IV - 1918-1919: la guerra civil en Alemania

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En las tres partes anteriores de esta serie sobre la revolución alemana de 1918-19, mostramos cómo, después del hundimiento de la Internacional socialista ante la Primera Guerra mundial, se invirtió el curso en favor del proletariado, culminando con la revolución de noviembre de 1918. Al igual que la revolución de Octubre en Rusia el año anterior, noviembre de 1918 en Alemania fue el desenlace de un proceso de luchas y de revueltas contra la guerra imperialista. Mientras que Octubre había sido el primer golpe fuerte de la clase obrera contra la "Gran Guerra", la acción del proletariado alemán fue la que finalmente acabaría con ella.

Según los libros de historia escritos por la clase dominante, ahí se acaba el paralelo entre los movimientos en Rusia y en Alemania. El movimiento revolucionario en Alemania, según esos libros, se limita a los acontecimientos de 1918 contra la guerra. Y contrariamente a Rusia, nunca hubo en Alemania movimiento socialista de masas contra el propio sistema capitalista. Según ellos, los "extremistas" que luchaban para que estallara una revolución "bolchevique" en Alemania pagaron con su vida el hecho de no haberlo entendido. Eso es lo que hoy dicen.

Sin embargo, la clase dominante de aquel entonces no compartía la inconsistencia de los historiadores actuales sobre el carácter indestructible de la dominación capitalista. Para la clase dominante de entonces el programa era ¡la guerra civil!

El "doble poder" y el sistema de consejos

La existencia de una situación de doble poder resultante de la revolución de noviembre explica esa consigna. El principal resultado de la revolución de noviembre fue haber terminado con la guerra imperialista; su principal producto fue la creación de un sistema de consejos de obreros y soldados que, como en Rusia y Austria-Hungría, se extendió por todo el país.

La burguesía alemana, en particular la socialdemocracia, sacando rápidamente conclusiones de lo que había ocurrido en Rusia, intervino inmediatamente para transformar esos órganos en cáscaras vacías. En varios casos impuso la elección de delegados en base a listas de partidos, o sea el partido socialdemócrata (el SPD) y el USPD vacilante y conciliador, excluyendo así de hecho de esos órganos a los revolucionarios. En el Primer Congreso de Consejos de obreros y soldados en Berlín, esa ala izquierda del capital impidió intervenir a Karl Liebknecht y Rosa Luxemburg. Y, sobre todo, hizo adoptar una moción declarando que todo el poder sería devuelto al futuro gobierno parlamentario.

Esos éxitos de la burguesía siguen alimentando el mito según el cual los consejos en Alemania no eran revolucionarios, contrariamente a los de Rusia. Pero con eso se olvida de que al principio de la revolución, tampoco en Rusia los consejos tenían una orientación revolucionaria, que la mayoría de los delegados elegidos no eran revolucionarios y que, allí también, se había animado a los "soviets" a que abandonaran rápidamente el poder.

Después de la revolución de noviembre, la burguesía alemana no se hacía la menor ilusión sobre el carácter supuestamente inofensivo del sistema de consejos. Éstos, sin dejar de reivindicar el poder para sí mismos, seguían permitiendo coexistir, junto a ellos, al aparato de Estado burgués. Pero, por otra parte, el sistema de consejos, por su naturaleza dinámica y flexible, por su composición, por su actitud, por su método de acción, era capaz de adaptarse a todos los cambios de dirección y radicalizarse. Los espartaquistas, que lo entendieron inmediatamente, empezaron una agitación incesante para que los delegados fueran reelegidos, lo que se habría concretado en un fuerte giro hacia la izquierda del conjunto del movimiento.

Nadie entendía mejor el peligro de esta situación de "doble poder" que la dirección militar alemana. El general Groener, designado para llevar las operaciones de respuesta, activó inmediatamente la conexión telefónica secreta 998 con el nuevo canciller, el socialdemócrata Ebert. Y al igual que el legendario senador Catón, dos mil años antes, concluía todos sus discursos con las palabras "Cartago (el enemigo mortal de Roma) debe ser destruida", Groener solo pensaba en destruir los consejos obreros y sobre todo de soldados. Aunque durante y después de la revolución de noviembre, los consejos de soldados habían sido en parte un peso muerto conservador que arrastró hacia atrás a los obreros, Groener sabía que la radicalización de la revolución invertiría esa tendencia y que los obreros comenzarían a llevarse tras ellos a los soldados. Y, sobre todo, la ambición de los consejos de soldados era imponer su mando propio, rompiendo el mando de los oficiales sobre las fuerzas armadas. Eso era, ni más ni menos, armar la revolución. Nunca una clase dominante ha aceptado voluntariamente que se cuestione su monopolio sobre las fuerzas armadas. Por eso la existencia misma del sistema de consejos ponía la guerra civil a la orden del día.

Es más, la burguesía comprendió que tras la revolución de noviembre, el tiempo ya no jugaba a su favor. La tendencia espontánea contenida en la situación era la radicalización de la clase obrera, la pérdida de sus ilusiones sobre la socialdemocracia y la "democracia", el desarrollo de la confianza en sí misma. Sin la menor vacilación, la burguesía alemana se lanzó a una política de provocación sistemática y de choques militares. Quería imponer enfrentamientos decisivos a su enemigo de clase antes de que llegara a madurar la situación revolucionaria; concretamente, "descabezar" al proletariado mediante una derrota sangrienta de los obreros en la capital, Berlín, centro político del movimiento obrero alemán, antes de que las luchas alcanzaran una fase "crítica" en las regiones.

La coexistencia entre dos clases, cada una determinada a imponer su propio poder, teniendo cada una sus propias organizaciones de dominación de clase, no puede ser sino temporal, inestable. Una situación de "doble poder" así, desemboca necesariamente en guerra civil.

Las fuerzas de la contrarrevolución

Contrariamente a la situación en Rusia de 1917, la revolución alemana se enfrentaba con las fuerzas hostiles del conjunto de la burguesía mundial. La clase dominante ya no estaba dividida por la guerra imperialista en dos campos rivales. Por lo tanto, la revolución no sólo debía enfrentarse a la burguesía alemana, sino también las fuerzas de la Entente ([1]) que se habían concentrado en la orilla occidental del Rin, listas para intervenir si el Gobierno alemán perdía el control de la situación social. Estados Unidos, recién llegado, en cierta medida, a la escena política mundial, jugaba las bazas de la "democracia" y del "derecho de los pueblos a la autodeterminación", presentándose como la única garantía de paz y de prosperidad. Con ello pretendían formular una alternativa política a la Rusia revolucionaria. La burguesía francesa, por su parte, obsesionada por su sed de venganza chauvinista, ardía en deseos de penetrar más adelante en territorio alemán y, de paso, ahogar la revolución en sangre. Fue Gran Bretaña, potencia dominante de entonces, la que asumió la dirección de la alianza contrarrevolucionaria. En vez de suprimir el embargo impuesto a Alemania durante la guerra, lo mantuvo e incluso lo reforzó parcialmente. Londres estaba determinado a dejar a la población alemana morirse de hambre mientras no se instalase en el país un régimen político aprobado por el Gobierno de su Majestad.

En Alemania, el eje central de la contrarrevolución era la alianza de dos fuerzas principales: la socialdemocracia y el ejército. La socialdemocracia era el caballo de Troya del terror blanco; operaba detrás de las líneas de la clase enemiga de la burguesía, saboteando la revolución desde dentro, utilizando la autoridad que le quedaba por haber sido un antiguo partido obrero (y lo mismo con los sindicatos) para crear un máximo de confusión y desmoralización. Los militares proporcionaban las fuerzas armadas, así como la crueldad, la audacia y la capacidad estratégica que los caracteriza.

¡Ni punto de comparación entre el grupo de socialistas rusos, vacilantes y desanimados, agrupados en torno a Kerensky en 1917, y la sangre fría de los contrarrevolucionarios del SPD alemán! ¡Ni punto de comparación entre el tropel desorganizado de los oficiales rusos, y la siniestra eficacia de la élite militar prusiana! ([2])

Durante los días y las semanas que siguieron la revolución de noviembre, esa siniestra alianza se preparó a solucionar dos problemas principales. Ante la disolución de los ejércitos imperiales, debía consolidar en un núcleo duro a una nueva fuerza, un ejército blanco del terror. Extrajo su materia bruta de dos fuentes: del antiguo cuerpo de oficiales y de los chivatos profesionales, desarraigados, enloquecidos por la guerra, incapaces de reintegrarse en la vida "civil". Ellos mismos eran víctimas del imperialismo pero eran víctimas destrozadas, antiguos soldados en búsqueda de una salida a su odio ciego, y de una paga por esa faena. Fue con esos desesperados con lo que los oficiales de la aristocracia - apoyados políticamente y protegidos por el SPD - reclutaron y adiestraron lo que iban a ser los Freikorps (Cuerpos francos), los mercenarios de la contrarrevolución, el núcleo de lo que sería más tarde el movimiento nazi. Estas fuerzas armadas se completaron con una serie de redes de espías y agentes provocadores coordinados por el SPD y el estado mayor del Ejército.

El segundo problema era cómo justificar ante los obreros el uso del terror blanco. Esto lo solucionó la socialdemocracia. Durante cuatro años, había defendido la guerra imperialista en nombre de la paz. Ahora, predicaba la guerra civil para... impedir la guerra civil. ¡Nadie quiere un baño de sangre!, proclamaba - ¡excepto Spartakusbund! (Liga Espartaco); ¡la Gran Guerra hizo verter demasiada sangre obrera!, pero ¡Espartaco quiere más!

Los medios de comunicación expandieron esas infames mentiras: Espartaco asesina, saquea, recluta a soldados para la contrarrevolución y colabora con la Entente, recibe oro de los capitalistas y prepara una dictadura. ¡El SPD acusaba a Espartaco de lo que estaba haciendo él!

La primera gran caza al hombre del siglo xx en una de las naciones industriales altamente "civilizadas" de Europa Occidental fue dirigida contra Espartaco. Y mientras que capitalistas y militares de alto rango, guardando el anonimato, ofrecían enormes recompensas para la liquidación de los dirigentes de Espartaco, el SPD llamaba abiertamente en la prensa del partido al asesinato de Karl Liebknecht y de Rosa Luxemburg. Contrariamente a sus nuevos amigos burgueses, en esta campaña, el SPD no sólo estaba animado por su instinto de clase (burgués) y por consideraciones estratégicas, sino también por un odio tan furibundo como el de los Cuerpos francos.

La burguesía no se dejó engañar por la impresión superficial y fugitiva del momento: Espartaco parecía ser un pequeño grupo, marginal. Pero sabía que en él palpitaba el corazón del proletariado y se preparó a darle su golpe mortal.

Diciembre de 1918: las primeras victorias del proletariado

La ofensiva contrarrevolucionaria comenzó el 6 de diciembre en Berlín: un ataque en tres direcciones. Una incursión tuvo lugar sobre el cuartel general de Rote Fahne (Bandera roja), el periódico de Spartacusbund. Otro grupo de soldados intentó detener a los jefes del órgano ejecutivo de los consejos obreros reunido en sesión. La intención de eliminar a los consejos como tales era clara. En la esquina de la calle, otro grupo de soldados llamaba servilmente a Ebert a que prohibiera el Consejo ejecutivo. Y se tendió una emboscada a una manifestación de Espartaco cerca del centro de la ciudad, en Chausseestrasse: 18 muertos, 30 heridos. El valor y la ingeniosidad del proletariado permitieron evitar un drama mayor. Mientras que los jefes del ejecutivo de los consejos conseguían discutir largamente con los soldados implicados en esa acción, un grupo de presos de guerra rusos, llegando por detrás a lo largo de la Friedrichstrasse, sorprendió y controló a mano desarmada los puestos de ametralladoras ([3]).

Al día siguiente, Karl Liebknecht escapó a un intento de secuestro y asesinato en los locales de Rote Fahne. Su sangre fría le permitió salvar la vida.

Estos actos provocaron las primeras manifestaciones gigantescas de solidaridad con Espartaco por parte del proletariado berlinés. A partir de entonces, todas las manifestaciones de Espartaco fueron armadas, acompañadas por camiones cargados con baterías de ametralladoras. También en el mismo momento, la gigantesca oleada de huelgas, que había estallado a finales de noviembre en las regiones de industria pesada de Alta Silesia y del Ruhr, se intensificó ante esas provocaciones.

El objetivo siguiente de la contrarrevolución era la Volksmarinedivision (División de la marina del pueblo) compuesta de marinos armados que habían ido desde los puertos de la costa hasta la capital para extender la revolución. Para las autoridades, su presencia era una provocación, sobre todo teniendo en cuenta que, desde entonces, la Volksmarinedivision ocupaba el Palacio de los "venerados" reyes de Prusia ([4]).

Esta vez, el SPD preparó el terreno más cuidadosamente. Esperó los resultados del Congreso nacional de los consejos que se pronunció a favor de entregar el poder al Gobierno socialdemócrata y de la convocatoria de una asamblea nacional. Una campaña mediática acusó a los marinos de latrocinios y saqueos. ¡Eran criminales, eran espartaquistas!

Por la mañana del 24 de diciembre, en vísperas de Navidad, el Gobierno dirigió un ultimátum a los 28 marinos que ocupaban el palacio y a los 80 que estaban en el Marstall (el arsenal) ([5]): rendición sin condiciones. La guarnición mal armada juró que lucharía hasta la muerte. A los diez minutos exactamente (ni siquiera dio tiempo para evacuar a mujeres y niños de los edificios), empezó el estruendo de la artillería, despertando a la ciudad.

"A pesar de toda la tenacidad de los marinos, no podía ser sino una batalla perdida puesto que estaban muy mal armados, fuera donde fuera la batalla. Pero se hizo en el centro de Berlín. Se sabe que, en las batallas, ríos, colinas y dificultades topográficas desempeñan un papel importante. En Berlín, las dificultades topográficas eran los seres humanos.

"Cuando los cañones empezaron a tronar, orgullosos y muy fuerte, los civiles salieron de su sueño y entendieron inmediatamente lo que decían los cañones" ([6]).

Contrariamente a Gran Bretaña o Francia, Alemania no era una monarquía centralizada desde hacía mucho tiempo. Contrariamente a Londres o París, Berlín no se había convertido en una metrópoli mundial desarrollada siguiendo un plan gubernamental. Como el valle del Ruhr, Berlín había crecido como un cáncer. Por eso los barrios gubernamentales acabaron estando cercados por tres lados por un "cinturón rojo" de gigantescos barrios obreros ([7]). Los obreros armados se precipitaron para defender a los marinos. Mujeres y niños de la clase obrera se interpusieron entre las ametralladoras y sus objetivos, armados con su solo valor, su humor y su capacidad de persuasión. Los soldados tiraron las armas y desarmaron a sus jefes.

Al día siguiente, la manifestación más masiva en la capital desde el 9 de noviembre tomó el centro ciudad - esta vez contra el SPD -, para defender la revolución. El mismo día, grupos de obreros ocuparon las oficinas del Vorwärts, el diario del SPD. No cabe duda de que esta acción fue el resultado espontáneo de la profunda indignación del proletariado. Durante décadas, el Vorwärts había sido el portavoz de la clase obrera - hasta que la dirección del SPD hizo que dejara de serlo durante la guerra mundial. Ahora se había vuelto el órgano más ignominioso y deshonesto de la contrarrevolución.

El SPD vio inmediatamente la posibilidad de explotar esta situación por otra provocación, comenzando por una campaña contra un supuesto "ataque contra la libertad de prensa". Pero los delegados revolucionarios, los Öbleute, fueron corriendo a la sede del Vorwärts para convencer a los que lo ocupaban de que, tácticamente, para evitar un enfrentamiento prematuro, sería prudente retirarse temporalmente (véase nota 26).

El año se terminó entonces por otra manifestación de determinación revolucionaria: el entierro de los 11 marinos asesinados en la batalla del Marstall. El mismo día, la izquierda del USPD rompió la coalición gubernamental con el SPD. Y, mientras que el Gobierno de Ebert estaba considerando la posible huida de la capital, empezaba el Congreso de fundación del KPD.

El caso Eichhorn y la segunda ocupación del Vorwärts

Los acontecimientos de diciembre de 1918 significaron que la revolución comenzaba a consolidarse en profundidad. La clase obrera ganó los primeros enfrentamientos de la nueva fase tanto por la audacia de sus reacciones como por la sabia prudencia de sus retiradas tácticas. El SPD, finalmente, había comenzado a revelar su carácter contrarrevolucionario ante el conjunto de la clase. Se reveló rápidamente que la estrategia burguesa de provocación era difícil de realizar e incluso peligrosa.

Entre la espada y la pared, la clase dominante sacó lecciones de aquellas primeras escaramuzas con una lucidez impresionante. Tomó conciencia de que apuntar directa y masivamente contra los símbolos y figuras con los que se identificaba la revolución - Espartaco, la dirección de los consejos obreros o la división de los marinos - podía resultar contraproducente al provocar la solidaridad del conjunto de la clase obrera. Era preferible atacar a figuras de segundo orden que solamente suscitarían el apoyo de una parte de la clase, lo que permitiría así dividir a los obreros de la capital y aislarlos del resto del país. Emil Eichhorn era una de esas figuras; pertenecía al ala izquierda del USPD. Un capricho del destino, una paradoja como las que ocurren en toda gran revolución, lo había hecho jefe de la policía de Berlín. En esta función, había comenzado a distribuir armas a las milicias trabajadoras. Era una provocación para la clase dominante. Atacar a ese hombre permitiría galvanizar las fuerzas de la contrarrevolución que seguían vacilando tras sus primeros reveses. Y, al mismo tiempo, ¡la defensa de un jefe de la policía no dejaba de ser una causa ambigua para movilizar a las fuerzas revolucionarias! Pero la contrarrevolución preparaba arteramente otra provocación rastrera, aun más ambigua y que contenía por lo menos tanto potencial para dividir a la clase obrera y hacerla vacilar. La dirección del SPD se había dado cuenta de que la breve ocupación de las oficinas del Vorwärts había chocado a los obreros socialdemócratas, cuya mayoría estaba avergonzada por el contenido de ese diario, pero su preocupación era otra: la del espectro de un conflicto militar entre obreros socialdemócratas y obreros comunistas - amenaza utilizada con creces por el SPD - que podría resultar de este tipo de acciones de ocupación. Esta inquietud pesaba tanto más - la dirección del SPD lo sabía - porque estaba motivada por una auténtica preocupación proletaria de defender la unidad de la clase.

Toda la máquina de la provocación se puso de nuevo en marcha.

Un torrente de mentiras: ¡Eichhorn es un corrupto, un criminal pagado por los rusos, está preparando un golpe contrarrevolucionario!

Un ultimátum: ¡Eichhorn debe dimitir inmediatamente o ser forzado a hacerlo!

El alarde de la fuerza bruta: Esta vez, se dispuso a 10 000 soldados en el centro de la ciudad, 80 000 más concentrados en las afueras. Ese dispositivo militar incluía las divisiones de élite muy disciplinadas del general Maercker, tropas de infantería, una "brigada de hierro" en la costa, las milicias de los barrios burgueses y los primeros Cuerpos francos. Pero también incluía la "Guardia republicana", milicia armada del SPD, e importantes destacamentos de las tropas que simpatizaban con la socialdemocracia.

La trampa estaba lista para cerrarse.

La trampa fatal de enero de 1919

Como preveía la burguesía, el ataque contra Eichhorn no movilizó a las tropas de la capital que simpatizaban con la revolución. Tampoco movilizó a los obreros de las regiones, que ni siquiera conocían el nombre de Eichhorn ([8]) .

En la nueva situación hubo sin embargo un componente que cogió a todo el mundo por sorpresa. Fue la reacción tan masiva e intensa del proletariado de Berlín. El domingo 5 de enero, 150 000 personas respondieron al llamamiento de los Öbleute a manifestar frente a la policía en la Alexanderplatz. Al día siguiente, más de medio millón de obreros dejaron sus herramientas y máquinas y tomaron el centro de la ciudad. Estaban dispuestos a luchar y a morir. Habían entendido inmediatamente que la verdadera cuestión no era Eichhorn, sino la defensa de la revolución.

Aunque desconcertada por el vigor de la respuesta, la contrarrevolución tuvo bastante sangre fría para proseguir sus planes. Los locales del Vorwärts fueron ocupados de nuevo, como también los de otras oficinas de prensa de la ciudad. Y, esta vez, fueron los agentes provocadores de la policía quienes tomaron esa iniciativa ([9]).

El joven KPD lanzó inmediatamente una advertencia a la joven clase obrera. En un volante y en artículos de primera plana de Rote Fahne, llamaba al proletariado a elegir nuevos delegados en sus consejos y a armarse pero, también, a tomar conciencia de que aún no había llegado el momento de la insurrección armada. Tal insurrección exigía una dirección centralizada en todo el país. Sólo podrían proporcionarla unos consejos obreros en los que predominaran los revolucionarios.

Por la mañana del 5 de enero, los jefes revolucionarios se reunieron para consultarse en el cuartel general de Eichhorn. Unos 70 Öbleute estaban presentes: en líneas generales, 80 % apoyaban a la izquierda del USPD, los demás al KPD. Los miembros del Comité central de la organización berlinesa del USPD estaban presentes, así como dos miembros del Comité central del KPD: Karl Liebknecht y Wilhelm Pieck.

Al empezar, los delegados de las organizaciones trabajadoras no estaban convencidos de la forma con la que había que replicar. Luego fue cambiando el ambiente, electrizado por los informes que iban llegando. Éstos se referían a las ocupaciones armadas en el barrio de la prensa y a la supuesta preparación de las diversas guarniciones para unirse a la insurrección armada. Liebknecht declaró entonces que en tales circunstancias, no solo era necesario rechazar el ataque contra Eichhorn sino también lanzar la insurrección armada.

Los testigos presenciales de aquella dramática reunión indican que la intervención de Liebknecht provocó un giro fatal. Durante toda la guerra, él había sido la brújula y la conciencia moral del proletariado alemán e incluso mundial. Ahora, en ese momento crucial de la revolución, perdía la cabeza y sus marcas. Y sobre todo dejaba el camino abierto a los Unabhängigen, los independientes, que seguían siendo la fuerza principal en aquel momento. Sin principios políticos claramente definidos, sin una perspectiva clara y a largo plazo y sin una confianza profunda en la causa del proletariado, esa corriente "independiente" estaba condenada a la vacilación constante bajo la presión de la situación inmediata y, por lo tanto, a la conciliación con la clase dominante. Y además, la otra cara de ese "centrismo" era su permanente necesidad de participar en cualquier "acción" aunque no correspondiera a las necesidades del momento, aunque sólo fuera para demostrar su propia determinación revolucionaria.

"El partido independiente no tenía programa político claro; y tampoco tenía la menor intención de derrocar al Gobierno Ebert-Scheidemann. En esta conferencia, las decisiones estaban en manos de los independientes. Y se vio claramente entonces que las figuras vacilantes que celebraban sesión en el Comité del partido de Berlín, esas figuras a las que ya en tiempo normal no les gustaba correr riesgos pero que querían sin embargo participar en todo, aparecieron como los más chillones, presentándose como los "más revolucionarios" del mundo" ([10]).

Según Richard Müller, hubo una especie de escalada entre los jefes del USPD y la delegación del KPD: "Ahora los independientes querían demostrar su valor y su seriedad, sobrepujando los objetivos propuestos por Liebknecht. ¿Liebknecht podía retenerse, frente al "ardor revolucionario" de aquellos "elementos que dudaban y vacilaban"? No era ése su carácter" (ídem).

No se escucharon las advertencias de los delegados de soldados que expresaron dudas sobre la preparación de las tropas para la lucha.

"Richard Müller se expresó de la manera más aguda contra el objetivo propuesto, la caída del Gobierno. Destacó que no existían ni las condiciones políticas ni las condiciones militares. El movimiento crecía día tras día en el país, por eso se alcanzarían muy rápidamente las condiciones políticas, militares y psicológicas. Una acción prematura y aislada en Berlín podría poner en entredicho esa evolución posterior. Con muchas dificultades logró expresar ese rechazo ante objeciones que venían de todas partes.

"Pieck, como representante del Comité central del KPD, se expresó enérgicamente contra Richard Müller y pidió, en términos muy precisos, un voto inmediato y que se entablara la lucha" ([11]).

Se sometieron a votación y se adoptaron tres decisiones principales. El llamamiento a la huelga general se adoptó por unanimidad. Las otras dos decisiones, el llamamiento a derrocar el Gobierno y proseguir la ocupación de las oficinas de prensa, fueron adoptadas por una amplia mayoría pero con seis votos en contra ([12]).

Se constituyó entonces un Comité provisional de acción revolucionaria, compuesto de 53 miembros y tres Presidentes: Liebknecht, Ledebour et Scholze.

El proletariado había caído en la trampa.

La semana llamada "de Espartaco"

Ocurrió entonces lo que habría de ser "la semana sangrienta" de Berlín. La burguesía la llamó "la semana Espartaco", en la que, según ella, "unos héroes de la libertad y de la democracia" hicieron fracasar un "golpe comunista". El destino de la revolución mundial se jugó en gran parte entonces, del 5 al 12 de enero de 1919.

La mañana que siguió la constitución del Comité revolucionario, la huelga era casi total en la ciudad. Un número de obreros aún mayor que la víspera tomó el centro de la ciudad, muchos de entre ellos estaban armados. Pero al mediodía, todas las esperanzas de un apoyo activo de las guarniciones se habían evaporado. Incluso la división de los marinos, leyenda viva, se declaró neutral, deteniendo incluso a su propio delegado, Dorrenbach, por considerar irresponsable su participación en el llamamiento a la insurrección. Esa misma tarde, la misma Volksmarinedivision hizo salir al Comité revolucionario del Marstall dónde se había refugiado. ¡De la misma forma, se neutralizaron o incluso se ignoraron las medidas concretas para expulsar al gobierno, puesto que era evidente que ninguna fuerza armada las apoyaba! ([13])

Todo el día estuvieron las masas en las calles, esperando instrucciones de sus dirigentes. Pero éstas no llegaban. El arte de realizar con éxito las acciones de masas estriba en saber concentrar y orientar la energía hacia un objetivo que vaya más allá de la situación inicial, que haga avanzar el movimiento general, que dé a sus participantes el sentimiento de éxito y de fuerza colectivo. En la situación de entonces, no bastaba la simple repetición de la huelga y las manifestaciones masivas de los días anteriores. Un paso adelante habría sido, por ejemplo, poner cerco a los cuarteles y hacer propaganda para ganarse a los soldados para la nueva etapa de la revolución, desarmar a los oficiales y jefes, comenzar a armar más ampliamente a los obreros mismos ([14]). Pero el Comité revolucionario autoproclamado no propuso esas medidas, porque ya había lanzado una serie de acciones más radicales pero desgraciadamente irrealistas. Tras haber llamado a nada menos que la insurrección armada, unas medidas más concretas, por poco espectaculares que fueran, habrían aparecido como un revés, una espera decepcionante, un retroceso. El Comité, y el proletariado con él, estaban encerrados en un radicalismo erróneo y vacío.

La dirección del KPD se quedó espantada cuando recibió las noticias de la propuesta de insurrección. Rosa Luxemburg y Leo Jogiches en particular acusaron a Liebknecht y Pieck de haber dejado de lado no sólo las decisiones del Congreso del partido sino el propio programa del partido ([15]).

Pero no se podían deshacer esos errores y, como tales, (aún) no era el momento de ocuparse de ellos. El curso de los acontecimientos puso el partido ante un terrible dilema: ¿cómo sacar el proletariado de la trampa donde ya estaba metido?

Esta tarea era mucho más difícil que la que realizaron los bolcheviques durante los famosos "días de Julio" del 17 en Rusia, cuando el partido logró ayudar a la clase obrera a evitar la trampa de un choque militar prematuro.

La respuesta asombrosa, paradójica, que dio el partido, bajo el impulso de Rosa Luxemburg, fue la siguiente: el KPD, opositor más determinado a una revolución armada hasta ahora, debía pasar a ser su protagonista más entusiasta. Por una simple razón: tomar el poder en Berlín era el único medio de impedir la masacre sangrienta que se estaba haciendo inminente, de impedir la decapitación del proletariado alemán. Una vez solucionado ese problema, el proletariado de Berlín podría dedicarse a resistir o retroceder en buen orden hasta que la revolución estuviera madura en el país entero.

Karl Radek, emisario del partido ruso, escondido en Berlín, propuso una orientación alternativa: retirada inmediata guardando las armas pero, si fuera necesario, devolviéndolas. Pero resulta que la clase en su conjunto no tenía armas todavía. El problema era que un "golpe" comunista "no democrático" le daba al Gobierno el pretexto que necesitaba para imponer un baño de sangre. Ningún retroceso de los combatientes podía deshacer eso.

La acción que había propuesto Rosa Luxemburg se basaba en que la relación de fuerzas militar en la capital no era desfavorable al proletariado. Y, realmente, aunque el 6 de enero destruyó las esperanzas que el Comité revolucionario había puesto en "sus" tropas, resultó rápidamente claro que la contrarrevolución también había calculado mal. La Guardia republicana y las tropas que simpatizaban con el SPD se negaban ahora a utilizar la fuerza contra los obreros revolucionarios. En sus actas de los acontecimientos, el revolucionario Richard Müller y el contrarrevolucionario Gustav Noske confirmaron ambos posteriormente la exactitud del análisis de Rosa Luxemburg: desde el punto de vista militar, la relación de fuerzas a principios de la semana estaba a favor del proletariado.

Pero la cuestión decisiva no era la relación de fuerzas militar sino la relación de fuerzas política. Y ésta iba contra el proletariado por la sencilla razón de que la dirección del movimiento estaba todavía en manos de los "centristas", de los elementos vacilantes, y todavía no en las de los revolucionarios consecuentes. Según "el arte de la insurrección" marxista, la insurrección armada es la última etapa del proceso de reforzamiento de la revolución, barriendo las últimas posiciones de resistencia.

Tomando conciencia de la trampa en la que se había metido, el Comité provisional, en vez de armar al proletariado, comenzó a negociar con ese Gobierno que acababa de declarar caduco y sin siquiera saber lo que quería negociar. Ante esta actitud del Comité, el KPD obligó a Liebknecht y a Pieck a dimitir el 10 de enero. Pero el mal estaba hecho. La política de conciliación paralizó al proletariado, haciendo remontar a la superficie todas sus dudas y vacilaciones. Los obreros de toda una serie de fábricas importantes hicieron declaraciones que condenaban al SPD pero también a Liebknecht y a los espartaquistas, llamando a la reconciliación de los "partidos socialistas".

En aquel momento en que la contrarrevolución se tambaleaba acudió en su auxilio el socialdemócrata Noske. "Es necesario que alguien desempeñe el papel de perro sangriento. No me asusta esa responsabilidad", declaró. Tras pretender "negociar" para ganar tiempo, el SPD convocó abiertamente a oficiales, estudiantes y milicias burguesas para ahogar la resistencia obrera en la sangre. Con un proletariado dividido y desmoralizado, la vía estaba ahora abierta al terror blanco más salvaje. Entre las atrocidades cometidas están el bombardeo de edificios por la artillería, el asesinato de los presos e incluso de los delegados que acudían a negociar, el linchamiento de obreros y también de soldados que habían apoyado a los revolucionarios, la persecución de mujeres y niños en los barrios obreros, la profanación de los cadáveres y también la caza sistemática y el asesinato de revolucionarios como Rosa Luxemburg y Karl Liebknecht. Volveremos de nuevo sobre el carácter y el significado de ese terror en el último artículo de esta serie.

La huelga de masas revolucionaria, enero-marzo de 1919

En un famoso artículo publicado en Rote Fahne el 27 de noviembre de 1918, "el Aqueronte se ha puesto en movimiento", Rosa Luxemburg anunciaba el principio de una nueva fase de la revolución: la de la huelga de masas. Eso iba a confirmarse con rapidez y una claridad meridiana. La situación material de la población no se había mejorado con el final de la guerra, al contrario. La inflación, los despidos, el desempleo masivo, el trabajo precario y la baja de los salarios reales provocaron más miseria todavía para millones de obreros, de funcionarios y también para amplias capas de las clases medias. Cada vez más, la miseria material y también la amarga decepción con respecto a los resultados de la revolución de noviembre impulsaban a las masas a defenderse. Los estómagos vacíos eran un poderoso argumento contra los supuestos beneficios de la nueva democracia burguesa. Olas de huelgas sucesivas recorrieron el país, sobre todo durante el primer trimestre de 1919. Alejados de los centros tradicionales del movimiento socialista organizado como Berlín, los puertos de mar o los sectores de ingeniería civil y alta tecnología ([16]), amplios sectores del proletariado con menos experiencia política, se implicaron en el proceso revolucionario. Incluían a aquellos a los que Rosa Luxemburg llamaba, en su folleto sobre la huelga de masas, "la masa de los ilotas". Eran sectores especialmente oprimidos de la clase obrera que no se habían beneficiado de ninguna educación socialista y que, por lo tanto, eran a menudo considerados con desprecio por los funcionarios de la socialdemocracia y los sindicatos antes de la guerra. Rosa Luxemburg predijo que desempeñarían un papel importante en la lucha futura por el socialismo.

Y ahora ahí estaban. Por ejemplo, millones de mineros, siderúrgicos, obreros de la industria textil de las regiones industriales del Bajo Rin y Westfalia ([17]). Ahí las luchas obreras defensivas se enfrentaron inmediatamente con la alianza brutal de la patronal, los guardias armados de sus fábricas, los sindicatos y los Cuerpos francos. A partir de esos primeros choques se cristalizaron dos reivindicaciones principales del movimiento de huelga, formuladas en la conferencia de los delegados de toda la región a principios de febrero en Essen: ¡todo el poder a los consejos de obreros y soldados! ¡Socialización de las fábricas y las minas! La situación se agudizó cuando los militares intentaron desarmar y desmantelar los consejos de soldados y mandaron 30 000 miembros de los Cuerpos francos a ocupar el Ruhr. El 14 de febrero, los consejos de obreros y soldados llamaron a la huelga general y a la resistencia armada. La determinación y la movilización de los obreros eran tan grandes que el ejército blanco mercenario ni siquiera hizo el menor amago de atacar. La indignación contra el SPD que apoyaba abiertamente a los militares y denunciaba la huelga fue indescriptible. El 25 de febrero, les consejos - apoyados par los delegados comunistas - decidieron acabar la huelga. Los dirigentes temían que los obreros inundasen las minas o atacasen a los obreros socialdemócratas ([18]). En realidad, los obreros mostraron un alto grado de disciplina y una amplia minoría respetó la llamada a la vuelta al trabajo - aunque no estuviesen de acuerdo con esta decisión. ¡Y fue, por desgracia, precisamente entonces cuando la huelga comenzaba en Alemania central!

Una segunda huelga de masas gigantesca estalló a finales de marzo y duró varias semanas a pesar de la represión de los Cuerpos francos.

"Todo indicó claramente que el Partido socialdemócrata y los dirigentes sindicales habían perdido su influencia sobre las masas. La potencia del movimiento revolucionario de los meses de febrero y marzo no estaba en la posesión ni en la utilización de las armas, sino en la posibilidad de retirar al Gobierno socialista burgués su fundamento económico, paralizando las áreas más importantes de producción. (...) Ni la enorme movilización militar, ni el armamento de la burguesía ni la brutalidad de la soldadesca pudieron quebrar esa fuerza, no pudieron forzar a los obreros en huelga a volver al trabajo" ([19]).

El segundo gran centro de la huelga de masas fue la región llamada Alemania central (Mitteldeutschland) ([20]). El movimiento de huelgas estalló allí a mediados de febrero, no solamente como respuesta al empobrecimiento y a la represión, sino también en solidaridad con las víctimas de la represión en Berlín y con las huelgas del Rin y del Ruhr. Como en la región precedente, el movimiento sacó sus fuerzas gracias a la dirección que se dio en los consejos de obreros y soldados en los que los socialdemócratas perdieron rápidamente su influencia.

Pero mientras que en la región del Ruhr, los obreros de la industria pesada formaban la parte fundamental de las tropas, aquí el movimiento incorporó no solo a los mineros, sino a casi todas las profesiones y ramas industriales. Por primera vez desde el principio de la revolución, los ferroviarios se unieron al movimiento. Esto tenía una importancia especial. Una de las primeras medidas del gobierno de Ebert a finales de la guerra fue aumentar sustancialmente el sueldo de los ferroviarios. La burguesía necesitaba "neutralizar" ese sector para poder transportar a sus brigadas contrarrevolucionarias por toda Alemania. Ahora, por primera vez, esta posibilidad estaba comprometida.

También significativo fue que los soldados de las guarniciones salieran a apoyar a los huelguistas. La Asamblea nacional, que había huido de los obreros de Berlín, se desplazó a Weimar para celebrar su sesión parlamentaria constitutiva. Llegó justo en medio de una lucha de clases aguda y de soldados hostiles, debiendo reunirse detrás de un batería protectora de artillería y de ametralladoras ([21]).

La ocupación selectiva de las ciudades por los Cuerpos francos provocó batallas callejeras en Halle, Merseburg y Zeitz, explosiones de unas masas "furiosas hasta la locura" como lo escribió Richard Müller. Como en el Ruhr, aquellas acciones militares no lograron romper el movimiento de huelgas.

El llamamiento de los delegados de fábricas a la huelga general para el 24 de febrero iba a revelar otro proceso muy significativo. Los delegados apoyaron ese llamamiento unánimemente, incluidos los del SPD. En otros términos, la socialdemocracia perdía el control incluso de sus propios miembros.

"Desde el principio, la huelga se extendió al máximo. Ya no era posible una mayor intensidad, sino mediante la insurrección armada algo que los huelguistas rechazaban y parecía injustificado. El único medio de hacer la huelga más eficaz estaba en manos de los obreros de Berlín ([22])".

Por ello los obreros pidieron al proletariado de Berlín que se uniera, que dirigiera en realidad, el movimiento que abarcaba el centro de Alemania, el Rin y el Ruhr.

Y los obreros de Berlín respondieron lo mejor que pudieron, a pesar de la derrota que acababan de sufrir. El centro de gravedad había pasado de la calle a las asambleas masivas. Los debates que animaban a fábricas, oficinas y cuarteles debilitaban continuamente la influencia del SPD, reduciéndose el número de sus delegados en los consejos obreros. Los intentos del partido de Noske para desarmar a los soldados y liquidar sus organizaciones no hicieron más que acelerar ese proceso. Una asamblea general de los consejos obreros en Berlín el 28 de febrero llamó a todo el proletariado a defender sus organizaciones y prepararse a la lucha. Los propios delegados del SPD hicieron fracasar el intento de impedir esta resolución por parte de ese partido.

La asamblea reeligió a su Comité de acción. El SPD perdió la mayoría. En la elección siguiente del Comité, el KPD tuvo casi tantos delegados como el SPD; en los consejos en Berlín, el curso se orientaba a favor de la revolución ([23]).

Tomando conciencia de que el proletariado no podría vencer sino dirigido por una organización unida y centralizada, comenzó la agitación de masas para la reelección de los consejos de obreros y soldados en todo el país y a favor de la celebración de un nuevo congreso nacional de los consejos. A pesar de la oposición histérica del Gobierno y del SPD a esta propuesta, los consejos de soldados empezaron a declararse a favor de esa propuesta. Plenamente conscientes de las dificultades prácticas para aplicar esos proyectos, los socialdemócratas optaron por dar largas y dejar pasar el tiempo.

Pero el movimiento en Berlín se enfrentaba a otro problema muy urgente: la llamada de apoyo por parte de los obreros de Alemania central. La asamblea general de los consejos obreros de Berlín se reunió el 3 de marzo para decidir sobre ese problema. El SPD, sabiendo que la pesadilla de la semana sangrienta de enero seguía atormentando al proletariado de la capital, estaba determinado a impedir una huelga general. Y en realidad, los obreros vacilaron en un primer tiempo. Gracias a su agitación para aportar la solidaridad a la Alemania central, los revolucionarios invirtieron poco a poco las cosas. Mandaron delegaciones de todas las fábricas principales de la ciudad a la asamblea de los consejos para informarle de que las asambleas en las factorías y tajos ya habían decidido cesar el trabajo. Resultaba claro que comunistas e independientes de izquierda tenían la mayoría de los obreros detrás de ellos.

La huelga fue casi total también en Berlín. Sólo trabajaban las fábricas designadas por los consejos obreros para hacerlo (bomberos, proveedores de agua, electricidad y gas, salud, producción alimenticia). El SPD - y su portavoz el Vorwärts - denunció inmediatamente la huelga, requiriendo a los delegados miembros del partido a que hicieran lo mismo. Y éstos se pronunciaron entonces en contra de la posición de su propio partido. Además, los impresores, que siempre habían estado fuertemente influidos por la socialdemocracia y habían sido una de las pocas profesiones que no se habían incorporado al frente huelguista, se unieron entonces a él para protestar contra la actitud del SPD. Así fue como se redujo en gran parte al silencio la campaña de odio.

Pero el traumatismo de enero resultó fatal a pesar de todas esas señales de maduración. La huelga general en Berlín llegó demasiado tarde, cuando estaba acabándose en Alemania central. Peor aun, los comunistas, traumatizados por la derrota de enero, se negaron a participar en la dirección de la huelga junto con los socialdemócratas. La unidad del frente de la huelga empezó a agotarse, se extendieron la división y la desmoralización.

Era el momento para los Cuerpos francos de invadir Berlín. Sacando las lecciones de los acontecimientos de enero, los obreros se reunieron en las fábricas y no en la calle. Pero en lugar de atacar inmediatamente a los obreros, los Cuerpos francos atacaron en primer lugar las guarniciones y los consejos de soldados, primero contra los regimientos que habían participado en la represión de los obreros en enero, o sea, contra los que gozaban de menos simpatía entre los trabajadores. Luego se volvieron contra el proletariado. Como en enero, hubo ejecuciones sumarias en las calles, fueron asesinados revolucionarios (entre ellos Leo Jogiches); los cadáveres se tiraban al río. Esta vez, el terror blanco fue todavía más salvaje que en enero y ascendió a más de 1000 muertos. El barrio obrero de Lichtenberg, al este del centro de la ciudad, fue bombardeado por la aviación.

Sobre las luchas de enero-marzo, Richard Müller escribe: "Fue el levantamiento más gigantesco del proletariado alemán, de los obreros, empleados, funcionarios e incluso de partes de las clases medias pequeño-burguesas, a una escala desconocida hasta entonces y que no será alcanzada después, sino una sola vez, durante el golpe de Kapp. Las masas populares estaban en huelga general no solo en las regiones de Alemania en las cuales nos centramos, sino en Sajonia, Bade, Baviera; por todas partes, las olas de la revolución socialista asaltaban los muros de la producción capitalista y de la propiedad. Las masas trabajadoras avanzaban a grandes pasos por el camino que continuaba la transformación política de noviembre de 1918" ([24]).

Sin embargo, "el curso tomado por los acontecimientos de enero seguía siendo un lastre que pesaba sobre el movimiento revolucionario. Su comienzo absurdo y sus consecuencias trágicas habían quebrado a los obreros de Berlín y se necesitaron semanas de trabajo obstinado para que fueran capaces de entrar de nuevo en lucha. Si el golpe de enero no se hubiese intentado, el proletariado de Berlín habría podido ayudar a tiempo a los combatientes del Rin, Westfalia y Alemania central. La revolución habría continuado y la nueva Alemania tendría un aspecto económico y político muy diferente" ([25]).

¿Habría podido triunfar la revolución?

La incapacidad del proletariado mundial para impedir la Primera Guerra mundial había creado condiciones difíciles para la victoria de la revolución. En comparación con una revolución que replicara fundamentalmente a una crisis económica, una revolución contra la guerra mundial acarrea inconvenientes considerables. En primer lugar, la guerra había matado o herido a millones de obreros; muchos de ellos eran socialistas experimentados con una conciencia de clase. En segundo lugar, la burguesía puede acabar la guerra si ve que su continuación amenaza su sistema, cosa imposible con la crisis económica. Eso es lo que ocurrió en 1918. Eso creó divisiones entre los obreros de cada país, entre los que se satisfacían con el fin de las hostilidades y los que consideraban que solo el socialismo podía solucionar el problema. En tercer lugar, el proletariado internacional estaba dividido, para empezar por la propia guerra, y después entre obreros de los países "vencidos" y los de los países "vencedores". No es ninguna casualidad si una situación revolucionaria se desarrolló en los países donde la guerra estaba perdida (Rusia, Austria-Hungría, Alemania) y no en los países de la Entente (Gran Bretaña, Francia, Estados Unidos).

¿Pero quiere decir eso que, en aquellas circunstancias, un triunfo de la revolución proletaria era imposible desde el principio? Recordemos que éste fue uno de los principales argumentos formulados por la socialdemocracia para justificar su papel contrarrevolucionario. Pero en realidad, distaba mucho de ser así.

En primer lugar, aunque la "Gran Guerra" diezmó físicamente y debilitó psicológicamente al proletariado, eso no impidió que la clase obrera se lanzara con fuerza al asalto contra el capitalismo. La matanza que se le impuso era inmensa, pero menos que la infligida más tarde por la Segunda Guerra mundial; y no hay comparación posible con la que provocaría una tercera guerra mundial con armas termonucleares.

En segundo lugar, aunque la burguesía hubiera podido poner fin a la guerra, eso no significa que pudiera eliminar sus consecuencias materiales y políticas, o sea el agotamiento del aparato productivo, la desorganización de la economía y la sobreexplotación de la clase obrera en Europa. En los países vencidos en particular, el fin de la guerra no permitió una restauración rápida del nivel de vida de anteguerra para las masas de la población. Al contrario. Aunque la reivindicación de la "socialización de la industria" haya contenido el peligro de desviar a la clase obrera de la lucha por el poder hacia una especie de proyecto autogestionario que apoyaban anarquistas y anarcosindicalistas, la fuerza principal de esa reivindicación en 1919 en Alemania era la preocupación de la supervivencia física del proletariado. Los obreros, cada vez más convencidos de la incapacidad del capitalismo para producir los suficientes bienes alimenticios, de carbón y demás, a precios accesibles para que la población pudiera pasar el invierno, empezaron a darse cuenta de que una fuerza de trabajo insuficientemente alimentada y agotada, amenazada por epidemias e infecciones, debía hacerse cargo del problema antes de que fuera demasiado tarde.

En este sentido, las luchas que se habían desarrollado contra la guerra no se terminaron con la propia guerra. Además, el impacto de la guerra en la conciencia de clase era profundo. Con la guerra moderna había desaparecido por completo toda imagen de heroísmo.

En tercer lugar, tampoco era insuperable la brecha entre obreros de los países "vencedores" y "vencidos". En Gran Bretaña en particular, hubo fuertes movimientos de clase tanto durante como al final de la guerra. El aspecto más sorprendente de 1919, "año de la revolución" en Europa central, fue la ausencia relativa del proletariado francés. ¿Dónde estaba esta parte de la clase que, desde 1848 hasta la Comuna de París de 1871, había sido la vanguardia de la insurrección proletaria? En cierta medida, fue contaminado por el frenesí chovinista de la burguesía que prometía a "sus" obreros una nueva era de prosperidad gracias a las reparaciones que iba a imponer a Alemania. ¿No había antídoto a ese veneno nacionalista? Sí, había uno. La victoria del proletariado alemán habría sido ese antídoto.

En 1919, Alemania era la bisagra indispensable entre la revolución al Este y la adormecida conciencia de clase al Oeste. La clase obrera europea de 1919 se había educado en el socialismo. Su convicción sobre la necesidad y la posibilidad del socialismo aún no estaba socavada por la contrarrevolución estalinista. La victoria de la revolución en Alemania habría socavado las ilusiones sobre la posibilidad de un retorno a la aparente "estabilidad" del mundo de anteguerra. La reanudación por el proletariado alemán con su papel dirigente en la lucha de clase habría reforzado enormemente la confianza en el futuro del socialismo.

¿Pero era una posibilidad realista la victoria de la revolución en Alemania? La revolución de noviembre reveló la fuerza y el heroísmo de la clase, pero también sus enormes ilusiones, sus confusiones y vacilaciones. Sin embargo, había ocurrido lo mismo en febrero de 1917 en Rusia. Durante los meses que siguieron a febrero, el curso de la Revolución rusa reveló la maduración progresiva del inmenso potencial que condujo a la victoria de Octubre. En Alemania, a partir de noviembre de 1918 - a pesar del final de la guerra - se aprecia una maduración muy similar. Durante el primer trimestre de 1919, ya hemos visto el desarrollo de la huelga de masas, la entrada de toda la clase obrera en la lucha, el papel creciente de los consejos obreros y, en ellos, de los revolucionarios, los primeros esfuerzos por crear una organización y una dirección centralizada del movimiento, el descubrimiento progresivo del papel contrarrevolucionario del SPD y de los sindicatos así como los límites de la eficacia de la represión estatal.

Durante 1919, fueron aniquilados levantamientos locales y "Repúblicas de consejos" en ciudades costeras, en Baviera y en otros lugares. Estos episodios rebosan de ejemplos del heroísmo del proletariado y de lecciones amargas para el futuro. No fueron, sin embargo, decisivos para el desenlace de la revolución en Alemania. No eran los centros determinantes. Éstos eran en primer lugar la enorme concentración industrial de lo que es hoy la región Rin-Westfalia. Para la burguesía, esta región estaba poblada por una especie humana lúgubre que vivía en una especie de submundo, que nunca veía la luz del día, que vivía más allá de las fronteras de la civilización. La burguesía se horrorizó cuando vio a aquel inmenso ejército gris de ciudades tentaculares, donde nunca brillaba el sol y donde la nieve caía negra, salir de las minas y los altos hornos. Horrorizada, todavía más horrorizada cuando supo la inteligencia, el calor humano, el sentido de la disciplina y de la solidaridad de aquel ejército que no era ya la carne de cañón de las guerras imperialistas sino el protagonista de su propia guerra de clase.

Ni en 1919, ni en 1920, la brutalidad combinada de los militares y Cuerpos francos fue capaz de aplastar a aquel enemigo en su propio terreno. No fue vencido hasta que, tras haber triunfando contra el golpe de Kapp en 1920, los obreros cometieron el error de mandar su "Ejército Rojo del Ruhr" fuera de las ciudades y de las minas para librar una batalla convencional. Y después le tocó el turno a la Alemania central con su veterana clase obrera, altamente cualificada, inmersa en la tradición socialista ([26]). Antes y durante la guerra, allí se establecieron industrias muy modernas como la química, la aviación, atrayendo a decenas de miles de jóvenes obreros inexpertos pero radicales, combativos, con un gran sentido de la solidaridad. Este sector también iba a comprometerse en las luchas masivas de 1920 (Kapp) y 1921 (Acción de marzo).

Pero si el Rin, el Ruhr y Alemania central eran los pulmones, el corazón y el tubo digestivo de la revolución, Berlín era el cerebro. Tercera ciudad del mundo por su tamaño (después de Nueva York y Londres), Berlín era en aquel entonces el "Silicón Valley" de Europa. La base de su desarrollo económico residía en la ingeniosidad de la fuerza de trabajo, altamente cualificada. Ésta tenía una vieja educación socialista y estaba en el centro del proceso de formación del partido de clase.

En el primer trimestre de 1919, la toma del poder no estaba todavía al orden del día. La tarea era todavía ganar tiempo para que la revolución madurase en el conjunto de la clase, evitando así una derrota decisiva. El tiempo, en ese momento crucial, jugaba a favor del proletariado. La conciencia de clase se profundizaba. El proletariado luchaba para crear los órganos necesarios para su victoria, el partido y los consejos. Los principales batallones de la clase se incorporaban a la lucha.

Pero con la derrota de enero de 1919 en Berlín el factor tiempo cambió de campo, pasando a favor de la burguesía. La derrota de Berlín ocurrió en dos tiempos: enero y marzo-abril de 1919. Pero enero fue determinante, ya que no solo fue una derrota física sino también una derrota moral. La unificación de los sectores decisivos de la clase en la huelga de masas constituía la fuerza capaz de desbaratar la estrategia de la contrarrevolución y abrir la vía hacia la insurrección. Pero este proceso de unificación - similar al que ocurrió en Rusia a finales del verano de 1917 frente al golpe de Kornilov - dependía sobre todo de dos factores: el partido de clase y los obreros de la capital. La estrategia de la burguesía, consistente en infligir preventivamente lesiones serias a esos elementos decisivos, fue un éxito. El fracaso de la revolución en Alemania frente a sus propias "jornadas de Kornilov" fue, ante todo, el resultado de su fracaso ante la versión alemana de los "días de julio" ([27]).

La diferencia más sorprendente con Rusia es la ausencia de un partido revolucionario capaz de formular y defender una política lúcida y coherente frente a las tempestades inevitables de la revolución y las divergencias en sus filas. Como lo escribimos en el artículo anterior, la revolución pudo triunfar en Rusia sin que previamente se hubiera constituido un partido de clase mundial, pero no en Alemania.

Por eso hemos dedicado un artículo específico de esta serie al Congreso de fundación del KPD. El Congreso trató muchas cuestiones, pero no las cuestiones candentes del momento. Aunque formalmente adoptara el análisis de la situación presentado por Rosa Luxemburg, demasiados delegados subestimaban en realidad al enemigo de clase. Sin dejar de insistir constantemente en el papel de las masas, su visión de la revolución seguía estando influida por los ejemplos de las revoluciones burguesas. Para la burguesía, la toma del poder es el último acto de su ascenso al poder, preparado desde mucho tiempo antes por el auge de su poder económico. El proletariado, al no poder acumular la menor riqueza porque es una clase explotada, sin propiedad, debe preparar su victoria por otros medios. Debe acumular la conciencia, la experiencia, la organización. Debe ser activo y aprender a tomar su destino en sus propias manos ([28]).

El desarrollo de una revolución

El método de producción capitalista determina el carácter de la revolución proletaria. La revolución proletaria revela el secreto del modo de producción capitalista. Al ir pasando por las etapas de la cooperación, de la manufactura y de la industrialización, el capitalismo ha ido desarrollando las fuerzas productivas, condición necesaria para la instauración de una sociedad sin clases. Lo hace estableciendo el trabajo asociado. El "trabajador colectivo", creador de la riqueza, está sometido a las relaciones de propiedad capitalistas por la apropiación privada, competitiva y anárquica de los frutos del trabajo asociado. La revolución proletaria suprime la propiedad privada, permitiendo al nuevo modo de apropiación estar en acuerdo con el carácter asociado de la producción. Bajo el imperio del capital, el proletariado desde su origen ha creado las condiciones de su propia liberación. Pero los sepultureros de la sociedad capitalista sólo pueden cumplir su misión histórica si la propia revolución proletaria es el producto del "trabajador colectivo", de los obreros del mundo actuando, por así decirlo, como una única persona. El carácter colectivo del trabajo asalariado debe pasar a ser la asociación colectiva consciente de lucha.

Reunir a la vez en la lucha al conjunto de la clase y sus minorías revolucionarias lleva tiempo. En Rusia, eso tomó una docena de años, desde la lucha por "un nuevo tipo de partido de clase" en 1903, pasando por la huelga de masas de 1905-1906 y la víspera de la Primera Guerra mundial hasta las apasionantes jornadas de 1917. En Alemania y en el conjunto de los países occidentales, el contexto de guerra mundial y la brutal aceleración de la historia que significó, dieron poco tiempo a esa necesaria maduración. La inteligencia y la determinación de la burguesía después del Armisticio de 1918 redujeron aún más el tiempo necesario para ello.

Hemos hablado varias veces, en esta serie de artículos, del golpe a la confianza en sí misma de la clase obrera y de su vanguardia revolucionaria que causó el naufragio de la Internacional socialista ante el estallido de la guerra. ¿Qué queríamos decir?

La sociedad burguesa concibe la cuestión de la confianza en sí desde el punto de vista del individuo y sus capacidades. Esta concepción olvida que la humanidad, más que cualquier otra especie conocida, depende de la sociedad para sobrevivir y desarrollarse. Todavía es más verdad para el proletariado, el trabajo asociado, que produce y lucha no individual sino colectivamente, y que no hace surgir individuos revolucionarios sino organizaciones revolucionarias. La impotencia del obrero individual - mucho más extremo que la del capitalista o incluso del pequeño propietario individual - se trastoca en la lucha revelándose la fuerza oculta de esta clase. Su dependencia respecto al colectivo prefigura el carácter de la futura sociedad comunista en la cual la afirmación consciente de la comunidad permitirá por primera vez el pleno desarrollo de la individualidad. La confianza en sí del individuo presupone la confianza de sus partes en el todo, la confianza mutua de los miembros de la comunidad de lucha.

Dicho de otra forma, solo forjando una unidad en la lucha puede la clase obrera desarrollar el valor y la confianza necesarios para su victoria. Sus herramientas teóricas y de análisis no pueden afilarse suficientemente sino es de manera colectiva. Los errores de los delegados del KPD en el momento decisivo en Berlín eran en realidad el producto de una madurez aún insuficiente de esta fuerza colectiva del joven partido de clase en su conjunto.

Nuestra insistencia sobre el carácter colectivo de la lucha proletaria no niega en modo alguno el papel del individuo en la historia. Trotski, en su Historia de la Revolución rusa, escribió que sin Lenin, los bolcheviques en octubre de 1917 habrían comprendido quizás demasiado tarde que había llegado el momento de la insurrección. El partido casi falló "su cita de la historia". Si el KPD hubiese mandado, la noche del 5 de enero, a Rosa Luxemburg y Leo Jogishes - sus analizadores más claros - en vez de a Karl Liebknecht y Wilhelm Pieck, a la reunión en el cuartel general de Emil Eichhorn, la salida histórica hubiera podido ser diferente.

No negamos la importancia de Lenin o de Rosa Luxemburg en las luchas revolucionarias de aquel entonces. Lo que rechazamos es la idea de que su papel se debería sobre todo a su inteligencia personal. Su importancia se debe sobre todo a su capacidad para ser colectivos, para concentrar y devolver como un prisma toda la luz irradiada por la clase y el partido en su conjunto. El papel trágico de Rosa Luxemburg en la revolución alemana, su influencia limitada en el partido en el momento decisivo se debió a que personificaba la experiencia viva del movimiento internacional en un momento en que el movimiento en Alemania seguía sufriendo de su aislamiento del resto del proletariado mundial.

Queremos insistir en que la historia es un proceso abierto y que la derrota de la primera ola revolucionaria no era una conclusión inevitable. No tenemos la intención de contar la historia de "lo que hubiera podido ser". No hay vuelta atrás en la historia, sino marcha hacia adelante. Con la distancia, el curso seguido por la historia siempre parece "inevitable". Pero ahí olvidamos que la determinación - o su ausencia - del proletariado, su capacidad para sacar conclusiones - o la ausencia de esta capacidad - forman parte de la ecuación. Dicho de otra forma, lo que se hace "inevitable" también depende de nosotros. Nuestros esfuerzos activos hacia un objetivo consciente son un componente activo de la ecuación de la historia.

En el próximo y último artículo de esta serie, examinaremos las inmensas consecuencias de la derrota de la revolución alemana y la validez de estos acontecimientos para hoy y mañana.

Steinklopfer

[1]) La "Triple Entente" era la coalición de Gran Bretaña, Francia y Rusia, a la que se añadieron los Estados Unidos al final de la guerra.

[2]) Esa alianza entre militares y el SPD, decisiva para el triunfo de la contrarrevolución, no hubiese sido posible sin el apoyo de la burguesía británica. Destruir la potencia de la casta militar prusiana era uno de los objetivos de guerra de Londres, pero se abandonó este objetivo para no debilitar las fuerzas de la reacción. En este sentido, no resulta exagerado decir que la alianza entre las burguesías alemana y británica fueron el pilar de la contrarrevolución internacional de aquel entonces. Volveremos sobre esta cuestión en la última parte de la serie.

[3]) Miles de presos, rusos y otros, seguían detenidos y condenados a trabajos forzados por la burguesía alemana, a pesar de que guerra se hubiera terminado. Participaron activamente en la revolución junto a sus hermanos de clase alemanes.

[4]) Este monumental edificio barroco, que sobrevivió a la Segunda Guerra mundial, fue destruido por la República democrática alemana y sustituido por el "Palacio de la República" estaliniano. Se le retiró previamente el pórtico desde el cual Karl Liebknecht había declarado la República socialista cuando la revolución de noviembre, y se integró en la fachada adyacente del "Consejo de Estado de la RDA". De este modo, el lugar desde el que Liebknecht había llamado a la revolución mundial se transformó en símbolo nacionalista del "socialismo en un solo país".

[5]) Este edificio, situado detrás del palacio, sigue en pie.

[6]) Así lo formula el autor, Alfred Döblin, en su libro Karl y Rosa, en la última parte de su novela en 4 volúmenes: Noviembre de 1918. Como simpatizante del ala izquierda del USPD, fue el testigo ocular de la revolución en Berlín. Su relato monumental fue escrito en los años treinta y está marcado por la confusión y la desesperación generada por la contrarrevolución triunfante.

[7]) Durante la reconstrucción del centro ciudad después de la caída del muro de Berlín, salieron a la luz túneles para huir realizados por los distintos Gobiernos del siglo xx que no estaban indicados en ningún mapa oficial, son monumentos al miedo de la clase dominante. No se sabe si se han construido nuevos túneles.

[8]) Hubo huelgas de simpatía y ocupaciones en varias ciudades, entre ellas Stuttgart, Hamburgo y Dusseldorf.

[9]) Esta cuestión, documentada de sobra por Richard Müller en su Historia de la revolución alemana escrita en los años veinte, es un hecho hoy aceptado por los historiadores.

[10]) Historia de la revolución alemana: la guerra civil en Alemania, Volumen III.

[11]) Müller, idem. Richard Müller era uno de los jefes más lúcidos y experimentados del movimiento. Se puede hacer un determinado paralelo entre el papel desempeñado por Müller en Alemania y el de Trotski en Rusia en 1917. Ambos fueron Presidentes del Comité de acción de los consejos obreros en una ciudad central. Ambos iban a convertirse en historiadores de la revolución en la que habían participado directamente. Es lamentable ver con qué desprecio Wilhem Pieck hizo caso omiso de las advertencias de un dirigente tan experimentado y responsable.

[12]) Los seis que se opusieron fueron Müller, Däuming, Eckert, Malzahn, Neuendorf y Rusch.

[13]) El caso de Lemmgen, un marino revolucionario, forma parte de la leyenda pero es desgraciadamente verdad. Después del fracaso de sus tentativas repetidas de confiscar el banco estatal (un funcionario apellidado Hamburguer puso en duda la validez de las firmas de esa orden), el pobre Lemmgen se desmoralizó tanto que volvió a su casa y se fue furtivamente a dormir.

[14]) Es precisamente esta propuesta de acción la que fue presentada públicamente por el KPD en su órgano de prensa el Rote Fahne.

[15]) En particular el pasaje del programa que declara que el partido asumiría el poder solamente con el apoyo de las grandes masas del proletariado.

[16]) Como Turingia, la región de Stuttgart o el valle del Rin, bastiones del viejo movimiento marxista.

[17]) En la región de los ríos Ruhr y Wupper.

[18]) El 22 de febrero, los obreros comunistas de Mülheim en el Ruhr atacaron con pistolas una reunión pública del SPD.

[19]) R. Müller, op.cit., Vol. III.

[20]) Las regiones de Sajonia, Turingia y Sajonia-Anhalt. El centro de gravedad era la ciudad de Halle y, cerca de ésta, el cinturón de industrias químicas alrededor de la fábrica gigante de Leuna.

[21]) La expresión "República de Weimar" que abarca el período de la historia alemana que va de 1919 a 1933, tiene su origen en ese episodio.

[22]) Müller, idem.

[23]) Durante los primeros días de la revolución, el USPD y Espartaco juntos sólo tenían tras ellos a una cuarta parte de todos los delegados. El SPD dominaba en masa. Los delegados miembros de los partidos a principios de 1919 se distribuían así: el 28 de febrero: 305 USPD, 271 SPD, 99 KPD, 95 demócratas; el 19 de abril: 312 USPD, 164 SPD, 103 KPD, 73 demócratas. Hay que señalar que, durante este período, el KPD no podía actuar sino en la clandestinidad y que un número considerable de delegados nombrados como miembros del USPD simpatizaban, en realidad, con los comunistas e iban rápidamente a unirse a ellos.

[24]) Müller, idem.

[25]) Müller, idem.

[26]) No es casualidad si la infancia del movimiento marxista en Alemania se asocia a los nombres de ciudades de Turingia: Eisenach, Gotha, Erfurt.

[27]) Los días de julio de 1917 son uno de los momentos más importantes no solo de la Revolución rusa sino de toda la historia del movimiento obrero. El 4 de julio, una manifestación armada de medio millón de participantes asedia la dirección del soviet de Petrogrado, llamándole a que tome el poder, pero se dispersa pacíficamente por la tarde, respondiendo a la llamada de los bolcheviques. El 5 de julio, las tropas contrarrevolucionarias reocupan la capital de Rusia, lanzan una caza a los bolcheviques y reprimen a los obreros más combativos. Sin embargo, al evitar una lucha prematura por el poder, el conjunto del proletariado va a mantener intactas sus fuerzas revolucionarias. Es lo que permitirá a la clase obrera sacar lecciones esenciales de aquellos acontecimientos, en particular la comprensión del carácter contrarrevolucionario de la democracia burguesa y de la nueva izquierda del capital: mencheviques y social-revolucionarios (eseristas) que traicionaron la causa de los trabajadores y campesinos pobres, pasándose al campo enemigo. En ningún otro momento de la Revolución rusa fue tan agudo el peligro de una derrota decisiva del proletariado y la liquidación del Partido bolchevique como durante aquellas 72 horas dramáticas. En ningún otro momento tuvo tanta importancia la confianza profunda de los batallones más avanzados del proletariado en su partido de clase, en la vanguardia comunista.

Con la derrota de julio, la burguesía cree poder terminar con esta pesadilla. Para ello, repartiéndose la faena entre el bloque "democrático" de Kerenski y el bloque abiertamente reaccionario de Kornilov, jefe de los ejércitos, organiza el golpe de Estado que reúne regimientos de Cosacos, de Caucasianos, etc., que aún parecen fieles al poder burgués e intenta lanzarlos contra los soviets. Pero la tentativa falla de manera estrepitosa. La reacción masiva de los obreros y soldados, su firme organización en el Comité de defensa de la revolución - que, bajo el control del Soviet de Petrogrado se transformaría más tarde en Comité militar revolucionario, órgano de la insurrección de Octubre - hacen que las tropas de Kornilov o permanezcan inmovilizadas y se rindan, o deserten y se unan a los obreros y los soldados, lo que ocurre en la mayoría de los casos.

[28]) Contrariamente a Luxemburg, Jogiches y Marchlewski que estaban en Polonia (en aquel entonces formaba parte del imperio ruso) durante la revolución de 1905-06, la mayoría de los fundadores del KPD no tenían experiencia directa de la huelga de masas y tenían dificultades para comprender que era algo indispensable para la victoria de la revolución.