Respuesta a la CWO - Crisis, guerras, decadencia y tendencia decreciente de la cuota de ganancia (II)

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Respuesta a la Communist Workers’ Organisation
sobre la guerra en la fase de decadencia del capitalismo (II)

Crisis, guerras, decadencia y tendencia decreciente de la cuota de ganancia

En la primera parte de este artículo, veíamos que contrariamente a lo que suele afirmarse, el mecanismo de la tendencia decreciente de la cuota de ganancia no es el meollo para analizar las contradicciones del económicas del sistema capitalista que Marx analizó, sino el freno que la relación salarial impone al crecimiento de la demanda final de la sociedad: “La razón última de toda verdadera crisis es siempre la pobreza y la capacidad restringida de consumo de las masas, con las que contrasta la tendencia de la producción capitalista a desarrollar las fuerzas productivas como si no tuviesen más límites que la capacidad absoluta de consumo de la sociedad” ([1]). Esa es la consecuencia de la sumisión del mundo a la dictadura del salariado que permite a la burguesía apropiarse de un máximo de sobretrabajo. Pero entonces, nos dice Marx, ese frenesí de producción de mercancías engendrado por la explotación de los trabajadores genera un amontonamiento de productos que aumenta más rápidamente que la demanda solvente global en el conjunto de la sociedad: “Al estudiar el proceso de producción vemos que toda la tendencia, todo el esfuerzo de la producción capitalista consiste en acaparar lo más posible del sobretrabajo... en definitiva para la producción a gran escala, es decir para la producción de masas. Lo esencial de la producción capitalista implica, por tanto, una producción que no tiene en cuenta los límites del mercado” ([2]). Esa contradicción provoca periódicamente un fenómeno desconocido hasta entones en toda la historia de la humanidad: las crisis de sobreproducción: “Una epidemia social que, en cualquier otra época, parecería absurda: la epidemia de la sobreproducción” ([3]); La capacidad inmensa e intermitente de expansión del sistema de fábrica, unida a su dependencia del mercado universal origina necesariamente una producción convulsa seguida de un congestión de los mercados cuya contracción lleva a la parálisis. La vida de la industria se transforma así en una serie de períodos de actividad media, de prosperidad, de sobreproducción, de crisis y de estancamiento ([4]).

Más precisamente, Marx sitúa esa contradicción entre la tendencia a un desarrollo desenfrenado de las fuerzas productivas y los límites del crecimiento del consumo final de la sociedad a causa del empobrecimiento relativo de los trabajadores asalariados:

“Cada capitalista sabe que sus obreros no le hacen frente en la producción como consumidores, y se afana por restringir todo lo posible su consumo, es decir su capacidad de cambio, su salario” ([5]).

Ahora bien, prosigue Marx:

“La capacidad de consumo de una sociedad no viene determinada ni por la fuerza productiva absoluta, ni por la capacidad absoluta de consumo, sino por la capacidad de consumo sobre la base de relaciones de distribución antagónicas ([6]), que reducen el consumo de las grandes masas de la sociedad a un mínimo susceptible de variar únicamente dentro de unos límites cada vez más estrechos” ([7]). La sobreproducción tiene como condición esencial la ley general de la producción de capital: producir en la medida de las fuerzas productivas (es decir según la posibilidad de explotar la mayor cantidad posible de trabajo con una cantidad dada de capital) sin tener en cuenta los limites existentes a nivel de los mercados o de las necesidades solventes...” ([8]).

La médula del análisis marxista de las contradicciones económicas del capitalismo se basa en que éste debe incrementar sin cesar su producción, mientras que, en cambio, el consumo no puede, a causa de la estructura clasista del capitalismo, seguir un ritmo equivalente.

En la primera parte de nuestro artículo, vimos también que la ley de la tendencia decreciente de la cuota de ganancia, por su propio mecanismo interno, podía participar perfectamente en la aparición de crisis de sobreproducción:

“El límite del modo de producción se manifiesta en los siguientes hechos: 1º El desarrollo de la productividad del trabajo engendra, con la caída de la cuota de ganancia, una ley que, llegado cierto punto, se vuelve brutalmente contra ese desarrollo y ha de ser constantemente superada mediante las crisis. El límite del modo de producción se manifiesta en los siguientes hechos: 1º El desarrollo de la productividad del trabajo engendra, con la caída de la cuota de ganancia, una ley que, llegado cierto punto, se vuelve brutalmente contra ese desarrollo y ha de ser constantemente superada mediante las crisis([9]).

Sin embargo, en Marx no es ni la causa exclusiva, ni siquiera la causa principal de las contradicciones del capitalismo. Por otra parte, en el prefacio de la edición inglesa (1886) del Libro I de el Capital, Engels resume la idea de Marx: y no es a la tendencia decreciente de la cuota de ganancia a lo que se refiere, sino a esa contradicción subrayada constantemente por Marx entre: “un desarrollo absoluto de las fuerzas productoras” y...

“... el límite del crecimiento del consumo final de la sociedad”: “Y al paso que la capacidad productiva crece en progresión geométrica, la expansión de los mercados crece en progresión aritmética. Cierto es que parece haberse cerrado el ciclo decenal de estancamiento, prosperidad, sobreproducción y crisis que venía repitiéndose desde1825 hasta 1867, pero solo para hundirnos en el pantano desesperante de una depresión permanente y crónica” ([10]).

Así, como acabamos de dejar claro para cualquiera que aborde esta cuestión leal y seriamente, CWO defiende, sobre las causas fundamentales de las crisis económicas del capitalismo y de la decadencia de este modo de producción un análisis diferente del que en su tiempo defendieron Marx y Engels. No solo tiene perfecto derecho, sino que incluso es su responsabilidad decirlo si así lo considera necesario, pues, por tan valiosas y profundas que fueran las inmensas contribuciones que Marx aportó a la teoría del proletariado, tampoco era infalible y sus escritos nunca deberán ser considerados como textos sagrados, lo cual sería una actitud religiosa totalmente ajena al marxismo, como a todo método científico por otra parte. Los escritos de Marx deben también someterse a la crítica del método marxista. Ese fue el método que adoptó Rosa Luxemburgo en la Acumulación del capital (1913) cuando desvela las contradicciones que hay en el Libro II de el Capital precisamente respecto a los esquemas de la reproducción ampliada. Pero cuando se pone en tela de juicio una parte de lo escrito por Marx, la honradez política y científica requiere asumirlo explícitamente y con la mayor claridad. Y eso fue lo que hizo Rosa Luxemburgo en su libro, lo cual le granjeó el enojo general de parte de los “marxistas ortodoxos”, escandalizados de que alguien criticara abiertamente algo escrito por Marx. Eso no es desde luego lo que hace la CWO cuando no sólo se aparta del análisis de Marx, pretendiendo serle fiel y acusando encima a la CCI de hacer unos análisis que se apartan del materialismo, y, por lo tanto, del marxismo. En lo que a nosotros se refiere, si retomamos los análisis de Marx sobre este tema, es porque los consideramos justos y capaces de explicar la realidad de la vida del capitalismo.

Y, por consiguiente, tras haber tratado esta cuestión en el plano teórico en la primera parte de este artículo, vamos a demostrar aquí por qué la realidad empírica invalida totalmente la teoría de quienes dicen que la evolución de la cuota de ganancia es el principio y el fin de la explicación de las crisis, de las guerras y de la decadencia. Para ello, seguiremos apoyándonos en la crítica del análisis de Paul Mattick, un análisis que hace suyo el BIPR, según el cual, en vísperas de la Primera Guerra mundial, la crisis económica habría alcanzado tales proporciones que ya no podía resolverse con los medios clásicos de la desvalorización del capital fijo (quiebras) como así ocurría en las crisis del siglo xix, sino que desde entonces la única solución era las destrucciones físicas de la guerra:

En las condiciones del siglo xix, una crisis que afecta más o menos a todas la unidades de capital a nivel internacional logra, sin excesiva dificultad, reabsorber la sobreacumulación. Pero con el cambio de siglo se alcanza el punto a partir del cual las crisis y la concurrencia no puede destruir el capital en la proporción suficiente... el ciclo económico... se transforma en ciclo de guerras mundiales... la guerra reanima y amplifica la actividad económica. (...). Y todo... a causa… de la destrucción de capital” (Paul Mattick, citado en el artículo de Revolutionary Perspectives nº 38) ([11]).

Ese es el análisis económico de la entrada del capitalismo en su fase de decadencia que hace el BIPR. Con esa base, el BIPR nos acusa de idealismo porque nosotros no propondríamos un análisis claramente económico como fundamento de cada fenómeno de la sociedad y de la decadencia del capitalismo en particular:

“Para la concepción materialista de la historia el proceso social como un todo está determinado por el proceso económico. Las contradicciones de la vida material determinan la vida ideológica. La CCI afirma, con total superficialidad, que se acaba un periodo entero de la historia y uno nuevo se abre. Tan gran cambio no puede producirse sin cambios fundamentales en la infraestructura capitalista. En todo caso, la CCI debe sustentar tales afirmaciones en un análisis que hunda sus raíces en la esfera de la producción o reconocer que son meras conjeturas” (Revolutionary Perspectives nº 37).

De esto vamos a discutir ahora.

Materialismo histórico y entrada en decadencia de un modo de producción

Creyendo practicar el buen método marxista, el BIPR ha ido a buscar en el consejista Paul Mattick las “bases materiales” para la apertura del período de decadencia del capitalismo. Por desgracia para el BIPR, si el método marxista –el materialismo histórico y dialéctico– se resumiera a dar una explicación económica a todos los fenómenos que ocurren en el capitalismo, entonces, como nos lo enseñó Engels,“Aplicar la teoría a cualquier periodo histórico es más fácil, a fe mía, que resolver una simple ecuación de primer grado” ([12]). De lo que aquí se olvida el BIPR es sencillamente que el marxismo no es solo un método de análisis materialista, sino también histórico y dialéctico. ¿Y qué nos enseña la historia sobre la entrada en decadencia en el plano económico de un modo de producción?

La historia nos enseña que ningún período de decadencia se ha iniciado por una crisis económica. Esto no es ninguna sorpresa, pues es evidente que el apogeo de un modo de producción se confunde con su período de mayor prosperidad. De modo que las primeras expresiones de su entrada en decadencia serán muy tenues en el plano económico. Se manifestarán ante todo en otros ámbitos y otros planos. Por ejemplo, antes de hundirse en crisis a repetición en lo material, la decadencia romana se concretó primero en el cese de su expansión geográfica durante el siglo IIº d.c; en las primeras grandes derrotas militares en los fronteras del Imperio romano durante el siglo IIIº así como en el estallido de revueltas de esclavos que se producían simultáneamente por primera vez en múltiples colonias. De igual modo, antes de hundirse en la crisis económica, en las hambrunas y los horrores de las epidemias de peste o la guerra de los Cien Años desde principios del siglo xiv, ya se había ido produciendo el cese de las roturaciones de tierras en los límites extremos de los feudos a partir de las últimas décadas del siglo xiii, primeros signos de la decadencia del modo de producción feudal. En esos dos ejemplos, las crisis económicas, consecuencia de una paralización en las infraestructuras, no se desarrollarían sino una vez iniciada la decadencia. El paso de la ascendencia a la decadencia de un modo de producción puede compararse a la inversión de la marea: en su punto álgido, el mar aparece en el auge de su poderío y los signos de retroceso son imperceptibles. Aunque las contradicciones en los fundamentos económicos ya están socavando en profundidad las entrañas de la sociedad, son las manifestaciones en el ámbito superestructural las que aparecen primero.

Y lo mismo es para el capitalismo. Antes de manifestarse en el plano económico y cuantitativo, la decadencia apareció primero como fenómeno cualitativo que se tradujo en lo social, lo político y lo ideológico en la agudización de los conflictos en el seno de la clase dominante que desembocaron en el primer conflicto mundial, en el control de la economía por el Estado para las necesidades de la guerra, en la traición de la Socialdemocracia y el paso de los sindicatos al campo del capital, en la irrupción del proletariado capaz ya de echar abajo la dominación de la burguesía y la instauración de las primeras medidas de control social por parte de la clase obrera.

Es muy lógico y en total coherencia con el materialismo histórico que le entrada en decadencia del capitalismo no se manifieste, primero, como una crisis económica. Lo que ocurre en esos momentos no expresa todavía plenamente todas las características de su fase de decadencia, sino una agudización de la dinámica propia de la ascendencia en un contexto que se está modificando totalmente. Solo más tarde, cuando los bloqueos en las infraestructuras hayan hecho su labor, las crisis económicas van a desplegarse con toda su plenitud. La causa de la decadencia y de la Primera Guerra mundial no han de buscarse en una inexistente baja de la cuota de ganancia o una crisis económica en 1913 (cf. infra) sino en un conjunto de causas políticas, interimperialistas y hegemónicas como las explicábamos en nuestra Revista internacional n°67 ([13]). El movimiento revolucionario reconoció explícitamente que durante la llamada Belle époque (o sea antes de la Primera Guerra mundial) el capitalismo había vivido una gran prosperidad: la Internacional comunista (1919-28) afirmó, en su Tercer congreso, en su “Informe sobre la situación mundial”, redactado por Trotski que:

“Las dos decenas de años que precedieron a la guerra fueron una época de auge especialmente vigoroso del capitalismo”.

Una invalidación empírica de la tesis de Mattick y del BIPR

La comprobación teórica y empírica sacada de la evolución de los modos de producción del pasado queda plenamente confirmada con el capitalismo. Ya sea al examinar la tasa de crecimiento u otros parámetros económicos o la cuota de ganancia, nada confirma la teoría de Mattick y del BIPR de que la entrada del capitalismo en su fase de decadencia y el estallido de la Primera Guerra mundial serían la consecuencia de una crisis económica debida a una baja de la cuota o tasa de ganancia que requiriera una desvalorización masiva de capital mediante las destrucciones bélicas.

En efecto, la tasa de crecimiento del Producto nacional bruto por habitante en volumen (o sea una vez deducida la inflación) no hizo más que crecer durante toda la fase ascendente del capitalismo para acabar culminando en vísperas de 1914. Todos los datos que publicamos aquí muestran que el último período en vísperas de la Primera Guerra mundial, fue el más próspero de toda la historia del capitalismo hasta entonces. Esta constatación es la misma sean cuales sean los indicadores que se usen:

Producto mundial bruto por habitante

 

Fuente: Mythes et paradoxes de l’histoire économique.

Producción industrial y comercio mundiales

 

Fuente: The world economy, history and prospect.

Y es lo mismo si se observa la evolución de la cuota de ganancia, que es la variable que tienen en cuenta quienes dicen que es clave para comprender todas las contradicciones económicas del capitalismo. Los gráficos para Estados Unidos y Francia reproducidos más lejos nos muestran también que nada confirma la teoría defendida por Mattick y el BIPR. En Francia, ni el nivel ni la evolución de la cuota de ganancia pueden explicar el estallido de la Primera Guerra mundial: esa cuota estaba en alza desde 1896 e incluso en alza muy fuerte a partir de 1910… Y la evolución de la cuota de ganancia tampoco sirve para explicar la entrada en la guerra 14-18 de Estados Unidos, pues, tras haber oscilado en torno al 15 % desde 1890, había iniciado un ciclo alcista a partir de 1914 hasta alcanzar 16 % en el momento de entrar en el conflicto en marzo de 1917. Ni el nivel, ni la evolución de la cuota de ganancia en vísperas de la Primera Guerra mundial pueden explicar el estallido del conflicto y la entrada del sistema capitalista en su fase de decadencia.

Sí es indudable, en cambio, que los primeros síntomas perceptibles que marcaron el giro entre la fase ascendente y la decadente del capitalismo empezaron a manifestarse entonces. Pero no en la evolución del nivel de la cuota de ganancia, como dicen erróneamente Mattick y el BIPR, sino en la insuficiencia de una demanda final al haber empezado a surgir las premisas de la saturación relativa de los mercados solventes, relativa respecto a las necesidades de acumulación a escala mundial como así lo habían previsto Marx, Engels y Rosa Luxemburgo (véase la primera parte). Es también lo que dejó claro ese mismo informe de la IIIª Internacional; así seguía la cita anterior:

“En un  mercado mundial encorsetado por los trusts, sus cárteles y sus consorcios, los que rigen los destinos del mundo se dan cuenta de que el desarrollo de la producción choca con los límites de la capacidad de compra del mercado capitalista mundial”.

En Estados Unidos, tras un crecimiento durante 20 años (1890-1910) durante los cuales el índice de la actividad industrial se multiplicó por 2,5, ese índice empezó a estancarse entre 1910 y 1914 y no volverá a arrancar hasta 1915 gracias a las exportaciones de material bélico destinado a la Europa en guerra. No solo pierde dinamismo la economía norteamericana en vísperas de 1914; Europa también conoce ciertas dificultades coyunturales ante una demanda mundial que se contrae, intentando cada más difícilmente abrirse a los mercados exteriores:

“Pero, bajo la influencia de la crisis que se desarrolla en Europa, el año siguiente [1912] de nuevo se produce un cambio de coyuntura [en Estados Unidos] (...) Alemania vive un periodo de acelerada expansión. La producción industrial supera, en 1913, en un 32 % el nivel de 1908 (...) El mercado interior es incapaz de absorber tamaña producción, la industria busca salidas exteriores, las exportaciones crecen un 60 % mientras que las importaciones lo hacen en un 41 % (...) la caída comienza a principios de 1913 (...) El paro aumenta en 1914. La depresión fue ligera y de corta duración; en la primavera de 1914 se da una recuperación temporal. La crisis, que había comenzado en Alemania, se propaga al Reino Unido. En agosto de 1913 los efectos de la crisis alemana se dejan sentir en Francia (...) En Estado Unidos la producción solo se desarrolla a partir de comienzos de 1915 por la influencia de las demandas de guerra...” (Les crises économiques, PUF n° 1295, 1993).

Esas dificultades coyunturales que se incrementaron antes de 1914 fueron otros tantos signos precursores de lo que será la dificultad económica permanente del capitalismo en decadencia: la insuficiencia estructural de mercados solventes. Sin embargo, hay que constatar que la Primera Guerra mundial estalló en un clima general de prosperidad y no de crisis, o sea, en continuidad con la Belle époque:

“Los últimos años anteriores a la guerra, así como todo el periodo de 1900-1910, fueron especialmente buenos en las tres grandes potencias que participarían en la guerra (Francia, Alemania, y Reino Unido). Los años 1909 a 1913 son, desde el punto de vista del crecimiento económico, los cuatro mejores años de su historia. Dejando aparte una ligera desaceleración del crecimiento en Francia, 1913 fue uno de los mejores años del siglo, con una tasa anual del 4’5 % en Alemania, del 3’4% en Inglaterra y, solamente, del 0’6 % en Francia. Los malos resultados franceses se explican por la baja del volumen de su producción agrícola del 3’1 %” ([14]).

La guerra estalla, pues, antes del inicio de una verdadera crisis económica, algo así como si aquélla hubiera anticipado a ésta. Y así por cierto lo apunta también el informe de la IC en la continuación de la cita anterior:

“... los dueños del destino del mundo tratan de salir de esta situación a través de la violencia; la sangrienta crisis de la guerra mundial debía reemplazar a un largo periodo amenazante de depresión económica...”

Por eso fue por lo que los revolucionarios de entones, de Lenin a Rosa Luxemburgo pasando por Trotski y Pannekoek, aunque señalaran el factor económico entre las causas del estallido de la Primera Guerra mundial, no lo evocan como crisis económica o baja de la cuota de ganancia sino como agudización de las tendencias imperialistas anteriores: la continuación de la carrera al saqueo imperialista para echar mano de los últimos restos territoriales no capitalistas del planeta ([15]) o el reparto, que ya no la conquista, de nuevos mercados ([16]).

Junto a esas constataciones “económicas”, todos aquellos ilustres revolucionarios desarrollaron ampliamente una serie de otros factores como los hegemónicos, políticos, sociales e interimperialistas. Por ejemplo, Lenin va a insistir en la dimensión hegemónica del imperialismo y sus consecuencias en la fase de decadencia del capitalismo:

(...) primero, acabado el reparto del mundo, un nuevo reparto obliga a echar mano a cualquier territorio; segundo, la esencia misma del imperialismo es la rivalidad de varias grandes potencia que buscan la hegemonía, es decir conquistar territorios no tanto por ellos mismos como para debilitar a su enemigo y erosionar su hegemonía (Bélgica es útil para Alemania como punto de apoyo contra Inglaterra; Inglaterra necesita a Bagdad como punto de apoyo contra Alemania, etc.)” (Obras, tomo 22).

Esta característica nueva del imperialismo planteada por Lenin es básica en la comprensión, pues significa que “la conquista de territorios” durante los conflictos interimperialistas en la fase de decadencia tendrá cada vez menos racionalidad económica, tomando una dimensión estratégica preponderante (Bélgica es útil para Alemania como punto de apoyo contra Inglaterra; Inglaterra necesita a Bagdad como punto de apoyo contra Alemania, etc.)” ([17]).

Y aunque puedan efectivamente percibirse ya los primeros índices de las dificultades económicas en vísperas de 1914, éstos eran, por un lado, muy tenues, de una gravedad parecida a las crisis coyunturales precedentes y sin comparación alguna con la larga crisis que se iniciaría 1929 o con la profundidad de las crisis actuales y, por otro lado, no indicaban una baja de la cuota de ganancia, sino una saturación de los mercados, lo cual será lo característico de la decadencia del capitalismo en el plano económico, como así lo predijo magistralmente Rosa Luxemburgo:

“Cuanto más numerosos son los países que desarrollan su propia industria capitalista más aumenta la necesidad de extensión y las capacidades de extensión de la producción, de un lado, y aumenta menos la capacidad para realizar esa producción respecto al aumento de la primera. Si comparamos los saltos con los que progresó la industria inglesa en los años 1860 y 1870, cuando Inglaterra aún dominaba el mercado mundial, con su crecimiento en los últimos decenios, cuando Alemania y Estados Unidos le han hecho retroceder considerablemente en el mercado mundial, vemos que su crecimiento ha sido mucho más lento que antes. La suerte de la industria inglesa está ligada a la de la industria alemana, a la de la industria norteamericana y, en definitiva, a la industria del mundo. A medida que se desarrolla, la producción capitalista se acerca inexorablemente al momento en que solo podrá crecer cada vez más lenta y dificultosamente” ([18]).

Para concluir nuestro corto examen empírico, la Primera Guerra mundial no estalla, ni mucho menos, ni tras una caída de la cuota de ganancia, ni como consecuencia de una crisis económica como así lo creen, equivocándose, Mattick y el BIPR. Queda ahora por examinar lo que completa la tesis del BIPR, o sea verificar empíricamente si las destrucciones de guerra fueron la base de una “prosperidad” reencontrada en tiempos de paz, gracias a un restablecimiento de la cuota de ganancia debido a las destrucciones bélicas.

El período de entrambas guerras desmiente la tesis BIPR

“Vale –nos respondería sin duda el BIPR–: el estallido de la guerra no puede explicarse ni por la baja de la cuota de ganancia ni por la crisis económica que habría forzado al capitalismo a desvalorizar masivamente su capital, pero eso no quita que hubo sin lugar a dudas una desvalorización durante la guerra misma a causa de las destrucciones masivas que sirvió de base a la reanudación del crecimiento económico y de la cuota de ganancia tras el conflicto”:

“La cuota de ganancia se restablece sobre la base de esa devaluación del capital y desvalorización de la fuerza de trabajo, así, apoyándose en ellas, es como se restableció en 1929” (Revolutionary Perspectives nº 37).

¿Qué ocurrió en realidad? ¿Hubo esa “devaluación del capital” y “desvalorización de la fuerza de trabajo” durante la guerra que permitieron la “recuperación hasta 1929”, un restablecimiento que la subida de la cuota de ganancia habría permitido como consecuencia de las destrucciones de la guerra? Es muy fácil impugnar empíricamente esa idea de que la Primera Guerra mundial habría tenido una racionalidad económica, pues “35 % de bienes acumulados por la humanidad y destruidos durante la Primera Guerra mundial” (RP n° 37), lejos de “poner las bases para periodos de acumulación reproducida del capital” (RP, n° 37), lo que, al contrario, generaron fue el estancamiento del comercio mundial durante todo el período de entrambas guerras y también los peores resultados económicos de toda la historia del capitalismo ([19]).

Si observamos mas en detalle el crecimiento del PIB por habitante durante ese periodo turbio de entre las dos guerras tomando como punto de referencia el comienzo del periodo de decadencia del capitalismo (1913), el final de la Primera Guerra mundial (1919), el año del estallido de la gran crisis de los años 30 (1929) así como la situación en vísperas de la Segunda Guerra mundial, podemos constatar estas evoluciones:

Crecimiento del PIB por habitante

 

Fuente: la Economía mundial 1820-1992, OCDE.

El crecimiento muy débil del conjunto del periodo (mas o menos +/– 1 % solamente por año de promedio) muestran que las destrucciones de la guerra no demostraron ser ese estimulante a la actividad económica del que nos hablan Mattick y el BIPR. Ese esquema también muestra que las situaciones fueron muy contrastadas y que no son necesariamente los países más implicados en la guerra los que salen mejor de apuros durante el cortísimo período de reconstrucción y de reanudación entre 1919 y 1929. La guerra no fue un buen negocio ni para Inglaterra, que no supera mas que en 4 puntos su nivel de 1913, ni para Alemania con apenas 13 puntos. Para Alemania, el fuerte crecimiento durante los años 1929-39 se debe sobre todo a los gastos por rearme masivo realizados en los años 1930, pues el índice de su producción industrial, que era de 100 en 1913, solo alcanzó la cota de 102 en 1929, y mientras que los gastos militares en el PNB, que solo habían sido el 0,9 % durante los años 1929-32, empiezan a incrementarse brutalmente en 1933 hasta 3,3 %, siguiendo su progresión continua hasta alcanzar ¡el 28 % en 1938 ([20])!.

Concluyendo, nada, ni teórica ni histórica ni menos todavía empíricamente, corrobora la idea de Mattick retomada por el BIPR de que la guerra poseería virtudes regeneradoras para la economía: “la guerra tiene como efecto reanimar y amplificar la actividad económica” (RP n° 37). Sí, hay una verdad en lo que dice el BIPR, la verdad que proclamaron todos los revolucionarios desde 1914: la guerra fue una catástrofe incomparable en toda la historia de la humanidad. Una catástrofe no sólo en lo económico (más de la tercera parte de la riqueza del mundo fue dilapidada), sino también en lo social (explotación feroz de una fuerza de trabajo reducida a la miseria más extrema), en lo político ( con la traición de las grandes organizaciones que con tanto esfuerzo había construido el proletariado durante más de medio siglo de combates: los partidos socialistas y los sindicatos) y humano (10 millones de soldados muertos –a los que habría que añadir las muertes de civiles–, 20 millones de soldados heridos y 20 millones de muertos más a causa de la epidemia de gripe “española”, cuya enorme mortandad fue consecuencia de los desastres de la guerra). De modo que si, en el plano económico, nada confirma la menor racionalidad económica a la guerra, el BIPR debería pensárselo dos veces antes de ponerse condescendiente sobre nuestra posición de que las guerras en la fase de decadencia del capitalismo se han vuelto irracionales:

“En vez de ver que la guerra tiene una función económica para la supervivencia del capitalismo, ciertos grupos de la Izquierda comunista, especialmente la Corriente comunista internacional (CCI), defienden que las guerras no tienen ninguna función para el capitalismo. Así, caracterizan las guerras como “irracionales” sin ninguna función en la acumulación de capital, ni a corto ni a medio plazo” (Revolutionary Perspectives nº 37).

Antes de precipitarse a catalogarnos de idealistas, el BIPR haría mejor en quitarse las lentes materialistas vulgares y volver a adoptar un análisis un poco más histórico y dialéctico, pues el examen minucioso de lo que el BIPR llama “el proceso económico”, “la vida material’, “la infraestructura capitalista”, “la esfera de la producción”, nos enseña que ni hubo crisis, ni caída de la cuota de ganancia antes de la Primera Guerra mundial, ni reanudación milagrosa en tiempos de paz basada en las destrucciones bélicas. Le invitamos pues a verificar seriamente lo que afirma, antes de dogmatizar como una verdad lo que no son sino sus deseos y no la realidad, y antes de acusar a los demás de idealismo cuando es él quien es incapaz de proporcionarnos un “análisis materialista” que nos sirva para comprender esa realidad con un mínimo de coherencia y no en contradicción total con ella.

Con la tendencia decreciente de la cuota de ganancia
no pueden explicarse las crisis, las guerras y las reconstrucciones

La teoría de Mattick y del BIPR no se verifica para nada en lo que a la Primera Guerra mundial se refiere, ¿pero no serviría para entender otros períodos o la invalidación de esa teoría es generalizable? Eso es lo que ahora nos proponemos examinar. Para tratar ese problema, nos vamos a apoyar en dos curvas que plasman la evolución de la cuota de ganancia a muy largo plazo en Estados Unidos y en Francia. Habríamos deseado evidentemente presentar la de Alemania, pero, a pesar de nuestras investigaciones, sólo hemos podido disponer de su evolución para después de 1945 y de algún que otro año anterior. Pero la falta de homogeneidad en el cálculo en esas diferentes fechas hace que sea delicado el análisis de esa evolución. Sin embargo, por lo que sabemos nosotros, podemos considerar que la curva de Francia es característica de la evolución en el continente europeo ([21]).

La cuota de ganancia en Estados Unidos

 

Fuente: G. Duménil y D. Lévy, Economie marxiste du capitalisme, La Découverte, colección Repères n°349.

La cuota de ganancia en Francia

 

Fuente: M. Husson, L’inadéquation des besoins à l’offre comme obstacle à l’expansion, 1999.

El nivel y/o la evolución de la cuota de ganancia ¿puede explicar las guerras?

Como hemos mostrado en el gráfico de arriba, la evolución de la cuota de ganancia en Francia muestra claramente que no puede explicar el estallido de la Primera Guerra mundial, pues esa cuota (o tasa) crecía desde 1896 e incluso muy fuertemente ¡a partir de 1910! Puede comprobarse, además, que es lo mismo para la Segunda Guerra mundial, puesto que en vísperas de su estallido, el nivel de cuota de ganancia de la economía francesa era muy alto (¡el doble del período de gran prosperidad económica que va de 1896 a la primera gran guerra!) y, tras una baja, durante los años 1920, se mantuvo estable a lo largo de los años treinta.

Es más, si la guerra debiera explicarse por el nivel y/o la tendencia a la baja de la cuota de ganancia, no se entiende entonces por qué no estalló la tercera guerra mundial en la segunda mitad de los años 1970 puesto que esa tendencia va claramente a la baja a partir de 1965, pasando su nivel por debajo del de 1914 y 1940, límites que pretendidamente habrían desencadenado ambas guerras mundiales según el BIPR…

En lo que a Estados Unidos se refiere, tampoco es la evolución de su cuota de ganancia lo que explicaría la entrada de ese país en la Primera Guerra mundial, ya que su tendencia es volver al alza unos cuantos años antes de su entrada en el conflicto. Y lo mismo ocurre con el segundo conflicto mundial, pues la cuota de ganancia estadounidense asciende vigorosamente durante los diez años que precedieron la entrada en guerra de EE.UU., volviendo a encontrar en 1940 su nivel de antes de la crisis, alcanzando un nivel todavía más alto en el momento de entrar en guerra (principios de 1942).

Concluyendo, contrariamente a la teoría de Mattick y del BIPR, ya sea en el antiguo o el nuevo continente, ni el nivel, ni la evolución de la cuota de ganancia pueden explicar el estallido de las dos guerras mundiales. No sólo se comprueba que las tasas de ganancia no se orientaban a la baja, sino que, incluso, la mayoría de las veces estaban en alza desde hacía varios años. Como mínimo esos elementos deberían poner en solfa la teoría de la racionalidad económica de la guerra que defiende el BIPR, pues ¿qué racionalidad tendría desencadenar una guerra para el capitalismo y dedicarse a la destrucción masiva de su capital fijo en un momento en que su cuota de ganancia sube hacia las alturas? ¿Cómo puede entenderse semejante cosa?

El nivel y/o la evolución de la cuota de ganancia ¿puede explicar la prosperidad de la posguerra?

La dinámica de subida de la cuota de ganancia en EEUU precede con mucho la Segunda Guerra mundial hasta tal punto que en 1940, o sea antes de que estalle la guerra y antes de la entrada de EEUU en ella, este país vuelve a recuperar su nivel medio de antes de la crisis de 1929, nivel medio que también será el de los “Treinta gloriosos” ([22]). En el momento de su entrada en guerra ese nivel era todavía más alto. O sea que ni el restablecimiento de la cuota de ganancia, ni la prosperidad económica de la posguerra pueden explicarse por las destrucciones de la guerra. Y es lo mismo para la primera gran guerra, ya que la dinámica de reanudación de la cuota de ganancia en EEUU precede a su incorporación en la Primera Guerra mundial y no hubo una mejora apreciable de esa cuota después de la guerra. Una vez más, ni el nivel, ni la tendencia de la cuota de ganancia después de la Primera Guerra mundial pueden explicarse por la incorporación estadounidense en ella.

Para Francia, su cuota de ganancia no mejora sensiblemente después de la Primera Guerra mundial, ya que tras un alza mínima de 1% entre 1920-23, esa cuota cae un 2 % durante los años 20 para acabar estabilizándose durante los años 30. Solo el nivel netamente superior de la cuota de ganancia después de la Segunda Guerra mundial en relación con la situación de preguerra podría hacer creer en ese caso –y solo en ese caso– en la validez de la hipótesis del BIPR, si eso hubiera concernido a un tiempo más largo que los 4 años que duró el alza. Pero habremos de ver, en la continuación de este artículo, que la prosperidad de la posguerra no se debe en absoluto a las destrucciones y demás consecuencias económicas de la guerra.

En resumen, hay que constatar que el retorno de la rentabilidad de los capitales es muy anterior a los conflictos militares y a las destrucciones de guerra. La guerra y sus desastres tienen poco que ver con la subida de la cuota de ganancia. Las destrucciones de guerra que supuestamente regenerarían una cuota de ganancia que, a su vez, permitirían una prosperidad tras las guerras es una idea tan sin sentido como el resto de la teoría del BIPR !

El nivel y/o la evolución de la cuota de ganancia ¿pueden explicar las crisis?

¿Pueden el nivel o la evolución de la cuota de ganancia explicar la quiebra de 1929 y la crisis de los años 30? Contrariamente a lo que propone el BIPR, nunca podrá ser el nivel alcanzado por la cuota de ganancia en Estados Unidos lo que podrá explicar la explosión de ese crac, puesto que alcanza en 1929 un valor netamente superior a las dos décadas precedentes de crecimiento económico. Cierto es que la orientación de esa cuota de ganancia es a la baja justo antes de la crisis de 1929 –tanto en EEUU como en Francia– pero esa baja es limitada en intensidad y en el tiempo. Por ejemplo, en Francia, la caída de la cuota de ganancia entre 1973-80 es mucho más fuerte que cuando la crisis del 29 sin por ello acarrear consecuencias de la misma amplitud (la deflación brutal generadora de un retroceso muy importante de la producción). Puede hacerse la misma constatación en EEUU, aunque sea para un período más largo, pues aquí la caída de la cuota de ganancia entre finales de los años 60 y principios de los 80 es apenas más débil que durante la crisis de 1929 sin tampoco acarrear las mismas consecuencias espectaculares. En ambos países, la diferencia entre la crisis actual y la de 1929 se debe a las medidas de capitalismo de Estado para mantener artificialmente una demanda solvente, lo cual deja patente la importancia de esa demanda solvente como variable determinante para explicar las crisis.

Hay que hacer constar, sin embargo, que la cuota de ganancia cae efectivamente de manera drástica entre 1929 y 1932 en Estados Unidos (muy débilmente en Francia, sin embargo). Esto es válido también para la crisis que vuelve a surgir a finales de los años 1960: la orientación de la cuota de ganancia es claramente a la baja entre 1960 y 1980 en los Estados Unidos y entre 1965 y 1980 en Francia. No cabe duda de que eso demuestra que hay una crisis de la ganancia del capital. Lo único que podemos decir aquí y ahora, en el marco de esta discusión, es que la cuota de ganancia, aunque haya sido un factor agravante en el mecanismo de esas dos crisis económicas (1929 y la de finales de los años 1960) no es sin embargo el único factor que cuenta, pues la saturación de los mercados y las medidas de capitalismo de Estado han desempeñado en ellas un papel determinante. La explicación basada en la cuota de ganancia no va ni mucho menos hasta el fondo de la cuestión de la crisis y de su evolución, pues puede constatarse que la cuota de ganancia sube fuertemente a partir de 1932 en Estados Unidos aún cuando la crisis sigue perdurando, como también vuelve a ascender tan fuertemente desde principios de los años 1980 en los países de la OCDE aun cuando el estado de la crisis sigue agravándose. De modo que aunque la cuota de ganancia haya podido ser un factor agravante de ambas crisis, eso no quita que con ese criterio sea imposible explicar el desarrollo y la permanencia en el tiempo de esas crisis más allá de la restauración de dicha cuota.

La incapacidad total del BIPR para comprender la evolución
y la perduración de la crisis actual

La evolución de la crisis actual muestra con evidencia por qué la teoría de las crisis basada únicamente en la evolución de la cuota de ganancia es totalmente insatisfactoria ([23]). El BIPR afirma que el ciclo de acumulación se bloquea o se estanca cuando la cuota de ganancia desciende a un límite demasiado bajo que ya no podrá volver a arrancar de verdad sin unas destrucciones bélicas que permitan devaluar y renovar el capital fijo:

“la ley de la tendencia a la baja de la cuota de ganancia significa que en cierto umbral del ciclo de acumulación se detiene o se estanca. Cuando esta ocurre, lo único que puede relanzar la acumulación es la desvalorización masiva de los capitales existentes. En el siglo xx su resultado fue las dos guerras mundiales. Hoy tenemos además  una treintena de años de estancamiento y un sistema atrapado en una maraña de acumulación masiva de deudas tanto privadas como públicas”  ([24]).

Pero entonces:

a) ¿Cómo puede el BIPR explicar que la crisis perdure y se agrave aun cuando la cuota de ganancia se orienta con fuerza al alza desde principios de los años 80, volviendo incluso a encontrar su nivel de los “Treinta gloriosos” desde hace ya largo tiempo? (ver gráficos adjuntos)
b) ¿Cómo puede explicar de verdad que con un nivel de ganancia parecido al de los años 60, no hayan vuelto a arrancar ni la productividad, ni el crecimiento, ni la acumulación como así lo prevé su teoría? ([25])
c) ¿Cómo puede explicar de verdad que la cuota de ganancia haya vuelto a recobrar sus colores, aún cuando, según el BIPR, “lo único que puede relanzar la acumulación es la desvalorización masiva de los capitales existentes”? Pues habida cuenta de que la tercera guerra mundial no ha ocurrido, ¿adónde irá el BIPR a buscar esa “desvalorización masiva de capitales” para explicar la subida de la cuota de ganancia?

El BIPR ha intentado contestar a esta última pregunta: ¿cómo explicar la espectacular alza actual de la cuota de ganancia sin una devaluación masiva debida a las destrucciones masivas de una guerra?

Para contestar a esta pregunta, el BIPR avanza dos argumentos. El primero consiste en retomar los argumentos con los que nosotros le replicábamos en nuestro artículo polémico del n° 121 de esta Revista, de que la cuota de ganancia no solo aumenta tras una devaluación masiva de capital fijo, sino que también puede incrementarse tras un crecimiento de la cuota de plusvalía (o grado de explotación) ([26]). Y es éste exactamente el caso desde que ha caído sobre la clase obrera la austeridad más contundente (bloqueo y baja de salarios, incremento de cadencias y tiempos de trabajo, etc.) lo que permite explicar la subida de la cuota de ganancia. El segundo argumento del BIPR consiste en sustituir las destrucciones/devaluaciones de una guerra que no ha ocurrido por las macanas de la propaganda burguesa sobre la pretendida nueva revolución tecnológica. Esta habría tenido el mismo efecto: disminuir el precio del capital fijo gracias a las ganancias de productividad debidas a la nueva revolución tecnológica. Esto es doblemente falso, pues las ganancias en productividad se han estancado en un nivel muy bajo en el conjunto de los países desarrollados, demostrándose así que la pretendida “nueva revolución tecnológica” con la que constantemente nos da la tabarra el BIPR no es otra cosa que propaganda sacada de los medios burgueses ([27]).

Con esos dos argumentos (alza de la cuota de plusvalía consecuencia de la austeridad y disminución del valor del capital fijo gracias a la nueva revolución tecnológica), el BIPR, en plan triunfador, se cree que ha logrado explicar la subida de la cuota de ganancia. Si eso les da contento…, pero el problema permanece e incluso se tira piedras a su propio tejado agravando sus propias contradicciones:
a) El BIPR reconoce ahora la subida de la cuota de ganancia ([28]), ¿cómo puede entonces explicar que un nuevo ciclo de acumulación no haya arrancado ya que están presentes todas las condiciones? “Por eso, en la fórmula de la cuota de ganancia, el numerador (la plusvalía) aumenta y el denominador (la composición orgánica) disminuye, y por lo tanto, la cuota de ganancia aumenta. Basado en ese crecimiento de la cuota de ganancia puede iniciarse un nuevo ciclo de acumulación”. La continuación de la crisis se vuelve un misterio incomprensible.
b) Siguiendo en esto las teorías tan personales de Paul Mattick, hemos visto que, según el BIPR, cuando sube la cuota de ganancia en base a una disminución de la composición orgánica del capital y de un alza de la cuota de plusvalía, la crisis se reabsorbe ([29]). ¿Cómo puede entonces explicarnos el BIPR que la crisis siga agravándose a la vez que la cuota de ganancia no ha hecho más que aumentar desde principios de los años 1980?
c) La argumentación del BIPR era que en decadencia,
“En torno al cambio de siglo entre el xix y el xx se alcanzó el punto a partir del cual las crisis y la competencia no llegan a destruir el capital en proporción suficiente para transformar la estructura del capital total hacia una rentabilidad incrementada. El ciclo económico hace tiempo que se había transformado en un “ciclo” de guerras mundiales”.
No hay otro remedio que constatar que con las nuevas explicaciones que nos da el BIPR, el capitalismo ha sido patentemente capaz de reactivar su cuota de ganancia sin recurrir a desvalorizaciones masivas de capital fijo en una guerra. Así fue con Estados Unidos desde 1932, o sea diez años antes de la entrada de ese país en guerra (ver gráfico).
d) Si el capitalismo está en plena nueva revolución tecnológica que le permite disminuir fuertemente el coste del capital fijo sin pasar por las destrucciones bélicas y, al mismo tiempo, logra aumentar claramente su cuota de plusvalía, ¿qué diferencia hay entre el capitalismo de hoy y el de la fase ascendente? ¿Cómo puede el BIPR seguir defendiendo el carácter senil del capitalismo, puesto que éste habría sido capaz de incrementar su cuota de ganancia sin tener que recurrir a destrucciones masivas de guerra, única posibilidad de reanudar su ciclo de acumulación en decadencia según aquél?
e) Y, en fin, si el capitalismo conoce una nueva revolución tecnológica y el BIPR reconoce que la cuota de ganancia se ha incrementado sensiblemente, ¿por qué sigue cantando la misma canción de que el capitalismo está en crisis porque la cuota de ganancia es  “muy baja”?:
“La crisis de comienzos de los años 70 es consecuencia de la ley de la tendencia decreciente de la cuota de ganancia. Esto no significa que los capitalistas cesen de obtener beneficios, lo que significa es que el beneficio medio es muy bajo...”

¡A ver quién entiende! Es desde luego muy difícil quitarse de encima un dogma y ponerse en entredicho cuando ese dogma ha sido una de las bases del BIPR desde su fundación.

Todas esas contradicciones y cuestiones insolubles invalidan sencillamente la tesis de Mattick y del BIPR que defienden que solo el nivel y/o la variación de la cuota de ganancia es capaz de explicar la crisis y su evolución. Para nosotros, en cambio, todos esos misterios no son evidentemente comprensibles si no se integra la tesis central enunciada por Marx, o sea, la ‘restricción de la capacidad de consumo de la sociedad’, es decir: la saturación de los mercados solventes (ver la primera parte de este artículo).

Para nosotros la respuesta es de lo más claro: la cuota de ganancia no ha podido volver a subir más que gracias al alza de la cuota de plusvalía consecuencia de los ataques incesantes contra la clase obrera y no de un aligeramiento de la composición orgánica basado en una fantasmal nueva revolución tecnológica”. Es esa insuficiencia de mercados solventes lo que explica que hoy, a pesar de una cuota de ganancia restablecida, le acumulación, la productividad y el crecimiento no vuelven a arrancar:

“En ultima instancia la razón ultima de todas las crisis reales, siempre es la pobreza y el consumo restringido de las masas, frente a la tendencia de la economía capitalista a desarrollar las fuerzas productivas como si no tuvieran más límite que el poder de consumo absoluto de la sociedad”.

Esta respuesta es muy sencilla y clara, pero incomprensible para el BIPR.

La incapacidad para comprender e integrar la globalidad de los análisis de Marx quedándose en el dogma de la causa única de las crisis (la baja de la cuota de ganancia) es uno de los obstáculos principales para que el BIPR salga del atolladero. Eso es lo que examinaremos en el apartado siguiente, yendo a la raíz de las divergencias entre el análisis de Marx sobre las crisis y la copia desvaída y sin relieve que el BIPR nos sirve.

C. Mcl


[1]) Marx, el Capital, Libro III, “Capital dinero y capital efectivo”, p. 455, FCE. Este análisis elaborado por Marx no tiene evidentemente nada que ver con la teoría subconsumista de las crisis que Marx denuncia además en otros pasajes: “…se puede decir que la clase obrera recibe una parte demasiado pequeña de lo que ella misma produce y que esto se puede solucionar dándole una parte mayor de lo que produce, mediante salarios más altos. Basta recordar que cada vez más las crisis vienen precedidas, precisamente, de un periodo de alza generalizada de los salarios en el cual la clase obrera obtiene, efectivamente, una proporción mayo de la fracción del producto anual destinado al consumo. Desde el punto de vista de los caballeros del “simple”(¡!) sentido común...” (el Capital). Hay que ser muy ingenuo, como dice Marx, para creer que la crisis económica podría resolverse gracias a un aumento de la parte salarial, cuando en realidad ese aumento sólo podría hacerse en detrimento de la parte de las ganancias y por lo tanto de la inversión productiva.

[2]) Marx, Teorías sobre las plusvalías, Editions sociales [traducido por nosotros de la edición francesa].

[3]) Marx, el Manifiesto.

[4])  Marx, Teorías sobre las plusvalías, Editions sociales [traducido por nosotros de la edición francesa].

[5]) Marx, Gründrisse, capítulo de el Capital, édition 10/18 [trad. por nosotros de la edición francesa].

[6]) Marx habla aquí del salariado, que es el núcleo central de esa “relación de distribución antagónica”. Es la lucha de clases la que regula el reparto entre la tendencia de los capitalistas a acaparar un máximo de sobretrabajo y la resistencia a esa apropiación por parte de los trabajadores. Es ese forcejeo lo que explica la pendiente natural del capitalismo a restringir al máximo la parte de los salarios en beneficio de la parte de las ganancias, o, dicho de otra manera, a aumentar la cuota de plusvalía: plusvalía/salarios, también llamada cuota o tasa de explotación: “La tendencia general de la producción capitalista no es aumentar sino disminuir el nivel medio de los salarios” (Marx, Salario, precio y ganancia).

[7]) Marx, El Capital, Libro III°, tomo 1 : “La ley de la tendencia decreciente de la cuota de ganancia”.

[8]) Marx, el Capital, Editions sociales, Teorías sobre la plusvalía [traducido del francés por nosotros].

[9]) Marx expresa esa idea en muchos otros pasajes de toda su obra. He aquí otro ejemplo: “Sobreproducción de capital no equivale a sobreproducción de medios de producción... una disminución del grado de explotación por debajo de cierto nivel produce perturbaciones y parones en el proceso de producción capitalista, crisis y destrucción de capital” (el Capital).

[10]) Prólogo de Engels a la edición inglesa (1886) de el Capital, edición en español del FCE.

[11]“En las condiciones del siglo xix, una crisis afecta en mayor o menor medida a todas las unidades de capital a nivel mundial y llega, sin dificultad, a absorber la sobreacumulación. Pero en el cambio de siglo se alcanza un punto a partir del cual las crisis y la concurrencia no logran destruir el capital en proporción suficiente para transformar la estructura del capital total hacia una rentabilidad importante. El ciclo económico, como instrumento de acumulación, hace tiempo que se había agotado; es más, se había transformado en un “ciclo” de guerras mundiales. Aunque podemos dar a esta situación una explicación política, es sobre todo una consecuencia del proceso de acumulación capitalista (...) El relanzamiento de la acumulación de capital, que sigue a una crisis “estrictamente económica”, va acompañado de un aumento general de la producción. Del mismo modo que la guerra reanima y amplifica la actividad económica. Tanto en un caso como en otro, en un momento dado el capital sale adelante más concentrado y centralizado que antes. Y todo ello, a pesar y a causa de la destrucción de capital”  (Paul Mattick, Marx y Keynes).

[12]) “Para la concepción materialista de la historia, en la historia el factor determinante es, en primera instancia, la producción y la reproducción de la vida real. Ni Marx ni yo lo hemos afirmado de entrada. Si después alguien (el BIPR, ndlr) le da la vuelta a esta afirmación para hacerle decir que el factor económico es el único determínate, la transforma en una frase vacía, absurda y abstracta. La situación económica es la base, que los diferentes elementos de la superestructura –las formas políticas de la lucha de clases y sus resultados- , las Constituciones establecidas una vez que las clases victoriosas ganaron su batalla, etc., las formas jurídicas, incluso el reflejo de todas esas luchas reales en la mente de los participantes, teorías políticas, jurídicas, filosóficas, concepciones religiosas, y su posterior desarrollo en sistemas dogmáticos, que a su vez ejercen su acción sobre el curso de las luchas y, que en muchos casos, determinan la forma preponderante de la lucha. Entre estos factores hay una acción-reacción que hace que los movimientos económicos acaben, necesariamente, encontrando su camino en la maraña del azar (...). Si no, aplicar la teoría a cualquier periodo histórico sería, a fe mía, más fácil que resolver una simple ecuación de primer grado (...) En parte recae sobre mi mismo y sobre Marx  la responsabilidad de que, a veces, los jóvenes (el BIPR, ndlr) den a la vertiente económica más peso del que tiene. Respecto a nuestros adversarios, hay que destacar el principio esencial negado por ellos, y no siempre tenemos el tiempo, el lugar o la ocasión para poner en su lugar todos los demás factores que participan en la acción reciproca. (...) Pero, desgraciadamente, con demasiada frecuencia hay quien (el BIPR, ndlr) cree haber comprendido todo de una nueva teoría y que la pueden manejar sin ninguna dificultad una vez comprendidos sus principios esenciales, lo cual no es necesariamente cierto” (Engels, Carta del 21 de septiembre de 1890 a J. Block).

[13]) Ese análisis fue claramente enunciado por nuestra organización desde los trabajos de nuestro IXº Congreso en 1991: “Si está claro que la guerra imperialista deriva, en ultima instancia, de la exacerbación de las rivalidades económicas entre las naciones, que a su vez son resultado de la agravación de la crisis del modo de producción capitalista, no se puede establecer una relación mecánica entre las diversas manifestaciones del capitalismo decadente. Esto ya es cierto para la Primera guerra mundial que no se desencadena como consecuencia directa de la crisis. En 1913 está claro que se produce una cierta agravación de la situación económica, pero no mayor que las acaecidas en 1990-1903 o en 1907. De hecho, la causa fundamental que desencadenó la guerra mundial, en 1914 fue:
a) el fin del reparto del mundo entre las grandes potencias capitalistas, así la crisis de Fachoda (cuando las dos mayores potencias coloniales –Inglaterra y Francia- se encuentran cara a cara tras haber conquistado lo esencial de África), en 1898, es una especie de mojón que marca el final del periodo ascendente del capitalismo;
b) la culminación de los preparativos militares y diplomáticos que permitieron la constitución de las alianzas entre los bandos destinados enfrentarse;
c) la desmovilización del proletariado europeo de su terreno de clase frente a la amenaza de la guerra mundial (al contrario que en el Congreso de Basilea en 1912) y su alistamiento bajo la bandera burguesa propiciado, en primer lugar, por la traición (probada y verificada) de la mayoría de los jefes de la Socialdemocracia. Estos son los principales factores que determinan y prueban  que el capitalismo ha entrado en su decadencia, llega a su atolladero histórico, al momento de desencadenar la guerra”.

[14]) Bairoch Paul, Mythes et paradoxes de l’histoire économique, 1994, éditions la Découverte.

[15]“El imperialismo actual no sigue el esquema de Bauer de preludio a la expansión capitalista sino que es la ultima etapa de su proceso histórico de expansión: el periodo de una competencia mundial extrema y generalizada de los Estados capitalistas sobre los últimos restos de territorios no capitalistas del globo. En esta fase final, la catástrofe económica y política constituye un elemento vital, es el modo normal de existencia del capital...” (Rosa Luxemburgo, la Acumulación de capital); “... este joven imperialismo (Alemania) pleno de fuerza... aparece en la escena mundial con un apetito monstruoso mientras que el mundo, por así decirlo, está ya repartido, y muy rápidamente se convierte en el factor imprevisible de la convulsión general(Rosa Luxemburgo, Folleto de Junius).

[16]“Inglaterra, gracias a sus colonias aumentó “su” red de ferroviaria en 100  000 kilómetros, es decir cuatro veces más que Alemania. Es de dominio público que el desarrollo de las fuerzas productivas, especialmente de la producción de hulla y hierro, fue incomparablemente más rápido en este periodo en Alemania que en Inglaterra, y éste lo fue mucho mayor que en Francia o Rusia. Alemania producía en 1892 4,9 millones de toneladas de fundición frente a las 6,8 de Inglaterra; en 1912 ya alcanzaba los 17,9 frente a 9 millones, es decir ¡le sacaba un ventaja formidable a Inglaterra!. Cabe preguntarse si, bajo el capitalismo, ¿había otra forma además de la guerra para remediar la desproporción en entre el desarrollo de las fuerzas productivas, de un lado, y el reparto de las colonias y “zonas de influencia” del capital financiero? (...) 5) objetivo del reparto territorial del globo entre las potencias capitalistas más fuertes. El imperialismo es el capitalismo cuando ha llegado a un estadio de su desarrollo en el cual ...el reparto de todos los territorios del globo entre las potencias capitalistas más fuertes se ha culminado” (Lenin, el Imperialismo, fase superior del capitalismo).

[17]) Esto recuerda la polémica que hemos tenido con el BIPR respecto a las múltiples guerras en Oriente Medio. El BIPR defiende la tesis de la racionalidad económica, para Estados Unidos, de esos conflictos en su voluntad de preservar su renta petrolera, mientras que nosotros le oponemos la tesis de Lenin, mostrando que ‘la conquista del territorio iraquí no se debe tanto a lo que vale por sí misma, sino a la voluntad de debilitar a Europa y socavar su hegemonía’. El hecho hoy patente de que ese conflicto es un abismo sin fondo para EEUU, que nunca olerán la menor renta petrolera al ser totalmente incapaces de controlar el territorio y que lo que desearían es salir del atolladero, muestra la gran exactitud del análisis de Lenin.

[18]) Introducción a la economía política.

[19]) Para el comercio exterior mundial: 0,12 % entre 1913-1938 o sea 25 veces menos que entre 1870-1893 (3,10 %) y 30 veces menos que entre 1893-1913 (3,74 %) (W.W. Rostow, 1978, The World Economy History and Prospect, University of Texas Press).

El crecimiento mundial del PNB por habitante solo fue del 0,91 % durante los años 1913-50 contra 1,30 % entre 1870 y 1913 (43 % más), 2,93 % entre 1950 y 1973 –o sea tres veces más– y 1,33 % entre 1973 y 1998 –o sea 43 % más a pesar de este largo período de crisis (Maddison Angus, la Economía mundial, 2001, OCDE).

[20]) También fue así para Japón donde el porcentaje solo era 1,6 % en 1933 y acabó alcanzado 9,8 % en 1938. En cambio, no fue así para EEUU, donde el porcentaje solo era todavía 1,3 % en 1938 (datos sacados de Paul Bairoch, Victoires et déboires III, Folio).

[21]) No sería de recibo de parte del BIPR replicar que su teoría no se aplica más que a Alemania, o sea al país que declaró la guerra, pues, por un lado, le incumbiría al BIPR aportarnos la prueba y, por otro, entraría en contradicción toda su argumentación que se refiere a las raíces mundiales del estallido de la guerra de 1914-18 y de la entrada en decadencia del capitalismo (además, el BIPR habla indistintamente de Europa o de Estados Unidos en su artículo). Nunca se sitúa su argumentación –y es lógico– en el plano únicamente nacional. Además, aún suponiendo que la cuota de ganancia en Alemania hubiera evolucionado a la baja en vísperas de la Primera Guerra mundial y al alza después, el problema seguiría siendo el mismo, pues ¿cómo demostrar la entrada del capitalismo en su fase de decadencia a nivel mundial cuando la baja de la cuota de ganancia sólo se verificara en un único país?

[22]) Treinta gloriosos: esta expresión de origen francés designa los años (1945-1973 aprox.) en aquellos países que, durante unos treinta años, experimentaron una expansión económica.

[23]) Para una explicación sobre la cuota de ganancia y su tendencia a la baja, léase el anexo al final del artículo.

[24]) http://www.ibrp.org/english/aurora/10/make_poverty_history_make_capitalism_history).

[25]) Ver el gráfico adjunto para Francia y también el publicado en la Revista no 121 sobre los países del G8. Ambos gráficos muestran una evolución similar, o sea una separación patente entre una cuota de ganancia en alza y una baja en todas las demás variables económicas.

[26]) “La crisis por sí misma, sin embargo, tiene como resultado el restablecimiento de las buenas proporciones entre las partes del capital permitiendo así que vuelva a arrancar la acumulación. Y lo realiza esencialmente por dos medios: la devaluación del capital fijo y el crecimiento de la cuota de plusvalía”.

[27]) Podemos constatar ese mantenimiento de la productividad a un bajo nivel en el gráfico sobre Francia publicado arriba y también en el gráfico para los países del G8 (los ocho países más importantes económicamente en el mundo) publicado en la Revista internacional n° 121. En realidad solo EEUU se ha beneficiado de una ligera subida en productividad, pero explicar esa subida coyuntural iría más allá de lo que nos hemos propuesto en este artículo.

[28]) Es un reconocimiento muy parcial, en realidad, con la boca chica... cuando es evidente que la cuota de ganancia está aumentando fuerte y continuamente desde principios de los años 80 y que ha alcanzado ya los niveles de la de los años 1960.

[29]“Para la teoría marxiana, un aumento adecuado de la masa de plusvalía basta para transformar el estancamiento en expansión” (Paul Mattick, Marx y Keynes) o aún más: “Pero, tanto para el mundo en general como para cada país tomado separadamente, la causa de la sobreproducción so es sino el grado insuficiente de explotación. De ahí que una explotación exacerbada permita reabsorberla, a condición – evidentemente - de que ese crecimiento sea lo  suficientemente fuerte como para relanzar el capital y, por tanto, la demanda del mercado” (Idem). ... Desgraciadamente para Mattick, la configuración del capitalismo desde 1980 (pero también entre 1932 y la Segunda Guerra mundial) es un desmentido total a sus teorías, ya que, a pesar de un fuerte crecimiento de la explotación, no hubo relanzamiento de la expansión del capital ni de demanda del mercado.