorrusia iba a seguirle los pasos y, después, les tocaría el turno a las repúblicas del Cáucaso y de Asia central.
Gorbachov hizo lo que pudo para que algo quedara en pie, proponiendo que se adoptara un tratado de Unión, con la firma prevista para el 20 de agosto de 1991, manteniendo así un mínimo de unidad política entre los diferentes integrantes de la URSS. El 18 de agosto, la vieja guardia del partido, apoyada en una parte del aparato militar y policiaco, intenta oponerse a esa puesta en entredicho de la URSS. El intento de golpe de Estado fracasa lamentablemente, provocando la inmediata declaración de independencia de casi todas las repúblicas federadas. El 21 de diciembre se constituye una Comunidad de Estados independientes, de unas estructuras muy imprecisas, que agrupa a unos cuantos componentes de la URSS. El 25 de diciembre de 1991, por boca de Gorbachov, su presidente cesante, declara su disolución. La bandera rusa sustituye a la bandera roja encima del Kremlin.
Al mismo tiempo que se iba descomponiendo la URSS, la situación creada por la desaparición de su bloque no estaba engendrando una «nueva era de paz y prosperidad» a escala mundial, como lo había anunciado el presidente estadounidense Bush. Todo lo contrario: lo que ha habido es una sucesión de convulsiones mortíferas, entre las cuales, las más importantes han sido la guerra del Golfo contra Irak, en enero de 1991 y las diferentes guerras en Yugoslavia, cuyo último capítulo, el de Kosovo, en esta primavera de 1999, ha sido un paso adelante suplementario en la barbarie guerrera, en el corazón de Europa, a una hora de distancia de las principales concentraciones industriales del continente.
Los trastornos ocurridos en el mundo desde 1989, tras el desmoronamiento de los regímenes estalinistas, las intensísimas campañas ideológicas que lo acompañaron (quiebra del «comunismo», y también las campañas «humanitarias» que se han montado para acompañar cada uno de los capítulos de una barbarie cada vez mayor), todo ello ha causado una desorientación y una pérdida de confianza en sí misma por parte de la clase obrera, un retroceso importante de su conciencia. Esto no cuestiona la perspectiva general del período histórico actual, el de los enfrentamientos de clase crecientes entre proletariado y burguesía, como así lo hemos puesto de relieve en el Informe sobre la lucha de clases adoptado en el XIIIº congreso de la CCI que publicamos en esta Revista. La reanudación de la marcha adelante del proletariado deberá, sin embargo, enfrentar las enormes mentiras que ha propalado la clase dominante desde 1989. Por eso publicamos aquí este documento nuestro de enero de 1990: para contribuir en ese necesario esfuerzo de la clase obrera.
FM, 15/09/1999
El año 1989 ha terminado con acontecimientos de un alcance histórico considerable. En pocos meses toda una parte de el mundo, la dominada por el bloque imperialista ruso, se ha descompuesto sellando la quiebra irremediable de un sistema que, durante casi medio siglo, se ha impuesto y se ha mantenido por medio del terror y la barbarie más sanguinaria que jamás ha conocido la humanidad.
Frente a estos acontecimientos que, desarrollándose a las puertas de Europa Occidental, han transformado toda la configuración del mundo surgida de la IIª Guerra mundial, asistimos hoy día al desencadenamiento de una ensordecedora campaña mediática acerca de la pretendida «quiebra del comunismo». Todas las fracciones de la burguesía «liberal» y «democrática», se reúnen como buitres hambrientos ante la carroña del estalinismo para perpetuar la odiosa mentira de identificar el estalinismo con el comunismo, en hacer creer que la dictadura estalinista estaba contenida en el programa de Lenin y los bolcheviques, y en definitiva que el estalinismo representa en el fondo la continuidad con la revolución proletaria de Octubre de 1917. En una palabra, se trata de hacer creer a los proletarios que tal barbarie ha sido el precio inevitable que la clase obrera debe pagar por haber osado desafiar y poner en cuestión, hace 70 años, el orden capitalista.
Así, reventando, el estalinismo presta actualmente un último servicio al capitalismo. Porque la burguesía más potente, más maquiavélica y más hipócrita es la que más partido saca de su agonía. En todas partes, no pasa un día sin que los media a las órdenes de la clase dominante exploten a fondo todas las convulsiones que sacuden a los países del bando soviético para vendernos mejor las virtudes de la «democracia», del capitalismo «liberal» presentándonoslo como el «mejor de los mundos», un mundo de libertad y abundancia, el único por el que vale la pena luchar, el único que puede aliviar todos los sufrimientos impuestos a los pueblos por el sistema «comunista».
La muerte del estalinismo constituye actualmente una victoria ideológica para la burguesía occidental. En el momento actual, el proletariado debe encajar el golpe. Pero, deberá comprender que el estalinismo no ha sido jamás otra cosa que la forma más caricaturesca de la dominación capitalista. Deberá comprender que la «democracia» no es más que la máscara más hipócrita con la que la burguesía siempre ha cubierto el horrible rostro de su dictadura de clase y que sería para el proletariado una tragedia dejarse llevar por sus cantos de sirena. Deberá comprender que en el Oeste, como en el Este, el capitalismo no puede ofrecer a las masas explotadas más que, miseria y barbarie crecientes, acompañadas, a largo plazo, de la destrucción del planeta.
Deberá comprender, en última instancia, que no hay futuro para la humanidad fuera del terreno de la lucha de clases del proletariado internacional, una lucha a muerte que, derrocando el capitalismo, permita la edificación de una verdadera sociedad comunista mundial, una sociedad liberada de crisis, guerras, y de todas las formas de barbarie y opresión.
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La ensordecedora propaganda que sufrimos hoy día a propósito del tema de la «victoria de la democracia» sobre el totalitarismo «comunista» no es gratuita. Insistiendo hasta la saciedad sobre la idea mentirosa de que el estalinismo ha sido la consecuencia inevitable de la revolución de Octubre, la burguesía persigue un objetivo muy preciso: busca el hacer desaparecer en los obreros toda idea de comunismo; se trata para el capitalismo acorralado de desviar al proletariado de objetivo último de sus combates de clase contra los ataques cada vez más graves del capitalismo en crisis.
La burguesía MIENTE DESCARADAMENTE cuando afirma a los cuatro vientos que la barbarie estalinista es la legítima heredera de la revolución de Octubre del 17, MIENTE afirmando que Stalin no hizo más que llevar a sus últimas consecuencias un sistema elaborado por Lenin. Todos los periodistas, todos los «historiadores» y otros ideólogos a sueldo del capitalismo saben pertinentemente que NO HAY ninguna continuidad entre el Octubre proletario y el estalinismo. Todos saben que la instauración de este régimen de terror no es más que la CONTRARREVOLUCIÓN que se instala sobre las ruinas de la revolución rusa tras la derrota de la primera oleada revolucionaria internacional de 1917-1923. Porque fue el aislamiento del proletariado ruso, tras el aplastamiento sangriento de la revolución en Alemania, lo que dio un golpe mortal al poder de los soviets obreros en Rusia.
La historia no ha hecho más que confirmar de manera trágica lo que, desde el nacimiento del movimiento obrero, el marxismo ha defendido siempre. La revolución comunista solo puede tener un carácter internacional. «La revolución comunista (...) no será una revolución puramente nacional. se producirá al mismo tiempo en todos los países civilizados (...) Ejercerá igualmente una repercusión considerable sobre todos los otros países del globo y transformará completamente y acelerará el curso de su desarrollo. Es una revolución universal; tendrá, en consecuencia, un terreno universal» (F. Engels, Principios del Comunismo, 1847).
Y es esa fidelidad a los principios del comunismo y del internacionalismo proletario lo que Lenin, a la espera de un relevo de la revolución en Europa, expresaba él mismo en los siguientes términos:
«La revolución rusa no es más que un destacamento del ejército socialista mundial, y el éxito y triunfo de la revolución que nosotros hemos cumplido, depende de la acción de este ejército. Esto es un hecho que ninguno de nosotros olvida (...) El proletariado ruso tiene conciencia de su aislamiento, y ve claramente que su victoria tiene por condición indispensable y como premisa fundamental la intervención unida de los obreros del mundo entero» (Lenin, «Informe a la Conferencia de los comités de fábrica de la provincia de Moscú», 23 de julio de 1918).
Así el internacionalismo ha sido siempre la piedra angular de los combates de la clase obrera y del programa de sus organizaciones revolucionarias. Es este programa el que Lenin y los bolcheviques defendieron constantemente. Armado con este programa el proletariado, tomando el poder en Rusia, obligó a la burguesía a poner fin a la Iª Guerra mundial y así afirmó su propia alternativa: contra la barbarie generalizada del capitalismo, transformación de la guerra imperialista en guerra de clases.
Toda puesta en cuestión de este principio esencial del internacionalismo proletario, ha sido siempre sinónimo de ruptura con el campo proletario, es decir, de adhesión al campo del capital.
Con el hundimiento desde dentro de la revolución rusa, el estalinismo constituyó precisamente esta ruptura, cuando, desde 1925, Stalin anunció su tesis de la «construcción del socialismo en un solo país», gracias a la cual pudo instalarse con todo su horror la contrarrevolución más espantosa de toda la historia de la humanidad. Desde entonces la URSS no tendrá de «soviética» más que el nombre: la dictadura del proletariado a través del poder de los «consejos obreros» (soviets) se transformará en una implacable dictadura del Partido-Estado sobre el proletariado.
El abandono del internacionalismo por Stalin, digno representante de la burocracia de Estado, firmará definitivamente la condena de muerte de la revolución. La política de la IIIª Internacional degenerada será, en todas partes, bajo la férula de Stalin, una política contrarrevolucionaria de defensa de los intereses capitalistas. Tanto es así que en China, el PC, siguiendo las directrices de Stalin se diluirá en el Kuomintang (partido nacionalista chino) y desarmará al proletariado insurgente en Shanghai y a sus militantes revolucionarios para entregarlos atados de pies y manos a la sangrienta represión de Chang Kai-chek, proclamado miembro de honor de la Internacional estalinizada.
Frente a la Oposición de Izquierda que se desarrollará entonces contra esta política nacionalista, la contrarrevolución estalinista desencadenará toda su rabia sangrienta: todos los bolcheviques que intentaban contra viento y marea defender los principios de Octubre serán excluidos del Partido en la URSS, deportados por millares, perseguidos, acosados por la GPU, y después salvajemente ejecutados tras los grandes procesos de Moscú (y todo ello contando con el apoyo y la bendición del conjunto de los países «democráticos»).
Así fue como pudo instalarse este régimen de terror: sobre los escombros de la revolución de Octubre el estalinismo pudo asegurar su dominación. Fue gracias a esta negación del comunismo constituida por la teoría del «socialismo en un solo país» por lo que la URSS se transformó en un Estado capitalista de los pies a la cabeza. Un Estado donde el proletariado será sometido, con el fusil en la espalda, a los intereses del capital nacional, en nombre de la defensa de la «patria socialista».
Así, en tanto que el Octubre proletario, gracias al poder de los Consejos obreros, había dado el golpe definitivo a la guerra imperialista, la instauración de la contrarrevolución estalinista, destruyendo toda idea revolucionaria, eliminando toda veleidad de lucha de clases, e instaurando el terror y la militarización en toda la vida social, anunció la participación de la URSS en la segunda carnicería mundial.
Toda la evolución del estalinismo en la escena internacional de los años 30 estuvo marcada, de hecho, por sus cambalaches imperialistas con las principales potencias capitalistas que, de nuevo, se preparaban para poner a Europa bajo los designios del fuego y la sangre. Tras haberse apoyado en una alianza militar con el imperialismo alemán para contrarrestar toda tentativa de expansión de Alemania hacia el Este, Stalin cambiará de chaqueta a mitad de los años 30 para aliarse con el bloque «democrático» (adhesión de la URSS a esa «alianza de bandidos» que fue la Sociedad de naciones, pacto Laval-Stalin en 1935, participación de los PC en los «frentes populares» y en la guerra de España, durante la cual los estalinistas no dudaron en utilizar métodos sanguinarios masacrando a los obreros y revolucionarios que contestaban su política). En vísperas de la guerra, Stalin volverá a cambiar de atuendo y venderá la neutralidad de la URSS a Hitler a cambio de un cierto número de territorios, antes de integrarse definitivamente en el campo de los «Aliados» e implicarse a fondo en la carnicería imperialista en la que el Estado estalinista sacrificará, el sólo, 20 millones de vidas humanas.
Tal fue el resultado de los turbios tratos del estalinismo con los diferentes bandidos imperialistas de Europa occidental. Sobre estas montañas de cadáveres pudo constituir la URSS estalinista su imperio, imponer el terror en todos los países que cayeron, con el tratado de Yalta, bajo su dominación exclusiva. Fue gracias a su participación en el holocausto imperialista al lado de las potencias imperialistas victoriosas por lo que, al precio de la sangre de sus 20 millones de víctimas, pudo acceder al rango de superpotencia mundial.
Pero, si Stalin fue «el hombre providencial» gracias al que el capitalismo mundial pudo deshacerse del bolchevismo, no fue la tiranía de un único individuo, por muy paranoico que fuera, la que impuso esta bárbara contrarrevolución. El Estado estalinista, como todo Estado capitalista, está dirigido por la misma clase dominante que en todas partes, la burguesía nacional. Una burguesía que se reconstituyó, con la degeneración interna de la revolución, no a partir de la antigua burguesía zarista eliminada por el proletariado en 1917, sino a partir de la burocracia parasitaria del aparato del Estado con la que se confundió más y más, bajo la dirección de Stalin, el Partido bolchevique. Fue esta burocracia del Partido-Estado la que, eliminando a finales de los años 20 a todos los sectores susceptibles de reconstituirse en burguesía privada, sectores a los que se alió para asegurar la gestión de la economía nacional (propietarios terratenientes y especuladores de la Nueva política económica, NEP), tomó el control de la economía. Tales son las razones históricas que explican que, contrariamente a otros países, el capitalismo de Estado en la URSS haya tomado esta forma totalitaria extrema. El capitalismo de Estado es el modo de dominación universal del capitalismo en el período de decadencia, en el cual el Estado asegura su confiscación de toda la vida social, y engendra por todas partes capas parasitarias. Pero en los otros países del mundo capitalista, este control estatal sobre el conjunto de la sociedad no es antagónico con la existencia de sectores privados y concurrentes que impidan la hegemonía total de estos sectores parasitarios.
Al contrario, en la URSS, la forma particular que toma el capitalismo de Estado se caracteriza por el desarrollo extremo de estas capas parasitarias salidas de la burocracia estatal cuyo objetivo y única preocupación no es hacer fructificar al capital según las leyes del mercado, sino muy al contrario llenarse los bolsillos individualmente en detrimento de la economía nacional. Desde el punto de vista del funcionamiento del capitalismo esta forma de capitalismo de Estado es por tanto una aberración que debía hundirse necesariamente con la aceleración de la crisis económica mundial. Y es este hundimiento del capitalismo de Estado ruso surgido de la contrarrevolución el que ha firmado la quiebra irremediable de toda la ideología bestial, que durante casi medio siglo, había cimentado el régimen estalinista haciendo pesar su placa de plomo sobre millones de seres humanos.
El estalinismo nació en el barro y la sangre de la contrarrevolución. Hoy, muere en el barro y en la sangre, como lo atestiguan los sucesos de Rumania y aún más claramente los que sacuden el corazón mismo del estalinismo, la URSS.
En modo alguno, a pesar de lo que digan y dirán la burguesía y todos los medias a sus ordenes, esta hidra monstruosa pertenece ni al contenido ni a la forma de la revolución de Octubre de 1917. Hace falta que ésta se hunda para que aquella se pueda imponer. Esta ruptura radical, esta antinomia entre Octubre y estalinismo, ha de ser tomada en plena conciencia por el proletariado si no quiere ser víctima de otra forma de dictadura burguesa, la del Estado «democrático».
El hundimiento espectacular del estalinismo no significa de ninguna manera que el proletariado se haya liberado al fin del yugo de la dictadura del capital. Si la burguesía decadente entierra hoy día con grandes pompas a su vástago más monstruoso, es para esconder mejor ante los ojos de las masas explotadas la verdadera naturaleza de su dominación de clase. Por ello, machaca la idea de que existiría una oposición irreducible entre las formas «totalitarias» y las formas «democráticas» del Estado burgués.
Todo esto no es más que una pura mistificación. La pretendida «democracia» no es más que la dictadura burguesa disfrazada. No es más que la hoja de parra con la que siempre la clase dominante ha recubierto la obscenidad de su sistema de terror y explotación. Es esta cínica hipocresía lo que siempre han denunciado los revolucionarios y particularmente Lenin cuando afirmó en el 1er Congreso de la Internacional comunista, que la burguesía se esfuerza siempre en encontrar argumentos filosófico-políticos para justificar su dominación. «... Entre estos argumentos se destacan en particular la condena de la dictadura y la defensa de la democracia. Ante todo, este argumento opera con el concepto de la “democracia en general” y “dictadura en general”, sin ver de qué clase social se trata. Este planteamiento de la cuestión al margen o por encima de las clases, supuestamente popular, equivale ni más ni menos que a un escarnio de la doctrina fundamental del socialismo, esto es, de la doctrina de la lucha de clases... Pues en ningún país capitalista civilizado existe la “democracia en general”, sino que solo existe una democracia burguesa, y no se trata de la “dictadura en general”, sino de la dictadura de la clase oprimida, es decir, del proletariado sobre los opresores y los explotadores, o sea sobre la burguesía, con el fin de vencer la resistencia que oponen los explotadores en la lucha por su dominación... Por eso, la actual defensa de la democracia burguesa en forma de discursos sobre la “democracia en general” y el actual vocerío y clamor contra la dictadura del proletariado en forma de gritos sobre la “dictadura en general”, son una traición directa al socialismo... la negación del derecho del proletariado a su revolución proletaria, la defensa del reformismo burgués precisamente en un momento histórico en que el reformismo ha fracasado en todo el mundo y en que la guerra ha creado una situación revolucionaria... La historia de los siglos XIX y XX nos mostró ya antes de la guerra qué es la práctica de la cacareada “democracia pura” bajo el capitalismo. Los marxistas han dicho siempre que cuanto más
desarrollada y “pura” sea la democracia, tanto más abierta, ruda e implacable será la lucha de clases, tanto más “puras” serán la opresión del capital y la dictadura de la burguesía...» (Lenin, «Tesis sobre la democracia burguesa y la dictadura del proletariado», Primer Congreso de la Internacional comunista, 4 de marzo de 1919).
Desde sus orígenes la democracia burguesa se ha revelado como la forma más perniciosa de la dictadura despiadada del capital. Desde mediados del siglo XVII y antes incluso de que el proletariado pudiera afirmarse como la única clase capaz de liberar a la humanidad de la explotación capitalista, la primera revolución burguesa, la de Inglaterra, había anunciado de lo que es capaz la democracia cuando, frente a las expresiones embrionarias del movimiento comunista, la república democrática de Cromwell desencadenó en 1648 su sangrienta represión contra los «niveladores» que reivindicaban un reparto igual de los bienes entre todos los miembros de la sociedad. En Francia, la joven República establecida por la revolución de 1789, liquidará a Babœuf en 1797, representante junto con la Liga de los Iguales de las ideas proletarias. Y cada vez que la clase obrera intentará expresarse en su terreno de clase, que resistirá las intrusiones del capital, más la dictadura democrática se manifestara en toda su desnudez. El desarrollo del movimiento obrero a lo largo de todo el siglo 19 estuvo jalonado de masacres, de baños de sangre perpetrados por la burguesía más «progresista» de todos los tiempos. Debemos recordar el aplastamiento de la insurrección de los Canuts en Lyon (Francia) realizado por un ejército de 20 000 hombres enviados en 1841 por el Gobierno «democrático» de Casimir Perier. Debemos recordar las sangrientas jornadas de Junio de 1848 en las que los obreros de París fueron asesinados, por millares, bajo la metralla del general republicano Cavaignac mientras que los que sobrevivieron, fueron deportados, enviados a la cárcel y, además, fue condenada toda libertad de reunión, de prensa, para la clase obrera en nombre de la «defensa de la Constitución». Debemos recordar, en fin, el salvajismo con el que las tropas republicanas de Galliffet supieron defender los intereses de la clase burguesa desencadenando en mayo de 1871 una represión feroz contra los comuneros, esa «vil canalla», según los términos de Thiers: más de 20 000 proletarios asesinados en el transcurso de la «semana sangrienta». Casi 40 000 detenciones, centenares de condenas a trabajos forzados, varios miles de deportaciones a Nueva Caledonia, sin contar la represión de todos los niños separados de sus padres y llevados a «reformatorios».
He aquí lo que fueron las primeras obras de la democracia parlamentaria, con su «Declaración de los derechos humanos», con sus grandes principios de «Igualdad, Libertad y Fraternidad». En sus orígenes se nutrió de sangre obrera, y a lo largo de su decadencia, el capitalismo no cesa de revolcarse en sangre y lodo. Así, las grandes potencias democráticas desencadenaron la primera carnicería mundial en nombre de la «igualdad» y la «libertad», masacrando a decenas de millones de seres humanos para satisfacer los apetitos imperialistas de las «más libres» y «más civilizadas» repúblicas europeas. Y cuando el proletariado, insurgente contra la barbarie capitalista, trataba, como decía Lenin, de «arrancar las flores artificiales de la democracia burguesa» durante la primera oleada revolucionaria, quedó de nuevo al desnudo su verdadero rostro. Frente al peligro de la generalización de los soviets, todos los Estados, los muy democráticos Francia, Gran Bretaña, Alemania, USA, unen encarnizadamente sus fuerzas contra la Revolución rusa. Dando su apoyo militar a los ejércitos blancos durante todo el periodo de guerra civil en la URSS, la Santa alianza de los Estados democráticos más avanzados envió armas, buques de guerra y tropas, para armar hasta los dientes a las fuerzas contrarrevolucionarias, comprometiéndose en un combate sin tregua contra el primer bastión de la revolución proletaria en Rusia, y también en Polonia o Rumania. En todos los rincones del mundo burgués denuncian a voz en cuello la «dictadura del proletariado» en nombre de la «democracia amenazada», chillando «¡Abajo el bolchevismo!»
Hay que recordar que estos «demócratas» de buen corazón, que hoy hacen gala de un alma «humanitaria» y «filantrópica» llamando a la caridad con Rumania, fueron los que en 1920 organizaron el bloqueo económico a la Rusia de los soviets, desencadenando una terrible hambruna, impidiendo la solidaridad obrera y el envío de alimentos de primera necesidad, dejando morir de hambre a centenares de miles de hombres, mujeres y niños. ¡El cinismo y la infamia de esta burguesía «democrática» no tienen límites!
Cual fiera acorralada, la joven república parlamentaria alemana, una de las más «democráticas» de Europa, desencadenó su furia sanguinaria contra la revolución proletaria en enero de 1919 cuando el Gobierno socialdemócrata de los Noske, Ebert y Scheidemann masacraron a los obreros de Berlín e instigaron la ejecución sumaria de los dirigentes revolucionarios Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht. Esos perros de presa usaron los peores métodos terroristas para alzar, sobre el cadáver aun caliente de la revolución y en nombre de la defensa de las libertades «democráticas», la dictadura de la muy «democrática» República de Weimar, que haría la cama al nazismo.
Hoy toda la propaganda burguesa trata de que nos creamos la idea de que la revolución proletaria solo puede engendrar la más sanguinaria barbarie, cuando tras la primera guerra mundial las peores expresiones de la barbarie fueron paridas por la democracia y sus instituciones parlamentarias. La subida al poder, como Jefe de Gobierno, de Musolini en 1922 fue auspiciada por las instituciones democráticas. En Alemania, la República democrática de Weimar, dirigida por Hindemburg, nombró Canciller a Hitler, abriendo desde 1933 la puerta al terror nazi. Y en España, también en nombre de la democracia amenazada por las hordas franquistas, el Frente popular alistó y masacró a decenas de miles de proletarios y, gracias a las mistificaciones antifascistas, preparó el terreno para el segundo holocausto mundial que causaría más de 50 millones de muertos. En plena orgía sanguinaria del capitalismo, y en nombre de la sacrosanta democracia burguesa, el bloque imperialista aliado lanzó sus bombas atómicas sobre la población de Hiroshima y Nagasaki, y bombardeó sistemáticamente las grandes concentraciones obreras de Alemania (Dresde, Hamburgo, Berlín) sepultando bajo los escombros a más de 3 millones de victimas civiles, so pretexto de «liberar» al mundo de la barbarie y de la dictadura.
Tras el final de la Segunda Guerra mundial, el mundo «libre» y «democrático» no ha cesado de derramar sangre y sembrar el horror por los cuatro costados del planeta. Todas las expediciones coloniales, desde Argelia a Vietnam, han sido hechas bajo la bandera de las democracias occidentales, bajo el estandarte de los «derechos humanos», es decir, el derecho a torturar, matar de hambre, asesinar a la población civil con la excusa de la «libertad», del «derecho los pueblos a disponer de sí mismos», etc. Y bajo el imperio de esos mismos «derechos humanos» el bloque «democrático» lanza su cruzada imperialista en Oriente Medio, perpetrando masacres indecibles en Iran-Irak, Líbano, o en nombre de la lucha contra el terrorismo, el fanatismo religioso o las dictaduras militares en Filipinas o Panamá. Y también en nombre de la defensa del «orden» y la «libertad» han reprimido salvajemente las revueltas del hambre a principios del 89 en países altamente «democráticos» como Venezuela o Argentina.
Estos son las únicas glorias de que puede vanagloriarse la democracia burguesa desde el nacimiento del capitalismo: haber bañado en sangre a toda la humanidad. Los «derechos humanos» siempre han sido un maquillaje hipócrita del capitalismo para justificar sus peores matanzas y carnicerías. Estos «derechos» no son otra cosa que el derecho de la burguesía a aplastar bajo su bota a las masas de oprimidos, para imponer por todos lados su Terror de Estado y su dictadura de clase. Por eso el proletariado hoy día, con la caída del estalinismo, no debe apoyar al campo democrático, pues solo puede ofrecerle «sangre y lágrimas» como dijo Churchill. La burguesía occidental, que arregla hoy sus cuentas con el estalinismo y echa flores sobre la victoria «democrática» contra el «totalitarismo», trata de que olvidemos sus propios crímenes. La furia con que las democracias occidentales echan cieno sobre esos regímenes no debe hacernos olvidar que esas mismas democracias fueron ayer los mejores cómplices con que contó el estalinismo para exterminar sistemáticamente a los últimos combatientes de Octubre del 17. Gracias a la bendición y el apoyo del conjunto del mundo «democrático» la contrarrevolución estalinista pudo imponer durante decenios una capa de plomo sobre millones de seres humanos. Democracia y estalinismo son dos placas de la misma moneda, como lo fueron fascismo y antifascismo. Dos ideologías complementarias que recubren una misma realidad, la dictadura implacable del capital, a la que el proletariado ha de oponer su propia dictadura de clase, única forma de lavar toda la sangre que el capitalismo ha esparcido sobre la humanidad a lo largo de su dominación.
Porque la revolución proletaria mundial es la única alternativa a la barbarie capitalista, la burguesía se empeña en desnaturalizarla, sirviéndose del cadáver del estalinismo para avalar la idea de que este régimen sería la prueba del fracaso del comunismo. En el coro unánime compuesto por todas las fracciones de la burguesía «liberal» y «democrática» descuellan los estalinistas reconvertidos como los mejores defensores del capitalismo, dedicándose a «probar» con argumentos falaces que «el gusano estaba ya en la manzana», que el germen del terror estalinista estaba ya en las teorías de Lenin y Marx, y por tanto en cualquier tentativa de emancipación del proletariado. Desde los años 30 la burguesía no había hecho gala de tal dosis de cinismo e hipocresía, de tan repugnante venalidad para verter tal tromba de mentiras con que minar la conciencia de clase del proletariado.
El hundimiento irremediable del bloque del Este no es resultado del fracaso del comunismo sino la manifestación más brutal del fracaso general de la economía capitalista, condenada a hundirse trozo a trozo bajo los golpes de una crisis crónica sin solución. La bancarrota completa de los países del Este anuncia lo que les espera a los países más industrializados del bloque occidental con la aceleración inexorable de la crisis. Los primeros signos de recesión en Inglaterra y Estados Unidos anuncian la recesión generalizada que va a golpear la economía mundial. Y que va a suponer para la clase obrera de los países industrializados austeridad y miseria redobladas con un aluvión de nuevos despidos, disminución de salarios, ritmos infernales; y en los países del Este, como ocurre ya en Polonia, las medidas de «liberalización» de la economía se van a saldar con la explosión del hambre y el paro aún más terribles. Lo que les espera a estos proletarios son sufrimientos como no se han conocido desde finales de la Segunda Guerra mundial. Y las ayudas «humanitarias» organizadas bajo el báculo de los gobiernos «democráticos» a modo de «solidaridad» solo sirven para echarnos tierra a los ojos alimentando la campaña democrática actual con la idea de que solo el capitalismo occidental puede llenar los escaparates vacíos y llevar la abundancia y la libertad a las masas explotadas. Su objetivo es alejar al proletariado de la verdadera solidaridad, la solidaridad de clase, la única que puede ofrecer un futuro a la humanidad que consiste en desarrollar por todas partes los combates contra la explotación capitalista, contra ese sistema generador de masacres, miseria y de una barbarie sin limite.
Hoy la burguesía se ha apuntado un tanto con la caída del stalinismo y su matraca incesante sobre la «victoria del capitalismo sobre el comunismo». Logrando provocar una situación de profunda desorientación en las filas obreras, y deteniendo momentáneamente su marcha hacia la afirmación de su propia perspectiva revolucionaria. Pero la clase dominante no podrá escapar indefinidamente al veredicto de la historia. La crisis y su aceleración siguen siendo el mayor aliado del proletariado, obligándolo a comprometerse de nuevo en combates en su propio terreno de clase, el terreno de la resistencia golpe a golpe a los ataques contra todas sus condiciones materiales de existencia. La agravación de la situación económica mundial va a poner al desnudo el atolladero histórico del capitalismo, obligando al proletariado a mirar la realidad cara a cara, a tomar conciencia por medio de sus luchas reivindicativas de la necesidad de acabar con este sistema moribundo y construir una auténtica sociedad comunista mundial.
Y en esos combates que han de llevarle a la victoria final, la clase obrera tendrá que enfrentarse abiertamente a todos los agentes del Estado «democrático», los sindicatos y sus apéndices izquierdistas, cuya única función consiste en desarmar al proletariado, dificultar el desarrollo de su conciencia de clase, tratando hoy de inocular en sus filas la ilusión reformista de mejorar el capitalismo para desviarlo de su propia perspectiva revolucionaria.
El proletariado no podrá ahorrarse el duro y difícil combate contra el capitalismo y sus diferentes manifestaciones. Para salvarse, y salvar con él al conjunto de la humanidad, está obligado a enfrentar y superar todos los obstáculos que la burguesía siembra a su paso, denunciando día a día todas las mentiras que la burguesía desencadena, tomando conciencia de los verdaderos retos de su combate y de la inmensa responsabilidad que recae sobre sus espaldas.
Corriente comunista internacional
24 de febrero de 1990
El objetivo de este Informe ([1]) era, ante todo, combatir las campañas ideológicas de la burguesía sobre el «final de la lucha de clases» y la «desaparición de la clase obrera» y defender que, a pesar de las dificultades actuales, el proletariado no ha perdido su potencial revolucionario. En las primeras partes de este Informe, no publicadas aquí por falta de espacio, demostrábamos que la negación por la burguesía de ese potencial se debe a su visión puramente inmediatista que concibe la situación de la lucha de clases en cualquier momento como la verdad esencial del proletariado en todo momento. A este método superficial y empírico, nosotros oponemos el método marxista que defiende que «el proletariado sólo puede existir como clase histórica y mundial, al igual que el comunismo, y su actividad sólo puede tener una existencia histórica y mundial» (Marx, La Ideología alemana). Este Informe se sitúa, pues, en el contexto histórico de la clase desde su primera tentativa épica de derrocar al capitalismo en 1917-23, y de las décadas de contrarrevolución que le siguieron. Publicamos aquí la parte del Informe en la que éste se centra en la evolución del movimiento desde la reanudación de los combates de clase a finales de los años 60. Algunos pasajes tratan de situaciones más recientes y a corto plazo que también hemos quitado o abreviado.
(...) Y ahí está todo lo que significaron los acontecimientos de mayo-junio de 1968 en Francia: la aparición de una nueva generación de obreros que no había sido aplastada ni desmoralizada por las miserias y las derrotas de las décadas precedentes, que se había acostumbrado a cierto nivel de vida durante los años del boom de posguerra, y que no estaba dispuesta a someterse a las exigencias de una economía nacional que iba directa a la crisis. La gran huelga general de 10 millones de obreros en Francia, unida a una gran fermentación política en la que las nociones de revolución, de transformación del mundo, volvían a ser temas serios de discusión, marcó la nueva entrada de la clase obrera en el ruedo de la historia, el final de la pesadilla de la contrarrevolución que la ha ahogado durante tanto tiempo. La importancia del «mayo rampante» italiano y del «otoño caliente» al año siguiente estribó en que esos hechos fueron la prueba formal de esa interpretación, sobre todo contra todos aquellos que sólo querían ver en Mayo del 68 una revuelta estudiantil. La explosión de la lucha en el seno del proletariado italiano, el más desarrollado políticamente del mundo, con su poderosa dinámica antisindical, demostró claramente que Mayo del 68 no había sido un acontecimiento aislado, sino que había significado la apertura de un período de luchas de clase en aumento a escala internacional. Los movimientos masivos que se produjeron después (Argentina 69, Polonia 70, España e Inglaterra 72, etc.) fueron una confirmación más de ello.
Las organizaciones revolucionarias existentes entonces no fueron todas ellas capaces de verlo: las más veteranas, especialmente en la corriente bordiguista, afectadas por una miopía cada día mayor a lo largo de los años, fueron incapaces de ver el cambio profundo que se estaba produciendo en la relación de fuerzas entre las clases; en cambio, las que lograron a la vez comprender la dinámica de ese nuevo movimiento y asimilar el «viejo» método de la izquierda italiana, la cual había sido un polo fundamental de clarividencia contra las siniestras sombras de la contrarrevolución, afirmaron que se abría un nuevo curso histórico, totalmente opuesto al que había prevalecido en plena contrarrevolución, el cual era un curso hacia la guerra. El retorno de la crisis mundial iba, sin lugar a dudas, a agudizar los antagonismos imperialistas, los cuales, por su propia dinámica, hubieran arrastrado a la humanidad a una tercera y quizás última, guerra mundial. Pero como el proletariado había empezado a replicar a la crisis en su propio terreno de clase, actuaba así como obstáculo fundamental contra esa dinámica; más aún, al desarrollar sus luchas de resistencia, podía hacer valer su propia dinámica hacia un segundo asalto revolucionario y mundial del sistema capitalista.
La naturaleza abierta y masiva de esta primera oleada de luchas, añadida al hecho de que había permitido que se planteara de nuevo la revolución, llevó a algunos impacientes a «tomar sus deseos por la realidad» y a pensar que el mundo estaba al borde de una crisis revolucionaria desde principios de los años 70. Esta forma de inmediatismo estaba basada en una incapacidad para comprender:
– que la crisis económica que había dado el impulso a la lucha solo estaba en su fase inicial; y que, contrariamente a los años 30, esta crisis iba a imponer a una burguesía aleccionada por la experiencia y con herramientas capaces de «gestionar» la caída en el abismo: el capitalismo de Estado, el uso de organismos constituidos a nivel del bloque, la capacidad para contener los efectos más nefastos de esta crisis recurriendo al crédito y haciendo que el impacto cayera en la periferia del sistema;
– que los efectos políticos de la contrarrevolución seguían teniendo un peso considerable sobre la clase obrera: la ruptura casi total de la continuidad con las organizaciones políticas del pasado; el bajo nivel de cultura política en el proletariado en su conjunto, con su desconfianza inveterada hacia la «política» resultante de su experiencia traumática del estalinismo y la socialdemocracia;
Esos factores indicaban con seguridad de que el período de lucha proletaria abierto en el 68 iba a ser necesariamente largo. En contraste con la primera oleada revolucionaria que había surgido como respuesta a una guerra y que, por lo tanto, se había elevado pronto a un plano político – demasiado rápidamente como así lo hizo notar Rosa Luxemburgo sobre la revolución de noviembre de 1918 en Alemania –, las batallas revolucionarias del futuro sólo podían prepararse con una serie de combates de defensa económica (y eso es de todas maneras una característica fundamental de la lucha de clases en general) que se verían obligados a seguir un proceso, difícil y desigual, de avances y retrocesos.
La respuesta de la burguesía francesa a Mayo 68 marcó la pauta de la contraofensiva de la burguesía mundial: la trampa electoral fue utilizada para dispersar la lucha de clases (después de que los sindicatos lograran sabotearla); se agitó ante los obreros la promesa de un gobierno de izquierda y la ilusión cegadora de que iba a resolverlo todo lo que se había originado la oleada de luchas, instituyendo un nuevo reino de prosperidad y de justicia, incluso algo de «control obrero». Los años 70 podrían pues calificarse como «años de la ilusión» en el sentido de que la burguesía, enfrentada a una crisis económica todavía limitada, podía aún ser capaz de vender fantasías a la clase obrera. Y, de hecho, la contraofensiva de la burguesía quebró el ímpetu de la primera oleada internacional de luchas.
El resurgir de las luchas no iba a tardar, habida cuenta de la incapacidad de la burguesía para llevar a los hechos la más mínima de sus promesas. Los años 1978-80 conocieron una explosión de importantes movimientos de clase: Longwy-Denain en Francia con su voluntad de extensión más allá del sector siderúrgico y el enfrentamiento a la autoridad sindical; la huelga de los estibadores de Rotterdam, en donde surgió un comité de huelga autónomo; en Gran Bretaña, «el invierno de descontento» que vio la explosión simultánea de luchas en múltiples sectores y la huelga en la siderurgia en 1980; en fin, en Polonia, en 1980, punto culminante de esa oleada y, en cierto modo de todo el período de reanudación.
Al final de esa década turbulenta la CCI había anunciado ya que los años 80 serían los «años de la verdad». Con esto no queríamos decir, como a veces nos han interpretado, que los 80 iban a ser la década de la revolución, sino que sería una década en la que en la que las ilusiones de los 70 iban a ser barridas por la aceleración brutal de la crisis y por los ataques drásticos contra las condiciones de vida de la clase obrera provocados por aquélla; una década durante la cual la propia burguesía iba a hablar el lenguaje de la verdad, el de las promesas de «sangre, sudor y lágrimas», como el de Thatcher cuando afirma arrogante: «No hay otra alternativa». Ese cambio de lenguaje correspondía también a un cambio en la línea política de la clase dominante, con la instalación de una derecha dura en el poder que dirigiría los ataques necesarios y una izquierda «radicalizada» en la oposición, encargada de sabotear desde dentro y desviar la réplica de los obreros. En fin, los 80 iban a ser los años de la verdad porque la alternativa histórica que se planteaba a la humanidad – guerra mundial o revolución mundial – no sólo iba a hacerse más clara, sino que además los propios acontecimientos de la década iban a plantearla. Y de hecho, los acontecimientos con que se iniciaron los 80 lo mostraron concretamente: por un lado, la invasión rusa en Afganistán, la cual planteaba crudamente la «respuesta» de la burguesía a la crisis, abriendo un período de tensiones muy agudas entre los bloques, ilustradas por las advertencias de Reagan contra el «Imperio del Mal» y los presupuestos militares astronómicos para programas como el proyecto de la «Guerra de las galaxias», y, por otro lado, la huelga de masas en Polonia, la cual hacía entrever la respuesta proletaria.
La CCI siempre ha reconocido la importancia crucial de ese movimiento: «En efecto, esta lucha ha dado una respuesta a toda una serie de cuestiones que las luchas precedentes habían planteado sin poder darles respuesta o sin hacerlo claramente:
– la necesidad de la extensión de la lucha (huelga de estibadores de Rotterdam);
– la necesidad de su autoorganización (siderurgia en Gran Bretaña);
– la actitud frente a la represión (lucha de los siderúrgicos de Longwy y Denain, en Francia);
En todos esos aspectos, los combates de Polonia han significado un gran paso adelante de la lucha mundial del proletariado y por eso han sido los combates más importantes desde hace más de medio siglo» (Resolución sobre la lucha de clases, IVº Congreso de la CCI, publicada en la Revista internacional nº 26).
El movimiento polaco mostró, en suma, cómo podía el proletariado aparecer como fuerza social unificada, capaz no sólo de resistir a los ataques del capital, sino también izar la perspectiva del poder obrero, un peligro que la burguesía identificó perfectamente, ya que dejó de lado sus rivalidades imperialistas para ahogar el movimiento, especialmente con la implantación del sindicato Solidarnosc.
Tras haber dado una respuesta al problema de cómo extender y organizar la lucha para unificarla. La huelga de masas de Polonia planteó otro: el de la generalización de la huelga de masas más allá de las fronteras nacionales como condición previa para el desarrollo de una situación revolucionaria. Pero, como así lo afirmaba la resolución que adoptamos entonces, eso no podía ser una perspectiva inmediata. La cuestión de la generalización se había planteado en Polonia, pero le incumbía al proletariado mundial, especialmente al de Europa occidental, darle una respuesta. Manteniendo las ideas claras sobre lo que significaron los acontecimientos de Polonia, debíamos combatir dos tipos de equivocaciones: por un lado, la de quitarle importancia a la lucha (por ejemplo, en la propia sección de la CCI en Gran Bretaña, entre los partidarios de los comités de lucha sindicales en la huelga de la siderurgia británica, que consideraban el movimiento polaco como menos importante que lo ocurrido en Inglaterra), y, por otro lado, el peligro inmediatista de quienes exageraban el potencial revolucionario a corto plazo del movimiento. Para combatir esos dos errores simétricos, acabamos desarrollando la crítica de la teoría del «eslabón más débil» ([2]).
Lo central en la crítica es reconocer que para abrir la brecha revolucionaria se requiere un proletariado concentrado y, sobre todo, políticamente experimentado o «cultivado». El proletariado de los países del Este tiene un pasado revolucionario glorioso, sí, pero totalmente borrado por los horrores del estalinismo, lo cual explica la enorme fosa entre el nivel de autoorganización y de extensión del movimiento en Polonia y su conciencia política (el predominio de la religión y sobre todo de la ideología democrática y sindical). El nivel político del proletariado de Europa del Oeste, que ha «disfrutado» durante décadas las «delicias» de la democracia, es mucho más elevado (un hecho ilustrado entre otras cosas, por la presencia en Europa de la mayoría de las organizaciones revolucionarias occidentales). Es, primero y ante todo, en Europa occidental donde debemos buscar la maduración de las condiciones para el próximo movimiento revolucionario de la clase obrera.
De igual modo, la profunda contrarrevolución que se abatió sobre el proletariado en los años 20 lo desarmó en su conjunto. Podría decirse que el proletariado de hoy tiene una ventaja comparado con la generación revolucionaria de 1917: hoy no existen grandes organizaciones proletarias que acaben de pasarse al campo de la clase dominante y que por ello sean capaces de generar una fuerte lealtad hacia ellas por parte de una clase que no ha tenido tiempo de asimilar las consecuencias históricas de la traición de aquellas. Esto había sido, con la Socialdemocracia, una razón de la primera importancia en el fracaso de la revolución alemana en 1918-19. Pero esta situación tiene también su reverso: la destrucción sistemática de las tradiciones revolucionarias del proletariado, la desconfianza hacia toda organización política, su creciente amnesia de su propia historia (un factor que se ha acelerado considerablemente durante la última década), cosas todas ellas que representan una gran debilidad en la clase obrera del planeta entero.
Desde todos los puntos de vista, el proletariado de Europa del oeste no estaba listo para recoger el reto planteado por la huelga de masas en Polonia. La segunda oleada de huelgas se había ido debilitando a causa de la nueva estrategia de la burguesía de colocar a su izquierda en la oposición; los obreros polacos, por su parte, acabaron encontrándose aislados en el momento mismo en que más necesitaban que la lucha estallara en otros sitios. Este aislamiento (construido conscientemente por la burguesía mundial) abrió las puertas a los tanques de Jaruzelski. La represión de 1981 en Polonia marcó el final de la segunda oleada de luchas.
Los hechos históricos de tal amplitud tienen siempre consecuencias a largo plazo. La huelga de masas en Polonia aportó la prueba definitiva de que la lucha de la clase es la única fuerza que pueda obligar a la burguesía a dejar de lado sus rivalidades imperialistas. Demostró, en particular, que el bloque ruso (históricamente condenado, por su posición de debilidad, a ser el «agresor» en cualquier guerra) era incapaz de contrarrestar la crisis económica creciente mediante una política de expansión militar. Quedaba claro que era imposible que los obreros del bloque del Este (y, probablemente, de Rusia misma) pudieran ser alistados como carne de cañón en una eventual guerra por la gloria del «socialismo». Así, la guerra de masas de Polonia fue un factor importante en la implosión posterior del bloque imperialista ruso.
Aunque incapaz de plantear la cuestión de la generalización, la clase obrera occidental no retrocedió durante mucho tiempo. Con una primera serie de huelgas en el sector público en la Bélgica de 1983, la clase se lanzó a una «tercera oleada» de lucha muy larga, que, aunque no arrancara a un nivel de huelga de masas, contenía una dinámica global hacia ella.
En nuestra resolución de 1980 citada antes comparábamos la situación de la clase de ese momento con la de 1917. Las condiciones de la guerra mundial hacían que cualquier resistencia de clase se veía obligatoriamente abocada a enfrentarse directamente con el Estado y por ello plantear la cuestión de la revolución. Al mismo tiempo, las condiciones de la guerra contenían numerosos inconvenientes (la capacidad de la burguesía para sembrar divisiones entre los obreros de los países «vencedores» y tomarle la delantera a la revolución haciendo cesar la guerra, etc.). En cambio, una crisis económica larga y mundial no sólo tiende a igualar las condiciones del conjunto de la clase obrera, sino que además da al proletariado más tiempo para desarrollar sus fuerzas, para desarrollar su conciencia de clase a través de una serie de luchas parciales contra los ataques del capitalismo. La oleada internacional de los años 80 poseía claramente esa característica; si ninguna de las luchas tuvo el carácter espectacular de 1968 en Francia o la de 1980 en Polonia, sin embargo, combinaron sus esfuerzos para dar importantes esclarecimientos sobre por qué y cómo luchar. Por ejemplo, el amplio llamamiento a la solidaridad por encima de los sectores, en Bélgica en 1983 y en 1986, o en Dinamarca en 1985, demostró concretamente cómo el problema de la extensión podía resolverse; los esfuerzos de los obreros por tomar el control de la lucha (asambleas de ferroviarios en Francia en 1986, asambleas de trabajadores de la enseñanza en Italia en 1987) mostraron cómo organizarse fuera de los sindicatos. También hubo ineficaces intentos por sacar las lecciones de derrotas como en Gran Bretaña por ejemplo, tras la derrota de las largas luchas combativas pero agotadoras y aisladas que entablaron los mineros y los impresores a mediados de los años 80; las luchas de finales de la década mostraron que los obreros no querían dejarse arrastrar a las mismas trampas (los obreros de British Telecom se pusieron en huelga y volvieron al trabajo enseguida antes de quedar totalmente aislados; las luchas simultáneas en numerosos sectores durante el verano de 1988). Al mismo tiempo, la aparición de comités de lucha obreros en diferentes países dieron respuesta a cómo pueden actuar los obreros más combativos respecto a la lucha en su conjunto. Todos esos hechos, sin aparente vínculo entre ellos, iban hacia un punto convergente que, si hubiera sido alcanzado, habría significado una profundización cualitativa de la lucha de clase internacional.
A cierto nivel, sin embargo, el factor tiempo empieza a jugar menos en favor del proletariado. Enfrentada a la profundización de la crisis de todo un modo de producción, de una forma histórica de civilización, la lucha de clases, aún siguiendo su avance, no logró mantener el ritmo de la aceleración de la situación, no llegando al nivel requerido para que el proletariado se afirmara como fuerza revolucionaria positiva. Sin embargo, la lucha de clases no seguía bloqueando la marcha hacia la guerra mundial. En fin de cuentas, para la gran mayoría de la humanidad y para la mayoría del propio proletariado, la realidad de la tercera oleada quedó más o menos oculta, a causa, sin duda, del black-out de la burguesía pero también debido a su progresión lenta y poco espectacular. La tercera oleada de luchas quedó incluso «oculta» para la mayoría de las organizaciones políticas del proletariado que tendían a sólo ver sus expresiones más patentes; y verlas, además, como fenómenos separados, sin conexión.
Esta situación, en la que, a pesar de una crisis sin cesar más profunda, la clase dominante tampoco era capaz de imponer su «solución», engendró un fenómeno de descomposición, que se fue haciendo cada vez más identificable durante los años 80, a diferentes niveles y en relación unos con otros: social (atomización creciente, gangsterismo, consumo de drogas, etc.), ideológico (desarrollo de ideologías irracionales y fundamentalistas), ecológico, etc. Al ser un resultado de la situación bloqueada, debida a que ninguna de las dos clases fundamentales de la sociedad ha conseguido imponer su «solución», la descomposición actúa a su vez debilitando la capacidad del proletariado para forjarse una fuerza unificada; al final de la década de los 80, la descomposición fue instalándose cada día más, culminando en los extraordinarios acontecimientos de 1989, que marcaron la apertura definitiva de una nueva fase en la larga caída del capitalismo en quiebra, una fase durante la cual todo el edificio social ha empezado a quebrarse y desmoronarse.
El hundimiento del bloque del Este se impuso, pues, a un proletariado que, aún manteniéndose combativo y desarrollando lentamente su conciencia de clase, no había alcanzado todavía el nivel para ser capaz de replicar en su terreno de clase a un acontecimiento histórico de tal importancia.
El derrumbe del estalinismo y la gigantesca campaña ideológica de mentiras sobre la «muerte del comunismo» que la burguesía montó con esa ocasión significó un parón para la tercera oleada y, excepto para una pequeña minoría politizada de la clase obrera, tuvo un impacto muy negativo sobre el factor clave que es la conciencia de clase, especialmente, en su capacidad para desa-rrollar una perspectiva, para proponer una meta final a la lucha, lo cual es más vital que nuca en una época en la que hay menos separación entre las luchas defensivas y el combate ofensivo y revolucionario del proletariado.
El hundimiento del bloque del Este fue un golpe para la clase en dos aspectos:
• Ha permitido a la burguesía desarrollar toda una serie de campañas en torno al tema de la «muerte del comunismo» y del «final de la lucha de clases» que ha afectado profundamente a la capacidad de la clase para situar sus luchas en la perspectiva de la construcción de una nueva sociedad, para presentarse como fuerza autónoma y antagónica al capital, con sus propios intereses que defender. La clase obrera, que no desempeñó el más mínimo papel específico en los hechos de 1989-91, quedó alcanzada profundamente en la confianza en sí misma. Su combatividad y su conciencia han sufrido ambas un retroceso considerable, sin duda el más profundo desde la reanudación de 1968. Los sindicatos han sacado el mayor provecho de esa pérdida de confianza, haciendo un retorno triunfal como «únicos y verdaderos medios que poseen los obreros » para defenderse.
• Al mismo tiempo, el hundimiento del bloque del Este ha abierto enteramente las compuertas a todas las fuerzas de la descomposición que ya estaban en su origen, sometiendo cada vez más a la clase a la infecta atmósfera de «cada uno para sí», a las influencias nefastas del gangsterismo, del fundamentalismo, etc. Además, la burguesía, aún estando ella también e incluso más afectada por la descomposición de su sistema, se ha mostrado capaz de volver contra la clase obrera sus manifestaciones. Un ejemplo típico de esa manera de actuar de la clase dominante ha sido, en Bélgica, el caso Dutroux, en el cual el vil comportamiento de las pandillas burguesas ha sido utilizado como pretexto para arrastrar a la clase obrera en una vasta campaña democrática por un «gobierno limpio». De hecho, el uso de las mentiras democráticas se ha hecho cada vez sistemático, porque es, a la vez, según la burguesía, «la conclusión lógica que debe sacarse del fracaso del comunismo» y que además es, hoy, el instrumento ideal para incrementar la atomización de la clase y encadenarla de pies y manos al Estado capitalista. Las guerras provocadas por la descomposición – la matanza del Golfo en 1991, la ex Yugoslavia – han permitido a una minoría ver más claramente la naturaleza militarista y brutal del capitalismo, pero sobre todo han provocado un sentimiento de impotencia en el proletariado, el sentimiento de vivir en un mundo cruel e irracional en que no quedaría más solución que esconder la cabeza en la arena.
La situación de los desempleados ha puesto en evidencia los problemas que hoy se le plantean a la clase obrera. A finales de los 70 y principios de los 80, la CCI consideraba a los desempleados como una fuente potencial de radicalización para el movimiento entero, con un papel comparable al de los soldados durante la primera oleada revolucionaria. Pero bajo el peso de la descomposición, se ha visto que era cada vez más difícil para los desempleados desarrollar sus propias formas colectivas de lucha y de organización, al ser ellos tan vulnerables a los efectos más destructores de aquélla (atomización, delincuencia, etc.) eso es cierto sobre todo para los desempleados de la joven generación que nunca han tenido la experiencia de la disciplina colectiva y de la solidaridad del trabajo. Al mismo tiempo, ese peso negativo se ha reforzado por la tendencia del capital a «desindustrializar» sus sectores «tradicionales» – minas, astilleros, siderurgia, etc. – en donde los obreros tienen una larga experiencia de la solidaridad de clase. En lugar de estar en situación de aportar su fuerza colectiva a la clase, esos proletarios han tenido tendencia a ahogarse en una masa inerte. Los daños en ese sector han tenido evidentemente efectos sobre el sector de los obreros con empleo, en el sentido de que han significado una pérdida de identidad y de experiencia de clase.
Los peligros del nuevo período para la clase obrera y el porvenir de sus luchas no pueden subestimarse. El combate de la clase obrera cerró claramente la vía a la guerra mundial en los años 70 y 80, pero, en cambio, no puede frenar el proceso de descomposición. Para desencadenar una guerra mundial, la burguesía tendría que infligir derrotas importantes a los batallones centrales de la clase obrera. Hoy, el proletariado está enfrentado a la amenaza a más largo plazo, pero no menos peligrosa de una especie de «muerte lenta», una situación en la que la clase obrera estaría cada vez más aplastada por ese proceso de descomposición hasta perder su capacidad de afirmarse como clase, mientras el capitalismo se va hundiendo de catástrofe en catástrofe (guerras locales, desastres ecológicos, hambres, enfermedades, etc.) Eso podría llegar incluso hasta la destrucción durante generaciones de las premisas mismas de una sociedad comunista y eso por no hablar de la posibilidad incluso de destrucción total de la humanidad.
Para nosotros, sin embargo, a pesar de los problemas planteados por la descomposición, a pesar del reflujo de la lucha de clases que hemos vivido en estos últimos años, la capacidad del proletariado para luchar, para responder al ocaso del sistema capitalista, no ha desaparecido y el curso hacia enfrentamientos masivos de clase sigue abierto. Para mostrar esto, es necesario examinar de nuevo la dinámica general de la lucha de clases desde el principio de la fase de descomposición.
Como la previó entonces la CCI, durante los dos o tres años que siguieron al hundimiento del bloque del Este, el retroceso de la clase obrera ha sido muy fuerte tanto en conciencia como en combatividad. La clase obrera recibió en plena cara la campaña sobre la muerte del «comunismo».
Durante el año 92, los efectos de esa campaña empezaron, si no ya a borrarse, al menos a disminuir y pudieron notarse los primeros signos de renacimiento de la combatividad, especialmente en las movilizaciones de los obreros italianos contra las medidas de austeridad del gobierno de D’Amato en septiembre de 1992. A estas movilizaciones les siguieron, en octubre, las manifestaciones de los mineros contra el cierre de las minas en Inglaterra. A finales de 1993 hubo nuevos movimientos en Italia, en Bélgica, en España, y, sobre todo, en Alemania con huelgas y manifestaciones en numerosos sectores, sobre todo la construcción y el automóvil. La CCI, en un editorial oportunamente titulado «La difícil reanudación de la lucha de clases» (Revista internacional nº 76), declaraba que: «la calma social que reina desde hace cuatro años se ha roto definitivamente». A la vez que saludaba esa reanudación de la combatividad en la clase, la CCI subrayaba las dificultades y obstáculos importantes que debía encarar: la fuerza renovada de los sindicatos; la capacidad de la burguesía para maniobrar contra ella, en particular su capacidad para escoger el momento y el tema con el que estallarían los movimientos más importantes; la capacidad de la clase dominante para utilizar plenamente el fenómeno de descomposición para reforzar la atomización de la clase (en ese momento, se explotaban a fondo los escándalos, cuyo ejemplo antológico fue la campaña «manos limpias» en Italia).
En diciembre de 1995, la CCI (y el medio revolucionario en general) sufrió una importante prueba. En la vía abierta por un conflicto en los ferrocarriles y tras un ataque muy provocador contra la protección social de todos los obreros, parecía como si Francia estuviera al borde de un movimiento de clase de primer orden, con huelgas y asambleas generales en muchos sectores, con consignas propuestas por los sindicatos y coreadas por los obreros que afirmaban que la única manera de conseguir lo exigido era «luchando todos juntos». Cierta cantidad de grupos revolucionarios, escépticos la mayoría de las veces sobre la lucha de la clase, se mostraron muy entusiasmados con ese movimiento. La CCI, en cambio, alertó a los obreros sobre el hecho de que ese «movimiento» era ante todo el resultado de una gigantesca maniobra de la clase dominante, consciente del descontento creciente en la clase y que lo que buscaba era hacer estallar preventivamente una cólera latente, antes de que ésta pudiera expresarse en una verdadera lucha, antes de que se transformara en una clara voluntad de entablar la lucha. Presentando a los sindicatos como los campeones de la lucha, como los mejores defensores de los métodos obreros de lucha (asambleas, delegaciones masivas hacia otros sectores, etc.), la burguesía quería reforzar la credibilidad de su aparato sindical, en preparación de enfrentamientos futuros más importantes. Por mucho que la CCI haya sido criticada por su visión «conspiradora» de la lucha de clases, nuestro análisis quedó confirmado en el período siguiente. Las burguesías alemana y belga, mediante sus sindicatos, organizaron una especie de calco del «movimiento francés», mientras en Gran Bretaña (la campaña de los estibadores de Liverpool) y en Estados Unidos (la de UPS) hubo varios intentos de mejora de la imagen de los sindicatos.
La amplitud de las maniobras no ha puesto en entredicho la realidad subyacente de la reanudación de la lucha de la clase. De hecho, podría decirse que esas maniobras, por el hecho de que la burguesía suele disponer de cierta delantera respecto a los obreros, al provocar movimientos en condiciones desfavorables e incluso con reivindicaciones falsas, dan la medida del peligro que para la burguesía representa la clase obrera. La gran huelga de Dinamarca a principios de 1998 dio la confirmación más importante de nuestros análisis. A primera vista, ese movimiento tenía muchas similitudes con lo de Francia en diciembre de 1995. Pero como escribíamos en el editorial de la Revista internacional nº 94, no fue así: «Pese al fracaso de la huelga y las maniobras de la burguesía, ese movimiento no tiene el mismo sentido que el de diciembre del 95 en Francia. Mientras que la vuelta al trabajo se hizo en Francia en medio de cierta euforia, con una especie de sentimiento de victoria que impidió que el sindicalismo fuera puesto en entredicho, el final de la huelga danesa se ha realizado en un ambiente de fracaso y de poca ilusión hacia los sindicatos. Esta vez, el objetivo de la burguesía no era lanzar una vasta operación de prestigio para los sindicatos a nivel internacional como en 1995, sino “mojar la pólvora”, anticipándose al descontento y a la combatividad creciente que se están afirmando poco a poco tanto en Dinamarca como en los demás países de Europa y de otras partes».
El editorial muestra también otros aspectos importantes de la huelga: su masividad (una cuarta parte del proletariado danés durante dos semanas), testimonio patente del nivel creciente de cólera y combatividad en la clase, y el uso intensivo del sindicalismo de base para recuperar la combatividad obrera y el descontento hacia los sindicatos oficiales.
Más que nada, lo que había cambiado era el contexto internacional: una atmósfera de combatividad ascendente que se expresaba en numerosos países y que prosiguió:
– en EEUU, durante el verano de 1998, con la huelga de casi 10 000 obreros de General Motors, la de 70 000 de la compañía telefónica Bell Atlantic, la de los trabajadores de la salud en Nueva York, y eso, sin olvidar los violentos enfrentamientos con la policía durante una manifestación masiva de 40 000 obreros de la construcción en Nueva York;
– en Gran Bretaña, con las huelgas no oficiales de los obreros de la salud en Escocia, de los de Correos en Londres, así como las dos huelgas de los obreros de las eléctricas en la capital, que mostraron una clara voluntad de luchar a pesar de la oposición de la dirección sindical;
– en Grecia, durante el verano, donde las huelgas en la enseñanza acabaron en enfrentamientos con la policía;
– en Noruega, en donde se produjo en otoño de 1998 una huelga comparable a la de Dinamarca;
– en Francia, donde se ha desarrollado toda una serie de luchas en diferentes sectores, en la enseñanza, en la salud, en Correos y en los transportes, con especial mención de la huelga de conductores de autobús de París en el otoño, huelga en la que los obreros replicaron en su terreno de clase a una de las consecuencias de la descomposición (el constante aumento de agresiones que deben soportar), reivindicando empleos suplementarios más que la presencia de policías en los autobuses;
– en Bélgica, en donde un lento pero evidente ascenso de la combatividad, ilustrado por las huelgas en la industria automovilística, los transportes, las comunicaciones, ha sido contenida por una campaña enorme en torno al «sindicalismo de combate». Este se dio una forma muy explícita con el fomento de un «movimiento por la renovación sindical», que usa un lenguaje de lo más radical y «unitario» y a cuyo líder, D’Orazio, le han puesto la aureola del radicalismo gracias a la acusación de «violencia» ante los tribunales;
– en el llamado Tercer mundo, con las huelgas en Corea, los rumores de un descontento social masivo y creciente en China y, más recientemente, en Zimbabwe en donde se declaró la huelga general para canalizar la cólera de los obreros no sólo contra las medidas de austeridad del gobierno sino también contra los sacrificios exigidos por la guerra en la República Democrática del Congo; esa huelga coincidió con deserciones y protestas entre las tropas.
Podrían darse otros ejemplos, aunque es difícil obtener informaciones por el hecho de que – contrariamente a las grandes maniobras sindicales ampliamente repercutidas por los medios en 1995 y 1996 – la burguesía ha usado la censura y el silencio como respuesta a la mayoría de esos movimientos, lo cual es una prueba suplementaria de que son la expresión de una verdadera y creciente combatividad que la burguesía, sin lugar a dudas, no tiene ningún interés en pregonar.
Ante el incremento de combatividad, la burguesía no va a quedar de brazos cruzados. Ya ha lanzado o intensificado toda una serie de campañas en el terreno mismo de la lucha, pero también en un plano político más general, y todo ello para minar la combatividad de la clase e impedir el desarrollo de su conciencia. Ya conocemos hoy el rebrote de los sindicatos de «combate» (como en Bélgica, Grecia o en la huelga de los electricistas británicos), a la vez que se desarrolla la propaganda sobre la «democracia» (la victoria de las izquierdas en las elecciones, el asunto Pinochet, etc.), las mistificaciones sobre la crisis (la «crítica» de la globalización, los llamamientos a una pretendida «tercera vía» en la que el Estado tendría que llevar las riendas de una «economía de mercado» desbocada) y continúan las calumnias contra la revolución de Octubre, el bolchevismo y la Izquierda comunista, etc.
Además de esas campañas, vamos a ver a la clase dominante usar al máximo todas las manifestaciones de la descomposición social para así agravar las dificultades que debe encarar la clase obrera. Todavía queda un largo camino entre el tipo de movimiento que hemos presenciado en Dinamarca y el desarrollo de enfrentamientos masivos de clase en los países del corazón del capitalismo, enfrentamientos que abrirán de nuevo la perspectiva de la revolución a todos los explotados y oprimidos de la tierra.
Sin embargo, el desarrollo de la lucha en el período reciente ha demostrado que, a pesar de todas las dificultades a las que se ha enfrentado la clase obrera durante esta década, no sale de ellas derrotada, conservando incluso un enorme potencial para luchar contra este sistema moribundo. En efecto, existen varios factores importantes que permitirán la radicalización de los movimientos actuales de la clase y alzarlos a un nivel superior:
El desarrollo cada vez más patente de la economía mundial. A pesar de todos los intentos de la burguesía por minimizar lo que eso significa, deformando sus causas, la crisis sigue siendo «la aliada del proletariado», pues pone al desnudo los límites reales del modo de producción capitalista. Ya asistimos, el año pasado, a una gran profundización de la crisis económica y sabemos que lo peor está por venir; ante todo, los grandes centros capitalistas empiezan sólo ahora a notar los efectos de la última caída;
La aceleración de la crisis significa aceleración de los ataques capitalistas contra la clase obrera. Pero también significa que la burguesía es cada vez menos capaz de escalonar esos ataques en el tiempo, de aplazarlos o de concentrados en algunos sectores. Cada día más, la amenaza será para toda la clase obrera y para todos los aspectos de sus condiciones de vida. De este modo, la necesidad de ataques masivos de la burguesía hará salir cada día más a la luz la necesidad de una respuesta masiva de la clase obrera.
Al mismo tiempo, la burguesía de los principales centros del capitalismo se verá también obligada a comprometerse más y más en aventuras militares; la sociedad estará cada día más impregnada de la atmósfera guerrera. Ya hemos hecho notar nosotros que en ciertas circunstancias (así ocurrió tras el hundimiento del bloque del Este), el desarrollo del militarismo puede incrementar el sentimiento de impotencia del proletariado. Al mismo tiempo también hemos notado, incluso durante la guerra del Golfo, que ese tipo de acontecimientos puede tener un efecto positivo sobre la conciencia de clase, especialmente en el seno de una minoría más politizada o más combativa. En cualquier caso, la burguesía sigue siendo incapaz de movilizar masivamente al proletariado para sus aventuras militares. Uno de los factores que explica la amplia «oposición» en el seno de la clase dominante a los recientes bombardeos sobre Irak ha sido la dificultad para «vender» esa política guerrera a la población en general y a la clase obrera en particular. Esas dificultades van a ir en aumento para la clase dominante, pues a nivel militar estará cada día más obligada a enseñar los dientes.
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El Manifiesto comunista describe la lucha de clases como una «guerra civil más o menos encubierta». La burguesía, a la vez que intenta crear la ilusión de un orden social en el que los conflictos de clase pertenecerían al pasado, está obligada a acelerar las condiciones mismas que polarizan la sociedad en torno a dos campos opuestos por antagonismos irreconciliables. Cuanto más se hunde la sociedad burguesa en su agonía mortal, más se desgarrará el velo que oculta esa «guerra civil». Enfrentada a unas contradicciones económicas, sociales y militares cada vez más tensas, la burguesía está obligada a apretar su tornillo político totalitario sobre la sociedad, prohibir todo lo que dañe su orden, exigir cada vez más sacrificios y dar cada vez menos a cambio. Como en el siglo pasado, cuando se escribió el Manifiesto, la lucha de los obreros está tendiendo a convertirse en lucha de una clase «fuera de la ley», una clase que no tiene ningún interés que defender en el sistema actual, cuyas revueltas y protestas están efectivamente prohibidas por la ley. En ello reside la importancia de tres aspectos esenciales de la lucha de la clase hoy:
• la lucha por construir una relación de fuerzas en favor de los obreros, es la clave para que la clase obrera sea capaz de reafirmar su identidad de clase contra todas las divisiones impuestas por la ideología burguesa en general y los sindicatos en particular y contra la atomización agravada por la descomposición del capitalismo. Es sobre todo una clave en la práctica, porque surge como necesidad inmediata en cada lucha: los obreros solo pueden defenderse si desarro-llan el frente de su lucha lo más ampliamente posible;
• la lucha por salir de la prisión sindical; son los sindicatos, en efecto, los que siempre ponen por delante la «legalidad» capitalista y las divisiones corporativistas en la lucha, los que lo hacen todo por impedir que los obreros organicen una relación de fuerzas que les sea favorable. La capacidad de los obreros para encarar a los sindicatos y desarrollar sus propias formas de organización será por lo tanto un criterio fundamental para valorar la verdadera maduración de la lucha en el período venidero, sean cuales sean las dificultades de ese proceso;
• el enfrentamiento con los sindicatos es, al mismo tiempo, un enfrentamiento con el Estado capitalista; y el enfrentamiento con el estado capitalista – asumido en permanencia por las minorías más avanzadas – es la clave de la politización de la lucha de clases. En muchos casos, es la burguesía la que toma la iniciativa de hacer de «cualquier lucha una lucha política» (El Manifiesto) porque no puede, en fin de cuentas, integrar la lucha de clases en su sistema. El enfrentamiento será cada día más el modo de actuar de la clase dominante. Y la clase obrera deberá replicar, no sólo en el terreno de la defensa inmediata, sino, ante todo, desarrollando una perspectiva general para sus luchas, situando cada lucha parcial en el contexto más amplio del combate contra todo el sistema. Esta conciencia estará necesariamente limitada, durante bastante tiempo todavía, a una minoría. Pero esta minoría irá creciendo y este crecimiento se manifestará en el aumento de la influencia de las organizaciones políticas revolucionarias en una cantidad cada día más importante de obreros radicalizados. De ahí viene la necesidad vital para esas organizaciones de seguir de muy cerca el desarrollo del movimiento de la clase y ser capaces de intervenir en su seno en la medida de sus posibilidades.
La burguesía puede intentar vendernos la mentira según la cual la lucha de clases ha muerto. Lo que sí es cierto es que se está preparando para la «guerra civil encubierta» que está sin lugar a dudas contenida en el futuro de un orden social acorralado. La clase obrera y sus minorías revolucionarias deben, también ellas, prepararse para aquélla.
28/12/1998
[1] Este informe fue redactado en diciembre de 1998, bastante antes de que estallara la guerra de Kosovo.
[2] La teoría del eslabón más débil, elaborada por Lenin, en particular, durante la Revolución rusa de 1917, afirmaba que la revolución proletaria tenía más posibilidades de triunfar primero en un país atrasado («eslabón más débil» de la cadena imperialista) que en los países plenamente desarrollados, a causa de la fuerza y de la experiencia de las clases dominantes de éstos.
La clase obrera vive aún bajo el peso de las consecuencias de la derrota de la revolución rusa. Primeramente porque tal derrota fue en realidad una derrota de la revolución mundial, de la primera tentativa de destrucción del capitalismo por parte del proletariado internacional, cuyo fracaso significó que la humanidad haya vivido el siglo más trágico de toda su historia. Pero también por la forma en que se produjo esa derrota, ya que la contrarrevolución que la sepultó se arropó con las vestiduras de Lenin y del bolchevismo. Eso es lo que ha permitido a la burguesía mundial propagar la descomunal mentira de que el estalinismo era lo mismo que el comunismo. Y esta patraña que, durante décadas, ya supuso un poderoso factor de profunda confusión y de desmoralización de los trabajadores, alcanzó su cima más aberrante en el momento del hundimiento final de los regímenes estalinistas a finales de los años 80.
Para las actuales organizaciones comunistas, combatir esa mentira sigue siendo una tarea primordial, y como reza uno de nuestros más firmes principios: «Los regímenes estatalizados que, con el nombre de “socialistas” o “comunistas”, surgieron en la URSS, o en los países del Este, en China, en Cuba, etc., no han sido sino otras formas, particularmente brutales, de la tendencia universal al capitalismo de Estado propia del período de decadencia» (posiciones políticas de la CCI que aparecen impresas en todas nuestras publicaciones). Pero llegar a conseguir esta claridad no fue tarea fácil, sino que fueron necesarias cerca de dos décadas de reflexión, de análisis y de debates en el medio revolucionario, antes de poder afirmar que se había resuelto, por fin, el llamado «enigma ruso». Antes de llegar ahí, cuando aún estaba viva la revolución en Rusia aunque mostrara claros signos de descarrilamiento, los revolucionarios afrontaron ya la tarea de, a la vez que la defendían de sus enemigos, criticar sus errores, alertar sobre los peligros que sobre ella se cernían – lo que, en cierta forma, resultaba incluso más difícil.
En los próximos artículos de esta serie analizaremos algunos de los momentos clave de esta larga y ardua lucha por la clarificación. Aunque exceda de nuestras pretensiones escribir una historia completa y sistemática de ese combate, es de todo punto imposible omitirla, en una serie cuyo objetivo declarado es mostrar cómo el movimiento obrero ha ido desarrollando progresivamente su comprensión sobre los objetivos y los métodos de la revolución comunista. Resulta evidente que comprender por qué y cómo cayó derrotada la Revolución rusa, es una guía indispensable que seguir en el camino de la revolución del futuro.
El marxismo es ante todo un método crítico ya que es el producto de una clase que puede únicamente emanciparse, a través de una crítica implacable de las condiciones existentes. Una organización revolucionaria que elude criticar sus errores, aprendiendo de sus fallos, se expone inevitablemente a la influencia de las tendencias conservadoras y reaccionarias de la ideología dominante. Y más aún en momentos revolucionarios, en los que, por la propia naturaleza de estos, debe adentrarse en terrenos prácticamente ignotos sin más brújula para orientarse que sus principios generales. Esto justifica que el partido revolucionario sea aún más indispensable tras el triunfo de la insurrección ya que entonces la revolución debe aferrarse, con más fuerza si cabe, a esas orientaciones basadas en la experiencia histórica de la clase obrera y en el método científico del marxismo. Pero si el partido renuncia a esa actitud crítica perderá entonces la capacidad tanto de poner en juego esas lecciones históricas, como de sacar nuevas enseñanzas de las convulsiones que acompañan el proceso revolucionario. Como veremos, una de las consecuencias de la identificación del Partido bolchevique con el Estado soviético fue, precisamente, una progresiva pérdida de su capacidad para examinarse críticamente a sí mismo y al curso general de la revolución. A pesar de ello, y dado que seguía siendo un partido proletario, continuó generando minorías que siguieron llevando adelante esta tarea. El heroico combate de estas minorías bolcheviques será objeto de una atención particular en próximos artículos, mientras que en éste empezaremos analizando la contribución de una militante revolucionaria que no pertenecía al Partido bolchevique, Rosa Luxemburgo, y que, escribió en 1918, y en las más condiciones más adversas, su ensayo La Revolución rusa. Un documento que proporciona el método más adecuado para analizar los errores de la revolución: una crítica implacable que parte, sin embargo, de una inquebrantable solidaridad con la revolución rusa frente a los ataques de la clase dominante.
La Revolución rusa fue escrito en prisión y justo antes del estallido de la revolución en Alemania. En ese momento, cuando aún rugía la guerra imperialista, resultaba prácticamente imposible conseguir informaciones verídicas de lo que estaba sucediendo en Rusia, ya que a los obstáculos materiales para las comunicaciones (agravados en el caso de Luxemburgo por su encarcelamiento), había que añadir la acción deliberada de la burguesía que, desde el inicio mismo de la revolución, hizo todo cuanto estuvo en su mano por ocultar la realidad de la revolución rusa tras una cortina de humo de falsificaciones y fabulaciones sanguinarias. Ese clima de intoxicaciones dio lugar a que este trabajo no fuese publicado en vida de Rosa Luxemburgo. En efecto, Paul Levi fue enviado por la Liga Spartacus para visitar a Luxemburgo en la cárcel y persuadirla de que, habida cuenta de la virulenta campaña desatada por la burguesía contra la Revolución rusa, la publicación de artículos que criticaran a los bolcheviques azuzaría el fuego de esa campaña. Luxemburgo estuvo de acuerdo con él, y le envió el ensayo con una nota que decía: «Escribo esto únicamente para ti, y si puedo convencerte a ti, entonces el esfuerzo no habrá sido en vano». El texto no se publicó por tanto hasta 1922, y hay que decir que las razones que impulsaron a Levi a hacerlo en ese momento distan mucho de una motivación auténticamente revolucionaria y sí tenían que ver con la progresiva ruptura de Levi con el comunismo (ver artículo «la Acción de marzo en Alemania», Revista internacional nº 93).
Sin embargo el método de crítica de La Revolución rusa es completamente justo. Desde la primera página, Rosa Luxemburgo defiende incondicionalmente la revolución de Octubre, contra las teorías de Kautsky y los mencheviques que decían que puesto que Rusia era un país atrasado, la revolución no debía sobrepasar la fase «democrática burguesa». Luxemburgo mostraba, por el contrario, que sólo los bolcheviques habían sido capaces de desvelar la verdadera alternativa: o contrarrevolución burguesa o dictadura del proletariado. Al mismo tiempo refutó la argumentación de la socialdemocracia que anteponía ganar formalmente la mayoría a emprender una política revolucionaria. Contra esta lógica propia del parlamentarismo moribundo, Rosa Luxemburgo aplaudía la audacia revolucionaria de la vanguardia bolchevique: «Como discípulos de carne y hueso del cretinismo parlamentario, estos socialdemócratas alemanes han tratado de aplicar a las revoluciones la sabiduría doméstica de la “nursery” parlamentaria: para hacer cualquier cosa, primero hay que contar con la mayoría. Lo mismo se aplica a la revolución: primero seamos “mayoría”. La verdadera dialéctica de las revoluciones, sin embargo, da la espalda a esta sabiduría de topos parlamentarios. El camino no va de la mayoría a la táctica revolucionaria, sino de la táctica revolucionaria a la mayoría. Sólo un partido que sabe dirigir, es decir, que sabe adentrarse en los acontecimientos, consi-gue apoyo en momentos de convulsión social. La resolución con que, en el momento decisivo, Lenin y sus camaradas ofrecieron la única solución que permitía avanzar (“todo el poder al proletariado y a los campesinos”), los convirtió, de la noche a la mañana, en dueños absolutos de la situación, cuando poco antes eran una minoría perseguida, calumniada, puesta fuera de la ley, y cuyo dirigente tenía que vivir, como un segundo Marat, escondido en los sótanos» (Rosa Luxemburgo, La Revolución rusa).
Al igual que los bolcheviques, Luxemburgo era plenamente consciente de que la audaz política insurreccional en Rusia sólo tenía sentido como primer paso de la revolución proletaria mundial. Este es el auténtico significado de las célebres palabras de conclusión de su texto: «suyo (se refiere a los bolcheviques) es el inmortal mérito histórico de haber encabezado al proletariado internacional en la conquista del poder político, y en la ubicación práctica del problema de la realización del socialismo, de haber dado un gran paso adelante en la pugna mundial entre el capital y el trabajo. En Rusia solamente podía plantearse el problema, No podía resolverse. Y, en ese sentido, el futuro en todas partes pertenece al “bolchevismo”» (ídem).
La solución residía, pensaba Rosa, en algo muy concreto. Luxemburgo exigía que, sobre todo, el proletariado alemán asumiera sus responsabilidades y acudiera en ayuda del bastión proletario en Rusia, lanzándose él mismo a la revolución. Una explosión que estaba ya en ciernes, aunque su valoración en el citado documento sobre la relativa inmadurez política de la clase obrera en Alemania, constituyera una premonición sobre el trágico destino de esa tentativa.
Luxemburgo podía plantear una necesaria crítica a lo que ella veía como principales errores de los bolcheviques, ya que no se situaba desde la atalaya de un «observador» indiferente, sino como una camarada revolucionaria que reconocía que esos errores eran, ante todo, el producto de las inmensas dificultades derivadas del aislamiento impuesto al poder soviético en Rusia. Precisamente por esas dificultades la actitud que deben tener quienes de verdad desean el triunfo de la revolución, no es la «apología acrítica», ni un «estado de euforia revolucionaria», sino una «crítica penetrante y reflexiva»: «Nos vemos enfrentados a la primera experiencia de dictadura proletaria de la historia mundial (que además tiene lugar bajo las condiciones más difíciles que se puedan concebir, en medio de la conflagración y el caos mundial y la masacre imperialista, atrapada en las redes del poder militar más reaccionario de Europa, acompañada por la más completa deserción de la clase obrera internacional). Sería una locura pensar que todo lo que se hizo o se dejó de hacer en un experimento de dictadura del proletariado llevado a cabo en condiciones tan anormales, representa el pináculo mismo de la perfección» (ídem).
La crítica de Luxemburgo a los bolcheviques se centró en tres temas fundamentales:
1. Los bolcheviques se ganaron el apoyo de los campesinos en la revolución de Octubre, invitándoles a repartirse las tierras de los grandes terratenientes. Luxemburgo reconoce que éste fue «un excelente movimiento táctico». Pero más allá de eso : « Desgraciadamente, sin embargo, esta cuestión tiene dos caras; y el reverso consiste en que la apropiación directa de la tierra por los campesinos no tiene nada en común con la economía socialista. (…) No sólo no es una medida socialista, es que además no permite encarar esas medidas; acumula obstáculos insuperables para la transformación socialista de las relaciones agrarias» (ídem). Luxemburgo señala que una política económica socialista sólo puede partir de una colectivización de las grandes propiedades agrarias, pero se da perfecta cuenta de las dificultades que están atravesando los bolcheviques, y por ello no les critica que no hayan sido capaces de hacerlo. Les dice, eso sí, que animar a los campesinos a dividir la tierra en una innumerable cantidad de pequeños lotes, lleva a una agravación posterior del problema, pues se creará un nuevo estrato de pequeños propietarios agrarios, que a la larga se mostraran, lógicamente, hostiles a cualquier intento de socializar la economía, como la propia experiencia confirmaría poco más tarde. En efecto, aunque estuvieron dispuestos a apoyar a los bolcheviques contra el régimen zarista, los campesinos «independientes» se convirtieron progresivamente en un contrapeso cada vez más conservador al poder proletario. Luxemburgo también alertó, muy certeramente, que la división de la tierra acabaría favoreciendo a los campesinos ricos a expensas de los pobres. La verdad es que la colectivización de la tierra no garantiza, por sí misma, la marcha hacia el socialismo, de la misma manera que tampoco lo asegura la colectivización de la industria. La solución sólo puede venir del triunfo de la revolución a escala mundial, y sólo esto podía resolver el problema de la parcelación de la tierra en Rusia.
2. El punto que más enérgicamente criticó Rosa Luxemburgo a los bolcheviques fue la cuestión de la «autodeterminación de las nacionalidades». Luxemburgo reconoce que si los bolcheviques enarbolan la consigna del «derecho de los pueblos a la autodeterminación», parten de preocupaciones legítimas: oponerse a todas las formas de opresión nacional, y ganarse, para la causa revolucionaria, a las masas de esos territorios del imperio zarista que habían estado bajo el yugo del chauvinismo gran ruso. Luxemburgo muestra, sin embargo, a qué condujo, en la práctica, ese «derecho », lo que significó en la práctica, y que se tradujo en que todas las «nuevas» unidades nacionales que optaron por separarse de la república soviética rusa, se convirtieron, sistemáticamente, en otras tantas aliadas del imperialismo contra el poder proletario: «Está claro que Lenin y sus camaradas esperaban que, al transformarse en campeones de la libertad nacional hasta el punto de abogar por la “separación”, harían de Finlandia, Ucrania, Polonia, Lituania, los países bálticos, el Cáucaso, etcétera, fieles aliados de la Revolución rusa. Pero sucedió exactamente lo contrario. Una tras otra, estas “naciones” utilizaron la libertad recientemente adquirida para aliarse con el imperialismo alemán como enemigos mortales de la Revolución rusa y, bajo la protección de Alemania, llevar dentro de la misma Rusia el estandarte de la contrarrevolución» (ídem). Pero Rosa profundiza aún más y explica por qué no podía ser de otra forma, ya que en una sociedad de clases capitalista, no existe algo como la «nación» que pueda existir al margen de los intereses de la burguesía, y que en vez de estar sujeta a la dominación de otro imperialismo, pueda hacer causa común con la clase obrera revolucionaria: «Seguramente, en todos estos casos no fue realmente el «pueblo» el que impulsó esta política reaccionaria, sino las clases burguesas y pequeño burguesas. Estas, en oposición a sus propias masas proletarias, pervirtieron el “derecho nacional a la autodeterminación”, transformándolo en un instrumento de su política contrarrevolucionaria. Pero (y llegamos al nudo de la cuestión), aquí reside el carácter utópico y pequeñoburgués de esta consigna nacionalista: que en medio de las crudas realidades de la sociedad de clases, cuando los antagonismos se agudizan al máximo, se convierte simplemente en un instrumento de dominación de la burguesía. Los bolcheviques aprendieron, con gran perjuicio para ellos mismos y para la revolución, que bajo la dominación capitalista no existe la autodeterminación de los pueblos, que en una sociedad de clases cada clase de la nación lucha por “determinarse” de una manera distinta, y que para las clases burguesas la concepción de la liberación nacional está totalmente subordinada a la del dominio de su clase. La burguesía finesa, al igual que la de Ucrania, prefirió la dominación violenta de Alemania a la libertad nacional si ésta la ligaba al bolchevismo» (ídem).
Es más, la confusión de los bolcheviques sobre esta cuestión (aunque debe recordarse que existía una minoría dentro del Partido bolchevique – en particular Piatakov – que compartía enteramente la posición de Luxemburgo sobre este punto), tuvo igualmente un efecto negativo a nivel internacional, ya que la «autodeterminación nacional», constituía también la consigna predilecta de Woodrow Wilson (el entonces presidente de los USA) y de todos los grandes tiburones imperialistas, que la utilizaron para desalojar a sus rivales imperialistas de las regiones que ellos mismos codiciaban. Y toda la historia del siglo XX demuestra cómo ese supuesto «derecho de las naciones a disponer de sí mismas» se ha convertido, pura y simplemente, en la coartada de los apetitos imperialistas tanto de las grandes potencias como de los aspirantes a serlo.
Luxemburgo no elude el problema de las sensibilidades nacionales. Insiste, al contrario, en que no se trata de que un régimen proletario «integre» países a través, únicamente, de la fuerza de las armas, pero defiende, muy justamente también, que toda concesión a las ilusiones nacionalistas de las masas de esos países, sólo puede conducir a encadenarlas aún más a sus explotadores. Cuando el proletariado conquista el poder en cualquier región sólo puede ganarse a las masas a través de «la más compacta unión de las fuerzas revolucionarias», mediante una «auténtica política de clase internacional», encaminada a hacer romper a los trabajadores con la burguesía de su propio país.
3. En la posición que defendió Rosa Luxemburgo a propósito del tema «Democracia o dictadura», aparecen elementos profundamente contradictorios. Rosa es, en parte, víctima de una confusión real entre la democracia en general y la democracia obrera (es decir, las formas democráticas utilizadas en interés de la dictadura del proletariado). Esta confusión se pone en manifiesto en su firme defensa de la Asamblea constituyente disuelta por el poder soviético en 1918. Esa disolución fue una decisión completamente coherente ya que la realidad precisamente del poder soviético había dejado completamente obsoletas las viejas formas democráticas burguesas. Y, sin embargo, R. Luxemburgo creía ver, de alguna manera, que esta disolución amenazaba la vitalidad de la revolución. Por parecidas razones se mostraba reacia a admitir que, para excluir a las clases dominantes de la vida política, el «sufragio» en un régimen soviético debe basarse sobre todo en las votaciones en los centros colectivos de trabajo más que en el voto individual de los ciudadanos en sus domicilios. Es verdad que lo que le preocupaba era asegurar que los desempleados no quedaran excluidos por este criterio, pero esa no fue nunca la intención del régimen soviético. Estos prejuicios democráticos interclasistas estaban en completa contradicción con su argumentación contra la «autodeterminación de las nacionalidades» que no puede expresar más que la «autodeterminación de la burguesía». El mismo razonamiento debe aplicarse al análisis de las instituciones parlamentarias que tampoco pueden expresar, sea cual sea su apariencia, los intereses del «pueblo» sino los de la clase capitalista dominante. Hay que decir que la postura expresada por Luxemburgo en su documento es la contraria a la que, poco después, se estableció en el programa de la Liga Spartacus, en el que se exigía la disolución de todas las instituciones de tipo parlamentario, tanto nacionales como municipales, y su sustitución por consejos de delegados de obreros y soldados. Esto nos lleva a pensar que las debilidades de Luxemburgo respecto a la Asamblea constituyente – que pronto se convertiría en el estandarte precisamente de la contrarrevolución en Alemania – fueron rápidamente superadas al calor del proceso revolucionario.
Pero esos errores no deben llevarnos a menospreciar el resto de críticas de Rosa Luxemburgo a la postura de los bolcheviques sobre la cuestión de la democracia obrera. Rosa se daba perfecta cuenta de que en las condiciones de dificultad extrema que sufría un poder soviético asediado por todos lados, existía el peligro real de que la vida política de la clase obrera quedara subordinada a las necesidades de cerrar el paso a la contrarrevolución. Frente a ese peligro, Rosa tenía poderosas razones para estar muy sensibilizada ante cualquier signo que pusiera de manifiesto una violación de las normas de la democracia proletaria. Su defensa de la necesidad de un debate lo más amplio posible en el medio proletario, su oposición a toda supresión forzosa de cualquier tendencia política proletaria, estaban más que justificadas ante el hecho de que el Partido bolchevique había asumido el poder y tendía a monopolizarlo, lo que resultaba perjudicial tanto para ellos mismos como para la vitalidad del proletariado en general, especialmente tras la introducción del Terror rojo. Luxemburgo no se opone en absoluto a la noción de la dictadura del proletariado, pero como ella misma insiste: «Esta dictadura consiste en la manera de aplicar la democracia, no en su eliminación, en el ataque enérgico y resuelto a los derechos bien atrincherados y las relaciones económicas de la sociedad burguesa, sin lo cual no puede llevarse a cabo una transformación socialista. Pero esta dictadura debe ser el trabajo de la clase y no de una pequeña minoría dirigente que actúa en nombre de la clase; es decir, debe avanzar paso a paso partiendo de la participación activa de las masas; debe estar bajo su influencia directa, sujeta al control de la actividad pública; debe surgir del creciente aprendizaje político de la masa popular» (ídem).
Luxemburgo fue particularmente intuitiva al advertir sobre el riesgo de que la vida política de los soviets fuera menguando paulatinamente y que el poder fuera concentrándose, cada vez más, en manos del partido. En el curso de los tres años posteriores, presionados por la situación de guerra civil, éste se convirtió en uno de los principales dramas de la revolución. Pero más allá de lo acertado o erróneo de sus críticas a tal o cual punto, lo que debe inspirarnos del trabajo de Rosa Luxemburgo es su manera de plantear los problemas, una actitud ejemplar para cualquier análisis que se quiera hacer tanto de la Revolución rusa como de su ocaso. Ese método parte de una defensa intransigente de su carácter proletario, y luego se critican sus debilidades y sus eventuales fracasos como un problema del proletariado y para que el proletariado saque lecciones. Desgraciadamente y con frecuencia el nombre de Luxemburgo ha sido usado, en cambio, para tratar de desprestigiar la verdadera memoria de Octubre, no sólo por parte de aquellas corrientes consejistas que se reclaman herederos de la Izquierda alemana pero que han perdido de vista las verdaderas tradiciones de la clase obrera, sino, y sobre todo, por parte de fuerzas burguesas que con el reclamo del «socialismo» de rostro «democrático», tratan de utilizar a Luxemburgo como un martillo con el que golpear a Lenin y el bolchevismo. En propagar esta innoble infamia se han especializado los continuadores políticos de aquellos que, en 1919, asesinaron a Rosa Luxemburgo para salvar a la burguesía. Nos referimos a los socialdemócratas, y en especial, a sus facciones más «izquierdistas». Nuestra intención, en cambio, al analizar los errores de los bolcheviques y la degeneración de la Revolución rusa es, ante todo, mantener nuestra fidelidad al método de Rosa Luxemburgo.
Casi al mismo tiempo que Luxemburgo escribía su crítica empezaron a aparecer también los primeros desacuerdos en el seno del Partido bolchevique, a propósito de qué orientación darle a la revolución. Este debate que surgió en primera instancia en torno a la firma del tratado de Brest-Litovsk – y que después se extendió a las formas y los métodos del poder proletario –, se desarrolló de manera abierta y franca en el partido. Es cierto que dio lugar a polémicas muy fuertes entre sus protagonistas, pero en ningún momento se silenciaron las posiciones minoritarias. De hecho, durante algún tiempo, pareció que la posición «minoritaria» sobre la firma del tratado, podría convertirse en la mayoritaria. En aquel momento, los militantes que se agrupaban para defender diferentes posiciones, lo hacían como tendencias y no como fracciones claramente organizadas para resistir. Es decir que se asociaban temporalmente para expresar diferentes orientaciones en la vida de un partido que, a pesar de la creciente identificación de sus estructuras con las del Estado, seguía siendo todavía un organismo muy vivo de vanguardia de la clase.
Sin embargo hay quien ha argumentado que la firma del tratado de Brest-Litovsk constituyó el principio del fin, si no el propio final, de los bolcheviques como partido proletario, ya que marcaría su abandono efectivo de la causa de la revolución mundial (ver el libro de Guy Sabatier Brest-Litovsk, coup d’arrêt a la révolution, Ediciones Spartacus, París). Algo parecido pensó la tendencia, relativamente numerosa, que más protestó en el partido contra ese tratado – los Comunistas de Izquierda agrupados en torno a Bujarin, Piatakov, Osinski y otros – que cuando los representantes del poder soviético firmaron ese acuerdo de paz claramente «desventajoso» con el rapiñador imperialismo alemán, en lugar de emprender una «guerra revolucionaria» contra él, sintieron que se estaba quebrantando un principio fundamental de la revolución. Este punto de vista no era muy diferente al de Rosa Luxemburgo, aunque la principal preocupación de ésta era que la firma del tratado podía retrasar el estallido de la revolución en Alemania, y en occidente.
En cualquier caso, simplemente comparando el tratado de Brest-Litovsk en 1918, con el que se firmó en Rapallo, cuatro años después, se aprecia la diferencia esencial que existe entre tener que guardarse los principios ante una superioridad aplastante del enemigo, y mercadear con los principios para allanar el camino de la integración de la Rusia soviética en el concierto mundial de naciones capitalistas. En el primer caso el tratado fue abiertamente debatido tanto en el partido como en los soviets, y en absoluto se ocultaron las draconianas condiciones impuestas por Alemania. El marco en el que se discutía la conveniencia o no de firmar el tratado era más el de las necesidades de la revolución mundial que el de la defensa de los intereses «nacionales» de Rusia. Rapallo, por el contrario, fue firmado en secreto, y entre sus cláusulas figuró incluso el suministro de armas al ejército alemán por parte del Estado soviético. Armas que fueron precisamente usadas por aquel para defender el orden capitalista contra los trabajadores alemanes en 1923.
El debate esencial en torno a Brest-Litovsk era de carácter estratégico: ¿Tenía el poder soviético – que se había hecho con el poder en un territorio ya exhausto por cuatro años de carnicería imperialista –, los medios económicos y militares para lanzarse inmediatamente a una «guerra revolucionaria» contra Alemania, aunque fuera una «guerra de guerrillas» como preconizaban Bujarin y otros Comunistas de Izquierda? Y, por otra parte ¿retrasaría seriamente la firma de ese tratado el estallido de la revolución en Alemania, bien fuera por la imagen de «capitulación» que se ofrecía al proletariado mundial, o bien porque proporcionaba un respiro en el frente oriental al imperialismo alemán? Frente a estas dos cuestiones, nos parece, tal y como planteó Bilan en los años 30, que Lenin tuvo razón cuando argumentó que la primera necesidad del poder soviético era la de obtener un respiro para reagrupar fuerzas, no para desarrollar el poder en la «nación» rusa, sino, sobre todo, para poder colaborar mejor a la revolución mundial (como así hizo, por ejemplo, al contribuir a la formación de la Tercera Internacional en 1919). Es evidente que esa contribución hubiera sido completamente imposible en unas condiciones de derrota, por muy heroica que ésta fuera. En cuanto a lo segundo, lo bien cierto es que esa retirada, lejos de retrasar el estallido de la revolución en Alemania, en realidad la aceleró, ya que cuando el imperialismo alemán pudo desentenderse de la guerra en el frente oriental, se lanzó a una ofensiva en el Oeste, que originó los motines en la armada que desencadenaron la revolución en Alemania en noviembre de 1918.
Si hay una lección que sacar de la firma del tratado es la que extrajo Bilan: «Las posiciones de la fracción dirigida por Bujarin, que defiende que la función del Estado proletario es la de liberar a los trabajadores de otros países mediante la “guerra revolucionaria”, están en contradicción con la verdadera naturaleza de la revolución proletaria y con el papel histórico del proletariado». A diferencia de las revoluciones burguesas que por supuesto podían ser exportadas a través de acciones militares, la revolución proletaria depende enteramente de la lucha consciente de los trabajadores de cada país contra su propia burguesía. «La victoria de un Estado proletario contra un Estado capitalista (en el sentido territorial de ese término), no significa de ninguna manera, una victoria de la revolución mundial» («Parti-Etat-Internationale: L’Etat prolétarien», Bilan nº 18, abril-mayo 1935, traducido del francés por nosotros). Esta posición ya se vio confirmada en 1920 con el desastre que supuso el intento de exportar la revolución a Polonia, mediante las bayonetas del Ejército rojo.
La posición de los Comunistas de Izquierda a propósito de Brest-Litovsk, especialmente la defendida por Bujarin: «la muerte antes que el deshonor», aunque sea la cuestión por la que más se les recuerda, no fue sin embargo su principal insistencia. Tras la conclusión de una «paz» con Alemania, y la supresión de la primera oleada de resistencia y sabotajes burgueses que estallaron inmediatamente después de la insurrección de Octubre, fue cambiando también el objeto de los debates. Se había obtenido ese respiro, y la preocupación esencial pasaba a ser entonces cómo podía consolidarse el poder soviético hasta que la revolución mundial le condujera a una nueva fase.
En abril de 1918, Lenin dirigió un discurso al Comité central de los bolcheviques, que fue posteriormente publicado con el título Las tareas inmediatas del poder soviético. En este texto Lenin argumentaba que la tarea primordial a la que se enfrentaba la revolución, partiendo – como hacían él y muchos otros – de que los peores momentos de la guerra civil ya habrían pasado, era «administrar», reconstruir una economía exhausta, imponer la disciplina del trabajo e incrementar la productividad, asegurar una estricta contabilidad y control en el proceso de producción, eliminar la corrupción y el despilfarro, y, quizás por encima de todo ello, luchar contra una mentalidad pequeño burguesa muy extendida, que él veía como el tributo pagado al gran peso del campesinado y de las supervivencias medievales.
Las partes más polémicas de ese texto son aquellas en las que Lenin se refiere a los métodos a emplear para conseguir tales fines, ya que no dudó en propugnar lo que él mismo había definido como métodos burgueses, incluyendo: la utilización de técnicos especialistas burgueses (lo que él mismo había descrito como un «paso atrás» respecto a los principios de la Comuna, ya que para «ganárselos» para el poder soviético debía sobornarlos con salarios muy superiores a los que cobraban como media los trabajadores), el trabajo por piezas, la adopción del «taylorismo», que Lenin había denunciado como «una combinación de la refinada brutalidad de la explotación burguesa y de algunos de los grandes avances científicos en el análisis de la mecanización del trabajo, la eliminación de procedimientos de trabajo superfluos o inconvenientes, la elaboración de métodos correctos de trabajo, la introducción del sistema más perfecto de contabilidad y control, etc.» (Lenin, Obras completas). Lo que suscitó más polémica fue su reacción contra un cierto grado de «anarquía» en los centros de trabajo, especialmente allí donde era más fuerte el movimiento de comités de fábrica que disputaban el control de las factorías a los antiguos, pero también a los nuevos gestores de estas. Lenin propuso contra ello la «Gerencia unipersonal» insistiendo en que: «la subordinación incontestable a una sola persona será absolutamente necesaria para el éxito de un proceso organizado bajo el modelo de una industria altamente mecanizada» (ídem). Este último pasaje es citado muy frecuentemente por consejistas y anarquistas que se afanan en demostrar que Lenin fue el precursor de Stalin. Pero esta cita debe ser leída en su contexto: la reivindicación que hace Lenin de la «dictadura individual» en la gestión no excluía, en absoluto, un extenso desarrollo de las discusiones democráticas y de la toma de decisiones colectivas, sobre el conjunto de las políticas a aplicar, en las reuniones de masas, y señalaba que cuanto más fuerte fuera la conciencia de clase de los trabajadores, más esa subordinación al «gestor» únicamente en el proceso de producción será «algo así como el apacible liderazgo de un director de orquesta» (ídem).
Sin embargo la orientación general de ese discurso alarmó a los Comunistas de Izquierda ya que además se vio acompañado de un aumento de la presión para predisponer a los trabajadores contra los comités de fábrica, a los que quería incorporar al aparato sindical, mucho más dócil.
El grupo de los Comunistas de Izquierda que tenía mucha influencia en las regiones de Moscú y Petrogrado, editaba su propio periódico (Comunista), en el que publicó dos polémicas especialmente importantes contra las posiciones defendidas por Lenin en su discurso: las «Tesis sobre la situación actual» del grupo (publicadas como folleto en 1977 en Critique, Glasgow) y el artículo de Osinski: «Sobre la construcción del socialismo».
El primero de estos documentos muestra que lo que animaba este grupo no era en absoluto una mentalidad de «infantilismo pequeño burgués» como Lenin les reprochará, sino que su actitud es profundamente seria y parte de una tentativa de establecer un análisis de la correlación de fuerzas entre las clases tras las secuelas del tratado de Brest-Litovsk. Es verdad que en esto se pone de manifiesto el lado débil de este grupo, es decir los supuestos de los que había partido durante el debate sobre el tratado.
El punto fuerte del documento es su crítica al uso de los métodos burgueses por parte del nuevo poder soviético. Debe subrayarse aquí que el texto no cae en la rigidez doctrinaria: acepta que los especialistas burgueses sean utilizados por la dictadura del proletariado y no descarta la posibilidad de establecer relaciones comerciales con las potencias capitalistas, aunque advierte contra el peligro de «que el Estado ruso se meta en el juego de las potencias imperialistas», incluyendo alianzas políticas y militares. También alerta sobre que tales políticas en el plano internacional podrían venir acompañadas de concesiones tanto al capital nacional como internacional. Estos peligros se hicieron más agudos con el reflujo de la oleada revolucionaria después de 1921. Sin embargo, lo más relevante de la crítica de la Izquierda se centró en el peligro de abandonar los principios del Estado-Comuna en los soviets, en el ejército y en las fábricas: «La política de dirección de las empresas basada en el principio de una amplia participación de los capitalistas y una centralización semiburocrática se enlaza naturalmente con la política de imponer a los trabajadores una disciplina disfrazada de autodisciplina, la introducción de la responsabilidad de los trabajadores – un proyecto de esta naturaleza ha sido propuesto por la derecha bolchevique (trabajo por piezas, prolongación de la jornada de trabajo etc.). La forma de control estatal de las empresas va en el sentido de la centralización burocrática, del imperio de varios comisariados, la eliminación de la independencia de los soviets locales y el rechazo en la práctica del tipo de Estado-Comuna gobernado desde abajo (...).
En el campo de la política militar es donde aparece y puede notarse ya una desviación hacia el restablecimiento a escala nacional (incluyendo la burguesía) del servicio militar. Con la implantación de cuadros militares para el adiestramiento y de oficiales para ejercer el liderato, la tarea de crear un cuerpo de oficiales proletarios a través de una adecuada y planificada organización de escuelas y cursos, se ha dejado de lado. Siguiendo por esta vía el viejo cuerpo de oficiales y las estructuras de mando del zarismo han sido reconstituidas».
Aquí, la Izquierda comunista veía tendencias preocupantes que estaban empezando a aparecer en el nuevo régimen soviético y que se aceleraron rápidamente en el periodo posterior al Comunismo de guerra. Estaba especialmente preocupada porque el partido se identificaba con esas tendencias lo que podría forzarlo a enfrentarse a los trabajadores como un poder hostil: «La introducción de la disciplina del trabajo junto con la restauración del liderazgo capitalista en la producción no va a incrementar substancialmente la productividad del trabajo y reducirá, sin embargo, la autonomía de los trabajadores, la actividad y el grado de organización del proletariado. Amenaza con llevar a la esclavización de la clase trabajadora y con espolear la insatisfacción tanto en las capas atrasadas como en la vanguardia del proletariado. Al poner en marcha este sistema con el odio agudo hacia los capitalistas y saboteadores que prevalece en la clase obrera, el partido podría dirigirse a buscar apoyo en la pequeña burguesía contra los trabajadores y con ello dejar de ser un partido del proletariado» (ídem).
La consecuencia final de esa evolución es para la Izquierda la degeneración del poder proletario en un sistema de capitalismo de Estado: «en lugar de la transición desde la nacionalización parcial a la socialización general de la gran industria, los acuerdos con los capitanes de la industria conducirán a la formación de grandes trusts que dominarían las ramas básicas de la industria y se convertirían en empresas estatales. Tal sistema de organización de la producción proporciona una base para la evolución en dirección del capitalismo de Estado y constituye una transición hacia él» (ídem).
Al final de las Tesis, la Izquierda comunista expone sus propias propuestas para mantener la revolución en la buena vía: la de continuar la ofensiva contra la política burguesa contrarrevolucionaria y contra la propiedad capitalista, control estricto sobre los industriales burgueses y los especialistas militares; apoyo a la lucha de los campesinos pobres en el campo y, lo más importante para los trabajadores: «... rechazar la introducción del trabajo por piezas y la prolongación de la jornada de trabajo, lo cual en las circunstancias de aumento del desempleo es un sin sentido. Por el contrario, preconizar la introducción por parte de los Consejos locales y los sindicatos de estándares de trabajo y reducción de la jornada de trabajo con un aumento en el número de turnos y poniendo en marcha la organización del trabajo productivo social.
Otorgar una mayor independencia a los Soviets locales no controlando sus actividades mediante comisarios enviados por el poder central. El poder soviético y el partido del proletariado deben apoyarse en la autonomía de clase de las más amplias masas y se deben desarrollar los mayores esfuerzos en esa dirección». Por fin, la Izquierda define su propio papel: «nuestra actitud ante el poder soviético es una posición de apoyo universal participando activamente en él... Esta participación sólo es posible sobre la base de un programa político definido que pueda impedir la desviación del poder soviético y de la mayoría del partido en la funesta vía de la política pequeño burguesa. En caso de tal desviación el ala izquierda del partido tomará la posición de una activa y responsable oposición proletaria».
En esos pasajes se puede percibir cierto número de debilidades teóricas. La primera es confundir la nacionalización total de la economía en las manos del poder soviético como equivalente a un proceso real de socialización y más aún como parte ya de la construcción de la sociedad socialista. En su respuesta a las Tesis, «El infantilismo de izquierdas y la mentalidad pequeño burguesa» (mayo 1918, Obras completas), Lenin ataca esa confusión. A la declaración de las Tesis según la cual «el aprovechamiento armónico de los medios de producción que han quedado solo es concebible con la socialización más decidida», Lenin responde: «Se puede ser decidido o indeciso en el problema de la nacionalización, de la confiscación. Pero la clave está en que la mayor “decisión” del mundo es insuficiente para pasar de la nacionalización y la confiscación a la socialización. La desgracia de nuestros izquierdistas consiste, precisamente, en que con ese ingenuo e infantil juego de palabras, “la socialización más decidida”, revelan su más plena incomprensión de la clave del problema, de la clave del momento actual. La desventura de los izquierdistas está en que no han observado la propia esencia del momento actual, del paso de las confiscaciones (durante cuya realización la cualidad principal del político es la decisión) a la socialización (para cuya realización se requiere del revolucionario otra cualidad). La clave del momento consistía ayer en nacionalizar, confiscar con la mayor decisión, en golpear y rematar a la burguesía, en acabar con el sabotaje. Hoy, hasta los ciegos podrán ver que hemos nacionalizado, confiscado, golpeado y acabado más de lo que hemos sabido contar. Y la socialización se distingue precisamente de la simple confiscación en que se puede confiscar solo con decisión, sin saber contar y distribuir acertadamente, pero es imposible socializar sin saber hacer eso» (Obras escogidas). Aquí Lenin tiene la habilidad de mostrar que hay una diferencia cualitativa entre la mera expropiación de la burguesía (especialmente cuando toma la forma de estatalización) y la auténtica construcción de nuevas relaciones sociales. La debilidad de la Izquierda en este punto llevó a muchos de sus miembros a confundir la casi total estatalización de la propiedad, e incluso de la
distribución, que tuvo lugar durante el Comunismo de guerra como auténtico comunismo. Como demostramos (ver Revista internacional nº 96), Bujarin en particular desarrolló esa confusión en una elaborada teoría con el libro La Economía del periodo de transición. Lenin, en cambio, era mucho más realista sobre la posibilidad de que el poder soviético, asediado y empobrecido, pudiera dar pasos reales al socialismo en ausencia de la revolución mundial.
Esta debilidad de la Izquierda le impide ver con entera claridad de dónde viene el mayor peligro de contrarrevolución. Para ella, el capitalismo de Estado es identificado como el principal peligro, lo que es verdad, pero aquel es visto como una expresión de lo que se considera como un peligro mucho mayor: que el partido acabe desviándose hacia una política pequeño burguesa, que confunda sus intereses con los de la pequeña burguesía en contra del proletariado. Esto era un reflejo parcial de la realidad: el «statu quo» del periodo posinsurreccional se caracterizaba por una situación donde el proletariado victorioso se enfrentaba no solo a la furia de la vieja clase dominante sino al peso mortal de las amplias masas campesinas que tenían sus propias razones para resistir a cualquier avance ulterior en el proceso revolucionario. Pero el peso de esos estratos sociales recaía sobre el proletariado a través del Estado, el cual en su interés de preservar el status social vigente tiende a convertirse en un poder autónomo movido por su propia dinámica. Como muchos de los revolucionarios de entonces, la Izquierda identificaba el capitalismo de Estado con un sistema de control estatal que dirigía la economía en interés tanto de la gran burguesía como de la pequeña burguesía. Pero todavía no podían imaginarse la emergencia de un capitalismo de Estado que, tras haber aplastado efectivamente a esas clases, siguiera funcionando con unas bases enteramente capitalistas.
Como hemos visto, la réplica de Lenin a la Izquierda, a través de «El infantilismo de izquierdas y la mentalidad pequeño burguesa» ataca al grupo en sus puntos débiles: su confusión acerca de las implicaciones de Brest-Litovsk, su tendencia a confundir nacionalización con socialización. Pero Lenin cae en un error muy grave cuando alaba el capitalismo de Estado presentándolo como paso necesario en la atrasada Rusia, incluso como un punto de partida del socialismo. Lenin había sostenido ese punto anteriormente en un discurso ante el Comité ejecutivo de los soviets celebrado a finales de abril. Aquí aborda la mejor intuición de la Izquierda comunista y se encamina completamente en la dirección errónea: «Cuando he leído estas referencias a tales enemigos en el periódico de los comunistas de izquierda, me he preguntado ¿cómo es posible que estas gentes hayan olvidado la realidad desviados por cuatro frases aprendidas en los libros? La realidad nos dice que el capitalismo de Estado puede ser un paso adelante. Sí pudiéramos en un corto espacio de tiempo implantar el capitalismo de Estado en Rusia habríamos alcanzado una gran victoria. ¿Cómo no son capaces de ver que el pequeño propietario, el pequeño capitalista, es nuestro enemigo? ¿Cómo pueden hacer del capitalismo de Estado el enemigo principal? No pueden olvidar que en la transición del capitalismo al socialismo, la pequeña burguesía es nuestro principal enemigo, por sus hábitos, sus costumbres y su posición económica. (...)
¿Qué es el capitalismo de Estado bajo el poder de los soviets? Lograr el capitalismo de Estado en la presente situación significa establecer una contabilidad y un control efectivos que las clases capitalistas no han llevado a cabo. Podemos ver el ejemplo del capitalismo de Estado en Alemania. Sabemos que en ello Alemania ha demostrado ser superior a nosotros. Pero si reflexionamos aunque sea un poco sobre lo que significaría el establecimiento del capitalismo de Estado en Rusia, en la Rusia soviética, cualquiera que no tenga su cabeza llena de pájaros por cuatro frases aprendidas en los libros tendrá que reconocer que el capitalismo de Estado sería nuestra salvación.
He dicho que el capitalismo de Estado sería nuestra salvación: si lo tuviéramos en Rusia, la transición al socialismo pleno sería fácil, la tendríamos al alcance de la mano, porque el capitalismo de Estado es algo centralizado, calculado, controlado y socializado, que es exactamente lo que nos falta; estamos amenazados por el elemento pequeño burgués retardatario, el cual, más que cualquier otra cosa, ha sido desarrollado por la historia de Rusia y su economía» (Obras completas).
En este discurso hay un rasgo de extraordinaria honestidad alertando contra esquemas utópicos que preconizan una construcción rápida del socialismo en Rusia, la cual apenas ha salido de la Edad media y no tiene la asistencia directa del proletariado mundial. Pero hay también un error serio que ha sido confirmado por toda la historia del siglo XX. El capitalismo de Estado no es un paso orgánico al socialismo. En realidad representa la última forma de defensa del capitalismo contra su colapso y la emergencia del comunismo. La revolución comunista es la negación dialéctica del capitalismo de Estado. Los argumentos de Lenin condenan los vestigios de la falsa idea según la cual el capitalismo evolucionaría pacíficamente hacia el socialismo. Ciertamente, Lenin rechaza la idea según la cual la transición al socialismo podría comenzar sin destrucción política del Estado capitalista, pero olvida que la nueva sociedad sólo puede emerger mediante una constante y consciente lucha del proletariado para abolir las leyes ciegas del capital y crear las nuevas relaciones sociales fundadas en la producción de valores de uso. La «centralización» de la estructura económica capitalista por el Estado, incluso aunque sea un Estado soviético, no acaba con las leyes del capital ni con la dominación del trabajo muerto sobre el trabajo vivo. Por esto, la Izquierda tiene razón, al decir, como subraya Osinski, que «si el proletariado mismo no es capaz de crear los supuestos necesarios para una organización socialista del trabajo, nadie lo hará en su lugar ni nadie podrá obligarle a hacerlo. El bastón, esgrimido sobre la cabeza de los trabajadores, se encontrará en manos de una fuerza social que o bien está bajo la influencia de otra clase social o bien está en manos de los Soviets. Pero, en ese caso, el poder soviético se verá obligado a buscar el apoyo de otra clase (por ejemplo, los campesinos) y con ello destruiría él mismo la dictadura del proletariado. El socialismo y la organización socialista del trabajo solo pueden ser establecidos por el proletariado mismo. De lo contrario, se estará estableciendo otra cosa diferente: el capitalismo de Estado» («Sobre la construcción del socialismo» en la recopilación Democracia de los trabajadores o dictadura de partido). Dicho de otra manera, el trabajo vivo solo puede afirmar su interés sobre el trabajo muerto mediante sus propios esfuerzos, a través de una lucha directa por tomar el control tanto sobre el Estado como sobre los medios de producción y distribución. Lenin se equivocó al ver en ello la prueba de la visión pequeño burguesa, anarquizante, de la Izquierda. Esta, a diferencia de los anarquistas, no se oponía a la centralización. Aunque estaba a favor de la iniciativa de los comités de fábrica y los soviets locales, preconizaba la centralización de estos órganos a través de consejos económicos y políticos de mayor nivel. Para ella no se trataba de elegir entre dos posibles formas de construir el socialismo: la de la centralización proletaria o la centralización burocrática. La segunda vía conducía a una dirección diferente que tenía que culminar inevitablemente en el enfrentamiento entre los trabajadores y ese poder que, si bien había nacido de la revolución, se alejaba cada vez más de ella.
Esto era una verdad general aplicable a todas las fases de un proceso revolucionario. Pero las críticas de la Izquierda tenían también una relevancia más inmediata. Como escribimos en nuestro estudio sobre la Izquierda comunista en Rusia publicado en la Revista internacional nº 8: «La defensa de los comités de fábrica, soviets y de la actividad propia de la clase obrera, hecha por Comunista era importante no porque diera soluciones a los problemas económicos de Rusia y menos aún porque diera fórmulas para la construcción inmediata del socialismo en Rusia; de todas maneras la Izquierda había expresado abiertamente que el “el socialismo no puede ser puesto en práctica en un solo país y menos aún en uno atrasado” (citado por L. Schapiro en El Origen de la autocracia comunista, 1955). La imposición de la disciplina laboral por el Estado, la incorporación de los órganos proletarios autónomos al aparato estatal, eran sobre todo golpes a la dominación política de la clase obrera rusa. Como ya lo ha dicho la CCI el poder político de la clase obrera es la única garantía real para el éxito de la revolución. Y este poder político solo puede ser ejercido por los órganos de masa de la clase – sus comités de fábrica y asambleas y sus consejos obreros y sus milicias. Al socavar la autoridad de estos órganos, la política de la dirección bolchevique presentaba un grave peligro para la revolución misma. Las señales del peligro observadas tan pertinentemente por los comunistas de izquierda se volverán mucho más serias durante el siguiente periodo de guerra civil».
En los días siguientes a la insurrección de Octubre, cuando se estaba formando el personal del gobierno de los soviets, Lenin tuvo una vacilación momentánea sobre si aceptar el puesto de presidente del Consejo de Comisarios del pueblo. Su intuición política le decía que ello podría frenar su capacidad para actuar como «vanguardia de la vanguardia», o sea, la izquierda del partido revolucionario, como lo había sido claramente entre abril y octubre de 1917. La posición adoptada por Lenin frente a la izquierda en 1918, aunque se movía firmemente dentro de los parámetros de un partido proletario vivo, reflejaba ya que las presiones del poder estatal sobre los bolcheviques, los intereses del Estado, de la economía nacional, de la defensa del status quo, estaban empezando a entrar en conflicto con los intereses de los trabajadores. En este sentido hay una cierta continuidad entre los falsos argumentos de Lenin contra la izquierda en 1918 y su polémica contra la Izquierda comunista internacional en 1920 a la que también acusaba de infantilismo y anarquismo. Sin embargo, en 1918 la revolución mundial estaba todavía en ascenso y se extendía más allá de Rusia, lo que hacía más fácil corregir los errores. En posteriores artículos examinaremos cómo la Izquierda comunista respondió al proceso real de degeneración de los bolcheviques y del poder soviético cuando la revolución internacional entró en su fase de reflujo.
CDW
En un artículo precedente hemos mostrado cómo el aislamiento internacional de la revolución rusa, debido al fracaso de la revolución en Europa occidental, había significado la degeneración de la IC y el auge del capitalismo de Estado en Rusia, que, a su vez, concurrieron para acelerar las derrotas obreras en Alemania.
Tras la firma del tratado secreto de Rapallo, la clase capitalista internacional se da cuenta de que el Estado ruso en degeneración está haciendo de la IC su instrumento. En Rusia se desarrolla, además, una fuerte oposición contra esta tendencia, lo que lleva a una serie de huelgas durante el verano de 1923 en la región de Moscú, pero sobre todo se expresa por una clamorosa oposición, cada vez más importante, en el partido bolchevique. En el otoño de 1923 Trotski, después de muchas vacilaciones, decide finalmente entablar una lucha más determinada contra la orientación capitalista de Estado. Aunque la IC, con su política de frente único y su apoyo al nacional-bolchevismo, se hace cada vez más oportunista y tiende a degenerar tanto más rápidamente cuanto que es estrangulada por el Estado ruso, en su seno subsiste una minoría de camaradas internacionalistas que continúa defendiendo la orientación de la revolución mundial. Tras el abandono del capital alemán de su promesa de una lucha común entre la «nación oprimida» y Rusia, esta minoría internacionalista está desorientada, porque está persuadida de que, debido a eso, la perspectiva de un «salvamento» exterior de la revolución de Octubre, así como la de una reanudación de la oleada revolucionaria mundial, se alejan cada vez más. Por temor al desarrollo del capitalismo de Estado en Rusia, y con la esperanza de un resurgimiento revolucionario, esta minoría se lanza desesperadamente a la búsqueda de una última chispa, de la última posibilidad de un asalto revolucionario.
«Podéis ver camaradas, que se trata por fin del gran asalto revolucionario que hemos esperado desde hace tantos años y que cambiará la imagen del mundo. Estos sucesos van a tener una importancia considerable. La revolución alemana significa el hundimiento del mundo capitalista». Convencido de que aún subsiste un potencial revolucionario y que el momento de la insurrección todavía no ha pasado, Trotski presiona a la IC para que haga todo lo que pueda por apoyar un alzamiento revolucionario.
Al mismo tiempo se acelera la situación en Polonia y en Bulgaria. El 23 de septiembre, los comunistas en Bulgaria, apoyados por la IC, se lanzan a una sublevación que fracasa. En octubre y noviembre, estalla en Polonia una nueva oleada de huelgas seguida por casi dos tercios del proletariado industrial del país. El propio partido comunista polaco se ve sorprendido por la combatividad de la clase. Esos alzamientos insurreccionales son aplastados en noviembre de 1923.
En el contexto del combate político que se lleva en el seno del partido ruso, Stalin se pronuncia contra el apoyo al movimiento en Alemania en la medida en que el éxito de éste podría constituir una amenaza directa contra el aparato de Estado ruso, cuyas posiciones más importantes controla: «Mi punto de vista es que los camaradas alemanes deben retirarse y que no debemos animarlos» (Carta de Stalin a Zinoviev, 5/8/1923).
Agarrado a la última esperanza de un resurgimiento de la oleada revolucionaria, el Comité ejecutivo de la IC (CEIC) decide por su cuenta, sin consultar con anterioridad al KPD, presionar al movimiento en Alemania y prepararse para la insurrección.
Cuando llegan a Moscú el 11 de septiembre las noticias del fin de la política de «resistencia pasiva» de Alemania contra Francia y del comienzo de las negociaciones franco-alemanas, el CEIC llama a la insurrección en Bulgaria para finales de septiembre, que debería continuarse poco después en Alemania. Moscú emplaza a los representantes del KPD a preparar la insurrección con el CEIC. Estas discusiones, en las que participan también representantes de los países vecinos de Alemania, duran más de un mes, desde principios de septiembre a principios de octubre.
La IC toma una nueva opción desastrosa. Tras la política de frente único con las fuerzas socialdemócratas contrarrevolucionarias, cuyas consecuencias destructivas aún se hacían sentir en ese momento, tras el flirteo con el nacional-bolchevismo, ahora se hace una huida adelante desesperada, la aventura de una tentativa de alzamiento sin que estén reunidas las condiciones para un posible éxito.
A pesar de que la clase obrera en Alemania seguía siendo la parte más fuerte y más concentrada del proletariado internacional, que, con el proletariado ruso, había estado en punta del combate revolucionario, en 1923 – cuando la oleada internacional de luchas estaba ya en una fase de reflujo – estaba relativamente aislada. El CEIC tiene una falsa apreciación de la relación de fuerzas respecto a esto, y no ve cómo la reorientación táctica del gobierno dirigido por el SPD en agosto de 1923 ha decantado esta relación a favor de la burguesía. Para tener un análisis correcto, para comprender la estrategia del enemigo, un partido organizado internacionalmente y centralizado tiene que ser capaz de apoyarse en una evaluación correcta de la situación hecha por su sección local. Pero el KPD está cegado por su política nacional-bolchevique, y no comprende la dinámica real del movimiento. El movimiento en Alemania pone al desnudo numerosas debilidades:
• Hasta agosto se limita sobre todo a reivindicaciones económicas. La clase obrera no plantea sus propias reivindicaciones políticas. Aún si el movimiento desarrolla más fuerza a partir de las fábricas, a pesar de que ocupa la calle, de que cada vez se unen más obreros en asambleas generales y se forman consejos obreros, no se puede hablar de periodo de doble poder. Muchos miembros del CEIC piensan que la formación de consejos obreros se aleja de lo que ellos consideran que es la tarea prioritaria del momento: la preparación militar de la insurrección; y que los consejos van a servir de pretexto para la represión del gobierno. El nuevo gobierno ha prohibido en efecto la formación de consejos de fábrica. La mayoría del CEIC propone de hecho que no se formen soviets hasta después de la toma del poder.
• En vez de sacar lecciones de la política desastrosa que se ha apoyado esencialmente en una «alianza nacional», una política de la que la estrategia del frente único no era mas que el primer paso, el KPD basa toda la preparación de la insurrección en la formación de un «gobierno obrero» con el SPD.
• En fin, la mayor debilidad consiste en que no se cumple la condición indispensable para una insurrección victoriosa: el KPD, dividido, minado y debilitado por su evolución oportunista, no representa un papel político verdaderamente decisivo en la clase.
En el CEIC se debaten muchas cuestiones.
Trotski insiste en la necesidad de fijar la fecha de la insurrección. Propone el 7 de noviembre, día del alzamiento victorioso de octubre en Rusia seis años antes. Al fijar una fecha, quiere descartar toda actitud «de esperar acontecimientos». El presidente del KPD, Brandler, se niega a fijar una fecha precisa. En fin, a finales de septiembre se toma la decisión de que la insurrección sea durante las 4 ó 6 semanas siguientes, es decir, los primeros días de noviembre.
Considerando la dirección del partido alemán demasiado inexperimentada, Brandler sugiere que Trotski, que tan importante papel desempeñó en la organización de la insurrección de Octubre 1917 en Rusia, vaya a Alemania para ayudar a organizar la insurrección.
Otros miembros del CEIC se oponen a esta propuesta. Zinoviev, como presidente de la IC, exige ese papel dirigente. No se puede entender esta pelea sin verla en el contexto de la lucha creciente por el poder en Rusia. Finalmente se decide que irá a Alemania un órgano colectivo, compuesto por Radek, Guralski, Skoblevski y Tomski. El CEIC decide igualmente aportar ayuda a 3 niveles:
Mientras prosiguen las discusiones en Moscú, los emisarios de la IC en Alemania comienzan ya los preparativos de la insurrección. A comienzos de octubre, numerosos dirigentes del KPD comienzan a pasar a la ilegalidad. Pero mientras en Moscú la dirección del KPD y el CEIC discuten los planes de la insurrección, en Alemania no parece haber discusiones en profundidad sobre estas cuestiones y sobre las perspectivas inmediatas.
Desde principios de 1923 y particularmente desde la Conferencia de Leipzig, el KPD había comenzado a organizar las unidades de combate Centurias rojas. Inicialmente estas tropas armadas tenían que servir de fuerzas de protección de las manifestaciones y de las asambleas obreras. Todos los obreros experimentados en el combate, cualesquiera que fueran sus convicciones políticas, podían unirse a ellas. Ahora las Centurias rojas se ocupaban en completar su entrenamiento militar, hacían simulacros de alertas y seguían cursos especiales de manejo de armas.
En comparación con Marzo de 1921, se dedica mucha más atención a ese aspecto y se invierten medios considerables en los preparativos militares. Además el KPD había organizado un servicio de información militar. Había el «M-Apparat», y el «Z-Gruppe» para infiltrar el ejército del Reich y el «T-Te-rrorgruppe» en la policía. Se habían instalado arsenales secretos y se recogían efectos militares de todo tipo.
Los consejeros militares rusos disponían de medio millón de fusiles. Esperaban ser capaces de movilizar rápidamente entre 50 000 y 60 000 hombres. Sin embargo, el ejército del Reich y las tropas de derecha que lo sostenían, representaban, junto con la policía, una fuerza 50 veces superior a las formaciones militares dirigidas por el KPD.
Como telón de fondo de estos preparativos, la IC elabora un plan basado en un golpe militar estratégico.
Si en ciertas regiones el KPD se une al SPD para formar un «gobierno obrero» en aplicación de la táctica de Frente único, eso sólo puede prender fuego a las brasas. Se eligen Sajonia y Turingia porque el SPD ya está en los puestos gubernamentales y porque el ejército dispone de menos unidades comparado con Berlín y con el resto del país.
La idea de base es que las «fuerzas fascistas» y el ejército van a percibir la formación de un gobierno obrero SPD-KPD como una provocación. Se suponía que los fascistas dejarían Baviera y Alemania del sur para ir a Sajonia y hacia Alemania central. Al mismo tiempo se esperaba una reacción del ejército, que se suponía que movilizaría sus tropas estacionadas en Prusia. Esta ofensiva de la burguesía podría combatirse con la movilización de enormes unidades de obreros armados. Incluso estaba previsto que el ejército y las unidades fascistas fueran derrotados atrayéndolos a una emboscada cerca de Kassel. Las Centurias rojas serían la base de la constitución de un ejército rojo, cuyas unidades de Sajonia marcharían sobre Berlín y las de Turingia sobre Munich. Finalmente estaba previsto que en el gobierno que se instaurara a nivel nacional estuvieran los comunistas, los socialdemócratas de izquierda, los sindicalistas y oficiales nacional-bolcheviques.
A partir pues, del momento en que el KPD se uniera al gobierno de Sajonia, tenía que producirse una situación crucial.
En agosto, el SPD se une al gobierno nacional para calmar la situación y para cortar el paso a un movimiento insurreccional haciendo un montón de promesas.
Pero cuando, el 26 de septiembre, el gobierno anuncia oficialmente el fin de la «resistencia pasiva» contra el ocupante francés y promete el pago de los atrasos salariales, el 27 de septiembre estalla una huelga en el Ruhr. El 28 de septiembre el KPD llama a una huelga general en todo el país y al armamento de los obreros para instaurar «un gobierno obrero y campesino». El 29 de septiembre se declara el estado de emergencia, mientras que el KPD llama a los obreros a detener su movimiento para el 1º de octubre. Como en el pasado, su objetivo no es buscar que se refuerce progresivamente la clase obrera a través de la lucha en las fábricas, sino centrarlo todo en un momento decisivo que se preveía para más tarde. Así, en lugar de hacer que aumentara la presión desde las fábricas, como señalaría después críticamente la IC, para desvelar el verdadero rostro del nuevo gobierno SPD, tendió al contrario a bloquear la iniciativa de los obreros en las fábricas. De esta forma, la combatividad de los obreros, su determinación para contrarrestar los ataques del nuevo gobierno, no sólo se ven socavadas por las promesas del SPD, sino también por la política del KPD. La IC concluirá en su 5º Congreso: «Tras la huelga de Cuno, se cometió el error de querer retrasar los movimientos elementales hasta las luchas decisivas. Uno de los mayores errores ha sido que la rebelión instintiva de las masas no se ha transformado en una voluntad revolucionaria consciente de combate basándose sistemáticamente en fines políticos... El partido ha fracasado en la misión de proseguir una agitación enérgica y viva por la constitución de consejos políticos. Las reivindicaciones transitorias y las luchas parciales tenían que ligarse lo mejor posible al objetivo final de la dictadura del proletariado. La negligencia del movimiento de los consejos de fábrica ha hecho imposible que los consejos de fábrica jueguen temporalmente el papel de consejos obreros, y así, durante los días decisivos no ha habido un centro de autoridad en torno al que las masas vacilantes de obreros puedan unirse y oponerse a la influencia del SPD.
Puesto que los otros órganos unitarios (comités de acción, comités de control, comités de lucha) no se utilizaban sistemáticamente para preparar la lucha políticamente, la lucha se ha visto principalmente como una cuestión de partido y no como una lucha unitaria del proletariado».
Al impedir que la clase obrera desarrolle sus luchas defensivas con el pretexto de que «tiene que esperar al día de la insurrección», el KPD le impedía de hecho desarrollar su propia fuerza frente al capital y ganar a los obreros todavía vacilantes debido a la propaganda del SPD. Así, la IC hará más tarde la crítica siguiente: «Sobrestimar los preparativos técnicos durante las semanas decisivas, polarizarse en acciones como una lucha de partido y esperar el “golpe decisivo” sin un movimiento de luchas parciales y movimientos de masa que las preparen, ha impedido la estimación de la verdadera relación de fuerzas y ha hecho imposible fijar una fecha real. (...) En realidad sólo era posible constatar que el partido estaba en un proceso de ganar la mayoría sin, por ello, tener la dirección de la clase» (Las lecciones de los acontecimientos de Alemania y las tácticas del frente único).
En esos momentos, los miembros de una «división negra del ejército del Reich» (una unidad simpatizante de los fascistas) organizan una revuelta el 1º de octubre en Küstrin. Pero su revuelta es aplastada por la policía prusiana. El Estado democrático manifiestamente no necesita todavía a los fascistas.
El 9 de octubre, Brandler vuelve de Moscú con la nueva orientación de una insurrección iniciada por la entrada del KPD en el gobierno. El 10 de octubre se decide la formación de un gobierno con el SPD en Sajonia y Turingia. Tres comunistas entran en el de Sajonia (Brandler, Heckert, Böttcher), dos en el de Turingia (K. Korsch y A. Tenner).
Mientras, en enero de 1923, la conferencia del partido afirmaba: «La participación del KPD en un gobierno de un land (región), sin poner condiciones al SPD, sin un fuerte movimiento de masas y sin un apoyo extraparlamentario suficiente, sólo puede tener un efecto negativo sobre la idea de un gobierno obrero y tener un efecto destructivo en el seno del partido»; unos meses más tarde, la dirección del KPD está dispuesta a seguir las instrucciones de la IC y a entrar en un gobierno SPD, prácticamente sin poner condiciones. El KPD cree así encontrar un punto de apoyo para la insurrección pues espera poder armar a los trabajadores desde el gobierno.
Pero si el partido se esperaba una violenta reacción por parte de fascistas y militares, fue Ebert, presidente del SPD quien, de verdad, destituyó los gobiernos de Sajonia y Turingia el 14 de octubre, ordenando al ejército que ese mismo día ocupase las dos regiones, sin importarle que esos gobiernos hubieran sido «elegidos democráticamente» y demostrando, una vez más, que era el mismo SPD el que, por cuenta del capital, preparaba y asumía la represión de los trabajadores, a través de toda una serie de trampas y maniobras. Fue entonces cuando las tropas fascistas se desplazaron de Baviera a Turingia.
El KPD respondió llamando a los trabajadores a tomar las armas, distribuyendo, la noche del 19 al 20 de octubre, 150 mil ejemplares de una hoja en la que pedía a los miembros del partido que se procurasen el máximo de armas posibles, y proclamando, al mismo tiempo, la huelga general que debía desencadenar la insurrección.
Para evitar que fuera el partido el que tomara directamente la proclamación de la insurrección y que, en cambio, fuera una asamblea obrera la que adoptara tal decisión, Brandler trató de convencer a la conferencia de obreros de Chemnitz para que votara la huelga. En esa conferencia se hallaban presentes cerca de 450 delegados, de los que 60 eran representantes oficiales del KPD, 7 del SPD, y 102 eran delegados sindicales.
Para tratar de «sondear el ambiente» Brandler sugirió votar la huelga general. En cuanto oyeron esta propuesta, los representantes sindicales especialmente pero también los delegados del SPD protestaron con todas sus fuerzas, amenazando con abandonar la conferencia. La cuestión de la insurrección ni siquiera se planteó. El ministro socialdemócrata que se hallaba presente en esta reunión se pronunció rotundamente contra la huelga general. La conferencia acabó sometiéndose a los dictados del SPD y los delegados sindicales, y hasta los propios representantes del KPD lo acataron sin rechistar. Así pues esa conferencia, que según los planes del KPD debía ser la chispa que encendiera un movimiento insurreccional al proclamar la huelga general decidió, por el contrario, posponerla.
Sin embargo, Brandler y la dirección del KPD seguían estando plenamente convencidos de que los delegados de esta asamblea reconsiderarían su decisión cuando supieran que el ejército se dirigía hacia Sajonia. Confiaban también en que renaciera el ardor revolucionario tras el cambio que «previsiblemente» habría de producirse en el gobierno de Berlín. Tras equivocarse, en agosto, en el análisis de la relación de fuerzas entre las clases, el KPD volvía a errar en la evaluación de esa relación, así como del estado de ánimo de los trabajadores.
En la asamblea de Chemnitz, que para el KPD debía ser un momento clave de la insurrección, la mayoría de los delegados se encontraban bajo la influencia del SPD. Ni en los comités de fábrica ni en las asambleas obreras, tenía el KPD una mayoría clara. A diferencia de los bolcheviques en 1917, el KPD ni supo valorar correctamente la situación, ni fue capaz de influir decisivamente en el curso de los acontecimientos. Para los bolcheviques la insurrección podía plantearse, únicamente, tras conquistar una mayoría de los delegados en los consejos obreros. Sólo así el partido podría desempeñar, efectivamente, un papel dirigente y determinante.
La conferencia de Chemnitz se disolvió sin decidir la huelga y, menos aún, la insurrección. Tras el fiasco de esta asamblea, la dirección del Partido, y no solamente Brandler sino también los miembros del «ala izquierda» de la Central así como los camaradas extranjeros que estaban entonces presentes en Alemania, votó unánimemente emprender la retirada, provocando una enorme decepción en las diferentes secciones del partido que, en todos los rincones del país, se encontraban preparadas con los fusiles en la mano.
Aunque existen múltiples versiones sobre lo que sucedió en Hamburgo, la más creíble es la que afirma que el mensaje de la anulación de la insurrección no llegó a tiempo. Convencidos de que el plan de la insurrección seguía su curso tal y como estaba previsto, los miembros del partido se pusieron en marcha sin esperar la confirmación por parte de la dirección. La noche del 22 al 23 de octubre los comunistas y las Centurias rojas empezaron a aplicar el plan insurreccional en Hamburgo, enfrentándose a la policía según los planes previstos con anterioridad.
Estos combates duraron varios días. Pero la mayoría de los trabajadores permanece pasiva, mientras un gran número de militantes del SPD se presenta voluntariamente en los cuarteles de la policía, para alistarse en el combate contra los insurrectos.
Aún cuando el 24 de octubre llega a Hamburgo la orden de detener los combates, ya no es posible una retirada ordenada. La derrota es inevitable.
El 23 de octubre las tropas del ejército marcharon sobre Sajonia. Una vez más, la represión se cebó con el KPD. Poco más tarde, el 13 de noviembre, Turingia es igualmente ocupada por el ejército. En el resto del país no hubo reacciones significativas de los trabajadores. En el propio Berlín, donde el «ala izquierda» del KPD tiene una influencia mayoritaria, apenas unos centenares de trabajadores se manifestaron en solidaridad con sus hermanos de Sajonia y Turingia. El partido sufre la deserción de numerosos militantes decepcionados.
El intento por parte de la Internacional Comunista de relanzar la oleada revolucionaria, y dar una salida a la situación en Rusia a través de una insurrección aventurera en Alemania fracasó. En 1923 la clase obrera alemana se encuentra aún más aislada que al comienzo de la oleada revolucionaria, en 1918-19. Además, la burguesía está mucho más preparada y ha cerrado filas, a escala internacional, contra el proletariado. Evidentemente no había condiciones para un levantamiento victorioso en Alemania. La combatividad que, sin embargo, aún manifestaban los trabajadores había sido ya contrarrestada por la burguesía en agosto. La presión que provenía de las fábricas, los esfuerzos por unirse en asambleas generales... todo eso había sufrido un importante retroceso. «Desde nuestro punto de vista, el criterio de nuestra influencia revolucionaria residía en los sóviets (…) Los sóviets ofrecían el marco político a nuestras actividades conspirativas; y también eran los órganos de gobierno tras la verdadera toma del poder» (Trotski: ¿Pueden determinarse para una fecha fija una contrarrevolución o una revolución?, 1924). En 1923, en Alemania, la clase obrera no consiguió constituir esos consejos obreros que son una de las primeras condiciones de la conquista del poder.
A la inmadurez de las condiciones políticas de la clase obrera en su conjunto, había que añadir la incapacidad del KPD para hacer su papel político dirigente. Sus políticas («nacional-bolchevismo» hasta agosto, frente único, defensa de la democracia burguesa) contribuyeron a sembrar una gran confusión en la clase obrera, y a desarmarla ideológicamente frente al enemigo. Una insurrección solo puede vencer si la clase trabajadora tiene una clara visión de sus objetivos políticos y si, en su seno, actúa un partido capaz de mostrarle claramente la dirección a seguir y de determinar, con precisión, el momento exacto de la acción. Sin un partido fuerte y sólido no puede triunfar la insurrección, ya que es el partido quien posee una visión de conjunto, quien puede establecer una correcta estimación de la relación de fuerzas entre las clases, extrayendo las consecuencias de todo ello. Comprender la estrategia de la clase enemiga, medir la temperatura entre los trabajadores y particularmente la de sus sectores más importantes, ejercer plenamente su papel en los momentos decisivos de la batalla, todas estas cualidades son las que, cuando se ponen en práctica, hacen del partido un instrumento indispensable.
La Internacional comunista se preocupó fundamentalmente de los preparativos militares. El camarada que en el KPD se encargaba de estas cuestiones – K. Retzlaw –, cuenta en sus memorias cómo los consejeros militares rusos discutían esencialmente de pura estrategia militar, sin jamás tomar en consideración la situación de las masas obreras. Por mucho que la insurrección exija una minuciosa planificación militar, es mucho más que una simple acción militar. Los preparativos militares no pueden abordarse más que cuando se ha consolidado el proceso de maduración y movilización políticas de la clase obrera, y no es posible pasar por alto ese proceso.
Eso implica que, al contrario de lo que proponía el KPD en 1923, la presión de los trabajadores en las fábricas no puede atenuarse ni diluirse. Mientras los bolcheviques sí supieron aplicar «el arte de la insurrección» en Octubre de 1917, el plan insurreccional de octubre de 1923 no fue más que una farsa que acabó en una tragedia. Los internacionalistas de la IC no sólo se equivocaron al evaluar la situación sino que se aferraron a una esperanza vana. En septiembre, el propio Trotski, manifiestamente mal informado sobre la situación, era el más convencido de que el movimiento aún estaba en auge y seguía defendiendo a capa y espada la posibilidad de la insurrección.
La crítica que, con posterioridad, hizo al KPD es, en gran parte, inexacta, pues le reprochó que en 1921 se hubiera lanzado a un «putsch» aventurero e impaciente, mientras que en 1923 habría caído en el extremo contrario, en una especie de espera, renunciando a hacer su papel: «La maduración de la situación revolucionaria en Alemania se ha comprendido muy tarde, (…) también se ha demorado la adopción de las medidas necesarias para el combate. El Partido comunista no puede adoptar, ante un movimiento revolucionario en alza, una actitud de espera. Esa es la actitud de los mencheviques: actuar como una traba a la revolución a lo largo de todo su desarrollo, cantar victoria ante el triunfo más pírrico y hacer todo lo posible por oponerse a ella» (Trotski, ídem).
Es verdad que Trotski acierta al insistir en la importancia de los factores subjetivos, y en que la insurrección requiere una intervención clara decidida y enérgica del partido, a pesar de todas las dudas y las indecisiones que puede haber en la clase. Es muy justa igualmente su denuncia del papel destructivo jugado por los estalinistas: «La dirección estalinista, (…) ha entorpecido y frenado a los obreros cuando la situación exigía un decidido asalto revolucionario; ha proclamado situaciones revolucionarias cuando su momento ya estaba superado; ha formado alianzas con los charlatanes de la pequeña burguesía; ha marchado sin reposo tras la socialdemocracia con la coartada de la política del frente único» (La tragedia del proletariado alemán, mayo de 1933).
Pero no es menos cierto que Trotski analiza estos hechos más aferrado a la vana esperanza de una reanudación de la oleada revolucionaria que guiado por un análisis correcto de la relación de fuerzas entre las clases.
La derrota de octubre de 1923 no supuso sólo un aplastamiento de los trabajadores alemanes, sino que, más allá de eso, implicó una profunda desorientación política para el proletariado internacional. La oleada de luchas revolucionarias que tuvo su punto culminante en 1918-19 muere, en efecto, en 1923. La burguesía ha conseguido infligir en Alemania una derrota decisiva a la clase obrera.
Las derrotas de las luchas en Alemania, en Bulgaria y Polonia, dejan al proletariado ruso aún más aislado. Aún cuando más tarde estallarán algunas luchas importantes, las de China en 1927 por ejemplo, la clase obrera irá retrocediendo cada vez más hasta adentrarse en un largo y terrible período de contrarrevolución, que no acabara hasta la reanudación de la lucha de clase en 1968.
La Internacional Comunista se mostrará, igualmente, incapaz de sacar las verdaderas lecciones de los acontecimientos en Alemania.
En su Vº Congreso mundial, en 1924, la IC (y en su seno, el KPD) concentró sus críticas en la mala aplicación por parte del KPD de las tácticas del «Frente único» y del «Gobierno obrero».
Esta última no se cuestionó en absoluto. El KPD afirmaba incluso, quitando así importancia a la responsabilidad del SPD en la derrota del proletariado, que: «puede decirse, sin exageración, que la socialdemocracia alemana es hoy, en realidad, una amalgama laxa de organizaciones con débiles vínculos entre ellas y con actitudes políticas muy diferentes». Y fía y porfía en una política oportunista y nefasta frente a la socialdemocracia traidora: «la presión comunista permanente sobre el gobierno de Zeigner (en Sajonia), y sobre la fracción de izquierdas que se ha formado en el SPD, van a llevar a éste a la dislocación. El punto (fundamental) es que bajo la dirección del KPD, la presión de las masas sobre el gobierno socialdemócrata debe acrecentarse y agudizarse, y que el grupo dirigente socialdemócrata de izquierdas que emerge bajo la presión de un gran movimiento debe enfrentarse a la siguiente alternativa: o entra en lucha junto a los comunistas y contra la burguesía, o se desenmascara a sí mismo, destruyendo así las últimas ilusiones de las masas socialdemócratas obreras» (IXº Congreso del Partido, abril de 1924).
Tras la Iª Guerra mundial, el SPD estaba totalmente integrado en el Estado burgués. Este partido, cuyas manos estaban manchadas de la sangre de los obreros enviados a la primera carnicería imperialista y del aplastamiento de las luchas obreras de la oleada revolucionaria, no se encontraba, en absoluto, a punto de dislocarse. Al contrario, integrado en el aparato de Estado continuaba ejerciendo una nefasta influencia sobre los trabajadores. El mismo Zinoviev debía admitir, en nombre de la IC que «un gran número de trabajadores confía aún en los socialdemócratas “de izquierdas”, (…) que en realidad sirven de coartada a la criminal política contrarrevolucionaria del ala derecha de la socialdemocracia».
La historia ha demostrado una y mil veces que la clase obrera no puede reconquistar un partido que le ha traicionado y que ha cambiado su carácter de clase. La política consistente en tratar de dirigir a la clase obrera con la ayuda del SPD expresaba ya la degeneración oportunista de la Internacional comunista. Mientras Lenin, en sus famosas Tesis de Abril de 1917, rechazó cualquier apoyo al gobierno Kerenski, y reivindicó la más completa separación de él, el KPD, en 1923, rechazó distanciarse del gobierno del SPD. Al contrario, entró, atado de pies y manos, en él. En lugar de favorecer una radicalización de la lucha, la participación del KPD en el gobierno tendía a desmovilizar a los trabajadores. La frontera de clase que separaba al KPD del SPD se diluyó. La clase obrera, cada vez más desarmada políticamente, fue cada vez más objetivo fácil para la represión del ejército. Una insurrección obrera sólo puede desarrollarse cuando los trabajadores consiguen desembarazarse de todas las ilusiones en la democracia burguesa. Y una revolución sólo puede triunfar si vence a las fuerzas políticas que defienden esta democracia, que acaban siendo el principal obstáculo. En 1923, el KPD no sólo no combatió la democracia burguesa, sino que incluso llamó a los trabajadores a movilizarse en su defensa.
La postura del KPD respecto al SPD se hallaba en completa contradicción con la que defendiera la IC en su congreso de fundación, denunciando al SPD como verdugo de la revolución alemana de 1919.
Además, el KPD, no contento en insistir en sus errores, se convirtió en el campeón del oportunismo, elevándose al rango del más fiel lacayo del estalinismo entre todos los partidos de la IC. No sólo fue el motor de las tácticas del «frente único» y del «gobierno obrero», sino que fue el primer partido en aplicar la política de células de fábrica y la «bolchevización» propuestas por Stalin. La derrota de la clase obrera en Alemania contribuyó igualmente a reforzar la posición del estalinismo. Tanto en Rusia, como a escala internacional, la burguesía pudo entonces intensificar su ofensiva e imponer a la clase obrera la peor contrarrevolución que jamás haya sufrido. Además, después de 1923, el Estado ruso fue reconocido por los demás países capitalistas y por la Sociedad de naciones.
En 1917, la conquista del poder en Rusia constituyó el acto inaugural de la primera oleada revolucionaria mundial. Sin embargo, el capital consiguió impedir el triunfo de la revolución, sobre todo en países clave como Alemania. Las lecciones de la toma del poder por el proletariado ruso en 1917, así como las enseñanzas de la derrota de la revolución en Alemania, y especialmente la comprensión de cómo la burguesía consiguió impedir la victoria de la revolución en ese país central y las consecuencias que de ello se derivaron para la dinámica internacional de las luchas, sobre la degeneración de la revolución en Rusia… todos estos elementos forman parte de una única oleada revolucionaria internacional, de una misma experiencia histórica de la clase obrera.
Para que la próxima oleada revolucionaria sea posible, para que la próxima revolución pueda triunfar, la clase obrera está obligada a hacer suya esa experiencia inestimable.
DV
Tras unas manifestaciones de reconocimiento mutuo y de debate estos años pasados entre los grupos que forman la Izquierda comunista, llegándose incluso a la realización en Gran Bretaña de una reunión pública común sobre la Revolución rusa entre el Buró internacional para el partido revolucionario (BIPR) y la Corriente comunista internacional, la reciente guerra de la OTAN en los Balcanes era una prueba para apreciar la capacidad de estos grupos en asumir una defensa común del internacionalismo lo más amplia y fuerte posible. Desgraciadamente, los grupos han rechazado el llamamiento de la CCI de hacer una declaración en común contra la matanza imperialista en Kosovo. Ya hemos hecho un primer balance de las reacciones a este llamamiento en nuestra Revista internacional nº 97.
En este artículo queremos contestar brevemente a la idea avanzada por el BIPR que afirma que el método político, supuestamente «idealista», de la CCI, justificaba dicho rechazo.
«Cuando escribís en vuestro volante que “es porque, desde la huelga masiva del 68 en Francia, la clase obrera mundial ha desarrollado sus luchas sin someterse a la lógica del capitalismo en crisis por lo que ha sido capaz de impedir el desencadenamiento de una tercera guerra mundial”, demostráis que seguís prisioneros de vuestros esquemas, que ya hemos caracterizado como idealistas e inoperantes, hoy, para las exigencias de claridad y de solidaridad teórica y política necesarias para la intervención en la clase» (carta del BIPR, 8 de abril de 1999, traducido del inglés por nosotros).
Es verdad que el idealismo sería un defecto profundo para una organización revolucionaria. El idealismo es un elemento importante de los cimientos filosóficos de la ideología burguesa. Al buscar la fuerza motriz primera de la historia en las ideas, la moral y las verdades, producto de la conciencia humana, el idealismo es una de las bases fundamentales de todas las ideologías de la clase dominante, para con ella esconder la explotación de la clase obrera y negarle a ésta toda capacidad real de emancipación. La división del mundo en clases y la posibilidad y necesidad de la revolución comunista para destruir esta sociedad sólo pueden ser entendidas mediante la concepción materialista de la historia. La historia del pensamiento se explica mediante la historia del ser, y no lo contrario.
Pero ¿por qué el concepto de curso histórico, que analiza la relación de fuerzas entre las clases en un período histórico determinado y saca la conclusión de que hoy no está abierta la vía hacia una guerra imperialista generalizada, sino que sigue abierta a grandes enfrentamientos entre las clases..., sería «idealista» ?. La carta que nos escribe la Communist Worker’s Organisation (el BIPR en Gran Bretaña) y que rechaza la idea de una reunión pública común en Gran Bretaña sobre la guerra intenta explicarlo: «A vosotros os puede parecer un detalle, pero para nosotros esto pone en evidencia hasta qué punto estáis alejados de la realidad. Estamos absolutamente aterrados por la ausencia de respuestas proletarias ante el rumbo tomado por la situación. “Socialismo o barbarie” es una consigna que tiene un sentido absoluto en esta crisis. ¿Cómo podéis mantener que la clase obrera impide la guerra cuando la evidencia de lo que ocurre en Yugoslavia muestra hasta qué punto los imperialistas (grandes y pequeños) tienen las manos libres? (...) La guerra actual se está desencadenando a 800 millas de Londres (en línea recta). ¿Tendrá que estallar en Brighton para que corrijáis sus perspectivas? La guerra es un paso serio hacia la barbarie generalizada. No podemos luchar juntos por una alternativa comunista si seguís sugiriendo que la clase obrera es una fuerza con la cual se ha de contar en el período actual» (carta de la CWO, 26 de abril de 1999, traducido del inglés por nosotros).
Así pues, el idealismo, nuestro idealismo, no estaría «inscrito en la realidad», al menos con la realidad tal como la entiende el BIPR. Para empezar, digamos que la acusación de idealismo, acusación grave, resulta difícilmente aceptable tal como la expresa el BIPR pues se limita a reducir una cuestión histórica a un problema de «sentido común».
La rápida exposición de la realidad tal como la entiende el BIPR sufre particularmente de ausencia de materialismo histórico y depende demasiado de un razonamiento basado en un «sentido común» ahogado por hechos recientes y locales. Nos afirma que la consigna «socialismo o barbarie» describe perfectamente la realidad, que las perspectivas históricas alternativas de las dos clases principales enemigas en la sociedad están en juego en los Balcanes. Y termina contradiciéndose unas líneas más bajo afirmando que el proletariado, y con él su perspectiva histórica, el socialismo, no cuentan para nada en la situación.
O sea que no quedaría nadie en el mundo, sino el BIPR, para empuñar la bandera de la alternativa comunista. Ese análisis contradictorio de la realidad, de la realidad «inmediata», «evidente», no tiene nada de dialéctico, mal que le pese al BIPR, puesto que fracasa precisamente cuando ha de ver cómo, en una situación precisa, se revelan las tendencias históricas fundamentales.
Mientras que la CCI ha intentado por lo menos entender cuál es el peso histórico del proletariado en la guerra de los Balcanes, sin minimizar de ningún modo la gravedad de la situación, el BIPR (expresándose precisamente al modo empírico de Bacon y Locke ([1])), prefiere valorar los acontecimientos partiendo de su proximidad geográfica con Londres o Brighton. El proletariado no es entonces aparentemente una «fuerza con la cual se ha de contar en el período actual», puesto que no existen hechos tangibles que prueben lo contrario, puesto que no se ha confirmado empíricamente en la realidad inmediata. El BIPR no logra ver al proletariado en la situación histórica actual, no lo siente, no lo huele, no lo saborea ni lo oye. Concluye entonces que no está presente. Y cualquiera que se atreva a pensar que sigue siendo una fuerza, por limitada que sea, que sigue estando presente, por débil que sea su presencia, entonces, ése, es un idealista.
Resulta entonces que las tendencias contrarias a la aparente ausencia del proletariado – en particular la ausencia de apoyo a la guerra por parte de las clases obreras de Europa occidental o de Norteamérica – son ignoradas como factores que tener en cuenta. Las tendencias latentes en los acontecimientos, que sólo pueden ser entendidas como signos negativos en la situación, como huellas en la arena, han de ser, sin embargo, tenidas en cuenta para conseguir un análisis serio de una realidad histórica más amplia.
El método que no ve los acontecimientos sino como simples hechos, sin considerar sus relaciones históricas, no es materialista más que en el sentido metafísico: «Por eso este método de observación, al transplantarse, con Bacon o Locke, de las ciencias naturales a la filosofía, provocó la estrechez especifica característica de estos últimos siglos: el método metafísico de especulación.
Para el metafísico, los objetos de investigación aislados, fijos, rígidos, enfocados uno tras otro, cada cual de por sí, como algo dado y perenne. Piensa sólo en antítesis sin mediatividad posible; para él, una de dos: “sí, sí, no, no; porque lo que va más allá de esto, de mal procede”. Para él una cosa existe o no existe; un objeto no puede ser al mismo tiempo lo que es y otro distinto. Lo positivo o lo negativo se excluyen en absoluto. La causa y el efecto revisten asimismo, a sus ojos, la forma de una rígida antítesis. A primera vista, este método discursivo nos parece extraordinariamente razonable, porque es el del llamado sentido común. Pero el mismo sentido común, personaje muy respetable de puertas adentro, entre las cuatro paredes de su casa, vive peripecias verdaderamente maravillosas en cuanto se aventura por los anchos campos de la investigación; y el método metafísico de pensar, por muy justificado y hasta por necesario que sea en muchas zonas del pensamiento, más o menos extensas según la naturaleza del objeto de que se trate, tropieza siempre, tarde o temprano, con una barrera franqueada, la cual se torna en un método unilateral, limitado, abstracto, y se pierde en insolubles contradicciones, pues, absorbido por los objetos concretos, no alcanza a ver su concatenación; preocupado con su existencia, no para mientes en su génesis ni en su caducidad; concentrado en su estatismo, no advierte su dinámica; obsesionado por los árboles, no alcanza a ver el bosque» (F. Engels, Del Socialismo utópico al socialismo científico).
El empirismo – el sentido común –, asimila el materialismo histórico y su método dialéctico al idealismo, al no entender que el marxismo se niega a ver los hechos en su apariencia inmediata.
El BIPR se opone a la historia del movimiento revolucionario cuando califica de idealista el «esquema» del curso histórico. El grupo de la Fracción de izquierda del Partido comunista de Italia que publicaba Bilan en los años 30 ¿ acaso era culpable de idealismo cuando desarrollaba ese concepto para determinar si la historia iba hacia la guerra o hacia la revolución ? ([2]) Esta es una de las cuestiones a las que tendría que contestar el BIPR puesto que Bilan forma parte intrínseca de la historia de la Izquierda italiana de la que se reivindica.
Pero si el BIPR se cree capaz de utilizar de forma unilateral el materialismo histórico, proponiendo una supuesta verdad evidente de los hechos, también es culpable de utilizar esquemas mecánicos para inventar hechos inexistentes. En su hoja internacionalista en contra de la guerra en la ex Yugoslavia, defiende la idea de que uno de los motivos de la intervención de la OTAN era «asegurarse el control del petróleo del Cáucaso». ¿Cómo puede el BIPR alcanzar semejante grado de fantasía? Pues lo alcanza aplicando el esquema según el cual la principal fuerza motriz que empuja el imperialismo hoy es la búsqueda de beneficios económicos «para ganarse el control de los recursos petrolíferos, las rentas del petróleo y de los mercados comerciales y financieros».
Quizás sea eso un esquema materialista, lo que sí es, seguro, es materialismo mecánico. Aún cuando el principal factor del imperialismo moderno siguen siendo las contradicciones económicas fundamentales del capitalismo, este esquema ignora los factores políticos y estratégicos predominantes en el conflicto entre los Estados nación.
Si el BIPR adopta una actitud empírica cada vez que tiene que definir el papel de la clase obrera en cualquier acontecimiento histórico, también muestra que, sobre las cuestiones más generales y decisivas, es perfectamente capaz de analizar de forma marxista, y esto nunca lo podrá lograr el «sentido común». Su hoja sobre la guerra – como también las hojas de los demás grupos de la Izquierda comunista – revela que detrás de las metas aparentemente humanitarias de las grandes potencias unidas en el Kosovo se esconde un enfrentamiento más amplio e inevitable. También muestra que los pacifistas e izquierdistas, a pesar de las impresionantes declamaciones en contra de la violencia, no hacen sino alimentar las hogueras bélicas... Finalmente, aunque no pueda ver al proletariado como una fuerza en la situación actual, afirma, sin embargo, que la lucha de la clase obrera que desemboca en la revolución es el único medio de superar la creciente barbarie capitalista.
La posición proletaria internacionalista, común a los diversos grupos de la Izquierda comunista sobre la guerra, compartida tanto por la CCI como por el BIPR, es perfectamente marxista y fiel al método del materialismo histórico.
Al menos sobre este punto, la acusación de idealismo lanzada contra la CCI se derrumba del todo.
En su carta a Wilhem Bracke en 1875 que introduce la Crítica al programa de Gotha del Partido obrero socialdemócrata de Alemania, Carlos Marx dice que «cualquier paso hacia delante, cualquier progresión real importa más que una docena de programas». Esta frase famosa sigue siendo un punto de referencia para la acción unida de los revolucionarios. Es una aplicación perfecta de lo que ponían de relieve las no menos famosas Tesis sobre Feuerbach que demostraron que el materialismo histórico no es otra filosofía contemplativa más, sino un arma de la acción proletaria. «La coincidencia de la modificación de las circunstancias y de la actividad humana o autotransformación no pueden ser comprendidas racionalmente sino como práctica revolucionaria» y «los filósofos no han hecho sino interpretar diversamente el mundo, lo que importa es transformarlo».
En su carta introductoria y en su texto, Marx critica severamente al programa de unidad del Partido socialdemócrata alemán por las concesiones hechas a los lasalianos ([3]). Considera que un «acuerdo en favor de la acción contra el enemigo común» es de la mayor importancia, y sugiere que hubiese sido preferible posponer la redacción del programa hasta «una época en la que esos programas hubiesen sido preparados por una larga actividad común» (carta a Bracke). Las divergencias extremas no eran entonces obstáculos a la acción unida, sino que, al contrario, iban a confrontarse en ese contexto.
Como ya pusimos en evidencia en nuestro llamamiento, Lenin y los demás representantes de la izquierda marxista aplicaron este mismo método en la conferencia de Zimmerwald en 1915, en la que firmaron su famoso manifiesto contra la Primera Guerra mundial. Y eso que aquellos había expresado críticas y desacuerdos a causa de las graves carencias de la Conferencia, poniendo a votación incluso su propia posición ([4]), que fue rechazada por la mayoría de la Conferencia.
El BIPR ya ha intentado hacer un sesudo trabajo para demostrar que ese ejemplo histórico de unidad de los revolucionarios en el pasado tuvo lugar en circunstancias diferentes y no puede entonces aplicarse en el período actual. En otras palabras, el BIPR no quiere ver los hilos que unen el pasado de Zimmerwald al presente. No ve en él más que un episodio acabado del pasado, que sólo a los historiadores podría interesar.
La diversidad de las circunstancias en las que se realizó la unidad de los revolucionarios en el pasado no es ni mucho menos la prueba de su imposibilidad para el movimiento revolucionario actual; esa diversidad pone, al contrario, en evidencia su total validez actual.
Y lo más convincente todavía en lo que se refiere a la defensa por parte de Marx o de Lenin del trabajo en común entre revolucionarios, es que las diferencias entre eisenachianos y lasalianos en el primer caso, en el segundo entre la Izquierda marxista (y en primera línea los bolcheviques) y los socialdemócratas en Zimmerwald, eran mucho más importantes que las diferencias existentes entre los grupos de la Izquierda comunista actual.
Marx preconizaba el trabajo en común, en un mismo partido, con una tendencia que defendía, nada menos, que el «Estado libre», los «derechos iguales», el «justo reparto del producto del trabajo», que hablaba de la «ley de bronce del salario» y demás prejuicios burgueses. En cuanto al Manifiesto de Zimmerwald, no era sino una oposición común a la Primera Guerra mundial imperialista entre internacionalistas intransigentes que llamaban a la guerra civil contra la guerra imperialista y a la constitución de una nueva Internacional por un lado y, por el otro, pacifistas, centristas y demás indecisos que hasta tenían como perspectiva la reconciliación para con los socialpatriotas y rechazaban las consignas revolucionarias de la izquierda. En el medio comunista actual, por el contrario, no existe ninguna concesión a las ilusiones democráticas o humanistas. Existe una denuncia común de la guerra como guerra imperialista, una denuncia común del pacifismo y del chovinismo de las izquierdas, y un compromiso común a favor de la «guerra civil», o sea, oponer a la guerra imperialista la perspectiva y la necesidad de la revolución proletaria.
Lenin firmó el Manifiesto de Zimmerwald, a pesar de todas sus inconsistencias e insuficiencias, para hacer avanzar el movimiento real. En su artículo «El Primer paso», redactado inmediatamente después de la primera conferencia de Zimmerwald, escribe: «Es un hecho que este manifiesto da un paso adelante hacia la lucha auténtica contra el oportunismo, hacia la ruptura con él y la separación de él. Sería sectarismo negarse a dar este paso adelante junto con la minoría de los alemanes, franceses, suecos, noruegos y suizos cuando conservamos la plena libertad y la plena posibilidad de criticar la inconsecuencia y conseguir más. Sería una mala táctica militar negarse a marchar junto con el creciente movimiento internacional de protesta contra el socialchovinismo por el hecho de que este movimiento sea lento, de que dé “únicamente” un paso adelante, de que esté dispuesto y desee dar mañana un paso atrás y reconciliarse con el viejo Buró socialista internacional» (Lenin, «El primer paso»).
Karl Radek llega a la misma conclusión en otro artículo sobre esta conferencia: «La izquierda ha decidido votar por el Manifiesto por las razones siguientes: sería doctrinario y sectario separarnos de las fuerzas que han empezado, en cierta medida, la lucha contra el socialpatriotismo en sus propios países cuando deben hacer frente a ataques furibundos por parte de los socialdemócratas» (La Izquierda de Zimmerwald, traducido por nosotros).
No cabe duda de que los revolucionarios de hoy han de actuar contra el desarrollo de la guerra imperialista con el mismo método que utilizaron Lenin y la Izquierda de Zimmerwald contra la Primera Guerra mundial. Los avances del movimiento revolucionario como un todo es la prioridad central. La diferencia principal entre los acontecimientos de aquel entonces y los actuales pone en evidencia la mayor convergencia política entre los grupos revolucionarios actuales comparados con la izquierda y el centro en Zimmerwald ([5]), y por consiguiente la mayor necesidad y justificación para una acción común.
Una declaración internacionalista común y otras expresiones de actividad unida en contra de la guerra de la OTAN, es evidente que hubiesen incrementado notablemente la presencia política de la izquierda comunista, comparada con el impacto de cada grupo por separado. Hubiese sido un antídoto material, real, a las divisiones nacionalistas impuestas por la burguesía. La intención común de hacer avanzar el movimiento real hubiese creado un polo de atracción más fuerte para aquellos militantes que actualmente están desorientados por la dispersión desconcertante de los diferentes grupos. Y la unión de fuerzas hubiese tenido un impacto más amplio sobre la clase obrera como un todo. Por encima de todo, hubiese sido un punto de referencia histórico para los revolucionarios de mañana, como lo fue el Manifiesto de Zimmerwald al lanzar una señal de esperanza para los futuros revolucionarios en las trincheras. ¿ Cómo caracterizar el método político que consiste en rechazar una acción común así?. La respuesta nos la dan Lenin y Radek: es doctrinario y sectario ([6]).
Si nos hemos limitado a dos ejemplos históricos, no es de ningún modo porque falten más ejemplos de acciones comunes por parte de los revolucionarios del pasado. Las Primera, Segunda y Tercera internacionales fueron formadas todas ellas con la participación de elementos que no aceptaban ni siquiera las premisas del marxismo, como los antiautoritarios en la AIT, o los anarcosindicalistas franceses y españoles que defendían el internacionalismo y la Revolución rusa y, por esa razón, fueron bienvenidos en la IC.
Tampoco podemos olvidarnos de que el espartaquista Karl Liebnecht, saludado por toda la izquierda marxista como el más heroico defensor del proletariado durante la Primera Guerra mundial, sí era un idealista en el pleno sentido de la palabra, puesto que rechazaba el método materialista dialéctico en favor de la filosofía de Kant.
La mayoría de los grupos actuales se imaginan que uniéndose, aunque solo sea para una actividad mínima, van diluir o hacer confusas las importantes divergencias que tienen con los demás. Esto es totalmente falso. Tanto después de la formación del Partido socialdemócrata alemán como después de Zimmerwald, no se produjo la menor disolución oportunista de las divergencias entre los participantes, sino todo lo contrario, se hicieron más vivas y, en la práctica misma, se evidenciaron las posiciones de las tendencias más claras. Los marxistas acabaron dominando totalmente el partido alemán y, después de 1875, también a los lasalianos en la Segunda internacional. Tras Zimmerwald, las posiciones intransigentes de la izquierda, que habían sido minoritarias, prevalecieron totalmente durante los años siguientes cuando la oleada revolucionaria que había empezado en Rusia en 17 confirmó la validez de su política en el propio curso de los acontecimientos, mientras los centristas, en cambio, caían en brazos de los socialpatriotas.
Si no hubieran puesto a prueba sus posiciones en el marco, limitado, de una acción común, su éxito futuro no hubiese sido posible. La Internacional comunista es efectivamente deudora de la izquierda de Zimmerwald ([7]).
Estos ejemplos de la historia del movimiento revolucionario también confirman otra de las famosas Tesis sobre Feuerbach: «La cuestión de la atribución al pensamiento humano de una verdad objetiva no es una cuestión teórica, sino una cuestión práctica. Es en la práctica donde el hombre tiene que dar la prueba de la verdad, o sea de la realidad y la fuerza de su pensamiento, la prueba de que éste pertenece al mundo. El debate sobre la realidad o la irrealidad del pensamiento aislado de la práctica no es sino una cuestión puramente escolástica».
Al rechazar un marco práctico para su movimiento común, en el que podrían enfrentarse sus divergencias, los grupos de la Izquierda comunista tienden a reducir a un nivel escolástico sus diferencias sobre la teoría marxista. Aunque tengan esos grupos la voluntad de probar la validez de su posición en la práctica de la lucha de clases, este objetivo seguirá siendo un objetivo vano si no son capaces de poner orden en su propia casa y verificar sus posiciones en una relación concreta con las demás tendencias internacionalistas.
El reconocimiento de un mínimo de actividad común es la base en la que pueden plantearse claramente las divergencias, confrontarse, dar sus pruebas y clarificarse, para todos aquellos militantes que emergen de las filas del proletariado, particularmente en los países en que la Izquierda comunista todavía no tiene presencia organizada. Esto es desgraciadamente lo que los grupos comunistas actuales se niegan a entender. Los grupos de la corriente bordiguista defienden el sectarismo como un principio. Sin llegar a esos extremos, el BIPR tiende a rechazar cualquier confrontación seria de posiciones políticas: «Criticamos a la CCI (...) por esperar que lo que llaman “medio político proletario” retome y debata de sus preocupaciones cada día más extrañas» ([8]) (traducido del inglés por nosotros) afirma en Internationalist Communist, nº 17, revista del BIPR, dedicada en parte a marcar sus divergencias con la CCI, en sus respuestas a elementos en búsqueda en Rusia y otros sitios que se preguntan sobre la responsabilidad de los internacionalistas y su acción común ante la guerra imperialista. Resulta particularmente desolador comprobar que el medio internacionalista rechaza cualquier debate serio por miedo de enfrentarse con ideas opuestas. El movimiento revolucionario necesita hoy recuperar la confianza que los marxistas del pasado tenían en sus ideas y posiciones políticas.
La acusación de idealismo hecha a la CCI no tiene ni pies ni cabeza. Esperamos, al menos, críticas más sólidas y desarrolladas sobre semejante afirmación.
Ante la situación internacional que va empeorando y las exigencias crecientes con que se enfrenta la clase obrera, tendría que quedar claro que el método materialista del movimiento revolucionario marxista exige una respuesta común. La Izquierda comunista no se ha puesto a la altura de todas sus responsabilidades durante esta guerra en Kosovo, pero los acontecimientos venideros la obligarán a ponerlas en el centro de sus preocupaciones.
Como, 11/9/99
[1] Francis Bacon (1561-1626) y John Locke (1632-1704) fueron dos filósofos materialistas ingleses.
[2] En un artículo titulado explícitamente «La carrera hacia la guerra», publicado en el número 29 de marzo del 36, Bilan plantea el problema del curso histórico de esta forma: «Los partidarios del gobierno actual (...) merecen el agradecimiento eterno del sistema capitalista por haber llevado a sus consecuencias últimas la obra de aplastamiento del proletariado. Sólo tras haber decapitado la única fuerza capaz de crear una sociedad nueva, han podido también abrir las puertas a lo inevitable, la guerra, punto extremo de las contradicciones internas del régimen capitalista. (...) ¿Cuándo ocurrirá la guerra? Nadie lo puede predecir. Lo que sí es cierto, es que todo está listo para ella». Y otro artículo del mismo número 29 vuelve sobre el tema, precisando las condiciones del curso a la guerra imperialista que se estaba afianzando en aquel entonces: «Estamos totalmente convencidos que con la política de traición socialcentrista que conduce al proletariado hacia la impotencia de clase en los países “democráticos”, con el fascismo que logra los mismos objetivos por medio del terror, se han construido las premisas indispensables para el desencadenamiento de una nueva matanza mundial. La trayectoria degenerativa de la URSS y de la IC es uno de los más alarmantes síntomas de la huida hacia el precipicio de la guerra».
Se ha de recordar al BIPR y a los grupos bordiguistas cuál era la perspectiva de acción que propuso entonces Bilan a las diversas fuerzas que se mantenían fieles al comunismo: «La única respuesta que podrían oponer los comunistas a los acontecimientos que acabamos de vivir, la única manifestación política que podría ser un jalón en la victoria de mañana, sería una Conferencia internacional que reúna las pocas membranas que quedan hoy del cerebro de la clase obrera mundial». Nuestra preocupación por determinar el curso histórico, y nuestro llamamiento a una defensa común del internacionalismo, están en perfecta continuidad con la tradición de la Izquierda italiana, por mucho que les desagrade a algunos ignorantes.
[3] El Partido socialdemócrata de Alemania se formó con la unificación de dos grandes corrientes, la de los lasalianos (del nombre de su dirigente, Lasalle) y la marxista, los eisenachianos, nombre que les viene de Eisenach, ciudad en que esa tendencia se transformó en Partido obrero socialdemócrata de Alemania, en 1869.
[4] Ya hemos puesto en evidencia la validez actual de la política unitaria de la Izquierda de Zimmerwald para el campo internacionalista en la Revista internacional nº 44, en 1986.
[5] En realidad, hasta podemos afirmar que las divergencias en la misma izquierda de Zimmerwald eran mayores que las del campo internacionalista actual. Había entonces, en particular, importantes divisiones sobre si la liberación nacional seguía siendo posible, y por consiguiente si la consigna del «derecho de las naciones a la autodeterminación» formaba todavía parte de la política marxista. Las posiciones zanjadas y opuestas entre Lenin por un lado y Trotski y Radek del otro sobre el levantamiento de Pascua de 1916 en Dublín sacaron a la luz de forma aguda las divergencias en la misma izquierda de Zimmerwald. En el mismo Partido bolchevique, existían en aquel entonces divergencias importantes sobre la cuestión de la autodeterminación nacional, con Bujarin y Piatakov que afirmaban su arcaísmo, y sobre la validez de la consigna de «derrotismo revolucionario» y de «Estados unidos de Europa».
[6] La política de Lenin de unidad internacionalista no se limitó al movimiento de Zimmerwald. También la aplicó en la misma socialdemocracia rusa animando al trabajo común con grupos no bolcheviques como el de Trotski, Nache Slovo. Si sus esfuerzos no lograron triunfar hasta la Revolución rusa, se debió, en aquel entonces, al sectarismo de Trotski.
[7] «Las conferencias de Zimmerwald y de Kienthal tuvieron su importancia en la época el que era necesario unir a todos los elementos proletarios dispuestos de una forma u otra a protestar contra la matanza imperialista (...). El agrupamiento de Zimmerwald ha cumplido con su tarea. Todo lo que había en él de verdaderamente revolucionario se ha pasado y se ha adherido a la Internacional comunista» (Declaración hecha por los participantes a la Conferencia de Zimmerwald en el Congreso de la IC, firmada por Rakovski, Lenin, Zinoviev, Trotski y Platten).
[8] «We criticise the ICC (...) for expecting what call the “proletarian political milieu” to take up and debate their increasingly outlandish political concerns».
Links
[1] https://es.internationalism.org/en/tag/situacion-nacional/conflictos-nacionalistas
[2] https://es.internationalism.org/en/tag/geografia/chechenia
[3] https://es.internationalism.org/en/tag/noticias-y-actualidad/crisis-economica
[4] https://es.internationalism.org/en/tag/2/28/el-estalinismo-el-bloque-del-este
[5] https://es.internationalism.org/en/tag/acontecimientos-historicos/hundimiento-del-bloque-del-este
[6] https://es.internationalism.org/en/tag/noticias-y-actualidad/lucha-de-clases
[7] https://es.internationalism.org/en/tag/3/44/curso-historico
[8] https://es.internationalism.org/en/tag/21/364/el-comunismo-no-es-un-bello-ideal-sino-que-esta-al-orden-del-dia-de-la-historia
[9] https://es.internationalism.org/en/tag/historia-del-movimiento-obrero/1917-la-revolucion-rusa
[10] https://es.internationalism.org/en/tag/21/367/revolucion-alemana
[11] https://es.internationalism.org/en/tag/2/37/la-oleada-revolucionaria-de-1917-1923
[12] https://es.internationalism.org/en/tag/21/374/polemica-en-el-medio-politico-sobre-la-guerra
[13] https://es.internationalism.org/en/tag/corrientes-politicas-y-referencias/tendencia-comunista-internacionalista-antes-bipr
[14] https://es.internationalism.org/en/tag/acontecimientos-historicos/caos-de-los-balcanes