Informe sobre la lucha de clases

Versión para impresiónEnviar por email

Desde sus orígenes, la CCI ha tratado siempre de analizar la lucha de clases en su contexto histórico. La propia existencia de nuestra organización es el producto no sólo de los esfuerzos de los revolucionarios del pasado y de aquellos que asumieron el papel de puente entre una generación de revolucionarios y otra, sino también del cambio del curso histórico, curso abierto debido al resurgimiento del proletariado a nivel mundial desde 1968, lo que puso fin a los “cuarenta años de contrarrevolución” que sucedieron a las últimas ondas de la gran oleada revolucionaria de 1917-1927. Pero hoy, tras cuarenta años de su fundación, la CCI se encuentra ante la tarea de reexaminar todo el corpus considerable de trabajo que ha efectuado desde la reaparición histórica de la clase obrera y las inmensas dificultades que ha encontrado en la vía de su emancipación.

Este informe no es sino el inicio de ese examen. No es posible que entremos en detalle sobre las distintas luchas ni sobre los diferentes análisis de los historiadores o de algunos elementos del medio proletario. Nosotros tenemos que limitarnos a lo que ya de por sí es una tarea bastante importante: examinar cómo ha analizado la propia CCI el desarrollo de la lucha de clases en sus publicaciones, esencialmente en su órgano teórico internacional, la Revista Internacional, que contiene la síntesis global de las discusiones y los debates que han animado a nuestra organización a lo largo de su existencia.

La reanudación histórica del proletariado

Antes de la existencia de la CCI, antes de mayo de 1968, habían aparecido ya los signos de una crisis de la sociedad capitalista. En el plano económico, los problemas de las divisas de Estados Unidos y Gran Bretaña; en el plano socio-político, las manifestaciones contra la Guerra de Vietnam y contra la segregación racial en Estados Unidos; a nivel de la lucha de clases, los obreros chinos se rebelaban contra la pretendida “revolución cultural”, las huelgas salvajes estallaban en las fábricas de automóviles norteamericanas… [1]. Ese era el contexto en el que Marc Chirik (MC)[2] y sus jóvenes camaradas de Venezuela establecieron el pronóstico siguiente, frecuentemente citado (por nosotros, por lo menos): “No somos profetas, y no pretendemos adivinar cuándo y de qué forma se desarrollarán los acontecimientos futuros. Pero de lo que somos efectivamente conscientes y estamos seguros, respecto al proceso en el que está actualmente inmerso el capitalismo, es que no puede detenerse por medio de reformas, devaluaciones ni ningún otro tipo de medidas económicas capitalistas, lo que conduce directamente a la crisis”. “Y estamos igualmente seguros de que el proceso inverso de desarrollo de la combatividad de la clase, que se vive actualmente de forma general, conducirá a la clase obrera a una lucha sangrienta y directa hacia la destrucción del Estado burgués[3].

Ahí reside toda la fuerza del método marxista heredado por la Izquierda Comunista: una capacidad de discernir los cambios importantes en la dinámica de la sociedad capitalista, antes de que se hayan vuelto demasiado evidentes para poder ser negados. Y así MC, que había pasado la mayor parte de su vida militante en el ambiente sombrío de la contrarrevolución, fue capaz de anunciar el cambio del curso histórico: la contrarrevolución había acabado, el boom de la posguerra estaba llegando a su fin y la perspectiva era una nueva crisis del sistema capitalista mundial y el resurgir de la lucha de clases proletaria.

Pero existía una debilidad en la fórmula utilizada para caracterizar ese cambio de curso histórico que podía dar la impresión de que entrábamos ya en un período revolucionario –en otros términos en un periodo en el que a corto plazo la revolución mundial estaba al orden del día, como sucedió en 1917. El artículo, evidentemente, no dice que la revolución estaba a la vuelta de la esquina y MC había aprendido la virtud de la paciencia en circunstancias más complicadas. Tampoco cometió el error de los situacionistas que pensaban que Mayo de 1968 era verdaderamente el inicio de la revolución. Pero esa ambigüedad iba a tener consecuencias para la nueva generación de revolucionarios que iba a constituir la CCI. Durante la mayor parte de su historia, incluso después de haber reconocido lo inadecuado de la expresión “curso a la revolución” habiéndola sustituido por “curso a enfrentamientos de clase” durante su V Congreso, la CCI iba a adolecer en permanencia de una tendencia a subestimar la capacidad del capitalismo para mantenerse a pesar de su decadencia y su crisis abierta, y, al mismo tiempo, la dificultad para la clase obrera de superar el peso de la ideología dominante, de constituirse como clase social con su propia perspectiva.

La CCI nació en 1975 a partir del análisis de que se iba a abrir una nueva era de luchas obreras, engendrando igualmente una nueva generación de revolucionarios cuya primera tarea era la reapropiación de las adquisiciones políticas y organizativas de la Izquierda Comunista, y el trabajo por su agrupamiento a escala mundial. La CCI estaba convencida de que tenía un papel único que desempeñar en ese proceso, definiéndose como el “eje” del futuro partido comunista mundial [4].

Sin embargo, la oleada de luchas inaugurada por el movimiento masivo en Francia de mayo-junio de 1968 estaba ya más o menos acabada cuando la CCI se formó, puesto que, globalmente, dicha oleada se desarrolló entre 1968 y 1974, aunque siguió habiendo luchas importantes en España, Portugal, Holanda… en 1976-77. Como no existe una relación mecánica entre la lucha inmediata y el desarrollo de la organización revolucionaria, el crecimiento relativamente rápido, en los inicios, de la CCI prosiguió a pesar de ese reflujo. Pero este desarrollo seguía estando muy influido por el ambiente de Mayo de 1968 cuando, para muchos, la revolución había parecido encontrarse casi al alcance de la mano. Unirse a una organización que luchaba abiertamente por la revolución mundial no parecía, en aquella época, ser una apuesta particularmente temeraria.

Este sentimiento de que vivíamos ya en los últimos días del capitalismo, de que la clase obrera desarrollaba su fuerza de modo casi exponencial, se veía reforzado por una característica del movimiento de la clase de aquel tiempo, donde se daban cortas pausas entre lo que se identificaba como “oleadas” de la lucha de clases internacional.

La segunda ola: 1978-81

Entre los factores que la CCI analizó cuando se produjo el reflujo de la primera oleada, está la contraofensiva de la burguesía que se vio sorprendida en 1968, pero que desarrolló rápidamente una estrategia política cuya finalidad era engañar a la clase, ofreciéndole una falsa perspectiva. Ese fue el objetivo de la estrategia de “la izquierda al poder” que prometía el fin rápido de las dificultades económicas que aún eran relativamente débiles en aquella época.

El fin de la primera oleada coincidió de hecho, más o menos, con el desarrollo más explícito de la crisis económica de 1973, pero fue esa evolución lo que creó las condiciones de nuevas explosiones de movimientos de clase. La CCI analizó el inicio de la “segunda ola” en 1978, con la huelga de los camioneros, el Winter of Discontent (“El invierno del descontento”) y la huelga de los trabajadores siderúrgicos en Gran Bretaña, la lucha de los obreros de la industria del petróleo en Irán que se organizaron en shoras (“consejos”), amplios movimientos de huelga en Brasil, las huelgas de los estibadores de Rotterdam con su comité independiente de huelga, el movimiento combativo de los obreros siderúrgicos en Longwy y Denain en Francia y, por encima de todo, el enorme movimiento huelguístico de Polonia en 1980.

Este movimiento, que partió de los astilleros navales de Danzig, fue una clara expresión del fenómeno de la huelga de masas, y nos permitió profundizar nuestra comprensión de ese fenómeno, retomando el análisis realizado por Rosa Luxemburg después de las huelgas de masas en Rusia, que culminaron en la revolución de 1905 [5]. En la reaparición de la huelga de masas, pudimos vivir el punto culminante de la lucha de después de 1968, lo que respondió a muchas preguntas planteadas en las luchas precedentes, en particular respecto a la autoorganización y la extensión. Defendimos entonces –contra la visión de un movimiento de clase condenado a dar vueltas y vueltas hasta que “el partido” fuese capaz de dirigirlo hacia el derrocamiento revolucionario– que las luchas obreras seguían una trayectoria, tendían a avanzar, a extraer lecciones, a responder a problemas que se habían planteado en las luchas precedentes. Por eso fuimos capaces de ver que la conciencia política de los obreros polacos iba con retraso comparada con el nivel de su lucha. Los obreros polacos formularon reivindicaciones generales que iban más allá de lo puramente económico, pero la dominación del sindicalismo, de la democracia y de la religión era muy fuerte y tendía a deformar todo intento de avanzar en un terreno explícitamente político. También pudimos darnos cuenta de la capacidad de la burguesía mundial para unirse contra la huelga de masas en Polonia, especialmente con la creación de Solidarnosc.

Pero nuestros esfuerzos para analizar las maniobras de la burguesía contra la clase obrera también hizo surgir una tendencia de lo más empírico, marcada por “el buen sentido común”, expresada más claramente por el “clan” Chénier (ver nota 3). Cuando observamos la estrategia política de la burguesía a finales de los años 70 –estrategia de la derecha en el poder y de la izquierda en la oposición en los países centrales del capitalismo– tuvimos que profundizar la cuestión del maquiavelismo de la burguesía. En el artículo de la Revista Internacional no 31 sobre la conciencia y la organización de la burguesía, examinamos cómo la evolución del capitalismo de Estado permitió a esa clase desarrollar estrategias activas contra la clase obrera. En gran medida, la mayoría del movimiento revolucionario había olvidado que el análisis marxista de la lucha de clases es un análisis de las dos clases principales de la sociedad, no sólo de los avances y los retrocesos del proletariado. Este no está comprometido en una batalla en el vacío, sino que se ve enfrentado a la clase más sofisticada de la historia, la cual, a pesar de su falsa conciencia, ha mostrado una capacidad de extraer lecciones de los acontecimientos históricos, sobre todo en los momentos en que se trata de enfrentarse con su enemigo mortal, y es capaz de manipulaciones y engaños sin fin. Examinar las estrategias de la burguesía era un dato básico para Marx y Engels, pero nuestros intentos de seguir con esta tradición han sido frecuentemente refutados por muchos elementos que consideraban que caíamos en una “teoría del complot” mientras que, en realidad, ellos mismos se encontraban “embrujados” por las apariencias de las libertades democráticas.

Analizar la “relación de fuerza” entre las clases nos lleva igualmente a la cuestión del curso histórico. En la misma Revista Internacional donde se publicó el texto más importante sobre la izquierda en la oposición [6] y en respuesta a las confusiones de las Conferencias Internacionales y en nuestras propias filas (por ejemplo la tendencia RC/GCI [7] que anunciaba un curso a la guerra), nosotros publicamos una contribución crucial sobre la cuestión del curso histórico que continuaba y desarrollaba la herencia de la Izquierda Comunista. Este texto intentó rechazar algunas de las ideas falsas más comunes en el medio revolucionario, en particular la idea empírica de que no es posible para los revolucionarios realizar previsiones generales sobre el curso de la lucha de clases. Contra esta visión, el texto reafirma que la capacidad de definir una perspectiva para el futuro –y no solamente la alternativa general socialismo o barbarie- es una de las características del marxismo y lo ha sido siempre. Más específicamente, el texto insiste en que los marxistas siempre han basado su trabajo en su capacidad de comprender la relación de fuerzas entre las clases en un período dado, como hemos visto ya precedentemente en la parte de este informe sobre la “recuperación histórica del proletariado”. Igualmente el texto muestra que la incapacidad de aprehender la naturaleza del curso histórico había conducido a los revolucionarios del pasado a cometer serios errores (por ejemplo las desastrosas aventuras de Trotski en los años 30).

Una extensión de esta visión agnóstica del curso histórico ha sido el concepto, defendido en particular por el BIPR (Buró Internacional por el Partido Revolucionario, que será más tarde la TCI –Tendencia Comunista Internacionalista– que trataremos a continuación en este artículo) de un curso “paralelo” hacia la guerra y hacia la revolución.

Otras teorías han surgido igualmente de un modo más reciente para las cuales “con la agravación de la crisis del capitalismo, son los dos términos de la contradicción los que se refuerzan al mismo tiempo: guerra y revolución no se excluirían mutuamente sino que avanzarían de forma simultánea y paralela sin que se pueda saber cuál llegará a su destino antes que la otra”. El mayor error de esta concepción es que subestima totalmente el factor de la lucha de clases en la vida de la sociedad, al igual que la concepción desarrollada por la Izquierda italiana (la teoría de la economía de guerra) erraba sobreestimando este factor. Partiendo de la frase del Manifiesto Comunista según la que “la historia de todas las sociedades que han existido hasta nuestros días es la historia de la lucha de clases”, haciendo una aplicación mecánica de esta idea al análisis del problema de la guerra imperialista considerando a ésta como una respuesta a la lucha de clases sin ver, al contrario, que aquélla no podía tener lugar sino era en ausencia de ésta o debido a su debilidad. Pero por falsa que fuese, esta concepción se basaba en un esquema correcto, el error provenía de una delimitación incorrecta de su campo de aplicación. Por el contrario, la tesis del “paralelismo y la simultaneidad del curso hacia la guerra y la revolución” ignora francamente este esquema del marxismo pues supone que las dos principales clases antagónicas de la sociedad pueden preparar sus respectivas respuestas a la crisis del sistema –la guerra imperialista para una y la revolución para la otra- de forma completamente independiente la una de la otra, de la relación entre sus fuerzas respectivas, de sus enfrentamientos. Si no se puede aplicar a lo que determina toda la alternativa histórica de la vida de la sociedad, el esquema del Manifiesto Comunista no tiene más razón de ser y mejor sería poner todo el marxismo en un museo, en la sección de invenciones ”extravagantes” de la imaginación humana”. [8]

Aunque tuvimos que esperar cuatro años para cambiar formalmente la fórmula “curso hacia la revolución”, ante todo porque contenía la implicación de una especie de progreso inevitable y, al mismo tiempo, lineal hacia enfrentamientos revolucionarios, comprendimos que el curso histórico no era ni estático, ni predeterminado, sino que estaba sometido a los cambios en la evolución de la relación de fuerzas entre las clases. De ahí nuestro “eslogan”: “los años de la verdad”, al iniciarse los años 80 del siglo XX, en respuesta a la evidente aceleración de las tensiones imperialistas (en especial con la invasión de Afganistán por parte de Rusia y la réplica que provocó por parte de Occidente). “Verdad” no sólo en el brutal lenguaje de la burguesía y de sus nuevos equipos de derecha, sino verdad igualmente en el sentido de que el futuro mismo de la humanidad iba a dilucidarse. Es cierto que hubo errores en ese texto, en especial la idea de “la bancarrota total” de la economía y de una “ofensiva” proletaria ya existente, aun cuando las luchas obreras se ubicaban todavía en un terreno necesariamente defensivo. Pero el texto mostraba una capacidad real de previsión, no sólo porque los obreros polacos nos dieron rápidamente una prueba de que el curso a la guerra no estaba abierto y que el proletariado era capaz de ofrecer una alternativa, sino, también, porque los acontecimientos de los años 80 aparecieron decisivos, aunque no fuese como lo habíamos previsto nosotros en un principio. Las luchas en Polonia fueron un momento clave en el proceso que condujo al hundimiento del bloque del Este y a la apertura definitiva de la fase de descomposición, la expresión del impasse social en el que ninguna clase es capaz de proponer su alternativa histórica.

La "segunda oleada" fue también el período en el que MC nos exhortó a “bajar a la calle” y desarrollar nuestra capacidad de participar en las luchas, de hacer propuestas concretas para la autoorganización y la extensión como así fue durante la huelga de los trabajadores siderúrgicos en Francia. Esto ocasionó algunas incomprensiones: por ejemplo, la propuesta de distribuir una hoja llamando a los obreros de otros sectores a unirse a la marcha de los trabajadores siderúrgicos en París se cansideró como una concesión al sindicalismo, pues esta manifestación había sido organizada por los sindicatos. Pero el problema planteado no era algo abstracto –denunciar a los sindicatos en general- había que mostrar cómo, en la práctica, los sindicatos se oponían a la extensión de la lucha, estimulando así las tendencias a cuestionar a los sindicatos y a que la clase se apoderara de la organización de la lucha. Lo que era una posibilidad real, lo muestra el eco con que fueron recibidas algunas de nuestras intervenciones en los mítines masivos convocados formalmente por los sindicatos, como por ejemplo en Dunkerque. La cuestión de los “grupos obreros” surgidos de estas luchas también se planteó[9]. Pero todo ese esfuerzo para intervenir activamente en las luchas tuvo igualmente un aspecto “negativo”: la aparición de tendencias inmediatistas y activistas que reducían el rol de la organización revolucionaria a aportar una mera asistencia práctica a los obreros. En la huelga de los estibadores de Rotterdam, jugamos el papel de “portadores de botijo” para el comité de huelga, lo que dio lugar a una contribución muy importante de MC[10] que, de modo sistemático, hizo una contribución en la que explicaba cómo el paso de la época de ascenso del capitalismo a la decadencia conllevó profundos cambios en la dinámica de la lucha de clases proletaria y, por lo tanto, a la función primera de la organización revolucionaria, que no podía considerarse más como “el organizador” de la clase, sino como una minoría lúcida que propugna una dirección política. A pesar de esta clarificación decisiva, una minoría de la organización cayó una vez más en el obrerismo y el activismo, caracterizados por el oportunismo hacia el sindicalismo que se manifestó en el clan Chénier, que veía en los comités de huelga sindicales en la huelga siderúrgica del Reino Unido como órganos de clase, rechazando al mismo tiempo la significación histórica del movimiento en Polonia. El texto de la Conferencia Extraordinaria de 1982 sobre la función de la organización identificó numerosos errores.[11]

La segunda ola de luchas llegó a su fin con la represión en Polonia, lo que aceleró también un desarrollo de una crisis en el medio revolucionario (la ruptura de las conferencias internacionales, la escisión en la CCI[12], el colapso del PCI: véanse las Revistas Internacionales nº 28 y 32). Pero nosotros continuamos desarrollando nuestra comprensión teórica, en especial destacando la cuestión de la generalización internacional como próxima etapa de la lucha, y a través del debate sobre la crítica a la teoría del eslabón más débil [13]. Estas dos cuestiones, que están relacionadas entre sí, forman parte del esfuerzo por comprender el significado de la derrota en Polonia. A través de esas discusiones vimos que la clave para los nuevos y más importantes desarrollos de la lucha de clases mundial – que definimos no sólo en términos de auto organización y extensión, sino de generalización y politización internacionales– era Europa occidental. Los textos sobre la generalización y otras polémicas reafirmaron también que la guerra no implicaba las mejores condiciones para la revolución proletaria, como seguían defendiendo la mayor parte de los grupos de la tradición de la Izquierda italiana, sino la crisis económica abierta y que era precisamente esa perspectiva la que se había abierto en 1968. Finalmente, y tras la derrota en Polonia, se escribieron algunos artículos clarividentes acerca de la rigidez subyacente en los regímenes estalinistas, como por ejemplo: “La crisis económica en la Europa del Este y las armas de la burguesía contra el proletariado” en la Revista Internacional no 34. Estos análisis fueron la base para nuestra comprensión de los mecanismos del hundimiento del bloque del Este tras 1989.

1983-1988: la tercera ola

Una nueva oleada de luchas vino anunciada por las huelgas del sector público en Bélgica y se confirmó en los años siguientes con la huelga de los mineros en Gran Bretaña, las luchas de los trabajadores del ferrocarril y la sanidad en Francia, del ferrocarril y la educación en Italia, las luchas masivas en Escandinavia, en Bélgica de nuevo en 1986, etc. Prácticamente cada número de la Revista Internacional de ese período contuvo un artículo editorial sobre la lucha de clases, publicando además las diferentes resoluciones de los congresos sobre esta cuestión. Es cierto que intentamos situar esas luchas en un contexto histórico más amplio. En las Revistas Internacionales nº 39 y 41, publicamos artículos sobre el método necesario para analizar la lucha de clases, tratando de responder al empirismo y a la ausencia de marco que dominaba en el medio que podía pasar de una gran subestimación a repentinas y absurdas exageraciones. El texto de la Revista nº 41 reafirmaba en especial algunos elementos fundamentales de la dinámica de la lucha de clases –su carácter irregular, compuesta de “oleadas”, que se deben a que la clase obrera es la primera clase revolucionaria que es una clase explotada y que no puede avanzar de victoria en victoria como la burguesía sino que tiene que pasar por un doloroso proceso de derrotas que pueden ser el trampolín para nuevos avances en la conciencia. Esos altibajos de la lucha de clases es aún más pronunciado en el período de la decadencia de manera que, para comprender el significado de una explosión específica de la lucha de clases, no podemos observarla como si fuera una “fotografía”: tenemos que situarla en una dinámica más general que nos conduce a la cuestión de la relación de fuerzas entre las clases y al curso histórico.

Durante el mismo período se desarrolló el debate sobre el centrismo para con el consejismo que, al principio, se planteó en un plano teórico –la relación entre conciencia y lucha así como la cuestión de la maduración subterránea de la conciencia [14]. Estos debates permitieron a la CCI hacer una importante crítica de la visión consejista de que la conciencia no se desarrolla sino en el momento de las luchas abiertas, y elaborar la distinción entre dos dimensiones de la conciencia: la de su extensión y la de su profundidad (“la conciencia de –o en– la clase y la conciencia de clase”, una distinción que inmediatamente fue considerada como “leninista” por la futura tendencia FECCI). La polémica con la CWO (Communist Workers Organization) sobre la cuestión de la maduración subterránea destacaba las similitudes entre las visiones consejistas de nuestra “tendencia” y la visión de la CWO que, en aquel momento, defendía abiertamente la teoría kautskysta de la conciencia de clase (entendiéndola como importada desde fuera a la clase obrera por parte de los intelectuales burgueses). El artículo trataba de avanzar en la visión marxista de las relaciones entre el inconsciente y lo consciente al mismo tiempo que realizaba una crítica de la visión de la CWO dominada por el “buen sentido” común.

Otro aspecto en el que la lucha contra el consejismo no se llevó hasta sus últimas consecuencias fue que, aun reconociendo en teoría que la conciencia de clase puede desarrollarse fuera de los períodos de lucha abierta, había desde hacía mucho tiempo una tendencia a esperar que, puesto que ya no vivimos en un período de contrarrevolución, la crisis económica provocaría saltos repentinos en la lucha de clases y en la conciencia de clase. La idea consejista de una relación automática entre la crisis y la lucha de clases volvía de esta manera a colarse por la ventana y ha vuelto a menudo a perseguirnos desde entonces, incluido el período posterior al crack de 2008.

¿Un proletariado a la ofensiva? Las dificultades de la politización

Aplicando el análisis que realizamos en el debate acerca del eslabón más débil, nuestros textos principales sobre la lucha de clases de aquel período reconocían la importancia de un nuevo desarrollo de la lucha de clases en los países centrales de Europa. Las “Tesis sobre la lucha de clases” (1984) publicadas en la Revista Internacional no 37 señalaban las características de esa oleada:

"Las características de la presente ola, tal y como se ya han manifestado y que se precisarán cada vez más, son las siguientes:

-        Tendencia a movimientos de gran escala con la participación de numerosos obreros, que afectarán a sectores enteros o a numerosos sectores de modo simultáneo en un mismo país. Poniendo de este modo las bases para la extensión geográfica de las luchas, la tendencia a la aparición de movimientos espontáneos que plasmarán, sobre todo en sus primeras etapas, cierto desbordamiento de los sindicatos.

-        Simultaneidad creciente de las luchas a nivel internacional, que prepararán el terreno para la futura generalización mundial de las luchas.

-        Desarrollo progresivo, en el seno del conjunto del proletariado, de su confianza en sí, de la conciencia de su fuerza, de su capacidad de oponerse como clase a los ataques capitalistas.

-        Ritmo lento del desarrollo de las luchas en los países centrales y especialmente de la aptitud a su auto organización, fenómeno que se debe al despliegue por parte de la burguesía de estos países de un arsenal completo de trampas y mistificaciones y que se ha vuelto a emplear una vez más en los enfrentamientos de estos últimos meses” [15].

La más importante de estas "trampas y mistificaciones" fue la del sindicalismo de base contra las verdaderas tendencias a la autoorganización de los obreros, una táctica bastante sofisticada capaz de crear coordinadoras pretendidamente antisindicales que, en realidad, servían de última defensa del sindicalismo. Pero aunque no eran ciegas ante los peligros a los que se enfrentaba la lucha de clases, las Tesis, como el texto sobre los Años de la Verdad, seguían con la idea de una ofensiva del proletariado y preveían que la tercera oleada llegaría a un nivel superior a las precedentes, lo que implicaba que necesariamente llegaría a la fase de la generalización internacional.

El hecho de que el curso fuera hacia enfrentamientos de clase no implicaba que el proletariado estuviera ya a la ofensiva: hasta el umbral de la revolución sus luchas serán esencialmente defensivas frente a los ataques incesantes de la clase dominante. Esos errores eran el producto de una tendencia, ya antigua, a sobreestimar el nivel inmediato de la lucha de clases. Se debía, a menudo, a una reacción ante la incapacidad del medio proletario, de ver más allá de sus narices, algo de lo que solíamos tratar en nuestras polémicas y también en la “Resolución sobre la situación internacional” del VI Congreso de la CCI de 1985, publicada en la Revista Internacional no 44, que contiene un amplio pasaje sobre la lucha de clases. Esta parte es una excelente demostración sobre el método histórico de la CCI para analizar la lucha de clases, una crítica del escepticismo y el empirismo que dominaban en el medio, e identificaba también la pérdida de las tradiciones históricas y la ruptura entre la clase y sus organizaciones políticas como las debilidades fundamentales del proletariado. Pero, vista retrospectivamente, esa “Resolución” insistía demasiado en la desilusión respecto a la izquierda y en particular hacia los sindicatos, y sobre el crecimiento del paro como factores potenciales de radicalización de la lucha de clases. No ignoraba los aspectos negativos de esos fenómenos pero no vio cómo, con la llegada de la fase de la descomposición, la desilusión pasiva hacia las antiguas organizaciones obreras y la generalización del paro en especial entre los jóvenes, podrían convertirse en poderosos elementos de desmoralización del proletariado y minar su identidad de clase. Igualmente, por ejemplo, en 1988 [16] publicamos una polémica sobre la subestimación de la lucha de clases en el campo proletario. Los argumentos, en general, eran correctos pero también mostraban, al mismo tiempo, la ausencia de conciencia de lo que se avecinaba, o sea, el derrumbamiento de los bloques imperialistas y el mayor reflujo de las luchas que hayamos podido conocer.

Pero, hacia el final de los años 80del siglo XX, ya era claro, para al menos una minoría de nosotros, que se estaba atascando el movimiento hacia adelante de la lucha de clases, un movimiento que habíamos analizado en numerosos artículos y resoluciones durante ese periodo. A este respecto hubo un debate durante el VIII Congreso de la CCI [17], en particular sobre la descomposición y sus efectos negativos sobre la lucha de clases. Una parte importante de la organización veía que la “tercera oleada” se reforzaba sin cesar y subestimaba el impacto de algunas derrotas. Así fue, en especial, con de la huelga de los mineros en Gran Bretaña, cuya derrota no paró la oleada pero sí tuvo un efecto a largo plazo sobre la confianza de la clase obrera en sí misma y no sólo en ese país, a la vez que reforzaba el empeño de la burguesía en desmantelar las “viejas” industrias. El VIII Congreso fue también el que lanzó la idea de que, desde entonces en adelante, las mistificaciones burguesas “no durarían, como mucho, más allá de tres semanas”.

La discusión sobre el centrismo respecto al consejismo planteó el problema de la huida del proletariado de la política, pero no fuimos capaces de aplicarlo a la dinámica del movimiento de clase, en especial a la ausencia de politización, a su dificultad para desarrollar una perspectiva incluso cuando las luchas se autoorganizaban y mostraban una tendencia a extenderse. Podemos incluso afirmar que la CCI nunca ha desarrollado una crítica adecuada del impacto del economicismo y el obrerismo en nuestras filas, llevando a la organización a subestimar la importancia de los factores que empujan al proletariado más allá de los límites del lugar de trabajo y de las reivindicaciones económicas inmediatas.

Solo será tras el hundimiento del bloque del Este cuando pudimos comprender realmente el peso de la descomposición, pudiendo prever, desde entonces, un período de nuevas dificultades para el proletariado [18]. Estas dificultades derivaban precisamente de la incapacidad de la clase obrera para desarrollar su perspectiva, pero iban a verse reforzadas activamente por la amplia campaña ideológica llevada a cabo por la clase dominante sobre “la muerte del comunismo” y el fin de la lucha de clases.

El período de descomposición

Tras el hundimiento del bloque del Este, la lucha de clases, enfrentada al peso de la descomposición y las campañas anticomunistas de la clase dominante, sufrió un reflujo que demostró ser muy profundo. A pesar de alguna que otra expresión de combatividad a inicios y finales de la década de los años 90, el reflujo persistió en el nuevo siglo, al mismo tiempo que la descomposición avanzaba de modo visible (lo que se expresó claramente con el ataque a las Torres Gemelas y las invasiones en Afganistán e Irak que le sucedieron). Ante el avance de la descomposición, nos vimos obligados a reexaminar toda la cuestión del curso histórico en el informe del XIV Congreso [19]. Se escribieron otros textos importantes sobre ese tema: “¿Por qué el proletariado no ha acabado aún con el capitalismo?” en la Revista nº 103 y 104 y la “Resolución sobre la situación internacional” del XV Congreso de la CCI [20].

El Informe sobre el curso histórico de 2001, tras haber reafirmado las adquisiciones teóricas de los revolucionarios del pasado y nuestro propio marco tal y como fue desarrollado en el documento del III Congreso, se concentró en las modificaciones que conllevó la entrada del capitalismo en su fase de descomposición y la tendencia a la guerra mundial que se ve frustrada no sólo por la incapacidad de la burguesía de movilizar al proletariado sino, también, por la dinámica centrífuga del “cada uno para sí” que implicó un crecimiento de las dificultades para la nueva formación de bloques imperialistas. Sin embargo, ya que la descomposición contiene el riesgo de un descenso gradual en el caos y la destrucción irracional, crea inmensos peligros para la clase obrera y el texto reafirmó el punto de vista de las “Tesis” de que la clase podría acabar siendo gradualmente aplastada por la globalidad de ese proceso hasta el punto de ya no ser capaz de oponerse a la marea de la barbarie. El texto intenta también distinguir entre los acontecimientos materiales e ideológicos implicados en el proceso de “aplastamiento”: los elementos ideológicos emergen espontáneamente del suelo del capitalismo en declive y las campañas conscientemente orquestadas por la clase dominante, como la propaganda interminable sobre la muerte del comunismo. Al mismo tiempo, el texto identificaba elementos materiales más directos como el desmantelamiento de los antiguos centros industriales que habían sido, a menudo, el corazón de la combatividad obrera durante las oleadas precedentes de luchas (las minas, la siderurgia, los estibadores, las fábricas de automóvil…). Pero, aun cuando ese nuevo informe no pretendía ocultar las dificultades que encaraba la clase, sí apreciaba, en cambio, signos de recuperación de la combatividad y las dificultades persistentes de la clase dominante para arrastrar a la clase obrera en sus campañas bélicas, concluyendo que las potencialidades de revitalización de la lucha de clases seguían intactas; lo que iba a confirmarse dos años más tarde, en los movimientos contra las “reformas de las pensiones” en Austria y Francia (2003).

En el informe sobre la lucha de clases de la Revista Internacional no 117, identificamos un giro, una recuperación de la lucha manifestada en dichos movimientos sobre las pensiones y en otros movimientos. Esto se confirmó en los nuevos movimientos en 2006 y 2007 como fue el movimiento contra el CPE en Francia y en las luchas masivas en la industria textil y en otros sectores en Egipto. El movimiento de los estudiantes en Francia fue especialmente un testimonio elocuente de la existencia de una nueva generación de proletarios enfrentados a un futuro muy incierto ([21]). Esa tendencia se confirmó con la siguiente lucha de la “juventud” en Grecia en 2008-2009, la revuelta estudiantil en Gran Bretaña de 2010 y, por encima de todo, por la primavera árabe y los movimientos de los Indignados y Occupy en 2011-2013 que dieron lugar a numerosos artículos de la Revista Internacional, en especial el de la Revista nº 147. Hubo claras aportaciones en estos movimientos: la afirmación de la forma asamblearia, una preocupación más directa hacia las cuestiones políticas y morales, un claro sentido internacionalista; sobre todo ello volveremos más adelante. En nuestro informe en el plenario del BI de octubre de 2013, criticamos el rechazo de esos movimientos por parte de algunos con una visión economicista y obrerista, y el intento de ver el corazón de la lucha de la clase mundial en las nuevas concentraciones industriales de Extremo Oriente. Pero no ocultamos el problema principal que se reveló en estas revueltas: la dificultad para sus jóvenes protagonistas de concebirse como parte de la clase obrera, el peso enorme de la ideología “ciudadanista” y del democratismo. La fragilidad de estos movimientos se vio claramente en Oriente Próximo, donde hubo de manera clara una regresión de la conciencia (como en Egipto y en Israel) y, en Libia y en Siria, una caída casi inmediata en la guerra imperialista. Hubo auténticas tendencias a la politización en esos movimientos ya que se plantearon cuestiones profundas sobre la naturaleza misma del sistema social existente y, como en los surgimientos precedentes de la primera década del siglo XXI, crearon una minúscula minoría de elementos en búsqueda pero, en el seno de esta minoría, hubo una dificultad de ir hacia un compromiso militante revolucionario. Incluso cuando esas minorías parecían haberse liberado de las cadenas más evidentes de la ideología burguesía en descomposición, las volvieron a encontrar en formas más sutiles y radicales, cristalizadas en el anarquismo, en la teoría de la llamada “comunización” y en tendencias similares, dando todas ellas una prueba suplementaria de que teníamos razón al afirmar que “el consejismo era el mayor peligro” en los años 80, puesto que esas corrientes fracasan precisamente cuando se trata de saber qué instrumentos políticos necesita la lucha de clases y, ante todo, en la cuestión de la organización revolucionaria.

Un balance completo de esos movimientos (y de nuestras discusiones al respecto) no se ha realizado y no es este el lugar para hacerlo. Pero parece que el ciclo de 2003-2013 toca a su fin y estamos ante un nuevo período de dificultades[22]. Eso ha sido evidente en especial en Oriente Próximo, donde las protestas sociales se toparon con la más ruda de las represiones y la barbarie imperialista; y esta terrible involución no dejará de tener un efecto deprimente sobre los obreros del mundo entero. En cualquier caso, si recordamos nuestro análisis del desarrollo desigual de la lucha de clases, el reflujo, tras estas explosiones, es inevitable y, durante algún tiempo, expondrá a la clase obrera al impacto nocivo de la descomposición.

La subestimación del enemigo

... Según los informes, se ha dicho que yo había previsto el derrumbe de la sociedad burguesa en 1898. Hay un ligero error en alguna parte. Todo lo que yo dije, es que nosotros podríamos, quizás, tomar el poder de aquí a 1898. Si no fuese así, la vieja sociedad burguesa podría vegetar un momento más, en caso de que un empujón desde el exterior no ocasione el derrumbe de todo el viejo edificio podrido. Un viejo paquete podrido como este puede sobrevivir a su muerte, fundamentalmente interna, algunas décadas si la atmósfera se lo permite” [23].

En este breve pasaje, el error es tan evidente que no es necesario comentarlo: la idea de que la clase obrera llegase al poder en 1898 era una ilusión probablemente generada por el rápido crecimiento del Partido Socialdemócrata en Alemania. Una deriva reformista que se mezclaba con un optimismo exagerado y con una impaciencia que, en el Manifiesto Comunista, había dado lugar a la formulación de que: “la caída de la burguesía y la victoria del proletariado son inevitables” (y tal vez no estén tan lejos). Pero al lado de esto, hay una idea muy válida: una sociedad condenada por la historia puede mantener todavía su “viejo embalaje podrido” durante mucho tiempo aunque la necesidad de reemplazarlo haya surgido. De hecho no es de décadas de lo que hablamos sino de un siglo tras la I Guerra Mundial, durante el que hemos asistido a la siniestra determinación de la burguesía en mantener su sistema vivo, sea cual sea el precio para el futuro de la humanidad.

La mayoría de nuestros errores de los últimos cuarenta años parecen residir en la subestimación de la burguesía, de la capacidad de esta clase en mantener su sistema podrido y, por lo tanto, del conjunto de los obstáculos ante los que se encuentra la clase obrera para poder asumir sus tareas revolucionarias. Para hacer un balance de las luchas de 2003-2013 eso tiene que ser un elemento clave.

El informe para el XXI Congreso de la sección francesa de 2014 reafirmó el análisis del giro: las luchas de 2003 plantearon la cuestión decisiva de la solidaridad y el movimiento de 2006 contra el CPE en Francia fue un profundo movimiento que tomó a la burguesía por sorpresa y la forzó a dar marcha atrás pues se encontró frente al peligro real de la extensión a los trabajadores activos. Pero a continuación vivimos una tendencia a olvidar la capacidad de la clase dominante de recuperarse de tales enfrentamientos y renovar su ofensiva ideológica y sus maniobras, en particular cuando se trata de restaurar la influencia de los sindicatos. Esto lo habíamos visto en Francia en los años 80 con el desarrollo de las coordinadoras y lo volvimos a ver en 1995 pero, como lo señala el informe del último Congreso de la sección francesa, lo olvidamos en nuestros análisis de los movimientos en Guadalupe (departamento francés del Caribe) y en las luchas contra la ley de pensiones de 2010 que agotaron efectivamente al proletariado francés, impidiéndole ser receptivo al movimiento en España del año siguiente. Y nuevamente, a pesar de nuestra pasada insistencia sobre el enorme impacto de las campañas anticomunistas, el informe a este Congreso sugiere igualmente que nosotros olvidamos rápidamente que las campañas contra el marxismo y contra el comunismo han tenido siempre un considerable peso sobre la nueva generación que había surgido en la década precedente.

Algunos otros puntos débiles de este período estamos solo empezando a reconocerlos.

En nuestras críticas de la ideología de los “anticapitalistas” de los años 90, con su insistencia en la mundialización como fase totalmente nueva en la vida del capitalismo (y en las concesiones hechas por parte del movimiento proletario a esa ideología, en especial por parte del BIPR que pareció poner en entredicho la decadencia) nosotros no reconocimos los elementos válidos de esa mitología: la nueva estrategia de “la mundialización” y del neoliberalismo permitieron a la clase dominante resistir a las recesiones de los años 80 e incluso abrir auténticas posibilidades de expansión en las zonas donde las antiguas divisiones entre bloques y con modelos económicos semiautárquicos habían erigido importantes barreras a los movimientos de capital. El ejemplo más evidente de este desarrollo fue, como no, China. No pudimos prever su estatuto de “superpotencia”, aunque desde los años 70, con la ruptura entre Rusia y China, siempre reconocimos que había una especie de excepción a la regla sobre la imposible “independencia” respecto a la dominación de los dos bloques. Tardamos pues en comprender el impacto que iba a tener sobre el desarrollo global de la lucha de clases la emergencia de las enormes concentraciones industriales en algunas de esas regiones. Las razones teóricas subyacentes que explican nuestra incapacidad en prever el auge de la nueva China tendrán que ser investigadas con más profundidad en las discusiones sobre nuestro análisis de la crisis económica.

De un modo quizás más significativo, no investigamos de manera idónea el papel desempeñado por el desmoronamiento de muchos de los antiguos centros de combatividad de la clase en los países centrales, minando la identidad de clase. Tuvimos razón en nuestro escepticismo hacia los análisis puramente sociológicos de la conciencia de clase, pero el cambio de la composición de la clase obrera en los países centrales, la pérdida de las tradiciones de lucha, el desarrollo de formas de trabajo más atomizadas, contribuyeron realmente en la aparición de generaciones proletarias que no se ven ya como parte de la clase obrera, aunque sí se impliquen en las luchas contra los ataques al Estado, como se pudo comprobar en los movimientos de Occupy y de los Indignados en 2011-2013. Es importante destacar que el nivel de las “deslocalizaciones” habidas en los países occidentales, era a menudo el resultado de grandes derrotas –los mineros en Gran Bretaña, los metalúrgicos en Francia por ejemplo. Estas cuestiones aunque se plantearon en el informe de 2001 sobre el curso histórico, no fueron realmente tratadas y volvieron a plantearse en el informe de 2013 sobre la lucha de clases. En esto, ha habido un retraso muy importante y no hemos incorporado siempre este fenómeno en nuestro marco de análisis, lo que implicaría además una respuesta a los intentos erróneos de corrientes como los autónomos y la TCI de teorizar la “recomposición” de la clase obrera.

Al mismo tiempo, la persistencia predominante del desempleo de larga duración o del empleo precario ha exacerbado la tendencia a la atomización y a la pérdida de la identidad de clase. Las luchas autónomas de los desempleados, capaces de vincularse a las luchas de los obreros activos, fueron mucho menos significativas de lo que habíamos previsto en los años 70 y 80 (véanse las “Tesis sobre el desempleo” en la Revista Internacional no 14 o la “Resolución sobre la situación internacional” del VI Congreso de la CCI mencionado antes) y numerosos parados y empleados precarios han caído en el lumpen, la cultura de las bandas o las ideologías políticas reaccionarias. Los movimientos estudiantiles franceses de 2006 y las revueltas sociales del fin de la década del nuevo siglo comenzaron a aportar respuestas a esos problemas, ofrecieron la posibilidad de integrar a los parados en las manifestaciones de masas y en las asambleas de calle, pero se dio siempre en un contexto en el que la identidad de clase es todavía muy débil.

Para en explicar la pérdida de la identidad de clase, insistimos sobre todo en lo ideológico, ya fuera como producto inmediato de la descomposición (“cada uno para sí”, cultura de bandas, la huida en la irracionalidad…) ya por el uso deliberado de los efectos de la descomposición por parte de la clase dominante (del modo más evidente: las campañas sobre la muerte del comunismo, pero también el asalto ideológico día tras día por parte de los medios de comunicación y la publicidad sobre las falsas revueltas, la obsesión consumista, los famosos…). Todo eso podrá, evidentemente, ser esencial pero, en cierto modo, sólo acabamos de empezar a investigar cómo funcionan esos mecanismos ideológicos a un nivel más profundo –una tarea teórica claramente planteada en las “Tesis sobre la moral”[24] y en nuestros esfuerzos para aplicar y desarrollar la teoría marxista de la alienación.

La identidad de clase no es, como la TCI ha defendido a veces, un simple sentimiento instintivo o semiconsciente del que dispondrían los obreros, que habría que distinguir de la verdadera conciencia de clase conservada por el partido. La identidad de clase se integra en la conciencia de clase, forma parte del proceso mediante el cual el proletariado se reconoce como clase distinta, con un rol y un potencial únicos en la sociedad capitalista. Además no se limita al ámbito puramente económico sino que desde el principio llevaba en sí un poderoso factor cultural y moral: como escribía Rosa Luxemburg, el movimiento obrero no sólo es cosa de “cuchara y tenedor” sino que es “un gran movimiento cultural”. El movimiento obrero del siglo XIX incorporó pues, no sólo las luchas a favor de las reivindicaciones económicas y políticas inmediatas sino también la organización de la educación, los debates sobre el arte y la ciencia, las actividades deportivas y de ocio… El movimiento ofrecía todo un medio en el que los proletarios y sus familias podían asociarse fuera de los lugares de trabajo, reforzando la convicción de que la clase obrera era el verdadero heredero de todo lo sano que se había producido en las expresiones precedentes de la cultura humana. Este tipo de movimiento de la clase obrera alcanzó su máxima expresión en el período de la socialdemocracia alemana, pero también significó las premisas de su caída. Lo que se perdió durante la gran traición de 1914 no fue sólo la Internacional y las viejas formas de organización política y económica sino, también, un medio cultural más amplio que no sobrevivió sino en la forma caricaturesca que tuvieron las “fiestas” de los partidos estalinistas e izquierdistas. 1914 fue pues el primero de toda una serie de golpes contra la identidad de clase durante el pasado siglo: la disolución política de la clase en la democracia y en el antifascismo durante los años 30 y 40, la confusión entre comunismo y estalinismo, la ruptura de la continuidad orgánica con las organizaciones y las tradiciones del pasado que conllevó la contrarrevolución: mucho antes de la apertura de la fase de descomposición, esos traumatismos pesaban ya de modo decisivo sobre la capacidad del proletariado para constituirse en clase con un verdadero sentido de sí mismo como fuerza social que lleva en sí misma “la disolución de todas las clases”. De ahí que toda investigación sobre el problema de la pérdida de la identidad de clase deberá volver a tratar toda la historia del movimiento obrero y no limitarse a las últimas décadas. Aunque en los últimos decenios el problema se haya convertido en muy agudo y amenazador para el futuro de la lucha de clases, es sólo la expresión concentrada de procesos que tienen una historia mucho más larga.

Volviendo al problema de nuestra subestimación de la clase dominante: el momento culminante de nuestra subestimación, desde hace mucho tiempo, del enemigo –y que es la debilidad más importante de nuestros análisis– llegó con el crack financiero de 2007-2008, cuando volvió a primer plano una antigua tendencia a considerar que la clase dominante del centro del sistema habría agotado todas las opciones y que la economía habría llegado a un impasse total.

Eso lo único que hacía era aumentar los sentimientos de pánico, exacerbar la idea tácita, no frecuentemente explicitada, de que la clase obrera y el minúsculo movimiento revolucionario se encontraban ante su última oportunidad, o que incluso ya habían “perdido el tren”. Algunas de las expresiones sobre la dinámica de la huelga de masas habían alimentado ese tipo de inmediatismo. En realidad no nos equivocamos al ver “gérmenes” de huelgas de masas en el movimiento estudiantil de 2006 en Francia, o en otros como el de los trabajadores siderúrgicos en España ese mismo año, en el de Egipto de 2007, en Bangladesh y en otras zonas. Nuestro error fue el haber confundido semilla y flor, sin comprender que el período de germinación es necesariamente largo. Esos errores de análisis se debían claramente a las deformaciones activistas y oportunistas de nuestra intervención durante ese período, aunque esos errores tienen que comprenderse también en una discusión más amplia de nuestro papel como organización (véase al respecto el texto sobre el trabajo de fracción).

La dimensión moral de la conciencia de clase

“Después de haber trabajado hoy, el propietario de la fuerza de trabajo tiene que volver a repetir mañana el mismo proceso, en idénticas condiciones de fuerza y salud. Por lo tanto, la suma de víveres y medios de vida habrá de ser por fuerza suficiente para mantener al individuo trabajador en su estado normal de vida y de trabajo. Las necesidades naturales, el alimento, el vestido, la calefacción, la vivienda, etc… varían con arreglo a las condiciones del clima y a las demás condiciones naturales de cada país. Además, el volumen de las llamadas necesidades naturales, así como el modo de satisfacerlas, son de suyo un producto histórico que depende, por tanto, en gran parte, del nivel de cultura de un país. Los orígenes de la clase asalariada en cada país, y, sobre todo, entre otras cosas, de las condiciones, los hábitos y las exigencias con que se haya formado la clase de los obreros libres. A diferencia de otras mercancías, la valoración de la fuerza de trabajo encierra, pues, un elemento histórico moral[25].

Abordar El Capital sin entender verdaderamente que Marx trata de comprender el funcionamiento de las relaciones sociales específicas, que son el producto de miles de años de historia, y que, como otras relaciones sociales, están condenadas a desaparecer, significa quedarse hechizados por la visión reificada del mundo que Marx estudia para de combatirla. Ese modo de hacer es el típico de todos los intelectuales marxólogos, ya sean apoltronados profesores o se consideren como comunistas ultra-radicales, que intentan analizar el capitalismo como un sistema autosuficiente, de leyes eternas, que opera de la misma manera en todas las condiciones históricas, ya sea en la decadencia del sistema o en su época ascendente. Las consideraciones de Marx sobre el valor de la fuerza de trabajo nos abren los ojos sobre ese punto de vista puramente económico del capitalismo y muestran cómo los factores “históricos y morales” desempeñan un papel crucial en la determinación del fundamento “económico” de esta sociedad: el valor de la fuerza de trabajo. En otros términos, al contrario de las afirmaciones de Paul Cardan (alias de Castoriadis, el fundador del grupo Socialismo o Barbarie) para quien El Capital era un libro sin lucha de clases, Marx defiende que la afirmación de la dignidad humana por parte de la clase explotada –la dimensión moral por excelencia– no puede, por definición, ser suprimida del examen científico sobre la manera en que opera el sistema capitalista. En la misma frase, Marx responde también a aquellos que lo consideran como una relativista moral, como un pensador que rechazaría todo tipo de moral so pretexto de ser frases vacías e hipócritas propias de tal o cual clase dominante.

Hoy la CCI se ve obligada a profundizar su comprensión del “elemento histórico moral” en la situación de la clase obrera –histórico no sólo en el sentido de las luchas de los últimos 40 u 80 ó 100 años, o incluso desde los mismos inicios de los movimientos obreros en los albores del capitalismo, sino en el sentido de la continuidad y la ruptura entre las luchas de la clase obrera y las de las clases explotadas precedentes y, más allá de esto, con todos los intentos anteriores de la especie humana para superar las barreras y realizar sus verdaderas potencialidades, para liberar “sus facultades adormecidas”, como Marx definió la característica central del trabajo humano en sí. Aquí la historia y la antropología se juntan y hablar de antropología es hablar de historia de la moral. De ahí la importancia de las “Tesis sobre la moral” y la de la discusión sobre ellas.

Extrapolando a partir de las Tesis, podemos notar algunos momentos claves que marcan la tendencia a la unificación de la especie humana: el paso de la horda al comunismo primitivo más amplio, el advenimiento de la “Era Axial”, relacionada con la generalización naciente de relaciones mercantiles con el nacimiento de la mayor parte de las religiones del mundo, la expresión, en el “espíritu”, de la unificación de una humanidad que, sin embargo, no podía unirse en la realidad; la expansión global del capitalismo ascendente que, por primera vez, tendió a unificar a la humanidad bajo el reino, brutal eso sí, de un modo de producción único; la primera ola revolucionaria que llevaba en sí la promesa de una comunidad humana material. Esta tendencia recibió un terrible golpe con el triunfo de la contrarrevolución y no es casualidad si Trotski, en el umbral de la guerra más bárbara de la historia, en 1938, hablaba ya de “crisis de la humanidad”. Tenía claramente en su mente como prueba de esta crisis la I Guerra Mundial, la Rusia estalinista, la Gran Depresión y la marcha hacia la II Guerra Mundial, pero por encima de todo la imagen de la Alemania nazi (aunque él no vivió lo suficiente como para ser testigo de las expresiones más horribles de aquel régimen bestial), confirmándose así esa idea, la de que una humanidad sometida a un test, pues se estaba produciendo un proceso sin procedentes de regresión en el seno de una de las cunas de la civilización burguesa: la cultura nacional en la que habían nacido Hegel, Beethoven y Goethe sucumbía ahora a la dominación de los matones, los ocultistas, los nihilistas, motivados por un programa que trataba de acabar con toda posibilidad de existencia de una humanidad unificada.

En la descomposición, esa tendencia a la regresión, los signos de que todos los progresos de la humanidad hasta hoy se están desmoronando, se ha convertido en algo “normal” en el planeta. Esto se expresa ante todo en el proceso de fragmentación y de cada uno para sí: la humanidad, en una fase donde la producción y la comunicación se encuentran más unificadas que nunca, está en peligro de dividirse en naciones, regiones, religiones, razas, bandas, y todo ello acompañado por una regresión destructiva de los niveles intelectuales con el ascenso de numerosos tipos de fundamentalismo religioso, de nacionalismo y racismo. El auge del Estado Islámico nos proporciona un resumen de ese proceso a escala histórica: en los lugares donde en el pasado el Islam fue el resultado de un avance moral e intelectual a por una gran región del mundo, hoy el islamismo, ya sea el suní o como el chií, es una expresión de la negación de la humanidad: pogromo, misoginia y adoración de la muerte.

Es evidente que este peligro de regresión contamina al propio proletariado. Hay, por ejemplo, partidos racistas que han sido capaces de captar a partes de la clase obrera en Europa que han vivido la derrota de todas las luchas de los años 70 y 80 y sus múltiples cierres de industrias y la desaparición de empleos, unos partidos que han encontrado nuevos chivos expiatorios a los que acusar de su miseria –las oleadas de inmigrantes hacia los países centrales, que huyen del desastre económico, ecológico y militar de sus regiones. Estos inmigrantes son generalmente más “visibles” que los judíos en la Europa de los años 30, y, además, los adeptos de la religión musulmana pueden ser relacionados directamente con las fuerzas comprometidas en los conflictos imperialistas de sus países de “acogida”. Esta capacidad de la derecha, más que de la izquierda, de penetrar en componentes de la clase obrera (en Francia, por ejemplo, antiguos “bastiones” del Partido Comunista han caído en manos del Frente Nacional) es una expresión clara y significativa de una pérdida de la identidad de clase: donde en el pasado se podría ver a los obreros perder sus ilusiones con la izquierda debido a la experiencia del papel que desempeñaba en el sabotaje de sus luchas, hoy la influencia declinante de esta izquierda es más un reflejo de que la burguesía tiene menos necesidad de fuerzas mistificadoras que actúen pretendidamente en nombre de la clase obrera, pues ésta es cada vez menos capaz de verse como una clase. Esto también se expresa en una de las consecuencias más significativas del proceso de descomposición y desarrollo desigual de la crisis económica mundial: la tendencia de Europa y de Norteamérica a convertirse en islotes de “salud” relativa en un mundo enloquecido. Europa en particular se parece cada vez más a un búnker protegido que se defiende contra las masas desesperadas que buscan un refugio huyendo de un apocalipsis general. La respuesta del “buen sentido común” de todos los “asediados” es cerrar filas y asegurarse de que las puertas estén bien cerradas, sin que importe la brutalidad que ejerza el régimen dentro del seno del búnker. El instinto de supervivencia se convierte entonces en algo totalmente separado de todo sentimiento e impulso moral.

La crisis de la “vanguardia” debe también situarse dentro de ese proceso de conjunto: la influencia del anarquismo sobre las minorías politizadas generadas por las luchas de 2003-2013, con su fijación en lo inmediato, en el lugar de trabajo, en la “comunidad”; el auge del obrerismo del estilo del Movimiento Comunista y su polo opuesto en la tendencia “comunizadora” que rechaza a la clase obrera como sujeto de la revolución: el deslizamiento hacia la bancarrota moral en el seno mismo de la Izquierda Comunista que analizamos en otros informes. En resumen, la incapacidad de la vanguardia revolucionaria para aprehender la realidad de la regresión, a la vez moral e intelectual, que está barriendo el mundo le impide luchar contra ella.

El curso histórico

En realidad, la situación aparece muy grave. ¿Tiene sentido hablar todavía de un curso histórico hacia los enfrentamientos de clase? La clase obrera se encuentra hoy tan alejada de los tiempos de 1968 como 1968 lo estaba de los inicios de la contrarrevolución y, además, la pérdida de su identidad de clase significa que la capacidad para reapropiarse de las lecciones de las luchas habidas durante las décadas precedentes ha disminuido. Al mismo tiempo, los peligros inherentes al proceso de descomposición (un agotamiento gradual de la capacidad del proletariado de resistir a la barbarie del capitalismo) no son estáticas y tienden a amplificarse a medida que el sistema capitalista se hunde más profundamente en su declive.

El curso histórico nunca ha estado determinado para siempre. La posibilidad de enfrentamientos de clase masivos en los países claves del capitalismo no es una etapa preestablecida en el viaje hacia el futuro.

Sin embargo nosotros seguimos creyendo que el proletariado no ha dicho aún su última palabra, incluso cuando aquellos que toman la palabra no tienen clara conciencia de hablar por el proletariado.

En nuestro análisis de los movimientos de clase de 1968-89 notamos la existencia de algunos momentos álgidos que fueron una inspiración para las luchas futuras y un instrumento para medir su progreso. De ahí la importancia de 1968 en Francia al plantear la cuestión de una nueva sociedad; la importancia de las luchas en Polonia, en 1980, al reafirmarse en ellas los métodos de la huelga de masas, de la extensión y la auto organización de la lucha… En buena parte, estas cuestiones quedaron sin respuesta. Pero podemos también decir que las luchas de la última década han conocido igualmente puntos álgidos, ante todo porque han comenzado a plantearse la cuestión clave de la politización que hemos identificado como una debilidad central en las luchas del ciclo precedente. Aún más lo que ha sido más importante en esos movimientos (como en el de los estudiantes en Francia de 2006 o la revuelta de los Indignados en España) es haber planteado muchos problemas que pusieron de relieve que, para el proletariado, la política no es “saber si habría que defender o cambiar al equipo de gobierno” sino el cambio de las relaciones sociales; que la política del proletariado tiene que ver con la afirmación de una nueva moral opuesta a la visión del mundo del capitalismo donde el hombre es un lobo para el hombre. A través de su “indignación” contra el despilfarro de potencial humano y el carácter destructor del sistema actual; por sus esfuerzos para ganar a los sectores más alienados de la clase obrera (el llamamiento de los estudiantes franceses a la juventud de los barrios periféricos); por el rol de vanguardia desempeñado por las mujeres jóvenes, por cómo enfocaron la cuestión de la violencia y las provocaciones policiales, en el deseo del debate apasionado en las asambleas y el internacionalismo naciente de muchos de los eslóganes del movimiento[26], todos esos movimientos han sido un golpe contra el avance de la descomposición y han afirmado que claudicar ante ella no es la única posibilidad, sino que sigue existiendo la posibilidad de responder al “no-futur” de la burguesía con sus incesantes ataques contra la perspectiva del proletariado, mediante la reflexión y el debate sobre la posibilidad de otro tipo de relaciones sociales. Y, en la medida en que esos movimientos se vieron obligados a elevarse a cierto nivel, a plantearse cuestiones sobre todos los aspectos de la sociedad capitalista –económicos, políticos, artísticos, científicos y medioambientales- nos han dado una idea de la forma en que un nuevo “gran movimiento cultural” podría reaparecer al calor de la revuelta contra el sistema capitalista.

Hubo, sin duda, momentos en que tuvimos la tendencia a dejarnos llevar por el entusiasmo hacia esos movimientos y a perder de vista sus debilidades, reforzando nuestras tendencias al activismo y a formas de intervención que no estaban guiadas por un enfoque teórico claro. Pero no nos equivocamos, en 2006 por ejemplo, al detectar aspectos de la huelga de masas en el movimiento contra el CPE. Es verdad que tendimos a ver esos elementos en un sentido inmediatista más que en una perspectiva a largo plazo, pero no se trata de poner en entredicho que esas revueltas sí que han reafirmado la naturaleza subyacente de la lucha de clases en decadencia: luchas que no son organizadas inicialmente por órganos permanentes, sino que tienden a extenderse a toda la sociedad, que plantean el problema de nuevas formas de autoorganización, que tienden a integrar la dimensión política en la dimensión económica.

Evidentemente la gran debilidad de estas luchas fue que, en gran medida, no se consideraron a sí mismas como proletarias, como expresiones de la guerra de clases. Y si esa debilidad no se supera, los puntos fuertes de estos movimientos tienden a ser sus puntos débiles: las preocupaciones morales se convierten en una vaga forma de humanismo pequeñoburgués que cae fácilmente preso de las políticas democráticas y “ciudadanas” –es decir abiertamente burguesas–; las asambleas se convierten entonces en simples parlamentos callejeros donde los debates abiertos sobre las cuestiones fundamentales acaban siendo sustituidas por las manipulaciones de las élites políticas y por reivindicaciones que limitan el movimiento en el horizonte de la política burguesa. Ese fue evidentemente el destino de las revueltas sociales de 2011-2013.

Es necesario vincular la revuelta de la calle con la resistencia de los trabajadores activos, con las diferentes expresiones del movimiento de la clase obrera; comprender que sin esta síntesis no puede fundamentarse una perspectiva proletaria para el futuro de la sociedad y que esa síntesis, a su vez, implica que la unificación del proletariado tiene que incluir la restauración de la relación entre la clase obrera y las organizaciones revolucionarias. Ese ha sido el problema por solucionar, la perspectiva que asumir, planteada no sólo por las luchas de los últimos años sino también por todas las expresiones de la lucha de clases desde 1968.

Contra el buen sentido común del empirismo que no puede ver al proletariado sino cuando aparece en la superficie, los marxistas reconocen que el proletariado es como Albión, el gigante dormido de William Blake cuyo despertar pondrá el mundo patas arriba. En base a la teoría de la maduración subterránea de la conciencia, que en buena medida sólo la CCI defiende, reconocemos que el amplio potencial de la clase obrera queda en gran medida oculto e incluso los revolucionarios más claros pueden olvidar fácilmente que esa “facultad latente” puede tener un enorme impacto sobre la realidad social, incluso cuando aparentemente está fuera de escena. Marx fue capaz de ver en la clase obrera la nueva fuerza revolucionaria en la sociedad con pruebas que podían parecer muy escasas, como algunas luchas textiles en Francia que aún no habían superado la fase artesanal de desarrollo. Y, a pesar de las inmensas dificultades a las que se enfrenta el proletariado, a pesar de todas nuestras sobreestimaciones de las luchas y nuestras subestimaciones del enemigo, la CCI ha sido capaz de ver los suficientes elementos en los movimientos de clase durante los últimos 40 años para concluir que la clase obrera no ha perdido su capacidad para ofrecer a la humanidad una nueva sociedad, una nueva cultura, una nueva moral.

Plantear las cuestiones con profundidad

Este Informe es bastante más amplio de lo que habíamos previsto y eso que sólo nos hemos limitado a plantearnos preguntas más que a responderlas. Nuestra finalidad es desarrollar una cultura teórica donde cada cuestión se examine con profundidad, vinculándola al patrimonio intelectual de la CCI, a la historia del movimiento obrero y a los clásicos del marxismo como guías indispensables en la exploración de los nuevos problemas que se plantean en la fase final del declive del capitalismo. Una cuestión clave implícitamente planteada en este Informe –en la reflexión acerca de la identidad de la clase o sobre el curso histórico– es la noción misma de clase social y el concepto de proletariado como clase revolucionaria de esta época. La CCI ha realizado importantes contribuciones en esta materia –en especial “El proletariado sigue siendo la clase revolucionaria” en las Revistas no 73 y 74 y ¿Por qué el proletariado no ha acabado aún con el capitalismo?” en las Revistas no 103 y 104, los dos artículos trataban de responder a las dudas dentro del movimiento político proletariado sobre la posibilidad misma de la revolución. Es necesario volver a leer esos artículos pero, también, los textos y las tradiciones marxistas en que se basan, tratando al mismo tiempo de evaluar nuestros argumentos a la luz de la evolución real del capitalismo y de la lucha de clases en las últimas décadas. Nos parece evidente que ese proyecto debe emprenderse a largo plazo. Al mismo tiempo, hay otros aspectos del Informe que sólo se han podido mencionar, como la dimensión moral de la conciencia de clase y su papel esencial en la capacidad de la clase obrera para superar el nihilismo y la ausencia de perspectiva inherentes al capitalismo en su fase de descomposición, o la necesidad de una crítica muy detallada de las diferentes formas de oportunismo que han afectado al mismo tiempo el análisis de la lucha de clases realizado por la CCI e incluso su intervención, en especial sobre las concesiones al consejismo, al obrerismo y al economicismo.

Puede ser que una de las debilidades que aparece de un modo más claro en el Informe es nuestra tendencia a subestimar las capacidades de la clase dominante a mantener su sistema en declive, a la vez en el plano económico (que se desarrollará en el Informe sobre la crisis económica) y en el plano político gracias a su capacidad de anticipar y desviar el desarrollo de la conciencia en la clase mediante toda una serie de maniobras y de estratagemas. El corolario de esta debilidad por nuestra parte fue ser demasiado optimistas sobre la capacidad de la clase obrera de contraatacar frente a la burguesía y de avanzar hacia una clara compresión de su misión histórica –una dificultad que también se ha reflejado en el desarrollo con frecuencia muy lento y tortuoso de la vanguardia revolucionaria.

Una característica de los revolucionarios es la impacientarse por ver la revolución: Marx y Engels consideraban que las revoluciones burguesas de su época podían ser rápidamente “transformadas” en revoluciones proletarias; los revolucionarios que crearon la IC estaban convencidos de que los días del capitalismo estaban contados; incluso nuestro camarada MC esperaba que iba a vivir lo suficiente como para ver el inicio de la revolución. Para los cínicos y los vendedores del viejo y buen sentido común, esto se debe a que la revolución y la sociedad sin clases son, en el mejor de los casos, ilusiones utópicas. Una ilusión que da igual esperarla mañana o dentro de cien años. Sin embargo, para los revolucionarios, esta impaciencia, la de ver el amanecer de la nueva sociedad, es el resultado de su pasión por el comunismo, una pasión cuyos postulados “no se fundan en modo alguno en ideas o principios que hayan sido inventados o descubiertos por tal o cual reformador del mundo” son simplemente “las expresiones generales de los hechos reales de una lucha de clases existentes, de un movimiento histórico que transcurre ante nuestra vista” (Manifiesto Comunista). Es evidente que esta pasión tiene que ser guiada y a veces atemperada por el análisis más riguroso, la capacidad más seria de comprobar, verificar y autocriticarse; y eso es lo que ante todo hemos tratado de hacer en el XXI Congreso de la CCI. Pero para citar una vez más a Marx ese tipo de autocrítica “no es una pasión de la cabeza sino la cabeza de la pasión”.

[1] Ver por ejemplo el artículo de Acción Proletaria publicado en World Revolution nos 15 y 16, que hablaba de una oleada de luchas que, en realidad, habían empezado en 1965.

[2]Para una presentación del militante MC ver la nota 6 del artículo  “¿Qué balance y qué perspectivas para nuestra actividad?” de este número de la Revista Internacional.

[3] Internacionalismo no 8, “1968: comienza una nueva convulsión del capitalismo.

[4] “Informe sobre la cuestión de la organización de nuestra corriente internacional”, Revista Internacional no 1.

[5] Ver por ejemplo el artículo “Notas sobre la huelga de masas”, Revista Internacional no 27.

[6] Revista no 18, 2o trimestre de 1979, que contiene los textos del III Congreso de la CCI.

[7] Para más información sobre esta tendencia leer nuestro artículo en la Revista Internacional nº 109 “La cuestión del funcionamiento organizativo en la CCI” (http://es.internationalism.org/Rint109%20-%20FuncionamientoCCI).

[8] "El curso histórico”, Revista Internacional no 18.

[10] Cf. “La lucha del proletariado en el capitalismo decadente” en la Revista Internacional no 23. http://es.internationalism.org/node/2265

[11] Cf. “Relación sobre la función de la organización revolucionaria” en la Revista Internacional no 29. http://es.internationalism.org/rint/1982/29_funcion.html

[12]Para más información sobre esta escisión véase nuestro artículo en la Revista Internacional no 109, “La cuestión del funcionamiento de la organización en la CCI” (http://es.internationalism.org/Rint109%20-%20FuncionamientoCCI) del que extraemos el siguiente pasaje: “Durante la crisis de 1981 se desarrolló (con la contribución del elemento turbio Chenier, pero no exclusivamente por ella) una visión que consideraba que cada sección debía tener su propia política de intervención, criticaba violentamente al Buró internacional (BI) y a su Secretariado internacional (SI) (les reprochaba su posición sobre la izquierda en la oposición y los acusaba de estar fomentando una degeneración estalinista) y, aunque se decía de acuerdo con la necesidad de los órganos centrales los veía como un mero buzón de correos”.

[13] Véanse la Revista Internacional nos 31 y 37.

[14] Véase a este respecto el artículo en la Revista Internacional no 43.

[15] Tesis sobre la recuperación actual de la lucha de clases.

[16] Revista Internacional no 54.

[17] Revista Internacional no 59.

[18] Revista Internacional no 60.

[19] Publicado en la Revista Internacional nº 107.

[20] 2003, Revista Internacional nº 113.

[21] Véanse las “Tesis sobre el movimiento de los estudiantes en Francia” en la Revista no 125 y también la editorial de ese mismo número.

[22] Esta discusión está realizándose todavía en el seno de la CCI.

[23] Engels a Bebel, 24-26 de octubre de 1891.

[24] Un documento interno aún en discusión en la organización.

[25] Marx, El Capital, Volumen I, Capítulo IV, “Compra y venta de la fuerza de trabajo”, ed. FdE, p. 124, México.

[26] Se puede hablar de una expresión abierta hacia la solidaridad entre las luchas en Estados Unidos y Europa y las de Oriente Próximo, en especial en Egipto o los eslóganes del movimiento en Israel definiendo a Netanyahu, Mubarak y Assad como idéntico enemigo.