Decadencia y putrefacción de la clase dominante

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Casi siete años después del suicidio en prisión del depredador sexual y pedófilo Jeffrey Epstein, y del descubrimiento de una vastísima red internacional de tráfico sexual, los archivos y las fotos extraídas de un voluminoso expediente, del que solo se ha hecho pública una parte, no dejan de alimentar las portadas de los medios de información. Este escándalo nauseabundo implica directamente a dos presidentes estadounidenses, Donald Trump y Bill Clinton, pero también a un número impresionante de personalidades políticas de todos los bandos, comprometidas en todo el mundo, desde el príncipe Andrés hasta ministros de varias potencias europeas o celebridades del mundo de las finanzas y del espectáculo, sin dejar de contar al director del Foro de Davos, al presidente del CIO, a promotores, empresarios y abogados, todos ellos implicados hasta la médula. Las ramificaciones, muy sofisticadas y metódicamente organizadas, de las «fiestas privadas», la financiación astronómica y la complicidad de las más altas esferas de la clase dominante han conmocionado al mundo entero.

La explotación de las mujeres, reflejo de las costumbres de las sociedades de clases

Se nos quiere hacer creer que todo este horror no es más que obra de un perverso megalómano y narcisista. Pero esta situación de depravación y de abuso de su posición social para ejercer chantajes sexuales no es en absoluto un fenómeno aislado. Por el contrario, ilustra una práctica muy extendida en el seno de la clase dominante. Basta con recordar algunos ejemplos notorios de los últimos años: las fiestas «bunga bunga» organizadas por el ex primer ministro italiano Silvio Berlusconi, al mismo tiempo propietario de una cadena de televisión y gran empresario, que se aseguraba los servicios regulares de ‘chicas de compañía’ en la década de 1990; la detención de Dominique Strauss-Kahn, por entonces presidente en funciones del Fondo Monetario Internacional y gran favorito en las elecciones presidenciales de Francia de 2012, quien intentó abusar de una camarera de habitaciones en un hotel de Nueva York y fue posteriormente acusado por muchas otras mujeres de comportamientos similares[1]; o incluso el expresidente coronel Gadafi, de quien una periodista, Mémona Hintermann, declaró que había intentado violarla durante una estancia en Libia en 1984 a cambio de una entrevista.

De hecho, desde la prehistoria hasta nuestros días, las mujeres siempre han sido explotadas como objetos sexuales o de intercambio. Engels, en “El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado”, o August Bebel, en “La mujer y el socialismo”, han puesto claramente de manifiesto y denunciado las relaciones de explotación de las mujeres por parte de los hombres en todas las sociedades de clases marcadas por la dominación patriarcal. Pero, con la entrada en decadencia de los sucesivos modos de producción y explotación, las superestructuras ideológicas han tendido a desmoronarse aún más y han empujado a las clases dominantes en declive hacia comportamientos aún más «desviados» y malsanos.

Esto se verificó especialmente con el declive de la aristocracia inglesa en el siglo XVIII. Su libertinaje y su depravación son un tema recurrente en la obra del pintor William Hogarth. En Francia, en la misma época, especialmente bajo la cínica Regencia de Felipe II de Borbón, entre 1715 y 1723, la relajación de las costumbres y el éxito de las «fiestas galantes» en el Palacio Real dan testimonio del mismo fenómeno. Este fenómeno perduró, por otra parte, bajo Luis XV y sus favoritas, antiguas cortesanas ennoblecidas, y de forma más discreta con la moda de los «salones literarios y artísticos».

Sin embargo, en el capitalismo, la explotación de las mujeres adquiere una nueva dimensión con la mercantilización del cuerpo femenino, una especie de segunda «derrota histórica del género femenino»[2], simbolizada por la «época dorada de los burdeles» en el siglo XIX y la generalización de la prostitución «al servicio» de los ejércitos en campaña. Aunque el capitalismo ha atenuado, en parte, la división sexual del trabajo que originó las sociedades de clases al integrar a las trabajadoras en el proceso de producción mantiene fundamentalmente el marco de la sumisión forzada de las mujeres a los hombres, en particular a través del matrimonio y su aislamiento en el núcleo familiar, resumido en la fórmula de Flora Tristán, retomada por Marx y Engels: «la mujer es la proletaria del hombre».

Bebel, en particular, denunció con virulencia toda la hipocresía de la sociedad burguesa en el período ascendente del capitalismo, especialmente en las grandes familias burguesas: «En el matrimonio, la mujer es comprada y se convierte en propiedad legal del marido. […] Si el matrimonio representa una de las caras de la vida sexual del mundo burgués, la prostitución representa la otra. La primera es la cara de la moneda, la segunda es el reverso»[3]. De hecho, las relaciones capitalistas no solo perpetúan, sino que acentúan el papel de la mujer como objeto sexual, que se convierte realmente en propiedad privada del hombre hasta el punto de quedar reducida a una mera herramienta al servicio del deseo y los instintos masculinos. Las mujeres proletarias, en particular, y sobre todo en el marco de su explotación laboral, se ven obligadas, bajo la amenaza constante del desempleo y de quedar reducidas a la miseria y la pobreza, a rebajarse a sufrir todo tipo de humillaciones.

Un símbolo de la putrefacción del capitalismo

Por supuesto, la prostitución, la violación y la pedofilia «siempre han existido». Pero esta explotación adopta una forma aún más extrema, abyecta y masiva con el hundimiento del sistema capitalista en su crisis histórica. La prostitución ha alcanzado ahora una magnitud industrial inimaginable, al igual que la explotación de mujeres y niños en la pornografía. Las redes de esclavitud sexual ultraviolentas se han disparado, aprovechándose de la creciente miseria y el aislamiento de las jóvenes. La pornografía, cada vez más repugnante y cruel, se ha generalizado ampliamente, incluso entre los más jóvenes. Se calcula que una de cada ocho mujeres ha sufrido hoy en día una violación o una agresión sexual antes de cumplir los 18 años, en su gran mayoría en el ámbito familiar y en contextos de guerra, donde la estadística se dispara ¡hasta una de cada cuatro mujeres¡ Este ‘museo de los horrores’ es interminable. Mientras que la burguesía ya no tiene más perspectivas que ofrecer que la guerra, la miseria y el caos generalizado, la descomposición desde sus bases de todas sus estructuras sociales tiene efectos considerables, incluso en el plano moral:  «todas estas manifestaciones de la putrefacción social que hoy, a una escala desconocida en la historia, invaden todos los poros de la sociedad humana, solo saben expresar una cosa: no sólo la dislocación de la sociedad burguesa, sino también la aniquilación de todo principio de vida colectiva en el seno de una sociedad que se ve privada del más mínimo proyecto, de la más mínima perspectiva, incluso a corto plazo, incluso la más ilusoria»[4].

Si bien este fenómeno afecta a todos los estratos de la sociedad, adopta formas extremas entre la burguesía, para quien el acceso a estas prácticas se ve ampliamente facilitado por la posición dominante de sus miembros. Así, todas las formas de corrupción crecen y prosperan en el seno de la burguesía, especialmente en el aparato político, como lo demuestra la avalancha de escándalos en la mayoría de los países, a un nivel y con una magnitud sin precedentes. A imagen de la creciente gangsterización de los aparatos políticos y económicos, carcomidos por la corrupción y los vínculos con los círculos mafiosos, Epstein, un individuo desprovisto de todo escrúpulo y formado entre bastidores en la bolsa de Wall Street,  no ha dejado de ejercer relaciones de poder, chantaje, amenazas e intimidación, tanto sobre sus riquísimos  «clientes» o  «protectores» sobre los que ejercía un chantaje permanente acumulando expedientes, como frente a sus víctimas, cuidadosamente seleccionadas y elegidas entre las más frágiles o vulnerables, procedentes de entornos socialmente desfavorecidos o que viven en un ambiente familiar difícil (drogas, alcoholismo, prostitución, abusos sexuales…).

No es casualidad que Trump, punta de lanza del populismo y el mismo vinculado a los círculos mafiosos, haya sido cómplice de Epstein: «Muchas mujeres ya han afirmado que Trump las violó en diversos eventos o concursos de belleza. También se sabe que Trump pagó para silenciar a las dos mujeres que lo acusaban de haber mantenido relaciones ilícitas con él, la estrella del porno Stormy Daniels y la ex conejita de Playboy Karen McDougall. [...] También es bien conocida su asociación con Epstein, quien fue acusado de violación, abuso y, sobre todo, de tráfico internacional de menores. Aparece junto a Trump en decenas de fotos. Por último, Trump también fue declarado culpable de treinta y cuatro cargos de falsificación de documentos comerciales, que salieron a la luz durante la investigación sobre los pagos realizados a Stormy Daniels»[5].

Pero ¿por qué se le dedica tanta atención a este asunto en los medios de información? Es evidente que existe una explotación ideológica de esta campaña mediática.  Existe una dimensión de ajuste de cuentas entre facciones burguesas rivales: unos para desacreditar la política «autoritaria, dictatorial y fascista» de Trump e intentar destituirlo; otros, en el bando MAGA, para alimentar sus tesis delirantes sobre una gran conspiración fomentada por las «élites» … Pero también se trata de alimentar una campaña en defensa de la «democracia amenazada», polarizada en torno a la falsa oposición entre populismo y anti-populismo. Se trata, por un lado, de una trampa peligrosa tendida a la clase obrera para desviarla de sus luchas. Al mismo tiempo, esta campaña sirve para desviar la atención del inexorable hundimiento del capitalismo en la barbarie: el horror de la explotación de los cuerpos de las mujeres y los niños se reduciría a un individuo, Epstein, y podría encontrar su solución en «más democracia», más «transparencia», más «justicia». Al centrar la atención en individuos, la burguesía busca ocultar que, detrás de estos personajes infames, el verdadero responsable es la sociedad capitalista en descomposición. De este modo, busca impedir que se tome conciencia de que, para poner fin a todos estos horrores, hay que acabar con este sistema.

Wim, 28 de febrero de 2026

 

[1] Véase «El caso DSK: la burguesía es una clase de corruptos», Revolución Internacional, no 424 (julio/agosto de 2011, solo en francés).

[2] Engels describe el derrocamiento del matriarcado en el Neolítico como la «derrota histórica del sexo femenino».

[3] Bebel, La mujer y el socialismo, La mujer en el presente.

Cuestiones teóricas: 

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Caso Epstein