Después de Arafat: Hacia nuevas masacres en Medio Oriente

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Con la muerte de Arafat la burguesía ha perdido a uno de los suyos. Es por eso que los medios de divulgación y los dirigentes no solamente árabes sino también occidentales, se han movilizado para rendirle un último y vibrante homenaje, como la ceremonia de sus funerales en El Cairo y sobre todo después, en Ramallah, la cual se transmitió por las cadenas de televisión del mundo entero, cuando sólo se trataba de un jefe de Estado más.

Arafat: un feroz enemigo del proletariado

Tenía otros títulos de “gloria” otorgados por sus congéneres. Ese que nos han presentado como un “gran hombre”, una gran figura de estos últimos cincuenta años, que se ha convertido, después de su muerte, en un héroe legendario del mundo árabe, era ante todo un gran proveedor de carne de cañón, un enemigo feroz del proletariado.

Detrás del mito de la creación de un Estado palestino, Arafat condujo y envió, durante treinta años, a generaciones de obreros a hacerse masacrar fanáticamente en la arena de las guerras imperialistas, por la “causa incondicional” más típicamente burguesa, el nacionalismo. Ha sido uno de los pioneros del reclutamiento masivo de niños de apenas una decena de años o de adolescentes para enviarlos a masacrar tanto en las filas de los “fedayines” como en las fuerzas armadas de Fatah o como mártires kamicazes portadores de bombas mortales. Ha animado a los niños aún muy jóvenes a participar activamente en la Intifada. La defensa de la “causa palestina” a la cual habría consagrado su existencia permitió a Arafat recibir el apoyo de una gran parte de la burguesía, en el marco de los enfrentamientos imperialistas, simbolizado por la admisión oficial de la OLP a la ONU en 1974, bajo nutridos aplausos de la concurrencia, aún cuando todavía estaba bajo la protección de la URSS. Tuvo derecho a honores oficiales en su vida, esta vez bajo el alto patrocinio directo de la burguesía norteamericana con la atribución del premio Nóbel de la Paz en 1994, compartido con el primer ministro israelí, Isaac Rabin, por los acuerdos de Oslo en septiembre del 93. Recibió el apoyo y la admiración de hombres de derecha como de izquierda y particularmente, de todas las organizaciones izquierdistas por haber sido un indefectible campeón de la mistificación de las “luchas de liberación nacional”, bajo la divisa de la “defensa heroica del pueblo palestino”.

Su pasado es como el de cualquier jefe de banda que ha cumplido la mayor parte de su “carrera” comandando atentados terroristas ciegos y particularmente sanguinarios contra el “enemigo israelí”. Se ha impuesto como jefe de guerra a la cabeza de la OLP a punta de pistoleros, chantajes y arreglos de cuentas. Adquirió su estatus político de la misma manera, eliminando sin piedad y frecuentemente de manera sangrienta a sus principales competidores. Déspota, devorado por la ambición, imbuido de poder, atascado en un medio corrupto hasta la médula, rodeado de cortesanos que rápidamente se convirtieron en títeres o rivales potenciales, su conducta mafiosa de pequeño cabecilla, era el producto del capitalismo decadente que lo engendró. Acumuló las funciones de líder político, jefe del ejército y de las fuerzas de represión en el seno de la Autoridad palestina, no vaciló jamás en presionar, matar y hacer presa a su “pueblo palestino” que pretendía “defender”. Es así que nunca dejó de reforzar todos los medios de opresión y explotación de las masas palestinas. Su función esencial también fue la de contener implacablemente, en nombre del mantenimiento del orden y codo a codo con el ejército israelí, toda tentativa de rebelión y las protestas desesperadas de una población amordazada, golpeada, reventando de hambre, que se hunde en una miseria cada vez más atroz mientras sigue siendo diezmada, enlutada y aterrorizada por los bombardeos, por las masacres y por el pesado tributo pagado cotidianamente por la Intifada.

Hacia un nuevo desencadenamiento del caos y de la barbarie guerrera

La muerte de Arafat representa igualmente para la burguesía un verdadero terremoto no solamente por la situación de Palestina, del Cercano y Medio Oriente, sino que va a modificar la situación para el conjunto de estados árabes y va a tener repercusiones en la evolución del conjunto de las relaciones internacionales.

Así, en ese nido de bandoleros imperialistas, bajo el pretexto de la defensa de la causa palestina y del reforzamiento de la amistad con los diferentes Estados árabes, Francia se ha frotado las manos para de nuevo “echar el resto” con el fin de allegarse los favores de dirigentes árabes y palestinos, una manera de meter cada vez más la nariz imperialista en el Medio Oriente. Por lo pronto ha logrado un primer gran golpe diplomático haciendo hospitalizar a Arafat en el hospital militar de la región parisina donde finalmente murió. No contento con precipitarse sobre la cabecera de la cama de Arafat, Chirac ha podido también llevar a una nube de dirigentes de la OLP y de la Autoridad palestina, multiplicando los tratos con ellos y con otros líderes árabes. En exclusiva, el gobierno francés fletó un avión y le rindió honores militares en una ceremonia digna de los homenajes de un verdadero jefe de Estado, antes de transferir sus restos a El Cairo y después a Ramalah. En Palestina, durante los funerales, el mundo ha podido ver flotar en concierto desde las ventanas la bandera palestina y francesa, mientras que la masa mostraba las fotos de Chirac al lado de su líder. Francia, que pretende actuar en nombre de la paz, no ha hecho otra cosa sino echar gasolina al fuego al intentar poner obstáculos a los intereses de los EUA.

Por otro lado, este acontecimiento favorece ante todo considerablemente al régimen de Sharon en Israel cuyo primer objetivo, proclamado en los últimos meses, era el de eliminar, incluso físicamente al líder palestino. No es sorprendente que los rumores sobre el envenenamiento de Arafat difundidos por los servicios secretos de Israel, el Mossad, hayan circulado con insistencia entre varios dirigentes palestinos y que sean compartidos por el 80% de la opinión pública de Gaza y Ramallah. La eliminación de Arafat que divide y debilita al campo palestino no puede sino reforzar al equipo de Sharon en su política de acelerar el retiro de las fuerzas israelíes de la franja de Gaza para mejor cercar a Cisjordania y aislarla totalmente a través de la continuación de la construcción de un muro a su alrededor. La burguesía israelí sabe desde ahora que se encuentra en una situación de fuerza para imponer sus dictados. Es un acontecimiento que anima a una huida acelerada de la peor política, agresiva y belicista de Sharon, que tiende al estallamiento completo de los palestinos por parte del estado israelí.

Pero, la desaparición de Arafat arregla igualmente los asuntos de la burguesía norteamericana ya que hacía algunos meses, a través de las exigencias israelíes que reclamaban su partida como preámbulo para la reanudación de cualquier negociación, el personaje Arafat se había convertido en un obstáculo, sinónimo de bloqueo en la situación del Cercano Oriente. La Casa Blanca también apuesta a la desorientación, el riesgo de caos y a las divisiones entre los palestinos para tratar de meter la mano en su beneficio.

Sin embargo, las declaraciones optimistas sobre el “desbloqueo” de las negociaciones avanzadas conjuntamente por Israel y EUA, así como por una gran parte de la prensa europea, no deben generar ilusiones. La perspectiva abierta por la muerte de Arafat no es en ningún caso un paso hacia la paz sino que va a provocar una nueva acentuación de las tensiones imperialistas. No hay ninguna duda de que Israel y los EUA van a acentuar al máximo las presiones sobre los palestinos, desorientados y divididos.

Se trata de un debilitamiento considerable del campo palestino. Con el entierro de Arafat, se asiste de hecho al entierro definitivo de los acuerdos de Oslo de 1993. Es el fin de la esperanza de construcción de un Estado palestino en el futuro que esos acuerdos habían destellado durante diez años.

La procesión de los dirigentes palestinos a la cama de Arafat en Paris mientras éste agonizaba lentamente, no ha arreglado el espinoso problema de su sucesión. Es claro que a pesar de las divisiones y las rivalidades en el campo palestino, la corrupción, la represión y el descrédito que pesaba sobre Arafat, era un “jefe” histórico que concentraba todas las llaves del “poder” de ese mini Estado (de la Autoridad palestina, de la OLP, del brazo armado del Fatah) y era un símbolo de unidad. Su desaparición abre una caja de Pandora y da entrada a una ávida guerra entre las diferentes fracciones palestinas. Entre todos los múltiples clanes, ninguno parece estar en condiciones de imponerse. Aún si la “vieja guardia” ha acallado momentáneamente sus divisiones para nombrar a un director provisional y decidir elecciones en enero para darse un “jefe”, todos esos hombres de aparato, reducidos al estado de simples burócratas arribistas, están ausentes en el terreno y son incapaces de controlar tanto a la población como a una organización militar totalmente dividida y amordazada, cuya cohesión sólo pudo ser mantenida por la autoridad y la personalidad de Arafat. En cuanto a los pequeños mafiosos jefes de guerra, su autoridad no supera la de un barrio o una pequeña ciudad. Tres ejemplos bastan para mostrar el carácter difícil de la situación: a menos de 48 horas de la muerte de Arafat y de la nominación de Mahmoud Abbas (conocido también con el nombre de guerra de Abou Ammar) como nuevo jefe de la OLP, este último sufrió un atentado que se saldó con dos muertos en una ceremonia de condolencias en Gaza que congregaba a dirigentes palestinos. Otra ilustración, el primer discurso del nuevo presidente de la Autoridad palestina, Rawhi Fatuo, era inaudible, mostraba una inexperiencia y la mayor parte de sus comentarios eran “¿quién es y de dónde sale eso?”. En fin y sobre todo, dos de los principales brazos militares de los más influyentes, el Hamas y el Djihad islámico, han anunciado, de entrada, que boicotearán las elecciones para jefe de la Autoridad palestina en enero. Estos aparatos militares están totalmente divididos como lo atestiguan las luchas y rivalidades imperialistas latentes entre el Hamas, el Hezbollah, el Djihad islámico, las Brigadas de Mártires de Al-Aqsa (ahora rebautizada como Brigada Yasser Arafat), el Fatah (apoyados por tal o cual Estado), al igual que las rivalidades entre los dirigentes políticos Mahmoud Abbas, actual primer ministro de la Autoridad, Ahmed Qorei, que controla las fuerzas de seguridad, el más “popular” jefe del Fatah en Cisjordania, Marwan Barghouti, el jefe del Fatah Farouk Kaddoumi y no hay que descartar al antiguo ministro del Interior Mohamed Dhalan.

No sólo la situación es portadora de un sangriento arreglo de cuentas por la sucesión de Arafat, sino que también engendra un recrudecimiento de los atentados suicidas mortales en una población palestina reducida a la desesperanza y fanatizada por el odio y por una histeria nacionalista en la cual ha abrevado durante años. Esta espiral de violencia cada vez más incontrolada peligra con echar fuego en la pólvora abarcando una parte aún más amplia del Medio Oriente.

Win / 18-11-04