Eco al estudio del período de transición - (Bilan no 46, diciembre-enero de 1938)

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Hemos recibido una carta crítica de un lector de Clichy que publicamos íntegramente y, a continuación, un breve comentario de nuestro colaborador. Nuestro impaciente corresponsal nos disculpará por no haber publicado su carta en nuestro número anterior, ya que nos llegó cuando éste estaba ya en imprenta.

Acerca del período de transición

Después de la publicación en Bilan del resumen del libro de los comunistas de izquierda holandeses sobre Los fundamentos de la producción y de la distribución comunistas por Hennaut, se podía pensar que los reformistas de derecha o izquierda estaban definitivamente desarmados y que ya no se atreverían a rechistar. Era conocerlos mal. En efecto, en el número que publicaba el final del resumen, se hicieron oír sus críticas: los camaradas holandeses así como Hennaut no razonaban como marxistas. A continuación, tuvimos el estudio marxista de Mitchell sobre los “Problemas del período de transición”. Este estudio tenía por objeto, por supuesto, demostrar la utopía antimarxista de los que creen que la revolución proletaria liberará realmente a los trabajadores de cualquier tipo de explotación. Por eso no hemos de asombrarnos si Mitchell se esfuerza a lo largo de su artículo en probar con montones de citas que esta revolución sólo servirá para que los proletarios que la hagan cambien de dueño, al igual que en las revoluciones pasadas. Reconocemos la opinión tradicional de los reformistas de todo pelaje. Por cierto, Mitchell ha puesto cuidado en informarnos en su “exposición introductoria” que su trabajo trataría los siguientes puntos: “a) de las condiciones históricas en que surge la revolución proletaria; b) de la necesidad del Estado transitorio; c) de las categorías económicas y sociales que, necesariamente, sobreviven en la fase transitoria; d) y algunos elementos sobre una gestión proletaria del Estado transitorio”.

Una vez señalados estos aspectos, era fácil imaginar lo que sería el artículo. En efecto, a Mitchell no le produce el menor empacho afirmar, a priori, la supervivencia después de la revolución “de las categorías económicas y sociales que, necesariamente (¡!) sobreviven en la fase transitoria”. Esta afirmación, por sí sola, era más que suficiente para que cualquier persona informada se imaginara lo que venía a continuación. Lo que asombra más en el artículo de Mitchell, es la abundancia de citas a las que un marxista revolucionario puede darles la vuelta en todo momento contra lo que intenta probar y justificar. No son necesarias cincuenta páginas de Bilan para hacer trizas la sabia argumentación del reformista Mitchell. Cualquiera que haya leído a Marx y Engels sabe que, para ellos, el famoso período de transición señala el final de la sociedad capitalista y el nacimiento de una sociedad totalmente nueva en la que habrá dejado de existir la explotación del hombre por el hombre; es decir, en la que habrán desaparecido las clases y en donde el Estado como tal ya no tendrá razón de ser. Ahora bien, en la sociedad de transición tal como lo entienden Mitchell y demás reformistas consagrados o no, subsiste la explotación del proletariado y de la misma forma que en el sistema capitalista: por medio del salariado. Habrá en esta sociedad una escala salarial… ¡Igualito que ahora! Lo cual permite socializar (¿?) en primer lugar las ramas más avanzadas de la producción, y luego, no se sabe cuándo ni cómo, toda la producción industrial y agrícola. O sea que durante la fase transitoria, una parte de los trabajadores seguirá estando explotada por particulares, y los demás por el Estado-Patrón. Con ese enfoque, la fase superior del comunismo correspondería a la nacionalización íntegra de la producción, ¡al capitalismo de Estado tal como lo vemos funcionar en Rusia! Lo más indignante es que se atreven a basarse en Marx y Engels para defender semejante opinión. Ya se sabe que Stalin se atrevió, en su discurso del 23 de junio de 1931, a basarse en Marx para justificar la increíble desigualdad de los salarios que reina en la URSS y, como Mitchell, alegando la calidad del trabajo suministrado. Sin embargo Marx se explicó claramente a este respecto en su Crítica al programa de Gotha. ¿Es necesario recordar que, para Marx, la desigualdad que subsiste en la primera fase del comunismo no procederá para nada, como lo piensan los Mitchell y demás, de la desigualdad en la remuneración del trabajo, sino simplemente de que los obreros no viven todos de la misma forma?: “un obrero está casado y otro no; uno tiene más hijos que otro, etc., etc. A igual trabajo y, por consiguiente, a igual participación en el fondo social de consumo, uno obtiene de hecho más que otro, uno es más rico que otro, etc. Para evitar todos estos inconvenientes, el derecho no tendría que ser igual, sino desigual.” Esto resulta demasiado claro para que sea necesario insistir.

Se sabe que, según Marx, “el salariado es la condición de existencia del capital”, o sea que si se quiere matar el capital, es necesario suprimir el salariado. Pero los reformistas no lo entienden así: la revolución consiste para ellos en hacer pasar progresivamente todo el capital entre las manos del Estado para que éste se convierta en el único amo. Lo que quieren es sustituir el capitalismo privado por el capitalismo de Estado. Pero que no se les hable de suprimir la explotación capitalista, de destruir la máquina estatal que sirve para mantener tal explotación: los proletarios solo deben hacer la revolución para cambiar de dueño. O sea que todos los que conciben la revolución como un medio de liberarse de la explotación serían vulgares utopistas. ¡Aviso a los obreros revolucionarios!

Respuesta de Mitchell

Nada es más pesado que contestar a una crítica que toma la libertad de ejercerse contra una materia que no se ha asimilado, o imperfectamente, y que cree tanto más fácilmente poder dar formulaciones justas pero en realidad puramente ilusorias.

Tranquilicemos inmediatamente a nuestro contradictor en cuanto a nuestro supuesto “reformismo de izquierda”: todo lo que alega contra nosotros para justificar este “reformismo” es precisamente lo que se combate en nuestro estudio de la forma más clara posible. Además, no basta con que nuestro corresponsal nos acuse de “abundancia” de las citas, lo que debe probar es lo que insinúa, o sea que estas citas tienen un significado contrario al que le damos. Si no lo puede demostrar, y si le gustan las soluciones fáciles y simplistas, puede impugnar la pertinencia de algunas ideas, por ejemplo de las observaciones de Marx sobre la necesidad de tolerar temporalmente la remuneración desigual del trabajo en el período transitorio. Puede, entonces, “negar” a Marx, pero no deformar su pensamiento.

Sobre la cuestión de la remuneración del trabajo, puesto que nuestro contradictor opina que Marx no la desarrolló como lo afirmamos, que nos haga el favor de leer la parte de nuestro trabajo en la que tratamos de la medida del trabajo (Bilan no 34, páginas 1133 a 1138) y toda la parte donde tratamos sobre la remuneración del trabajo, especialmente a partir de la parte baja de la página 1157 hasta la parte de arriba de la segunda columna de la página 1159 (no  35).

Además, con todo respeto al camarada, es Marx quien afirma la pervivencia de una transición de las categorías capitalistas como el valor, el dinero, el salario, puesto que el período de dictadura del proletariado “presenta todavía en todos sus aspectos (…) el sello de la vieja sociedad de cuya entraña procede” (véase Crítica el Programa de Gotha y página 1137 de Bilan).

Por otra parte, sobre el problema del Estado, ¿cómo es posible situarnos entre los partidarios del capitalismo de Estado en base de lo que hemos desarrollado en la segunda parte de nuestro trabajo? (Bilan, no 31, página 1035).

Si nuestro corresponsal no comparte nuestra opinión sobre esta cuestión capital, por lo menos que dé la suya y adopte el método de la crítica positiva.

Mitchell