Resolución sobre los grupos políticos proletarios (1977)

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Esta resolución fue adoptada por el 2º Congreso Internacional de la CCI celebrado en 1977.

La caracterización de las diversas organizaciones que afirman defender el socialismo y la clase obrera es de la mayor importancia para la CCI. Esto no es, ni mucho menos, algo abstracto o puramente teórico; es, al contrario, orientador en la actitud que la Corriente mantiene hacia esas organizaciones, y, por consiguiente, de su actividad respecto a ellas: ya sea denunciándolas como órganos o productos del capital; ya sea polemizando y discutiendo con ellas para ayudarlas a alcanzar una mayor claridad y rigor programático; ya sea impulsando la aparición de tendencias en su seno que busquen tal claridad. Por ello debemos evitar apreciaciones subjetivas o hechas a la ligera sobre las organizaciones con las que la CCI se encuentra, así como definir el criterio con el que nos aproximemos a esos grupos tan precisamente como podamos, sin recurrir a esquemas rígidos o formalistas. Cualquier error o precipitación en esto irá en contra del cumplimiento de la tarea fundamental de constituir un polo de agrupamiento para los revolucionarios, y podrá llevar a desviaciones de cariz ya oportunista, ya sectario, que podría amenazar la vida misma de la Corriente.

I.

El movimiento revolucionario de la clase obrera se expresa en un proceso de maduración de la conciencia, un proceso difícil y tortuoso que nunca es lineal y que atraviesa bastantes vacilaciones y tropiezos. Es algo que se manifiesta necesariamente en la aparición y existencia simultánea de una serie de organizaciones más o menos desarrolladas. Este proceso está basado tanto en la experiencia inmediata de la clase como en la histórica, y necesita de ambas para desarrollarse y enriquecerse. Debe apropiarse de las adquisiciones del pasado de la clase pero al mismo tiempo debe ser capaz de criticar e ir más allá de las limitaciones de lo adquirido, una actividad que sólo es posible si ha habido una asimilación real de las mismas. Así, las diferentes corrientes que aparecen en la clase pueden distinguirse por su mayor o menor capacidad para asumir esas tareas. Si bien el desarrollo de la conciencia de clase implica una ruptura con la ideología burguesa dominante, los grupos que expresan y participan en este desarrollo están en sí mismos sujetos a la presión que ejerce esa ideología, que amenaza constantemente o con hacerlos desaparecer o con ser absorbidos por la clase enemiga.

Esas características generales del proceso de la conciencia revolucionaria son incluso más evidentes en el periodo decadente del capitalismo. Si bien la decadencia ha establecido las bases para la destrucción de este sistema tanto desde el punto de vista objetivo (la crisis mortal del modo de producción) como subjetivo (la descomposición de la ideología burguesa y el debilitamiento de su control sobre la clase obrera), también ha puesto nuevos obstáculos y dificultades en la toma de conciencia del proletariado. Nos referimos a:

  • la atomización experimentada por la clase fuera de los periodos de lucha intensa;
  • el creciente dominio totalitario ejercido por el Estado sobre toda la vida social;
  • la integración en el Estado de todas las organizaciones de masas (partidos y sindicatos) que en el siglo XIX fueron el terreno de desarrollo de la conciencia de clase;
  • finalmente, la confusión añadida proveniente de tendencias radicales producidas por la descomposición de la ideología burguesa oficial.

Hoy, sumado a esos factores, tenemos que tener en cuenta:

  • el peso de la más profunda contrarrevolución que el movimiento obrero haya tenido que atravesar, que ha llevado a la desaparición o esclerosis de las antiguas corrientes comunistas;
  • el hecho de que la crisis crónica del sistema ha acarreado el resurgir histórico del proletariado, también ha llevado a la violenta acentuación de la descomposición de muchos estratos medios, particularmente el estudiantil y el intelectual, cuya radicalización ha echado todo tipo de cortinas de humo sobre el esfuerzo de la clase revolucionaria por tomar conciencia de sí misma.

II.

En ese marco general de examen del movimiento de la clase en pos de la conciencia de sus objetivos históricos, podemos analizar tres tipos básicos de organización.

El primero, los partidos que una vez fueron órganos de la clase pero que han sucumbido a la presión del capitalismo y acabaron por convertirse en defensores del sistema tomando un papel más o menos directo en la gestión de su capital nacional. Con estos partidos, la historia nos enseña lo siguiente:

  • que volver al campo proletario les es imposible;
  • que tan pronto como se pasan al campo contrario, toda su dinámica queda determinada por las necesidades del capital y se convierte en expresión de la vida del capitalismo;
  • que aunque haya todavía en su lenguaje y programa referencias a la clase obrera, al socialismo o a las posiciones revolucionarias, sólo sirven de mistificación. Aunque las posiciones de estos partidos no siempre son coherentes entre ellas, están basadas en la coherencia general que exige la defensa de los intereses capitalistas.

Entre estos partidos, podemos citar principalmente a los Partidos Socialistas procedentes de la II Internacional, a los Partidos Comunistas procedentes de la III Internacional, a las organizaciones del anarquismo oficial y a las tendencias trotskistas. Todos estos partidos han participado en la defensa del capital nacional como agentes de la ley y el orden o como pregoneros de la guerra imperialista.

El segundo tipo, son las organizaciones cuya naturaleza proletaria de clase es indiscutible por su capacidad para extraer lecciones de las experiencias pasadas de la clase, para entender las nuevos elementos del desarrollo histórico, para rechazar todas las concepciones que han demostrado ser ajenas a la clase trabajadora, y cuyas posiciones en conjunto han alcanzado un alto nivel de coherencia. Por mucho que el proceso por el cual se desarrolla la conciencia nunca se complete definitivamente, por mucho que nunca pueda existir una coherencia perfecta y las posiciones de clase necesiten ser enriquecidas constantemente, hemos sido testigos, a lo largo de la historia, de la existencia de corrientes que, en un momento dado, han representado la expresión no exclusiva de la conciencia de clase más avanzada y completa y que han desempeñado un papel central en la aceleración de esa toma de conciencia.

En nuestra relación con grupos de este tipo, cercanos a la CCI, nuestro objetivo está claro. Intentamos participar en un debate fraterno con ellos y asumir los diferentes problemas que enfronta la clase obrera para:

  • alcanzar la mayor claridad posible en el movimiento como tal;
  • explorar las posibilidades de reforzar nuestra concordancia política y avanzar hacia el agrupamiento.

El tercer tipo de organización, cuya naturaleza de clase, a diferencia de los dos primeros, no se ha establecido de forma clara y que, como expresión de la complejidad y dificultad del proceso de toma de conciencia de la clase obrera, puede ser distinguido del segundo tipo de organización porque:

  • no se han deshecho de forma tan clara de la ideología capitalista y son más vulnerables a ella,
  • tienen una menor capacidad de asimilar tanto las adquisiciones pasadas como las nuevas formas de desarrollo de la lucha de clases,
  • porque coexisten en su programa, en detrimento de una coherencia sólida, posiciones proletarias y posiciones de la clase enemiga,
  • son susceptibles a las tendencias contradictorias, por un lado, hacia la absorción o destrucción por el capital, y, por otro, una tendencia a recuperarse.

Con estos grupos, debido a que están sumidos en la confusión, la línea de demarcación entre el campo proletario y el campo burgués es muy difícil de establecer de manera formal, aunque sí existe. Por las mismas razones es difícil clasificar a estos grupos de forma precisa. Sin embargo, podemos distinguir claramente tres categorías:

  • corrientes más o menos formales que surgen de movimientos de clase embrionarios y aún confusos;
  • corrientes que provienen de una ruptura con organizaciones que se han pasado al campo del enemigo y que rompen con ellas, lo cual es una expresión del proceso general de ruptura con la ideología burguesa;
  • corrientes comunistas que están degenerando, generalmente como resultado de esclerosis y agotamiento al ser incapaces de actualizar sus posiciones de originen.

III.

Los grupos de la primera categoría incluyen corrientes de la informalidad del ''Movimiento del 22 de marzo'' del 68, ''grupos autónomos'', etc., organizaciones, todas ellas, que surgieron del movimiento inmediato y, por lo tanto, sin raíces históricas, sin programa elaborado, pero establecidas sobre las bases de unas pocas posiciones vagas y parciales carentes de coherencia global e ignorantes de la totalidad de las adquisiciones históricas de la clase.

Estas características hacen muy vulnerables a estas corrientes, algo usualmente expresado en su desaparición tras un corto periodo de tiempo, o su rápida transformación en simple furgón de cola del campo izquierdista.

Sin embargo, también es posible para esas corrientes adherirse a un proceso de clarificación y profundización de sus posiciones, a una evolución que lleve a su desaparición como grupos independientes y a la integración de sus miembros en la organización política de la clase.

En su relación con cada una de esas corrientes, la CCI debe intervenir en el sentido de animar y estimular una evolución positiva en este sentido, tratando de evitar que desaparezcan en la confusión o sean recuperadas por el capitalismo.

 IV.

En relación a la segunda categoría de grupos, sólo hablamos de las corrientes que se separan de sus organizaciones de origen sobre la base de una ruptura con determinados puntos de su programa, y no para salvar los pretendidos principios revolucionarios que estarían siendo traicionados. Por eso no hay nada que esperar de las diversas escisiones trotskistas que proponen salvaguardar o volver al trotskismo ''puro''.

Esos grupos, surgidos tras una ruptura con la organización de origen, no tienen nada que ver con las fracciones comunistas que aparecen como reacción a la degeneración de una organización proletaria. Estas últimas se basan no en una ruptura sino en una continuidad con el programa revolucionario que está siendo amenazado por la política oportunista de la organización, por mucho que, después, las fracciones comunistas aporten rectificaciones y profundicen el programa a la luz de la experiencia. Mientras que las fracciones comunistas aparecen con un programa revolucionario coherente y elaborado, las corrientes que rompen con la contrarrevolución tienden a basarse en posiciones esencialmente negativas, en una oposición parcial a las posiciones de su organización de origen, y esto no ayuda a la formación de un programa comunista sólido. Romper con la coherencia contrarrevolucionaria no es suficiente para otorgarles una coherencia revolucionaria. Además, el aspecto inevitablemente parcial de su ruptura se expresa en la tendencia a conservar un determinado número de prácticas de la organización de origen (activismo, arribismo, mentalidad maniobrera) o a asumir simétricamente posiciones no menos erróneas (academicismo, rechazo a organizarse, sectarismo...).

Por todas esas razones, es muy difícil para esos grupos evolucionar positivamente como tales grupos. Sus deformaciones iniciales son casi siempre demasiado fuertes para deshacerse por completo de la contrarrevolución, y eso cuando no desaparecen simplemente. La disolución es, en última instancia, el mejor desenlace porque hace posible que los militantes del grupo se quiten de encima sus taras de origen y puedan así avanzar hacia una coherencia revolucionaria.

Sin embargo, una alta probabilidad no es una certeza absoluta, y la CCI debe guardarse de cualquier tendencia a rechazar totalmente a estos grupos como irremediablemente contrarrevolucionarios. Esto no haría sino entorpecer el esfuerzo hacia una evolución positiva de tales grupos o de sus militantes. Puede haber una gran diferencia en el desarrollo de estos grupos según sea la naturaleza de sus organizaciones de origen. Los grupos que se separan de organizaciones que tienen un programa y una práctica contrarrevolucionarios coherentes y confirmados (como los trotskistas, por ejemplo) son a menudo los que sufren de más desventajas. En cambio, los grupos que provienen de organizaciones más informales, que tienen un programa menos elaborado (como los procedentes del anarquismo), o que han traicionado a la clase más tardíamente, tienen una mayor probabilidad de avanzar hacia posiciones revolucionarias, incluso manteniéndose como grupos.

Por otra parte, el carácter cada vez más evidente, a medida que se profundiza la crisis del capitalismo, del desfase entre la fraseología radical de las organizaciones izquierdistas y su política burguesa, provoca y seguirá provocando aún más en su seno la reacción de sus elementos más sanos, seducidos en un primer momento por tal fraseología, lo que alimentará este tipo de escisiones.

En todo caso, a la vez que hay que ser de lo más prudente respecto a grupos del primer tipo y evitar toda creación de “comités” comunes con ellos como hace, por ejemplo, el PIC, la CCI debe intervenir activamente en la evolución de estas corrientes, favoreciendo por sus críticas abiertas y no sectarias la discusión y la clarificación en su seno y evitar cometer los errores que en el pasado condujeron por ejemplo a Révolution Internationale a escribir “dudamos de la evolución positiva de un grupo procedente del anarquismo” en una carta dirigida al Journal des Luttes de Classe, cuyos miembros iban a fundar, un año más tarde, en compañía de los del RRS y a los del VRS, la sección de la CCI en Bélgica.

V.

El problema que nos plantean los grupos comunistas en proceso de degeneración es uno de los más difíciles de resolver y pide ser examinado con muchísimo cuidado. El hecho de que franquear la frontera entre el campo proletario y el campo capitalista sólo pueda hacerse en un único sentido, pues una organización proletaria que pasa al campo burgués lo hace de forma definitiva, sin esperanza de retorno, tiene que llevarnos a una mayor prudencia para determinar el momento en que se produce ese paso y los criterios que nos permitan afirmarlo.

No hay que considerar por ejemplo que una organización es burguesa porque no actúe en la realidad de los hechos como factor de clarificación de la conciencia de clase sino como factor de confusión: todo error de una organización proletaria, y del proletariado en general, beneficia evidentemente al enemigo de clase pero no se puede decir que, puesto que una organización comete errores, incluso muy graves, ya por ello sea la emanación de la clase enemiga. En un ejército, la existencia de malas tropas es incontestablemente una debilidad que favorece al enemigo. ¿Hay que considerar por ello que tales tropas son unas traidoras?

En segundo lugar, no se puede considerar que franquear una frontera de clase por parte de una organización signifique de modo obligatorio su muerte como órgano del proletariado. Entre las fronteras de clase, las hay que, efectivamente, afectan a la coherencia global del programa y cuya puesta en entredicho puede constituir un criterio decisivo: por ejemplo el apoyo a la “defensa nacional” sitúa de golpe a una organización en el campo de la burguesía. Sin embargo, aunque una posición errónea, incluso sobre un solo punto, pone de relieve la ambigüedad de todo el programa de un grupo, ciertas posiciones, aun estando fuera de una coherencia comunista, no le impiden mantener una serie de posiciones auténticamente revolucionarias. Ciertas corrientes comunistas, por ejemplo, han podido aportar contribuciones fundamentales a la clarificación del programa revolucionario, aun conservando posiciones claramente falsas sobre puntos importantes (por ejemplo la Izquierda Italiana, la cual, sobre cuestiones como el sustitucionismo, los sindicatos e incluso sobre la naturaleza de la URSS ha mantenido posiciones y análisis claramente erróneos).

En fin, uno de los elementos fundamentales a tener en cuenta es la evolución del grupo considerado. Una opinión no tiene que ser formulada a partir de un análisis estático sino dinámico. Por ejemplo, con todas sus posiciones idénticas, existe una diferencia entre un grupo que surge hoy y apoya las luchas de liberación nacional, y un grupo que se ha formado en la lucha contra la guerra imperialista y que, sin comprender la relación entre las dos posiciones, capitula sobre tal cuestión.

Mientras que en el caso de un grupo reciente, cualquier posición contrarrevolucionaria corre el riesgo de arrastrarle rápida y plenamente al terreno de la burguesía, las corrientes comunistas que se han forjado en las grandes pruebas históricas, aunque lleven consigo elementos muy importantes de degeneración, no evolucionan de un modo tan rápido. Las condiciones muy difíciles en las que han surgido las han obligado a dotarse de una armadura programática y organizativa mucho más resistente contra los asaltos de la clase dominante. En regla general, por lo demás, su esclerosis es en parte el precio que pagan por su apego y fidelidad a los principios revolucionarios, a su desconfianza ante toda innovación que ha sido para otros grupos el caballo de Troya de la degeneración, desconfianza que les ha llevado a rechazar las actualizaciones de su programa que la experiencia histórica ha hecho necesarias. Por el conjunto de esas razones, por regla general, sólo los acontecimientos más importantes de evolución de la sociedad, guerra imperialista o revolución, son fases esenciales de la vida de las organizaciones políticas, permitiendo trazar de manera patente el paso definitivo como organismo al campo enemigo. Con frecuencia sólo estas situaciones nos permiten clarificar de un modo adecuado los problemas para poder quitar el velo que impide comprender algunas aberraciones que son propias más de la ceguera de elementos proletarios que de una coherencia en la contrarrevolución. Es generalmente en esos momentos donde ya no queda espacio para las ambigüedades cuando los órganos en degeneración dan prueba ya sea de su trayectoria definitiva hacia el otro campo, por una colaboración abierta con la burguesía, ya sea su mantenimiento en el campo obrero, como resultado de una sana reacción que demuestra que son todavía un terreno fértil para la aparición de un pensamiento comunista. Pero lo que es posible para las grandes organizaciones comunistas de la clase en degeneración, lo es en un grado muy inferior para los pequeños grupos comunistas de impacto limitado. Si aquéllas son recibidas con entusiasmo por la burguesía y están llamadas a desempeñar un papel de primer plano, éstas, cuando se ven atrapadas en el engranaje, como no tienen la posibilidad real de asumir una función capitalista, son implacablemente aplastadas y mueren en una larga y dolorosa agonía de sectas.

VI.

En el momento actual se pueden distinguir dos grandes corrientes que entran en la caracterización que acabamos de realizar y que se encuentran en un proceso similar de esclerosis y degeneración. Se trata de los grupos que proceden de las Izquierdas Holandesa y Alemana, por una parte, y de la Italiana por la otra. Entre ellos hay algunos que han resistido mejor que otros la degeneración, especialmente Spartacusbond para la primera corriente y Battaglia Comunista para la segunda, hasta llegar a poder desprenderse en buena parte de las posiciones esclerotizadas. Al contrario, otros grupos han ido muy lejos en el retroceso: por ejemplo Programme Communiste. Sobre esta organización, sea cual sea el grado alcanzado por su regresión, no existe sin embargo, en el momento actual, el elemento decisivo que nos permita establecer que se ha pasado como organismo al campo de la burguesía. Hay que precaverse contra una apreciación prematura sobre estos temas que corre el riesgo no sólo de no favorecer sino de entorpecer la evolución y el trabajo de los elementos o tendencias que procuren en el seno de ese grupo resistir contra ese proceso de degeneración o evitarlo incluso.

Respecto al conjunto de estos grupos, se trata de mantener una actitud serena que combine la intransigencia en la defensa de nuestras posiciones y la denuncia de sus errores, con la manifestación de nuestra voluntad de discutir con ellos. No hacerlo así implicaría una incomprensión fundamental de nuestras responsabilidades, una incomprensión también de que la degeneración completa de estos grupos implicaría una pérdida y un debilitamiento para el proletariado.

VII.

En la definición de la actitud general de la CCI hacia los diferentes grupos y elementos que puedan existir o aparecer en su entorno con posiciones más o menos confusas, hay que tener en cuenta el hecho de que nosotros nos situamos hoy en un período de recuperación histórica de la lucha de clases.

En los períodos de retroceso o de vacío proletarios como aquél del que salimos a mediados de los años 60, la mayor preocupación de los núcleos comunistas es la de salvaguardar el rigor de los principios, lo que les conduce más bien a aislarse del ambiente dominante para no dejarse contaminar por él. En esas circunstancias es vano apostar por la aparición de nuevos elementos o fuerzas revolucionarias: la difícil tarea de defender los principios comunistas amenazados por la contrarrevolución incumbe sobre todo a algunos elementos salidos de los antiguos partidos que no fueron arrastrados por aquélla y que permanecieron fieles a los principios.

En cambio, en el período de recuperación actual, a la vez que hay que prestar la mayor atención a la evolución de las corrientes comunistas que proceden de la ola revolucionaria precedente y a la discusión con ellas, debemos tener como preocupación principal no separarnos de los elementos y grupos que surgen necesariamente en la clase como manifestación de dicha recuperación. Nosotros no podremos realmente asumir nuestra función como polo de agrupamiento para ellos si no somos al mismo tiempo capaces de:

  • evitar creernos que somos el único agrupamiento revolucionario que existe hoy;
  • defender ante ellos nuestras posiciones con firmeza;
  • conservar respecto a ellos una actitud abierta a la discusión, que tiene que ser realizada de modo público y no por medio de intercambios confidenciales.

Lejos de excluirse, la firmeza en los principios y la apertura como actitud van de la mano: no tenemos miedo de discutir precisamente porque estamos convencidos de la validez de nuestras posiciones.