Editorial - Estados Unidos, la locomotora de la economía mundial… se precipita al abismo

Ver tambien :

Versión para impresiónEnviar por email

Editorial

Estados Unidos, la locomotora de la economía mundial...
se precipita al abismo

Época terrible para la economía mundial desde que se inició, el año pasado en EE.UU., la crisis, todavía bien presente, de las hipotecas inmobiliarias de alto riesgo. Nunca antes la situación había sido tan peligrosa desde el retorno de la crisis abierta del capitalismo a finales de los años 60, y eso que la burguesía ha intentado por todos los medios limitar sus repercusiones:

  • la crisis inmobiliaria en EE.UU. ha acabado por ser una crisis financiera internacional, marcada por espectaculares alertas de insolvencia de algunos bancos estadounidenses y europeos ([1]). Si ha habido entidades en peligro que no han quebrado, esto ha sido gracias a los planes de salvamento con intervención estatal incluida, pero persiste el miedo a que muchas entidades financieras, de las que nunca se había sospechado el menor riesgo, estén en situación de quiebra potencial, alimentando así las posibilidades de un gran crac financiero.
  • la perspectiva es claramente hacia un freno de la actividad económica, incluso de recesión en algunos países como EE.UU. La burguesía superó las recesiones que tuvo que encarar desde los años 70 mediante un endeudamiento suplementario, cada vez más importante que los anteriores y con resultados cada vez más limitados. ¿Podrá atajar una vez más la futura recesión cuando ya no hay otro medio sino aumentar más todavía la deuda mundial con los riesgos que ello implica, o sea, que se hunda el sistema financiero internacional del crédito?
  • la baja de los índices bursátiles y sus caídas en picado, hace tambalear la confianza de las bases mismas de la especulación en Bolsa, cuyos éxitos habían permitido, sin embargo, ocultar las dificultades de la economía real. Estos éxitos favorecieron, en especial, las subidas de las tasas de ganancia de las empresas desde mediados de los años 80, y también sirvieron para arraigar el mito, hoy muy zarandeado, de que los valores de la Bolsa no harían más que subir y subir fueran cuales fueran las circunstancias.
  • los gastos militares, como puede observarse con el ejemplo de Estados Unidos, son una carga cada día más pesada para la economía. Y, sin embargo, esos gastos no pueden reducirse según las circunstancias, pues se deben a la importancia cada día mayor del militarismo en la vida de la sociedad, ahora que a cada nación, enfrentada a dificultades cada vez más insuperables en lo económico, no le queda otro remedio que huir ciegamente hacia la guerra.
  • el retorno de la inflación es, por razón doble, una obsesión para la burguesía. Por un lado frena los intercambios comerciales pues provoca fluctuaciones cada vez menos previsibles, en los costes de las mercancías producidas. Por otro lado, más incluso que la respuesta a otros ataques como los despidos, la lucha reivindicativa de la clase obrera por unos aumentos de sueldo constantemente recortados por el alza de precios, favorece la generalización de los combates por encima de las fronteras sectoriales. Y si la burguesía pudiera hacer funcionar con determinación las palancas de que dispone para limitar la inflación (políticas de rigor, de reducción de gastos del Estado...), lo único que conseguiría sería acelerar la marcha actual hacia la recesión.

La situación actual es, pues, no sólo la repetición, pero peor, de las manifestaciones de la crisis desde finales de los años 60, sino que es además un compendio simultáneo y explosivo de todas ellas, lo cual da a la catástrofe económica una nueva índole que favorece el cuestionamiento del sistema. Otra señal de estos tiempos que los distingue de las décadas precedentes: mientras que, hasta ahora, la economía de la primera potencia mundial, Estados Unidos, había desempeñado el papel de locomotora para evitar las recesiones o salir de ellas, al único lugar al que hoy arrastra la locomotora norteamericana al resto del mundo es hacia la recesión y el precipicio.

La agravación de la crisis económica en Estados Unidos

George Bush es sin duda el tipo más optimista de Estados Unidos, quizás, incluso, sobre la situación económica, sea el único en serlo. El 28 de febrero, aún reconociendo el posible riesgo de freno económico, el presidente de EE.UU declaraba: "No creo que vayamos hacia una recesión... Creo que los elementos fundamentales de nuestra economía gozan de buena salud... que prosigue el crecimiento de una manera incluso más sólida que la de hoy. Por eso seguimos estando a favor de un dólar fuerte" ([2]).

Dos semanas después, el 14 de marzo, en una reunión con economistas en Nueva York, el presidente reiteró su optimismo, expresando su confianza en la capacidad de "rebote" de la economía de EE.UU. Era el mismo día en que la Reserva federal y el banco JP Morgan Chase tuvieron que colaborar en un plan urgente de salvamento del Bear Stearns, gran banco de negocios de Wall Street, amenazado con una retirada masiva de fondos por parte de sus clientes, guión bastante parecido, por cierto, al de la Gran Depresión de 1929. Ese mismo día ocurrieron estos hechos: el precio del barril de petróleo alcanzó el récord de 111 $, a pesar de una oferta mayor que la demanda; el gobierno anunció el aumento de 60 % de embargos de bienes inmuebles en febrero; y el dólar llegó a su nivel más bajo respecto al euro. El señor Bush podrá ver turbia la realidad, pero lo que sí está claro es que la prosperidad aparente que acompañó el boom inmobiliario y su "burbuja" en estos últimos años ha abierto las compuertas a una catástrofe económica de gran amplitud en la economía más fuerte del mundo, poniéndose así la crisis económica en el primer plano de la situación internacional.

La crisis inmobiliaria:
síntoma de un sistema en estado crónico de crisis

Desde principios de 2007, cuando aparecieron los primeros síntomas de que el boom llegaba a su término, los economistas burgueses discutían sobre la posibilidad de que la economía norteamericana entrara o no en recesión. Hace apenas tres meses, a principios de 2008, había todo un abanico de previsiones económicas, desde las "pesimistas" que decían que la recesión ya había empezado en diciembre, hasta las "optimistas" que seguían esperando el milagro que hiciera evitarla. Y entre unos y otros, estaban los peritos que no se comprometen afirmando que la economía podía evolucionar en un sentido o en el contrario. Pero las cosas se han acelerado tanto en estos meses que, menos para Bush, ya no hay lugar para optimismos o "centrismos". Hoy unos y otros son unánimes en decir que se terminaron los días de bonanza. O, dicho de otro modo, la economía estadounidense está ahora en recesión o, en el mejor de los casos, muy cerca de ella.

Sin embargo, el reconocimiento por la burguesía de que el capitalismo americano tiene dificultades sirve de poco para comprender el estado real del sistema. La definición oficial que la burguesía da a una recesión es la de un crecimiento económico negativo durante dos trimestres seguidos. El National Bureau of Economic Research (Instituto nacional de investigación económica) usa otro criterio, algo más útil, que define la recesión como un declive significativo y prolongado de la actividad que afecta a toda la economía y a indicadores como los sueldos, el empleo, la venta al por menor y la producción industrial. Con esta definición, la burguesía no puede identificar la recesión si no ha empezado desde hace algún tiempo, incluso a menudo mientras no haya pasado lo peor. O sea que según ciertos cálculos, habrá que esperar todavía algunos meses antes de saber, según esos criterios, si hay recesión y cuándo ha empezado.

Y en esto, las diferentes previsiones que llenan las páginas de los periódicos son muy engañosas. En última instancia lo único para lo que sirven es para ocultar el estado catastrófico del capitalismo norteamericano que no podrá sino empeorar en los próximos meses sea cual sea la fecha oficial de la entrada de la economía en recesión.

Lo que debe subrayarse es que la crisis actual no refleja ni mucho menos que la economía estadounidense sería una economía saludable, pero que estaría pasando un mal momento en un ciclo comercial, en fin de cuentas normal, entre expansión y recesión. Lo que estamos viviendo son las convulsiones de un sistema en estado de crisis crónica, con solo algunos momentos efímeros de remisión gracias a unas medicinas tóxicas que acaban agravando la siguiente recaída.

Esa es la historia del capitalismo norteamericano - y del capitalismo como un todo - desde finales de los años 1960 y el retorno de la crisis económica abierta. Durante cuatro décadas, entre períodos de reanudación y de recesión oficialmente reconocidos, el conjunto de la economía sólo ha funcionado gracias a las políticas capitalistas de Estado monetarias y fiscales que los gobiernos han tenido que aplicar para atajar los efectos de la crisis. La situación, sin embargo, no se ha mantenido estática. Durante todos estos largos años de crisis y de intervención del Estado para gestionarla, las economías han acumulado tantas contradicciones que hoy existe una amenaza real de catástrofe económica como nunca antes se había conocido en la historia capitalista.

Tras el estallido de la burbuja Internet y tecnológica en 2000-2001, la burguesía se salió del paso creando una nueva burbuja inflada esta vez con los bienes inmuebles. A pesar de que industrias clave del sector industrial como la automoción o la aviación, por ejemplo, siguieron sufriendo quiebras, el boom inmobiliario de los cinco últimos años produjo la ilusión de una economía en expansión. Y ahora ese boom ha acabado en un crac que recorre todo el edificio capitalista y cuyas futuras repercusiones nadie puede prever por ahora.

Según los datos más recientes, la actividad relacionada con el sector inmobiliario se halla en un desbarajuste total. La construcción de nuevas viviendas ha caído un 40 % desde la cumbre alcanzada en 2006; las ventas han caído todavía más rápidamente y con ellas los precios. El precio de la vivienda ha caído un 13 % en el conjunto de EE.UU. desde el pico alcanzado en 2006 y se prevé que siga bajando hasta 15 y 20 % antes de tocar fondo. El boom inmobiliario deja una cantidad enorme de viviendas vacías por vender - unos 2,1 millones, más o menos el 2,6 % del parque inmobiliario nacional. El año pasado los embargos se limitaron sobre todo a los créditos hipotecarios llamados subprimes, otorgados a personas que disponían de pocos medios para reembolsar. En noviembre de 2007 una cuarta parte de esos créditos dejaron de reembolsarse. Las suspensiones de pagos empiezan ahora a implicar también y de manera creciente a familias cuya situación financiera era relativamente buena. En noviembre, el 6,6 % de los reembolsos de esas hipotecas o se hicieron con retraso o ocasionaron embargos. Y signo de que lo peor está por llegar, ese punto culminante de los embargos inmobiliarios ocurrió antes incluso de que se revisaran al alza los tipos de interés de los créditos hipotecarios. Con la caída de los valores inmobiliarios, para mucha gente el valor actual de su vivienda no le permite reembolsar sus deudas inmobiliarias, de modo que la venta de sus bienes no solo no les dejará beneficio alguno sino que aumentará sus deudas. Esto crea una situación en la que es más sensato dejarlo todo y declararse en quiebra.

El estallido de la burbuja inmobiliaria está causando estragos en el sector financiero. Hasta ahora la crisis inmobiliaria ha generado más de 170 mil millones de dólares de pérdidas entre las mayores entidades financieras. Se han destruido miles de millones de dólares de valores bursátiles, haciendo que se tambalee Wall Street. Entre las grandes firmas que han perdido al menos la tercera parte de su valor en 2007, cabe citar Fannie Mae, Freddie Mac, Bear Stearns, Moody's y Citigroup ([3]). MBIA, una compañía especializada en la garantía de la salud financiera de las demás compañías, perdió casi ¡las tres cuartas partes de su valor! Han quebrado varias entidades con una actividad relacionada con créditos hipotecarios que antes estaban muy bien valoradas.

Y eso solo es el principio. Al irse acelerando los embargos, durante los meses venideros, los bancos tendrán más pérdidas y habrá una repentina penuria crediticia (el credit crunch) más grave todavía y con fuerte impacto en otros sectores de la economía.

De la crisis inmobiliaria a la crisis del crédito

Además, la crisis financiera relacionada con las hipotecas no es más que la punta del iceberg. Las imprudencias al otorgar créditos que han predominado en el mercado inmobiliario son también la norma en el ámbito de las tarjetas de crédito o el los préstamos para comprar automóviles y aquí también aparecen los problemas. A esa "sangre" se debe la pretendida "salud" capitalista actual. Su inconfesable secreto es la perversión del mecanismo crediticio para soslayar la ausencia de mercados solventes en los que vender las mercancías. El crédito se ha convertido en el medio básico con el que mantener la economía a flote e impedir que el sistema se desmorone bajo el peso de su crisis histórica. Pero es un medio que ya ha mostrado sus límites y los riesgos que acarrea: en los años 1980 ya, la crisis financiera de las economías de América Latina aplastadas por enormes deudas que eran incapaces de reembolsar; el desplome de los tigres y dragones asiáticos en 1997 y en 1998 fue lo mismo. En realidad, la burbuja inmobiliaria misma fue una reacción al estallido de la burbuja de Internet y tecnológica, un intento para superarla.

La crisis financiera actual tiene otra dimensión: la especulación rampante que ha acompañado a la burbuja inmobiliaria. No se trata aquí de una especulación de poca monta, de menudencias. Se trata, en realidad, de una especulación a gran escala en la que se han metido todas las entidades financieras por medio de la titularización ([4]) y la venta de hipotecas en los mercados bursátiles. Los mecanismos exactos de esos procedimientos son bastante oscuros, pero lo que sí es seguro es que se parecen mucho a los viejos procedimientos de Ponzi ([5]). Sea como sea, lo que demuestra el nivel actual de especulación, es hasta qué punto la economía se ha convertido en una "economía de casino" en la que el capital no se invierte en la economía real, sino que sirve para hacer apuestas.

La crisis actual revela el bluf del liberalismo
y la realidad del capitalismo de Estado

A la burguesía americana le complace presentarse como la campeona ideológica del liberalismo. Eso no es más que una pose ideológica, pues la economía está dominada por la omnipresente intervención del Estado. Ese es el sentido del "debate" actual en el seno de la burguesía sobre cómo gestionar el barrizal económico de hoy. En el fondo, no hay nada nuevo: aplican las mismas viejas políticas monetarias y fiscales con la esperanza de espolear la economía.

Por ahora lo que se está haciendo para atenuar la crisis actual sigue siendo la misma política de siempre: las mismas viejas recetas del dinero fácil y el crédito barato para consolidar la economía. La respuesta norteamericana al credit crunch (restricción del crédito), es... ¡más crédito!. La Reserva federal ha bajado 5 veces sus tipos de interés desde septiembre de 2007 y por lo visto va a volver a hacerlo en la reunión prevista en marzo. Reconociendo explícitamente que ese remedio no funciona, la Reserva federal ha incrementado regularmente su intervención en los mercados financieros ofreciendo dinero barato: 200 mil millones que vienen a añadirse a los miles de millones ya ofrecidos en diciembre último, a las entidades financieras faltas de liquidez.

Por su parte, la Casa Blanca y el Congreso propusieron rápidamente un plan de relanzamiento (llamado, en ingles, economic stimulus package) que, en lo esencial, reduce impuestos a las familias y deducciones a las empresas, adopta una ley para atenuar la epidemia de impagos de hipotecas y revitalizar un mercado inmobiliario exangüe. Sin embargo, a causa de la amplitud de la crisis inmobiliaria y financiera, la solución de un reflotamiento masivo del casi hundido sector inmobiliario por parte del Estado se contempla cada vez más como una posibilidad. Lo gigantesco del coste de tal operación dejaría muy atrás las sumas invertidas en 1990 por el Estado norteamericano (casi 125 mil millones de dólares) para salvar la Saving and Loans Industry (el sistema estadounidense de Cajas de ahorro).

Queda por ver hasta dónde llegarán los esfuerzos del Estado para gestionar la crisis. Lo que sí es evidente es que como nunca antes, el margen de maniobra de las políticas económicas de la burguesía es cada vez más estrecho. Después de años y años de gestión de la crisis, la burguesía norteamericana gobierna una economía muy enferma. La deuda colosal nacional y privada, el déficit presupuestario federal, la fragilidad del sistema financiero y el enorme déficit del comercio exterior, todo ello agudiza las dificultades de la clase dominante para hacer frente al desmoronamiento de su sistema. En realidad, los remedios gubernamentales tradicionales para provocar un nuevo arranque de la economía no han producido el menor resultado positivo. Lo que parecen provocar, al contrario, es la agravación de la enfermedad que quieren curar. A pesar de los esfuerzos de la Reserva federal por liberar el crédito, estabilizar el sector financiero y revitalizar el mercado inmobiliario, los créditos son caros y difíciles de obtener. Wall Street vive en una montaña rusa permanente, oscilando de arriba abajo en una tendencia dominante a la baja.

Además, la política de la Reserva federal de dinero barato contribuye en la baja del dólar que ha alcanzado en las últimas semanas nuevos récords de bajada respecto al euro y otras monedas, haciendo subir el precio de mercancías como el petróleo. El aumento de los precios de la energía, de la alimentación y otras mercancías simultáneo con la disminución grave de la actividad económica aumenta el temor de los "peritos" de que entremos en un período de "estanflación" (o sea, a la vez estancamiento e inflación) de la economía norteamericana. La inflación actual ya está restringiendo el consumo de la población que intenta vivir con unos ingresos que, en cambio, no se incrementan, obligando a la clase obrera y a otros sectores de la población a apretarse el cinturón.

Los ataques contra la clase obrera en Estados Unidos

El anuncio, el 7 de marzo, por el departamento de Trabajo de EE.UU., de que se habían perdido 63 000 empleos en el país durante el mes de febrero ha alarmado a la clase dominante. No precisamente porque se preocupe por el futuro de los trabajadores despedidos, sino porque esa fuerte baja confirma las peores pesadillas de los economistas sobre la agravación de la crisis. Era la segunda baja del empleo consecutiva y la tercera en el sector privado. Sin embargo, en una especie de siniestra farsa a costa de los desempleados, la tasa de desempleo global ha pasado de 4,9 a 4,8 %. ¿Cómo será eso posible?; pues lo es gracias a un malabarismo estadístico que usa la burguesía para hacer bajar la cantidad de desempleados. Para el gobierno estadounidense a uno sólo lo consideran desempleado si no tiene trabajo y está buscando activamente un empleo durante el mes anterior y está dispuesto a trabajar en el momento del sondeo. Las cifras del desempleo subestiman así, de manera más que significativa, la crisis del empleo. No tienen en cuenta a los millones de obreros americanos "desanimados" que han perdido su trabajo y la posibilidad de encontrar otro, que no han buscado un nuevo empleo durante los 30 días precedentes al sondeo, o que quieren trabajar pero les ­desanima una situación del empleo abrumadora o que, sencillamente, no quieren trabajar por la mitad del sueldo precedente o también, los millones de trabajadores que quisieran trabajar a tiempo completo y sólo se les ofrecen tiempos parciales. Si se incluyeran todos esos trabajadores en las estadísticas del desempleo, la tasa sería muy superior. Para minimizar más aún las cifras del desempleo, en Estados Unidos se incluye en la fuerza de trabajo del país al personal militar, gracias a otro truco estadístico de la época de Ronald Reagan (antes, el desempleo se calculaba únicamente con la fuerza de trabajo civil). Esa maniobra hizo aumentar en unos dos millones la cantidad de personas "empleadas" por el sector militar estadounidense.

El desmoronamiento económico actual acarrea un alud de despidos en todos los sectores de la economía pero hay que decir que el período del boom inmobiliario, hoy fenecido, tampoco ha sido un paraíso para la clase obrera. Los ingresos, las pensiones, la cobertura sanitaria, todo ha seguido deteriorándose mientras el mercado inmobiliario estaba en pleno auge. Eso llevó a determinados economistas burgueses a subrayar que se trataba de una reanudación "sin empleos". La realidad es que, para la clase obrera, las condiciones de vida y de trabajo no han cesado de deteriorarse desde hace cuatro décadas de crisis económica abierta, con todos los altibajos que se quiera. Con la agravación de la crisis económica hoy, la burguesía no tiene otra cosa que ofrecer a la case obrera sino más miseria todavía.

El estado actual de la crisis de la economía norteamericana hace presagiar una situación económica catastrófica a nivel mundial. La economía más importante del mundo acabará arrastrando a sus socios en su caída. No hay otra locomotora económica que pueda compensar el desplome estadounidense y mantener la economía global a flote. Las restricciones en el crédito van a socavar el comercio mundial, el hundimiento del dólar reducirá las exportaciones hacia Estados Unidos, agravando la situación económica de un país a otro y va a duplicar la violencia de los ataques contra el nivel de vida del proletariado. Si hay un rayo de luz en este sombrío panorama, es que esta situación va a acelerar el retorno del proletariado al terreno de la lucha de clases contra el capitalismo, obligándolo a defenderse contra los estragos de la crisis capitalista.

La perspectiva de aceleración y de agravación de la crisis del capitalismo lleva en sí la promesa de un desarrollo de la lucha de clases que será un paso más de los ya realizados por el proletariado desde la reanudación histórica de sus combates de clase a finales de los años 1960.

ES/JG,
14 de marzo de 2008

[1]) Cf. Artículo de nuestra Revista internacional no 131, "De la crisis de liquidez a la liquidación del capitalismo".

[2]) El optimismo a destiempo parece ser algo típico de algunos presidentes de EE.UU. Richard Nixon, por ejemplo, declaró en 1969, dos años antes de la crisis que obligó a Estados Unidos a abandonar la convertibilidad del dólar y todo el sistema de Bretton Woods, "Por fin hemos logrado gestionar una economía moderna para asegurar un crecimiento continuo". Uno de sus antecesores, Calvin Coolidge, había declarado ante el Congreso el 4 de diciembre de 1928, o sea poco antes de la crisis de 1929: "Ningún Congreso de los Estados Unidos antes reunido, al observar la situación económica, pudo contemplar una situación económica más satisfactoria que la de hoy (...) [El país] puede mirar el presente con satisfacción y anticipar el futuro con optimismo".

[3]) Este artículo se escribió justo antes de que se anunciara que Bear Stearns - quinto banco comercial de Estados Unidos - se vendiera a JP Morgan Chase por 2 $ por acción, o sea que el banco perdió 98 % de su valor.

[4]) La "titularización" permite a una sociedad, empresa o persona física, ceder a un organismo los riesgos de las deudas o de otros bienes, emitiendo valores cuya valoración o rendimiento depende de esos riesgos.

[5]) Esquema de Ponzi, cadena de Ponzi, dinámica de Ponzi, o juego de Ponzi, por esos nombres se conoce un sistema que funciona como una bola de nieve, inviable a largo plazo. Para reembolsar los préstamos se piden otros mayores, eso es en parte la dinámica de Ponzi, en la que acaba siendo imposible reembolsar todos los préstamos. Ese nombre se usa también para designar la creación de una burbuja especulativa con intención de estafar. Carlo Ponzi dio su nombre al sistema tras el montaje de una operación inmobiliaria en California a principios del siglo xx.