Crisis económica mundial - La explosión del desempleo

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Crisis económica mundial

La explosión del desempleo

El año de 1994 ha comenzado marcado por una realidad de primer orden: el nuevo desarrollo del desempleo en el mundo. Los gobiernos de las 7 primeras potencias occidentales han organizado una reunión íntegramente dedicada a esta cuestión, calificada de numero uno”. El presidente estadounidense anunció que iba a presentar “un plan mundial contra el paro”, basado en “el éxito” de sus métodos. En el corazón de Europa, en la primera potencia del continente, el paro, o desempleo, alcanza cotas desconocidas desde los años 30. El ministro alemán de Economía reconoce: “El que cuatro millones de ciudadanos no hayan encontrado trabajo constituye para el Estado y la sociedad uno de los mayores retos desde la fundación de la República Federal”. Un informe de la Organización Internacional del Trabajo afirma que hoy, en el mundo, 30 % de los trabajadores son parados o subempleados: 820 millones de personas, de las cuales 120 millones están oficialmente parados, registrados como tales, y 700 millones subempleados. ¿Qué significado tiene esta nueva agravación del paro? ¿Qué eficacia pueden tener las pócimas de Clinton? ¿Qué perspectivas se abren para la lucha de clases?

Una situación sin precedentes

Cuanto más se esfuerza la ideología dominante en presentar el capitalismo como única forma de organización social posible para la humanidad moderna, tanto más arrasadores se hacen los estragos ocasionados por la supervivencia de este sistema. El paro, fuente de miseria, de exclusión, de desesperanza, esa plaga que encarna como ninguna otra cosa la despiadada y absurda dictadura de la ganancia capitalista sobre las condiciones de existencia de la inmensa mayoría de la sociedad, constituye sin duda alguna una de las peores entre esas calamidades.

El actual aumento del paro, expresión de la nueva recesión abierta en la que se hunde el capitalismo desde hace 4 años, no acontece en un mundo que goza del “pleno-empleo”. Ni mucho menos. Desde hace más de un cuarto de siglo, desde la recesión de 1967, que marcó el fin de la prosperidad de la reconstrucción de la posguerra, la lepra del paro se ha extendido sistemáticamente sobre el planeta. La enfermedad se ha agravado y extendido siguiendo el ritmo de disminución del “crecimiento” económico, con momentos de aceleración y períodos de estancamiento o disminución relativa. Pero los períodos de alivio nunca han logrado restañar los efectos de la agravación precedente, así que, con fluctuaciones diversas, en todos los países, el paro no ha hecho más que incrementarse[1]. Desde principios de los años 70, la expresión “pleno empleo” casi ha desaparecido del vocabulario. Nos hemos acostumbrado a llamar a los adolescentes de las dos últimas décadas “generaciones del paro”.

La explosión del crecimiento del paro, a principios de los años 90, no ha creado un nuevo problema. Tan sólo ha venido a empeorar una situación que ya era dramática. Y lo ha hecho con fuerza.

Alemania, primera potencia económica europea, ha conocido desde 1991 un fuerte aumento del paro. En Enero de 1994, el número oficial de aspirantes a empleo sobrepasó los cuatro millones. Si se añaden los dos millones de parados en “tratamiento social” se alcanza la cifra de 6 millones. Es el nivel más elevado en ese país desde la depresión de los años 30. La tasa de paro oficial es de 17 % en la ex-RDA, 8,8 % en el Oeste. La perspectivas inmediatas son también catastróficas: 450 000 parados más, anuncian los “expertos” de aquí a fin de año. Están previstos despidos masivos en los sectores más competitivos y potentes de la  economía alemana: 51 000 empleos eliminados en Daimler-Benz, 30 000 en el sector químico, 16 000 en el aeronáutico, 20 000 en Volkswagen...

Los gastos del capital alemán para llevar a cabo la reunificación constituyeron momentáneamente un mercado que permitió que la mayoría de los países de Europa entraran en recesión un poco más tarde que los Estados Unidos o Gran Bretaña. Al hundirse Alemania, el paro estalló en el conjunto de Europa occidental. Así, en poco menos de tres años las tasas de paro (oficiales) pasaron de 9 a 12 % en Francia, de 1,5 a 9,5 en Suecia, de 6,5 a 10 % en los Países Bajos y en Bélgica, de 16 a 23,5 % en España.

Se estima que en Europa, para que el paro tan sólo dejase de aumentar, haría falta un crecimiento económico de por lo menos 2,5 % por año. Estamos lejos. Ni los “expertos” más optimistas se atreven a hablar de disminución del paro para antes de 1995 o 1996. La OCDE prevé para el solo año de 1994 un millón de parados más en el viejo continente.

Hay que añadir a esta deterioración cuantitativa del paro, los aspectos cualitativos: incremento del paro de larga duración y del paro juvenil[2], disminución del subsidio en duración y en valor.

En Japón, que conoce su peor recesión desde la guerra, también se incrementa el paro. Aunque el nivel absoluto sea más bajo que en las demás potencias, el número oficial de parados ha pasado, en tres años, de 1,3 millones a cerca de 2 millones. Estas cifras dan, sin embargo, una imagen falsa de la realidad pues el gobierno japonés ha seguido durante mucho tiempo una política que consiste en mantener a los parados en las empresas, pagándoles menos, en vez de “echarlos a la calle”. Pero esa política, resultado de la del “empleo vitalicio” de los grandes conglomerados industriales, se ha acabado y ha dado paso a la de despidos masivos. Toyota está preparando claramente el porvenir  al proclamar el abandono de su política de empleo garantizado[3].

Los gobiernos de Estados Unidos, Canadá y Gran Bretaña se jactan de haber vuelto a empezar a crear nuevos empleos y a detener el crecimiento del paro. Y es verdad que en las potencias “anglosajonas” las estadísticas oficiales constatan una disminución del paro. Pero esta afirmación esconde dos realidades importantes: la debilidad cuantitativa de este “crecimiento” del empleo y la mala calidad de los empleos creados.

En el plano puramente cuantitativo, el actual aumento del empleo parece insignificante en comparación con lo que pasó después de la recesión de 1979-82. Por ejemplo, en el sector manufacturero, en los Estados Unidos, el nivel de empleo ha alcanzado apenas el nivel de hace tres años, conociendo en ciertos sectores bajas importantes. Las grandes empresas industriales siguen anunciando despidos masivos: en el sólo mes de noviembre de 1993, Boeing, ATT, NCR y Philipp Morris anunciaron que iban a suprimir 30 000 empleos más. Durante la reactivación económica de la época reaganiana, en los años 80, el empleo industrial había aumentado en un 9 %, mientras que hoy ese aumento es de 0,3 %. En el sector terciario, la administración Clinton se jacta de haber hecho crecer 3,8 % el empleo, pero ese aumento había sido de 8 % después de 1982.

El presupuesto presentado por Clinton para 1995 es uno de los más rigurosos desde hace años: “Hay que saber hacer la diferencia entre los que es un lujo y lo que es una necesidad”. Este prevee suprimir 118 000 empleos en las administraciones públicas, una etapa hacia las 250 000 supresiones de empleos anunciadas para los años venideros.

En cuanto a Reino Unido y a Canadá, el nuevo crecimiento del empleo se reduce por el momento a movimientos marginales insignificantes. Los hechos son simples: hay, hoy en día, en esos tres países, 4 millones de parados más que hace tres años[4].

En cuanto a la calidad de los empleos, la realidad de los Estados Unidos ilustra la amplitud del desastre económico. Los trabajadores se ven hundidos en una situación de inestabilidad y de inseguridad permanente. Seis meses de paro, tres meses de trabajo... La famosa “movilidad” del empleo se traduce en realidad por una especie de repartición del paro. Se es parado por menos tiempo que en Europa pero más frecuentemente. Según una encuesta reciente entre las personas que tienen un empleo en Estados Unidos, 40 % declararon temer perderlo antes de un año. Los puestos creados lo son esencialmente en el sector terciario. Gran parte de ellos son “servicios” tales como aparcador de coches en grandes restaurantes, paseador de perros, niñeras (baby-sitter), empaquetador en las cajas de los supermercados, etc. A golpe de “chapuzas” se transforma a los parados en sirvientes baratísimos... 30 millones de personas, o sea 25 % de la población activa estadounidense, viven fuera del circuito normal de empleo, es decir directamente bajo la presión del paro.

Sea cual sea la forma que toma la enfermedad, en Estados Unidos o en Europa, en los países industrializados o en los países subdesarrollados, el paro se ha convertido efectivamente en “el problema número uno” de nuestra época.

¿Cuál es el significado de esta realidad?

El significado del desarrollo crónico y masivo del paro

Para la clase obrera el significado negativo del paro es una evidencia que vive de manera cotidiana. Para el proletario que no consigue trabajo, significa ser expulsado de lo que constituye la base de las relaciones sociales: el proceso de producción. Durante cierto tiempo, si tiene la suerte de recibir un subsidio, vive con la impresión de ser un parásito de la sociedad, y luego llega la exclusión, la miseria total. Para el que trabaja es la obligación de soportar cada día mayores abusos por parte de la clase dominante a cuenta del famoso chantaje: “si no estás contento, hay miles de parados dispuestos a ocupar tu sitio”.

Para los proletarios, el paro es una de las peores formas de represión, una agravación de todo lo que hace de la máquina capitalista un instrumento de explotación y opresión.

Para la clase capitalista el significado negativo del paro puede aparecer de manera menos evidente. Primero porque padece la clásica ceguera de las clases explotadoras que les impide ver los daños ocasionados por su dominación y por otra parte, por que necesita creer y hacer creer que el irresistible aumento del paro desde hace un cuarto de siglo no es una enfermedad debida a la senilidad histórica del sistema, sino un fenómeno casi natural, una especie de fatalidad debida al progreso técnico y a la necesidad de que el sistema se adapte. “Hay que acostumbrarse, amigos, los puestos de trabajo de ayer no volverán”, declaraba el secretario de Trabajo estadounidense, Robert Reich, durante la reunión del G7 dedicada al paro.

En realidad, la propaganda sobre la “reanudación del crecimiento” trata de teorizar el caso de algunos países (Estados Unidos, Canadá, Reino Unido) donde la producción ha vuelto a empezar a crecer sin que por ello el paro haya empezado a disminuir de manera significativa.

Pero no hay nada “natural” ni “sano” en el desarrollo masivo del paro. Incluso desde el punto de vista de la salud del capitalismo mismo, el desarrollo crónico y masivo del paro es una inequívoca manifestación de su decrepitud.

Para la clase capitalista, el paro es una realidad que, al principio, por el chantaje que permite ejercer, refuerza su poder sobre los explotados y le permite sangrarlos mejor, aunque solo fuese por la presión que ejerce sobre el nivel de los sueldos. Es ésta una de las razones por las cuales el capitalismo necesita siempre une reserva de parados.

Pero ése es tan sólo un aspecto de las cosas. Desde punto de vista del capital, el desarrollo del paro, más allá de cierto mínimo, es un factor negativo, destructor de capital, es el síntoma de su enfermedad. El capital se alimenta sólo de carne proletaria. La sustancia de la ganancia es trabajo vivo. La ganancia del capital no proviene ni las materias primas ni de las máquinas sino del “sobretrabajo” de los explotados. Cuando el capital despide fuerza de trabajo, se priva de la fuente verdadera de su ganancia. Y si tiene que hacerlo no es porque le guste, sino porque las condiciones del mercado y los imperativos de la rentabilidad se lo imponen.

El incremento crónico del paro masivo es la expresión de dos contradicciones fundamentales, que Marx puso de relieve y que condenan históricamente al capitalismo:
– por una parte, su incapacidad de crear, por sus propios mecanismos, un mercado solvente, suficiente para absorber toda la producción que es capaz de realizar;
– por otra parte, la necesidad de “sustituir a hombres por máquinas” para asegurar su competitividad, lo que se plasma en una tendencia decreciente de la cuota de ganancia.

El nuevo aumento del paro, que viene a añadirse a la masa de parados que venía acumulándose desde 1967, no tiene nada que ver con una “saludable reestructuración” provocada por “el progreso”. Es, al contrario, una prueba práctica de la impotencia definitiva del sistema capitalista.

Las “soluciones” capitalistas

La reunión del G7 dedicada al problema del paro fue un acontecimiento típico de las manipulaciones espectaculares con las cuales gobierna la clase dominante. El mensaje mediático de la operación puede resumirse de la manera siguiente: Vosotros que teméis perder vuestro empleo o que os preguntáis si vais a volver a encontrar uno; vosotros que os preocupáis al ver a vuestros hijos caer en el paro, sabed que los gobiernos de las 7 principales potencias occidentales se ocupan del problema.

De la reunión del G7 no salió nada concreto, a parte pedir a la secretaría de la OCDE que contabilice mejor a los parados y la promesa de volverse a encontrar, en julio, en Nápoles, para volver a discutir la cuestión.

El “plan mundial contra el paro”, anunciado por Clinton, se redujo finalmente a una afirmación de la voluntad por parte de Estados Unidos de intensificar su agresividad en la guerra comercial que le opone al resto del mundo. Al exigir al capital japonés que abra más su mercado interior, al pedir que los europeos bajen sus tipos de interés para relanzar el crecimiento económico (y por lo tanto las importaciones de Estados Unidos), el discurso de Clinton confirma la advertencia ya lanzada por su representante para el comercio internacional, M. Kantor: “Nadie debe tener dudas sobre nuestro compromiso en ir adelante, en abrir mercados, como lo hemos hecho desde que Clinton empezó a ejercer su cargo”.

El espectáculo de la reunión del G7 tuvo por lo menos el mérito de poner de manifiesto la incapacidad en que se encuentran los diversos capitales nacionales para encontrar una solución mundial al paro, el hecho que lo único que saben y pueden hacer es exacerbar la guerra comercial: cada uno por la suya y todos contra todos.

Los grandes principios afirmados son las exigencias que se imponen a cada capital nacional. Y, desde ese punto de vista, el capital americano podía presentar su reciente política económica como modelo. Ha puesto efectivamente en práctica todas las recetas para tratar de rentabilizar una economía armándola contra la competencia.

Despedir mano de obra “en exceso”

“Si somos honrados con nosotros mismos, debemos decir que la competitividad industrial es enemiga del empleo”. Así hablaba durante el G7 un alto cargo de la Unión Europea, uno de los redactores del Libro Blanco presentado por Delors. Ya vimos como el capital estadounidense puso en práctica ese principio con la “movilidad” del empleo.

Aumentar la rentabilidad y la productividad de la mano de obra

Par ello la administración de Clinton no ha hecho sino aplicar con mayor ferocidad el viejo método capitalista: más trabajo y menos paga. Clinton lo formuló en términos muy concretos: “Una semana de trabajo mas larga que hace 20 años, por un sueldo equivalente”. Es la realidad. Efectivamente, el tiempo de trabajo semanal en la industria manufacturera en Estados Unidos es actualmente el más largo desde hace 20 años. En cuanto a los sueldos, Clinton había prometido, durante su campaña electoral, revalorizar el salario mínimo, y hasta ponerlo en regla con los precios. Nada de eso se ha hecho. Y como desde principios de los años 80 éste se ha mantenido “congelado”, hace mas de diez años que baja regularmente el sueldo mínimo real en Estados Unidos. En cuanto a la llamada “protección social”, es decir esa parte del salario que el capital paga bajo forma de ciertos servicios y subsidios públicos, la administración demócrata presenta su nuevo plan de salud como un progreso importante. En realidad no se trata de un gasto del capital por el bienestar de los explotados sino de una tentativa por reducir los costes de un sistema absurdo e ineficaz.

Intensificar la explotación modernizando el aparato de producción

Desde hace dos años las inversiones para equipar las empresas se han incrementado fuertemente en Estados Unidos (+ 15 % en 1993, se prevé el mismo crecimiento para 1994). Esas inversiones, sin embargo, por importantes que sean en ciertos sectores, no ha acarreado un aumento del empleo significativo. Así, por ejemplo, ATT, que se prepara a invertir sumas enormes en el proyecto de las “autopistas de la comunicación”, uno de los grandes proyectos de la década, acaba de anunciar 14 000 despidos.

Los métodos estadounidenses son tan sólo las viejas recetas de la guerra económica contra la competencia y contra los explotados. Los demás capitales nacionales no usan recetas muy diferentes en realidad. Los gobiernos de la vieja Europa, que tanto se jactan de poseer un sistema ejemplar de protección social, reducen sistemáticamente, desde hace años, los beneficios que tal sistema pueda aportar. “Algunas medidas, como el capítulo social (anexo al tratado de Maastricht) deben ser colocadas en el museo al que pertenecen”, declaraba hace poco Kenneth Clarke, ministro de Economía del Reino Unido. Todos los gobiernos han llevado la misma orientación política, aunque sea de maneras diferentes.

En el mejor de los casos, esas políticas consiguen hacer recaer en los competidores las consecuencias de la crisis [5]. Pero nunca aportan una solución global.

El incremento de la rentabilidad y la productividad de la fuerza de trabajo puede favorecer, en un primer momento, al capital de un país a expensas del de los demás, pero desde el punto de vista global, con la generalización de ese aumento de la productividad, se vuelve a plantear con mayor agudeza el problema de la insuficiencia de mercados para absorber la producción realizable. Cuantos menos trabajadores estén empleados y con menores sueldos, menos mercados habrá y cuanto mayor sea la productividad, mayor será la necesidad de mercados.

Ningún capital nacional puede combatir el problema a su escala específica sin agravarlo a escala general.

Otro factor general puede reducir aún más la eficacia de las políticas de lucha contra el paro: la creciente inestabilidad financiera mundial. El nuevo aumento de las inversiones en los Estados Unidos fue financiado, una vez más, por el crédito. La deuda pública ha pasado en cuatro años de 30 a 39 % del PIB. Lo mismo ha sucedido en muchos otros países golpeados por la recesión. La situación financiera mundial ha empeorado, se ha fragilizado más todavía, se ha vuelto más explosiva, corroída por décadas de endeudamiento y especulaciones de todo tipo.

Para estimular el endeudamiento, el gobierno de Estados Unidos impuso durante tres años tipos de interés sumamente bajos. Pero el aumento de esas tasas es tan inevitable como peligroso para el equilibrio financiero mundial. El bajo coste del dinero a corto plazo ha permitido la constitución de enormes capitales especulativos. La bolsa de Wall Sreet, en particular, ha sido inundada por ellos[6]. El aumento del coste del crédito puede acarrear un verdadero krach financiero que arruinaría los esfuerzos realizados para tratar de canalizar el aumento del paro.

Las “soluciones” que ofrecen los gobiernos para enfrentar el problema del paro, son ataques directos contra las condiciones de existencia des los explotados y se apoyan en las arenas movedizas del endeudamiento y de la especulación sin límites.

¿Que perspectivas para la lucha de clase?

Aunque llegase a conocer un verdadero derrumbe económico, no por eso va a desaparecer el capitalismo. Sin la acción revolucionaria del proletariado, este sistema seguirá pudriéndose de raíz, arrastrando a la humanidad a una barbarie sin fin.

¿Que papel desempeña y desempeñará el paro en el curso de la lucha de clase?

La generalización del paro, para la clase explotada, es prácticamente peor que la presencia de un policía en cada hogar, en cada lugar de trabajo. Por el chantaje asqueroso que le permite ejercer a la clase dominante, el paro hace más difícil la lucha obrera.

Sin embargo, a partir de cierto nivel de paro, la rebelión contra esta represión se transforma en un potente estímulo para el combate de clase y su generalización. ¿A partir de qué cantidad, de qué porcentaje de parados se produce este cambio? La pregunta como tal no tiene respuesta, pues la realidad no depende de una relación mecánica entre economía y lucha de clases, sino que es un proceso complejo en el cual la conciencia de los proletarios tiene el papel principal.

Sabemos, sin embargo, que se trata de una situación totalmente diferente de la de la gran depresión económica de los años 30.

Desde el punto de vista económico, la crisis de entonces fue “resuelta” con el desarrollo de la economía de guerra y las políticas “keynesianas” (en Alemania, en vísperas de la guerra, el paro había “desaparecido” casi por completo); hoy, la verdadera eficacia de la economía de guerra así como de todas las políticas keynesianas forma parte del pasado. Esa eficacia se ha ido desgastando hasta llegar a la situación presente, dejando de recuerdo la bomba financiera de endeudamiento.

Desde el punto de vista político, la situación del proletariado mundial actualmente no tiene nada que ver con la de los años 30. Hace 60 años, la clase obrera soportaba todo el peso de las dramáticas derrotas que había conocido durante la ola revolucionaria de 1921-23, en particular en Alemania y en Rusia. Ideológica y físicamente vencida, se dejaba encuadrar, atomizada detrás de las banderas de sus burguesías nacionales en marcha hacia una segunda carnicería mundial.

Las actuales generaciones de proletarios no han conocido derrotas importantes. A partir de las luchas de 1968, primeras respuestas a la apertura de la crisis económica, con altibajos en la conciencia y en la combatividad, esas generaciones han abierto y confirmado un nuevo curso histórico.

Los gobiernos tienen razón de temblar frente a lo que llaman los “desordenes sociales” que puede provocar el imparable incremento del paro.

Han sabido, y saben utilizar los aspectos del paro que hacen más difícil la lucha obrera: su aspecto represivo, divisor, atomizante, el hecho de que expulsa a una creciente fracción de la clase revolucionaria en particular a los jóvenes a quienes se prohíbe “entrar en la vida activa” en una marginalización descompuesta y destructora.

Pero, el paro, por la violencia del ataque que representa contra las condiciones de existencia de la clase revolucionaria, por el hecho mismo que posee una dimensión universal, golpeando a todos los sectores, en todos los países, pone de manifiesto que, para los explotados, la solución no es un problema de gestión, de reforma o de reestructuración del capitalismo, sino de la destrucción del sistema mismo.

La explosión del paro revela ampliamente el callejón sin salida en que se ha convertido el capitalismo y la responsabilidad histórica de la clase obrera mundial.

RV

[1] En 1979, en Estados Unidos, a pesar de la “reactivación” económica que siguió la recesión de 1974-75 (llamada el “primer choque petrolero”) había dos millones de parados más que en 1973, en Alemania 750 000 más. Entre 1973 y 1990, es decir en los 17 años anteriores a la actual recesión, el número de parados “oficiales” en la zona de la OCDE (los 24 países industrializados de Occidente, más Japón, Australia y Nueva Zelanda) había aumentado ya en 20 millones, pasando de 11 a 31 millones. Y se trata de los países mas industrializados. En el “tercer mundo” o en el antiguo bloque “socialista”, la amplitud de la catástrofe es mucho más grave. Muchos han sido los países subdesarrollados que no han vuelto a levantar cabeza después de la recesión de 1980-82, en particular en África, y que desde entonces se hunden en un pozo sin fondo de miseria y paro.

[2]A principios de 1994, 50 % de los parados en Europa lo son desde hace más de un año. Los “expertos” prevén que, a finales de 1994, un cuarto de los parados tendrán menos de 20 años (International Herald Tribune, 14-3-1994).

[3] Japón se enfrenta a una fuerte disminución de sus exportaciones, es decir del motor principal de su crecimiento. Ello se repercute en todos los sectores de la economía. Pero lo que pasa en el sector de productos electrónicos de consumo, terreno privilegiado de la competitividad japonesa, es particularmente significativo. Las exportaciones de este sector han caído en un 25 % en 1993 y su nivel actual equivale a 50 % del nivel de 1985. Por primera vez, en 1993, Japón ha tenido que importar más televisores que los que exportó. La paradoja reside en que esas importaciones provienen esencialmente de empresas japonesas implantadas en el Sureste asiático para aprovechar del menor coste de la mano de obra. El “boom” económico de algunas economías asiáticas es un producto de la crisis mundial que obliga los capitales de las principales potencias, sometidos a la más despiadada guerra comercial, a “deslocalizar” una parte de su producción a países con mano de obra barata (... y disciplinada) para reducir sus costes.

[4] 2,3 millones más en Estados Unidos, 1,2 millones en el Reino Unido, 600 000 en Canadá.

[5] Así, por ejemplo, parte de la “reactivación” de la economía estadounidense actual ha sido hecha directamente a expensas del capital japonés que ha perdido arrancar partes de mercado.

[6] Es lo que sucede con los valores bursátiles llamados “derivativos”, cuya característica es que su valor no tiene nada que ver con la realidad económica sino con ecuaciones matemáticas fundadas en mecanismos puramente especulativos (signo de los tiempos que corren, gran parte de las inversiones en informática de los últimos meses en Estados Unidos se destinan a modernizar y ampliar las capacidades de las empresas especializadas en la especulación bursátil). Esos valores representan una masa colosal de dinero: la cartera de Salomon Brothers tiene un valor de 600 mil millones de dólares, la de la Chemical Bank 2,5 billones. Entre las dos empresas suman 3,1 billones de dólares, lo que equivale al PIB anual de Alemania, Francia y Dinamarca juntas.